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Sociopolítica

Con un nudo en la garganta

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Metlatónoc – Hice numerosos reportajes sobre narcotráfico, desaparecidos, desplazados, masacres y  hasta de la morgue en el estado mexicano de Guerrero, escenario de extrema violencia que carcome a su empobrecida población mayoritariamente indígena.

Pero nunca había abordado la práctica de las comunidades indígenas de la compra y venta de niñas para el matrimonio, cobertura que realicé junto a la videoperiodista Amaranta Marentes y el fotógrafo Pedro Pardo, quien fue freelance en Guerrero durante nueve años antes de ingresar a la oficina de la AFP en México.

Lo habíamos intentado hace cuatro años, hablando con varias oenegés, investigadores y trabajadores sociales que estaban dispuestos a darnos información, pero todos tenían miedo de contactarnos con las víctimas directas.

Los niños en su casa en Juquila Yuvinani, municipio de Metlatonoc, estado de Guerrero, México, 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

“Es algo muy delicado, no solo porque las víctimas pueden sufrir represalias de sus comunidades, también porque nosotros perdemos su confianza si algo sale mal y entonces se quedarían más solas”, me explicó en aquella ocasión una activista de Guerrero tras varias pláticas.

Decidimos entonces dejar el asunto de lado, aunque sentía la obligación de abordar el tema, otra mancha en un México tristemente célebre por sus altos índices de violencia de género.

La oportunidad

La oportunidad llegó algunas semanas atrás, cuando me enteré de que el titular de la oenegé Tlachinollán estaba muy molesto por el tono con que había abordado el tema un diario mexicano, en el que no había testimonios de víctimas.

Decidí entonces volver a hablar con un activista de la subregión Montaña de Guerrero.

Vista de la aldea Juquila Yuvinani, en el municipio de Metlatónoc, Guerrero, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

“Guerrero no es como otras zonas del país conocidas por el tráfico de mujeres. Aquí la venta no es abierta”, me dijo enfático. “Si quieres escribir del tema ven, ve a hablar con la gente de la Montaña, conoce cómo viven, pero no estoy seguro de que consigas que te hablen víctimas, todas viven con miedo”, me advirtió.

Finalmente di con una organización integrada por investigadores que durante los últimos seis años había trabajado en las comunidades donde se practica la compra-venta de niñas para el matrimonio.

Cristina Moreno, 18, sostiene a su bebé en su casa de la aldea de Juquila Yuvinani, Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

“No se trata de ventas abiertas de mujeres, no queremos que se estigmatice a estas comunidades”, me advirtió uno de sus directivos, que finalmente accedió a contactarme con un traductor de mixteco que nos acompañó en el viaje.

Pedro estaba entusiasmado: “Tenía gran interés en ir a conocer de cerca este fenómeno de esta región de la Montaña, concentradora de pobreza con índices de desarrollo humano muy bajos que algunos los comparan con los del África subsahariana, y donde antes había cubierto diversos temas, como la siembra de goma de opio, rituales ancestrales y el álgido movimiento magisterial”.

Una mujer pone tripa a secar en Juquila Yuvinani, municipio de Metlatónoc, Guerrero, el 16 de mayo (AFP / Pedro PARDO)
Niños trabajan en su casa de Juquila Yuvinani, Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

 

Amaranta dijo sentir  “toda la curiosidad” para “escuchar los testimonios” de las mujeres, pues se preguntaba “¿cómo debe sentirse saber que pagaron por ti, como un objeto?”.

 

Cristina Moreno, 18, carga a su bebé, Juquila Yuvinani, Metlatónoc, Guerrero, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

En menos de un día y medio armamos la logística del viaje, con las previsiones correspondientes de seguridad por tratarse de una zona donde operan al menos 14 cárteles de drogas.

Después de siete horas de carretera, llegamos a Tlapa de Comonfort desde Ciudad de México, atravesando mares de montañas, parte de ellas conocidas como Cumbres de la Tentación,  que lucen exuberantes una infinita tonalidad de verdes.

Al día siguiente, al amanecer partimos al municipio más pobre dentro del ya empobrecido Guerrero: Metlatónoc. Allí llegamos tras otras dos horas de caminos estrechos y curvas cerradas, que por fortuna transitamos sin los clásicos diluvios de la temporada.

En esta comunidad sureña enclavada entre las montañas, donde 93,4% de sus habitantes carece de servicios básicos y 58,7% tiene dificultades para alimentarse según datos oficiales, algunas familias intentan erradicar la compra-venta de niñas para el matrimonio, práctica que persiste en 66 pueblos de Guerrero y es origen de un círculo de abusos contra las mujeres y pobreza para los varones.

(AFP / Pedro PARDO)

«Las niñas quedan en absoluta vulnerabilidad. Su nueva familia las esclaviza con tareas domésticas y agrícolas» y a veces «los suegros abusan sexualmente de ellas», nos dijo Abel Barrera, antropólogo y dirigente de la ONG Tlachinollan.

Una niña en su casa en la aldea Juquila Yuvinani, Metlatónoc, Guerrero, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

Las dotes que cobran los padres de las novias, que solo aceptan esposos de esta misma región, oscilan entre el equivalente a 2.000 y 18.000 dólares, según habitantes de la zona.

Frustración e impotencia

Desayunamos en una choza con las paredes tapizadas de hollín, al lado de una cocina donde las mujeres susurraban en mixteco. Teníamos claro que sería imposible pasar desapercibidos y diluirnos en el ambiente, como todo periodista intenta hacer para lograr mejores resultados.

(AFP / Pedro PARDO)

La clave sería entonces mostrar el mayor respeto, con un caminar y hablar pausado y una sonrisa discreta y, sobre todo, no fumar, algo altamente reprobado si lo hace una mujer.

El acompañamiento del activista bilingüe Benito Mendoza fue determinante. Con él pudimos entrar a las casas de nuestros entrevistados, que a pesar de su extrema pobreza nos convidaron, sin preguntar si queríamos, su principal alimento: tortillas suaves y duras recién salidas del comal, con sal y salsa picante o chiles en escabeche.

Un menor camina con su burro por un camino del municipio de Metlatónoc en medio de la niebla (AFP / Pedro PARDO)

Con Mendoza recorrimos los pueblos montañosos de Yuvinani y Juquila Yuvinani donde el aire frío corta la cara. Entrevistamos a tantos hombres y mujeres como pudimos. Muchos de los hombres eran jóvenes, con mucho que opinar sobre la compra y venta de niñas pero poco dispuestos a hacerlo ante cámaras.

Se declaraban frustrados, molestos e impotentes porque, argumentaban, los hombres también son víctimas, pues se les obliga a pagar sumas muy altas de dinero para poder casarse con quien eligen. 

Niños en su casa de Juquila Yuvinani, municipio de Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)
(AFP / Pedro PARDO)

Algunos tuvieron que vivir esclavizados en campos de tomate y chile en el norte de México o Estados Unidos para poder pagar las deudas adquiridas al casarse. “A veces nos tenemos que llevar a nuestros padres y hermanos pequeños también para que así no sean tantos años de deudas”, relató uno de ellos con rabia en su mirada.

Cada vez son más las familias que rompen la tradición, pero casi nadie quiere decirlo públicamente. “Sufren violencia los que lo dicen”, dijo nuestro intérprete Mendoza.

Maurilia Julio cocina tortillas en su casa de Juquila Yuvinani, Guerrero, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

«Una señora, Maurilia, nos recibió en su casa con el fogón encendido, haciendo tortillas. Entre risueña y tímida, nos habló en mixteco sobre la importancia de abandonar esta práctica y nos dijo que ella no estaba dispuesta a vender a sus hijas, pues quiere que puedan volver a casa si no están bien en los hogares a los que lleguen”, recuerda Amaranta.

“Ahí entendimos un punto clave: el hecho de pagar por una esposa impide a la mujer volver a la casa de sus padres”, agregó.

Cada relato hacía más grueso el nudo en la garganta. Es imposible no imaginarse el trágico futuro que espera a las niñas que se esconden detrás de las faldas de sus madres.

Cristina Moreno hace tortillas en su casa de Juquila Yuvinani, Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)
Niñas en su casa de Juquila Yuvinani, Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

Un anciano que se negó a vender a sus hijas pero  que fue obligado a comprar a sus nueras nos contó lo difícil que es que sus vecinos entiendan la urgencia de cortar con la tradición de la compra de mujeres.

 

Virgilio Moreno, 72, en su casa de Juquila Yuvinani, Metlatónoc, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Pedro PARDO)

Con sus pequeños ojos enrojecidos, rogó que relatáramos la miseria en la que viven para llamar la atención de las autoridades y legisladores federales.

El susto

Tratamos de encontrar personas que defendieran la costumbre, pero nos fue imposible en la rápida misión de un sólo día, y restaba que Amaranta y Pedro tomaran imágenes.

(AFP / Pedro PARDO)

Nos situamos en una curva para una toma aérea y pocos segundos después de elevar al dron, un coche se detuvo en seco delante de nuestra camioneta y un hombre bajó rápidamente exigiendo explicaciones.

Intenté acercarme para pedir disculpas por estar en su comunidad y explicar nuestra presencia, pero Benito me detuvo y me instó a guardar silencio. Tomó la palabra y en mixteco entabló rápidamente una conversación que le arrancó una sonrisa al desconocido.

En Guerrero, esa situación pudo haberse transformado en una amenaza o ataque, pero en cuanto vi la sonrisa, retomé aliviada el aliento y continuamos con el trabajo.

Todavía nos esperaban tres horas de carretera para volver al hotel en Tlapa de Comonfort -centro en torno al cual giran cientos de comunidades en su mayoría indígenas históricamente abandonadas por el gobierno- antes del atardecer.

Un hombre cruza el seco Río Jale en Tlapa de Comonfort, Guerrero, el 6 de septiembre de 2020 (AFP / Pedro PARDO)
Una mujer camina frente a un mural en Tlapa de Comonfort, Guerrero, el 6 de septiembre de 2020 (AFP / Pedro PARDO)

“Mejor váyanse antes de la tarde, de todos modos, aquí la gente no va a hablar de esa costumbre, que en el fondo apena a muchos”, nos dijo un lugareño.

Antes de volver a Ciudad de México, en Tlapa de Comonfort nos hablaron de como la corrupción de las autoridades locales, que no interfieren en la violación de los derechos tanto de las niñas como de los jóvenes esposos.

“Es bastante indignante encontrarte con historias como estas. Es muy complicado ponerse en el lugar de las personas inmersas en esta situación y más en el de las mujeres víctimas de esta práctica», consideró Pedro, quien quisiera que «el periodismo contribuyera a dar mayor visibilidad a los problemas de esa región, para que sea un lugar más justo».

Redacción: Jennifer González en México. Edición: Yanina Olivera Whyte en Montevideo.

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Autor: Jennifer Gonzalez

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Mujeres fotógrafas: Angela Weiss

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¿De dónde viene la pasión por la fotografía?

Crecí en un pueblo muy pequeño de Alemania y desde pequeña me fascinaron los libros de fotos. Gasté en ellos mis primeros salarios, trabajando en una librería a los 16 años. Nada me predestinó para ello: mis padres eran científicos. Pero tenía un tío, un fotógrafo de renombre en Berlín, y recuerdo con fascinación haber visitado una gran exposición dedicada a él. También pasé noches sin dormir viendo los Oscar. El glamour de Hollywood me electrizó.

Finalmente me mudé a Las Vegas a principios de los años 2000, me inscribí en la universidad: ¡mi objetivo era sobre todo tener una visa de estudiante para poder quedarme en Estados Unidos! Tomé la opción de la fotografía. Aquí es donde empecé a pasar tiempo en la penumbra de un laboratorio fotográfico, el “cuarto oscuro”, para revelar mis fotografías. Me encantaba fotografiar espectáculos y conciertos en Las Vegas.

Jennifer Lopez y Shakira en el concierto por el Super Bowl, febrero de 2020 (AFP / Angela Weiss)

Disfruté de este entorno dinámico, de la tranquilidad del laboratorio fotográfico donde las imágenes cobraban vida. Ya sabía que quería dedicarme a una profesión creativa. ¡La fotografía, como el baile, te permite hacer tantas cosas!

Concierto de la colombiana Shakira durante el entretiempo de un partido del Super Bowl en Miami, el 2 de febrero de 2020 (AFP / Angela Weiss)

Cuando comencé, la fotografía tradicional y la digital aún coexistían. Así que aprendí a la antigua: encuadrar, disparar, revelar, imprimir. Implicó mucha calma, concentración, para mí es una forma de artesanía. Tengo mucha suerte de haber dado este paso y creo que todavía me ayuda. Trabábamos más en profundidad, la foto debe estar lista para imprimir porque es mucho más difícil de corregir a posteriori que hoy.

Tomé fotos de bailarines y recuerdo mis dudas: ¿capté el momento adecuado? Y más tarde, en la paz del laboratorio tenía mi respuesta. Hoy es todo lo contrario. Todo es instantáneo, la foto se descarga y de forma rápida, rápida, llega al cliente. No tenemos mucho tiempo para dedicar a una instantánea, y mucho menos cuando se trata de noticias de última hora o de política.

Leonardo DiCaprio, ganador del Oscar a mejor actor por «The Revenant», en el Hollywood & Highland Center de Hollywood, California, el 28 de febrero de 2016 (AFP / Angela Weiss)

Para grandes eventos como los Oscar o los Juegos Olímpicos, la AFP puede transmitir las imágenes casi instantáneamente, desde la cámara a los editores de foto en la oficina.

¿Cómo comenzó todo?

Mi verdadero lanzamiento en la profesión se lo debo a… ¡Madonna! Fue en 2004. Una amiga mía consiguió un trabajo como técnica de iluminación la gira de Madonna y obtuve un pase. Seguí la gira durante unos diez conciertos y su equipo me permitió tomar fotografías. Tenía una cámara digital bastante básica. Su mánager dijo: «Está bien, puedes hacer fotos, siempre y cuando me las enseñes después». Cubrí los conciertos y luego mostré mis fotografías a los bailarines y al manager, quien a su vez decidió mostrárselas a Madonna.

A Madonna le gustó una de las imágenes y decidió comprarla para hacer un afiche. Me dieron a firmar un contrato interminable que no pude entender en absoluto, hablaba de derechos de fotografía, etc, pero ella compró mi foto y con eso pude comprar mi primer coche.

Madonna en los MTV Video Music Awards, el 20 de agosto de 2018 (AFP / Angela Weiss)

Sin embargo, tenía todo para aprender de la profesión. Rápidamente me di cuenta de que había mucha gente muy talentosa y que no podía quedarme dormida con este éxito. Estaba planeando mudarme a Los Ángeles y tuve la suerte de conseguir un trabajo allí como independiente para la agencia Getty. Entonces mi vida se parecía a lo que había soñado cuando era niña: un mundo de alfombras rojas, actores, músicos y estrellas.

Actriz Jennifer Lawrence justo antes de la ceremonia de los Oscar, el 4 de marzo de 2018 (AFP / Angela Weiss)

Ser fotógrafa de celebridades

Es una profesión particular, muy vinculada a la imagen y la vida de estas personalidades. Cuanto más conocidas, más elevados son los derechos o «regalías» que se reciben sobre las fotografías. Cuanto más únicas o sorprendentes sean las tomas, más dinero ganarás. Todo está en juego: un divorcio reciente, un nacimiento, el atuendo o un vestido que se rasga por la espalda.

Hoy no es lo mismo. Todos tienen un teléfono celular y pueden tomar la fotografía. Ahora debes observar, capturar momentos que se han escapado a otros. Es mucho más difícil para los autónomos. Hoy, en una gira con Madonna, sus bailarines, el manager, el maquillador, todos, se tomaron fotos tras bambalinas. Entonces, ¿quién hubiera necesitado mis imágenes?

Esta foto de Lady Gaga, a quien he fotografiado varias veces, es una de mis favoritas en lo que a ella respecta.

Es en la legendaria gala del Metropolitan Museum of Arts (MET) de Nueva York, la más loca de las galas. Todo lo que importa en la industria de la moda, el cine y la música está allí. Esta fotografía parece capturar un momento suspendido en el tiempo, de absoluta calma. Y, sin embargo, todo el hervor está en su apogeo. Los fotógrafos gritan: “¡Date la vuelta! ¡Mira sobre tu hombro! «

Gritan mientras intentan que ella mire a la cámara, para que mire directamente a los ojos a la persona que verá la fotografía. Esa mirada en mi lente es un verdadero milagro. Además, está la luz del flash de una colega, que cae de lleno en su rostro. Esto le da una textura aún más especial a la foto.

(AFP/ Angela Weiss)

 

Tres palabras

Las tres palabras que elegiría para definir mi fotografía son muy sencillas. La primera es “diversidad”, muy de moda en estos días pero que me parece que caracteriza mi trabajo.  Hay de todo: reportajes, noticias, fotografía deportiva, entretenimiento. Mi segunda palabra favorita sería “orgánico”, porque me gusta mostrar lo que es, sin manipulación al editar. Y finalmente, “auténtico”, porque quiero que esté lo más cerca posible de la realidad.

Uno de mis momentos favoritos más recientes fue en 2019, con mi primer reportaje fuera de Estados Unidos para la AFP. Fui a Jamaica para seguir al primer equipo de fútbol femenino seleccionado para el Mundial. Fue una gran misión, pude pasar varios días con el equipo, seguir su entrenamiento. No hubo un lanzamiento perfecto y el arco estaba remendado con trozos de cuerda, pero las jugadoras estaban muy involucradas, trabajaron muy duro, fue impresionante.

Jamaica, mayo de 2019 (AFP / Angela Weiss)
(AFP / Angela Weiss)

 

En Nueva York cubro tantas cosas todos los días que a veces no sé qué hice la semana anterior. Aquello fue una oportunidad para concentrarse en una historia, para tomarse el tiempo para descubrir personas.

Los primeros pasos en la cobertura política

Esta fotografía representa una de mis primeras incursiones en la fotografía política. Fue en 2016, la noche de la elección de Donald Trump. Me asignaron al equipo de Hillary Clinton y todos estaban convencidos de que ella iba a ganar las elecciones presidenciales. Tenía que levantarme muy temprano para ocupar el diminuto espacio que estaba reservado para mí. Me imaginé la lluvia de confeti  cayendo sobre la multitud de simpatizantes reunidos a la espera de los resultados.

Partidarios de Hillary Clinton, Nueva York, el 8 de noviembre de 2016 (AFP / Angela Weiss)

Y luego, de repente, los rostros que estaban pegados a las pantallas gigantes se oscurecieron, algunos lloraron. Fue un momento decisivo. Desde mi posición, se suponía que debía tomar la foto por detrás, de cara a la multitud, cuando Hillary Clinton pronunciara su discurso de victoria. Pero ella nunca apareció esa noche.

(AFP / Angela Weiss)

Mi vida como fotógrafa cambió cuando estalló la pandemia. Eva, de la mesa de foto en Washington, me llamó y me dijo: todos los espectáculos en Broadway están cerrando, ¿puedes ir? Entendí que el entretenimiento iba a desaparecer, que tendría que adaptarme muy rápido. Y luego, otros dos fotógrafos del equipo capturaron el covid-19. Tomé mi bicicleta y comencé a circular por Nueva York, todo estaba vacío, espeluznante. Recuerdo esos momentos con mi cámara como suspendidos.

Luego pude seguir a Joe Biden en la campaña. Unas semanas antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2020, me uní al grupo de prensa que viajaba con el candidato demócrata. Me sentí un poco intrusa porque las personas que viajaban con Biden se conocían desde hacía años y vivían en la capital, a diferencia de mí, que vivo en Nueva York. Al estar tan cerca de personas tan talentosas, puedes aprender mucho, muy rápidamente.

(AFP / Angela Weiss)

Cubrir una campaña tiene sus bemoles: hay que anticiparse e intentar encontrar ángulos originales. Todo va muy rápido. Cuando el avión aterriza en algún lugar, no sabes qué esperar en términos de luz o clima, por ejemplo. Tienes que bajarte del avión a toda velocidad, colocarte en el lugar correcto, hacer la foto. ¿Se detendrá? ¿Hablará? Nos encontramos con multitudes, con sus carteles… Es muy caótico. Y luego, una vez que volvamos al avión, tenemos que darnos prisa y enviar las imágenes.

Hay que estar muy alerta en todo momento. Recuerdo la campaña en Pensilvania, un estado que fue muy disputado. De repente, había cientos de partidarios de Trump en la ruta del convoy y, unos minutos más tarde, a la inversa en el lugar donde se iba a realizar el mitin de Joe Biden.

Partidarios de Donald Trump miran por TV el primer debate del presidente saliente con su retador Joe Biden, el 29 de septiembre de 2020 (AFP / Angela Weiss)
(AFP / Angela Weiss)

 

Mi experiencia en la cobertura de celebridades en enseñó a reaccionar muy rápido. Cuando un cantante salta en todas direcciones durante un concierto, tienes que ser reactivo. Y conocer bien el material con el que trabajas.

Para la noche de los resultados electorales, AFP tenía tres posiciones: un fotógrafo estaba exactamente frente al escenario y los otros dos a los lados. Yo estaba en uno de los lados. Pensé, maldita sea, tengo uno de los puntos malos, solo voy a tener el perfil de Biden.

(AFP / Angela Weiss)

Y además estaba detrás de esas mamparas de vidrio. Pero de repente vi la escena, al final de su discurso: estaba agradeciendo a la multitud, había luz detrás suyo, un foco y el reflejo de su rostro en la mampara. Esta imagen se publicó en la portada de muchos medios.

Previo a la investidura de Joe Biden el 20 de enero de 2021: Doug Emhoff, vicepresidente Kamala Harris, primera dama Jill Biden y el presidente Biden en el Capitolio, Washington DC (AFP / Angela Weiss)

¿Cómo es ser mujer fotógrafa?

El fotoperiodismo sigue siendo una profesión bastante masculina. Pero durante la campaña de Biden, de repente nos dimos cuenta de que el grupo estaba formado por cuatro mujeres y dos hombres. ¡Fue tan sorprendente que tomamos una foto del grupo!

En Los Ángeles, cuando comencé, el ambiente de la fotografía de l entretenimiento también era bastante masculino, un «club de chicos». Las pocas mujeres eran muy competitivas entre sí y trabajaban muy duro. Siempre fueron un poco más allá para demostrar sus cualidades.

Hoy en día, las coberturas de guerra o de disturbios urbanos siguen siendo dominio exclusivo de los hombres. La moda, las alfombras rojas, son más femeninas. Me pregunto porqué. ¿Es porque algunos piensan que esas no son coberturas para mujeres?

Jennifer Lopez en concierto en Miami, en febrero de 2020 (AFP / Angela Weiss)

No creo que haya diferencias entre mujeres fotógrafas y hombres. Puede depender de las personas. Evidentemente, si se trata de fotografiar a una mujer que va a pasar por un aborto, es posible que se sienta más segura, que tenga la sensación de que la entenderán mejor, que habrá más empatía,  si lo hace una mujer. Por otro lado, un sujeto cargado de «testosterona» se preguntará qué estoy haciendo allí.

E inevitablemente existe una desventaja física ligada al peso del equipo.

Tengo una anécdota sobre ser fotógrafa: de no haber sido mujer, jamás hubiera tomado esta fotografía del exproductor de cine Harvey Weinstein, ¡ningún hombre podría haberla tomado!

(AFP / Angela Weiss)

Éramos un grupo de fotógrafas y encontramos un baño para mujeres en el piso 16 o 17 de la Torre de Nueva York donde Weinstein estaba siendo juzgado por agresión sexual. Tomé esta imagen con un teleobjetivo. Todo el mundo ya lo había fotografiado entrando o saliendo de la sala del tribunal, y éste era un ángulo diferente.

Ahora me gustaría dedicar más tiempo a ciertos temas. Quizás especializarse en fotografía política o medioambiental. Trabajar en temas relacionados con el cambio climático, dedicándome a algo que tenga impacto.

Un niño alimenta a las palomas en Battery Park, Nueva York, el 16 de junio de 2021 (AFP / Angela Weiss)

Entrevista con Angela Weiss: Michaëla Cancela-Kieffer en Paris. Traduccón: Yanina Olivera Whyte en Montevideo.
 

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Autor: Angela Weiss

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Sociopolítica

Nos vemos después de la guerra

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 Jerusalén/Gaza –  Todo se precipitó en pocas horas. El viernes 7 de mayo en Jerusalén, después de la puesta de sol, estábamos mojando los dedos en hojas de parra rellenas, llenando nuestros platos con fattoush -carne y arroz con sabor a cardamomo- cuando empezaron a arreciar los mensajes de WhatsApp: ¡tensiones en al-Aqsa!

Las manifestaciones en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén Este habían marcado las noches del fotógrafo Ahmad Gharabli durante semanas. Ese viernes, último del mes de ayuno del Ramadán, estábamos agotados y encantados con la perspectiva de una narguila (pipa de agua) después de la comida, tranquilos, hablando de la vida bajo un albaricoquero. Pero los mensajes rompían la calma a cada momento y Ahmad, exhausto, se puso de pie y dijo: ¡Me voy rápido a al-Aqsa!

Choques entre palestinos y las fuerzas de seguridad de Israel en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén Este, el 7 de mayo de 2021 (AFP / Ahmad Gharabli)

Esperábamos fuertes manifestaciones, algunos heridos, pero no lo que después ocurrió. Los resultados de los enfrentamientos entre palestinos y la policía israelí en la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado del Islam y punto de partida de la segunda intifada, fueron muy duros.

Al día siguiente, la Media Luna Roja Palestina informó de al menos 205 palestinos heridos, incluidos más de 80 hospitalizados. La policía israelí informó de 18 heridos en sus filas.

Un palestino conversa con un miembro de las fuerzas de seguridad de Israel en Jerusalén Este, el 15 de mayo de 2021 (AFP / Emmanuel Dunand)

El lunes 10 de mayo, todo se torció. Todo. Ahmad me despertó temprano: “Guillaume, hay enfrentamientos en al-Aqsa, hay heridos por todas partes”.

100, 200, 300, 400, 500 heridos según los rescatistas. Las alertas se sucedieron en el hilo de AFP. Los hospitales estaban desbordados en este “Yom Yerushaleim”, “Día de Jerusalén”,  que marca en el calendario hebreo la ocupación israelí de la parte oriental de la Ciudad Santa hace más de medio siglo.

Socorristas palestinos evacúan a un herido de la Explanada de las Mezquitas, el 10 de mayo de 2021 (AFP / Ahmad Gharabli)

Miles de jóvenes judíos convergieron en la Ciudad Vieja y era omnipresente el temor a una escalada tras los mayores choques registrados en Jerusalén en muchos años. La ciudad contenía el aliento. Y luego, al final de ese día, desde la Franja de Gaza, el movimiento islamista Hamás entró en el juego.

A las 17:00, Hamás lanzó un ultimátum a Israel para que retirara sus fuerzas de la Explanada de las Mezquitas en el plazo de una hora. A las 18:00, las sirenas comenzaron a sonar en el sur del país y en Jerusalén, ciudad sargada para las tres grandes religiones monoteístas y ubicada a solo cien kilómetros de Gaza.

El sistema de defensa israelí «Iron Dome» en plena acción, el 14 de mayo de 2021 (AFP / Anas Baba)

En el sur de Israel comenzaron a llover cohetes, en su mayoría interceptados por el escudo antimisiles “Iron Dome» (Cúpula de Hierro). Los que escaparon de la defensa antiaérea impactaron en el campo o sobre casas.

En los días subsiguientes, cientos de cohetes continuaron iluminando los cielos, mientras miles de palestinos aún se manifestaban en Cisjordania y Jerusalén Este. Pueblos “mixtos”, con habitantes árabes e israelíes, resultaron incendiados. En Lod, cerca de Tel Aviv, los residentes prendieron fuego a la sinagoga en respuesta a la muerte de un padre árabe, asesinado a tiros durante los enfrentamientos.

Tras el ataque de Hamás, Israel respondió la noche del lunes 10. ¿Nos dirigíamos a una escalada de 48 horas como ambas partes estaban acostumbradas? ¿O hacia una nueva guerra, la Cuarta Guerra de Gaza?

“Salí de la casa, fui a la oficina, porque filmamos los ataques en vivo desde la terraza”, dijo Yahya Hassouna, el reportero de video en Gaza.

“Mi esposa me llamó llorando. Le dije: nos vemos después de la guerra (…) pero no quería decirle que estaba en el terreno, en los hospitales, donde cayeron las bombas. Lo más difícil para un periodista en Gaza es la presión de la familia”.

“Mis padres, a quienes no veía desde hacía diez días, seguían llamándome: ten cuidado, no vayas a zonas peligrosas, trata de dormir, me decían. Y yo les respondía: todo está bien, yo estoy feliz. Sabían muy bien, sin embargo,  pues viven en el centro de Gaza, que el bombardeo venía de todas partes (…) Y mi esposa me suplicó que volviera a casa”.

El fotógrafo Jack Guez dejó a su familia para ir a Ashkelon, una ciudad israelí cerca de la Franja de Gaza a la que Hamás había prometido “un infierno”.

“Fue realmente muy intenso. Estaba en el hotel, pero ante la intensidad del bombardeo y las alertas de cohetes, era imposible hacer la vista gorda. Escuchas los estruendos y te dices a ti mismo, está bien que no haya afectado al hotel, no esta vez. Pero muy bien podría haber sido víctima de un cohete en mi habitación de hotel”.

Dos mujeres en estado de shock en un barrio de Ashkelon impactado por cohetes, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Jack Guez)

En esta ciudad de casi 150.000 habitantes, dos mujeres murieron y una treintena de personas resultaron heridas solo el 11 de mayo.

“Al volante, no me puse el cinturón de seguridad durante once días”, continúa Jack Guez, para “poder salir del auto rápidamente en caso de necesidad, porque siempre recuerdo la imagen de mis amigos de AP y Reuters que en el pasado se cruzaron con un misil mientras estaban conduciendo”.

“Fue mucho más intenso que en las guerras previas que cubrí: en el pasado, escuché el silbido simultáneo de tres, cuatro, cinco, seis cohetes… pero allí me encontré literalmente bajo decenas de cohetes. A veces, el cielo parecía blanco de tan numerosos y ya no sabía si debía trabajar o protegerme. Una vez, un trozo de escombro cayó sobre mi hombro. Estos once días de guerra me marcaron mucho más que las cuatro guerras anteriores ”.

Una casa de Ashkelon impactada por un cohete, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Jack Guez)
Un israelí inspecciona los daños en una casa impactada por un cohete en Sderot, el 15 de mayo de 2021 (AFP / Jack Guez)

“Mi familia, en un pueblo cerca de Gaza, está en primer lugar. Tan pronto como escuché una alerta sobre esa ciudad, mi prioridad fue llamar a mis hijos”, dice Jack Guez.

Antes “los ataques tenían como objetivo un territorio muy pequeño, a lo largo de la frontera con Gaza, las localidades de Sderot y Ashkelon… Esta vez los cohetes llegaron al norte de Tel Aviv, donde tengo a mi familia”, dice por su parte el videoperiodista Nir Kafri.

Una habitante de Ashkelon en su casa destruida por un cohete, el 25 de mayo de 2021 (AFP / Menahem Kahana)

“Cuando comenzó la guerra, con mi esposa fuimos a visitar a unos familiares para darles el pésame, un duelo no relacionado con la guerra. Dejamos a nuestras hijas en casa. En el camino, escuchamos sirenas en la radio, que también enumeraba las localidades atacadas. De repente, mi esposa bajó la ventanilla del auto y dijo: ¡Escucho las sirenas afuera! ¡No es la radio, hay cohetes a nuestro alrededor! Nos detuvimos y allí llamaron mis hijas; era como una película de terror, no sabían qué hacer”.

Habitantes de Tel Aviv se refugian bajo un puente, temerosos de los cohetes lanzados desde Gaza, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Gil Cohen-magen)
Durante una alerta en Tel Aviv ante nuevos lanzamientos de cohetes desde Gaza, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Jack Guez)

 

Durante esos once días, además de Nir Kafri y Jack Guez, una decena de fotógrafos, reporteros y videoperiodistas se movilizaron en Jerusalén, en Tel Aviv, en el norte del país cerca de la frontera con Líbano. No sin peligro, porque pese a que el “Iron Dome” intercepta los cohetes, a veces se le escapa alguno o caen escombros.

Guerra de 360 grados

Numo en la zona aledaña al puetro de Gaza tras un bombardeo israelí, el 17 de mayo de 2021 (AFP / Mahmud Hams)

En la guerra, los periodistas a menudo van durante el día a la línea de frente y en la noche regresan al hotel o a sus hogares, dependiendo de si son enviados o locales.

Tenemos al frente y la retaguardia y, a veces, también al cielo, con los ataques aéreos. Pero Gaza es una guerra de 360 ​​grados.

No hay una posición de repliegue. Sin frente ni espalda. Solo guerra por todas partes, en el cielo, e incluso bajo tierra con los laberintos de los túneles de Hamás. Los periodistas de Gaza no tienen a sus familias lejos, protegidas, inmunes. Viven bajo las bombas como ellos, dando lugar a una intensa conciliación entre familia-trabajo-bombardeo.

Una mujer recoge efectos personales tras la destrucciòn de su casa en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Said Khatib)

“Ningún lugar era seguro. Mi familia vivía en constante angustia, teníamos que tratar de tranquilizarnos a cada momento. El miedo, la ansiedad, se mezclaba con mi sentido de la responsabilidad: tenía que cumplir con mi trabajo de periodista”, subraya Adel Zaanoun, reportero emérito que normalmente responde “doblemente bien” cuando uno le pregunta cómo está; como un acto reflejo, también esa fue su respuesta durante la guerra.

“El séptimo día fue el momento más difícil, cuando un bombardeo israelí destruyó la casa de un vecino; la mía resultó dañada y mi esposa e hijos tuvieron que irse”, continúa. Las paredes de la planta baja se rompieron, las ventanas se hicieron añicos. La casa del vecino, que había recibido una llamada de las FDI para adevertirles que se fueran, no era más que un montón de escombros entremezclados con zapatos, ropa y juguetes.

Gaza, el 22 de mayo de 2021 (AFP / Mahmud Hams)

Cuando comenzó la guerra, Sakher Abou El Oun, el decano de la oficina, ya estaba de luto: había perdido a su único hijo, Madhat, de 13 años, debido a una enfermedad. Por tanto, estaba en casa con su familia. “Las bombas golpeaban mi vecindario, al-Rimal, y vimos como el estallido de las bombas sacudía nuestras paredes. La ansiedad estaba a tope. No me avergüenza decirlo: todos tomamos sedantes. Varias casas fueron atacadas, justo al lado de la mía; hubo muchos muertos entre mis vecinos ”.

Sakher volvió a trabajar en medio de la guerra para ayudar a sus colegas y para escribir un informe sobre la destrucción de su barrio y otro sobre niños traumatizados, donde evoca un niño que repite: “Ana khaïf, ana khaïf, ana khaïf”. “Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo” ….

En tiempos de guerra, ver niños en peligro suscita fuertes reacciones, como en el caso de Mahmud Hams, fotógrafo experimentado en terreno hostil.

“Cuando vas a la morgue y encuentras niños, piensas en los tuyos. Vi a uno que fue allí. Alguien le gritó: tu padre murió. El chico no lo sabía. ¿¡Qué!? Se me llenaron los ojos de lágrimas. A veces lloro cuando hago un informe pero trato de ocultarlo, para mantenerme profesional. Pero también me di cuenta de que a veces es necesario, contener todo no es algo bueno. Somos humanos, no hielo. Vamos a los hospitales, vamos donde hubo bombardeos y vemos a la gente desgarrada, viva o muerta, entre los escombros ”.

Suzy y su padre Ryad en el barrio Rimal de la ciudad de Gaza tras un ataque en el que murió el resto de la familia, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Mahmud Hams)

Mohammed Abed, acostumbrado a los grandes honores del fotoperiodismo, había llorado “una vez” durante la guerra de Gaza de 2014, en el quirófano de un hospital donde un cirujano atendía a Yamin, un pequeño de tres años con grandes quemaduras, único superviviente de un ataque que mató a 20 miembros de su familia.

Esta vez lloró dos veces: “Tomé una foto de un joven en la calle Wehda buscando a miembros de su familia entre las ruinas, estaba agachado con la cabeza inclinada sobre los escombros y gritaba: mamá, mamá. Lloré. Y vorlví a llorar cuando me llamó mi hija. Ella, que sigue todo lo que pasa a través de las redes sociales, constantemente me mandaba mensajes para decirme que tenía miedo y yo temía por ella”.

Una familia palestina llega al hospital Al-Shifa en Gaza tras un bombardeo, el 16 de mayo de 2021 (AFP / Mohammed Abed)

– La torre Jala – 

El sábado 15 de mayo pudo haber marcado un punto de inflexión en esta guerra relámpago. Adel me llamó desde Gaza. “Se ordenó a AP y Al-Jazeera evacuar su edificio. Tienen una hora para salir del lugar”. Los reporteros de la agencia estadounidense y del canal catarí se llevaron cámaras y laptops y salieron corriendo de la torre “Jala”.

Frente a este edificio de hormigón de más de diez pisos, los reporteros presentes en la Franja de Gaza -cerrada a los periodistas extranjeros durante los enfrentamientos- se congregaron para filmar la escena. Boom, boom. El edificio se derrumba. 

Una idea surge rápidamente de los periodistas en Gaza: albergar a AP y Al-Jazeera. Los equipos se conocen y se aprecian. El teléfono está activo entre Gaza, Jerusalén, Doha, París y Nueva York. Una llamada es particularmente grave: Ahmed Eissa, técnico de la oficina de la AFP en Gaza, dice que la torre destruida también albergaba antenas clave para la conexión a Internet.

El bombardeo de la Torre Jala el 15 de mayo de 2021 (AFP / Mahmud Hams)

“La Torre Jala está ubicada justo al lado de mi casa. Cuando llegó la advertencia, quería ir a casa para cuidar a mis hijos, mi esposa, mi madre y mi padre, que viven en el mismo edificio que el mío. Pero no pude ir: sabía que si la torre se derrumbaba tendríamos un desastre en la oficina porque nos privarían de Internet”, relata Ahmed Eissa.

Combatiente de las Brigadas de Resistencia Nacional, brazo armado del Frente Democrático de LIberación de Palestina, a pocos metros de la Torre Jala, el 23 de mayo de 2021 (AFP / Emmanuel Dunand)

“Llamé a mi familia y les pedí que abrieran las ventanas del apartamento para evitar que se rompieran bajo la presión de la explosión. Les dije que se fueran, lo más lejos posible. Tiendo a anticipar lo peor. Ya había instalado un sistema de respaldo de TI en la oficina en caso de crisis. Nuestras dos primeras conexiones a Internet se rompieron, así que cambié a la tercera y me comuniqué con nuestro proveedor para aumentar la velocidad de esta conexión única. Esa misma noche, AP, Al-Jazeera y el equipo de AFP pudieron transmitir en vivo desde la oficina de AFP”.

El viernes 21 de mayo, con el alto el fuego tras 11 días de implacables bombardeos sobre Gaza y 4.300 cohetes disparados contra el sur de Israel, se reanudó una apariencia de normalidad, que también mide los daños.

Celebraciones tras el anuncio del cese al fuego, el 21 de mayo de 2021 (AFP / Mohammed Abed)

La guerra mató a 260 palestinos, incluidos más de 60 menores, según las autoridades locales. En Israel, 13 personas murieron, entre ellas un niño de seis años y una adolescente, dijeron los rescatistas.

En Gaza, mil edificios fueron destruidos y sufrieron millones de almas. “Es como si todos los bombardeos aéreos de la guerra de 2014 (50 días) se hubieran condensado en 11 días”, señala el videoperiodista Yahya Hassouna.

Después de la guerra, “mi esposa me abrazó y me dijo que fuéramos a celebrar el Aíd”, celebración que marca el final del Ramadán, que comenzó en Gaza con diez días de retraso.

(AFP / Mahmud Hams)

Luego del diluvio de fuego, viene la reconstrucción, pero sin el ejército de “psiquiatras” sin duda necesario. “Después de la guerra de 2014, a veces pasaba malos momentos, de llanto. Y cuando hay escaladas militares, guerras relámpago, estoy de mal humor porque chocan con guerras pasadas”, dice Mahmud Hams. Pero es un error decirle al médico que todo está bien, todo está bien para mí; al contrario, hay que hablar”. 

Una madre juega con su hija en una playa de Gaza, el 22 de mayo de 2021 (AFP / Mahmud Hams)

Por Guillaume Lavallée, con los periodistas de la AFP en Israel y Gaza. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer en París. Traducción: Yanina Olivera Whyte en Montevideo.

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Autor: guillaume.lavallee

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Sociopolítica

Cali, un paraíso convertido en un campo de batalla

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Cali (Colombia) – Soy de Cúcuta, en el nororiente de Colombia, pero llevo en Cali más de 13 años. Y me encanta: tiene buen clima, con un promedio de 28°C, la gente es muy agradable y la naturaleza es espectacular, muy diversa.

A dos horas y media, está el puerto de Buenaventura, sobre el Pacifico, un mar agreste y muy distinto al Caribe, pero fascinante. A poca distancia hay selva tropical, playas, las impresionantes ballenas jorobadas y miles de aves que encantan a mi hija Martina.

Una ballena jorobada salta sobre aguas del Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 12 de agosto de 2018 (Miguel MEDINA)
Un pelícano vuela sobre el Océano Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 16 de julio de 2013 (AFP / Luis ROBAYO)

Cali es la capital del departamento de Valle del Cauca, donde encuentras grandes llanuras pero también montañas: allí nace parte de la cordillera de los Andes.

Un «chiva», vehículo de transporte, circula por la zona rural de Silvia, Cauca, Colombia, el 9 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La cercanía del puerto Buenaventura genera mucha actividad. También hay grandes ingenios de la caña de azúcar. La población es muy variada: afros, indígenas, extranjeros… La diversidad cultural es increíble. En Cali se puede tener una muy buena vida. La gente es súper alegre, hay fiesta… es la capital de la salsa.

 

Bailando salsa en el desfile del «Salsódromo» en la 60ª Feria de Cali, el 25 de diciembre de 2017 (AFP / Luis ROBAYO)

Sin embargo, y pese a que el estigma de haber sido el centro del cártel de los Rodríguez Orejuela quedó muy atrás, Cali se ve ahora asolada por nuevos males: pobreza, desempleo, racismo, narcotráfico, desconfianza hacia las autoridades y el rebrote de la violencia tras la firma del acuerdo de paz con las FARC en 2016.

 

Embajador de EEUU Philip S. Goldberg (i) y ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo (d) erradican coca en Temuco, Nariño, en diciembre de 2020 (AFP / Juan BARRETO)
Vista aérea de un narco-submarino incautado por la Armada colombiana en Buenaventura, Valle del Cauca, el 21 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

A pesar de que ese proceso de paz bajó la intensidad del conflicto en Colombia, provocó un aumento de los cultivos ilícitos de coca en los departamentos de Cauca y Nariño y trajo nuevos actores armados decididos a copar los espacios dejados por la guerrilla.

Un músico en el cementerio de Buenaventura, escenario de disputas armadas entre bandas locales, el 10 de febrero de 2021
(AFP / Luis ROBAYO)

 

Y con una crisis exacerbada por la pandemia de coronavirus, parece que todos los males de Colombia se resumen en Cali, la tercera ciudad del país y corazón de la ira popular que explotó el 28 de abril. La violencia desatada por las protestas deja al menos 42 muertos, según la Defensoría del Pueblo. De ellos, 35 murieron en Cali, de acuerdo con la ONG Temblores.

Manifestantes se enfrentan a la policía en Cali, el 10 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Campo de batalla

Disidencias de las FARC que se apartaron del acuerdo de paz; el ELN, última guerrilla reconocida en Colombia, y bandas de origen paramilitar se disputan las rentas del narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión en esa región.

Muchos de estos grupos resuelven sus cuentas en Cali, a donde además llegan miles de víctimas que huyen del conflicto, migrantes y personas que buscan un futuro mejor.

Policías inspeccionan los daños causados por una explosión frente a la alcaldía de Corinto, Cauca, el 26 de marzo de 2021 (AFP / Paola MAFLA)

La pobreza golpea a más de un tercio (36,3%) de los 2,2 millones de habitantes de una ciudad en cuyas calles se siente el descontento contra las políticas del gobierno, en medio del azote de la pandemia.

Indígenas colombianos se dirigen a Cali para una protesta contra el gobierno, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Mucha gente se quedó sin trabajo (el desempleo en Cali llega al 18,7%) y sobrevive haciendo cualquier cosa. Los bancos no se esfuerzan por aliviar las situación de la gente, que sufren moras y embargos, sin una intervención del gobierno.

Todo esto ha generado muchísima delincuencia. Puedes estar en un restaurante, cuando de repente llegan unos tipos armados en moto y en cuestión de segundos recogen teléfonos, joyas, dinero y se van. Hay mucho temor. La gente oye una moto y se asusta.

El movimiento de protesta de Cali y en el resto del país reúne sindicatos, estudiantes, indígenas con múltiples reclamos. Las manifestaciones no solo congregan a los jóvenes: también hay adultos, personas mayores y mujeres que reclaman por igualdad social en medio de una escasez de combustible.

Medellín, 12 de mayo de 2021 (AFP / Joaquin Sarmiento)
Bogota, 5 de mayo de 2021 (AFP / Juan Barreto)

 

Me recuerda a las marchas de Caracas que me tocó cubrir hace unos años y, al igual que en aquel momento, ahora transito por calles bloqueadas y barricadas.

 

Manifestantes bloquean una calle de Cali, el 3 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La ciudad que tanto quiero parece un campo de batalla. La noche del 3 de mayo fue la peor que viví desde el inicio de esta ola de protestas. Pude escuchar helicópteros dando vueltas, explosiones, disparos, sirenas de ambulancias. A las dos o tres de la mañana seguía escuchándolos.

Manifestantes en una barricada bloqueando una calle del barrio de Siloe, Cali, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)
Vigilia por los manifestantes muertos, heridos o desaparecidos en Cali, el 2 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Empezó en Siloé, a unas diez cuadras de mi casa, barrio que siempre ha sido violento. Entraron los soldados y la policía. Hubo uniformados heridos. Tiros. Los chicos que murieron, uno de ellos estudiante, protestaban por las condiciones sociales. Tenían trabajo, familia. Muy triste. 

Vigilia para uno de los jóvenes muertos en la noche del 3 de mayo (AFP / Lucho Robayo)

El miedo aumentó con un ataque nocturno  al puesto de salud cercano a uno de los puntos de protesta en el norte de la ciudad que según funcionarios de la derechos humanos de la alcaldía, presentes en el lugar, dejo varios heridos, entre ellos un trabajador de la salud. 

Lo que sabemos es que según 12 testimonios recabados por  mis compañeros de la AFP, policías antidisturbios y fuerzas especiales arremetieron contra la protesta pacífica sin ninguna concesión.

Es verdad que Cali está en el centro geográfico de muchas cosas. Es la capital del suroccidente del país. Aquí estamos a dos horas de los cultivos de coca en el Cauca y  de Buenaventura, el gran puerto por donde sale mucha droga hacia Estados Unidos y Centro América..

Patrulla en Buenaventura, ciudad portuaria asolada por la violencia, el 10 de febrero de 2021 (AFP / Luis Robayo)

 

Tras la firma del acuerdo de paz en 2016, mejoró la economía, pero ha vuelto a retroceder en los ultimos años. Y Cali sigue recibiendo los coletazos del conflicto en el vecino Cauca.

Desde hace unos años se ha ido deteriorando la situación. Ya no se puede ir a Cauca tan fácilmente por ejemplo, se ha vuelto muy peligroso. 

Lo que me ha marcado más en estos últimos meses han sido los funerales de víctimas del conflicto.  Como el de Cristina, una lideresa indígena, que estaba al frente de un puesto de control con otros guardias en la carretera hacia Tacueyo. Encontraron un carro que al parecer llevaba un secuestrado y al retenerlos fueron objeto de disparos. Lo mismo pasó con Karina García, una candidata a la alcaldía del municipio de Suarez, masacrada en plena campaña.

 

Funeral de Karina Garcia, el 2 de septiembre de 2019 (AFP / Luis Robayo)

Ha sido un año muy pesado por la pandemia y la situación de violencia en el país, pero mi profesión sigue siendo mi pasión. Me permite conocer nuevos mundos, personas diversas y lugares increíbles, entre momentos felices y tristes. Y contar historias de vida y mostrar al mundo lo que ocurre en el país.

(AFP / Luis Robayo)

Por Luis Robayo. Edición: Yanina Olivera Whyte

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Autor: luis.robayo

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