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Cultura

Religión y drogas: crítica histórica de la concepción actual

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/ por Alberto Wagner Moll /

Desde el café que tomamos por la mañana, pasando por las cervezas que bebemos con amigos, e incluso los medicamentos que adquirimos en las farmacias, nuestra existencia está estrechamente vinculada al uso de drogas. Según la RAE, se denomina droga a cualquier «sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno». Por lo tanto, el término se aplica a una cantidad de objetos casi inabarcable: desde la metanfetamina hasta la aspirina, pasando por los ejemplos ya mencionados.

Sin embargo, en las sociedades occidentales, y más tarde en el resto del mundo, se extendió un uso peyorativo del concepto de droga. A principios del siglo XX, comenzaron en Estados Unidos campañas de prohibición estricta de ciertos tipos de sustancias, como el alcohol o la marihuana. Así pues, con la entrada en el gobierno de los Estados Unidos de los grupos evangelistas y menonitas, las autoridades extendieron la concepción negativa de todo tipo de droga que tuviera un uso recreativo. No se prohibía, por ejemplo, el café, ya que era útil e incluso a veces necesario para trabajar, sino que se criminalizaba1 toda sustancia empleada en el tiempo de ocio, la parte negativa del día que había creado el capitalismo.2 Por lo tanto, se inició una guerra frontal contra el comercio y el uso de toda sustancia que se consideraba negativa. De este modo, surgió el concepto del yonqui, quien, buscando hacer uso de tales drogas, vivía en la marginalidad social. El gobierno americano acaba de crear una división histórica entre sustancias que antes era, sencillamente, impensable.3

La primera de estas prohibiciones que cayó por su propio peso fue la del alcohol, debido a que su consumo estaba profundamente arraigado en la sociedad norteamericana. Esta prohibición ni siquiera se exportó a otros países. Como mejores consecuencias de dicha Ley Seca, tenemos el surgimiento de la mafia italiana, con Al Capone como gran capo, y el triple seco, una combinación de alcoholes que es, sencillamente, letal. El surgimiento del narcotráfico y el uso realmente tóxico, yonki, apareció, así pues, con la prohibición de la droga. Antes, evidentemente, se censuraba su uso inmoderado, pero no se criminalizaba la sustancia como tal.

Lo que el resto de países sí exportaron fue la prohibición del resto de sustancias, no tan comunes en occidente. Más tarde, los imperios occidentales exportaron dichas prohibiciones a Oriente4 y África. Se globalizó esta disyunción social entre drogas legales e ilegales. Lo que Nixon denominó la guerra contra la droga5 se generalizó y pasó a ser el modo habitual de concebir toda sustancia ilegalizada.

Así pues, como partimos de una conciencia que presupone esta división entre sustancias, nuestro trabajo aquí estará enfocado en, desde el análisis histórico del uso religioso de diversas drogas, mostrar la contingencia de tal separación; desde la visión religiosa de sustanciales tales como el cornezuelo, seremos capaces de comprender que el uso marginalizado y negativo de tales drogas no es el único ni el realmente viable.

Como hemos comentado anteriormente, las drogas han estado relacionadas con la humanidad desde al albor de los tiempos. Los efectos que producen se han empleado para múltiples utilidades, desde mejorar la eficacia en el trabajo hasta ayudar a dormir. Sin embargo, la relación que las drogas han mantenido con los rituales religiosos viene dada por la capacidad de estas de alterar el estado habitual de conciencia y percepción. Al ser nosotros seres conscientes, establecemos una división yo-mundo entre los seres conscientes y aquellos que no poseen dicha cualidad. Así pues, dividimos el cosmos desde esta característica propia nuestra,6 dando preeminencia evidente a las realidades de la conciencia frente a lo que denominamos material.

De esta manera, la divinidad para nosotros ha sido siempre una suerte de supra-conciencia.7 La religión está relacionada, en última instancia, con la conciencia. Por ello, las religiones antiguas veían en las drogas que modificaban el estado de conciencia una vía de acceso a la divinidad: la alteración de aquello que entendíamos como nuestra esencia tenía mucha más importancia que la alteración, por ejemplo, de nuestra capacidad de sueño.8

Así pues, las sustancias psicoactivas se usaron en las religiones primitivas, dentro de los cultos místicos, para inducir a los fieles a un estado de trance. La principal diferencia que se da en cada religión antigua en su relación con las sustancias psicotrópicas tiene que ver, principalmente, con las posibilidades climatológicas. En tanto que estamos hablando de sociedades agrarias, la extracción de las drogas estaba intrínsecamente relacionada con el cultivo posible que cada región permitía. Encontramos diferencias entre las sustancias de Irán y las de Grecia, porque sus climas son distintos.

Podemos asumir, por lo tanto, que los ritos religiosos se constituyeron en cada sociedad en función del acceso que tenían a distintas sustancias. Al no producir el mismo efecto, por ejemplo, el cannabis que el cornezuelo, la alteración de consciencia varía y, así, el rito que se realiza.

Así pues, desde esta perspectiva, vamos a realizar un repaso a los usos más significativos de sustancias psicoactivas que en relación con ritos religiosos se dieron en la antigüedad.9

Primeras civilizaciones de Asia

Las primeras grandes civilizaciones tuvieron su origen en Asia central. Los sumerios, los babilonios y los egipcios desarrollaron grandes imperios, cimentados en una cultura agrícola-ramadera.

Así pues, la gran mayoría de sus religiones eran politeístas, antropomórficas, y daban gran importancia a la época de las cosechas y a las estaciones, por lo cual desarrollaron una potente astronomía.10 Sin embargo, gran parte de su contenido mitológico sigue siendo, a día de hoy, un misterio.

De lo que sí tenemos constancia es del uso de drogas en sus rituales religiosos. En Asia central se usaba el cáñamo (cannabis sativa) para entrar en trance místico. Los antiguos iranios lo denominaban bangha, y su uso se extendió rápidamente por el resto del continente. En Mesopotamia, sin embargo, lo llamaban quunabu. Lo que sí está claro es que lo empleaban, principalmente, en sus ritos religiosos.

En Egipto, por otra parte, se generalizó el uso del opio y la adormidera. Los fines de esta sustancia, además de extáticos, eran médicos, ya que su consumo ayuda a conciliar el sueño. Hebreos11 y asirios adquirieron su conocimiento del contacto con los egipcios y extendieron su uso. Otras drogas empleadas fueron la mandrágora, el beleño, el estramonio y la belladona. Todas ellas fueron utilizadas por los sacerdotes en rituales sagrados.

Podemos observar, en líneas generales, unas pautas comunes en la relación de las sociedades del Asia central con las diversas drogas. Como en el Afganistán actual, proliferaban las plantas con efectos psicoactivos narcóticos. Su uso estaba delimitado a los cultos religiosos y a aplicaciones médicas. Por lo tanto, los sacerdotes ejercían de guías e instructores en el uso de estas sustancias. El objetivo de estos rituales no era otro que conectar el alma con la divinidad (religare, como supone san Agustín que es el origen etimológico de la palabra religión). Una conexión permitida por la capacidad que estas drogas tenían de alterar y hacer más significativas las experiencias sensibles. Al estar su uso limitado a ciertas ocasiones, la alteración de conciencia no se tornaba algo común, sino que se concebía en estrecha relación con el culto religioso. Rito y religión formaban, por lo tanto, una fuerte armonía en estas culturas.

Grecia y Roma

Las culturas griega y romana recibieron el conocimiento de las primeras civilizaciones, como constatan los testimonios de autores como Heródoto o Plinio el Viejo, sobre este tipo de sustancias. Su uso religioso, empero, era distinto en algunos aspectos.

En primer lugar, los ritos oficiales del Estado no implicaban estos elementos místicos, sino que eran más parecidos a las ceremonias públicas de la actualidad. La religión mayoritaria, en Roma y Grecia, era una cuestión política, más que teológica. Sin embargo, esto no implica que no hubiera ritos relacionados con drogas en estas civilizaciones, ni que estos fueran marginales.

El ejemplo más importante de la Antigua Grecia es el de los ritos de Eleusis.12 Relacionados con la diosa de la fertilidad, Deméter, en estos cultos se iniciaba a los miembros en la creencia acerca de la inmortalidad del alma. Para ello, el rito culminante de todo un laborioso proceso eran los ritos mayores, oficiados en otoño. En ellos, los miembros del rito se adentraban en el Telesterion, una gran cueva, e ingerían el kykeon. Esto era un brebaje compuesto por vino y sustancias alucinógenas, principalmente cornezuelo. El cornezuelo era empleado por los sacerdotes del rito como herramienta para despegar al alma de la sensibilidad habitual del cuerpo. Dentro de una noción menos intelectualista del espíritu, ellos entendían que las impresiones sensibles estaban contaminadas por el cuerpo, no que eran propiamente suyas, pues, en su forma purificada, pertenecían al alma. Por lo tanto, el objetivo que los sacerdotes griegos buscaban con el uso de estas sustancias es análogo al de los sacerdotes iranios, mesopotámicos y griegos: la modificación radical de la conciencia.

Aunque los ritos de Eleusis fueran los más importantes, hubo muchas sectas más, y gran parte de ellas (como los pitagóricos y los órficos) gozaron de gran importancia social. El apogeo de estos cultos viene unido a la época culmen de Grecia, ya que tienen su mayor repercusión después del período homérico y antes del imperio macedónico.

En Roma se adoptó, tras la conquista de Grecia, la teología helena, la cual se convirtió en religión oficial del Estado. La unión entre religión y política era tal que Cicerón, en Sobre la naturaleza de los dioses, afirma que el pueblo romano era el más creyente, pues era el que mejor se atenía a las leyes de su Estado. A nivel de drogas, el consumo de vino era habitual entre los romanos, aunque no estaba relacionado con ningún culto oficial. Se consumía de un modo semejante a la actualidad, en situaciones de ocio. No se tienen datos de que la sociedad romana hiciera uso general de otra droga, más que para fines terapéuticos.

Las sectas, por otro lado, no tuvieron una influencia real en la sociedad romana hasta el período de la decadencia imperial.13 Estas sectas se infiltraron en la sociedad romana de un modo radicalmente contrario al que lo hicieron en Grecia; mientras que, en la civilización helena, constituyeron uno de los pilares fundamentales a nivel social, epistemológico y teológico, sirviendo como apoyo a la religión estatal y fundadas en una mitología común, en Roma sirvieron, justamente, para disolver dicha religión. Desde esta perspectiva, el cristianismo, los ritos a sirios a Cibeles o a Atargatis, así como el neoplatonismo, estaban aglutinados en creencias contrarias a la sociedad tradicional romana.

Esta creencia no estaba desencaminada, pues todas estas sectas afirmaban la decadencia de la sociedad y la necesidad del individuo de buscar refugio en su espiritualidad interior.14 Finalmente, el cristianismo alcanzó el estatus de religión oficial y Justiniano, buscando la unidad religiosa, prohibió el resto de cultos.

En relación con el uso de psicoactivos, se conoce que algunas de estas sectas hacían uso generalizado de adormideras y otras sustancias similares, que empleaban en ritos de carácter orgiástico. Aunque sea una hipótesis, es plausible que la negativa concepción que de estas sectas se tenía esté debido a su componente ostracista, que empujaba a muchos ciudadanos a alejarse de la sociedad romana.

Friné en Eleusis (1889), de Henryk Siemiradzki

El Medievo y la Modernidad

Tras el auge del cristianismo y la posterior caída del Imperio romano occidental, Europa se fragmentó en multitud de reinos feudales, como los francos, los vándalos, los alanos, los godos, visigodos… Progresivamente, estos reinos fueron modificando sus formas de gobierno y su sociedad, asimilando la herencia romana y cristiana. Nacen, de esta forma, las protonaciones que más tarde se convertirán en las actuales naciones europeas.

De la mano de este proceso de cristianización viene el abandono de las tradiciones druídicas continentales,15 y con ellas el desuso de sus ritos y, lo que nos compete aquí, de las sustancias empleadas. Aunque también están unidos al misterio, se sabe que los druidas hacían uso de gran cantidad de drogas con fines médicos y religiosos, como el ya conocido cornezuelo. El culto de estos monjes europeos consistía en una suerte de naturalismo místico.

Frente a estas creencias, la sistematicidad y complejidad institucional del cristianismo pos-conciliar se impuso fácilmente, por diversos motivos, gran parte de ellos de índole pragmática y política.

Así pues, se impuso, a nivel religioso, el uso único del alcohol, unido también al empleo del incienso que, en grandes cantidades, produce efectos aromaterápicos y parecidos a los del tabaco.

De esta forma, nos es posible rastrear el origen de la división actual entre drogas legales e ilegales en la institucionalización del cristianismo. Efectivamente, la religión católica sirvió en su nacimiento como edificadora de  una moral estricta, capaz de reunificar los desmembrados trozos del imperio romano, aunque solo fuera a nivel teológico. Fruto de una época de inestabilidad y grandes conflictos, la Iglesia católica se propuso la tarea de cimentar la sociedad feudal. Estos esfuerzos fructificaron en medidas estrictas de moral16 en lo tocante a relaciones sexuales, de pensamiento y, como es el caso que nos ocupa, de uso de drogas. Gracias a estos esfuerzos, cabe recordar, se posibilitó el crecimiento de las naciones europeas y su progreso constante.

Sin embargo, aunque la Iglesia prohibiera el uso de la mayoría de drogas recreativa que no fuera el alcohol, no consiguió eliminar las sustancias psicoactivas de Europa. Frente a la prohibición estatal, se generó una red internacional de narcotráfico, cuyas principales comerciantes eran las famosas brujas.17 Efectivamente, frente a la creencia tradicional, la Iglesia católica no tenía aversión a estas mujeres por sus supuestas capacidades demoníacas (o, por lo menos, no era el principal motivo), sino por el comercio ilegal que mantenían a lo largo y ancho de toda Europa. No estamos tan lejos, pues, de la relación actual que con ciertas drogas se tiene, incluidos los Pablo Escobar de la época.

Aunque no se consiguió acabar radicalmente con el consumo de estas sustancias gracias al tráfico de brujas, sí que se redujo considerablemente su consumo. Además, la situación de los consumidores pasó a ser marginal y peligrosa: debían consumir estas drogas en lugares separados de la civilización, con un conocimiento y tratamiento de dichas sustancias mucho más precario que en la época de los cultos griegos o asiáticos.18

La época moderna, precedida por el Renacimiento filoclásico, no conllevó, sin embargo, grandes cambios en la relación de la sociedad con las drogas. Aunque se rescataron muchas cosas de Grecia y Roma, la relación con las sustancias psicoactivas se mantuvo, empero, idéntica que en la Edad Media, caza de brujas incluida. Esto fue así debido a que realmente Europa seguía siendo cristiana, y la Iglesia, tanto en su versión católica como protestante, repudiaba el empleo de dichas drogas. Las únicas novedades se produjeron por el descubrimiento, en el Nuevo Mundo, del café, el cacao y el tabaco, que se introdujeron con gran facilidad en las sociedades europeas. El motivo de esta buena aceptación, concluimos nosotros, tiene como razón principal el que estas drogas no alteran el estado de conciencia. No permitían, al contrario que otras sustancias, la introducción de fuerzas demoníacas en el alma humana.

Europa mantuvo esta postura respecto de las drogas, aunque con ciertas excepciones temporales, como fue el consumo de opio en el siglo XIX, o la ausencia de prohibiciones explícitas del cannabis hasta principios del siglo XX. A nivel religioso, en tanto que la mayoría de la población permaneció siendo cristiana practicante, únicamente se emplearon el alcohol y el incienso, como ya se ha mencionado.

Fumadero de opio en Singapur, 1940

Edad Contemporánea

Las prohibiciones respecto al consumo de ciertas drogas no hicieron sino acrecentarse y llevarse a su máxima expresión durante el siglo XX, donde Estados Unidos jugó un papel esencial.

A principios de los años veinte, influidos por grupos de evangelistas radicales, el gobierno norteamericano instauró la celebérrima Ley Seca, de la que hemos hablado al principio del trabajo. Fue un hecho insólito para la sociedad cristiana, que había estado relacionada íntimamente, a nivel teológico y ceremonial, con el alcohol (como cabe recordar por la última cena). Las ya comentadas nefastas consecuencias hicieron recular al gobierno de los Estados Unidos, que, en 1933, derogó dicha ley.

Sin embargo, el país norteamericano no había hecho más que comenzar su campaña contra el uso de drogas recreativas. En 1937, el uso recreativo de la marihuana se prohibió a nivel nacional. El artífice de esta operación fue Harry J. Salinger, quien, con el objetivo de hacer una campaña llamativa y que le granjeara una buena fama, comenzó a extender entre la población americana bulos sobre esta sustancia, tales como que «la marihuana es la droga que más violencia ha causado en la historia de la humanidad», además de otras mentiras de corte racial y xenófobo.

Finalmente, la división entre drogas legales e ilegales se concluyó en 1971, con el inicio de la llamada guerra contra las drogas de Nixon. El gobierno norteamericano, mediante la ley de Sustancias Controladas, hizo una clasificación de los diversos tipos de drogas en función de su peligrosidad y riesgo de adicción, clasificación que se realizó desde el completo desconocimiento. Una muestra de ello es que se clasificó a la marihuana entre las sustancias más peligrosas y adictivas, cuando, a posteriori, se ha demostrado que nunca ha muerto nadie por su consumo y que es de las menos adictivas, estando por detrás del alcohol y el tabaco, drogas legales ambas.

Además de prohibir estas sustancias en Estados Unidos, el gobierno de Nixon coaccionó al resto de países para que siguieran su política de prohibiciones y tolerancia cero frente al consumo de las drogas ilegales. Las consecuencias a nivel mundial han sido el aumento del narcotráfico, el consumo irresponsable y la generalización de que las drogas ilegales son peores que las legales. Una consecuencia que es particular de Estados Unidos, pero que se está extendiendo en el resto del globo, es que la criminalización del consumo de ciertas sustancias ha provocado que el mismo se sustituya por el consumo de fármacos, que en Estados Unidos son de fácil acceso. Así pues, la automedicación, fundada en la creencia de que, al ser legal una droga, es inofensiva, está aumentando el número de adictos a sustancias tales como ansiolíticos o antidepresivos, muchísimo más peligrosos que, por ejemplo, el cannabis o las setas.

Dado el contexto de guerra contra las drogas y puritanismo, podemos entender ahora qué tipo de consumo de drogas de tipo religioso surgió en los Estados Unidos de la Guerra Fría. Al igual que en la Edad Media, se formaron pequeños grupos religiosos, sectas como los hippies o los filoindígenas americanos, que se aislaban de la sociedad para consumir alucinógenos y alcanzar el estado de transformación de la conciencia. Aunque estos grupos no tenían una doctrina clara y, en muchas ocasiones, sus componentes se mezclan e influencian, podemos ver que el consumo típico de los hippies estaba relacionado con marihuana, setas alucinógenas y LSD, mientras que los filoindígenas solían hacer uso de la ayahuasca, un poderoso psicotrópico que debe ser consumido en circunstancias específicas y guiado por un gurú o maestro de ceremonias.19

A pesar de que alcanzaron gran popularidad, o precisamente por ello, estos grupos acabaron disolviéndose tras la guerra de Vietnam, o, por lo menos, perdiendo la gran popularidad que llegaron a tener.

En la actualidad, la secularización social ha producido que, aunque se mantenga el consumo de drogas, cada vez esté menos relacionado con ritos religiosos. Ahora mismo, los consumidores habituales de estas sustancias defienden cosas como la energía del universo o relatos del estilo, cercanos a la astrología o concepciones kármicas muy pobres, por lo que no creemos que puedan ser categorizados como religiones o sectas.

Tras hacer un repaso general a la historia del consumo de drogas en relación con la religión y los ritos, podemos concluir que ha habido muy pocos casos en los que los rituales religiosos no implicaran el consumo de alguna sustancia que alterara la conciencia. Desde Mesopotamia hasta el cristianismo, la mayoría de credos han considerado útil el empleo de drogas a la hora de alcanzar una alteración de conciencia que nos aproximara de un modo más certero a la realidad divina.

Por otro lado, ninguna prohibición de drogas ha sido realmente coherente, dejando, en función de las creencias del legislador, unas drogas fuera de la listas de peligrosidad. Lo más cercano que hemos tenido fue la Ley Seca, y que, sin embargo, mantenía como legales ciertas drogas: aquellas que servían para trabajar mejor.

Concluimos, en lo tocante a la peligrosidad de las drogas, lo siguiente: el consumo de drogas de todo tipo ha sido una constante histórica, que nunca, salvo en condiciones de marginalidad y criminalización, ha producido problemas reales en la sociedad. Así pues, no son las sustancias, sino el ambiente en que se consumen y la concepción que la sociedad tenga de los consumidores las que dan lugar a unas u otras consecuencias.

A nivel religioso, llegamos a la siguiente conclusión: las drogas que alteran el estado de conciencia, entre las que incluimos el alcohol, son útiles para alcanzar el objetivo de los ritos. Además, el hecho de unir el consumo a la sola práctica de estos rituales hace que el uso de las drogas esté mucho más controlado, lo cual, unido a la guía del sacerdote, conocedor de los efectos y propiedades de la droga, genera un consumo menos nocivo que el actual. Por lo tanto, no encontramos objeciones reales al uso de drogas en los rituales religiosos.


1 Dato curioso: se demonizó la marihuana diciendo que la consumían los negros y que les generaba impulsos violadores.

2 El cielo se ganaba trabajando, que es la visión protestante del mundo.

3 Los usos históricos de las diversas drogas serán expuestos más adelante.

4 Donde, en la actualidad, encontramos las legislaciones más punitivas respecto a este tema.

5 Que tenía en su fondo unas implicaciones raciales fuertemente pronunciadas.

6 Bajo esta noción surgen las teorías de la división entre el alma (conciencia) y el cuerpo.

7 Aunque se la conciba como una negación de dicha conciencia, como en las religiones orientales, el punto radical de la divinidad se da en esta superación de la conciencia, más que en la superación de la materia.

8 Esta división es la que sigue subyaciendo a la división entre drogas inofensivas y peligrosas.

9 La siguiente exposición sigue las pautas de C. González Wagner (1984): «Psicoactivos, misticismo y religión en el mundo antiguo», Gerión: revista de historia antigua, 2, 31.

10 Sobre la religión mesopotámica, ver María Isabel Cubas Contreras: «La religión en Mesopotamia», Historiae. Sobre la religión egipcia, Carlos Blanco Pérez: Atlas histórico del Antiguo Egipto, Madrid: Síntesis, 2017.

11 Sobre el uso de sustancias psicoactivas por parte de los hebreos, ver Benny Shanon: «Biblical entheogens: a speculative hypothesis», Time and Mind: The Journal of Archaeology Consciousness and Culture, vol. 1, marzo 2008, pp. 51-74.

12 Ver Ramón Soneira Martínez: «Los Misterios de Eleusis y la polis de Atenas», trabajo de fin de máster, Universitas Complutensis Matritensis, concretamente, cap. 3, a, «El desarrollo ritual de los Misterios de Eleusis».

13 José María Blázquez Martínez y M.ª Paz García-Gelabert: «Las sectas religiosas en el Imperio romano», Historia, vol. 16, núm. 169, 1990, pp. 139-144.

14 Por lo tanto, estos cultos son análogos al estoicismo y epicureísmo griegos, o a las sectas chamánicas de las sesenta norteamericanos.

15 Cf. Arturo Sánchez Sanz: «Druidas y Dryades en la sociedad celta», Iberian: revista digital de historia, nº 8, septiembre 2013.

16 Con esto no negamos la existencia de sectas en la época medieval, sino que afirmamos que la concepción negativa que de ellas se tenía es más propia de la época cristiana que, por ejemplo, de la helénica. Además, la noción negativa de las drogas empleadas  en dichos ritos es propia de este período, y no es compartida por la cultura romana.

17 Ver Daniel Becerra: «Ungüentos, transformaciones y vuelos. Brujería y psicoactivos como antecedente de la brujería de la Edad Media», Bolskan, núm. 21, pp. 121-128, 2004.

18 La situación en Asia, cabe destacar, fue similar a la ocurrida en Europa. Con el auge y expansión del islam, los herederos del profeta prohibieron el consumo de toda sustancia recreativa, incluida el alcohol, aunque fueron más permisivos que sus homólogos europeos con el consumo de cannabis.

19 Lo que nos recuerda a los ritos iranios y a los misterios eleusinos.

[EN PORTADA: He-Man, de Imam Sucahyo (2015)]


Alberto Wagner Moll es estudiante de filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas. Publicó el poemario titulado Jaima en la editorial Ars Poética en el año 2018 y fue segundo premiado en el certamen Florencio Segura del mismo año.

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Cultura

Coherencia

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/ La jaula / Javier Sánchez Menéndez /

Vivimos un gran cambio social, descarados acontecimientos que algunos asumen sin más, que otros desconocen y no son conscientes de ello, y otros tantos critican y procuran no incluirse en la gran bolsa de la vulgaridad y el miedo. Solemos actuar de forma contraria a nuestros planteamientos. Incluso se da la circunstancia que decimos todo lo opuesto a aquello que reflejan nuestros actos. La maldad se ha convertido en un alimento imprescindible, pero no la maldad que refleja la historia, ahora nos habita la maldad del yo.

Aquellos que no son conscientes de los cambios que acontecen han nacido en un tiempo extraño, en el devenir de una transformación, son los hijos de la alteración, de la trasmutación. Y su desconocimiento o su pobreza los limita a un entorno vacío e irreal (aunque real para ellos, es lo que conocen o desean conocer). Lo único que perciben gira en torno a una falsedad, a una ausencia de contenidos, a una carencia de verdad y de razón.

Manifestar lo contrario a lo que refleja nuestro comportamiento no es un mal menor, ni siquiera puede quedarse al margen. Un escritor que vive exclusivamente en y para las redes sociales ha creado de su personalidad (y de sus actos) un espectro que ya de por sí es falso, pero lo sigue alimentando, sigue empeñado en manifestarlo, hasta él mismo cree todo aquello que muestra. Pero si a ese escritor un día le hacen una entrevista y le formulan algunas preguntas correlativas en un entorno de coherencia, responde fundamentando dicha coherencia, y ahí descubrimos su falsedad. Todo lo que nos cuenta es mentira, es ajeno a él, y se aleja completamente de la imagen que presenta en las redes o en su propia vida. Todo tiene su lado oscuro, y ese lado es tan oscuro que resulta imposible blanquearlo, ni siquiera con luz.

Un acontecimiento deja de tener coherencia cuando deja de ser un acontecimiento y se convierte en un consentimiento. Y la sociedad ha consentido. ¿Culpables? No debemos buscar culpables, tan solo debemos seguir insistiendo en la importancia de la lectura, en la grandeza de la cultura y de la educación, en la desconfianza de todos aquellos que nos alejan de los bloques sólidos del conocimiento; debemos saber decir no con argumentos. Negar por oposición no es negar, es consentir en el error. ¡Son tantos los errores!

Ahora que la edad avanza sin tregua, cuando nos enteramos de que ha fallecido un amigo, recordamos la extrañeza del tiempo, comenzamos a conversar con nosotros mismos y con las sombras que siempre nos acompañan. Descubrimos que todo cuanto vivimos y aprendimos es nuestro mejor legado, es nuestra experiencia de vida. Dejemos de hacer caso al yo y descubramos el amor y la dedicación a la belleza y a la bondad, algo que hoy día no abunda, pero que existe y es, tal vez sea lo único que es en realidad.


Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es poeta y ensayista, su último poemario publicado es El baile del diablo (Renacimiento, 2017). De su poesía se han publicado tres antologías en España y una en Colombia. Autor de varios ensayos, destacamos El libro de los indolentes (Plaza y Valdés, 2016). Ha publicado cuatro libros de aforismos: Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (Trea, 2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020), y la obra Para una teoría del aforismo (Trea, 2020).

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Cultura

Nicho dilatado llamado mundo

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/ una reseña de Javier García Rodríguez /

Poemas, poemigas y pinturas conforman el volumen Auténtico Aute, un libro pensado con una pretensión muy evidente si atendemos al modo en que la plantea Miguel Munárriz, sin duda el mejor conocedor de la obra poética de Aute (había reunido Toda la poesía en Espasa en 2017 y es ahora el responsable de la selección poética y de los dos epílogos —«Eternamente Aute» y «Aute, el arte de hacer»— que la acompañan). La selección gráfica es de Marcos Almendros y la generosidad la pone Miguel Aute. Escribe Munárriz en el primero de estos prólogos: «La presente antología presenta a nuevos lectores del universo autista (como a él le gustaba decir) su mirada poética par que descubran otras maneras de ver el mundo. La poesía es una de ellas». Esta antología es una muestra, por decantación, de la propuesta poética de Luis Eduardo Aute, una selección luminosa de lo imprescindible de la estética del artista recientemente fallecido. En un diseño actual y en una editorial actual, estos «nuevos lectores» encontrarán al Aute poeta y al Aute pintor, sus dos facetas creativas más desarrolladas (no me cabe ninguna duda de que el Aute creador de canciones es parte del Aute poeta).

La selección de poemas (45 poemas y 20 poemigas) recorre todos los libros publicados por Aute desde el primigenio La matemática del espejo (1975) hasta el postrero El SEXtO animal (2016) pasando por La liturgia del desorden (1978), Volver al agua (2003), AnimaLuno, AnimaLdos, AnimaL3D, AnimaLhito, No hay quinto aniMalo. Asimismo, la parte gráfica recoge obras creadas entre 1957 y 2002 (con algunos regalos hasta 2015). En el recorrido a lo largo de palabras e imágenes, puede observarse la trayectoria, la evolución en las técnicas y formas poéticas y pictóricas pero, sobre todo, las obsesiones estilísticas, las constantes temáticas que se mantuvieron intactas pero renovadas de continuo en el quehacer artístico de Aute.

Los seguidores de Aute no podemos pensar en él en términos de cantautor. Lo descubrimos muy pronto creando algunas de las letras más potentes, profundas, líricas, filosóficas (también irónicas) que se podían unir a una música. No renuncia nunca al pensamiento, al lenguaje que dice y calla, a la figura retórica deslumbrante, a la emoción contenida, a la sencilla dificultad, al homenaje literario, a la corporeidad sublime, a la bofetada política (cambiaba las masas por las nalgas, recuerden). Aute era un poeta (era siempre un poeta: cuando cantaba, cuando pintaba, cuando dirigía). Se reivindicaba como tal sin pudor pero sin asomo de soberbia, como cuando respondía en una entrevista si se identificaba con la palabra cantautor: «La verdad, no. Soy un poeta que escribe canciones. Lo de cantautor me suena a cantamañanas y casi prefiero cantamañanas a cantautor».

Y sí, Aute cantó a las mañanas deslumbrantes, a las tardes interminables y a las noches relucientes. Observaba la vida con mirada de artista. Y el amor era herida y cicatriz («Sin tu latido»), rasguño apenas («Una de dos»), desesperación contenida («Dos o tres segundos de ternura») o ausencia hecha carne («Dentro»). Y el cuerpo era alma y viceversa («Anda»), porque la vida se hace cuerpo a cuerpo. Y el vivir eran espacios sublimes y cotidianos al unísono («Quiero vivir contigo»). Y la amistad era siempre un «pasaba por aquí» que a nada obliga pero a todo compromete (lo saben hoy sus amigos, que lo lloran sin poder despedirlo en la cercanía que el acostumbraba a poner en todo lo que hacía). Y la belleza lo era todo.

La poesía como la pintura («Ut poesis pictura») nos enseñó el poeta Horacio de la Epistola a los Pisones. Y la pintura como la poesía, podemos añadir nosotros. En una lava arrolladora e hirviente. Paz y guerra, agua y fuego, liturgia y blasfemia, templos y cuerpos, agua y sed, la destrucción y el amor, dioses y demonios, labios como espadas, mujeres como espaldas y dedos y suspiros, latidos y muerte, profundidad y levedad, lo breve sí bueno, alma y vísceras, el sueño de la razón y la razón del sueño, insomnio y duermevela… Todo ello con sus metáforas suicidas, con su ironía deslenguada, con sus desplantes tan taurinos (compartiendo, por supuesto, con Antonio Chenel Antoñete apuntes al natural, el lienzo como un capote y en su paleta un color blanco como el del mechón sontagiano), con las tradiciones, las vanguardias, los estilos abriéndose paso en un mundo interior siempre al borde del abismo pero siempre contenido. Y también la crítica, la sátira, la burla. La política también, porque nada parece haber fuera de ella. Aunque siempre mirando todo desde la irrenunciable individualidad que se define en su agon —a veces armónico, a veces destructivo— con la colectividad solidaria.

En Auténtico Aute, Eros y Tánatos se pasean del brazo en sueños y en pesadillas, el erotismo se hace espiritual y espirituoso, lo coloquial y lo cercano se enredan con el expresionismo surrealista, el epigrama se funde con lo lírico, el trazo naíf crea al ángel pasional expresionista, los amantes se encuentran, se miran, se acometen, las heridas sangran y los hilos rojos excavan cauces en los cuerpos. La palabra y el color dan vida a la metáfora, y la metáfora da vida al ser humano. Aute era un creador. Auténtico.


Auténtico Aute: antología poética, retrospectiva gráfica
Luis Eduardo Aute
Ya lo Dijo Casimiro Parker, 2020
176 páginas
21€

Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) es doctor en filología hispánica y profesor titular de teoría de la literatura y literatura comparada en la Universidad de Oviedo, además de escritor, crítico literario y gestor cultural. Anteriormente, impartió docencia en las universidades de Valladolid, Iowa y Montreal. Es autor de poemarios como Los mapas falsos o Qué ves en la noche y de los libros de relatos Barra americana y La mano izquierda es la que mata. Sus colaboraciones periodísticas se han publicado en los volúmenes Líneas de alta tensión: literatura crónica que viene a cuento y Y el quererlo explicar es Babilonia (Oviedades, 2014-2017). En el ámbito de la literatura infantil y juvenil, ha publicado el álbum ilustrado La tienda loca, la novela Un pingüino en Gulpiyuri y los libros de poemas Mi vida es un poema y Miedo a los perros que me han dicho que no muerden. Su labor en teoría y crítica literarias está recogida en los libros Literatura con paradiña: hacia una crítica de la razón crítica y En realidad, ficciones. Textos e imágenes en la ficción contemporánea: narrar y cómo. Fundó y dirigió el festival de poesía VERSÁTIL.ES y, durante varios años, el Aula de la Poesía de la Universidad de Oviedo. Entre 2014 y 2016 fue director de la cátedra Leonard Cohen. Actualmente, coordina el Ciclo de la Palabra del Centro Internacional Niemeyer de Avilés.

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Cultura

Cutres consignas de la Transición

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/ por Francisco Abad Alegría /

«Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír […] los liberales tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia […]». Así se expresaba el sicario del POUM, George Orwell, que al regreso de su sangrienta excursión por Aragón y Cataluña que él mismo narra en el edulcorado y manipulado texto anticomunista Homenaje a Cataluña, no dudó en ponerse al servicio de la manipulación informativa proaliada de la BBC de los hijos de la Gran Bretaña.

Si me permiten el excurso verbal, a diferencia de lo que decía un brutal jesuita apodado el Nazi por sus emigrados parroquianos, que ejerció el sacerdocio en Alemania antes de ahorcar la sotana, «no matan las palabras, sino las balas»; la palabra es realmente el primer motor de todo. Mas resulta triste meterse en honduras que destilan plasma sanguíneo y elegimos quedarnos en un nivel algo más superficial.

En estos días revueltos, repletos de inmundicia política, sanitaria, económica, informativa, me tomo la libertad de reflexionar sobre algo que parece menor, pero quizá no lo fue en su momento. He aprovechado la consulta al diccionario de la RAE, que me confirma que es admisible el término cutre como expresión sintética de bajo, vulgar, rastrero, inculto y otras hierbas para recordar consignas que en su tiempo determinaron movimientos de pensamiento (perdón por lo de pensamiento). Y de ese alijo de pareados bajunos, berreados a voz en cuello, que me encontré al regreso de mi trabajo práctico doctoral en el Instituto Mario Negri de investigaciones farmacológicas de Milán, bajándome del mundo del cromatógrafo a la más ramplona realidad masiva, he recopilado algunas expresiones que seguramente no figurarán en los libros de texto, pero que pueden ser interesantes como anecdotario, no tan anecdótico. Permítanme algunas libertades de puntuación que añadan música (o si se quiere, batukada) a lo verbal.

Cuando el Caudillo cerró los ojos, inmortalizada su imagen agonizante por un desleal familiar, inmediatamente después de que más de 300.000 personas desfilasen ante su cadáver expuesto, comenzaron pequeñas manifestaciones toleradas en las que grupos de dimensión en general modesta coreaban la imaginativa consigna que reza: «¡Ea, ea, ea; el búnker se cabreal!». El búnker se refería a la vieja guardia del franquismo, que ya había decidido hacerse el sepuku a cambio de una transición pacífica hacia la democracia, por un método que se denominaba de la ley a la ley. Las emisorias de radio chorreaban a todas horas desde principios de 1976 el sonsonete de Libertad sin ira («Libertad, libertad, sin ira, libertad, guárdate tu miedo y tu ira», etcétera, del grupo Jarcha) y los franquistas, que no estaban adheridos a ningún partido franquista, porque tal cosa no existía (el Movimiento Nacional no fue nunca un partido, aunque así se le denominase) se escondían bravamente en el silencio. Pronto se organizaron las Cortes Constituyentes, encargadas de apoyar una nueva forma de convivencia nacional que sustituyese a la autocracia franquista. Entre los parlamentarios (y parlamentarias y parlamentaries…) estaba Dolores Ibárruri, cabeza junto con Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, el único partido que realmente ejerció una oposición importante al denominado franquismo (hasta 1976, lo juro por Snoopy, los únicos socialistas que conocí fueron un tal Llopis, que creo que era básicamente masón; Isidoro, amigo del cortijero Navarro, y un oscuro Solchaga natural de Tafalla, Navarra). La inteligente consigna coreada por los escasos ultraderechistas que se arrogaban la sucesión del búnker era: «¡Ilo, ilo, ilo, Dolores al asilo!», aludiendo a la provecta estalinista conocida como Pasionaria, por una piadosa redacción religiosa que redactó en sus años infantiles y que luego adoptó como nombre de guerra, sin exponerse al fuego enemigo, claro.

En paralelo, el griterío crecía, cuando los partidarios (he dicho partidarios, no parlamentarios) de una continuación del régimen (¿quién lo encabezaría si el almirante Carrero Blanco había precedido a su Caudillo en el camino al Más Allá?) con poéticas consignas cuyos promotores les animo a adivinar: «¡Fascistas, burgueses; os quedan dos meses!» y «Ni amnistía ni perdón: rojos al paredón!». Bonito ¿no? Sotto voce, los jirones carlistas que se habían mantenido firmes al espíritu del más acendrado conservadurismo del Requeté osaban repetir, con poco éxito de público y crítica, una consigna contra el heredero de Franco a título de Rey, Juan Carlos de Borbón: «¡No queremos a Juanillo ni aunque lo mande el Caudillo!». Parece que no les hicieron mucho caso, porque Marruecos ya se había quedado con la provincia española del Sáhara Occidental durante la agonía del general, con el Príncipe de Jefe de Estado accidental, mediante una inexplicada y turbia Marcha Verde.

Muy pronto, tras conversaciones que desconocemos y que nadie nos aclarará nunca (la información que llega al pueblo soberano es siempre o irrelevante o manipuladora; la buena se queda… donde se queda) entre el rey y Santiago Carrillo, se produce un hecho imprevisible (para el común de los mortales) y es la legalización del partido comunista y la aceptación de las reglas del juego democrático por ese partido. La facción de Gallego queda en la ortodoxia de las ideas y se extingue rápidamente. Pero los afectos a la imparable revolución de la izquierda bolchevista se enfadan muchísimo y entonces surge la ensalada de grupos, siglas y facciones que hizo las delicias de las revistas de humor (¿La Codorniz o Hermano Lobo? Ya no lo recuerdo, estoy mayor). Los grupúsculos, en general de vida efímera, pero que aún mordieron presupuesto, especialmente en la política municipal, solo alumbraron una consigna eficaz aunque de vida efímera: «Policía ¿para qué? Ya tenemos al PC». Era el enemigo común y se desvanecieron al tiempo que adelgazaban las listas de procedencia, en su mayoría, de organizaciones apostólicas, de Acción Católica y de la denominada Falange Española Auténtica, pretendida heredera hedillista.

Tras las primeras elecciones y el previsible triunfo de UCD, las reliquias de oposición de izquierda bolchevista se fueron diluyendo, mientras surgía un poderoso partido socialista, alimentado por generosas inyecciones económicas de Alemania y Estados Unidos, con Isidoro (Felipe González) de rey del mambo. Los ataques contra el partido gobernante y coprotagonista de la Transición junto con el partido comunista, que se eclipsó progresivamente gracias a la mencionada ayuda extranjera al PSOE, se hacían limitados y con frecuencia hilarantes. Recuerdo dos consignas llamativas al respecto. El ministro de Interior, apodado la porra del Gobierno, Rodolfo Martín Villa, era atacado con pegatinas y pintadas en las calles con la siguiente frase: «Menos Martín Villa y más Ángeles de Charlie» (los Ángeles de Charlie eran unas señoritas de escultural físico que llevaban a cabo misiones arriesgadas en una suerte de práctica parapolicial, en una serie televisiva de gran éxito… por las leyes de la física, o lo físico, tanto da). Cuando Alianza Popular, luego Partido Popular, empezó a tomar vuelo, con su charrán esquematizado en el escudo, multitud de pegatinas se adherían a las paredes con la siguiente consigna: «La democracia de Fraga es como follar con braga». Me excuso de explicar el término follar y de Fraga aclararé, para los más jóvenes, que se refiere al profesor Manuel Fraga Iribarne, a la sazón presidente de Alianza Popular. Todo muy fino.

Según el DRAE, la primera acepción de consigna es una expresión sintética que se da a agrupaciones de todo tipo (¿por quiénes?) a grupos organizados o más o menos espontáneos para seguir una línea de conducta. Dice el camarada Lenin que la consigna, refleje o no una verdad, es una expresión sintética destinada a provocar un sentimiento, o a veces ni eso, una emoción, pero colectiva y colectivizante, que tiene la virtud de crear un grupo social, de socializar conductas y sentimientos y hasta pensamientos (como lo hace el orden cerrado militar, que a partir de lo gestual estructurado y estereotipado es capaz de crear una forma de enfocar la realidad y consecuentemente la reacción conductual). Pues bien; las consignas, poco brillantes, como corresponde a los receptores de las mismas, tuvieron una vida efímera y una eficacia dudosa, en todo caso no medida. Pero, según mi limitado recuerdo, hay una que era un auténtico torpedo de profundidad y que, por eso mismo, pasó rápidamente desapercibida: «El pueblo, follando, se va multiplicando». Es una apología de la proliferación proletaria, como lo fue la animación natalista de Ben Bella sobre la conquista de Occidente por la fecundidad de las madres musulmanas, hecha en Asamblea General de ONU en 1975. Es la única consigna, creo, importante, que coincide plenamente con las explícitas afirmaciones del Manifiesto comunista sobre el imparable empuje de las clases proletarias. Es demasiado seria para ser tenida en cuenta.

Espero que me perdonen mi digresión mnésica, pero es que me resisto a soportar que microtestimonios, como este de lo que ahora llaman eslóganes, que tanto movieron en un tiempo, se pierdan en la nube del olvido, cuando son varillas del armazón de un proceso nacional sobre el que no haré juicio alguno, pero que ha durado casi medio siglo. ¡Ah! Y procuremos ser todos un poquito más finos a la hora de formular consignas, aunque parece que con la machacona incidencia de los media cada vez serán menos determinantes.

[EN PORTADA: De izquierda a derecha, Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y Carmelo Lisón Tolosana (La Puebla de Alfindén, Zaragoza, 2017)]


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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