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Sociopolítica

Corazones rotos en Beirut

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Beirut – No sufrí en carne propia la guerra civil de Líbano. Nunca tuve que correr a un refugio subterráneo para esconderme de los bombardeos y los disparos. Nací en 1983, cuando el conflicto aún estaba en pleno apogeo, pero crecí en una aldea remota en el sur del país que milagrosamente escapó a los combates. Tuve una infancia normal.

Puesta de sol vista desde el Bosque de los Cedros, Besharre, Líbano, agosto de 2010 (AFP / Joseph Eid)

Pero a lo largo de los años escuché las historias de mis padres, mis parientes y los amigos que hice cuando me mudé a Beirut, todos marcados por la guerra entre 1975 y 1990. Devoré libros, artículos y documentales. Aprendí de los testimonios de excombatientes que habían decidido dedicar el resto de sus vidas a la paz. 

Después de un atentado con coche bomba en Beirut el 8 de agosto de 1986 (AFP/ Khalil Dehaini)

Mi marido también es hijo de la generación de la guerra. Elie tenía dos años cuando estalló el conflicto y 17 cuando terminó.

Estos días se divierte observándome perder la paciencia en la cola de la farmacia, la panadería o el supermercado. Me cuenta que durante la guerra se mudó de casa cuatro veces y estaba dos años atrasado en la escuela debido a los combates. Pasaba noches en albergues, contando las bombas que caían afuera y hacía horas de cola para conseguir agua, una garrafa de gas o una bolsa de pan.

Beirut el 15 de noviembre de 1976, un año y medio después del inicio de la guerra civil (AFP/ Xavier Baron)

Como periodista, cubrí muchas crisis políticas en el país multiconfesional donde nací; la mayoría de ellas consecuencia de una guerra civil que terminó con una ley de amnistía general pero sin una auténtica reconciliación.

Minaretes de mezquitas rodean la torre de una iglesia en el centro de Beirut, el 4 de septiembre de 2020 (AFP / Joseph Eid)

Hace unos días, Líbano conmemoró 46 años del inicio del conflicto que dejó 150.000 muertos y 17.000 desaparecidos.

El 13 de abril de 1975, estallaron enfrentamientos en la capital libanesa entre cristianos y palestinos, éstos últimos respaldados por facciones de izquierda y musulmanas. Durante los siguientes 15 años, la guerra arrasó a Beirut. Las líneas del frente separaron a vecinos, familiares y amigos. Las masacres aparecían repetidamente en los titulares. En algunos puestos de control las personas eran secuestradas simplemente por su religión. Cientos de miles de libaneses huyeron en busca de seguridad para sus hijos, aumentando una creciente diáspora.

Nunca pensé que llegaría el día en que los sobrevivientes de esa guerra me dijeran que las cosas estaban peor ahora, en tiempos de paz. Es que la economía del país colapsó a fines de 2019 y están asustados, enfrentando la pobreza y el hambre.

En la ciudad libanesa de Trípoli, el 17 de junio de 2020 (AFP / Ibrahim Chalhoub)
En la ciudad libanesa de Sidón, el 18 de junio de 2020 (AFP / Mahmoud Zayyat)

“Morir en un bombardeo es mejor, al menos no hay sufrimiento… mientras que hoy, sufrimos y morimos lentamente todos los días ”, me dijo Abla Barotta, de 58 años, hace unos días cuando la entrevisté para una historia con motivo del aniversario.

Sobrevivió tanto a la guerra civil y como a lo que denominó “explosión de la corrupción”,  en alusión a la enorme deflagración que provocó el incendio de toneladas de fertilizante en un depósito del puerto de Beirut el verano boreal pasado, que dejó más de 200 muertos y devastó a la capital… La vida era mejor durante la guerra, dice esta viuda madre de tres hijos.

Abla Barotta, 58, que sobrevivió tanto a la guerra civil como a lo que llama «explosión de la corrupción», dice que la vida era mejor durante la guerra (AFP/ Anwar Amro)

“Solíamos escondernos en casas o sótanos cada vez que escuchábamos las bombas durante la guerra, pero hoy ¿dónde podemos escondernos del hambre, de la crisis económica, de la pandemia de coronavirus y de nuestros líderes políticos?”, dijo.

Muchos de la generación anterior creen que incluso los días más oscuros de la guerra eran más amables que la actual «humillación» de luchar para llegar a fin de mes. Entre ellos mi suegra, que nos reitera que nunca experimentó tal “miedo a lo desconocido”, que nunca se preocupó tanto por lo que le depararía el día siguiente.

Protesta en la ciudad libanesa de Trípoli contra las deterioradas condiciones de vida (AFP/ Joseph Eid)

Recientemente la visité mientras se recuperaba del coronavirus. En la televisión, una funcionaria daba una conferencia de prensa, pero no quiso subir el volumen para escuchar. “Todo lo que han estado diciendo durante años son mentiras”, dijo. Muchos ya no creen en la clase política -dominada durante décadas por las mismas familias e incluso por antiguos señores de la guerra que cambiaron el uniforme militar por trajes y corbatas- ni en su capacidad para resolver la crisis.

Hace un año y medio, Líbano se vio sacudido por protestas sin precedentes. Decenas de miles salieron a las calles en octubre de 2019 para denunciar el deterioro de las condiciones de vida y exigir la reforma integral de una clase política a la que acusan de incompetencia y corrupción.

Manifestación el 20 de octubre de 2020 (AFP / -)
Una manifestante en el bloqueo de una calle del centro de Beirut, el 2 de marzo de 2021 (AFP / Anwar AMRO)

Pero actualmente las protestas disminuyeron, aún cuando la crisis económica empeoró. Muchos emigraron mientras que otros perdieron la esperanza o están demasiado ocupados luchando por sobrevivir. Médicos, arquitectos, jóvenes licenciados se van a Europa, a América del Norte, a los países del Golfo, a Egipto, al igual que otros  lo hicieron durante la guerra. Los que se quedan están completamente absortos en la necesidad de mantener a sus familias, llenar el frigorífico, pagar las matrículas escolares de los niños.

El valor de la libra libanesa se desplomó en el mercado negro, los precios se dispararon y decenas de miles perdieron sus trabajos o parte de sus salarios. Los drásticos controles de capital tienen a los ahorros de la gente atrapados en los bancos. Mientras tanto, los políticos parecen vivir en otro planeta. Durante ocho meses no han podido formar un nuevo gobierno. Y ninguna medida parece capaz de detener el colapso.

La explosión en el puerto de Beirut el 4 de agosto de 2020 que dejo 200 muertos, 6.500 heridos y devastó distritos enteros de la ciudad, fue la gota que desbordó el vaso para un pueblo ya humillado: la tragedia los traumatizará para siempre.

Beyrouth, 6 août 2020 (AFP / Patrick Baz)
El 5 de agosto de 2020 en el barrio Mar Mikhael de Beirut (AFP / Patrick Baz)

Pese a que no viví la guerra, las interminables colas en las panaderías, gasolineras y farmacias de hoy son muy parecidas a las vistas en las imágenes de archivo transmitidas previo al aniversario de la guerra civil.

La crisis cambió la vida de los libaneses, especialmente la de una clase media acostumbrada a disfrutar, viajar y tener coches último modelo. Actualmente, un 55% de los más de cuatro millones de libaneses viven por debajo del umbral de pobreza con menos de 4 dólares al día, según la ONU.

 

(AFP / Joseph Eid)

En los supermercados, algunos productos importados desaparecieron de las góndolas o han subido de precio. A veces hay peleas entre clientes por productos subsidiados más baratos.

Solía disfrutar de ir al supermercado, pero hoy me siento abrumada por la culpa, pues aún puedo llenar mi carrito. Veo como un padre persuade a su hijo para que compre una marca de café más barata o una mujer que devuelve una botella de aceite de cocina al estante tras descubrir que cuesta alrededor de una cuarta parte del salario mínimo.

Maya Ibrahimshah, titular de la ONG Beit al-Braka (casa de bendiciones) organiza el stock de alimentos a ser distribuidos en Beirut, el 23 de febrero de 2021 (AFP / Joseph Eid)

Hace unas semanas, fui a hacer compras para mí y mis padres, que viven fuera de Beirut. En la caja, una mujer de unos cuarenta años se impacientó conmigo. Quería pagar solo unos pocos artículos, mientras que mi carrito estaba casi lleno. “Algunos viven en el lujo y no se avergüenzan, mientras que otros se mueren de hambre”, dijo de repente en voz alta y cortante. Me quedé impactada. Sentí una mezcla de rabia, vergüenza y tristeza.

Una mujer muestra su heladera vacía en Sidón, Líbano, el 16 de junio de 2020 (AFP / Mahmoud Zayyat)

No supe qué hacer, si intentar defenderme… Salí afuera con mi carrito y me quité la máscara: respiré profundamente, tratando de no llorar. Crecí en una familia de clase media de tres hermanos. Mi padre se jubiló en 2019 después de 45 años de trabajo como maestro, pero hoy, después de la devaluación, su pensión vale solo 200 dólares.

Mi hermano, empleado de banco, lucha por mantener a su familia. Mi hermana se mudó hace unos años a Dubai con su esposo. Unos días después del incidente en el supermercado, vi a una amiga que trabaja para una ONG internacional y que cobra en dólares. Me dijo que se siente culpable de recibir moneda fuerte que la protege de la inflación y le permite mantener una vida cómoda, mientras sus familiares luchan por sobrevivir.

Como muchos, intenta ayudar a su familia, pero no sabe por cuánto tiempo, pues «la situación no hace más que empeorar».

Quienes conocieron a Líbano en la década de 1960, antes de la guerra y las crisis subsiguientes, lo recuerdan como una época dorada. Beirut era conocida como «la perla del Medio Oriente». En Facebook, un académico amigo explicó recientemente que al menos durante la guerra, sabías que algún día terminaría. Pero hoy “no hay esperanza. Se acabó el país que conocíamos”, escribió.

Quizás la pérdida de esperanza es lo que más sofoca a nuestros jóvenes. Incluso aquellos que tienen más suerte que la mayoría dicen que han perdido la «alegría de vivir»; esto, en un país famoso por su amor por la fiesta, incluso en momentos difíciles.

Personas pasan por mural en honor a una niña que resultó herida en el rostro tras la explosión del 4 de agosto en el puerto de Beirut, el 4 de septiembre de 2020 (AFP / Joseph Eid)

Mi amiga Oumaima, enfermera de un prestigioso hospital de Beirut, me dijo hace unas semanas que se mudaba a Arabia Saudita. “Odio la idea de irme, pero ya no tengo fuerzas para seguir”, dijo. “No es por un salario mejor, pero aquí es demasiado agotador”. Otra amiga, madre de un niño pequeño, dijo: “Nuestros padres vivieron una guerra de cohetes y balas,  (nosotros) estamos viviendo una guerra de hambre”. “Lo más importante es que nuestros hijos no se queden en este basurero”, agregó, el referencia al país que alguna vez fue conocido como la Suiza del Medio Oriente.

(AFP / Patrick Baz)

Texto de Layal Abou Rahal traducido por  Alice Hackman en Beirut. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer in Paris. Traducción y edición en español: Yanina Olivera Whyte

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Autor: labourahal

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Sociopolítica

Cali, un paraíso convertido en un campo de batalla

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Cali (Colombia) – Soy de Cúcuta, en el nororiente de Colombia, pero llevo en Cali más de 13 años. Y me encanta: tiene buen clima, con un promedio de 28°C, la gente es muy agradable y la naturaleza es espectacular, muy diversa.

A dos horas y media, está el puerto de Buenaventura, sobre el Pacifico, un mar agreste y muy distinto al Caribe, pero fascinante. A poca distancia hay selva tropical, playas, las impresionantes ballenas jorobadas y miles de aves que encantan a mi hija Martina.

Una ballena jorobada salta sobre aguas del Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 12 de agosto de 2018 (Miguel MEDINA)
Un pelícano vuela sobre el Océano Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 16 de julio de 2013 (AFP / Luis ROBAYO)

Cali es la capital del departamento de Valle del Cauca, donde encuentras grandes llanuras pero también montañas: allí nace parte de la cordillera de los Andes.

Un «chiva», vehículo de transporte, circula por la zona rural de Silvia, Cauca, Colombia, el 9 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La cercanía del puerto Buenaventura genera mucha actividad. También hay grandes ingenios de la caña de azúcar. La población es muy variada: afros, indígenas, extranjeros… La diversidad cultural es increíble. En Cali se puede tener una muy buena vida. La gente es súper alegre, hay fiesta… es la capital de la salsa.

 

Bailando salsa en el desfile del «Salsódromo» en la 60ª Feria de Cali, el 25 de diciembre de 2017 (AFP / Luis ROBAYO)

Sin embargo, y pese a que el estigma de haber sido el centro del cártel de los Rodríguez Orejuela quedó muy atrás, Cali se ve ahora asolada por nuevos males: pobreza, desempleo, racismo, narcotráfico, desconfianza hacia las autoridades y el rebrote de la violencia tras la firma del acuerdo de paz con las FARC en 2016.

 

Embajador de EEUU Philip S. Goldberg (i) y ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo (d) erradican coca en Temuco, Nariño, en diciembre de 2020 (AFP / Juan BARRETO)
Vista aérea de un narco-submarino incautado por la Armada colombiana en Buenaventura, Valle del Cauca, el 21 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

A pesar de que ese proceso de paz bajó la intensidad del conflicto en Colombia, provocó un aumento de los cultivos ilícitos de coca en los departamentos de Cauca y Nariño y trajo nuevos actores armados decididos a copar los espacios dejados por la guerrilla.

Un músico en el cementerio de Buenaventura, escenario de disputas armadas entre bandas locales, el 10 de febrero de 2021
(AFP / Luis ROBAYO)

 

Y con una crisis exacerbada por la pandemia de coronavirus, parece que todos los males de Colombia se resumen en Cali, la tercera ciudad del país y corazón de la ira popular que explotó el 28 de abril. La violencia desatada por las protestas deja al menos 42 muertos, según la Defensoría del Pueblo. De ellos, 35 murieron en Cali, de acuerdo con la ONG Temblores.

Manifestantes se enfrentan a la policía en Cali, el 10 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Campo de batalla

Disidencias de las FARC que se apartaron del acuerdo de paz; el ELN, última guerrilla reconocida en Colombia, y bandas de origen paramilitar se disputan las rentas del narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión en esa región.

Muchos de estos grupos resuelven sus cuentas en Cali, a donde además llegan miles de víctimas que huyen del conflicto, migrantes y personas que buscan un futuro mejor.

Policías inspeccionan los daños causados por una explosión frente a la alcaldía de Corinto, Cauca, el 26 de marzo de 2021 (AFP / Paola MAFLA)

La pobreza golpea a más de un tercio (36,3%) de los 2,2 millones de habitantes de una ciudad en cuyas calles se siente el descontento contra las políticas del gobierno, en medio del azote de la pandemia.

Indígenas colombianos se dirigen a Cali para una protesta contra el gobierno, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Mucha gente se quedó sin trabajo (el desempleo en Cali llega al 18,7%) y sobrevive haciendo cualquier cosa. Los bancos no se esfuerzan por aliviar las situación de la gente, que sufren moras y embargos, sin una intervención del gobierno.

Todo esto ha generado muchísima delincuencia. Puedes estar en un restaurante, cuando de repente llegan unos tipos armados en moto y en cuestión de segundos recogen teléfonos, joyas, dinero y se van. Hay mucho temor. La gente oye una moto y se asusta.

El movimiento de protesta de Cali y en el resto del país reúne sindicatos, estudiantes, indígenas con múltiples reclamos. Las manifestaciones no solo congregan a los jóvenes: también hay adultos, personas mayores y mujeres que reclaman por igualdad social en medio de una escasez de combustible.

Medellín, 12 de mayo de 2021 (AFP / Joaquin Sarmiento)
Bogota, 5 de mayo de 2021 (AFP / Juan Barreto)

 

Me recuerda a las marchas de Caracas que me tocó cubrir hace unos años y, al igual que en aquel momento, ahora transito por calles bloqueadas y barricadas.

 

Manifestantes bloquean una calle de Cali, el 3 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La ciudad que tanto quiero parece un campo de batalla. La noche del 3 de mayo fue la peor que viví desde el inicio de esta ola de protestas. Pude escuchar helicópteros dando vueltas, explosiones, disparos, sirenas de ambulancias. A las dos o tres de la mañana seguía escuchándolos.

Manifestantes en una barricada bloqueando una calle del barrio de Siloe, Cali, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)
Vigilia por los manifestantes muertos, heridos o desaparecidos en Cali, el 2 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Empezó en Siloé, a unas diez cuadras de mi casa, barrio que siempre ha sido violento. Entraron los soldados y la policía. Hubo uniformados heridos. Tiros. Los chicos que murieron, uno de ellos estudiante, protestaban por las condiciones sociales. Tenían trabajo, familia. Muy triste. 

Vigilia para uno de los jóvenes muertos en la noche del 3 de mayo (AFP / Lucho Robayo)

El miedo aumentó con un ataque nocturno  al puesto de salud cercano a uno de los puntos de protesta en el norte de la ciudad que según funcionarios de la derechos humanos de la alcaldía, presentes en el lugar, dejo varios heridos, entre ellos un trabajador de la salud. 

Lo que sabemos es que según 12 testimonios recabados por  mis compañeros de la AFP, policías antidisturbios y fuerzas especiales arremetieron contra la protesta pacífica sin ninguna concesión.

Es verdad que Cali está en el centro geográfico de muchas cosas. Es la capital del suroccidente del país. Aquí estamos a dos horas de los cultivos de coca en el Cauca y  de Buenaventura, el gran puerto por donde sale mucha droga hacia Estados Unidos y Centro América..

Patrulla en Buenaventura, ciudad portuaria asolada por la violencia, el 10 de febrero de 2021 (AFP / Luis Robayo)

 

Tras la firma del acuerdo de paz en 2016, mejoró la economía, pero ha vuelto a retroceder en los ultimos años. Y Cali sigue recibiendo los coletazos del conflicto en el vecino Cauca.

Desde hace unos años se ha ido deteriorando la situación. Ya no se puede ir a Cauca tan fácilmente por ejemplo, se ha vuelto muy peligroso. 

Lo que me ha marcado más en estos últimos meses han sido los funerales de víctimas del conflicto.  Como el de Cristina, una lideresa indígena, que estaba al frente de un puesto de control con otros guardias en la carretera hacia Tacueyo. Encontraron un carro que al parecer llevaba un secuestrado y al retenerlos fueron objeto de disparos. Lo mismo pasó con Karina García, una candidata a la alcaldía del municipio de Suarez, masacrada en plena campaña.

 

Funeral de Karina Garcia, el 2 de septiembre de 2019 (AFP / Luis Robayo)

Ha sido un año muy pesado por la pandemia y la situación de violencia en el país, pero mi profesión sigue siendo mi pasión. Me permite conocer nuevos mundos, personas diversas y lugares increíbles, entre momentos felices y tristes. Y contar historias de vida y mostrar al mundo lo que ocurre en el país.

(AFP / Luis Robayo)

Por Luis Robayo. Edición: Yanina Olivera Whyte

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Autor: luis.robayo

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Sociopolítica

A la caza del fantasma de Bin Laden y sus conejos

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París – Fue LA llamada telefónica con LA noticia que venía esperando desde hacía años. Estaba en Islamabad el 2 de mayo de 2011,  muy temprano en la mañana, en la cama y medio dormido, cuando sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba Jennie Matthew, la subjefa de la oficina, tan concisa como de costumbre: “Washington llamó, están a punto de anunciar que mataron a OBL en Pakistán”

¡Bin Laden! 

Había estado esperando este día durante seis años, desde mis primeros pasos cubriendo la región en Afganistán en 2005. Todos los imformes de la OTAN planteaban la interrogante sobre qué había pasado con Osama bin Laden tras su fuga en 2001. Muchos creían que estaba escondido al otro lado de la frontera, en el cinturón montañoso, tribal y semiautónomo de Pakistán, donde los estadounidenses no enviaron tropas sino que libraron su guerra desde el aire con drones.

Niño afgano orando en Zumrat, cerca de la cadena montañosa desde donde operan los combatientes de Al Qaida, marzo de 2002 (AFP / Jewel Samad)

Tras la llamada, corrí a mi coche y me resigné a tener largos días de duro trabajo en la oficina. No era por lo peligroso de aventurarse en el cinturón tribal para los periodistas, aunque lo era. El problema era que los poderosos militares de Pakistán habían prohibido el acceso a la zona so pena de cárcel o deportación. Entonces, razoné, serían nuestros corresponsales en el terreno quienes harían todos los informes y recopilarían todas las imágenes.

La agitación era máxima en nuestra oficina de Islamabad. Todos llegaban, incluso quienes estaban de vacaciones. Nos sonreímos anticipando los días subsiguientes en los que el mundo tendría los ojos clavados en las noticias de Pakistán.

Todos nos sentamos frente a las pantallas de televisión donde, en vivo desde la Casa Blanca, Barack Obama anunciaba la muerte  del fundador de Al Qaida, de 54 años… hasta que dijo que había sido abatido en Abbottabad.

¿Abbottabad? ¿La agradable ciudad de montaña tan popular entre los paquistaníes acomodados? ¿La ciudad universitaria, el hogar de la prestigiosa academia militar de Kakul, en Pakistán? Un sueño hecho realidad para los periodistas: un lugar accesible para todos y a apenas dos horas de auto.

Siguiendo el desarrollo de la operación contra Osaba Bin Laden desde la «sala de situación» de la Casa Blanca: el presidente Barack Obama, su vice Joe Biden (izquierda), el secretario de Defensa Robert Gates (derecha) y la secretaria de Estado Hillary Clinton (2ª a la derecha), entre otros (AFP / Pete Souza)

El jefe de la oficina, Emmanuel Giroud, con el ceño fruncido de quien sabe que le esperan largos días de coordinación, dijo volviéndose hacia mi: “¿Irías tu?”. Era menos una pregunta que una afirmación. “Con foto y video”, agregó.

Partimos de inmediato: el fotógrafo Aamir Qureshi, el periodista de texto Sajjad Tarakzai, la reportera de video Mélanie Bois y yo. Ninguno regresó a casa para hacer maletas. En el camino que serpenteaba hacia las montañas, leímos todo lo que había salido de Washington, la narrativa oficial que rápidamente se convirtió en la película de Hollywood “Zero Dark Thirty”.

Lo que sabíamos: Bin Laden había estado viviendo con tres esposas, una docena de hijos y nietos, junto con dos guardias y sus familias. Fue abatido durante una operación de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos y su cuerpo fue luego arrojado al mar. Washington dijo que Pakistán no fue informado de la operación por temor a filtraciones. Se sospechaba que en el país y en particular en su ejército, había colusión con los yihadistas.

Vista general de Abbottabad, el 27 de enero de 2012 (AFP / Adnan Qureshi)

Cuando llegamos a Abbottabad, aparte de las majestuosas estribaciones del Himalaya, nos encontramos con una escena paquistaní completamente normal: calles concurridas, tiendas coloridas, desfile de clientes en sus ropas tradicionales. No obstante, había cierta tensión. La vista se detenía en los vehículos que venían de fuera de la ciudad. Esa tensión aumentó cuando llegamos al barrio de Bilal Town.

Nuestra primera impresión fue lo agradable que se veía todo: casas recién construidas, campos de hortalizas, con vistas impresionantes a verdes colinas. Luego pasamos a cinco camiones del ejército pakistaní que transportaban los restos de un helicóptero: uno de los aparatos estadounidenses se había estrellado contra una pared exterior de la propiedad de Bin Laden, el único traspié en un ataque meticulosamente planeado.

Sacamos nuestras cámaras, sin saber entonces que esa sería una de las pocas pruebas concretas del ataque estadounidense.

Helicóptero de EEUU accidentado durante la operación «Gerónimo» contra Osama Bin Laden (AFP / Str)

Rápidamente encontramos el lugar: un gran edificio de piedra blanca que se distinguía por su altura de tres pisos, dos amplios patios y altos muros de más de cuatro metros, rematados con alambre de púas.

La casa de Osama Bin Laden al fondo, el 9 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

Cuando llegamos, aún se veía una columna de humo: sin duda los restos del helicóptero accidentado que los estadounidenses inutilizaron con granadas para no dejar rastro de informaciones confidenciales.

Un puesto de control militar impidió acercarse a menos de 100 metros. Nos movimos rápido, aprovechando que éramos el primer medio extranjero en la escena. En un pequeño mercado de barrio, la gente se mostró muy dispuesta a hablar de los asombrosos 45 minutos que en medio de la noche sembraron miedo y cambiaron la dinámica de la ciudad para siempre.

Personal de seguridad de Pakistán mide el muro que rodea la propiedad donde fue ultimado Osama Bin Laden, el 3 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

El repentino sonido de los helicópteros, la impactante “bola de fuego” provocada por el choque, las explosiones, los disparos, los gritos de mujeres y niños. Luego 30 minutos de silencio, cuando los estadounidenses confiscaron documentos y empacaron el cuerpo de Bin Laden, antes del nuevo estruendo de la partida.

Los habitantes de Bilal Town estaban preocupados. Su pequeño oasis de paz se convirtió de pronto en sinónimo de terrorismo para el resto del mundo. ¿Se convertiría en un nuevo frente en la “guerra contra el terror”? Estaban sorprendidos,  enojados. ¿Cómo podía el ejército paquistaní dejar que los estadounidenses fueran y vinieran impunemente a su antojo?

Los periodistas Sajjad Tarakzai y Emmanuel Duparcq entrevistan a vecinos de Osama Bin Laden en abril de 2012, un año después del ataque que terminó con la vida del jefe de Al Qaida

Otros, más suspicaces, dijeron que el ejército paquistaní llegó más de media hora después de que se fueran los estadounidenses e instó a todos a quedarse en sus casas. “Me resulta difícil de creer, es como una película o una especie de juego entre Estados Unidos y Pakistán”, dijo uno de ellos.

Menos de hora después de nuestra llegada, se instalaría la narrativa que perdura hasta el día de hoy en Pakistán: una sensación de humillación hizo que pocos creyeran la versión de Washington de los hechos. 

Algunos dijeron que se trató de una estrategia para avergonzar a Pakistán y dudaron que Bin Laden siquiera haya estadó allí alguna vez, pues no vieron sus restos, que los estadounidenses dijeron haberse llevado y lanzado al océano.

Otros dijeron sospechar que se trató de un acuerdo entre el ejército paquistaní y Washington, que cada año destina miles de millones a la lucha contra Al Qaida y los talibanes.

Aún otros dijeron que fue un regalo para Obama, quien un año después consideró al asesinato de Bin Laden como el «día más importante» de su presidencia.

Manifestación contra EEUU en Quetta, Pakistán, tras el anuncio de la muerte de Osama Bin Laden, el 2 de mayo de 2011 (AFP / Banaras Khan)
Celebración por la muerte de Osama Bin Laden frente a la Casa Blanca, el 2 de mayo de 2011 (AFP / Chris Kleponis)

Y el silencio ensordecedor del ejército paquistaní, arrestando a algunos vecinos y manteniendo a los periodistas a raya, no hizo nada para sofocar las teorías conspirativas. Incluso los agentes de policía enviados a vigilar la casa no podían creer que Bin Laden hubiera estado allí. “No lo creo ni por un segundo, nadie lo cree”, dijo un oficial. “¡Es una broma!”

(AFP / Asif Hassan)

En los dos días siguientes, las fuerzas de seguridad permitieron que las entonces decenas de periodistas se acercaran a la pared exterior del recinto, aunque no nos dejaron entrar. La gente se paseaba después del trabajo para tomar fotos. Cientos se empaparon del bucólico entorno y disfrutaron de un atardecer en Bilal Town, hasta que el ejército se hartó de los turistas y volvió a sellar la zona con barricadas.

(AFP / Asif Hassan)
(AFP / Asif Hassan)

Gracias a un contacto, nos quedamos en un hotel que acababa de abrir y por tanto era poco conocido. La mayoría de los otros periodistas extranjeros optaron por quedarse en el Pearl Continental, famoso por su comodidad y también por ser un “nido de espías”.

Niños jugando en Abbottabad, el 7 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

Durante esos primeros días, los servicios de inteligencia monitorearon a los medios antes de acosarlos, poco a poco, para que se fueran de la ciudad. Al principio, eran “consejos” o advertencias a través de mensajes de texto sobre “cuatro terroristas suicidas” dispuestos a  vengar a Bin Laden. Luego se volvió más insistente.

Nuestro hotel, que se había beneficiado de la afluencia de huéspedes, hizo todo lo posible por el equipo de AFP, que se expandió y luego recambió periodistas para que pudieran descansar. Nos dieron todo el primer piso, incluida la sala de estar principal, que convertimos en nuestra oficina. Rápidamente establecimos una rutina diseñada para evadir la seguridad y obtener las mejores historias e imágenes posibles.

Salíamos del hotel a las 5:30 am para llegar a Bilal Town antes de las seis, cuando los soldados, más estrictos, relevaban a la policía en los puestos de control. Aamir y Melanie tomaban tantas imágenes como les era posible.

(AFP / Aamir Qureshi)

Trabajé con los reporteros de texto de AFP Sajjad Tarakzai o Khurram Shahzad, tan tranquilos como ingeniosos. Paseábamos tranquilamente por la calle mezclándonos como residentes de Abbottabad, vestidos con camisas holgadas, pantalones y chalecos, aunque con cuadernos metidos discretamente en nuestros bolsillos. Cuando la policía prestaba poca atención o hacía pocas preguntas, pasábamos el puesto control. De lo contrario, cuando miraban para otro lado, nos agachábamos detrás de un automóvil, nos escondíamos detrás de una arboleda o caminábamos agachados por las acequias. Las confidencias de los vecinos alimentarían nuestros despachos de la mañana y la información de las autoridades y de las fuerzas de seguridad los de la noche.

Durante 10 días informamos sobre las dudas de los habitantes de que Bin Laden hubiera realmente estado alojado en el complejo. Solo los dos guardias -llamados Arshad y Tariq- habían salido alguna vez de la propiedad. Y si bien el tamaño de la casa llamaba la atención, el vecindario era acomodado y estaba bien vigilado, por lo que nadie hizo preguntas.

Obtuvimos un video del interior de la casa filmado por la policía que refutó las afirmaciones apresuradas sobre la vida de lujo que llevaba Bin Laden o la seguridad de alta tecnología que lo protegía. Por el contrario, el amoblamiento era austero: suelo de baldosas grises, armarios y estantes sencillos de madera, mobiliario básico. La seguridad consistía literalmente en los altos muros y los dos guardias ligeramente armados.

No había Internet ni teléfonos móviles. Durante seis años, una estrategia de sigilo permitió a Bin Laden, aparentemente debilitado físicamente, evadir al ejército más poderoso del mundo.

(AFP / Aamir Qureshi)

Después de 10 días, empezamos a quedarnos sin información fresca. Los servicios de inteligencia, que pensaban que el circo mediático ya había durado bastante, ordenaron a todos los periodistas extranjeros a irse de Abbottabad, amenazándolos con arresto o deportación.

Nosotros también empacamos y nos fuimos. Menos de un año después, Pakistán destruyó el complejo de Bin Laden con todos los secretos que aún contenía.

Niños juegan al cricket en febrero de 2012 afuera del complejo donde vivía Osama Bin Laden, mientras una excavadora comienza a demoler la propiedad (AFP / Aamir Qureshi)

Uno de nuestros últimos informes ofrecía un relato sobre cómo vivía el líder de Al Qaida: además de sus tres esposas y numerosos niños, había cien gallinas, dos vacas y un número indeterminado de conejos, una especie de “pequeña jihad en la pradera”. Un trabajo de investigación sólido, digno de su trascendencia geoestratégica, permitió determinar que los soldados paquistaníes se llevaron las vacas y que la policía repartió las gallinas. Sin embargo, pese a nuestros mejores esfuerzos, nunca supimos qué pasó con los conejos de Bin Laden.

El equipo de la AFP de izquierda a derecha: Asif Hassan (Foto), Emmanuel Duparcq (Texto), Aamir Qureshi (Foto), Khurram Shahzad (Texto),Masroor Gilani, Mélanie Bois (video) y Saadberg (chofer) (AFP)

Por Emmanuel Duparcq en Paris. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer. Traducción: Yanina Olivera Whyte

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Autor: emmanuel.duparcq

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Sociopolítica

Wuhan, la ley del olvido

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Wuhan (China) – Cuando los inspectores de la OMS llegaron a Wuhan para investigar cómo comenzó el brote de coronavirus, algunos de los habitantes de esa urbe del centro de China recordaban la muerte casi un año antes de Li Wenliang. Otros, al parecer, no sabían cómo llorar abiertamente a los muertos de la ciudad.

Expertos de OMS visitan laboratorio de Wuhan durante pesquisa sobre origen de la pandemia (AFP / Hector Retamal)

Li fue uno de los primeros médicos en denunciar el brote y advertir sobre la propagación del virus que mataría a miles en Wuhan y a millones en todo el mundo. Fue castigado por las autoridades por dar la alarma y finalmente él mismo sucumbió al virus.

Viajé a Wuhan para cubrir para la AFP la misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una puesta en escena cuidadosamente coreografiada por las autoridades chinas. Pero lo que más me llamó la atención en esta ciudad donde comenzó la pandemia fue lo poco que hablaba la gente del covid. 

Un año después de la muerte de Li, mis colegas vieron como los guardias de seguridad afuera del hospital donde él trabajaba rechazaban a un hombre con un ramo de flores.

Trabajadores pasaron días largos y agotadores transportando a las víctimas durante el brote en Wuhan
(AFP / Hector Retamal)

Wuhan estuvo bloqueada durante 76 días desde enero del año pasado. En algunos casos, familias enteras murieron, un integrante tras otro. Un conductor voluntario durante el encierro obligatorio me habló de colegas que transportaban cadáveres entre hospitales y crematorios y de largos y agotadores días en las calles que de otro modo habrían estado vacías.

Lo único que se interponía entre él y el virus era una higiene meticulosa y un régimen estrictamente observado de hierbas medicinales. Sin embargo, apenas un año después del confinamiento, este conductor fue una de las pocas personas que habló abiertamente de ello.

“Mucha de la gente que nos rodea tiene una fuerte aversión” a hablar de la pandemia, me dijo un residente de unos sesenta años. “Ellos dirán: ‘¡Tu vida es genial! ¿Qué necesidad de seguir hablando de la pandemia?’”

«Tienes una gran vida», dijo un local. «¿Qué necesidad de seguir hablando de la pandemia?» (AFP / Hector Retamal)

Wuhan me pareció una ciudad que se mueve bajo una tácita división entre quienes eligen olvidar y quienes eligen recordar.

Un abogado local me dijo que muchos se sienten obligados a evitar el tema, “que nunca deberían mencionar cosas tristes del pasado, centrándose en cambio en cosas como ricas comidas o fotos de hermosos paisajes”.

Cuando llegó la misión de la OMS, esta supresión privada de la memoria pareció extenderse a la esfera pública. Después de meses de delicadas negociaciones y presiones globales, Pekín finalmente acordó en mayo pasado una investigación externa para determinar cómo se contagió el virus a los humanos.

Pero la misión sufrió retrasos y complicaciones, ya que China bloqueó dos veces la entrada a algunos investigadores por pruebas de virus positivas y problemas de visa. Los expertos caminaron por una delgada línea política cuando comenzaron sus inspecciones recién en febrero, cautelosos para no molestar a sus anfitriones. En repetidas ocasiones minimizaron las perspectivas de la misión.

La misión de la OMS pasó dos semanas en cuarentena tras llegar a Wuhan (AFP / Hector Retamal)
Los expertos de la OMS transitaron por una delgada línea política durante su misión de un mes (AFP / Hector Retamal)

Estuve entre las pocas decenas de periodistas presentes en la conferencia de prensa final del equipo de la OMS del 9 de febrero en el complejo de Wuhan Hilton, acordonado por decenas de guardias vestidos de civil que patrullaban los terrenos a toda hora.

Cuando la conferencia finalmente comenzó tras una demora de una hora (el gobierno y los investigadores extranjeros habían convocado a horas diferentes), el jefe chino de la misión conjunta se adelantó a los visitantes y habló extensamente para presentar los hallazgos. Hizo hincapié en que no era probable una transmisión sustancial del virus en Wuhan antes de diciembre de 2019.

Fue una clara señal de quién estaba a cargo.

La misión de la OMS fue cuidadosamente coreografiada por las autoridades chinas (AFP / Hector Retamal)

Los expertos se mostraron cautelosos y diplomáticos en sus conclusiones. Admitieron que sus hallazgos no habían cambiado drásticamente el panorama general del brote. Dijeron que se les concedió acceso completo a los sitios y a las personas que buscaban.

Pero después, dos miembros del equipo revelaron que no tuvieron acceso a datos sin procesar sobre posibles casos tempranos en los hospitales de Wuhan y, en cambio, se basaron en la investigación realizada por científicos chinos.

La vida en Wuhan prácticamente volvió a la normalidad tras el duro confinamiento (AFP / Hector Retamal)
La gente acude aun mercado abierto en Wuhan en junio de 2020, tras levantarse el confinamiento luego de 76 días (AFP)

Un año después del confinamiento de Wuhan, la vida de la ciudad volvió en gran medida a la normalidad. Algunas personas se animaron a hablar de la pandemia, pero pidieron no ser identificadas.

La Sra. Zhong, una anciana cuyo hijo murió durante el brote, dijo que la mayoría de los chinos no sabía cómo eran realmente las condiciones en la ciudad durante el cierre.

“Solo conocen la propaganda de la victoria de China sobre el virus y cuántos se salvaron”, dijo.

Otra residente de Wuhan, una intelectual de mediana edad, estimó que el recuerdo de traumas sufridos por generaciones anteriores había engendrado una especie de olvido voluntario e institucionalizado. “La secuela psicológica de grandes catástrofes previas, como la Revolución Cultural o la Gran Hambruna, es: ‘Alcanza solo con mantenerse con vida. No hay que pensar demasiado’”.

Tras un duro siglo XX en China, «es suficiente con estar vivo», dijo un residente de Wuhan (AFP)

Es costumbre en Wuhan y su provincia de Hubei llevar ofrendas a los parientes fallecidos en fechas alrededor del Año Nuevo Lunar.

Cuando abandonaba la ciudad, pasé largas columnas de autos atascados en un cruce cerca de algunos cementerios. Podían verse a la vera de las calles improvisados puestos  llenos de crisantemos e incienso junto a otras ofrendas funerarias: modelos de cartón de mansiones de colores chillones y montones de papel metálico, todo para ser quemado con la esperanza de asegurar al difunto una vida más lujosa.

Luego supe que la búsqueda de «crisantemos de Wuhan» y el mercado de flores de la ciudad habían sido censuradas en Weibo, la plataforma de China similar a Twitter, después de que un aumento en la demanda de los símbolos de luto provocaran escasez en algunas partes de la ciudad.

Un trabajador desinfecta la Iglesia de la Salvación de Hankou, en Wuhan, en marzo de 2020 (AFP)

Los habitantes de Wuhan están unidos por el trauma del año pasado, ahora enterrado bajo el bullicio de la vida cotidiana. Muchos habrán tenido la pandemia en sus mentes en febrero, pero mientras estaban junto a las tumbas de sus seres queridos, me pregunto si también estaban pensando en Li Wenliang y en muchos otros como él.

Editores: Sean Gleeson en Hong Kong, Roland Lloyd-Parry en Paris. Traducción y edición en español: Yanina Olivera Whyte en Montevideo.

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Autor: Laurie.Chen

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