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Cultura

Manhattan

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/ un cuento de Josemanuel Ferrández Verdú /

Oscar era un materialista empedernido. Para él la materia lo era todo; era un apasionado de los objetos físicos. Si casualmente se hallaba delante de una mesa donde hubiera un vaso de agua, al cabo de un rato podía llegar a amar al vaso de agua casi tanto como a su propia madre. Aquel vaso se convertía en un ser querido para él, porque Oscar era un materialista incontestable. No se andaba con bromas en lo relativo a los objetos materiales.

Su facilidad para apreciar los menores detalles lo llevó a consultar con una filósofa amiga de la familia, quien lo puso en el camino de su materialismo como la única manera de no llamar la atención y de no llevarse sorpresas en un mundo en el que no escasean las ocasiones de hacerse uno mala sangre.

Cada vez que algún objeto físico se cruzaba en su camino, sufría un éxtasis emocional, le temblaban las piernas y se ponía nerviosísimo.

Cierto día iba paseando tranquilamente por Central Park y de pronto se tropezó con un objeto material macizo y, como su materialismo era completamente sincero y temperamental, se agarró a aquel objeto y no lo quería soltar. Las personas que pasaban por allí se escandalizaban y algunos le aconsejaron que por su salud se desprendiera del objeto, que estaba hecho totalmente de materia y solo de materia, antes de que fuera demasiado tarde.

—No me fío de los que van por ahí fanfarroneando de materialistas, y a la primera sospecha se dejan llevar hacia fantasías y quimeras. La materia no es imposible, pero requiere dedicación.

La policía envió cadenas para reducirlo y hacerle abandonar lo que tanto le entusiasmaba

—Yo me aferro a la cosa en sí. El materialismo fingido es teatro barato. Querer aparentar amor hacia lo común, pero aborrecer lo único con escrupulosa necedad.

—A ver —dijo el sargento Alfred—, defíname la realidad material —y mientras decía eso tenía preparada una libreta y un bolígrafo para anotar cualquier dislate de Oscar—, pero piense que cualquier respuesta podrá ser usada en su contra.

—Para mí la materia es aquello que está ahí, lejos de todo prejuicio, es decir, lo que percibimos por los sentidos —el policía anotaba con interés todo esto, no sin una sonrisa irónica.

—¿Y qué más?

—Nada más.

—¿Y cree usted que los barrotes de la cárcel son materia de verdad?

—No me cabe duda de que lo son. De hecho, los ignorantes huyen de ellos como de la peste.

—Y si yo lo llevo hasta una celda con rejas de hierro, ¿qué haría usted?

—Agarrarme a ese hierro como a un clavo ardiendo.

Entonces el sargento Alfred sacó del coche un barrote carcelario portátil que llevaba para casos de emergencia.

—En nombre de la policía de Nueva York, queda en posesión de este hierro y puede considerarse preso, si lo desea.

—No sé si debo aceptarlo —dijo Oscar—. Me parece muy generoso por su parte. Siempre he soñado con tener mi propio barrote carcelario para uso privado, pero ¿no me quedará escaso?

—Yo creo que le sienta perfecto, parece su talla —y el cabo Alfred lo comprobó haciendo una serie de mediciones del barrote y de Oscar.

—Está bien, me lo quedo. ¿Cuánto le debo?

—Vamos, hombre, usted no me debe nada: es un regalo de la casa.

—Pero no sé cómo funciona. ¿No trae instrucciones de uso?

—El manejo es sorprendentemente fácil. Solo tiene que ponerlo junto a usted.

Feliz con su hierro, Oscar se marchó por la avenida en dirección a la calle Mayor, donde tenía previsto visitar a algunos intelectuales. Sin embargo, algo lo hizo cambiar de idea, puesto que, en lugar de seguir en dirección hacia la catedral del saber, se encaminó al centro movido tal vez por algún impulso materialista, o porque deseara ver algún monumento donde tuviera su sede algún gran banco económico y financiero, de los cuales había escuchado maravillas.

Al llegar junto a la enorme puerta del Big Bank, observó de cerca las columnas del inmueble. Se puso a besarlas y a abrazarlas como si fueran parientes próximos o incluso lejanos.

Un alto ejecutivo del banco que iba por la calle, viéndolo aferrado a los fundamentos del banco, de una manera impredecible se enfureció con el joven Oscar y le aconsejó que tomara posiciones largas en su banco.

—¿Posiciones largas? —preguntó Oscar, para quien cualquier posición parecía hecha a la medida de su amor profundo hacia lo sensible—. Prefiero que me muestren ustedes la masa oscura que guardan en su caja fuerte.

El banco tenía una caja fuerte a más de doscientos metros de profundidad. Su puerta debía de pesar más de cien toneladas. Al abrirla, se encontraron con un hermoso-bello vestido de seda y recostado en una cama con lujo oriental.

—¿Quién es? —preguntó Oscar.

—El parásito —dijo el ejecutivo.

—¿Y para qué sirve? —insistió Oscar.

—No lo sabemos. Ha estado aquí siempre. Tiene un plano-mapa de Marruecos.

En efecto, el parásito extrajo de un bolsillo de su blusa de seda un enorme plano-mapa de Marruecos.

—A los quince años me dije un día a mí mismo que jamás me faltaría en el bolsillo un plano-mapa de Marruecos —dijo el parásito.

—A eso lo llamo yo confianza en uno mismo.

—¿Dónde está la materia? Me gustaría creer en ella.

—Por aquí —dijo el parásito, y lo condujo a través de túneles oscuros y húmedos hasta desembocar en una espléndida cueva sumergida en lo más profundo de la tierra. Había una mesa de billar y en su centro una bola blanca de marfil.

—¿Qué es eso? —preguntó Oscar.

—Un billar —dijo el parásito.

Cerca de la mesa de billar había otra mesa enorme, de una sola pata central en forma de garra de fiera, león o pardoleón, muy ancha y oblonga. Encima de ella, un anciano escribía sobre un gran libro de pergamino con pluma de pavo moldavo y tinta de las montañas negras del desierto triste. El anciano, cuyo nombre se ignoraba, los saludó en noruego. Estaba escribiendo un ensayo acerca de la importancia de los españoles en la historia de España. Junto a él, un gran espacio mostraba un artefacto mecánico de diseño muy exótico y alambicado.

—¿Qué es eso? —preguntó el parásito.

—Parece una máquina de soñar —dijo Oscar—, pero las he visto mejores.

—¿Un utensilio soñador?

—Así es, están programados para soñar y olvidar

—¿Con qué objeto?

—Aquí tiene una pantalla, mírala.

—Sí, pero ¿para qué sirve un ingenio soñador?

—No lo sé… Esto parece… ¡Eh! ¡Mira! Se ve algo en la pantalla.

—Será algún sueño indescifrable.

Mientras hablaban ambos intelectuales, no se habían percatado de la llegada de Boleslas, el cual había hecho su aparición a través de una oquedad del fondo de la cueva. Era un afamado pintor que venía a poner un poco de orden en la materia inorgánica de la cueva.

—Buenas tardes —dijo—. Mi nombre es Boleslas y traigo un pincel con el cual desearía que la vida adquiriese un nuevo sentido.

Ambos lo miraron como si no hubieran comprendido lo que quería decir aquél recién llegado que más que de pintor tenía aspecto de ser un bohemio y un vivalavirgen.

Boleslas les explicó un paisaje de la llanura. Allí se ve a tres personajes, dos de ellos como observadores y un tercero ocupado en algo. Más a la derecha hay cuatro árboles que ocultan a un desconocido.

Con tanta gente allí, Oscar estaba inquieto. Le hubiese gustado disfrutar él solo de un trozo de realidad pura. Pero estaban el hermoso-bello, Boleslas y el anciano escritor de historias sobre la importancia de los españoles en la historia de España.

—¿De verdad cree usted que los españoles han tenido un papel decisivo en el desarrollo patético de la historia de España? ¿Está usted seguro de eso? —le interrogó Boleslas.

—No me cabe la menor duda —dijo el viejo.

—Así es —dijo el hermoso-bello.

—No tan deprisa —dijo Oscar—. Yo he venido a ver la materia en persona. Pero aquí solo se habla de temas históricos.

Boleslas sacó un pincel y estaba manchando una tabla que había apoyada contra la pared. Sus pinturas se mezclaban con agilidad y las sombras aparecían en el cuadro: casas solitarias y lugares abandonados.

—Soy decadente en extremo —dijo Boleslas—, y mis sombras no son sino figuraciones subjetivas. Yo pienso lo que me apetece.

El hermoso-bello miraba el cuadro surgir de la materia.

—Esto último que has pintado me parece excelente.

—Estoy pintando lo que no existe.

El hermoso-bello se cayó al suelo en éxtasis puro. Sentía grandes ausencias y no quería dárselas a conocer a ningún mortal.

Oscar estaba fuera de sí. Cuando vio que el cuadro estaba sin terminar, renunció a sus intereses en el banco.

—¿Qué tiene ese cuadro? —preguntó al azar.

Boleslas lo estaba mirando. Entonces el anciano Manuel dejó por un momento su tratado acerca de la importancia de los españoles en la historia de España, y acercándose al materialista le ofreció un vaso de vino tinto.

—Tome —le dijo—, hermano. Quiero que sepas que nada tiene necesidad de existir.

Pero Oscar fue hasta arriba y pidió hojas de reclamaciones. En el despacho del director exigió una compensación económica de varios dígitos. El director tenía sobre su mesa desierta una piedra de color ocre con rayas verdes y azules, que era la piedra que dejaba tocar a sus mejores clientes. Estaba hecha de silicatos y su brillo lo delataba.

—¿Deseaba usted tocar la piedra? —le preguntó a Oscar, porque hasta él habían llegado rumores de su espíritu sensible.

—Prefiero no hacerlo —dijo este—. En esa cueva donde están el pintor y el loco de la mesa y el HB he tenido la sensación de que cualquier contacto directo con la vida es prácticamente inútil.

—¿Ah, sí? —comentó el directivo.

—Por supuesto. Yo tengo mi propio celebro, por eso no me fío demasiado.

—Pues consulte las estadísticas: aquí tiene. ¿Prefiere consultar los anuarios o los cambios de divisas?

—Divisa, división, divisar, dividir, gualda y oro, nuestra divisa será siempre la misma, amar antes de morir. Yo creía amar los objetos sensibles, pero ahora sé que nunca seré correspondido.

—No finja desinterés —dijo el banquero.

—Me interesa todo por el azar mismo de las cosas bien hechas.

—La materia es un compromiso científico —dijo el financiero.

—¿No me diga? ¿Ama usted esa piedra que hay sobre la mesa?

El otro miró a la piedra y luego se volvió de espaldas, encendió un pitillo mirando a través del amplísimo ventanal desde donde se veía una fotografía que invitaba a perder la vista en las lejanas colinas al norte del estado Norte.

Después de firmar un recibo, el materialista salió del banco. Se encontraba mal, tenía mal cuerpo y le dolía la cabeza. Decidió ir al médico. Acudió con gran preocupación al domicilio de un cirujano para que le curase de un mal que le afectaba mucho. Cuando el físico le preguntó que qué le pasaba, Oscar dijo

—Pues mire usted, que no sé vivir…

El cirujano puso también cara de preocupación y después de consultar algunos manuales de cirugía práctica le dijo:

—Eso es un mal incurable… Debemos operar de inmediato.

Pero después de varias intervenciones quirúrgicas en las que se empleó material de primera calidad y los más modernos métodos de la cirugía, cuando el propio Oscar despertó en el lecho de su casa y preguntó qué era lo que le habían hecho, el cirujano le contestó:

—Le he quitado el alma. La tenía podrida.

Oscar quedó muy satisfecho ante esta respuesta. Pasado un poco de tiempo volvió a sentir la misma falta de habilidad para las cosas de la vida, incluida la materia, que había sentido aquel día en el banco.

—Mire usted —le dijo al doctor—, sigo sin saber vivir. A pesar de ser un materialista empedernido, la vida guarda muchos secretos para mí…

—Eso tiene fácil arreglo —dijo el cirujano—: viva usted de cualquier manera y no se preocupe de lo demás.

Después de cobrar la factura, el cirujano se marchó y Oscar quedó pensando la recomendación de aquel. Lo primero que hizo al día siguiente fue salir a la calle de cualquier manera y comenzar a andar hacia cualquier parte… Pero cuando llevaba recorridos un buen número de metros se detuvo y miró a su alrededor. Desconocía por completo aquel barrio. Ignoraba si estaba cerca o lejos de su casa. Entonces vio pasar a una mujer:

—¡Eh! ¡Oiga, señora! —la llamó—. ¿Podría decirme, por favor, dónde estoy?

—Está usted ahí —dijo ella señalando el lugar donde estaba Oscar—. ¿Es que no lo sabe, o es acaso forastero? —preguntó, a su vez, la mujer.

—No soy forastero, sino un materialista puro, y la vida tiene para mí grandes dificultades. No sé cómo resolver los problemas. Ni siquiera sé cuáles son los problemas que tengo…

—Su problema, mi querido materialista o lo que sea, es que es usted un poco tonto.

—Sí, pero, a pesar de ello, y con todo respeto, tengo que vivir. Y tengo que realizar determinadas acciones y cosas o de lo contrario no viviría.

—Nadie está obligado a vivir —dijo la mujer—. Si usted no quiere, o no lo necesita, o si es un vivalavirgen, o si está cansado o aburrido o lo que sea, renuncie y ya está…

Esto lo dejó pensativo unos instantes, que la mujer aprovechó para marcharse al mercado para hacer una serie de compras muy interesantes y necesarias y materialistas…

Después de reflexionar durante algunos minutos, cayó en la cuenta de que no sabía renunciar…

—¡Eh! Señora, escúcheme, por favor —dijo dirigiéndose de nuevo a la mujer que ya iba a una cierta distancia y que no lo escuchó, sino que continuó con su caminata en busca del mercado y de las especias que iba a adquirir muy pronto para aderezar los diferentes condumios que su alma abrigaba—. El caso es que tampoco se renunciar —dijo para sí mismo.

—Bien —dijo, levantando la mirada con orgullo—, estoy dispuesto a lo que sea para renunciar a la vida. Buscaré la oficina de renunciamientos y rellenaré sus más importantes formularios.

Comenzó a andar con la idea de encontrar la oficina de renunciamientos y objetos perdidos, porque él se consideraba a sí mismo como un objeto perdido y necesitaba ser encontrado por alguien a pesar de ser ya un caballero adulto.

No encontró la oficina esa después de dar muchos tumbos por Manhattan. Vio un parque y sentóse sobre un banco de madera donde una anciana fabricaba un tejido de punto con grandes alfileres en las manos, moviéndolos con habilidad

—Disculpe, amable anciana, ¿sabe dónde está la oficina de renunciar definitivamente a la vida y encontrar objetos diversos?

Aquella anciana lo miró y, con una risita llena de picardía, metióse el dedo índice en uno de los orificios de la nariz al tiempo que decía:

—¡Aquí! Ji, ji, ji…

—¡No puedo creerlo! —afirmó Óscar, que no salía de su asombro al escuchar aquellas palabras tan sorprendentes que procedían de una persona aparentemente inofensiva. Luego se dio un golpe en la frente como para castigarse a sí mismo por no haber adivinado algo que era bastante evidente. ¡Con razón no la he encontrado en ninguna parte!

 La anciana continuó haciendo punto como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, un maleante se aproximó hasta el banco donde estaban sentados Oscar y la anciana y, amenazando a esta última con una escopeta de cañones recortados, hablo así:

—Venga, vieja, dame todo lo que llevas hecho o te dejo seca aquí mismo.

Pero la anciana hizo caso omiso de aquella invitación y siguió con su interminable labor, porque ese día estaba muy animada con el punto y todo le estaba saliendo de maravilla. Entonces el maleante arrimó el cañón de la escopeta a Oscar y le amenazó del siguiente modo:

—Oye, tú, dile a esta abuela que me arrime la tela o te achicharro.

Oscar quedó atónito ante aquellas palabras llenas de intensidad dramática e interés por el punto de cruz, olvidó por completo su ignorancia de la vida y contestó:

—Pienso hacer todo lo que esté en mi mano para ayudarle, pero sepa usted que apenas tengo influencia sobre esta respetable anciana.

—¡Dile que te largue la tela, rápido —repuso el malhechor—! ¡O te achicharro aquí mismo y te mando al otro barrio!

—Pero, oiga, no tenga tanta prisa. Déjela terminar. ¿No ve que aún le falta menguar por delante?

—Si mengua te dejo seco —dijo el otro convencido.

Entonces Oscar tocó a la vieja y habló con ella:

—¡Ea! Buena mujer, entréguele a este asesino su molde, porque tiene mucho miedo y se quiere ir.

—¿A dónde? —preguntó Afrodita, que así se llamaba la anciana del punto.

—Con mi hija —dijo el asesino de la escopeta—. Está desnuda y necesita ropa. ¡Dame eso de una vez! —y arrancándoselo de la mano se fue corriendo y desapareció.

Fuese entonces Oscar a caminar por el parque, ya que no comprendía nada de lo que había pasado.

Halló en el parque una niña que jugaba a dar vueltas alrededor de una fuente de donde manaba el agua y como viera que la niña hiciera gestos muy graciosos que le llamaban la atención, comenzó a reír tan estrepitosamente que aquella, al verle, se asustó y quería salir corriendo en busca de sus padres y de sus hermanos.

El guardia del parque le dijo a Oscar que tuviera mucho cuidado.

Entonces el caballero materialista, acordándose de que la vida era bastante difícil, decidió que en adelante tendría mucho cuidado con todas las cosas materiales.

Para distraerse se entretenía tocando cosas y contándolas para ver cuántas había en cada sitio…

Un día llegó a un sitio donde había 16 cosas…

—¿Cómo se llama este sitio? —preguntó al dueño.

—Dieciseislandia —dijo aquel.

Pero una de las cosas estaba mal puesta y el sitio no funcionaba bien.

Los existentes puros son personas que están básicamente de pie en algunos lugares, y que no hacen nada en concreto sino simplemente eso: estar de pie existiendo a manos llenas. Su existencia es enormemente interesante, ya que poseen una vida interior intensísima, llena de riquezas espirituales y fantásticas, y su mente alberga infinidad de imágenes e ideas… Pero se hallan tan quietos e inmóviles en medio de la calle que han originado especulaciones de todas clases, incluso inmobiliarias, ya que algunos avispados han pretendido vender edificios proyectados cerca de donde había algunos de ellos con el reclamo turístico de su presencia.

Son personas cuya principal actividad consiste en, básicamente, existir. Y, para ello, no dudan en aplicar las técnicas más audaces o sofisticadas. A veces se requiere pasar una vida entera aprendiendo, ya que no es sencillo y son muchas las distracciones y tentaciones que pueden desviar a un existente puro de su único propósito. Ser un existente puro no requiere conocimientos previos, pero sí un cierto entrenamiento diario.

Puede que para algunos la existencia sea algo superfluo, pero para los existentes puros no hay nada tan importante como estar de pie, en cualquier parte, existiendo intensamente y llevando esa vida tan peculiar que los caracteriza y que los hace estar siempre conversando acerca de todas estas cuestiones. Se toman las cosas con tranquilidad. Por ello, el buen existente no dudará en quedarse en alguna parte quieto, mirando lo que sea, con tal de mantenerse en su existencia indiscutible y luminosa a la vista de todos. A veces se les ve formando grupos compactos que se reúnen al amparo de una esquina y se hacen fuertes rodeando alguna cosa cerca de la esquina. Pero también ocurre que viven en lugares apartados, cerca de una fábrica abandonada o de cualquier almacén en ruinas. Salen entonces a mirar y a existir y, si se da el caso, observan a otros que, viviendo cerca de ellos, actúan como si no existieran.

Los existentes puros son barrocos y aman el ansia de ser. Son barrocos en política y clásicos en ortografía.

Cuando se marchó de aquel lugar, Oscar estaba desconcertado y buscó la oficina de renunciamientos, pero sin éxito. Un materialista sincero como él no podía permitirse el lujo de no saber qué hacer. Al pasar por delante de la catedral, escuchó la atronadora voz del prelado que amedrentaba a los fieles y anatematizaba a los materialistas y a los que no sabían qué hacer.

—¡Ay de ellos —decía el prelado—, porque ellos conocerán la mugre y en sus sueños se agazapará la bestia, el perro…, y en las colinas de la desesperación no hallarán consuelo ni alegría!

Oscar quedó preocupado ante tales palabras, meditando su posible significado, y pasó un buen rato reflexionando ante aquellos términos decisivos.

Sentóse en los escalones del pórtico y veía pasar a la gente concentrada en sus asuntos particulares.

—Tengo que averiguar qué pasa aquí —se dijo a sí mismo.

Al pasar un peatón viandante, lo detuvo y lo interrogó con una mirada llena de patetismo y melodrama.

—Desconocido peatón, ¿le importaría decirme si sabe qué es lo que está pasando?

—Nada —dijo el otro—. Nada de nada —y continuó su viandancia y su peatonismo.

—Si no pasa nada —dijo Oscar—, entonces es absurdo que me preocupe.

En aquel momento un grupo de existentes puros pasaba por la acera: eran unos veinte o treinta y venían todos juntos en dirección a los jardines adonde tenían previsto dirigirse para, una vez allí, dedicarse a no hacer nada todos juntos.

Uno de ellos pisó a Oscar en un pie y acto seguido pidió disculpas, arrepentido.

—Usted perdone —le dijo.

Oscar lo miró con curiosidad y advirtió algo raro en aquella persona, que era una mujer muy guapa y atractiva. Vestía una túnica a cuadros blancos y negros y se llamaba Carla.

—Mi nombre es Oscar y ha sido un verdadero placer ser pisoteado por alguien como usted.

La mujer se rio con una risa franca y jovial.

—En tal caso, si me permite, desearía volver a pisarlo, porque lo que es yo, lo he pasado fantásticamente mientras lo pisaba con el pie.

—Aquí tiene otra vez mi pie —dijo Oscar, y estiró el suyo—. Puede volver a pisarlo cuanto desee. Está hecho de materia pura —dijo con orgullo—. Píselo, por favor, que yo sabré apreciar sus pisotones en lo que significan y en lo que valen. ¡Ttenga! ¡Tenga! —y le mostraba el pie.

Ella lo pisoteó varias veces con su sandalia de existente puro. Luego se despojó de la sandalia y con el pie desnudo pisó el de Oscar, que también se había quitado el zapato y el calcetín. Lo pisaba acariciadoramente hasta que Oscar se enamoró de tanto pisotón amable y femenino, dando pie con ello a que se hicieran amantes.

Oscar le rogó a Carla que le ensañara a ser un existente puro.

—Lo primero que tienes que hacer es dejar de hacer todo tipo de cosas —le dijo aquella la bella.

—No sé si voy a saber —dijo Oscar—. Estoy acostumbrado a ser un materialista y cada vez que veo algo que me gusta, no puedo dejar de hacer lo que me pide el corazón.

El jefe de los existentes puros era un tal Paco Olsen. Carla llevó a Oscar a su presencia para que mantuviera una entrevista.

—¿Qué sabes no hacer? —lo preguntó aquel.

—Solo algunas cosas —repuso este.

—Hazme una demostración —le pidió el jefe de la banda.

Entonces Oscar comenzó a no hacer un montón de cosas.

A no andar.

A no mirar a los pájaros.

A no tocar la flauta.

A no cocinar unos huevos a la Rochefoucauld..

A no leer las obras completas de J. L. Pérez y Pérez.

A no escribir el diario íntimo de Tagore.

A no recitar las elegías austriacas del conde de la muela triste.

A no jugar una partida de ajedrez con el asesino de la calle 42.

A no ir a ver la famosa película Ya no me debes nada, capullo.

A no entablar una charla con un aficionado a las charlas.

A no asistir a la famosa conferencia del artista irreverente Eusebio el cojo acerca de las ultracostrumbres simiescas de los simios.

A no mostrar ninguna emoción ante la presencia de la famosa actriz Josefina la cantaora.

A no participar en ningún acto solemne.

A no molestar la siesta sublime del octavo patriarca de la luz cegadora.

A no estarse quieto.

A no hacer muchas más cosas.

Cuando hubo acabado de no hacer todo esto, miró otra vez a Paco Olsen, el cual se hallaba en un estado de ánimo lamentable, porque estaba convencido de que aquel recién llegado era capaz de no hacer muchas más cosas que él mismo, por lo que a continuación llamó a todo el mundo, que se hallaba esparcido por los bosques del parque para no hacer nada de nada, y les expuso los hechos que siguen:

Primer hecho de Paco Olsen: un recién llegado siempre es un recién llegado.

Segundo hecho de Paco Olsen: Oscar era un recién llegado.

Tercer hecho de Paco Olsen: él no era un recién llegado.

Cuarto y último hecho de Paco Olsen: este hecho era misterioso…

Oscar pasó algún tiempo ejerciendo de existente puro por la calle. Iban de un lado para otro y luego volvían sobre sus pasos sin ningún propósito. Solo por mero afán de existir.

Como Oscar era un apasionado de la materia, toda aquella vida se le antojaba insuficient,e por lo que pronto desistió de seguir con aquel juego tan turbio y así se lo dijo a Carla.

—Lo siento, pero yo no siento nada con todo esto… Creo que me voy a ir.

—¿A dónde? —le interrogó ella sorprendida.

—Adonde sea: necesito materia para satisfacer mis necesidades y con vosotros no encuentro más que vagar de un lado a otro sin poder disfrutar de los placeres de la vida.

—Entonces me voy contigo, porque yo aquí ya no pinto nada.

Oscar y Carla se fueron juntos en busca de objetos verdaderos para poder construir algo entre los dos. El primer día no encontraron nada con lo que disfrutar. Después de haber recorrido toda la parte sur, de pronto se encontraron en una plaza donde había mucha gente. En una de las esquinas había un edificio con unas letras en la puerta «Oficina de renunciamientos y objetos perdidos».

—Mira —dijo Oscar—, estuve buscando la oficina aquella y no conseguí encontrarla. Ahora que no la busco me la tropiezo así de cualquier manera.

—¿Y para qué la buscabas? —le preguntó Carla.

—En otra época yo estaba harto y me dijeron que renunciara a todo para poder solucionar mi problema.

—¿Tu problema?

—Sí, no sabía vivir, lo hacía todo al revés… Incluso llegué a operarme varias veces, pero como si nada.

—Y fue entonces cuando te hiciste un materialista —dijo ella.

—No, ya lo era por convicción. Lo que pasa es que a veces no encontraba nada que me agradara lo suficiente. También tuve asuntos con la policía.

—¿No me digas? Pero eso es magnífico, ¡no sabes cómo me interesas ahora!

—Me otorgaron un barrote carcelario portátil que suelo llevar encima —y sacó el barrote que le había dado el policía—. Míralo, ¿qué te parece?

Ella lo cogió con asombro y lo observó de cerca.

—Es muy bonito, pero no te lo he visto nunca puesto…

Entonces se les acercó alguien con una guitarra

—Acabo de veros con ese barrote portátil y me gustaría hacerle una canción.

Canción del barrote

Tengo un barrote detrás del cogote
Duermo con ello
No me da lástima pero me callo
El barrote es mi música negra
Subiré hasta el jardín
Y seré pronto libre…
Barro barrote para el cogote…

Después de cantar aquella canción del barrote, el guitarrista se marchó a canturrear por la plaza, reuniéndose con otros que estaban por allí, hablando con ellos y rasgando la guitarra para sacarle las músicas que llevaban escondidas en el agujero negro.

—Voy a entrar a la oficina, creo que debo renunciar. Es mi oportunidad de resolver el problema y quedarme a salvo de todo.

—Pero ahora me tienes a mí. Ya no es lo mismo, ya no estás solo.

Oscar la miró con atención.

—Es verdad, ahora estoy contigo y en realidad no necesito renunciar a nada. Sin embargo, siento la necesidad de renunciar a algo, sea lo que sea, o de lo contrario no estaré satisfecho. Es una necesidad espiritual y física. No sé, no estoy cómodo si no renuncio a algo.

Ella lo miraba con extrañeza, como si no comprendiera el significado de sus palabras, realmente extraordinarias, proviniendo de un materialista que también era un inútil y un ex-existente puro.

—¿Y qué piensas hacer, a qué cosa vas a renunciar ahora que ya no quieres renunciar a nada de lo que te ofrezca la vida? —inquirió ella, no sin ironía.

—Déjame que lo piense —dijo Oscar, y mientras iba diciendo esto, se encaminó hacia el edificio de la oficina.

Una vez dentro, se acercaron al mostrador donde un hombre con una gorra atendía las peticiones de la gente. Había una señora muy anciana que se hallaba renunciando a todo el universo, a las galaxias, a la radiación de fondo, al gato de Schrödinger porque decía que allí había gato encerrado, a los aeroplanos, a las constelaciones astrales, a los jarrones chinos y a los tostadores de pan.

—Firme aquí —le propuso el empleado a la anciana, y le ofreció unos documentos para que los firmara.

Cuando le tocó el turno a Oscar, se arrimó al mostrador y el funcionario le preguntó qué quería.

—Deseo renunciar.

—Sí, pero ¿a qué?

—A renunciar.

—Eso es una metarrenuncia, también llamada una renuncia metafísica o de segundo orden. Apenas se presentan casos por estas fechas. Deberá ir al departamento de asuntos simbólicos que se halla en el segundo sótano —y el empleado le señaló una pequeña puerta que había al fondo del recinto en un rincón: casi parecía la puerta de un pequeño armario empotrado en la pared más que la que diera acceso a cualquier lugar adonde pudiera dirigirse un renunciante normal.

Oscar accedió a través de aquella puertecilla ridícula seguido de Carla, a quien, como era muy alta y elegante, le costó mucho trabajo doblegar su cintura para penetrar hasta allá. Luego siguieron una serie de pasillos, escaleras y subterráneos hasta que dieron con un pasillo larguísimo, al fondo del cual había una puerta ridícula. Sobre la puerta se podía leer lo siguiente: bienvenidos.

Cuando penetraron allí, había una habitación deslumbrante, enorme, decorada de espejos, cuadros, sillones dorados, mesas lacadas, estatuas, arañas de cristal, armaduras y un sinfín de cachivaches de toda índole. En una chaise longue se hallaba echada una dama envuelta en sedas y gasas de colores, con una hermosa cabellera rubia y una sonrisa que abarcaba toda la felicidad que puede permitirse un renunciante secundario.

—¿Cómo estáis? —les preguntó con familiaridad, como si los conociera de mucho tiempo.

Oscar no salía de su asombro; no hacía más que mirar a todas partes ante el despliegue de objetos materiales que se exhibían delante de él.

Mientras se aproximaban hasta la mujer recostada para expresarle sus deseos, Oscar, como buen materialista, tropezó con una bola negra de alabastro blanco que había en el suelo.

—¿Qué es esto? —dijo— ¡Ah! ¡Qué hermosa bola! —y se arrodilló para recogerla y acariciarla y besarla. Luego se levantó de nuevo con la bola negra blanca y se acercó hasta la mujer—. ¿No es verdad que es incomparable esta bola?

—No me quiero pronunciar acerca de la bola. Lo tengo prohibido. Es una cuestión baladí y yo estoy aquí para cosas más importantes que hablar acerca de bolas blancas o negras.

—Me parece bien —dijo Oscar—. En realidad, hemos venido para renunciar a renunciar y nos han dicho que era una operación secundaria o metafísica, no recuerdo, y que requería los servicios especiales de un experto.

—Así es. Siéntense, que voy a tomar nota de sus inverosímiles aspiraciones y deseos.

Ambos tomaron asiento en sendos sillones Luis XVIII.

—Deseo renunciar a renunciar, como le he dicho ya.

—¿Y qué más?

—Solo eso.

—Vale, pues ya está, se pueden ir, he tomado nota de todo… Y la mujer continuó en su actitud de mujer decadente y pecaminosa, sonriendo como si deseara ofrecerle alguna extraña ofrenda.

Oscar y Carla salieron del salón rococó perfectamente satisfechos de la operación que acababan de realizar ante una experta, aunque un poco intrigados frente al despliegue barroco de mobiliario y escenificación, para una gestión tan liviana. Casi se habían quedado con ganas de realizar un trámite más largo y complejo, o al menos, que las preguntas hubieran sido más profundas y comprometedoras.

Oscar y Carla deambularon luego largamente por los muelles, charlando amigable y tranquilamente de sus propios problemas, que no eran pocos. Cerca del ministerio hablaron con algunos diplomáticos y funcionarios acerca de lo mal que estaba todo lo relacionado con la materia.

—Aquí materia hay poca, como pueden comprobar —dijo uno de los responsables de los asuntos sensibles del Gobierno. El otro día, sin ir más lejos, tuvimos que recorrer todo el desierto con helicópteros para encontrar un trozo lo bastante grande como para surtir a todo el departamento.

Oscar y Carla se fueron haciendo poco a poco una pareja inseparable, hasta que decidieron renunciar a la materia para convertirse en amigos el uno del otro y dedicarse en exclusiva a su amistad. Muchos conocidos los veían por la calle y los llamaban por sus nombres, pero estaban tan enamorados el uno del otro que no prestaban oídos a las murmuraciones así que llegó un día en que ya no sabían qué hacer. Ese día se fueron al campo y allí cultivaron la soledad y la resignación hasta que llegaran tiempos mejores.

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Cultura

El runrún interior: un dietario (6)

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el

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (5)

Martes, 7/7/2021. Impresionado por esto de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, que leo citado por Tomás Sánchez Santiago: «Durante la noche los maderos de las casas crujen como si los árboles a los que pertenecieran se resistiesen a olvidar».


Miércoles, 8/7/2021. Javier Ruiz, despedido fulminantemente del infame programa de Ana Rosa Quintana por un alegato sobre la paliza mortal a Samuel Luiz en el que denunciaba que hay partidos que alientan la homofobia. Silencio atronador entre el columnariado patrio, que por lo que sea no ve aquí un ejemplo flagrante de cultura de la cancelación.


Jueves, 9/7/2021. Recuerda Edgar Straehle en Twitter que, en 2010, Internet fue nominado al Premio Nobel de la Paz. Qué cándidos éramos.

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En LaSexta informan sobre una ola de calor que podría registrar las temperaturas más altas de la historia en España. No se les ocurre otra cosa mejor que bautizarla como la bestia africana. Se habla de los micromachismos. También existen los microrracismos.

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Atacan a Samantha Hudson, referente trans, por unos viejos tuits machistas —por los que no ha dejado de pedir perdón— de 2015, cuando iba a 4.º de la ESO, y eso me recuerda dos cosas: las tonterías que yo pensaba y decía en 4.º ESO, y que hoy me parecen aberrantes, y algo que le leí en una ocasión a Fernando Savater, y que me gustó (los relojes parados dan la hora exacta dos veces al día, ya se sabe). Preguntaban a Savater si se arrepentía de algunas cosas que había dicho y escrito cuando era joven; cosas flagrantemente contradictorias con sus posiciones actuales. Respondía: «No, y no me importa que las saquen, pero que sea con la fecha debajo». El derecho a evolucionar.

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El asesinato de Samuel Luiz ha desatado un #MeToo de la homofobia que celebro, pero que me tiene muy desasosegado: leo cosas que me dejan el estómago del revés para todo el día. Bien está: se trata de eso, de incomodarnos. Un ejemplo del tuitero Viktor Medina: «En 5.º de Primaria (9 años) el profesor de Educación Física enfermó y le vino a sustituir otro. Al poco de estar ahí preguntó: “Bueno, y ¿quién es el mariquita de la clase?”. Un grupillo me señaló a mí: “¡Medina!”. De ese momento recuerdo hasta el color de los azulejos de la pared».

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Sería bueno, creo, hacer más pedagogía de la que veo hacer de que la violencia homófoba también es violencia patriarcal, machista. El patriarcado es un ideal de mujer y también uno de hombre, y maltratar (y, en el extremo, asesinar) a quienes no lo cumplen. En ambos casos, la violencia afecta tanto a la mujer o al LGTB como a quienes, no siéndolo, tratan incorrectamente a la mujer (el estereotipo del planchabragas) o tienen comportamientos afeminados. Y hay una violencia macro y también un despliegue micro: chistes, etcétera.

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Abrir un libro que heredaste de un ser querido que falleció y encontrarte sus subrayados, sus notas, su letra, qué le interesó de aquel libro y qué no, y descubrir con sorpresa que tú hubieras subrayado lo mismo, que te hubieran interesado y no interesado las mismas cosas. Sentirlo un poquito vivo dentro de ti, casi veinte años después de su partida. Llorar un poquito. Tranquilizar un poquito la cierta angustia que has sentido siempre por no sentirte a la altura de aquel a quien admiraste: eres él en al menos algún grado.


Viernes, 9/7/2021. Mejillones cocidos por el calor y estrellas de mar muertas por las altas temperaturas en la costa occidental canadiense, azotada por una ola de calor que ha triturado varios récords históricos. La putrefacción de las criaturas muertas, cuentan por allá, se adueña del ambiente. Sensación como de presagio azteca del fin de los tiempos; de aquella sucesión funesta de acontecimientos abracadabrantes, insólitos, que se cuenta que aterrorizó a los mexicas en los años inmediatamente anteriores a la llegada de los españoles, porque veían anunciado en ellos que el Cuarto Sol se terminaba.

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El discutiniu del día va sobre un prudente comentario del ministro Garzón sobre la necesidad, tanto sanitaria como ecológica, de moderar el consumo de carne, que ha puesto histérico a todo el mundo de un modo absolutamente ridículo. La mejor muestra de la suciedad con que quienes deberían promover un debate sereno embarran el ambiente por intereses cortoplacistas la ofrece Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura, que acusa a Garzón de atacar a los ganaderos y lo invita a visitar una dehesa: Garzón defendía en su discurso la ganadería extensiva frente a la intensiva. O Vara no vio el discurso, o lo vio y decidió responder a lo que decidía que Garzón había dicho y no a lo que había dicho en realidad. Para más inri, en una maniobra también muy sucia, Pedro Sánchez no sale a defender a su ministro por decir ni más ni menos que lo que se indica en su tan cacareada Agenda 2050, sino que se pone a bromear con que a él le gustan los chuletones al punto. Lo dice bien Fernando de Córdoba: «Pedro Sánchez presentó un informe que recomendaba comer menos carne roja. Presidió el consejo de ministros que aprobó la campaña para disminuir el consumo de carne roja. Y cuando Garzón sugiere comer menos carne roja, suelta una cuñadada. No me gustaría tener un jefe como él».

Twitter se llena entretanto de una catarata desoladora de panegíricos cárnicos, vivas al entrecot, fotos «aquí sufriendo» de parrilladas no siempre apetitosas (un tuitero de Vox ha subido una de un huevo frito chuchurrío y una chuleta de Sajona grasienta con carbonilla de sartén mal fregada que mete miedo al pánico), «la voxarrada creyéndose en serio que por hacerle una foto a un solomillo están poco menos que defendiendo el Alcázar», que dice Xandru Fernández, y menciones a la madre de Garzón: la masculinidad frágil en toda su gloria. Chistes, chanzas y puyas a los vegetarianos, también, acusados de pesados, lo que tiene gracia: yo que no soy vegetariano pero conozco a varios muy cercanos, doy fe de que los pobres padecen infinitamente más chapas que las que dan. En cuanto uno dice o se revela que es vegetariano, todo el mundo se siente legitimado y hasta obligado a soltarle una.

Me he preguntado a veces por qué España consume tanta carne y pienso que la posguerra le confirió un aura de símbolo de prosperidad que ha mantenido fantasmáticamente hasta hoy. Y que las fotos tipo «aquí, sufriendo» son en general un poco eso: «miradme, como mucho, puedo pagarme un chuletón de medio kilo, me va bien». El hambre, el subdesarrollo de aquellos años, es un trauma nacional que tiene un reverso positivo: España ha sido un país muy tolerante con la inmigración, y sigue siéndolo en comparación con otros y pese a Vox, por similar motivo. En los noventa, e inercialmente hasta hoy —aunque cada vez menos—, celebrábamos a los inmigrantes como la prueba de que por fin éramos un país próspero, primermundista, al que la gente quería venir en lugar de marcharse.

Con respecto a nuestro consumo enloquecido de carne, creo que sin parangón en el mundo con la salvedad de Argentina y Uruguay, tal vez podamos remontarnos más atrás, a cuando se comía cerdo ostentosamente para probarse cristiano. Sea como sea, qué patética es esta incapacidad para mantener una discusión madura y ponderada sobre los perjuicios para la salud del exceso del consumo de carne, lo tremendamente contaminante del metano de las vacas o los purines de los cerdos o cómo las macrogranjas acaban con las pequeñas explotaciones y crean muy poco trabajo. Todo se encanalla, todo se pervierte, todo se vuelve un juego pueril.


Sábado, 10/7/2021. Viendo un mapa de España que muestra cuántas calles enaltecedoras del franquismo quedan en España provincia a provincia —y en el que Asturias sale bien parada: solo 6, calculo que todas en Oviedo, por las, por ejemplo, 59 de la vecina León o las 123 de Toledo—, me acuerdo de una viñeta genial de Neto en La Voz de Asturias del tiempo en el que en Villaviciosa se debatía con qué nombre reemplazar al de la plaza del Generalísimo, conocida popularmente como «del Güevu». Proponía el viñetista una solución de consenso: plaza del Güevu del Generalísimo.

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A lo mejor es porque llevo toda la vida enamorado de Joan Baez, pero me parece que todas sus versiones de canciones de otros, de Blowin’ in the wind a Let it be, son mucho mejores que las originales.

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Carlos Fernández Esquer en Twitter, en referencia a la crisis ministerial de Pedro Sánchez: «Turbopolítica. Qué falsa sensación de que pasan cosas continuamente en un país que, en lo sustancial, lleva estancado políticamente más de una década, pendiente de reformas estructurales que se acumulan. Vaya farfolla de entretenimiento que nos hacen pasar por política».


Domingo, 11/7/2021. Hugo, un chico trans, cuenta en Twitter, para ilustrar cómo el hogar puede ser el último espacio seguro en el que salir del armario, que hoy ha tenido que volver a escuchar a su padre decirle a su madre por teléfono «si dice que es mi hijo, no sé quién es, yo solo tengo una hija, y no quiero en mi casa a extraños que no conozco». Comprendo que la transición de un hijo puede ser desconcertante para un padre, pero no dejan de pasmarme y partirme el alma estos casos de tremenda crueldad paternofilial que el colectivo LGTB está contando estos días. Me admira también la valentía de estas personas. Yo creo de mí que no podría salir del armario si estuviera metido en uno.

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De las 30 áreas de mayor concentración de población de Europa, 20 están en España. Como dice Pedro Vallín, «la España Vaciada en realidad rodea a la España Apelmazada». España es un país extraño y desequilibrado. ¿Explica esa concentración nuestros índices altos de COVID-19?

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Una cita genial de José Luis Sampedro, en defensa del cuidado del estilo y de la buena literatura en los ensayos académicos: «Hay que escribir con rigor, pero no con rigor mortis».

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Leo por ahí que «depresión es exceso de pasado; estrés, exceso de presente, y ansiedad exceso de futuro». Es una buena manera de expresarlo.

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Una cita de La Francia de Vichy de Robert Paxton con evidentes correlatos con nuestro inquietante presente, compartida en Twitter por Edgar Straehle:

«El estudio del fascismo se ve complicado por el hecho de que ningún movimiento fascista ha llegado jamás al poder por sus propias características. Ninguno de ellos ha asumido el poder sin ser apoyado por los conservadores, bajo unas condiciones en las que fascistas y conservadores silencian sus diferencias y soportan una cierta amalgama en pro de intereses más altos, como pueden ser los de asumir el mando y cercenar una amenaza comunista. Muy a menudo, los conservadores han hallado en el apoyo masivo y en los ejércitos privados del fascismo un providencial aliado contra la izquierda; con frecuencia, también, los fascistas han descubierto que los conservadores detentaban las llaves que conducen al poder. Mussolini fue financiado por industriales y terratenientes cuando sus squadristi nacionalsindicalistas se dedicaron a apalear a los socialistas reformistas. Fue el rey Víctor Manuel III quien, bajo el consejo de los líderes parlamentarios, le convocó en 1922 para que formase gobierno. Mussolini amenazó con la marcha sobre Roma, pero en realidad él llegó en un vagón Pullman. Hitler recibió dinero y apoyo de los conservadores y fue elevado al poder por el presidente Von Hindenburg, por consejo de conservadores como Franz von Papen y el general Von Schleicher. Todos estos líderes, en su marcha hacia el poder, encabezaron coaliciones de elementos fascistas y conservadores unidos en la empresa común de hacerse con el gobierno y evitar una revolución comunista».

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Me hago una pregunta. ¿Está habiendo un repunte de violencia homófoba, o hay la misma de siempre, o incluso se reduce algo, y lo que se incrementa es la atención mediática que nunca se le había prestado? Parece que los datos estadísticos sí indican un repunte violento. Pero ¿puede ser que ahora se denuncien cosas que antes no se denunciaban, o que se compute como agresión homófoba lo que antes se computaba como agresión a secas? Alguna vez leí que las estadísticas indican que en Suecia hay más violencia de género que en España, pero que se debe a que allá las mujeres denuncian más. Supongo que las dos opciones pueden ser sincrónicamente válidas, e incluso retroalimentarse. El asesinato de Samuel Luiz puede haber sido el caso Ana Orantes de la violencia homófoba, y hay una atención mediática y una preocupación social mayores que visibiliza lo que antes no se visibilizaba, pero esa visibilización de lo antes invisible incrementa la ira y la violencia de los homófobos.

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Se cumplen nueve años de la llegada a Madrid de la Marcha Negra de 2012. Aquel momento fue impresionante. Silencio, candiles encendidos, Santa Bárbara bendita, un apoyo vasto y una sensación como de chispazo fantasmático del pasado; de los mineros recuperando repentina y efímeramente la vieja épica de vanguardia del proletariado antes de desaparecer. El último y equívoco hálito de vivacidad de un moribundo.


Lunes, 12/7/2021. Manifestaciones parece que multitudinarias en Cuba, y antigubernamentales. Y lo de siempre. La dificultosa empresa de espigar algo de interés entre el fragor de la catarata doble de relatos automáticos de cartón piedra. El heroico pueblo anticomunista en lucha por su libertad y el heroico pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo. Soy amigo de Cuba y su revolución, pero no de los apriorismos, ni de las vulgatas, aunque sean revolucionarias. Nada es perfecto en el mundo sublunar y, por supuesto, la Revolución cubana tampoco. Algún descontento habrá que sea espontáneo y legítimo y no una pantomima de la CIA y los gusanos, ni su motivo una consecuencia más del embargo estadounidense. El embargo explica mucho, no cabe duda, pero no lo explica todo.

Esto de leer un titular sobre manifestaciones en Cuba y, antes de leer siquiera la crónica, tener decidido ya qué está pasando, en un sentido u otro, me hace gracia, porque ni el relato del pueblo en lucha por su libertad es liberal (no atiende a la diversidad de motivaciones de los individuos, sino que los amalgama a todos en un solo colectivo, movido por un solo designio), ni el del pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo es marxista (porque no es dialéctico, ni un análisis concreto de la realidad concreta, sino el mismo pensamiento religioso, maniqueo, que ve en todo lo que sucede ya una obra de la Providencia, ya una de Satanás).

Lo comentaba anteayer tomando algo con Dani Prendes, David Becerra Mayor y Diego Díaz, que me daba la razón: ni Cuba es el paraíso socialista que aseguran los unos ni la dictadura dantesca que aseveran los otros, sino un sistema complejo y contradictorio, con grandes fortalezas, grandes asignaturas pendientes, algunas que lo estaban y dejaron de estarlo y también algunas grandes sombras, que necesita una renovación democrática que preserve las conquistas del socialismo desprendiéndose de sus lastres. Ésa es, al menos, mi impresión, tal vez equivocada. Pero ya digo: me gustaría leer algún análisis ponderado que me la confirme o me la invalide en lugar de tanta explicación precongelada y lista para comer con dos minutos de microondas.

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¿Qué es peor: tener una pesadilla, o la sensación de inmensa frustración de despertarse de un sueño muy bonito?

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Leo, y me parece precioso, que Boris Vian decía que no quería la felicidad de todos los seres humanos, sino la de cada uno de ellos.

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Conozco a una mujer mayor muy creyente, muy beata, muy conservadora, de quienes sus allegados se burlan; la provocan blasfemando adrede ante ella y demás. Veo que a ella esto la indigna menos de lo que la desconcierta y le pone triste: «Yo solo hago lo que mis padres me enseñaron». Pienso en aquel libro sobre el primer cristianismo de Peter Brown, Por el ojo de una aguja, cuando cuenta el desconcierto de los romanos que cumplían puntillosamente con las viejas tradiciones paganas ante el cristianismo triunfante que las condenaba, las ridiculizaba o las perseguía. Como tiendo a identificarme con los perdedores, al leer a Brown simpatizaba con aquellos paganos. Y hoy, ateo y apóstata como soy, simpatizo con la persona mayor de la que hablo. No con su religión, ni con sus ideas, sino con ella como ser humano. El progreso no debería ser cruel con aquellos a quienes su velocidad marea. Y, en todo caso, empiezo a no estar tan seguro de que el nuevo dios de nuestros días sea progreso en comparación con el cristiano, con todas sus sombras.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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Cultura

Jueves de poesía

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

Este breve volumen recoge varios poemas de Carmen Beltrán y de Enrique Cabezón, dos de los poetas más dinámicos, no solo con respecto a su propia escritura, sino promoviendo de forma incansable lecturas poéticas, proyectos editoriales, encuentros y todo tipo de actividades que tengan que ver con la poesía, aunque no solo con ella. La oportunidad de convocarlos de nuevo la ha propiciado la Universidad San Jorge de Zaragoza.

Los poemas de Carmen Beltrán (Logroño, 1981) ―autora de títulos como Prohibido jugar (CELYA, 2004), Pecado original (Ediciones del 4 de agosto, 2007), Cuaderno de sal (Los libros del señor James, 2010), Ser como el pan (Poética y peatonal, 2014) o La meteoróloga de sí misma (La Cabaña del Loco, 2018)― se agrupan bajo el título Polígono y cuenta con la presentación de la poeta Isabel Bono, que firma opiniones como esta: «[Los poemas de Carmen Beltrán] ordenan la vida y abren ventanas con la misma naturalidad con que organiza y ventila el dormitorio de sus hijas». La utilización de un lenguaje cotidiano que intenta detenerse en momentos concretos de la experiencia provoca que esta sea de inmediato compartible: «las ocho menos diez/ siempre cinco minutos tarde/ enfilo el polígono/ está hacia el este/ siempre es de luz en el camino/ a la espalda/ mis hijas duermen/ mis sueños también». La ausencia de puntuación y de mayúsculas al comienzo del verso contribuye a resaltar un ritmo que se adapte al ritmo musical de la frase, más que a la rigidez métrica. Beltrán no se demora en circunloquios, va directamente al objeto, a la situación, al momento, por eso su expresión es sumamente concisa, pero lo es también porque «hay palabras/ que en vez de germinar pudren/ que algunos caminos/ son muy fértiles/ y otros un féretro». Como se ve, estamos ante una poesía libre de ornamentos que pone especial énfasis en la precisión de las imágenes y en la economía de las descripciones: «rotonda, parque, río/ a la derecha/ la vía del tren/ un concesionario/ una empresa de mensajería/ una gasolinera, un taller/ a la izquierda…». Los frecuentes encabalgamientos combinados con una puntuación aleatoria dotan al poema de un significado que trasciende la mera anécdota y lo que es un personal acto cotidiano se transforma en una sensación colectiva que afecta y emociona a cualquier lector: «pensar que tu dolor no es único/ es lo primero para la salud mental/ y casi lo contrario de ser poeta/ no hay agonía pequeña/ sino mal narrada/ alguien debe contar también/ el oficio de ser sombra», escribe Carmen Beltrán en esta pequeña, pero magnifica muestra de su quehacer.

Muy distinta es la poesía de Enrique Cabezón (Logroño, 1976) ―autor de, entre otros, los títulos Territorio de ceniza (Kabemayor, 2003, Dios cabalga los lomos de las muchachas (LF Ediciones, 2005), No busques lágrimas en el ojo del muerto (Germanía, 2006), Existir en los días (Eclipsados, 2009),  y Desdecir (Amargord, 2013). Además, ha publicado el e-libro La traición en los colores (Página de Nausícaa, 2001), el dietario Sílabas trabadas (La Casa del Loco, 2019) y la novela Una semilla (Los libros del gato negro, 2021―, un poeta políticamente comprometido, como resalta con acierto Víktor Gómez en el prólogo, en el que, entre otras cosas, afirma que Cabezón practica

«Un saber y un escribir en el que lo culto y popular se relacionan y retroalimentan simbióticamente. Sus temas son todo lo que la vida cotidiana se puede vivir conflictivamente, el deseo, el amor, el sexo, la amistad, las relaciones laborales, generacionales o vecinales, así como lo que es ser una revuelta contra cualquier sistema de opresión y explotación».

Los poemas integrados bajo el título Circunvalación abundan en estas temáticas. Escritos en una forma híbrida, entre el poema en prosa y el poema en verso, juegan con las pausas versales para enlazar un discurso crítico y con afán didáctico, como sucedía en la poesía social del pasado siglo. Cabezón se reconoce en el epígrafe «poeta social», pese a la carga peyorativa que arrastra, pero lo hace con una alta dosis de ironía: «somos poetas sociales/ sostienen// tratamos sobre problemas de gravedad e influencia mundial/ por qué preocuparse de las familias que deben cruzar a pie una autovía para llegar al colegio/ al médico/ a la familia/ …/ servicios que la ciudad les ha extirpado como quien vende órganos de otro».

Resulta evidente el cambio sustancial de paradigmas entre las demandas de la poesía de la década del pasado siglo: libertad, democracia, justicia, etcétera, y las que ahora enarbola Enrique Cabezón y otros poetas de la misma onda, más centrado en los asuntos cotidianos, de convivencia ciudadana, doméstica, podríamos decir, porque, como afirma con crudeza, «nos faltan aumentos para ver lo pequeño/ pero lo pequeño mata». Y es lo pequeño, lo aparentemente insustancial y transitorio, lo que, a la postre, condiciona nuestra vida. Parece que el poeta debe estar siempre buscando el sentido a la vida, exponiendo esa complejidad en unos versos que aspirar a lo sublime, pero esto no deja de ser una trampa en la que el mismo poeta, de tanto camuflarla, acaba por caer. Enrique Cabezón es muy consciente de esta estratagema, como podemos comprobar en estos versos: «éramos o no/ poetas sociales/ con esa excusa nos agasajaron en un festival/ local gloria poética/ lo social// comunitario benéfico colectivo general// no es sustancia de escritura en la paleta del bardo provinciano/ no es un valor en sí/ qué gris y coetáneo drama/ así que yo/ farsante de aedo que perdió la épica por el camino/ me acuerdo/ y me cago todas las mañanas/ en los muertos de los poetas que miran distraídos para otro lugar/ como si lo que pasa en su ciudad no fuese con ellos/ andan perdidos/ abstraídos de musa y muso/ los pobres ni ven/ ni oyen/ ni se quieren enterar». No es la única denuncia que mantiene Cabezón en estos versos, pero nos sirve para verificar el tono entre sarcástico y fustigador de conciencias. Jueves de poesía ha reunido a dos excelentes poetas en una bella edición de la que solo podemos poner un reparo, su brevedad.


Jueves de poesía
Carmen Beltrán y Enrique Cabezón

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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Cultura

ARCO 2021: cuarenta años después

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/ por Arturo Caballero /

Con tres años recién cumplidos y después de sortear un golpe de estado, la Constitución del 78 abrió la puerta, por fin, a una normalidad democrática que era, de alguna forma, el equivalente a lo que la economía llevaba haciendo, con mejor o peor tino, desde los años sesenta del siglo XX. Pero había muchas otras cosas que normalizar y modernizar. Aunque las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes se habían extinguido en 1968, España seguía anclada en una estructura cultural alejada de las prácticas comunes en otros países. La aparición de Arco, promovida como una feria de galerías por Juana de Aizpuru, suponía —aunque muchas veces en la adquisición de obras ha intervenido el dinero público— un intento de convertir la compra de arte en una actividad más de la economía capitalista. Y para la que no era necesario ocultarse; es más, podía incluso ser de buen tono realizar ostentación de ello.

Así que, estrenado 1982, fui a Arco por vez primera en un ritual que se ha repetido año tras año, con puntuales y mínimas ausencias, a lo largo de estos cuarenta. El retorno esta vez ha sido especial. Ni momento, ni lugar, ni artistas, ni galerías, ni yo, por supuesto, somos idénticos. El año pasado, con la pandemia ya expandiéndose, pero sin que fuésemos conscientes de lo que iba a ocurrir, disfruté con mis alumnos del último atisbo de normalidad. Hoy, retrasada la feria un trimestre, aún ni nos hemos instalado en la nueva. Tendemos a considerar nuestra visión de la existencia con una unidad, con una coherencia que probablemente nunca ha tenido. Nuestra vida y la de los demás son como ríos con cauces que unas veces se manifiestan paralelos y otras divergen hasta perderse de vista para acercarse y separase en permanentes meandros. También pueden llegar a mezclarse y de ahí hacia el todo, o hacia la nada, según. Es probable que las transformaciones sociales y culturales proporcionen la trama entrelazada sobre la urdimbre de la economía en la que la propia vida que se nos escapa momento a momento, lo que bien podría suponer simples puntadas más o menos discontinuas sobre el tapiz amablemente coloreado, en este caso, de estos cuatro decenios de realidad. Es teniendo en cuenta esta perspectiva desde donde uno debe establecer las relaciones entre la persistencia y el cambio.

La pervivencia se basa en el registro, edición tras edición, de unas imágenes que, al final, han constituido una de las fuentes primarias de Arte y perversión. La mirada de cada uno es propia e intransferible y nunca es neutral. Lo que refiramos de Arco, de este o de cualquier otro, tiene que ver (y aquí viene el cambio) con lo que fuimos y cómo nos sentimos en aquel momento concreto. Pero también con nuestro nivel de conocimiento y de nuestros gustos, que no siempre han sido los mismos. Incluso con nuestro humor. Y, por supuesto, con si vamos a comprar o simplemente somos unos visitantes profesionales o curiosos. Cuando los tiempos históricos se movían con una cadencia más lenta que hoy, era posible que una obra teórica pudiese mostrar una coherencia de la que ahora no podemos presumir. No obstante, hay ritmos que machaconamente se repiten (con variaciones, eso sí) durante épocas como esta de posmodernidad que unas veces hemos sufrido y otras hemos disfrutado. Me interesaba ver si los capítulos en los que organizaba el libro recién llegado a las librerías pasaban, en 2021, la prueba del nueve en una feria con dimensiones más modestas que años anteriores. Y que se publicitaba especialmente sensible ante tres temas: la contracción económica provocada por esta interminable peste, la apertura hacia nuevas técnicas y nuevas formas de comercialización y el empoderamiento femenino. Para no alargar en demasía estos aspectos excesivamente personales, puedo decir que sí; que lo plasmado en el libro, en esencia, puede ser considerado como una enumeración de síntomas que configuran, en parte, un diagnóstico aproximado del estado de nuestra cultura actual. Y entendiendo este término no en un sentido estrecho, sino en uno todo lo amplísimo que queramos.

Sin embargo, no se nos pueden ocultar otros cambios que van más allá de lo personal.

Que Arco 2021 ha moderado sus propuestas plásticas desde el punto de vista ideológico ha sido leitmotiv en todos los medios de comunicación. Y resultaba evidente. Y en numerosos aspectos.

Es verdad que nunca acabamos de sacudirnos el pelo de la dehesa y que la actualidad política ha supuesto un reclamo permanente en unas obras de arte pensadas más como un arma arrojadiza que un instrumento de transformación de la realidad. Allá cada uno con sus gustos y sus motivaciones. A este respecto resulta claro un cierto paso atrás. No ha desparecido del todo el arte combativo de un Avelino Sala, un Eugenio Merino (ambos en la Galería ADN) o un Santiago Sierra (Galería Helga de Alvear), pero el mensaje adopta formas genéricas y rehúye la apelación directa. Podemos discutir lo que queramos sobre la capacidad de las artes plásticas en el mundo actual no para mover conciencias (es fácil acceder visualmente a los resortes del sentimiento), sino para transformar mentalidades. Y si ello es posible (y no pretendo ahondar en la polémica), es más fácil que lo haga despojándose del detalle para convertirse en símbolo. Claro que esta cualidad no es propia de la voluntad del artista, sino de lo que pongamos los demás en ella. Valga esto para la versión del Guernica de Ibarrola, alegato en su tiempo a favor del retorno de la obra de Picasso al País Vasco y no a Madrid, y las xilografías que constituían un correlato parejo a los bocetos del cuadro original (que guardan más semejanzas con las deplorables Matanzas de Corea que con el modelo propuesto) en las que son reconocibles fácilmente guardias civiles y grises. Resulta que, al final, para recrear un Tiziano, pongamos por caso, quizá resulte necesario ser un Rubens. Si tuviese que elegir una obra de este género político-social (como la brigada de mis tiempos mozos), me quedaría con la desesperanzadora instalación de Maja Bajevic Women at Work – Washing Up, de 2001, que recoge una performance de cinco días en la que, lavado tras lavado, cinco mujeres hacen desaparecer las proféticas palabras de Tito «vivimos como si hubiera paz durante cien años, pero nos preparamos como si hubiera guerra mañana».

Women at work, de Maja Bajevic
Guernica, de Agustín Ibarrola

A falta de potente artillería (esta que referimos es ligera) las galerías presentes en Arco, como si se tratasen de acomodaticios gattamelatas, se han volcado en los aspectos más relacionados con la «pura visualidad», si se nos permite este recuerdo un poco traído por los pelos a Konrad Fiedler, que en aquellos otros que pueden considerarse vehículo para la transmisión de otra ideología que no sea la suya propia. Porque de la ideología subyacente nadie puede librarse. Y hay numerosos y hasta excelentes ejemplos tanto del arte de los ochenta y noventa como de las nuevas generaciones. Valgan como muestra un colorista paisaje de Alfonso Albacete (Galería Marlborough) y Hoja verso 2020 de Belén Rodríguez, finalista del premio Alhambra, en la que se aúnan lo teórico (indagación respecto al origen y producción de tintes) con lo más exquisitamente formalista. Hablar de las infinitas variantes de arte abstracto en su vertiente geométrica, expresionista, lírica, etcétera, etcétera, etcétera, apenas tiene sentido. Por destacar algo, me llamó la atención el aparentemente tierno trabajo, como recién pintado, de Markus Linnenbrink, inspirado en Morris Louis, en la galería Max Estrella.

Hoja verso 2020, de Belén Rodríguez
Obra de Alfonso Albacete

El arte realizado por mujeres, a pesar de la enorme diferencia cuantitativa con que se muestra aún el hecho por hombres, hace tiempo que ha dejado de ser lluvia fina y, ahora mismo, adquiere las características de chaparrón. Es muy probable que vaya a más. Y ojalá lo sea por las propias cualidades plásticas y por su posicionamiento en el mercado y no imposición de cuotas, como parece que se está reclamando en algunos foros. Había arte trivial, como el de María María Acha-Kutscher, de inspiración pop, que para mí suponía un retroceso respecto a las series de imágenes fotográficas mostradas el año pasado. También con ecos pop, pero de una divertida ironía era el de Marinella Senatore (ambos en ADN). En cualquier caso, prefiero una obra de rabiosa brutalidad, no exenta de complejidad conceptual y de interpretación psicoanalítica, como El origen del mal, de Mónica Bonvicini (Galería Peter Kilchmann), que cuestiona la sexualidad masculina a través de flácidos falos usando como recurso a Duchamp y a Baudelaire. Junto a ellas los delicados trabajos de Carmen Laffón (Galería Leandro Navarro) o Soledad Sevilla (stand de El Mundo), tan admirados por el público más conservador, parecían preservar los aromas estéticos, y también defender los valores plásticos, de tiempos pasados. Y más cuando un notable grupo de mujeres se ha inclinado por la utilización de todas esas manifestaciones que denominamos bajo el calificativo de arte de la idea, que, desde su eclosión en los sesenta y su aparente retroceso en los ochenta, han reverdecido en los últimos decenios.

El origen del mal, de Monica Bonvicini
Una obra de Marinella Senatore

No soy capaz de precisar hasta qué punto la caricatura tiene en el mundo de la imagen el mismo poder que en la literatura. Parece que esta incierta y descreída época nuestra, liberada del rigor doctrinal del movimiento moderno, se recrea en la ironía (me remito a Idilio n.º 5, de la serie La tierra fecunda, trabajo de Ariel Cabrera en la galería El Apartamento) y en el escaso respeto por los productos ajenos. El apropiacionismo explícito o latente lo impregna todo. Incluso obras aparentemente comerciales (perdón, ¿no se trata de una feria?) como Celeste (fumando) de Hans Op de Beeck en la galería Krinzinger de Viena me remitía a las perversas muñecas de Hans Bellmer, pero, tratándose de una pieza articulada y haciendo gala de ello, posee un hipnótico y sensual atractivo y más si se visualiza en contraste con la patética Piedad de Marina Abramović. La disposición de las piezas —y más cuando en sí mismas no tienen mucho que decir— no deja de ser todo un arte. Y quizá por vez primera se hace un juego y una burla conceptual del asunto por parte de la galería L21 de Palma de Mallorca y ¡ojo!, en sus heterogéneos estantes —que me recordaron una instalación de Yan Lei en la penúltima Documenta— hay, junto a auténticas provocaciones gamberras, obras de un aceptable valor decorativo.

La tierra fecunda, de Ariel Cabrera
Broma de la galería L21
Celeste fumando, de Hans Op de Beeck

Claro que — se me dirá — lo decorativo no tiene nada que ver con el arte. Y yo voy y me lo creo y rectifico. Pero vienen a mi memoria ciertas palabras de Matisse, o veo los cuadros impresionistas, o paseo simplemente por los pabellones 7 y 9, y lo dejo como estaba. Y vuelvo a un planteamiento ya expresado, pero ahora de forma más nítida: generalmente se nos olvida que la misión de una feria es vender la obra de sus artistas. Y lo decía sin recato (y bien está que así sea) otra artista emergente de mi tierra, Esther Gatón, autora de Un Martillo Viene Hacia Tí (Cibrian Gallery). Muchas veces pretendemos que los artistas (que tienen la mala costumbre de comer, al menos, tres veces al día y que deben hacerse cargo de otras necesidades, como los demás) transmitan plásticamente a través de sus variadas poéticas las nuestras, y digo nuestras porque no solo hay una. Y además sin que seamos compradores habituales.

Un Martillo Viene Hacia Ti, de Esther Gatón

Tiempos difíciles para una actividad que, como ya he dicho en otras ocasiones, sigue los ritmos vitales de la primera ola y se encuentra enfrentada, desde este mismo año, al mundo de los NFTs (Token No Fungible). ¿Cuál va a ser el futuro del mercado del arte a partir de este momento? ¿Morirá definitivamente —porque ya la hemos matado muchas veces y se empeña voluntariosamente en resucitar— la imagen pictórica? ¿Abandonarán los artistas sus lápices y brochas, sus acuarelas, óleos o acrílicos y se sumergirán en el proceloso mundo de los ordenadores? ¿Qué relación guardarán estas imágenes con sus propietarios, sus usuarios y con los espectadores en general? ¿Toda obra digitalizada es una obra digital?

El año que viene, si me quedan ganas, iremos viendo cómo transcurre el asunto.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. La próxima primavera la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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