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Cultura

Breviario de falsedades (18)

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/ por José Manuel Vilabella /

[PACIENCIA] El Diablo se sentó en la puerta de su casa, en la puerta del infierno, para ver pasar el cadáver de Jesucristo.

[NOMBRES] Las hijas de don Rogelio eran las más alegres de Sevilla. Bailaban, cantaban, tocaban el violín y la pandereta; eran alegres y chistosas, coquetas, buenas, honestas. Desde el señorito al maletilla, desde el poeta secreto al cantaor de martinetes bebían los vientos por ellas. Yo estuve enamorado de las tres y, después de setenta años, se me aparecen en sueños y noto todavía el perfume de su piel sin perfumes y la calidez de sus labios. Las hijas de don Rogelio se llamaban Dolores, Angustias y Soledad.

[TRISTEZA] El viejo capitán de barco bebía para olvidar que nunca podría atracar su airoso bergantín en aquella botella de ginebra medio vacía.

[OPOSICIÓN] El político aquel eran tan negativo y demoledor en sus acusaciones a la oposición que solo salvaba una sola cosa en sus discursos: las redundancias.

[CONSEJO] «Déjalo o se puede morir», dijo el médico al torturador. Y el funcionario miró un momento el ojo que tenía en la mano y lo tiró a la papelera; después se lavó las manos con esmero, se atusó el pelo, se puso la chaqueta y dejó la ira encima del escritorio, al lado de la grapadora, junto al abrecartas, el reloj de sobremesa y una fotografía de Amparo y Luisito.

[HORROR] Después de andar sobre las aguas, un momento después de haberlo hecho, y precisamente cuando comprobó el estupor en los ojos de Pedro y la admiración en la bobalicona sonrisa de Judas, se arrepintió de su debilidad, le pareció absurda y desmesurada aquella demostración circense y se echó a llorar con desconsuelo como un niño, porque se había dejado llevar por la soberbia de los dioses y había sucumbido ante el reto del más difícil todavía.

[NAUFRAGIO] Cuando Simbad naufragó de nuevo, pero esta vez en la playa de Celorio, el mar, compadecido de los veraneantes madrileños, devolvió lo que debía de otras catástrofes pretéritas: los doblones perdidos de Castilla, el rosario de la reina Isabel, el diario inédito de Magallanes y el cadáver putrefacto de don Cristóbal Colón disfrazado de asturiano, pero, eso sí, un Colón mordisqueado por los pececitos, picoteado por las gaviotas, envejecido por las tormentas. Simbad, que era, como es público y notorio, un redomado mentiroso, dijo llamarse Clemente Sotres del Peral y ser de Lugo capital.

[RECUERDOS] Judas Iscariote, treinta años después de la muerte de Jesús de Nazaret, contaba a sus contertulios de El Cairo, mientras paladeaba un vaso de aguamiel, las últimas horas de su amigo del alma y, cuando la gente le preguntaba quién había sido el traidor, él exclamaba con la pasión de los inocentes y blandiendo un manuscrito de papiro en el que contaba toda la verdad, solo la verdad y nada más que lo sucedido: «El juicio de la Historia pondrá a cada uno en su lugar!». Y después puntualizaba con lágrimas en los ojos y algo de melancolía: «Yo soy un caballero, un señor, un hombre que intervino en hechos prodigiosos sin que le temblase la mano y no vendo a mis amigos por dinero».

[REGRESO] Ya no se parecía en nada a la mujer que él conoció, pero el viejo resplandor de su mirada se asomaba, a veces, a sus ojos profundamente negros. Calva, gorda, monstruosa, había ido dejando jirones de su belleza en cada uno de sus hijos y, ahora, los 39 que había parido con dolor se miraban con desconfianza y observaban su cadáver con estupor. Los labradores todos a un lado y los pastores al otro hacían guardia ante el catafalco con la crispación de los guerreros que van a comenzar una nueva batalla, de los que pelean con la mirada desafiante antes de llegar al círculo de la ira, que confirman con el gesto que se contienen a duras penas. «He fracasado, mi existencia ha sido inútil; solo he sabido engendrar odio», pensaba cuando acercó la antorcha a la pira y, mientras duró la larga ceremonia, hizo un balance despiadado de su vida. Todo había sido inútil y absurdo; solo ella, el monstruo bello que ahora se consumía devorada por las llamas, le había asombrado con sus prodigios de cada día; solo en sus sonrisas y entre sus brazos encontró el sentido de la huida y el miedo a lo desconocido; ella había apaciguado a los 39 y también el enfado del Señor y su rencoroso recuerdo. «¡Maldita memoria!», masculló entre dientes. Y ahora se iba poco a poco convertida en chispas, en llamaradas azules, en cenizas. Ella, también, le había dejado solo como los otros compañeros de infortunio, como el caballo de la larga galopada que le acompañó aquel día, como el perro que no quiso abandonarlos. Hizo un hatillo y se despidió de sus hijos con un gesto y emprendió el camino del sur, el del regreso. Él no lo sabía, pero esa senda la seguirían después todos los hombres que vuelven, los desdichados que retornan al principio, los mutilados de todas las batallas que buscan el camino de su casa. Iba contento y alegre hacia el sur; era un ejército derrotado pero el camino y la esperanza del sol le animaban a seguir y a seguir, a volver, a regresar, a empezar otra vez, a comenzar de nuevo. Él no lo sabía, pero el camino que hacía ahora en soledad sería la senda que recorrerían uno a uno, uno detrás de otro, uno más uno hasta formar legión y muchedumbre todos sus descendientes, los hijos de Eva. Adán regresaba al paraíso, volvía al Edén para empezar de nuevo. Iba contento y con el corazón alegre, silbaba una canción y en el zurrón, con un mendrugo y un poco de queso, llevaba el recuerdo falso de la felicidad del paraíso. Era un anciano decrépito, un viejo mutilado que regresaba al Edén por el camino equivocado, por el camino del sur.

[DESEO] «¡Cómo me gustaría tener tus ojos, Margarita!», exclamó la amante del general a su confidente y compañera de juegos infantiles. Y al día siguiente su protector, el dictador, le regaló un estuche carmesí con los ojos recién extirpados de su mejor amiga.

[ARREPENTIMIENTO] Nunca pudo imaginar que el portero del edificio iba a ser el que le acusaría con más rencor, el más severo de sus subordinados. Ante el tribunal militar le señaló con el dedo y lo definió como un hombre soberbio, despótico, indiferente ante el dolor de las gentes, antipático, inhumano, distante. Después otros expusieron sus crímenes y con documentos y pruebas irrefutables demostraron sin lugar a dudas su corrupción. Le fusilaron al amanecer y él no quiso que le vendasen los ojos para poder ver cómo llegaban las doce balas doradas y aunque se perdonó a sí mismo con la disculpa: «Todos los hacían. Allí robaba todo dios», se reprochó íntimamente el haber sido poco amable con el portero, un tal Manolo; el haber sido desatento con el hombrecillo que le abría la puerta cada mañana, el no haber correspondido a las expresivas bienvenidas y a los respetuosos adioses del obsequioso subalterno.

[ALFABETO] Se sentía fascinado por el alfabeto y era un enamorado de las letras y desde niño había intuido que además de vocales y consonantes las letras se dividían en enigmáticas, bondadosas, perversas, honestas, hipócritas, vengativas, tiernas, amigas y enemigas. Él sabía que la ‘m’ daría su vida por él y vivía rodeado de emes, blindado por un ejército de amorosas letras que le protegían como un escudo invisible: «Mi mamá me mima, mi mamá me ama», decía para darse valor cuando estaba en la guerra de Cuba y sus compañeros morían a su alrededor y él notaba que las balas de los rebeldes le pasaban silbando pero no le daban a pesar de que un enemigo decía a los fusileros: «Tenéis que darle al gordito, al pringao de la cara de pan». Cuidaba siempre las palabras pero, sobre todo, estaba siempre atento a las letras que las formaban. La ‘W’ le parecía una letra misteriosa que había venido de lejanos países, del extranjero, una letra que a pesar del tiempo transcurrido no había perdido su acento de mujer fatal; era un signo enigmático y siniestro de perfil acanallado que tenía un pasado turbio que figuraba en los carteles de «Se busca» de las comisarías y en la crónica negra del alfabeto. De la ‘W’, las lenguas de doble filo y las cotillas de la escalera inventaban cada día una historia. Decían que había sido espía de los alemanes en la primera guerra mundial y que la fusilaban al amanecer pero ella, con esa terquedad teutona, resucitaba y les llamaba en castellano «hijos de la gran puta», sobre todo a los ingleses. A don Nicolás Muñoz, pedicuro de gran prestigio y lector voraz de novelas de amor, le decía su abuelo, un viejo centenario que había perdido su inmensa fortuna porque su socio Wenceslao Alcañiz le había condenado a la miseria y al rencor, que la ‘W’ era una letra maldita y que no se fiase de las personas cuyos nombres empezasen por esa consonante nefanda. El viejo era injusto, no tenía razón, pero no dejaba de vocear que todos los Wenceslaos eran unos ladrones, los Wifredos unos afeminados, los Walbertos unos cursis y los Walter unos carteristas. Y también, en sus desvaríos, estaba obsesionado con la ‘Z’, que era, según su leal saber y entender, una letra de acentos ambiguos y de cantes hondos, de soleares profundas y profecías siniestras. «Cuídate, nieto mío, de los idus y de las zetas de marzo. La muerte se escribe con zeta aunque no lo parezca y también el dolor y la miseria llevan la zeta clavada en sus entrañas, metida en sus asaduras; la zeta se camufla en la muerte y en sus lamentos, en sus ayes de viuda, en sus gritos histéricos, en la negrura de las calaveras». La obsesión por el alfabeto era cuestión de familia. Su tía Mariló, que fue prostituta en las Ramblas y entretenida esporádica de Alfonso XIII que en paz descanse, negaba la existencia de la ‘G’ y, como Juan Ramón Jiménez, defendía la ‘J’, que era la elegancia personificada, la inicial aristocrática por antonomasia. Mariló, borbónica y jotera, tenía un hijo natural del rey de España, un hijo adulterino y bajito, casi un enano, pero con un perfil de moneda inconfundible. «Pon cara de duro de plata, Zacarias», decía Mariló y el niño se ponía de perfil para darle categoría a su origen espurio y la clientela decía que era como su augusto padre, pero en calderilla, que tenía pinta de perra chica. Zacarías, que ejercía de palanganero de su madre, se ganaba buenas propinas con el agua tibia y el jabón de olor y cuando le daba la ventolera solo hablaba con la ‘O’. «Bonos tordos o todos los prosontos», decía muy fino él cuando entraba en la casa de lenocinio con su palangana relimpia y el orgullo de su regia bastardía. Él, dentro de su modestia, pastoreaba el alfabeto en general pero amigo, lo que se dice amigo, lo era de algunas vocales y, sobre todo de la ‘O’, de la ‘U’ y de la ‘I’. A la ‘A’ le tenía especial inquina. «Mamá a la ‘A’ no me la mientes que me da un vahído», decía Zacarías que era un enano resabidillo aunque analfabeto. «La ‘A’ se cree que es la más grande, como la Fornarina, por ser la primera del alfabeto; que uno no sabe leer, pero entiende de letras. Soy listillo y astuto como todos los Borbones. La ‘A’ siempre se está riendo y me tiene jartito con sus carcajadas y sus jajajás y sus jajajajajajajajás. Yo a esa vocal la mando al guano y me quedo tan fresco». Y para demostrarlo abría la ventana donde Mariló recibía a su clientela y gritaba: «A, presumida, vete a la mierda». De la ‘E’ el enano Zacarías decía que era una vocal confusa, profusa y difusa, que tiene mala salud y que un buen día se irá al más allá por un resfriado mal curado. Es tristona y cuando se ríe lo hace sin ganas, sus jejejés y sus jejés suenan a fado y huelen, uy, con perdón, a pedo de sacristán. Preguntaremos un día dónde está la ‘E’ y nos dirán que la diñó y encontraremos su cadáver en el cementerio de las letras muertas. No le faltaba razón al Borbón espurio. Hay, sí, un cementerio de las letras muertas, donde descansan en paz la ‘ce’ con cedilla que conservan los portugueses pero que nosotros hemos expulsado hace tiempo del alfabeto. Se pone usted a hablar con la ‘Ç’ y le confunden con un antiguo, le dan golpes con la badila del brasero y le llaman llenos de furia: «¡Anacrónico, que eres un anacrónico!», porque en España estar fuera del tiempo está muy mal visto entre los gourmets y los sibaritas amantes de la cocina de fusión. También descansa en paz la ‘che’, aquella letra siamesa compuesta de dos letras ’C’, por un lado y ‘H’ por el otro. Que el manazas que la metió en el abecedario se cubrió de gloria el tío. Era una letra doble y ventrílocua, pues, ¡oh, milagro!, hacía hablar a la hache que es muda pero que con su ausencia o su presencia quita y pone reyes, y da la razón a un escribiente o a otro. La ‘CH’, la ‘che’ ya no está, pero su espíritu perdura en el tango arrabalero y llora en el lunfardo. Otra letra que los fabricantes de ordenadores quieren mandar al cementerio es la ‘Ñ’, la eñe de España, no te jode. Quieren que en lugar de gritar lo que gritamos digamos: «¡Viva Espana!» y que digamos, cuando nos ponemos flamencos: «Zoy espanol, cazi na!». En el sur, que son muy suyos, la eñe es la letra coplera, vestida de faralaes, la letra bonita en la que se refugiaban los patriotas aquellos que gritaban: «¡Vivan las cadenas!». Pero volvamos al enano Zacarías. Cuando a su padre, Alfonso XIII, los republicanos mandaron al exilio, al monarca le entró la morriña puteril y mandó llamar a Mariló y a su hijo adulterino. Dejaron España y se mudaron a Inglaterra y allí don Alfonso los trató con consideración y generosidad. Zacarías recibió clases de protocolo, de inglés y de francés, idiomas que pronto dominó. Aprendió a leer y se hizo culto. Aquello fue milagroso. Pasó, sin solución de continuidad, de palanganero resabidillo a políglota. Era listo el enano y caía en gracia por su gracejo y zalamería. Dormía, como si fuese un gato, a los pies de la cama del rey y su amante. Y cuando Mariló terminaba con habilidades y ardides de ramera corrida de satisfacer al exhausto ex monarca, Zacarías le limpiaba el pene con cuidado exquisito con una toallita de felpa. Don Zacarías Borbón y Pérez escribió libros, fue actor, conferenciante y su padre, agradecido, le hizo marqués y grande de España. Que era, sí, una paradoja. No se sabe dónde descansan sus restos mortales; algunos aseguran que en El Escorial. Otro amante de las vocales, de algunas vocales, era don Cipriano de la Mata y Salvatierra de los Arenales, auxiliar administrativo del Banco Hispano Americano, caballero de origen humilde que, como Jesús, había nacido en un pesebre, pero en un pesebre de Zaragoza. Don Cipriano, Ciprianillo para los jefes de sexta, iba a comprar tabaco y poco a poco fue ascendiendo en la pirámide burocrática bancaria y después de tres ascensos se quedó atascado en el puesto de auxiliar, aunque él, la verdad, auxiliaba poco y mal por su obsesión por las vocales. En la ventanilla de las letras devueltas Ciprianillo desconcertaba a los malos pagadores cuando les decía que él quería a la ‘U’ porque le hacía reír y a la ‘I’, con su puntito sobre la cabeza, como si fuese un halo de santa, y puestos a informar a los deudores que jugaban al futbol con las letras pelotas, les describía a Santa I, virgen y mártir, que murió asesinada por los sarracenos que querían acentuarla por la espalda con sus enormes falos. Sus compañeros le miraban atónitos pero él, erre que erre, les describía la generosidad de la ‘O’, porque por allí, precisamente por allí, se habían ido los muertos de la familia y se marcharía él también algún día. La ‘U’ le hacía feliz y a veces la llenaba de vino y se emborrachaba como los inocentes, como Noé cuando se terminó la ventolera, escampó y se quedó solo con el perro que movía el rabo y le lamía la mano y con el loro que gritaba pomposamente: «¡Alabado sea el sacrosanto nombre del Señor!», que parecía el Papa por lo beaturrio que se ponía. La ‘U’ le miraba con su sonrisa bonachona y le quitaba las penas, le hacía olvidar los insultos de la clientela y las broncas suaves de don Ramiro, un viejecito bondadoso que le tenía mucho cariño y le susurraba al oído: «Pero, Ciprianillo, hombre, pon atención al acto y no te dejes llevar por tus ensoñaciones de poeta de las letras de cambio». Entonces el auxiliar regresaba de los cerros de Úbeda y se centraba en su labor bancaria. Y las oes se convertían en ‘0’, en ceros, aquellos números raros que no valían nada cuando se los llevaban los pobres de izquierdas pero que enriquecían a los ricachos de derechas con las dichosas plusvalías. La ‘I’, en ocasiones, le parecía la más desvalida de las letras; era tímida, humilde, se reía como una niña y su jiji le enternecía y cuando se iba se confundía con las huellas que deja el silencio cuando se va sin despedirse. Pero él, si temía a algo, si temblaba como una hoja agitada por el viento, era ante los puntos suspensivos. Se quedaba paralizado por el terror entre esas palabras duras pero sin letras, que se configuran de silencios y miradas iracundas, de sonrisas irónicas en donde no se disimula el desdén; gestos que equivalen a un discurso. Doña Carlota le había apuñalado con un cuchillo de puntos suspensivos y cuando se murió don Ramiro y el señor García le puso delante el finiquito y le dijo: «Firma aquí, inútil», y regresó a su casa y dejó su fracaso encima de la mesa, la esposa cogió el sobre, se bebió un vaso de agua con parsimonia, sacó al descansillo la bolsa de la basura, pronunció un discurso de tres puntos suspensivos y dos etcétera etcétera, le tiró por las escaleras una maleta con dos camisas y tres calzoncillos y le dio, literalmente, oiga, con la puerta en las narices. Cerró la puerta dando un portazo atroz que retumbó en su cabeza e hizo vibrar la cristalería de Bohemia, desbarató el alfabeto y dejó tiritando a las letras mayúsculas, le hizo una joroba a la ‘S’, que se quedó baldadiña y echó a rodar a la ‘O’ que huyó despavorida escalera abajo. Él persiguió a la ‘O’ en una carrera enloquecida, corría entre la gente, entre las damas con miriñaque y los caballeros con sombrero y cuando la alcanzó resultó ser un cero redondito y sin valor. Por los puntos suspensivos se fueron sus amistades, sus sobrinos y hasta doña Rosita, aquella señora escotada que le miraba con deseo y, picarona, le guiñaba un ojo cuando no miraba don Ildefonso, su anciano marido. Conoció la inclemencia de la calle y de la noche. Vendió su alianza de oro y la medalla de la Virgen de los Ojos Grandes. Lo perdió todo. Nadie le quería salvo la ‘M’, que daría su vida por él: «Mi mamá me ama, mi mamá me mima». Y su entorno se llenó de enemigos y de letras feroces, de consonantes amenazadoras, de signos que venían de otros alfabetos: el cirílico, el árabe, las enigmáticas y gritonas letras griegas que no dejaban de ejecutar danzas extrañas. La ‘Q’, que es mala consejera, le asesoró y unos trileros se quedaron con el último billete de cinco euros. Se quedó sin nada e incluso perdió la protección de la ‘T’ mayúscula que le libraba de la lluvia y de los rigores de invierno. El que pierde la ‘T’ lo pierde todo y entra a formar parte del mundo cruel de la pobreza itinerante, de esa tropa vencida que va de ciudad en ciudad con un ‘1’, clavado, como un rejón, en el costado. Son esos que vomitan ristras de ‘dddddddddd’ cada madrugada, los que piden ayuda sin esperanza. El pobre es un rico para el que es más pobre todavía y la pobreza y el vino de cartón los vuelve violentos. Le quitaron la maleta, le robaron los zapatos, le arrancaron a zarpazos el cinturón de Ubrique y le dejaron en cueros vivos y para reírse, solo por diversión, lo crucificaron en una tapia por el placer de oírlo gritar. El pobre pervertido es un pobre cruel para el pobre desvalido. Llegaron las ratas y las letras feroces: la ‘K’, que busca mendigos solitarios para empalarlos con saña, la ‘Y’ que les rocía de gasolina y les prende fuego, la ‘F’ que los maltrata con los pies para no mancharse de sangre las manos y la ‘Z’ que les da la última puñalada para que no sufran. Antes de rociarlo con gasolina super, el tratante de órganos quiso echarle un vistazo y le palpó todo el cuerpo y descubrió el tesoro de sus ojos verdes, claros y limpios: «¡Son cojonudos, tío! ¡Vaya córneas!», exclamó. Entre cuatro lo sujetaron para que no se moviese y el intermediario le arrancó los ojos y los depositó en una neverita de camping que siempre llevaba porque nunca se sabe dónde se puede encontrar un mondongo en buen uso. Sintió el olor de la gasolina y el calor abrasador del fuego y a su alrededor todas las letras fueron desapareciendo una a una y él decidió irse también por la ‘O’ como todos sus amigos, como todos sus muertos. La ‘M’, como siempre, estaba a su lado, fiel como un perro fiel. La ‘M’, que daría su vida por él, le acompañó hasta el borde del dolor y le dijo adiós con un pañuelo blanco y le acunó con ternura para que el tránsito fuese más llevadero y la muerte le pareciese un lugar amable, sin puntos suspensivos. Los bárbaros aquellos se quedaron espantados cuando el mendigo al que estaban asesinando se puso a cantar un blues sin sentido, un blues que les amargó la noche y les persiguió durante toda su vida: «Mi mamá me ama, mi mamá me mima…».

[ESPAÑA] El testigo presencial, Manuel Torrecillas, manifestó, cuando fue interrogado por don Severino, que él, efectivamente, estaba en el lugar antes mencionado y en el día de autos, a la hora indicada y en compañía de su señora esposa doña Aurorita Álvarez, de profesión S. L., ¿sociedad limitada?, no, señor juez, sus labores, tomando un Trinaranjus en el chiringuito de la avenida de Cristóbal Colón. «¿Vio usted cómo el acusado, presunto autor de la agresión que nos ocupa, apuñalaba con rabia a doña María de la O Fernández mientras le llamaba putón de mierda, pingo y mala pécora?». «Lo vi y no lo vi, señor juez», contestó el testigo, y después aclaró que, aunque él dirigía sus ojos a la pareja que por allí pasaba, en realidad los veía pero no los miraba, pues estaba absorto y preocupado por problemas que no vienen al caso pero que están relacionados precisamente con una incontinencia de esperma o eyaculación precoz, con que la divina providencia le viene flagelando desde que era un mocito. El señor Torrecillas, don Manuel, puntualizó seguidamente que se dio cuenta del drama por los grandes gritos que lanzaba la víctima, pues esta, aunque había recibido cinco puñaladas que le habían causado graves lesiones por las que sangraba abundantemente, seguía conservando plenamente su capacidad de expresión cuando llamó a su presunto agresor don Manuel Seisdedos Naranjo «calzonazos», «mal hombre» y «pimientito». Ante la mirada de asombro de don Severino, juez de Instrucción de la promoción última y por lo tanto nuevo en el cargo, el señor Carrasco, escribiente que hace funciones de secretario y persona de gran preparación intelectual a pesar de su apariencia y desaseo personal, de su mal olor y pelo alborotado, aclaró que «pimientito», en el lenguaje cheli, o sea en el argot del lumpen o extrarradio, es una palabra insultante, similar a la de «pocapicha», «tontoelculo» o «meapoquito». El señor juez, al que le gustan las cuestiones lingüísticas, inquirió si «pimientito» es un término análogo al de «gilí» o gilipollas, insultos admitidos por la Española y el señor Carrasco puntualizó que aunque ambas palabras pueden ser consideradas sinónimas, en este caso y teniendo en cuenta que la víctima iba abrazada a don Antonio Salvatierra Mochales, su presunto amante, en el momento en que el señor Seisdedos le agredió con la navaja de muelles, también llamada de Albacete, el significado que la víctima da al término en ese momento no es el literal sino el literario. No le reprocha María de la O a su amante don Manuel Seisdedos Naranjo la agresión de que es objeto, pues si hubiera querido hacerlo le hubiese llamado asesino. La víctima le llama por un lado «calzonazos» y «pimientito» y por otro «mal hombre»; o sea le insulta y se justifica al mismo tiempo, pues no hay que olvidar que antes don Manuel y mientras la apuñalaba, le llamó «mala puta», «pingo» y «pécora». La víctima asume su rol o papel en el drama, confiesa su comportamiento liviano y frívolo y deja bien sentado que está de acuerdo con que se le llame «pingo» (condición que asume al enfatizar el papel que asigna a su agresor al llamarle «calzonazos» y remacharlo con el adjetivo infamante de «pimientito») pero rechaza con firmeza el de «pécora», al definir a don Manuel como un «mal hombre», o sea, como una mala persona. «Yo he sido infiel», confiesa indirectamente la agredida, «pero he sido infiel con motivo y tú, el agresor, lo sabes perfectamente». Don Severino se quedó anonadado ante las dotes deductivas del modesto y desaseado funcionario del Ministerio de Justicia, señor Carrasco, y le felicitó calurosamente por su sólida formación filológica. «¿Por qué motivo era infiel doña María de la O al señor Seisdedos?», se preguntó el jurista, se preguntaron a coro todos los presentes, y para averiguarlo y salir de dudas, don Severino, que ya empezaba a cogerle el gustillo a eso que llaman hacer justicia, ordenó que inmediatamente el tribunal se desplazase a la prisión provincial para tomar declaración al agresor.

Encontraron a don Manuel Seisdedos en un estado de extrema excitación. Posteriormente don Severino describió al encausado en una conversación privada que sostuvo con su prometida doña Pilarina Zarracina, señorita de las mejores familias de Bilbao, como «un hombrecillo enjuto, pequeño, canoso, parcialmente calvo y de tez cetrina; un sujeto mal encarado y desagradable, aficionado al exabrupto y a la fácil palabrota con limitado vocabulario y notables dificultades de pronunciación». «La María e un putón, zeño jué, que ce lo dise un cervidó que zabe mucho de la vía», dijo el acusado sin que nadie le preguntase nada. «¿Y por qué causa le agredió usted, buen hombre?», inquirió el señor Carrasco, sin duda animado por la felicitación con que don Severino, su jefe inmediato, le había premiado una hora antes con motivo de sus deducciones y disquisiciones lingüísticas. «Lo hicí po que el putón de la María quizo vengace poniéndome los cuenos con el Atonio Zalvatierra, que e un cabrón con pintas». Don Severino, el señor Carrasco y el guardia de la escolta, un tal Camblín, se percataron después de la declaración del agresor, de que los auténticos motivos que impulsaron al señor Seisdedos a apuñalar salvajemente a su compañera había que buscarlos en los entresijos del alma, en las intimidades y motivaciones psicológicas de los protagonistas del drama. El escribiente señor Carrasco, animado por el éxito obtenido, interroga al encausado hábilmente y pone de su cosecha agravantes inexistentes ante el asombro de don Severino y del guardia de la escolta, señor Camblen: «Es mejor que cantes, tío, o te vas a comer un marrón que te vas a ir por la pata abajo. Para que te des cuenta de la magnitud del delito que has cometido, capullo, anota in mente: agresión con arma blanca produciendo heridas graves, desprecio de sexo, escalo, premeditación, alevosía y nocturnidad». El acusado, ante el asombro de los presentes y entre sollozos y gemidos quejumbrosos, confiesa que doña María de la O le fue infiel con don Antonio Salvatierra, porque antes él y solo él, destruyó la sacrosanta paz de su hogar al requerir de amores a doña Consolación Pérez Camporro, de profesión del comercio, que vive amancebada como es público y notorio con el mencionado señor Salvatierra. «¡Me acuzo, me acuzo!», exclamó, como su propio nombre indica, el acusado. El guardia de la escolta, que creemos respondía al nombre de señor Camblor, suministró al agresor una cucharadita de agua de azahar al objeto de que pudiese prestar declaración libre de convulsiones nerviosas. Una vez tranquilizado el acusado el señor Carrasco continuó hábilmente el interrogatorio: «Explícate, majete, si quieres librarte de la trena, que la cosa está que arde y como no te vayas de la mui te salen por lo menos treinta tacos. Canta lorito, canta». Don Manuel, después de maduras reflexiones, decide colaborar con la Justicia y decir: «¡La verdá, zolo la verdá y na ma que la verdá, joer, tú!», ya que, aunque humilde, se considera hombre honrado y ciudadano responsable. Habló largo y tendido durante más de media hora y su declaración fue debidamente recogida por el señor Carrasco y una vez finalizada fue leída al acusado, quien, encontrándola conforme, estampa al pie de la misma la huella dactilar de la mano derecha, por no saber firmar.

«Yo, Manuel Seisdedos Naranjo, mayor de edad, de profesión pirotécnico, declaro bajo juramento y por mi honor que el día de autos apuñalé a mi compañera doña María de la O, impulsado por los celos y desesperado por su infidelidad. Quiero hacer constar que pido perdón a la susodicha señora y que a mi vez le perdono su liviandad, pues comprendo que mi reprobable comportamiento la lanzó en los brazos de otro hombre. Para que conste, certifico que, aunque doña María de la O y un servidor no estamos unidos por el sacrosanto vínculo del matrimonio, sí vivimos bajo el mismo techo y fruto de nuestros amores han sido los preciosos niños Vicentito Roberto, aprendiz de fontanero, y María del Monte Carmelo, de profesión artista de varietés, y en nombre de estas preciosas e inocentes criaturas pido clemencia a la Justicia y comprensión a los hombres que tienen el deber de hacerla cumplir».

Don Severino, el señor Carrasco y el guardia Justiniano Cambloide se quedaron como pasmados antes las declaraciones del acusado y con objeto de ampliar los datos y llegar al fondo de la cuestión, decidieron girar visita al Hospital Provincial, donde se encuentra internada la agredida.

Posteriormente y en conversación privada que el juez de instrucción sostuvo con su prometida doña Pilarina Zarracina, señorita bajita y algo repipi pero de las mejores familias de Bilbao, don Severino describió a la víctima «como una mujer atractiva, de mediana edad, metidita en carnes, de senos generosos y amplias caderas paridoras. Tuvo que ser muy guapa en su juventud antes de que la injuria de los tiempos le arrebatase a zarpazos el fulgor de sus ojos negros. Hoy es una hembra algo ajada, entristecida por el drama, humillada por las circunstancias y temerosa ante el incierto futuro. Pero a pesar de estar postrada en el lecho del dolor y con la cara lavada, su atractivo puede levantar pasiones y en cierto modo se la podría definir como una mujer de bandera, también llamadas de rompe y rasga». Aunque en principio doña María de la O pidió justicia para ella y rigor para su examante y agresor, y dijo [sic]: «¡Que le den morcilla al muy cabrón!», cuando tuvo conocimiento del arrepentimiento de su compañero y agresor se enterneció sinceramente y unas lágrimas rodaron por su rostro abajo y se perdieron definitivamente por el canalillo de su escote. «La verdad, excelencia, es que me lié con el Antonio por puro afán de venganza, y si vuecencia tiene la amabilidad de escucharme, le contaré toda la historia a su ilustrísima para que pueda administrar justicia con conocimiento de causa». El juez accedió, el secretario señor Carrasco pidió y obtuvo recado de escribir y el guardia de la escolta, señor Camblorcini, que era algo duro de oído, se acercó a la cama donde yacía la lesionada y ahuecando la mano derecha formó una trompetilla con objeto de no perderse ni una sola sílaba de la declaración que allí se iba a prestar. La declarante, una vez enjugadas las lágrimas y tranquilizados los ánimos, comenzó su monólogo: «El Manolo y yo éramos felices dentro de lo que cabe, nos llevábamos bien y aunque él es hombre violento, de mal vino y difícil carácter, una servidora le había cogido el tranquillo y la cosa marchaba. Sí, ya sé que es vago, pendenciero y jugador, pero en las cosas del querer no se puede pedir lógica y yo quiero a don Manuel Seisdedos como una loca, porque una servidora es una mujer ardiente y le pierde la pasión. Conocíamos a don Roberto y a doña Consolación muy superficialmente y por ser vecinos del barrio, aunque nuestra amistad nunca pasó de un vaya-usted-con-Dios-doña-Consuelito-y-la-compaña o un coloquial y confianzudo abur-pareja, cuando nos cruzábamos por la calle. Hace quince días me visitó a deshora el Roberto en mi domicilio y sin más preámbulos me dijo: «María de la O, voy a darte un disgusto de muerte, tu hombre y mi mujer se han liado y nos están poniendo los cuernos». Yo al principio no le creí y así se lo manifesté al susodicho don Antonio, pues el Manolo nunca me había faltado en ese sentido. «Que sí, María, que sí, que nos están engañando», insistió el señor Salvatierra, y después, para convencerme, me aseguró que todos los martes y «para echar un polvito», se reunían en la casa de lenocinio sita en General Saliquet, 35, tercero, izquierda. Pueden ustedes imaginarse la indignación que sentí, pues una es muy mujer y muy española y esos modernismos no se pueden tolerar. «Si ellos nos engañan, mañana mismo me acuesto contigo», le dije al señor Salvatierra, y el hombre se animó un poco al ver mi reacción, me miró con deseo y masculló entre dientes el refrán ese de: «ojo por ojo y pene por pene». El martes próximo pasado, les seguimos subrepticiamente y pudimos comprobar ¡oh, cielos!, cómo nuestros respectivos cónyuges se introducían en la mencionada casa de citas y salían una hora después con aire satisfecho y risueños semblantes. «¡Vamos!», le dije al señor Salvatierra y ciega de ira subí los tres pisos del inmueble. La alcahueta que regenta el establecimiento y que, por cierto, se llama doña Virtudes, aunque en principio negó el hecho, se deshizo en explicaciones cuando mi acompañante le obsequió con un billete de curso legal de veinte euros. Las ropas de la cama, señor juez, estaban todavía calientes y el aire olía a lujuria una cosa mala. «¡Desnúdate!», le ordené a mi acompañante y la alcahueta, prudentemente, cerró la puerta y murmuró: «Ahora les traigo el agua». Yací, sí, yací con don Antonio Salvatierra, pero juro que fue sin amor, sin lujuria, sin gusto y sin provecho. Una se dejó llevar por la venganza y el pobre don Antonio hizo lo que pudo y cumplió malamente su cometido. Una vez en la calle nos dimos cuenta de que, aunque nuestro honor estaba lavado y bien lavado por un coito completo seguido de un gatillazo, los infieles no lo sabían y como ojos que no ven corazón que no siente, decidimos darles un escarmiento. «Nos haremos los encontradizos con Manolo cuando salga del trabajo», le dije a mi acompañante, y él contestó: «Bueno», aunque la verdad es que no lo dijo muy convencido».

Don Severino, al intuir el final de la historia que por pura paradoja era, precisamente el principio de la misma, inquirió: «O sea, que todo fue una farsa para darle celos, una comedia para enfurecerlos». «Sí», contestó la declarante, y después continuó su parlamento: «Vimos como mi Manolo se acercaba tranquilamente por la calle general Mola sin sospechar siquiera el drama que se avecinaba. Una servidora, que es de un natural rencoroso y vengativo, se relamía de gusto ante el dolor que le iba a causar al pérfido y le musité al oído al señor Salvatierra: «Abrázame para que sufra el infiel», y el pobre hombre, cagaíto de miedo, me estrechó entre sus brazos. El resto ya lo sabe usted, señor juez. Manolo nos vio, pensó lo peor y ciego de ira como era su obligación, abrió la navaja de siete muelles y me asestó cinco puñaladas. Él me llamó «mala puta», «pingo» y «pécora», y yo, al sentir cómo mi sangre caliente fluía por los cinco agujeros, tuve ánimos para llamarle «calzonazos» y «pimientito», pues como es muy hombre, sé que son los insultos que más le hieren».

El ujier, con aire melifluo, me aseguró que el señor ministro me recibiría en seguida.

—Dentro de breves instantes estará usted ante su excelencia —musitó— que me ruega le transmita sus disculpas por hacerle esperar.

Efectivamente, a los pocos minutos el ministro de Justicia en persona abrió la puerta y me saludó efusivamente.

—Pase, pase, Martínez. No sabe usted lo mucho que me alegra verlo por aquí.

Que un ministro le diga a un modesto juez de instrucción una cosa así es, prácticamente, un milagro. Los ministros son seres superiores, casi ángeles, criaturas etéreas que están a la diestra y a la siniestra del señor presidente ideando leyes, imaginando decretos. Lo mínimo que es capaz de firmar un señor tan importante es una orden ministerial, una disposición de obligatoria observancia y, en cambio, el juez es quien dice lo que es bueno y lo que es malo, lo que les corresponde pagar a los infractores, penar a los delincuentes, sufrir a los transgresores. Nosotros, los jueces, estamos siempre muertos de miedo porque la responsabilidad nos agobia, el miedo a hacerlo mal nos aterroriza. Somos guardas jurados del fiel de la balanza, los que le hablan al oído a la ciega Justicia, los que pronuncian las últimas palabras —y algunas veces, en latín— para absolver o condenar, para perdonar o castigar al prójimo.

—Estoy a disposición del señor ministro —dije con un hilo de voz.

Él sonrió y me tranquilizó con un gesto.

—No se preocupe, Martínez, no le voy a encargar que resuelva uno de esos espinosos expedientes, una de esas causas difíciles con connotaciones políticas. No. La misión que le voy a encomendar no tiene nada que ver con el terrorismo ni con la corrupción política. Es, sencillamente, una causa por delitos de sangre, por agresiones con arma blanca.

No lograba entenderlo. En España el cuarenta por ciento de los delitos tienen esas características y los ministros no llaman a los jueces para que dicten sentencia. Esos casos son rutinarios, habituales, de todos los días.

El ministro adivinó mis pensamientos y dijo:

—Este proceso, sin embargo, es algo diferente. Nosotros, los que estamos por nuestro trabajo en la cúspide de la justicia, los que tenemos perspectiva histórica, conocemos mejor a los españoles. Usted y yo sabemos de la miseria humana, del barro del que está hecho este pueblo nuestro. Aquí casi todos los delitos son tristes, sórdidos, violentos. En España se delinque por el sexo, los celos, el amor, el desamor. Se mata por orgullo, se muere por la soberbia racial, nos jugamos el futuro por el gesto, nos perdemos por el ademán. De ese barro incongruente y miserable, despreciable y generoso estamos hechos todos: los jueces y los delincuentes, los pícaros y los santos, los criados y los caballeros. La educación, la moral, el código ético deslinda normalmente a unos y a otros, pero en ocasiones los papeles se confunden, las pasiones se desatan, y al final todos se desnudan y comprueban que son iguales: telúricos, tremendos, desgarrados, patéticos.

El señor ministro me tendió un grueso expediente.

—Aquí tiene usted un ejemplo, un triste ejemplo de lo que le estoy diciendo.

Hojeé todo el legajo y leí con avidez el primer folio.

—No parece muy complicado, en principio… —murmuré.

—Y no lo es. No debiera haberlo sido, por lo menos. Una mujer engaña a su amante para vengarse y el amante, que es español, machista e ignorante, la apuñala. Ocurre todos los días. Se intercambian insultos, se quieren y se odian, se acusan y se perdonan. Rutina.

—¿…?

—Sin embargo, este caso se complica por la actuación de un juez recién salido de la escuela judicial. Un hombre bueno e ingenuo que se encuentra con España de sopetón. Intervienen decisivamente un escribiente con aficiones de sociólogo y una señorita de las mejores familias de Bilbao. En principio no había ningún problema. Se tomó declaración a los protagonistas del drama y cuando el juez iba a procesar al acusado, los testigos, los curiosos, los auxiliares, abandonan sus respectivos papeles y se convierten en protagonistas. La pasión les salpica a ellos también; les pone en movimiento el sentimiento. «Tiene usted que perdonarlos, señor juez», dice un escribiente con más de treinta años de experiencia. «Hay que tener corazón», opina sin venir a cuento un guardia de la escolta, Camblorzoide, creo que se llama. «Si condenas a ese hombre no quiero volver a verte, Severino», amenaza la novia del juez. Todos se vuelven locos. Viven el drama, lo sienten en su propia carne, se reconocen a sí mismos en las pasiones primitivas: El Cid, Santa Teresa, Torquemada, Estebanillo, Quevedo, don Alonso Quijano están ahí, pesan demasiado. España, Martínez, es una bomba de relojería que puede explotar sin avisar. España es una bomba que todos los españoles llevamos dentro.

Aunque el señor ministro no me hizo más confidencias, comprendí el problema y le quedé agradecido por confiar en mí. Aquel proceso era algo más que una triste y sórdida historia de amor; era, con pocos personajes y una anécdota sangrienta como fondo, la historia resumida de la España de siempre, donde unas criaturas alucinadas y feroces se habían perdido por los intrincados caminos del laberinto y ya nadie podía hacer nada por ellos, porque morirían fatalmente buscando sin esperanza la salida.

—¿Qué personaje desencadenó la tragedia? —pregunté.

—La chica. La novia del juez, doña Pilarina Zarracina, de las mejores familias de Bilbao. Es una mujer joven, educada, muy fina, un poco cursi. Ya sabe usted: una infancia con institutriz, un internado suizo, un papá que paga todas las facturas y proporciona todos los caprichos. Un día conoce a don Severino, un joven abogado con las oposiciones ganadas, y se prometen a los dos meses. Aleluya. Sin embargo, cuando don Severino tiene su primer juicio y le describe la personalidad del acusado, se siente irresistiblemente atraída por él. Es el prototipo del macho, del garañón: cerril, torpe, apenas sabe hablar. Violento. Muy español. La chica imagina, o sueña, o intuye que siente algo más que curiosidad por ese hombre que no conoce y trata de influir en su prometido para que le perdone sus delitos. «Tú puedes hacerlo, amor mío. Él es, solo, un pobre hombre». El juez se resiste y ella se enfada. Rompe con don Severino y empieza a visitar a su protegido en la cárcel. Se enamoran separados por una reja y se ven cada quince días en un vis a vis que uno imagina feroz y aberrante. Y en aquel ser bestial, ella, que es tan fina, tan delicada, encuentra las respuestas a todas sus preguntas, el ideal de su vida.

—Un melodrama… —puntualicé.

—Sí, un drama absurdo con música de fondo. En este país las historias desembocan a menudo en el melodrama, por eso el género está tan desprestigiado. Es lo típico, lo tópico.

—¿Y el juez? ¿Qué ocurrió con don Severino?

—Hace una semana estuvo sentado en la misma butaca que usted ocupa ahora. Vino a explicármelo todo y me entregó la carta de renuncia. Dimitió de su cargo y me anunció que se marcha a Venezuela a empezar una nueva vida. Se va con doña María de la O que ya está repuesta de sus heridas. Una mujer trece años mayor que él, con cicatrices en el alma, con un desgarrador pasado. «Me necesita —me dijo el pobre hombre—, es necesario que alguien la redima; quiero educarla, hacerla feliz y además, es tan hermosa», y me enseñó una fotografía de doña María de la O en bikini.

Las historias vulgares me acongojan y la que contaba el señor ministro lo era en grado sumo, sin embargo sonreí. Aquello no era un drama, era una zarzuela, una astracanada sin pies ni cabeza.

—Le agradezco su sonrisa, Martínez. Yo, en otras circunstancias, también sonreiría ante un caso como este. Le he escogido a usted porque tiene cincuenta y cinco años, cinco hijos y siete nietos. Es usted un hombre feliz en su matrimonio; equilibrado, sereno, sin tendencias neuróticas, odia la violencia y cree en la justicia. No parece usted español.

—¿Qué desea usted que haga, señor ministro?

—Acabe usted con este asunto. Sustituya a don Severino y termine el caso lo más rápido que pueda; pero hágalo usted con cuidado, sin poner el corazón. Investigue, pregunte, inquiera, pero permanezca al margen; no permita que nadie le complique.

—Descuide, señor ministro.

Me acompañó hasta la puerta. Estaba emocionado y temeroso y al entregarme el grueso legajo sus manos temblaban.

—Tenga cuidado, Martínez —fue lo último que me dijo y me dio un abrazo de despedida.

Llegué a la estación muy temprano. Soy un hombre ordenado y me gusta coger el tren con tiempo suficiente. El mozo instaló mi bolsa de viaje en el portamaletas y yo me acomodé al lado de la ventanilla. El departamento estaba vacío, todavía faltaban veinticinco minutos para comenzar el viaje. Como no había comprado nada para leer, abrí la cartera y extraje el sumario y empecé a estudiarlo. Era un caso vulgar, sin ninguna dificultad técnica. Poco a poco me fui quedando dormido; el sopor, ese calor pegajoso que siempre existe en las estaciones, el cansancio… Cuando desperté el tren había comenzado su marcha hacía horas y avanzaba regularmente; el legajo descansaba en mi regazo. Tardé unos segundos en darme cuenta de que no estaba solo. Era una mujer joven, bien vestida; tenía, vista a la luz amarillenta que envolvía el departamento, un aire fantasmal, mágico.

—Perdone… —dije, y me erguí en el asiento, me atusé el pelo y coloqué correctamente mis gafas. Ella sonrió.

—¿Es usted Jacinto Martínez, el juez que lleva el caso de Manuel Seisdedos, verdad? —me preguntó.

Con estas palabras se inició mi participación en la tragedia. No podía sospechar entonces que mi carrera empezaba a desmoronarse, que en aquel momento iba a comenzar a perder a mi familia, a degradarme para siempre. Para mí, y en aquel momento ni siquiera podía intuirlo, había empezado la cuenta atrás, señor juez…  

[CABALLO] Cuando perdí la fe en el ser humano y las crisis se llevaron una a una todas mis ilusiones, cuando dejó de atraerme la anarquía y empezó a aburrirme la subversión, cuando comprendí que el amor al prójimo es una frase sin sentido si no tienes una mujer a tu lado en la cama, en la mesa y en la misa, decidí convertirme en caballo. Fue una decisión repentina, irreflexiva. Me incliné, apoyé las manos en el suelo y con la boca arranqué una brizna de hierba. La hierba no me gustó; es más, me pareció repugnante, porque un servidor de ustedes había sido hasta ese momento un conocido gastrónomo, un gourmet que sabía distinguir los riojas de los riberadeduero y tenía un paladar que gozaba de un reconocido prestigio en los cenáculos de la gentecita bien. No se convierte uno en un rumiante de la noche a la mañana y sin dolor; la metamorfosis es complicada porque la razón nos agobia, nos atenaza; la inteligencia recita su monólogo acusador como una cantinela y el pasado retorna para recordarnos que la animalidad es patrimonio de los elegidos y que el que tenga alma, que se joda, porque quiera o no quiera está obligado a cargar con ella como si fuera una joroba. A irracional, a bestia, solo llegan los tenaces, los que nunca se dan por vencidos. Aquel hierbajo era una ortiga y por eso no me gustó; me recordó vagamente el sabor de la escarola. La retama ya fue otra cosa: bravía, fuerte, montaraz, salvaje. Nunca volví a incorporarme y perdí, con la animalidad, la noción del tiempo. Y en estos momentos no sé si soy un caballo desde hace tres meses o desde hace diez años; ignoro si soy un joven potro o un viejo penco y, en realidad, dudo tanto de todo y mis ideas son tan poco claras que no sé si mi acción es el sueño de un filósofo, la irreprimible pasión de un loco o el capricho de un esnob. Las gentes en Galicia, en mi tierra, son respetuosas con la propiedad ajena. Todo el sistema jurídico se basa en las cosas. En la propiedad, posesión, arrendamiento y uso de las cosas. Las cosas están vivas y palpitan como pececillos recién pescados. El reverso de la cosa es el derecho y el anverso la obligación. Tú tienes a la cosa pero, sobre todo, la cosa te tiene a ti. Después viene la ley y dice que también hay que tener en cuenta al vecino, al colindante como ellos le llaman, y que no es conveniente olvidar al arrendatario, que sería injusto no tener en cuenta al usufructuario y que el arrendador tiene sus derechos pero también sus obligaciones. Al final, después de rizar el rizo, el sistema habla de libertad; de la libertad de la cosa y de la libertad que da el tener cosas; y así, tan ricamente, pude convertirme en caballo por haber tenido la fortuna de ser un caballo rico, un animal con propiedades, una bestia que galopa por sus propias tierras. Nadie puede atentar contra mi libertinaje equino porque relincho en mis fincas, pasto en mis predios y me cisco por la pata abajo y con perdón, en mis praderas. El sistema ha caído víctima de sus propias tretas y la sociedad, que de buena gana me destruiría, no tiene más remedio que protegerme, porque antes que un hombre y mucho antes que un caballo, soy un propietario, un contribuyente. Soy consciente de que estoy haciendo literatura con mi biografía, y que estoy enfatizando un hecho que en sí mismo no tiene nada de heroico ni de extraordinario. Si en lugar de decidir convertirme en caballo hubiese optado por transformarme en ingeniero la sociedad hubiera aplaudido mi decisión: «Míralo, míralo, tiene afán de superación; es un gran tipo». El sistema te permite subir o bajar en la escala social de acuerdo con sus propias normas: puedes llegar a ser un sabio o un degenerado, un doctor honoris causa o un delincuente común, pero convertirse en caballo es salirse por la tangente, hacer caso omiso de la norma, olvidarse del decreto, hacerle la trompetilla a la moral y sacarle la lengua a la ética. Convertirse en caballo es una cosa que está muy mal hecha, un parece-mentira-José-Manuel-cómo-me-haces-esto-a-mí-con-lo-mucho-que-te-quiero. Mis primeros tiempos de caballo fueron los más dolorosos, y no solamente por la metamorfosis física. Las manos se convierten en pezuñas con facilidad y sin dolor y la espalda se transforma en lomo de un día para otro. El pelo, mi pelo, mi pelito, otrora sedoso y fino, se fue convirtiendo en dura crin sin que yo me diese cuenta de ello. Un día me miré en un charco y vi en el fondo del agua a un caballo. No se trataba de un animal de raza; no era uno de esos ejemplares de exposición, de nerviosos relinchos y bella estampa. No. Era un caballo bajito, con aire de mulo y orejas de burro; un caballo feo e insignificante, escuchimizado; parecía un pobre vestido de caballo; como esos caballos de circo que al final resulta que están rellenos de payasos. «Soy un caballo a medio hacer», pensé. «Soy un alevín de centauro y si me sigo esforzando como hasta ahora, algún día me convertiré en un unicornio que es la máxima aspiración de los cuadrúpedos ambiciosos, lo que les gustaría ser a todos los burros del mundo». Y relinché cínicamente y para alejar de mí la melancolía me puse a galopar como un loco por mi propiedad. Las gentes acudían en tropel a mi finca para contemplar al hombre que se había convertido en caballo. Se quedaban justo en el límite de la cosa ajena para no transgredir la ley o me espiaban con potentes prismáticos desde la carretera. Yo, para no decepcionarles, trotaba con alegría por la loma y para finalizar la demostración equina me levantaba de manos y relinchaba nerviosamente. La gente aplaudía. Si de la dignidad, del orgullo y de la soberbia me pude liberar con facilidad, no me ocurrió lo mismo con el sentido del ridículo y, sobre todo, y me avergüenzo de ello públicamente, no era capaz de desprenderme del pudor. La desnudez de mis partes pudendas y el hacer las necesidades delante del personal no me causaba ninguna satisfacción, incluso me avergonzaba un poco. «Nunca podré ser un caballo sino actúo como tal; tengo que olvidar las buenas costumbres, renunciar a la urbanidad, desprenderme de la dichosa cultura y ser una mala bestia». La urbanidad es una cuestión estética. La gente educada emplea el eufemismo, la imagen poética y la metáfora para no llamar a las cosas por su verdadero nombre; los caballos, no; los caballos somos mucho más claros y directos y decimos cagar y mear en lugar de hacer pipí, utilizar el servicio o mover el vientre. Empecé a disciplinarme y a predicar con el ejemplo. Cada vez que un nutrido grupo de espectadores se reunía para contemplar mis galopadas, me acercaba a ellos y vaciaba mis intestinos en su presencia. La brutalidad de la imagen les hacía retroceder horrorizados. Huían despavoridos, espantados. Intuían que en lo escatológico se refugiaban los últimos baluartes de la anarquía; que la subversión no radicaba ya en la violencia, en el sexo, en la pornografía o en la droga. El libertinaje, desde aquel preciso momento, consistía solo en hacer de vientre fuera del cuarto de baño, en ciscarse por los campos y a la buena de Dios y en negarse, por cuestión de principios, a utilizar el inodoro. Diógenes escandalizaba a sus vecinos masturbándose en la plaza pública, pero aquellos eran otros tiempos y Diógenes, el pobre, era solo un filósofo y yo era un caballo con aspiraciones políticas, un caballo que soñaba con llegar a convertirse en un unicornio, y para conseguirlo pretendía hacer caca con naturalidad animal, pero también con premeditación y alevosía. Quise conquistar el derecho a defecar con elegancia, a cuerpo limpio, o sea, a cagar de campo. El sistema me envió al mensajero demasiado tarde. Por aquel entonces el poder tenía la guerra perdida, aunque todavía no lo sabía, porque yo, poco a poco, había ido ganando una a una todas las batallas. El enviado era un hombrecillo pulcro, amanerado, cumplidor, de esos que solo se emocionan en horas de oficina y que se mueren de tristeza cuando se jubilan; un esclavo del deber de voz aflautada y mesurados ademanes; un funcionario responsable que amaba el escalafón, creía en el Boletín Oficial del Estado y soñaba con los trienios del porvenir. El sistema me envió al señor Velázquez y tengo que reconocer que el enviado hizo su trabajo con cierta brillantez y que durante unos breves instantes una duda cruzó por mi mente y mis convicciones flaquearon. «Abandone vuesa merced esa loca aventura y regrese a casa con sus deudos y amigos, que solo sueño, y sueño de demente, es querer ser caballo cuando la naturaleza nos hizo hombres. Todos somos pecheros de la humana condición —morir habemus, hermano— y querámoslo o no hay que pagar el tributo, el impuesto. Renuncie su señoría al insensato proyecto y el sistema será comprensivo y la justicia discreta, que un servidor le promete con la solemnidad que el caso requiere que no se tomarán represalias, que nadie le señalará con el dedo y que el silencio administrativo, que de todos los silencios es el más impenetrable e ininteligible, envolverá este suceso para que su memoria se pierda entre los pliegues de la capa del tiempo. Recobre vuesa merced el juicio, pague sus impuestos, circule por la derecha, haga uso del matrimonio, sea feliz dentro de lo que cabe y no dé la tabarra al prójimo». El señor Velázquez me observó con algo de desprecio y exclamó rotundo: «¡Ya está bien, coño!». No pude contestarle. No sabía ya articular las palabras precisas, por eso opté por mirarle fijamente con mis ojos inexpresivos de caballo. El funcionario no se dio por vencido. «Excelencia, si algo queda en usted de ser humano no nos abandone; no permita que la civilización se desmorone, que los sistemas jurídicos se autodestruyan, que la moral se resquebraje. ¿Se imagina usted lo que ocurriría si todos los hombres del mundo decidiesen de la noche a la mañana convertirse en caballos? ¿Quién garantizaría las pensiones? ¿Qué sería del producto nacional bruto?». Le di la espalda y como creo que la historia se hace con el gesto oportuno, que la última batalla se gana siempre con el ademán contundente y que la coherencia es obligación de todo ser viviente, levanté las patas traseras y le di un par de coces en pleno rostro. Yo fui el primero; soy, por lo tanto, el decano. Todas las fincas de los alrededores se han poblado de caballos. Los hay de toda raza y condición: caballos percherones, nerviosos caballos de carreras, diminutos ponis y sufridos caballos de labor que tiran del carro sin un quejido, sin un lamento. Yo soy un caballo, ya no tengo ninguna duda; un caballo especial, el símbolo de muchos caballos, el que empezó la revolución, el primero que renunció a la dignidad, el líder de los desheredados, el que a fuerza de voluntad conquistó los palacios de invierno y el derecho a ser bestial, torpe, cerril, animal. Los caballos me aman, lo percibo en sus ojos mansos cuando al pasar me miran con agradecimiento. Algunos han empezado a decir que soy un unicornio porque en mitad de la frente me ha salido un granito de nada, una minúscula protuberancia. Los caballos me admiran sin imaginarse que sigo esclavizado por la fantasía y el dolor, por la angustia y la soledad. Ellos, que son mis hijos, nunca llegarán a conocer la magnitud de mi tragedia, porque nadie sabe que estoy condenado a convertirme, por no haber sabido renunciar a los sueños y seguir los locos impulsos de los poetas, en un caballo sentimental.

[MILAGRO]

—No sé exactamente cómo sucedió, Filomena. Yo estaba con los otros ciegos en la fila; porque, ¿sabes?, nos llevaban en fila para que no nos perdiésemos. Íbamos todos cogiditos de la mano como en una procesión y don Delfín, el cura párroco, iba diciendo en voz alta lo que veía para que nosotros nos hiciésemos una idea: «A la derecha está situado el altar de san Jenaro y a la izquierda la capillita de san José, y en frente, justo en frente de nuestras narices, está ubicada, queridos hermanos, la gruta milagrosa de Nuestra Señora la Virgen de Lourdes». Cuando dijo que estábamos ante Nuestra Señora se oyó un murmullo de satisfacción porque, al fin, habíamos llegado al término del viaje. «Ahora, hermanos —continuó diciendo don Delfín— os arrodilláis y con los brazos en cruz, que cada uno pida su gracia. Tenemos dos minutos. Sed breves, por favor».

—¿Y por qué solamente os dio dos minutos para formular un deseo? —preguntó dulcemente Filomena.

—¡Pareces tonta, mujer! Piensa que a Lourdes llegan miles de peregrinos. Cientos y cientos de autocares repletos hasta los topes de paralíticos, ciegos, cojos, baldadiños y desdichados de todo tipo. Si cada uno se pasase las horas muertas delante de Nuestra Señora pidiéndole cosas se organizarían unas colas tremendas, unos tapones terribles, porque allí todas son horas punta. Yo me arrodillé como el resto de mis compañeros y le dije a la Señora por decir algo: «Virgencita, Virgencita, quiero ver», y de pronto, ¡zas!, el milagro. Yo, la verdad, al principio no me lo creía. Me parecía mentira y, al mismo tiempo, me daba como algo de vergüenza. Estuve unos minutos observando el panorama y disimulando, o sea haciéndome el ciego pero, como aquella situación había que afrontarla tarde o temprano, me armé de valor, llamé a don Delfín y le dije muy bajito, para que nadie más que él pudiese enterarse: «Don Delfín, don Delfín, que un servidor ha recuperado la vista». Él puso cara de mala leche y exclamó: «¡Déjate de coñas, Jacinto, que tengo mucho trabajo y el horno no está para bollos!». Tuve que insistir, incluso ponerme pesado: «Que se lo juro por mi madre, don Delfín, que veo perfectamente». Y entonces él empezó a dudar. «¿Cuántos dedos hay aquí?», me preguntó levantando la mano. «Tres», contesté sin vacilar. «¿Y aquí?» y se metió la mano en el bolsillo. «Ahí no hay ninguno, don Delfín». Y para que me creyese le hice una descripción completa de la plaza, de los autobuses, de las tiendas de recuerdos, de la gente. A los pocos minutos, cuando ya estaba convencido, me interrumpió con la mano y dijo: «¡Jo, un milagro!», y después, sin venir a cuento, me echó una bronca como si aquello fuese culpa mía: «Esto no te lo perdono, Jacinto. A un amigo no se le hace una faena así, caramba».

—¿Y cómo reaccionó la gente? —susurró Filomena.

—Fue apoteósico y muy emocionante. «¡Un milagro, un milagro!», gritaban los peregrinos; sobre todo los paralíticos se ponían como locos y todos me señalaban con el dedo: «¡El calvo aquel recuperó la vista!». «¡El ciego bajito, el de la cazadora, ya ve y, además, sin gafas!». La gruta entera estaba revolucionada. Lourdes era una fiesta. Fue algo inolvidable.

Al llegar a aquella parte de la descripción de su experiencia, Jacinto se ponía triste; sin saber muy bien por qué le invadía un profundo desánimo y los recuerdos al desgranarlos uno a uno le iban sumiendo en una dolorosa melancolía.

—Lo mejor del milagro fue el milagro propiamente dicho; el hecho prodigioso de que un ciego de nacimiento pueda ver porque sí, desafiando a las leyes científicas; ciscándose, con perdón, en la medicina del seguro. A mí, Filomena, me gustó mucho el milagro porque había ocurrido lo imposible. ¿Te das cuenta? Lo imposible. O sea, lo que no puede suceder jamás. Cuando ocurre lo imposible el que gana es el pobre, el desvalido. Los poderosos siempre se benefician de las cosas posibles, de las cosas lógicas. Los ricos recuperan la vista cuando los operan en Suiza y los pobres cuando van a Lourdes y les toca la china, cuando suena la flauta por casualidad. Cuando ocurre lo imposible.

—¡Qué suerte hemos tenido, Jacinto!

—Sí, mucha suerte; lo del milagro está muy bien, pero recuperar la vista no me hizo en el fondo tanta ilusión, total… ¡para lo que hay que ver!

—No digas eso, amor mío, que Dios te va a castigar. Ver es estupendo; todo el mundo lo dice. La gente que entiende de estas cosas, los señores cultos y las señoras bien vestidas, aseguran que ver amanecer es una cosa preciosa y que en primavera las puestas de sol son una maravilla, y que el mar, sin ir más lejos, es muy bonito con sus olas blancas, sus gaviotas y sus mariscos. Lo que pasa es que nosotros no entendemos porque somos unos ignorantes; pero a mí me han dicho, de buena tinta, que no hay sentido que dé más satisfacciones que el de la vista.

Jacinto, que ama apasionadamente a Filomena, cierra los ojos para verla mejor. Le gusta oír su voz, sentir su calor, intuir cómo se mueve por la casa. Jacinto para sonreír, para ser feliz, necesita cerrar los ojos, olvidarse del milagro y recuperar, aunque sea por un momento, su ceguera de toda la vida, que desde la profunda oscuridad las cosas se imaginan, se adornan, se mejoran. Cuando se casó con ella Jacinto ya sabía que Filomena no era una mujer hermosa. La pobrecilla, sí, era jorobadita, tenía una pierna más corta que otra por un maldito ‘paralís’y le olía el aliento —la halitosis, ay, la halitosis—, pero todo eso no le importó porque las cualidades superaban a los defectos. Filomena sabía cocinar, era pura, honesta a carta cabal, alegre y limpia como los chorros del oro y, sobre todo, era su amiga del alma, la que le guiaba hasta la calle principal y le dejaba en la esquina más estratégica para que vendiese el cupón y se ganase honradamente unas pesetas. «Qué bien cantas el cupón, ¡amor mío!», le decía Filomena con aquella dulzura suya que le levantaba el ánimo. «Ofreces la suerte como nadie cuando dices: ¡El que toca, tengo el que toca, señorito! No es porque seas mi marido, amor, pero eres el ciego más guapo de la provincia; te pareces a Jorge Negrete, pero en bajito».

Filomena y Jacinto formaban una familia feliz hasta que ocurrió lo del milagro, hasta que Nuestra Señora la Virgen de Lourdes le devolvió a Jacinto la vista como respuesta a una petición rutinaria. «Si ya decía yo que eso de las peregrinaciones no podía traer nada bueno», se lamentaba el ex ciego y su santa esposa, aunque por prudencia no decía nada, en el fondo le daba la razón.

Al principio todo fue bien, incluso a veces resultaba divertido. Los médicos del seguro examinaron a Jacinto, le reconocieron de arriba abajo, le hicieron sacar la lengua, decir treinta y tres y mirar por un canuto. Un poco enfadados porque los científicos son muy suyos, le pusieron un buen día en la calle con un informe que decía: «De acuerdo con las leyes de la medicina, el infrascrito Jacinto Paracuellos Carrascal no puede ver, pero como realmente ha recuperado la vista, creemos que se trata de un milagro que rebasa ampliamente el ámbito de actuación de los oftalmólogos y entra de lleno en el terreno del obispo de la Diócesis». Y le mandaron con un volante al Palacio Episcopal para que lo examinara don Gabino.

El prelado, que se encontró con el problema de sopetón, miró a Jacinto con desconfianza.

—Bueno, hombre, bueno… ¿Conque tú eres el del milagro, eh?

—Sí, señor —contestó el ex ciego, e intuyó que se había convertido en un ser singular, en un marginado sin oficio ni beneficio, en una variante de la ternera de dos cabezas, en un pequeño y molesto garbanzo negro.

A Jacinto lo examinaron médicos, canónigos, funcionarios municipales, ingenieros de caminos, abogados y hasta una comisión de la Asociación de Amas de Casa. Todo el mundo quería ver al afortunado mortal que había recuperado la vista, el beneficiario de los dones del cielo, al preferido del más allá. Jacinto iba de un sitio a otro haciendo demostraciones. La gente, para convencerse de que había recuperado la vista, le hacía guiñar un ojo, mirar de refilón, adivinar cuántos deditos levantaba el niño mofletudo y Jacinto, con toda resignación, vio, oteó y adivinó para darle gusto al personal. La ONCE entregó a Jacinto una placa de plata y le obsequió con una comida de hermandad. «Amigo Jacinto, eres el orgullo de la asociación —le dijo el presidente a los postres— porque tienes algo de Lázaro y tu fe ha movido montañas; tus ojos muertos se han puesto en pie, han resucitado. Siempre te recordaremos con cariño, y aunque ya no puedas pertenecer a nuestra asociación porque como tú muy bien sabes los estatutos son muy estrictos en estas cuestiones, te consideraremos desde este mismo momento como un ciego de honor. Un abrazo y ya sabes dónde nos tienes, Jacintín».

Al recuperar la vista perdió el trabajo y la alegría. Vio, al pasear por las calles, un mundo desconocido, gris e inhóspito. La ciudad que antes le trataba con respeto dejó de ser un variado conjunto de ruidos acogedores para poblarse de seres crueles, de depredadores feroces. Las personas que antes le ayudaban a pasar la calle y le hablaban con cariño, ahora le empujaban sin clemencia. Con sus ojos recién estrenados vio la sonrisa irónica, el gesto burlón, la mueca cruel y aprendió, en unas pocas semanas, que las buenas personas son también seres desalmados con sus semejantes.

Y Jacinto, y eso fue lo peor, vio de cerca a Filomena. Observó su labio leporino y sus piernas arqueadas, sus orejillas retorcidas y su trasero deforme y gordo. No tuvo más remedio que fijarse en la verruga peluda que adornaba su cara y en el poblado bigote con que la pródiga naturaleza le había distinguido. Filomena ya no era una voz amorosa; había dejado de ser un cuerpo cálido en las noches de invierno, el lazarillo que le guiaba por la ciudad. Filomena se convirtió en un ser ridículo y deforme; en un aborto de la naturaleza.

Tres meses después del milagro Jacinto se dio cuenta de que el llorar y el rezar mitigaban su tristeza, y lo que en principio fue un mal pensamiento se fue convirtiendo en un deseo irreprimible, en una esperanza redentora. Sonreía al pensar que el mundo sería más hermoso si no existiesen los milagros, y por primera vez sintió eso que llaman caridad por el pobre Lázaro, por el desdichado aquel que regresó del más allá desandando caminos y que dicen que dijo, cuando era viejo y achacoso: «¡Qué frío hace en este mundo cruel! ¡Si lo sé no vengo!».

Una noche se atrevió a decir en voz alta su deseo; primero, tímidamente; después, con toda claridad; y lo que susurró al comienzo con un poco de vergüenza, lo imploró después con desesperación, a gritos.

—Virgencita, Virgencita, haz que pierda la vista que quiero recuperar mi empleo y querer nuevamente a mi mujer. Que no quiero ver nada, Virgencita, que el ser humano me parece cruel, el mundo inhabitable, las calles inhóspitas y tengo envidia de mis hermanos los ciegos del mundo. Devuélveme, Virgencita del alma, la ceguera. Haz otro milagro y quítame la vista. ¿Por qué tenías que fijarte en mí, Virgencita?

El señor obispo le escuchó con paciencia evangélica. El buen prelado, aunque le comprendía, no podía darle la razón. El más allá, el revés de la vida, la oscuridad eterna le impedían manifestarse con claridad.

—Hijo mío, el beneficiario de un milagro es un ser singular, un elegido. Tú eres el testimonio, la prueba irrefutable, el surco que queda cuando pasa el arado del Señor. Los milagros son irreversibles y a quien Dios se los dé san Pedro se los bendiga. Ves porque tienes que ver, aunque no te guste lo que veas y caiga quien caiga. Nadie puede quitarte la vista; nadie está autorizado para devolverte la ceguera. Me temo, hijo mío, que estás condenado a ver.

La noticia transcendió a los medios informativos y los medios se ocuparon cruelmente de Jacinto: «El ciego que quiere volver a las tinieblas para seguir cortando el cupón». «La Virgen de Lourdes se equivoca de destinatario de sus favores y devuelve la vista a un desagradecido». «Por cuestiones económicas quiere renunciar a un milagro». Lo que pudo ser dramático se convirtió en cómico y la bufonada, la burla cruel, hicieron presa en Jacinto y lo vapulearon sin misericordia. Los niños le señalaban por la calle; la gente se reía con desprecio cuando lo reconocía en el ascensor; los vecinos le retiraron el saludo. La sociedad descoyuntó a Jacinto y le hizo saber que era un pelele, un marginado, un don nadie, un mierda.

Cuando lo comprendió ahogó un grito y con el pavor sintió una extraña ternura y también, en el fondo, una alegría profunda.

—¿Por qué lo has hecho, Jacinto? Dime ¿por qué lo has hecho?

Él estaba inmóvil. No sentía ningún dolor. Unos hilillos de sangre le caían por el rostro y le empapaban el cuello de la camisa.

—Lo tuve que hacer porque no me dejaron otra salida. Recuperaremos nuestro mundo; volveremos a ser los de siempre; tú me llevarás a la esquina y yo venderé el cupón y por las noches sentiré tu cuerpo junto al mío y los dos nos daremos mutuamente calor.

Los esposos se fundieron en un estrecho abrazo y se besaron con ferocidad; nunca habían sentido una pasión más devoradora, una excitación tan intensa. Hicieron el amor de pie y contra la pared, entre gemidos y gritos, sin preguntarse qué pensarían los vecinos. Hicieron el amor varias veces como cuando tenían veinte años y lo hicieron, sí, desesperadamente. Y después, muy tarde, extenuados, se sentaron en suelo y un silencio prolongado y extraño los envolvió, como si entre ellos, aleteando, hubiese pasado el ángel misericordioso que devuelve las plegarias y se queda con los milagros defectuosos, el sangrabrielillo comprensivo que anula los imposibles y pone orden en las alturas cuando los dioses, las vírgenes, los santos y los beatos se vuelven locos.

Y Jacinto abrió la mano y dos ojos sanguinolentos se cayeron al suelo, y una mancha roja, una de esas manchas que no se quitan nunca, puso perdida la moqueta.


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de Asturias, La Nueva España, El Comercio, El Progreso, Dunia, El Extramundi, Gastronómika, Abc, La Voz de Galicia, Heraldo de Aragón, El Periódico, Lar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesos, Delirios gastronómicos, Gastromanía, Cocinadeasturias, Los humoristas, El crimen de don Benito, Cuerda de santos, infames y profetas, Teoría del insulto en Asturias y El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Recientemente ha publicado Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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Final de trayecto: pragmáticos, radicales y ‘pasotas’ en la Asturias preautonómica (1979-1983)

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/ por Diego Díaz Alonso /

La Asturias preautonómica: una región en busca de un discurso


Asturias es en el final de la Transición un territorio joven. A pesar de ser uno de los lugares con la natalidad más baja de España, las cohortes generacionales comprendidas entre los 15 y los 24 años son a la altura de 1980 las más importantes de la región. La todavía llamada provincia de Oviedo, que ha conocido en las dos décadas anteriores un importante desarrollo económico, alcanzará en 1982 su techo histórico: 1.130.000 habitantes. No obstante, los efectos de la crisis económica mundial y del agotamiento de su modelo industrial están empezando a sentirse. Un panorama laboral incierto se abre ante los últimos hijos e hijas del baby boom: el desempleo pasa del 4,5% en 1977 al 7,5% en 1980. Asturias y el País Vasco, territorios históricamente especializados en la industria pesada, son al comienzo de la nueva década de los ochenta las dos comunidades más castigadas por la crisis económica y el crecimiento del paro, que afecta especialmente a los jóvenes.

Crisis es, por lo tanto, una de las palabras recurrentes en el vocabulario y en el lenguaje de la Asturias preautonómica. Crisis económica, crisis industrial, crisis también del campo y del sector ganadero e igualmente crisis del comunismo, crisis de la izquierda radical, crisis de Comisiones Obreras, crisis del movimiento estudiantil… Los años ochenta van a ser, en todos los aspectos y todos los lugares del mundo, muy diferentes a como se los había imaginado la esperanzada militancia de izquierdas de los setenta.

La otra palabra clave en la Asturias de 1980 es autonomía. La región va a tener en 1982 un Estatuto de Autonomía, más como consecuencia del desarrollo para toda España de un Estado descentralizado que por la existencia de una gran demanda autonomista entre la sociedad asturiana. En septiembre de 1978 se constituía el Consejo Regional de Asturias por acuerdo de los cuatro partidos con representación en el Congreso de los Diputados: PSOE, UCD, PCE y AP. La sociedad asturiana no va a ser durante la Transición ni centralista ni hostil a la autonomía, pero tampoco va a colocar la reivindicación autonomista en el centro de la agenda política regional.

El asturianismo es durante la Transición un movimiento fundamentalmente cultural, organizado en torno a la asociación Conceyu Bable, y que carece de aliados políticos con capacidad de marcar agenda. Como en otoño de 1979 reconoce en un boletín interno el partido Conceyu Nacionalista Astur, «a pesar de nuestra voluntad, la experiencia del pueblo de Asturies durante los últimos años indica que los organismos básicos para su defensa son en primer lugar las centrales sindicales, CCOO, UGT y USO, y los partidos ligados a las dos primeras».1 Esta identificación entre movimiento obrero e intereses generales de Asturias va a ponerse de manifiesto en la multitudinaria movilización Salvar ENSIDESA es salvar Asturias, celebrada el 27 de febrero de 1978 en Avilés, en la que las organizaciones convocantes, sindicatos, partidos de izquierdas y movimiento vecinal van a reclamar, respaldados por unos cien mil manifestantes, «la suspensión inmediata del plan de desmantelamiento de Ensidesa, el rechazo de los planes siderúrgicos en ciernes, la nacionalización de toda la siderurgia integral, la instalación de industria transformadora en Asturias, el control democrático de la riqueza productiva de la región y la aprobación inmediata del estatuto de preautonomía asturiana».2

En Asturias no existe además una gran tradición regionalista que pueda servir como manual de instrucciones para el nuevo tiempo político, con lo cual, durante el periodo preautonómico, los partidos, los sindicatos, los intelectuales, la Universidad y los medios de comunicación están casi empezando a preguntarse por primera vez para qué puede servir la futura autonomía asturiana y cuáles son los rasgos culturales que deben definirla. La prematura autodisolución en 1978 de Unidad Regionalista tras unos resultados, no malos, pero sí decepcionantes en comparación con las expectativas que se habían creado en torno a esta heterogénea agrupación de partidos de la izquierda radical, personas independientes y colectivos sociales, va a dejar al ecosistema político asturiano sin un agente externo que sirva como elemento de presión autonomista. En mayo de 1978, Antonio Masip, excandidato de UR al Congreso de los Diputados, lamentaba en las páginas de El País el desinterés de los partidos parlamentarios por impulsar movilizaciones sociales en defensa de la autonomía asturiana:

«En otras partes del Estado los partidos parlamentarios y los que no lo son han llevado a cabo grandes concentraciones populares en favor de la autonomía, reforzando su capacidad de negociación frente al Poder central. De esta y otras formas se ha evidenciado la enorme capacidad de convocatoria de regiones cuyo trabajo en los últimos tiempos en favor de su autogobierno ha sido sobresaliente (Aragón, el País Valenciano, Andalucía…) y han alcanzado casi las mismas condiciones de respuesta popular de las llamadas nacionalidades históricas. En contraste, en Asturias, salvo la manifestación por Ensidesa del 26 de febrero, que cogía el problema de refilón, no se han puesto todos los medios para conseguir algo semejante. De un lado, Alianza Popular y UCD, que en otras latitudes apoyan, aunque sea débilmente, se han mostrado decididamente en desacuerdo; de otro, el PSOE y en mayor medida el PCE, partidos de una gran tradición y arraigo, se desentendieron de una iniciativa en ese sentido de Conceyu Bable, tras haber elaborado un documento aceptable, con la disculpa de «no estar al lado de los extraparlamentarios», como si los partidarios de Asturias o del centralismo se definiesen por su capacidad electoral».3

Al frente del provisional Consejo Regional de Asturias va a estar un histórico dirigente socialista, Rafael Fernández, recién llegado del exilio mexicano, consejero de Hacienda durante la guerra civil en el Consejo Interprovincial de Asturias y León y sin una especial querencia regionalista; un socialista situado por lo tanto muy lejos de la decidida apuesta autonomista de su propio partido en otras regiones, como Andalucía, donde el PSOE va a liderar la batalla por un Estatuto andaluz similar al catalán y al vasco. Si bien en una primera fase los socialistas, arrastrados por el clima autonomista que se respira en toda España, defenderán un estatuto de autonomía por la llamada vía rápida del artículo 151 de la Constitución, tras el shock del 23-F y el frenazo al desarrollo autonómico, la Federación Socialista Asturiana va a amoldarse a las nuevas orientaciones llegadas de la dirección del PSOE: pactar con UCD el desarrollo autonómico y optar preferiblemente por la llamada vía lenta.

En la primavera de 1981, PSOE y UCD alcanzan un acuerdo inicialmente criticado por los comunistas, pero finalmente también secundado por estos, temerosos de quedar aislados políticamente. Asturias se convertirá así en la primera región, junto con Cantabria, en adoptar la vía lenta recogida en el artículo 143 de la Constitución, lo cual será elogiado en un editorial del diario El País como un ejemplo de la «sensatez» y «racionalidad» de los políticos asturianos: «Asturias y Cantabria serán un excelente banco de prueba para valorar los beneficios que pueden derivarse de una descentralización efectiva del aparato administrativo y de una mayor cercanía de los ciudadanos a los centros de decisión de la gestión pública, sin demagogias de ningún signo».4

El paso de un estatuto de amplias competencias a otro de competencias más limitadas no será la única marcha atrás con respecto a las iniciales posiciones, más autonomistas y regionalistas, de la izquierda parlamentaria asturiana. En aras del consenso, socialistas y comunistas ya habían aceptado a finales de 1979 la denominación de Principado de Asturias, a la que inicialmente se habían opuesto por sus connotaciones monárquicas.5 El nivel de protección de la lengua asturiana, fruto de la negociación con las derechas, bastante hostiles a cualquier reconocimiento lingüístico del bable, también será bastante ambiguo e impreciso en el Estatuto, quedando bastante por debajo de las exigencias del movimiento asturianista. No obstante, la debilidad y la fragmentación de los partidos extraparlamentarios de la izquierda radical y nacionalista, defensores de la vía rápida del artículo 151 y de la plena oficialidad del bable, definido en el Estatuto como «lengua específica regional», van a hacer que estos pasos atrás no supongan ningún coste político para socialistas y comunistas. En 1980 el asturianismo cultural veía además satisfecha, como contrapartida, una de sus reivindicaciones: la creación de la Academia de la Llingua Asturiana, encargada de la investigación, normalización y promoción de la lengua. La Academia va a integrar a parte de los fundadores y dirigentes de Conceyu Bable, contribuyendo también con ello a la desactivación y decadencia de este colectivo de carácter más reivindicativo, que languidece y desaparece poco tiempo después de la fundación de la ALLA.

Revelador asimismo de esta actitud cauta del socialismo asturiano con respecto a la eclosión autonomista resulta el hecho de que la Federación Socialista Asturiana no siga en los años de la Transición el modelo de la mayoría de las federaciones del PSOE, reconvertidas, al menos nominalmente, en partidos autonómicos, siguiendo así el modelo del Partido Socialista de Catalunya y del Partido Socialista de Euskadi; un paso que en cambio el PCE asturiano va a dar en diciembre de 1979 con la constitución del Partido Comunista de Asturias, en el marco de la línea adoptada por el partido en toda España para sus organizaciones territoriales. En comparación con los socialistas, el PCA va a defender durante toda la Transición posiciones algo más autonomistas. No obstante, a diferencia de Galicia, donde los comunistas del PCG juegan entre 1979 y 1980 un papel clave en arrastrar a los socialistas gallegos a plantarse y rechazar el proyecto autonómico, muy limitado, de la UCD, el PCA va a plegarse en Asturias muy rápidamente al pacto de la FSA con la UCD, sin apenas dar la batalla ni plantear movilizaciones en defensa de un Estatuto más amplio. El clima de miedo y autolimitación derivado del 23-F, el desinterés de la sociedad asturiana por el proceso autonómico en comparación con otros temas más acuciantes, como la crisis económica, y la ausencia de una significativa corriente asturianista tanto dentro como fuera del partido pesan en este diferente comportamiento de los comunistas a uno y otro lado del río Eo.

El pce asturiano había acuñado al comienzo de la Transición la propuesta de un llamado regionalismo de clase que pusiera el acento sobre todo en las cuestiones socieconómicas. En marzo de 1977, el dirigente comunista Gerardo Iglesias se refería a la clase trabajadora asturiana como el sector social que siempre había estado en Asturias a la cabeza de «los intereses regionales» frente a una burguesía autóctona que nunca había planteado una alternativa al centralismo, y que después de «haber llenado sus bolsillos en el periodo de vacas gordas, abandonó la región para invertir en otras zonas»6 El PCA también recogía en su programa la protección de la lengua asturiana, pero no sería un partido especialmente activo ni implicado en la reivindicación lingüística, más allá de la sensibilidad asturianista de algunas personalidades individuales, como los integrantes del colectivo multidisciplinar Camaretá y posteriormente del grupo musical Nuberu, cuyo éxito contribuiría a popularizar la reivindicación del asturiano en los ambientes y sectores progresistas.

Los dirigentes comunistas consideraban que, más allá de las reivindicaciones culturales, el regionalismo que realmente podía conectar con las aspiraciones e inquietudes de la mayoría debía estar centrado en explicar a la sociedad asturiana las potencialidades de la autonomía como herramienta de intervención contra la crisis económica, control de las empresas públicas del INI y proyección de un desarrollo alternativo y autocentrado de la industria y el campo asturianos. El principal caballo de batalla del PCA durante estos años va a estar en el movimiento sindical de la minería y de las industrias asurianas, muy activo y con una gran capacidad de movilización, no solo de los trabajadores, sino también del conjunto de las comunidades afectadas por la crisis económica y los planes de ajuste.

Será al calor de estas luchas laborales, cuyas reivindicaciones terminan desbordando el marco de las empresas y apelando al conjunto de la región, que se consolide esa firme identificación entre movimiento obrero y defensa de Asturias de la que hablaba el regionalismo de clase formulado por el PCA. La inhibición de las derechas asturianas en las grandes movilizaciones por el futuro de ENSIDESA, HUNOSA y otras industrias públicas y privadas, así como su apoyo a los proyectos gubernamentales de reestructuración de la empresa pública, percibidos de forma mayoritaria como una agresión colectiva a la región, no harán sino potenciar la identificación de las izquierdas con los intereses colectivos de Asturias, deslegitimando por la misma razón a las fuerzas conservadoras como portavoces de estos.

La coincidencia entre el nacimiento de la autonomía y la crisis de la economía regional va a consagrar la cuestión económica como el auténtico tema central de la nueva política asturiana, eclipsando los debates abiertos al inicio de la Transición por el asturianismo, que van a quedar pronto relegados, excepto en momentos muy puntuales, a un segundo plano. Del mismo modo que en otras comunidades la lengua o el reconocimiento de la identidad nacional ocuparán la centralidad del debate político transicional, la inquietud con respecto al incierto futuro de la región, así como las posibles salidas a su crisis estructural, acapararán en Asturias ese mismo lugar privilegiado en la agenda política; una agenda en la que La Nueva España, el antiguo diario falangista, privatizado en 1984 y adquirido ese mismo año por la Editorial Prensa Ibérica, tras un fallido intento de sus trabajadores por convertirse en propietarios de la cabecera, jugará un papel estratégico a la hora de repartir juego político y producir marcos y discursos para el debate. El fracaso tanto de las viejas cabeceras para renovarse y modernizarse como de los nuevos proyectos para consolidarse (Asturias Semanal desaparece en 1977 y su continuación, Asturias Diario, cierra poco tiempo después), unidos a la ausencia de una radiotelevisión autonómica que pudiera hacer sombra a los medios escritos, va a permitir una hegemonía progresivamente indiscutida de La Nueva España, que además ya partía como principal periódico regional.

La defensa de Asturias, entendiendo como tal la protección de su industria y su minería frente a la adversidad del libre mercado, se consolidará a lo largo de los años ochenta a golpe de huelgas y conflictos laborales como una idea de sentido común mayoritariamente aceptada. Esta fuerte identificación entre los intereses de mineros y trabajadores fabriles y el interés general de la sociedad asturiana va a dejar muy poco espacio político a las fuerzas políticas de derechas en una región en la que también los empresarios mantenían una fuerte dependencia del Instituto Nacional de Industria y la empresa pública, generadora del 20% del producto interior bruto, el 17% del empleo y el 25% de la inversión.7 Si en junio de 1977 los partidos de derechas habían logrado un 44% de los votos en Asturias, en las primeras elecciones autonómicas, celebradas en mayo de 1983, este porcentaje caería hasta el 34%. La arrolladora victoria del PSOE en las elecciones autonómicas y municipales de 1983, con el 52% de los votos y la inmensa mayoría de los ayuntamientos —incluido el de Oviedo, hasta entonces gobernado por la UCD— inaugurará una larga hegemonía que permitirá al partido socialista convertirse en «el partido de la autonomía», moldeando la nueva institucionalidad asturiana a su imagen y semejanza.


¿Qué hacer? Radicales y pragmáticos ante el cambio


Entre 1975 y 1979 cientos de miles de personas, sobre todo jóvenes, se politizarían en toda España entrando a participar de un modo más intenso o difuso en partidos, sindicatos y organizaciones sociales. Los primeros años de la Transición supondrían una verdadera explosión democrática que no sería ajena a ese deseo de cientos de miles de jóvenes por colocar la participación política en el centro de sus vidas. Con el cambio de década y el cierre del ciclo político iniciado en 1975, este interés por la política comenzaba a decaer, al tiempo que España se homologaba con las democracias liberales europeas, las nuevas instituciones democráticas comenzaban a asumir parte de las reivindicaciones de la sociedad civil antifranquista y las esperanzas rupturistas de los años setenta se desvanecían para dar paso a un sistema político relativamente estable, rutinario y moderado. La mayoría de los que habían asumido algún tipo de compromiso político entre el final del franquismo y los primeros años de la Transición optaban ahora por replegarse a sus vidas privadas. Muchos de esos jóvenes, como Eduardo Menéndez, militante del PTE asturiano, rondaban la treintena, comenzaban a formar familias y deseaban recuperar unas vidas propias que durante años habían estado condicionadas y subordinadas a las urgencias y necesidades de lo colectivo:

«Mucha de la gente que había militado en el PCE y en los partidos a su izquierda acabaron marchándose al PSOE, otros nos fuimos a nuestras casas. Yo tuve una hija y comencé a dedicar más tiempo a mi vida personal, aunque participé en algunas cosas concretas como la campaña del no en el referéndum de la OTAN. También aproveché para estudiar. Entre la cárcel y la mili no había podido terminar Químicas y trabajaba como cartero».8

Las elecciones generales de 1979 certificarían el fracaso de la izquierda radical para alcanzar el Parlamento y los límites de la estrategia del PCE para reducir las distancias con su principal competidor: el PSOE. Aunque las elecciones municipales y los posteriores pactos permitirían gobiernos plurales de izquierdas en los principales ayuntamientos del país, una sensación de agotamiento, frustración y desencanto derivaría a principios de los años ochenta en una espiral de enfrentamientos y autodestrucción de la izquierda más militante. En 1980 estallaba y se disolvía el Partido de los Trabajadores, fruto de la confluencia del PTE y la ORT, las dos organizaciones más importantes de la izquierda radical. Asimismo, un reguero de crisis territoriales, luchas internas, expulsiones, abandonos y escisiones conducía a la debacle electoral del PCE-PSUC en las elecciones de octubre de 1982.

El éxito electoral del PSOE, un partido sin apenas estructura ni cuadros para asimilar la enorme representación institucional que alcanzaría entre 1979 y 1986, lo convertiría a lo largo de los años ochenta en un imán para exmilitantes del PCE y de los partidos situados a su izquierda. Tras la crisis de los partidos comunistas, muchos de sus militantes y dirigentes encontrarían en el partido socialista un espacio donde continuar su actividad política, en la mayoría de los casos desempeñando además tareas de gobierno. Dada la escasa representación obtenida por el PCE y el fracaso electoral de la izquierda radical, quienes querían gestionar y hacer política institucional y además ejercerla a tiempo completo, de un modo profesional, se irían integrando en el PSOE, que recibiría con los brazos abiertos a los numerosos abogados, economistas, arquitectos, médicos, profesores y demás profesionales que abandonaban la militancia comunista o radical para integrarse en una socialdemocracia que, a pesar de su paulatino su viaje al centro político, todavía se resistía a principios de los años ochenta abandonar algunas señas de identidad comunes a toda la izquierda, como la apuesta por la planificación concertada y el protagonismo del sector público en la economía española, el rechazo a la OTAN y la defensa de la neutralidad española o la solidaridad con la revolución nicaragüense.

A pesar de contar con algo más de tradición y continuidad histórica que otras federaciones del PSOE, la FSA también estaba construyéndose como partido al mismo tiempo que ya gobernaba la mayoría de los ayuntamientos asturianos y presidía el consejo regional preautonómico. En opinión de Juan Vega, Rafael Fernández aportará al socialismo asturiano «sabiduría mexicana y conocimiento del alma humana» orientando hacia el pragmatismo socialdemócrata a los jóvenes socialistas, aún muy ligados política y sentimentalmente al lenguaje izquierdista del PSOE salido del Congreso de Suresnes.9 En palabras de Vega, Fernández llevará al PSOE asturiano del popular Niza, la sidrería de la calle Jovellanos frecuentada por los socialistas carbayones, al vecino, pero burgués y elegante, Casa Conrado. La prensa también resaltará de Fernández su perfil moderado, transversal y amable, a pesar de su pasado como dirigente juvenil en la revolución del treinta y cuatro y en la guerra civil:

«El escritor Juan Cueto estima que la moderación derrochada en Asturias por Rafael Fernández González constituye un ensayo general de la política que aplicará Felipe González en el Estado si el PSOE gana las elecciones. Es un hecho difícilmente cuestionable que la peculiar imagen pública conseguida por Rafael Fernández, yendo a postrarse ante la santina en Covadonga, o con su reiterado empeño en crear un gabinete asesor con destacados miembros de la derecha, incluido un exministro de Franco, le ha granjeado un respeto creciente entre amplios sectores, muy alejados del socialismo, y ante destacados empresarios y banqueros que encuentran en él un interlocutor más fiable incluso que los políticos de sus partidos afines».10

Al tiempo que Fernández tiende puentes con la derecha y la burguesía asturiana, será el recuperador del abogado ovetense Antonio Masip, sin militancia política tras la disolución de Unidad Regionalista. Masip había defendido frente al Movimiento Comunista de Asturias, principal grupo organizado dentro de UR, la continuidad de la formación regionalista, esperando que los resultados de las generales de 1977 mejorasen en unas siguientes elecciones en que la organización estuviera más asentada. La derrota de sus tesis, partidarias de apostar por un proyecto regionalista y progresista, menos identificado con la izquierda radical, le dejarían flotando en un limbo político del que Fernández lo rescataría para ingresar en el PSOE, convertirse en consejero de Cultura del gobierno preautonómico y de ahí ser lanzado a la carrera por la alcaldía de Oviedo desplazando a Wenceslao López, líder de los socialistas carbayones. En su equipo, ya como alcalde de Oviedo, Masip se llevaría a la casa consistorial a otros excompañeros de UR y exmilitantes de la izquierda radical, como Enrique Pañeda, del PTE, y Juan Vega, del MCA.

Junto a este goteo de incorporaciones al PSOE procedentes de la izquierda radical, en 1981 va a tener lugar la entrada, más o menos organizada, de una buena parte de los expulsados del PCA tras la traumática Conferencia de Perlora. El enfrentamiento, grosso modo, entre el sector obrero encabezado por Gerardo Iglesias y los profesionales y trabajadores de cuello blanco liderados por Vicente Álvarez Areces acabará con la expulsión de Areces y otros dirigentes afines a él y la salida, casi en bloque, de sus partidarios. La crisis de Perlora no va a suponer apenas coste electoral para el PCE asturiano, con una base social muy sólida y estable, pero sí una importante descapitalización del partido, que perderá pie en la Universidad, el movimiento ciudadano y las llamadas fuerzas de la cultura, convirtiéndose al término de la Transición en una organización muy alejada de los nuevos movimientos sociales y culturales que estaban surgiendo y, por el contrario, centrada casi exclusivamente en el trabajo institucional y sindical. Una muestra de este retroceso como agente sociopolítico será la práctica desaparición del partido, a partir de 1979, del multitudinario y festivo Día de la Cultura, impulsado en el tardofranquismo por la militancia comunista y celebrado por todas las familias de la izquierda asturiana desde 1972 en la carbayera de Los Maizales de Gijón: «Faltan los chicos del PCA, pero están las feministas, los folletos que explican los problemas del Polisario y las angustias de la guerra salvadoreña. Hay panfletos prosoviéticos, de los de precio la voluntad, algún que otro leonino y bonachón papá Marx, y los defensores de la llingüa [sic], y de las ballenas».11

No obstante, el grupo salido del PCA en 1978 tras la crisis de Perlora tampoco será un colectivo homogéneo ni con capacidad de permanecer unido demasiado tiempo. Pronto sus integrantes toman caminos muy distintos que podemos resumir, de forma muy esquemática, en pragmatismo, radicalidad y repliegue a la vida privada. Oviedo, por el peso de las clases medias, los estudiantes y los trabajadores de banca, sanidad, enseñanza y servicios en la afiliación del partido comunista será la organización local más afectada por la crisis de Perlora. En la capital asturiana buena parte de los expulsados y apartados del PCA, huérfanos de militancia partidaria, se refugian en la dirección del Club Cultural de Oviedo. Otro tanto sucederá en Gijón con la Sociedad Cultural Gijonesa. Mientras tanto, en las cuencas mineras el rico asociacionismo cultural surgido en el tardofranquismo va entrando en decadencia tanto por el apagamiento del activismo político y la falta de relevo generacional como por la formación de los primeros ayuntamientos democráticos, que absorben numerosos cuadros y asumen muchas de las funciones desempeñadas hasta entonces por la sociedad civil antifranquista.

El Club va a conservar todavía en esta recta final de la Transición una gran actividad dentro y fuera de sus paredes, consolidándose como un espacio unitario de la izquierda ovetense, aunque cada vez más afín a los sectores radicales, dada la retirada del PCA. Ubicado en en un céntrico y amplio piso de techos altos, funcionaba como espacio de reunión, conferencias, debates, proyección de cine, lectura de prensa y revistas de izquierdas y socialización, contando para ello, además, con una pequeña barra de bar. Colabora con la Asociación de Vecinos del Sureste de Oviedo en la organización de la Fiesta del Verano, que se celebrará por un breve periodo de tiempo en el parque del Campillín, y será también sede de nuevos colectivos y movimientos, como la Asociación Feminista de Asturias, los comités anti-OTAN, los comités de solidaridad con América Latina, la Xunta Pola Defensa de la Llingua Asturiana o la asociación Prisión y Sociedad, dedicada al apoyo a las personas presas.

Las esperanzas iniciales de una parte de los expulsados por corregir el resultado de la Conferencia de Perlora y retornar al PCA van a enfriarse con el paso del tiempo. Además, una buena parte de ellos van a ir perdiendo el interés por volver a un partido que se desangra a nivel nacional en conflictos internos, ha perdido el atractivo político y la hegemonía cultural de la que gozaba en los últimos años del franquismo y tampoco ofrece grandes expectativas electorales ni posibilidades de entrar en las instituciones o hacer carrera política. Los caminos emprendidos por los integrantes del grupo de militantes desgajado en Perlora van a ser variados. La solidaridad con la revolución nicaragüense va a llevar al país centroamericano a Luis Alfredo Lobato, ex responsable del PCE en la Universidad de Oviedo, que como otros militantes antifranquistas desencantados con la Transición española encontrará en el sandinismo y la solidaridad internacional un nuevo horizonte de lucha. En Gijón los sindicalistas del metal Luis Redondo y Candido González Carnero, junto con otros líderes obreros como Juan Manuel Martínez Morala, impulsarán en 1982, tras años de enfrentamientos con la dirección de CCOO, la fundación de un nuevo sindicato: la Corriente Sindical de Izquierda. Otros muchos se replegarán a su militancia sindical o en el movimiento ciudadano o sencillamente se retirarán a su vida personal y profesional, alejándose para siempre del activismo, con algún regreso puntual como el del psiquiatra gijonés Guillermo Rendueles, independiente en las listas de IU en 1987.

El grupo nucleado en torno a Vicente Álvarez Areces y José Luis Riopedre colaborará con dirigentes del MCA, independientes como Antonio Masip, el historiador David Ruiz —uno de los pocos intelectuales que se mantendría en el PCA— y algunos periodistas de izquierdas sin militancia orgánica en poner en marcha revista mensual Xera. La publicación, que apenas dura un año, de 1981 a 1982, de la resaca del 23-F a los meses previos a la victoria de Felipe González, va a ser un efímero intento de construir un medio de comunicación de izquierdas, asturiano, no partidista y basado en un accionariado popular, tal y como los que estaban surgiendo, con desigual fortuna, en otras partes de España. La revista, con una línea editorial bastante regionalista, va a abordar en sus escasos números algunos de los principales problemas de la Asturias preautonómica: los debates sobre el Estatuto, la crisis económica, el futuro de la ENSIDESA y HUNOSA o la situación del campo asturiano, donde estaba naciendo un nuevo sindicalismo democrático, que recibe una gran atención en sus páginas.

En la efímera vida de la revista van a convivir dos almas: la del sector radical, que con la vista puesta en Egin aspira a construir un medio de comunicación de referencia para la construcción de un frente amplio de la izquierda alternativa asturiana, yla del sector pragmático, procedente del PCE y que pronto va a incorporarse al PSOE. La revista ofrecerá precisamente en ese sentido una larga entrevista con el abogado José Ramón Herrero Merediz, exmiembro del Comité Central del PCE, explicando las razones de su ingreso en el PSOE. Merediz recurre incluso a Gramsci y otros autores marxistas para explicar su ingreso en un partido socialista que calificaba de más respetuoso con la pluralidad y la democracia interna que el PCE:

«Existe un ascenso histórico gradual de la clase obrera que está llevando hacia el socialismo, aunque más despacio de lo previsto. Se critica a la socialdemocracia el hecho de que haya hecho muy poco en estos últimos cincuenta años, pero lo cierto es que en estos años ha conseguido lo que el socialismo no ha sido capaz; y en todo caso, se sabe que la revolución no ha llevado a sitios mejores».12

En las antípodas del camino tomado por Herrero Merediz, José Luis Iglesias Riopedre o Vicente Álvarez Areces —que, aunque todavía como independiente, comenzará desde 1983 a ocupar cargos en los gobiernos socialistas—, Miguel Ánxel Lago, joven militante comunista del barrio ovetense de La Argañosa, se irá del partido después de la crisis de Perlora para participar en la refundación del nacionalismo asturiano. Lago y otros compañeros «quemados con el PCE» empiezan a fijarse en nuevos referentes radicales que les resultaban mucho más atractivos que un espacio comunista en crisis y descomposición, como Marinaleda, Lluís Maria Xirinacs, Xosé Manuel Beiras y sobre todo la izquierda abertzale:

«Había un grupo de amigos del barrio, que habíamos sido del PCE, y que seguíamos con mucho interés lo que pasaba en Euskadi. De aquella viajé mucho al País Vasco, participé en manifestaciones multitudinarias como las anti nucleares, por el cierre de Lemoiz, en casa estábamos suscritos a Egin… Nos acusaban de ser miméticos con el abertzalismo, y era verdad, pero aquello nos parecía la modernidad política, la apuesta por el ecologismo, la recuperación del euskera, el fenómeno del rock radical vasco, y queríamos traer algo así a Asturies. Por eso apostamos por la Corriente Sindical de Izquierdas cuando nació, o contribuimos a impulsar la Xunta Pola Defensa de la Llingua Asturiana cuando desapareció Conceyu Bable».13

El nacionalismo asturiano va a ser una de las vías de reinvención de la izquierda radical en tiempos de reflujo y desorientación política, pero no la más importante. A diferencia de otras comunidades donde el nacionalismo de izquierdas se convierte en el elemento aglutinador y vertebrador de todos los descontentos con el sistema político nacido de la Transición, el asturianismo político, mucho más débil, va a carecer de esa capacidad de atracción y cohesión que a principios de los años ochenta aún conserva la izquierda comunista. El Conceyu Nacionalista Astur y su sucesor, el Ensame Nacionalista Astur, van a coexistir en el minoritario ecosistema radical asturiano con muchos activistas sin partido; las organizaciones prosoviéticas, que en 1984 se unifican en el Partido Comunista de los Pueblos de España; la minoritaria Liga Comunista Revolucionaria y el MCA, la organización más importante e influyente de la izquierda radical asturiana. Sin llegar a renunciar al obrerismo, común a todas las organizaciones de la izquierda radical, ni a la simbología comunista, el mca va a ser pionero en la modernización del discurso y la estética de la izquierda asturiana, y junto a la LCR va jugar un papel clave en el impulso a los nuevos movimientos sociales en Asturias, especialmente el feminista, el ecologista y el anti-OTAN. La participación en los nuevos movimientos sociales y en la izquierda sindical de CCOO van a ser en toda España la apuesta estratégica del MC y de la LCR con vistas a la construcción de un nuevo polo de izquierda radical, republicano y plurinacional. Asimismo, en Asturias, el MCA va a asumir rápidamente, todavía en la Transición, un discurso y una imagen muy asturianistas, jugando un papel importante en el apoyo al movimiento de reivindicación lingüística. También contribuirán a la renovación del exitoso modelo festivo de Oviedo, con la instalación en las fiestas de San Mateo de 1983 de los chiringuitos, adaptación local de las txosnas de Bilbao, impulsadas en 1978 por el colectivo Txomin Barullo, creado por su organización hermana en el País Vasco, el Movimiento Comunista de Euskadi.

En marzo de 1982 José Uría, dirigente del MCA, y Nicanor Fernández Álvarez, de la LCR y poco tiempo más tarde jefe de gabinete del presidente socialista Pedro de Silva, firmaban un artículo en Xera, «La unión de la izquierda radical. Reflexiones para un debate» donde invitaban a las distintas organizaciones a «superar el desencanto» colaborando en una plataforma de acción política que «ponga en primer plano lo que nos une y no lo que nos separa». En opinión de los autores del artículo, el PSOE, visto por muchos «compañeros» como la «única salida realista», estaba dando un giro conservador en temas tan sustanciales como las autonomías, la energía nuclear o el programa económico, lo que hacía inviable la pretensión de entrar en él para «transformarlo hacia la izquierda».14 Uría consideraba que existía en Asturias un gran potencial para ocupar «el espacio que están abandonando a toda prisa los partidos reformistas» a partir de la unidad de los distintos partidos extraparlamentarios, la izquierda sindical y los activistas de los nuevos movimientos ecologista, feminista, anti-OTAN, estudiantil y de solidaridad internacional. La hipótesis de Uría y de su partido, que sobrevaloraba tanto el desgaste de la izquierda parlamentaria como la posibilidad de construir un espacio electoral alternativo al PSOE sin contar con el PCA, no cuajaría más que en una modesta coalición del MCA y la LCR que obtendría el 0,5% de los votos en las primeras elecciones autonómicas y un resultado un poco mejor en las municipales. Serían de hecho las últimas elecciones a las que ambos partidos se presentasen, ya que a partir de aquel tercer fracaso electoral, en palabras de Uría «miramos a nuestro alrededor y decidimos volcarnos en impulsar los movimientos sociales e ir abandonando el terreno electoral, donde vimos que no pintábamos mucho».15 La suma de todas las candidaturas de la izquierda extraparlamentaria en las elecciones de 1983, en torno a un 2,5% de los votos, da cuenta del clima de consenso social con el que terminaba la Transición en Asturias e iniciaban su andadura las nuevas instituciones autonómicas.


Libertad para los que toman algo: feministas, pasotas, bohemios y yonkis en la noche asturiana


En paralelo al proceso de recuperación de las libertades políticas, la sociedad española va a experimentar en los años posteriores a la muerte del dictador un no menos intenso proceso de conquista y generalización de nuevas libertades personales que desafiaban los estilos de vida tradicionales, reforzados en España por la existencia de un Estado autoritario y confesional como el franquista.

El feminismo será entre 1978 y 1981 uno de los movimientos sociales más dinámicos y exitosos a la hora de abrir debates, impulsar cambios culturales y lograr reformas legales. En 1978, solo tres años después de la muerte de Franco y apenas un año después de las primeras elecciones democráticas, se van a producir cuatro grandes hitos legales en el camino de la emancipación de las mujeres y la democratización de la vida cotidiana: el reconocimiento en la Constitución de la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la despenalización del adulterio y la homosexualidad, ambos castigados hasta entonces con penas de cárcel, y la legalización de los anticonceptivos. Pendiente de resolver quedará la cuestión del aborto, que será el principal caballo de batalla del movimiento feminista en la última fase de la Transición y los primeros años ochenta. En mayo de 1982, la revista Xera recogía los testimonios de varias asturianas que habían tenido que abortar de forma clandestina. Así relataba Carmen, de treinta años, ama de casa, con dos hijos, su aborto clandestino en Gijón:

«Hace cuatro años, cuando el pequeño tenía dos, me quedé embarazada y por decisión propia decidí abortar […] Recurrí a una mujer que se había hecho varios y me dijo que había tres posibilidades. La primera era un practicante al que había que pagarle el favor previamente en carne, la segunda otro hombre que lo hacía en condiciones muy precarias, y la tercera, otro que lo hacía bien. Opté por el último pagando 29.000 pesetas […] Al tumbarme en la camilla observé que la sábana estaba manchada con sangre de la anterior y donde colocaba las piernas estaba forrado de trapos de cocina (¡Esta era la mejor posibilidad que se me había ofrecido!). El material lo lavaba en un cubo de plástico que no se si tendría algún desinfectante, y una de las pinzas con las que cogió mi matriz tenía los extremos rotos, así que al enganchar unas tres veces se le soltaba y el dolor era terrible […] Por eso, si hoy me quedara embarazada no volvería a abortar porque uno vale, y otro pasa, pero lo que no se puede es estar jugando con mi vida cada vez que me quedo embarazada. Si mi anticoncepción me falla, no podría quitarme un tercero, pero no es una cuestión moral, es por mí misma. Lo tendría».16

La Asociación Feminista de Asturias, fundada en 1977 e impulsada principalmente por mujeres del MCA, la LCR y algunas otras feministas sin militancia de partido, será la principal plataforma del movimiento asturiano entre finales de los setenta y principios de los ochenta. El éxito de AFA consistirá en la creación de un espacio unitario centrado en las reivindicaciones estrictamente feministas, superando así el modelo de frente femenino de partido de la primera mitad de los años setenta, como eran el Movimiento Democrático de Mujeres, ligado al PCE, y la Asociación Democrática de la Mujer, vinculada al PTE. Con sede en el Club Cultural de Oviedo, afa llegará a tener grupos locales en Oviedo, Gijón, Avilés y Mieres y desarrollará diversas campañas por la despenalización del aborto, el derecho al divorcio y la legalización de los anticonceptivos. Incluso planteará, aunque sin éxito, crear en Asturias un Centro de Mujeres, para lo que pondrá en marcha una campaña de bonos solidarios.

A pesar de la militancia de buena parte de las dirigentes feministas en la izquierda radical, AFA logra ser una experiencia mucho más transversal que sus partidos. Ejemplo de ello será el éxito de las mociones en los ayuntamientos en apoyo a las mujeres procesadas en Bilbao por prácticas abortivas. Incluso en Oviedo, con hegemonía de la derecha, la ruptura de la disciplina de voto por parte de la concejala de UCD Aida Oceransky permitirá sacar adelante la moción, presentada por las feministas y apoyada por los ediles del PSOE y del PCA.17 AFA también dará charlas sobre educación sexual en asociaciones vecinales y de amas de casa, promoverá desde 1977 las manifestaciones del 8 de marzo con los sindicatos y partidos de izquierdas y comenzará a colaborar con ayuntamientos progresistas, como el de Gijón y el de Mieres, en la organización de los actos del Día de la Mujer.

Junto a los cambios en el ámbito del cuerpo, el género y la sexualidad, los nuevos tiempos políticos van a traer también nuevas formas de relación, ocio y socialización, así como nuevas culturas juveniles en las que la noche, la música y los bares juegan un papel central como espacio de encuentro. Libertad para los que toman algo fue una pintada emblemática en el Oviedo de la segunda mitad de los años setenta. Escrita con espray en una pared de la catedral, el lema parodiaba las pintadas y pegatinas políticas que por aquella época inundaban las calles, indicando una cierta saturación de política y un llamamiento a reclamar, más allá de los grandes discursos ideológicos, el derecho al hedonismo y a disfrutar de los placeres que los nuevos tiempos democráticos ofrecían. El casco antiguo de Oviedo, que como casi todos los centros históricos de las urbes españolas languidecía a finales de los setenta, se va a convertir en el epicentro de la nueva movida nocturna, del mismo modo que Cimavilla, el barrio tradicional de pescadores, se convertirá en Gijón en hábitat de la nueva bohemia gijonesa, a menudo mezclada con cierto lumpen tradicional de la ciudad.

El crecimiento de la Universidad de Oviedo y el acceso a los estudios superiores de más mujeres e hijos de las clases populares, muchas y muchos de ellos venidos del resto de Asturias, así como de otras regiones vecinas, sobre todo Cantabria y Castilla y León, va a permitir el florecimiento en la capital asturiana de un rico ecosistema de pisos de estudiantes donde los jóvenes, liberados del control paterno, autogestionan sus vidas con una libertad que se contagia al resto de la ciudad. La existencia de esta masa juvenil con tiempo libre y cierta capacidad de consumo va a generalizar la costumbre de salir por el Antiguo, la Zona, todas las noches de la semana. Como en otras ciudades españolas, estos nuevos hábitos nocturnos van a ser vistos con preocupación por las autoridades. Las drogas —sobre todo el hachís, la más consumida y popular— van a desplazar en el transcurso de la Transición a la política como motivo de persecución policial de la juventud. La identificación entre juventud, drogas, peligrosidad social y desorden público va a propiciar frecuentes redadas policiales en los bares del rollo para calmar una inquietud muy generalizada entre la población adulta más conservadora: «En ocasiones esta desconfianza se expresa con la simple visión de un grupo de jóvenes modernos reunidos en una plaza o en una esquina, para una sociedad que no acostumbraba a ver a la gente en el espacio público fuera de horas y prácticas perfectamente codificadas».18

En diciembre de 1981 el periodista Xuan Cándano denunciaba en un artículo de Xera el hostigamiento policial a jóvenes y hosteleros del Oviedo Antiguo, en contraste con la tolerancia hacia el Oviedo decente:

«La represión en la zona, con altibajos y consentimientos asumidos periódicamente, contrasta radicalmente con la situación en otras zonas de la ciudad. En el Oviedo nuevo de la zona alta (Avenida de Galicia y adyacentes) usted puede alborotar, tomar copas, comer chorizo y aparcar en doble fila a altas horas de la madrugada, sin la amenaza de la culata a las espaldas […] Nadie conoce la existencia de redadas por estas zonas, pese a que el tráfico de drogas duras y blandas tiene su centro en al menos uno de estos locales serios, donde el traje, la corbata y el billete de cinco mil pesetas son poco menos que imprescindibles».19

Abandonado por la burguesía en favor del ensanche, el barrio antiguo de Oviedo, sede de la Facultad de Filosofía y Letras y de la Escuela de Artes y Oficios, se convertiría en el refugio de los bohemios y noctámbulos que preferían las tascas tradicionales y los nuevos bares nocturnos regentados por otros jóvenes a las discotecas, en pleno auge y especializadas en música de baile. Waldo Valbuena, estudiante de la Escuela de Artes y Oficios, era uno de esos jóvenes izquierdistas y bohemios poco interesados en el mundo de las discotecas, y que frecuentaba los locales de La Zona:

«Fuimos una generación que no aprendió a bailar. En los bares no se bailaba, el ligoteo se hacía charlando, tomando vinos, fumando unos porros y hablando de política o de lo que fuera. Éramos más de vino que de sidra, que era una bebida más de paisanos mayores. En el Cechini se compartía el vino. Era un bareto acojonante, en cuesta y con un patio donde íbamos a echar los porros. No había equipo de música. Cantábamos. Sobre todo música latinoamericana, Victor Jara, Quilapayún, y luego canciones de chigre de toda la vida. La gente llegaba, pedía un porrón de vino o una media botella y si sobraba les decías que te la guardaran para el día siguiente, porque de aquella todos los días salíamos. Eran bares baratos y si estabas sin dinero no pasaba nada. Alguien te invitaba y ya le invitarías tú cuando tuvieras».

En una parte de esa nueva juventud bohemia que Germán Labrador define como la Generación del 77, situada grosso modo a caballo entre las formas culturales más sesudas y abiertamente militantes de Mayo del 68 y el hedonismo pop de la Movida, se dará incluso una cierta rebelión contra el baile y la hegemonía de las discotecas, como explica Toño Barral:

Había discotecas por todas partes. Mieres y las cuencas en general eran una potencia discotequera. Había discotecas en todas las villas y con música muy variada. Desde lo más típico a hard rock, soul, funk o música disco, pero estar en el rollo, como se decía de aquella, iba de agarrarse la gran fumada escuchando rock progresivo, psicodelia, los Stones, rock duro, Deep Purple, Led Zepelin, y rechazar la música de baile.20

Esta Generación del 77 comienza a distanciarse de la imagen prototípica del progre adoptando estéticas más extravagantes: barbas largas, melenas, sombreros, fulares, camisas llamativas y en general una estética más colorida que la de la progresía anterior y que conectaba con un hippismo tardío que los medios de comunicación englobarán genéricamente bajo la etiqueta del pasota; una etiqueta en la que, como ironizaba Eduardo Haro Ibars en 1979, cabía «todo el mundo que no tiene pinta de oficinista».21 El uso del hachís, introducido tímidamente por la generación anterior, se generalizará entre la nueva juventud, con más tiempo libre y menos control social, pero también el consumo de nuevas drogas como el lsd, las anfetaminas y algo posteriormente la heroína. Musicalmente, estos jóvenes nacidos entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta tienen un pie en los cantautores, el folk y la música latinoamericana, pero, beneficiados por un clima de mayor apertura cultural e internacionalización del país, reciben ya nuevas influencias sonoras, diferentes a las de sus hermanos mayores y por lo general con menor carga política explícita. Bares nocturnos, locutores radiofónicos que apuestan por las nuevas corrientes musicales y los primeros festivales y concursos de rock animan una escena musical asturiana emergente en la que están tanto los grupos de música inscritos en la corriente del rock progresivo, como Crak y Asturcón, como las primeras bandas de la llamada nueva ola, que anticipa el algo posterior fenómeno de la Movida. Canciones como Esclavo de la noche de La Banda del Tren, o Caramelos podridos, Hola mamoncente o Me sueltan mañana de Ilegales,son pioneras en el abordaje de cuestiones como las drogas, la delincuencia juvenil y el mundo de la noche, temáticas ajenas tanto al formalismo abstracto del rock progresivo como a las inquietudes sociales y políticas de los cantautores y la canción protesta de la Transición, que tendrían en Nuberua su representación asturiana más destacada.

Los pisos de estudiantes o de jóvenes que trabajan y comparten casa y gastos van rompiendo con la costumbre de que el hogar familiar solo se abandona para fundar otra familia. La emancipación permite otra libertad de movimientos, otra forma de relacionarse, de disfrutar del tiempo libre y de la vida sexual. Para las mujeres que viven en pisos de estudiantes, libres de la tutela paterna, esta reducción del control social es aún más importante que para sus compañeros. Si bien, por sus dimensiones, en las ciudades asturianas no hay un movimiento tan militante de la vida cotidiana como el de las llamadas comunas urbanas, existentes en Barcelona, Sevilla o Madrid, ciudades con una rica vida contracultural en la segunda mitad de los años setenta, el hecho de compartir casa va a responder a veces a una razón política, y no solo económica, como en el caso de Miguel Ánxel Lago: «Mi mujer y yo nos fuimos a vivir con un compañero del trabajo y otro amigo del barrio. Fue parte del proceso de radicalización posterior a dejar el PCE. Nos empezaron a interesar las ideas más libertarias. Yo trabajaba en un banco y compartíamos los gastos de la casa o los de viaje si nos queríamos ir unos días por ahí. Si alguien no trabajaba no pasada nada. Aportaba de otra manera, limpiando o cocinando».

Llegados a 1980, como ya hemos dicho, el interés juvenil por la política va a decaer. Las organizaciones van a comenzar a tener problemas para renovarse y atraer nuevos militantes a sus filas. Los partidos de izquierdas, a pesar de algunos intentos por adaptar su imagen a la nueva estética y los nuevos gustos juveniles, se han quedado viejos, incluso los de la izquierda radical. Junto al llamado desencanto del que se comenzaría a hablar muy pronto, casi después de las primeras elecciones, y que se refería sobre todo al malestar o la frustración de la generación del 68 con respecto a sus expectativas políticas, en la recta final de la década se generaliza el ya citado término de pasotismo para definir el estado de ánimo y la actitud vital de los más jóvenes: aquella generación del 77 que alcanza la mayoría de edad durante la Transición, rechaza el sistema y abraza cierto gusto por una marginalidad desprovista de objetivos alternativos más allá del deseo de vivir sus vidas con libertad:

«Ni la derecha ni la izquierda acaba de comprender de dónde procede, ni lo que busca, todo este batallón que parece haber surgido de bajo tierra de pocos años acá. Su manera de hablar, pensar y vivir no se ajusta a las reglas del juego del establishment; van por libre, molestan a los bienpensantes y no quieren ni oír hablar de la política de los partidos, para cuyos dirigentes tienen apelativos tales como «evangelizadores, muermos, padres de la Patria, redentores de la Humanidad» y expresiones similares. La misma palabra pasota resulta todavía bastante ambigua. Se ha convertido en el cajón de sastre a donde han ido a parar todos aquellos que no quieren saber nada ni de la sociedad capitalista, «alienante y martirizante», por utilizar sus mismas palabras, ni de la comunista, ídem de ídem y, además, añaden, comecocos de los obreros».22

Muchos de esos jóvenes calificados en 1979 como pasotas habían participado sin embargo, de un modo más o menos activo y organizado, en la efervescencia política de los primeros momentos de la Transición, cuando estar en política se había convertido en una experiencia de masas y miles de jóvenes habían ingresado en partidos, sindicatos o movimientos. Waldo Valbuena, por ejemplo, había tenido un fugaz paso por la CNT, «de los 22 a los 23, antes de marchar a la mili», pero a la vuelta del servicio militar no se reengancharía a la militancia. El cierre del ciclo abierto en 1975 y la progresiva institucionalización de la política generaban un clima menos atractivo para la participación. Toño Barral recuerda pasar de un ambiente universitario muy activo, en el que «había todo el tiempo asambleas y manifestaciones», a un momento posterior, más aburrido, en el que «la política se profesionaliza y se convierte en sota, caballo y rey»:

«Tenía una carpeta forrada con pegatinas de todos los partidos de izquierdas: socialistas, comunistas, maoístas, trotskistas… Era compañero de viaje de la izquierda en general. Iba a las manifestaciones, repartí panfletos, pero además de la política me interesaban otras expresiones culturales, sobre todo la música. Tuve amigos que se concentraron en ser militantes las 24 horas del día los siete días de la semana, y se les agrió el carácter. No quería ser como ellos».

El pasotismo sería en algunos casos un periodo juvenil transitorio antes de sentar cabeza, esto es encontrar trabajo y formar una familia. En otros, sería el preámbulo a lo que Germán Labrador ha definido como el devenir yonki de la contracultura. Para Labrador la heroína «apareció en el momento adecuado, ayudando a mitigar las decepciones políticas de algunos y la falta de un futuro laboral de muchos más».23 Si en los primeros años de la Transición muchos de los jóvenes politizados habían compaginado militancia política con vivencia contracultural, al término de la década la balanza parecía inclinarse para muchos por un repliegue a la segunda. Las formas de vida al margen del sistema, el rechazo al trabajo fijo y la experimentación con toda clase de drogas formarían parte de ese devenir yonki:

«Cuando dejé de trabajar me puse a cobrar el paro, como en aquellos años se cobraba de paro lo mismo en duración que lo que se había trabajado […] pues me cogí año y medio y me lo tiré sabático, y de hecho terminé mal en muchos sentidos, porque me di a la mala vida. Entonces ya la cuestión política la aparqué totalmente y ya solo me dediqué a la cuestión marginal y contracultural […] me movía mucho por ahí, y sí me encontré con mucha gente muy rebotada de sitios parecidos […] la mayoría no eran anarquistas, eran gente de extrema izquierda: Joven Guardia Roja, ORT…».24

Si para Tino Brugos «estar políticamente activo me alejó de las drogas»,25 en otros casos la pérdida de la ilusión política sería el paso previo al enganche a la heroína, aún muy mitificada en el mundo underground de la Transición:

Uno de mis mejores amigos estudiaba en Madrid. En las primeras vacaciones volvió a Asturias como militante del Partido Socialista Popular. En las segundas como yonki. Creo que fue el primer yonki que conocí. Luego vinieron otros. Algunos venían a mi casa a pincharse, abusando de mi generosidad. También me robaron bastantes discos para comprar droga. La gente se lanzó a la heroína con una absoluta inconsciencia. Se intercambiaban la jeringuilla en las fiestas como gesto de hermandad.26

También Miguel Ánxel Lago relata cómo unos cuantos de sus antiguos compañeros de la agrupación comunista de La Argañosa entrarían en el mundo de la heroína al abandonar la militancia política. El desencanto político sería el paso previo a la entrada en la heroína de chavales de barrio que se enfrentaban a un mercado laboral incierto y una sociedad sin demasiadas expectativas o sentidos biográficos que ofrecer a las personas jóvenes. Como explican Pablo Carmona y Emmanuel Rodríguez, si en la primera fase de la Transición la heroína «no gozó de ninguna popularidad», dado que «sus efectos a corto plazo eran contrarios al momento de explosión, creación y lucha política que se vivía en aquellos años», en 1980, en un momento ya de reflujo de la movilización social, existían unos 79.000 heroinómanos en toda España; y en 1984, en el segundo año de gobierno de Felipe González, 125.000.27 La adicción a la heroína funcionaría como una suerte de epidemia de nihilismo colectivo que se apoderaría de una significativa minoría de la juventud española, sobre todo de clase trabajadora, justo en el momento en el que el país cerraba su transición política y se iniciaban por parte del psoe unas políticas de ajuste económico que elevarían el desempleo juvenil por encima del 50%.

Si los primeros yonkis de la década de los setenta respondían a un perfil de jóvenes cultos y bohemios que llegaban a la heroína atraídos por su glamour contracultural, la segunda generación de yonkis, la perteneciente a esa Generación del 83 de la que habla Germán Labrador, va a responder principalmente a un perfil de jóvenes de clase trabajadora, mayoritariamente masculino y con menos formación cultural, aunque igualmente fascinados por el fatalismo autodestructivo de una droga cuyos efectos letales ya eran conocidos a principios de los años ochenta. Las cuencas mineras y los barrios obreros de Asturias, castigados por la crisis económica y el desempleo juvenil, van a conocer esta expansión del fenómeno yonki que se produce en toda España con el cambio de década.

También en Asturias, como en Euskadi, y anteriormente en Estados Unidos e Italia, hallarán eco las teorías de la conspiración estudiadas por Juan Carlos Usó acerca de un uso de las drogas por parte del Estado con fines alienantes y de desmovilización de la juventud obrera. Al contrario de estas interpretaciones, nos inclinamos a pensar que lo que sucede entre 1978 y 1981, años de explosión del consumo de heroína en España, es más bien justo al revés. No es la droga la que produce la anulación de los horizontes utópicos, sino que por el contrario esta emerge como problema generacional justo cuando los horizontes utópicos empiezan a desvanecerse, cuando los imaginarios del progreso y de la revolución comienzan a ser sustituidos por los de la marginalidad y la autodestrucción en una parte de los jóvenes más contestatarios. Citamos nuevamente a Carmona y a Rodríguez:

«Lejos de las biografías de los jóvenes de la década de los setenta, que se emancipaban recién cumplidos los veinte años, trabajadores y estudiantes vinculados a los horizontes de libertad de las luchas políticas de los barrios, los jóvenes obreros de los ochenta se vieron obligados a hacer el recorrido inverso. Con trabajos eventuales y mal pagados, condenados a cumplir los treinta años en casa de sus padres, las posibilidades de salir adelante se fueron reduciendo. Aburrirse y vagabundear por el barrio y por la ciudad fueron la antesala de la heroína, compañera perfecta de la apatía y de la desesperación».28

Crisis económica, desindustrialización, desempleo, triunfo del reformismo sobre la ruptura, apatía política y expansión de la heroína entre los jóvenes de las comunidades obreras. Como decíamos al comienzo de este texto, los años ochenta comenzaban de un modo muy diferente a como se habían imaginado desde las esperanzadas militancias de la década anterior. También en Asturias.


1 Fueyes Internes del CNA, septiembre de 1979.

2 El País, 28 de febrero de 1978.

3 El País, 2 de mayo de 1978.

4 El País, 17 de diciembre de 1981.

5 El País, 12 de diciembre de 1979.

6 Mundo Obrero, 28 de marzo de 1977.

7 El País, 13 de octubre de 1982.

8 Atlántica XXII, julio de 2014.

9 Entrevista a Juan Vega, abril de 2019.

10 El País, 13 de octubre de 1982.

11 La Nueva España, 11 de agosto de 1981. Cit., en Luis Miguel Piñera: Domingos en rojo: historia del Día de la Cultura en Gijón (1972-1984), Gijón: Sociedad Cultural Gijonesa, 2016, p. 100.

12 Xera, enero-febrero de 1982.

13 Entrevista a Miguel Ánxel Lago, abril de 2019.

14 Xera, marzo de 1982.

15 Atlántica XXII, julio de 2015.

16 Xera, mayo de 1982.

17 El País, 28 de octubre de 1979.

18 Germán Labrador: Culpables por la literatura: contracultura e imaginación política en la Transición, Madrid: Akal, 2017, p. 515.

19 Xera, diciembre de 1981.

20 Entrevista a Toño Barral, Oviedo, abril de 2019.

21 Cit. en Germán Labrador: Culpables por la literatura…, p. 521.

22 El País, 20 de febrero de 1979.

23 Germán Labrador: Culpables por la literatura…, p. 540.

24 Pablo Carmona: «Apuntes del subsuelo: contracultura, punk y hip hop en la construcción del Madrid contemporáneo», en Observatorio Metropolitano: Madrid: ¿la suma de todos? Globalización, territorio, desigualdad, Madrid: Traficantes de Sueños, 2007, p. 469.

25 Entrevista a Tino Brugos, abril de 2019.

26 Entrevista a Juan Vega, abril de 2019.

27 Pablo Carmona y Emmanuel Rodríguez: «Los años del pico. Epílogo para una generación exterminada», en Observatorio Metropolitano: Madrid, ¿la suma de todos?…, p. 383.

28 Ibídem, p. 384.


Diego Díaz Alonso (Oviedo, 1981) es doctor en historia por la Universidad de Oviedo, especialista en gestión cultural y activista. Ha colaborado con medios como Atlántica XXII, La Nueva España, Les Noticies, Diagonal o El Salto. Actualmente es forma parte del consejo de redacción de Nortes. Es autor de Disputar las banderas: los comunistas, España y las cuestiones nacionales (2019).

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Resistencia y próximo

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/ por Juan Calvin Palomares /

En el próximo, en quienes tenemos cerca, lo corpóreo se presenta como promesa para la transformación en resistencia, en masa o cuerpo común. En una especie de ser o no ser, ser emprendedor o no serlo, la persona atomizada por el rendimiento, y su velocidad, oscila entre el todo se puede o el nada se puede, vibra en un éxito siempre tiritando frente el fantasma del fracaso y la depresión. El mandato actual, el imperativo autoimpuesto al rendimiento, enferma. La disciplina, en su negatividad, produce locos y criminales, mientras que el rendimiento, en su positividad, produce depresivos y fracasados: una misma lógica, una técnica del poder, soporta ambas estrategias, solo que el rendimiento se torna más sutil y efectivo en la cibernética. En el exceso de uno mismo el sentimiento es paradójico, pues la extrema libertad se estructura en una constante coacción a uno mismo.1 Un control del deseo en la automatización de la seducción que se esconde en la sensación de extrema libertad cuya consecuencia más nefasta es la dificultad, hasta lo imposible, de la aproximación de cuerpos en un cuerpo comunitario, en masa.

Aproximarse no es un bello ideal. Ser tocado suscita temor, un primigenio terror a lo extraño, al extranjero, a la frontera, al otro. En el estrés continuo del rendimiento la mano del próximo se convierte en la garra del competidor, en el extraño que devora los bienes propios.2 No hay posibilidad de caricia en la velocidad de la libertad de la hipermodernidad, pues esta se vuelve golpe en su dinamismo extremo. La mano permanece convertida en garra, el contacto en agarre, y el deseo en competición y consumo. El nudo de reacciones psíquicas desatado en el contacto con un extraño se intensifica en la atomización del ser para emprender. Aproximarse, sumergirse en la masa, redime del temor al contacto. ¿Cómo resolver la falta de densidad, cómo pegarse al máximo unos a otros, densificar la volatibilidad de la hiperconectividad, para la aproximación en el cuerpo-masa donde todo ocurre a una velocidad coherente con la caricia?3

¿Pueden darse en los espacios virtuales tiempos espontáneos donde configurarnos como cuerpo-masa? ¿Dónde la garra, espontáneamente, se vuelva mano? La espontaneidad del niño es una promesa. ¿Cómo volver a ser niños? El mandato a la espontaneidad señala la posibilidad de la transformación performativa y se presenta como una contradicción. Llegar a ser como niños4 es una promesa de proximidad, pero ¿cómo exigir espontaneidad cuando el mandato es externo? La niñez quiebra las estructuras insidiosas en gestos espontáneos, se atreve a coger la mano de una compañera mientras mira a su rostro.5 Quebrantando la lógica de la novedad por la novedad se escoge insospechadamente por la salud. En la convicción primitiva de que lo más básico inimaginable (por ejemplo, en la luz del sol como símbolo) libera, se reconcilia el mandato con lo espontaneo, justamente en la tensión de la paradoja entre lo productivo y lo gratuito. En coordenadas humanas el sol jamás deja de donarnos energía sin que nosotros tengamos que hacer nada para ello, tal es su gracia, y, sin embargo, ante él sudamos las gotas de nuestro trabajo.6 El mandato a la acción, en la paradoja de volver a la espontaneidad de la niñez, se realiza ante un sol que a la par derrama nuestras gotas de sudor y se dona gratuitamente como promesa.

El sol, como símbolo, es un escándalo para el rendimiento humano. Un rendimiento que en la violencia de la hipermodernidad desintegra la espontaneidad del niño. Herederos de una nueva forma de imponer el poder, en el que castigar a los incorregibles, vigilar a los dementes, reformar a los viciosos, confinar a los sospechosos, emplear a los ociosos, etcétera, supone una vigilancia, una supuesta felicidad para la institución, que construye una sociedad bajo el signo del progreso como valor supremo de prosperidad. ¿Quién puede soportarlo y seguir siendo niño? Una teórica vigilancia, imposible en la práctica, pues nada puede, como el sol, rendir 24 horas al día, ni siquiera la tecnología más puntera, podría funcionar como un ojo que todo lo ve, pero ¿acaso no impone el ser para el rendimiento unas estructuras cibernéticas que al menos sí hacen que nos sintamos vigilados en todo momento y lugar, o que no tengamos razones para pensar lo contrario?7 Ante el escándalo del rendimiento del sol, de lo gratuito, el rendimiento humano responde en lo hipermoderno con una cibernética que aparenta una vigilancia absoluta constituyéndose como una forma de dominio totalitario.

¿Todo queda bajo la sombra de la vigilancia? Es cierto que hoy no vivimos en un contexto en el que vayan a descuartizarnos, previo abrirnos llagas donde volcar azufres, aceites o resinas hirviendo, pero ¿acaso no hay nuevas violencias contra los cuerpos?8 La cibernética castiga en la destrucción del tiempo hoy masivamente. La destrucción del tiempo se impone y nadie se hace cargo de la pena. La genealogía se dibuja en la siguiente línea ficticia: El castigo pasó del arte de las sensaciones insoportables, hacia la economía de la suspensión de los derechos, hasta la cibernética de la destrucción del tiempo bajo pena de aislamiento. Un arte, una economía, y una cibernética, que responden a la misma tecnología punitiva. Destrucción del tiempo o aislamiento, ¿cómo resistir ante esto? ¿Recorriendo el camino inverso, también como una línea de ficción? Una economía de la dotación de libertad, y un arte de la sensación soportable, un arte de la caricia. ¿Descaminar el recorrido de la modernidad podrá realizarse en un arte de la purificación cibernética y en la conformación de una masa de próximos?9 ¿En el aproximarse la tecnología política del cuerpo humano como objeto podría revertirse?10 En la objetivación lo humano pierde densidad, ahora bien, en la atomización el cuerpo engendra un deseo secreto de proximidad. En este desencaminar habremos de preguntarnos: ¿qué clase de arquitectura del poder supone la cibernética?11

Una arquitectura del poder cuya vigilancia destruye en la adicción el tiempo y que en la experiencia estética fomenta un hiperindividualismo que imposibilita la proximidad de los cuerpos. Lo hipermoderno implica una individualidad atrapada en procesos de aceleración donde impera la urgencia,12 una hipervelocidad insoportable para la densidad necesaria para la proximidad de los cuerpos. La transparencia atenta contra la opacidad necesaria para que el cuerpo sea lo suficientemente denso para la proximidad, para el contacto. El poder se ejerce en intrincadas relaciones de deseo.13 El poder sobre los cuerpos, a través de los smartphones, funciona como una red rizomática de deseos autosatisfechos cuyos inputs rebotan en el Big Data perfeccionando, a modo de carburador de lo cibernético, la destructiva y adictiva, pero deseable, vigilancia. ¿Responde la red cibernética, carburada por el Big Data y nutrida de nuestro voyeurismo, a la historia de Occidente? Un doble movimiento, a modo de ventrículos, muestra el Big Data: como un ojo que todo lo ve, que todo lo reúne, un Uno que ama, pero solo en apariencia, pues en su hipervelocidad todo lo divide, un Uno que discuerda. En el devenir entre el amor y la discordia el Big Data es un Uno totalizante. La fuerza de la tecnología del control cibernético reside en su estructura de devenir, cuyo logos es el deseo. Lo cibernético no es eterno, su genealogía se inicia en las tecnologías del suplicio y la privación; tampoco es mundo, pero se intercambia como tal, como si se tratase de una prótesis transhumana. La tecnología cibernética abre mundo para dominarlo, es una técnica como voluntad de poder. Abre el mundo en un devenir propio cuya lógica interna es el deseo de quienes son vigilados y controlados de forma absoluta, aunque sea aparentemente. ¿Qué clase de juramentos nos enclavan a semejante devenir cibernético?14

En la atomización de la hipervelocidad los movimientos tienden a una separación sin fin.15 Quizá una solución sea tejer hilos de araña entre aquellos disidentes de la vigilancia cibernética.16 ¿Acaso la experiencia de la desconexión cibernética no supone un suicidio político? ¿Cómo generar una red desconectada que conforme masa corpórea entre aquellos que sufren esa pena de aislamiento político? Un problema antiguo, el de hacerse cuerpo, el de hacerse miembros los unos de los otros.17 Sería conveniente preguntarnos los intereses detrás de recorrer el camino hacia el arte de la caricia liberadora en redes, en telas de araña, que formen un rizoma paralelo a la cibernética adictiva. ¿Por qué renunciar al devenir del Big Data? ¿Acaso no es la misma voluntad de poder la que dotaría tal movimiento desconectado del ojo que todo lo ve? Si exageramos en demasía la posibilidad de que todo saber es en el fondo un poder, y que este ejerce violencia, ¿por qué desconectarse si la alternativa es una manifestación de la voluntad de ese mismo poder ciego y violento? ¿Por qué intercambiar poderes? Un conocimiento, un saber, que empodere a unos individuos, en una purificación de lo cibernético, ¿encontrará necesariamente nuevas estructuras de poder en la violencia de nuevas racionalidades? ¿Una pretensión de conocimiento y de poder tiene que ser necesariamente violenta?18

Proponer un modelo, convencer de una posibilidad paralela a la adicción cibernética, ¿no es en su pretensión de imposición una manifestación violenta? De momento asumamos que una violencia así, en un contexto desacelerado, en el que se recupere la densidad de los cuerpos para su proximidad, puede ser resistida incluso con cierta dulzura y como una promesa de recuperar el arte de la caricia suplantado por la tecnología del castigo. Ahora bien, ¿emplear la propia red cibernética para desconectarse y reconectar en otros contextos de menor transparencia y mayor posibilidad para la proximidad no supone una contradicción performativa? ¿Quién intensificará su vínculo con lo cibernético para hacer visible la invitación a la desconexión? ¿Quién está dispuesto a mantenerse expuesto a la radiografía de las redes para divulgar una alternativa? ¿Quién asumirá para sí esta violencia? Quizá no debe ser llevada a cabo desde la transparencia y sus trampas, la cual nos extenúa en su propia contradicción performativa.19 En definitiva, ¿cómo liberarnos de la adicción cibernética sin intensificar la violencia?

La cibernética adictiva responde a la lógica de la multiplicación, como la escoba del joven aprendiz de mago, o la Hidra. No somos parte de listas en el Big Data, sino múltiplos, veloces e indeterminados, incorpóreos, como el objeto en la fábrica o el cadáver en la guerra.20 En este sentido, la vigilancia absoluta es solo aparente, pero totalmente convincente. El espacio cibernético en su correlato de la vigilancia reduce los cuerpos a datos cuyo valor se rige por un deseo que se convierte en inercia de la multiplicación de productos consumibles. El smartphone nos seduce sin golpear, nos tienta sin desollar, nos priva de tiempo sin encarcelar, pero en la vigilancia nos reduce al dato.21 En la vigilancia cibernética nuestro deseo proyectado en un smartphone se convierte en las rejas de la privación de derechos, y en las tenazas del arte del suplicio. Si ha de nacer una resistencia significativa esta no será espectacular en su anuncio, pues si fuera así sería ahogada por los Herodes de turno.22 Las condiciones de posibilidad para la aproximación serán silenciosas, como un ladrón en plena noche.23

Lo cibernético excita psicofísicamente, en procesos bioquímicos; pero también suscita, pues lo cibernético requiere nuestra función corporal, pero también nuestra acción. La suscitación cibernética, como en toda acción, modifica nuestro tono vital, el cual se hunde en la depresión en su exceso adictivo. No hablamos solo de una reacción en la excitación, sino de una respuesta en los actos de consumo.24 Desde el arte del suplicio, pasando por la tecnología de la privación de libertad, hasta la cibernética de la destrucción del tiempo, la ficción de totalidad se materializa en la imposibilidad de un cara a cara. Lo cibernético, como heredera de los mecanismos de totalización, proyecta la violencia de una razón impersonal e irresponsable. La cibernética en su pretensión de vigilancia seduce, suscita el deseo, pero en su performatividad contradictoria como utopía de la libertad de la información, desintegra la responsabilidad como distopía de la adicción. La violencia ejercida por la velocidad totalizadora de lo cibernético nos somete a la tiranía a través del deseo, como el arte del suplicio lo hacía con la sensibilidad de la carne. En la privación de libertad y en la destrucción del tiempo los cuerpos se resignan a una red universal y totalizadora que niega la fecundidad en nuestras profundas diferencias.25

¿Cómo resistir? Abandonar lo cibernético sin más supondría un aislamiento, casi una pena más dura que la propia adicción, y en el mejor de los casos, cuando individualmente nos encontraremos libres de la adicción cibernética, implicaría renunciar a responsabilizarse de semejante problemática que afecta a nuestros potenciales próximos. Resistir implica reorganizar la relación con lo virtual. Algunas consideraciones prácticas podrían ir en la dirección de potenciar el uso de software libre, aumentar el conocimiento de la tecnología digital, así como la capacitación para el cifrado de códigos.26 El cuerpo de próximos necesita para su praxis miembros formados en la creación de códigos, capaces de modelar sistemas y datos, y también miembros que reflexionen sobre qué hacer con dichas posibilidades creativas sobre lo cibernético.27  La comunidad de próximos necesita hackers cuya presencia en equipos de trabajo28 formen en las posibilidades de emplear lo cibernético sin ser atrapados en sus agarres, en su aparente, pero efectiva, vigilancia absoluta.

Lo cibernético seduce, alinea y manipula. Es una máquina descomunal construida para fabricar adicción. A medida que nuestro deseo por la seducción crece, más se percibe la megamáquina de amaestrar como una nefasta influencia, ante la que individualmente no podemos resistir, pues el individuo atomizado reacciona funcionalmente en un estado de narcisismo, voyerismo, y depresión paralizante. La ingeniería de imponer consenso, en su intrincada economía de lo psíquico, del deseo, y de lo inconsciente, en su poder del algoritmo que personaliza y automatiza la seducción en la oferta,29 necesita ser resistida a través de la aproximación de cuerpos que se constituyan como un cuerpo-masa y que en sus dinámicas conozcan y se formen en los procesos de lo cibernético para manipularlos creativamente con fines liberadores. En este sentido, la resistencia pasa por una comunidad de próximos que no se conformen con el aislamiento, sino que en el conocimiento se constituyan a través de una promesa de resistencia creciente y proyectada creativamente.

El ser para el rendimiento, atomizado por la hipervelocidad de lo cibernético, se siente vigilado siempre. En su adicción el cuerpo deja de ser motivo de lo real. La comunidad de próximos empoderados en el conocimiento creativo de lo cibernético puede relativizar la sensación de vigilancia, pero también profundizar en las paradojas entre lo virtual y lo sensual. El universo descorporeizado, en lo virtual, exige un enorme contrapeso de lo táctil, de lo sensible. La ironía es que a mayor virtualización más se fomenta una cultura de lo sensual, de lo erótico, y de lo hedónico. El narcisismo del ser para el rendimiento es paradójico, pues el exceso de lo virtual engendra el deseo de encuentro, el deseo de ver mundos más allá de lo virtual.30

La proximidad de los cuerpos, ¿descorrerá el camino de la privación de libertad y del suplicio de la carne? En la cercanía del cuerpo comunitario, y que se encuentra en un proyecto creativo, ¿resistiremos? Creativas y fecundas maneras de explorar el mundo, en confiados y desacelerados ritmos de rendimiento, pues no se trata de negar el valor de la acción, sino revalorizar el valor de lo gratuito en la proximidad de los cuerpos. Un cuerpo-masa que resiste, que en la performatividad de la promesa de volver a ser niños imagina proféticamente la garra convertida en mano, que se empodera en el conocimiento del funcionamiento de lo cibernético, y que explora sus deseos de descubrir mundos más allá de lo virtual. El devenir del Big Data, cuyo motor es el deseo, es resistido con el mismo deseo, pero en un devenir que se fortalece en la imaginación profética, en la creatividad comunitaria, y cuya posibilidad despierta en ritmos coherentes con la creación y no con la destrucción del tiempo. Dejar de ser transparentes para el ojo que todo lo ve, aunque solo sea en una efectiva apariencia, implica dotarnos comunitariamente de una creatividad liberadora y que se responsabilice de los próximos.

IMAGEN DE PORTADA: Autorretrato semidesnudo, de Richard Gerstl (1902-1904)


1 B. H. Han (2020): La sociedad del cansancio, Barcelona: Herder.

2 Eclesiastés, 6, 2.

3 E. Canetti (2020), Masa y poder, Barcelona: Alianza, pp. 13-17.

4 Mateo 18, 3.

5 K. Ishiguro (2021), La Klara i el Sol, Barcelona: Anagrama, p. 42.

6 Eclesiastés, 1, 3.

7 J. Bentham (2011): Panóptico, Madrid: Círculo de Bellas Artes, p. 40.

8 M. Foucault (2018): Vigilar y castigar: el nacimiento de la prisión, Ciudad de México: Siglo XXI, p. 16.

9 Ibídem, p. 20.

10 Ibídem, p. 33.

11 Ibídem, p. 40.

12 G. Lipovetsky (2016): Los tiempos hipermodernos, Barcelona: Anagrama, p. 81.

13 M. Foucault (2019): Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Madrid: Alianza, pp. 41-42.

14 E. Severino (1991): El parricidio fallido, Barcelona: Destino, pp. 102-106.

15 El feminismo en Norteamérica es un ejemplo.

16 D. Haraway (2020): Manifiesto cíborg, Madrid: Kaótica, pp. 34-35 (al modo que propone Chela Sandoval).

17 Romanos 12, 5.

18 M. Ferraris (2013): Manifiesto del nuevo realismo, Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 128-129.

19 H. M. Enzensberger (2016): Panóptico, Barcelona: Malpaso, pp. 36-42.

20 S. Alba (2017): Ser o no ser (un cuerpo), Barcelona: Seix Barral, pp. 121-124.

21 Z. Bauman y D. Lyon (2013): Vigilancia líquida, Barcelona: Austral, pp. 137-145.

22 J. Patočka (2007): Libertad y sacrificio, Salamanca: Sígueme, p. 344.

23 1 Tesalonicenses 5, 2.

24 X. Zubiri (2019): Inteligencia sentiente, volumen 1, inteligencia y realidad, Madrid: Alianza, pp. 27-30.

25 E. Levinas (2016): Totalidad e infinito, Salamanca: Sígueme, pp. 285-288.

26 M. I. Soria Guzmán (2020): «Mujeres hacker, saber-hacer y código abierto: tejiendo el sueño hackfeminista», LiminaR Estudios Sociales y Humanísticos, 19(1), pp. 57-74. (2020), p. 64.

27 Ibídem, p. 68.

28 Más que trabajo multidisciplinar, cuyo signo implicaría mantenerse en la lógica de la disciplina, ¿una acción común liberadora? ¿Un cuerpo entregado los unos a los otros?

29 G. Lipovetsky (2020): Gustar y emocionar: ensayo sobre la sociedad de la seducción, Barcelona: Anagrama, pp. 382-386.

30 G. Lipovetsky (2019): La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico, Barcelona: Anagrama, pp. 341-342.


Desde una fe en certezas hacia ¿una fe en incertidumbres? | Juan Calvin  Palomares – Lupa Protestante

Juan Calvin Palomares es graduado por la Facultad de Teología SEUT, Madrid (2016-2020). Actualmente está finalizando el grado en filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas (2017-2021). Posee cursos en bellas artes por la Universidad de Barcelona (2008-2012) y en enfermería por la Universitat de les Illes Balears (2007-2015).

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Cultura

Cuaderno de historia

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

La extensa trayectoria literaria de Manuel Rico (Madrid, 1952) abarca la poesía (algunos de sus títulos más celebrados son La densidad de los espejos, galardonado con el Premio Juan Ramón Jiménez en 1997, Fugitiva ciudad, que obtuvo el Premio Miguel Hernández en 2012 o el más reciente, Los días extraños [2015]), la novela (la reeditada El lento adiós de los tranvías (1992), Los días de Eisenhower (2002), Verano (2008), con la que obtuvo el Premio Ramón Gómez de la Serna, o Un extraño viajero, Premio Logroño), el ensayo (Memoria, deseo y compasión [2001], sobre la poesía del malogrado Vázquez Montalbán, un autor con el que tanto tiene en común), los libros de viajes (Por la sierra de agua [2007] y Letras viajeras [2016]) y la crítica literaria en diferentes medios. Si hago mención a esta pródiga actividad es para advertir al lector desinformado de que, a la hora de enfrentarse a la lectura de este Cuaderno de historia, debe dejarse arrastrar por el entusiasmo de quien entiende la literatura como una prolongación natural de su propia vida. Entiéndaseme bien. Nada más lejos de mi intención que insinuar que Manuel Rico literaturiza su existencia para darle cuerpo en su escritura. Es mucho más probable una segunda elección, la de que, a través de la escritura, no solo retiene en su memoria (de ahí el pleno carácter memoralista que poseen sus escritos, en cualesquiera de sus variantes, incluso lo hacemos notar en sus críticas y ensayos) actos y recuerdos, sino que los interioriza, los hace más suyos, los piensa, los metaboliza. Así fluye su escritura, como la corriente sanguínea, y esta característica es digna de subrayarse porque, aunque resulte paradójico, cada vez resulta menos perceptible. Manuel Rico escribe por una necesidad vital. Las razones espurias no van con su carácter, con su manera de entender el mundo.

Manuel Rico

Dicho esto, en Cuaderno de historia —un título que asociamos de inmediato con un manual educativo, pero que desarrolla una función opuesta— se reconstruye la historia con minúscula, aquella que da cuenta de «La vida manejable, la pequeña, la que extiende/ su tenso abecedario en lugares cercanos a la casa». La intrahistoria, que decía Unamuno, aunque, indefectiblemente, esta historia íntima —más aún en alguien que ha estado implicado en diferentes movimientos sociales y políticos— alude a acontecimientos que han determinado el curso de la historia, ahora sí, con mayúscula, de nuestro país. En «Atocha 1977», por ejemplo, se recuerda el asesinato de abogados laboralistas en su despacho de la calle Atocha, perpetrado por fascistas nostálgicos de la dictadura: «Eran las grietas, la venganza del túnel,/ la vuelta de lo inhóspito, la insistencia del gris y de lo oscuro», escribe el autor, que entonces frisaba los quince años. Tal vez no resulte inoportuno deducir que esta tragedia tuvo mucho que ver en la posterior toma de conciencia del poeta.

El propio autor explica en una palabras testimoniales el germen de este libro, que no es otro que un cuaderno cuyas primeras páginas fueron escritas en la primavera de 2009 con versos del poema «Calle Canal de Mozambique. 1963». El resto de poemas que lo integran —salvo uno, «Encierro y soledad», apegado a las terribles circunstancias que aún estamos sufriendo, en el que escribe sobre «las calles desiertas y hoy prohibidas» y hace alusión a que el «silencio es la alfombra que estos días despliega/ su temblor y su frío y sus pocos viandantes»—, tienen un denominador común: «la búsqueda en la memoria, la indagación en una confusa identidad propia y en una necesaria identidad colectiva. Y la perplejidad ante el paso del tiempo y ante la sima que, con los años, va apropiándose de quienes han conformado la vida y han construido esa identidad». La identidad individual se va conformando, a menos que uno viva aislado, fuera del mundo, simultáneamente con la identidad colectiva, aunque ambos aspectos no siempre corren tan parejos como en el caso de Manuel Rico, para quien «la calle ha sido el hogar para la historia». Dejado aparte los dos poemas prologales, «Apuntes» y el ya mencionado «Encierro y soledad», Cuaderno de historia está dividido, en primer lugar, en el apartado «Así se hizo», en que la infancia —evocada, por otra parte, en numerosos poemas de todo el libro— ejerce de núcleo aglutinador, de columna vertebral.

Alguien crecido en las afueras del núcleo urbano de una ciudad, ese espacio fronterizo entre el campo y la metrópoli, inevitablemente, tiene que padecer el contraste entre la opulencia y la pobreza de los descampados: «Afueras/ de Madrid, tierra industrial y descampado,/ inciertos recorridos de la vida joven», escribe en el poema «Mapa con grietas». Como el propio Rico indica en la justificación final, el poema que dio origen al libro es «Calle Canal de Mozambique. 1963», la calle de un barrio que ya no existe en la que vivió sus primeros años: «Canal de Mozambique, calle/ que ya no es, que fue resol/ en los inviernos secos de un Madrid estepario,/ sol casi naranja y tibio de las fachadas/ que —ahora lo sé— exponían su muerte y nuestra infancia/ sin retorno, su noticia/ de nieves y silencio, su temor a no ser nada». Las figuras del padre y de la madre son rememoradas con ternura y admiración, no solo en este poema, sino en distintos momentos del libro, como en la segunda sección «Itinerario», de la que transcribo estos versos: «Mi padre/ me pegó dos veces y murió muy pronto: en sólo dos días/ de hospital y oxígeno./ Probablemente el mismo plazo en que firmé el perdón/ con su memoria./ Mi padre». O en la tercera sección, «Presente en fuga», que comienza con un poema en el que el autor se reconoce emocionado en el rostro de su padre: «Soy yo, seguro, mas mi padre, envejecido y solo,/ a una idéntica edad,/ me mira extraño y me recuerda/ lo poco de la vida que le queda». Sigue la memoria internándose en los días de barrio obrero, en un otoño de «franelas y escoria» que «custodiaba una infancia irremediable» en la que se despierta, además, la vocación de escritor. El poeta vislumbra «un futuro de letras y escritura». El volumen se completa con las secciones «Intemperie», poemas en prosa que bien podrían formar parte de un diario que recogiera vivencias anteriores a las descritas en Escritor a la espera: diario de los 80, publicado en 2019. En «Deudas» el autor homenajea a quienes, mediante sus obras, le ayudaron a construir su identidad, desde Jacques Brel y François Truffaut hasta Machado o Lorca. Son especialmente entrañables los poemas dedicados a los poetas Javier Egea y a Marcos Ana.

El libro finaliza con la sección «Volver a casa», un regreso al domicilio familiar descrito con tanta minuciosidad que casi podemos palparlo físicamente: «He abierto la puerta y allí estaban/ la luz menos adulta, el cabeo/ oscuro de la vieja cama,/ el olor algo agreste de un pañuelo perdido,/ el dedal y el ovillo…». La poesía de Manuel Rico es eminentemente narrativa, pero sus versos, generalmente de largo aliento, están cargados de lirismo (el poema titulado «Piel» es, quizá, el mejor ejemplo). No resulta difícil establecer una complicidad emocional con esa combinación de nostalgia, honradez y agradecimiento existencial que rezuman estos poemas, acaso el modo que tiene su autor, Manuel Rico, de soportar «la fragilidad y la amenaza» del mundo en el que vive.


Aquella Italia

Con Pavese retorna aquel verano de estrechas carreteras bajando desde Francia hasta tocar la luna y la alegría en la noche más allá de San Remo, bajo la fiesta comunista descendiendo hacia el mar. Allí, en la luz de agosto de Arma di Taggia, no asomaba la muerte y su noticia sin escalas a pesar de Pavese, deslumbrada lectura para el joven de viaje con la mujer amada y los amigos mejores. Corría el año ochenta y uno —todo nos queda lejos, nos señala la voz de algún diario— y teníamos aire de nuestras plazas, voces recién nacidas en los armarios familiares, era Italia, volvían los agostos leídos bajo el asombro en Leopardi, o en Pratolini, en Sciascia, o patios interiores y tranvías, escaleras subiendo a tendederos donde la intimidad se apellidaba Mastroianni o Roma sabía a paraíso y a película. El verano que no se olvida, el que siempre aflora en las cenas de amigos: la luz de Italia de tanta juventud, de tanta vida, de tanta historia nuestra.

Descampado

Era hacia el descampado
donde moría la ciudad y los primeros
álamos anunciaban el río y el verde de los juncos,
antes de la campiña y la extrañeza,
tras los primeros ecos de la consciente vida
y de la muerte sospechada
en la conversación, más allá de las puertas
que escondían los viejos a la sombra de octubre.

Era más allá de la ventana. Más allá de aquel cuarto de libros
y desorden y camisas y treguas.

Allí jugabas, florecías inverso, te asomabas al mundo.

La primera ventana

La ventana que ya no es. La muerta
ventana que dejó, temblorosas,
imágenes aún vivas contra el tiempo y la arena.

La ventana de las casas en que he vivido,
mas ante todo
la ventana de entonces, la que daba
a un campo sin ciudad y vertederos,
a las calles huidizas de los huidizos, al frío vertical
y al calor imprevisto y a la niebla.

La ventana abierta a la avenida
y a los escaparates, al blanco y negro frágil
de los sueños vacíos.
La ventana
tras la que crecieron tus ojos, creció el mundo
y el domingo.
La ventana.

Te miro

Te miro a veces y recuerdo. Te
contemplo en el sueño y vivo.
Estás ahí, siempre
has estado ahí, tan sabia como entonces
y tan débil por dentro,
tan vigía y cercana y a la vez extraña y misteriosa,
dueña de los secretos y de una dignidad
sencilla y poderosa y, por eso, sutil, casi invisible.

Toco tu mano y no ha aprendido
nada de deslealtades ni de olvido.
Es la mano de las tardes de viento y de promesas.
La mano de los abismos y de la claridad para mi miedo.

Está ahí, en el tiempo inicial de la torpeza
y aquí respira, en la hora de la madurez y los milagros
de los días difíciles y del gozo tardío,
en la hora de las tardes de búsqueda
en los bares que pueblan los más jóvenes.

Collioure 2016

Noviembre deja nombres desvaídos
y sombras contra un mar desterrado.
Es la tarde, aún no es frío
el viento que aquí llega y me acaricia:
sabe de la memoria, sabe
de soledad y de intemperie, de calles que descienden
al mar como el morir. El poeta
sabe de luces y de nieblas, sabe
de cuanto nosotros somos, quienes hemos venido
desde el Sur a respirarlo, a conocer un poco
su aire último, la latitud
quebrada de una noche de huidas y de huérfanos,
de abrigos rotos y zapatos gastados por la tierra y la nieve
en noches sucesivas huyendo de la noche más negra y de
[la Historia
quizá más dolorosa de un siglo despoblado.

Noviembre de calma, de piedra y mar y de memoria.

Volví en febrero. Con ella y con febrero
y un tiempo soleado desprovisto de muerte.

En la playa sin barcas
algunos escolares jugaban a saberse
más allá del aula y del cuaderno:
en el aire que respiró el poeta,
en las piedras y en su desgaste, en el azul cumplido
de los dioses del sur y de la luz: ellos, tan inocentes,
también respiraban el aire de aquel viejo, sus soledades últimas,
los residuos de noche que dejó en la arena con el sol de la infancia.

Alienta aquí, en Collioure, el prolongado.
Detenido en el siglo y avanzando a la vez
hacia lo venidero.
Junto al mar.


Cuaderno de historia
Manuel Rico
Pre-Textos, 2021
136 páginas
17,10€

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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