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Cultura

Breviario de falsedades (20)

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/ por José Manuel Vilabella /

[BANDEIRAS] Existen docenas de fotografías de Ruperto Bandeiras y en todas ellas el ilustre profesor está riendo o sonriendo. ¿Por qué? Nadie se lo ha preguntado nunca y, tal vez, este simple comentario inicial justificaría por sí solo la realización de una investigación exhaustiva. La risa/sonrisa permanente de Bandeiras, he ahí una pregunta clave. La risa es importante para la felicidad: «Ríase usted mucho y llegará a viejo», han dicho machaconamente los médicos de cabecera de todo el mundo, conscientes de que recetaban un remedio para el alma y para el cuerpo. Y algunos, además, le decían el porqué a la clientela: «La risa es un ejercicio violento que propicia la circulación de la sangre y oxigena el cerebro, desentumece las articulaciones y hace trabajar a los músculos faciales. Ríase tres veces al día como mínimo y siempre después de las comidas». ¿Y la sonrisa? ¡Ah, eso es otro cantar! Los médicos no dicen nada sobre el valor terapéutico de la sonrisa, ni de lo sana que pueda resultar la práctica de la ironía. La sonrisa, la sonrisa de medio lado, la media sonrisa, implica la existencia de la ironía que es un instrumento de burla, un método de disección y de análisis inapelable. Y también un arma desestabilizadora y subversiva. El irónico suele ser inteligente y cruel y el uso prolongado de este instrumento de disección puede conducir a un callejón sin salida. El irónico analiza/burla todo lo que le rodea y solo logra detenerlo la propia estimación, el respeto que se tiene a sí mismo. Y cuando la confrontación se produce, salta la barrera, se mira al espejo y se critica con ferocidad y destruye su propia imagen con un análisis despiadado. Después de su propia flagelación nada podrá detenerlo; liberado de sus ataduras pondrá bajo su escalpelo lo solemne y lo sagrado, lo castrense y lo religioso, lo jurídico y lo social. El irónico sonreirá ante todo y en su cerebro enfermo reinará un caos lúcido que no tiene nada que ver con el universo absurdo de los locos. Y un paso más allá y por el mismo camino de la ironía está la violencia, la revolución, el totalitarismo, el fascismo, el terror. ¿Comprende usted ahora la diferencia entre el reír y el sonreír? El profesor Bandeiras reía o sonreía todo el tiempo. ¿Y quiénes se pasan la vida riendo? Dígalo, dígalo, sea usted valiente, señor presidente: los tontos. Sí, los mentecatos, los imbéciles; esos son los que no dejan de reír. El ilustre descubridor del complejo de superioridad como terapia era un riente perpetuo y tenía los síntomas del cretino. ¿No es asombroso? Reía sin cesar de la mañana a la noche y cuando dormía a pierna suelta en lugar de roncar reía en sueños. Y cuando no reía, sonreía. Y su sonrisa, mire excelencia, mire con atención, era pavorosa. Y el viejo Sigmund Freud le apreciaba, tal vez, como bufón, como fuente de risa inagotable, como un creador constante de risotadas y aunque no era su discípulo favorito era uno de los que solían estar a su lado porque el maestro —y eso no es hablar mal de los muertos— era un esnob y le divertía tener un seguidor de edad incierta y que, a pesar de ser interrogado sobre ello, nunca quiso confesar ni dónde ni cuándo había nacido. Sabemos que su sonrisa era achinada y su rostro de eterno adolescente. Que podía ser de la edad de Freud o veinte años más joven. Freud, a pesar de ser tan inteligente, no supo valorar su pavorosa sonrisa de medio lado y la amenaza que representaba para la humanidad. Sigmund utilizaba la técnica del frontón con todos menos con él porque el ayudante sin edad no era polivalente como el resto de los colaboradores del sabio y no daba la talla desde el punto de vista científico. Y eso que Bandeiras, con la astucia que después demostró y su inteligencia privilegiada, aprendió rápido y de tanto escuchar de forma subrepticia lo que hablaban el profesor y sus ayudantes se hizo un experto al cabo de los años. Freud, parece que lo estoy viendo, discutía y discutía hasta quedar exhausto y después se quedaba con los matices de los argumentos ajenos. Generaba ideas, las sometía a debate y se apropiaba del resultado de las controversias. Es el procedimiento habitual entre los enseñantes y sus discípulos: el maestro se reserva para sí la parte del león y reparte las migajas entre los ayudantes. Sigmund Freud, además, era un viejo roñoso que nunca hacía un regalo. Excepto con Ruperto Bandeiras. A él le regaló un complejo: el complejo de superioridad.

Mauricio Leví le echó una ojeada al conjunto de fotografías proporcionado por el español Antonio Álvarez Álvarez y lo dejó encima de la mesa. No dijo nada, no se pronunció. Leví era un hombre pragmático y de pocas palabras. El primer presidente del recién creado Estado de Israel tenía que lidiar todos los días con problemas graves y ese asunto tenían que resolverlo sus subordinados. El investigador español, según referencias, era apasionado y competente y tenía el entusiasmo de los conversos y la audacia de los recién llegados. Cuando hablaba una salivilla blanca se le formaba en la comisura de los labios y, según aseguraba uno de los agentes que habían hablado con él largamente, tenía las características de los fanáticos y sus teorías había que someterlas a todo tipo de comprobaciones porque podía ser una alarma injustificada. El español era un sabio, un erudito en cuestiones históricas, pero de un periodo muy concreto: los dos primeros años del reinado del rey español Felipe II, que le permitirían ser un buen profesor en la futura universidad de Jerusalén, pero, en la época que vivían, la de puesta en marcha de una nación recién nacida, un sabio tan especializado no resultaba de demasiada utilidad, no era el tipo de individuo que se precisaba en aquellos años convulsos.

—Necesitamos gentes de acción y personas que sepan trabajar con las manos y Álvarez es un sabio, sí, y será muy útil en el futuro. Se empieza sabiendo mucho de algo y se termina conociendo todo de nada —dijo alguien, posiblemente el ministro de Agricultura, y todos rieron la ocurrencia.

¿Le habían querido decir a Leví que a Álvarez le sobraba entusiasmo? ¿Que estaba, no sé cómo decirlo, un poco loco, algo sobregirado, excesivamente preocupado? Tal vez sus asesores eran demasiado racionalistas, gentes frías y ponderadas que, a base de mesura, habían perdido la capacidad del exceso; técnicos que consideraban la desmesura como una falta de urbanidad.

—La sabiduría, ay, puede ser una forma de locura… —reconoció él sin mucha convicción.

Y zanjó el tema con una frase rotunda.

—No quiero verlo. Me niego. Tengo entre manos asuntos de más entidad.

Y como todos asintieron y nadie se atrevió a oponerse se pasó al siguiente punto del orden del día. Pero, claro, aquel golpe de autoridad no le tranquilizó en absoluto, porque los fanáticos también podían tener razón y la amenaza que aparecía en el horizonte podía ser ya, ahora mismo, un peligro real.

El profesor español había solicitado hablar con él en repetidas ocasiones y le había mandado 345 peticiones por escrito. Era inasequible al desaliento: «Quiero entrevistarme con el presidente; el señor Leví tiene que escucharme. Está en peligro el Estado de Israel». Después de pronunciar aquellas palabras mágicas se abrieron otras puertas y Álvarez pudo explicarse ante policías y políticos, magistrados y estrategas. Y habló, durante cuarenta y ocho horas seguidas, con los mejores hombres del Grupo 100, que le escucharon con atención y tomaron nota de todos sus argumentos. Había llegado a todos menos a él y ante la negativa del presidente a recibirlo personalmente el español no se arredró, se puso delante de un tomavistas y le dijo al objetivo, al pilotito rojo que nunca parpadeaba, el resultado de sus pesquisas y la naturaleza de sus sospechas. Y Leví, que había olvidado lo que era el horror, volvió a sentir otra vez el pavor irreprimible y el sudor frío apareció, después de tantos años, en la palma de sus manos, porque aquel hombrecillo bajito y pálido estaba anunciando el posible principio de un pogromo, el inicio de una nueva degollina.

Ordenó al proyeccionista que retrocediese una vez más hasta la parte de la risa enloquecida para ver la cara bobalicona de Bandeiras, la fotografía que el profesor Álvarez mostraba a la cámara: «El ilustre descubridor del complejo de superioridad como terapia era un riente perpetuo», y la serie de fotografías que Álvarez enseñaba, que formaban un buen montón, demostraba sin lugar a dudas lo risueño que había sido Ruperto Bandeiras durante toda su vida.

—¿Quién es ese tal Bandeiras? —había preguntado unas semanas antes, cuando empezaron a llegar los alarmantes mensajes del español.

El ministro de Información iba a leerle un largo informe, pero el presidente le interrumpió con un gesto.

—No, no. Mándeme una nota de siete líneas.

Al día siguiente la tenía encima de su mesa: «Bandeiras (Teófilo). Hijo de Ruperto Bandeiras, amigo y colaborador de Sigmund Freud. Judío nacido en Brasil. Autor de Las delicias de la mediocridad. Afirma haber estado en diferentes campos de concentración y haber sufrido lo indecible. Según puede observarse en las fotografías que le adjunto las heridas sufridas convierten su rostro en un ser peculiar y espantoso. Fue interrogado y pasó todos los controles de idoneidad».

Leví leyó la escueta nota. En honor a la verdad el rostro dañado, según su testimonio con ácido sulfúrico en el campo de concentración de Treblinka por un guardián borracho, lo había convertido en un ser monstruoso.

—¡Y es el responsable de la seguridad del Estado! —se dijo para su coleto.

Arrugó la cuartilla e hizo un gesto de desagrado que su secretaria sabía era la punta del iceberg de la irritación que le dominaba, una irritación que, a veces, podía llegar al paroxismo. Estaba realmente furioso. ¡Qué incompetencia!, oyó que murmuraba.

—Marta, dígale al ministro de Información que venga a verme inmediatamente.

Y en esta ocasión disimuló a tiempo su enfado y pronunció las palabras con la amabilidad que le caracterizaba.

El ministro compareció una hora más tarde. Tenía una expresión contrita y, antes de hablar, se atusó el bigote y puso sobre la mesa una voluminosa cartera y la señaló con el dedo índice:

—Me imagino, señor, que está usted molesto conmigo. Yo avalé a Bandeiras en su momento, después de un interrogatorio intenso, que fue breve por motivos de urgencia. Eran tiempos difíciles y se trataba solo de un primer filtro. Recuerde que éramos muy pocos en un territorio hostil. Había que poblar ciudades y campos con gente afín, con personas de nuestra condición. Me gustó la sinceridad del individuo que no renegaba de su apellido y lo decía abiertamente. No ocultaba que era hijo de un judío, pero un judío con mala fama en el pueblo judío por haber traicionado a uno de nuestros referentes más importantes: Sigmund Freud. Con su buen hacer se ganó mi confianza y hoy ocupa gracias a su laboriosidad un puesto destacado en nuestro organigrama y lo hace bien, muy bien. Es un trabajador incansable y no ha cometido ningún fallo. Tengo que confesar que me sedujo por su imagen patética y el relato de sus sufrimientos. Todos hemos padecido y estamos tocados por el dolor intenso de la persecución, la guerra, la pérdida de los seres queridos, el holocausto. Él, en cierto modo, es distinto. Ha sufrido lo indecible, pero no ha perdido el optimismo; ríe y en el Estado necesitamos que alguien lo haga. Faltan niños y gentes felices. En investigaciones recientes y por la alarma surgida por las denuncias de Álvarez, nuestro incipiente servicio secreto se ha puesto a trabajar y han aparecido tres Bandeiras donde antes solo había datos sobre uno. Ruperto Bandeiras, a secas, sin segundo apellido, es el que firma el libro que lo hace famoso y que sigue siendo un estudio actual sobre el bienestar que produce la mediocridad. Ruperto Bandeiras Gotemberg, un supuesto traidor que se introdujo en el entorno íntimo de Freud y procuró retenerlo cuando tuvo que huir de Viena. Y el nuestro, Teófilo Bandeiras Gustav que lleva el apellido de su progenitor tal vez por cabezonería pero que no se siente orgulloso de su padre al que considera un bufón y un aprovechado, un ser servil que firmó un libro de éxito que han leído millones de personas en todo el mundo, un hombre inquietante y multifacético que aparece en los libros de ciencia como descubridor del complejo de superioridad. Teófilo Bandeiras Gustav dice ser el hijo del que fue íntimo colaborador de un personaje relevante de nuestra raza, de Sigmund Freud. El hijo, Teófilo, nunca quiso tener nada que ver con su padre, que lo reconoció pero abandonó con pocos años. Teófilo vivió siempre con Olga, su madre y trabajó en una carnicería. Ha sido un autodidacta, un lector compulsivo sin ningún título académico pero que habla con soltura media docena de idiomas. A un hombre de nuestro tiempo y en esta nación incipiente, le tienen que avalar, además de los documentos que aporte, su testimonio personal y el desempeño de su trabajo. Los que empezamos el Estado de Israel llegamos vestidos con harapos, sin papeles y con el sufrimiento a cuestas. Somos los sobrevivientes del holocausto. Teófilo Bandeiras llegó, como tantos otros, como yo mismo, sin poder acreditar quién era, excepto por un carnet casi ilegible cuya fotografía consta en su expediente. Álvarez, por el contrario, es un profesor que no ha sufrido en sus carnes la penuria, si exceptuamos una mala época que pasó en Río de Janeiro cuando se exilió allí voluntariamente. No ha sufrido como nosotros los horrores de la persecución. Judío de origen mallorquín, sintió pánico cuando España estuvo a punto de incorporarse a las fuerzas del eje y se marchó a Brasil. Ni siquiera en tiempos de Franco la discriminación en la isla española entre los llamados nobles y chuetas fue violenta en un país donde la postguerra de su guerra civil fue realmente cruenta por la crueldad de un dictador sin escrúpulos.

Leví le escuchó atentamente y después le pidió, con amabilidad y cercanía.

—Hábleme de Bandeiras, del padre. Le confieso que no conocía su existencia.

—Se movía en el entorno de Freud y su nombre aparece frecuentemente en sus diarios y en las notas de sus colaboradores. Sigmund Freud estudio los fenómenos de la histeria con Charcot, en París, y posteriormente con Breuer , y eran visitantes asiduos en las reuniones que el psicoanalista mantenía en Viena. Pues bien, ambos lo mencionan en sus memorias. Y lo tratan como si fuese un criado, como a un mayordomo: «Bandeiras preparó un té y lo sirvió en la biblioteca». «Ruperto nos hizo reír a todos con sus ocurrencias». Aquí y allí surgen referencias a su persona. Y siempre se refieren a él con afecto. Es un ser contradictorio y misterioso. Conocemos todo lo superfluo, toda la hojarasca del personaje, pero el meollo de la cuestión permanece a salvo de las miradas indiscretas. Bandeiras se camufla tras su propia sonrisa, se disfraza de sí mismo, aparece en muchas fotografías y jamás pierde la compostura o da un paso en falso. Si es un impostor estamos ante un maestro de la escena. Hay tanta información sobre su vida y toda tan irrelevante que sus perseguidores bostezan, se aburren de seguirlo. Lo único enigmático de este personaje es la sonrisa.

—Qué era, ¿acaso una especie de camarero?

—Sí, ejercía como tal, pero tenía formación universitaria; posiblemente había estudiado medicina, literatura, historia. Había deambulado por las universidades de media Europa cultivando fracasos académicos y al final hablaba media docena de idiomas y todos con acento. Era un hombre muy ingenioso, culto, civilizado y por otro lado se le consideraba como un bufón, un botarate. Sabía cocinar y entendía de vinos; algunos dicen que era un gourmet. Y logró camuflarse como un maestro detrás de su apellido: Bandeiras. Y no sabemos todavía cómo surgió el de Gotemberg, porque él nunca llegó a utilizarlo. Es un segundo apellido que emplearon cuando hablaban de él el psicoanalista y su familia. No sabemos el motivo, nuestros investigadores ignoran el porqué, pero se atreven a suponer que la familia Freud se lo añadieron con ironía cuando comprobaron que había sido un traidor. A partir de ese momento la familia del psicoanalismo, cuando se refieren a él, le añaden ese segundo apellido, creemos que como sinónimo de desleal, de traidor.

El señor Leví se quedó en silencio unos segundos que al ministro le parecieron eternos y después susurró:

—Curioso, realmente curioso.

Cuando le dije a mi editor que el libro concluía con un relato inacabado me miró con ironía y me dijo que eso no podía ser. Don Álvaro es un buen amigo, pero, por encima de todo, es un editor vocacional, un tipo exigente, severo, duro. Yo traté de escabullirme y, por mi pereza habitual, propuse la eliminación del último capítulo. O sea, finalizarlo en el 19. Él se negó en redondo y argumentó que sería un fraude que los lectores del futuro no nos perdonarían. J. de Candelucus, el bufón de papas, lo utilizó con las historias y sucedidos que tuvo a mano y copió con disimulo, pero un servidor ha ido recogiendo las ampliaciones de aquí y de allí pero, eso lo certifico, de personas autorizadas que han tenido en su mano la versión que ahora circula. El Breviario se inició en tiempos de Jesucristo y pasó por múltiples soportes, aunque nunca fue publicado en papel ni puesto a la venta para el general conocimiento del lector de relatos. Del Breviario solo existe un ejemplar que lleva circulando hace más de dos mil años y que sabe Dios por dónde andará en estos momentos. Pasa largas temporadas sin aparecer, perdido en alguna biblioteca de un particular y, de pronto, surge otra vez y va de mano en mano. Suele moverse, por una casualidad inexplicable, en manos de poetas y escritores, que añaden poemas o cuentos breves y se lo regalan a otros amigos del gremio, pero, en ocasiones, caen en manos de autores poco inspirados que se quedan con la obra ajena, plagian al colega y adelgazan el manuscrito. También ocurre que pueden surgir dos o incluso tres falsos Breviarios que, con el paso del tiempo, se funden en un solo ejemplar. En dos milenios ha podido ocurrir de todo. En diversas reuniones que mantuve con don Álvaro se mostró totalmente intransigente respecto a mutilar el texto y exigió una investigación por mi parte que arrojase luz al misterio y pudiese dilucidar los interrogantes que Bandeiras plantea. Si bien es verdad que no puse pegas por mi parte para viajar a Viena e Israel, las dos ciudades claves en esta historia, y dado el catastrófico estado de mis finanzas, que rozan la pobreza extrema, la editorial estuvo conforme con facilitarme los billetes a esas poblaciones en vuelos económicos y sufragar una modesta dieta para pagar pensiones humildes y figones de tercer orden donde comer de forma razonable. «Nada de vino; el agua es muy sana», dijo el editor para evitar despilfarros y que intentase colarle extras en mi nota de gastos.

Pero volvamos a Freud. Sigamos con el personaje. Si en la actualidad su categoría como médico y escritor está universalmente reconocida eso no fue así mientras el ilustre judío estuvo vivo. Fue vapuleado por sus contemporáneos de forma inmisericorde. Por otro lado, la teoría de Bandeiras sobre la felicidad es ingeniosa y está bien documentada, pero puede estar trufada con aportaciones de su maestro por el afecto que Freud sentía por él; el maestro le regaló ideas ya que no podía obsequiarle con algo material porque el sabio tenía múltiples teorías pero muy poco dinero. Bandeiras expone su tesis con habilidad literaria. Utiliza, ante la falta de genio, una buena dosis de ingenio. Suple el rigor científico con la brillantez del poeta y añade al texto citas de personajes famosos; pide prestadas locuciones latinas, proverbios orientales, frases de doble sentido, teoremas, refranes. El amasijo de ideas da como resultado final un texto agradable y muy válido para el mercado americano. Tiene los componentes del bestseller antes de que se diseñasen científicamente los bestseller. Hoy es todavía un libro de éxito, una especie de guía para conseguir amigos sin moverse de casa, un manual para desarrollar una personalidad agradable, las instrucciones precisas para triunfar en sociedad o conquistar el corazón de la vecina del quinto. Bandeiras utiliza la simpatía como arma y nos seduce a nuestro pesar. Y para lograrlo se parece a su maestro y amigo. Y en este momento del discurso y basados en lo que ya sabemos de ambos personajes tenemos que preguntarnos si el ordenanza/discípulo era, desde el principio, un amigo leal o un enemigo oculto y qué tipo de transformaciones sufrió a lo largo de los seis años que fue su criado. ¿Fue Bandeiras el responsable de la muerta violenta de varios discípulos del maestro? Digámoslo claramente: ¿Fue el Judas del reducido grupo? Y, sobre todo, con su apariencia de tonto riente, de bufón divertido, de criado superficial, ¿infundió en el maestro una confianza falsa que no debería haber sentido ante el acercamiento de los nazis? La pregunta clave puede ser la siguiente: ¿Es Bandeiras un criado que logra lavar el cerebro a un especialista como don Sigmund en bucear el cerebro humano? Tiene nuestro hombre la cercanía del criado, del que prepara el té o limpia los orinales. Dejemos la respuesta a esta pregunta para más adelante. Aparentemente Bandeiras es como Freud, pero un Freud de guardarropía, de cartón piedra y lo imita en todo, aunque solo consiga ser una caricatura. El maestro es un científico, pero también un artista que mezcla los componentes técnicos con las fórmulas poéticas. Bucea en nuestro interior, se mete de rondón en nuestros sueños y dice lo que ve y lo dice utilizando las palabras más bellas antes que los términos científicos más precisos. Freud es, en cierto modo, un embaucador, un gran decidor, un competente y eficaz comunicador que se vale del lenguaje, que abusa de su capacidad dialéctica. Repasemos juntos algunos de los títulos de sus libros: Más allá del principio del placer, Psicología del grupo y análisis del yo, El malestar en la cultura, El porvenir de una ilusión, La cuestión del análisis profano. Son títulos sugerentes, hermosos. Hoy es una gloria mundial y uno de los exponentes más brillantes de una raza superior con Albert Einstein. El mundo ha odiado históricamente a los judíos por la brillantez, inteligencia, practicidad, habilidad para los negocios y por ser más inteligentes que la media y al considerarlos peligrosos ha tratado de destruirlos. Los han echado de todos los sitios y han sido las víctimas de múltiples pogromos para diezmar su número o acabar con ellos; el más reciente y escandaloso, el holocausto de los nazis. Los judíos, a lo largo de la historia y por el crimen nefando de haber matado a Cristo, aunque Cristo fuese uno de ellos, han estado condenados al perpetuo exilio. Los judíos, para muchos estudiosos, son una raza de superdotados, pero nunca habían sido violentos. Se dejaban agredir, perseguir, matar. Les abofeteaban y ponían como Cristo la otra mejilla. Son tan superiores que las palabras más bellas sobre la humanidad de Cristo fueron escritas por los judíos para demostrando su humanidad negar, por consiguiente, su origen divino. Eso ocurrió hasta que las víctimas se convirtieron en verdugos. Se creó el Estado de Israel en un momento de debilidad sentimental y como compensación a la mala conciencia por las víctimas del holocausto. Los países ganadores con su decisión desnudaron a un pobre para vestir a otro. Y los más inteligentes, preparados y cultos dejaron de ser perseguidos para ser perseguidores. Habían sido expulsados de Jerusalén y volvieron muchos siglos después con el firme convencimiento de no abandonar la tierra prometida. Y trocaron la mansedumbre por la violencia. Los vencedores de la segunda guerra dieron un territorio a un pueblo errante. ¿Se trató de un error? Nunca lo sabremos.

Antes de viajar a las dos ciudades donde se puede encontrar la solución del misterio que Bandeiras plantea, creo que lo correcto es realizar un estudio de gabinete para adentrarnos en el conocimiento teórico de los personajes. Lo primero es centrarnos en el personaje central de Bandeiras, en Freud, tan conocido e influyente y a la vez tan misterioso y enigmático. El padre del psicoanálisis, el reconocido médico y fecundo escritor que empezó su caminar científico estudiando a los enfermos aquejados de histeria y terminó descubriendo, inventando, el psicoanálisis. Don Sigmund, en la actualidad, ocupa un lugar de privilegio en el mundo científico. Se puede estar de acuerdo o no con sus teorías, pero ahí está su nombre venerado por unos e ignorado por otros. Sus teorías, antaño discutidas con vivacidad, hoy conocen tiempos menos beligerantes. Tiene la inmovilidad de los clásicos. Nadie discute a Quevedo. Se le lee o se le ignora, pero los odios furibundos que despertaban los partidarios de Góngora y los de don Francisco se han aplacado para siempre porque el tiempo termina con las discusiones vacuas y, para la Historia, con mayúscula, lo importante es la fama, sea esta buena o mala. La fama, sí. La Historia recoge a los virtuosos y a los pecadores. La Historia es amoral y se ocupa de Hitler y de Santa Teresa, de gentes misteriosas como Rasputín, generales nefastos como Francisco Franco o corsos megalómanos como Napoleón Bonaparte. Freud está ahí y los freudianos vieneses o argentinos siguen su metodología. Los divanes, muerto el maestro, siguen escuchando diariamente a millones de seres humanos que confían sus neurosis a desconocidos y siguen sus consejos puntualmente para alcanzar la felicidad o no sucumbir ante la desdicha. Aquel coleccionista de sueños sigue de muerto más vivo que nunca. Naturalmente no siempre fue así. Don Segismundo, dicho en castellano en traducción libre y errónea, para acercarnos un poco más al personaje, solo alcanzó la paz cuando se murió, por una sobredosis de morfina consentida porque le atormentaban los dolores de un cáncer de boca y optó por esta fórmula para marcharse al más allá. No pudo descansar hasta que, al morirse, pudo hacerlo en paz y a pierna suelta. Fue, como todos los que buscaron rutas nuevas, discutido, vilipendiado por propios y extraños. Sus seguidores lo propusieron tanto para el Nobel de Medicina como para el de Literatura, pero en Estocolmo citar a Freud era como mentar a la bicha. Se tenía de él el peor de los conceptos. Entre los compatriotas de la misma raza tampoco levantaba el hombre pasiones desatadas. El talentoso Albert Einstein tenía de él muy mal concepto y, en lenguaje coloquial, diríamos que lo consideraba un extravagante, un charlatán, una especie de cantamañanas. Y es que hay que reconocer que don Segismundo era hombre dificilillo de trato. O conmigo a contra mí, podría ser, tan guapamente, su lema. Estaba rodeado de discípulos que le adoraban y le hacían una fina pelotilla. No había que darle la razón como a los tontos, se le podía contradecir, pero, eso sí, flojito, abundando en la teoría del maestro, avanzando en la tesis del subconsciente, el inconsciente, el yo y el super yo. Los discípulos que le daban demasiado la lata y no estaban de acuerdo con el maestro eran expulsados de su gabinete y se convertían en los más feroces de sus detractores. Y sus detractores, créanme ustedes, eran muchos, formaban legión. Para poder avanzar en sus investigaciones fue variando de procedimiento. En principio sus discípulos, todos hombres, se reunían una vez por semana en el domicilio de don Segismundo y allí, en torno a un café y unos pastelillos, sacaban al azar de una urna el nombre de uno de los asistentes y al que le tocaba tenía que contar sus obsesiones, los fantasmas que le atormentaban, sus pesadillas. No se podía llevar nada preparado de antemano. Al finalizar el monólogo se discutía e interpretaba lo dicho. Estas reuniones fueron variando de procedimiento, pero siempre bajo la dirección dictatorial del maestro que formaba con sus discípulos una gran familia y cuyos allegados fueron los que nutrieron su consulta en los balbuceos del psicoanálisis. Durante seis años, entre bastidores, estaba Bandeiras; era el criado, discípulo, confidente. Don Segismundo fue un hombre bravo y poco dócil. Los judíos en la Viena de los años veinte y treinta no eran bien vistos y cuando paseaban por la calle siempre había un alma caritativa que los insultaba y les decía, con poca finura y escasa educación: «Adiós sucio judío, me cago en tu puta madre». Algunos se hacían los sordos o bajaban la cabeza. Don Segismundo, no. Se liaba a bastonazos y en más de una ocasión regresó a su domicilio luciendo unos hematomas como si fuesen condecoraciones de su guerra privada. ¡Viva don Segismundo, caramba! Nuestro hombre tuvo seis hijos, tres varones y tres mujeres, y solo su hija Ana siguió sus pasos. Empezó colándose en sus tertulias y aunque su padre le ponía mala cara terminó por quedarse. Era tan terca como su augusto padre. Llegó a ser, con el tiempo, una notable especialista en psicoanálisis infantil, con profusa obra publicada. Freud no vio venir el peligro del nazismo. No sintió la amenaza de Hitler. Salió en el último avión que unos admiradores ingleses pusieron a su disposición y lo hizo, sospecho, negándose a escuchar los consejos de Bandeiras, que le aseguraba que a él no podía pasarle nada malo. La familia Freud logró salvar la vida y su criado y mal consejero no les acompañó en su huida, se quedó en Viena y desapareció de la vida pública. Nunca se volvió a saber de él. El tiempo ha pasado y nadie queda vivo de aquel grupo que, asustado, abandonó Viena en el último momento. Pero el tiempo no ha pasado en vano. Los Freud se han multiplicado. En la actualidad he podido localizar a catorce Sigmund Freud que se dedican a la psiquiatría. Sus nietos y biznietos utilizan su nombre como reclamo. Invertí un mes largo en conocer el historial de esos profesionales. Hay algunos que están muy bien considerados y ocupan puestos destacados y otros bastante anodinos. A seis no pude localizarlos a pesar de utilizar todos los contactos disponibles. Me puse en comunicación con ellos y varios, cuatro concretamente, dieron la callada por respuesta. Uno de ellos me facilitó su dirección y teléfono y me invitó a visitarle en La Habana, donde tiene consulta abierta.

—¿Pagarte un viaje a Cuba? Estás loco. Esta editorial hace un esfuerzo gigantesco mandándote a Viena y Jerusalén —me dijo don Álvaro cuando le conté mi plan.

Todo fue inútil. No pude convencerlo. Tiene de mí un buen concepto como escritor pero piensa que, a pesar de mi avanzada edad, quiero irme a Cuba a divertirme, beber ron, fumar puros y confraternizar con las bellas cubanas. Como a pesar de mi insistencia no logré obtener de él ni un mísero euro tuve que echar mano de mis parientes más cercanos para conseguir la financiación necesaria; o sea, eché mano de mis hijos y nietos. Mis hijas se negaron, alegando que mi frágil salud y las inclinaciones a la gastronomía y placeres de la carne podían acabar conmigo en tierra extraña. Mis nietos en cambio se dejaron convencer. «El abuelito quiere irse de marcha. Hay que arrimar el hombro»e, dijeron mis diez nietos en edad de trabajar y entre todos me subvencionaron un viaje ida y vuelta y un hotel de cinco estrellas. No hay nada como tener descendientes en buena posición económica.

Llegué a La Habana una soleada mañana. Ya conocía la ciudad y la encontré, como siempre, bella, destartalada, bulliciosa, alegre. Me instalé en el hotel y desde allí llamé a Sigmund Freud. «Aló», contestó una voz infantil. «Quisiera hablar con el doctor Freud», dije entre nervioso y expectante. «¿Quién llama?», inquirió, esta vez una voz de adulto. Le dije mi nombre y mi interlocutor tuvo que hacer memoria, dijo no acordarse y colgó el teléfono. Le volví a llamar y entonces dijo que sí, que se acordaba. Y, sin más preámbulos, fue directamente al grano. «Dígame, señor, ¿qué es lo que quiere?». «Hablar con usted, con un descendiente del maestro. Estoy haciendo una investigación sobre su abuelo». «No, no, mi bisabuelo», me corrigió. Y después puntualizó: «¿Qué tipo de investigación? De mi bisabuelo se conoce todo. Se han escrito miles de libros. Su vida no tiene secretos». Fui más concreto: «Es sobre la relación que tuvo con Bandeiras, con Ruperto Bandeiras». Sigmund Freud enmudeció. Hasta tal extremo que tuve que preguntar: «Oiga, oiga, ¿está usted ahí?», porque temí que la comunicación se hubiese cortado. Sigmund Freud preguntó entonces: «¿Cómo conoce usted la relación de mi bisabuelo con ese sujeto? Esa relación existió, sí, pero es muy poco conocida. No es secreta, pero está al alcance de muy pocas personas. Es prácticamente desconocida». «Hay docenas de fotografías de Ruperto Bandeiras con su bisabuelo», puntualicé. Dudó un momento y dijo algo que más tarde comprobé que era cierto. «Hay algunas fotos de grupos en que aparece mi bisabuelo y ese señor. Pero no demasiadas». Había, sí, fotografías de Bandeiras y el biznieto tenía razón. Bandeiras aparecía en el entorno del maestro, pero solo en dos ocasiones aparecían juntos. Posaba Bandeiras con su sonrisa característica y Freud con la seriedad del hombre famoso que posa con un admirador que le aborda por la calle.

—Quisiera hablar con usted. He venido de España expresamente para mantener una entrevista que me aclare algunos aspectos desconocidos de esa relación.

Dudó unos momentos y accedió a regañadientes. Me facilitó su dirección y me citó para el día siguiente a las cuatro de la tarde.

—Sea puntual. Le reservaré dos horas de mi valioso tiempo. Le prevengo que cobro por mis servicios a quince dólares la hora. Dólares americanos. No se admiten pesos —y colgó sin despedirse.

Eran las doce de la mañana y no tenía nada que hacer hasta el día siguiente. Qué maravilla. Salí y en la calle del Obispo me compré un par de guayaberas y un sombrero fresco. En el hotel pregunté en recepción dónde estaba la calle donde vivía el doctor Sigmund Freud. La señorita del hotel, una mulata encantadora, consultó con un hombre maduro que estaba a su lado y el hombre le cuchicheó algo al oído. Ella se quedó sería. Y después me dijo.

—Mire señor, el barrio donde vive ese psiquiatra es muy peligroso. Es de lo peor de La Habana. Si tiene que ir le aconsejo que vaya en un taxi de confianza del hotel y con un guardaespaldas además del chofer. Podrían agredirle para robarle.

Me quedé estupefacto. Creía que un descendiente de una notabilidad como Freud viviría en uno de los sitios mejores de la capital y gozaría de un gran prestigio. Que sería uno de los símbolos de la revolución castrista. El hombre mayor, Norberto, al notar mi desconcierto se acercó e intervino en la conversación y me habló con una sinceridad que agradecí con una espléndida propina.

—Caballero, el biznieto del doctor Freud es psiquiatra, como lo fue su padre. Don Sigmund fue un caballero muy respetado en La Habana y su hijo, aunque también ejerce como su papá, hizo la carrera de mala manera, es un borrachín y un bala perdida cuya compañía no le recomiendo. Si va a visitarlo por los motivos que sean le aconsejamos que tome sus precauciones. Nuestro gobierno no quiere que ningún turista sufra algún percance desagradable en la capital de Cuba. Su seguridad es importante.

Y después, me susurró al oído:

—Hay policías de total confianza que, en sus horas libres, hacen de guardaespaldas. Es una actividad permitida, legal y muy segura para la gente sin miedo que por los motivos que sean quieran conocer las partes periféricas de la ciudad.

Asustado, accedí. El precio no era elevado y estaba al alcance de mi menguada economía. A las tres de la tarde del día siguiente un estupendo Buick de los años cincuenta relimpio e impecable estaba a la puerta del hotel. El chofer, un moreno sonriente, me saludó y el policía, otro moreno de mirada huidiza, también lo hizo con toda corrección y, discretamente, me enseñó el revolver que llevaba en la sobaquera. A las cuatro menos diez minutos estábamos delante del domicilio de Sigmund Freud. El barrio no tenía mala pinta. Habían exagerado un poco. No sé si de noche era peligroso, pero de día no lo parecía. Unos niños jugaban al futbol en plena calle y la gente circulaba, hablaba, reía. Los habaneros son muy cordiales y allí serían pobres y delincuentes, pero no les faltaba alegría. El chofer aparcó delante de una casita. En la puerta, de madera sólida, una placa reluciente decía: «Sigmund Freud» y, debajo, «psiquiatra». Llamé al timbre, que sonó con estruendo y una mujer joven y negra como un tizón abrió la puerta, sonrió, y me dijo: «El señor Vilabella, supongo». Yo afirmé con la cabeza y ella, invitándome a pasar, me musitó: «El doctor Freud, le espera».

Entré en una estancia ordenada y sorprendente. Abigarrada y cubierta de fotografías, certificados, títulos, un retrato al óleo de una mujer muy bella con tres niños pequeños. El doctor Freud estaba sentado en un sillón demasiado grande, como un trono, y me invitó a sentarme en una silla algo incómoda. Era un hombre joven, no aparentaba más de veinticinco años, mulato, de pelo rizado pero con una calva que avanzaba a velocidad vertiginosa. Habló con una voz pausada y grave.

—Lo primero, señor Vilabella, tengo que pedirle disculpas por mi descortesía de ayer. Nunca creí que se desplazase usted hasta La Habana para hablar conmigo. Soy, de todos los descendientes de Freud, el más desconocido y maltratado. Prácticamente no existo y ni siquiera el régimen cubano me tiene en consideración. Soy un apestado. Fui cuando era más joven un buen estudiante, pero un borracho. Soy un alcohólico y desde hace cinco años no he probado una gota de ron. Una mujer, mi esposa, me salvó. Desde entonces no he probado el alcohol. No obstante, mi mala fama me precede y vivo en un lugar periférico de la capital y me gano la vida ejerciendo mi oficio honradamente, con unas tarifas ridículas. A usted, que viene de un país rico, le cobro quince dólares la hora, pero a mis compatriotas les cobro quince pesos o no les cobro nada.

Tengo que confesar que su sinceridad y seriedad me desarmaron. Le miré directamente a los ojos y fui escueto y directo.

—Bandeiras. Me trae una investigación sobre Ruperto Bandeiras.

—Pero, tengo entendido que usted es un escritor de relatos y que su curiosidad es solo literaria —replicó.

—Sí. Es verdad. Pero cuando se fantasea con la vida de una persona que existió es preciso ser riguroso y trufarla con datos reales.

Los prolegómenos sobre el personaje que me había llevado a Cuba nos ocuparon durante unos minutos. Al fin, el doctor Freud lo planteó de forma descarnada.

—Tengo la información que usted busca y es, se lo anticipo, relevante y definitiva. Pero no puedo facilitársela gratis. Es importante, pero tiene un precio elevado. Las necesidades en este barrio en que vivo son muchas y es mi deber tratar de paliarlas en la medida de mis posibilidades. Créame, no lo hago por mí, lo hago por mi familia y por mis vecinos, la buena gente que me rodea y que se ve, en ocasiones, obligada a robar para subsistir. El precio es de cinco mil dólares americanos. Y no admito regateos.

Yo también fui franco y directo.

—No tengo esa cantidad y no sé si podré conseguirla. Puedo hacer gestiones y comunicárselo mañana por teléfono.

Se levantó del sillón, me dio la mano y dijo que sí con la cabeza.

Regresé al hotel y llamé por teléfono a Santiaguiño, mi nieto mayor. Y le expliqué el tema. Santiaguiño es un prestigioso ingeniero especializado en inteligencia artificial y me dijo que me transfería la cantidad requerida al día siguiente. Y el dinero llegó puntualmente a mi poder.

El mismo día llamé al doctor Freud e hicimos la transacción. Era definitiva y explicaba el misterio de la identidad e intenciones de Bandeiras con toda claridad. Me quedaban tres días de estancia en La Habana que aproveché. El doctor Freud suspendió sus consultas y me acompañó. Mantuvimos en el hotel interminables charlas que me unieron para siempre a aquel santo laico. Mi curiosidad, ahora que había descubierto el misterio, no tenía límites y estuve interrogándole hasta el último momento de mi estancia en Cuba.

—El documento original, que ahora está en su poder, es una carta, escrita en yidis, que mi abuela se trajo de Viena sin saberlo. El caso es un poco rocambolesco. Venía entre las hojas de un libro de la biblioteca de mi bisabuelo que su hija cogió a última hora de encima del despacho del doctor Freud. Salieron precipitadamente de Viena y solo se pudieron llevar algunos objetos de valor, unos pocos libros, manuscritos del maestro y poco más. Fue una huida precipitada. Mi padre heredó el libro y encontró el manuscrito, pero como no sabía yidis y no era la letra de su abuelo no le dio importancia y me lo regaló. Yo me ocupé de traducirlo y de toda la investigación cuyos frutos están ahora está en su poder. Me llevó tiempo, pero soy un hombre tenaz y con una curiosidad insaciable. Averigüé que el manuscrito era una carta del doctor Gonsalves, el maestro de Freud y con el que hizo sus primeros estudios sobre la histeria. Gonsalves ya había regresado a Río de Janeiro y cuando el dictador Pedralbes, de funesta memoria en Brasil, se hizo primero simpatizante y después admirador de Adolfo Hitler, persiguió a los judíos con extrema violencia y a los judíos homosexuales con más rigor. Y el doctor Gonsalves lo era. En la carta, como usted ya sabe, pide a mi bisabuelo que proteja y acoja al judío Ruperto Palmeiras Fadrique, porque corre peligro y le adjunta la fotografía del pasaporte con ese nombre y le informa que se presentará en su domicilio de Viena en cuanto pueda salir de Brasil. Una simple consulta en Internet me desveló que Gonsalves fue asesinado por los esbirros del dictador un día después de haberle escrito la carta a mi bisabuelo. Nunca supe los motivos del asesinato de Gonsalves pero presiento en la piel que todo gira en torno al traidor y oscuro Ruperto Bandeiras. Ahora le toca a usted terminar la investigación y desenmascarar ante la opinión pública a ese traidor que estuvo a punto de exterminar a todos mis ascendientes.        

Querido Álvaro: Te adjunto la nota de gastos de mi reciente viaje a Viena. Fue todo un éxito, aunque me tuve que gastar dos mil euros de mi menguado patrimonio. Realmente fueron mis nietos los que me sacaron del apuro. No conocía Viena y la capital austriaca me pareció fascinante y bella. Pero fría, hacía un frío que penetraba hasta los huesos. El contacto me lo facilitó mi amigo, el veterano periodista de investigación Crescencio Aguado Ventosinos. «Él tiene lo que buscas y te dará una fotocopia si le das un par de miles de euros. Pero, eso sí, tienes que buscarle una coartada para que no aflore por ningún sitio el dinero negro. En cuestiones fiscales los austriacos son unos águilas y a él lo tienen muy vigilado», me advirtió mi amigo. Le dije que bueno, que conforme, que ya pensaría cómo facilitarle esa coartada. Crescencio continuó la conversación: «Ahora está arruinado y malvive de las informaciones que obtuvo cuando trabajaba en la Gestapo. Es un cínico y un nazi redomado, pero un pozo sin fondo para los periodistas de investigación. Lo tiene todo microfilmado y enterrado en diversos lugares de Austria. Ya tiene preparado tu dossier. Me dice que está escrito en yidis, pero que te facilitará la correspondiente traducción y unas fotografías reveladoras de su autenticidad». A mis preguntas y por la extrañeza que me producía la impunidad del nazi de la Gestapo, Crescencio se echó a reír. «A pesar de que sean crímenes contra la humanidad que no prescriben nunca, eso es papel mojado. Si hubiese que juzgar a todos los nazis austriacos no habría cárceles suficientes. Casi todos lo eran. Se impartió una justicia de puro maquillaje y se olvidó lo demás. Los valses siguen siendo los mismos y el baile tiene que continuar». Crescencio me facilitó la dirección de la cervecería, el nombre del camarero español que podía atenderme y me dijo que él me llevaría ante el sujeto de la antigua Gestapo que me vendería la información. «Si te repugna el tipo no te preocupes, ni siquiera vas a tener que estrechar su mano. Él dice que era, por aquel entonces, un administrativo sin relevancia alguna y que estaba en el archivo. Pero vete tú a saber. A lo peor es un asesino».

Hice el viaje y todo sucedió como me había prometido Crescencio. Fui a la cervecería, hablé con el camarero español que me llevó a una mesa en la que estaba sentado el nazi. Era un hombre alto de pelo rubio, posiblemente teñido, vestía de forma desaliñada y se mantenía en forma a pesar de sus ochenta y tantos años. Habla un español rudimentario, pero se hace entender. Me explicó que tenía algunos clientes de España y que el negocio de la información secreta y reservada funcionaba de una forma muy concreta conocida por todos. La lealtad es esencial y las referencias imprescindibles. «Usted viene recomendado por Crescencio y si me traiciona o hace un mal uso del dosier que le facilito cortaré en el futuro todo el contacto que mantengo con nuestro común amigo para que él sufra las consecuencias de no saber de quiénes se puede fiar. Este es un mercado marginal y en él existe menos violencia de lo que se podría pensar a primera vista. Aquí se compra y se vende, se comercia entre personas que se tienen confianza. Solo si aparece un infiltrado que trata de desbaratar el tinglado se procura hacerle callar por el método que sea. Incluso se llega al asesinato», comentó y mientras lo hacía me miraba directamente a los ojos. Le dije que estaba de acuerdo, que le procuraría en mi relato una coartada que lo mantuviese al margen, pero el astuto nazi no se quedó tranquilo y me exigió garantías. «Es usted escritor. Pues bien, escríbame cómo justificará que este dosier ha llegado a sus manos para que las autoridades austriacas no puedan relacionar nuestra conexión. Se lo prometí y antes de hacer la operación me fui al hotel y en unas horas escribí un hipotético viaje a La Habana, me inventé un descendiente de Freud, un mulato psicoanalista que ejercía en un barrio periférico de La Habana. Al día siguiente le entregué dos mil euros y él, después de leer atentamente la coartada, me entregó el dossier que desenmascara a Ruperto Bandeiras el traidor que se infiltró en la familia de Sigmund Freud y estuvo a punto de terminar con su vida y la de toda su familia.

El pasaporte, cuya fotografía te adjunto y que fue expedido legalmente en Brasil cuando el dictador Pedralbes estaba en el poder y mantenía unas óptimas relaciones con Hitler, quiere hacer creer a Freud que Bandeiras se llamaba Ruperto Bandeiras Fadrique. Y en ese pasaporte, en el que figura la fecha de salida del aeropuerto de Río de Janeiro, radica, a mi juicio, la clave del misterio. Recapitulemos si te parece: Sigmund Freud recibe una carta, escrita en yidis, en que se anuncia la llegada de un judío brasileño perseguido por un dictador sanguinario. A los pocos días aparece en su domicilio de Viena un joven asustado que le pide ayuda. Freud no tiene dinero, cuenta con una familia numerosa a su cargo y, no obstante, no se puede negar a lo que su maestro Gonsalves le pide, porque tiene con él una deuda de gratitud. El joven es amable, sonriente, chapurrea el alemán con soltura y el maestro le acoge y le ofrece quedarse en su casa. O sea, Bandeiras consigue su objetivo. Deduzco que Ruperto Bandeiras, que posiblemente pertenezca a la Gestapo, tiene un objetivo más amplio que vigilar al inventor de la psiquiatría. Desde ese punto de observación y sin levantar sospechas puede husmear y obtener listas de judíos que no figuraban como tales, de simpatizantes de la raza odiada. El holocausto ya se fraguó mucho antes de que Hitler consiguiese el poder. ¿Quién era en realidad Ruperto Bandeiras? Nunca lo sabremos con absoluta certeza. Es posible que fuese una mezcla de brasileño y alemán. Era un hombre oscuro pero muy inteligente. No solo logró engañar al maestro, además consiguió escribir un libro que todavía es un éxito y figurar entre los psicólogos más reconocidos como el descubridor del complejo de superioridad. Qué gran falsario fue ese personaje sobre el que se conocen unas realidades que son falsas y no sabemos detalles de su vida que fueron mentiras. El personaje desaparece, se esfuma, en cuanto Sigmund Freud sale de Viena. Naturalmente Bandeiras no tuvo que viajar a Brasil para obtener su pasaporte con la fecha de salida del aeropuerto de Río de Janeiro. Todo fue una auténtica falsificación facilitada por los servicios secretos del dictador brasileño, admirador de Hitler al que imitaba y complacía. Esta historia, mi viaje a Viena y los magníficos resultados obtenidos no pueden figurar en el Breviario, pues dejaríamos en evidencia a mi amigo Crescencio. Para no ponerlo en peligro publicaremos el falso viaje a La Habana. Lástima que no podamos hacerlo. Voy a descansar un mes y preparar el viaje a Jerusalén. Voy a procurar llevar alguna carta de presentación para tratar de conseguir algún resultado positivo. Te mantendré informado de todo. Un abrazo.

El viaje a Viena, la excitación que produce el comerciar con un nazi para obtener unos papeles secretos, me dejó agotado física y mentalmente. A mis ochenta y tantos años y con una mala salud de hierro tardé unos días en recuperarme. Dormí muchas horas, pero atormentado con pesadillas en que era perseguido por unos pistoleros que querían acabar con mi vida; al final lo conseguían, y un servidor aparecía empalado en la Plaza de la Escandalera de Oviedo. Mi existencia ha sido plácida y sin altibajos y nunca había tenido unas experiencias tan insólitas a una edad tardía. Eso se vive de joven no de anciano y en estado casi comatoso. Un escritor dedica miles de horas a la escritura y otras tantas a la lectura. Eso unido a mi afición a la gastronomía me han convertido en un señor bajito, obeso, calvo. Soy, mal comparado, como una inmensa albóndiga con piernas. Una vez recuperado empecé a pensar en cómo afrontar el viaje a Jerusalén. No podía presentarme allí sin alguna carta de recomendación y moverme como un tonto entre judíos y árabes. No iba a hacer turismo; mi propósito era descubrir los motivos que hicieron pasar unas horas de desasosiego al señor Leví, el primer presidente que tuvo el Estado de Israel. En principio no se me ocurrió nada y me parecía que no podía abusar de mi amigo Crescencio. Con el enorme favor que me hizo era suficiente. Lo comenté con un compañero de tertulia, con Silvestre Hernández, perito agrícola, coleccionista de sellos, aficionado al submarinismo y persona servicial y atenta. Él me sugirió que hablase con su tío Raimundo Cajigal, que había pertenecido al Servicio Secreto español y vivía retirado en Gijón. Se brindó a acompañarme y allí nos fuimos los dos en el coche de mi amigo. Don Raimundo vive enfrente mismo de la playa de San Lorenzo en un piso grande. Al entrar en el domicilio un fuerte olor a mierda nos echó para atrás. Vive el hombre acompañado por su hermana Virtudes, dama soltera y posiblemente entera, de edad avanzada. Cada quince días aparece por allí una asistenta que los asea, les prepara comida para toda la quincena y ordena la casa. Nosotros llegamos el día catorce y aquello estaba convertido en una cochiquera. Doña Virtudes, que ya chochea, gritaba que quería sacarse el carnet de conducir para ser camionera y se paseaba por la casa en camisón y nos enseñó, entre grandes risotadas, sus vergüenzas; y lo hizo, la buena señora, sin ningún pudor. Don Raimundo Cajigal es un octogenario que razona bien pero que, de pronto, se queda dormido, echa un sueñecito en que incluso ronca y a los pocos minutos se despierta y continúa sin perder el hilo la conversación. Nos recibió muy cariñoso y cuando su sobrino le dijo que yo iba a viajar a Israel y lo que quería, muy servicial se prestó a ayudarme. Nos invitó a pasar a su despacho, que también olía fuertemente a excrementos humanos y nos acomodamos como pudimos en un sofá mugriento y él se sentó ante una máquina de escribir y, después de unos segundos de meditación, escribió una carta para un colega suyo que vive en Jerusalén. La carta, muy bien redactada, por cierto, estaba impregnada de un olor nauseabundo. Salimos de allí contentos y nos fuimos a comer; le invité para agradecerle de alguna manera su ayuda incondicional. La carta seguía oliendo mal y su perfume absolutamente repugnante se fue esparciendo por todo el local. Los comensales se tapaban la nariz y una señorita rubia vomitó y su acompañante se dirigió a nosotros y, pensando que mi amigo Silvestre se había ensuciado en los pantalones y encima sonreía, según su criterio de manera chulesca, le propinó un fuerte puñetazo que le dejó un ojo morado. Nos echaron del local a empellones y llamándonos cerdos, marranos, comemierdas y otras lindezas; incluso hubo comensales que llevados por la ira se acordaron de nuestras difuntas madres injuriándolas con soeces insultos totalmente falsos, ya que puedo asegurar que la mamá de mi amigo y por supuesto la mía nunca, jamás, fueron pupilas de casas de lenocinio. Regresamos en el coche de Silvestre a Oviedo con las ventanas del automóvil abiertas de par en par a pesar de que estábamos en invierno, nevaba ligeramente y el frío atroz nos hacía tiritar cual hojas zarandeadas por el viento para tratar de soportar al olor a mierda de la carta que portábamos. Silvestre me propuso desprendernos de ella, pero yo me negué de forma terminante porque presentía que me sería muy útil en el futuro, como así sucedió. Mi amigo, que es mucho más joven que yo, rondará los sesenta y practica y además con éxito la halterofilia, resistió bien, pero yo estuve a punto de irme al más allá porque cogí una pulmonía de la que tardé en recuperarme más de dos meses. Estuve con un pie en la tumba y a punto de introducir el otro y ahora, ya dado de alta, me preparo para viajar a Israel. Naturalmente la carta de presentación la llevo envuelta en plástico y espero que cuando se la entregue a su destinatario el olor se haya disipado. Dios lo quiera.

Viajé a Jerusalén en perfecto estado, pensando, como buen optimista que siempre he sido, que si me acompañaba la suerte podía descubrir el último enigma que el relato inacabado Bandeiras, había planteado. Soñaba con terminar, al fin, la aventura, el relato y el libro.

El destinatario de la carta, cuyo nombre no diré por cuestiones obvias pues es un agente del Mosad en activo, es un caballero de aspecto anodino. Tan anodino que sería incapaz de describirlo. No es ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni guapo ni feo. Puede pasar inadvertido y por momentos, si permanece quieto y sin mover ni un músculo, se puede mimetizar con el entorno e, incluso, si fuese necesario, hacerse transparente. Corté con una tijerita los plásticos en que había envuelto la preciosa carta de presentación y, lamentablemente, pude comprobar que había permanecido tal cual la envolví. El fuerte aroma le produjo al destinatario una fuerte impresión y exclamó.

—¡Sin duda es de Raimundo Cajigal, huele a mierda!

Sacó del bolsillo unas pinzas que se colocó en la nariz y leyó la carta del espía español.

—El bueno de Raimundo, qué gran persona. Pero guarro y maloliente como ninguno en el gremio. Le llamábamos El Cerdo —musitó con cariño y añoranza.

Le expliqué lo que quería y él, atento, tomaba nota en una libretita de los datos que precisaba para terminar el relato.

—Creo que no habrá ningún problema. Por los años transcurridos debe de estar ya desclasificado, no para el gran público, pero sí para los miembros del Mosad y para los investigadores especializados en la historia del judaísmo o del Estado de Israel. En tres o cuatro días podré darle noticias concretas. Todo sea por el enorme afecto que siento por El Cerdo.

Desapareció de forma repentina. Tan sigiloso como había llegado. Como no tenía nada que hacer me dediqué a merodear por la bella ciudad de Jerusalén. Estuve en el Muro de las Lamentaciones y aproveché la ocasión para quejarme de los dolorosos cólicos nefríticos que he padecido a lo largo de mi vida y de los pertinaces ataques de lumbago que he tenido que sufrir en mi dilatada existencia. Mis quejas iban dirigidas a Jehová, el dios de los judíos. Le prometí que si me los quitaba de raíz dejaría el catolicismo y le adoraría a él, pero tengo que confesar que ni Buda, ni Alá ni Jehová me han tenido nunca en cuenta. No me han hecho ni caso. Oyen mis plegarias como el que oye llover. A mayor abundamiento los achaques se agudizan cada día un poquito más. Por ese motivo soy un escéptico y creo que arderé en cualquier infierno de las cuatro religiones más importantes del planeta. O arderé eternamente en los cuatro, vaya usted a saber. A los seis días apareció sigilosamente mi amigo del Mosad y me entregó un sobre con los datos que precisaba para terminar esta historia, no sin antes desearme un feliz retorno a Oviedo y transmitirle un fuerte abrazo para su amigo don Raimundo, El Cerdo, al que recuerda con enorme cariño.

Querido Álvaro. Te adjunto la nota de gastos de mi viaje a Jerusalén y también te explico lo que mi contacto del Mosad me dice sobre el tema que nos ocupa. Antes de dar por terminado el relato y el libro me gustaría hacer una reflexión sobre cómo una ficción puede desembocar en unos hechos reales de trascendencia histórica. Es un tópico decir que lo literario se mezcla con la vida, se complementan, se entrecruzan y se confunden. Te confieso que ahora que he llegado al final no sé lo que es real y lo que forma parte de la fábula. Como este relato fue escrito a salto de mata, con interrupciones constantes por mi estado de salud y mi memoria ya no es lo que era, reconozco que soy incapaz de deslindar con claridad dónde empieza la ficción y dónde pisamos el terreno firme del mundo real. Tengo encima de mi mesa el libro de Ruperto Bandeiras y las fotografías en compañía de su maestro y amigo/adversario. Aunque Bandeiras era un nazi era también un ser humano y no dejo de pensar que, aunque lo traicionó como era su deber pues sus jefes lo colocaron allí para tal fin, debió crecer en conocimiento del ser humano al convertirse, durante los seis años que vivió en su compañía, en un escritor y en un hombre de ciencia. El trato cotidiano con un genio del pensamiento como Sigmund Freud tiene que ejercer una influencia beneficiosa que debió marcarle de forma indeleble y hacerle reflexionar. Ahora sé y dentro de unas pocas líneas tú también conocerás, que Bandeiras solo medio existió y digo medio porque Ruperto Bandeiras es real para la literatura y la ciencia. Es el descubridor del complejo de superioridad y el autor de un bestseller, Las ventajas de la mediocridad, que todavía puede adquirirse en las librerías en la sección de libros de auto ayuda. Esa realidad incuestionable sobre Bandeiras lo convierte, después de su muerte, en un ser que resucita cuando se estudia su versión de un complejo o se lee su tratado. Bandeiras vive aunque ya no viva y es, posiblemente, el hombre que vive sin haber vivido nunca. Lo que te cuento es paradójico y sorprendente. El nombre real de Bandeiras fue Román Fischer Weber, un hombre inteligente, brillante, de maldad acreditada que según he podido saber por el informe que te adjunto, desapareció después de la huida de la familia Freud a Londres. Es tristemente famoso por sus tropelías en varios de los campos de concentración nazis y su cara, cuando asesinaba y maltrataba a los prisioneros a su cargo, fue recordada con terror por los escasos sobrevivientes. Román Fischer, conocido también como la Bestia de Dachau o el Demonio Weber, figurará para siempre en los anales del mal. Creo, después de reflexionar sobre este tema, que la bondad es frecuente, está dentro del ser humano, pero yo no sabría definirla, aunque sé detectarla. La bondad de los santos no la entiendo. Los santos son incómodos y tienen un no sé qué de locos que me asusta. La bondad se puede encontrar en el hombre corriente, pero, casi siempre entreverada con una pizca de egoísmo, una porción de disimulo. La bondad sin fisuras, en estado puro, se suele comparar con la simpleza de los cretinos. La bondad es finita, es un producto que se adultera para hacerlo humano, mientras la maldad no tiene fondo ni límite, es un océano profundo, sin fondo; la maldad puede ser infinita. La maldad de Román Fischer Weber lo era. El presidente Levi, antes de hacer caso a la denuncia del español Antonio Álvarez Álvarez, ordenó hacer una auditoría para saber si la actuación de Ruperto Bandeiras había sido correcta. No se encontró ninguna irregularidad. Todo era perfecto. En los años que ocupó su puesto trabajaba de sol a sol con una eficacia absoluta, una eficacia propia de los germanos. ¿Y qué dice el informe sobre Álvarez? La realidad es aquí novelesca. Cuando sale de España por temor a las fuerzas del eje y pensando que Franco comenzaría la persecución de los judíos, que junto con los masones eran una de sus enfermizas obsesiones, es acogido, en Brasil, por el profesor Gonsalves, el gran amigo y maestro de Sigmund Freud y se convierte en su amante. Él está allí cuando los esbirros del dictador brasileño, de Pedralbes, obligan a Gonsalves a escribir la carta de presentación para Ruperto Bandeiras; está escondido en un armario que los matones del dictador no registran y lo escucha todo, aterrado oye cómo le dictan la carta, cómo lo asesinan y se llevan su cadáver para hacerlo desaparecer. Lo oye todo y puede observarlo desde una rendija del mueble, un armario ropero desvencijado. No se sabe cómo Álvarez llega al Estado de Israel un tiempo después de su fundación y las penalidades que tuvo que sufrir en Brasil en aquellos tiempos difíciles. Álvarez dice la verdad y la defiende con vigor. Sabe que el que dice ser el hijo de Bandeiras es un impostor y está en lo cierto. Y cuando se entera de que ocupa un puesto vital en el organigrama del poder sospecha que está trabajando para los enemigos del judaísmo. El informe del Mosad resuelve el enigma, pero hay cosas que tenemos que suponer, que dejan en el aire, que nunca se confiesan. Cuando se habla, en términos policiales, de «hábil interrogatorio», tenemos que suponer tortura y cuando se escribe «desaparición sin dejar rastro» hay que traducirlo como ejecución sumarísima. Se estaba formando un Estado y eran tiempos turbulentos. ¿Por qué el que dice ser el hijo de Román Fischer Weber se refugia en el Estado de Israel con el nombre de Bandeiras y reniega públicamente de su padre? Deduzco porque no tiene otro sitio dónde ir y deduzco también que el que dice ser el hijo de Bandeiras es el verdadero Bandeiras, es Román Fischer Weber. Ha odiado tanto a la raza que masacró que, en cierto modo, se ha convertido en uno de ellos, o al menos en su reverso. Lo sabe todo de sus debilidades, habla yidis con suma corrección, se desfigura la cara con ácido para no ser reconocido por los sobrevivientes de sus crímenes y sobrevive unos años metido en la boca del lobo y lo hace disfrazado de cordero. Y allí, trabajando de sol a sol, es feliz. Me imagino a un Bandeiras vencido, ensangrentado, interrogado y reconocido por sus víctimas. Seguramente fue ahorcado al amanecer de una forma sórdida, sin solemnidades. Él, acaso, pidió ser fusilado como un soldado, pero le fueron negados los honores militares. Solo era un asesino y sus cenizas no fueron arrojadas a un río. Se le negó la simbología poética e imagino que un subalterno las depositó en un retrete y después, con desprecio, tiró de la cadena. Y aquí termina el relato de Bandeiras, la historia de un hombre que nunca existió y que, no obstante, figura en los anales científicos y literarios. Por favor ingrésame inmediatamente la nota de gastos que te adjunto. Como siempre estoy muy mal de dinero.


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de Asturias, La Nueva España, El Comercio, El Progreso, Dunia, El Extramundi, Gastronómika, Abc, La Voz de Galicia, Heraldo de Aragón, El Periódico, Lar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesos, Delirios gastronómicos, Gastromanía, Cocinadeasturias, Los humoristas, El crimen de don Benito, Cuerda de santos, infames y profetas, Teoría del insulto en Asturias y El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Recientemente ha publicado Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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Cultura

Corazón de tinta

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

Rodrigo Olay (Noreña [Asturias], 1989) es doctor en investigaciones humanísticas (literatura española) por la Universidad de Oviedo y autor de los libros de poemas Cerrar los ojos para verte (Oviedo, 2011, Premio Asturias Joven y Premio de la Crítica Asturiana), La víspera (Sevilla, 2014, de nuevo Premio de la Crítica Asturiana) y Saltar la hoguera (Madrid, 2019, Premio Jaén).

Rodrigo Olay

Ha sido incluido en las antologías Siete mundos: selección de nueva poesía; Re-generación: antología de poesía española (2000-2015); Nacer en otro tiempo: antología de la joven poesía española; Mucho por venir: muestra consultada de poesía asturiana (2008-2017) y Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997). Es colaborador de la revista Anáfora.

Además del Olay poeta está el Olay Valdés filólogo, especialista en el siglo XVIII, fallido líricamente. Se pueden rastrear sus investigaciones literarias en Google Académico. Por su edición del tomo VIII (880 páginas, 140 introductorias) de las obras de Benito Jerónimo Feijoo, el padre Feijoo (al que dedicó su tesis doctoral), donde se reúne su poesía completa (reseñada por Luis Alberto de Cuenca en Abc), fue distinguido con el premio anual de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII. Olay logró recuperar 37 poemas inéditos del fraile benedictino y fijó su corpus en 131 composiciones.

En una reseña publicada hace poco en EL CUADERNO sobre la última de las antologías citadas, la de Miguel Munárriz, escribí algo que vuelve a venir a cuento:

«Rodrigo Olay acaba de conseguir, con su tercer libro, un accésit del Adonais. Es el prototipo del poeta-profesor […] Reconoce que siempre se ha sentido atraído por esa figura. Bueno, el dice doctus poeta y es que se nota esa condición didáctica y docente. […] Para definir la poesía echa mano de Wordsworth, Coleridge, Auden u Ory, y recalca la importancia de las “lecturas de formación” hasta el punto de defender, sin empacho, que “quienes saben de poesía son más los filólogos que los poetas”. Sus “eruditerías” sorprenden. […] Otra predilección confesa: “las líneas figurativas”, las “corrientes realistas”».

El aludido accésit es ya su cuarta entrega: Vieja escuela y, según el jurado, lo consiguió «por la fértil interacción de vida y literatura, sustentada en una gran variedad de registros y en un sobresaliente dominio y actualización de la dicción clásica». Lleva en la portada dos fechas: 2009-2020. Entre ambas, Olay ha dado a la imprenta sus tres primeros libros.

Lo abren cuatro citas y solo son las primeras de una numerosa serie de epígrafes que confirman su sólida vocación lectora. Para seguir con las pistas, del Cancionero de Baena, Garcilaso, Lope y Lausberg, el filólogo alemán especializado en retórica, del que toma estas palabras, verdadero lema de este libro: «La unidad superior al poema es la vida». Sí, recurriendo a composiciones estróficas clásicas, que se renuevan o actualizan —sobre todo, gracias a la sintaxis—, todo va sustentarse y debatirse entre el elaborado artefacto literario que cada poema representa y la sencilla verdad que se embosca en su significado. Hablando de verdades, la del amor es tal vez la más omnipresente, ya sea con respecto a una mujer (léase «Dedicatoria»: «la mujer que elegí, que me eligió»), la familia o la amistad. Raro es el poema que no está dedicado.

La estructura del libro obedece también a un decidido ejercicio de perfección y virtuosismo. En «Obertura: Roda», «España 2019». La realidad. El presente. «Los versos no alcanzan, nunca alcanzan». Cita a Cetina. «Contra todo tú solo, contra todo,/ mi vieja escuela y siempre medicina».

«Quizá yo» reúne cinco poemas. Cada parte o serie temática va a contener ese número exacto de composiciones. En esta prima, el título es elocuente, el yo. Lo autobiográfico es inseparable de estos versos. En «Personalidad múltiple» juega con las diferentes maneras que tienen de nombrarle, cómo le llaman unos u otros.

En «Buenavista» aparece su abuela Gelina. Con ella, el niño y el miedo y el lobo y el padre.

«Siempre he creído que iba a morir joven» es un poema central. Ahí, la enfermedad. De la piel, según entiendo, pero que le afecta a la vista. «Yo me iba a morir». «Mis cataratas a los treinta años». «El niño del milagro». El superviviente, en suma. En «Apunte» leemos: «Yo, que siempre parezco estar muriendo».

«Víctimas» es otro poema muy significativo (cita a Gamoneda y Carnero: «La verdad acontece con el daño»). De nuevo, el niño. Y el dolor. Y los otros: «Fue su amor sin porqué, como la rosa». Antes, confiesa: «La enfermedad […] nunca me dio bondad». Termina: «Yo mismo puedo ser peor que yo».

«Llama única» (o del amor) comienza con «La caricia del alba»: «Otra vez que amanece y no he dormido». Porque ha estado escribiendo, «esclavo entre letras».

«En voz queda», «canta, canta, canta, que te mire». El amor y el bíblico Cantar de los Cantares.

«Iberia 0479» es un buen ejemplo de cómo la sintaxis actúa como fuerza esencial de esta poesía que, sin remedio, a pesar de su carga retórica, no deja de ser actual, de este tiempo.

En «Media vida» recuerda a Félix Grande y escribe un feliz verso que ya he citado alguna vez: «y es dulce conmorir con quien se ama».

La serie «Álbum» empieza con «Urueña», la villa castellana de los libros. Con los amigos, «a la busca de viejos libros libres».

«Neuvic» es otro texto significativo. Técnica, lenguaje, soltura. Se imponen las minúsculas. «Si tengo todo el tiempo por delante/ tengo todo el espacio por delante». Su último verso: «juro que amé la vida y que me amaba».

Los recuerdos de la primera juventud afloran en «Pavía». Maestros y discípulos. Clases y alumnos.

«La Vega» nos lleva a la casa familiar («que es todo lo de entonces»), al campo. «Sólo quiero una cita./ Solo verla otra vez./ Solo ver otra vez a mi abuela Jovita». «¿Quién va a arreglarlo todo ya sin padre?».

«Regnum Asturorum» aterriza aún más en la actualidad y en su tierra: «He heredado el pavor a la pobreza,/ niño de la bonanza». Al fondo, sí, Ben Clark y Rocío Acebal. Himnos generacionales. «¿Mi país ha proscrito la esperanza?».

«Intermedio: Oda» contiene el extenso y logrado poema «Foncalada». El amor, la pandemia, 2020.

«Enunciados informativos» gira en torno a la escritura y sus márgenes: «escribo y quien yo quiero sigue vivo».

Revelador resulta el poema «»Acusado por los críticos literarios de…» (En efecto, otra cita de González)». Tras desvelar los nombres de sus presuntas influencias, irónico proclama: «¿Y el dolor? En mis poemas/ solo es mío lo peor».

En la misma tónica, «Canción de los exiguos antiguos y de los hodiernos modernos (Informe informe) o La generación del 89», que, por si era un título corto (de premeditado aire novísimo), subtitula: «(Nueva «Oda a los nuevos bardos»)» (en referencia al conocido poema de uno de sus maestros, recién mencionado: Ángel González). Empieza: «Sí sé que los Antiguos siempre pierden». Es, sin duda, uno de los más divertidos del conjunto, claves mediante.

«Autografía» y «Poética» dan vueltas al asunto de qué y por qué se canta.

«Prolegómenos a una brevísima historia personal de la literatura» incluye «Ítaca», una nueva vuelta de tuerca al tema homérico con algún alarde («que amar a mar amarga sabe al cabo») y no pocos versos certeros: «—Nosotros, Nadie, acaso tú: cualquiera—. “Tal vez Ítaca  esté donde no estés”».

En «Burdeos» recurre al romance. «Yo doro grial» es una sextina que podría haber escrito Cirlot.

En esta parte (y en el resto del libro) menudean, ya que de influencias hablamos, se apuntó hace un momento, los homenajes, más o menos velados, a algunos novísimos o, mejor dicho, a la poesía que aquellos poetas, castelletianos o no, idearon. Guiños culturalistas, cierto exceso verbal, por ejemplo. Eso no impide afirmar que, ya se anotó, es a la poesía figurativa de los ochenta (sin olvidar la lectura de la del cincuenta realizada por aquella tendencia) a la que la poética de Olay se mantiene más fiel.

«El don de la mirada», la última serie, se abre con «Yann Tiersen», poema de un solo verso: «La máquina del tiempo está en la música». «Lluvia fina» agrupa diez haikus. En «Cementerio marino (epitafio)» leemos: «Era yo lo que eres.// Tú serás lo que soy».

En «Final: Coda», «Corazón de tinta»: «Un día entenderás, y será tarde,/ que sé que es solo verso lo que arde/ y que toda mi sangre está en mi obra». La última o única verdad de este libro que concluye con «Envío».

Ya en «Dedicatoria» se explicaba: «Yo solo sé de mí que amé vivir,/ que alegría se impuso a enfermedad,/ que supimos medirnos con el miedo/ e intenté merecer lo que tenía». Lo demás…

IMAGEN DE PORTADA: De romería en Carreño, de Nicanor Piñole


Personalidad múltiple

A Adrián J. Sáez

«—¡Afuera, afuera, Rodrigo,
el soberbio castellano!».

ROMANCERO VIEJO

«RO» en casa, en los de cerca,
si contigo.
«Ruy» para Luis Alberto, Adrián y Ara.
«Rodri» según quien quiere, pero no.
«Rolo», mi hermano Ángel.
«Rodro» en el Instituto,
«Rodrigo» desde siempre
―yo rimo, respetadme,
con «amigo» y «abrigo»
y también, pocas veces, con «castigo»―.
«Rodríguez», en Dublín.
«Rodrigo Play», el autocorrector
y hasta «Rodrigo Okay».
«Olay» en los congresos.
«Eloy», los despistados
(y Eduardo San José).
«Rudericus», Carreira.
«Olay adiós», Bonilla.
«Olayton», D. Fernández.
«Roderick» en Cerrar
los ojos para verte.
«Olay Total Effects»
para Javier García
Rodríguez y una vez «Ciudad Rodrigo».
«Tolay» según Martínez y «Julay»
a mis espaldas ―digo; no lo sé―.
«ROlay» pone mi firma, esto sí es claro;
«Rodrigo Olay Valdés», mi dni.
Y en algún lugar, dónde,
quizá yo.

Siempre he creído que iba a morir joven

«Hay motivos abondos pa la celebración».
X. BELLO

SIEMPRE he creído que iba a morir joven.
Pero ese es otro tema.
Yo me iba a morir.
He tardado en saberlo. Pero yo he sido lento para todo. Era algo así como una sensación.
Los déjale que estudie cuando el tiempo de siega (mis hermanos pequeños laborando), ni encendido un fogón ni planchar cuándo ni empuñar qué herramientas de mi padre.
Como ofrendas tardías a los dioses.
Quizá recién nacido. Nadie me lo ha contado, pero a veces. El surco, el surco atónito. El miedo entonces cuánto. «Su enfermedad comporta con frecuencia…». «La piel se abre en…». «Hay riesgo de ceguera» (mis cataratas a los treinta años).

Mi rostro que es el rostro de mi padre y el rastro de una herida.

Pero el amor, antiguo como el fuego. El amor, sin respuestas.
Eso fue.

Paola, Enrique, Ángel, Martín. Nuria.
Justo, Mari, Natalia. José, Carla.
Angelina, Jovita, Rigo. Qué
invisible conjuro.

Yo me iba a morir,
pero ya nunca.

El niño del milagro.

Iberia 0479

Para los príncipes del alba
SI tú no fueras tú, ni yo entre ti,
quisiera ser como ellos dos, como ellos
portar blando calzado deportivo
con majestad, como si de oro blanco,
y un suave tatuaje en la muñeca
y viajar con maletas diminutas,
y ropa fina, jóvenes sin frío,
de tejidos sutiles que poder
vestir durante varias noches ya que
sus pieles nunca ensuciarán colores.
Y ser, como él, flexible porque agua,
y, como ella, rotunda porque luna
y en ella leggins cuando en él sus Levi’s.
Y no ser yo, no yo, no quien se abisma
mirando el cielo rápido, los píxeles
que hacen la noche-noche noche azul
las nubes como nieve suspendida,
la plata larga de los ríos frágiles
en el amanecer de la aerolínea.
No ser quien va diciéndose despacio,
buscando las palabras que se aman,
recordando tus pies entre mis muslos,
abrazando el silencio de la noche
con esta manos que parecen cuero
cuarteado de tierra de Castilla
mientras la nave rompe el aire, el aire,
mientras el día crece grado a grado.
Quisiera ser, como ellos dos, qué otro,
si no fuera por ti, por mí contigo.

Media vida

«Ahora, señora, compañera vieja,
ya medio siglo hablando en esta reja
por entre tantas lágrimas riyendo».
F. GRANDE

NO puedo, como Félix Grande, aún
llamarte «compañera vieja», pero
quiero
decirte que lo espero y que según
cumplimos años ―porque son por ti
los de mi media vida―,
sé mejor que no habrá nunca salida
del día que tus ojos negros vi.
Convivimos el pan, la luz, el lecho,
compartimos el techo,
y es dulce conmorir con quien se ama.
Nos esperan tú y yo tras la frontera
de sernos compañeros, compañera.
Amor, la llama única. Amor, la única llama.

«Acusado por los críticos literarios de…» (en efecto, otra cita de González)

A Julio Rodríguez

QUE si Borges, que d’Ors gotas
de Juaristi, que si injerto
de Carnero o Luis Alberto,
que si Piquero o si Botas,
que si hoy tocan los Machado
y callo, aunque no he acabado.
Lo habéis dicho hasta el sopor:
venga formas, venga temas…
¿Y el dolor? En mis poemas
solo es mío lo peor.

Corazón de tinta

A Carlos Iglesias Díez

«Esa luz que ilumina los semblantes
cuando saltan la hoguera».
M. Á. Velasco

NO mirasteis mi piel cuando desnudo
me quemaba en la hoguera
y pensasteis que un juego todo, que era
literatura y más litera… Pudo
ser así alguna vez. Ya no. Aunque, crudo,
dije lo que más daño, aunque perdiera,
visteis cita tras cita… Alta escombrera
de letra muerta. Bien. Como si mudo
puedo estar más tranquilo, en paz: el llanto
que mana de mi mano, miedo y canto,
quedará entre tú y yo, tú y yo. Me sobra.

Un día entenderéis, y será tarde,
que sé que es solo verso lo que arde
y que toda mi sangre está en mi obra.


Vieja escuela
Rodrigo Olay
Adonáis, 2021
110 páginas
10 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Cultura

La moral sexual de las plataformas digitales y la reencarnación de Carlomagno

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En estos tiempos de obligado encierro, he tenido ocasión de visionar innumerables series de las que ofrecen las plataformas digitales al uso. Y en este ejercicio, resulta casi obligado consumir producciones norteamericanas. Una de las cosas que me ha sorprendido de ellas es el riguroso código moral que aparece en la gran mayoría de ellas. Hay partes del cuerpo que no se muestran casi nunca, aun cuando se insinúan de forma insistente, casi obsesivamente. Ello me ha provocado algunas reflexiones de naturaleza histórica que me propongo compartir.

Es bien sabido que todos nosotros, así como la sociedad norteamericana, generadora de tantas series televisivas, por el solo hecho de haber nacido en el seno de una cultura de raíz cristiana, estamos inmersos en una moral sexual básicamente represora. Cuando se analizan las tradiciones culturales de Occidente, esta realidad se hace evidente. El cristianismo medieval se caracterizó por la sospecha y la condena de la desnudez en el arte y la concepción de la sexualidad como un pecado que era necesario expiar. El desnudo parece estar demonizado en el arte medieval, y al igual que ocurre en Facebook, era algo infame que solo se veía  en las representaciones del infierno, con un toque macabro. El cristianismo vinculó el erotismo con el mal, un mal esencial, inexplicable. Solo restaba añadirle la culpa y la expiación. Esta noción era nueva y rompía con el ideal clásico, griego y romano.

En general, las comunidades germánicas cristianizadas a finales del siglo VI no aceptaron fácilmente la disciplina que en materia sexual imponía la Iglesia, en parte porque se oponía a sus tradiciones; este fue el caso visigodo. De todas formas, con la cristianización se iba imponiendo en Europa un nuevo tipo de estructura familiar, conformándose la familia como grupo unitario corresidencial formado por un hombre y una mujer y sus descendientes. No sabemos cuándo se consolidó este cambio. En la época carolingia, a partir de finales del siglo VIII ya es posible observarlo. Los administradores de Carlomagno, cuando confeccionaron los registros de población con finalidades fiscales, registraron unidades familiares compuestas por un grupo corresidente de descendencia básica masculina, y este patrón se fue imponiendo tanto en las familias de la aristocracia carolingia como entre los campesinos. El grupo familiar integraba a otros miembros colaterales. Toda opción sexual de cada miembro de esta unidad familiar afectaba a todos los demás; por ello, el matrimonio no era un asunto privado y particular, de un par de individuos, sino de todo el grupo. De esta forma, el linaje paterno fue tomando preeminencia sobre el materno y las familias se identificaban por vía masculina. Pero lo que en realidad unía a la familia era el vínculo sexual entre un hombre y una mujer. Por ello, el matrimonio era válido cuando se consumaba, es decir, cuando había coito. Juan Damasceno (675-749), un teólogo bizantino influyente, escribió:

«Que cada hombre disfrute de su mujer […] No tendrá que ruborizarse, sino que podrá llevarla al lecho, día y noche. Que hagan el amor, manteniéndose el uno al otro como hombre y mujer y exclamando: «¡No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo!» [1 Cor. 7,5]. ¿Os abstenéis de tener relaciones sexuales? ¿No deseáis dormir con vuestro marido? Entonces aquel a quien negáis vuestra plenitud, saldrá y hará el mal, y su perversión se deberá a vuestra abstinencia».

Pero esta idea no fue compartida por toda la élite eclesiástica; así, san Isidoro, en Sevilla, predicaba una idea peyorativa de la relación sexual, incluso dentro del matrimonio; el sexo era intrínsecamente malo y debía limitarse al máximo. Gregorio Magno creía respecto al sexo que todo en él era pecado. Así, se fue desencadenando una auténtica guerra contra el placer sexual. Solo se podía permitir a efectos de reproducción. De esta forma, el matrimonio que se impuso en el Occidente cristiano contraponía, por una parte, la unión sexual como base y, al mismo tiempo, la aversión al sexo. Pero todo este proceso fue lento en el tiempo y tardó en imponerse. Pero una cosa era cierta y no admitía réplica: el placer sexual en la cama era indecoroso y estaba prohibido, dado que el objetivo del coito era la reproducción. Por esta razón, la única posición coital aceptada era la del hombre arriba y la mujer abajo; todo lo demás podía ser considerado antinatural. Las razones de esta regulación hay que buscarlas en la imagen agraria de la plantación: la semilla que se introduce en la tierra para que florezca; pero también había otra razón implícita: el dominio del varón sobre la hembra. O sea, se trataba de una imagen simbólica de la subordinación natural que la mujer debía al hombre y que tenía su reflejo en la norma jurídica. La posición invertida presuponía que la mujer llevaba la iniciativa y le proporcionaba más placer, mientras que el varón quedaba sometido a ella. Ni que decir tiene que las relaciones íntimas de tipo anal u oral resultaban absolutamente repugnantes para la moral predicada por la Iglesia medieval, dado que su finalidad exclusiva era el placer y no la reproducción; esta misma regla se aplicaba a las relaciones homosexuales, consideradas antinaturales.

Toda esta codificación moral, sin embargo, no regía la vida de la mayoría de la gente. La prostitución y el adulterio fueron prácticas habituales e incluso la práctica matrimonial estuvo muy alejada de la prédica de los padres de la Iglesia, y ello fue así en el mismo seno de la familia imperial carolingia. Hasta aquí nuestra tradición medieval, que ha pervivido, con alteraciones a lo largo de casi un milenio.

Sin embargo, desde principios del siglo XX, es el cine el que constituye un catalizador para las nuevas formas de sexualidad. Hemos visto cómo muchos gobiernos aprobaron normativas moralistas, como el código Hays en Estados Unidos, para frenar en la pantalla cinematográfica lo que se consideraba como comportamientos depravados. Estas directivas condicionaron la actividad de los diversos estudios cinematográficos, singularmente los de Hollywood: las películas no podían incluir escenas de desnudos ni contar con vestimentas que dejaran a la vista partes del cuerpo consideradas inapropiadas, ni con escenas subidas de tono, y mucho menos con escenas sexuales o provocativas —ya fueran heterosexuales u homosexuales—. Pero algunos guionistas y directores, no obstante, bordearon la ley haciendo películas cuyo objetivo simulado era prevenir contra los peligros de la libertad sexual; así, en 1938, el director Dwain Esper (1894-1982) logró burlar la censura en Sex madness. En este filme, con el supuesto objetivo de prevenir a los jóvenes de la sífilis, se mostraban fiestas salvajes, lesbianismo y relaciones sexuales prematrimoniales, presentadas como algunas de las formas de locura. Posteriormente, en 1946, Charles Vidor (1900-1959) rodó Gilda, con Rita Hayworth, donde la actriz se quita lentamente los guantes mientras baila y canta ante la mirada cándida de Glenn Ford, dejando claro que el erotismo y la provocación son poderosos estimulantes de las mentes de la gente, ya que, con las sonrisas, la mirada, los gestos y la simulación de estar desnudándose, no era necesario hacerlo para que el cuello, los hombros o los brazos tomasen un cariz erótico. Mientras estuvo vigente el código Hays, desde 1934 al 1967, la regulación de la moralidad de la pantalla siguió sus pautas. Pero hoy, este código no existe en realidad y, sin embargo, parece estar vigente en las producciones norteamericanas que nos ofrecen muchas plataformas digitales. Es como si Carlomagno se hubiera reencarnado…


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Acariciando ‘El perro rabioso’

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el

/ por Eduardo García Fernández /

Para ver determinadas películas necesito cierta predisposición, como cuando uno queda con alguien para comerse una paella. Genero una expectativa que casi siempre procuro no sea muy alta, para evitar decepciones. Así, me recomendaron que viese El perro rabioso (Nora Inu, 1949), de Akira Kurosawa, que por cierto lleva el mismo título (una coincidencia que me empujó a ver el filme) que el magnífico ensayo del escritor mejicano Mauricio Montiel Figueiras que estaba leyendo en ese momento: Un perro rabioso: noticias de la depresión. Editado por Turner. Aunque la película no se refiere para nada a la depresión, es conveniente dejarse llevar por determinadas sincronicidades.

Prefiero las películas en blanco y negro a las de color, no por una cuestión de nostalgia, sino porque accedes a un mundo de sombras donde el misterio y la magia son más fáciles de palpar, casi en cada fotograma, y además, ahora que me doy cuenta, acostumbro a escribir con un bolígrafo negro sobre papel blanco, por buscar ciertos paralelismos.

Así pues, Nora Inu prometía, y la expectativa que había depositado en ella fue superada con creces. El argumento es: Murakami (Toshirô Mifune) es un joven e inexperto policía al que roban su arma reglamentaria durante un trayecto en autobús. Obsesionado con recuperarla, sobre todo después de saber que ha sido utilizada en un delito, se unirá al encargado de investigar el caso, el veterano detective Sato (Takashi Shimura).

La película se inicia con un primer plano de un perro rabioso sobre el que se suceden los títulos de crédito mientras de fondo se escucha la excelente banda sonora de Fumio Hayasaka. Sin embargo, comenta el propio Kurosawa en su Autobiografía (o algo parecido):

«Esta primera toma del perro que jadeaba con la lengua colgando de la boca me causó grandes infortunios. La cara del perro aparece para crear la impresión del calor. Pero recibí una queja (más bien una acusación) por parte de una mujer norteamericana que había presenciado el rodaje. Era representante de la Asociación Protectora de Animales, y reclamaba diciendo que yo le había inyectado la rabia a un perro sano. Era un cargo obviamente falso. El animal era un perro callejero que habíamos sacado de una charca, donde estaba a punto de morirse. La gente encargada de los accesorios lo había cuidado con cariño. Era un perro mestizo, pero tenía una cara muy buena, así que tuvimos que usar maquillaje para darle un aspecto más feroz, y un hombre con una bicicleta hizo ejercicio con él para hacerle jadear. Cuando empezó a salirle la lengua por la boca, le filmamos. Pero por mucho que explicásemos todo con mucho cuidado, la norteamericana de la Asociación Protectora se negó a creerlo: como los japoneses éramos unos barbaros, era fácil que le hubiéramos inyectado la rabia a un perro, así que no atendió a razones. Incluso Yama-san acudió a explicarle que yo era un amante de los perros y que jamás se me ocurriría hacer una cosa de esas, pero la norteamericana insistía en que me iba a llevar a los tribunales.

Fue entonces cuando perdí la paciencia. Le dije que la crueldad a los animales venía por parte de ella. Las personas también son animales, y si teníamos que aguantar cosas de este tipo, necesitábamos una asociación protectora de humanos. Mis compañeros hicieron todo lo posible para calmarme. Al final se me obligó a escribir una declaración, y nunca jamás sentí con mayor fuerza el pesar de que Japón hubiera perdido la guerra».

El perro rabioso es un ejercicio fílmico con un extraordinario rigor narrativo y un tratamiento cercano al neorrealismo (cuando el protagonista busca por lo barrios bajos desesperadamente la pistola que le han robado, es inevitable recordar El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica de 1948), donde se ahonda en las desigualdades sociales generadas en el Japón de posguerra (la sensación que tuve al verla es que las sombras de las bombas de Hiroshima y Nagasaki impregnan el filme), sirviéndose del claroscuro del cine negro. Pero, además, la película plantea un dilema moral, tanto al propio espectador como a su protagonista, que es el siguiente. ¿Dónde reside el origen del mal: en la propia naturaleza del individuo o en las condiciones sociales y económicas que determinan la evolución de este? ¿Acaso no son Murakami y el delincuente al que persigue las dos caras de una misma moneda (ambos son jóvenes excombatientes a los que robaron el petate y el poco dinero que tenían en el bolsillo una vez finalizada la guerra) ¿No se está enfrentando el atormentado personaje principal con su reverso, reflejo de lo que él mismo, dadas determinadas circunstancias, podría haber sido? Aquí radica el drama.

La capacidad de Kurosawa de dar preponderancia solo a la imagen sin diálogos alcanza su cénit (diez minutos de metraje aproximadamente) cuando el protagonista Murakami recorre, ojo avizor, los rincones más sórdidos y peligrosos de la urbe a la espera de que algún maleante se le acerque para ofrecerle la compra de una pistola; es cine en estado puro, consigue que el espectador siga atento sin perder un ápice la tensión narrativa y al mismo tiempo disfrutar estéticamente. Es ahí donde reside la maestría de un gran director, que usando pocos elementos consigue este efecto.

Pero hay otra escena que es necesario destacar: la asombrosa y embarrada persecución final. Aquí el protagonista resulta herido por su propia arma y la sangre gotea unas margaritas. La cámara se detiene en este goteo de sangre, como si existiera una divinidad inmanente en las margaritas, y para subrayar el momento, una señora en una casa a las afueras de la ciudad toca el piano, dotando la escena de una mayor carga poética. Una vez que termina la persecución, ambos, policía y delincuente, yacen embarrados y tumbados. Kurosawa aúna lo dramático y lo lírico, los movimientos físicos barrocos y un sentido dramático del tiempo, como sostiene James Goodwin en un artículo titulado «El arte de Kurosawa».

Me parece interesante traer a colación alguna anécdota del rodaje de esta gran obra, porque a veces ficción y realidad se conjugan de una manera un tanto caprichosa. Parece ser ,según refiere en su autobiografía, que

«cuando aún les quedaba mucho por rodar en los exteriores se acercó un tifón. Poco a poco se nos iba poniendo el tifón encima y el plató adoptó la forma de un campo de batalla. Acabamos de rodar la misma noche que se suponía que la tormenta iba a azotar en toda su potencia. Cuando volvimos a ver como había quedado el decorado de exteriores después de la tormenta, nos encontramos con todo devastado. Pero mirar los escombros de lo que habíamos rodado unas horas antes me proporcionó una sensación peculiarmente limpia, gratificante».

Cuando dejaba el equipo de rodaje abandonando el autobús que lo llevaba a casa, «siempre me invadía con más firmeza la soledad al separarme de mi equipo que la alegría de reunirme con mi familia».

«Ahora todo lo que disfruté rodando Nora Inu me parece un sueño distante. Las películas que entusiasman al público siempre son las que de verdad resultaron amenas en el rodaje. Pero no se logra placer en el trabajo a menos que sepas que has puesto todo tu esfuerzo en ello y has hecho lo posible por darle vida. Una película que se realiza así muestra los sentimientos del equipo».

El humanismo de su cine es tal que en toda su obra parece realizarse la misma pregunta, ¿por qué los hombres no pueden vivir en perfecta armonía con un poco más de comprensión mutua? En fin, suscribo lo que decía Werner Herzog de Akira Kurosawa: «Me inclino cada vez que oigo pronunciar su nombre: es uno de los genios más grandes de la historia del cine».


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.

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