Conecta con Minuto5

Cultura

José Iniesta: «Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla»

Publicada

el

/ una entrevista de Ada Soriano /

A propósito de Llegar a casa (Ed. Renacimiento, 2019), de José Iniesta (Valencia, 1962), dice Carlos Alcorta que es «un poeta fiel a un estilo y una forma de entender el hecho poético como contemplación, paso necesariamente previo a la revelación». Muy de acuerdo con las palabras de Alcorta; y ante el desconcierto y la preocupación que actualmente nos agrede, es una suerte contar con los poemas que componen Llegar a casa. Lo es porque estos versos rezuman paz desde una poética sobria y a la vez sensorial, profunda y contemplativa, y cuya estética me conduce a Francisco Brines, César Simón, Julián Montesinos, José Luis Vidal, Vicente Gallego o Antonio Moreno, por citar a algunos poetas levantinos afines a Iniesta. El poeta comienza este Llegar con una cita de san Juan de la Cruz que resume bien la esencia del libro: «que ya sólo en amar es mi exercicio». Y doy fe de lo que expongo con estos versos pertenecientes a «La noche de tu piel»: «Qué oscuridad y sed en las afueras, / y cuánta luz contigo/ y en el alma/ al beber de la fuente, al inclinarme/ al agua necesaria de tu boca». Hablo de coherencia y equilibrio en el territorio lírico y personal de Iniesta, sustentado con poemas formalmente compactos. Digo de una poesía meditada, rigurosa y vitalista donde lo que importa es llegar a casa; llegar al fondo de su ser y, de ahí, al fondo de su amada, aun con sus «Dudas y certezas»: «No sé qué significo frente al cielo./ Detrás de todo existe tu presencia/ encendiendo una vela que resiste/ a los vientos, las lluvias,/ los derrumbes». 

José, «Nunca el tiempo es perdido». Hablo de esa canción tan conocida de Manolo García en la que dice: «Es solo un recodo más en nuestra ilusión ávida de cariño…». Digo esto porque percibo en Llegar a casa un presente que nunca deja de lado las huellas.

La poesía es vida, y es diálogo con el tiempo. Lo que somos y lo que fuimos hunde sus raíces en la misma tierra, abre sus ramas bajo los mismos cielos que cambian. Nuestro presente contiene todo ayer y arrastra en el camino el dolor y la dicha de todas nuestras edades. Hubo días donde sí hemos sido eternos, donde aún lo podemos ser: el paraíso perdido de la infancia que perdura en nosotros, el amor y sus golpes y sus abrazos, el mundo desaparecido de nuestros padres, el nacimiento y la mirada de nuestros hijos. Son muchos. Uno no puede seguir sin todo ello, no es nadie si no está anclado a esa potente verdad y belleza. Hay algunos versos míos que inciden en ello, quizás toda mi poesía, donde me siento conformado de amor y nostalgia y tiempo, de honda gratitud por seguir caminando y por poder cantarlo. La poesía persigue cantar ese milagro, ese arcano de un hombre en soledad que se columpia entre el pasado y el ahora mientras mira cómo pasan unas nubes y se pierden. Me vienen a la cabeza algunos versos que he escrito y que apuntan en esa dirección, donde puedo encontrarme con Manolo García, aunque en mi caso siento que estoy más caminando en la vastedad sin senda de un desierto que en un recodo del camino.

No es destrucción el tiempo, lo perdido.
En los campos sin lluvia del ahora,
donde sólo germinan las palabras,
qué extensión la de estar,
                                         qué polvaredad.

Recientemente ha manifestado el poeta Juan Lozano Felices: «Ante un presente movedizo y un futuro inseguro, el pasado es el único espacio que nos acoge emocionalmente. La nostalgia, como pathos esencial, nos retroalimenta y nos vincula de forma sensitiva al espacio arcádico». ¿Qué te parece esta consideración puesto que en tu obra habita la nostalgia?

No sé. Miramos el mundo como somos. Entiendo lo que nos dice el poeta Juan Lozano, pero yo no lo siento así. Cualquier tiempo pasado no es mejor, también tuvo sus lugares terribles. Lo que sí queda claro es que lo vivido nos construye, mancha para bien y para mal con barro nuestras alas, hace que nuestro vuelo cada vez sea más rasante, hasta la caída. El presente es fascinante y perturbador a un tiempo si la mirada es atenta sobre la realidad de las cosas, si nos alcanza la luz, si vemos día a día cómo crece nuestro árbol en el jardín y cómo gira el mundo. El presente nos da la maravilla de caminar y respirar el aire. Mi nostalgia, que la tengo, tiene su origen en la conciencia de que también soy despedida. Desaparecer y saberlo es lo más perturbador que me ocurre, y no puedo explicarlo. Mi nostalgia tiene su fin y principio en el gran amor que siento por la vida, y en la tristeza de saberme limitado, de estar más cerca de la muerte. Así lo siento, no sé. El futuro es el caudal que me queda, proyectamos en él deseos y fracasos, temores y sueños, y lo siento como una aventura desconcertante y como una llama. El mañana tiene su eternidad en nuestra alma, y nos abre a un devenir con tantas posibilidades que sentimos ser reales en nuestro sueño verdadero, ser oro y ser ceniza.

En tu poemario El eje de la luz, 2017, declaraste, aludiendo al origen del título: «Hago referencia a un verso que está en el libro anterior, Las razones del viento y engancho con este otro donde intento expresar en todo el poemario este eje que va desde la luz que nos habita y tenemos dentro hasta la luz que vemos fuera al mirar». «Sin otra luz ni guía sino en la que el corazón ardía», escribió san Juan de la Cruz, poeta a quien haces referencia en más de una ocasión en este Llegar a casa.

No recuerdo esas declaraciones, aunque sé lo que quise decir. Todos mis libros se abrazan, dialogan cada vez más. La poesía puede hacer ese imposible, tener esa libertad. Así hay versos que se repiten de un libro a otro y que pueden alcanzar otro sentido, títulos de libros que están tomados de poemarios anteriores. Pasa con El eje de la luz, pero también me ha sucedido con mi último libro Llegar a casa, que es el título de un poema que aún me sigue desconcertando a mí mismo y que pertenece a Las razones del viento. Siento que la poesía puede borrar las fronteras, romper los límites, hacer que las aguas fluyan sin tropiezo hasta su desembocadura. Dentro y fuera no existe, eso lo he sentido y lo he querido escribir. El eje de la luz es el eje que va del corazón al mundo, es el amor de la mirada, de una mirada distinta sobre las mismas cosas, es el movimiento y la reconciliación con la naturaleza de las cosas. Miramos lo que somos, sin duda, y ahí la naturaleza es una fiesta, hace que nuestra ignorancia sea sabia. No importa el paisaje que vemos, importa la lejanía que alcanzan nuestros ojos.

Pasa rápido el tiempo, lentamente,
y en el banco de piedra y soledades
de este jardín cerrado de infinitos
hoy tu edad, sin preguntas, se conforma
con la hondura callada de los cielos,
con el beso del sol sobre tu rostro,
con mirar lo mirado
                                de distinta manera.

Respecto a san Juan de la Cruz, no es que aparezca en mi libro Llegar a casa, es que aparece constantemente en toda mi obra. Sin duda es mi poeta, mi maestro, su Cántico espiritual es el lugar donde quiero llegar, es también mi casa. En mis poemas a veces aparecen algunos versos suyos porque su poesía es carne de mi carne, su luz me habita. Y yo no soy creyente, pero sé reconocer cuando las palabras me llevan a un lugar sagrado, a un lugar donde cada palabra tiene luz y temblor, tiene vida. Mi libro Llegar a casa se abre con una cita de Cántico espiritual, «que ya sólo en amar es mi exercicio».

De hecho, dices en tu poema Amanece el jardín: «Ahora solo escribo lo que amo».

Es cierto, y puede parecer una apuesta cándida y limitada, pero no es así. Si se lee el poema entero, del cuál citaré algunos versos, el poema habla de un hombre que sale a su pequeño jardín, como todos los días, y que al mirar el amanecer se pregunta y asombra de su propio existir. Es un hombre que dice su oración, un hombre habitado por el gozo y el dolor a partes iguales, pero que persigue tener conciencia de vida. Es difícil, imposible, aislar un solo verso y entender su sentido. Un verso significa porque está en las aguas del poema. Lo que afirmo con ese verso es que ya solo escribo lo que amo, porque amo la vida conforme se me da, con sus infiernos y paraísos, con sus selvas y desiertos, porque siempre escribo con amor aunque cante la sed y el hambre, la tristeza, la casa construida y sus derrumbes. Eso también me lo ha enseñado san Juan de la Cruz. Cantar por amor, sí. Pero el verso hay que leerlo en su conjunto, y no voy a citar todo el poema, que mal me sabe.

Yo sé que nada sé, que me equivoco
de tanto haber soñado mi existencia.
Ahora solo escribo lo que amo.
Amanece en la herida, se hace gozo.
Se confunde mi ser
                              con las cosas que mir
tan plenas de belleza que hacen daño,
y todo en esta luz más me consuela
de tanta noche en vela y pensamiento.

El jardín, el patio, el granado…. «La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella». Este pensamiento es de Pureza Canelo. ¿Qué te suscita?

Yo soy un poeta que camina, que escribe al ritmo de sus pasos, que a veces se detiene y respira más hondo para meditar el suceso extraño del viaje. Soy contemplador por naturaleza, miro y soy y me conmueve cómo es el mundo, cómo permanece en mí y cambia. La Naturaleza y los paisajes nos habitan, están fuera pero nos habitan. Nuestro corazón es igual que las tierras fértiles o baldías que recorremos, igual que los cielos que miramos. Todo esto también está en san Juan de la Cruz, ese ciervo por los bosques, esos ríos y montañas, el manar de la fuente… todo es alma. En libros míos anteriores yo he cantado estos paseos, pero en Llegar a casa he querido mostrar cómo lo pequeño y lo grande es lo mismo, cómo la Naturaleza y el breve jardín familiar tienen su infinito. Es un canto, por amor, a lo más cercano, a lo más inmediato y la costumbre: la casa que yo mismo levanté, los árboles que cuido, la hermosura rotunda de mi mujer, la maravilla de la luz sobre mis hijos, los gestos repetidos en una mesa…. La Naturaleza, en ese sentido, creo que me concede su verdad y sus nombres, la palabra limpia, el cielo azul, el murmullo de mi canto. Es la luz que nos habita y es la noche, tiene voz y solo hay que escucharla.

Y ahora que nombro el granado, deseo decirte que me he llevado una grata sorpresa al ver que dedicas tu poema Preguntas a un granado a nuestro común y querido amigo Juan José Martín Ramos. ¿Es para ti este árbol como fue la higuera para Miguel Hernández?

Sería muy pretencioso decir sí. Tampoco me gustan las comparaciones, pero es que creo que en este caso hablamos de miradas distintas. El poema de Miguel Hernández es presente. El mío se encala en el futuro, y es apenas la conversación de un hombre con el árbol con el que convive todos los días y que tanto le enseña, un árbol que él mismo plantó y que cuida, y donde ocurren sucesos importantes del mundo: la luz y las estaciones, los apuntes del viento y las hormigas, el hambre de los pájaros, la soledad y el frío. El granado está en mis ojos todos los días, y llego a sentir que estamos tan unidos que soy yo. Un hombre puede ser un árbol, La poesía puede hacer este imposible, mostrarnos a un hombre hablando con su árbol, y no parecer que ese hombre está loco. Siento que «Preguntas a un granado» es un poema importante para mí y para el mundo, y lo digo sin vanidad, los que me conocen lo saben. Dedicárselo a Juan José Martín Ramos ha sido un regalo para mí. En este libro solo he dedicado mis versos a aquellos que he sentido como mis mejores lectores. A algunos de ellos no los conozco en persona, pero ha sido tanta la unión y alianza, de corazón a corazón, que les he querido mostrar así mi gratitud

¿Y qué será de ti, granado mío,
cuándo no esté en el patio
                                          ni mi sombra
y no exista mi voz, sin mi mirada,
y apenas sea el humo en los tejados
donde caen las lluvias de febrero?

¿Quién que no sea yo, en otra tarde
de exacta transparencia y de vencejos
se sentará a tu sombra y sonreirá
sin entender por qué, de tanta dicha,
como si el mundo allí al desplegarse
supiese de su amor,
                               y le pertenecieran
los oros inmediatos de la luz
encima de tus ramas y los frutos,
la belleza violenta de la vida?

Hablas en tu poema Ars poetica, el que dedicas al poeta Miguel Veyrat, de «la sed del corazón,/ las razones del grito». Estos versos imponen, y me inducen a preguntarte sobre qué sientes cuando te ves residiendo en lo inevitable. «¿Por qué buscar los versos que me roban/ la vida,/ y acaso me la dan y más fulgura?». ¿Será porque al final, «todo es la conciencia de estar vivo»?

Soy un hombre rebelde y conformado, por eso escribo poesía. Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla, a pesar de la sed del corazón,/ las razones del grito. Siento que es ese el territorio de la poesía: ponerle voz al misterio que somos, a la perplejidad de un hombre al enfrentarse al mundo, al paisaje salvaje de su vida. Sé que la palabra a veces acaricia al corazón y lo golpea, pero no cambia la naturaleza del hombre, no borra el rastro del mal y de la usura en la tierra. Sin embargo, pienso que sí puede hacernos mejores, hacernos sentir con más intensidad la vida, ese «todo es la conciencia de estar vivo», que tú citas. La poesía también es una paradoja, eso es lo que intento expresar en «La cárcel de un poema» con los versos que nombras. Por un lado hace limpia nuestra mirada, nos hace cantar la vida, apreciarla en su destrucción y plenitud, pero a un tiempo nos aleja de ella en nuestro cuarto, en nuestra soledad, en nuestra noche. Nos aparta, de algún modo, de aquello que más amamos y de aquellos que nos aman. La poesía tiene luz y tiene sombras, también. La palabra también puede ser un torbellino.

¿Escribir poesía es reconocerse en uno mismo y en lo que le circunda, perderse en uno mismo, evadirse….? ¿Todo?

Perdidos, vamos perdidos, pero creo que extraño el viaje vale la pena. Jamás he sentido la poesía como un método de evasión, eso nunca. Rescata en nosotros lo verdadero, lo sagrado, la eternidad que fuimos en la infancia, le da materia a la luz, música al silencio del mundo. La poesía es una manera de caminar que a mí me ha ayudado y que sé que no tiene por qué ayudar a otros. Es viento y es alma y es muchas maneras de caer y levantarse. Evadirse nunca, eso no. También es una oración en una cueva, y mucha luz a veces, y un pequeño ruiseñor. Y son paisajes en la niebla, y la rosa de la gratitud con sus espinas. Digo lo que siento, desordenadamente, y tampoco sé la razón de amar tanto a las palabras. Cito un par de fragmentos de Cantar la viday Ars poetica, que lo ilustran.

Es siempre posesión decir la vida,
asirme a cuanto veo con palabras.
Cantar es la manera
                                 de encender un luz
en la cueva profunda de la carne,
la sola soledad, mi compañía.

Ya ves dónde llegué con unos versos
escritos con el agua y con el humo.
Cantar no es otra cosa,
                                     y tú lo sabes,
que un intento posible de alcanzar
en la noche la luz que está a lo lejos.

¿La poesía y el amor como refugio, más en estos tiempos de incertidumbre y desasosiego? ¿«La casa verdadera»?

La casa verdadera sí, sin duda. Siento que la poesía es un lugar donde me siento libre y no miento, donde puedo ser mejor hombre. Está en mi naturaleza ser poeta, intentar poner música al discurso de la vida. Cada vez disfruto más creando, y no tengo más ambición que hacerlo lo mejor que sé y repartirlo, como si fuera mi pan. También siento que para mí la poesía es una manera de estar en la intemperie, no es un refugio, amo estar a cielo abierto, debajo de la luz, el sol en mi rostro. Tener conciencia de ello es el mejor pago, es una manera de vivir, una manera de intentar estar más cerca de lo esencial, de lo importante, de lo que nunca se desvanece. Refugio no. Mi casa verdadera abre puertas y ventanas, derriba fuertes y fronteras, no teme a los leones de la incertidumbre y el desasosiego. Mis pasos y mis sueños buscan habitar territorios de la serenidad. Existe una vela encendida en nuestra carne, eso es la poesía. Cito, para acabar, mi poema «Llegar a casa».

Hay días de fracasos que sucede.
Sin antes ni después hemos llegado
remotos al lugar que nos acoge,
y allí, sin pretenderlo, se desvela
el sentido de estar y lo que somos,
la casa verdadera
                             al fondo de la casa.

La vida nos completa en cada acto.
Así, al cerrar la puerta, tras nosotros,
y ver lo conocido en su quietud,
el abrigo en la percha y el espejo,
las baldosas de barro y nuestra silla,
la deslucida mesa de las celebraciones,

descubrimos un templo en el hogar,
una vela encendida en nuestra carne.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Sitio web de Noticias y Anuncios Clasificados en Bolivia.

Seguir Leyendo
Publicidad
Loading...

Cultura

Coherencia

Publicada

el

/ La jaula / Javier Sánchez Menéndez /

Vivimos un gran cambio social, descarados acontecimientos que algunos asumen sin más, que otros desconocen y no son conscientes de ello, y otros tantos critican y procuran no incluirse en la gran bolsa de la vulgaridad y el miedo. Solemos actuar de forma contraria a nuestros planteamientos. Incluso se da la circunstancia que decimos todo lo opuesto a aquello que reflejan nuestros actos. La maldad se ha convertido en un alimento imprescindible, pero no la maldad que refleja la historia, ahora nos habita la maldad del yo.

Aquellos que no son conscientes de los cambios que acontecen han nacido en un tiempo extraño, en el devenir de una transformación, son los hijos de la alteración, de la trasmutación. Y su desconocimiento o su pobreza los limita a un entorno vacío e irreal (aunque real para ellos, es lo que conocen o desean conocer). Lo único que perciben gira en torno a una falsedad, a una ausencia de contenidos, a una carencia de verdad y de razón.

Manifestar lo contrario a lo que refleja nuestro comportamiento no es un mal menor, ni siquiera puede quedarse al margen. Un escritor que vive exclusivamente en y para las redes sociales ha creado de su personalidad (y de sus actos) un espectro que ya de por sí es falso, pero lo sigue alimentando, sigue empeñado en manifestarlo, hasta él mismo cree todo aquello que muestra. Pero si a ese escritor un día le hacen una entrevista y le formulan algunas preguntas correlativas en un entorno de coherencia, responde fundamentando dicha coherencia, y ahí descubrimos su falsedad. Todo lo que nos cuenta es mentira, es ajeno a él, y se aleja completamente de la imagen que presenta en las redes o en su propia vida. Todo tiene su lado oscuro, y ese lado es tan oscuro que resulta imposible blanquearlo, ni siquiera con luz.

Un acontecimiento deja de tener coherencia cuando deja de ser un acontecimiento y se convierte en un consentimiento. Y la sociedad ha consentido. ¿Culpables? No debemos buscar culpables, tan solo debemos seguir insistiendo en la importancia de la lectura, en la grandeza de la cultura y de la educación, en la desconfianza de todos aquellos que nos alejan de los bloques sólidos del conocimiento; debemos saber decir no con argumentos. Negar por oposición no es negar, es consentir en el error. ¡Son tantos los errores!

Ahora que la edad avanza sin tregua, cuando nos enteramos de que ha fallecido un amigo, recordamos la extrañeza del tiempo, comenzamos a conversar con nosotros mismos y con las sombras que siempre nos acompañan. Descubrimos que todo cuanto vivimos y aprendimos es nuestro mejor legado, es nuestra experiencia de vida. Dejemos de hacer caso al yo y descubramos el amor y la dedicación a la belleza y a la bondad, algo que hoy día no abunda, pero que existe y es, tal vez sea lo único que es en realidad.


Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es poeta y ensayista, su último poemario publicado es El baile del diablo (Renacimiento, 2017). De su poesía se han publicado tres antologías en España y una en Colombia. Autor de varios ensayos, destacamos El libro de los indolentes (Plaza y Valdés, 2016). Ha publicado cuatro libros de aforismos: Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (Trea, 2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020), y la obra Para una teoría del aforismo (Trea, 2020).

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

Nicho dilatado llamado mundo

Publicada

el

/ una reseña de Javier García Rodríguez /

Poemas, poemigas y pinturas conforman el volumen Auténtico Aute, un libro pensado con una pretensión muy evidente si atendemos al modo en que la plantea Miguel Munárriz, sin duda el mejor conocedor de la obra poética de Aute (había reunido Toda la poesía en Espasa en 2017 y es ahora el responsable de la selección poética y de los dos epílogos —«Eternamente Aute» y «Aute, el arte de hacer»— que la acompañan). La selección gráfica es de Marcos Almendros y la generosidad la pone Miguel Aute. Escribe Munárriz en el primero de estos prólogos: «La presente antología presenta a nuevos lectores del universo autista (como a él le gustaba decir) su mirada poética par que descubran otras maneras de ver el mundo. La poesía es una de ellas». Esta antología es una muestra, por decantación, de la propuesta poética de Luis Eduardo Aute, una selección luminosa de lo imprescindible de la estética del artista recientemente fallecido. En un diseño actual y en una editorial actual, estos «nuevos lectores» encontrarán al Aute poeta y al Aute pintor, sus dos facetas creativas más desarrolladas (no me cabe ninguna duda de que el Aute creador de canciones es parte del Aute poeta).

La selección de poemas (45 poemas y 20 poemigas) recorre todos los libros publicados por Aute desde el primigenio La matemática del espejo (1975) hasta el postrero El SEXtO animal (2016) pasando por La liturgia del desorden (1978), Volver al agua (2003), AnimaLuno, AnimaLdos, AnimaL3D, AnimaLhito, No hay quinto aniMalo. Asimismo, la parte gráfica recoge obras creadas entre 1957 y 2002 (con algunos regalos hasta 2015). En el recorrido a lo largo de palabras e imágenes, puede observarse la trayectoria, la evolución en las técnicas y formas poéticas y pictóricas pero, sobre todo, las obsesiones estilísticas, las constantes temáticas que se mantuvieron intactas pero renovadas de continuo en el quehacer artístico de Aute.

Los seguidores de Aute no podemos pensar en él en términos de cantautor. Lo descubrimos muy pronto creando algunas de las letras más potentes, profundas, líricas, filosóficas (también irónicas) que se podían unir a una música. No renuncia nunca al pensamiento, al lenguaje que dice y calla, a la figura retórica deslumbrante, a la emoción contenida, a la sencilla dificultad, al homenaje literario, a la corporeidad sublime, a la bofetada política (cambiaba las masas por las nalgas, recuerden). Aute era un poeta (era siempre un poeta: cuando cantaba, cuando pintaba, cuando dirigía). Se reivindicaba como tal sin pudor pero sin asomo de soberbia, como cuando respondía en una entrevista si se identificaba con la palabra cantautor: «La verdad, no. Soy un poeta que escribe canciones. Lo de cantautor me suena a cantamañanas y casi prefiero cantamañanas a cantautor».

Y sí, Aute cantó a las mañanas deslumbrantes, a las tardes interminables y a las noches relucientes. Observaba la vida con mirada de artista. Y el amor era herida y cicatriz («Sin tu latido»), rasguño apenas («Una de dos»), desesperación contenida («Dos o tres segundos de ternura») o ausencia hecha carne («Dentro»). Y el cuerpo era alma y viceversa («Anda»), porque la vida se hace cuerpo a cuerpo. Y el vivir eran espacios sublimes y cotidianos al unísono («Quiero vivir contigo»). Y la amistad era siempre un «pasaba por aquí» que a nada obliga pero a todo compromete (lo saben hoy sus amigos, que lo lloran sin poder despedirlo en la cercanía que el acostumbraba a poner en todo lo que hacía). Y la belleza lo era todo.

La poesía como la pintura («Ut poesis pictura») nos enseñó el poeta Horacio de la Epistola a los Pisones. Y la pintura como la poesía, podemos añadir nosotros. En una lava arrolladora e hirviente. Paz y guerra, agua y fuego, liturgia y blasfemia, templos y cuerpos, agua y sed, la destrucción y el amor, dioses y demonios, labios como espadas, mujeres como espaldas y dedos y suspiros, latidos y muerte, profundidad y levedad, lo breve sí bueno, alma y vísceras, el sueño de la razón y la razón del sueño, insomnio y duermevela… Todo ello con sus metáforas suicidas, con su ironía deslenguada, con sus desplantes tan taurinos (compartiendo, por supuesto, con Antonio Chenel Antoñete apuntes al natural, el lienzo como un capote y en su paleta un color blanco como el del mechón sontagiano), con las tradiciones, las vanguardias, los estilos abriéndose paso en un mundo interior siempre al borde del abismo pero siempre contenido. Y también la crítica, la sátira, la burla. La política también, porque nada parece haber fuera de ella. Aunque siempre mirando todo desde la irrenunciable individualidad que se define en su agon —a veces armónico, a veces destructivo— con la colectividad solidaria.

En Auténtico Aute, Eros y Tánatos se pasean del brazo en sueños y en pesadillas, el erotismo se hace espiritual y espirituoso, lo coloquial y lo cercano se enredan con el expresionismo surrealista, el epigrama se funde con lo lírico, el trazo naíf crea al ángel pasional expresionista, los amantes se encuentran, se miran, se acometen, las heridas sangran y los hilos rojos excavan cauces en los cuerpos. La palabra y el color dan vida a la metáfora, y la metáfora da vida al ser humano. Aute era un creador. Auténtico.


Auténtico Aute: antología poética, retrospectiva gráfica
Luis Eduardo Aute
Ya lo Dijo Casimiro Parker, 2020
176 páginas
21€

Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) es doctor en filología hispánica y profesor titular de teoría de la literatura y literatura comparada en la Universidad de Oviedo, además de escritor, crítico literario y gestor cultural. Anteriormente, impartió docencia en las universidades de Valladolid, Iowa y Montreal. Es autor de poemarios como Los mapas falsos o Qué ves en la noche y de los libros de relatos Barra americana y La mano izquierda es la que mata. Sus colaboraciones periodísticas se han publicado en los volúmenes Líneas de alta tensión: literatura crónica que viene a cuento y Y el quererlo explicar es Babilonia (Oviedades, 2014-2017). En el ámbito de la literatura infantil y juvenil, ha publicado el álbum ilustrado La tienda loca, la novela Un pingüino en Gulpiyuri y los libros de poemas Mi vida es un poema y Miedo a los perros que me han dicho que no muerden. Su labor en teoría y crítica literarias está recogida en los libros Literatura con paradiña: hacia una crítica de la razón crítica y En realidad, ficciones. Textos e imágenes en la ficción contemporánea: narrar y cómo. Fundó y dirigió el festival de poesía VERSÁTIL.ES y, durante varios años, el Aula de la Poesía de la Universidad de Oviedo. Entre 2014 y 2016 fue director de la cátedra Leonard Cohen. Actualmente, coordina el Ciclo de la Palabra del Centro Internacional Niemeyer de Avilés.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

Cutres consignas de la Transición

Publicada

el

/ por Francisco Abad Alegría /

«Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír […] los liberales tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia […]». Así se expresaba el sicario del POUM, George Orwell, que al regreso de su sangrienta excursión por Aragón y Cataluña que él mismo narra en el edulcorado y manipulado texto anticomunista Homenaje a Cataluña, no dudó en ponerse al servicio de la manipulación informativa proaliada de la BBC de los hijos de la Gran Bretaña.

Si me permiten el excurso verbal, a diferencia de lo que decía un brutal jesuita apodado el Nazi por sus emigrados parroquianos, que ejerció el sacerdocio en Alemania antes de ahorcar la sotana, «no matan las palabras, sino las balas»; la palabra es realmente el primer motor de todo. Mas resulta triste meterse en honduras que destilan plasma sanguíneo y elegimos quedarnos en un nivel algo más superficial.

En estos días revueltos, repletos de inmundicia política, sanitaria, económica, informativa, me tomo la libertad de reflexionar sobre algo que parece menor, pero quizá no lo fue en su momento. He aprovechado la consulta al diccionario de la RAE, que me confirma que es admisible el término cutre como expresión sintética de bajo, vulgar, rastrero, inculto y otras hierbas para recordar consignas que en su tiempo determinaron movimientos de pensamiento (perdón por lo de pensamiento). Y de ese alijo de pareados bajunos, berreados a voz en cuello, que me encontré al regreso de mi trabajo práctico doctoral en el Instituto Mario Negri de investigaciones farmacológicas de Milán, bajándome del mundo del cromatógrafo a la más ramplona realidad masiva, he recopilado algunas expresiones que seguramente no figurarán en los libros de texto, pero que pueden ser interesantes como anecdotario, no tan anecdótico. Permítanme algunas libertades de puntuación que añadan música (o si se quiere, batukada) a lo verbal.

Cuando el Caudillo cerró los ojos, inmortalizada su imagen agonizante por un desleal familiar, inmediatamente después de que más de 300.000 personas desfilasen ante su cadáver expuesto, comenzaron pequeñas manifestaciones toleradas en las que grupos de dimensión en general modesta coreaban la imaginativa consigna que reza: «¡Ea, ea, ea; el búnker se cabreal!». El búnker se refería a la vieja guardia del franquismo, que ya había decidido hacerse el sepuku a cambio de una transición pacífica hacia la democracia, por un método que se denominaba de la ley a la ley. Las emisorias de radio chorreaban a todas horas desde principios de 1976 el sonsonete de Libertad sin ira («Libertad, libertad, sin ira, libertad, guárdate tu miedo y tu ira», etcétera, del grupo Jarcha) y los franquistas, que no estaban adheridos a ningún partido franquista, porque tal cosa no existía (el Movimiento Nacional no fue nunca un partido, aunque así se le denominase) se escondían bravamente en el silencio. Pronto se organizaron las Cortes Constituyentes, encargadas de apoyar una nueva forma de convivencia nacional que sustituyese a la autocracia franquista. Entre los parlamentarios (y parlamentarias y parlamentaries…) estaba Dolores Ibárruri, cabeza junto con Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, el único partido que realmente ejerció una oposición importante al denominado franquismo (hasta 1976, lo juro por Snoopy, los únicos socialistas que conocí fueron un tal Llopis, que creo que era básicamente masón; Isidoro, amigo del cortijero Navarro, y un oscuro Solchaga natural de Tafalla, Navarra). La inteligente consigna coreada por los escasos ultraderechistas que se arrogaban la sucesión del búnker era: «¡Ilo, ilo, ilo, Dolores al asilo!», aludiendo a la provecta estalinista conocida como Pasionaria, por una piadosa redacción religiosa que redactó en sus años infantiles y que luego adoptó como nombre de guerra, sin exponerse al fuego enemigo, claro.

En paralelo, el griterío crecía, cuando los partidarios (he dicho partidarios, no parlamentarios) de una continuación del régimen (¿quién lo encabezaría si el almirante Carrero Blanco había precedido a su Caudillo en el camino al Más Allá?) con poéticas consignas cuyos promotores les animo a adivinar: «¡Fascistas, burgueses; os quedan dos meses!» y «Ni amnistía ni perdón: rojos al paredón!». Bonito ¿no? Sotto voce, los jirones carlistas que se habían mantenido firmes al espíritu del más acendrado conservadurismo del Requeté osaban repetir, con poco éxito de público y crítica, una consigna contra el heredero de Franco a título de Rey, Juan Carlos de Borbón: «¡No queremos a Juanillo ni aunque lo mande el Caudillo!». Parece que no les hicieron mucho caso, porque Marruecos ya se había quedado con la provincia española del Sáhara Occidental durante la agonía del general, con el Príncipe de Jefe de Estado accidental, mediante una inexplicada y turbia Marcha Verde.

Muy pronto, tras conversaciones que desconocemos y que nadie nos aclarará nunca (la información que llega al pueblo soberano es siempre o irrelevante o manipuladora; la buena se queda… donde se queda) entre el rey y Santiago Carrillo, se produce un hecho imprevisible (para el común de los mortales) y es la legalización del partido comunista y la aceptación de las reglas del juego democrático por ese partido. La facción de Gallego queda en la ortodoxia de las ideas y se extingue rápidamente. Pero los afectos a la imparable revolución de la izquierda bolchevista se enfadan muchísimo y entonces surge la ensalada de grupos, siglas y facciones que hizo las delicias de las revistas de humor (¿La Codorniz o Hermano Lobo? Ya no lo recuerdo, estoy mayor). Los grupúsculos, en general de vida efímera, pero que aún mordieron presupuesto, especialmente en la política municipal, solo alumbraron una consigna eficaz aunque de vida efímera: «Policía ¿para qué? Ya tenemos al PC». Era el enemigo común y se desvanecieron al tiempo que adelgazaban las listas de procedencia, en su mayoría, de organizaciones apostólicas, de Acción Católica y de la denominada Falange Española Auténtica, pretendida heredera hedillista.

Tras las primeras elecciones y el previsible triunfo de UCD, las reliquias de oposición de izquierda bolchevista se fueron diluyendo, mientras surgía un poderoso partido socialista, alimentado por generosas inyecciones económicas de Alemania y Estados Unidos, con Isidoro (Felipe González) de rey del mambo. Los ataques contra el partido gobernante y coprotagonista de la Transición junto con el partido comunista, que se eclipsó progresivamente gracias a la mencionada ayuda extranjera al PSOE, se hacían limitados y con frecuencia hilarantes. Recuerdo dos consignas llamativas al respecto. El ministro de Interior, apodado la porra del Gobierno, Rodolfo Martín Villa, era atacado con pegatinas y pintadas en las calles con la siguiente frase: «Menos Martín Villa y más Ángeles de Charlie» (los Ángeles de Charlie eran unas señoritas de escultural físico que llevaban a cabo misiones arriesgadas en una suerte de práctica parapolicial, en una serie televisiva de gran éxito… por las leyes de la física, o lo físico, tanto da). Cuando Alianza Popular, luego Partido Popular, empezó a tomar vuelo, con su charrán esquematizado en el escudo, multitud de pegatinas se adherían a las paredes con la siguiente consigna: «La democracia de Fraga es como follar con braga». Me excuso de explicar el término follar y de Fraga aclararé, para los más jóvenes, que se refiere al profesor Manuel Fraga Iribarne, a la sazón presidente de Alianza Popular. Todo muy fino.

Según el DRAE, la primera acepción de consigna es una expresión sintética que se da a agrupaciones de todo tipo (¿por quiénes?) a grupos organizados o más o menos espontáneos para seguir una línea de conducta. Dice el camarada Lenin que la consigna, refleje o no una verdad, es una expresión sintética destinada a provocar un sentimiento, o a veces ni eso, una emoción, pero colectiva y colectivizante, que tiene la virtud de crear un grupo social, de socializar conductas y sentimientos y hasta pensamientos (como lo hace el orden cerrado militar, que a partir de lo gestual estructurado y estereotipado es capaz de crear una forma de enfocar la realidad y consecuentemente la reacción conductual). Pues bien; las consignas, poco brillantes, como corresponde a los receptores de las mismas, tuvieron una vida efímera y una eficacia dudosa, en todo caso no medida. Pero, según mi limitado recuerdo, hay una que era un auténtico torpedo de profundidad y que, por eso mismo, pasó rápidamente desapercibida: «El pueblo, follando, se va multiplicando». Es una apología de la proliferación proletaria, como lo fue la animación natalista de Ben Bella sobre la conquista de Occidente por la fecundidad de las madres musulmanas, hecha en Asamblea General de ONU en 1975. Es la única consigna, creo, importante, que coincide plenamente con las explícitas afirmaciones del Manifiesto comunista sobre el imparable empuje de las clases proletarias. Es demasiado seria para ser tenida en cuenta.

Espero que me perdonen mi digresión mnésica, pero es que me resisto a soportar que microtestimonios, como este de lo que ahora llaman eslóganes, que tanto movieron en un tiempo, se pierdan en la nube del olvido, cuando son varillas del armazón de un proceso nacional sobre el que no haré juicio alguno, pero que ha durado casi medio siglo. ¡Ah! Y procuremos ser todos un poquito más finos a la hora de formular consignas, aunque parece que con la machacona incidencia de los media cada vez serán menos determinantes.

[EN PORTADA: De izquierda a derecha, Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y Carmelo Lisón Tolosana (La Puebla de Alfindén, Zaragoza, 2017)]


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Publicidad
...

Facebook

Destacado