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Cultura

Notas de un nuevo diario /1

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/ por Avelino Fierro /

15.1.21.- Otro día en marcha sin remedio. Todavía luz noche; sólo vislumbro las farolas lejanas de la urbanización de Las Lomas y la ventana de mi amigo el solitario. He comenzado a leer Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró. Me he detenido unos instantes en la lectura porque han tirado de mí algunas imágenes y momentos del mediodía de ayer. Sí, llegué de la oficina un tanto tarde a casa. Estuve al otro lado de la ciudad, cruzando el río, en la Transjordania, como decía un amigo de la pandilla hace tropecientos años. Nosotros éramos de una barriada que queda al norte y en éste no nos prodigábamos mucho, salvo algún domingo en que lo atravesábamos para ir al cine a Trobajo, donde ponían películas para mayores y no había impedimento a que un grupo numeroso como el nuestro, comandado por un rapaz que no había cumplido los dieciséis, ocupase las localidades baratas de los bancos corridos de la sala. Allí vimos las pelis de Fu Manchú y entrevimos algún pecho de mujer. Ayer volví a esa zona; estuve en las oficinas de una sucursal bancaria, entretenido más de una hora, hasta el cierre, hasta que llegó la señora de la limpieza, cancelando unos fondos de inversión que tenía mi padre. ¿Qué se le habría perdido en aquella oficina? ¿Sería esa manía siempre suya de la discreción, el que nadie en su barrio se enterase de sus economías? Llegué tarde a casa —iba diciendo— y encontré a Mar reposando en el salón mientras veía en la tele un Don Giovanni de buena factura.

Desde que hace unos días Cecilia (estuvo en la ciudad para la inauguración de su exposición de fotografías, quedándose en nuestra casa) la convenció para darse de alta en Filmin, está encantada, manejando y escudriñando desde su móvil el fondo de armario de esa plataforma de películas y entretenimiento.

Yo consulté en el ordenador el índice de Scherzo, la revista de música. Llevamos con esa suscripción treinta y cinco años. En situaciones así, la eternidad ya no parece a veces tan desmesurada. Fui a buscar el ejemplar en papel. El dedicado a esa ópera es el número 18, año II, octubre de 1987. En la portada aparece una fotografía de Carlos Kleiber, que visita ese año el Festival de Otoño de Madrid. Al dosier lo han titulado «Doscientos años de Don Giovanni»; el 29 de aquel otro octubre se había estrenado en Praga. Veo que mi lectura de la revista está acompañada de algunos subrayados a lápiz. En la primera hoja encuentro algo insólito: «Ramiro de Maeztu documentó su estudio sobre el personaje con un romance de Riello, localidad de la provincia de León, en el que quedan ya perfectamente recogidos los dos mitos aludidos: “Pa misa diba un galán/ caminito de la iglesia;/ no diba por ir a misa/ ni pa estar atento a ella,/ que diba por ver las damas/ las que van guapas y frescas”».

Me ha venido como un zurriagazo el pensar en Chema H., amigo, el más furibundo e instruido leonesista que conozco, natural de ese pueblo, y que ayer mismo enviaba por WhatsApp a todos los móviles del mundo occidental el enlace a una noticia, en la que una gestora o comisión o asociación cultural o grupo de amigos presentaba una estudiada moción con memoria económica a favor de la autonomía provincial. Este episodio filarmónico y mozartiano, que no conocerán, me parece uno de los más valiosos que podrían exhibir esos correligionarios. Buena gente, pero con todo el peligro de los provincianismos ilustrados. Además, cada vez que les da un fervorín quieren recuperar no sé qué dialectos fosilizados o te plantan una escultura horrorosa y urbana de algún bruto de aquella realeza de hace más de mil años, con la que te tropiezas a cada paso. Y no digo que no tengan motivos para lloriquear por las afrentas de los gestores de la comunidad autónoma, que llevan tiempo con sus injusticias y torpezas, repartidas entre graves ultrajes y pellizcos de monja.

Seguí leyendo mis subrayados: «Don Giovanni es el hedonista en estado puro, el arquetipo sin paralelo del estadio estético kierkegaardiano». «En suma, y a pesar de grandes don Juanes bajos como Pinza o Siepi, lo más apropiado es un barítono no demasiado oscuro con graves sólidos. Brownlee o Stabile podían ser ejemplos bastante conspicuos». «[Leporello] Antes que un barítono como el Don, un bajo cantante con habilidades histriónicas y facilidad para modelar lo bufo —es un heredero de los antiguos criados napolitanos— sin caer en excesos. Salvatore Baccaloni sería un ejemplo perfecto». En las recomendaciones de la ópera grabada destacan las de Klemperer o Bohn o Giulini. Esta última es la primera que compré y la que me parece la canónica, por cierta manía, porque es la que he venido escuchando con más frecuencia. Tengo otras varias, para ver al alabado Cesare Siepi o a otros don Juanes. Luego perdí un buen rato escudriñando la lista interminable de grabaciones que venían en la revista. Podría decir que no fue tiempo perdido, que compensó la pesquisa el comprobar que allí no estaban algunas de las mías, como esa que tengo de Frequenz, del 95, con Giulini dirigiendo, Ghiaurov como Don Juan y Alfredo Kraus como Don Ottavio. Se me alegraron las pajarillas, me sentí orgullosín. Aunque estas alegrías sólo sirven ya para cuatro pavos que vivimos pendientes de esos fastos del pasado. Hoy ni siquiera es posible encontrar comercios donde comprar discos de música clásica; el personal vive enganchado a los espotifáis de turno, a lo que encuentra o te venden en la Red.

La versión que estaba en esos momentos en la tele, y que vi a retazos (me acercaba cuando oía algún aria que quería cantar con los actuantes: Dalla sua pace, Or sai chi l’onore, Mi tradi, el catálogo…) era una grabación de 2010 del Festival de Glyndebourne. No conocía a ninguno de los cantantes, que me parecían correctos, salvo el Comendador, quizá porque ya lo escuchaba sin atención, cansado como estaba y con ganas de echar la siesta: eran más de las cinco de la tarde.

He dejado la revista musical en su estante, tras volver a colocar el cuadro de Cristóbal Hall que tapa esa vitrina desde hace unos meses. Allí está —depositado por Fernando— ese lienzo proveniente de la testamentaría de sus padres, confiando en que yo le busque acomodo en alguna institución o museo. He vuelto a la lectura. Ahora está amaneciendo. La luz es como la de ayer, hermosa y anaranjada. Quizá se deba a que los ácaros del puto virus, que también van muriendo por millones y millones, ascienden hacia el cielo y coronan así con esos reflejos el firmamento al fundirse con los primeros rayos de sol. Del libro no entendía ayer nada del prólogo, en el que aparece el Támesis, ese dios pardo y fuerte en los versos de Eliot y los buscadores de pecios, los mudlarks. Pero ya en las primeras páginas del diario de 2006, la crónica del derrumbe del Vip’s de la calle O’Donnell en Madrid me ha entusiasmado.

Y también la descripción de otros cafés high society madrileños. Y de más sitios pijos: «Nos queda Embassy y sus marqueses airados tras el latigazo de seis cócteles de cava». Y los inicios del narrador como mendigante periodístico en compañía de V. Puig y otros amigos.

He ido a ver la foto del autor y el texto de la solapa, y leo que en 2018 publicó Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida en esta misma editorial de Libros del Asteroide. No he debido hacerlo, pero no ha sido pecar demasiado y al menos ya tengo claro que no estamos tratando con un tipo de bigote fino, blazer y pañuelito al cuello a lo González Ruano. Pero describe como él, divinamente, esos tugurios elegantes y trasnochados, ese mundo enmohecido de escopeta nacional, hijosdalgo venidos a menos y algún personaje austrohúngaro.

El libro ya lo había visto en manos de Malabia en la librería de Leo, un sábado que pasé a saludar mientras me dejaba caer hacia los barrios bajos. Otro día leí una reseña de García Martín. Anteayer estaba en lo alto de un rimero en la librería de Paco. Era la tercera vez que me ponía ojitos y tuve que comprarlo.

[EN PORTADA: dibujo de Alicia Gaya, por Cristóbal Hall]


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018), todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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Cultura

El lado oscuro de la literatura de naturaleza

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/ por Richard Smyth /

Artículo publicado originalmente en New Humanist el 20 de junio de 2018, traducido del castellano por Pablo Batalla Cueto

Hay una serpiente en nuestro Edén. O, mejor dicho, nuestro Edén es la serpiente: sutil, tentador, lleno de falsas promesas, invitándonos a la ruina. La tierra que habitamos ya no es verde y deleitosa, pero, buscando a tientas el camino de regreso hacia el paraíso, corremos el riesgo de abrir una puerta a la distopía. El paisaje de la literatura moderna de naturaleza está embrujado de espectros del fascismo.

En su muy influyente libro H de halcón, Helen Macdonald describe una manada de ciervos en una pradería cerca de la casa de su madre. Un hombre de mediana edad que pasa por allí le comenta: «¿No le da esperanzas?».

—¿Esperanzas?

—Sí —dice—. ¿No es un alivio ver que hay cosas que siguen siendo así, que todavía se puede encontrar un pedazo de la antigua vieja Inglaterra, a pesar de todos estos inmigrantes que están viniendo?

La antigua vieja Inglaterra: una tierra verde, pero también, por supuesto, una tierra blanca.

En febrero de este año, una encuesta pública para identificar «el libro de naturaleza favorito del Reino Unido» colocó en segundo lugar Tarka the otter [Tarka la nutria], una novela rural de Henry Williamson, de 1927. No tiene importancia, por ahora, el pánico reaccionario del cofinalista El viento en los sauces, ni las ideas de género del tercero en discordia, Common ground [Terreno común], de Rob Cowen. Williamson era nazi: ruralista, naturalista, ingenuo, solitario, pero nazi, admirador ferviente del «gran hombre al otro lado del Rin» y afiliado a la Unión Británica de Fascistas de Oswald Mosley. Esto no es una primicia: la carrera de Williamson después de Tarka estuvo determinada por las súplicas de sus editores de que abandonara «la cosa política» y regresara a la ribera del Devon. Lo que vale la pena mencionar ahora es el silencio relativo que existe en torno a estas simpatías fascistas en un momento en el que la intensidad del escrutinio público de las artes y el entretenimiento ha alcanzado un pico generacional. Tarka se salva. A la literatura de naturaleza se le presupone la rectitud.

Williamson no era en absoluto el único fascista activo en el movimiento organicista de regreso a la tierra de la posguerra: entre sus figuras más descollantes se encontraban Jorian Jenks («En todos los países en los que la bandera fascista se ha alzado, los hombres del campo han recuperado los derechos que les habían sido arrebatados en una era de degeneración nacional») y el vizconde de Lymington («En toda gran ciudad hay una hez de población subhumana […] Muchos son extranjeros […] Estos inmigrantes han invadido los barrios marginales y también los acomodados»). Podemos desdeñar este ala del ecologismo británico como una aberración, pero, si lo hacemos, estaremos ignorando la persistencia de sus tropos clave entre ciertos elementos del naturalismo moderno.

«Hay una veta muy inquietante en el movimiento neofolclórico-paisajístico de la Inglaterra de los setenta; aquel magma de El hombre de mimbre, Cuando las brujas arden, la Albión perdida…», escribe el escritor y periodista Owen Booth. «Es muy masculino, muy blanco, muy hetero y algo más que vagamente fascista». Piénsese, por ejemplo, en la cuenta de Twitter @Sherwode_Forest («el auténtico espíritu de Inglaterra»), cuyos más de mil seguidores son manguereados diariamente con un chorro venenoso de neonazismo, antisemitismo y memes ultraderechistas, intercalados con tuits sobre el cambio climático y la pérdida de los setos. Es importante tener en cuenta que la yuxtaposición no es fortuita: la visión emotiva es aquí una Inglaterra verde hormigonada para construir viviendas para los inmigrantes y una raza inglesa amenazada existencialmente por los no blancos (@Sherwode_Forest recibió con extrema preocupación la noticia de que un análisis de ADN del hombre de Cheddar, el esqueleto británico completo más antiguo, había revelado que los primeros britones modernos —que vivieron hace unos diez mil años— tenían piel «oscura a negra»). La mayor parte de los seguidores de la cuenta son cotorras ultraderechistas de una subespecie u otra, pero entre ellos hay también activistas o escritores respetables de tendencia verde. Podemos suponer que ello se deba a la autocomplacencia y la falta de atención: «Nadie que luche por los bosques puede ser malo, ¿no?», piensan tal vez justo antes de clicar el botón de seguir. La presuposición de rectitud, una vez más. El bosque proporciona una hoja de parra para tapar las vergüenzas de los más nauseabundos bulos nazis. Los fascistas aplican el greenwashing no menos que las empresas.


De muchas de estas cosas puede trazarse una genealogía que las conecte con el ruralismo de derechas de Williamson y compañía, pero está en la naturaleza misma del ecologismo el ser lioso, y hay varias otras rutas que en la historia del ambientalismo conducen al mismo lugar siniestro. Desde la radicalidad misántropa de la ecología profunda de los ochenta, por ejemplo, Edward Abbey escribía, à la Trump, sobre cómo inmigrantes «cultural, moral, genéticamente empobrecidos» obstaculizaban sus esperanzas de una «sociedad espaciosa, con poca gente y hermosa —¡sí, hermosa!—» en Estados Unidos.

En su ensayo Los límites de la utopía, el escritor de fantasía y activista China Miéville escribe: «Se empieza con dicotomías como rural contra urbano, naturaleza contra sociedad, y se acaba uno convirtiendo en cómplice del poder opresivo, y más aún, de la injusticia ecológica, del racismo. La utopía urbofóbica puede hermanar al conservador nostálgico que busca consuelo en un parque nacional con el post-hippy más extropiano promocionando una eco-start-up».

Pudiera parecer que la literatura de naturaleza ha superado o trascendido como género el tipo de urbofobia nostálgica al que ha estado largamente asociada (con buen motivo; he aquí otra vez a Williamson, escribiendo sobre visitar Londres: «La civilización es accesorios de cromo, radio, amor con pesario, fajas de goma, permanentes […] La civilización es pan blanco sepulcral, ginebra y chistes homosexuales en los teatros de la avenida Shaftesbury. La civilización es ciudadanía del mundo y liberarse de la tradición»). Los nuevos literatos de la naturaleza se recrean en las tierras limítrofes y el campo no oficial; en los armatostes de las centrales eléctricas y los zorros muertos en las vías del tren. El género parece ocuparse ahora tanto del espacio rural como del urbano; adueñarse de Babilonia tanto como del Edén. Pero sólo hasta cierto punto. Lo urbano es válido allá donde se adecúa a la estética sublime. Allá donde no —allá donde produce smartphones (los escritores de naturaleza odian el smartphone), aeropuertos («no lugares», dice Tim Dee, decano de la escritura de naturaleza moderna), televisiones o turistas—, el interés se esfuma. Y muchas veces no es fácil distinguir la urbofobia de la misantropía. Las ciudades son, en cualquier caso, definidas por su populosidad: por la gente. Cuando un econihilista como Paul Kingsnorth, escribiendo en el Guardian, puede citar estas líneas de Norman Lewis —«Me interesa la gente que siempre ha estado allí y pertenece a los lugares en los que vive. A los otros no quiero verlos»— sin fruncir ceños, creo que es pertinente preocuparse por cómo y por qué semejante normalización del odio a la gente ha llegado a existir, y hacia dónde puede llevarnos tal posición. Escribiendo sobre el privilegio interiorizado en la obra del difunto padrino de la nueva literatura de naturaleza Roger Deakin, Gary Budden, escritor antifascista y observador certero del fascismo británico moderno, apunta que Deakin «nunca se paró a pensar que tal vez la gente no escoja vivir en entornos urbanos contaminados y desgajarse de la naturaleza […] No hay un trecho muy grande entre eso y pensar mal de las comunidades obreras o inmigrantes por no comprender o apreciar adecuadamente el mundo natural».


Si bien mantengo —en común con muchos y quizás la mayoría de los escritores de naturaleza— que la reflexión común sobre el ecologismo necesita un enfoque progresista en las ideas políticas propias (hacia la regulación industrial, la reforma agraria o el internacionalismo, por ejemplo), no es menos cierto que hay algunos temas candentes del debate verde —más allá de las simplezas völkisch sobre el propietario rural inglés blanco— a las que pueden adherirse rápidamente ideas reaccionarias. La urbanización puede presentarse como, sobre todo, un problema de inmigración; la presión de la población mundial utilizarse como un palo con el que atizar a las naciones no mayoritariamente blancas; de los problemas locales con especies invasoras trazarse paralelismos con los ilegales (un guardabosques me habló en una ocasión, deliberadamente, de «inmigrantes no deseados» mientras conversábamos sobre las ardillas).

El fascismo es un parásito ingenioso. Existen pocos campos de la vida moderna a través de los cuales no pueda abrirse camino. Puede que la literatura de naturaleza, o en general el ecologismo, no sean singular o siquiera inusualmente vulnerables. Lo preocupante es que, en lo que respecta a la naturaleza, allá donde escribimos y hablamos y pensamos sobre nuestra relación con lo salvaje, nuestra guardia tiende a bajar. Olvidamos estar atentos. «En el debate climático actual —dice Budden—, cosas que pueden parecer inofensivas y difusas pueden terminar prestándose a relatos muy peligrosos sobre la pertenencia y la identidad nacional, algo crucial en la era del Brexit, con la extrema derecha en auge de nuevo y tales relatos tomándose en serio de un modo que habría sido impensable hace veinte años».

Tal vez, ebrios de trino de pájaros, somnolientos entre las flores silvestres, nos imaginemos a medias que la vieja Inglaterra, aquella tierra verde y deleitosa, fue real a pesar de todo, y no, como dice Helen Macdonald, «un lugar imaginario, un paisaje construido con palabras, xilografías, películas, pinturas, grabados pintorescos».

«Nos recreamos en las imágenes —escribe Macdonald— y borramos la historia de las colinas». Nos extraviamos en ensoñaciones del Edén. La serpiente nos susurra. Y escuchamos.

Artículo publicado originalmente en New Humanist el 20 de junio de 2018, traducido del castellano por Pablo Batalla Cueto


Richard Smyth (@RSmythFreelance) | Twitter

Richard Smyth es escritor y periodista, colaborador de medios como The Guardian, The Times Literary Supplement, The New Statesman, The Author, BBC Wildlife, New Humanist, Illustration, New Scientist o Bird Watching. Diseña crucigramas que aparecen regularmente en New Scientist, History Today, New Humanist, BBC Wildlife, History Revealed y The Blizzard; es parte del equipo que redacta las preguntas para el programa de BBC Mastermind y también caricaturista, con trabajos publicados en Private Eye, New Humanist o Claims. Es autor de cinco libros de no ficción (y, entre ellos, una historia del papel higiénico) y también escribe novelas y relatos.

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Cultura

La rueda de la historia es implacable

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Han transcurrido más de diez años desde que los titulares de la prensa occidental empezaran a acuñar el término de primavera árabe. El primer indicio se produjo en Túnez y se extendió rápidamente. Las noticias nos llegaron fundamentalmente a través de las redes sociales y mucha gente, viendo cómo eran derribados varios gobiernos, creyeron estar ante una auténtica revolución. Sin embargo, cuando hoy se contempla el panorama, no resulta tan claro que se tratara de una primavera. Libia sigue siendo un eEtado fallido, en guerra permanente, y para muchos libios, la caída de Gadafi, aplaudida por Occidente, ha resultado una tragedia. También Egipto tuvo una sacudida fuerte que derribó a Mubarak, y en su lugar fue elegido un presidente popular, Mohamed Morsi, pero su elección fue respondida por un golpe militar a la vieja usanza, que ha incrementado la represión de tal forma que la relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos sigue instando a las autoridades egipcias a que frenen la criminalización y las detenciones de activistas y periodistas en el país del Nilo. Allí, hoy, no se permiten discrepancias e incluso blogueros como Mohamed Ibrahim Radwan están en la cárcel, al igual que algunos destacados defensores de los derechos humanos como Patrick Zaki. Nadie puede afirmar que este milenario país sea una democracia sin sonrojarse. Por lo que respecta a Argelia, los pilares del régimen siguen siendo los mismos que tomaron el poder en 1962, de tal modo que, a la caída de Abdelaziz Bouteflika, a los argelinos les ha sido impuesto un presidente que no goza precisamente del apoyo popular. Las últimas votaciones en Argelia fueron las de menor participación desde la independencia del país.  Siria, en donde la dictadura de Bashar el-Ásad parecía que se tambaleaba, al final se ha impuesto después de una dura guerra civil, cuyas secuelas tardarán décadas en cicatrizar. Otro país del que ya casi nadie en Occidente se acuerda, Yemen, también tuvo su conato de primavera, pero sólo fue el comienzo de una dura guerra civil que continúa. Y luego están las corruptas monarquías del petróleo, que al poder comprar voluntades y acallar protestas se mantienen incólumes. Y no hablemos de Irak, porque la problemática es mucho mas compleja que en el resto del mundo árabe. Por lo demás, el movimiento, aun cuando no triunfó, tuvo repercusiones en Marruecos, Jordania, Mauritania, Sudán, Omán, Arabia Saudí, Baréin y otros. Finalmente, el dinero saudí compró suficientes voluntades como para sepultar la primavera, asesinar a periodistas díscolos, como Yamal Jashogyi, e imponer el terror.

¿Qué ocurrió en realidad? La gente se levantó contra la corrupción, contra la mala gestión de los propios recursos, contra las desigualdades, contra el deterioro de las condiciones de vida, y en muchos casos la revuelta parecía triunfar, pero no fue así. En realidad hubo un brutal retroceso en libertad, en derechos y en la distribución de la riqueza.  En algún momento hubo la sensación de que los servicios secretos de algunos países occidentales estaban detrás de estos levantamientos populares y puede que fuera cierto. Quizás vieron una oportunidad de frenar la creciente islamización de esta parte del mundo, pero si ello fue así, resultó muy al contrario, e incluso vimos cómo el proceso fue el detonante para que se desarrollara el siniestro Estado Islámico, que aún colea.

Lo cierto es que los imperialismos occidentales siempre fueron incapaces de comprender lo que pasa en el mundo musulmán. La etiqueta de que estos países forman parte del Tercer Mundo les ha impedido ver que en estos territorios se esconde a veces una civilización milenaria, culturalmente muy rica, tanto o más que la de Occidente, y que ha sido capaz de enderezar sus respectivos países cuantas veces cayeron. Ignorante como es nuestra clase política sobre las realidades que se esconden detrás de la historia del mundo árabe, creen que el problema está solucionado y que ahora sólo es cuestión de habilitar patrulleras en el Mediterráneo y blindar las fronteras orientales de Europa, para impedir la fuga desesperada de ciudadanos del Próximo Oriente, subsaharianos y magrebíes que huyen de la represión y de las duras condiciones de vida que les aguardan. Pero esta historia no ha terminado.

En estas circunstancias es muy recomendable mirar hacia atrás en la propia Europa. También nosotros tuvimos la primavera de los pueblos. Fue en el lejano 1848. En aquel entonces, en un continente dominado por el absolutismo más brutal, con Viena y el Imperio austríaco como árbitro de los destinos continentales desde el llamado Congreso de Viena (1814-1815), después de diversas intentonas revolucionarias, estalló la chispa de la revuelta en Francia, en la mayor parte de pequeños estados de la Confederación Germánica, en Polonia, sometida a los zares rusos, en las regiones italianas controladas por los Habsburgo (Reino Lombardo-Véneto, Módena y Toscana), en el reino de las Dos Sicilias e incluso en los Estados Pontificios. Finalmente, el movimiento revolucionario afectó a los Estados de los Habsburgo y la misma ciudad de Viena quedó envuelta en barricadas. Obreros, estudiantes y soldados amotinados  simpatizantes de la revolución se hicieron dueños de las calles e incluso el todopoderoso ministro de la guerra, Theodor Baillet, fue linchado y el ministerio asaltado. Al igual que lo ocurrido en el mundo árabe, en aquel entonces una oleada de libertad parecía invadir Europa; por esto la llamaron la primavera de los pueblos; y de forma similar, cayeron gobiernos y la gente arrastró por las calles las efigies de los tiranos. Parecía que ya nunca jamás serian pisados los derechos nacionales de los pueblos, porque debajo de estos movimientos revolucionarios subyacían las ideas nacionalistas y democráticas. Pero al igual que ha ocurrido ahora en una gran parte del mundo árabe, entonces una buena parte de la burguesía que inicialmente apoyó la revuelta tuvo miedo de la revolución social. Muchos países introdujeron algunas reformas formales en sus sistemas de gobierno y ello fue suficiente para desmovilizar a las masas populares. En otros lugares, la revolución fue traicionada por los mismos que en medio del caos se pusieron al frente de los revolucionarios, como en el caso de Francia, que tuvo a Marx como cronista con su ensayo El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Y de esta forma, poco a poco, a veces con ayuda de los ejércitos, como en el caso de los militares austriacos que tuvieron que bombardear Viena para recuperar el poder, y otras veces  con el dominio de la prensa, al cabo de una década casi no quedaba más que el recuerdo de aquella primavera. Todos los frutos de la revolución alemana y de la primavera de los pueblos se perdieron y se entró en una fase de neoabsolutismo.

Y, sin embargo, los movimientos nacionales resultaron imparables. Una generación después de aquella primavera, los pueblos alemanes, tan vilmente traicionados, abrazaron un nacionalismo tan fervoroso que ha llegado hasta nuestros días y los pueblos de la Península Itálica expulsaron a sangre y fuego a los austríacos y a las guarniciones francesas y ocuparon incluso los Estados Pontificios, unificando Italia. Y es que la rueda de la historia suele dar tres pasos hacia delante y, a veces, dos hacia atrás. La realidad es que la historia es implacable y su desconocimiento no nos libra de sus efectos.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Teoría y práctica del haiku

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

En mayo del pasado año, publicábamos aquí una reseña del libro De vuelos y de aves, de Xavier Seoane. Fue un descubrimiento, pues, como confesaba allí, era mi primera lectura consciente del poeta gallego. Después he disfrutado, y cuánto, de su antología Elogio de vivir y, ahora, de A póla branca (La rama blanca), obra de 2020 editada por Xerais. Como se ve por el título, está escrito en su lengua materna, el gallego, lo que aporta un plus de dificultad a la lectura que no hace sino intensificarla. El delgado volumen consta de dos partes que, en realidad, se funden. La primera es un auténtico ensayo sobre el haiku. Una preciosa aproximación a la famosa estrofa japonesa que lo mismo le sirve al neófito que al iniciado, escrita, además, con una claridad digna del tema que trata. Ya subrayé en la mencionada recensión sobre De vuelos y de aves que la delicadeza marca el tono de la manera de decir de Seoane, algo que aquí se aprecia aún mejor.

En la segunda parte, la teoría torna práctica y podemos deleitarnos con un puñado de haikus. «Cuando o lique canta (Algunhas reflexións sobre o haiku)» (liquees, en castellano, «licor») se abre con citas de Juan Ramón («Hay un punto perfecto en que lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño son iguales»), Maurice Coyaud y Basho («No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que ellos buscaron»). En el principio, el cruce de influencias entre Occidente y Oriente y la importancia para la poesía de acá, digamos, de la de allá, más en la época contemporánea. ¿No es acaso el mejor Pound el de Cathay, por poner un solo ejemplo?

Desde el comienzo también, uno intuye que al reflexionar sobre el haiku, Seoane está perfilando al mismo tiempo su propia poética, de manera tan efectiva como discreta, lo que aporta, no me cabe duda, hondura y fervor a esas páginas. «El haiku es un logro poético de una originalidad, versatilidad y plenitud difícilmente superable» [Me tomo el atrevimiento de traducirle al español]. Lo compara a otras formas breves occidentales como el epigrama, las coplas del cancionero o la seguidilla. Formas sintéticas de carácter universal que usaron poetas como Dickinson o Penna, el mencionado JRJ o Ungaretti. Por encima de modas, «el haiku atrapa». Desde Basho, en el XVII, quien lo definió a la perfección: «Haiku es lo que está sucediendo en este lugar, en este momento». Sí, nada más. Una «rara mezcla entre ontología y fenomenología». Destaca su «humildad», llena de «eficacia». Su pobreza esencial, diría uno. La pascaliana infinitud de lo pequeño. Y su relación con el zen, aunque lo trascienda. Para Blyth, «una simple nada inevitablemente significativa» donde importan tanto las palabras como los silencios. Porque el haikista (o haijin) «apunta, aboceta, señala». Por eso «la naturaleza del haiku demanda un lector experto, vivo creador».

Anota Seoane que, además de la brevedad, el haiku tiende a la sencillez (en gallego, sinxeleza), la naturalidad (no en vano tiene por centro la naturaleza) y la coloquialidade o coloquialidad (que es una palabra no admitida por el diccionario de la RAE, pero que no es lo mismo que coloquialismo). Lejos, en todo caso, del ornato, el artificio, el efectismo, la sofisticación, la grandilocuencia y las palabras y expresiones pomposas. Y cita al de Moguer: «¡No la toques ya más,/ Que así es la rosa!». Y sigue con las características del haiku, como la «inmediatez», la «ambigüedad» (es «una de las formas poéticas de mayor densidad perceptiva» o «de la más amplia polisemia posible»). Recalca, como sólo un poeta sabría decirlo, «el dinamismo de lo inmóvil», «a densa gravedad de lo ligero». Precisa que tiene mucho de acuarela, de fotografía. Y nada de insignificancia, a pesar de su «excesivo reduccionismo». De su minimalismo. Todo lo contrario, ya se apuntó. Ni nada de «digresiones abstractas», conceptismo ni énfasis retórico, al que tan aficionados somos los occidentales, salvando a los epigramistas y a otros escuetos.

Y sigue con la «levedad» y el «estado de vigilia» al que ha de estar sometido el haikista, empeñado no en «concentrar ideas o capturar esencias sintéticas y abstractas, sino de amplificar lo mínimo e insignificante hasta formas de revelación  y de totalidad, en un intento de trascender lo efímero, de iluminar lo insignificante, de aprehender lo incomunicable». Qué hermosa lección. Lo compara después con la música. No la de Bach o Beethoven: la callada de Satie o Bartók. Aterriza después en lo básico (y aún no dicho en esta reseña): que un haiku es un poema breve de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, lo que no obsta para que exista el «haiku libre» y los que tienen rima y los que no, e incluso los que se componen de uno o dos versos o no guardan las medidas de rigor. Pone múltiples ejemplos. Algunos de pueblos primitivos (recuerden la memorable antología de Ernesto Cardenal en Alianza) de África o de América que bien podrían pasar por haikus. Y de otro gallego, Uxío Novoneyra, un virtuoso.

Dedica un capítulo de la amena disertación al concepto de aware, esto es, «el lamento de las cosas» o, dicho en galaico-portugués, la saudade, que mi amigo Ángel Campos Pámpano, que de eso sabía, nunca se atrevió a traducir. Jesús Munárriz (que tanto ha hecho por el haiku en España, haikista él mismo) y Teresa Herrero se atreven con una definición más elaborada. Y Motoori Norinaga y Vicente Haya, para quien «mono no aware es la conmoción del ser humano por la existencia». Al final, Seoane recurre a Wilde, a «esa capacidad de asombro a que siempre apela lo Poético».

Yoku mireba, otro término japonés aplicado al haiku, se puede traducir por «si te fijas bien» («se miras ben») y resalta la importancia del sentido de la vista (mucho más que ver) en la poesía japonesa y en la lírica universal. Para, entre otras cosas, unir el microcosmos al macrocosmos. Una gota de rocío, un grillo o una mariposa gozan en esa tradición del mismo trato «que el monte Fuji o la Vía Láctea». Tampoco se le escapa a Seoane algo fundamental: que «el haiku, en general, no se lleva bien con la presencia de un yo enfático». Que el buen haikista desaparece de la escena y trata de fluir como la fuente, sentir como el árbol o gozar de la inmanencia de la piedra o la montaña. Lo dijo también Basho: «Identificarse con los caminos del cielo, renunciando al propio yo». No quiere, en fin, Seoane que identifiquemos el haiku con lo exquisito. Porque no es lo mismo purismo que pureza. Así, los hay apoéticos o antipoéticos (por seguir a Parra), de temas variados no siempre coincidentes con lo ortodoxo. Ironías, bromas, escatología… Y alcoholes, pues no pocos haikistas fueron santos bebedores. «El haiku no desprecia ningún tema o realidad física o humana individual o social». Solo «rechaza la pedantería». Su mirada es la del niño. Su inocencia.

Alude después Seoane a la popularidad del haiku (no hace falta más que darse un paseo por la redes o apuntarse a un taller de escritura): solo en Japón se editan más de sesenta revistas dedicadas al género (no hay japonés que no haya escrito al menos uno, aunque Chiyo compuso 1700 a lo largo de su vida, el primero a los seis años). Hace bien en informar de que «siempre hubo mujeres que crearon haikus». Y de aportar algunos datos curiosos que no desvelo para que los disfrute el hipotético lector.

Una coda abrocha perfectamente este ensayo. Allí llega a comparar el haiku con el soneto, otra «forma universal»  de la poesía. Luego, ya se dijo, viene la destreza del haikista que Seoane, sin dudarlo, es. Casi cien podemos leer. Y sin apenas dificultad para quienes no conocemos como es debido la lengua gallega. Todo lo reflexionado en la primera parte tiene su culminación en la segunda, donde se nos revela, digamos, la verdad. Del gozo a la melancolía (esa saudade a que hicimos antes alusión), de la pasión a la serenidad, Seoane se deja llevar con la naturalidad que cabe al caso y ofrece al lector una variada muestra de haikus. Tradicionales y modernos. Urbanos y de la naturaleza. Metafísicos y conversacionales. Ortodoxos y lo contrario. Con pájaros y lunas, pintadas y columpios, caracoles y grillos. Sin solemnidad y, cuando toca, con humor: «A que andades, poetas?/ Xa é primavera/ no Corte Inglés».

He elegido diez para que quien lee pueda apreciar su sensible belleza. Como acabo de indicar, no es necesaria la traducción, incluso para quien, como uno, anda a tientas por esa bonita lengua; tan apropiada, por cierto, para expresar en pocas palabras lo que tantas veces sentimos indecible. Porque «no oído/ da matemática/ canta o infinito».


Tarde no parque.
Os balancíns repousan.
A xente vaise.

A libélula
descende, ascende,
desaparece

Acordes
de Mozart.
Mísera choiva.

Tacón de agulla.
Camiña a moza.
Ave zancuda.

Sol nas persianas.
Canción na radio.
Agosto proletario.

Un vello.
Tenda de lencería.
Melancolía.

Os haijin vellos
vivían á intemperie.
Haikus eternos.

Pobo horrendo.
Que só se salve
o cemiterio…

Aquel pétalo
aínda cae
no meu silencio.

Escoito
o canto silencioso
daagua no pozo


A póla branca
Xavier Seoane
Xerais, 2020
70 páginas
12,50€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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