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Cultura

Vértigo y luz en las arterias del relámpago. Entrevista a Miguel Martínez, autor de ‘Comuneros: el rayo y la semilla (1520-1521)’

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/ una entrevista de Pablo Batalla Cueto /

«Había vértigo y luz en las arterias del relámpago, fuego, semillas y una germinación desesperada». En las alturas de estos versos electrizantes de Antonio Gamoneda da comienzo el relato de uno de los fenómenos editoriales del año: Comuneros: el rayo y la semilla (1520-1521), del historiador vallisoletano (doctor en Estudios Hispánicos por la City University of New York y profesor titular en la Universidad de Chicago) Miguel Martínez; crónica absorbente que amalgama en la maestría de la mejor tradición de la historiografía narrativa la documentación minuciosa, el propósito de divulgar sin simplificar y el preciosismo estilístico.

«En la primavera de 1520, las principales ciudades de Castilla se levantaron contra el joven rey Carlos. El grueso del común ciudadano y campesino, aliado con un sector de las élites urbanas, le plantaba cara al mal gobierno de la corte y a los grandes del reino, que habían acaparado ilegítimamente rentas y poder. La derrota de Villalar, en abril de 1521, no acabó del todo con el sueño comunero: las semillas de aquel rayo insurgente germinarían mucho después en un imaginario histórico que alimentó las luchas democráticas de los siglos XIX y XX». Así presenta la obra el sello gijonés Hoja de Lata, que la ha publicado, y no tardó en agotar su primera edición.

Tienen hambre de pasado nuestros días, como puede comprobarse mirando el escaparate de cualquier librería; y, aunque parece ser la derecha quien más está arrimando ese ascua a su sardina, también se mira al pretérito español con ojos progresistas. Martínez no se esconde y, añadiendo a las pericias antes enumeradas la fuerza conviccional del mejor ensayista, diserta también en el libro —que no concluye su crónica en 1521, sino que relata las procelosidades de la memoria comunera en las centurias subsiguientes— sobre la posibilidad de una izquierda que no haga de la guerra del treinta y seis el techo de cristal de su memoria, sino que se aventure más atrás, y vindique el linaje de pasados más remotos. La revolución popular con todas las de la ley que Martínez argumenta solventemente que la guerra de las Comunidades fue, o al menos contuvo, bien podría ser uno de ellos.

La siguiente entrevista se realizó en streaming el 9 de junio de 2021 en el marco de la Escuela al Margen, con la presencia añadida de Domingo Centenero, historiador modernista y miembro de la revista digital Pensamiento al Margen, y el historiador de la filosofía de la ciencia Juan M. Zaragoza, de la Universidad de Murcia. Lo que transcribimos acá es la conversación entre Batalla y Martínez, tras la cual se desarrolló un coloquio con Centenero, introductor también del entrevistador y el entrevistado, que se pueden visualizar en el siguiente vídeo.

Miguel, hay una interpretación tradicional de la revuelta comunera, que en el último siglo comparten desde Ramiro Ledesma hasta Gustavo Bueno, según la cual fue una revuelta reaccionaria frente al progreso que representaban Carlos V y el Imperio; un canto crepuscular de un mundo condenado a desaparecer. Esa interpretación realza el papel de la nobleza, pero tú sostienes que ahí dentro hay varias revoluciones y, entre ellas, una revolución popular con todas las de la ley, incluso literalmente republicana. Aunque apelen al referente del Rey, los comuneros llegan a imaginarse un mundo sin reyes ni caballeros.

Lo de Ramiro Ledesma es una peculiaridad, y lo intento explicar así en el libro: es una constante que esas interpretaciones reaccionarias y conservadoras de los hechos de los comuneros desestimen la revuelta precisamente por ser reaccionaria y conservadora. Sí: Ramiro Ledesma dice eso, Ganivet dice una cosa parecida, Marañón tuvo una posición intermedia que es de donde vienen las opiniones un poco más automáticas y acríticas sobre esto… Pero, en realidad, es una visión muy excéntrica respecto a la historiografía de los comuneros; a los trabajos más establecidos, más canónicos, más respetados que han marcado el estudio de estos hechos, y estoy pensando en los libros clásicos de Maravall, de Joseph Pérez, de Gutiérrez Nieto, de Pablo Sánchez León, etcétera. La interpretación que comentas no se sostiene en esa historiografía, ni en las fuentes. Está por todos lados, pero yo uso algunas fuentes que son muy gráficas para mostrar ese protagonismo popular. Hay un humanista que escribió una de las crónicas más importantes de los hechos, que se llama Juan Maldonado, en toda cuya crónica el protagonismo popular es innegable, pero que en otra obra que escribe durante los hechos pone una nota al margen para explicar qué eran las comunidades, y dice que fueron la lucha de los populares contra la nobleza y los magistrados. Uso esa cita porque creo que condensa muy bien cómo un contemporáneo veía el conflicto a la altura de 1520. Quizá la pregunta que habría que hacerse es por qué esas interpretaciones que en realidad son muy excéntricas en la historiografía de las comunidades siguen repitiéndose en la esfera pública casi como si fueran la autoridad, como si el excéntrico fuera Joseph Pérez.

Sobre el republicanismo, pasa un poco lo mismo. Lo hemos hablado bastante estos días, desde que salió el libro. A mí fue un colega, Alberto, quien me ayudó a verlo un día que tuvimos una discusión sobre el centenario: son precisamente los límites políticos y discursivos del presente lo que nos impide ver los hechos de las comunidades con un acento republicano. No es que los republicanos de hoy estemos siendo presentistas al leer en las lecturas aristotélicas, en el humanismo cívico, en los lenguajes que manejaban los comuneros en 1520, etcétera, republicanismo. Es al contrario: lo más presentista es la incapacidad de comprender eso históricamente porque hoy nos asusta mucho el término republicanismo. Hace unos días recuperaba algunas citas, porque ha habido algunas intervenciones públicas de algunos historiadores muy respetados, muy reputados, ridiculizando la lectura republicana de los comuneros. Y podemos empezar por alguien tan poco sospechoso como Menéndez Pidal, que decía a finales de los cincuenta algo así como que quien estudie de verdad los hechos comuneros (no había salido todavía el libro de Maravall) tendría que estudiarlos sin duda alguna desde el punto de vista de la tradición republicana. Esto, Menéndez Pidal, pero Juan Beneyto, también poco sospechoso, Américo Castro, Maravall, por supuesto… Estamos hablando de algunos de los grandes historiadores del siglo XX.

Miguel Martínez

Ocurre una cosa con las fuentes. Una cosa que pasa siempre, que es que escribe quien sabe escribir, mientras el que no sabe no escribe; pero también otra que no pasa siempre, que es que se practicó una damnatio memoriae absolutamebte brutal contra la literatura escrita por comuneros. En consecuencia, solo tenemos las crónicas que escribieron los enemigos de las Comunidades, y eso explica en parte ciertas interpretaciones. Muchos tiran de lo que hay y no se preocupan, como tú te has preocupado, de espigar esas crónicas adversarias, de leer entre líneas, de delimitar los contornos de ciertas ausencias, de ciertas cosas que se dicen por lo bajini o de pasada, pero en las que palpita la verdad de los hechos. Háblanos un poco de eso; de esa labor de espigado.

Yo usé mucho las crónicas, y sé que hay colegas historiadores que siempre invitan, con razón, a desconfiar de las crónicas como relatos frente a la documentación primaria producida por determinadas instituciones y actores, como los epistolarios de los gobiernos o de la Junta, los intercambios de la Junta con las ciudades, las actas de los cabildos, etcétera. Pero yo, quizás por mi formación profesional literaria e histórico-cultural, sí le presté mucha atención a las crónicas. Hay un problema epistemológico, también. Es fundamental, no sólo comprobar cuáles fueron los hechos, sino qué sentido tuvieron o les dieron; mejor dicho, no hay hechos si no se les da un sentido, y esas fuentes más narrativas y más retorspectivas se lo dan. Precisamente si uno lee las crónicas, es imposible hacer la interpretación reaccionaria. Al contrario: lo que había era muchísimo miedo a que la apuesta comunera más ambiciosa o más radical pudiera tener algún tipo de éxito. De hecho, esos enemigos deslegitiman sistemáticamente en sus crónicas a los protagonistas de la revolución precisamente por su condición baja, plebeya, ignorante… Y digo lo de ignorante porque tiene que ver con algo que decías, que es la cuestión de la alfabetización, de quién escribe sobre los hechos.

Claro, lo interesante sería tener fuentes escritas por comuneros, como tenemos en el caso de otros; mejor dicho, tenemos fuentes escritas por comuneros, pero no fuentes narrativas sustanciales, que intentaran dar sentido a aquellos hechos desde el punto de vista de los comuneros. Hay una que se atribuye tradicionalmente a Gonzalo de Ayora, que fue feroz comunero, pero que seguramente no sea de él. Está la de Juan de Maldonado que comentaba antes, que es muy obviamente cercano a ciertas sensibilidades comuneras; está el texto de Alonso de Castrillo, impreso dos días antes o unos pocos días antes de Villalar, que también muestra cierta ambigüedad, y están por supuesto las fuentes producidas por la Junta, por las juntas locales, etcétera. Pero, como comentabas, uno de los problemas es toda la documentación menos oficial, por decirlo así; menos ligada a los órganos institucionales que crean los comuneros o que alteran los comuneros, porque, sí: hubo órdenes tajantes de destruir todo rastro de memoria comunera, y se han trabajado bien los poquitos impresos que quedan y sabemos que fueron muchos por las fuentes cronísticas, pero quedan muy poquitos: unas coplas a Juan de Padilla que yo trabajo bastante en el libro, de las que se conoce una fuente que hay en la Biblioteca Nacional desde hace no mucho, por ejemplo. Entonces, lo que yo hago es excavar crónicas un poco como hacía Menéndez Pidal en su momento con la poesía épica medieval: excavar restos que podrían ser de coplas, de canciones comuneras, que remitían a ciertos momentos de la acción colectiva. Y usé también las obras de algunos poetas contemporáneos para tratar de imaginar de una manera lo más rica y abierta posible, como digo, de qué manera los protagonistas de estos hechos y sus enemigos trataron de dar sentido y de comprender lo que estaba pasando.

Te fijas en la época en general, y no sólo en la revuelta comunera, sino en la de las germanías de Valencia y otras del resto de Europa; en cosas que se dicen aquí y allá: «El bien común es mejor e vale más que el privado», «Vosotros queréis poner al reino por encima del rey, cosa jamás vista», «Todo rico o es injusto o heredero de injusto», «Nadie viene al mundo con una silla de montar a la espalda, ni nadie con botas y espuelas para cabalgarlo»… Nos cuesta imaginarnos una revuelta republicana en aquel momento, pero aquel momento es el momento de los anabaptistas y de toda una serie de revoluciones que se imaginan una transformación completa del mundo. Comentas una anécdota divertida de una mujer valenciana que, viendo pasar a unos caballeros, dijo a sus hijos que los miraran, y preguntando los niños por qué, les respondió: «Porque cuando seáis grandes podáis decir que vistes los caballeros».  Hay una imaginación rebelde que llega hasta el punto de imaginarse el fin de los reyes y de la nobleza. Y, aunque en un momento dado reivindique al Rey, tú explicas que Rey viene a equivaler entonces al actual democracia: es un significante tan poderoso que todo el mundo apela a él, pero uno puede defender nominalmente al Rey y a la vez estar imaginándose un mundo sin reyes, como hoy puede defender nominalmente la democracia y trabajar contra ella.

Hace falta más trabajo comparativo; una contextualización más allá de la historia de Castilla en el inmediato siglo XV. Sánchez León fue más atrás y Stephen Haliczer también trató de dar un recorrido mayor para llegar a 1520 y entender un poco más. Aquel es un momento concreto de la historia europea de gran convulsión política, espiritual —y por lo tanto política, ¿no? (risas)—, y de gran tensión de clase, por decirlo en términos de hoy; de gran tensión interestamental. Si pensamos en la guerra de los campesinos alemanes o la revuelta del hombre común, como ahora lo está llamando algún historiador; si pensamos en el largo siglo XV, de enorme conflictividad social; si pensamos en lo que pasará poquitos años después en Inglaterra, donde llegan a ejecutar al Rey y a armar, más o menos, una República parlamentaria… Hay un momento interesante en las memorias del emperador, de Carlos, donde vincula en una frase a Lutero y a las Comunidades. Esto lo ha trabajado un colega, Carlos César Rizzutto: de qué manera se mezclan los lenguajes de la efervescencia espiritual y del conflicto político. Carlos dice: «Y entonces fue el tiempo de Lutero y el tiempo de las Comunidades». Es un período muy convulso y en seguida, en la memoria, se perpetuarán como indisociables de alguna manera unos conflictos de otros; un período agitado. A veces incluso se ha llamado la edad de la revuelta a la que va del final del siglo XIV a mediados del siglo XVI. De manera que, si uno abre el foco un poquito y trata de situar a los comuneros, no sólo en relación con Castilla, sino en relación con las germanías, que también habría que trabajarlo más, los comuneros no son un hecho excepcional. Son un hecho excepcional teniendo el cuenta el privilegio de que sabemos lo que pasó después y que no volvió a pasar nada parecido en la historia de Castilla, pero pudo haber sido de otra manera. De hecho, mirando esos años agitadísimos, es muy claro que pudo haber sido de otra manera.

Yo uso la democracia como analogía de ciertos conceptos centrales del lenguaje político que articulan todo el espacio discursivo de la política; que son tal fuente de legitimidad que es muy imposible armar nada explícitamente en contra de ellos. Con el Rey pasaba eso. El Rey es fuente de legitimidad casi inagotable (hasta que se agota, claro) en la Edad Media y en la Edad Moderna. Lo importante, por supuesto, como nos ha enseñado la historia de los conceptos y la historia intelectual, es qué sentido tiene democracia o qué sentido tiene rey o qué sentido tiene bien común o qué sentido tienen justicia o libertad. Hay cierto automatismo ahí para negar cualquier posibilidad de relectura de la tradición republicana clásica en Castilla. Sí, los comuneros, lo primero que hacen, es ir a ver a la reina Juana, que era la reina legítima de Castilla, para ponerse a su servicio. También hay un momento al principio de las discusiones de la Junta en el que se llega a negar el título de Rey a Carlos por haberse autoproclamado de una forma medio ilegal. Y también, como decías, hay momentos, discursos, hay chispas, fragmentos, fogonazos, en las fuentes que permiten ver que se pudo imaginar un mundo sin reyes, o un mundo con un rey muy debilitado; una especie de federación de ciudades o de repúblicas urbanas a la italiana. Eso es algo que está en las fuentes. Está en Guevara, está en Mejía, está en las cartas de algunos gobernadores… Se acusa a los comuneros de que querían montar señorías; repúblicas urbanas a la italiana, aunque es verdad que, como explicó Joseph Pérez, que fue mucho más escéptico que todos estos historiadores que mencionaba antes con respecto al republicanismo comunero, no está articulado en las fuentes comuneras. Un ideario republicano que haga referencia a las ciudades italianas está más en las fuentes de los enemigos. Pero eso también es muy indicativo de ciertos horizontes y algunas de las aspiraciones de ese sujeto político heterogéneo y tenso y conflictivo que fueron los comuneros o la Comunidad.

Te insertas en toda una tradición que inicia E. P. Thompson cuando escribe contra «la inmensa condescendencia de la posteridad» para con eso que llamamos revueltas del Antiguo Régimen, menospreciándolas en comparación con las grandes revoluciones de la modernidad. Hubo revoluciones con todas las de la ley antes de 1789. Y aquel mundo era tan complejo como este, que es otra cosa bonita que transmites en el libro. La cultura popular de aquella época es tan rica, tan pluriforme, tan variopinta, como es hoy nuestra cultura digital: hay coplillas, impresos, hay profecías, predicadores, etcétera, toda una serie de imaginaciones rebeldes muy ricas, muy diferentes, que contribuyen a esa revolución en un momento —y también aquí es interesante trazar paralelismos con la actualidad— en  que se descubre un mundo nuevo, se inventa la imprenta, etcétera; toda una serie de grandes cambios tecnológicos que ponen a la gente en una inmensa tensión de cambio de época.

El debate terminológico revuelta, revolución, insurrección… Yo no soy muy dogmático con esto. No me importa que se le llame revuelta y uso una variedad de términos para evitar hacer una interpretación demasiado cerrada. Pero sí que tiene su relevancia. Una manera muy sencilla de expresarlo, que no recuerdo dónde leí, es que revoluciones son las que triunfan, y revueltas las que fracasan. Pero sí que hay una idea de revolución asociada a determinado relato y determinada teoría de la modernidad, y ahí es donde Thompson es muy útil para pensar en términos más dialécticos, menos binómicos y excluyentes. Claro, las revoluciones son rupturas, pero hay tradiciones revolucionarias, tradiciones rebeldes, hay memorias utópicas asociadas a determinados momentos del pasado que se vuelven revolucionarias en resistencia a determinados desarrollos históricos. Eso me parece una forma más sutil de ver la relación entre revolución y modernidad como conceptos historiográficos.

Revolución, por cierto, lo comento al principio del libro, no sé si está hecha, puede que lo esté, yo lo desconozco, una historia conceptual, semántica, del término, pero, por lo que yo he podido averiguar, es curioso que es un término que viene de la astronomía, que tiene que ver con la vuelta que da un astro, pero cuyo primer uso en su sentido de metáfora política es en castellano, con muchos años de antelación respecto a sus usos en Italia y precisamente en relación con las Comunidades. Son pocos, es cierto; no es que todas las fuentes hablen de revolución, pero hay dos fuentes coetáneas en las que se usa ese concepto astronómico por primera vez, y eso me parece valioso e interesante explorarlo en toda su complejidad.

Francesco Benigno tiene un libro muy bonito sobre ciertos conceptos históricos y es muy crítico con el término revolución y con lo que ha implicado en ciertas formas idealizadas de conmemorar pasados colectivos. Pero es muy clara y muy perceptiva la idea de que, si lo llamas revolución, no es lo mismo que una revuelta. Una revuelta es una agitación, un espasmo, que es lo que le pasaba a Hobsbawm antes de ese giro de Thompson de considerar en sus propios términos y respetar las aspiraciones de quienes protagonizaron aquellos hechos. Hay otra cosa interesante, que es que la revuelta es un mecanismo cotidiano de renegociación del poder político en la Edad Media y la Edad Moderna. Eso también lo explica muy bien Thompson, pero también Lorenzo Cadarso: cómo la revuelta y ciertas formas ritualizadas sirven para disputar o escenificar determinadas demandas de manera cotidiana. La revuelta es cotidiana, no es una ruptura, y la revolución sí que implica algo de ruptura. Es muy interesante cómo está manejando la conmemoración oficial, sobre todo en Castilla y León, este debate histórico de cómo llamarlo, porque tienen que hacer unas piruetas retóricas muy difíciles. «No, no fue una revolución, pero fue una ruptura». Bueno, OK, a lo mejor vamos entendiéndonos. «No fue una revuelta, pero aspiraba a cambiar la constitución política del reino»…

Nada menos, ¿no?

Claro, de nuevo es muy interesante cómo los límites discursivos y políticos del presente no nos permiten entender, o limitan nuestra comprensión, de esos hechos. Decías otra cosa sobre cómo se parecían estas formas de insurrección popular premoderna con las del presente, y ahí hay algunos proyectos interesantes. De hecho, comentaba el otro día con un colega querido, Noel Blanco Mourelle, la posibilidad de armar algo parecido como proyecto de investigación: una revisión de las revueltas medievales y de la Edad Moderna para ver qué tienen en común con las formas de protesta de hoy. Es interesante ver que a lo mejor tienen más en común las formas de protesta y de insurrección del entorno de 1500 con algunas de las cosas que pasan hoy que con toda la tradición de la protesta de la edad industrial. Hay trabajo interesante que hacer ahí; de revisión de todas esas revueltas, revoluciones, insurrecciones, sin la condescendencia de la posteridad, sino, al contrario, con el privilegio de la posteridad y las preguntas de hoy.

Sería curioso que el castellano hubiera aportado al lenguaje universal la palabra revolución, la palabra liberalismo y la palabra guerrilla. Esto, como te lo cojan los rojipardos, se vuelven loquísimos (risas).

Ja, ja, ja.

También muestras en el libro cómo las Comunidades fueron una guerra civil, y que, dentro de los dos bandos, o al menos del comunero, hubo también, al menos, dos revoluciones. Una parte de los comuneros quiere una reforma; un reino mejor gestionado. Pero está la otra parte, que quiere esa transformación radical de la que hablábamos. Hay un diálogo entre esas dos vertientes de la revolución y la nobleza juega un papel equívoco. Hay una nobleza que se posiciona del lado de los comuneros por ese lado reformista, hay otra que duda de si posicionarse a favor o en contra y espera a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, hay una nobleza que apoya y luego deja de apoyar… Se dan estas guerras civiles dentro de la guerra civil que se dan siempre.

La idea de las dos revoluciones la tomé de Christopher Hill, otro historiador británico, el historiador de la Revolución inglesa y otras cosas que a mí siempre me ayudan mucho a entender que seguramente sea todo más complejo. Hablar de facción moderada, facción radical, es una forma quizá demasiado simplista y plana de ver esto, pero, sin duda, hay aspiraciones diferentes, o apuestas diferentes, dentro de un movimiento que en su misma naturaleza es interestamental; interclasista si queremos. La jura de la Comunidad es precisamente eso: la agrupación y la creación de un sujeto, no sé si decir ciudadano, pero colectivo, que pone entre paréntesis las diferencias de clase y de estamento para una acción política determinada.

Los análisis de clase que se han hecho de las comunidades son complejos y difíciles de explicar de manera muy sencilla. Algunos de los líderes nobles tienen mucha visibilidad en la memoria popular de las Comunidades y la historiogorafía tradicional: Padilla, Bravo, Maldonado, Acuña, María Pacheco… son todos nobles, unos más que otros, sin duda, que tienen mucho protagonismo y que han sido iconizados por toda la historiografía liberal, pero que dan una visión un poco equívoca de lo que fue la heterogeneidad social del sujeto comunero. Tampoco hay que ser muy mecanicista en la forma en que relacionamos identidad de clase o identidad estamental y acción histórica, porque entramos en una especie de materialismo muy mal entendido, muy reductivo. Hay personajes como Padilla que son una nobleza urbana ascendente, propietaria, que consigue casarse nada menos que con los Mendoza, y cuya fidelidad comunera y hacia la facción popular, plebeya, más ambiciosa está fuera de toda duda. Pero ese no siempre es el caso. Pedro Girón o Lasso de la Vega tienen otras posiciones. No se puede simplificar la complejidad de esa relación, y yo siempre insisto mucho en que, si hemos aprendido algo de los liderazgos, de la forma en que funciona el liderazgo, en estas situaciones de conflicto, de nuevo es que es una relación muy dialéctica.

Los nobles son líderes porque, para que las demandas de la revolución tengan algún tipo de éxito, tienen que tirar del prestigio social y de las redes y los recursos que tienen los mejores de la sociedad. Pero, al mismo tiempo, ese liderazgo está sometido a la presión constante —y no solo a la presión, sino a las decisiones— del común de las ciudades y del campo. Eso lo vemos en muchas situaciones en las que la dirección juntera, los procuradores de la Junta, quieren nombrar un capitán y el pueblo de Valladolid, por ejemplo, sale a la Plaza Mayor y dice: «Tiene que ser Padilla». Y Padilla dice: «No, mirad, es mejor que sea Lasso, hacedme caso». Y el pueblo: «Que no, que no. Que tú». Hay una relación mucho más compleja, más tensa, más dialéctica, entre unos sectores sociales y otros. Y lo importante es entender la naturaleza de la Comunidad como nueva institución o modo de relación y los espacios que abre para nuevos sujetos políticos más allá de las adscripciones estamentales, que no desaparecen, pero que se ponen entre paréntesis y dejan de determinar quién puede participar en política y quién no. Eso es una de las cosas más sorprendentes, no para mí, sino para los contemporáneos, de lo que ocurre en las ciudades comuneras: cómo se toman las decisiones colectivamente y los nobles se escandalizan de que los zapateros y los tundidores estén discutiendo con ellos como si supieran algo.

Citas una crónica que dice: «No fue la intención de los que dieron principio a este negocio que la cosa pasase tan adelante como después pasó, ni que el escándalo fuese tan general». El desborde revolucionario.

Sí, eso está en muchas de las fuentes y tiene que ver con la posición cambiante de determinados sectores de la nobleza respecto a lo que empieza a ocurrir en la primavera de 1520, o incluso un poquito antes. Esto lo explicó muy bien Azaña y lo recordaba Joseph Pérez: la gran nobleza, los grandes, los llamados grandes, quería que Carlos ganara, venciera, pero que no venciera mucho, y que no venciera muy rápido. Y eso explica bastantes cosas del tipo de desborde que llevó a que la alta nobleza en pleno, con la excepción de María Pacheco, que es mujer segundona y casa un poquito hacia abajo quizás, y muy poquitos más, como Pedro Girón, nadie, absolutamente nadie de la alta nobleza estuviera dentro de la causa comunera. De hecho, es un ejército reclutado, financiado y comandado por los grandes quien derrota a los comuneros en Villalar.

Otra crónica que citas: «Pudiese imaginar forma más desdichada y miserable de república, gobierno más temerario y sin fundamento de justicia y razón que ver entregado el gobernalle de los reinos a tundidores, pellejeros, latoneros, curtidores, lecheros y molineros, en los cuales ni se hallaba discreción para juzgar, ni celo para desear bien, ni prudencia para encaminar lo que pretendiesen, sino un loco atrevimiento y ciega temeridad con que se movían a deshora a revolver los pueblos y movellos con furor y alboroto». Es un clasismo duro el que transmite este párrafo. Hay un regodeo en enumerar profesiones despreciables para quien escribe esto.

Sí. Hay otro momento en la crónica de Maldonado en que, en una de las batallas en el reino de Toledo, el comandante es el prior Zúñiga y del otro lado están los comuneros, y Maldonado inventa unas arengas, como era preceptivo de la historiografía clásica. Nunca nadie dijo esas palabras, de nuevo volvemos a la cosa de las fuentes cronísticas como centrales no a pesar de, sino precisamente por, sus tomas de partido y su parcialidad, pero esa arenga dice algo así como «ánimo, acabad ya con estos zapateros y pellejeros, ¿quiénes se han creído que son?». Insisto: nunca el prior dijo esas palabras, pero sin duda recogen un discurso que estaba ahí y un conflicto que al final se convierte en gran medida en guerra de clases muy descarnada, muy violenta.

La represión fue absolutamente terrible: Medina del Campo, por ejemplo, es arrasada. Y hay escenas muy peliculeras; que, al leerte, me hacían imaginarme la película que podría hacerse con ellas. Pienso, por ejemplo, en este personaje postapocalíptico que se proclama rey en la Medina destruida y se pasea entre las ruinas con un séquito de pajes.

Este es Bobadilla, que es un gran personaje; un tundidor, pañero, que aparece en varias de las fuentes y que aterrorizó a la Medina biempensante en el momento comunero e inmediatamente después. Es uno de los ejemplos de liderazgo popular del que tenemos noticia más o menos abundante en las fuentes, y sí, yo le doy un poco de color, porque es un personajazo, y todo parece indicar que él gana protagonismo, acumula capital político, porque entra en una reunión y mata a un regidor que es un regidor que había secuestrado el correo que avisaba de que venían los imperiales o que secuestraba la carta que mandaban a Padilla; no recuerdo exactamente. Pero Medina, claro, fue brutal; fue, de hecho, el detonante que hizo que la mayoría de las ciudades de Castilla se inclinaran hacia los comuneros. Hay algunas ciudades muy importantes que nunca fueron comuneras, y algunas se organizaron como liga anticomunera, pero este es el evento determinante que aglutina a las ciudades comuneras en torno a la Junta.Hay otros episodios terribles, como el de Mora, donde murió más gente que en ninguna batalla comunera. En este pueblo del reino de Toledo, se les fue de las manos; quemaron la iglesia donde se habían refugiado los comuneros y sus familias y murieron montones de personas.

El tema de la represión es un debate. Joseph Pérez, que es, por supuesto, quien más trabajo de investigación hizo sobre las Comunidades y seguramente quien mejor las conocía, decía que la represión había sido suave e incluso dulce, porque se basó fundamentalmente en la pieza documental clave: el perdón general que recoge doscientos noventa y pico comuneros más significados a los que había que exceptuar del mismo y procesar o ejecutar. Es verdad que, de esa lista, solo se llegó a ejecutar a veintipico nombres. Muchos otros murieron en el exilio; otros se compusieron mediante multas, arreglos y redes de influencia. Pero es que eso es literalmente la punta del iceberg de la represión. Yo me basé mucho en unos trabajos de Maravall en los que, mediante las relaciones geográficas, este cuestionario que Felipe II mandó a los pueblos de Castilla para censar y mapear un poco sus reinos, resaltaba una memoria interesante de la represión de las Comunidades contenida en las respuestas. Y, sobre todo, me basé en un artículo de Isidoro Castañeda Tordera que reevaluaba esta idea de Joseph Pérez sobre la represión dulce y se fijaba en una represión de la que sabemos mucho menos porque no generó procesos, sino que fue una represión sumaria. Entraba el juez Zumel en el Toledo recién vencido un año después y las crónicas dicen: «Ejecutó a cien comuneros». O: «En tal localidad, huyeron los comuneros y se amontonaron y estuvieron por ahí perdidos». Es decir, hay buena parte de la represión que no generó documentación legal, y por lo tanto es más difícil de trazar, pero si uno atiende a las crónicas y a algunos testimonios sobre el pánico de la Castilla vencida a la represión de Carlos, se hace muy difícil mantener la idea de una represión dulce. Fue más dura de lo que esta imagen del Carlos clemente nos ha llevado a pensar.

También hay una represión simbólica. Cuentas, por ejemplo, que la casa de Padilla y Pacheco en Toledo es arrasada: «Derribaron —cuenta Sandoval— las casas de Juan de Padilla hasta los cimientos, aráronlas y sembráronlas de sal, por que la tierra o suelo donde había nacido el capitán de tantos males que se habían concertado y fraguado no produjese aun yerbas silvestres». Pero ese solar se convirtió en una plazuela a la que los vecinos seguían llamando plaza de Padilla. Hay una represión simbólica, pero también una resistencia simbólica.

Uno de los trabajos más interesantes por hacer, con el que yo tengo pendiente meterme, pero que es trabajo para una tesis doctoral, es ver qué ocurre a nivel de memoria popular de las Comunidades después de la derrota y de la represión y hasta su recuperación por los ilustrados y liberales del XVIII y el XIX, porque hay poquitas menciones, pero esa que dices es muy interesante, y puede contrastarse con lo que se hacía con los penitenciados de la Inquisición, con quienes de lo que se trataba era de lo contrario: de hacer pública y socializar la vergüenza. Los sambenitos se colgaban en las iglesias.

Se trataba de que todo el mundo se acordara de ellos durante generaciones.

Claro. Esto parece todo lo contrario: se trata de que nadie los recuerde, ni siquiera para mal, y eso creo que es significativo del alcance político que habían tenido los hechos y los miedos que habían generado. En cualquier caso, como dices, hay una memoria popular quizás recuperable, como la voz de esa mujer valenciana que decías antes. Hubo una memoria utópica en determinados sectores después de la derrota y la represión. Insisto en que es un trabajo muy difícil, pero que sería interesantísimo. Yo siempre comento el caso del Madrid comunero; el hecho de que, a finales del XVI, los madrileños pensaran que la Puerta del Sol se llamaba así por algo que había pasado durante las Comunidades, o el hecho de que una sátira barcelonesa de en torno a 1620 se ría de Madrid como comunera, como sediciosa y comunera. Tan tarde, ¿no? Como ves, son menciones muy excéntricas, muy difíciles de recuperar, porque el silencio fue atronador, pero estaría bien rastrear la posible pervivencia de imaginarios, lenguajes, mitos. Otro colega, Javier Castro Ibaseta, presentó hace poquito en un congreso el caso de una disputa antifiscal en Toledo en 1630, si recuerdo bien, en que se había publicado un pasquín en la puerta de la iglesia mayor que decía: «¡Apela, Toledo, que no faltarán Padillas!». Son poquitas menciones, pero que valdría la pena tratar de organizar y de conceptualizar, precisamente para peinar a contrapelo la historia de los derrotados.

La memoria comunera sigue siendo conflictiva mucho después. En los inicios de la modernidad, en el siglo XIX, hay una oleada de recuerdo comunero que se manifiesta en la fundación, por los liberales, de sociedades patrióticas que apelan a ese recuerdo. Y pasan cosas curiosas. Tú mencionas una que a mí me resultó divertidísima. A comienzos de abril de 1821, Juan Martín Díaz, el Empecinado, se encuentra en Villalar supervisando la averiguación sobre los restos de Padilla y Bravo, pero los realistas del pueblo se adelantan a los liberales y, para despistarlos, siembran osamentas falsas junto al rollo de la plaza, y las depositan en una capilla de la catedral de Zamora con gran fanfarria. Pero, con el fin del Trienio Liberal, los absolutistas zamoranos asaltan la capilla, toman la urna con las reliquias inauténticas y les prenden fuego en el matadero municipal. Hay un juego fascinante ahí entre lo que es verdad y lo que no, el pasado auténtico y el falso.

Ese es un momento interesante, claro. Es el momento de construcción del mito comunero como mito histórico y político. El Trienio Liberal es clave, porque, efectivamente, en torno al tercer centenario de las Comunidades, se intensifica la actuación de estas sociedades que se llamaban la Comunería, Hijos de Padilla, etcétera. Las facciones más jacobinas, más republicanas, más plebeyas del liberalismo se asociaban de ese modo al mito comunero. Efectivamente, los comuneros siguen siendo una memoria conflictiva. Los comuneros arrastran una historia riquísima de luchas democráticas. La Comunería de 1820 es parte de la historia de los comuneros y así la debemos contar.

Ahí está la franja morada de la tricolor republicana.

O ese momento precioso en que Galdós se imagina a los que van a deponer a Godoy, que llevan una faja morada, como los últimos comuneros. Es un imaginario potentísimo que fue definitivamente derrotado en el treinta y nueve; no creo que antes. En el libro hablo un poquito del trabajo de Azaña, que es un texto precioso que se acaba de reeditar y que recomiendo a todo el mundo que lo lea.

Citas también a un escritor socialista, Rodrigo Soriano, que escribe en 1924 un relato que se titula «Un sóviet en el siglo XVI».

Ese es un texto del que encontré la referencia en el trabajo de Enrique Berzal, pero luego conseguí el texto en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam. Y es un texto muy interesante sobre el que tengo que trabajar. Simplemente lo menciono, pero es interesantísimo. Hay otro momento, cuando se proclama la República, en que es Unamuno quien dice: «Nosotros, los republicanos, somos los comuneros de 1931». Es una memoria que se reactiva en momentos de lucha democrática hasta después del franquismo, aunque ya recodificada en clave regional. Ha cambiado totalmente la centralidad que tenían las Comunidades como imaginario histórico de dimensión estatal, y eso es algo interesante también para pensar hoy. ¿Qué se está haciendo con ese legado? Mejor dicho: ¿qué no se está haciendo? Pero sí: es una memoria conflictiva e incómoda. Solo hay que ver las cosas que se dicen a veces en los medios y las redes sociales, en el discurso público sobre las Comunidades, para ver que sigue siéndolo.

En este momento en el que la memoria comunera ya no es, efectivamente, esa memoria mainstream que fue en el siglo XIX, más allá de Castilla y León, donde es el Día de la Comunidad, los comuneros dicen poco a la sociedad de hoy. Y sin embargo, el Ayuntamiento de Madrid decide homenajear a los comuneros en su quinto centenario con una estatua… de Juana la Loca. Hay una voluntad evidente, creo yo, de recochineo, de provocación, que para mí hace evidente que esta sigue siendo una memoria conflictiva. La memoria comunera sigue picando a determinada gente.

¿Recochineo? Pues no lo sé, pero sin duda es un poco cómico, porque es un gesto tan obvio y tan ofensivo, tan confrontacional de alguna manera, que se derrota a sí mismo: revela lo que está intentando hacer de una manera muy obvia. Pero es también lo que pasó cuando la comisión oficial de la conmemoración decidió que Felipe VI iba a ser el presidente de honor de los actos del quinto centenario; algo que fue disputado a nivel de la sociedad civil y por la gente que tiene un mínimo de sensibilidad y memoria comunera, que es mucha en las Castillas, por lo menos, y sobre todo en Castilla y León. Lo hemos comentado con algunos colegas estos días: hay un giro en la forma en la que conservadores y reaccionarios, y sobre todo conservadores, se aproximan a ese imaginario histórico, que ha pasado de ser la oposición frontal a desestimarlo o ignorarlo como forma de desactivarlo, y ahora, a abrazarlo para disputar su sentido. Y yo creo que, justamente en ese momento en que la derecha hace eso, gran parte de la izquierda está en otra. No tiene ningún interés en heredar, elaborar, discutir, investigar, aprender de ese imaginario histórico de enorme potencial. Es interesante cómo en la conmemoración oficial hahabido partes buenas y partes terribles. Se está intentando resignificar las Comunidades básicamente como antecedente del Estatuto de Autonomía y de la Monarquía constitucional. En fin, es un debate para tener, pero insisto en que no sé si en la otra parte hay mucho interés en tener ese debate y si habría que darlo.

Tal vez sea revelador de cómo funciona hoy la derecha en su relación con la izquierda; cómo a veces lucha contra un fantasma. No hay una izquierda reivindicando a los comuneros pero sí hay una derecha preocupada por evitar que la izquierda reivindique a los comuneros y disputándole esa memoria. De algún modo, ve que hay algo que podría pasar y hay que desactivar antes de que se produzca.

Pues sí (risas). Pero bueno, es que, parafraseando a Warren Buffett, claro que hay una guerra cultural, pero la van ganando ellos (risas). No quiero ponerme aquí muy crítico, pero sí que es verdad que hay una cierta aversión o insensibilidad histórica en buena parte de la izquierda hacia cualquier cosa que pasara antes de la guerra civil y que no tenga que ver con las discusiones sobre la memoria democrática, cuando, al contrario: precisamente la memoria democrática debería ser un espacio para incorporar a la esfera pública otros pasados y para una historia pública de más largo recorrido, que contribuya a democratizar, no solo las sociedades, sino la discusión sobre el pasado. Los comuneros, sin duda, son un lugar sobre el que creo yo que las izquierdas deberían pensar y trabajar más. Pero hay otros pasados modernos o premodernos sobre los que hay toda una historia por hacer: la historia de la esclavitud, de la España afrodescendiente… En cualquier sociedad democrática, la discusión del pasado es plural. Hay colegas que se encienden con las burradas que dice qué sé yo quién; eso es algo que tenemos que asumir como normal. Lo que ocurre es que creo yo que la izquierda está completamente desarmada en muchos temas de discusión histórica en la esfera pública que son importantes. La discusión y la conmemoración del pasado son lugares de disputa política central y de gran potencial transformador. Pero la derecha lo hace mucho mejor.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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Cultura

El runrún interior: un dietario (6)

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/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (5)

Martes, 7/7/2021. Impresionado por esto de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, que leo citado por Tomás Sánchez Santiago: «Durante la noche los maderos de las casas crujen como si los árboles a los que pertenecieran se resistiesen a olvidar».


Miércoles, 8/7/2021. Javier Ruiz, despedido fulminantemente del infame programa de Ana Rosa Quintana por un alegato sobre la paliza mortal a Samuel Luiz en el que denunciaba que hay partidos que alientan la homofobia. Silencio atronador entre el columnariado patrio, que por lo que sea no ve aquí un ejemplo flagrante de cultura de la cancelación.


Jueves, 9/7/2021. Recuerda Edgar Straehle en Twitter que, en 2010, Internet fue nominado al Premio Nobel de la Paz. Qué cándidos éramos.

*

En LaSexta informan sobre una ola de calor que podría registrar las temperaturas más altas de la historia en España. No se les ocurre otra cosa mejor que bautizarla como la bestia africana. Se habla de los micromachismos. También existen los microrracismos.

*

Atacan a Samantha Hudson, referente trans, por unos viejos tuits machistas —por los que no ha dejado de pedir perdón— de 2015, cuando iba a 4.º de la ESO, y eso me recuerda dos cosas: las tonterías que yo pensaba y decía en 4.º ESO, y que hoy me parecen aberrantes, y algo que le leí en una ocasión a Fernando Savater, y que me gustó (los relojes parados dan la hora exacta dos veces al día, ya se sabe). Preguntaban a Savater si se arrepentía de algunas cosas que había dicho y escrito cuando era joven; cosas flagrantemente contradictorias con sus posiciones actuales. Respondía: «No, y no me importa que las saquen, pero que sea con la fecha debajo». El derecho a evolucionar.

*

El asesinato de Samuel Luiz ha desatado un #MeToo de la homofobia que celebro, pero que me tiene muy desasosegado: leo cosas que me dejan el estómago del revés para todo el día. Bien está: se trata de eso, de incomodarnos. Un ejemplo del tuitero Viktor Medina: «En 5.º de Primaria (9 años) el profesor de Educación Física enfermó y le vino a sustituir otro. Al poco de estar ahí preguntó: “Bueno, y ¿quién es el mariquita de la clase?”. Un grupillo me señaló a mí: “¡Medina!”. De ese momento recuerdo hasta el color de los azulejos de la pared».

*

Sería bueno, creo, hacer más pedagogía de la que veo hacer de que la violencia homófoba también es violencia patriarcal, machista. El patriarcado es un ideal de mujer y también uno de hombre, y maltratar (y, en el extremo, asesinar) a quienes no lo cumplen. En ambos casos, la violencia afecta tanto a la mujer o al LGTB como a quienes, no siéndolo, tratan incorrectamente a la mujer (el estereotipo del planchabragas) o tienen comportamientos afeminados. Y hay una violencia macro y también un despliegue micro: chistes, etcétera.

*

Abrir un libro que heredaste de un ser querido que falleció y encontrarte sus subrayados, sus notas, su letra, qué le interesó de aquel libro y qué no, y descubrir con sorpresa que tú hubieras subrayado lo mismo, que te hubieran interesado y no interesado las mismas cosas. Sentirlo un poquito vivo dentro de ti, casi veinte años después de su partida. Llorar un poquito. Tranquilizar un poquito la cierta angustia que has sentido siempre por no sentirte a la altura de aquel a quien admiraste: eres él en al menos algún grado.


Viernes, 9/7/2021. Mejillones cocidos por el calor y estrellas de mar muertas por las altas temperaturas en la costa occidental canadiense, azotada por una ola de calor que ha triturado varios récords históricos. La putrefacción de las criaturas muertas, cuentan por allá, se adueña del ambiente. Sensación como de presagio azteca del fin de los tiempos; de aquella sucesión funesta de acontecimientos abracadabrantes, insólitos, que se cuenta que aterrorizó a los mexicas en los años inmediatamente anteriores a la llegada de los españoles, porque veían anunciado en ellos que el Cuarto Sol se terminaba.

*

El discutiniu del día va sobre un prudente comentario del ministro Garzón sobre la necesidad, tanto sanitaria como ecológica, de moderar el consumo de carne, que ha puesto histérico a todo el mundo de un modo absolutamente ridículo. La mejor muestra de la suciedad con que quienes deberían promover un debate sereno embarran el ambiente por intereses cortoplacistas la ofrece Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura, que acusa a Garzón de atacar a los ganaderos y lo invita a visitar una dehesa: Garzón defendía en su discurso la ganadería extensiva frente a la intensiva. O Vara no vio el discurso, o lo vio y decidió responder a lo que decidía que Garzón había dicho y no a lo que había dicho en realidad. Para más inri, en una maniobra también muy sucia, Pedro Sánchez no sale a defender a su ministro por decir ni más ni menos que lo que se indica en su tan cacareada Agenda 2050, sino que se pone a bromear con que a él le gustan los chuletones al punto. Lo dice bien Fernando de Córdoba: «Pedro Sánchez presentó un informe que recomendaba comer menos carne roja. Presidió el consejo de ministros que aprobó la campaña para disminuir el consumo de carne roja. Y cuando Garzón sugiere comer menos carne roja, suelta una cuñadada. No me gustaría tener un jefe como él».

Twitter se llena entretanto de una catarata desoladora de panegíricos cárnicos, vivas al entrecot, fotos «aquí sufriendo» de parrilladas no siempre apetitosas (un tuitero de Vox ha subido una de un huevo frito chuchurrío y una chuleta de Sajona grasienta con carbonilla de sartén mal fregada que mete miedo al pánico), «la voxarrada creyéndose en serio que por hacerle una foto a un solomillo están poco menos que defendiendo el Alcázar», que dice Xandru Fernández, y menciones a la madre de Garzón: la masculinidad frágil en toda su gloria. Chistes, chanzas y puyas a los vegetarianos, también, acusados de pesados, lo que tiene gracia: yo que no soy vegetariano pero conozco a varios muy cercanos, doy fe de que los pobres padecen infinitamente más chapas que las que dan. En cuanto uno dice o se revela que es vegetariano, todo el mundo se siente legitimado y hasta obligado a soltarle una.

Me he preguntado a veces por qué España consume tanta carne y pienso que la posguerra le confirió un aura de símbolo de prosperidad que ha mantenido fantasmáticamente hasta hoy. Y que las fotos tipo «aquí, sufriendo» son en general un poco eso: «miradme, como mucho, puedo pagarme un chuletón de medio kilo, me va bien». El hambre, el subdesarrollo de aquellos años, es un trauma nacional que tiene un reverso positivo: España ha sido un país muy tolerante con la inmigración, y sigue siéndolo en comparación con otros y pese a Vox, por similar motivo. En los noventa, e inercialmente hasta hoy —aunque cada vez menos—, celebrábamos a los inmigrantes como la prueba de que por fin éramos un país próspero, primermundista, al que la gente quería venir en lugar de marcharse.

Con respecto a nuestro consumo enloquecido de carne, creo que sin parangón en el mundo con la salvedad de Argentina y Uruguay, tal vez podamos remontarnos más atrás, a cuando se comía cerdo ostentosamente para probarse cristiano. Sea como sea, qué patética es esta incapacidad para mantener una discusión madura y ponderada sobre los perjuicios para la salud del exceso del consumo de carne, lo tremendamente contaminante del metano de las vacas o los purines de los cerdos o cómo las macrogranjas acaban con las pequeñas explotaciones y crean muy poco trabajo. Todo se encanalla, todo se pervierte, todo se vuelve un juego pueril.


Sábado, 10/7/2021. Viendo un mapa de España que muestra cuántas calles enaltecedoras del franquismo quedan en España provincia a provincia —y en el que Asturias sale bien parada: solo 6, calculo que todas en Oviedo, por las, por ejemplo, 59 de la vecina León o las 123 de Toledo—, me acuerdo de una viñeta genial de Neto en La Voz de Asturias del tiempo en el que en Villaviciosa se debatía con qué nombre reemplazar al de la plaza del Generalísimo, conocida popularmente como «del Güevu». Proponía el viñetista una solución de consenso: plaza del Güevu del Generalísimo.

*

A lo mejor es porque llevo toda la vida enamorado de Joan Baez, pero me parece que todas sus versiones de canciones de otros, de Blowin’ in the wind a Let it be, son mucho mejores que las originales.

*

Carlos Fernández Esquer en Twitter, en referencia a la crisis ministerial de Pedro Sánchez: «Turbopolítica. Qué falsa sensación de que pasan cosas continuamente en un país que, en lo sustancial, lleva estancado políticamente más de una década, pendiente de reformas estructurales que se acumulan. Vaya farfolla de entretenimiento que nos hacen pasar por política».


Domingo, 11/7/2021. Hugo, un chico trans, cuenta en Twitter, para ilustrar cómo el hogar puede ser el último espacio seguro en el que salir del armario, que hoy ha tenido que volver a escuchar a su padre decirle a su madre por teléfono «si dice que es mi hijo, no sé quién es, yo solo tengo una hija, y no quiero en mi casa a extraños que no conozco». Comprendo que la transición de un hijo puede ser desconcertante para un padre, pero no dejan de pasmarme y partirme el alma estos casos de tremenda crueldad paternofilial que el colectivo LGTB está contando estos días. Me admira también la valentía de estas personas. Yo creo de mí que no podría salir del armario si estuviera metido en uno.

*

De las 30 áreas de mayor concentración de población de Europa, 20 están en España. Como dice Pedro Vallín, «la España Vaciada en realidad rodea a la España Apelmazada». España es un país extraño y desequilibrado. ¿Explica esa concentración nuestros índices altos de COVID-19?

*

Una cita genial de José Luis Sampedro, en defensa del cuidado del estilo y de la buena literatura en los ensayos académicos: «Hay que escribir con rigor, pero no con rigor mortis».

*

Leo por ahí que «depresión es exceso de pasado; estrés, exceso de presente, y ansiedad exceso de futuro». Es una buena manera de expresarlo.

*

Una cita de La Francia de Vichy de Robert Paxton con evidentes correlatos con nuestro inquietante presente, compartida en Twitter por Edgar Straehle:

«El estudio del fascismo se ve complicado por el hecho de que ningún movimiento fascista ha llegado jamás al poder por sus propias características. Ninguno de ellos ha asumido el poder sin ser apoyado por los conservadores, bajo unas condiciones en las que fascistas y conservadores silencian sus diferencias y soportan una cierta amalgama en pro de intereses más altos, como pueden ser los de asumir el mando y cercenar una amenaza comunista. Muy a menudo, los conservadores han hallado en el apoyo masivo y en los ejércitos privados del fascismo un providencial aliado contra la izquierda; con frecuencia, también, los fascistas han descubierto que los conservadores detentaban las llaves que conducen al poder. Mussolini fue financiado por industriales y terratenientes cuando sus squadristi nacionalsindicalistas se dedicaron a apalear a los socialistas reformistas. Fue el rey Víctor Manuel III quien, bajo el consejo de los líderes parlamentarios, le convocó en 1922 para que formase gobierno. Mussolini amenazó con la marcha sobre Roma, pero en realidad él llegó en un vagón Pullman. Hitler recibió dinero y apoyo de los conservadores y fue elevado al poder por el presidente Von Hindenburg, por consejo de conservadores como Franz von Papen y el general Von Schleicher. Todos estos líderes, en su marcha hacia el poder, encabezaron coaliciones de elementos fascistas y conservadores unidos en la empresa común de hacerse con el gobierno y evitar una revolución comunista».

*

Me hago una pregunta. ¿Está habiendo un repunte de violencia homófoba, o hay la misma de siempre, o incluso se reduce algo, y lo que se incrementa es la atención mediática que nunca se le había prestado? Parece que los datos estadísticos sí indican un repunte violento. Pero ¿puede ser que ahora se denuncien cosas que antes no se denunciaban, o que se compute como agresión homófoba lo que antes se computaba como agresión a secas? Alguna vez leí que las estadísticas indican que en Suecia hay más violencia de género que en España, pero que se debe a que allá las mujeres denuncian más. Supongo que las dos opciones pueden ser sincrónicamente válidas, e incluso retroalimentarse. El asesinato de Samuel Luiz puede haber sido el caso Ana Orantes de la violencia homófoba, y hay una atención mediática y una preocupación social mayores que visibiliza lo que antes no se visibilizaba, pero esa visibilización de lo antes invisible incrementa la ira y la violencia de los homófobos.

*

Se cumplen nueve años de la llegada a Madrid de la Marcha Negra de 2012. Aquel momento fue impresionante. Silencio, candiles encendidos, Santa Bárbara bendita, un apoyo vasto y una sensación como de chispazo fantasmático del pasado; de los mineros recuperando repentina y efímeramente la vieja épica de vanguardia del proletariado antes de desaparecer. El último y equívoco hálito de vivacidad de un moribundo.


Lunes, 12/7/2021. Manifestaciones parece que multitudinarias en Cuba, y antigubernamentales. Y lo de siempre. La dificultosa empresa de espigar algo de interés entre el fragor de la catarata doble de relatos automáticos de cartón piedra. El heroico pueblo anticomunista en lucha por su libertad y el heroico pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo. Soy amigo de Cuba y su revolución, pero no de los apriorismos, ni de las vulgatas, aunque sean revolucionarias. Nada es perfecto en el mundo sublunar y, por supuesto, la Revolución cubana tampoco. Algún descontento habrá que sea espontáneo y legítimo y no una pantomima de la CIA y los gusanos, ni su motivo una consecuencia más del embargo estadounidense. El embargo explica mucho, no cabe duda, pero no lo explica todo.

Esto de leer un titular sobre manifestaciones en Cuba y, antes de leer siquiera la crónica, tener decidido ya qué está pasando, en un sentido u otro, me hace gracia, porque ni el relato del pueblo en lucha por su libertad es liberal (no atiende a la diversidad de motivaciones de los individuos, sino que los amalgama a todos en un solo colectivo, movido por un solo designio), ni el del pueblo revolucionario en lucha contra el imperialismo es marxista (porque no es dialéctico, ni un análisis concreto de la realidad concreta, sino el mismo pensamiento religioso, maniqueo, que ve en todo lo que sucede ya una obra de la Providencia, ya una de Satanás).

Lo comentaba anteayer tomando algo con Dani Prendes, David Becerra Mayor y Diego Díaz, que me daba la razón: ni Cuba es el paraíso socialista que aseguran los unos ni la dictadura dantesca que aseveran los otros, sino un sistema complejo y contradictorio, con grandes fortalezas, grandes asignaturas pendientes, algunas que lo estaban y dejaron de estarlo y también algunas grandes sombras, que necesita una renovación democrática que preserve las conquistas del socialismo desprendiéndose de sus lastres. Ésa es, al menos, mi impresión, tal vez equivocada. Pero ya digo: me gustaría leer algún análisis ponderado que me la confirme o me la invalide en lugar de tanta explicación precongelada y lista para comer con dos minutos de microondas.

*

¿Qué es peor: tener una pesadilla, o la sensación de inmensa frustración de despertarse de un sueño muy bonito?

*

Leo, y me parece precioso, que Boris Vian decía que no quería la felicidad de todos los seres humanos, sino la de cada uno de ellos.

*

Conozco a una mujer mayor muy creyente, muy beata, muy conservadora, de quienes sus allegados se burlan; la provocan blasfemando adrede ante ella y demás. Veo que a ella esto la indigna menos de lo que la desconcierta y le pone triste: «Yo solo hago lo que mis padres me enseñaron». Pienso en aquel libro sobre el primer cristianismo de Peter Brown, Por el ojo de una aguja, cuando cuenta el desconcierto de los romanos que cumplían puntillosamente con las viejas tradiciones paganas ante el cristianismo triunfante que las condenaba, las ridiculizaba o las perseguía. Como tiendo a identificarme con los perdedores, al leer a Brown simpatizaba con aquellos paganos. Y hoy, ateo y apóstata como soy, simpatizo con la persona mayor de la que hablo. No con su religión, ni con sus ideas, sino con ella como ser humano. El progreso no debería ser cruel con aquellos a quienes su velocidad marea. Y, en todo caso, empiezo a no estar tan seguro de que el nuevo dios de nuestros días sea progreso en comparación con el cristiano, con todas sus sombras.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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Cultura

Jueves de poesía

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

Este breve volumen recoge varios poemas de Carmen Beltrán y de Enrique Cabezón, dos de los poetas más dinámicos, no solo con respecto a su propia escritura, sino promoviendo de forma incansable lecturas poéticas, proyectos editoriales, encuentros y todo tipo de actividades que tengan que ver con la poesía, aunque no solo con ella. La oportunidad de convocarlos de nuevo la ha propiciado la Universidad San Jorge de Zaragoza.

Los poemas de Carmen Beltrán (Logroño, 1981) ―autora de títulos como Prohibido jugar (CELYA, 2004), Pecado original (Ediciones del 4 de agosto, 2007), Cuaderno de sal (Los libros del señor James, 2010), Ser como el pan (Poética y peatonal, 2014) o La meteoróloga de sí misma (La Cabaña del Loco, 2018)― se agrupan bajo el título Polígono y cuenta con la presentación de la poeta Isabel Bono, que firma opiniones como esta: «[Los poemas de Carmen Beltrán] ordenan la vida y abren ventanas con la misma naturalidad con que organiza y ventila el dormitorio de sus hijas». La utilización de un lenguaje cotidiano que intenta detenerse en momentos concretos de la experiencia provoca que esta sea de inmediato compartible: «las ocho menos diez/ siempre cinco minutos tarde/ enfilo el polígono/ está hacia el este/ siempre es de luz en el camino/ a la espalda/ mis hijas duermen/ mis sueños también». La ausencia de puntuación y de mayúsculas al comienzo del verso contribuye a resaltar un ritmo que se adapte al ritmo musical de la frase, más que a la rigidez métrica. Beltrán no se demora en circunloquios, va directamente al objeto, a la situación, al momento, por eso su expresión es sumamente concisa, pero lo es también porque «hay palabras/ que en vez de germinar pudren/ que algunos caminos/ son muy fértiles/ y otros un féretro». Como se ve, estamos ante una poesía libre de ornamentos que pone especial énfasis en la precisión de las imágenes y en la economía de las descripciones: «rotonda, parque, río/ a la derecha/ la vía del tren/ un concesionario/ una empresa de mensajería/ una gasolinera, un taller/ a la izquierda…». Los frecuentes encabalgamientos combinados con una puntuación aleatoria dotan al poema de un significado que trasciende la mera anécdota y lo que es un personal acto cotidiano se transforma en una sensación colectiva que afecta y emociona a cualquier lector: «pensar que tu dolor no es único/ es lo primero para la salud mental/ y casi lo contrario de ser poeta/ no hay agonía pequeña/ sino mal narrada/ alguien debe contar también/ el oficio de ser sombra», escribe Carmen Beltrán en esta pequeña, pero magnifica muestra de su quehacer.

Muy distinta es la poesía de Enrique Cabezón (Logroño, 1976) ―autor de, entre otros, los títulos Territorio de ceniza (Kabemayor, 2003, Dios cabalga los lomos de las muchachas (LF Ediciones, 2005), No busques lágrimas en el ojo del muerto (Germanía, 2006), Existir en los días (Eclipsados, 2009),  y Desdecir (Amargord, 2013). Además, ha publicado el e-libro La traición en los colores (Página de Nausícaa, 2001), el dietario Sílabas trabadas (La Casa del Loco, 2019) y la novela Una semilla (Los libros del gato negro, 2021―, un poeta políticamente comprometido, como resalta con acierto Víktor Gómez en el prólogo, en el que, entre otras cosas, afirma que Cabezón practica

«Un saber y un escribir en el que lo culto y popular se relacionan y retroalimentan simbióticamente. Sus temas son todo lo que la vida cotidiana se puede vivir conflictivamente, el deseo, el amor, el sexo, la amistad, las relaciones laborales, generacionales o vecinales, así como lo que es ser una revuelta contra cualquier sistema de opresión y explotación».

Los poemas integrados bajo el título Circunvalación abundan en estas temáticas. Escritos en una forma híbrida, entre el poema en prosa y el poema en verso, juegan con las pausas versales para enlazar un discurso crítico y con afán didáctico, como sucedía en la poesía social del pasado siglo. Cabezón se reconoce en el epígrafe «poeta social», pese a la carga peyorativa que arrastra, pero lo hace con una alta dosis de ironía: «somos poetas sociales/ sostienen// tratamos sobre problemas de gravedad e influencia mundial/ por qué preocuparse de las familias que deben cruzar a pie una autovía para llegar al colegio/ al médico/ a la familia/ …/ servicios que la ciudad les ha extirpado como quien vende órganos de otro».

Resulta evidente el cambio sustancial de paradigmas entre las demandas de la poesía de la década del pasado siglo: libertad, democracia, justicia, etcétera, y las que ahora enarbola Enrique Cabezón y otros poetas de la misma onda, más centrado en los asuntos cotidianos, de convivencia ciudadana, doméstica, podríamos decir, porque, como afirma con crudeza, «nos faltan aumentos para ver lo pequeño/ pero lo pequeño mata». Y es lo pequeño, lo aparentemente insustancial y transitorio, lo que, a la postre, condiciona nuestra vida. Parece que el poeta debe estar siempre buscando el sentido a la vida, exponiendo esa complejidad en unos versos que aspirar a lo sublime, pero esto no deja de ser una trampa en la que el mismo poeta, de tanto camuflarla, acaba por caer. Enrique Cabezón es muy consciente de esta estratagema, como podemos comprobar en estos versos: «éramos o no/ poetas sociales/ con esa excusa nos agasajaron en un festival/ local gloria poética/ lo social// comunitario benéfico colectivo general// no es sustancia de escritura en la paleta del bardo provinciano/ no es un valor en sí/ qué gris y coetáneo drama/ así que yo/ farsante de aedo que perdió la épica por el camino/ me acuerdo/ y me cago todas las mañanas/ en los muertos de los poetas que miran distraídos para otro lugar/ como si lo que pasa en su ciudad no fuese con ellos/ andan perdidos/ abstraídos de musa y muso/ los pobres ni ven/ ni oyen/ ni se quieren enterar». No es la única denuncia que mantiene Cabezón en estos versos, pero nos sirve para verificar el tono entre sarcástico y fustigador de conciencias. Jueves de poesía ha reunido a dos excelentes poetas en una bella edición de la que solo podemos poner un reparo, su brevedad.


Jueves de poesía
Carmen Beltrán y Enrique Cabezón

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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Cultura

ARCO 2021: cuarenta años después

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/ por Arturo Caballero /

Con tres años recién cumplidos y después de sortear un golpe de estado, la Constitución del 78 abrió la puerta, por fin, a una normalidad democrática que era, de alguna forma, el equivalente a lo que la economía llevaba haciendo, con mejor o peor tino, desde los años sesenta del siglo XX. Pero había muchas otras cosas que normalizar y modernizar. Aunque las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes se habían extinguido en 1968, España seguía anclada en una estructura cultural alejada de las prácticas comunes en otros países. La aparición de Arco, promovida como una feria de galerías por Juana de Aizpuru, suponía —aunque muchas veces en la adquisición de obras ha intervenido el dinero público— un intento de convertir la compra de arte en una actividad más de la economía capitalista. Y para la que no era necesario ocultarse; es más, podía incluso ser de buen tono realizar ostentación de ello.

Así que, estrenado 1982, fui a Arco por vez primera en un ritual que se ha repetido año tras año, con puntuales y mínimas ausencias, a lo largo de estos cuarenta. El retorno esta vez ha sido especial. Ni momento, ni lugar, ni artistas, ni galerías, ni yo, por supuesto, somos idénticos. El año pasado, con la pandemia ya expandiéndose, pero sin que fuésemos conscientes de lo que iba a ocurrir, disfruté con mis alumnos del último atisbo de normalidad. Hoy, retrasada la feria un trimestre, aún ni nos hemos instalado en la nueva. Tendemos a considerar nuestra visión de la existencia con una unidad, con una coherencia que probablemente nunca ha tenido. Nuestra vida y la de los demás son como ríos con cauces que unas veces se manifiestan paralelos y otras divergen hasta perderse de vista para acercarse y separase en permanentes meandros. También pueden llegar a mezclarse y de ahí hacia el todo, o hacia la nada, según. Es probable que las transformaciones sociales y culturales proporcionen la trama entrelazada sobre la urdimbre de la economía en la que la propia vida que se nos escapa momento a momento, lo que bien podría suponer simples puntadas más o menos discontinuas sobre el tapiz amablemente coloreado, en este caso, de estos cuatro decenios de realidad. Es teniendo en cuenta esta perspectiva desde donde uno debe establecer las relaciones entre la persistencia y el cambio.

La pervivencia se basa en el registro, edición tras edición, de unas imágenes que, al final, han constituido una de las fuentes primarias de Arte y perversión. La mirada de cada uno es propia e intransferible y nunca es neutral. Lo que refiramos de Arco, de este o de cualquier otro, tiene que ver (y aquí viene el cambio) con lo que fuimos y cómo nos sentimos en aquel momento concreto. Pero también con nuestro nivel de conocimiento y de nuestros gustos, que no siempre han sido los mismos. Incluso con nuestro humor. Y, por supuesto, con si vamos a comprar o simplemente somos unos visitantes profesionales o curiosos. Cuando los tiempos históricos se movían con una cadencia más lenta que hoy, era posible que una obra teórica pudiese mostrar una coherencia de la que ahora no podemos presumir. No obstante, hay ritmos que machaconamente se repiten (con variaciones, eso sí) durante épocas como esta de posmodernidad que unas veces hemos sufrido y otras hemos disfrutado. Me interesaba ver si los capítulos en los que organizaba el libro recién llegado a las librerías pasaban, en 2021, la prueba del nueve en una feria con dimensiones más modestas que años anteriores. Y que se publicitaba especialmente sensible ante tres temas: la contracción económica provocada por esta interminable peste, la apertura hacia nuevas técnicas y nuevas formas de comercialización y el empoderamiento femenino. Para no alargar en demasía estos aspectos excesivamente personales, puedo decir que sí; que lo plasmado en el libro, en esencia, puede ser considerado como una enumeración de síntomas que configuran, en parte, un diagnóstico aproximado del estado de nuestra cultura actual. Y entendiendo este término no en un sentido estrecho, sino en uno todo lo amplísimo que queramos.

Sin embargo, no se nos pueden ocultar otros cambios que van más allá de lo personal.

Que Arco 2021 ha moderado sus propuestas plásticas desde el punto de vista ideológico ha sido leitmotiv en todos los medios de comunicación. Y resultaba evidente. Y en numerosos aspectos.

Es verdad que nunca acabamos de sacudirnos el pelo de la dehesa y que la actualidad política ha supuesto un reclamo permanente en unas obras de arte pensadas más como un arma arrojadiza que un instrumento de transformación de la realidad. Allá cada uno con sus gustos y sus motivaciones. A este respecto resulta claro un cierto paso atrás. No ha desparecido del todo el arte combativo de un Avelino Sala, un Eugenio Merino (ambos en la Galería ADN) o un Santiago Sierra (Galería Helga de Alvear), pero el mensaje adopta formas genéricas y rehúye la apelación directa. Podemos discutir lo que queramos sobre la capacidad de las artes plásticas en el mundo actual no para mover conciencias (es fácil acceder visualmente a los resortes del sentimiento), sino para transformar mentalidades. Y si ello es posible (y no pretendo ahondar en la polémica), es más fácil que lo haga despojándose del detalle para convertirse en símbolo. Claro que esta cualidad no es propia de la voluntad del artista, sino de lo que pongamos los demás en ella. Valga esto para la versión del Guernica de Ibarrola, alegato en su tiempo a favor del retorno de la obra de Picasso al País Vasco y no a Madrid, y las xilografías que constituían un correlato parejo a los bocetos del cuadro original (que guardan más semejanzas con las deplorables Matanzas de Corea que con el modelo propuesto) en las que son reconocibles fácilmente guardias civiles y grises. Resulta que, al final, para recrear un Tiziano, pongamos por caso, quizá resulte necesario ser un Rubens. Si tuviese que elegir una obra de este género político-social (como la brigada de mis tiempos mozos), me quedaría con la desesperanzadora instalación de Maja Bajevic Women at Work – Washing Up, de 2001, que recoge una performance de cinco días en la que, lavado tras lavado, cinco mujeres hacen desaparecer las proféticas palabras de Tito «vivimos como si hubiera paz durante cien años, pero nos preparamos como si hubiera guerra mañana».

Women at work, de Maja Bajevic
Guernica, de Agustín Ibarrola

A falta de potente artillería (esta que referimos es ligera) las galerías presentes en Arco, como si se tratasen de acomodaticios gattamelatas, se han volcado en los aspectos más relacionados con la «pura visualidad», si se nos permite este recuerdo un poco traído por los pelos a Konrad Fiedler, que en aquellos otros que pueden considerarse vehículo para la transmisión de otra ideología que no sea la suya propia. Porque de la ideología subyacente nadie puede librarse. Y hay numerosos y hasta excelentes ejemplos tanto del arte de los ochenta y noventa como de las nuevas generaciones. Valgan como muestra un colorista paisaje de Alfonso Albacete (Galería Marlborough) y Hoja verso 2020 de Belén Rodríguez, finalista del premio Alhambra, en la que se aúnan lo teórico (indagación respecto al origen y producción de tintes) con lo más exquisitamente formalista. Hablar de las infinitas variantes de arte abstracto en su vertiente geométrica, expresionista, lírica, etcétera, etcétera, etcétera, apenas tiene sentido. Por destacar algo, me llamó la atención el aparentemente tierno trabajo, como recién pintado, de Markus Linnenbrink, inspirado en Morris Louis, en la galería Max Estrella.

Hoja verso 2020, de Belén Rodríguez
Obra de Alfonso Albacete

El arte realizado por mujeres, a pesar de la enorme diferencia cuantitativa con que se muestra aún el hecho por hombres, hace tiempo que ha dejado de ser lluvia fina y, ahora mismo, adquiere las características de chaparrón. Es muy probable que vaya a más. Y ojalá lo sea por las propias cualidades plásticas y por su posicionamiento en el mercado y no imposición de cuotas, como parece que se está reclamando en algunos foros. Había arte trivial, como el de María María Acha-Kutscher, de inspiración pop, que para mí suponía un retroceso respecto a las series de imágenes fotográficas mostradas el año pasado. También con ecos pop, pero de una divertida ironía era el de Marinella Senatore (ambos en ADN). En cualquier caso, prefiero una obra de rabiosa brutalidad, no exenta de complejidad conceptual y de interpretación psicoanalítica, como El origen del mal, de Mónica Bonvicini (Galería Peter Kilchmann), que cuestiona la sexualidad masculina a través de flácidos falos usando como recurso a Duchamp y a Baudelaire. Junto a ellas los delicados trabajos de Carmen Laffón (Galería Leandro Navarro) o Soledad Sevilla (stand de El Mundo), tan admirados por el público más conservador, parecían preservar los aromas estéticos, y también defender los valores plásticos, de tiempos pasados. Y más cuando un notable grupo de mujeres se ha inclinado por la utilización de todas esas manifestaciones que denominamos bajo el calificativo de arte de la idea, que, desde su eclosión en los sesenta y su aparente retroceso en los ochenta, han reverdecido en los últimos decenios.

El origen del mal, de Monica Bonvicini
Una obra de Marinella Senatore

No soy capaz de precisar hasta qué punto la caricatura tiene en el mundo de la imagen el mismo poder que en la literatura. Parece que esta incierta y descreída época nuestra, liberada del rigor doctrinal del movimiento moderno, se recrea en la ironía (me remito a Idilio n.º 5, de la serie La tierra fecunda, trabajo de Ariel Cabrera en la galería El Apartamento) y en el escaso respeto por los productos ajenos. El apropiacionismo explícito o latente lo impregna todo. Incluso obras aparentemente comerciales (perdón, ¿no se trata de una feria?) como Celeste (fumando) de Hans Op de Beeck en la galería Krinzinger de Viena me remitía a las perversas muñecas de Hans Bellmer, pero, tratándose de una pieza articulada y haciendo gala de ello, posee un hipnótico y sensual atractivo y más si se visualiza en contraste con la patética Piedad de Marina Abramović. La disposición de las piezas —y más cuando en sí mismas no tienen mucho que decir— no deja de ser todo un arte. Y quizá por vez primera se hace un juego y una burla conceptual del asunto por parte de la galería L21 de Palma de Mallorca y ¡ojo!, en sus heterogéneos estantes —que me recordaron una instalación de Yan Lei en la penúltima Documenta— hay, junto a auténticas provocaciones gamberras, obras de un aceptable valor decorativo.

La tierra fecunda, de Ariel Cabrera
Broma de la galería L21
Celeste fumando, de Hans Op de Beeck

Claro que — se me dirá — lo decorativo no tiene nada que ver con el arte. Y yo voy y me lo creo y rectifico. Pero vienen a mi memoria ciertas palabras de Matisse, o veo los cuadros impresionistas, o paseo simplemente por los pabellones 7 y 9, y lo dejo como estaba. Y vuelvo a un planteamiento ya expresado, pero ahora de forma más nítida: generalmente se nos olvida que la misión de una feria es vender la obra de sus artistas. Y lo decía sin recato (y bien está que así sea) otra artista emergente de mi tierra, Esther Gatón, autora de Un Martillo Viene Hacia Tí (Cibrian Gallery). Muchas veces pretendemos que los artistas (que tienen la mala costumbre de comer, al menos, tres veces al día y que deben hacerse cargo de otras necesidades, como los demás) transmitan plásticamente a través de sus variadas poéticas las nuestras, y digo nuestras porque no solo hay una. Y además sin que seamos compradores habituales.

Un Martillo Viene Hacia Ti, de Esther Gatón

Tiempos difíciles para una actividad que, como ya he dicho en otras ocasiones, sigue los ritmos vitales de la primera ola y se encuentra enfrentada, desde este mismo año, al mundo de los NFTs (Token No Fungible). ¿Cuál va a ser el futuro del mercado del arte a partir de este momento? ¿Morirá definitivamente —porque ya la hemos matado muchas veces y se empeña voluntariosamente en resucitar— la imagen pictórica? ¿Abandonarán los artistas sus lápices y brochas, sus acuarelas, óleos o acrílicos y se sumergirán en el proceloso mundo de los ordenadores? ¿Qué relación guardarán estas imágenes con sus propietarios, sus usuarios y con los espectadores en general? ¿Toda obra digitalizada es una obra digital?

El año que viene, si me quedan ganas, iremos viendo cómo transcurre el asunto.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. La próxima primavera la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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