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Los futuros de Marx

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/ por Ciro Mesa /

Este escrito trata sobre las expectativas de futuro abiertas hoy a partir de la teoría marxiana. Me parece que esto sería la forma más apropiada de responder a la pregunta, tan llena de paradojas, sobre la actualidad de Marx. El planteamiento directo de esta cuestión corre el riesgo de pasar por alto la forma constitutivamente crítica de aquella teoría, que acontece como una práctica que tiene como objetivo su propia obsolescencia. Su cumplimiento consistiría en merecer el olvido con el ocaso del mundo que la motiva.

Si Marx contribuye de algún modo a algo que pudiera llamarse filosofía, sería a una última —podría decirse: terminal—, no a la perenne.1 Me parece que es sobre todo en esto donde estriba su fidelidad a Hegel: la extrema consciencia de la historicidad y temporalidad del comportamiento pensante, de las categorías que se coagulan por medio de él y de las constelaciones objetivas de las que da cuenta. Eso pertenece a su comprensión del materialismo. La crítica marxiana combate una y otra vez las retóricas de la eternización y la naturalización. Y no solo como orientación general de la crítica a la ideología. Como veremos, su análisis de la explotación capitalista incluye la interpretación del dominio del tiempo presente (el capital como valor fácticamente existente resultado del trabajo pasado), sobre la dýnamis (la fuerza de trabajo como capacidad potencial de un rendimiento productivo). Pero ese mismo esquema de dominio se repetiría si se pretendiera determinar lo futuro como una prescripción, o en clave profética. Me parece una lectura torcida de las reflexiones marxianas sobre el porvenir el envolverlas en un marco teleológico. Por eso no se trata aquí de indicar cómo habrá de ser fácticamente nuestro (¿de quién?) futuro, como si estuviera permitido esperar algo así, un futuro. En Marx, lo posible es plural.

Como es sabido, sobre lo posible —incluso como tema— pesa un tabú positivista, una forma de manifestación de la ideología dominante. En la medida en que empalidecieron hasta desaparecer las promesas de sentido del mundo burgués, el no future,que fue en su momento un lema crítico, se instala como una prohibición amenazante y paralizadora. La cuestión que planteo de los futuros de Marx se entiende como parte de la crítica a la ideología del porvenir heterónomo: un presente prolongado bajo la forma de un tiempo sin tiempo, congelado, eternización del sistema imperante. En la conferencia sobre la elaboración del pasado, Adorno se refirió al «espectro de una humanidad sin recuerdo».2 A él le correspondería hoy el fenómeno de la humanidad sin futuro, donde la resignación ante la desastrosa situación ya no se compensa con promesas ilusorias de cumplimiento automático, sino que es justificada por la amenaza de una regresión creciente, de manera que la representación paralizadora de un sinsalida infinito ocupa el lugar de la utopía. En este contexto, la crítica marxiana se opone a la tendencia a la hipóstasis, a la absolutización de lo meramente presente, de lo meramente fáctico. La dialéctica materialista temporaliza. Y de esto también forma parte la pregunta por los futuros posibles.

El análisis categorial (mercancía, dinero, capital, plusvalor) a través del cual, en El capital, Marx revela la sociedad moderna como una totalidad coactiva avanza a través de conceptos temporales.3 En una socialización donde la riqueza adopta la forma de la mercancía, cualquier participación productiva en la mediación social se convierte en trabajo abstracto. El trabajo que produce valor tiene que configurarse como, escribe Marx, «trabajo humano igual, gasto de la misma fuerza de trabajo humano».4 Las relaciones de equi-valencia entre las mercancías se basan en la mutua reducción de las diferentes prácticas productivas humanas a unidades temporales de consumo de la capacidad de trabajar. Como había señalado Marx en su trabajo temprano Miseria de la filosofía, «el tiempo lo es todo, el hombre no es nada más, como mucho la encarnación del tiempo».5 Del tiempo, claro está, cuantificable, conmensurable, que permite comparar rendimientos productivos como se compara la velocidad de dos locomotoras. Según Marx, el tiempo de trabajo socialmente necesario, cuyas variaciones dependen de la objetividad de la productividad, constituye la medida de valor. Y el valor es el principio de la mediación social capitalista. Así, el estándar de rendimiento medio que se da en cada presente actúa como una norma anónima y abstracta a la que los individuos tienen la obligación de someterse. A la experiencia del mundo de vida capitalizado le es inherente la adaptación a exigencias temporales que actúan como una presión sorda e irresistible.6 Lo presente exige una universal puesta en hora. Precisamente por la presión del dominio que en la sociedad capitalista ejerce el estado presente de la fuerza productiva del trabajo, lo venidero puede ser representado como porvenir, pero no propiamente como futuro.

El carácter subordinado de lo futuro aflora de nuevo en el análisis marxiano de la dialéctica entre capital y trabajo asalariado. Un aspecto fundamental del análisis —lleno de sutilezas imprescindibles— que realiza Marx de la explotación reside en iluminar la forma trabajo asalariado como un intercambio entre sustancias inconmensurables. Lo esencial de la explotación no es que el capital variable se apropie de más contravalor del que le correspondería. Se trata más bien de que en el intercambio se contraponen realidades temporales completamente diferentes; se iguala lo inigualable. Se establece una equivalencia a costa de que una de las partes —la subjetividad viva y su potencialidad de producir— cancele su propia sustancia.7 A cambio del salario, se obtiene algo completamente diferente, cualitativamente, de su carácter cósico: la capacidad de ser-sujeto. El salario es pasado objetivado que compra futuro.8 El carácter procesual que manifiesta por doquier el capital reside por entero en el carácter dinámico, en devenir, de la subjetividad trabajadora.

La fuerza de trabajo existe en el capitalismo como capacidad, dýnamis, que únicamente puede actualizarse bajo la forma del objeto de apropiación. El análisis marxiano sobre la génesis de esa formación histórica da cuenta de los diversos procesos que debieron darse para crear las condiciones que determinan que aquella dýnamis solo puede hacerse efectiva sometida al capital. Finalmente, ese sometimiento se termina presentando como lo natural y evidente, incluso como la aspiración propia y libre de las masas asalariadas. Marx encontró en la metáfora muerto-vivo la forma de dar respuesta crítica a esa naturalización de la dominación capitalista. Así, desvela la compra de fuerza de trabajo como la apropiación de trabajo vivo a cambio de trabajo objetivado o muerto. Su análisis describe el escenario histórico-social donde deviene realista el arte que expresa la vida empalidecida, que ya no vive, deshilachada. Un mundo en el que la valorización ocupa el lugar del sujeto, la espontaneidad que debiera caracterizar lo libre desaparece bajo la presión objetiva de la socialización anónima a través del valor.  También la voluntad del capitalista queda integrada en el engranaje de la «infernal machine»9 del sistema: «Como capitalista —escribe Marx— es solo capital personificado. Su alma es el alma del capital […] El capital es trabajo muerto que solo cobra vida al chupar como los vampiros trabajo vivo, y tanto más vive cuanto más chupa» (MEW, 23, 247). Mientras el capital disponga de potencialidad externa que absorber y sus mecanismos de expansión puedan seguir su marcha, tiene un gran futuro.

Una clave fundamental en la interpretación marxiana del futuro es la contradicción desestabilizadora entre, por un lado, el carácter limitado de la dýnamis de la que puede disponer el capitalismo para la expansión en que el sistema mismo consiste10 y, por otro, su forma —vampírica— inevitablemente destructiva de disponer de ella. Se trata de un sistema de explotación que desertiza, extenúa y mina las fuentes de la riqueza: la ecosfera y el trabajo vivo (MEW, 23, 528 y s). En los manuscritos preparatorios de El capital que se publicaron como Teorías de la plusvalía se lee el siguiente pasaje:

«Anticipación del futuro —anticipación real— en la producción de riquezas sólo tiene lugar en lo tocante a los trabajadores y a la tierra. En ambos casos, el futuro puede ser realmente anticipado y devastado por medio de un esfuerzo precipitado excesivo y por agotamiento, por una perturbación del equilibrio entre consumo e ingreso. A ambos [a los trabajadores y a la tierra] les ocurre eso en la producción capitalista […] Lo que en lo tocante a los trabajadores y la tierra se consume existe como dýnamis y por medio de un modo forzado de consumo es acortada la duración de la vida de esa dýnamis» (MEW, 26.3, 303 y ss.).

Lo que desde la perspectiva de los ciclos vitales es futuro, potencia, en la sociedad capitalista se hace acto por un tipo de apropiación que lo desgasta. El modo de producción capitalista precipita el futuro de la tierra y los productores, lo consume y lo desgasta. Fuerza los ciclos orgánicos al ritmo impuesto por la valorización. Pone en marcha una segunda entropía, social, que adelanta el enfriamiento de la tierra. El capitalismo vive del futuro, y lo agota.

La obra de Marx contiene otro pronóstico siniestro y catastrófico para el provenir inmediato: el empobrecimiento creciente de las masas trabajadoras. Desde su perspectiva, la depauperización masiva no será solo una consecuencia de la capitalización total del mundo, sino que el propio despliegue de este proceso necesita masas pauperizadas, esto es, despojadas de voluntad propia y de las condiciones materiales para la autodeterminación. La pobreza hay que verla a la vez como causa y efecto de la acumulación. Este aspecto del discurso de Marx fue muchas veces olvidado, incluso ocultado o falsificado para salvar la coherencia del llamado marxismo. En el desgraciado debate clásico sobre la llamada teoría de la pauperización (Verelendungstheorie), la cuestión funcionó como un elemento retórico en las disputas sobre las estrategias políticas de las organizaciones.11 Al caer la sospecha sobre el pronóstico marxiano de no ser más que una exageración que necesitaría una especie de «amplia visión de conjunto», cuando no la amputación, se neutralizan las aristas críticas de esa doctrina.12 Mientras tanto, al quedar enfocado el propio concepto de pobreza como una cuestión económica cuantitativa, la tesis marxiana quedó oscurecida y malentendida.13

Marx ofrece en los Grundrisse una caracterización del pauper específicamente moderno como una forma de existencia social directamente derivada del concepto de capital. Se trata de un procedimiento peculiar. Los fenómenos del miserable, el lumpen, las masas de zarrapastrosos, la menesterosidad, los limosneros, los arrabales, no se ganan desde un análisis histórico o empírico, desde la referencia concreta a los movimientos reales de la población trabajadora o de un estudio cuantitativo de los salarios y su capacidad de compra, etcétera. Su análisis trata la depauperización como característica determinante de la modernidad capitalista y tendencia necesariamente incluida en el concepto de capital, inherente a él. La forma de su discurso es cuasideductiva.

Una favela de Manaus (Brasil)

Marx muestra el empobrecimiento como consecuencia necesaria de la mediación social moderno-burguesa entre capital y trabajo. La pobreza crónica y creciente aparece como dado analíticamente en el concepto de trabajador libre, que es a su vez la condición de posibilidad de la modernización capitalista.14 Puestas las masas obreras y los obreros como masa, se habrá puesto ya necesariamente el pobre. Marx escribe:

«En el concepto del trabajador libre reside ya que él es pauper […] Como trabajador puede sólo vivir en cuanto intercambia su capacidad de trabajar por la parte del capital que constituye el fondo de trabajo [salario]. Ese intercambio mismo está vinculado a condiciones casuales para él, condiciones indiferentes a su ser orgánico. Es, por tanto, virtualmente pauper» (MEW, 42, 505).

Lo que determina esa condición es, por tanto, una situación estructural de dependencia. Desde el momento en que la fuerza de trabajo se pone como una mercancía que el trabajador tiene que intercambiar porque en ello le va la supervivencia, se convierte virtualmente en pauper. Potencialmente pobre es todo aquel cuya supervivencia material depende de condiciones externas, fortuitas, completamente independientes a él y pertenecientes al capital.

Así pues, la pobreza no es pensada en los Grundrisse como escasez o privación, sino la condición social, históricamente creada, de incapacidad para subsistir al margen de la venta del trabajo, esto es, la existencia de las masas de trabajadores como fuerza potencial de trabajo, tan disponible como eventualmente sobrante. Y la pauperización no será algo accidental o coyuntural, sino una tendencia necesaria e inherente a la socialización capitalista. Desde el mismo momento en que el trabajador es puesto como libre, esto es, como absolutamente dependiente del salario, es decir, del valor que se valoriza a través de su explotación, es puesta la depauperación como una amenaza constante.15 El paso de la pobreza virtual a la real se da por el propio desarrollo de la riqueza que produce el trabajo. Puesto que la productividad creciente produce trabajo excedente, esto se traduce dentro del marco de las relaciones de producción capitalistas en trabajadores excedentes en los que la amenaza del empobrecimiento se cumple.

La realidad asombrosa que el discurso de Marx señala con el dedo es que somos los propios trabajadores los que producimos nuestra superfluidad. Puesto que la fuerza de trabajo entra y sale de la producción solo en virtud de los fines e intereses del capital, solo es necesario si sirve a la valorización del capital. Puesto que la fuerza de trabajo sobrante, al sobrar para el capital, es superflua, ni la situación ni el mantenimiento de los cuerpos vivos que sustentan esa fuerza de trabajo incumbe al capital. Y puesto que el desarrollo de la fuerza productiva pone tendencialmente cada vez más trabajo como sobrante, la consecuencia de ese desarrollo será que el pauperismo virtual se haga más y más real (42, 510). Así pues, según el análisis de Marx, el desarrollo capitalista de la riqueza arroja como resultado necesario pauperismo y Surpluspopulation (MEW, 42, 511).

Como vemos, el argumento de Marx muestra en el pulso de la pauperización, en los flujos y reflujos de la población, los latidos de una relación de dominación que estructura la sociedad capitalizada. Esta dimensión se pierde de vista cuando los conceptos marxianos de proletarización o pauperización son pensados en una clave estrechamente económica, como si su contenido fuera el problema de la distribución de la riqueza o el de la escasez de recursos con los que satisfacer las necesidades. No se trata en absoluto de eso, ni siquiera esencialmente de denunciar situaciones de indigencia o de desigualdad distributiva. Se trata de comprender el mundo capitalizado y su funcionamiento como un sistema opresivo de desubjetivización en el que la precariedad tiene un brillante futuro.

La cuestión de la población excedente y el pauperismo reaparece tratada en extenso en el volumen I de El capital dentro del impresionante capítulo XXIII.16 Este capítulo lleva por título «La ley general de la acumulación capitalista».  Me parece relevante que los problemas de la sobrepoblación relativa, el ejército laboral de reserva y la pobreza aparezcan en el marco sistemático de la explicación del proceso de acumulación. Ese lugar indica que aquellas cuestiones desbordan el marco de la reproducción simple que hasta ese momento había nucleado el desarrollo temático de El capital. La producción de humanidad puesta por el valor aparece vinculada con la dinámica de una valorización que no acaba con el plusvalor ya apropiado, sino que se encuentra compelida por el apremio de un nuevo beneficio incrementado, de poner en acción ese plusvalor como pluscapital. La acumulación es el imperativo sistémico por el que el plusvalor tiene que sumarse al capital inicial, ponerse como capital y ser lanzado a la caza de nuevo plusvalor. Al situar su análisis de las dinámicas y conformación de las masas obreras en ese marco, Marx parte del presupuesto histórico de una situación de subsunción real de los individuos bajo el dominio del capital. Los avatares de la población obrera son comprendidos de las necesidades, requisitos y exigencias de la acumulación de capital. Las masas obreras (su situación, su configuración, su cantidad) aparecen como producto de la acumulación de capitales.

Al capitalismo le es inherente una productividad creciente del trabajo, lo que implica una disminución progresiva de la cantidad de trabajo frente a los medios de producción que emplea, esto es, «la disminución de los factores subjetivos [trabajo] del proceso laboral en comparación con los objetivos» (MEW, 23, 651). Mientras el capital se acumula, concentra y centraliza17 en virtud de la productividad del trabajo, la parte variable del capital (salario) disminuye proporcionalmente. Finalmente, los trabajadores producen su propia redundancia. En palabras de Marx, «la acumulación capitalista […] produce constantemente una sobrepoblación de trabajadores relativa, esto es, sobrante para la valorización media del capital y, por tanto, superflua» (MEW, 23, 658). Según él, esto constituye una ley de la población que rige en general el modo de producción capitalista.

Ahora bien, la producción de humanidad sobrante no es solo una consecuencia de la acumulación, sino una condición para su continuidad. Los brazos caídos que va dejando el desarrollo de la producción capitalista son a la vez el basamento de la valorización. Marx escribe:

«Si una población obrera excedente es el producto necesario de la acumulación, […] esa sobrepoblación deviene, a la inversa, palanca de la acumulación capitalista, condición de existencia incluso del modo de producción capitalista. Forma un ejército industrial de reserva disponible, que pertenece al capital tan absolutamente como si lo hubiera criado a sus expensas. Aporta, independientemente de los límites del aumento de la población real, el material humano siempre preparado y explotable para sus variables necesidades de valorización» (MEW, 23, 661).

Así pues, la sobrepoblación puede ser fuerza de trabajo relativamente excedente para los fines inmediatos de la producción. Pero excedente no significa en este contexto superfluo, pues se trata de un acelerador necesario de la acumulación. En el capitalismo no solo están puestos en función del capital los empleados directamente explotados, sino también los desempleados, que constituyen una condición de la explotación.

El capital añade, como vemos, refinamiento al concepto de pauper expuesto en los Grundrisse. Aquí se caracterizaba como superflua la población de trabajadores cuyo número excede al de los empleados en la producción capitalista. En El capital, como vemos, la surpluspopulation aparece como un factor esencial para la acumulación y como una condición para la subsistencia del mismo capitalismo. Que no sea necesaria para el trabajo inmediato no la hace sobrante para el capital. La propia denominación ejército laboral de reserva indica que no se trata de una masa de individuos propiamente excedente. Aunque una parte de la masa trabajadora no sea directamente empleada por el capital, continúa encuadrada, aunque como reservista, en el ejército laboral del que el capital dispone. El excedente de fuerza de trabajo, en cuanto ejército de reserva, pertenece al capital, es reserva para el capital. No se trata sin más de parados, desempleados o subempleados, sin momentánea relación salarial con el capital; tampoco de explotados en potencia que, por de pronto, puedan servir a la gestión de la explotación en acto.18 Se trata de que el capital prolonga su dominación, más allá de los asalariados, sobre las masas que no emplea y sí utiliza. Humanidad puesta numéricamente y constituida cualitativamente para la valorización. Humanidad criada para la explotación capitalista; existencias bajo la forma de ser-para-la-explotación. Esta determinación iguala a los empleados con los desempleados, y a ambos tendencialmente con los indigentes y marginales.19

Marx establece una correlación directa entre el crecimiento de la riqueza, por un lado, y la depauperización y tamaño del ejército laboral de reserva, por otro. Consideró esa correlación como «la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista». Que yo sepa, a ninguna otra afirmación le otorga un rango parecido. El pasaje en que afirma eso es el siguiente:

«Cuanto mayor la riqueza social, el capital funcionante, volumen y energía de su crecimiento, también así mismo la magnitud absoluta del proletariado y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor el ejército de reserva industrial. La fuerza de trabajo disponible es desarrollada por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital. La dimensión proporcional del ejército de reserva industrial crece, por tanto, con las potencias de la riqueza. Pero cuanto mayor ese ejército de reserva en proporción con el ejército activo de trabajadores, tanto más masiva la sobrepoblación consolidada,20 cuya miseria está en relación inversa a su tortura laboral. Cuanto mayor finalmente la capa menesterosa (Lazarusschichte) de la clase trabajadora y el ejército de reserva industrial, tanto mayor el pauperismo oficial. Esta es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista» (MEW, 673 y ss.).

La ley fundamental de la acumulación de capitales se resume, pues, en que cuanto más crece la riqueza social, más crece la masa de explotados, depauperados y excluidos. Más intensa y general se hace la dependencia de las masas obreras —cada vez más impotentes y sin capacidad de resistencia— respecto al capital. Marx indica aquí, formulado en forma de ley, un antagonismo radical que no puede armonizarse, una polaridad irreductible que atraviesa de parte a parte la mediación social capitalista y que es constitutiva de esa mediación. A la luz de esa ley, el orden (o desorden) social capitalista subsume crecientemente las masas pauperizadas y precarizadas bajo el poder de la riqueza social creada por ellas mismas. En medio de ese antagonismo, a mayor riqueza más precariedad; a mayor acumulación, tanto más extensiva e intensiva la desposesión de las masas obreras. Así, en el mismo capítulo XXIII de El capital escribe Marx:

«A medida que se acumula el capital, la situación del trabajador, sea cual sea su salario, más alto o más bajo, tiene que empeorar. Finalmente, la ley que mantienela sobrepoblación relativa o ejército de reserva industrial en constante equilibrio con el volumen y energía de la acumulación sujeta firmemente el obrero al capital […] Causa una acumulación de miseria en correspondencia con la acumulación de capital. La acumulación de riqueza en un polo es, por tanto, al mismo tiempo, acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, en el lado de la clase que produce su propio producto como capital» (MEW, 23, 675).

El análisis de Marx muestra la sociedad capitalista como un trastocamiento radical sujeto-objeto: el trabajo humano produce el capital, pero el capital crea a los individuos cuantitativa y cualitativamente. La llamada ley general de la acumulación sería finalmente la expresión más extrema de la enajenación. Cuanto más crece la masa de trabajo objetivado, tanto más se autonomiza este y tanto más somete al trabajo vivo: tanto más se desequilibran las relaciones de poder entre los trabajadores —crecientemente frágiles, fungibles, dependientes— y el peso de la riqueza social que ellos mismos han creado. La misma lógica que coordina y reúne cantidades inconcebibles de fuerza de trabajo convierte a la masa de trabajadores en muertos vivientes laborales o traduce todo el tiempo de vida en tiempo de trabajo, existencias en todo caso carentes de temporalidad propia.

Entonces, ¿qué futuro cabría, según Marx, esperar? Una cosa parece clara: que la pobreza tiene de momento un gran futuro. Al menos mientras dure el capitalismo ¿Y habrá un después del capitalismo? Creo que se interpreta muy torcidamente a Marx cuando se quiere ganar en sus textos certidumbre respecto al porvenir. Su dialéctica muestra el futuro como esencialmente abierto. También para la catástrofe final.21 En todo caso, la sociedad capitalista debe pensarse como una contradicción en proceso, no como un todo represivo, unitario y sin fisuras. La retórica del capítulo XXIII de El capital, tan expresiva cuando se refiere a las masas como criadas o «material humano disponible para la explotación», describe críticamente el núcleo enajenante del capitalismo, pero no precisamente como si se tratara de una situación sin salida ante la que hubiera que resignarse. Marx no aseguró un futuro, pero sí indicó la posibilidad de una historia más allá del capitalismo. Una historia por comenzar. Su pensamiento afirma la posibilidad de lo otro a partir del análisis de las condiciones objetivas y dentro de ellas. El marco filosófico de su investigación de las leyes que rigen el capitalismo lo constituye su teoría de la prioridad de la praxis. Esta teoría disuelve el fetichismo del capital y la ideología del cierre: sin cerrarlo ni profetizarlo, desbloquea el futuro. Lo otro puede acontecer. Puesto que, en medio de todos los condicionamientos, la historia la hacemos los hombres y las mujeres, lo que hemos hecho lo podemos deshacer. Desde el horizonte de esa filosofía de la praxis, el por-venir de otro futuro sería entonces, en sentido propio, un por-traer.

El discurso de Marx muestra al mismo tiempo la mediación social capitalista como una totalidad legaliforme junto con la representación de su transitoriedad. El núcleo de su crítica a la economía política clásica era que naturaliza y eterniza el modo de producción capitalista. De ahí, su insistencia en recordar la génesis histórica del capitalismo, su-haber-llegado-a-ser, su temporalidad. Su analítica del capitalismo como sistema contiene a la vez la indicación constante de su carácter histórico. Esto es, del carácter abierto del futuro. Marx traduce entre sí el lenguaje del sistema y el de la voluntad, de manera que la demostración implacable de la naturaleza sistémica del capitalismo, el análisis totalizador, al mostrar su contradictoria dinámica, su carácter expansivo y sus límites, abre la posibilidad de pensar dentro de él sujetos que adopten determinaciones revolucionarias.22 Volvamos a la cuestión de la pauperización teniendo en cuenta la mutua traducibilidad de aquellos lenguajes.

Como vimos, Marx interpretaba el empobrecimiento masivo como una consecuencia derivada necesariamente de la ley general reguladora del proceso capitalista de acumulación. Pero, claro está, este proceso mismo —la acumulación— no es, ni mucho menos, una ley natural. Se trata simplemente de un mecanismo constitutivo del sistema capitalista y su validez queda restringida a éste. Es esa mediación social —no un genio maligno ni nuestra naturaleza supuestamente perversa y avariciosa— la que funciona como una infernal machine de transformar la riqueza en pobreza, y viceversa. Decimos que esa transformación es necesaria en la medida en que ese engranaje, esa maquinaria, no puede funcionar de otro modo. La necesidad es relativa al engranaje capitalista, lo que no impide que la maquinaria pueda ser destruida, desenchufada o sustituida. Por tanto, el empobrecimiento no es un determinante ontológico, claro, y tampoco una fase de la historia que esté universalmente prescrita. La existencia de las masas como ejército laboral disponible para el capital no es una realidad cuya necesidad deba ser reconocida al margen de una mediación social gobernada por el valor valorizante.

La ley general absoluta de la acumulación capitalista señala que el empobrecimiento material y mental, la creación de enormes masas de precariado subsumidas bajo el capital e impotentes, no es precisamente consecuencia de la pobreza o de la escasez, sino de un alto grado de acumulación de riqueza, de un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas, incluyendo la tecnociencia y la coordinación laboral de la humanidad entera en el taller mundial. De ahí que existencia de masas empobrecidas y privadas de subjetividad encarne la contradicción entre, por un lado, la acumulación de una ingente riqueza social potencialmente disponible para todos y, por otro, la acumulación de capitales. El desempleo y el subempleo, la marginalidad y la población excedente estancada indican a su manera —sin que se deba caer en la ilusión de esperar que la miseria elimine la miseria— la cantidad de medios disponibles para la posibilidad de transformar la sociedad y superar el capitalismo.

Desde la perspectiva ganada por Marx, el antagonismo enajenante de la sociedad capitalista puede mostrarse como la confrontación entre la riqueza real y la riqueza como valor.23 La aparentemente paradójica complicación entre empobrecimiento masivo y acumulación manifiesta el choque entre dos formas de riqueza —y sus correspondientes representantes sociales— que se oponen como determinaciones opuestas. Por una parte, la riqueza como acumulación de mercancías, esto es, la riqueza basada en el valor de cambio, en el tiempo de trabajo socialmente necesario, la riqueza como enajenación de trabajo inmediato. Por otro lado, la riqueza real la existencia de bienes y servicios —valores de uso— para la satisfacción de las necesidades sociales, y cuya producción ya no dependen tanto de la cantidad de tiempo de trabajo inmediato como del saber y el conocimiento, del intelecto general y la cooperación de los individuos. Por una parte, la riqueza que se basa en el valor y toma cuerpo en la mercancía; por otra, la riqueza que toma cuerpo en el tiempo liberado, en el tiempo emancipado de la coacción del trabajo, finalmente y resumiendo: en la libertad real de los hombres y las mujeres.

Dentro de los márgenes del discurso de Marx —y hoy sería posible incluso pensar más allá de ellos—, al precariado le cabría en primer lugar, aquí y ahora, la exigencia de la autorrealización por el trabajo contra la humillación y la violencia del desempleo. En contra del círculo infernal del desempleo y la sobreexplotación, una práctica coherente con la crítica marxiana sería la encaminada a la realización del trabajo de todos. Y no precisamente para forzar la productividad, sino como participación universal en el fundamento material de la libertad: la disposición sobre el tiempo que es él mismo la vida de cada uno. Si el trabajo constituye un medio para la plena realización de los individuos, lo es también como forma de liberar tiempo para el «pleno desarrollo del individuo» (MEW, 42, 607). Así, la lucha por la integridad personal, por la autodeterminación de los individuos, de los hombres y las mujeres carnales, finitos y realmente existentes, se traduce en términos marxianos tanto en el reparto universal del trabajo social como la creación de tiempo disponible para todos. Como escribe Marx en los Grundrisse:

«El capital […] aumenta el tiempo de trabajo excedente de la masa porque su riqueza consiste directamente en la apropiación de tiempo de trabajo excedente; ya que su objetivo es directamente el valor, no el valor de uso […] Su tendencia, empero, es siempre por un lado la de crear disposable time, por otro la de to convert it into surplus labours […] Cuanto más se desarrolla esta contradicción, tanto más evidente se hace que el crecimiento de las fuerzas productivas no puede estar cautivo por la apropiación de surplus labour ajeno, sino que la propia masa obrera tiene que hacer suyo su plustrabajo […] Por una parte, el tiempo de trabajo necesario tendrá su medida en las necesidades del individuo social y, por otra, el desarrollo de la fuerza productiva social será tan rápido que […] crecerá el disposable time de todos. La riqueza real es la fuerza productiva desarrollada de todos los individuos. La medida de la riqueza no es, pues, el tiempo de trabajo, sino el disposable time» (MEW, 42, 603 y s.)

Que hoy la inmensa mayoría de las personas existamos socialmente bajo la forma del precariado, desempleados o inempleables, reservistas del ejército laboral, pobres abandonados o administrados por las agencias de caridad, indica la contradicción de que una mediación social posible a través de decisiones colectivas transparentes sobre la riqueza real siga bloqueada por una sociedad conformada por el valor. El objetivo del futuro —en términos del por-traer de lo otro— vendría a plasmarse en las múltiples formas posibles de conformar la riqueza desde esquemas alternativos a los del valor y la mercancía. Riqueza para la satisfacción de las necesidades, para la erradicación del sufrimiento innecesario, para la libertad. Es este contexto, la realidad actual de la expansión del desempleo y el ejército de reserva laboral significa que, en realidad, aquel objetivo no depende tanto de un mayor desarrollo de las fuerzas productivas cuanto de la transformación de una sociedad en la que las cosas y las personas existimos en función de la acumulación de capitales.

Marx, como hemos visto, en la medida en que no puede descartar la prolongación del capitalismo, señala un futuro posible marcado por las masas empobrecidas privadas de subjetividad. Pero esa misma posibilidad indica la de otro futuro, que —repito— deberá acontecer como un por-traer y no como un por-venir. La fuerza de trabajo excedente, que en el capitalismo se manifiesta como miseria, desempleo y exclusión, indican en realidad la sobreabundancia de riqueza real. Si en nuestro mundo esa abundancia se manifiesta como pobreza masiva, esto se debe al trastocamiento objetivo de que el trabajo se realice en función de beneficio ajeno. Más allá de él, Marx piensa el proceso hacia aquel otro futuro como la ampliación de lo que denominó reino de la libertad. Como se lee en el volumen III de El capital:

«El reino de la libertad comienza de hecho allí donde acaba el trabajar que está determinado por la escasez y la finalidad externa […] La libertad en este ámbito puede solo consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente su metabolismo con la naturaleza, lo sometan a su control común en lugar de ser dominados por él como un poder ciego, y lo lleven a cabo con la fuerza mínima y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana» (MEW, 25, 828).

Estas concisas palabras resumen el futuro con el que Marx se comprometió como intelectual y como activista. De ellas habría que resaltar hoy la referencia a fuerza mínima, esto es, al objetivo de una socialización no-coactiva y a una relación con la naturaleza, inevitablemente metabólica, pero reconciliada y pacífica. En ambos casos, esa idea de fuerza mínima contiene la representación de un dominio de la dominación. Frente a la alusión equívoca en Crítica del programa de Gotha al flujo en plenitud de «todas las fuentes de la riqueza colectiva» (MEW, 19, 21), el principio de la mínima fuerza apunta hacia la superación de la furia productivista. Tal vez finalmente  lo más coherente con Marx sería pensar como objetivo del futuro por-traer una praxis del dejar-de-hacer.24

Texto publicado originalmente en la revista Pasajes, núm. 55, 2018, pp. 88-103

1 Vid. Wolfgang Fritz Haug: «Karl Marx oder der Beginn der ‘ultima philosophie’», en Dreizehn Versuche marxistischen Denken zu erneurern, Berlín: Dietz, 2001, pp. 97 y ss.

2 Theodor W. Adorno: Educación para emancipación, Madrid: Morata, 1998, p. 18. La traducción se debe a Jacobo Muñoz. Adorno explica en ese texto el aplanamiento de la temporalidad como inherente a la modernidad capitalista. Escribe: «Es un fenómeno necesariamente vinculado a la progresividad del principio burgués. La sociedad burguesa está de modo universal bajo la ley del intercambio, del igual por igual de cálculos y cuentas, que pasan y de los que en realidad nada permanece. El intercambio es por definición algo intemporal, como la ratio misma, como las operaciones de la matemática, que en su forma pura apartan de sí el momento temporal. Así desaparece también el tiempo concreto de la producción industrial. Esto discurre cada vez más en ciclos idénticos e intermitentes, potencialmente uniformes, no necesitando ya apenas la experiencia acumulada […] El recuerdo, el tiempo y la memoria son liquidados de la sociedad burguesa, según va avanzando ésta, como una especie de resto irracional […] Privándose del recuerdo y agotándose, perdido todo largo aliento, en la adecuación a lo que en el momento cuenta como actualidad, la humanidad se limita a reflejar una ley evolutiva objetiva».

3 Sobre esto ha llamado reiteradamente la atención el recientemente fallecido Moishe Postone. Especialmente interesante el contraste que establece entre la concepción del poder capilar en Foucault y la forma dinámica, procesual y fundamentalmente temporal de la dominación propia de la sociedad capitalista descubierta por Marx. Vid. M. Postone: «Marx neu Denken», en R. Jaeggi y D. Loick: Nach Marx: Philosophie, Kritik, Praxis, Fráncfort: Suhrkamp, 2013, p. 378 y ss.

4 Karl Marx: Das Kapital: Kritik der politischen Ökonomie, en Marx Engels Werke, t. 23, Berlín: Dietz, 1969, p. 53. En adelante, salvo que indique otra cosa, citaré a Marx por esta edición y con las siglas MEW.

5 MEW, 4, 85.

6 En el capítulo primero de El capital, escribe Marx: «En las proporciones casuales y siempre oscilantes de sus productos, [a los individuos] se les impone violentamente el tiempo de trabajo socialmente necesario como ley natural reguladora de modo análogo a como la ley de la gravedad cuando a uno se le derrumba la casa sobre la cabeza» (MEW, 23, 89). Esta poderosa metáfora podría ser referida a la experiencia de los pueblos colonizados, diezmados o desaparecidos por la marcha del capital a la conquista del mercado mundial. También a todos esos paisajes apocalípticos de las ciudades industriales muertas o en reconversión. Incluso también a la angustia ominosa de la ciudad completamente cerrada tecnológicamente sobre sí misma, cuya cúpula de ruido (G. Simmel) contiene dentro lo siniestro. Vid. Mike Davis: Dead cities and other tales, Nueva York: The New Press, 2002; traducción: Ciudades muertas: ecología, catástrofe y revuelta, Madrid: Traficantes de Sueños, 2007.

7 Como explica Marx en los Grundrisse, todas la mercancías en cuanto portadores de valor tienen en común el ser trabajo objetivado. Solo hay una excepción: el trabajo vivo. Marx escribe: «La única diferencia respecto al trabajo objetivado es el no-objetivado, el aún no objetivado, el trabajo como subjetividad. El objetivado, esto es, como trabajo espacialmente presente, puede ser contrapuesto como trabajo pasado al temporalmente presente. En la medida en que debe estar presente temporalmente como vivo, solo puede presentarse como sujeto vivo, en el que existe como capacidad como posibilidad. Por tanto, como trabajador» (MEW, 42, 197 y s). Vid. sobre esto Frank Fischbach: «De cómo el capital captura tiempo», en Frank Fischbach (ed.): Marx: releer El capital, Madrid: Akal, 2012, p. 98 y ss.

8 Marx escribe en los Grundrisse: «El dinero, en cuanto existe en sí como capital, es simplemente asignación para trabajo futuro (nuevo) […] Aquí el capital ya no entra solo en relación con el trabajo existente, sino con el futuro» (MEW, 42, 284).

9 Vid. Fredric Jameson: Representing capitan: a commentary on volume one, Londres y Nueva York: Verso, 2011, p. 63.

10 Vid. la conferencia de Jacobo Muñoz «Repensando supuestos: el mito del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas» en https://www.youtube.com/watch?v=8S3ucya7IM8.

11 El problema de si las masas pauperizadas podían actuar o no como sujeto revolucionario, la poco mediada aceptación del carácter contrafáctico de la tesis en coyunturas de mejora de las condiciones económicas de vida de los trabajadores, las distinciones escolásticas entre pauperización absoluta o relativa, etcétera, todo esto no contribuyó en nada a la clarificación de los conceptos que sustentaban la crítica marxiana. El trabajo de Roman Rosdolsky, meritorio en muchos aspectos, resulta un buen ejemplo de una hermenéutica desafortunada de esta problemática (Vid. Roman Rosdolsky: Génesis y estructura de El capital de Marx, México: Siglo XXI, pp. 336-348). Resulta chocante cómo, por una parte, considera que la «ley de la pauperización» es una leyenda (p. 336), mientras que, por otro, le concede «un grano de verdad» (p. 343). Según él, que haya trabajadores de la industria en Estados Unidos con «casitas y coches propios» (p. 344) justificaría finalmente considerar el concepto de «ejército laboral de reserva» como un «peligro» para el entendimiento general de la teoría de Marx (p. 348). Resulta curioso cómo no sólo Rosdolsky sino, en general, los discursos marxistas de los años sesenta y setenta, se muestran sensibles a vincular la dinámica salarial de ciertas zonas centrales de la geografía del capital con la miseria en lo que llamaban países subdesarrollados, pero no con la forma sangrienta y destructiva en que se resolvió la crisis de los años treinta y que hizo posible el paroxismo de la acumulación —y el empleo masivo— después de 1945.

12 No obstante, en significados autores marxistas, el pronóstico de la pauperización permanece como la posibilidad más plausible del porvenir de la sociedad capitalista. Por ejemplo, Adorno habló en 1968 de la humanidad entera como ejército laboral de reserva, subsumida sin fisuras bajo el capital. Fredric Jameson caracterizó esta época como la de la aparición de «un nuevo tipo de miseria histórica y global», marcada por «múltiples situaciones de miseria y paro forzoso, de poblaciones impotentes acechadas igualmente por los señores de la guerra y las agencias de caridad» (o. cit., p. 151). Mike Davis, desde un enfoque empírico-social, predice un planeta de populosas ciudades-basura donde la inmensa mayoría vive en chabolas verticales (Mike Davis: Planet of slums, Nueva York y Londres: Verso, 2006; traducción: Planeta de ciudades miseria, Madrid, Akal, 2007 y 2014). Jacobo Muñoz señala la posibilidad de que la especie termine como «un inmenso rebaño deambulando en un inmenso estercolero químico, farmacéutico y radioactivo» (Filosofía y resistencia, Madrid: Biblioteca Nueva, 2013, p. 27). Vid. también «Misery and debt on the logic and history of surplus populations and surplus capital», Endnotes, 2, abril de 2010 (https://endnotes.org.uk/issues/2).

13 Esto ocurre incluso en Adorno, quien dedica a discutir la teoría marxiana de la depauperización el apartado VII de su trabajo «Reflexiones sobre la teoría de las clases». Al leerlo como un «concepto estrictamente económico», no advierte que lo que pone sobre la mesa respecto dominación sistemática, el monopolismo y el Estado resulta, en realidad, coherente con la idea marxiana de la pobreza como desposesión de la subjetividad. Vid. Theodor W. Adorno: Gesammelte Schriften, vol. 8.1, Fráncfort: Suhrkamp, 1980, p. 383 y ss.

14 Vid. el apartado 3.º del capítulo IV y el comienzo del capítulo XXIV de El capital.

15 Vid. el análisis de esta cuestión en MEW, 42, 509 y ss.

16 Para un clarificador análisis de este texto, vid. David Harvey: A companion to Marx’s Capital, Nueva York y Londres: Verso, 2010, p. 263 y ss. Hay traducción, David Harvey: Guía de El Capital de Marx: libro primero, Madrid: Akal, 2014.

17 Vid. MEW, 23, 654 y ss. Aquí se debe prestar atención no solo a la rivalidad entre capitales, sino al papel del crédito y la financiarización.

18 Marx conoce muy bien, claro, el papel de los desempleados en el manegement capitalista: «El trabajo excesivo de la parte ocupada de la clase obrera aumente las filas de su reserva, mientras, a la inversa, la presión aumentada que esta última con su competencia ejerce sobre la primera obliga a los empleados al sobretrabajo y al sometimiento bajo los dictados del capital. La condena de una parte de la clase obrera a la inactividad forzosa por el exceso de trabajo de la otra parte, y viceversa, deviene medio de enriquecimiento del capitalista particular y acelera a la vez la producción del ejército industrial de reserva en una escala correspondiente con el progreso de la acumulación social» (MEW, 23, 665 y s.).

19 Marx concede a los trabajadores de su época la capacidad de haber comprendido como la competencia entre ellos se intensifica por la presión de la población excedente y, consecuentemente, haber organizado a través de los sindicatos una estrategia de «acción común entre ocupados y desocupados» (MEW, 42, 669). Un indicio de hasta qué punto los sindicatos han sido integrado en el arrangement capitalista es que algo así resulta hoy impensable.

20 Marx distingue tres formas de existencia de la población sobrante: fluida, latente y estancada (MEW, 23, 670). Los primeros serían la parte de los trabadores que caen en situación de desempleo o infraempleo que puede ser revertida en algún momento. Sobrepoblación latente serían las masas aún no integradas en el mundo del trabajo asalariado, pero que pueden ser movilizadas por el capital según sus necesidades. Esto incluye, entre otros, los que realizan trabajos no reconocidos como asalariado (las trabajadoras son un ejemplo eminente), las poblaciones que, a través de la colonización, el imperialismo o la globalización pasan a ser alistados forzosos del ejército industrial, la fuerza de trabajo, por así decirlo, aparcada en las instituciones educativas o penales, los ejercientes de profesiones así llamadas liberales que pasan en empleados, la pequeña burguesía que se proletariza. Por último, la sobrepoblación estancada (stockend) incluye una muy diversa tipología de población difícil —en distinto grado— de movilizar y que para el capital solo excepcionalmente funciona como trabajo disponible. Se trata de las masas pauperizadas, enfermas, marginales y excluidas por múltiples razones.

21 Peter von Oertzen lo expresa así: «La categoría de desarrollo [en Marx] de ninguna manera implica telos […] Ninguna necesidad naturiforme, ningún telos, ningún estadio final. Llanamente expresado: una guerra mundial con bombas de tipo a, b o c, una catástrofe genética, y nosotros, los humanos, volvemos a la edad de piedra o desaparecemos de este planeta» («Thesen zu Marx», en Carl-Erich Vollgraf et alii (eds.): Geschichte und materialistische Gesichtstheorie bei Marx, Berlín y Hamburgo: Argument, 1996, p. 8. Desde la publicación de ese texto hasta nuestros días se han hecho notorias nuevas y pavorosas amenazas.

22 Vid. Fredric Jameson: o. cit., p. 144 y ss. Todo el último capítulo de esa obra, dedicado a exponer las conclusiones políticas de la lectura por F. Jameson de El capital, resulta relevante para lo que trato aquí.

23 Vid. MEW, 42, 604.

24 Pienso esa praxis tal y como se expone en el fragmento «Sur l’eau» de Minima moralia de Adorno, esto es, como un «estar acostado sobre el agua y mirar pacíficamente al cielo» (Gesammelte Schriften, vol. 4, p. 177) opuesto al ideal del dominio sin resquicios.


Ciro Mesa nació en la isla canaria de La Gomera y es catedrático de filosofía en la Universidad de La Laguna. Ha escrito sobre la teoría crítica, la hermenéutica y la filosofía clásica alemana.

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La trampa de la conjetura y el discurso reaccionario

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/ por Mario Martínez Zauner /

Dado que en días recientes he sido directamente interpelado por Daniel Bernabé, autor de La trampa de la diversidad (Akal, 2018) y La distancia del presente (Akal, 2020), considero que la mejor respuesta que puedo dar es en forma de artículo, como síntesis de toda la crítica que he ido exponiendo en los últimos meses hacia su proyecto, y que parece haberle irritado más de la cuenta. Me centraré ante todo en la tesis fuerte del autor (la trampa diversa) más que en su desarrollo débil (distancia del presente), que además ya ha sido debidamente abordado por Juan Luis Nevado en un reciente artículo que de momento ha quedado sin respuesta (y cuyas precisiones quizá no estaría de más incluir en futuras ediciones de Akal).

La trampa de la diversidad parte de una idea doblemente articulada: por un lado, el neoliberalismo hace uso de distintas opresiones (género, raza, LGTB, etcétera) para blanquear y ocultar su fundamento de explotación económica (o contradicción principal capital-trabajo); y por otro, pone a los colectivos correspondientes a competir entre sí por una cuota de representación en la esfera pública, mediática y política. De esta forma, la lucha de los trabajadores se ve disgregada y desplazada hacia problemas parciales, convertida en mera pose activista, una vez abandonada la militancia cabal, unitaria y comprometida con el movimiento obrero. Hasta aquí podríamos aceptar lo expuesto siempre y cuando se considerara esta dinámica como parte de una lógica perversa del capital (capaz siempre de revolucionarse a sí mismo),1 ejecutada por un poderoso entramado mediático, corporativo y empresarial a través de técnicas de marketing, autoayuda, neurociencia, big data y otras disciplinas al servicio de la dominación ideológica y el control social.2 Pero no parece el caso de Bernabé, puesto que en su obra no encontraremos una descripción de la diversidad de trampas que instituye el capital contra la clase obrera, sino de la diversidad como trampa en sí misma.

Su tesis fundamental se resume así: el neoliberalismo utilizó el posmodernismo para romper a la izquierda, de tal forma que presenta como axioma lo que debería ser la conclusión del libro y el resultado de su investigación. Bernabé lo justifica de la siguiente manera: «Una de las ventajas de escribir un libro desde la aproximación periodística y no desde la pretensión académica es que nos podemos permitir la conjetura. Una de las ventajas de la conjetura es que, en ocasiones, es útil para señalar algo sin necesidad de demostrarlo, ahorrándonos energías y tiempo en cuestiones secundarias y a menudo indemostrables. Conjeturemos pues» (pp. 31-34).

El desarrollo teórico de La trampa de la diversidad reconoce en sus mismas páginas el recurso a una conjetura que vincula «sin necesidad de demostrarlo» neoliberalismo y posmodernidad. Y para tal fin le resulta útil asociar el concepto de diferencia expresado en su día por Margaret Thatcher (que esconde y legitima la desigualdad económica) con toda la filosofía postestructuralista (incluyendo autores tan distintos como Lyotard, Vattimo, Baudrillard, Derrida, Deleuze o Foucault), e insertar el conjunto en una idea genérica de la cultura del posmodernismo, la pretensión, el identitarismo y el pastiche.3

Bajo tal premisa, se renuncia a analizar la desigualdad y su relación con el neoliberalismo desde enfoques materialistas, sociológicos y filosóficos que han demostrado gran capacidad explicativa, y no encontramos mención alguna de Guy Debord y su sociedad del espectáculo, de Pierre Bourdieu y su estudio sobre la distinción social y la diferencia de clase o de David Harvey y sus análisis sobre el impacto cultural del capitalismo tardío.4 A pesar de la continua apelación a una clase obrera abstracta, el autor no utiliza un abordaje propiamente marxista que relacione las expresiones culturales de la posmodernidad con una transformación de las relaciones sociales de producción, que a partir de la ofensiva neoliberal provocan en Occidente el despegue del capital financiero desregulado,5 los movimientos de reconversión industrial y deslocalización que lo acompañan, un espectacular aumento del sector servicios y el tecnológico sobre los sectores agrario e industrial y un hiperdesarrollo de la sociedad de consumo y la digitalización, en un proceso general en el que la empresa desplaza a la fábrica como unidad productiva fundamental.6

Ninguno de estos desarrollos críticos interesa a Bernabé, puesto que su conjetura parte de establecer una identificación meramente ideológica entre neoliberalismo y posmodernidad, entre Reagan y el prohibido prohibir de mayo del 68, entre el 15-M y CaixaFórum. Para que tal conjetura funcione, es preciso confundir diferencia con jerarquía, diversidad social con distinción de clase, y operar una serie de reducciones sobre las realidades económicas, sociales y políticas que estudia para convertir lo anecdótico en estructural y lo estructural en anecdótico, deformando y parodiando todo lo que escape a una imagen idealizada y congelada del movimiento obrero.

La confirmación de la conjetura de Bernabé demanda entonces una serie de efectos de verdad que conviertan toda manifestación cultural del capitalismo tardío en un enorme escándalo Sokal y la proyección constante de una sociedad conformada por individuos atomizados que sustentan su frágil y escéptica identidad en el feminismo de Virginie Despentes, en el ecologismo de Greta Thunberg, en el antirracismo de Kamala Harris o en una pintoresca cabalgata del Día del Orgullo.

Curiosamente, la conjetura, los efectos de verdad y las imágenes deformantes son algunas de las características definitorias de la posmodernidad que Bernabé tanto detesta, pero que aún así necesita para sostener su trampa. Más aún si los conceptos se vacían de contenido (y por tanto sirven para todo) o si el autor emprende cruzadas en redes basadas en la exaltación de su propia figura y obra. Vemos así funcionar el individualismo y las identidades fragmentadas que la obra trataba precisamente de combatir, y al autor poniendo a competir movimientos sociales entre sí o analizando las protestas callejeras como performances en una especie de profecía autocumplida. Aunque hay aún peores enemigos para la conjetura de diversidad que propone Bernabé, relativas por un lado al paso del tiempo y el desgaste de su tesis por repetición, obligando a forzar cada vez más sus efectos de verdad y sus imágenes deformantes; por otro con su propagación, que anima la aparición de imitadores cada vez más vulgares y paródicos para quienes la lucha por derechos civiles resulta un mero capricho cultural y cuyas lecturas de la realidad caen una y otra vez en el economicismo y el individualismo metodológico; y por último, y lo más preocupante, por la sintonía conceptual con posicionamientos discursivos de carácter reaccionario.

Más allá de que el periodista Cristian Campos le diera la razón, aunque Bernabé presumiera de que su libro evitaría un Manifiesto redneck en España; más allá también del patrocinio fundamental de Pascual Serrano (quien apunta que la izquierda posmoderna ha machacado a los desheredados hombres blancos heterosexuales) o de su cercanía a Juan Manuel de Prada y la añoranza de posiciones demócrata-cristianas; más allá de la colaboración de Bernabé en el medio de noticias RT, que bajo la apariencia de un discurso social promociona un ideario iliberal y prorruso en Europa; o más allá incluso de la reciente denuncia que hace Bernabé de la cultura de la cancelación por el caso Gina Carano en una columna que podría haber firmado Juan Soto Ivars en su línea de crítica a lo políticamente correcto y en sintonía con el discurso de la dictadura progre, nos detendremos por un momento en un artículo publicado por Hasel París en El Español, explícitamente basado en la trampa de la conjetura de Bernabé, para advertir de esa sintonía. Dicho artículo, que el propio Bernabé definió en sus redes sociales como «impecable», incidiendo en que «nunca el progresismo aceptó de una forma tan mansa un Gobierno estadounidense tan a la derecha», esconde una treta que 1) pretende convencer al lector de que la izquierda en Estados Unidos y en España apoyó a Biden acríticamente y sin ser consciente de las trampas de diversidad que utilizó en su campaña; 2) señala la sumisión de la administración Biden al capital financiero como si la de Trump no lo hubiera estado igualmente; y 3) incluye giros y apuntes tremendamente reaccionarios que encajan bien con la conjetura antidiversa y obtienen el beneplácito de Bernabé.

Desarrollaremos brevemente cada uno de los puntos. En primer lugar, la izquierda, tanto en Estados Unidos (incluido su partido comunista) como en España, ha apoyado a Biden ni más ni menos para echar del poder a Trump, que entre otros exabruptos pretendía declarar a Antifa organización terrorista, estuvo muy cerca de provocar un conflicto con Irán por el asesinato del oficial Soleimani, apoyó el golpe de Estado en Bolivia o el traslado de la capital de Israel a Jerusalén, se negó a condenar el asesinato de George Floyd y trató de sacar al ejército a las calles de Washington. Si acaso, la izquierda a ambos lados del Atlántico manifestó su simpatía por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, cuya trampa diversa es notablemente menor en cuanto acompañan el discurso de defensa de las minorías con una reivindicación explícita de la clase trabajadora y un ataque frontal a las élites empresariales.

En segundo lugar, el artículo de Hasel París apunta a algunos sillones de la administración Biden ligados al capital financiero, pero no menciona que en la de Trump sucedía lo mismo, con altos cargos del Tesoro como Justin Muzinich (hombre de negocios que trabajó para EMS Capital o Morgan Stanley) o Steven Mnuchin (que hizo carrera en Goldman Sachs y en el fondo de inversión privado ESL Investments y lideró un grupo para comprar IndyMac junto a George Soros y el fundador de Dell Computer). En Estados Unidos, tanto la FED como el Departamento del Tesoro tienen una estrecha relación con Wall Street, las influencias van de uno a otro lado, y si acaso habría que leer la política de tipos de interés bajos de la FED como parte de una competición entre capital financiero e industrial, y no porque Trump se preocupara especialmente por la clase trabajadora (basta observar su política fiscal).

Tercero, y quizá lo más preocupante, «la sombra del arcoíris» de París, bromas étnicas aparte, blanquea la figura de Andrew Jackson y su genocidio contra los nativos americanos y utiliza la figura de Avril Haines (nombrada directora de Inteligencia Nacional y con un oscuro historial de programas de tortura) para lanzar un grosero ataque contra el feminismo, que pasa aquí a ser cómplice de las peores políticas (cuando al menos en la obra de Bernabé se limitaba a ser expuesto como fácilmente manipulable por la industria tabacalera y las campañas publicitarias de Edward Bernays). Además, el texto de París incluye un párrafo que resulta inquietante: «Se ha hablado mucho de la diversidad racial del gobierno Biden. Pero se presta menos atención al homogéneo bloque de diez cargos de origen israelí: son el 1% de la población, pero el 50% del gabinete».

Y es que una semana después y en el mismo periódico podíamos leer las siguientes declaraciones de la influencer fascista Isabel Peralta: «En Alemania, siendo el 1% de la población, el 99% de los cargos públicos estaban en manos de procedencia judía en época de entreguerras. Yo les considero culpables de muchas de las situaciones e injusticias que sufre el mundo, como el capitalismo y la usura». Y no es la única resonancia, puesto que en la entrevista asoman enunciados que nos resultan cercanos a posturas antidiversas, como señalar que «la izquierda, en vez de luchar por el pueblo, se distrae en luchas de géneros», y llevar la crítica «al sistema de reserva federal, a los líderes y organizaciones sionistas que subvencionan y financian el Black Lives Matter o el feminismo posmoderno».

Estamos ante una confluencia discursiva preocupante y que encuentra en el rechazo a la diversidad y la posmodernidad un sustrato común. Evidentemente no afirmamos que Bernabé, o ni siquiera Hasel París, simpaticen con la musa del falangismo. Aunque este último habla de «decadencia de Occidente» o ha sido también recientemente citado por Víctor Lenore para vincular ideas falangistas con el discurso nacional-populista de Más País y el pensamiento de Diego Fusaro, y reivindicar movimientos sociales que no son «ni de izquierdas ni de derechas» y apuestan por los valores de la patria frente al capital. Es decir, un cierre reaccionario de la respuesta social frente al capitalismo que incluye también aspectos como la familia y la tradición y que no solo se expresa políticamente, sino también culturalmente, como en la reciente obra de Ana Iris Simón.

El pensamiento de Fusaro, en el que la relectura de Hegel y Marx transluce referencias a pensadores derechistas como Alain de Benoist o Aleksandr Duguin, salta al primer plano de la discusión política en España a partir de una entrevista realizada por el periodista Esteban Hernández, que curiosamente salió hace pocos días en defensa declarada de Bernabé acusando a sus detractores de «calvinismo».7 Pero así como por aquel entonces defendimos que aquel debate debía darse sin acusaciones de blanqueamiento, igualmente pensamos que la crítica hacia Bernabé no debe apuntar a una traición, sino a un defecto metodológico pertinaz (la trampa de la conjetura por la que se igualan neoliberalismo y posmodernidad) que conduce al pensamiento de izquierdas a una confluencia indeseable con el discurso reaccionario y a un efecto autoinmune contraproducente para la propia izquierda.

Y no solo resulta contraproducente porque su formulación negativa de la diversidad como engaño o división (en vez de como fragmentación resultante del modo de producción del capitalismo reciente) conduce a abrazar en términos positivos valores que le corresponden naturalmente a la derecha (patria, familia, tradición), sino también porque por un lado renuncia a un análisis de clase más profundo, y por otro cae en posiciones intelectualistas que solo se resuelven con vagos llamamientos a un materialismo vulgar y dejan fuera del análisis herramientas y postulados todavía útiles del marxismo, a la vez que renuncian a reconocer la potencia crítica de la filosofía postestructuralista.

En cuanto al análisis de clase, cabe señalar que en la sociedad capitalista opera un sistema de privilegios y exclusiones que tienen que ver con la dominación y la explotación y explican varios de los posicionamientos discursivos de sus agentes, que en el caso de los autores citados les conduce a ver en la diversidad una amenaza a sus intereses. El discurso contra la diversidad es el de una aristocracia obrera y sindical que ve su voz, durante años reconocida como interlocutora fundamental con el estado capitalista, amenazada por la incorporación de mujeres, inmigrantes y personas del colectivo LGTB al mercado laboral y a la lucha pública entre clases. Desde su posición privilegiada, tal aristocracia obrera blanca, masculina y heterosexual presenta a dichos colectivos como traidores o como una trampa que tiende el capital para fragmentar a la clase obrera, negando así la propia condición obrera de esos colectivos en la defensa de su posición de monopolio en la interlocución con el Estado y sus instituciones. Esa situación hace resonar su discurso con el de una clase capitalista nacional-industrial conservadora, cuyo predominio y privilegio ya se había visto amenazado por la aparición de un capital financiero-global de talante liberal y progresista. Se produce así una convergencia reaccionaria entre obrerismo y burguesía industrial frente a las transformaciones sociales y económicas del capitalismo tardío.

A su vez, no deja de ser cierto que el capital financiero-global ve una oportunidad para blanquearse y fragmentar las demandas de la clase trabajadora escogiendo como nuevos interlocutores a determinados colectivos feministas, antirracistas y LGTB en la negociación por sus derechos y nuevas leyes que les defiendan de la discriminación pública y social. De tal forma que son las tensiones en el interior del propio capital (industrial versus financiero) y en el interior de la aristocracia obrera (blanca-masculina-heterosexual versus antirracista-feminista-LGTB) las que desatan una guerra cultural e identitaria en la que participan ambos sectores.

Y es preciso señalar que ambos sectores participan de esa guerra identitaria, puesto que la reivindicación de la clase obrera que se hace desde los enemigos de la diversidad postula una identidad (obrerista, sindicalista, industrialista) en la que convergen valores socialdemócratas, demócrata-cristianos y falangistas a partir de la defensa de la patria, la familia, el sindicato y la tradición. Se producen así alianzas aberrantes entre pensadores comunistas como Santiago Armesilla y autores conservadores como María Elvira Roca Barea en la defensa de la patria española frente a la amenaza protestante. Se dan consonancias entre el feminismo institucional ya integrado en el Estado y los postulados más reaccionarios frente a la amenaza de representación del colectivo trans y su irrupción en la esfera pública. Se reproducen en fin discursos tradicionalistas y nostálgicos de reivindicación de la Semana Santa o de la vida familiar frente a la disolución posmoderna. Una identidad buena se opone a otras desviadas.8

Con todo ello se pierde la atención a la estructura de propiedad de medios de producción y medios de renta (quién tiene qué y para qué lo usa) y se deja a un lado el debate fundamental entre reforma o ruptura con el sistema capitalista, y lo que se acaba produciendo es una competición entre reformas: más derechos para los colectivos históricamente marginados frente a más llamados del obrerismo a recuperar el pacto sindical con el Estado. En este contexto, la trampa de la conjetura de Bernabé, más que escapar de la disputa para apuntar a la raíz de los problemas de explotación y dominación capitalista, lo que hace es servir de parapeto de defensa de los privilegios de un sector determinado en la obtención de atenciones y concesiones del Estado.

Y es que resulta algo injusto negar la legitimidad de una aspiración a participar de la representación pública y política por parte de colectivos históricamente desplazados con la excusa de que no sirven a una tarea revolucionaria que los propios representantes del comunismo y la socialdemocracia han abandonado. La crítica de la crítica sobre quién accede a qué (la entrada en el mercado laboral y la esfera pública de mujeres, inmigrantes y LGTB) debería conducir a la pregunta sobre quién posee qué y para qué lo utiliza. Tampoco hace falta detenerse demasiado en el cuestionamiento de la diversidad para apuntar a los propietarios de los medios de producción y los medios de renta, ni para denunciar la debilidad de los convenios colectivos y la pérdida de fuerza negociadora de los trabajadores, ni para denunciar las arquitecturas institucionales y legales que han permitido una desmesurada concentración y abuso de los poderes financieros.

Lobbies, cárteles, grandes corporaciones, exenciones fiscales, eliminación de competencia, compra de acciones propias, monopolios y oligopolios, manipulación de precios, despidos de plantillas, destrucción de I+D, regulaciones a medida, complicidad gubernamental y puertas giratorias. O bien aplicación social de conductismo, neuromarketing, tecnologías de la persuasión, modificación de conductas, preferencias y valores de los usuarios, monitorización y control constantes, técnicas de biometría, censura, uso político de datos privados y control total de la red por parte de Google, Apple, Amazon, Facebook, Visa y Mastercard. Nada de esto aparece en la crítica a la diversidad y la posmodernidad, y ni siquiera la trampa se plantea en la línea del fetichismo de la mercancía y la crítica a toda la aparente variedad de productos del mercado que al final remiten a unas pocas marcas y corporaciones con gran poder económico, y de influencia política y social.

Además, la propia historia del siglo XX desmiente que sea el posmodernismo de la izquierda quien ha acabado con su unidad y sentido obreros. El historial de división y escisiones en el comunismo y el socialismo viene de muy lejos (como mínimo, la Segunda Internacional) y siempre ha tenido que ver con la citada batalla entre reformismo y ruptura, que también se produjo en la Transición española y en la que el PCE y el PSOE se inclinaron decididamente por el primero. Igualmente, antes que apuntar a Mayo del 68 y sus resonancias con el pensamiento de Thatcher y Reagan, más bien habría que dirigir la mirada a la sociedad Mont Pelerin, los Chicago Boys, el Consenso de Washington y la ascendencia de la escuela austríaca (Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Jesús Huerta de Soto) sobre el pensamiento económico y sus simpatías con el fascismo (donde el caso de Chile y Pinochet es paradigmático, aunque recordemos que los asaltantes del Capitolio portaban banderas de Gadsen). ¿Por qué Bernabé y otros autores antiposmo no centran su crítica en este sector ultraliberal y sus políticas desreguladoras que tanto daño hacen a la clase trabajadora?

No deja de resultar sospechoso que los críticos de la diversidad sean más tibios con José Luis Rodríguez Zapatero, que entregó la soberanía del país al poder de la troika con la reforma del artículo 135 de la Constitución, que con el 15-M. Su retórica es obrerista y sindicalista, pero parecen obviar que el proletariado actual es más una kelly sudamericana y un rider de Glovo que un operario de fábrica o un minero asturiano, y no extienden su cuestionamiento hacia CCCOO y UGT por su integración en las políticas del Estado capitalista. Parecen aspirar a una socialdemocracia que recupere el pacto social y un capitalismo industrial bueno, frente al mal capitalismo financiero, globalista y luterano, a la vez que defienden la patria, la familia y la tradición. Y finalmente desprecian los movimientos sociales del feminismo, el antirracismo y el LGTB como si no fueran igualmente parte de una clase obrera que lucha contra la explotación y se opone a los intentos del capitalismo de apropiarse de sus causas para blanquearse.

En suma, nuestra crítica hacia Bernabé señala su carácter conjetural, su potencial encuentro con discursos reaccionarios, su frágil análisis estructural y su escasa propuesta transformadora. Su trampa diversa, amparada en una vaga retórica materialista, parece obviar además que la filosofía posmoderna no solo elabora una crítica a los grandes relatos o una apología del relativismo epistemológico, sino que también alberga una pervivencia del marxismo, una denuncia del capitalismo y sus nuevas formas de poder y una apuesta por la emancipación. La incertidumbre aparente que plantean sus escritos se ve así compensada por una apuesta ética y política: en Derrida, por la hospitalidad universal hacia el otro y la recuperación de un espectro marxista revolucionario; en Foucault, por las artes de la existencia y la denuncia de la biopolítica y las instituciones disciplinarias del capital; en Deleuze, por una reivindicación de las síntesis conectivas, el rechazo de las fuerzas reactivas y la denuncia de las sociedades de control capitalistas.9

La apuesta política y ética de Bernabé, más allá de una vaguedad nostálgica o un llamado al orden, queda empequeñecida frente a estos gigantes del pensamiento, cuya crítica debe hacerse debidamente (y no como pudimos leer aquí o aquí, en la línea de una pobre lectura de la posmodernidad). Justo antes de morir, Deleuze andaba trabajando en una monografía sobre Marx y lanzaba un llamado a «volver a creer en el mundo», acompañado de la apuesta por recuperar el pueblo como horizonte. En ese sentido parecía aproximarse a un populismo que tampoco gusta a Bernabé (aunque ahora se haya acercado a Podemos), y desde el que emergen ahora, a partir de la crítica a las movilizaciones y estrategias del periodo anterior, iniciativas teóricas y prácticas socialistas que llaman a reorganizarse para reemprender la lucha contra el poder neoliberal y corporativo,10 a la vez que la tradición crítica marxista recupera su vigencia y desborda los límites de la reacción frente a la posmodernidad.11

No nos cabe duda de que en esa lucha presente y futura el pensamiento antidiverso, la trampa de la conjetura y sus confluencias con el discurso reaccionario tendrán cada vez menos espacio en la izquierda.


1 Como señala el Manifiesto comunista, «la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales».

2 A este respecto, ver por ejemplo el reciente libro de Marta Peirano El enemigo conoce el sistema: manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención (Debate, 2019).

3 A lo largo de su obra Bernabé no ofrece una definición precisa de la posmodernidad, más allá de rereferirse al «espíritu de una época» caracterizado por la ausencia de reglas en un mundo fragmentado e individualista que solo cabe encajar con «una mueca de inteligente desencanto». Si acaso la toma de Terry Eagleton, que de todos modos reconoció que la filosofía postestructuralista «consistía en ser crítica, que no cómplice, de los ídolos del mercado», y que el posmodernismo sería «un postestructuralismo sin la teoría». Igualmente, la obra de Fredric Jameson no tiene un peso relevante como marco crítico de la lógica cultural del capitalismo tardío.

4 Curiosamente, las dos únicas citas de La condición de la posmodernidad (Amorrortu, 2008) sirven para apuntar características de la modernidad, pero no para desarrollar el análisis materialista de la fragmentación productiva posmoderna. También es reseñable la ausencia total de referencias a autores como E. P. Thompson, Raymond Williams o Stuart Hall como marco teórico marxista para la crítica de la posmodernidad.

5 Sobre todos estos procesos resulta interesante consultar el reciente libro de Carlos Sebastián El capitalismo del siglo XXI: mayor desigualdad, menor dinamismo (Galaxia, 2020).

6 No se estudia el impacto que la fragmentación productiva tiene sobre las expresiones culturales del capitalismo tardío, ni tampoco se aplican sistemáticamente categorías de análisis marxistas como la alienación y el fetiche de la mercancía, la extracción de plusvalía y la tasa decreciente de ganancia, el ejército industrial de reserva, la competencia entre capitales, el análisis de monopolios y oligopolios, la relación entre trabajo, capital y tierra o una descripción de la estructura actual de clases.

7 Aunque aquí no podemos coincidir con Hernández, sí nos parecen de interés sus trabajos de crítica sobre la economía política del capitalismo actual, como la que lleva a cabo en su libro Los límites del deseo: instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (Clave Intelectual, 2016).

8 Ya desde el subtítulo de su obra, Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, Bernabé reconoce estar defendiendo una identidad sobre otras, con lo que sus críticas hacia un identitarismo posmoderno no dejan de caer en lo mismo que denuncia, y obvian además que en gran medida el proyecto de la posmodernidad teórica elabora una crítica contra la identidad para presentarla como producto o efecto de las relaciones sociales.

9 Para Derrida, consultar su obra Espectros de Marx (Trotta, 2012) o la entrevista «Hoy en día» en No escribo sin luz artificial (Cuatro, 2006). Para Foucault, La voluntad de saber (Siglo XXI, 2019) o Nacimiento de la biopolítica (Akal, 2009); y para Deleuze, su curso Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia (Cactus, 2005), así como sus cursos sobre Foucault (El saber, El poder, La subjetivación, en Cactus), así como este breve artículo sobre las sociedades de control.

10 En ese sentido, como superación de Laclau y las tesis de La razón populista (Fondo de Cultura Económica, 2005), nos han llegado recientemente dos propuestas de interés: de Damián Selci, Teoría de la militancia. Organización y poder popular (Cuarenta Ríos, 2019); y de Jodi Dean, Multitudes y partido (Katakrak, 2017).

11 Las obras son numerosas, pero destacaremos las de Juan Íñigo Carrera en Conocer el capital hoy (Imago Mundi, 2007), los propios David Harvey en Guía de El Capital de Marx (Akal, 2014) o Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón (Atalaya, 2011), Erik Olin Wright para Comprender las clases sociales (Akal, 2018) o Andrew Kliman Reivindicando El Capital de Marx (El Viejo Topo, 2020).


Mario Martínez Zauner es escritor, divulgador y doctor en antropología social y cultural por la UAM tras realizar su investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Es autor de Presos contra Franco: lucha y militancia política en las cárceles del tardofranquismo y, junto con Jorge Martínez Reverte, de De Madrid al Ebro: las grandes batallas de la guerra civil española.

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Cultura

Pilar Blanco: «La poesía es un ejercicio de anhelo y desengaño»

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/ una entrevista de Ada Soriano /

Una preciosa fotografía del artista Marcus Donner muestra una luna dorada por el artificio de un sauce llorón que llueve fuego. Así es la portada de Yo escribo la noche (Chamán Ediciones, 2020) de la poeta Pilar Blanco Díaz (Bembibre [León]): un libro de poemas valioso y estremecedor, dividido en tres secciones («Ello», «-S-» y «Ella»), en el que la autora se hace cómplice de la oscuridad y de la luz, del amor y sus heridas, con la solvencia propia de una poeta que escribe sin adornos vacuos, sin concesiones. No hay relleno aquí. No sobra nada.

Hallo en esta nueva entrega de Pilar Blanco, como en sus poemarios anteriores, una sobrada capacidad de observación, inquietud, raciocinio, misterio y sentimientos que tiemblan con mano firme desde un lenguaje pulcro y hondo: «Es la silueta de la noche un pájaro/ que apenas se sostiene en su tiniebla; y es la tiniebla pórtico de luces,/ temblor que no se eclipsa contra el suelo,/ el manantial, la voz que permanece». Así comienza esta obra, con la intensidad lírica y simbólica de las imágenes que componen «Noche garza», poema preliminar. Hay mucho amor aquí, con sus inevitables consecuencias, y una belleza, digamos, dolorosa. ¿Cómo no detenerse y compartirse ante una poesía que no tiene miedo a serlo porque es libre y goza de versos que en más de una ocasión parece que vayan a escaparse de la página igual que el amor escapa? Difícil escoger, pero me apetece seguir hablando de amor y de belleza. Precisamente, en la tercera sección quedé ensimismada ante un poema que lleva por título «Visión de la belleza» y que Pilar Blanco dedica al célebre cantautor Luis Eduardo Aute. Así lo inicia: «Hay un paso que solo la Belleza puede dar./ Un paso que deja atrás la sumisión, la voz cobarde, la deslealtad, el impulso asesino./ Quien ama la belleza no traiciona sus ritos ni mueve a conveniencia las voluntades títere./ Sabe del valor de la palabra y con ella hace cáliz». Y así lo consuma: «Hay un paso que solo la Belleza puede dar./ Y conduce a la vida».

Pilar, con el título de tu reciente poemario, Yo escribo la noche, ¿rindes homenaje a Alejandra Pizarnik?

Sí: le rindo homenaje, en primer lugar, al escoger como título una construcción de gran belleza y potencia; pero hay también una cierta identificación emocional, además de admiración por su manera de traducir la desmesura a un lenguaje moteado de irracionalidad que atraviesa al lector como un dardo de hielo y lumbre. Ella es uno de esos autores que siempre van conmigo por eso. Cuando hace unos años me saltaron desde el papel los versos que escogí para introducir el libro («Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche»), supe que el título no podría ser ningún otro: el que acierta de lleno al señalar quién escribe este libro, desde qué noche y con qué intención.

En el prefacio de tu libro anterior, Vigía de tu paso, dices, y me encanta, que «la poesía es un ejercicio de anhelo y desengaño. Lo que al final conseguimos transmitir no esplende nunca con el fulgor que nos cegó».

Esa es una impresión que se ha ido acrecentando con los años. Supongo que la mayoría de los escritores ha experimentado alguna vez la frustración de vislumbrar en el lugar menos oportuno una idea, una imagen, un verso… Lo que llamo el destello por su fulgor caprichoso y efímero. Sin embargo, para cuando se consigue plasmarlo ha perdido gran parte del polvillo iridiscente que lo hacía parecer especial. Yo, desde luego, en mi anhelo soy infinitamente mejor poeta y mariposa que la polilla resultante.

Observo en tus obras citas muy interesantes, además de una fidelidad a autores como Hugo Mujica, Roberto Juarroz o Rosario Castellanos.

Cuesta toda una vida encontrar autores de referencia que sigan funcionando como manantiales donde beber y espejos en que reflejarse. Lo habitual es que nos nutran durante una etapa de la vida en la que, como sanguijuelas literarias que somos, extraemos de ellos lo que nos hace falta, para luego dejarlos atrás. Pero hay autores que permanecen, que llegamos a interiorizar como de los nuestros. En mi caso, unos lo hacen desde el sentir herido o luminoso, como Alejandra Pizarnik, Antonio Gamoneda, Francisco Brines, Cernuda, Rosario Castellanos… Otros desde la insuficiencia del lenguaje que es necesario desmembrar para construirlo de nuevo, como Juarroz, Vallejo, Celan, Blanca Varela…; otros desde su anhelo de lo inefable junto con la exigencia expresiva, como Hugo Mujica, Juan de Yepes o Juan Ramón Jiménez. ¡Cómo no mantenerlos cerca! Lo que no implica cerrarse a nuevos hallazgos: no hay límites para el deslumbramiento.

Yo escribo la noche queda dividida en tres secciones: «Ello», «-S-» y «Ella». ¿Por qué así, y en ese orden?

Ya al verlo escrito todo seguido se aprecia que solo existen dos: el amor («Ello») y la mujer («Ella») que cuenta su historia desde la plenitud amorosa de los primeros poemas, pasa luego por la desolación de la pérdida en que «-S-» marca el desgarro de aquel plural que fue incendio hasta que se cerró en noche, para concluir en ese «Ella» de la tercera parte que busca la fuerza en la hermandad con ellas, todas las mujeres que lloraron, las mujeres de ojos tristes, las que tiemblan.

Dices en tu poema «Marca de espada» que «la patria de los hombres es su desolación». En palabras del director de cine Florian Henchel, «cada historia personal es un reflejo de lo que ocurre en el mundo». ¿Qué opinas de esta reflexión?

Cada persona ha llegado a ser quien es por la coincidencia de una serie de factores que marcan el lugar que ocupa en el mundo y su forma particular de mirarlo. Nos sentimos, opinamos y escogemos no por azar, sino como consecuencia de lo que somos, la cuna en que nos tocó nacer, la versión de la realidad que conocemos. Nadie puede vivir completamente ajeno a lo que le rodea y que pesa tanto como nuestra memoria personal. Yo hablo en este libro de la patria íntima; Henchel añade una dimensión social y universal de la que somos menos conscientes, pero que complementa la anterior de modo irrefutable.

Después de leer tu poema titulado «Algo de mí partió», me ha dado por pensar que los seres humanos nos pasamos la vida renaciendo, ¿no te parece?

Sí, también yo lo creo: estamos destinados a renacer una y otra vez, aunque siempre hay quienes no pueden más, como la propia Alejandra, y se rinden antes de tiempo. Las personas cambiamos de piel, de geografía, de amor, opinión, trabajo, de perspectiva vital y también creativa. Somos supervivientes de nosotras mismas, de cada fracaso, hundimiento y decisión que tomamos, de cada herida que nos causan. Así estamos construidos, con retales y cicatrices: el monstruo de Frankenstein c’est moi.

«Tampoco de ti más que la lágrima». ¿A la poesía no se le arrebata nada?

A la poesía se le arrebata todo. Los propios poetas cuando la negamos o utilizamos como medio y no como fin y también desde el exterior, cuando se la manipula y prostituye. Su fuerza, por lo tanto, reside en su capacidad de resistir, de mutar sin traicionarse para seguir existiendo.

¿Resulta más difícil escribir desde la herida? ¿Eres «Las dos Fridas»?

Para mí es muy difícil escribir desde otro ángulo salvo si busco la sátira, que también me gusta pero sabiéndola mero juguete que no mana de mi lado más oscuro, el más necesitado de la labor sanadora de la poesía. Debajo de todo siempre está el desasosiego, siempre el zarzal espinando aunque a veces arda y estalle en flores de alegría y pensamiento.

En esa línea se mueven mis dos Fridas, que no se oponen sino que se necesitan mutuamente. Soy una mujer frágil y resistente que se duele por casi todo y tiene tan fácil el desmoronamiento como las damiselas románticas el desmayo. Pero vuelvo a levantarme tras escarbar, hacer introspección, llenarme las uñas de tierra y raíces. Sin voluntad, a voluntad, hoja y viento, contradictoria pues creo que es desde la contradicción como el Yo se reafirma.

Varias veces nombras la palabra esperanza. ¿Qué piensas realmente de este sentimiento que, según declaró Julio Cortázar, «es el único que no es verdaderamente nuestro»?

Yo creo que la esperanza es el sentimiento más nuestro, solo que su cumplimiento no depende de nosotros. Es subjetiva, no racional. Por mucho que la razón y la evidencia de los datos nos demuestren su sinsentido, la esperanza es capaz de asomar entre los escombros y mantenernos en vilo. Y mantenernos en vida. Lo contrario sería insoportable.

Deseo concluir con el singular recorrido que haces por «la geografía de la pena» en tu poema «Cerrando astillas». No he podido evitar emocionarme al leer «Vuelve a morir Miguel desde Orihuela…». ¿Qué te condujo a este salvesequiempueda?

El poema evoca los momentos de plenitud a partir de que la esperanza se desmoronase en un dramático salvesequiempueda, a cuyo rebato aquello que fue fulgor, palabras, paisajes de la memoria compartida quedó ensordecido por el rugido de «los motores de la pérdida» y su lenguaje de destrucción: «vuelve a morir Miguel desde Orihuela», «le dieron el paseo», «le crecen gladiadores morituri en las lápidas», «se agotó en piedra y herejía», «Esta es la geografía de la pena»…

La enumeración de pueblos y ciudades como Valladolid, Zamora, Soria…, es decir, «todas las Baratarias en las que fui feliz», intenta reproducir emociones reales ligadas a lugares también reales, pero que funcionaban en cierto modo como esos territorios imaginarios donde nos refugiamos de lo que nos daña. Pero el daño existe, cada vez que encuentra un resquicio por donde atacar vuelve a morir un inocente en nombre de unos dogmas y muchas cobardías. En este caso y como símbolo, Miguel desde Orihuela.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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Cultura

Los primeros del XXI

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

Aunque nacidos a finales del siglo XX, los poetas seleccionados por Miguel Munárriz para formar parte de Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997) deberían ser calificados, en rigor, como los primeros del XXI, que es, por cierto, el título de su prólogo. Porque es en este siglo donde han cobrado forma, a partir de la publicación de sus respectivas óperas primas o tan sólo de sus versos iniciales, pues no todos han llegado a ver ya editada su primera entrega. 

Aunque Munárriz no lo indica en la cubierta, todos los poetas de su florilegio son asturianos. Por lo mismo, todos son españoles, de ahí que se les incluya en antologías nacionales como Nacer en otro tiempo: antología de la joven poesía española. Y por la lengua que usan, salvo excepciones, del inmenso territorio de La Mancha, que tiene, como es bien sabido, al menos dos orillas. Más allá, a la poesía le importa poco la procedencia de sus practicantes (o su género), si bien uno ha venido defendiendo que algo (o mucho) del paisaje y del paisanaje de un determinado lugar, de su cultura tradicional, se acaba fijando en nuestra manera de decir. De ahí al absurdo nacionalista media un abismo de sentido común que sólo los iluminados traspasan.

En sentido laxo, por el mero azar del sitio en el que uno ha nacido o ha estudiado el bachillerato (por decirlo con Max Aub), no es ningún disparate adjetivar la poesía y por eso hablamos de poesía extremeña o canaria sin rubor, y hasta de mexicana o argentina, a sabiendas de que sí pero no, pues la lengua común que empleamos está muy por encima de esa engañosa terminología geográfica. Así y todo, se puede afirmar que la poesía escrita por asturianos a lo largo del siglo XX y lo que va, y de qué manera, del XXI, es ejemplar y en ella descuellan algunos nombre señeros. Uno de ellos es mencionado por la inmensa mayoría de los nominados. Me refiero a Ángel González. En su introducción, «Los novísimos del XXI», Munárriz lo cita. Para los promotores de Luna de abajo (más que una editorial), «un nombre que se confunde con nuestros sueños y nuestras biografías», «bandera» de la poesía de la experiencia que aquellos tomaron, igual que casi todos estos, como modelo. Luego enumera a algunos de los poetas de esa estela. Entre los más conocidos (y ortodoxos), Víctor Botas, José Luis García Martín (que pasaría también por «poeta extremeño»), Fernando BeltránJavier Almuzara o Juan Luis Piquero.

Que otro mencionado a menudo sea García Martín, impulsor de tertulias y otras empresas literarias y editoriales del Principado, es determinante a la hora de señalar a la poesía figurativa como eje de las poéticas de no pocos de estos jóvenes que le tienen, además, por descubridor y maestro. ¿Y quiénes son, digámoslo ya, los poetas del momento incluidos en la muestra? Pues, en orden cronológico, Sergio C. Fanjul (1980), Pablo Núñez (1980), Fruela Fernández (1982), Carlos Iglesias (1983), Rodrigo Olay (1989), Ruth Llana (1990), Sara A. Palicio (1991), Mario Vega (1992), Miguel Floriano (1992), Lorenzo Roal (1992), Xaime Martínez (1993), Candela de las Heras (1994), Dalia Alonso (1996), Óscar Díaz (1997) y Rocío Acebal (1997). Aunque la comparación con los del Club del 27 sea desproporcionada (cuando menos todavía), Munárriz anota que la mayoría son profesores de literatura. 

Cada poeta (del que se incorpora un retrato fotográfico que da prestancia y belleza al volumen) responde a un interesante cuestionario que consta de siete puntos y que contribuye a sustanciar la compilación. El primero pregunta por la definición de poesía. Los demás se interesan por las primeras lecturas y los primeros pasos poéticos, por el sentimiento de pertenencia a un lugar y a una generación (hijos de la Asturias de la reconversión), sobre lo que han aprendido de la poesía y cuál sería su poética. Por último, se solicita una breve biobibliografía. A la fuerza, cabe añadir, si tenemos en cuenta sus edades. 

Tras algunas elucubraciones líricas que llevan al antólogo de NabokovPercy B. Shelley pasando por Dámaso Alonso y algunos de los elegidos, aquel concluye: «Todos los autores de esta Antología son hijos de su tiempo. Son modernos en el sentido en que Hermann Bahr deseaba como el único deber en la vida; pero ser moderno no es otra cosa que ser actual y contemporáneo. Y todos estos poetas de fin de siglo lo son». Mientras leía, según costumbre, he ido tomando notas acerca de cada poeta. Vamos, de la lectura de sus poemas (algunos inéditos) y de los cuestionarios. Confieso que siempre me ha molestado que en las reseñas de las antologías se hable de unos y no de otros. A riesgo de resultar pesado, mencionaré a los quince.

Por seguir el orden, Sergio C. Fanjul, el mayor, uno de los más atrevidos y con más sentido del humor, moderno a ultranza, provocador y desenfadado, destaca que «más que interesarme la poesía, me interesa lo poético». Y que «su utilidad, más allá del placer íntimo, es nula». Defiende —una norma general— los premios (no pocos proceden del Asturias Joven). Entre sus poemas, destacaría «El desencanto»: «nunca lució/ el sol aquella década». En «Manifiesto freelance» leemos: «Nos importa una mierda el futuro». ¿Su peligro? La ocurrencia, porque inventiva tiene a raudales. 

Más templado, Pablo Núñez cree que la poesía es idea más emoción. Forma parte del equipo figurativo. Como tantos, destaca sus inicios en la tertulia Óliver, de JLGM. Es uno de los coordinadores de la revista Anáfora, que está en el centro de la pujante poesía asturiana (y española) del momento, y, con Carlos Iglesias (otro del grupo), editor de Siete mundos: selección de nueva poesía, antología de poesía asturiana joven. No es la única: Maremágnum ediciones (otro reciente proyecto made in Asturias) publicó Mucho por venir: muestra consultada de poesía asturiana (2008–2017), donde ya estaban algunos de estos poetas. Remito al lector curioso a las reseñas que hice de sus dos libros publicados, Lo que dejan los díasTus pasos en la niebla

Fruela Fernández anota que «la poesía no es, la poesía hace». Apuesta por el humor. Y por el «potencial de la tradición popular» (basta con leer su libro Folk). ¿En sintonía con la poesía de Juan Carlos Reche? Entiende la escritura como «ejercicio espiritual» (en la línea de Hadot): «una forma de ejercer y de dar forma a la propia moral», algo que se aprecia en los poemas inéditos.

Carlos Iglesias cita a Leonard Cohen (Premio Príncipe de Asturias) y, como tantos del conjunto, a Luis García Montero. También a cantautores, lo que le une a poetas de una generación anterior: la de los ochenta. «Sigo leyendo y escribiendo poesía para encontrar mi propia forma de estar en la vida». La suya se caracteriza por la desnudez, el despojamiento y la transparencia. Muy minimalista, oriental y silenciaria en los últimos tiempos. Ha reunido su primera poesía en El peso del silencio. Su ópera prima se tituló El niño de arena.

Rodrigo Olay acaba de conseguir, con su tercer libro, un accésit del Adonais. Es el prototipo del poeta–profesor, este sí, en sintonía con los del 27. Reconoce que siempre se ha sentido atraído por esa figura. Bueno, él dice doctus poeta, y es que se nota esa condición didáctica y docente. En las respuestas al cuestionario, por ejemplo, en una amplitud llamativa. Por precisión que no quede, ya digo. Para definir la poesía echa mano de Wordsworth, Coleridge, Auden u Ory, y recalca la importancia de las «lecturas de formación» hasta el punto de defender, sin empacho, que «quienes saben de poesía son más los filólogos que los poetas». Sus «eruditerías» sorprenden. Sin embargo, destaca el nombre de Blas de Otero y no el de Jorge Guillén. Otra predilección confesa: «las líneas figurativas», las «corrientes realistas». Este es más que un poeta que promete. En los inéditos leemos: «Y es dulce conmorir con quien se ama».

Ruth Llana es todo lo contrario en lo que a parquedad se refiere. Aludo al cuestionario. Colmado, ya que lo menciono, de nombres de autores y teóricos que, en su mayor parte, desconozco. Reside en Estados Unidos y su poesía (en prosa) es compleja y de peculiar sintaxis. Tampoco en esto se parece a Olay. Sí, el lenguaje es primordial allí. Fragmentación, collage… Y feminismo, otra de las claves generacionales.

Sara A. Palicio se extiende bastante a la hora de responder a las cuestiones planteadas por Munárriz. «Poesía —dice— es poner la vida contra las cuerdas». Prefieres centrarse en el verso, en el poema: «La realidad también vive en el poema». «Todo lo que tiene lugar en el poema tiene lugar. Sucede. Existe. Es realidad». «La necesidad de definir la poesía fuera del verso» le resulta «más agobiante que clarificadora, hasta el punto de que se me parece a intentar explicar los matices cromáticos sin utilizar el concepto de color». Llega a la poesía de la mano de los poetas ochenteros que, a su vez, la ponen en comunicación (otra constante) con sus maestros: los del 50, aunque no falten novísimos en el top de los más citados, como Luis Alberto de Cuenca o Eloy Sánchez Rosillo. Da mucha importancia a la imagen. Dice compartir con sus compañeros de aventura un «contexto» Poco más. Eso y el Asturias Joven y los encuentros veraniegos de Valdediós. Que todo lo aprendido de la poesía se resuma en un verso (digno) de Luna Miguel me confunde. En cada poema, tres elementos: «dolor, palabra, silencio». Dice: «Llevo atada al cuello la poesía. Me abraza pero también me ahoga».

Mario Vega, muy práctico, dice que lo que importa «es hacer buena poesía» y que haya un lector. «Siempre he entendido la poesía como un diálogo con el pasado». Cita a González y a Benedetti. A Gil de Biedma y a Fernando Ortiz. Se confiesa «profundamente crítico» en el «momento de la confección» del poema, pero «absolutamente acrítico con el poema acabado». Con sensatez, «busco escribir aquello que me gustaría leer, y para ello necesito cierta distancia». Y que le gustan sus poemas pero que detesta hablar de ellos. Por suerte, se defienden solos. «¡Aleluya!» y «Regreso», pongo por caso, dos inéditos me han gustado mucho.

Miguel Floriano, uno de los más inquietos personajes que conozco y promotor, ya se dijo, de la antología Nacer en otro tiempo (que editó junto a Antonio Rivero Machina), afirma que la poesía tiene «el color del misterio». Empezó leyendo novelas de aventuras y policiacas. Reivindica la «poesía de ideas» y, como en todos los jóvenes, su lista de lecturas es apabullante. Ningún autor le es ajeno. O casi. Está en contra de los «canónigos de la literatura». «Escribir poemas —anota— supone al fin y al cabo una nueva epistemología, la organización de un saber repentino […] en un discurso que no es proporcional, que no afirma ni niega nada». Luego añade: «Ignoro lo que la poesía es, pero sucede que ese desconocimiento recoge la génesis y el fundamento de la escritura». Cree, con Foucault, que «se escriben poemas para llegar a saber qué son los poemas». Tiene una buena relación con el espíritu. De sus inéditos, me quedo con «His last bow» (que termina: «No será tu placer el de la melancolía») y con «(Gnoseología)», en torno a la identidad, donde encontramos al más genuino Floriano.

Lorenzo Roal lo primero que dice es que no cree «que la poesía sea un misterio». Y añade: «Mucho más interesante me parece hablar sobre qué es buena poesía o para qué es buena la poesía». «Es la expresión máxima del ser humano», asevera. De sus primeros encuentros con ella: «serendipia pura». Como otros compañeros de viaje, la poesía de la experiencia (50+80) es su eje. Define a García Martín como «catalizador de la poesía de Asturias desde hace ya medio siglo». Es uno de los promotores de Maremágnum (como Rocío Acebal y el citado Vega) y activista LGTB. Para él, un poema es la «máxima expresión lírica con las mínimas palabras posibles». Pretende traer a la poesía de la experiencia, «esa tradición heredada», «la perspectiva queer». Como otros miembros de esta antología, tiene publicado un cuaderno en la gijonesa Heracles y Nosotros. No ha publicado todavía su primer libro. Me han gustado sus poemas «Epigrama a un Góngora actual» y «Post Data».

Xaime Martínez es uno de los poetas más reconocidos del florilegio. Con su libro Cuerpos perdidos en las morgues logró el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2019. Con Fuego cruzado, había conseguido también el Antonio Carvajal de poesía joven: de ahí que aparezca su nombre en varias antologías de poesía española (y asturiana) reciente. Es músico, además. Piensa que la poesía es «pensar desde el ritmo (¡no hacia el ritmo!)». Se confiesa tan influenciado por los cantautores como por Anne Carson (de la que aprende acerca de la «narratividad del texto poético»). Prefiere no redactar una poética: «es un tigre muerto en una selva imaginaria». No deja de resultar llamativo que se haya decantando por la escritura en asturiano. Hay dos poemas en su selección que nos desvelan el nuevo camino.

Candela de las Heras, nació en la ciudad asturiana (aunque esté fuera del mapa autonómico) de Benidorm. Lo digo porque puede que sea el destino turístico preferido por nuestros queridos norteños. Para ella, «la poesía es una imagen, un espacio personal que mira hacia dentro y hacia fuera», «un refugio de coordenadas fijas en un mapa». En sus orígenes, María Victoria Atencia y Blanca Varela. Y entre sus influencias poéticas, la música y el cine, un rasgo generacional. Insiste en la cuestión del género: «Es importante, como mujer que escribe, situarse dentro de una tradición oculta, invisible para el canon». Aunque no comparto la última parte de la frase, respeto su opinión. «Deseo una poesía telúrica, carnal, devuelta a la mística de sus orígenes», escribe. Concibe la poesía como «un elemento capaz de arrojar luz», que me parece una preciosa descripción. «Como un descubrimiento». Es codirectora de Anáfora. De sus poemas, me atrae su aire epigramático. «El único misterio es lo mundano/ poseyendo cada centímetro,/ cada milímetro de nuestro cuerpo», leemos. Aporta muchos inéditos y homenajea a Emily Dickinson, lo que siempre alegra.

Para Dalia Alonso, la poesía es «una forma de ordenar un mundo que me resulta, como poco, abrumador». Pesa en su poesía la griega clásica, pero no le hace ascos a Cavafis. Antes, Safo, Homero y los trágicos. De la lírica destaca su «delicadeza». «Orfebrería y brillantes. Romanticismo», escribe en su poética. Cita a Aurora Luque (imposible obviarla si tenemos en cuenta sus preferencias). Me llama la atención su lenguaje, como de otra época.

Óscar Díaz no es el único que cita a san Agustín, «la celebrada contestación que dio […] sobre qué era el tiempo, mutatis mutandis: ¿qué es, pues, la poesía? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». Su historial de lecturas, periodo a periodo de su vida, es a-pa-bu-llan-te. ¡Quién dijo Mallarmé! Qué método. No es extraño que sus maestros sean muchos y de lo más variado. Que su formación sea filosófica explica algunas cosas. Sí, se considera «constante». Y sin «ansiedad al trabajo». Presume de su «obsesión por maximizar el tiempo». A los cuatro años le dictó un cuento a su tía. Como es lógico, a los diecisiete ganó el Premio Félix Grande, aunque el libro lo había escrito con catorce. «Quiero que me llamen recolector», reza en su poética. Como a Dioscórides o Diógenes, matiza. Es el autor de un libro que me impresionó cuando lo leí: En el principio era América. Y de El sentir: poemillas del ahora. La filosofía, ya se insinuó, tiene una gran importancia en sus poemas.

Rocío Acebal, a pesar de su edad, es también de sobra conocida para los lectores habituales de poesía. Con Hijos de la bonanza se alzó con el Premio Hiperión. Ya había publicado Memorias del mar. Poesía es, para ella, la «búsqueda de la palabra precisa». En el principio González y Gil de Biedma. Luego fueron llegando más: la bilbaína Figuera Aymerich, la norteamericana Dickinson, el ovetense Botas, el madrileño Luis Alberto de Cuenca… Defiende el uso de la ironía. El manejo de la palabra con «precisión y astucia». Otra definición de poesía: «una forma de diálogo». «Lo más enriquecedor posible». Concreta: «el poema solo es tal para mí, cuando puede ser comprendido». Se considera una ávida lectora. No publica en la muestra ningún poema inédito. Algunos podrán leerse pronto en la revista Suroeste.

Termino. Con una paráfrasis bíblica que tiene mucho que ver con la labor desarrollada por el profesor, poeta y crítico José Luis García Martín: quien siembra lectura, cosecha poesía. Y de la buena, que es lo que importa. Como lector —no sé si tan voraz como la benjamina Acebal—, me congratulo por esta exhibición de joven talento poético. Con sus luces, sobre todo, pero también con sus sombras. Ya lo dijo el sabio Steiner: «Hay errores que se deben cometer en la imprudencia de los comienzos». En todo caso, como ha dicho Juan Bonilla en su memorable poema «Los poetas malditos», estos jóvenes «vallejean, gildebiedman, gamonedan» y uno, como él, les envidia por su «ciega confianza en que escribir/ es un modo de engrandecer la vida// la confianza ciega en que vivir / no es nada/ si luego no nos sirve/ para caer de bruces/ en un poema».


Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980)

Cursillo de origami

cada vez que te veo pienso en papiroflexia

te doblas sobre ti misma
y vuelves convertida en otra cosa
pájaro, mar, residuo radiactivo,
terremoto, pétalo que muerde,
sangriento mousse de leche

consulto mi sismógrafo:
por ejemplo, ahora estás furiosa
pero ahora, en cambio,
te acercas y me coges de la mano
con la fuerza justa

para dar muerte a un gorrión

(De Inventario de invertebrados)

Pablo Núñez (Langreo, 1980)

Lecciones

No saben más que tú. No hagas ni caso.
Esos que quieren dar siempre lecciones,
que aseguran que vas
haciéndote mayor para ser padre,
que es imparable el tiempo,
que obrar como ellos dicen justifica
una vida; los mismos, tan estrictos,
saben que a veces tardan en conciliar el sueño,
preguntándose qué hacer
y arrepintiéndose de tantas cosas.
Solo quien te escucha y duda
tiene algo valioso que decirte.
Así que ya lo sabes: tú, ni caso,
equivócate solo,
haz lo que Dios te dé a entender,
y empieza, por ejemplo,
por olvidar sin más estos consejos.

Fruela Fernández (Langreo, 1982)

Este cuerpo que arranca yerba
también morirá

Lo ve en los cachorros dormidos hacia el Este
las naranjas que se encogen marrones
el jacinto que desborda la verja

No dará el calor de la leña que gasta
—la lenta, la de encina—
sino más ceniza que el papel donde escribe

El sol no le hace ascos,
tan bendito,
cuando mueve su olor por los parterres

El mundo es la perla del ojo
o el ojo
es toda la perla,
pregunta

El que cava aún no yace
y él cava
y cava

Pero las demasiadas estrellas
seguirán estirando su manta
cuando ya no le sirva

(Inédito)

Carlos Iglesias (Oviedo, 1983)

Tercer aniversario

in memoriam Regina Suárez Fernández (1928-2017)

Tu recuerdo otorga peso
a todo aquello que aún vibra
más allá del aire:

la estremecida nana
de los camiones en la noche,

el secreto dulzor de la saliva
al morder una cereza,

tu voz desgranando el eco
de los vivos y los muertos,
como quien eleva al cielo
una plegaria o un rezo;

mi infancia que hoy perdura,
cobijada entre tus brazos,
desafiando al tiempo.

(Inédito)

Rodrigo Olay (Noreña, 1989)

La víspera

La respiración lenta,
tan densa como el miedo, tan profunda.
Las vendas que escondían su mano, su antebrazo.
El gesto rígido.
La frente enfebrecida.
La silla de mi madre junto al lecho.
La habitación en sombra.

Lúcida como la desesperanza,
mi madre, muy despacio, la besa en la mejilla.

-Esta tarde comprad camisas blancas.

(De La víspera)

Ruth Llana (Asturias, 1990)

Καθηγητής Οικονομικών

Las dos igual en una simetría infeliz en paralelismo crucificado; ves y no ves su gesto su demolición, su paradigma quieto de cosa tenue de cosa desmedida. Ves y no ves tus tres marcas gesto de caín ropa de caín, tu amoratada. Tu príncipe ves y no ves tu mujer tu hermana no ves y ves, en el desmesuramiento filtración a través de las palmas porque palmas hacia arriba palmas hacia abajo, palmas gesto acércate sin miedo. El dorso de la mano sin embargo, el dorso de la mano, donde la calcinada donde el ruido atroz la marca en la piel los gestos de caín los cabellos de caín tu enfantasmada. Con quien tengas hijos te deje embarazada heredará ojos que vengan ojos que vienen hacia aquí en la ternura de la bisagra por el elemento que traspasa el agua corre y el pájaro canta

(De Umbral, 2017)

Sara A. Palicio (Langreo, 1991)

Poema de Sofía surcando los años

Y siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso. 

José Agustín Goytisolo

A través del tiempo me esperas, 
Sofía, 
cuando todo lo que tienes por cuerpo 
es ese nombre que tantas veces oirás 
de tantas bocas y yo pienso en ti 
y en lo que aún no somos 
capaces de imaginarnos porque estás 
surcando los años. Pero es preciso 
que sepas que escribimos la historia 
del tiempo que viviste sin saberlo 
para que seas la primera 
en llegar antes a su propio mundo. 
Aquí casi todas las mañanas amanece 
—aprenderás pronto a encontrar lo cotidiano— 
y debajo de los años se dejan ver algunos días. 
La luz va creando poco a poco las cosas 
para después deshacerlas. Mientras, 
del balanceo de las horas nace el tiempo. 
Fuera de tus ojos el mundo se multiplica: 
muchos infinitos hacen un universo. 
O algo así me han contado. 
Nunca se puede ser más pequeño 
que cuando aún no se ha nacido. 
Son cosas que sabemos con el tiempo. 
Olvidaba decirte que la vida 
a partir de ahora dispone: 
nunca podrás ser más pequeña que este poema.

 (De Las costumbres vacías, 2015)

Mario Vega (Oviedo, 1992)

Epitafio de un poeta

Tantas veces pisé las tierras brumas
y atravesé las apretadas mieses,
los ateridos mares
y la remota arena del desierto.
En tantas ocasiones dije arder
al otro lado del espejo, tantas
hice de la palabra mi mortaja
volviendo del abismo
para así relatar viejas historias
de tiempos por venir.
Tantas veces probé en la veloz noche
el placer de su búsqueda
—o quizá fuera ella en busca mía—.
Tantas veces charlamos junto al fuego
que creí comprenderla.

Ahora vuelvo a entrar
en su austero palacio.

Nada de esto resulta conocido.

(De La mala conciencia)

Miguel Floriano (Oviedo, 1992)

Debilidad del método

Aún sin la presencia de la luz
que redima los días indistintos,
pongo obstinadamente
rumbo al pensamiento,
único no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.

Cualquiera te diría que no es este el camino.
Ficción sobre sí misma proyectada,
a saber: el poema,
el vicio de creer o de vivir los nombres.
Desconozco el engaño. Solamente
recojo todo aquello que no existe
y le entrego una forma que el tiempo no castigue.
Habiéndote perdido soy el Otro.
Habiéndote perdido soy el mismo.
Nuestros cuerpos y su historia
—historia de piel sabia, de actos vivos—,
herida a cada hora más pequeña y dócil
y que ya no podré abrir otra vez.

No amanece aún ni lo hará nunca
en este no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.
Cualquiera te diría que no es este el camino.
Digo todo pero es nunca.
Así para olvidar otro mundo nos cedo,
la materia y la envidia.

(De La materia y la envidia)

Lorenzo Roal (Oviedo, 1992)

El Arte

Invierno y en la cama, los dos juntos
llevábamos mirándonos
unos cinco minutos intentando
descubrir los detalles que la luz de la lámpara
tímida dibujaba en nuestros rostros.
Y entonces se me vino a la cabeza
escribirte unos versos.

Golpeteo mis dedos en tu espalda
un nuevo endecasílabo.
Me miras y mi cara se ilumina,
me levanto y comprendes
—el aire congelado golpea nuestros cuerpos—
y al fin encuentro el lápiz y el papel
Te miro.

—Qué es el Arte?
Y tú en tono jocoso me respondes:
—El Arte es cuando el frío te acuchilla
y en lugar de ponerte algo de abrigo
decides expresar lo duro de la Vida
en verso o en canción o con pintura
—los dedos ateridos, el cuerpo tiritando—
y Aquí: otro poema.

Xaime Martínez (Oviedo, 1993)

El cuchillo

En la breve veintena que he vivido
no hice nada en verdad muy reseñable.
Soñé un par de poemas y lo amable
que ellas tienen lo amé con fiel descuido.

Tiré si tuve tiro y tirité
si amor me quiso títere en su juego.
Quise saltar la hoguera y solo he
traído leña nueva al viejo fuego.

No sé si en este oscuro barroquismo
habrá alguna verdad, pero sí intuyo
que encontraré el cuchillo del que huyo

oculto en mis poemas y en mí mismo
y que habré de rendirme al postrer día
y decir lo que hoy calla la ironía.

(De Fuego cruzado)

Candela de las Heras (Alicante, 1994)

Little Girl Blue

A C.

Te vi crecer, aunque no te conocía.
Vi tus andares frustrados, tus pies arrastrándose por
la gravilla.
si bien es verdad que jamás me fijé en ellos.
Pasaban desapercibidos, al igual que es imperceptible
la huella del paso del tiempo en aquello
que vemos todos los días.
La mimosa, los ladrillos rojos, el asfalto tan duro,
la valla verde, el prado inmenso,
el perro guardián, las ovejas cautivas,
los higos heridos de muerte en el patio del colegio.
Todos ellos, como yo, te vieron crecer,
sin darse cuenta de que muy pronto querrías morir.

Me daban miedo.
No sabía por qué, jamás pude preguntármelo.
Y es que los juicios de los infantes son a primera vista,
pero duran siempre y
ni la redención de la muerte es capaz de cambiarlos.
Sin embargo, no tienes poir qué preocuparte.
¿Qué suerte la tuya?
Como le sucedió a tu adorada Janis,
alguien ha hablado de ti sin conocerte.

(De La senda recorrida)

Dalia Alonso (Gijón, 1996)

Poética

Si entonces lo hubiera sabido −

«Los dioses solo otorgan una noche
y un himno de nostalgia por esa única noche.» Aurora Luque

que aquellas manos sin valor
serían más tarde el fruto que Tántalo una y otra vez intenta alcanzar,
que a cada hora resucitaría en mi cuerpo la cuerda frotada de su cuerpo.

Deliciosos son
los primeros acordes del deseo y las tentativas originales
de un eros agraz.

El barquero pone un alto precio, pero todos consentimos pagarlo: por conjurar sobre el poema
el perfume denso del primer amor, todos los demás afectos.

(Del libro inédito La Divina)

Óscar Díaz (Langreo, 1997)

Del regalo de la escritura

Hay quien su oficio halla en falsificar
y asiste a una reunión donde resulta decisivo
su mundo, colocad un anillo y retiradlo
al fuego de los días.

El mar no significa nada
después de descubrirlo
y, sin embargo, dura;

no, tampoco aquella montaña
significa nada
y, sin embargo, dura.

Que no cambien las cosas que aparecen
si de aquí he de extraer algún motivo
para escribir ya sin las cosas,

pensar, así, ya sin las cosas
acogido por una ciencia joven
la ciencia de las cosas que se abstienen,
la ciencia de las cosas que campan a sus anchas.

(De En el principio era América)

Rocío Acebal Doval (Oviedo, 1997)

Hijos de la bonanza

Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras
y un huerto descuidado en la ventana;
mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés.

Conseguirás —dijeron—
mucho más que tus padres y sus padres:
estudia cuatro años y tendrás un trabajo,
trabaja y vivirás siempre tranquila;
trabaja y serás digna de un futuro.
Asentí, como todos —hijos de la bonanza—.

No atendimos a aquel presentimiento
aquel olor a pólvora que asomaba en voz baja
como un eco de angustia a puertas de palacio.

De aquel país ajeno a las fronteras
solo guardo el recuerdo de la luz
y una aversión a la palabra patria.

(De Hijos de la bonanza)


Los últimos del XX. Antología de poesía (1980-1997) - Luna de Abajo,  editorial asturiana
Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997)
Luna de Abajo, 2021
244 páginas
19,90 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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