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Los otros

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/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Concluía el último artículo de esta serie comentando acerca del inexcusable deseo que todos albergamos de encontrar una presencia humana con la que compartir la vida. Venía a referirme al acompañamiento en términos de referencialidad, no necesariamente de convivencia física. Uno comparte la vida con su familia, pero también lo hará con sus amigos, con otros familiares con los que no cohabita y con tantos compañeros de fatigas de todo tipo, que forman parte del entramado de sus relaciones. En definitiva, resulta evidente la necesidad de no concebirnos solos, sino como parte de un grupo humano que en última instancia conforma el tejido de nuestra compañía. Deberíamos, en este sentido, hablar de la compañía como una dimensión del individuo por cuanto estamos hechos para ser en y con el otro, incluso aún cuando vivamos aislados. En última instancia, no hay mayor experiencia de plenitud que la de exponernos ante un tú con el cual sentirnos liberados. De hecho, en virtud de quien nos procure esta experiencia liberadora estrecharemos el ámbito de nuestras relaciones preferenciales y no concederemos la misma importancia a todas ellas. Para muchos la cuestión es obvia y el solo hecho de pretender extenderme sobre el asunto en el folio que viene a ocupar cada una de las entradas de este cuaderno merece mis disculpas al lector por adelantado. Sin embargo, no vengo aquí a comentar lo evidente, sino a desentrañar la madeja implícita en esta experiencia para, tirando de su extremo, explorar una cuestión precedente: la provocación que suponen los otros.

Porque, al final, el día se consume en nuestros pulmones como una tea altamente inflamable. Arde en él el combustible de nuestras exigencias, siempre a zaga de lo eterno ―«A zaga de tu huella» dejó escrito San Juan de la Cruz en su Cántico―. Se recogen de esta forma, en la coda de cada jornada, los restos de una alternancia entre la diástole matutina, que nos llenó el corazón de grandes expectativas, y la sístole vespertina, que nos las va devolviendo cumplidas o frustradas. Se trata de un ir y venir en el cual la natural predisposición al entusiasmo nos invita a levantar la mirada, normalmente a la búsqueda de alguien con quien encontrarnos. No es solo una búsqueda instintiva, que también, sino una decisión consciente basada en las convicciones más íntimas, las emociones mejor sopesadas, y el cúmulo de expectativas con que afrontamos los afanes cotidianos. Las coordenadas de la búsqueda, por tanto, están señaladas en el mapa. Y en ese encaminarse hacia el territorio de lo social nos encontramos con tantas otras personas embarcadas en idéntica singladura. Cada uno de nosotros, entonces, podría ser un brocal donde asomarse entre las zarzas o las amapolas del vasto campo que juntos habitamos. Un pozo al que arrimar el rostro y contemplar la columna de aire que custodia, tierra adentro de su único ojo. Al que acercarse para desentrañar el trecho transparente en su interior instándonos a discernir las ondas sobre su negra superficie. El incierto recorrido al que no conseguimos resistirnos. Porque podríamos caernos y ser engullidos por su profundidad inextricable, que nos sumiría en un marasmo de confusión que no deseamos. Sin embargo, insistimos en seguir atendiendo al borboteo de su cráter palpitante que nos convoca a dialogar con el oráculo de su caudal en sombra. De este modo, la pregunta ante semejante embrollo sería. ¿Los otros son el infierno o el paraíso?  

Sartre dijo, ejerciendo de filósofo del yo y consabido pope del existencialismo, que el infierno son los otros. Fenomenológicamente la aparición del otro conlleva la reinterpretación del mundo de cada cual. Supone admitir que la libertad del otro desestabiliza la propia libertad y que al vernos como «ser-para-otros» nos sentimos juzgados de manera objetiva. También aceptar que el otro nos hurta espacio en la realidad y nos compele a concebirnos como entes relacionales. Y, en este sentido, podríamos pensar que al intelectual francés no le faltaba razón. O sí. Porque nadie puede robarte totalmente el espacio de lo que eres, y a menudo te será prestado el balde para sacar la mejor agua que los demás atesoran en sus entrañas. La que al zambullirte te da acceso a un paraíso subterráneo que comunica con el acuífero de tu propio edén. Y, cuando así no sea posible, te será brindada la opción de seguir escarbando hasta cotas mayores donde encontrar por fin un venero limpio con que aliviar la sed y refrescarte.

Y es que, en definitiva, lanzar el cubo es arriesgarse a encontrar o no a la primera lo que buscamos; jugársela en el abismo a oscuras en el yo de los otros. Pero sobre todo es sentirse atraído por el magnetismo freático que fluye en su interior, a cuya promesa de agua fresca jamás renunciaremos.

IMAGEN DE PORTADA: No need for speech, de Lynette Yiadom-Boakye (2018)


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Cero (2014), SFO (2013) y Los ojos de tu nombre (2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (2009). Ha publicado poemas, críticas, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas y el poemario bilingüe inglés-español SFO: pictures and poetry about San Francisco en Tolsun Books (2019). Asimismo, fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna. Participa de la poesía a través de encuentros y recitales, habiendo intervenido, entre otros, en el festival de poesía Amobologna, que organiza el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Bolonia; el festival poético hispano-irlandés The Well, que se celebra en Madrid; o el ciclo El Latido, que organizara el Instituto Cervantes de Roma.

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Cultura

El runrún interior: un dietario (6)

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/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (5)

Martes, 7/7/2021. Impresionado por esto de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, que leo citado por Tomás Sánchez Santiago: «Durante la noche los maderos de las casas crujen como si los árboles a los que pertenecieran se resistiesen a olvidar».


Miércoles, 8/7/2021. Javier Ruiz, despedido fulminantemente del infame programa de Ana Rosa Quintana por un alegato sobre la paliza mortal a Samuel Luiz en el que denunciaba que hay partidos que alientan la homofobia. Silencio atronador entre el columnariado patrio, que por lo que sea no ve aquí un ejemplo flagrante de cultura de la cancelación.


Jueves, 9/7/2021. Recuerda Edgar Straehle en Twitter que, en 2010, Internet fue nominado al Premio Nobel de la Paz. Qué cándidos éramos.

*

En LaSexta informan sobre una ola de calor que podría registrar las temperaturas más altas de la historia en España. No se les ocurre otra cosa mejor que bautizarla como la bestia africana. Se habla de los micromachismos. También existen los microrracismos.

*

Atacan a Samantha Hudson, referente trans, por unos viejos tuits machistas —por los que no ha dejado de pedir perdón— de 2015, cuando iba a 4.º de la ESO, y eso me recuerda dos cosas: las tonterías que yo pensaba y decía en 4.º ESO, y que hoy me parecen aberrantes, y algo que le leí en una ocasión a Fernando Savater, y que me gustó (los relojes parados dan la hora exacta dos veces al día, ya se sabe). Preguntaban a Savater si se arrepentía de algunas cosas que había dicho y escrito cuando era joven; cosas flagrantemente contradictorias con sus posiciones actuales. Respondía: «No, y no me importa que las saquen, pero que sea con la fecha debajo». El derecho a evolucionar.

*

El asesinato de Samuel Luiz ha desatado un #MeToo de la homofobia que celebro, pero que me tiene muy desasosegado: leo cosas que me dejan el estómago del revés para todo el día. Bien está: se trata de eso, de incomodarnos. Un ejemplo del tuitero Viktor Medina: «En 5.º de Primaria (9 años) el profesor de Educación Física enfermó y le vino a sustituir otro. Al poco de estar ahí preguntó: “Bueno, y ¿quién es el mariquita de la clase?”. Un grupillo me señaló a mí: “¡Medina!”. De ese momento recuerdo hasta el color de los azulejos de la pared».

*

Sería bueno, creo, hacer más pedagogía de la que veo hacer de que la violencia homófoba también es violencia patriarcal, machista. El patriarcado es un ideal de mujer y también uno de hombre, y maltratar (y, en el extremo, asesinar) a quienes no lo cumplen. En ambos casos, la violencia afecta tanto a la mujer o al LGTB como a quienes, no siéndolo, tratan incorrectamente a la mujer (el estereotipo del planchabragas) o tienen comportamientos afeminados. Y hay una violencia macro y también un despliegue micro: chistes, etcétera.

*

Abrir un libro que heredaste de un ser querido que falleció y encontrarte sus subrayados, sus notas, su letra, qué le interesó de aquel libro y qué no, y descubrir con sorpresa que tú hubieras subrayado lo mismo, que te hubieran interesado y no interesado las mismas cosas. Sentirlo un poquito vivo dentro de ti, casi veinte años después de su partida. Llorar un poquito. Tranquilizar un poquito la cierta angustia que has sentido siempre por no sentirte a la altura de aquel a quien admiraste: eres él en al menos algún grado.


Viernes, 9/7/2021. Mejillones cocidos por el calor y estrellas de mar muertas por las altas temperaturas en la costa occidental canadiense, azotada por una ola de calor que ha triturado varios récords históricos. La putrefacción de las criaturas muertas, cuentan por allá, se adueña del ambiente. Sensación como de presagio azteca del fin de los tiempos; de aquella sucesión funesta de acontecimientos abracadabrantes, insólitos, que se cuenta que aterrorizó a los mexicas en los años inmediatamente anteriores a la llegada de los españoles, porque veían anunciado en ellos que el Cuarto Sol se terminaba.

*

El discutiniu del día va sobre un prudente comentario del ministro Garzón sobre la necesidad, tanto sanitaria como ecológica, de moderar el consumo de carne, que ha puesto histérico a todo el mundo de un modo absolutamente ridículo. La mejor muestra de la suciedad con que quienes deberían promover un debate sereno embarran el ambiente por intereses cortoplacistas la ofrece Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura, que acusa a Garzón de atacar a los ganaderos y lo invita a visitar una dehesa: Garzón defendía en su discurso la ganadería extensiva frente a la intensiva. O Vara no vio el discurso, o lo vio y decidió responder a lo que decidía que Garzón había dicho y no a lo que había dicho en realidad. Para más inri, en una maniobra también muy sucia, Pedro Sánchez no sale a defender a su ministro por decir ni más ni menos que lo que se indica en su tan cacareada Agenda 2050, sino que se pone a bromear con que a él le gustan los chuletones al punto. Lo dice bien Fernando de Córdoba: «Pedro Sánchez presentó un informe que recomendaba comer menos carne roja. Presidió el consejo de ministros que aprobó la campaña para disminuir el consumo de carne roja. Y cuando Garzón sugiere comer menos carne roja, suelta una cuñadada. No me gustaría tener un jefe como él».

Twitter se llena entretanto de una catarata desoladora de panegíricos cárnicos, vivas al entrecot, fotos «aquí sufriendo» de parrilladas no siempre apetitosas (un tuitero de Vox ha subido una de un huevo frito chuchurrío y una chuleta de Sajona grasienta con carbonilla de sartén mal fregada que mete miedo al pánico), «la voxarrada creyéndose en serio que por hacerle una foto a un solomillo están poco menos que defendiendo el Alcázar», que dice Xandru Fernández, y menciones a la madre de Garzón: la masculinidad frágil en toda su gloria. Chistes, chanzas y puyas a los vegetarianos, también, acusados de pesados, lo que tiene gracia: yo que no soy vegetariano pero conozco a varios muy cercanos, doy fe de que los pobres padecen infinitamente más chapas que las que dan. En cuanto uno dice o se revela que es vegetariano, todo el mundo se siente legitimado y hasta obligado a soltarle una.

Me he preguntado a veces por qué España consume tanta carne y pienso que la posguerra le confirió un aura de símbolo de prosperidad que ha mantenido fantasmáticamente hasta hoy. Y que las fotos tipo «aquí, sufriendo» son en general un poco eso: «miradme, como mucho, puedo pagarme un chuletón de medio kilo, me va bien». El hambre, el subdesarrollo de aquellos años, es un trauma nacional que tiene un reverso positivo: España ha sido un país muy tolerante con la inmigración, y sigue siéndolo en comparación con otros y pese a Vox, por similar motivo. En los noventa, e inercialmente hasta hoy —aunque cada vez menos—, celebrábamos a los inmigrantes como la prueba de que por fin éramos un país próspero, primermundista, al que la gente quería venir en lugar de marcharse.

Con respecto a nuestro consumo enloquecido de carne, creo que sin parangón en el mundo con la salvedad de Argentina y Uruguay, tal vez podamos remontarnos más atrás, a cuando se comía cerdo ostentosamente para probarse cristiano. Sea como sea, qué patética es esta incapacidad para mantener una discusión madura y ponderada sobre los perjuicios para la salud del exceso del consumo de carne, lo tremendamente contaminante del metano de las vacas o los purines de los cerdos o cómo las macrogranjas acaban con las pequeñas explotaciones y crean muy poco trabajo. Todo se encanalla, todo se pervierte, todo se vuelve un juego pueril.


Sábado, 10/7/2021. Viendo un mapa de España que muestra cuántas calles enaltecedoras del franquismo quedan en España provincia a provincia —y en el que Asturias sale bien parada: solo 6, calculo que todas en Oviedo, por las, por ejemplo, 59 de la vecina León o las 123 de Toledo—, me acuerdo de una viñeta genial de Neto en La Voz de Asturias del tiempo en el que en Villaviciosa se debatía con qué nombre reemplazar al de la plaza del Generalísimo, conocida popularmente como «del Güevu». Proponía el viñetista una solución de consenso: plaza del Güevu del Generalísimo.

*

A lo mejor es porque llevo toda la vida enamorado de Joan Baez, pero me parece que todas sus versiones de canciones de otros, de Blowin’ in the wind a Let it be, son mucho mejores que las originales.

*

Carlos Fernández Esquer en Twitter, en referencia a la crisis ministerial de Pedro Sánchez: «Turbopolítica. Qué falsa sensación de que pasan cosas continuamente en un país que, en lo sustancial, lleva estancado políticamente más de una década, pendiente de reformas estructurales que se acumulan. Vaya farfolla de entretenimiento que nos hacen pasar por política».


Domingo, 11/7/2021. Hugo, un chico trans, cuenta en Twitter, para ilustrar cómo el hogar puede ser el último espacio seguro en el que salir del armario, que hoy ha tenido que volver a escuchar a su padre decirle a su madre por teléfono «si dice que es mi hijo, no sé quién es, yo solo tengo una hija, y no quiero en mi casa a extraños que no conozco». Comprendo que la transición de un hijo puede ser desconcertante para un padre, pero no dejan de pasmarme y partirme el alma estos casos de tremenda crueldad paternofilial que el colectivo LGTB está contando estos días. Me admira también la valentía de estas personas. Yo creo de mí que no podría salir del armario si estuviera metido en uno.

*

De las 30 áreas de mayor concentración de población de Europa, 20 están en España. Como dice Pedro Vallín, «la España Vaciada en realidad rodea a la España Apelmazada». España es un país extraño y desequilibrado. ¿Explica esa concentración nuestros índices altos de COVID-19?

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Una cita genial de José Luis Sampedro, en defensa del cuidado del estilo y de la buena literatura en los ensayos académicos: «Hay que escribir con rigor, pero no con rigor mortis».

*

Leo por ahí que «depresión es exceso de pasado; estrés, exceso de presente, y ansiedad exceso de futuro». Es una buena manera de expresarlo.

*

Una cita de La Francia de Vichy de Robert Paxton con evidentes correlatos con nuestro inquietante presente, compartida en Twitter por Edgar Straehle:

«El estudio del fascismo se ve complicado por el hecho de que ningún movimiento fascista ha llegado jamás al poder por sus propias características. Ninguno de ellos ha asumido el poder sin ser apoyado por los conservadores, bajo unas condiciones en las que fascistas y conservadores silencian sus diferencias y soportan una cierta amalgama en pro de intereses más altos, como pueden ser los de asumir el mando y cercenar una amenaza comunista. Muy a menudo, los conservadores han hallado en el apoyo masivo y en los ejércitos privados del fascismo un providencial aliado contra la izquierda; con frecuencia, también, los fascistas han descubierto que los conservadores detentaban las llaves que conducen al poder. Mussolini fue financiado por industriales y terratenientes cuando sus squadristi nacionalsindicalistas se dedicaron a apalear a los socialistas reformistas. Fue el rey Víctor Manuel III quien, bajo el consejo de los líderes parlamentarios, le convocó en 1922 para que formase gobierno. Mussolini amenazó con la marcha sobre Roma, pero en realidad él llegó en un vagón Pullman. Hitler recibió dinero y apoyo de los conservadores y fue elevado al poder por el presidente Von Hindenburg, por consejo de conservadores como Franz von Papen y el general Von Schleicher. Todos estos líderes, en su marcha hacia el poder, encabezaron coaliciones de elementos fascistas y conservadores unidos en la empresa común de hacerse con el gobierno y evitar una revolución comunista».

*

Me hago una pregunta. ¿Está habiendo un repunte de violencia homófoba, o hay la misma de siempre, o incluso se reduce algo, y lo que se incrementa es la atención mediática que nunca se le había prestado? Parece que los datos estadísticos sí indican un repunte violento. Pero ¿puede ser que ahora se denuncien cosas que antes no se denunciaban, o que se compute como agresión homófoba lo que antes se computaba como agresión a secas? Alguna vez leí que las estadísticas indican que en Suecia hay más violencia de género que en España, pero que se debe a que allá las mujeres denuncian más. Supongo que las dos opciones pueden ser sincrónicamente válidas, e incluso retroalimentarse. El asesinato de Samuel Luiz puede haber sido el caso Ana Orantes de la violencia homófoba, y hay una atención mediática y una preocupación social mayores que visibiliza lo que antes no se visibilizaba, pero esa visibilización de lo antes invisible incrementa la ira y la violencia de los homófobos.

*

Se cumplen nueve años de la llegada a Madrid de la Marcha Negra de 2012. Aquel momento fue impresionante. Silencio, candiles encendidos, Santa Bárbara bendita, un apoyo vasto y una sensación como de chispazo fantasmático del pasado; de los mineros recuperando repentina y efímeramente la vieja épica de vanguardia del proletariado antes de desaparecer. El último y equívoco hálito de vivacidad de un moribundo.


Lunes, 12/7/2021. Manifestaciones parece que multitudinarias en Cuba, y antigubernamentales. Y lo de siempre. La dificultosa empresa de espigar algo de interés entre el fragor de la catarata doble de relatos automáticos de cartón piedra. El heroico pueblo anticomunista en lucha por su libertad y el heroico pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo. Soy amigo de Cuba y su revolución, pero no de los apriorismos, ni de las vulgatas, aunque sean revolucionarias. Nada es perfecto en el mundo sublunar y, por supuesto, la Revolución cubana tampoco. Algún descontento habrá que sea espontáneo y legítimo y no una pantomima de la CIA y los gusanos, ni su motivo una consecuencia más del embargo estadounidense. El embargo explica mucho, no cabe duda, pero no lo explica todo.

Esto de leer un titular sobre manifestaciones en Cuba y, antes de leer siquiera la crónica, tener decidido ya qué está pasando, en un sentido u otro, me hace gracia, porque ni el relato del pueblo en lucha por su libertad es liberal (no atiende a la diversidad de motivaciones de los individuos, sino que los amalgama a todos en un solo colectivo, movido por un solo designio), ni el del pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo es marxista (porque no es dialéctico, ni un análisis concreto de la realidad concreta, sino el mismo pensamiento religioso, maniqueo, que ve en todo lo que sucede ya una obra de la Providencia, ya una de Satanás).

Lo comentaba anteayer tomando algo con Dani Prendes, David Becerra Mayor y Diego Díaz, que me daba la razón: ni Cuba es el paraíso socialista que aseguran los unos ni la dictadura dantesca que aseveran los otros, sino un sistema complejo y contradictorio, con grandes fortalezas, grandes asignaturas pendientes, algunas que lo estaban y dejaron de estarlo y también algunas grandes sombras, que necesita una renovación democrática que preserve las conquistas del socialismo desprendiéndose de sus lastres. Ésa es, al menos, mi impresión, tal vez equivocada. Pero ya digo: me gustaría leer algún análisis ponderado que me la confirme o me la invalide en lugar de tanta explicación precongelada y lista para comer con dos minutos de microondas.

*

¿Qué es peor: tener una pesadilla, o la sensación de inmensa frustración de despertarse de un sueño muy bonito?

*

Leo, y me parece precioso, que Boris Vian decía que no quería la felicidad de todos los seres humanos, sino la de cada uno de ellos.

*

Conozco a una mujer mayor muy creyente, muy beata, muy conservadora, de quienes sus allegados se burlan; la provocan blasfemando adrede ante ella y demás. Veo que a ella esto la indigna menos de lo que la desconcierta y le pone triste: «Yo solo hago lo que mis padres me enseñaron». Pienso en aquel libro sobre el primer cristianismo de Peter Brown, Por el ojo de una aguja, cuando cuenta el desconcierto de los romanos que cumplían puntillosamente con las viejas tradiciones paganas ante el cristianismo triunfante que las condenaba, las ridiculizaba o las perseguía. Como tiendo a identificarme con los perdedores, al leer a Brown simpatizaba con aquellos paganos. Y hoy, ateo y apóstata como soy, simpatizo con la persona mayor de la que hablo. No con su religión, ni con sus ideas, sino con ella como ser humano. El progreso no debería ser cruel con aquellos a quienes su velocidad marea. Y, en todo caso, empiezo a no estar tan seguro de que el nuevo dios de nuestros días sea progreso en comparación con el cristiano, con todas sus sombras.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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Cultura

Jueves de poesía

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

Este breve volumen recoge varios poemas de Carmen Beltrán y de Enrique Cabezón, dos de los poetas más dinámicos, no solo con respecto a su propia escritura, sino promoviendo de forma incansable lecturas poéticas, proyectos editoriales, encuentros y todo tipo de actividades que tengan que ver con la poesía, aunque no solo con ella. La oportunidad de convocarlos de nuevo la ha propiciado la Universidad San Jorge de Zaragoza.

Los poemas de Carmen Beltrán (Logroño, 1981) ―autora de títulos como Prohibido jugar (CELYA, 2004), Pecado original (Ediciones del 4 de agosto, 2007), Cuaderno de sal (Los libros del señor James, 2010), Ser como el pan (Poética y peatonal, 2014) o La meteoróloga de sí misma (La Cabaña del Loco, 2018)― se agrupan bajo el título Polígono y cuenta con la presentación de la poeta Isabel Bono, que firma opiniones como esta: «[Los poemas de Carmen Beltrán] ordenan la vida y abren ventanas con la misma naturalidad con que organiza y ventila el dormitorio de sus hijas». La utilización de un lenguaje cotidiano que intenta detenerse en momentos concretos de la experiencia provoca que esta sea de inmediato compartible: «las ocho menos diez/ siempre cinco minutos tarde/ enfilo el polígono/ está hacia el este/ siempre es de luz en el camino/ a la espalda/ mis hijas duermen/ mis sueños también». La ausencia de puntuación y de mayúsculas al comienzo del verso contribuye a resaltar un ritmo que se adapte al ritmo musical de la frase, más que a la rigidez métrica. Beltrán no se demora en circunloquios, va directamente al objeto, a la situación, al momento, por eso su expresión es sumamente concisa, pero lo es también porque «hay palabras/ que en vez de germinar pudren/ que algunos caminos/ son muy fértiles/ y otros un féretro». Como se ve, estamos ante una poesía libre de ornamentos que pone especial énfasis en la precisión de las imágenes y en la economía de las descripciones: «rotonda, parque, río/ a la derecha/ la vía del tren/ un concesionario/ una empresa de mensajería/ una gasolinera, un taller/ a la izquierda…». Los frecuentes encabalgamientos combinados con una puntuación aleatoria dotan al poema de un significado que trasciende la mera anécdota y lo que es un personal acto cotidiano se transforma en una sensación colectiva que afecta y emociona a cualquier lector: «pensar que tu dolor no es único/ es lo primero para la salud mental/ y casi lo contrario de ser poeta/ no hay agonía pequeña/ sino mal narrada/ alguien debe contar también/ el oficio de ser sombra», escribe Carmen Beltrán en esta pequeña, pero magnifica muestra de su quehacer.

Muy distinta es la poesía de Enrique Cabezón (Logroño, 1976) ―autor de, entre otros, los títulos Territorio de ceniza (Kabemayor, 2003, Dios cabalga los lomos de las muchachas (LF Ediciones, 2005), No busques lágrimas en el ojo del muerto (Germanía, 2006), Existir en los días (Eclipsados, 2009),  y Desdecir (Amargord, 2013). Además, ha publicado el e-libro La traición en los colores (Página de Nausícaa, 2001), el dietario Sílabas trabadas (La Casa del Loco, 2019) y la novela Una semilla (Los libros del gato negro, 2021―, un poeta políticamente comprometido, como resalta con acierto Víktor Gómez en el prólogo, en el que, entre otras cosas, afirma que Cabezón practica

«Un saber y un escribir en el que lo culto y popular se relacionan y retroalimentan simbióticamente. Sus temas son todo lo que la vida cotidiana se puede vivir conflictivamente, el deseo, el amor, el sexo, la amistad, las relaciones laborales, generacionales o vecinales, así como lo que es ser una revuelta contra cualquier sistema de opresión y explotación».

Los poemas integrados bajo el título Circunvalación abundan en estas temáticas. Escritos en una forma híbrida, entre el poema en prosa y el poema en verso, juegan con las pausas versales para enlazar un discurso crítico y con afán didáctico, como sucedía en la poesía social del pasado siglo. Cabezón se reconoce en el epígrafe «poeta social», pese a la carga peyorativa que arrastra, pero lo hace con una alta dosis de ironía: «somos poetas sociales/ sostienen// tratamos sobre problemas de gravedad e influencia mundial/ por qué preocuparse de las familias que deben cruzar a pie una autovía para llegar al colegio/ al médico/ a la familia/ …/ servicios que la ciudad les ha extirpado como quien vende órganos de otro».

Resulta evidente el cambio sustancial de paradigmas entre las demandas de la poesía de la década del pasado siglo: libertad, democracia, justicia, etcétera, y las que ahora enarbola Enrique Cabezón y otros poetas de la misma onda, más centrado en los asuntos cotidianos, de convivencia ciudadana, doméstica, podríamos decir, porque, como afirma con crudeza, «nos faltan aumentos para ver lo pequeño/ pero lo pequeño mata». Y es lo pequeño, lo aparentemente insustancial y transitorio, lo que, a la postre, condiciona nuestra vida. Parece que el poeta debe estar siempre buscando el sentido a la vida, exponiendo esa complejidad en unos versos que aspirar a lo sublime, pero esto no deja de ser una trampa en la que el mismo poeta, de tanto camuflarla, acaba por caer. Enrique Cabezón es muy consciente de esta estratagema, como podemos comprobar en estos versos: «éramos o no/ poetas sociales/ con esa excusa nos agasajaron en un festival/ local gloria poética/ lo social// comunitario benéfico colectivo general// no es sustancia de escritura en la paleta del bardo provinciano/ no es un valor en sí/ qué gris y coetáneo drama/ así que yo/ farsante de aedo que perdió la épica por el camino/ me acuerdo/ y me cago todas las mañanas/ en los muertos de los poetas que miran distraídos para otro lugar/ como si lo que pasa en su ciudad no fuese con ellos/ andan perdidos/ abstraídos de musa y muso/ los pobres ni ven/ ni oyen/ ni se quieren enterar». No es la única denuncia que mantiene Cabezón en estos versos, pero nos sirve para verificar el tono entre sarcástico y fustigador de conciencias. Jueves de poesía ha reunido a dos excelentes poetas en una bella edición de la que solo podemos poner un reparo, su brevedad.


Jueves de poesía
Carmen Beltrán y Enrique Cabezón

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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Cultura

ARCO 2021: cuarenta años después

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/ por Arturo Caballero /

Con tres años recién cumplidos y después de sortear un golpe de estado, la Constitución del 78 abrió la puerta, por fin, a una normalidad democrática que era, de alguna forma, el equivalente a lo que la economía llevaba haciendo, con mejor o peor tino, desde los años sesenta del siglo XX. Pero había muchas otras cosas que normalizar y modernizar. Aunque las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes se habían extinguido en 1968, España seguía anclada en una estructura cultural alejada de las prácticas comunes en otros países. La aparición de Arco, promovida como una feria de galerías por Juana de Aizpuru, suponía —aunque muchas veces en la adquisición de obras ha intervenido el dinero público— un intento de convertir la compra de arte en una actividad más de la economía capitalista. Y para la que no era necesario ocultarse; es más, podía incluso ser de buen tono realizar ostentación de ello.

Así que, estrenado 1982, fui a Arco por vez primera en un ritual que se ha repetido año tras año, con puntuales y mínimas ausencias, a lo largo de estos cuarenta. El retorno esta vez ha sido especial. Ni momento, ni lugar, ni artistas, ni galerías, ni yo, por supuesto, somos idénticos. El año pasado, con la pandemia ya expandiéndose, pero sin que fuésemos conscientes de lo que iba a ocurrir, disfruté con mis alumnos del último atisbo de normalidad. Hoy, retrasada la feria un trimestre, aún ni nos hemos instalado en la nueva. Tendemos a considerar nuestra visión de la existencia con una unidad, con una coherencia que probablemente nunca ha tenido. Nuestra vida y la de los demás son como ríos con cauces que unas veces se manifiestan paralelos y otras divergen hasta perderse de vista para acercarse y separase en permanentes meandros. También pueden llegar a mezclarse y de ahí hacia el todo, o hacia la nada, según. Es probable que las transformaciones sociales y culturales proporcionen la trama entrelazada sobre la urdimbre de la economía en la que la propia vida que se nos escapa momento a momento, lo que bien podría suponer simples puntadas más o menos discontinuas sobre el tapiz amablemente coloreado, en este caso, de estos cuatro decenios de realidad. Es teniendo en cuenta esta perspectiva desde donde uno debe establecer las relaciones entre la persistencia y el cambio.

La pervivencia se basa en el registro, edición tras edición, de unas imágenes que, al final, han constituido una de las fuentes primarias de Arte y perversión. La mirada de cada uno es propia e intransferible y nunca es neutral. Lo que refiramos de Arco, de este o de cualquier otro, tiene que ver (y aquí viene el cambio) con lo que fuimos y cómo nos sentimos en aquel momento concreto. Pero también con nuestro nivel de conocimiento y de nuestros gustos, que no siempre han sido los mismos. Incluso con nuestro humor. Y, por supuesto, con si vamos a comprar o simplemente somos unos visitantes profesionales o curiosos. Cuando los tiempos históricos se movían con una cadencia más lenta que hoy, era posible que una obra teórica pudiese mostrar una coherencia de la que ahora no podemos presumir. No obstante, hay ritmos que machaconamente se repiten (con variaciones, eso sí) durante épocas como esta de posmodernidad que unas veces hemos sufrido y otras hemos disfrutado. Me interesaba ver si los capítulos en los que organizaba el libro recién llegado a las librerías pasaban, en 2021, la prueba del nueve en una feria con dimensiones más modestas que años anteriores. Y que se publicitaba especialmente sensible ante tres temas: la contracción económica provocada por esta interminable peste, la apertura hacia nuevas técnicas y nuevas formas de comercialización y el empoderamiento femenino. Para no alargar en demasía estos aspectos excesivamente personales, puedo decir que sí; que lo plasmado en el libro, en esencia, puede ser considerado como una enumeración de síntomas que configuran, en parte, un diagnóstico aproximado del estado de nuestra cultura actual. Y entendiendo este término no en un sentido estrecho, sino en uno todo lo amplísimo que queramos.

Sin embargo, no se nos pueden ocultar otros cambios que van más allá de lo personal.

Que Arco 2021 ha moderado sus propuestas plásticas desde el punto de vista ideológico ha sido leitmotiv en todos los medios de comunicación. Y resultaba evidente. Y en numerosos aspectos.

Es verdad que nunca acabamos de sacudirnos el pelo de la dehesa y que la actualidad política ha supuesto un reclamo permanente en unas obras de arte pensadas más como un arma arrojadiza que un instrumento de transformación de la realidad. Allá cada uno con sus gustos y sus motivaciones. A este respecto resulta claro un cierto paso atrás. No ha desparecido del todo el arte combativo de un Avelino Sala, un Eugenio Merino (ambos en la Galería ADN) o un Santiago Sierra (Galería Helga de Alvear), pero el mensaje adopta formas genéricas y rehúye la apelación directa. Podemos discutir lo que queramos sobre la capacidad de las artes plásticas en el mundo actual no para mover conciencias (es fácil acceder visualmente a los resortes del sentimiento), sino para transformar mentalidades. Y si ello es posible (y no pretendo ahondar en la polémica), es más fácil que lo haga despojándose del detalle para convertirse en símbolo. Claro que esta cualidad no es propia de la voluntad del artista, sino de lo que pongamos los demás en ella. Valga esto para la versión del Guernica de Ibarrola, alegato en su tiempo a favor del retorno de la obra de Picasso al País Vasco y no a Madrid, y las xilografías que constituían un correlato parejo a los bocetos del cuadro original (que guardan más semejanzas con las deplorables Matanzas de Corea que con el modelo propuesto) en las que son reconocibles fácilmente guardias civiles y grises. Resulta que, al final, para recrear un Tiziano, pongamos por caso, quizá resulte necesario ser un Rubens. Si tuviese que elegir una obra de este género político-social (como la brigada de mis tiempos mozos), me quedaría con la desesperanzadora instalación de Maja Bajevic Women at Work – Washing Up, de 2001, que recoge una performance de cinco días en la que, lavado tras lavado, cinco mujeres hacen desaparecer las proféticas palabras de Tito «vivimos como si hubiera paz durante cien años, pero nos preparamos como si hubiera guerra mañana».

Women at work, de Maja Bajevic
Guernica, de Agustín Ibarrola

A falta de potente artillería (esta que referimos es ligera) las galerías presentes en Arco, como si se tratasen de acomodaticios gattamelatas, se han volcado en los aspectos más relacionados con la «pura visualidad», si se nos permite este recuerdo un poco traído por los pelos a Konrad Fiedler, que en aquellos otros que pueden considerarse vehículo para la transmisión de otra ideología que no sea la suya propia. Porque de la ideología subyacente nadie puede librarse. Y hay numerosos y hasta excelentes ejemplos tanto del arte de los ochenta y noventa como de las nuevas generaciones. Valgan como muestra un colorista paisaje de Alfonso Albacete (Galería Marlborough) y Hoja verso 2020 de Belén Rodríguez, finalista del premio Alhambra, en la que se aúnan lo teórico (indagación respecto al origen y producción de tintes) con lo más exquisitamente formalista. Hablar de las infinitas variantes de arte abstracto en su vertiente geométrica, expresionista, lírica, etcétera, etcétera, etcétera, apenas tiene sentido. Por destacar algo, me llamó la atención el aparentemente tierno trabajo, como recién pintado, de Markus Linnenbrink, inspirado en Morris Louis, en la galería Max Estrella.

Hoja verso 2020, de Belén Rodríguez
Obra de Alfonso Albacete

El arte realizado por mujeres, a pesar de la enorme diferencia cuantitativa con que se muestra aún el hecho por hombres, hace tiempo que ha dejado de ser lluvia fina y, ahora mismo, adquiere las características de chaparrón. Es muy probable que vaya a más. Y ojalá lo sea por las propias cualidades plásticas y por su posicionamiento en el mercado y no imposición de cuotas, como parece que se está reclamando en algunos foros. Había arte trivial, como el de María María Acha-Kutscher, de inspiración pop, que para mí suponía un retroceso respecto a las series de imágenes fotográficas mostradas el año pasado. También con ecos pop, pero de una divertida ironía era el de Marinella Senatore (ambos en ADN). En cualquier caso, prefiero una obra de rabiosa brutalidad, no exenta de complejidad conceptual y de interpretación psicoanalítica, como El origen del mal, de Mónica Bonvicini (Galería Peter Kilchmann), que cuestiona la sexualidad masculina a través de flácidos falos usando como recurso a Duchamp y a Baudelaire. Junto a ellas los delicados trabajos de Carmen Laffón (Galería Leandro Navarro) o Soledad Sevilla (stand de El Mundo), tan admirados por el público más conservador, parecían preservar los aromas estéticos, y también defender los valores plásticos, de tiempos pasados. Y más cuando un notable grupo de mujeres se ha inclinado por la utilización de todas esas manifestaciones que denominamos bajo el calificativo de arte de la idea, que, desde su eclosión en los sesenta y su aparente retroceso en los ochenta, han reverdecido en los últimos decenios.

El origen del mal, de Monica Bonvicini
Una obra de Marinella Senatore

No soy capaz de precisar hasta qué punto la caricatura tiene en el mundo de la imagen el mismo poder que en la literatura. Parece que esta incierta y descreída época nuestra, liberada del rigor doctrinal del movimiento moderno, se recrea en la ironía (me remito a Idilio n.º 5, de la serie La tierra fecunda, trabajo de Ariel Cabrera en la galería El Apartamento) y en el escaso respeto por los productos ajenos. El apropiacionismo explícito o latente lo impregna todo. Incluso obras aparentemente comerciales (perdón, ¿no se trata de una feria?) como Celeste (fumando) de Hans Op de Beeck en la galería Krinzinger de Viena me remitía a las perversas muñecas de Hans Bellmer, pero, tratándose de una pieza articulada y haciendo gala de ello, posee un hipnótico y sensual atractivo y más si se visualiza en contraste con la patética Piedad de Marina Abramović. La disposición de las piezas —y más cuando en sí mismas no tienen mucho que decir— no deja de ser todo un arte. Y quizá por vez primera se hace un juego y una burla conceptual del asunto por parte de la galería L21 de Palma de Mallorca y ¡ojo!, en sus heterogéneos estantes —que me recordaron una instalación de Yan Lei en la penúltima Documenta— hay, junto a auténticas provocaciones gamberras, obras de un aceptable valor decorativo.

La tierra fecunda, de Ariel Cabrera
Broma de la galería L21
Celeste fumando, de Hans Op de Beeck

Claro que — se me dirá — lo decorativo no tiene nada que ver con el arte. Y yo voy y me lo creo y rectifico. Pero vienen a mi memoria ciertas palabras de Matisse, o veo los cuadros impresionistas, o paseo simplemente por los pabellones 7 y 9, y lo dejo como estaba. Y vuelvo a un planteamiento ya expresado, pero ahora de forma más nítida: generalmente se nos olvida que la misión de una feria es vender la obra de sus artistas. Y lo decía sin recato (y bien está que así sea) otra artista emergente de mi tierra, Esther Gatón, autora de Un Martillo Viene Hacia Tí (Cibrian Gallery). Muchas veces pretendemos que los artistas (que tienen la mala costumbre de comer, al menos, tres veces al día y que deben hacerse cargo de otras necesidades, como los demás) transmitan plásticamente a través de sus variadas poéticas las nuestras, y digo nuestras porque no solo hay una. Y además sin que seamos compradores habituales.

Un Martillo Viene Hacia Ti, de Esther Gatón

Tiempos difíciles para una actividad que, como ya he dicho en otras ocasiones, sigue los ritmos vitales de la primera ola y se encuentra enfrentada, desde este mismo año, al mundo de los NFTs (Token No Fungible). ¿Cuál va a ser el futuro del mercado del arte a partir de este momento? ¿Morirá definitivamente —porque ya la hemos matado muchas veces y se empeña voluntariosamente en resucitar— la imagen pictórica? ¿Abandonarán los artistas sus lápices y brochas, sus acuarelas, óleos o acrílicos y se sumergirán en el proceloso mundo de los ordenadores? ¿Qué relación guardarán estas imágenes con sus propietarios, sus usuarios y con los espectadores en general? ¿Toda obra digitalizada es una obra digital?

El año que viene, si me quedan ganas, iremos viendo cómo transcurre el asunto.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. La próxima primavera la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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