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Cultura

Final de trayecto: pragmáticos, radicales y ‘pasotas’ en la Asturias preautonómica (1979-1983)

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/ por Diego Díaz Alonso /

La Asturias preautonómica: una región en busca de un discurso


Asturias es en el final de la Transición un territorio joven. A pesar de ser uno de los lugares con la natalidad más baja de España, las cohortes generacionales comprendidas entre los 15 y los 24 años son a la altura de 1980 las más importantes de la región. La todavía llamada provincia de Oviedo, que ha conocido en las dos décadas anteriores un importante desarrollo económico, alcanzará en 1982 su techo histórico: 1.130.000 habitantes. No obstante, los efectos de la crisis económica mundial y del agotamiento de su modelo industrial están empezando a sentirse. Un panorama laboral incierto se abre ante los últimos hijos e hijas del baby boom: el desempleo pasa del 4,5% en 1977 al 7,5% en 1980. Asturias y el País Vasco, territorios históricamente especializados en la industria pesada, son al comienzo de la nueva década de los ochenta las dos comunidades más castigadas por la crisis económica y el crecimiento del paro, que afecta especialmente a los jóvenes.

Crisis es, por lo tanto, una de las palabras recurrentes en el vocabulario y en el lenguaje de la Asturias preautonómica. Crisis económica, crisis industrial, crisis también del campo y del sector ganadero e igualmente crisis del comunismo, crisis de la izquierda radical, crisis de Comisiones Obreras, crisis del movimiento estudiantil… Los años ochenta van a ser, en todos los aspectos y todos los lugares del mundo, muy diferentes a como se los había imaginado la esperanzada militancia de izquierdas de los setenta.

La otra palabra clave en la Asturias de 1980 es autonomía. La región va a tener en 1982 un Estatuto de Autonomía, más como consecuencia del desarrollo para toda España de un Estado descentralizado que por la existencia de una gran demanda autonomista entre la sociedad asturiana. En septiembre de 1978 se constituía el Consejo Regional de Asturias por acuerdo de los cuatro partidos con representación en el Congreso de los Diputados: PSOE, UCD, PCE y AP. La sociedad asturiana no va a ser durante la Transición ni centralista ni hostil a la autonomía, pero tampoco va a colocar la reivindicación autonomista en el centro de la agenda política regional.

El asturianismo es durante la Transición un movimiento fundamentalmente cultural, organizado en torno a la asociación Conceyu Bable, y que carece de aliados políticos con capacidad de marcar agenda. Como en otoño de 1979 reconoce en un boletín interno el partido Conceyu Nacionalista Astur, «a pesar de nuestra voluntad, la experiencia del pueblo de Asturies durante los últimos años indica que los organismos básicos para su defensa son en primer lugar las centrales sindicales, CCOO, UGT y USO, y los partidos ligados a las dos primeras».1 Esta identificación entre movimiento obrero e intereses generales de Asturias va a ponerse de manifiesto en la multitudinaria movilización Salvar ENSIDESA es salvar Asturias, celebrada el 27 de febrero de 1978 en Avilés, en la que las organizaciones convocantes, sindicatos, partidos de izquierdas y movimiento vecinal van a reclamar, respaldados por unos cien mil manifestantes, «la suspensión inmediata del plan de desmantelamiento de Ensidesa, el rechazo de los planes siderúrgicos en ciernes, la nacionalización de toda la siderurgia integral, la instalación de industria transformadora en Asturias, el control democrático de la riqueza productiva de la región y la aprobación inmediata del estatuto de preautonomía asturiana».2

En Asturias no existe además una gran tradición regionalista que pueda servir como manual de instrucciones para el nuevo tiempo político, con lo cual, durante el periodo preautonómico, los partidos, los sindicatos, los intelectuales, la Universidad y los medios de comunicación están casi empezando a preguntarse por primera vez para qué puede servir la futura autonomía asturiana y cuáles son los rasgos culturales que deben definirla. La prematura autodisolución en 1978 de Unidad Regionalista tras unos resultados, no malos, pero sí decepcionantes en comparación con las expectativas que se habían creado en torno a esta heterogénea agrupación de partidos de la izquierda radical, personas independientes y colectivos sociales, va a dejar al ecosistema político asturiano sin un agente externo que sirva como elemento de presión autonomista. En mayo de 1978, Antonio Masip, excandidato de UR al Congreso de los Diputados, lamentaba en las páginas de El País el desinterés de los partidos parlamentarios por impulsar movilizaciones sociales en defensa de la autonomía asturiana:

«En otras partes del Estado los partidos parlamentarios y los que no lo son han llevado a cabo grandes concentraciones populares en favor de la autonomía, reforzando su capacidad de negociación frente al Poder central. De esta y otras formas se ha evidenciado la enorme capacidad de convocatoria de regiones cuyo trabajo en los últimos tiempos en favor de su autogobierno ha sido sobresaliente (Aragón, el País Valenciano, Andalucía…) y han alcanzado casi las mismas condiciones de respuesta popular de las llamadas nacionalidades históricas. En contraste, en Asturias, salvo la manifestación por Ensidesa del 26 de febrero, que cogía el problema de refilón, no se han puesto todos los medios para conseguir algo semejante. De un lado, Alianza Popular y UCD, que en otras latitudes apoyan, aunque sea débilmente, se han mostrado decididamente en desacuerdo; de otro, el PSOE y en mayor medida el PCE, partidos de una gran tradición y arraigo, se desentendieron de una iniciativa en ese sentido de Conceyu Bable, tras haber elaborado un documento aceptable, con la disculpa de «no estar al lado de los extraparlamentarios», como si los partidarios de Asturias o del centralismo se definiesen por su capacidad electoral».3

Al frente del provisional Consejo Regional de Asturias va a estar un histórico dirigente socialista, Rafael Fernández, recién llegado del exilio mexicano, consejero de Hacienda durante la guerra civil en el Consejo Interprovincial de Asturias y León y sin una especial querencia regionalista; un socialista situado por lo tanto muy lejos de la decidida apuesta autonomista de su propio partido en otras regiones, como Andalucía, donde el PSOE va a liderar la batalla por un Estatuto andaluz similar al catalán y al vasco. Si bien en una primera fase los socialistas, arrastrados por el clima autonomista que se respira en toda España, defenderán un estatuto de autonomía por la llamada vía rápida del artículo 151 de la Constitución, tras el shock del 23-F y el frenazo al desarrollo autonómico, la Federación Socialista Asturiana va a amoldarse a las nuevas orientaciones llegadas de la dirección del PSOE: pactar con UCD el desarrollo autonómico y optar preferiblemente por la llamada vía lenta.

En la primavera de 1981, PSOE y UCD alcanzan un acuerdo inicialmente criticado por los comunistas, pero finalmente también secundado por estos, temerosos de quedar aislados políticamente. Asturias se convertirá así en la primera región, junto con Cantabria, en adoptar la vía lenta recogida en el artículo 143 de la Constitución, lo cual será elogiado en un editorial del diario El País como un ejemplo de la «sensatez» y «racionalidad» de los políticos asturianos: «Asturias y Cantabria serán un excelente banco de prueba para valorar los beneficios que pueden derivarse de una descentralización efectiva del aparato administrativo y de una mayor cercanía de los ciudadanos a los centros de decisión de la gestión pública, sin demagogias de ningún signo».4

El paso de un estatuto de amplias competencias a otro de competencias más limitadas no será la única marcha atrás con respecto a las iniciales posiciones, más autonomistas y regionalistas, de la izquierda parlamentaria asturiana. En aras del consenso, socialistas y comunistas ya habían aceptado a finales de 1979 la denominación de Principado de Asturias, a la que inicialmente se habían opuesto por sus connotaciones monárquicas.5 El nivel de protección de la lengua asturiana, fruto de la negociación con las derechas, bastante hostiles a cualquier reconocimiento lingüístico del bable, también será bastante ambiguo e impreciso en el Estatuto, quedando bastante por debajo de las exigencias del movimiento asturianista. No obstante, la debilidad y la fragmentación de los partidos extraparlamentarios de la izquierda radical y nacionalista, defensores de la vía rápida del artículo 151 y de la plena oficialidad del bable, definido en el Estatuto como «lengua específica regional», van a hacer que estos pasos atrás no supongan ningún coste político para socialistas y comunistas. En 1980 el asturianismo cultural veía además satisfecha, como contrapartida, una de sus reivindicaciones: la creación de la Academia de la Llingua Asturiana, encargada de la investigación, normalización y promoción de la lengua. La Academia va a integrar a parte de los fundadores y dirigentes de Conceyu Bable, contribuyendo también con ello a la desactivación y decadencia de este colectivo de carácter más reivindicativo, que languidece y desaparece poco tiempo después de la fundación de la ALLA.

Revelador asimismo de esta actitud cauta del socialismo asturiano con respecto a la eclosión autonomista resulta el hecho de que la Federación Socialista Asturiana no siga en los años de la Transición el modelo de la mayoría de las federaciones del PSOE, reconvertidas, al menos nominalmente, en partidos autonómicos, siguiendo así el modelo del Partido Socialista de Catalunya y del Partido Socialista de Euskadi; un paso que en cambio el PCE asturiano va a dar en diciembre de 1979 con la constitución del Partido Comunista de Asturias, en el marco de la línea adoptada por el partido en toda España para sus organizaciones territoriales. En comparación con los socialistas, el PCA va a defender durante toda la Transición posiciones algo más autonomistas. No obstante, a diferencia de Galicia, donde los comunistas del PCG juegan entre 1979 y 1980 un papel clave en arrastrar a los socialistas gallegos a plantarse y rechazar el proyecto autonómico, muy limitado, de la UCD, el PCA va a plegarse en Asturias muy rápidamente al pacto de la FSA con la UCD, sin apenas dar la batalla ni plantear movilizaciones en defensa de un Estatuto más amplio. El clima de miedo y autolimitación derivado del 23-F, el desinterés de la sociedad asturiana por el proceso autonómico en comparación con otros temas más acuciantes, como la crisis económica, y la ausencia de una significativa corriente asturianista tanto dentro como fuera del partido pesan en este diferente comportamiento de los comunistas a uno y otro lado del río Eo.

El pce asturiano había acuñado al comienzo de la Transición la propuesta de un llamado regionalismo de clase que pusiera el acento sobre todo en las cuestiones socieconómicas. En marzo de 1977, el dirigente comunista Gerardo Iglesias se refería a la clase trabajadora asturiana como el sector social que siempre había estado en Asturias a la cabeza de «los intereses regionales» frente a una burguesía autóctona que nunca había planteado una alternativa al centralismo, y que después de «haber llenado sus bolsillos en el periodo de vacas gordas, abandonó la región para invertir en otras zonas»6 El PCA también recogía en su programa la protección de la lengua asturiana, pero no sería un partido especialmente activo ni implicado en la reivindicación lingüística, más allá de la sensibilidad asturianista de algunas personalidades individuales, como los integrantes del colectivo multidisciplinar Camaretá y posteriormente del grupo musical Nuberu, cuyo éxito contribuiría a popularizar la reivindicación del asturiano en los ambientes y sectores progresistas.

Los dirigentes comunistas consideraban que, más allá de las reivindicaciones culturales, el regionalismo que realmente podía conectar con las aspiraciones e inquietudes de la mayoría debía estar centrado en explicar a la sociedad asturiana las potencialidades de la autonomía como herramienta de intervención contra la crisis económica, control de las empresas públicas del INI y proyección de un desarrollo alternativo y autocentrado de la industria y el campo asturianos. El principal caballo de batalla del PCA durante estos años va a estar en el movimiento sindical de la minería y de las industrias asurianas, muy activo y con una gran capacidad de movilización, no solo de los trabajadores, sino también del conjunto de las comunidades afectadas por la crisis económica y los planes de ajuste.

Será al calor de estas luchas laborales, cuyas reivindicaciones terminan desbordando el marco de las empresas y apelando al conjunto de la región, que se consolide esa firme identificación entre movimiento obrero y defensa de Asturias de la que hablaba el regionalismo de clase formulado por el PCA. La inhibición de las derechas asturianas en las grandes movilizaciones por el futuro de ENSIDESA, HUNOSA y otras industrias públicas y privadas, así como su apoyo a los proyectos gubernamentales de reestructuración de la empresa pública, percibidos de forma mayoritaria como una agresión colectiva a la región, no harán sino potenciar la identificación de las izquierdas con los intereses colectivos de Asturias, deslegitimando por la misma razón a las fuerzas conservadoras como portavoces de estos.

La coincidencia entre el nacimiento de la autonomía y la crisis de la economía regional va a consagrar la cuestión económica como el auténtico tema central de la nueva política asturiana, eclipsando los debates abiertos al inicio de la Transición por el asturianismo, que van a quedar pronto relegados, excepto en momentos muy puntuales, a un segundo plano. Del mismo modo que en otras comunidades la lengua o el reconocimiento de la identidad nacional ocuparán la centralidad del debate político transicional, la inquietud con respecto al incierto futuro de la región, así como las posibles salidas a su crisis estructural, acapararán en Asturias ese mismo lugar privilegiado en la agenda política; una agenda en la que La Nueva España, el antiguo diario falangista, privatizado en 1984 y adquirido ese mismo año por la Editorial Prensa Ibérica, tras un fallido intento de sus trabajadores por convertirse en propietarios de la cabecera, jugará un papel estratégico a la hora de repartir juego político y producir marcos y discursos para el debate. El fracaso tanto de las viejas cabeceras para renovarse y modernizarse como de los nuevos proyectos para consolidarse (Asturias Semanal desaparece en 1977 y su continuación, Asturias Diario, cierra poco tiempo después), unidos a la ausencia de una radiotelevisión autonómica que pudiera hacer sombra a los medios escritos, va a permitir una hegemonía progresivamente indiscutida de La Nueva España, que además ya partía como principal periódico regional.

La defensa de Asturias, entendiendo como tal la protección de su industria y su minería frente a la adversidad del libre mercado, se consolidará a lo largo de los años ochenta a golpe de huelgas y conflictos laborales como una idea de sentido común mayoritariamente aceptada. Esta fuerte identificación entre los intereses de mineros y trabajadores fabriles y el interés general de la sociedad asturiana va a dejar muy poco espacio político a las fuerzas políticas de derechas en una región en la que también los empresarios mantenían una fuerte dependencia del Instituto Nacional de Industria y la empresa pública, generadora del 20% del producto interior bruto, el 17% del empleo y el 25% de la inversión.7 Si en junio de 1977 los partidos de derechas habían logrado un 44% de los votos en Asturias, en las primeras elecciones autonómicas, celebradas en mayo de 1983, este porcentaje caería hasta el 34%. La arrolladora victoria del PSOE en las elecciones autonómicas y municipales de 1983, con el 52% de los votos y la inmensa mayoría de los ayuntamientos —incluido el de Oviedo, hasta entonces gobernado por la UCD— inaugurará una larga hegemonía que permitirá al partido socialista convertirse en «el partido de la autonomía», moldeando la nueva institucionalidad asturiana a su imagen y semejanza.


¿Qué hacer? Radicales y pragmáticos ante el cambio


Entre 1975 y 1979 cientos de miles de personas, sobre todo jóvenes, se politizarían en toda España entrando a participar de un modo más intenso o difuso en partidos, sindicatos y organizaciones sociales. Los primeros años de la Transición supondrían una verdadera explosión democrática que no sería ajena a ese deseo de cientos de miles de jóvenes por colocar la participación política en el centro de sus vidas. Con el cambio de década y el cierre del ciclo político iniciado en 1975, este interés por la política comenzaba a decaer, al tiempo que España se homologaba con las democracias liberales europeas, las nuevas instituciones democráticas comenzaban a asumir parte de las reivindicaciones de la sociedad civil antifranquista y las esperanzas rupturistas de los años setenta se desvanecían para dar paso a un sistema político relativamente estable, rutinario y moderado. La mayoría de los que habían asumido algún tipo de compromiso político entre el final del franquismo y los primeros años de la Transición optaban ahora por replegarse a sus vidas privadas. Muchos de esos jóvenes, como Eduardo Menéndez, militante del PTE asturiano, rondaban la treintena, comenzaban a formar familias y deseaban recuperar unas vidas propias que durante años habían estado condicionadas y subordinadas a las urgencias y necesidades de lo colectivo:

«Mucha de la gente que había militado en el PCE y en los partidos a su izquierda acabaron marchándose al PSOE, otros nos fuimos a nuestras casas. Yo tuve una hija y comencé a dedicar más tiempo a mi vida personal, aunque participé en algunas cosas concretas como la campaña del no en el referéndum de la OTAN. También aproveché para estudiar. Entre la cárcel y la mili no había podido terminar Químicas y trabajaba como cartero».8

Las elecciones generales de 1979 certificarían el fracaso de la izquierda radical para alcanzar el Parlamento y los límites de la estrategia del PCE para reducir las distancias con su principal competidor: el PSOE. Aunque las elecciones municipales y los posteriores pactos permitirían gobiernos plurales de izquierdas en los principales ayuntamientos del país, una sensación de agotamiento, frustración y desencanto derivaría a principios de los años ochenta en una espiral de enfrentamientos y autodestrucción de la izquierda más militante. En 1980 estallaba y se disolvía el Partido de los Trabajadores, fruto de la confluencia del PTE y la ORT, las dos organizaciones más importantes de la izquierda radical. Asimismo, un reguero de crisis territoriales, luchas internas, expulsiones, abandonos y escisiones conducía a la debacle electoral del PCE-PSUC en las elecciones de octubre de 1982.

El éxito electoral del PSOE, un partido sin apenas estructura ni cuadros para asimilar la enorme representación institucional que alcanzaría entre 1979 y 1986, lo convertiría a lo largo de los años ochenta en un imán para exmilitantes del PCE y de los partidos situados a su izquierda. Tras la crisis de los partidos comunistas, muchos de sus militantes y dirigentes encontrarían en el partido socialista un espacio donde continuar su actividad política, en la mayoría de los casos desempeñando además tareas de gobierno. Dada la escasa representación obtenida por el PCE y el fracaso electoral de la izquierda radical, quienes querían gestionar y hacer política institucional y además ejercerla a tiempo completo, de un modo profesional, se irían integrando en el PSOE, que recibiría con los brazos abiertos a los numerosos abogados, economistas, arquitectos, médicos, profesores y demás profesionales que abandonaban la militancia comunista o radical para integrarse en una socialdemocracia que, a pesar de su paulatino su viaje al centro político, todavía se resistía a principios de los años ochenta abandonar algunas señas de identidad comunes a toda la izquierda, como la apuesta por la planificación concertada y el protagonismo del sector público en la economía española, el rechazo a la OTAN y la defensa de la neutralidad española o la solidaridad con la revolución nicaragüense.

A pesar de contar con algo más de tradición y continuidad histórica que otras federaciones del PSOE, la FSA también estaba construyéndose como partido al mismo tiempo que ya gobernaba la mayoría de los ayuntamientos asturianos y presidía el consejo regional preautonómico. En opinión de Juan Vega, Rafael Fernández aportará al socialismo asturiano «sabiduría mexicana y conocimiento del alma humana» orientando hacia el pragmatismo socialdemócrata a los jóvenes socialistas, aún muy ligados política y sentimentalmente al lenguaje izquierdista del PSOE salido del Congreso de Suresnes.9 En palabras de Vega, Fernández llevará al PSOE asturiano del popular Niza, la sidrería de la calle Jovellanos frecuentada por los socialistas carbayones, al vecino, pero burgués y elegante, Casa Conrado. La prensa también resaltará de Fernández su perfil moderado, transversal y amable, a pesar de su pasado como dirigente juvenil en la revolución del treinta y cuatro y en la guerra civil:

«El escritor Juan Cueto estima que la moderación derrochada en Asturias por Rafael Fernández González constituye un ensayo general de la política que aplicará Felipe González en el Estado si el PSOE gana las elecciones. Es un hecho difícilmente cuestionable que la peculiar imagen pública conseguida por Rafael Fernández, yendo a postrarse ante la santina en Covadonga, o con su reiterado empeño en crear un gabinete asesor con destacados miembros de la derecha, incluido un exministro de Franco, le ha granjeado un respeto creciente entre amplios sectores, muy alejados del socialismo, y ante destacados empresarios y banqueros que encuentran en él un interlocutor más fiable incluso que los políticos de sus partidos afines».10

Al tiempo que Fernández tiende puentes con la derecha y la burguesía asturiana, será el recuperador del abogado ovetense Antonio Masip, sin militancia política tras la disolución de Unidad Regionalista. Masip había defendido frente al Movimiento Comunista de Asturias, principal grupo organizado dentro de UR, la continuidad de la formación regionalista, esperando que los resultados de las generales de 1977 mejorasen en unas siguientes elecciones en que la organización estuviera más asentada. La derrota de sus tesis, partidarias de apostar por un proyecto regionalista y progresista, menos identificado con la izquierda radical, le dejarían flotando en un limbo político del que Fernández lo rescataría para ingresar en el PSOE, convertirse en consejero de Cultura del gobierno preautonómico y de ahí ser lanzado a la carrera por la alcaldía de Oviedo desplazando a Wenceslao López, líder de los socialistas carbayones. En su equipo, ya como alcalde de Oviedo, Masip se llevaría a la casa consistorial a otros excompañeros de UR y exmilitantes de la izquierda radical, como Enrique Pañeda, del PTE, y Juan Vega, del MCA.

Junto a este goteo de incorporaciones al PSOE procedentes de la izquierda radical, en 1981 va a tener lugar la entrada, más o menos organizada, de una buena parte de los expulsados del PCA tras la traumática Conferencia de Perlora. El enfrentamiento, grosso modo, entre el sector obrero encabezado por Gerardo Iglesias y los profesionales y trabajadores de cuello blanco liderados por Vicente Álvarez Areces acabará con la expulsión de Areces y otros dirigentes afines a él y la salida, casi en bloque, de sus partidarios. La crisis de Perlora no va a suponer apenas coste electoral para el PCE asturiano, con una base social muy sólida y estable, pero sí una importante descapitalización del partido, que perderá pie en la Universidad, el movimiento ciudadano y las llamadas fuerzas de la cultura, convirtiéndose al término de la Transición en una organización muy alejada de los nuevos movimientos sociales y culturales que estaban surgiendo y, por el contrario, centrada casi exclusivamente en el trabajo institucional y sindical. Una muestra de este retroceso como agente sociopolítico será la práctica desaparición del partido, a partir de 1979, del multitudinario y festivo Día de la Cultura, impulsado en el tardofranquismo por la militancia comunista y celebrado por todas las familias de la izquierda asturiana desde 1972 en la carbayera de Los Maizales de Gijón: «Faltan los chicos del PCA, pero están las feministas, los folletos que explican los problemas del Polisario y las angustias de la guerra salvadoreña. Hay panfletos prosoviéticos, de los de precio la voluntad, algún que otro leonino y bonachón papá Marx, y los defensores de la llingüa [sic], y de las ballenas».11

No obstante, el grupo salido del PCA en 1978 tras la crisis de Perlora tampoco será un colectivo homogéneo ni con capacidad de permanecer unido demasiado tiempo. Pronto sus integrantes toman caminos muy distintos que podemos resumir, de forma muy esquemática, en pragmatismo, radicalidad y repliegue a la vida privada. Oviedo, por el peso de las clases medias, los estudiantes y los trabajadores de banca, sanidad, enseñanza y servicios en la afiliación del partido comunista será la organización local más afectada por la crisis de Perlora. En la capital asturiana buena parte de los expulsados y apartados del PCA, huérfanos de militancia partidaria, se refugian en la dirección del Club Cultural de Oviedo. Otro tanto sucederá en Gijón con la Sociedad Cultural Gijonesa. Mientras tanto, en las cuencas mineras el rico asociacionismo cultural surgido en el tardofranquismo va entrando en decadencia tanto por el apagamiento del activismo político y la falta de relevo generacional como por la formación de los primeros ayuntamientos democráticos, que absorben numerosos cuadros y asumen muchas de las funciones desempeñadas hasta entonces por la sociedad civil antifranquista.

El Club va a conservar todavía en esta recta final de la Transición una gran actividad dentro y fuera de sus paredes, consolidándose como un espacio unitario de la izquierda ovetense, aunque cada vez más afín a los sectores radicales, dada la retirada del PCA. Ubicado en en un céntrico y amplio piso de techos altos, funcionaba como espacio de reunión, conferencias, debates, proyección de cine, lectura de prensa y revistas de izquierdas y socialización, contando para ello, además, con una pequeña barra de bar. Colabora con la Asociación de Vecinos del Sureste de Oviedo en la organización de la Fiesta del Verano, que se celebrará por un breve periodo de tiempo en el parque del Campillín, y será también sede de nuevos colectivos y movimientos, como la Asociación Feminista de Asturias, los comités anti-OTAN, los comités de solidaridad con América Latina, la Xunta Pola Defensa de la Llingua Asturiana o la asociación Prisión y Sociedad, dedicada al apoyo a las personas presas.

Las esperanzas iniciales de una parte de los expulsados por corregir el resultado de la Conferencia de Perlora y retornar al PCA van a enfriarse con el paso del tiempo. Además, una buena parte de ellos van a ir perdiendo el interés por volver a un partido que se desangra a nivel nacional en conflictos internos, ha perdido el atractivo político y la hegemonía cultural de la que gozaba en los últimos años del franquismo y tampoco ofrece grandes expectativas electorales ni posibilidades de entrar en las instituciones o hacer carrera política. Los caminos emprendidos por los integrantes del grupo de militantes desgajado en Perlora van a ser variados. La solidaridad con la revolución nicaragüense va a llevar al país centroamericano a Luis Alfredo Lobato, ex responsable del PCE en la Universidad de Oviedo, que como otros militantes antifranquistas desencantados con la Transición española encontrará en el sandinismo y la solidaridad internacional un nuevo horizonte de lucha. En Gijón los sindicalistas del metal Luis Redondo y Candido González Carnero, junto con otros líderes obreros como Juan Manuel Martínez Morala, impulsarán en 1982, tras años de enfrentamientos con la dirección de CCOO, la fundación de un nuevo sindicato: la Corriente Sindical de Izquierda. Otros muchos se replegarán a su militancia sindical o en el movimiento ciudadano o sencillamente se retirarán a su vida personal y profesional, alejándose para siempre del activismo, con algún regreso puntual como el del psiquiatra gijonés Guillermo Rendueles, independiente en las listas de IU en 1987.

El grupo nucleado en torno a Vicente Álvarez Areces y José Luis Riopedre colaborará con dirigentes del MCA, independientes como Antonio Masip, el historiador David Ruiz —uno de los pocos intelectuales que se mantendría en el PCA— y algunos periodistas de izquierdas sin militancia orgánica en poner en marcha revista mensual Xera. La publicación, que apenas dura un año, de 1981 a 1982, de la resaca del 23-F a los meses previos a la victoria de Felipe González, va a ser un efímero intento de construir un medio de comunicación de izquierdas, asturiano, no partidista y basado en un accionariado popular, tal y como los que estaban surgiendo, con desigual fortuna, en otras partes de España. La revista, con una línea editorial bastante regionalista, va a abordar en sus escasos números algunos de los principales problemas de la Asturias preautonómica: los debates sobre el Estatuto, la crisis económica, el futuro de la ENSIDESA y HUNOSA o la situación del campo asturiano, donde estaba naciendo un nuevo sindicalismo democrático, que recibe una gran atención en sus páginas.

En la efímera vida de la revista van a convivir dos almas: la del sector radical, que con la vista puesta en Egin aspira a construir un medio de comunicación de referencia para la construcción de un frente amplio de la izquierda alternativa asturiana, yla del sector pragmático, procedente del PCE y que pronto va a incorporarse al PSOE. La revista ofrecerá precisamente en ese sentido una larga entrevista con el abogado José Ramón Herrero Merediz, exmiembro del Comité Central del PCE, explicando las razones de su ingreso en el PSOE. Merediz recurre incluso a Gramsci y otros autores marxistas para explicar su ingreso en un partido socialista que calificaba de más respetuoso con la pluralidad y la democracia interna que el PCE:

«Existe un ascenso histórico gradual de la clase obrera que está llevando hacia el socialismo, aunque más despacio de lo previsto. Se critica a la socialdemocracia el hecho de que haya hecho muy poco en estos últimos cincuenta años, pero lo cierto es que en estos años ha conseguido lo que el socialismo no ha sido capaz; y en todo caso, se sabe que la revolución no ha llevado a sitios mejores».12

En las antípodas del camino tomado por Herrero Merediz, José Luis Iglesias Riopedre o Vicente Álvarez Areces —que, aunque todavía como independiente, comenzará desde 1983 a ocupar cargos en los gobiernos socialistas—, Miguel Ánxel Lago, joven militante comunista del barrio ovetense de La Argañosa, se irá del partido después de la crisis de Perlora para participar en la refundación del nacionalismo asturiano. Lago y otros compañeros «quemados con el PCE» empiezan a fijarse en nuevos referentes radicales que les resultaban mucho más atractivos que un espacio comunista en crisis y descomposición, como Marinaleda, Lluís Maria Xirinacs, Xosé Manuel Beiras y sobre todo la izquierda abertzale:

«Había un grupo de amigos del barrio, que habíamos sido del PCE, y que seguíamos con mucho interés lo que pasaba en Euskadi. De aquella viajé mucho al País Vasco, participé en manifestaciones multitudinarias como las anti nucleares, por el cierre de Lemoiz, en casa estábamos suscritos a Egin… Nos acusaban de ser miméticos con el abertzalismo, y era verdad, pero aquello nos parecía la modernidad política, la apuesta por el ecologismo, la recuperación del euskera, el fenómeno del rock radical vasco, y queríamos traer algo así a Asturies. Por eso apostamos por la Corriente Sindical de Izquierdas cuando nació, o contribuimos a impulsar la Xunta Pola Defensa de la Llingua Asturiana cuando desapareció Conceyu Bable».13

El nacionalismo asturiano va a ser una de las vías de reinvención de la izquierda radical en tiempos de reflujo y desorientación política, pero no la más importante. A diferencia de otras comunidades donde el nacionalismo de izquierdas se convierte en el elemento aglutinador y vertebrador de todos los descontentos con el sistema político nacido de la Transición, el asturianismo político, mucho más débil, va a carecer de esa capacidad de atracción y cohesión que a principios de los años ochenta aún conserva la izquierda comunista. El Conceyu Nacionalista Astur y su sucesor, el Ensame Nacionalista Astur, van a coexistir en el minoritario ecosistema radical asturiano con muchos activistas sin partido; las organizaciones prosoviéticas, que en 1984 se unifican en el Partido Comunista de los Pueblos de España; la minoritaria Liga Comunista Revolucionaria y el MCA, la organización más importante e influyente de la izquierda radical asturiana. Sin llegar a renunciar al obrerismo, común a todas las organizaciones de la izquierda radical, ni a la simbología comunista, el mca va a ser pionero en la modernización del discurso y la estética de la izquierda asturiana, y junto a la LCR va jugar un papel clave en el impulso a los nuevos movimientos sociales en Asturias, especialmente el feminista, el ecologista y el anti-OTAN. La participación en los nuevos movimientos sociales y en la izquierda sindical de CCOO van a ser en toda España la apuesta estratégica del MC y de la LCR con vistas a la construcción de un nuevo polo de izquierda radical, republicano y plurinacional. Asimismo, en Asturias, el MCA va a asumir rápidamente, todavía en la Transición, un discurso y una imagen muy asturianistas, jugando un papel importante en el apoyo al movimiento de reivindicación lingüística. También contribuirán a la renovación del exitoso modelo festivo de Oviedo, con la instalación en las fiestas de San Mateo de 1983 de los chiringuitos, adaptación local de las txosnas de Bilbao, impulsadas en 1978 por el colectivo Txomin Barullo, creado por su organización hermana en el País Vasco, el Movimiento Comunista de Euskadi.

En marzo de 1982 José Uría, dirigente del MCA, y Nicanor Fernández Álvarez, de la LCR y poco tiempo más tarde jefe de gabinete del presidente socialista Pedro de Silva, firmaban un artículo en Xera, «La unión de la izquierda radical. Reflexiones para un debate» donde invitaban a las distintas organizaciones a «superar el desencanto» colaborando en una plataforma de acción política que «ponga en primer plano lo que nos une y no lo que nos separa». En opinión de los autores del artículo, el PSOE, visto por muchos «compañeros» como la «única salida realista», estaba dando un giro conservador en temas tan sustanciales como las autonomías, la energía nuclear o el programa económico, lo que hacía inviable la pretensión de entrar en él para «transformarlo hacia la izquierda».14 Uría consideraba que existía en Asturias un gran potencial para ocupar «el espacio que están abandonando a toda prisa los partidos reformistas» a partir de la unidad de los distintos partidos extraparlamentarios, la izquierda sindical y los activistas de los nuevos movimientos ecologista, feminista, anti-OTAN, estudiantil y de solidaridad internacional. La hipótesis de Uría y de su partido, que sobrevaloraba tanto el desgaste de la izquierda parlamentaria como la posibilidad de construir un espacio electoral alternativo al PSOE sin contar con el PCA, no cuajaría más que en una modesta coalición del MCA y la LCR que obtendría el 0,5% de los votos en las primeras elecciones autonómicas y un resultado un poco mejor en las municipales. Serían de hecho las últimas elecciones a las que ambos partidos se presentasen, ya que a partir de aquel tercer fracaso electoral, en palabras de Uría «miramos a nuestro alrededor y decidimos volcarnos en impulsar los movimientos sociales e ir abandonando el terreno electoral, donde vimos que no pintábamos mucho».15 La suma de todas las candidaturas de la izquierda extraparlamentaria en las elecciones de 1983, en torno a un 2,5% de los votos, da cuenta del clima de consenso social con el que terminaba la Transición en Asturias e iniciaban su andadura las nuevas instituciones autonómicas.


Libertad para los que toman algo: feministas, pasotas, bohemios y yonkis en la noche asturiana


En paralelo al proceso de recuperación de las libertades políticas, la sociedad española va a experimentar en los años posteriores a la muerte del dictador un no menos intenso proceso de conquista y generalización de nuevas libertades personales que desafiaban los estilos de vida tradicionales, reforzados en España por la existencia de un Estado autoritario y confesional como el franquista.

El feminismo será entre 1978 y 1981 uno de los movimientos sociales más dinámicos y exitosos a la hora de abrir debates, impulsar cambios culturales y lograr reformas legales. En 1978, solo tres años después de la muerte de Franco y apenas un año después de las primeras elecciones democráticas, se van a producir cuatro grandes hitos legales en el camino de la emancipación de las mujeres y la democratización de la vida cotidiana: el reconocimiento en la Constitución de la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la despenalización del adulterio y la homosexualidad, ambos castigados hasta entonces con penas de cárcel, y la legalización de los anticonceptivos. Pendiente de resolver quedará la cuestión del aborto, que será el principal caballo de batalla del movimiento feminista en la última fase de la Transición y los primeros años ochenta. En mayo de 1982, la revista Xera recogía los testimonios de varias asturianas que habían tenido que abortar de forma clandestina. Así relataba Carmen, de treinta años, ama de casa, con dos hijos, su aborto clandestino en Gijón:

«Hace cuatro años, cuando el pequeño tenía dos, me quedé embarazada y por decisión propia decidí abortar […] Recurrí a una mujer que se había hecho varios y me dijo que había tres posibilidades. La primera era un practicante al que había que pagarle el favor previamente en carne, la segunda otro hombre que lo hacía en condiciones muy precarias, y la tercera, otro que lo hacía bien. Opté por el último pagando 29.000 pesetas […] Al tumbarme en la camilla observé que la sábana estaba manchada con sangre de la anterior y donde colocaba las piernas estaba forrado de trapos de cocina (¡Esta era la mejor posibilidad que se me había ofrecido!). El material lo lavaba en un cubo de plástico que no se si tendría algún desinfectante, y una de las pinzas con las que cogió mi matriz tenía los extremos rotos, así que al enganchar unas tres veces se le soltaba y el dolor era terrible […] Por eso, si hoy me quedara embarazada no volvería a abortar porque uno vale, y otro pasa, pero lo que no se puede es estar jugando con mi vida cada vez que me quedo embarazada. Si mi anticoncepción me falla, no podría quitarme un tercero, pero no es una cuestión moral, es por mí misma. Lo tendría».16

La Asociación Feminista de Asturias, fundada en 1977 e impulsada principalmente por mujeres del MCA, la LCR y algunas otras feministas sin militancia de partido, será la principal plataforma del movimiento asturiano entre finales de los setenta y principios de los ochenta. El éxito de AFA consistirá en la creación de un espacio unitario centrado en las reivindicaciones estrictamente feministas, superando así el modelo de frente femenino de partido de la primera mitad de los años setenta, como eran el Movimiento Democrático de Mujeres, ligado al PCE, y la Asociación Democrática de la Mujer, vinculada al PTE. Con sede en el Club Cultural de Oviedo, afa llegará a tener grupos locales en Oviedo, Gijón, Avilés y Mieres y desarrollará diversas campañas por la despenalización del aborto, el derecho al divorcio y la legalización de los anticonceptivos. Incluso planteará, aunque sin éxito, crear en Asturias un Centro de Mujeres, para lo que pondrá en marcha una campaña de bonos solidarios.

A pesar de la militancia de buena parte de las dirigentes feministas en la izquierda radical, AFA logra ser una experiencia mucho más transversal que sus partidos. Ejemplo de ello será el éxito de las mociones en los ayuntamientos en apoyo a las mujeres procesadas en Bilbao por prácticas abortivas. Incluso en Oviedo, con hegemonía de la derecha, la ruptura de la disciplina de voto por parte de la concejala de UCD Aida Oceransky permitirá sacar adelante la moción, presentada por las feministas y apoyada por los ediles del PSOE y del PCA.17 AFA también dará charlas sobre educación sexual en asociaciones vecinales y de amas de casa, promoverá desde 1977 las manifestaciones del 8 de marzo con los sindicatos y partidos de izquierdas y comenzará a colaborar con ayuntamientos progresistas, como el de Gijón y el de Mieres, en la organización de los actos del Día de la Mujer.

Junto a los cambios en el ámbito del cuerpo, el género y la sexualidad, los nuevos tiempos políticos van a traer también nuevas formas de relación, ocio y socialización, así como nuevas culturas juveniles en las que la noche, la música y los bares juegan un papel central como espacio de encuentro. Libertad para los que toman algo fue una pintada emblemática en el Oviedo de la segunda mitad de los años setenta. Escrita con espray en una pared de la catedral, el lema parodiaba las pintadas y pegatinas políticas que por aquella época inundaban las calles, indicando una cierta saturación de política y un llamamiento a reclamar, más allá de los grandes discursos ideológicos, el derecho al hedonismo y a disfrutar de los placeres que los nuevos tiempos democráticos ofrecían. El casco antiguo de Oviedo, que como casi todos los centros históricos de las urbes españolas languidecía a finales de los setenta, se va a convertir en el epicentro de la nueva movida nocturna, del mismo modo que Cimavilla, el barrio tradicional de pescadores, se convertirá en Gijón en hábitat de la nueva bohemia gijonesa, a menudo mezclada con cierto lumpen tradicional de la ciudad.

El crecimiento de la Universidad de Oviedo y el acceso a los estudios superiores de más mujeres e hijos de las clases populares, muchas y muchos de ellos venidos del resto de Asturias, así como de otras regiones vecinas, sobre todo Cantabria y Castilla y León, va a permitir el florecimiento en la capital asturiana de un rico ecosistema de pisos de estudiantes donde los jóvenes, liberados del control paterno, autogestionan sus vidas con una libertad que se contagia al resto de la ciudad. La existencia de esta masa juvenil con tiempo libre y cierta capacidad de consumo va a generalizar la costumbre de salir por el Antiguo, la Zona, todas las noches de la semana. Como en otras ciudades españolas, estos nuevos hábitos nocturnos van a ser vistos con preocupación por las autoridades. Las drogas —sobre todo el hachís, la más consumida y popular— van a desplazar en el transcurso de la Transición a la política como motivo de persecución policial de la juventud. La identificación entre juventud, drogas, peligrosidad social y desorden público va a propiciar frecuentes redadas policiales en los bares del rollo para calmar una inquietud muy generalizada entre la población adulta más conservadora: «En ocasiones esta desconfianza se expresa con la simple visión de un grupo de jóvenes modernos reunidos en una plaza o en una esquina, para una sociedad que no acostumbraba a ver a la gente en el espacio público fuera de horas y prácticas perfectamente codificadas».18

En diciembre de 1981 el periodista Xuan Cándano denunciaba en un artículo de Xera el hostigamiento policial a jóvenes y hosteleros del Oviedo Antiguo, en contraste con la tolerancia hacia el Oviedo decente:

«La represión en la zona, con altibajos y consentimientos asumidos periódicamente, contrasta radicalmente con la situación en otras zonas de la ciudad. En el Oviedo nuevo de la zona alta (Avenida de Galicia y adyacentes) usted puede alborotar, tomar copas, comer chorizo y aparcar en doble fila a altas horas de la madrugada, sin la amenaza de la culata a las espaldas […] Nadie conoce la existencia de redadas por estas zonas, pese a que el tráfico de drogas duras y blandas tiene su centro en al menos uno de estos locales serios, donde el traje, la corbata y el billete de cinco mil pesetas son poco menos que imprescindibles».19

Abandonado por la burguesía en favor del ensanche, el barrio antiguo de Oviedo, sede de la Facultad de Filosofía y Letras y de la Escuela de Artes y Oficios, se convertiría en el refugio de los bohemios y noctámbulos que preferían las tascas tradicionales y los nuevos bares nocturnos regentados por otros jóvenes a las discotecas, en pleno auge y especializadas en música de baile. Waldo Valbuena, estudiante de la Escuela de Artes y Oficios, era uno de esos jóvenes izquierdistas y bohemios poco interesados en el mundo de las discotecas, y que frecuentaba los locales de La Zona:

«Fuimos una generación que no aprendió a bailar. En los bares no se bailaba, el ligoteo se hacía charlando, tomando vinos, fumando unos porros y hablando de política o de lo que fuera. Éramos más de vino que de sidra, que era una bebida más de paisanos mayores. En el Cechini se compartía el vino. Era un bareto acojonante, en cuesta y con un patio donde íbamos a echar los porros. No había equipo de música. Cantábamos. Sobre todo música latinoamericana, Victor Jara, Quilapayún, y luego canciones de chigre de toda la vida. La gente llegaba, pedía un porrón de vino o una media botella y si sobraba les decías que te la guardaran para el día siguiente, porque de aquella todos los días salíamos. Eran bares baratos y si estabas sin dinero no pasaba nada. Alguien te invitaba y ya le invitarías tú cuando tuvieras».

En una parte de esa nueva juventud bohemia que Germán Labrador define como la Generación del 77, situada grosso modo a caballo entre las formas culturales más sesudas y abiertamente militantes de Mayo del 68 y el hedonismo pop de la Movida, se dará incluso una cierta rebelión contra el baile y la hegemonía de las discotecas, como explica Toño Barral:

Había discotecas por todas partes. Mieres y las cuencas en general eran una potencia discotequera. Había discotecas en todas las villas y con música muy variada. Desde lo más típico a hard rock, soul, funk o música disco, pero estar en el rollo, como se decía de aquella, iba de agarrarse la gran fumada escuchando rock progresivo, psicodelia, los Stones, rock duro, Deep Purple, Led Zepelin, y rechazar la música de baile.20

Esta Generación del 77 comienza a distanciarse de la imagen prototípica del progre adoptando estéticas más extravagantes: barbas largas, melenas, sombreros, fulares, camisas llamativas y en general una estética más colorida que la de la progresía anterior y que conectaba con un hippismo tardío que los medios de comunicación englobarán genéricamente bajo la etiqueta del pasota; una etiqueta en la que, como ironizaba Eduardo Haro Ibars en 1979, cabía «todo el mundo que no tiene pinta de oficinista».21 El uso del hachís, introducido tímidamente por la generación anterior, se generalizará entre la nueva juventud, con más tiempo libre y menos control social, pero también el consumo de nuevas drogas como el lsd, las anfetaminas y algo posteriormente la heroína. Musicalmente, estos jóvenes nacidos entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta tienen un pie en los cantautores, el folk y la música latinoamericana, pero, beneficiados por un clima de mayor apertura cultural e internacionalización del país, reciben ya nuevas influencias sonoras, diferentes a las de sus hermanos mayores y por lo general con menor carga política explícita. Bares nocturnos, locutores radiofónicos que apuestan por las nuevas corrientes musicales y los primeros festivales y concursos de rock animan una escena musical asturiana emergente en la que están tanto los grupos de música inscritos en la corriente del rock progresivo, como Crak y Asturcón, como las primeras bandas de la llamada nueva ola, que anticipa el algo posterior fenómeno de la Movida. Canciones como Esclavo de la noche de La Banda del Tren, o Caramelos podridos, Hola mamoncente o Me sueltan mañana de Ilegales,son pioneras en el abordaje de cuestiones como las drogas, la delincuencia juvenil y el mundo de la noche, temáticas ajenas tanto al formalismo abstracto del rock progresivo como a las inquietudes sociales y políticas de los cantautores y la canción protesta de la Transición, que tendrían en Nuberua su representación asturiana más destacada.

Los pisos de estudiantes o de jóvenes que trabajan y comparten casa y gastos van rompiendo con la costumbre de que el hogar familiar solo se abandona para fundar otra familia. La emancipación permite otra libertad de movimientos, otra forma de relacionarse, de disfrutar del tiempo libre y de la vida sexual. Para las mujeres que viven en pisos de estudiantes, libres de la tutela paterna, esta reducción del control social es aún más importante que para sus compañeros. Si bien, por sus dimensiones, en las ciudades asturianas no hay un movimiento tan militante de la vida cotidiana como el de las llamadas comunas urbanas, existentes en Barcelona, Sevilla o Madrid, ciudades con una rica vida contracultural en la segunda mitad de los años setenta, el hecho de compartir casa va a responder a veces a una razón política, y no solo económica, como en el caso de Miguel Ánxel Lago: «Mi mujer y yo nos fuimos a vivir con un compañero del trabajo y otro amigo del barrio. Fue parte del proceso de radicalización posterior a dejar el PCE. Nos empezaron a interesar las ideas más libertarias. Yo trabajaba en un banco y compartíamos los gastos de la casa o los de viaje si nos queríamos ir unos días por ahí. Si alguien no trabajaba no pasada nada. Aportaba de otra manera, limpiando o cocinando».

Llegados a 1980, como ya hemos dicho, el interés juvenil por la política va a decaer. Las organizaciones van a comenzar a tener problemas para renovarse y atraer nuevos militantes a sus filas. Los partidos de izquierdas, a pesar de algunos intentos por adaptar su imagen a la nueva estética y los nuevos gustos juveniles, se han quedado viejos, incluso los de la izquierda radical. Junto al llamado desencanto del que se comenzaría a hablar muy pronto, casi después de las primeras elecciones, y que se refería sobre todo al malestar o la frustración de la generación del 68 con respecto a sus expectativas políticas, en la recta final de la década se generaliza el ya citado término de pasotismo para definir el estado de ánimo y la actitud vital de los más jóvenes: aquella generación del 77 que alcanza la mayoría de edad durante la Transición, rechaza el sistema y abraza cierto gusto por una marginalidad desprovista de objetivos alternativos más allá del deseo de vivir sus vidas con libertad:

«Ni la derecha ni la izquierda acaba de comprender de dónde procede, ni lo que busca, todo este batallón que parece haber surgido de bajo tierra de pocos años acá. Su manera de hablar, pensar y vivir no se ajusta a las reglas del juego del establishment; van por libre, molestan a los bienpensantes y no quieren ni oír hablar de la política de los partidos, para cuyos dirigentes tienen apelativos tales como «evangelizadores, muermos, padres de la Patria, redentores de la Humanidad» y expresiones similares. La misma palabra pasota resulta todavía bastante ambigua. Se ha convertido en el cajón de sastre a donde han ido a parar todos aquellos que no quieren saber nada ni de la sociedad capitalista, «alienante y martirizante», por utilizar sus mismas palabras, ni de la comunista, ídem de ídem y, además, añaden, comecocos de los obreros».22

Muchos de esos jóvenes calificados en 1979 como pasotas habían participado sin embargo, de un modo más o menos activo y organizado, en la efervescencia política de los primeros momentos de la Transición, cuando estar en política se había convertido en una experiencia de masas y miles de jóvenes habían ingresado en partidos, sindicatos o movimientos. Waldo Valbuena, por ejemplo, había tenido un fugaz paso por la CNT, «de los 22 a los 23, antes de marchar a la mili», pero a la vuelta del servicio militar no se reengancharía a la militancia. El cierre del ciclo abierto en 1975 y la progresiva institucionalización de la política generaban un clima menos atractivo para la participación. Toño Barral recuerda pasar de un ambiente universitario muy activo, en el que «había todo el tiempo asambleas y manifestaciones», a un momento posterior, más aburrido, en el que «la política se profesionaliza y se convierte en sota, caballo y rey»:

«Tenía una carpeta forrada con pegatinas de todos los partidos de izquierdas: socialistas, comunistas, maoístas, trotskistas… Era compañero de viaje de la izquierda en general. Iba a las manifestaciones, repartí panfletos, pero además de la política me interesaban otras expresiones culturales, sobre todo la música. Tuve amigos que se concentraron en ser militantes las 24 horas del día los siete días de la semana, y se les agrió el carácter. No quería ser como ellos».

El pasotismo sería en algunos casos un periodo juvenil transitorio antes de sentar cabeza, esto es encontrar trabajo y formar una familia. En otros, sería el preámbulo a lo que Germán Labrador ha definido como el devenir yonki de la contracultura. Para Labrador la heroína «apareció en el momento adecuado, ayudando a mitigar las decepciones políticas de algunos y la falta de un futuro laboral de muchos más».23 Si en los primeros años de la Transición muchos de los jóvenes politizados habían compaginado militancia política con vivencia contracultural, al término de la década la balanza parecía inclinarse para muchos por un repliegue a la segunda. Las formas de vida al margen del sistema, el rechazo al trabajo fijo y la experimentación con toda clase de drogas formarían parte de ese devenir yonki:

«Cuando dejé de trabajar me puse a cobrar el paro, como en aquellos años se cobraba de paro lo mismo en duración que lo que se había trabajado […] pues me cogí año y medio y me lo tiré sabático, y de hecho terminé mal en muchos sentidos, porque me di a la mala vida. Entonces ya la cuestión política la aparqué totalmente y ya solo me dediqué a la cuestión marginal y contracultural […] me movía mucho por ahí, y sí me encontré con mucha gente muy rebotada de sitios parecidos […] la mayoría no eran anarquistas, eran gente de extrema izquierda: Joven Guardia Roja, ORT…».24

Si para Tino Brugos «estar políticamente activo me alejó de las drogas»,25 en otros casos la pérdida de la ilusión política sería el paso previo al enganche a la heroína, aún muy mitificada en el mundo underground de la Transición:

Uno de mis mejores amigos estudiaba en Madrid. En las primeras vacaciones volvió a Asturias como militante del Partido Socialista Popular. En las segundas como yonki. Creo que fue el primer yonki que conocí. Luego vinieron otros. Algunos venían a mi casa a pincharse, abusando de mi generosidad. También me robaron bastantes discos para comprar droga. La gente se lanzó a la heroína con una absoluta inconsciencia. Se intercambiaban la jeringuilla en las fiestas como gesto de hermandad.26

También Miguel Ánxel Lago relata cómo unos cuantos de sus antiguos compañeros de la agrupación comunista de La Argañosa entrarían en el mundo de la heroína al abandonar la militancia política. El desencanto político sería el paso previo a la entrada en la heroína de chavales de barrio que se enfrentaban a un mercado laboral incierto y una sociedad sin demasiadas expectativas o sentidos biográficos que ofrecer a las personas jóvenes. Como explican Pablo Carmona y Emmanuel Rodríguez, si en la primera fase de la Transición la heroína «no gozó de ninguna popularidad», dado que «sus efectos a corto plazo eran contrarios al momento de explosión, creación y lucha política que se vivía en aquellos años», en 1980, en un momento ya de reflujo de la movilización social, existían unos 79.000 heroinómanos en toda España; y en 1984, en el segundo año de gobierno de Felipe González, 125.000.27 La adicción a la heroína funcionaría como una suerte de epidemia de nihilismo colectivo que se apoderaría de una significativa minoría de la juventud española, sobre todo de clase trabajadora, justo en el momento en el que el país cerraba su transición política y se iniciaban por parte del psoe unas políticas de ajuste económico que elevarían el desempleo juvenil por encima del 50%.

Si los primeros yonkis de la década de los setenta respondían a un perfil de jóvenes cultos y bohemios que llegaban a la heroína atraídos por su glamour contracultural, la segunda generación de yonkis, la perteneciente a esa Generación del 83 de la que habla Germán Labrador, va a responder principalmente a un perfil de jóvenes de clase trabajadora, mayoritariamente masculino y con menos formación cultural, aunque igualmente fascinados por el fatalismo autodestructivo de una droga cuyos efectos letales ya eran conocidos a principios de los años ochenta. Las cuencas mineras y los barrios obreros de Asturias, castigados por la crisis económica y el desempleo juvenil, van a conocer esta expansión del fenómeno yonki que se produce en toda España con el cambio de década.

También en Asturias, como en Euskadi, y anteriormente en Estados Unidos e Italia, hallarán eco las teorías de la conspiración estudiadas por Juan Carlos Usó acerca de un uso de las drogas por parte del Estado con fines alienantes y de desmovilización de la juventud obrera. Al contrario de estas interpretaciones, nos inclinamos a pensar que lo que sucede entre 1978 y 1981, años de explosión del consumo de heroína en España, es más bien justo al revés. No es la droga la que produce la anulación de los horizontes utópicos, sino que por el contrario esta emerge como problema generacional justo cuando los horizontes utópicos empiezan a desvanecerse, cuando los imaginarios del progreso y de la revolución comienzan a ser sustituidos por los de la marginalidad y la autodestrucción en una parte de los jóvenes más contestatarios. Citamos nuevamente a Carmona y a Rodríguez:

«Lejos de las biografías de los jóvenes de la década de los setenta, que se emancipaban recién cumplidos los veinte años, trabajadores y estudiantes vinculados a los horizontes de libertad de las luchas políticas de los barrios, los jóvenes obreros de los ochenta se vieron obligados a hacer el recorrido inverso. Con trabajos eventuales y mal pagados, condenados a cumplir los treinta años en casa de sus padres, las posibilidades de salir adelante se fueron reduciendo. Aburrirse y vagabundear por el barrio y por la ciudad fueron la antesala de la heroína, compañera perfecta de la apatía y de la desesperación».28

Crisis económica, desindustrialización, desempleo, triunfo del reformismo sobre la ruptura, apatía política y expansión de la heroína entre los jóvenes de las comunidades obreras. Como decíamos al comienzo de este texto, los años ochenta comenzaban de un modo muy diferente a como se habían imaginado desde las esperanzadas militancias de la década anterior. También en Asturias.


1 Fueyes Internes del CNA, septiembre de 1979.

2 El País, 28 de febrero de 1978.

3 El País, 2 de mayo de 1978.

4 El País, 17 de diciembre de 1981.

5 El País, 12 de diciembre de 1979.

6 Mundo Obrero, 28 de marzo de 1977.

7 El País, 13 de octubre de 1982.

8 Atlántica XXII, julio de 2014.

9 Entrevista a Juan Vega, abril de 2019.

10 El País, 13 de octubre de 1982.

11 La Nueva España, 11 de agosto de 1981. Cit., en Luis Miguel Piñera: Domingos en rojo: historia del Día de la Cultura en Gijón (1972-1984), Gijón: Sociedad Cultural Gijonesa, 2016, p. 100.

12 Xera, enero-febrero de 1982.

13 Entrevista a Miguel Ánxel Lago, abril de 2019.

14 Xera, marzo de 1982.

15 Atlántica XXII, julio de 2015.

16 Xera, mayo de 1982.

17 El País, 28 de octubre de 1979.

18 Germán Labrador: Culpables por la literatura: contracultura e imaginación política en la Transición, Madrid: Akal, 2017, p. 515.

19 Xera, diciembre de 1981.

20 Entrevista a Toño Barral, Oviedo, abril de 2019.

21 Cit. en Germán Labrador: Culpables por la literatura…, p. 521.

22 El País, 20 de febrero de 1979.

23 Germán Labrador: Culpables por la literatura…, p. 540.

24 Pablo Carmona: «Apuntes del subsuelo: contracultura, punk y hip hop en la construcción del Madrid contemporáneo», en Observatorio Metropolitano: Madrid: ¿la suma de todos? Globalización, territorio, desigualdad, Madrid: Traficantes de Sueños, 2007, p. 469.

25 Entrevista a Tino Brugos, abril de 2019.

26 Entrevista a Juan Vega, abril de 2019.

27 Pablo Carmona y Emmanuel Rodríguez: «Los años del pico. Epílogo para una generación exterminada», en Observatorio Metropolitano: Madrid, ¿la suma de todos?…, p. 383.

28 Ibídem, p. 384.


Diego Díaz Alonso (Oviedo, 1981) es doctor en historia por la Universidad de Oviedo, especialista en gestión cultural y activista. Ha colaborado con medios como Atlántica XXII, La Nueva España, Les Noticies, Diagonal o El Salto. Actualmente es forma parte del consejo de redacción de Nortes. Es autor de Disputar las banderas: los comunistas, España y las cuestiones nacionales (2019).

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Corazón de tinta

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

Rodrigo Olay (Noreña [Asturias], 1989) es doctor en investigaciones humanísticas (literatura española) por la Universidad de Oviedo y autor de los libros de poemas Cerrar los ojos para verte (Oviedo, 2011, Premio Asturias Joven y Premio de la Crítica Asturiana), La víspera (Sevilla, 2014, de nuevo Premio de la Crítica Asturiana) y Saltar la hoguera (Madrid, 2019, Premio Jaén).

Rodrigo Olay

Ha sido incluido en las antologías Siete mundos: selección de nueva poesía; Re-generación: antología de poesía española (2000-2015); Nacer en otro tiempo: antología de la joven poesía española; Mucho por venir: muestra consultada de poesía asturiana (2008-2017) y Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997). Es colaborador de la revista Anáfora.

Además del Olay poeta está el Olay Valdés filólogo, especialista en el siglo XVIII, fallido líricamente. Se pueden rastrear sus investigaciones literarias en Google Académico. Por su edición del tomo VIII (880 páginas, 140 introductorias) de las obras de Benito Jerónimo Feijoo, el padre Feijoo (al que dedicó su tesis doctoral), donde se reúne su poesía completa (reseñada por Luis Alberto de Cuenca en Abc), fue distinguido con el premio anual de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII. Olay logró recuperar 37 poemas inéditos del fraile benedictino y fijó su corpus en 131 composiciones.

En una reseña publicada hace poco en EL CUADERNO sobre la última de las antologías citadas, la de Miguel Munárriz, escribí algo que vuelve a venir a cuento:

«Rodrigo Olay acaba de conseguir, con su tercer libro, un accésit del Adonais. Es el prototipo del poeta-profesor […] Reconoce que siempre se ha sentido atraído por esa figura. Bueno, el dice doctus poeta y es que se nota esa condición didáctica y docente. […] Para definir la poesía echa mano de Wordsworth, Coleridge, Auden u Ory, y recalca la importancia de las “lecturas de formación” hasta el punto de defender, sin empacho, que “quienes saben de poesía son más los filólogos que los poetas”. Sus “eruditerías” sorprenden. […] Otra predilección confesa: “las líneas figurativas”, las “corrientes realistas”».

El aludido accésit es ya su cuarta entrega: Vieja escuela y, según el jurado, lo consiguió «por la fértil interacción de vida y literatura, sustentada en una gran variedad de registros y en un sobresaliente dominio y actualización de la dicción clásica». Lleva en la portada dos fechas: 2009-2020. Entre ambas, Olay ha dado a la imprenta sus tres primeros libros.

Lo abren cuatro citas y solo son las primeras de una numerosa serie de epígrafes que confirman su sólida vocación lectora. Para seguir con las pistas, del Cancionero de Baena, Garcilaso, Lope y Lausberg, el filólogo alemán especializado en retórica, del que toma estas palabras, verdadero lema de este libro: «La unidad superior al poema es la vida». Sí, recurriendo a composiciones estróficas clásicas, que se renuevan o actualizan —sobre todo, gracias a la sintaxis—, todo va sustentarse y debatirse entre el elaborado artefacto literario que cada poema representa y la sencilla verdad que se embosca en su significado. Hablando de verdades, la del amor es tal vez la más omnipresente, ya sea con respecto a una mujer (léase «Dedicatoria»: «la mujer que elegí, que me eligió»), la familia o la amistad. Raro es el poema que no está dedicado.

La estructura del libro obedece también a un decidido ejercicio de perfección y virtuosismo. En «Obertura: Roda», «España 2019». La realidad. El presente. «Los versos no alcanzan, nunca alcanzan». Cita a Cetina. «Contra todo tú solo, contra todo,/ mi vieja escuela y siempre medicina».

«Quizá yo» reúne cinco poemas. Cada parte o serie temática va a contener ese número exacto de composiciones. En esta prima, el título es elocuente, el yo. Lo autobiográfico es inseparable de estos versos. En «Personalidad múltiple» juega con las diferentes maneras que tienen de nombrarle, cómo le llaman unos u otros.

En «Buenavista» aparece su abuela Gelina. Con ella, el niño y el miedo y el lobo y el padre.

«Siempre he creído que iba a morir joven» es un poema central. Ahí, la enfermedad. De la piel, según entiendo, pero que le afecta a la vista. «Yo me iba a morir». «Mis cataratas a los treinta años». «El niño del milagro». El superviviente, en suma. En «Apunte» leemos: «Yo, que siempre parezco estar muriendo».

«Víctimas» es otro poema muy significativo (cita a Gamoneda y Carnero: «La verdad acontece con el daño»). De nuevo, el niño. Y el dolor. Y los otros: «Fue su amor sin porqué, como la rosa». Antes, confiesa: «La enfermedad […] nunca me dio bondad». Termina: «Yo mismo puedo ser peor que yo».

«Llama única» (o del amor) comienza con «La caricia del alba»: «Otra vez que amanece y no he dormido». Porque ha estado escribiendo, «esclavo entre letras».

«En voz queda», «canta, canta, canta, que te mire». El amor y el bíblico Cantar de los Cantares.

«Iberia 0479» es un buen ejemplo de cómo la sintaxis actúa como fuerza esencial de esta poesía que, sin remedio, a pesar de su carga retórica, no deja de ser actual, de este tiempo.

En «Media vida» recuerda a Félix Grande y escribe un feliz verso que ya he citado alguna vez: «y es dulce conmorir con quien se ama».

La serie «Álbum» empieza con «Urueña», la villa castellana de los libros. Con los amigos, «a la busca de viejos libros libres».

«Neuvic» es otro texto significativo. Técnica, lenguaje, soltura. Se imponen las minúsculas. «Si tengo todo el tiempo por delante/ tengo todo el espacio por delante». Su último verso: «juro que amé la vida y que me amaba».

Los recuerdos de la primera juventud afloran en «Pavía». Maestros y discípulos. Clases y alumnos.

«La Vega» nos lleva a la casa familiar («que es todo lo de entonces»), al campo. «Sólo quiero una cita./ Solo verla otra vez./ Solo ver otra vez a mi abuela Jovita». «¿Quién va a arreglarlo todo ya sin padre?».

«Regnum Asturorum» aterriza aún más en la actualidad y en su tierra: «He heredado el pavor a la pobreza,/ niño de la bonanza». Al fondo, sí, Ben Clark y Rocío Acebal. Himnos generacionales. «¿Mi país ha proscrito la esperanza?».

«Intermedio: Oda» contiene el extenso y logrado poema «Foncalada». El amor, la pandemia, 2020.

«Enunciados informativos» gira en torno a la escritura y sus márgenes: «escribo y quien yo quiero sigue vivo».

Revelador resulta el poema «»Acusado por los críticos literarios de…» (En efecto, otra cita de González)». Tras desvelar los nombres de sus presuntas influencias, irónico proclama: «¿Y el dolor? En mis poemas/ solo es mío lo peor».

En la misma tónica, «Canción de los exiguos antiguos y de los hodiernos modernos (Informe informe) o La generación del 89», que, por si era un título corto (de premeditado aire novísimo), subtitula: «(Nueva «Oda a los nuevos bardos»)» (en referencia al conocido poema de uno de sus maestros, recién mencionado: Ángel González). Empieza: «Sí sé que los Antiguos siempre pierden». Es, sin duda, uno de los más divertidos del conjunto, claves mediante.

«Autografía» y «Poética» dan vueltas al asunto de qué y por qué se canta.

«Prolegómenos a una brevísima historia personal de la literatura» incluye «Ítaca», una nueva vuelta de tuerca al tema homérico con algún alarde («que amar a mar amarga sabe al cabo») y no pocos versos certeros: «—Nosotros, Nadie, acaso tú: cualquiera—. “Tal vez Ítaca  esté donde no estés”».

En «Burdeos» recurre al romance. «Yo doro grial» es una sextina que podría haber escrito Cirlot.

En esta parte (y en el resto del libro) menudean, ya que de influencias hablamos, se apuntó hace un momento, los homenajes, más o menos velados, a algunos novísimos o, mejor dicho, a la poesía que aquellos poetas, castelletianos o no, idearon. Guiños culturalistas, cierto exceso verbal, por ejemplo. Eso no impide afirmar que, ya se anotó, es a la poesía figurativa de los ochenta (sin olvidar la lectura de la del cincuenta realizada por aquella tendencia) a la que la poética de Olay se mantiene más fiel.

«El don de la mirada», la última serie, se abre con «Yann Tiersen», poema de un solo verso: «La máquina del tiempo está en la música». «Lluvia fina» agrupa diez haikus. En «Cementerio marino (epitafio)» leemos: «Era yo lo que eres.// Tú serás lo que soy».

En «Final: Coda», «Corazón de tinta»: «Un día entenderás, y será tarde,/ que sé que es solo verso lo que arde/ y que toda mi sangre está en mi obra». La última o única verdad de este libro que concluye con «Envío».

Ya en «Dedicatoria» se explicaba: «Yo solo sé de mí que amé vivir,/ que alegría se impuso a enfermedad,/ que supimos medirnos con el miedo/ e intenté merecer lo que tenía». Lo demás…

IMAGEN DE PORTADA: De romería en Carreño, de Nicanor Piñole


Personalidad múltiple

A Adrián J. Sáez

«—¡Afuera, afuera, Rodrigo,
el soberbio castellano!».

ROMANCERO VIEJO

«RO» en casa, en los de cerca,
si contigo.
«Ruy» para Luis Alberto, Adrián y Ara.
«Rodri» según quien quiere, pero no.
«Rolo», mi hermano Ángel.
«Rodro» en el Instituto,
«Rodrigo» desde siempre
―yo rimo, respetadme,
con «amigo» y «abrigo»
y también, pocas veces, con «castigo»―.
«Rodríguez», en Dublín.
«Rodrigo Play», el autocorrector
y hasta «Rodrigo Okay».
«Olay» en los congresos.
«Eloy», los despistados
(y Eduardo San José).
«Rudericus», Carreira.
«Olay adiós», Bonilla.
«Olayton», D. Fernández.
«Roderick» en Cerrar
los ojos para verte.
«Olay Total Effects»
para Javier García
Rodríguez y una vez «Ciudad Rodrigo».
«Tolay» según Martínez y «Julay»
a mis espaldas ―digo; no lo sé―.
«ROlay» pone mi firma, esto sí es claro;
«Rodrigo Olay Valdés», mi dni.
Y en algún lugar, dónde,
quizá yo.

Siempre he creído que iba a morir joven

«Hay motivos abondos pa la celebración».
X. BELLO

SIEMPRE he creído que iba a morir joven.
Pero ese es otro tema.
Yo me iba a morir.
He tardado en saberlo. Pero yo he sido lento para todo. Era algo así como una sensación.
Los déjale que estudie cuando el tiempo de siega (mis hermanos pequeños laborando), ni encendido un fogón ni planchar cuándo ni empuñar qué herramientas de mi padre.
Como ofrendas tardías a los dioses.
Quizá recién nacido. Nadie me lo ha contado, pero a veces. El surco, el surco atónito. El miedo entonces cuánto. «Su enfermedad comporta con frecuencia…». «La piel se abre en…». «Hay riesgo de ceguera» (mis cataratas a los treinta años).

Mi rostro que es el rostro de mi padre y el rastro de una herida.

Pero el amor, antiguo como el fuego. El amor, sin respuestas.
Eso fue.

Paola, Enrique, Ángel, Martín. Nuria.
Justo, Mari, Natalia. José, Carla.
Angelina, Jovita, Rigo. Qué
invisible conjuro.

Yo me iba a morir,
pero ya nunca.

El niño del milagro.

Iberia 0479

Para los príncipes del alba
SI tú no fueras tú, ni yo entre ti,
quisiera ser como ellos dos, como ellos
portar blando calzado deportivo
con majestad, como si de oro blanco,
y un suave tatuaje en la muñeca
y viajar con maletas diminutas,
y ropa fina, jóvenes sin frío,
de tejidos sutiles que poder
vestir durante varias noches ya que
sus pieles nunca ensuciarán colores.
Y ser, como él, flexible porque agua,
y, como ella, rotunda porque luna
y en ella leggins cuando en él sus Levi’s.
Y no ser yo, no yo, no quien se abisma
mirando el cielo rápido, los píxeles
que hacen la noche-noche noche azul
las nubes como nieve suspendida,
la plata larga de los ríos frágiles
en el amanecer de la aerolínea.
No ser quien va diciéndose despacio,
buscando las palabras que se aman,
recordando tus pies entre mis muslos,
abrazando el silencio de la noche
con esta manos que parecen cuero
cuarteado de tierra de Castilla
mientras la nave rompe el aire, el aire,
mientras el día crece grado a grado.
Quisiera ser, como ellos dos, qué otro,
si no fuera por ti, por mí contigo.

Media vida

«Ahora, señora, compañera vieja,
ya medio siglo hablando en esta reja
por entre tantas lágrimas riyendo».
F. GRANDE

NO puedo, como Félix Grande, aún
llamarte «compañera vieja», pero
quiero
decirte que lo espero y que según
cumplimos años ―porque son por ti
los de mi media vida―,
sé mejor que no habrá nunca salida
del día que tus ojos negros vi.
Convivimos el pan, la luz, el lecho,
compartimos el techo,
y es dulce conmorir con quien se ama.
Nos esperan tú y yo tras la frontera
de sernos compañeros, compañera.
Amor, la llama única. Amor, la única llama.

«Acusado por los críticos literarios de…» (en efecto, otra cita de González)

A Julio Rodríguez

QUE si Borges, que d’Ors gotas
de Juaristi, que si injerto
de Carnero o Luis Alberto,
que si Piquero o si Botas,
que si hoy tocan los Machado
y callo, aunque no he acabado.
Lo habéis dicho hasta el sopor:
venga formas, venga temas…
¿Y el dolor? En mis poemas
solo es mío lo peor.

Corazón de tinta

A Carlos Iglesias Díez

«Esa luz que ilumina los semblantes
cuando saltan la hoguera».
M. Á. Velasco

NO mirasteis mi piel cuando desnudo
me quemaba en la hoguera
y pensasteis que un juego todo, que era
literatura y más litera… Pudo
ser así alguna vez. Ya no. Aunque, crudo,
dije lo que más daño, aunque perdiera,
visteis cita tras cita… Alta escombrera
de letra muerta. Bien. Como si mudo
puedo estar más tranquilo, en paz: el llanto
que mana de mi mano, miedo y canto,
quedará entre tú y yo, tú y yo. Me sobra.

Un día entenderéis, y será tarde,
que sé que es solo verso lo que arde
y que toda mi sangre está en mi obra.


Vieja escuela
Rodrigo Olay
Adonáis, 2021
110 páginas
10 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Cultura

La moral sexual de las plataformas digitales y la reencarnación de Carlomagno

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En estos tiempos de obligado encierro, he tenido ocasión de visionar innumerables series de las que ofrecen las plataformas digitales al uso. Y en este ejercicio, resulta casi obligado consumir producciones norteamericanas. Una de las cosas que me ha sorprendido de ellas es el riguroso código moral que aparece en la gran mayoría de ellas. Hay partes del cuerpo que no se muestran casi nunca, aun cuando se insinúan de forma insistente, casi obsesivamente. Ello me ha provocado algunas reflexiones de naturaleza histórica que me propongo compartir.

Es bien sabido que todos nosotros, así como la sociedad norteamericana, generadora de tantas series televisivas, por el solo hecho de haber nacido en el seno de una cultura de raíz cristiana, estamos inmersos en una moral sexual básicamente represora. Cuando se analizan las tradiciones culturales de Occidente, esta realidad se hace evidente. El cristianismo medieval se caracterizó por la sospecha y la condena de la desnudez en el arte y la concepción de la sexualidad como un pecado que era necesario expiar. El desnudo parece estar demonizado en el arte medieval, y al igual que ocurre en Facebook, era algo infame que solo se veía  en las representaciones del infierno, con un toque macabro. El cristianismo vinculó el erotismo con el mal, un mal esencial, inexplicable. Solo restaba añadirle la culpa y la expiación. Esta noción era nueva y rompía con el ideal clásico, griego y romano.

En general, las comunidades germánicas cristianizadas a finales del siglo VI no aceptaron fácilmente la disciplina que en materia sexual imponía la Iglesia, en parte porque se oponía a sus tradiciones; este fue el caso visigodo. De todas formas, con la cristianización se iba imponiendo en Europa un nuevo tipo de estructura familiar, conformándose la familia como grupo unitario corresidencial formado por un hombre y una mujer y sus descendientes. No sabemos cuándo se consolidó este cambio. En la época carolingia, a partir de finales del siglo VIII ya es posible observarlo. Los administradores de Carlomagno, cuando confeccionaron los registros de población con finalidades fiscales, registraron unidades familiares compuestas por un grupo corresidente de descendencia básica masculina, y este patrón se fue imponiendo tanto en las familias de la aristocracia carolingia como entre los campesinos. El grupo familiar integraba a otros miembros colaterales. Toda opción sexual de cada miembro de esta unidad familiar afectaba a todos los demás; por ello, el matrimonio no era un asunto privado y particular, de un par de individuos, sino de todo el grupo. De esta forma, el linaje paterno fue tomando preeminencia sobre el materno y las familias se identificaban por vía masculina. Pero lo que en realidad unía a la familia era el vínculo sexual entre un hombre y una mujer. Por ello, el matrimonio era válido cuando se consumaba, es decir, cuando había coito. Juan Damasceno (675-749), un teólogo bizantino influyente, escribió:

«Que cada hombre disfrute de su mujer […] No tendrá que ruborizarse, sino que podrá llevarla al lecho, día y noche. Que hagan el amor, manteniéndose el uno al otro como hombre y mujer y exclamando: «¡No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo!» [1 Cor. 7,5]. ¿Os abstenéis de tener relaciones sexuales? ¿No deseáis dormir con vuestro marido? Entonces aquel a quien negáis vuestra plenitud, saldrá y hará el mal, y su perversión se deberá a vuestra abstinencia».

Pero esta idea no fue compartida por toda la élite eclesiástica; así, san Isidoro, en Sevilla, predicaba una idea peyorativa de la relación sexual, incluso dentro del matrimonio; el sexo era intrínsecamente malo y debía limitarse al máximo. Gregorio Magno creía respecto al sexo que todo en él era pecado. Así, se fue desencadenando una auténtica guerra contra el placer sexual. Solo se podía permitir a efectos de reproducción. De esta forma, el matrimonio que se impuso en el Occidente cristiano contraponía, por una parte, la unión sexual como base y, al mismo tiempo, la aversión al sexo. Pero todo este proceso fue lento en el tiempo y tardó en imponerse. Pero una cosa era cierta y no admitía réplica: el placer sexual en la cama era indecoroso y estaba prohibido, dado que el objetivo del coito era la reproducción. Por esta razón, la única posición coital aceptada era la del hombre arriba y la mujer abajo; todo lo demás podía ser considerado antinatural. Las razones de esta regulación hay que buscarlas en la imagen agraria de la plantación: la semilla que se introduce en la tierra para que florezca; pero también había otra razón implícita: el dominio del varón sobre la hembra. O sea, se trataba de una imagen simbólica de la subordinación natural que la mujer debía al hombre y que tenía su reflejo en la norma jurídica. La posición invertida presuponía que la mujer llevaba la iniciativa y le proporcionaba más placer, mientras que el varón quedaba sometido a ella. Ni que decir tiene que las relaciones íntimas de tipo anal u oral resultaban absolutamente repugnantes para la moral predicada por la Iglesia medieval, dado que su finalidad exclusiva era el placer y no la reproducción; esta misma regla se aplicaba a las relaciones homosexuales, consideradas antinaturales.

Toda esta codificación moral, sin embargo, no regía la vida de la mayoría de la gente. La prostitución y el adulterio fueron prácticas habituales e incluso la práctica matrimonial estuvo muy alejada de la prédica de los padres de la Iglesia, y ello fue así en el mismo seno de la familia imperial carolingia. Hasta aquí nuestra tradición medieval, que ha pervivido, con alteraciones a lo largo de casi un milenio.

Sin embargo, desde principios del siglo XX, es el cine el que constituye un catalizador para las nuevas formas de sexualidad. Hemos visto cómo muchos gobiernos aprobaron normativas moralistas, como el código Hays en Estados Unidos, para frenar en la pantalla cinematográfica lo que se consideraba como comportamientos depravados. Estas directivas condicionaron la actividad de los diversos estudios cinematográficos, singularmente los de Hollywood: las películas no podían incluir escenas de desnudos ni contar con vestimentas que dejaran a la vista partes del cuerpo consideradas inapropiadas, ni con escenas subidas de tono, y mucho menos con escenas sexuales o provocativas —ya fueran heterosexuales u homosexuales—. Pero algunos guionistas y directores, no obstante, bordearon la ley haciendo películas cuyo objetivo simulado era prevenir contra los peligros de la libertad sexual; así, en 1938, el director Dwain Esper (1894-1982) logró burlar la censura en Sex madness. En este filme, con el supuesto objetivo de prevenir a los jóvenes de la sífilis, se mostraban fiestas salvajes, lesbianismo y relaciones sexuales prematrimoniales, presentadas como algunas de las formas de locura. Posteriormente, en 1946, Charles Vidor (1900-1959) rodó Gilda, con Rita Hayworth, donde la actriz se quita lentamente los guantes mientras baila y canta ante la mirada cándida de Glenn Ford, dejando claro que el erotismo y la provocación son poderosos estimulantes de las mentes de la gente, ya que, con las sonrisas, la mirada, los gestos y la simulación de estar desnudándose, no era necesario hacerlo para que el cuello, los hombros o los brazos tomasen un cariz erótico. Mientras estuvo vigente el código Hays, desde 1934 al 1967, la regulación de la moralidad de la pantalla siguió sus pautas. Pero hoy, este código no existe en realidad y, sin embargo, parece estar vigente en las producciones norteamericanas que nos ofrecen muchas plataformas digitales. Es como si Carlomagno se hubiera reencarnado…


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Acariciando ‘El perro rabioso’

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el

/ por Eduardo García Fernández /

Para ver determinadas películas necesito cierta predisposición, como cuando uno queda con alguien para comerse una paella. Genero una expectativa que casi siempre procuro no sea muy alta, para evitar decepciones. Así, me recomendaron que viese El perro rabioso (Nora Inu, 1949), de Akira Kurosawa, que por cierto lleva el mismo título (una coincidencia que me empujó a ver el filme) que el magnífico ensayo del escritor mejicano Mauricio Montiel Figueiras que estaba leyendo en ese momento: Un perro rabioso: noticias de la depresión. Editado por Turner. Aunque la película no se refiere para nada a la depresión, es conveniente dejarse llevar por determinadas sincronicidades.

Prefiero las películas en blanco y negro a las de color, no por una cuestión de nostalgia, sino porque accedes a un mundo de sombras donde el misterio y la magia son más fáciles de palpar, casi en cada fotograma, y además, ahora que me doy cuenta, acostumbro a escribir con un bolígrafo negro sobre papel blanco, por buscar ciertos paralelismos.

Así pues, Nora Inu prometía, y la expectativa que había depositado en ella fue superada con creces. El argumento es: Murakami (Toshirô Mifune) es un joven e inexperto policía al que roban su arma reglamentaria durante un trayecto en autobús. Obsesionado con recuperarla, sobre todo después de saber que ha sido utilizada en un delito, se unirá al encargado de investigar el caso, el veterano detective Sato (Takashi Shimura).

La película se inicia con un primer plano de un perro rabioso sobre el que se suceden los títulos de crédito mientras de fondo se escucha la excelente banda sonora de Fumio Hayasaka. Sin embargo, comenta el propio Kurosawa en su Autobiografía (o algo parecido):

«Esta primera toma del perro que jadeaba con la lengua colgando de la boca me causó grandes infortunios. La cara del perro aparece para crear la impresión del calor. Pero recibí una queja (más bien una acusación) por parte de una mujer norteamericana que había presenciado el rodaje. Era representante de la Asociación Protectora de Animales, y reclamaba diciendo que yo le había inyectado la rabia a un perro sano. Era un cargo obviamente falso. El animal era un perro callejero que habíamos sacado de una charca, donde estaba a punto de morirse. La gente encargada de los accesorios lo había cuidado con cariño. Era un perro mestizo, pero tenía una cara muy buena, así que tuvimos que usar maquillaje para darle un aspecto más feroz, y un hombre con una bicicleta hizo ejercicio con él para hacerle jadear. Cuando empezó a salirle la lengua por la boca, le filmamos. Pero por mucho que explicásemos todo con mucho cuidado, la norteamericana de la Asociación Protectora se negó a creerlo: como los japoneses éramos unos barbaros, era fácil que le hubiéramos inyectado la rabia a un perro, así que no atendió a razones. Incluso Yama-san acudió a explicarle que yo era un amante de los perros y que jamás se me ocurriría hacer una cosa de esas, pero la norteamericana insistía en que me iba a llevar a los tribunales.

Fue entonces cuando perdí la paciencia. Le dije que la crueldad a los animales venía por parte de ella. Las personas también son animales, y si teníamos que aguantar cosas de este tipo, necesitábamos una asociación protectora de humanos. Mis compañeros hicieron todo lo posible para calmarme. Al final se me obligó a escribir una declaración, y nunca jamás sentí con mayor fuerza el pesar de que Japón hubiera perdido la guerra».

El perro rabioso es un ejercicio fílmico con un extraordinario rigor narrativo y un tratamiento cercano al neorrealismo (cuando el protagonista busca por lo barrios bajos desesperadamente la pistola que le han robado, es inevitable recordar El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica de 1948), donde se ahonda en las desigualdades sociales generadas en el Japón de posguerra (la sensación que tuve al verla es que las sombras de las bombas de Hiroshima y Nagasaki impregnan el filme), sirviéndose del claroscuro del cine negro. Pero, además, la película plantea un dilema moral, tanto al propio espectador como a su protagonista, que es el siguiente. ¿Dónde reside el origen del mal: en la propia naturaleza del individuo o en las condiciones sociales y económicas que determinan la evolución de este? ¿Acaso no son Murakami y el delincuente al que persigue las dos caras de una misma moneda (ambos son jóvenes excombatientes a los que robaron el petate y el poco dinero que tenían en el bolsillo una vez finalizada la guerra) ¿No se está enfrentando el atormentado personaje principal con su reverso, reflejo de lo que él mismo, dadas determinadas circunstancias, podría haber sido? Aquí radica el drama.

La capacidad de Kurosawa de dar preponderancia solo a la imagen sin diálogos alcanza su cénit (diez minutos de metraje aproximadamente) cuando el protagonista Murakami recorre, ojo avizor, los rincones más sórdidos y peligrosos de la urbe a la espera de que algún maleante se le acerque para ofrecerle la compra de una pistola; es cine en estado puro, consigue que el espectador siga atento sin perder un ápice la tensión narrativa y al mismo tiempo disfrutar estéticamente. Es ahí donde reside la maestría de un gran director, que usando pocos elementos consigue este efecto.

Pero hay otra escena que es necesario destacar: la asombrosa y embarrada persecución final. Aquí el protagonista resulta herido por su propia arma y la sangre gotea unas margaritas. La cámara se detiene en este goteo de sangre, como si existiera una divinidad inmanente en las margaritas, y para subrayar el momento, una señora en una casa a las afueras de la ciudad toca el piano, dotando la escena de una mayor carga poética. Una vez que termina la persecución, ambos, policía y delincuente, yacen embarrados y tumbados. Kurosawa aúna lo dramático y lo lírico, los movimientos físicos barrocos y un sentido dramático del tiempo, como sostiene James Goodwin en un artículo titulado «El arte de Kurosawa».

Me parece interesante traer a colación alguna anécdota del rodaje de esta gran obra, porque a veces ficción y realidad se conjugan de una manera un tanto caprichosa. Parece ser ,según refiere en su autobiografía, que

«cuando aún les quedaba mucho por rodar en los exteriores se acercó un tifón. Poco a poco se nos iba poniendo el tifón encima y el plató adoptó la forma de un campo de batalla. Acabamos de rodar la misma noche que se suponía que la tormenta iba a azotar en toda su potencia. Cuando volvimos a ver como había quedado el decorado de exteriores después de la tormenta, nos encontramos con todo devastado. Pero mirar los escombros de lo que habíamos rodado unas horas antes me proporcionó una sensación peculiarmente limpia, gratificante».

Cuando dejaba el equipo de rodaje abandonando el autobús que lo llevaba a casa, «siempre me invadía con más firmeza la soledad al separarme de mi equipo que la alegría de reunirme con mi familia».

«Ahora todo lo que disfruté rodando Nora Inu me parece un sueño distante. Las películas que entusiasman al público siempre son las que de verdad resultaron amenas en el rodaje. Pero no se logra placer en el trabajo a menos que sepas que has puesto todo tu esfuerzo en ello y has hecho lo posible por darle vida. Una película que se realiza así muestra los sentimientos del equipo».

El humanismo de su cine es tal que en toda su obra parece realizarse la misma pregunta, ¿por qué los hombres no pueden vivir en perfecta armonía con un poco más de comprensión mutua? En fin, suscribo lo que decía Werner Herzog de Akira Kurosawa: «Me inclino cada vez que oigo pronunciar su nombre: es uno de los genios más grandes de la historia del cine».


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.

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