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Cutres consignas de la Transición

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/ por Francisco Abad Alegría /

«Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír […] los liberales tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia […]». Así se expresaba el sicario del POUM, George Orwell, que al regreso de su sangrienta excursión por Aragón y Cataluña que él mismo narra en el edulcorado y manipulado texto anticomunista Homenaje a Cataluña, no dudó en ponerse al servicio de la manipulación informativa proaliada de la BBC de los hijos de la Gran Bretaña.

Si me permiten el excurso verbal, a diferencia de lo que decía un brutal jesuita apodado el Nazi por sus emigrados parroquianos, que ejerció el sacerdocio en Alemania antes de ahorcar la sotana, «no matan las palabras, sino las balas»; la palabra es realmente el primer motor de todo. Mas resulta triste meterse en honduras que destilan plasma sanguíneo y elegimos quedarnos en un nivel algo más superficial.

En estos días revueltos, repletos de inmundicia política, sanitaria, económica, informativa, me tomo la libertad de reflexionar sobre algo que parece menor, pero quizá no lo fue en su momento. He aprovechado la consulta al diccionario de la RAE, que me confirma que es admisible el término cutre como expresión sintética de bajo, vulgar, rastrero, inculto y otras hierbas para recordar consignas que en su tiempo determinaron movimientos de pensamiento (perdón por lo de pensamiento). Y de ese alijo de pareados bajunos, berreados a voz en cuello, que me encontré al regreso de mi trabajo práctico doctoral en el Instituto Mario Negri de investigaciones farmacológicas de Milán, bajándome del mundo del cromatógrafo a la más ramplona realidad masiva, he recopilado algunas expresiones que seguramente no figurarán en los libros de texto, pero que pueden ser interesantes como anecdotario, no tan anecdótico. Permítanme algunas libertades de puntuación que añadan música (o si se quiere, batukada) a lo verbal.

Cuando el Caudillo cerró los ojos, inmortalizada su imagen agonizante por un desleal familiar, inmediatamente después de que más de 300.000 personas desfilasen ante su cadáver expuesto, comenzaron pequeñas manifestaciones toleradas en las que grupos de dimensión en general modesta coreaban la imaginativa consigna que reza: «¡Ea, ea, ea; el búnker se cabreal!». El búnker se refería a la vieja guardia del franquismo, que ya había decidido hacerse el sepuku a cambio de una transición pacífica hacia la democracia, por un método que se denominaba de la ley a la ley. Las emisorias de radio chorreaban a todas horas desde principios de 1976 el sonsonete de Libertad sin ira («Libertad, libertad, sin ira, libertad, guárdate tu miedo y tu ira», etcétera, del grupo Jarcha) y los franquistas, que no estaban adheridos a ningún partido franquista, porque tal cosa no existía (el Movimiento Nacional no fue nunca un partido, aunque así se le denominase) se escondían bravamente en el silencio. Pronto se organizaron las Cortes Constituyentes, encargadas de apoyar una nueva forma de convivencia nacional que sustituyese a la autocracia franquista. Entre los parlamentarios (y parlamentarias y parlamentaries…) estaba Dolores Ibárruri, cabeza junto con Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, el único partido que realmente ejerció una oposición importante al denominado franquismo (hasta 1976, lo juro por Snoopy, los únicos socialistas que conocí fueron un tal Llopis, que creo que era básicamente masón; Isidoro, amigo del cortijero Navarro, y un oscuro Solchaga natural de Tafalla, Navarra). La inteligente consigna coreada por los escasos ultraderechistas que se arrogaban la sucesión del búnker era: «¡Ilo, ilo, ilo, Dolores al asilo!», aludiendo a la provecta estalinista conocida como Pasionaria, por una piadosa redacción religiosa que redactó en sus años infantiles y que luego adoptó como nombre de guerra, sin exponerse al fuego enemigo, claro.

En paralelo, el griterío crecía, cuando los partidarios (he dicho partidarios, no parlamentarios) de una continuación del régimen (¿quién lo encabezaría si el almirante Carrero Blanco había precedido a su Caudillo en el camino al Más Allá?) con poéticas consignas cuyos promotores les animo a adivinar: «¡Fascistas, burgueses; os quedan dos meses!» y «Ni amnistía ni perdón: rojos al paredón!». Bonito ¿no? Sotto voce, los jirones carlistas que se habían mantenido firmes al espíritu del más acendrado conservadurismo del Requeté osaban repetir, con poco éxito de público y crítica, una consigna contra el heredero de Franco a título de Rey, Juan Carlos de Borbón: «¡No queremos a Juanillo ni aunque lo mande el Caudillo!». Parece que no les hicieron mucho caso, porque Marruecos ya se había quedado con la provincia española del Sáhara Occidental durante la agonía del general, con el Príncipe de Jefe de Estado accidental, mediante una inexplicada y turbia Marcha Verde.

Muy pronto, tras conversaciones que desconocemos y que nadie nos aclarará nunca (la información que llega al pueblo soberano es siempre o irrelevante o manipuladora; la buena se queda… donde se queda) entre el rey y Santiago Carrillo, se produce un hecho imprevisible (para el común de los mortales) y es la legalización del partido comunista y la aceptación de las reglas del juego democrático por ese partido. La facción de Gallego queda en la ortodoxia de las ideas y se extingue rápidamente. Pero los afectos a la imparable revolución de la izquierda bolchevista se enfadan muchísimo y entonces surge la ensalada de grupos, siglas y facciones que hizo las delicias de las revistas de humor (¿La Codorniz o Hermano Lobo? Ya no lo recuerdo, estoy mayor). Los grupúsculos, en general de vida efímera, pero que aún mordieron presupuesto, especialmente en la política municipal, solo alumbraron una consigna eficaz aunque de vida efímera: «Policía ¿para qué? Ya tenemos al PC». Era el enemigo común y se desvanecieron al tiempo que adelgazaban las listas de procedencia, en su mayoría, de organizaciones apostólicas, de Acción Católica y de la denominada Falange Española Auténtica, pretendida heredera hedillista.

Tras las primeras elecciones y el previsible triunfo de UCD, las reliquias de oposición de izquierda bolchevista se fueron diluyendo, mientras surgía un poderoso partido socialista, alimentado por generosas inyecciones económicas de Alemania y Estados Unidos, con Isidoro (Felipe González) de rey del mambo. Los ataques contra el partido gobernante y coprotagonista de la Transición junto con el partido comunista, que se eclipsó progresivamente gracias a la mencionada ayuda extranjera al PSOE, se hacían limitados y con frecuencia hilarantes. Recuerdo dos consignas llamativas al respecto. El ministro de Interior, apodado la porra del Gobierno, Rodolfo Martín Villa, era atacado con pegatinas y pintadas en las calles con la siguiente frase: «Menos Martín Villa y más Ángeles de Charlie» (los Ángeles de Charlie eran unas señoritas de escultural físico que llevaban a cabo misiones arriesgadas en una suerte de práctica parapolicial, en una serie televisiva de gran éxito… por las leyes de la física, o lo físico, tanto da). Cuando Alianza Popular, luego Partido Popular, empezó a tomar vuelo, con su charrán esquematizado en el escudo, multitud de pegatinas se adherían a las paredes con la siguiente consigna: «La democracia de Fraga es como follar con braga». Me excuso de explicar el término follar y de Fraga aclararé, para los más jóvenes, que se refiere al profesor Manuel Fraga Iribarne, a la sazón presidente de Alianza Popular. Todo muy fino.

Según el DRAE, la primera acepción de consigna es una expresión sintética que se da a agrupaciones de todo tipo (¿por quiénes?) a grupos organizados o más o menos espontáneos para seguir una línea de conducta. Dice el camarada Lenin que la consigna, refleje o no una verdad, es una expresión sintética destinada a provocar un sentimiento, o a veces ni eso, una emoción, pero colectiva y colectivizante, que tiene la virtud de crear un grupo social, de socializar conductas y sentimientos y hasta pensamientos (como lo hace el orden cerrado militar, que a partir de lo gestual estructurado y estereotipado es capaz de crear una forma de enfocar la realidad y consecuentemente la reacción conductual). Pues bien; las consignas, poco brillantes, como corresponde a los receptores de las mismas, tuvieron una vida efímera y una eficacia dudosa, en todo caso no medida. Pero, según mi limitado recuerdo, hay una que era un auténtico torpedo de profundidad y que, por eso mismo, pasó rápidamente desapercibida: «El pueblo, follando, se va multiplicando». Es una apología de la proliferación proletaria, como lo fue la animación natalista de Ben Bella sobre la conquista de Occidente por la fecundidad de las madres musulmanas, hecha en Asamblea General de ONU en 1975. Es la única consigna, creo, importante, que coincide plenamente con las explícitas afirmaciones del Manifiesto comunista sobre el imparable empuje de las clases proletarias. Es demasiado seria para ser tenida en cuenta.

Espero que me perdonen mi digresión mnésica, pero es que me resisto a soportar que microtestimonios, como este de lo que ahora llaman eslóganes, que tanto movieron en un tiempo, se pierdan en la nube del olvido, cuando son varillas del armazón de un proceso nacional sobre el que no haré juicio alguno, pero que ha durado casi medio siglo. ¡Ah! Y procuremos ser todos un poquito más finos a la hora de formular consignas, aunque parece que con la machacona incidencia de los media cada vez serán menos determinantes.

[EN PORTADA: De izquierda a derecha, Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y Carmelo Lisón Tolosana (La Puebla de Alfindén, Zaragoza, 2017)]


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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La trampa de la conjetura y el discurso reaccionario

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/ por Mario Martínez Zauner /

Dado que en días recientes he sido directamente interpelado por Daniel Bernabé, autor de La trampa de la diversidad (Akal, 2018) y La distancia del presente (Akal, 2020), considero que la mejor respuesta que puedo dar es en forma de artículo, como síntesis de toda la crítica que he ido exponiendo en los últimos meses hacia su proyecto, y que parece haberle irritado más de la cuenta. Me centraré ante todo en la tesis fuerte del autor (la trampa diversa) más que en su desarrollo débil (distancia del presente), que además ya ha sido debidamente abordado por Juan Luis Nevado en un reciente artículo que de momento ha quedado sin respuesta (y cuyas precisiones quizá no estaría de más incluir en futuras ediciones de Akal).

La trampa de la diversidad parte de una idea doblemente articulada: por un lado, el neoliberalismo hace uso de distintas opresiones (género, raza, LGTB, etcétera) para blanquear y ocultar su fundamento de explotación económica (o contradicción principal capital-trabajo); y por otro, pone a los colectivos correspondientes a competir entre sí por una cuota de representación en la esfera pública, mediática y política. De esta forma, la lucha de los trabajadores se ve disgregada y desplazada hacia problemas parciales, convertida en mera pose activista, una vez abandonada la militancia cabal, unitaria y comprometida con el movimiento obrero. Hasta aquí podríamos aceptar lo expuesto siempre y cuando se considerara esta dinámica como parte de una lógica perversa del capital (capaz siempre de revolucionarse a sí mismo),1 ejecutada por un poderoso entramado mediático, corporativo y empresarial a través de técnicas de marketing, autoayuda, neurociencia, big data y otras disciplinas al servicio de la dominación ideológica y el control social.2 Pero no parece el caso de Bernabé, puesto que en su obra no encontraremos una descripción de la diversidad de trampas que instituye el capital contra la clase obrera, sino de la diversidad como trampa en sí misma.

Su tesis fundamental se resume así: el neoliberalismo utilizó el posmodernismo para romper a la izquierda, de tal forma que presenta como axioma lo que debería ser la conclusión del libro y el resultado de su investigación. Bernabé lo justifica de la siguiente manera: «Una de las ventajas de escribir un libro desde la aproximación periodística y no desde la pretensión académica es que nos podemos permitir la conjetura. Una de las ventajas de la conjetura es que, en ocasiones, es útil para señalar algo sin necesidad de demostrarlo, ahorrándonos energías y tiempo en cuestiones secundarias y a menudo indemostrables. Conjeturemos pues» (pp. 31-34).

El desarrollo teórico de La trampa de la diversidad reconoce en sus mismas páginas el recurso a una conjetura que vincula «sin necesidad de demostrarlo» neoliberalismo y posmodernidad. Y para tal fin le resulta útil asociar el concepto de diferencia expresado en su día por Margaret Thatcher (que esconde y legitima la desigualdad económica) con toda la filosofía postestructuralista (incluyendo autores tan distintos como Lyotard, Vattimo, Baudrillard, Derrida, Deleuze o Foucault), e insertar el conjunto en una idea genérica de la cultura del posmodernismo, la pretensión, el identitarismo y el pastiche.3

Bajo tal premisa, se renuncia a analizar la desigualdad y su relación con el neoliberalismo desde enfoques materialistas, sociológicos y filosóficos que han demostrado gran capacidad explicativa, y no encontramos mención alguna de Guy Debord y su sociedad del espectáculo, de Pierre Bourdieu y su estudio sobre la distinción social y la diferencia de clase o de David Harvey y sus análisis sobre el impacto cultural del capitalismo tardío.4 A pesar de la continua apelación a una clase obrera abstracta, el autor no utiliza un abordaje propiamente marxista que relacione las expresiones culturales de la posmodernidad con una transformación de las relaciones sociales de producción, que a partir de la ofensiva neoliberal provocan en Occidente el despegue del capital financiero desregulado,5 los movimientos de reconversión industrial y deslocalización que lo acompañan, un espectacular aumento del sector servicios y el tecnológico sobre los sectores agrario e industrial y un hiperdesarrollo de la sociedad de consumo y la digitalización, en un proceso general en el que la empresa desplaza a la fábrica como unidad productiva fundamental.6

Ninguno de estos desarrollos críticos interesa a Bernabé, puesto que su conjetura parte de establecer una identificación meramente ideológica entre neoliberalismo y posmodernidad, entre Reagan y el prohibido prohibir de mayo del 68, entre el 15-M y CaixaFórum. Para que tal conjetura funcione, es preciso confundir diferencia con jerarquía, diversidad social con distinción de clase, y operar una serie de reducciones sobre las realidades económicas, sociales y políticas que estudia para convertir lo anecdótico en estructural y lo estructural en anecdótico, deformando y parodiando todo lo que escape a una imagen idealizada y congelada del movimiento obrero.

La confirmación de la conjetura de Bernabé demanda entonces una serie de efectos de verdad que conviertan toda manifestación cultural del capitalismo tardío en un enorme escándalo Sokal y la proyección constante de una sociedad conformada por individuos atomizados que sustentan su frágil y escéptica identidad en el feminismo de Virginie Despentes, en el ecologismo de Greta Thunberg, en el antirracismo de Kamala Harris o en una pintoresca cabalgata del Día del Orgullo.

Curiosamente, la conjetura, los efectos de verdad y las imágenes deformantes son algunas de las características definitorias de la posmodernidad que Bernabé tanto detesta, pero que aún así necesita para sostener su trampa. Más aún si los conceptos se vacían de contenido (y por tanto sirven para todo) o si el autor emprende cruzadas en redes basadas en la exaltación de su propia figura y obra. Vemos así funcionar el individualismo y las identidades fragmentadas que la obra trataba precisamente de combatir, y al autor poniendo a competir movimientos sociales entre sí o analizando las protestas callejeras como performances en una especie de profecía autocumplida. Aunque hay aún peores enemigos para la conjetura de diversidad que propone Bernabé, relativas por un lado al paso del tiempo y el desgaste de su tesis por repetición, obligando a forzar cada vez más sus efectos de verdad y sus imágenes deformantes; por otro con su propagación, que anima la aparición de imitadores cada vez más vulgares y paródicos para quienes la lucha por derechos civiles resulta un mero capricho cultural y cuyas lecturas de la realidad caen una y otra vez en el economicismo y el individualismo metodológico; y por último, y lo más preocupante, por la sintonía conceptual con posicionamientos discursivos de carácter reaccionario.

Más allá de que el periodista Cristian Campos le diera la razón, aunque Bernabé presumiera de que su libro evitaría un Manifiesto redneck en España; más allá también del patrocinio fundamental de Pascual Serrano (quien apunta que la izquierda posmoderna ha machacado a los desheredados hombres blancos heterosexuales) o de su cercanía a Juan Manuel de Prada y la añoranza de posiciones demócrata-cristianas; más allá de la colaboración de Bernabé en el medio de noticias RT, que bajo la apariencia de un discurso social promociona un ideario iliberal y prorruso en Europa; o más allá incluso de la reciente denuncia que hace Bernabé de la cultura de la cancelación por el caso Gina Carano en una columna que podría haber firmado Juan Soto Ivars en su línea de crítica a lo políticamente correcto y en sintonía con el discurso de la dictadura progre, nos detendremos por un momento en un artículo publicado por Hasel París en El Español, explícitamente basado en la trampa de la conjetura de Bernabé, para advertir de esa sintonía. Dicho artículo, que el propio Bernabé definió en sus redes sociales como «impecable», incidiendo en que «nunca el progresismo aceptó de una forma tan mansa un Gobierno estadounidense tan a la derecha», esconde una treta que 1) pretende convencer al lector de que la izquierda en Estados Unidos y en España apoyó a Biden acríticamente y sin ser consciente de las trampas de diversidad que utilizó en su campaña; 2) señala la sumisión de la administración Biden al capital financiero como si la de Trump no lo hubiera estado igualmente; y 3) incluye giros y apuntes tremendamente reaccionarios que encajan bien con la conjetura antidiversa y obtienen el beneplácito de Bernabé.

Desarrollaremos brevemente cada uno de los puntos. En primer lugar, la izquierda, tanto en Estados Unidos (incluido su partido comunista) como en España, ha apoyado a Biden ni más ni menos para echar del poder a Trump, que entre otros exabruptos pretendía declarar a Antifa organización terrorista, estuvo muy cerca de provocar un conflicto con Irán por el asesinato del oficial Soleimani, apoyó el golpe de Estado en Bolivia o el traslado de la capital de Israel a Jerusalén, se negó a condenar el asesinato de George Floyd y trató de sacar al ejército a las calles de Washington. Si acaso, la izquierda a ambos lados del Atlántico manifestó su simpatía por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, cuya trampa diversa es notablemente menor en cuanto acompañan el discurso de defensa de las minorías con una reivindicación explícita de la clase trabajadora y un ataque frontal a las élites empresariales.

En segundo lugar, el artículo de Hasel París apunta a algunos sillones de la administración Biden ligados al capital financiero, pero no menciona que en la de Trump sucedía lo mismo, con altos cargos del Tesoro como Justin Muzinich (hombre de negocios que trabajó para EMS Capital o Morgan Stanley) o Steven Mnuchin (que hizo carrera en Goldman Sachs y en el fondo de inversión privado ESL Investments y lideró un grupo para comprar IndyMac junto a George Soros y el fundador de Dell Computer). En Estados Unidos, tanto la FED como el Departamento del Tesoro tienen una estrecha relación con Wall Street, las influencias van de uno a otro lado, y si acaso habría que leer la política de tipos de interés bajos de la FED como parte de una competición entre capital financiero e industrial, y no porque Trump se preocupara especialmente por la clase trabajadora (basta observar su política fiscal).

Tercero, y quizá lo más preocupante, «la sombra del arcoíris» de París, bromas étnicas aparte, blanquea la figura de Andrew Jackson y su genocidio contra los nativos americanos y utiliza la figura de Avril Haines (nombrada directora de Inteligencia Nacional y con un oscuro historial de programas de tortura) para lanzar un grosero ataque contra el feminismo, que pasa aquí a ser cómplice de las peores políticas (cuando al menos en la obra de Bernabé se limitaba a ser expuesto como fácilmente manipulable por la industria tabacalera y las campañas publicitarias de Edward Bernays). Además, el texto de París incluye un párrafo que resulta inquietante: «Se ha hablado mucho de la diversidad racial del gobierno Biden. Pero se presta menos atención al homogéneo bloque de diez cargos de origen israelí: son el 1% de la población, pero el 50% del gabinete».

Y es que una semana después y en el mismo periódico podíamos leer las siguientes declaraciones de la influencer fascista Isabel Peralta: «En Alemania, siendo el 1% de la población, el 99% de los cargos públicos estaban en manos de procedencia judía en época de entreguerras. Yo les considero culpables de muchas de las situaciones e injusticias que sufre el mundo, como el capitalismo y la usura». Y no es la única resonancia, puesto que en la entrevista asoman enunciados que nos resultan cercanos a posturas antidiversas, como señalar que «la izquierda, en vez de luchar por el pueblo, se distrae en luchas de géneros», y llevar la crítica «al sistema de reserva federal, a los líderes y organizaciones sionistas que subvencionan y financian el Black Lives Matter o el feminismo posmoderno».

Estamos ante una confluencia discursiva preocupante y que encuentra en el rechazo a la diversidad y la posmodernidad un sustrato común. Evidentemente no afirmamos que Bernabé, o ni siquiera Hasel París, simpaticen con la musa del falangismo. Aunque este último habla de «decadencia de Occidente» o ha sido también recientemente citado por Víctor Lenore para vincular ideas falangistas con el discurso nacional-populista de Más País y el pensamiento de Diego Fusaro, y reivindicar movimientos sociales que no son «ni de izquierdas ni de derechas» y apuestan por los valores de la patria frente al capital. Es decir, un cierre reaccionario de la respuesta social frente al capitalismo que incluye también aspectos como la familia y la tradición y que no solo se expresa políticamente, sino también culturalmente, como en la reciente obra de Ana Iris Simón.

El pensamiento de Fusaro, en el que la relectura de Hegel y Marx transluce referencias a pensadores derechistas como Alain de Benoist o Aleksandr Duguin, salta al primer plano de la discusión política en España a partir de una entrevista realizada por el periodista Esteban Hernández, que curiosamente salió hace pocos días en defensa declarada de Bernabé acusando a sus detractores de «calvinismo».7 Pero así como por aquel entonces defendimos que aquel debate debía darse sin acusaciones de blanqueamiento, igualmente pensamos que la crítica hacia Bernabé no debe apuntar a una traición, sino a un defecto metodológico pertinaz (la trampa de la conjetura por la que se igualan neoliberalismo y posmodernidad) que conduce al pensamiento de izquierdas a una confluencia indeseable con el discurso reaccionario y a un efecto autoinmune contraproducente para la propia izquierda.

Y no solo resulta contraproducente porque su formulación negativa de la diversidad como engaño o división (en vez de como fragmentación resultante del modo de producción del capitalismo reciente) conduce a abrazar en términos positivos valores que le corresponden naturalmente a la derecha (patria, familia, tradición), sino también porque por un lado renuncia a un análisis de clase más profundo, y por otro cae en posiciones intelectualistas que solo se resuelven con vagos llamamientos a un materialismo vulgar y dejan fuera del análisis herramientas y postulados todavía útiles del marxismo, a la vez que renuncian a reconocer la potencia crítica de la filosofía postestructuralista.

En cuanto al análisis de clase, cabe señalar que en la sociedad capitalista opera un sistema de privilegios y exclusiones que tienen que ver con la dominación y la explotación y explican varios de los posicionamientos discursivos de sus agentes, que en el caso de los autores citados les conduce a ver en la diversidad una amenaza a sus intereses. El discurso contra la diversidad es el de una aristocracia obrera y sindical que ve su voz, durante años reconocida como interlocutora fundamental con el estado capitalista, amenazada por la incorporación de mujeres, inmigrantes y personas del colectivo LGTB al mercado laboral y a la lucha pública entre clases. Desde su posición privilegiada, tal aristocracia obrera blanca, masculina y heterosexual presenta a dichos colectivos como traidores o como una trampa que tiende el capital para fragmentar a la clase obrera, negando así la propia condición obrera de esos colectivos en la defensa de su posición de monopolio en la interlocución con el Estado y sus instituciones. Esa situación hace resonar su discurso con el de una clase capitalista nacional-industrial conservadora, cuyo predominio y privilegio ya se había visto amenazado por la aparición de un capital financiero-global de talante liberal y progresista. Se produce así una convergencia reaccionaria entre obrerismo y burguesía industrial frente a las transformaciones sociales y económicas del capitalismo tardío.

A su vez, no deja de ser cierto que el capital financiero-global ve una oportunidad para blanquearse y fragmentar las demandas de la clase trabajadora escogiendo como nuevos interlocutores a determinados colectivos feministas, antirracistas y LGTB en la negociación por sus derechos y nuevas leyes que les defiendan de la discriminación pública y social. De tal forma que son las tensiones en el interior del propio capital (industrial versus financiero) y en el interior de la aristocracia obrera (blanca-masculina-heterosexual versus antirracista-feminista-LGTB) las que desatan una guerra cultural e identitaria en la que participan ambos sectores.

Y es preciso señalar que ambos sectores participan de esa guerra identitaria, puesto que la reivindicación de la clase obrera que se hace desde los enemigos de la diversidad postula una identidad (obrerista, sindicalista, industrialista) en la que convergen valores socialdemócratas, demócrata-cristianos y falangistas a partir de la defensa de la patria, la familia, el sindicato y la tradición. Se producen así alianzas aberrantes entre pensadores comunistas como Santiago Armesilla y autores conservadores como María Elvira Roca Barea en la defensa de la patria española frente a la amenaza protestante. Se dan consonancias entre el feminismo institucional ya integrado en el Estado y los postulados más reaccionarios frente a la amenaza de representación del colectivo trans y su irrupción en la esfera pública. Se reproducen en fin discursos tradicionalistas y nostálgicos de reivindicación de la Semana Santa o de la vida familiar frente a la disolución posmoderna. Una identidad buena se opone a otras desviadas.8

Con todo ello se pierde la atención a la estructura de propiedad de medios de producción y medios de renta (quién tiene qué y para qué lo usa) y se deja a un lado el debate fundamental entre reforma o ruptura con el sistema capitalista, y lo que se acaba produciendo es una competición entre reformas: más derechos para los colectivos históricamente marginados frente a más llamados del obrerismo a recuperar el pacto sindical con el Estado. En este contexto, la trampa de la conjetura de Bernabé, más que escapar de la disputa para apuntar a la raíz de los problemas de explotación y dominación capitalista, lo que hace es servir de parapeto de defensa de los privilegios de un sector determinado en la obtención de atenciones y concesiones del Estado.

Y es que resulta algo injusto negar la legitimidad de una aspiración a participar de la representación pública y política por parte de colectivos históricamente desplazados con la excusa de que no sirven a una tarea revolucionaria que los propios representantes del comunismo y la socialdemocracia han abandonado. La crítica de la crítica sobre quién accede a qué (la entrada en el mercado laboral y la esfera pública de mujeres, inmigrantes y LGTB) debería conducir a la pregunta sobre quién posee qué y para qué lo utiliza. Tampoco hace falta detenerse demasiado en el cuestionamiento de la diversidad para apuntar a los propietarios de los medios de producción y los medios de renta, ni para denunciar la debilidad de los convenios colectivos y la pérdida de fuerza negociadora de los trabajadores, ni para denunciar las arquitecturas institucionales y legales que han permitido una desmesurada concentración y abuso de los poderes financieros.

Lobbies, cárteles, grandes corporaciones, exenciones fiscales, eliminación de competencia, compra de acciones propias, monopolios y oligopolios, manipulación de precios, despidos de plantillas, destrucción de I+D, regulaciones a medida, complicidad gubernamental y puertas giratorias. O bien aplicación social de conductismo, neuromarketing, tecnologías de la persuasión, modificación de conductas, preferencias y valores de los usuarios, monitorización y control constantes, técnicas de biometría, censura, uso político de datos privados y control total de la red por parte de Google, Apple, Amazon, Facebook, Visa y Mastercard. Nada de esto aparece en la crítica a la diversidad y la posmodernidad, y ni siquiera la trampa se plantea en la línea del fetichismo de la mercancía y la crítica a toda la aparente variedad de productos del mercado que al final remiten a unas pocas marcas y corporaciones con gran poder económico, y de influencia política y social.

Además, la propia historia del siglo XX desmiente que sea el posmodernismo de la izquierda quien ha acabado con su unidad y sentido obreros. El historial de división y escisiones en el comunismo y el socialismo viene de muy lejos (como mínimo, la Segunda Internacional) y siempre ha tenido que ver con la citada batalla entre reformismo y ruptura, que también se produjo en la Transición española y en la que el PCE y el PSOE se inclinaron decididamente por el primero. Igualmente, antes que apuntar a Mayo del 68 y sus resonancias con el pensamiento de Thatcher y Reagan, más bien habría que dirigir la mirada a la sociedad Mont Pelerin, los Chicago Boys, el Consenso de Washington y la ascendencia de la escuela austríaca (Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Jesús Huerta de Soto) sobre el pensamiento económico y sus simpatías con el fascismo (donde el caso de Chile y Pinochet es paradigmático, aunque recordemos que los asaltantes del Capitolio portaban banderas de Gadsen). ¿Por qué Bernabé y otros autores antiposmo no centran su crítica en este sector ultraliberal y sus políticas desreguladoras que tanto daño hacen a la clase trabajadora?

No deja de resultar sospechoso que los críticos de la diversidad sean más tibios con José Luis Rodríguez Zapatero, que entregó la soberanía del país al poder de la troika con la reforma del artículo 135 de la Constitución, que con el 15-M. Su retórica es obrerista y sindicalista, pero parecen obviar que el proletariado actual es más una kelly sudamericana y un rider de Glovo que un operario de fábrica o un minero asturiano, y no extienden su cuestionamiento hacia CCCOO y UGT por su integración en las políticas del Estado capitalista. Parecen aspirar a una socialdemocracia que recupere el pacto social y un capitalismo industrial bueno, frente al mal capitalismo financiero, globalista y luterano, a la vez que defienden la patria, la familia y la tradición. Y finalmente desprecian los movimientos sociales del feminismo, el antirracismo y el LGTB como si no fueran igualmente parte de una clase obrera que lucha contra la explotación y se opone a los intentos del capitalismo de apropiarse de sus causas para blanquearse.

En suma, nuestra crítica hacia Bernabé señala su carácter conjetural, su potencial encuentro con discursos reaccionarios, su frágil análisis estructural y su escasa propuesta transformadora. Su trampa diversa, amparada en una vaga retórica materialista, parece obviar además que la filosofía posmoderna no solo elabora una crítica a los grandes relatos o una apología del relativismo epistemológico, sino que también alberga una pervivencia del marxismo, una denuncia del capitalismo y sus nuevas formas de poder y una apuesta por la emancipación. La incertidumbre aparente que plantean sus escritos se ve así compensada por una apuesta ética y política: en Derrida, por la hospitalidad universal hacia el otro y la recuperación de un espectro marxista revolucionario; en Foucault, por las artes de la existencia y la denuncia de la biopolítica y las instituciones disciplinarias del capital; en Deleuze, por una reivindicación de las síntesis conectivas, el rechazo de las fuerzas reactivas y la denuncia de las sociedades de control capitalistas.9

La apuesta política y ética de Bernabé, más allá de una vaguedad nostálgica o un llamado al orden, queda empequeñecida frente a estos gigantes del pensamiento, cuya crítica debe hacerse debidamente (y no como pudimos leer aquí o aquí, en la línea de una pobre lectura de la posmodernidad). Justo antes de morir, Deleuze andaba trabajando en una monografía sobre Marx y lanzaba un llamado a «volver a creer en el mundo», acompañado de la apuesta por recuperar el pueblo como horizonte. En ese sentido parecía aproximarse a un populismo que tampoco gusta a Bernabé (aunque ahora se haya acercado a Podemos), y desde el que emergen ahora, a partir de la crítica a las movilizaciones y estrategias del periodo anterior, iniciativas teóricas y prácticas socialistas que llaman a reorganizarse para reemprender la lucha contra el poder neoliberal y corporativo,10 a la vez que la tradición crítica marxista recupera su vigencia y desborda los límites de la reacción frente a la posmodernidad.11

No nos cabe duda de que en esa lucha presente y futura el pensamiento antidiverso, la trampa de la conjetura y sus confluencias con el discurso reaccionario tendrán cada vez menos espacio en la izquierda.


1 Como señala el Manifiesto comunista, «la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales».

2 A este respecto, ver por ejemplo el reciente libro de Marta Peirano El enemigo conoce el sistema: manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención (Debate, 2019).

3 A lo largo de su obra Bernabé no ofrece una definición precisa de la posmodernidad, más allá de rereferirse al «espíritu de una época» caracterizado por la ausencia de reglas en un mundo fragmentado e individualista que solo cabe encajar con «una mueca de inteligente desencanto». Si acaso la toma de Terry Eagleton, que de todos modos reconoció que la filosofía postestructuralista «consistía en ser crítica, que no cómplice, de los ídolos del mercado», y que el posmodernismo sería «un postestructuralismo sin la teoría». Igualmente, la obra de Fredric Jameson no tiene un peso relevante como marco crítico de la lógica cultural del capitalismo tardío.

4 Curiosamente, las dos únicas citas de La condición de la posmodernidad (Amorrortu, 2008) sirven para apuntar características de la modernidad, pero no para desarrollar el análisis materialista de la fragmentación productiva posmoderna. También es reseñable la ausencia total de referencias a autores como E. P. Thompson, Raymond Williams o Stuart Hall como marco teórico marxista para la crítica de la posmodernidad.

5 Sobre todos estos procesos resulta interesante consultar el reciente libro de Carlos Sebastián El capitalismo del siglo XXI: mayor desigualdad, menor dinamismo (Galaxia, 2020).

6 No se estudia el impacto que la fragmentación productiva tiene sobre las expresiones culturales del capitalismo tardío, ni tampoco se aplican sistemáticamente categorías de análisis marxistas como la alienación y el fetiche de la mercancía, la extracción de plusvalía y la tasa decreciente de ganancia, el ejército industrial de reserva, la competencia entre capitales, el análisis de monopolios y oligopolios, la relación entre trabajo, capital y tierra o una descripción de la estructura actual de clases.

7 Aunque aquí no podemos coincidir con Hernández, sí nos parecen de interés sus trabajos de crítica sobre la economía política del capitalismo actual, como la que lleva a cabo en su libro Los límites del deseo: instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (Clave Intelectual, 2016).

8 Ya desde el subtítulo de su obra, Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, Bernabé reconoce estar defendiendo una identidad sobre otras, con lo que sus críticas hacia un identitarismo posmoderno no dejan de caer en lo mismo que denuncia, y obvian además que en gran medida el proyecto de la posmodernidad teórica elabora una crítica contra la identidad para presentarla como producto o efecto de las relaciones sociales.

9 Para Derrida, consultar su obra Espectros de Marx (Trotta, 2012) o la entrevista «Hoy en día» en No escribo sin luz artificial (Cuatro, 2006). Para Foucault, La voluntad de saber (Siglo XXI, 2019) o Nacimiento de la biopolítica (Akal, 2009); y para Deleuze, su curso Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia (Cactus, 2005), así como sus cursos sobre Foucault (El saber, El poder, La subjetivación, en Cactus), así como este breve artículo sobre las sociedades de control.

10 En ese sentido, como superación de Laclau y las tesis de La razón populista (Fondo de Cultura Económica, 2005), nos han llegado recientemente dos propuestas de interés: de Damián Selci, Teoría de la militancia. Organización y poder popular (Cuarenta Ríos, 2019); y de Jodi Dean, Multitudes y partido (Katakrak, 2017).

11 Las obras son numerosas, pero destacaremos las de Juan Íñigo Carrera en Conocer el capital hoy (Imago Mundi, 2007), los propios David Harvey en Guía de El Capital de Marx (Akal, 2014) o Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón (Atalaya, 2011), Erik Olin Wright para Comprender las clases sociales (Akal, 2018) o Andrew Kliman Reivindicando El Capital de Marx (El Viejo Topo, 2020).


Mario Martínez Zauner es escritor, divulgador y doctor en antropología social y cultural por la UAM tras realizar su investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Es autor de Presos contra Franco: lucha y militancia política en las cárceles del tardofranquismo y, junto con Jorge Martínez Reverte, de De Madrid al Ebro: las grandes batallas de la guerra civil española.

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Cultura

Pilar Blanco: «La poesía es un ejercicio de anhelo y desengaño»

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/ una entrevista de Ada Soriano /

Una preciosa fotografía del artista Marcus Donner muestra una luna dorada por el artificio de un sauce llorón que llueve fuego. Así es la portada de Yo escribo la noche (Chamán Ediciones, 2020) de la poeta Pilar Blanco Díaz (Bembibre [León]): un libro de poemas valioso y estremecedor, dividido en tres secciones («Ello», «-S-» y «Ella»), en el que la autora se hace cómplice de la oscuridad y de la luz, del amor y sus heridas, con la solvencia propia de una poeta que escribe sin adornos vacuos, sin concesiones. No hay relleno aquí. No sobra nada.

Hallo en esta nueva entrega de Pilar Blanco, como en sus poemarios anteriores, una sobrada capacidad de observación, inquietud, raciocinio, misterio y sentimientos que tiemblan con mano firme desde un lenguaje pulcro y hondo: «Es la silueta de la noche un pájaro/ que apenas se sostiene en su tiniebla; y es la tiniebla pórtico de luces,/ temblor que no se eclipsa contra el suelo,/ el manantial, la voz que permanece». Así comienza esta obra, con la intensidad lírica y simbólica de las imágenes que componen «Noche garza», poema preliminar. Hay mucho amor aquí, con sus inevitables consecuencias, y una belleza, digamos, dolorosa. ¿Cómo no detenerse y compartirse ante una poesía que no tiene miedo a serlo porque es libre y goza de versos que en más de una ocasión parece que vayan a escaparse de la página igual que el amor escapa? Difícil escoger, pero me apetece seguir hablando de amor y de belleza. Precisamente, en la tercera sección quedé ensimismada ante un poema que lleva por título «Visión de la belleza» y que Pilar Blanco dedica al célebre cantautor Luis Eduardo Aute. Así lo inicia: «Hay un paso que solo la Belleza puede dar./ Un paso que deja atrás la sumisión, la voz cobarde, la deslealtad, el impulso asesino./ Quien ama la belleza no traiciona sus ritos ni mueve a conveniencia las voluntades títere./ Sabe del valor de la palabra y con ella hace cáliz». Y así lo consuma: «Hay un paso que solo la Belleza puede dar./ Y conduce a la vida».

Pilar, con el título de tu reciente poemario, Yo escribo la noche, ¿rindes homenaje a Alejandra Pizarnik?

Sí: le rindo homenaje, en primer lugar, al escoger como título una construcción de gran belleza y potencia; pero hay también una cierta identificación emocional, además de admiración por su manera de traducir la desmesura a un lenguaje moteado de irracionalidad que atraviesa al lector como un dardo de hielo y lumbre. Ella es uno de esos autores que siempre van conmigo por eso. Cuando hace unos años me saltaron desde el papel los versos que escogí para introducir el libro («Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche»), supe que el título no podría ser ningún otro: el que acierta de lleno al señalar quién escribe este libro, desde qué noche y con qué intención.

En el prefacio de tu libro anterior, Vigía de tu paso, dices, y me encanta, que «la poesía es un ejercicio de anhelo y desengaño. Lo que al final conseguimos transmitir no esplende nunca con el fulgor que nos cegó».

Esa es una impresión que se ha ido acrecentando con los años. Supongo que la mayoría de los escritores ha experimentado alguna vez la frustración de vislumbrar en el lugar menos oportuno una idea, una imagen, un verso… Lo que llamo el destello por su fulgor caprichoso y efímero. Sin embargo, para cuando se consigue plasmarlo ha perdido gran parte del polvillo iridiscente que lo hacía parecer especial. Yo, desde luego, en mi anhelo soy infinitamente mejor poeta y mariposa que la polilla resultante.

Observo en tus obras citas muy interesantes, además de una fidelidad a autores como Hugo Mujica, Roberto Juarroz o Rosario Castellanos.

Cuesta toda una vida encontrar autores de referencia que sigan funcionando como manantiales donde beber y espejos en que reflejarse. Lo habitual es que nos nutran durante una etapa de la vida en la que, como sanguijuelas literarias que somos, extraemos de ellos lo que nos hace falta, para luego dejarlos atrás. Pero hay autores que permanecen, que llegamos a interiorizar como de los nuestros. En mi caso, unos lo hacen desde el sentir herido o luminoso, como Alejandra Pizarnik, Antonio Gamoneda, Francisco Brines, Cernuda, Rosario Castellanos… Otros desde la insuficiencia del lenguaje que es necesario desmembrar para construirlo de nuevo, como Juarroz, Vallejo, Celan, Blanca Varela…; otros desde su anhelo de lo inefable junto con la exigencia expresiva, como Hugo Mujica, Juan de Yepes o Juan Ramón Jiménez. ¡Cómo no mantenerlos cerca! Lo que no implica cerrarse a nuevos hallazgos: no hay límites para el deslumbramiento.

Yo escribo la noche queda dividida en tres secciones: «Ello», «-S-» y «Ella». ¿Por qué así, y en ese orden?

Ya al verlo escrito todo seguido se aprecia que solo existen dos: el amor («Ello») y la mujer («Ella») que cuenta su historia desde la plenitud amorosa de los primeros poemas, pasa luego por la desolación de la pérdida en que «-S-» marca el desgarro de aquel plural que fue incendio hasta que se cerró en noche, para concluir en ese «Ella» de la tercera parte que busca la fuerza en la hermandad con ellas, todas las mujeres que lloraron, las mujeres de ojos tristes, las que tiemblan.

Dices en tu poema «Marca de espada» que «la patria de los hombres es su desolación». En palabras del director de cine Florian Henchel, «cada historia personal es un reflejo de lo que ocurre en el mundo». ¿Qué opinas de esta reflexión?

Cada persona ha llegado a ser quien es por la coincidencia de una serie de factores que marcan el lugar que ocupa en el mundo y su forma particular de mirarlo. Nos sentimos, opinamos y escogemos no por azar, sino como consecuencia de lo que somos, la cuna en que nos tocó nacer, la versión de la realidad que conocemos. Nadie puede vivir completamente ajeno a lo que le rodea y que pesa tanto como nuestra memoria personal. Yo hablo en este libro de la patria íntima; Henchel añade una dimensión social y universal de la que somos menos conscientes, pero que complementa la anterior de modo irrefutable.

Después de leer tu poema titulado «Algo de mí partió», me ha dado por pensar que los seres humanos nos pasamos la vida renaciendo, ¿no te parece?

Sí, también yo lo creo: estamos destinados a renacer una y otra vez, aunque siempre hay quienes no pueden más, como la propia Alejandra, y se rinden antes de tiempo. Las personas cambiamos de piel, de geografía, de amor, opinión, trabajo, de perspectiva vital y también creativa. Somos supervivientes de nosotras mismas, de cada fracaso, hundimiento y decisión que tomamos, de cada herida que nos causan. Así estamos construidos, con retales y cicatrices: el monstruo de Frankenstein c’est moi.

«Tampoco de ti más que la lágrima». ¿A la poesía no se le arrebata nada?

A la poesía se le arrebata todo. Los propios poetas cuando la negamos o utilizamos como medio y no como fin y también desde el exterior, cuando se la manipula y prostituye. Su fuerza, por lo tanto, reside en su capacidad de resistir, de mutar sin traicionarse para seguir existiendo.

¿Resulta más difícil escribir desde la herida? ¿Eres «Las dos Fridas»?

Para mí es muy difícil escribir desde otro ángulo salvo si busco la sátira, que también me gusta pero sabiéndola mero juguete que no mana de mi lado más oscuro, el más necesitado de la labor sanadora de la poesía. Debajo de todo siempre está el desasosiego, siempre el zarzal espinando aunque a veces arda y estalle en flores de alegría y pensamiento.

En esa línea se mueven mis dos Fridas, que no se oponen sino que se necesitan mutuamente. Soy una mujer frágil y resistente que se duele por casi todo y tiene tan fácil el desmoronamiento como las damiselas románticas el desmayo. Pero vuelvo a levantarme tras escarbar, hacer introspección, llenarme las uñas de tierra y raíces. Sin voluntad, a voluntad, hoja y viento, contradictoria pues creo que es desde la contradicción como el Yo se reafirma.

Varias veces nombras la palabra esperanza. ¿Qué piensas realmente de este sentimiento que, según declaró Julio Cortázar, «es el único que no es verdaderamente nuestro»?

Yo creo que la esperanza es el sentimiento más nuestro, solo que su cumplimiento no depende de nosotros. Es subjetiva, no racional. Por mucho que la razón y la evidencia de los datos nos demuestren su sinsentido, la esperanza es capaz de asomar entre los escombros y mantenernos en vilo. Y mantenernos en vida. Lo contrario sería insoportable.

Deseo concluir con el singular recorrido que haces por «la geografía de la pena» en tu poema «Cerrando astillas». No he podido evitar emocionarme al leer «Vuelve a morir Miguel desde Orihuela…». ¿Qué te condujo a este salvesequiempueda?

El poema evoca los momentos de plenitud a partir de que la esperanza se desmoronase en un dramático salvesequiempueda, a cuyo rebato aquello que fue fulgor, palabras, paisajes de la memoria compartida quedó ensordecido por el rugido de «los motores de la pérdida» y su lenguaje de destrucción: «vuelve a morir Miguel desde Orihuela», «le dieron el paseo», «le crecen gladiadores morituri en las lápidas», «se agotó en piedra y herejía», «Esta es la geografía de la pena»…

La enumeración de pueblos y ciudades como Valladolid, Zamora, Soria…, es decir, «todas las Baratarias en las que fui feliz», intenta reproducir emociones reales ligadas a lugares también reales, pero que funcionaban en cierto modo como esos territorios imaginarios donde nos refugiamos de lo que nos daña. Pero el daño existe, cada vez que encuentra un resquicio por donde atacar vuelve a morir un inocente en nombre de unos dogmas y muchas cobardías. En este caso y como símbolo, Miguel desde Orihuela.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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Cultura

Los primeros del XXI

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

Aunque nacidos a finales del siglo XX, los poetas seleccionados por Miguel Munárriz para formar parte de Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997) deberían ser calificados, en rigor, como los primeros del XXI, que es, por cierto, el título de su prólogo. Porque es en este siglo donde han cobrado forma, a partir de la publicación de sus respectivas óperas primas o tan sólo de sus versos iniciales, pues no todos han llegado a ver ya editada su primera entrega. 

Aunque Munárriz no lo indica en la cubierta, todos los poetas de su florilegio son asturianos. Por lo mismo, todos son españoles, de ahí que se les incluya en antologías nacionales como Nacer en otro tiempo: antología de la joven poesía española. Y por la lengua que usan, salvo excepciones, del inmenso territorio de La Mancha, que tiene, como es bien sabido, al menos dos orillas. Más allá, a la poesía le importa poco la procedencia de sus practicantes (o su género), si bien uno ha venido defendiendo que algo (o mucho) del paisaje y del paisanaje de un determinado lugar, de su cultura tradicional, se acaba fijando en nuestra manera de decir. De ahí al absurdo nacionalista media un abismo de sentido común que sólo los iluminados traspasan.

En sentido laxo, por el mero azar del sitio en el que uno ha nacido o ha estudiado el bachillerato (por decirlo con Max Aub), no es ningún disparate adjetivar la poesía y por eso hablamos de poesía extremeña o canaria sin rubor, y hasta de mexicana o argentina, a sabiendas de que sí pero no, pues la lengua común que empleamos está muy por encima de esa engañosa terminología geográfica. Así y todo, se puede afirmar que la poesía escrita por asturianos a lo largo del siglo XX y lo que va, y de qué manera, del XXI, es ejemplar y en ella descuellan algunos nombre señeros. Uno de ellos es mencionado por la inmensa mayoría de los nominados. Me refiero a Ángel González. En su introducción, «Los novísimos del XXI», Munárriz lo cita. Para los promotores de Luna de abajo (más que una editorial), «un nombre que se confunde con nuestros sueños y nuestras biografías», «bandera» de la poesía de la experiencia que aquellos tomaron, igual que casi todos estos, como modelo. Luego enumera a algunos de los poetas de esa estela. Entre los más conocidos (y ortodoxos), Víctor Botas, José Luis García Martín (que pasaría también por «poeta extremeño»), Fernando BeltránJavier Almuzara o Juan Luis Piquero.

Que otro mencionado a menudo sea García Martín, impulsor de tertulias y otras empresas literarias y editoriales del Principado, es determinante a la hora de señalar a la poesía figurativa como eje de las poéticas de no pocos de estos jóvenes que le tienen, además, por descubridor y maestro. ¿Y quiénes son, digámoslo ya, los poetas del momento incluidos en la muestra? Pues, en orden cronológico, Sergio C. Fanjul (1980), Pablo Núñez (1980), Fruela Fernández (1982), Carlos Iglesias (1983), Rodrigo Olay (1989), Ruth Llana (1990), Sara A. Palicio (1991), Mario Vega (1992), Miguel Floriano (1992), Lorenzo Roal (1992), Xaime Martínez (1993), Candela de las Heras (1994), Dalia Alonso (1996), Óscar Díaz (1997) y Rocío Acebal (1997). Aunque la comparación con los del Club del 27 sea desproporcionada (cuando menos todavía), Munárriz anota que la mayoría son profesores de literatura. 

Cada poeta (del que se incorpora un retrato fotográfico que da prestancia y belleza al volumen) responde a un interesante cuestionario que consta de siete puntos y que contribuye a sustanciar la compilación. El primero pregunta por la definición de poesía. Los demás se interesan por las primeras lecturas y los primeros pasos poéticos, por el sentimiento de pertenencia a un lugar y a una generación (hijos de la Asturias de la reconversión), sobre lo que han aprendido de la poesía y cuál sería su poética. Por último, se solicita una breve biobibliografía. A la fuerza, cabe añadir, si tenemos en cuenta sus edades. 

Tras algunas elucubraciones líricas que llevan al antólogo de NabokovPercy B. Shelley pasando por Dámaso Alonso y algunos de los elegidos, aquel concluye: «Todos los autores de esta Antología son hijos de su tiempo. Son modernos en el sentido en que Hermann Bahr deseaba como el único deber en la vida; pero ser moderno no es otra cosa que ser actual y contemporáneo. Y todos estos poetas de fin de siglo lo son». Mientras leía, según costumbre, he ido tomando notas acerca de cada poeta. Vamos, de la lectura de sus poemas (algunos inéditos) y de los cuestionarios. Confieso que siempre me ha molestado que en las reseñas de las antologías se hable de unos y no de otros. A riesgo de resultar pesado, mencionaré a los quince.

Por seguir el orden, Sergio C. Fanjul, el mayor, uno de los más atrevidos y con más sentido del humor, moderno a ultranza, provocador y desenfadado, destaca que «más que interesarme la poesía, me interesa lo poético». Y que «su utilidad, más allá del placer íntimo, es nula». Defiende —una norma general— los premios (no pocos proceden del Asturias Joven). Entre sus poemas, destacaría «El desencanto»: «nunca lució/ el sol aquella década». En «Manifiesto freelance» leemos: «Nos importa una mierda el futuro». ¿Su peligro? La ocurrencia, porque inventiva tiene a raudales. 

Más templado, Pablo Núñez cree que la poesía es idea más emoción. Forma parte del equipo figurativo. Como tantos, destaca sus inicios en la tertulia Óliver, de JLGM. Es uno de los coordinadores de la revista Anáfora, que está en el centro de la pujante poesía asturiana (y española) del momento, y, con Carlos Iglesias (otro del grupo), editor de Siete mundos: selección de nueva poesía, antología de poesía asturiana joven. No es la única: Maremágnum ediciones (otro reciente proyecto made in Asturias) publicó Mucho por venir: muestra consultada de poesía asturiana (2008–2017), donde ya estaban algunos de estos poetas. Remito al lector curioso a las reseñas que hice de sus dos libros publicados, Lo que dejan los díasTus pasos en la niebla

Fruela Fernández anota que «la poesía no es, la poesía hace». Apuesta por el humor. Y por el «potencial de la tradición popular» (basta con leer su libro Folk). ¿En sintonía con la poesía de Juan Carlos Reche? Entiende la escritura como «ejercicio espiritual» (en la línea de Hadot): «una forma de ejercer y de dar forma a la propia moral», algo que se aprecia en los poemas inéditos.

Carlos Iglesias cita a Leonard Cohen (Premio Príncipe de Asturias) y, como tantos del conjunto, a Luis García Montero. También a cantautores, lo que le une a poetas de una generación anterior: la de los ochenta. «Sigo leyendo y escribiendo poesía para encontrar mi propia forma de estar en la vida». La suya se caracteriza por la desnudez, el despojamiento y la transparencia. Muy minimalista, oriental y silenciaria en los últimos tiempos. Ha reunido su primera poesía en El peso del silencio. Su ópera prima se tituló El niño de arena.

Rodrigo Olay acaba de conseguir, con su tercer libro, un accésit del Adonais. Es el prototipo del poeta–profesor, este sí, en sintonía con los del 27. Reconoce que siempre se ha sentido atraído por esa figura. Bueno, él dice doctus poeta, y es que se nota esa condición didáctica y docente. En las respuestas al cuestionario, por ejemplo, en una amplitud llamativa. Por precisión que no quede, ya digo. Para definir la poesía echa mano de Wordsworth, Coleridge, Auden u Ory, y recalca la importancia de las «lecturas de formación» hasta el punto de defender, sin empacho, que «quienes saben de poesía son más los filólogos que los poetas». Sus «eruditerías» sorprenden. Sin embargo, destaca el nombre de Blas de Otero y no el de Jorge Guillén. Otra predilección confesa: «las líneas figurativas», las «corrientes realistas». Este es más que un poeta que promete. En los inéditos leemos: «Y es dulce conmorir con quien se ama».

Ruth Llana es todo lo contrario en lo que a parquedad se refiere. Aludo al cuestionario. Colmado, ya que lo menciono, de nombres de autores y teóricos que, en su mayor parte, desconozco. Reside en Estados Unidos y su poesía (en prosa) es compleja y de peculiar sintaxis. Tampoco en esto se parece a Olay. Sí, el lenguaje es primordial allí. Fragmentación, collage… Y feminismo, otra de las claves generacionales.

Sara A. Palicio se extiende bastante a la hora de responder a las cuestiones planteadas por Munárriz. «Poesía —dice— es poner la vida contra las cuerdas». Prefieres centrarse en el verso, en el poema: «La realidad también vive en el poema». «Todo lo que tiene lugar en el poema tiene lugar. Sucede. Existe. Es realidad». «La necesidad de definir la poesía fuera del verso» le resulta «más agobiante que clarificadora, hasta el punto de que se me parece a intentar explicar los matices cromáticos sin utilizar el concepto de color». Llega a la poesía de la mano de los poetas ochenteros que, a su vez, la ponen en comunicación (otra constante) con sus maestros: los del 50, aunque no falten novísimos en el top de los más citados, como Luis Alberto de Cuenca o Eloy Sánchez Rosillo. Da mucha importancia a la imagen. Dice compartir con sus compañeros de aventura un «contexto» Poco más. Eso y el Asturias Joven y los encuentros veraniegos de Valdediós. Que todo lo aprendido de la poesía se resuma en un verso (digno) de Luna Miguel me confunde. En cada poema, tres elementos: «dolor, palabra, silencio». Dice: «Llevo atada al cuello la poesía. Me abraza pero también me ahoga».

Mario Vega, muy práctico, dice que lo que importa «es hacer buena poesía» y que haya un lector. «Siempre he entendido la poesía como un diálogo con el pasado». Cita a González y a Benedetti. A Gil de Biedma y a Fernando Ortiz. Se confiesa «profundamente crítico» en el «momento de la confección» del poema, pero «absolutamente acrítico con el poema acabado». Con sensatez, «busco escribir aquello que me gustaría leer, y para ello necesito cierta distancia». Y que le gustan sus poemas pero que detesta hablar de ellos. Por suerte, se defienden solos. «¡Aleluya!» y «Regreso», pongo por caso, dos inéditos me han gustado mucho.

Miguel Floriano, uno de los más inquietos personajes que conozco y promotor, ya se dijo, de la antología Nacer en otro tiempo (que editó junto a Antonio Rivero Machina), afirma que la poesía tiene «el color del misterio». Empezó leyendo novelas de aventuras y policiacas. Reivindica la «poesía de ideas» y, como en todos los jóvenes, su lista de lecturas es apabullante. Ningún autor le es ajeno. O casi. Está en contra de los «canónigos de la literatura». «Escribir poemas —anota— supone al fin y al cabo una nueva epistemología, la organización de un saber repentino […] en un discurso que no es proporcional, que no afirma ni niega nada». Luego añade: «Ignoro lo que la poesía es, pero sucede que ese desconocimiento recoge la génesis y el fundamento de la escritura». Cree, con Foucault, que «se escriben poemas para llegar a saber qué son los poemas». Tiene una buena relación con el espíritu. De sus inéditos, me quedo con «His last bow» (que termina: «No será tu placer el de la melancolía») y con «(Gnoseología)», en torno a la identidad, donde encontramos al más genuino Floriano.

Lorenzo Roal lo primero que dice es que no cree «que la poesía sea un misterio». Y añade: «Mucho más interesante me parece hablar sobre qué es buena poesía o para qué es buena la poesía». «Es la expresión máxima del ser humano», asevera. De sus primeros encuentros con ella: «serendipia pura». Como otros compañeros de viaje, la poesía de la experiencia (50+80) es su eje. Define a García Martín como «catalizador de la poesía de Asturias desde hace ya medio siglo». Es uno de los promotores de Maremágnum (como Rocío Acebal y el citado Vega) y activista LGTB. Para él, un poema es la «máxima expresión lírica con las mínimas palabras posibles». Pretende traer a la poesía de la experiencia, «esa tradición heredada», «la perspectiva queer». Como otros miembros de esta antología, tiene publicado un cuaderno en la gijonesa Heracles y Nosotros. No ha publicado todavía su primer libro. Me han gustado sus poemas «Epigrama a un Góngora actual» y «Post Data».

Xaime Martínez es uno de los poetas más reconocidos del florilegio. Con su libro Cuerpos perdidos en las morgues logró el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2019. Con Fuego cruzado, había conseguido también el Antonio Carvajal de poesía joven: de ahí que aparezca su nombre en varias antologías de poesía española (y asturiana) reciente. Es músico, además. Piensa que la poesía es «pensar desde el ritmo (¡no hacia el ritmo!)». Se confiesa tan influenciado por los cantautores como por Anne Carson (de la que aprende acerca de la «narratividad del texto poético»). Prefiere no redactar una poética: «es un tigre muerto en una selva imaginaria». No deja de resultar llamativo que se haya decantando por la escritura en asturiano. Hay dos poemas en su selección que nos desvelan el nuevo camino.

Candela de las Heras, nació en la ciudad asturiana (aunque esté fuera del mapa autonómico) de Benidorm. Lo digo porque puede que sea el destino turístico preferido por nuestros queridos norteños. Para ella, «la poesía es una imagen, un espacio personal que mira hacia dentro y hacia fuera», «un refugio de coordenadas fijas en un mapa». En sus orígenes, María Victoria Atencia y Blanca Varela. Y entre sus influencias poéticas, la música y el cine, un rasgo generacional. Insiste en la cuestión del género: «Es importante, como mujer que escribe, situarse dentro de una tradición oculta, invisible para el canon». Aunque no comparto la última parte de la frase, respeto su opinión. «Deseo una poesía telúrica, carnal, devuelta a la mística de sus orígenes», escribe. Concibe la poesía como «un elemento capaz de arrojar luz», que me parece una preciosa descripción. «Como un descubrimiento». Es codirectora de Anáfora. De sus poemas, me atrae su aire epigramático. «El único misterio es lo mundano/ poseyendo cada centímetro,/ cada milímetro de nuestro cuerpo», leemos. Aporta muchos inéditos y homenajea a Emily Dickinson, lo que siempre alegra.

Para Dalia Alonso, la poesía es «una forma de ordenar un mundo que me resulta, como poco, abrumador». Pesa en su poesía la griega clásica, pero no le hace ascos a Cavafis. Antes, Safo, Homero y los trágicos. De la lírica destaca su «delicadeza». «Orfebrería y brillantes. Romanticismo», escribe en su poética. Cita a Aurora Luque (imposible obviarla si tenemos en cuenta sus preferencias). Me llama la atención su lenguaje, como de otra época.

Óscar Díaz no es el único que cita a san Agustín, «la celebrada contestación que dio […] sobre qué era el tiempo, mutatis mutandis: ¿qué es, pues, la poesía? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». Su historial de lecturas, periodo a periodo de su vida, es a-pa-bu-llan-te. ¡Quién dijo Mallarmé! Qué método. No es extraño que sus maestros sean muchos y de lo más variado. Que su formación sea filosófica explica algunas cosas. Sí, se considera «constante». Y sin «ansiedad al trabajo». Presume de su «obsesión por maximizar el tiempo». A los cuatro años le dictó un cuento a su tía. Como es lógico, a los diecisiete ganó el Premio Félix Grande, aunque el libro lo había escrito con catorce. «Quiero que me llamen recolector», reza en su poética. Como a Dioscórides o Diógenes, matiza. Es el autor de un libro que me impresionó cuando lo leí: En el principio era América. Y de El sentir: poemillas del ahora. La filosofía, ya se insinuó, tiene una gran importancia en sus poemas.

Rocío Acebal, a pesar de su edad, es también de sobra conocida para los lectores habituales de poesía. Con Hijos de la bonanza se alzó con el Premio Hiperión. Ya había publicado Memorias del mar. Poesía es, para ella, la «búsqueda de la palabra precisa». En el principio González y Gil de Biedma. Luego fueron llegando más: la bilbaína Figuera Aymerich, la norteamericana Dickinson, el ovetense Botas, el madrileño Luis Alberto de Cuenca… Defiende el uso de la ironía. El manejo de la palabra con «precisión y astucia». Otra definición de poesía: «una forma de diálogo». «Lo más enriquecedor posible». Concreta: «el poema solo es tal para mí, cuando puede ser comprendido». Se considera una ávida lectora. No publica en la muestra ningún poema inédito. Algunos podrán leerse pronto en la revista Suroeste.

Termino. Con una paráfrasis bíblica que tiene mucho que ver con la labor desarrollada por el profesor, poeta y crítico José Luis García Martín: quien siembra lectura, cosecha poesía. Y de la buena, que es lo que importa. Como lector —no sé si tan voraz como la benjamina Acebal—, me congratulo por esta exhibición de joven talento poético. Con sus luces, sobre todo, pero también con sus sombras. Ya lo dijo el sabio Steiner: «Hay errores que se deben cometer en la imprudencia de los comienzos». En todo caso, como ha dicho Juan Bonilla en su memorable poema «Los poetas malditos», estos jóvenes «vallejean, gildebiedman, gamonedan» y uno, como él, les envidia por su «ciega confianza en que escribir/ es un modo de engrandecer la vida// la confianza ciega en que vivir / no es nada/ si luego no nos sirve/ para caer de bruces/ en un poema».


Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980)

Cursillo de origami

cada vez que te veo pienso en papiroflexia

te doblas sobre ti misma
y vuelves convertida en otra cosa
pájaro, mar, residuo radiactivo,
terremoto, pétalo que muerde,
sangriento mousse de leche

consulto mi sismógrafo:
por ejemplo, ahora estás furiosa
pero ahora, en cambio,
te acercas y me coges de la mano
con la fuerza justa

para dar muerte a un gorrión

(De Inventario de invertebrados)

Pablo Núñez (Langreo, 1980)

Lecciones

No saben más que tú. No hagas ni caso.
Esos que quieren dar siempre lecciones,
que aseguran que vas
haciéndote mayor para ser padre,
que es imparable el tiempo,
que obrar como ellos dicen justifica
una vida; los mismos, tan estrictos,
saben que a veces tardan en conciliar el sueño,
preguntándose qué hacer
y arrepintiéndose de tantas cosas.
Solo quien te escucha y duda
tiene algo valioso que decirte.
Así que ya lo sabes: tú, ni caso,
equivócate solo,
haz lo que Dios te dé a entender,
y empieza, por ejemplo,
por olvidar sin más estos consejos.

Fruela Fernández (Langreo, 1982)

Este cuerpo que arranca yerba
también morirá

Lo ve en los cachorros dormidos hacia el Este
las naranjas que se encogen marrones
el jacinto que desborda la verja

No dará el calor de la leña que gasta
—la lenta, la de encina—
sino más ceniza que el papel donde escribe

El sol no le hace ascos,
tan bendito,
cuando mueve su olor por los parterres

El mundo es la perla del ojo
o el ojo
es toda la perla,
pregunta

El que cava aún no yace
y él cava
y cava

Pero las demasiadas estrellas
seguirán estirando su manta
cuando ya no le sirva

(Inédito)

Carlos Iglesias (Oviedo, 1983)

Tercer aniversario

in memoriam Regina Suárez Fernández (1928-2017)

Tu recuerdo otorga peso
a todo aquello que aún vibra
más allá del aire:

la estremecida nana
de los camiones en la noche,

el secreto dulzor de la saliva
al morder una cereza,

tu voz desgranando el eco
de los vivos y los muertos,
como quien eleva al cielo
una plegaria o un rezo;

mi infancia que hoy perdura,
cobijada entre tus brazos,
desafiando al tiempo.

(Inédito)

Rodrigo Olay (Noreña, 1989)

La víspera

La respiración lenta,
tan densa como el miedo, tan profunda.
Las vendas que escondían su mano, su antebrazo.
El gesto rígido.
La frente enfebrecida.
La silla de mi madre junto al lecho.
La habitación en sombra.

Lúcida como la desesperanza,
mi madre, muy despacio, la besa en la mejilla.

-Esta tarde comprad camisas blancas.

(De La víspera)

Ruth Llana (Asturias, 1990)

Καθηγητής Οικονομικών

Las dos igual en una simetría infeliz en paralelismo crucificado; ves y no ves su gesto su demolición, su paradigma quieto de cosa tenue de cosa desmedida. Ves y no ves tus tres marcas gesto de caín ropa de caín, tu amoratada. Tu príncipe ves y no ves tu mujer tu hermana no ves y ves, en el desmesuramiento filtración a través de las palmas porque palmas hacia arriba palmas hacia abajo, palmas gesto acércate sin miedo. El dorso de la mano sin embargo, el dorso de la mano, donde la calcinada donde el ruido atroz la marca en la piel los gestos de caín los cabellos de caín tu enfantasmada. Con quien tengas hijos te deje embarazada heredará ojos que vengan ojos que vienen hacia aquí en la ternura de la bisagra por el elemento que traspasa el agua corre y el pájaro canta

(De Umbral, 2017)

Sara A. Palicio (Langreo, 1991)

Poema de Sofía surcando los años

Y siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso. 

José Agustín Goytisolo

A través del tiempo me esperas, 
Sofía, 
cuando todo lo que tienes por cuerpo 
es ese nombre que tantas veces oirás 
de tantas bocas y yo pienso en ti 
y en lo que aún no somos 
capaces de imaginarnos porque estás 
surcando los años. Pero es preciso 
que sepas que escribimos la historia 
del tiempo que viviste sin saberlo 
para que seas la primera 
en llegar antes a su propio mundo. 
Aquí casi todas las mañanas amanece 
—aprenderás pronto a encontrar lo cotidiano— 
y debajo de los años se dejan ver algunos días. 
La luz va creando poco a poco las cosas 
para después deshacerlas. Mientras, 
del balanceo de las horas nace el tiempo. 
Fuera de tus ojos el mundo se multiplica: 
muchos infinitos hacen un universo. 
O algo así me han contado. 
Nunca se puede ser más pequeño 
que cuando aún no se ha nacido. 
Son cosas que sabemos con el tiempo. 
Olvidaba decirte que la vida 
a partir de ahora dispone: 
nunca podrás ser más pequeña que este poema.

 (De Las costumbres vacías, 2015)

Mario Vega (Oviedo, 1992)

Epitafio de un poeta

Tantas veces pisé las tierras brumas
y atravesé las apretadas mieses,
los ateridos mares
y la remota arena del desierto.
En tantas ocasiones dije arder
al otro lado del espejo, tantas
hice de la palabra mi mortaja
volviendo del abismo
para así relatar viejas historias
de tiempos por venir.
Tantas veces probé en la veloz noche
el placer de su búsqueda
—o quizá fuera ella en busca mía—.
Tantas veces charlamos junto al fuego
que creí comprenderla.

Ahora vuelvo a entrar
en su austero palacio.

Nada de esto resulta conocido.

(De La mala conciencia)

Miguel Floriano (Oviedo, 1992)

Debilidad del método

Aún sin la presencia de la luz
que redima los días indistintos,
pongo obstinadamente
rumbo al pensamiento,
único no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.

Cualquiera te diría que no es este el camino.
Ficción sobre sí misma proyectada,
a saber: el poema,
el vicio de creer o de vivir los nombres.
Desconozco el engaño. Solamente
recojo todo aquello que no existe
y le entrego una forma que el tiempo no castigue.
Habiéndote perdido soy el Otro.
Habiéndote perdido soy el mismo.
Nuestros cuerpos y su historia
—historia de piel sabia, de actos vivos—,
herida a cada hora más pequeña y dócil
y que ya no podré abrir otra vez.

No amanece aún ni lo hará nunca
en este no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.
Cualquiera te diría que no es este el camino.
Digo todo pero es nunca.
Así para olvidar otro mundo nos cedo,
la materia y la envidia.

(De La materia y la envidia)

Lorenzo Roal (Oviedo, 1992)

El Arte

Invierno y en la cama, los dos juntos
llevábamos mirándonos
unos cinco minutos intentando
descubrir los detalles que la luz de la lámpara
tímida dibujaba en nuestros rostros.
Y entonces se me vino a la cabeza
escribirte unos versos.

Golpeteo mis dedos en tu espalda
un nuevo endecasílabo.
Me miras y mi cara se ilumina,
me levanto y comprendes
—el aire congelado golpea nuestros cuerpos—
y al fin encuentro el lápiz y el papel
Te miro.

—Qué es el Arte?
Y tú en tono jocoso me respondes:
—El Arte es cuando el frío te acuchilla
y en lugar de ponerte algo de abrigo
decides expresar lo duro de la Vida
en verso o en canción o con pintura
—los dedos ateridos, el cuerpo tiritando—
y Aquí: otro poema.

Xaime Martínez (Oviedo, 1993)

El cuchillo

En la breve veintena que he vivido
no hice nada en verdad muy reseñable.
Soñé un par de poemas y lo amable
que ellas tienen lo amé con fiel descuido.

Tiré si tuve tiro y tirité
si amor me quiso títere en su juego.
Quise saltar la hoguera y solo he
traído leña nueva al viejo fuego.

No sé si en este oscuro barroquismo
habrá alguna verdad, pero sí intuyo
que encontraré el cuchillo del que huyo

oculto en mis poemas y en mí mismo
y que habré de rendirme al postrer día
y decir lo que hoy calla la ironía.

(De Fuego cruzado)

Candela de las Heras (Alicante, 1994)

Little Girl Blue

A C.

Te vi crecer, aunque no te conocía.
Vi tus andares frustrados, tus pies arrastrándose por
la gravilla.
si bien es verdad que jamás me fijé en ellos.
Pasaban desapercibidos, al igual que es imperceptible
la huella del paso del tiempo en aquello
que vemos todos los días.
La mimosa, los ladrillos rojos, el asfalto tan duro,
la valla verde, el prado inmenso,
el perro guardián, las ovejas cautivas,
los higos heridos de muerte en el patio del colegio.
Todos ellos, como yo, te vieron crecer,
sin darse cuenta de que muy pronto querrías morir.

Me daban miedo.
No sabía por qué, jamás pude preguntármelo.
Y es que los juicios de los infantes son a primera vista,
pero duran siempre y
ni la redención de la muerte es capaz de cambiarlos.
Sin embargo, no tienes poir qué preocuparte.
¿Qué suerte la tuya?
Como le sucedió a tu adorada Janis,
alguien ha hablado de ti sin conocerte.

(De La senda recorrida)

Dalia Alonso (Gijón, 1996)

Poética

Si entonces lo hubiera sabido −

«Los dioses solo otorgan una noche
y un himno de nostalgia por esa única noche.» Aurora Luque

que aquellas manos sin valor
serían más tarde el fruto que Tántalo una y otra vez intenta alcanzar,
que a cada hora resucitaría en mi cuerpo la cuerda frotada de su cuerpo.

Deliciosos son
los primeros acordes del deseo y las tentativas originales
de un eros agraz.

El barquero pone un alto precio, pero todos consentimos pagarlo: por conjurar sobre el poema
el perfume denso del primer amor, todos los demás afectos.

(Del libro inédito La Divina)

Óscar Díaz (Langreo, 1997)

Del regalo de la escritura

Hay quien su oficio halla en falsificar
y asiste a una reunión donde resulta decisivo
su mundo, colocad un anillo y retiradlo
al fuego de los días.

El mar no significa nada
después de descubrirlo
y, sin embargo, dura;

no, tampoco aquella montaña
significa nada
y, sin embargo, dura.

Que no cambien las cosas que aparecen
si de aquí he de extraer algún motivo
para escribir ya sin las cosas,

pensar, así, ya sin las cosas
acogido por una ciencia joven
la ciencia de las cosas que se abstienen,
la ciencia de las cosas que campan a sus anchas.

(De En el principio era América)

Rocío Acebal Doval (Oviedo, 1997)

Hijos de la bonanza

Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras
y un huerto descuidado en la ventana;
mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés.

Conseguirás —dijeron—
mucho más que tus padres y sus padres:
estudia cuatro años y tendrás un trabajo,
trabaja y vivirás siempre tranquila;
trabaja y serás digna de un futuro.
Asentí, como todos —hijos de la bonanza—.

No atendimos a aquel presentimiento
aquel olor a pólvora que asomaba en voz baja
como un eco de angustia a puertas de palacio.

De aquel país ajeno a las fronteras
solo guardo el recuerdo de la luz
y una aversión a la palabra patria.

(De Hijos de la bonanza)


Los últimos del XX. Antología de poesía (1980-1997) - Luna de Abajo,  editorial asturiana
Los últimos del XX: antología de poesía (1980-1997)
Luna de Abajo, 2021
244 páginas
19,90 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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