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Sociopolítica

La desesperada lucha por respirar

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Manaos – En el inicio de la segunda ola de contagios, los casos de covid-19 se extendieron como un reguero de pólvora en Manaos, mi ciudad natal, capital del estado brasileño de Amazonas.

Como tantas otras personas, de repente me encontré tratando de brindar atención médica a un familiar que se asfixiaba en casa: mi suegra, Dilza Maria Rodrigues, de 71 años.

Vista aérea del cementerio de Nossa Senhora Aparecida de Manaos, donde se entierran las víctimas de covid-19, el 22 de enero de 2021 (Marcio JAMES)

La trajimos a vivir con nosotros cuando mostró síntomas de covid-19. Pronto empeoró tanto que nuestro médico de familia nos dijo que teníamos que llevarla de inmediato a una unidad de cuidados intensivos.

Empezamos a ir de hospital en hospital, el mismo peregrinaje que yo había hecho tantas veces para documentar como fotoperiodista los estragos de la pandemia en Brasil.

Un hombre sujeta un tanque de oxígeno en Manaos, el 15 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)
Voluntarios de los servicios de emergencia médicos SOS rellenan tanques de oxígeno para repartir entre los necesitados en Manos, el 30 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

Necesitaba oxígeno desesperadamente. Compramos un pequeño cilindro que duraría unas horas y nos dispusimos a buscar un hospital que pudiera ofrecerle cama y oxígeno.

Sabía, por mis reportajes, que la pesadilla podía tener finales diferentes. La gente estaba desesperada por encontrar oxígeno; Manaos se derrumbaba y la muerte estaba por todas partes, tanto que los cementerios tenían filas de ataúdes en espera de ser enterrados.

Nunca olvidaré el día en que conocí a José Moreira, de 90 años, y su familia. Estaba filmando una historia sobre un grupo de voluntarios que ayudaban a familias a buscar cilindros de oxígeno y llevaron uno para José en el maletero de un auto.

José Moreira, de 90 años, junto a su nieta (AFP / Michael Dantas)

El hombre estaba muy pálido. Los tubos y válvulas se conectaron lo más rápido posible. Después de unos minutos de soporte de oxígeno, su piel recuperó el color. 

Pudo sentirse un soplo de esperanza en la casa, pero duró muy poco. Un grito llegó desde el dormitorio: su nieta, Débora García,  le realizaba resucitación cardiopulmonar. Demasiado tarde. Vi a José exhalar su último suspiro.

Un hombre llora afuera del Hospital 28 de Agosto de Manaos, el 14 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)
Una camioneta carga tubos deoxígeno en Manaos, el 15 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

Ahora, la historia estaba dentro de mi casa. Junto con mi esposa, Juliana Milagres, improvisamos una enfermería en una habitación, igual a las que había fotografiado por toda la ciudad, y nos preparamos para nuestro nuevo «trabajo» de intentar compensar el colapso del sistema de salud.

 

Dilza Maria Pereira Rodrigues, 71, convalece del covid-19 en la casa de su hija, 2 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

Siempre fui muy cercano a Dilza y a la familia de mi esposa. Tenemos recuerdos felices de nuestros encuentros y paseos familiares previos a la pandemia. Pero eso parece ahora muy lejano. 

Al menos yo tenía un solo paciente que cuidar. Pocos días atrás, fotografié a dos estudiantes, las hermanas Laura y Laís de Souza Chaves, que debieron hacerse cargo de ocho integrantes de su familia al mismo tiempo.

Los pacientes en su improvisado hospital incluían a su padre,  el enfermero Márcio Moraes, de 43 años, un profesional de primera línea que ahora peleaba por su vida.

Laís de Souza, de 25 años, debió cuidar junto a su hermana Laura a ocho familiares enfermos de covid en forma simultánea (AFP / Michael Dantas)

Las hermanas carecían de cilindros para proporcionar oxígeno a todos al mismo tiempo. Me dijeron que lo peor era decidir quién lo necesitaba más. Mientras uno respiraba, otro perdía fuerzas.

Cambiaban el suministro de oxígeno sin avisarles, para evitar empeorar la situación. «Me viene un ataque de pánico si escucho la palabra oxígeno. Todo mi cuerpo se estremece», dijo Laís, de 25 años.

Un sepulturero del cementerio Nossa Senhora Aparecida de Manaos, el 25 de febrero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

El 14 de enero fue uno de los peores días de la pandemia en Manaos: los hospitales se quedaron sin una gota de oxígeno. Muchas personas murieron. Repentinamente,  nos enterábamos de amigos y conocidos que ya no estaban.

Vista general de un área reservada para los muertos por covid del cementerio Nossa Senhora Aparecida de Manaos, el 5 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

En algunos lugares, la gente levantó grandes tiendas de campaña para improvisar atención médica. Visité dos: Tenda Uapi, que atendía pacientes indígenas, y Tenda da Salvação, improvisada con láminas de plástico, en el patio trasero de una iglesia evangélica.

Ahora, yo atravesaba la misma odisea de buscar hospital, oxígeno y profesionales de la salud que ayudaran a mi suegra.

La gente hace cola para rellenar los tanques de oxígeno (AFP / Marcio James)

Hice cola afuera de la compañía que rellena los cilindros de oxígeno en la ciudad. Allí me crucé con historias increíbles, como la del mecánico de vehículos Josimauro da Silva, de 57 años.

Josimauro estuvo internado con covid en enero. Pero después de pasar la noche en el corredor de un hospital con más de 100 enfermos esperando tratamiento, llamó a su hija y le pidió: «¡Sácame de aquí lo más rápido que puedas o moriré en este lugar!». Le dijo que no había camas, no había oxígeno, no había médicos ni enfermeras para atender a tantos pacientes al mismo tiempo.

Josimauro da Silva, de 57 años, convalece de covid-19 en su casa en Manaos (AFP / Michael Dantas)

Desde entonces, su hija Jessica da Silva, de 22 años, lo cuida en casa. Usó 20 cilindros de 50 litros en los primeros 21 días de tratamiento. Logró pagarlos gracias a donaciones de familiares y amigos.

Por mi lado, finalmente logramos hospitalizar a mi suegra por 15 días. Los médicos confirmaron el diagnóstico de covid-19. En ese período, Dilza perdió a su madre, Zila Maria Brandão, de 98 años, y a su hermana, Socorro dos Santos, de 78, debido a la pandemia.

Mi suegra fue dada de alta el 30 de enero. Pero tuvo que volver al hospital ocho días después. Sobrevivió al coronavirus, que no obstante le dejó secuelas. 

Dilza Maria Pereira Rodrigues, 71, se recupera en su casa tras permanecer 15 días hospitalizada por covid-19, 2 de enero de 2021 (AFP / Michael Dantas)

Los médicos dijeron que sus pulmones estaban más de 80% comprometidos. En su débil condición, contrajo una infección bacteriana. Nadie, ni siquiera ella, quería regresar al hospital, pero no hubo más remedio: permaneció otros 17 días internada lidiando contra las secuelas del covid. Luego regresó a casa para terminar su recuperación con nosotros. 

Yo regresé a las calles a tomar fotografías en cuanto estuvo mejor. Quiero contar esas historias, las de los voluntarios y familiares que luchan -igual que nosotros- por mantener a sus seres queridos con vida.

Mi esposa debió dejar de trabajar para cuidar a su madre y a su hijo de 14 años, Marcelo Milagres, quien también se contagió el virus.
Todo ha sido muy duro, pero tenemos confianza en que vendrán días mejores. Ganaremos la batalla. Pronto nuestra familia recuperará la salud.

Editado por Mauro Pimentel y Joshua Berger; traducido por Yanina Olivera Whyte

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Autor: Michael Dantas

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Sociopolítica

Mujeres fotógrafas: Patricia de Melo Moreira

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París – “¿Quién teme a las fotógrafas?” El Museo de la Orangerie y el Museo de Orsay plantearon esta pregunta hace cinco años en una importante exposición que destacaba el papel fundamental, a menudo ignorado, de la mujer en la historia de la fotografía.

Desde los orígenes de la fotografía (nacida oficialmente en 1839) las mujeres se han apoderado de la cámara oscura, han invertido el espacio, viajado a tierras desconocidas, mirado el mundo, cubierto guerras, inventado nuevas técnicas, espectáculos de genio o vanguardia artística … Sin embargo, se desconocen los nombres de la gran mayoría de ellas. 

Las mujeres han permanecido a la sombra de la historia, discretas, borradas. El trabajo colectivo “Une histoire mondial des femmes photographes” (Historia mundial de las fotógrafas) publicado en noviembre por ediciones Textuel  busca colmar esas lagunas, al menos las más importantes.

En homenaje a todas estas mujeres, a Frances Benjamin Johnston, Alice Shalek, Elizabeth “Lee” Miller, Gerda Taro, Eva Arnold, Dorothea Lange, Françoise Huguier, Sabine Weiss, etc … a todas las que siguen y observan constantemente los aconteceres del mundo a través de una cámara, la AFP lanza una serie de entrevistas a sus fotógrafas. Empezamos por Patricia de Melo Moreira, afincada en Lisboa, que figura en la prestigiosa lista de los mejores fotógrafos de agencia de 2020 elaborada por el diario The Guardian.

Marielle Eudes, directora de Fotografía de la AFP. 

Un mesero con mascarilla mira por la ventana de un restaurante cerrado en el centro de Lisboa, el 9 de noviembre de 2020 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

¿Cómo nace tu pasión por la fotografía?

Es una pasión que se remonta a la infancia. Tengo el recuerdo de mi padre hojeando nuestros Life Magazine cuidadosamente conservados. Recuerdo precisamente el momento en que me dijo cómo una fotografía podía resumir un momento decisivo de la historia.

También recuerdo las mil preguntas que le hice. Tenía ocho o nueve años… Desde entonces compartí esa pasión con él. Le regalé libros de fotos para el Día del Padre. Recuerdo conversaciones que sostuvimos sobre Robert Capa, sobre imágenes de guerra. Mi papá me presentó a los fotoperiodistas.

Exposición de Robert Capa (foto A Falling Soldier, España, 1936) en el auditorio de Roma, el 30 de abril de 2013 (AFP / Gabriel Bouys)

Cuando era adolescente, usaba mi dinero de bolsillo para suscribirme a National Geographic. Y todavía compartimos esa pasión, a pesar de que inicialmente mi padre desaprobó esta elección de carrera. Me decía: “¡Es un sueño, pero no te dará ninguna estabilidad en la vida”! Yo me puse terca y tuvimos más de una discusión. Finalmente cedió. Cuando tenía 18 años comencé a estudiar fotografía documental en la universidad. Ya sabía que quería tener un trabajo que me permitiera conocer a otros y descubrir mundos diferentes, desde adentro.

Lisboa, la ciudad de Patricia, el 15 de enero de 2021 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Tenía sed de fotografía, estaba completamente abierta a todos los géneros: fotografía de moda, fotografía creativa … Me especialicé en fotoperiodismo porque descubrí rápidamente que era donde mejor era. Trabajé en un centro comercial para pagar mis estudios, y el resto del tiempo mi vida giraba en torno a la fotografía: en el campo y en el laboratorio, ya que aún revelábamos los negativos. Trabajé para varios medios portugueses antes de unirme a la AFP en 2009.

Gente con mascarilla en los suburbios de Lisboa, el 30 de junio de 2020 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

¿Con qué tres palabras resumirías tus fotografías?

Simple, emotivo, profundo. Simple, porque no utilizo técnicas demasiado sofisticadas. No engaño con la luz, por ejemplo. Juego con la luz natural del lugar, incluso cuando no es ideal. Emocional, porque siempre trato de capturar los sentimientos de las personas que fotografío. Trato de tomarme el tiempo para escuchar a las personas y comprender cómo se sienten. Aunque la emoción también puede corresponder a una atmósfera: calles solitarias durante la pandemia, por ejemplo. Intento jugar con la luz, por ejemplo, para transmitir el sentimiento que se cierne sobre la ciudad. Profundidad, porque espero crear conciencia, provocar la reflexión.

Lisboa, 15 de enero de 2021 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Pero sobre todo, me parece muy importante ser honesto. Intento no tener una idea preconcebida para mis coberturas. Sé que hay algo que puedo esperar y que en el momento todo puede ser muy diferente. Los hechos deben informarse tal cual son. Eso es el fotoperiodismo.

Hospital de Sao Joao de Porto, 22 de octubre de 2020 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Por ejemplo, hemos estado muchas veces en hospitales que en teoría estaban saturados. Pensamos que íbamos a ver a cuidadores agotados. Sin embargo, eso no fue lo que observamos. Estaban totalmente en control, concentrados. La primera vez que estuve en un hospital, esperaba ver estrés, agotamiento… y fue todo lo contrario. Me sentí aliviada, protegida.

Afuera del Hospital Santa María de Lisboa, el 7 de enero de 2021 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Me gusta particularmente cubrir temas sociales y culturales. Intento investigar bien de antemano. Por ejemplo, cuando me pidieron que cubriera la Ley de Adopción para Parejas Homosexuales en el Parlamento portugués, preferí cubrir la historia conociendo a parejas que ya habían adoptado y que esperaban con impaciencia esta ley.

Matilde y en el coche, su hija Carolina y su compañera Olga, en Lisboa el 23 de febrero de 2014 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Fue emocionante. Pasé tiempo con cuatro o cinco parejas y sus hijos. Me gusta entrar en la vida de las personas, conocerlas, me siento privilegiada. Lo que más me interesa son las historias humanas. No solo la fragilidad del ser humano, sino también los momentos de alegría, de celebración.

Cantante de fado, Lisboa, el 27 de noviembre de 2020 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Al dar tiempo para que las personas se sientan ellas mismas, se puede demostrar que son únicas. Me gusta irme a casa y sentir que me he enriquecido a través del contacto con los demás, y espero que quienes miren mis fotografías tendrán la misma sensación: que les brindan información, pero también emociones.

Matrimonio colectivo en Lisboa, el 12 de junio de 2019 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Cuando trabajas para una agencia de prensa, en noticias de último momento, no siempre es fácil. Hay que ir rápido, ser preciso, tener las fotografías de los momentos clave; pero eso también me hizo más ágil.

(AFP / Patricia De Melo Moreira)

¿Qué significa ser una fotógrafa?

Quiero que me traten en pie de igualdad; no quiero creer que somos diferentes. Pero sucede que a veces se nos percibe como más vulnerables, más frágiles. Algunos lamentablemente piensan que las fotógrafas no pueden hacer ciertas coberturas. Para algunos, el fotoperiodismo es un trabajo de hombres porque implica riesgos. Sigue siendo un estereotipo que tenemos que superar. Nunca fui víctima abiertamente de este estereotipo, pero me pasó, de manera más sutil, cuando cubría el fútbol. ¡Les causaba sorpresa que trabajara para la Agence France-Presse!

(AFP / Patricia De Melo Moreira)

No era la única en los estadios, pues hay otras fotógrafas que cubren el fútbol en Portugal. Por ejemplo, el Benfica de Lisboa tiene una fotógrafa. Pero no hay muchas.

Aunque ser mujer tiene ciertas ventajas, especialmente a la hora de fotografiar a otras mujeres. Es más fácil acceder a momentos de  intimidad sin que se sientan amenazadas; de antemano se sienten más seguras y confiadas.

Mujeres se pareparan para el desfile de San Antonio, en Lisboa, el 12 de junio de 2012 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

Preferiría que no hubiera un Día de la Mujer porque eso significaría que se superaron las desigualdades. En cualquier caso, no es un día para regalar flores o hacer publicidad. Es un día para recordar que debemos actuar. Todos, no solo las mujeres. Y a todos los niveles, incluido el escolar. Necesitamos decirles a los niños que muchas mujeres en todo el mundo aún no tienen las mismas oportunidades, los mismos salarios, la misma seguridad física. Todavía hay tantas desigualdades, y siempre …

Una vendedora de estatullas religiosas posa con su mascarilla en el santuario de Fátima, en el centro de Portugal, el 13 de mayo de 2020 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

¿Cuál fue la cobertura que más te marcó?

Sin duda la tragedia de Pedrogao Grande, el terrible incendio forestal que dejó más de 60 muertos en junio de 2017. Los incendios forestales son recurrentes en Portugal en verano; pero los portugueses no estaban preparados para esta tragedia. Cubrir estos incendios fue particularmente agotador, tanto física como emocionalmente. Recuerdo el día que empezó,  yo estaba cubriendo el día del Orgullo Gay en Lisboa; había más de 40 ° C y hubo una tormenta seca que multiplicó por diez la fuerza del fuego.

Anabela Silva posa frente a su casa el 18 de junio de 2017, cerca de Figueiro dos Vinhos, Portugal (AFP / Patricia De Melo Moreira)
(AFP / Patricia De Melo Moreira)

Cuando llegamos, las llamas ya habían arrasado varios lugares. Un humo espeso redujo la visibilidad. Trabajamos casi 48 horas seguidas. Cerca de 50 personas, incluidos niños, murieron en sus autos tratando de huir. Solo quedaron los autos carbonizados. Todo lo que quedó fueron sus cenizas. Siempre recordaré a los sobrevivientes que necesitaban compartir sus historias, sus esfuerzos para ayudar a los demás, su inútil lucha por salvar sus hogares y animales, su desconcierto cuando las llamas arrasaron con sus vidas enteras en cuestión de horas. Una mujer me mostró los recipientes de agua que había intentado llevar a los autos en llamas, llorando. Se sentía culpable. Esas imágenes se quedan conmigo, e incluso cuando camino por el bosque pienso en ellas. ¡No podría tener una casa en el bosque!

Incendio en Macao, en el centro de Portugal, el 21 de julio de 2019 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

¿Cuál fue el último tema que te apasionó? 

Fue un viaje a las Azores a principios de marzo. Fuimos a la isla de Corvo, la más pequeña del archipiélago, en medio del Atlántico, a más de 1.800 kilómetros de tierra firme. 

Corvo, en el archipiélago de las Azores, el 11 de marzo de 2021 (AFP / Patricia De Melo Moreira)

La isla tiene menos de 400 habitantes, 384 para ser exactos. Solo tuvieron un caso de covid, importado, en enero: una persona que había viajado al continente. Cubrimos la campaña de vacunación.

¡Pudimos vivir sin la mascarilla! La gente nos miraba de forma extraña y comprendimos que era porque estábamos enmascarados, así que nos las quitamos. Por supuesto, nos hicimos la prueba antes de viajar.

(AFP / Patricia De Melo Moreira)
(AFP / Patricia De Melo Moreira)

Era extraño volver a un restaurante, a un local pequeño, donde no manteníamos el distanciamiento entre nosotros. Me sentí rara. Al segundo día nos acostumbramos. Aprovechamos para llenar nuestros pulmones de aire puro antes de regresar a Lisboa. Disfrutar de la naturaleza, después de dos meses de encierro en la capital, fue maravilloso.

(AFP / Patricia De Melo Moreira)

Entretrevista: Michaëla Cancela-Kieffer en Paris.  Traduccion: Yanina Olivera Whyte en Montevideo

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Autor: Patricia De Melo Moreira

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Sociopolítica

El tsunami, la radiación y la línea de Dios

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Tokio – Uno de los sismos más potentes jamás registrados sacudió el 11 de marzo de 2011 la costa noreste de Japón provocando un devastador tsunami que causó el accidente nuclear de Fukushima.

La oficina de la AFP en Tokio se movilizó rápidamente y sus periodistas desde hace años y sus periodistas han viajado en numerosas ocasiones a la zona afectada de Tohoku. Una década después del desastre, que dejó unos 18.500 muertos y desaparecidos, regresaron al lugar para realizar una serie de artículos previos al aniversario.

El tsunami del 11 de marzo de 2011 invade la pequeña ciudad de Miyako (AFP / Jiji Press)

Cuatro de los periodistas involucrados en esta cobertura -Shingo Ito, Hiroshi Hiyama, el fotógrafo Kazuhiro Nogi y la videoperiodista Harumi Ozawa-  relatan aquí su experiencia.

“La línea de Dios”

Rikuzentakata, en la prefectura de Iwate, el 17 de marzo de 2011 (AFP / Kazuhiro Nogi)

Nogi se encontraba en un tren en Tokio cuando se produjo el sismo de 9,0 grados de magnitud a las 14:46, “una violenta sacudida como nunca antes había sentido”.

“Me bajé del tren para escapar, pero el sismo era tan fuerte, que no podía caminar derecho,” recuerda. Vio los rascacielos que se sacudían en medio de los temblores.

Ese mismo día se dirigió junto al equipo de la AFP al noreste del país, arribando al día siguiente a la zona de Minamisoma, en el departamento de Fukushima. 

“Un paisaje desolador, sumergido en el agua del océano, se desplegó ante nuestros ojos”, evoca. Hiyama estaba con él, aún vestido de impecable traje, corbata y zapatos de cuero puesto que no tuvo tiempo de cambiarse antes de partir.

Una mujer que perdió a su familia en el tsunami ora en Minamisoma, el 2 de mayo de 2011 (AFP / Yoshikazu Tsuno)

Cuando el equipo llegó al ayuntamiento de Minamisoma, todo parecía en orden, pero todo cambió a medida que conducían hacia la costa: “de pronto la ciudad terminó,” dijo Hiyama. “Era como si Dios hubiera trazado una línea y decidido destruir con el agua todo lo que estaba al este de ella.”

La línea invisible -que marca hasta dónde llegaron las imponentes olas del maremoto- impactó también a los otros integrantes del grupo. Ito recuerda la sensación de conducir desde la normalidad hacia un mundo distinto. “Todo cubierto de barro, las calles anegadas, los puentes derrumbados, los malecones derrumbados. Las olas salpicaban al aire… la forma de las comunidades ya no coincidía con lo que marcaba el mapa”, dijo.

“Tuve la impresión de que esa línea separaba al paraíso del infierno”.

Imagen tomada el 11 de marzo de 2011 en pleno tsunami, cerca de Minamisoma, en la prefectura de Fukushima (AFP / JIJI PRESS / Sadatsugu Tomizawa)

Ozawa había viajado a  la región un año antes de la catástrofe, cuando se había ordenado evacuar a la población ante el riesgo de un tsunami tras un terremoto en Chile.

En aquel momento se encontró con una mujer en el gimnasio de una escuela que se había transformado en refugio en Minamisanriku, quien había perdido a su hijo 50 años antes mientras huían de un maremoto. “Pensó que había atado bien a su hijo a su espalda, pero el niño debió resbalarse de su quimono pues cuando llegó a tierra seca ya no tenía nada en su espalda”, recuerda Ozawa.

Dos hermanos almuerzan en un estacionamiento de Minamisanriku, el 12 de abril de 2011 (AFP / Yasuyoshi Chiba)

Cuando regresó a Minamisanriku en abril de 2011, se encontró con que la ciudad había sido arrasada por el agua y recordó a aquella mujer. “Escuché que el agua alcanzó lo alto de la colina donde se encontraba la escuela. El gimnasio apenas resistió”.

Temor a la radiación

La central nuclear de Fukushima durante el tsunami del 11 de marzo de 2011 (AFP / Handout)

Hiyama y Nogi estaban al costado de una calle el 12 de marzo cuando un bombero se detuvo. “La planta nuclear ya no está”, anunció, haciendo con sus manos el gesto de una explosión.  El equipo se subió rápidamente al auto y se dirigió a un área de descanso a unos 20 km de la planta de Fukishima Daiichi. Un televisor seguía las instancias de la crisis en desarrollo.

“Es difícil imaginar una situación en la cual un presentador de televisión te dice que estás en medio de un accidente nuclear”, dijo Hiyama. “Revisé el mapa varias veces para asegurarme de que estabá más allá del radio de evacuación de 20 km. Pensé en mi esposa embarazada y en mi hijo de dos años”.

El peso del desastre nuclear no golpeó del todo a Ito si no hasta el día en el que visitó una granja en una zona prohibida, donde las vacas morían enfermas o de inanición. “Sentí por primera vez temor por algo invisible. Algo que no podemos ver ni oler,  un peligro que solo un medidor Geiger puede detectar”, señaló.

Funcionarios de Tokyo Electric Power Co (TEPCO) y periodistas observan en febrero de 2012 la central nuclear de Fukushima dañada por el tsunami del 11 de marzo de 2011 (AFP / Issei Kato)

 

Insportables pérdidas

En abril de 2011, Ozawa vio a un hombre sentado en una roca oteando el mar. Se acercó pero “parecía que no me había oído, que ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba allí”. Un familiar explicó que había perdido a su nuera y a tres nietos.

“Aún recuerdo la escena: el cielo azul y el océano y la sensación de temblor en mi corazón cuando intenté hablar con él, pero no pude”, dijo.  Arrimarse a personas que habían sufrido enormes pérdidas causaba conflicto y culpa en los periodistas.

Un hombre consuela a una mujer que llora frente a su casa dañada por el tsunami en Watari, el 14 de marzo de 2011 (AFP / Jiji Press)

Un día, Ito se encontró con una mujer que lloraba de rodillas ante el cuerpo de un familiar tirado en el suelo y cubierto con una manta. “Debería haber hablado con ella… Solo permanecí parado junto a ella por largo tiempo, sujetando mi grabadora en mi mano temblorosa”, evoca.  “Esa es la parte más difícil de nuestro trabajo”.

Traumático

Nogi luchó contra la culpa mientras cubría el desastre: “después de todo, me ganaba la vida tomando fotografías de aquellos que estaban sufriendo”.

“Pero también es cierto que la empatía y objetividad que aprendí durante este tiempo y la forma de encender y apagar el interruptor de mis emociones es algo que he podido aplicar en la cobertura de desastres naturales posteriores”, agregó.
 

Yukiko Kometa, de 74 años, frente a su casa destruida por el tsunami en Noda, el 27 de marzo de 2011 (AFP / Yasuyoshi Chiba)

Le impactó enterarse por un trabajador del hospital de lo difícil que era tratar a los pacientes que tenían arena en los pulmones por aspirar agua de las olas del tsunami. El hombre le dijo que aún no había podido contactarse con su familia para confirmar si estaban a salvo.

“Tenía que priorizar su trabajo… pero estaba lleno de preocupaciones”, dijo Nogi. “Yo pensé:  ‘¿Y yo?’ ‘¿Sería capaz de trabajar más que proteger a mi propia familia?’”

Dos hermanas observan un barco sobre un tejado en Otsuchi, el 16 de abril de 2011 (AFP / Yasuyoshi Chiba)

Ito pronto se acostumbró a las escenas anormales como ver barcos sobre tejados, “aunque la muerte era un asunto completamente distinto”. “Aún no soy capaz de olvidar el olor y las banderas rojas ondeando con la brisa oceánica que indicaban los lugares donde se habían recuperado cuerpos”

“Una noche, camino de regreso al hotel, íbamos todos callados en el coche, en parte porque estábamos exhaustos, en parte porque estábamos traumatizados, o al menos yo lo estaba”, relató. “Tenía ganas de gritar. En la noche, recordé una horrible escena, y desperté empapado en sudor en la cama del hotel.”

Tristeza colectiva

Nayuta Ganbe, que sobrevivió al tsunami, observa el océano en Higashimatsushima, el 8 de febrero de 2021 (AFP / Behrouz Mehri)

El equipo de periodistas de la AFP visita regularmente la región de Tohoku y Ozawa se emociona en cada viaje, incluyendo su última visita a Fukushima este año.

“Por primera vez en toda mi carrera, no pude retener las lágrimas”, contó. “Un hombre de 83 años nos dijo que había perdido a su esposa en las aguas del tsunami. No importa cuan fuerte la sujetara en sus brazos, su cuerpo se escurrió y la perdió”.

No pudo luego buscar su cuerpo debido a la radiación; sus restos se descompusieron antes de que fueran recuperados. Un policía trajo después una fotografía de su cuerpo, que no se parecía en absoluto a la imagen que guardaba de su esposa en la memoria. El hombre estaba tan horrorizado que pidió al policía que quemara la fortografía en ese instante, lo cual el agente hizo.

Ofunato, el 14 de marzo de 2011 y el 4 de marzo de 2021 (AFP / Toshifumi Kitamura)

“Había logrado contener las lágrimas durante muchas entrevistas anteriores”, dijo Ozawa. “Pero no esta vez. Afortunadamente todas las lágrimas cayeron dentro de mi mascarilla”.

Al regresar este año, Hiyama sintió el contraste entre la recuperación de la región y sus memorias. «La vida continúa… en algunas zonas parece que la vida transcurre en enormes obras de construcción”, dijo.

“Todas esas nuevas estructuras se erigen en terrenos donde  murieron o desaparecieron casi 20.000 personas. Es como si la tristeza colectiva y la miseria de las familias del lugar también estuvieran enterradas en lo profundo, debajo de la fachada de la nueva Tohoku”, agregó.

Un lugar de alegría

Los periodistas de AFP seguirán reportande desde Tohoku, e Ito espera poder hacer un seguimiento del reverendo Sato, a quien entrevista hace varios años, desde que se vio obligado a dejar atrás su iglesia situada en la zona afectada por la radiación. Después del desastre, Sato soñó con construir una nueva iglesia: lo hizo y muchos de sus fieles originales ahora acuden allí.

Pero Sato espera poder regresar a su iglesia original una vez que se levanten las órdenes de evacuación, quizás el año próximo.

Akira Sato en su antigua capilla en la zona prohibida de Tomioka, de la prefectura de Fukushima, el 27 de febrero de 2021 (AFP / Philip Fong)
El pastor Akira Sato en su nueva iglesia bautista en Iwaki, el 26 de febrero de 2021 (AFP / Philip Fong)

“Tenemos muchas historias tristes de Fukushima, pero la suya es alentadora”, señaló Ito . “Espero poder ver su próximo capítulo en el futuro”.

Hiyama afirma que Tohoku es mucho más que el desastre de 2011, incluyendo su belleza natural y afamados productos. “Allí el océano, si uno se posa en el lugar indicado, puede dejarte mudo de asombro”.

“La región también es prueba de la resiliencia de los seres humanos. Tohoku no es todo tristeza. También es un lugar de alegría”.

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Autor: sara.hussein

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Sociopolítica

La bronca de los jóvenes birmanos

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Bangkok – La bronca irrumpió en las calles de Birmania. Miles se manifiestan contra el golpe de Estado del 1 de febrero impulsado por militares y prometen luchar «hasta el fin».

Una década después de la instauración de la democracia tras medio siglo de dictadura, no están dispuestos a ceder. Y los jóvenes, que representan la mitad de la población del país, toman la delantera.

Rangún, 6 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)

El 6 de noviembre de 2020, Birmania celebró las segundas elecciones libres de su historia, que ganó la Liga Nacional por la Democracia (LND), de la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi.

El ruido de botas comenzó a oírse cada vez más fuerte. El ejército empezó a lanzar acusaciones de fraude electoral.  A fines de enero,  el jefe del ejército, Min Aung Hlaing (MAH),  sugirió que la Constitución, que estipula un reparto del poder entre militares y civiles, podía ser revocada.

Mandalay, 2 de febrero de 2021 (AFP / STR)
Myitkyina, 2 de febrero de 2021 (AFP / STR)

La sesión inaugural del nuevo parlamento no tuvo lugar. En la madrugada del 1 de febrero,  el ejército se posicionó cerca de las residencias de los diputados y bloqueó las vías de acceso a la capital, Naypyidaw, antes de cortar la programación de la TV para anunciar el estado de emergencia. Al mismo tiempo, las comunicaciones se vieron interrumpidas en todo el país.

A las 6:34 de la mañana de ese día, la AFP difundía una primera «Alerta» dando cuenta del arresto de la jefa de hecho del gobierno  Aung San Suu Kyi, de 75 años.

Primeras manifestaciones contra el golpe en Rangún, el 2 de febrero de 2021 (AFP / Str)

Pese a ser muy criticada en el exterior por su gestión de la crisis de los musulmanes rohinyás, víctimas de abusos del ejército, Aung San Suu Kyi es muy popular en Birmania.

En el proceso golpista, los militares bloquearon el acceso al aeropuerto internacional de Rangún, la capital económica. Luego, los vehículos blindados aparecieron en las calles.

Personal del Hospital General de Rangún hacen el saludo de la resistencia, el 3 de febrero de 2021 (AFP / Str)

Los birmanos rápidamente comenzaron a protestar, de noche, con cacerolas y otros instrumentos de percusión, para mostrar su descontento. Al principio, eran solo un puñado. Pero en menos de 48 horas, las protestas empezaron a expandirse.

Los birmanos acostumbran a hacer todo el ruido posible para expulsar a los malos espíritus de casas y pueblos. Y ahora los demonios son los militares, explicó Thinzar Shunlei, un manifestante.  En los balcones se canta “Kabar Ma, Kyay Bu” (no olvidaremos hasta el fin del mundo), consigna que se hizo famosa durante el levantamiento popular de 1988.

Saludo de la resistencia en manifestación contra los militares en Rangún, el 6 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)
Saludo de la resistencia en manifestación en Rangún contra el golpe militar, el 3 de febrero de 2021 (AFP / Str)
Rangún, 5 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)

El 3 de febrero se multiplican los llamados a la resistencia, transmitidos por Facebook, principal medio de comunicación del país, donde un “movimiento de desobediencia civil” reunió a 160.000 seguidores en pocas horas. “Vergüenza para el ejército”, “los militares son ladrones”, se lee.  

 

Los funcionarios y en particular el personal sanitario, venerado en este país que a principios de febrero contaba con más de 140.000 casos de coronavirus, encabezan la protesta mientras se van sumando otras profesiones.

El saludo con tres dedos, imaginado por la serie distópica estadounidense Hunger Games  y adoptado por activistas prodemocracia en Tailandia, se convierte también en un símbolo de resistencia en Birmania.

Manifestación en Rangún el 6 de febrero de 2021 (AFP / Str)

El 8 de febrero se multiplican las convocatorias a una huelga general. Trabajadores, campesinos, profesores, ingenieros, controladores aéreos, ferroviarios se unieron al movimiento de resistencia.

Miles de estudiantes y profesores también protestan en Rangún. El 7 de febrero,  unos 100.000 manifestantes marcharon en la capital económica. También decenas de miles se movilizan en Mandalay, la segunda ciudad del país, y en Naypyidaw, la capital administrativa.

Una manifestante exhibe un cartel frente a la embajada china en Rangún, el 12 de febrero de 2021 (AFP / Sai Aung Main)

Los médiums y magos birmanos se sumaron a las protestas como portavoces de los Nats, las 37 deidades veneradas en Birmania, donde animismo y supersticiones coexisten con el budismo. Los espíritus del más allá están enojados, le dijeron a los generales: “Los Nats no quieren un régimen militar”.

Desde el putsch fueron arrestadas unas 700 personas: políticos, militantes, representantes de la sociedad civil, periodistas, médicos, estudiantes, de acuerdo con información de una ONG que ayuda a los presos políticos. 

Las autoridades birmanas intensificaron la represión contra las movilizaciones y hasta el momento hay cuatro muertos: tres manifestantes y un vigilante nocturno.

Como respuesta a las detenciones nocturnas, patrullas ciudadanas vigilan los barrios, instalando sacos de arena o caceroleando para anunciar y dificultar intervenciones de las fuerzas de seguridad.
 

Mujeres protestan contra el golpe de Estado en Birmania frente a la embajada china en Rangún, el 12 de febrero de 2021 (AFP / Sai Aung Main)

Birmania es un país joven: casi la mitad de su población tiene menos de 24 años. La juventud no conoció la sangrienta represión de la revuelta de 1988, que dejó cerca de 3.000 muertos. Pero los jóvenes que votaron por primera vez en los comicios del 6 de noviembre no quieren ver su papeleta pisoteada.

De no ser por la terrible limpieza de la que fueron víctimas los musulmanes rohinyás en 2017, el balance de los diez años de democracia en Birmania sería positivo.  En ese período aumentó el nivel de vida, pues actualmente una tercera parte de la población vive bajo la línea de  pobreza frente a casi la mitad antes de la apertura democrática de 2011.

Manifestantes disfrazados en Naypyidaw, el 12 de febrero de 2021 (AFP / Str)
Manifestantes disfrazados en Rangún, el 10 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)
Manifestantes vestidas de novia en Rangún, el 10 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)

El país se abrió, exponiendo a sus habitantes a otras culturas y a las redes sociales, especialmente a partir de 2013, cuando comenzó a tener un buen acceso a internet.

Manifestantes en el lago Inle, en el estado birmano de Shan, el 11 de febrero de 2021 (AFP / Str)

Pese a los cierres de Internet, los manifestantes pudieron eludir la censura utilizando VPN o tarjetas SIM extranjeras. Las imágenes de las manifestaciones muestran día tras día a estos nuevos birmanos, tan diferentes de sus abuelos que permanecieron aislados del mundo durante 49 años.

Fans de Facebook, Instagram y TikTok no dudan en publicar sus demandas en inglés, que son rápidamente transmitidas online por otros jóvenes en Tailandia o Hong Kong. Sus carteles insolentes se burlan de MAH, el jefe del ejército, como uno en el que una manifestante dice odiarlo más que a “sus reglas”.

 

Manifestación de médiums en Rangún, el 11 de febrero de 2021 (AFP / Str)

Algunos también denuncian el acaparamiento de riquezas, en este país desbordado de recursos naturales, como el jade o el petróleo y el gas que gestionan conglomerados controlados por el ejército.

El ejército también tiene intereses en los sectores bancario, transporte, textil y turismo.

Manifestantes bloquean una avenida en Rangún, el 17 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)

Mientras, la escasez de dinero afecta a los birmanos, pues una de las primeras medidas después del golpe fue limitar el retiro de dinero de los bancos. Muchos de ellos están cerrados desde hace días porque sus empleados se unieron a las protestas.

Homenaje a Mya Thwate Thwate Khaing, muerta tras ser herida de bala a mediados de febrero en Rangún, 19 de febrero de 2021 (AFP / Ye Aung Thu)

«Ayudenos a salvar a Birmania», gritaron los manifestantes en Naypyidaw.

Una manifestante reclama la liberación de la líder civil birmana Aung San Suu Kyi en Naypyidaw, el 16 de febrero de 2021 (AFP / )

Este relato fue realizado por el equipo de AFP en Rangún.

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Autor: Sophie Deviller

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