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Cultura

Colinas o la poesía del fervor

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

La poesía de Antonio Colinas (La Bañeza [León], 1946), reconocida con premios como el Nacional, el de la Crítica o el Reina Sofía, se reunió en Obra poética completa. 1967-2010 (2011). Después, además de algunas antologías, publicó Canciones para una música silente. En Memorias del estanque (2016), un libro que complementa a En los prados sembrados de ojos (donde ya aparecían poemas recogidos aquí), escribía Colinas: «Es necesaria la evolución para decir cuanto debemos decir, sintiendo y pensando a la vez. La poesía como vía de conocimiento». Así, aunque esta nueva entrega sigue la senda de las anteriores (en especial de las cinco últimas), siempre fiel al humanismo y a la búsqueda de la armonía que siempre la ha caracterizado, se aprecian cambios en una poética asentada y personal como pocas del panorama. Por contraste quizá: Oriente y Occidente, el origen y la universalidad, la narratividad y el lirismo, la realidad y el ensoñamiento, la luz y la sombra, la conciencia (consciente) y lo alucinatorio, el ascenso y el descenso, el cielo (estrellas, firmamento) y la tierra (isla y piedras: Ibiza y el noroeste castellano y leonés), etcétera.

La unidad viene dada no sólo por la voz, sino también por la «realidad profunda» que intenta mostrarse en consonancia con los versos de Machado: «el alma del poeta/ se orienta hacia el misterio». Una visión propia de alguien que contempla el mundo con «ojos de piedad». Al encuentro de la «expresión esencial» mediante la soledad, la serenidad y el silencio. «En la oscuridad/ (en mi oscuridad),/ veo sin ver/ y encuentro/ sin buscar», leemos.

Seis partes (que podrían ser otros tantos libros) componen el volumen. La primera es una vuelta a los orígenes, a sus raíces. De nuevo remito a «Un valle, dos valles», el epílogo de sus Memorias. Léase «La estrella final»: «¿Por qué te fuiste tan lejos/ si la meta final estaba aquí,/ en el lugar del que partiste». Allí, la infancia: «Solo eres el niño que fuiste». Las «ruinas fértiles». Sitios como el huerto frayluisiano de La Flecha, Tábara (León Felipe y «la piedra humilde»), la sierra cordobesa de su adolescencia (y Góngora)… Y otros símbolos: la fuente, los álamos, la calzada, el río, la casa, el castro, las montañas, el bosque, la encina… Y maestros: santa Teresa, Azorín y Rubén Darío.

Al Extremo Oriente (uno de sus pilares filosóficos y literarios) dedica los poemas de la segunda parte. Se sitúan en India, Corea y China. Mezclan lo reflexivo con anotaciones de un diario de viajes. Homenajea a Tagore, Li Bai o Wang Mian (en forma de monólogo dramático).

En la tercera, escrita en Formentor e inspirada en los paisajes del pintor modernista Anglada Camarasa, dialogan dos islas mediterráneas: Mallorca e Ibiza.

Como en el resto del libro, los poemas extensos, discursivos, llenos de preguntas, meditativos o metafísicos (sin desdeñar lo ensayístico). Versos que fluyen de una inspiración que adopta a rachas un tono surreal y en los que afloran palabras compuestas: «luces-lágrimas», «amor-ciervo», «esquirlas-rubíes», etcétera.

Un epistolario inacabado ocupa la cuarta parte. Pound y Eliot, la romana Villa Torlonia, una ladera en Toscana, el último naufragio de Shelley, el Tera (su primer río), el padre y los cuentos de Andersen, canciones para sus hijos (Clara y Jandro) y María José, su mujer, personal capital en su vida, dedicataria del libro: «¡Y la inefable infinitud de amar!».

Precisamente la mujer, símbolo coliniano, centra la quinta parte, acaso la más enigmática. Donde leemos, por cierto, el poema «Un ruego para tiempos de pandemia».

«Tres poemas mayores» conforman la sexta. Sus temas: la música (la de su juventud en Milán), Cervantes (en su noche final) y la «eterna dualidad»: palabra y silencio, una meditación en Arabí.

Recuerda Colinas que la poesía es un don, pero también «un constante y firme ejercicio de la voluntad». De ahí su perseverante «peregrinación» hacia el «poema sagrado».   


Un cuento de infancia

Padre: tú me trajiste un día
de un viaje
un libro de cuentos de Andersen.
Yo era entonces un niño
enfermo en su lecho;
yo no era un lector
ni era un poeta.
Sólo era un niño
muy pequeño y enfermo
que intuía otros mundos
cuando veía temblar
de noche, en las cortinas,
sombras negras.

Pero llegó la luz
a mi vida, pues olvidar no puedo
el placer que sentí al recibir
el libro entre mis manos.
Y no era porque fuese un regalo,
no era por el don, feliz, de recibirlo.
Era quizás porque en el libro aquel
tú pusiste un mundo
con tus manos
en mis manos.
Y se llenó de luz la habitación,
y ya no había seres misteriosos
que me atemorizaran al temblar
de noche las cortinas.

Y recuerdo muy bien
que, antes de abrir las páginas del libro,
ya sentí en mi interior un sublime placer
que describir no puedo.
Luego, salí a los campos y sané,
pero perdí el libro,
y con él se perdió
mi infancia
y aquel placer incluso de sentir
que hay otra realidad:
ésa en la que aún yo creeré
por siempre,
aunque jamás la vea.

¿Qué fue de aquellas músicas?

¿Qué fue de aquellas músicas de un tiempo
en Europa, las de mi juventud?
Me recibió Milán
con las nieves de enero
y con aquel concierto para oboe
de Marcello.

Creo que, desde entonces, ya no he sido el mismo.
Pocos días después se reafirmó
aquella especie de metamorfosis
en el Teatro Lírico: I Musici
escribieron el júbilo encendido
de Vivaldi en mis ojos.
¿O fui otro al seguir cada paso, cada gesto
de la pequeña-grande Carla Fracci
en el Preludio a la siesta de un fauno
Sí, sentí que era otro en la Scala,
al escuchar las sinfonías de Mahler
(cincuenta años después de que él muriera)
como una mar serena que ascendiera,
como una tormenta que llegó,
conducida por las manos
de Claudio Abbado.
¿O la transformación del que fui en el que soy
se dio aquella noche en que llovía mansa-
mente sobre la estatua de Leonardo
da Vinci?
                   Pasaban relumbrando
los coches mientras dentro del teatro
la voz de ángel de Mirella Freni
nos iba ofrendando cada aria
de La Bohème.
(Durante el entreacto, me asomé
a la terraza.
                        La lluvia
había cesado.
                           La plaza y sus palacios
relumbraban, eran
como de plata).

¿Qué fue de aquellas músicas de entonces?
¡Fueron tantas y tan
turbadoras, casi como un veneno que embriagara!
Músicas en países y en anocheceres
inesperados, mientras fuera
cada estación del año
tejía tramas de oro, de niebla, o de escarcha
en mis pestañas.
¿Y aquel concierto en el Conservatorio de
Ginebra, que dieron los alumnos de Nikita
Magaloff?
Un año antes yo había escuchado
a Nikita Magaloff.
Me asaltó su piano en el Teatro
Donizetti de Bérgamo
mientras fuera arreciaba una borrasca
que tronchaba las ramas de los árboles.

El arte de la fuga,
aquella matemática celeste
de las notas de Bach
me serenó una noche en la catedral
de Berna.
Más tarde, escucharía a Bach interpretado
por Ritcher, tras la puerta cerrada
de un palacio de Bonn,
mientras fuera el otoño discurría
con sus llamas
por las aguas del Rin.
(A Bach lo interpretaba aquella noche
Sviatoslav Ritcher, no Karl Ritcher,
el que nos entregó acaso las mejores versiones
de los Conciertos de Brandenburgo.
En el 5º y el 6º conciertos, Bach y Karl
Ritcher nos demostraron
que el hombre y su Arte
pueden ser en la vida algo más que ceniza
para la muerte.

Y yo acababa siempre escapando
hacia la otra orilla
de los lagos alpinos.
Llevaba en el bolsillo de mi abrigo
un libro de Rousseau que no leía:
Las ensoñaciones del paseante solitario.
Y cuando anochecía,
regresaba yo solo
en el último barco
hacia las temblorosas
luces de la otra orilla.
O, de día, ascendía a las montañas.
Seguía los senderos por los bosques
hasta que, ya en la cima, me tumbaba
sobre la nieve, bajo un sol
de hielo azul.
Acaso lo que hacía era huir
de aquellas músicas
que me enloquecían dulcemente al privarme
de la razón común.

¿Y las inesperadas melodías
de Praga en cada esquina, aquel Mozart
que volvía a sonar en la capilla
donde él había actuado siglos antes?
¿Y aquella melopea del incienso
combinada con cantos ortodoxos
en iglesias con frescos desconchados
en el monasterio
de Nauzí?
Fueron tiempos muy duros aquellos, parecidos
a heridas que sangraban sólo música
para a la vez sanarme y enfermarme,
para enfermarme y para sanarme.

¿Qué fue de aquellas músicas de un tiempo
en Europa, las de mi juventud?
Me extraviaron, me hicieron perder
la razón.
       Mas, perdiéndola,
encontré otra razón más poderosa
para mi vida.
Desde entonces,
creí en algo más que en la ceniza
y mi razón no es ya
razón para la muerte.

21-XII-2014

Miguel de Cervantes interroga a su noche final

Malhadado, ¿de dónde vine y hacia dónde irá
ahora mi vida
tras las puertas cerradas,
tras los caminos muertos?
Los caminos no van ya a ningún sitio:
son ellos los que vienen hacia mí.
Hoy yo soy el camino.
Hoy ya soy el camino sin camino.
¿Y por qué viene ahora a mis ojos cerrados
un sueño de humedades muy verdes?

Cervantes: una aldea, sólo un sueño
allá en el noroeste
con los lobos vagando
por la nieve, entre robles y castaños;
un pueblo no muy lejos de un lago
donde acaso nacieron, o vivieron, o murieron
mis ancestros, ¡quién lo sabe!
¿Por qué asoma hoy ese paisaje
a los dos lagos ciegos de mis ojos?
Cervantes: el origen
que mi vida errabunda ignoró.
Cuando acaba la vida
ya todo es un sueño para el hombre.

¿Y si yo hubiese muerto en Italia?
¿Y si yo hubiese muerto en Lepanto?
¿Y si yo hubiese muerto en Argel?
¿Y si hubiese muerto en las Indias,
como yo supliqué, en pago a mis servicios?
¡Quizás hubiera sido otra gloria la mía!
Olvidar no he podido una frase
que aún sangra en mis ojos
cerrados: «Busque por acá
en que se le haga merced».

¿Logra la libertad quien la persigue
con desesperación
o está la libertad dormida en nuestros pechos,
esperando a que hagamos germinarla?
Y aquella otra frase, en dolor destilada,
la que fue perla o gota
de oro, esencia de mi vida?
¿Cómo era aquella frase que un día escribí?
«Porque la libertad, amigos,
porque la libertad,
porque…»
¿Y para qué tanto camino inútil
por tus huesos, malhadado?
¿Por qué el griterío de ventas y de cárceles,
tanta cansada barda de mi patria amada
bajo una lluvia de cenizas, bajo
soles de cal?

¡Y pensar que yo vi los palacios
de Roma, de Florencia!
Nunca olvidé los versos
que en Italia leí:
eran música
que todavía arde
en mis labios morados.
Ludovico Ariosto: aquel ritmo
de tus versos
lo murmullo aún
para espantar a esa muerte cierta
que ya veo a los pies de mi cama
con su antifaz de niebla:
Le donne, i cavalier, l’arme, gli amori…
¿Era así el ritmo de aquel verso primero,
el que yo traspasara hace sólo tres días
a mis palabras últimas,
aquellas que dictara para el prólogo
de mi Persiles:
El tiempo es breve, las ansias
crecen, las esperanzas menguan…

¡Cuán breve fue el tiempo
y cuán largo este adiós!
Siento frío.
Hermanas: ¿por qué fuisteis
como un  desasosiego continuo para mí?
Esposa: ¿por qué no estuve más
a tu lado?
Hija: ¿por qué no me bastaba y te bastó
mi amor y tu amor?
Madre: ¿en dónde estás ahora?
¿Voy hacia ti o voy hacia un abismo?

Busquen los que aquí quedan
la gema que se esconde
debajo de gigantes y molinos,
de farsas, burlas y de trampantojos
de la vida diaria, engañosa.
La vida de un hombre es algo serio
cuando la rigen conciencia y consciencia.

«Porque la libertad, amigos,
porque la libertad,
porque…»
Sí, ahora ya recuerdo
las palabras exactas que escribí:
La libertad es uno
de los más preciosos dones
que a los hombres dieron los cielos […]
por la libertad, así como por la honra,
se puede y debe aventurar la vida.

Siempre hubo una vela encendida en mis noches,
en la noche del ser y del no ser.
Y el nombre de su luz, de aquella llama
era sabiduría.
Sabiduría: ¿te encontré y te perdí,
o te logré salvar con mis palabras?
Yo también te llamaba humanismo,
o a veces piedad.
Te encontré en mis desvelos nocturnos,
cuando a mi alrededor aullaban
los perros, las tormentas.
¿Y de qué me sirvió sabiduría
si ahora, extraviado, no sé a dónde voy?

Quítate el antifaz, Señora Muerte,
y dime a dónde vamos.
¿Florecerán un día mis cenizas?
¿Será posible el eternizarse
cuando llegue el silencio absoluto?
Malhadado: en mis pestañas tiemblan
aún esas amadas brasas de la sabiduría
las que aventé en palabras,
en sílabas de luz.
Hoy mismo ofrendaré con humildad
mis libros
—el libro que es mi vida—
al Gran Lector de Vidas.
Malhadado, ¿a dónde voy?,
¿hacia qué luz o hacia qué abismo?
Sabed, los que quedáis aquí
que hoy mismo espero estar
en el paraíso
de los pobres.

Palacio Real, Madrid, 30 de enero de 2017
(Clausura del Año Cervantino)


En los prados sembrados de ojos
Antonio Colinas
Siruela. 2020
162 páginas
20€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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Cultura

Evolución culinaria e instrumentación; técnicas y tecnología. 6. Uniformización e involución

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/ por Francisco Abad Alegría /

Todo sea por una cocina más sana, barata, accesible y menos devoradora de tiempo libre de las personas que se reúnen (¿reúnen?) en torno a la mesa. La fantasía al poder, la mentira al trono. Desde que por requerimientos bélicos surgiera en el Reino Unido la conserva de carne denominada corned beef, que acabó incorporada a platos ahora considerados como genuinamente británicos, a la irrupción del primer gran precocinado español, la Fabada Litoral, el papel de la industria alimentaria en la comida cotidiana se ha desarrollado de forma exponencial, ya vertiginosa como un rizo de montaña rusa en las últimas décadas. Pero lo que hay detrás de este movimiento no es un afán liberador, ni facilitador para las personas, sino un binomio mayor ganancia-uniformización de gustos y además dirigido por pocos grandes grupos económicos de los que algunos se citarán al final de este capítulo. El desarrollo tecnológico no ha contribuido a crear, excepción hecha de la preservación de alimentos por congelación (Figura 1), sino a empobrecer y además por vía de la imposición; el artesano que antaño torneaba una olleta cerámica, la esmaltaba y la cocía en horno de ceramista, es ahora un mero esclavo obediente de lo que sale por un tubo y se envasa en cilindros plásticos, rotulándolo con vivos colores y sin saber qué es realmente. De colaborador en el desarrollo tecnológico humano (en el campo culinario, cultural por tanto), ha pasado a sometido a criterios industriales.

Vieja publicidad norteamericana de congelados de utilización doméstica (1949)

A mayor abundamiento, la preparación para el consumo directo de tales fórmulas culinarias es en general ajena a la herencia cultural de los ciudadanos y además, si se disfraza como tal, una auténtica falsificación o adaptación de recetas arraigadas que conforman  un modo de entender la comida. Y para completar el panorama, se requiere utillaje absolutamente ajeno, en la mayoría de los casos, al utilizado normalmente. Es decir, que la dependencia industrial cierra el copo sobre la importante cultura culinaria, prescindiendo cada vez más de las demandas de la población e imponiendo criterios, preparados y utillaje. Y todo ello merced a un perverso empleo de tecnologías cada vez más inaccesibles al ciudadano, pero muy ligadas a un proceso regresivo respecto a lo que la evolución técnica y tecnológica ha supuesto históricamente para la comida humana.

Al hablar de los precocinados en un anterior trabajo,[1] ya se dijo que hay precocinados para todo, de todo, congelados, irradiados, refrigerados y envasados en atmósfera protectora. Todos estos preparados, que suponen un consumo desmesurado en los hogares, están presentes también en los restaurantes. Un relativamente reciente informe de MERCASA[2] sobre la alimentación en España, desbrozando campo por campo lo que ocurre en los hogares, en los restaurantes, en las industrias alimentarias y en las comunidades españolas, que se elabora desde finales de los años ochenta, nos muestra con claridad el proceso. Si asumimos la cantidad de precocinados que se expenden, generalmente en grandes superficies, para los hogares, y lo que ocurre con los destinados a restaurantes, cruzando los datos con las cantidades vendidas, nos daremos cuenta de que ya a finales del siglo XX cerca del 70 % de lo que se ofrece al cliente de un restaurante de nivel medio, es un genuino precocinado, elaborado industrialmente. El cocinero en una pequeña cocina y con brigada reducida al mínimo, descongela, calienta y sirve productos que en ocasiones ya vienen incluso emplatados sobre una bandejita deslizante que se vacía ordenadamente sobre el plato del comensal. Pues bien, siendo esto un hecho innegable, que cualquier persona que tenga algo de confianza con personal de hostelería puede corroborar, lo más importante es que el mismo proceso se está dando en los hogares y gran parte de los preparados destinados también a la hostelería,[3] como las lasañas y canelones.

De este modo, la cocina tradicional queda literalmente aplastada por la industria, que la va a deformar más o menos en función de sus propias facilidades para la preparación. El diseño de los productos publicitados u ofrecidos a la hostelería, que al cabo marca (en la triste actualidad ya tendremos que hablar de pasado inmediato, pero aún actuante), las preparaciones se ajustan a formas y utillaje industrial idóneos para la empresa preparadora, a despecho de los criterios (si es que los tiene) del pueblo soberano. Podremos encontrar algunos asados de cordero que están buenos, pero que siempre saben a lo mismo (y de vez en cuando hay que hacerlo un poco mejor o equivocarse un poco, para que la familia note la diferencia) y algunas preparaciones más complejas que son realmente nauseabundas. Recabando diversas fuentes, sin afán de exhaustividad, nos encontramos con una auténtica invasión en la oferta del súper y, por supuesto, aunque oculta, de la hostelería, de cárnicos asados o preparados de otros modos (por ejemplo, Grupo Pastores de Aragón), de diversos entrantes, a veces aparentemente complejos, carnes aliñadas, pescados y mariscos (por ejemplo Borrás, Congenor o Frisoria, de Cataluña y Vizcaya), o algunos diseños complejos de elaboración y diseño, preferentes en hostelería aunque también accesibles al hogar (por ejemplo de Diesa, en Granada).

Merece la pena detenerse en la formulación detallada en el envoltorio de algo aparentemente tan sencillo como una salsa de queso, que tradicionalmente elaboramos los mortales de la gleba con dos o tres quesos blandos, un poco de mantequilla, una nube de nata líquida y un casi nada de vino de Jerez, que ofrece la empresa Old El Paso Mexican Foods hacia el año 2018: agua, pimiento rojo troceado, queso cheddar (8%), aceite vegetal, almidón modificado, azúcar, suero lácteo en polvo, trazas de oleorresina de pimiento dulce, leche en polvo, otros quesos en polvo no especificados (1,54%), sal, ácido láctico, ácido cítrico, pectina, extracto de levadura, ajo triturado, aromas no especificados, maltodextrina, fosfato trisódico, ortofosfato trisódico, curcumina, dextrosa, trazas de oleorresina picante, glutamato sódico y harina de mostaza. Hagamos una apuesta: ¿cuántas personas preparan su vulgar y vieja salsa de queso para casa y cuántas la compran ya hecha, igual a la descrita o similares? Efectivamente. Pero todo es acostumbrarse (someterse) y al final acabamos viviendo en el mundo feliz, programado no sólo por la televisión, sino también por el gusto y la aculturación gastronómica radical. 

Un aspecto que me parece especialmente destacable en este campo es el de los famosos aditivos. Ninguna polémica, sólo hechos. Normalmente se empleaban de forma habitual en la cocina un par de espesantes, como la gelatina o cola de pescado y los alginatos de las natillas y flanes y también la sal, en contadas ocasiones, como potenciador del sabor (no como sazonador, que eso es otra cosa) en algunos platos dulces. Pues bien, de entre 25 y 30 aditivos antaño extraños a la cocina convencional, que se han desarrollado e introducido especialmente por los requerimientos de texturización, humedad, consistencia, aroma y maleabilidad del producto preparado industrialmente, cerca de un 30% ya se han incorporado a las preparaciones culinarias convencionales, familiares (sin contar la odiosa tartrazina, colorante artificial insensatamente empleado en la mayoría de platos de arroz guisado nacionales).  Al final, lo que cuenta es que se ha producido de forma imparable la uniformización de sabores, colores y texturas (la mayoría de los aditivos domésticos son gelificantes y espesantes, por lo de la textura de marras). 

De forma progresiva, a partir de de un preparado de la firma británica Taco Bell, los denominados snacks, es decir, tentempiés para tomar entre horas, se introdujo el Dorito Locos Taco, que es una concha de material tostado similar al taco, pero con forma de pequeño recipiente relleno de queso y productos triturados de charcutería, constituyendo de hecho una especie de bocadillo que puede sustituir a una pequeña comida,[4] que ocasionalmente se complementa con un snack dulce, que sería el postre. Lo llamativo del fenómeno, iniciado de modo casi simultáneo en el Reino Unido y Estados Unidos, es que se ha extendido de forma vertiginosa por el mundo occidental y el resto del mundo occidentalizado en manos de muy pocas compañías industriales, produciéndose un fenómeno creciente, por el momento no masivo, y al tiempo distópico, merced a multitud de inserciones motivadoras sutiles, incluidas en la filmografía televisiva de consumo o a veces explícitas de forma publicitaria convencional, lo que conduce a una simplificación, uniformización y al tiempo industrialización de la alimentación que se consideraría ultracivilizada, es decir, destruyendo el concepto que siglos de civilización han construido como comida. Y además de eso, manejada por una cúpula empresarial difícil de rastrear hasta su vértice y, especialmente, sus conexiones con múltiples entidades de poder aparentemente extrañas al sector alimentario. Las consecuencias que se derivan quedan a criterio de la cogitación del lector.

Se aleja cada vez más el protagonismo del hecho cultural de la comida de la iniciativa de la persona, que se ve progresivamente sometida, por medio de los progresos tecnológicos que antaño impulsaron su creatividad, a doblegarse ante pocos protagonistas industriales, exponentes de oligopolios de decisión económica y consecuentemente cultural, incluso en el hecho cuasi sagrado de la comida.

No vale la pena extenderse en este asunto, pero la irrupción de dispositivos diseñados no solo para simplificar la vida por medio de la tecnificación, algo en principio loable, lo que han conseguido es un doble efecto. En primer lugar restar protagonismo al agente culinario, que deja cada vez más en manos de utillaje complejo que no es capaz de dominar completamente ni de reparar (algo tan simple como el afilado de un cuchillo o el curado de un wok o una sartén no se pueden hacer en un robot de cocina), lo que arrastra al protagonista al campo de seguidor de instrucciones, en general simples y tajantes; vamos, a obedecer a la máquina. En segundo lugar, en confluencia con lo dicho, va seleccionando, con la excusa de la eficacia, el ahorro de tiempo (que luego se dilapida entonteciéndose ante la televisión, que genera enormes lagunas irrellenables entre neuronas previamente interconectadas) y la denominada cocina sana (dogmas cambiantes cada poco tiempo a impulsos de las tendencias impuestas; basta recordar el fraude de las grasas saturadas avalado por prestigiosos investigadores y universidades, ocultamente pagados por la industria azucarera, que hemos vivido recientemente) los logros de la cultura sitiológica y sustituyéndola por una uniformizadora cocina expósita, sin apellidos ni padres conocidos, a menudo bautizada con neolenguajes que pretenden remedar un pasado que activamente destruyen.

La gran diferencia entre una mandolina de corte o un cocedor lento, por ejemplo, que hacen con menos tiempo y esfuerzo lo mismo que útiles convencionales, y el robot de cocina, que se encarga del proceso culinario completo,[5] es que el papel de quien cocina queda sustituido por el de mero pinche obediente. No solo existen los robots de cocina convencionales que se programan a punta de dedo (ragout de ternera, bizcocho de zanahoria, por ejemplo) sino que ya hay otros más avanzados tecnológicamente, que son capaces de recibir instrucciones de cocinado por WiFi pero además partiendo de recetarios que están disponibles en la Internet,[6] de modo que quien cocinaba ya ni siquiera es pinche: es silencioso y obediente porteador de productos que compra, obedeciendo al criterio de un remoto e ignoto prescriptor. En la práctica, la hipertecnológica máquina ha sustituido al humano, pero ¿cómo sabemos que la receta prescrita no es una selección hecha con criterio automatizado, adaptado a gustos del momento o incluso fluctuaciones de mercado, como por ejemplo al optimizar los costos del pienso de explotaciones intensivas de aves o cerdos? (Figuras 2 y 3).

Freidora por aire caliente (2019)
Gran robot de cocina Mycook de Taurus

Y ya el colmo de la sustitución del humano por la máquina es la eliminación de elementos culinarios que en su esencia son sustanciales para la elaboración de una fórmula culinaria. El ejemplo más sencillo, no el único, es el freidor sin aceite, hace algún tiempo ya disponible en varias marcas.[7] En realidad, la freidora de aire caliente nunca ha sido una freidora, porque prescinde totalmente del aceite, incluso en un nivel mínimo de impregnación superficial. Se trata de un pequeño horno de convección (no de microondas) dentro del que circula aire a elevada temperatura (cerca de 300ºC), produciendo una reacción de Maillard superficial, que remeda, para los más conformistas, la auténtica fritura, con leve agitación del producto, cocinando además por contigüidad el interior, que debe estar adecuadamente troceado para adaptarse a las exigencias de la máquina. Sólo se me ocurre un ejemplo, mucho menos higiénico sin duda, que es el proceso de descomposición por el calor ambiente y los gérmenes que sufría la carroña que alimentó parcialmente a nuestros antepasados hace algún millón de años. Pero eso no es fritura, ni es cocina, ni es cultura ni es nada de nada: solo alimento barnizado de procederes tecnológicos pasados de rosca.

Una mirada superficial al panorama ofrecido podría hacer pensar que la industria alimentaria se adueña progresivamente con objeto de acaparar el mercado, incrementando sus ganancias mediante tecnologías de producción y también de preparación de la comida, pero cuando se valoran las implicaciones económicas asociadas a auténticos imperios con inmensas ramificaciones económicas, estratégicas multinacionales y su asociación con macroestructuras de poder que llevan directamente también a diseños geopolíticos (si se rastrean las trayectorias cognoscibles de algunas de ellas, las huellas de lo conspiranoico se desvanecen en buena medida, aun asumiendo que la información de verdad, la relevante, no es accesible a la mayor parte de la población…) parece ingenuo creer que nos encontramos ante un mero asunto de poder empresarial (Figura 4).

Del fogón al electrón: cocina global hipertecnológica Convotherm (¡busquen la sartén!).

Aportaré solo dos ejemplos de que no me ha afectado el virus de la conspiranoia, cierto que un poquito añejos; pero es que no me da la vida para meterme en más inquisiciones y la elocuencia es la de las cifras, no la de las palabras. En 2009, las nueve multinacionales más importantes formadas por conglomerados de diversas empresas (con variados nombres propios) de alimentación, que llegaban desde la misma raíz de la producción primaria a la elaboración y comercialización final, en todo el mundo, eran las siguientes:[8] Arthur Daniel Midlands, Cargill, Coca-Cola, Kraft Foods, Nestlé, Pepsico, Procter&Gamble, Tyson Foods y Unilever.

Aporta algún indicio (cognoscible) de dirigismo de los procesos de concentración de poder sobre la cultura sitiológica y el gusto en general la referencia, seguro que ya muy desbordada actualmente en la desbocada carrera de la subvención selectiva de la sociedad, que a través de sus dirigentes sustrae medios a las personas para canalizarlos en proyectos absolutamente ajenos al interés común. Por ejemplo, la investigación (ya sabemos que las tendencias culinarias oficiales han pasado del reino del fogón al campo del arte y la investigación, empujadas por mercenarios expertos en comunicación) culinaria europea con cargo a fondos públicos del denominado Proyecto INICON en el año 2008,[9] supusieron 550.863 euros en total. La cifra no es para desmelenarse, pero lo más interesante es conocer la lista de beneficiados: Cosmos Aromática, Escuela de cocina Gregoire-Ferrandi, Crocodile, Fat Duck, Iberager y El Bulli. Respecto a este último, que hace tiempo sustituyó el aceite de oliva por tinta de rotativa de prensa, hay que decir que cerró dos años después de la subvención. Todos los beneficiarios tenían papel preponderante en la denominada cocina molecular (más que un abuso semántico, una infamia lingüística, porque todo proceso físico-químico, cocina incluida, es molecular) y cabe preguntarse de qué forma revirtió positivamente la inyección de de 26.097 euros a El Bulli de Adriá y Soler o de 24.266 al Fat Duck de Heston Blumenthal a los contribuyentes. La respuesta es obvia.

Tanta confluencia de tecnología agroalimentaria, informativa y acomodación de utillaje adaptado a todo ello en los últimos cuatro decenios (es una forma aproximativa de hablar), y sobre todo de apariencia multicéntrica, resulta difícil de conciliar con un mínimo criterio de evolutividad espontánea, no forzada. Si se siguen las mínimas huellas de los agentes implicados se acaba en muy pocos vértices del proceso, en una concentración de progresiva estenosis del ámbito de la riqueza cultural trabajosamente lograda y de las opciones de la libertad individual en el segundo elemento de la cultura[10] (Figura 5).

Técnica, tecnología y evolución cultural sitiológica

Se atribuye a Tolstói una cruda expresión de la esencia del poder. Decía el ruso (por cierto, rico hacendado que vivía del trabajo ajeno, aunque austeramente) que el poder es una pasión dominante, irracional, que jamás se conforma y utiliza todos los medios para crecer, generalmente contrarios al bien común y el progreso de los humanos, uno a uno, no como rebaño. Cuando la concentración de conductas, pensamientos e individualidades culturales sea un hormiguero llano y uniforme ¿habrá algo que satisfaga al poder? Mientras se acerca ese momento, y lo hace ya ostensiblemente, la trabajosa humanización, expresada humildemente también en los logros sitiológicos, ¿dejará la cultura de comida humana alguna icnita fosilizada en las humildes rocas que separan las astures playas de Lastres y Colunga?                                                                                                                                                                                                                                                                                        


[1] Abad Alegría: o. cit. 2009, pp. 176-182

[2] MERCASA. Alimentacion en España 2010. MERCASA, Madrid. 2011.

[3] L.M., L.P.: «El producto de Mercadona que más arrasa entre los clientes: se venden 55.000 unidades al día», La Nueva España, 6 de agosto de 2020 [en línea], <https://amp.lne.es/sociedad/2020/08/06/producto-mercadona-arrasa-venden-55000/2667948.html#referrer=https%3A%2F%2Fwwwgoogle.com&amp_tf=De%20%251%24s>. [Consulta: 6/8/2020].

[4] B. Lufkin: «The bizarre rise of fast food fused with snack foods», BBC Worklife, 17 de octubre de 2019 [en línea], <https://www.bbc.com/worklife/article/20191016-the-appeal-of-extreme-food-snack-fusion>. [Consulta: 19/10/2019].

[5] M. Sanz Romero: «Xiaomi saca una olla inteligente para preparar todo tipo de platos», Computerhoy, 23 de julio de 2020 [en línea], <https://computerhoy.com.com/noticias/tecnologia/xiaomi-olla-inteligente-you-ban-portatil-683107>. [Consulta: 24/7/2020].

[6] A. A. Romero: «Analizamos Mycook Touch, la Smart cooking del momento», Profesional Review, 7 de agosto de 2020 [en línea], <http://profesionalreview.com/2020/08/07/analizamos-mycook-touch/>. [Consulta: 8/8/2020].

[7] «Lidl vuelve a poner a la venta un éxito: la freidora sin aceite barata», Economía Digital, 29 de julio de 2020 [en línea], <http://www.economiadigitles/consumo/lidl-thermomix-robot-cocina-vuelve-a-poner-a-la-venta-un-exito-la freidora-sin-aceite-barata_20085510_102.html>. [Consulta: 29/7/2020]; T. Celine: «Air frying vs traditional frying: wich smart-cooking pan is the best?», Tech Times, 20 de julio de 2020 [en línea], <https://www.techtimes.com/articles/251233/20200720/our-top-rated-best-fryers-for-every-budget-is-on-sale-at-amazon-right-now.htm>. [Consulta: 21/7/2020].

[8] L. de Sebastian: Un planeta de gordos y flacos: la industria alimentaria al desnudo, Barcelona: Ariel. 2009, p. 160 y ss.

[9] J. Zipprick: ¡No quiero volver al restaurante!, Madrid: Akal, 2009, pp. 44-45.

[10] Pueden encontrarse algunas reflexiones algo más amplias en I. González Turmo: Cocinar era una práctica, Gijón: Trea, 2019 y F. Abad Alegría: «Cocina tradicional aragonesa; su demolición», Temas de Antropología Aragonesa, 25 (2019), pp. 75-130.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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Cultura

Maradona, el fútbol y nosotros

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/ Crónicas ausetanas / Xavier Tornafoch /

Cuando yo era un chaval y formaba parte de las categorías inferiores del RCDE Espanyol de Barcelona, el club nos regaló unas entradas para acudir al trofeo Ciutat de Barcelona, que cada verano servía para presentar al primer equipo a la afición y medirlo con algún otro plantel de la liga española o de alguna otra liga europea. Aquel año se enfrentaban al Osasuna de Pamplona, el equipo revelación que acababa de ascender a Primera División practicando un futbol vistoso y atrevido. Acudí al viejo estadio de la Avenida de Sarrià junto a dos compañeros del juvenil de División de Honor. Nos sentamos frente a la tribuna principal, justo al otro lado de los banquillos y del palco de las autoridades. Pocos minutos después de empezar el encuentro, un tumulto nos distrajo de lo que acontecía en el terreno de juego. Vimos que se acercaba adonde nosotros nos ubicábamos un grupo de personas a las que nadie saludaba, pero a las que todos miraban. Eran Diego Maradona, su representante Jorge Czysterpiller y un séquito de cuatro o cinco personas que no supe identificar. El argentino acababa de firmar por el FC Barcelona y era una de sus primeras apariciones públicas. Uno de los chicos que me acompañaba reconoció entre los que iban con Maradona a un viejo conocido, un muchacho argentino que había formado parte de las inferiores del Espanyol. Se fue a hablar con él y se quedó allí con ellos. Al poco rato, el propio Maradona nos miró y nos hizo señas para que nos acercáramos y viéramos el partido juntos. Y así fue como presenciamos, al lado de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, el partido que en el año 1982 enfrentó al RCD Espanyol y al Club Atlético Osasuna, en el Trofeo Ciutat de Barcelona. Acabó el encuentro, nos saludó, nos deseó suerte y él y su séquito se fueron en un coche de lujo hacia la parte alta de la ciudad y los tres jugadores del juvenil nos dirigimos hacia la pensión donde nos hospedábamos en la plaza de Tetuán (ninguno de los tres éramos de la capital), caminando en una noche oscura y calurosa cruzando la avenida Diagonal hasta llegar a casa. Nosotros teníamos diecisiete años y Maradona veintidós. Él era una estrella y nosotros unas promesas que se quedaron en eso porque al cabo de poco tiempo todos acabamos abandonando el club e incluso el futbol. Maradona, por su parte, continuó su rutilante carrera deportiva ofreciendo triunfos y escándalos, casi a partes iguales.

El fallecimiento de Maradona hace unos días ha motivado multitud de elogios póstumos y también un alud de críticas. El recuerdo póstumo del astro argentino venía de la mano de su rutilante carrera deportiva, los ataques se han centrado en los episodios de maltratos a su expareja que hace ya tiempo se hicieron públicos. Sin embargo, ha habido una tercera posición respecto a las conmemoraciones en relación a la muerte del jugador bonaerense, quizás la crítica más profunda que se ha hecho a los que insistían en recordar a Maradona, la de aquellos que han puesto el acento en el propio futbol, en las características de este deporte como fenómeno social, cultural y deportivo. Es a esas críticas a las que busca responder el presente artículo. Entiendo y comparto las diatribas contra Maradona, un gran jugador de futbol y una persona deleznable. Aplaudo a la futbolista gallega que se negó a guardar un minuto de silencio en memoria del argentino: estaba en su derecho y explicó muy claramente sus razones. Discrepo absolutamente de los que se niegan a considerar un análisis cultural riguroso del fenómeno futbolístico e insisten en aquello del opio del pueblo, de los que piensan que este deporte es poca cosa más que un entreteniendo para palurdos. Se ha vertido mucha tinta en esos términos durante las pasadas semanas, aunque se ha vertido mucha más para alabar a Maradona, ciertamente.

Lo primero de que adolece esta posición de desprecio hacia el futbol es de visión histórica. Obvia que este deporte, al que empezaron a jugar señoritos británicos ociosos pronto fue practicado por trabajadores de todas las clases, y promovido por asociaciones obreras que veían en esta actividad una manera saludable de utilizar el poco tiempo libre de que disfrutaban. Los clubes de futbol se convirtieron en espacios de sociabilidad, de la misma manera que lo fueron los ateneos o las bibliotecas populares. Para la mayoría de líderes obreros, que los trabajadores jugaran al futbol, leyeran libros o escucharan conferencias era preferible a que pasaran horas en las tabernas, bebiendo y fumando. El futbol llegó a España de maneras muy diversas. A Barcelona, de la mano de ingenieros suizos que pronto entablarían amistad con otros técnicos escoceses, desplazados a las colonias textiles del rio Ter, y donde se celebraron los primeros encuentros. Aún se conserva en una de esas colonias, la de Borgonyà, cerca de Torelló, un terreno de juego de estricto estilo británico y el equipo local, como no podía ser de otra manera, viste los colores blanquinegros del Saint Mirren, lugar desde donde vinieron los ingenieros escoceses. Al País Vasco, como nos cuenta Ramiro Pinilla en su maravilloso Verdes valles, colinas rojas lo trajeron los marineros ingleses, que pronto se midieron en las playas de Vizcaya con los trabajadores y campesinos locales. De manera parecida, el futbol arribó a Asturias, Galicia o Andalucía, donde está el club más veterano de la península, el Recreativo de Huelva. Los técnicos extranjeros reclutaron a trabajadores para sus planteles y más tarde fueron los propios trabajadores los que crearon sus equipos, dándoles a menudo un indudable sello reivindicativo. El club europeo fundado por trabajadores más emblemático de Europa es el todopoderoso Mancehester United, creado por los obreros de Lancashire and Yorkshire Railway. El futbol nació con un marcado carácter popular, de eso quedan pocas dudas. Fue justamente esa característica la que llevó al deporte al otro lado del Atlántico, donde los trabajadores inmigrantes, además de crear sindicatos a imagen y semejanza de los que conocían en Europa, fundaban clubes de futbol al estilo del viejo continente, entre ellos el Argentinos Juniors, donde se dio a conocer Diego Armando Maradona, y Boca Juniors, donde consolidó su carrera deportiva y se hizo famoso.

Hoy en día, y de ahí la anécdota con que empezaba este texto, el fútbol es el de los multimillonarios que se pasean en coches lujosos, pero también el de millones de chicos y chicas de todo el mundo que tienen la ilusión de jugar cada domingo. Que entrenan fuerte durante la semana y apenas duermen de los nervios la noche anterior al partido. El fútbol son los clubes modestos que integran a gente de todas las razas en entornos degradados, ofreciendo deporte y educación. El fútbol son las miles de personas que se juntaron en el nuevo estadio de San Mamés para presenciar un partido de futbol femenino. Que el turbocapitalismo intente apropiarse de la sociabilidad popular, como asegura Perry Anderson, no significa que esta no exista y no tenga su propio sentido al margen del mercado y del dinero; al margen del comportamiento deleznable de un Maradona autodestruido, que merecía no nuestra admiración sino nuestra condena. A menudo desde la izquierda se olvida a Gramsci y se cae en el error de despreciar la cultura popular, cuando esta debe ser reivindicada y protegida de la voracidad del mercado, y no arrinconada desde una superioridad moral que no es otra cosa que clasismo mal disimulado. Hoy en día, muchos chicos y chicas no tienen otra oportunidad para practicar deporte que apuntarse al club de su barrio: sus padres no les podrán pagar clases de piano, ni de equitación ni de esgrima. Su afición al futbol hará que conviertan a jugadores y jugadoras de las grandes ligas en sus ídolos. En lugar de despreciarlos porque aman el futbol, quizás sería mejor que se les educara, no solo para que aprecien al que mete más y mejores goles, sino para que valoren al que tiene un comportamiento más noble, dentro y fuera del terreno de juego. Renunciar a un análisis sociocultural riguroso sobre todo lo que envuelve a este deporte y despachar cualquier opinión con tópicos, por muy new left que sea, es otro de los errores de cierta izquierda europea que acabará aprovechando la extrema derecha xenófoba y nacionalista.


Xavier Tornafoch i Yuste (Gironella [Cataluña], 1965) es historiador y profesor de la Universidad de Vic. Se doctoró en la Universidad Autónoma de Barcelona en 2003 con una tesis dirigida por el doctor Jordi Figuerola: Política, eleccions i caciquisme a Vic (1900-1931) Es autor de diversos trabajos sobre historia política e historia de la educacción y biografías, así como de diversos artículos publicados en revistas de ámbito internacional, nacional y comarcal como History of Education and Children’s LiteratureRevista de Historia ActualHistoria Actual On LineL’AvençAusaDovellaL’Erol o El Vilatà. También ha publicado novelas y libros de cuentos. Además, milita en Iniciativa de Catalunya-Verds desde 1989 y fue edil del Ayuntamiento de Vic entre 2003 y 2015.

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Cultura

José Iniesta: «Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla»

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/ una entrevista de Ada Soriano /

A propósito de Llegar a casa (Ed. Renacimiento, 2019), de José Iniesta (Valencia, 1962), dice Carlos Alcorta que es «un poeta fiel a un estilo y una forma de entender el hecho poético como contemplación, paso necesariamente previo a la revelación». Muy de acuerdo con las palabras de Alcorta; y ante el desconcierto y la preocupación que actualmente nos agrede, es una suerte contar con los poemas que componen Llegar a casa. Lo es porque estos versos rezuman paz desde una poética sobria y a la vez sensorial, profunda y contemplativa, y cuya estética me conduce a Francisco Brines, César Simón, Julián Montesinos, José Luis Vidal, Vicente Gallego o Antonio Moreno, por citar a algunos poetas levantinos afines a Iniesta. El poeta comienza este Llegar con una cita de san Juan de la Cruz que resume bien la esencia del libro: «que ya sólo en amar es mi exercicio». Y doy fe de lo que expongo con estos versos pertenecientes a «La noche de tu piel»: «Qué oscuridad y sed en las afueras, / y cuánta luz contigo/ y en el alma/ al beber de la fuente, al inclinarme/ al agua necesaria de tu boca». Hablo de coherencia y equilibrio en el territorio lírico y personal de Iniesta, sustentado con poemas formalmente compactos. Digo de una poesía meditada, rigurosa y vitalista donde lo que importa es llegar a casa; llegar al fondo de su ser y, de ahí, al fondo de su amada, aun con sus «Dudas y certezas»: «No sé qué significo frente al cielo./ Detrás de todo existe tu presencia/ encendiendo una vela que resiste/ a los vientos, las lluvias,/ los derrumbes». 

José, «Nunca el tiempo es perdido». Hablo de esa canción tan conocida de Manolo García en la que dice: «Es solo un recodo más en nuestra ilusión ávida de cariño…». Digo esto porque percibo en Llegar a casa un presente que nunca deja de lado las huellas.

La poesía es vida, y es diálogo con el tiempo. Lo que somos y lo que fuimos hunde sus raíces en la misma tierra, abre sus ramas bajo los mismos cielos que cambian. Nuestro presente contiene todo ayer y arrastra en el camino el dolor y la dicha de todas nuestras edades. Hubo días donde sí hemos sido eternos, donde aún lo podemos ser: el paraíso perdido de la infancia que perdura en nosotros, el amor y sus golpes y sus abrazos, el mundo desaparecido de nuestros padres, el nacimiento y la mirada de nuestros hijos. Son muchos. Uno no puede seguir sin todo ello, no es nadie si no está anclado a esa potente verdad y belleza. Hay algunos versos míos que inciden en ello, quizás toda mi poesía, donde me siento conformado de amor y nostalgia y tiempo, de honda gratitud por seguir caminando y por poder cantarlo. La poesía persigue cantar ese milagro, ese arcano de un hombre en soledad que se columpia entre el pasado y el ahora mientras mira cómo pasan unas nubes y se pierden. Me vienen a la cabeza algunos versos que he escrito y que apuntan en esa dirección, donde puedo encontrarme con Manolo García, aunque en mi caso siento que estoy más caminando en la vastedad sin senda de un desierto que en un recodo del camino.

No es destrucción el tiempo, lo perdido.
En los campos sin lluvia del ahora,
donde sólo germinan las palabras,
qué extensión la de estar,
                                         qué polvaredad.

Recientemente ha manifestado el poeta Juan Lozano Felices: «Ante un presente movedizo y un futuro inseguro, el pasado es el único espacio que nos acoge emocionalmente. La nostalgia, como pathos esencial, nos retroalimenta y nos vincula de forma sensitiva al espacio arcádico». ¿Qué te parece esta consideración puesto que en tu obra habita la nostalgia?

No sé. Miramos el mundo como somos. Entiendo lo que nos dice el poeta Juan Lozano, pero yo no lo siento así. Cualquier tiempo pasado no es mejor, también tuvo sus lugares terribles. Lo que sí queda claro es que lo vivido nos construye, mancha para bien y para mal con barro nuestras alas, hace que nuestro vuelo cada vez sea más rasante, hasta la caída. El presente es fascinante y perturbador a un tiempo si la mirada es atenta sobre la realidad de las cosas, si nos alcanza la luz, si vemos día a día cómo crece nuestro árbol en el jardín y cómo gira el mundo. El presente nos da la maravilla de caminar y respirar el aire. Mi nostalgia, que la tengo, tiene su origen en la conciencia de que también soy despedida. Desaparecer y saberlo es lo más perturbador que me ocurre, y no puedo explicarlo. Mi nostalgia tiene su fin y principio en el gran amor que siento por la vida, y en la tristeza de saberme limitado, de estar más cerca de la muerte. Así lo siento, no sé. El futuro es el caudal que me queda, proyectamos en él deseos y fracasos, temores y sueños, y lo siento como una aventura desconcertante y como una llama. El mañana tiene su eternidad en nuestra alma, y nos abre a un devenir con tantas posibilidades que sentimos ser reales en nuestro sueño verdadero, ser oro y ser ceniza.

En tu poemario El eje de la luz, 2017, declaraste, aludiendo al origen del título: «Hago referencia a un verso que está en el libro anterior, Las razones del viento y engancho con este otro donde intento expresar en todo el poemario este eje que va desde la luz que nos habita y tenemos dentro hasta la luz que vemos fuera al mirar». «Sin otra luz ni guía sino en la que el corazón ardía», escribió san Juan de la Cruz, poeta a quien haces referencia en más de una ocasión en este Llegar a casa.

No recuerdo esas declaraciones, aunque sé lo que quise decir. Todos mis libros se abrazan, dialogan cada vez más. La poesía puede hacer ese imposible, tener esa libertad. Así hay versos que se repiten de un libro a otro y que pueden alcanzar otro sentido, títulos de libros que están tomados de poemarios anteriores. Pasa con El eje de la luz, pero también me ha sucedido con mi último libro Llegar a casa, que es el título de un poema que aún me sigue desconcertando a mí mismo y que pertenece a Las razones del viento. Siento que la poesía puede borrar las fronteras, romper los límites, hacer que las aguas fluyan sin tropiezo hasta su desembocadura. Dentro y fuera no existe, eso lo he sentido y lo he querido escribir. El eje de la luz es el eje que va del corazón al mundo, es el amor de la mirada, de una mirada distinta sobre las mismas cosas, es el movimiento y la reconciliación con la naturaleza de las cosas. Miramos lo que somos, sin duda, y ahí la naturaleza es una fiesta, hace que nuestra ignorancia sea sabia. No importa el paisaje que vemos, importa la lejanía que alcanzan nuestros ojos.

Pasa rápido el tiempo, lentamente,
y en el banco de piedra y soledades
de este jardín cerrado de infinitos
hoy tu edad, sin preguntas, se conforma
con la hondura callada de los cielos,
con el beso del sol sobre tu rostro,
con mirar lo mirado
                                de distinta manera.

Respecto a san Juan de la Cruz, no es que aparezca en mi libro Llegar a casa, es que aparece constantemente en toda mi obra. Sin duda es mi poeta, mi maestro, su Cántico espiritual es el lugar donde quiero llegar, es también mi casa. En mis poemas a veces aparecen algunos versos suyos porque su poesía es carne de mi carne, su luz me habita. Y yo no soy creyente, pero sé reconocer cuando las palabras me llevan a un lugar sagrado, a un lugar donde cada palabra tiene luz y temblor, tiene vida. Mi libro Llegar a casa se abre con una cita de Cántico espiritual, «que ya sólo en amar es mi exercicio».

De hecho, dices en tu poema Amanece el jardín: «Ahora solo escribo lo que amo».

Es cierto, y puede parecer una apuesta cándida y limitada, pero no es así. Si se lee el poema entero, del cuál citaré algunos versos, el poema habla de un hombre que sale a su pequeño jardín, como todos los días, y que al mirar el amanecer se pregunta y asombra de su propio existir. Es un hombre que dice su oración, un hombre habitado por el gozo y el dolor a partes iguales, pero que persigue tener conciencia de vida. Es difícil, imposible, aislar un solo verso y entender su sentido. Un verso significa porque está en las aguas del poema. Lo que afirmo con ese verso es que ya solo escribo lo que amo, porque amo la vida conforme se me da, con sus infiernos y paraísos, con sus selvas y desiertos, porque siempre escribo con amor aunque cante la sed y el hambre, la tristeza, la casa construida y sus derrumbes. Eso también me lo ha enseñado san Juan de la Cruz. Cantar por amor, sí. Pero el verso hay que leerlo en su conjunto, y no voy a citar todo el poema, que mal me sabe.

Yo sé que nada sé, que me equivoco
de tanto haber soñado mi existencia.
Ahora solo escribo lo que amo.
Amanece en la herida, se hace gozo.
Se confunde mi ser
                              con las cosas que mir
tan plenas de belleza que hacen daño,
y todo en esta luz más me consuela
de tanta noche en vela y pensamiento.

El jardín, el patio, el granado…. «La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella». Este pensamiento es de Pureza Canelo. ¿Qué te suscita?

Yo soy un poeta que camina, que escribe al ritmo de sus pasos, que a veces se detiene y respira más hondo para meditar el suceso extraño del viaje. Soy contemplador por naturaleza, miro y soy y me conmueve cómo es el mundo, cómo permanece en mí y cambia. La Naturaleza y los paisajes nos habitan, están fuera pero nos habitan. Nuestro corazón es igual que las tierras fértiles o baldías que recorremos, igual que los cielos que miramos. Todo esto también está en san Juan de la Cruz, ese ciervo por los bosques, esos ríos y montañas, el manar de la fuente… todo es alma. En libros míos anteriores yo he cantado estos paseos, pero en Llegar a casa he querido mostrar cómo lo pequeño y lo grande es lo mismo, cómo la Naturaleza y el breve jardín familiar tienen su infinito. Es un canto, por amor, a lo más cercano, a lo más inmediato y la costumbre: la casa que yo mismo levanté, los árboles que cuido, la hermosura rotunda de mi mujer, la maravilla de la luz sobre mis hijos, los gestos repetidos en una mesa…. La Naturaleza, en ese sentido, creo que me concede su verdad y sus nombres, la palabra limpia, el cielo azul, el murmullo de mi canto. Es la luz que nos habita y es la noche, tiene voz y solo hay que escucharla.

Y ahora que nombro el granado, deseo decirte que me he llevado una grata sorpresa al ver que dedicas tu poema Preguntas a un granado a nuestro común y querido amigo Juan José Martín Ramos. ¿Es para ti este árbol como fue la higuera para Miguel Hernández?

Sería muy pretencioso decir sí. Tampoco me gustan las comparaciones, pero es que creo que en este caso hablamos de miradas distintas. El poema de Miguel Hernández es presente. El mío se encala en el futuro, y es apenas la conversación de un hombre con el árbol con el que convive todos los días y que tanto le enseña, un árbol que él mismo plantó y que cuida, y donde ocurren sucesos importantes del mundo: la luz y las estaciones, los apuntes del viento y las hormigas, el hambre de los pájaros, la soledad y el frío. El granado está en mis ojos todos los días, y llego a sentir que estamos tan unidos que soy yo. Un hombre puede ser un árbol, La poesía puede hacer este imposible, mostrarnos a un hombre hablando con su árbol, y no parecer que ese hombre está loco. Siento que «Preguntas a un granado» es un poema importante para mí y para el mundo, y lo digo sin vanidad, los que me conocen lo saben. Dedicárselo a Juan José Martín Ramos ha sido un regalo para mí. En este libro solo he dedicado mis versos a aquellos que he sentido como mis mejores lectores. A algunos de ellos no los conozco en persona, pero ha sido tanta la unión y alianza, de corazón a corazón, que les he querido mostrar así mi gratitud

¿Y qué será de ti, granado mío,
cuándo no esté en el patio
                                          ni mi sombra
y no exista mi voz, sin mi mirada,
y apenas sea el humo en los tejados
donde caen las lluvias de febrero?

¿Quién que no sea yo, en otra tarde
de exacta transparencia y de vencejos
se sentará a tu sombra y sonreirá
sin entender por qué, de tanta dicha,
como si el mundo allí al desplegarse
supiese de su amor,
                               y le pertenecieran
los oros inmediatos de la luz
encima de tus ramas y los frutos,
la belleza violenta de la vida?

Hablas en tu poema Ars poetica, el que dedicas al poeta Miguel Veyrat, de «la sed del corazón,/ las razones del grito». Estos versos imponen, y me inducen a preguntarte sobre qué sientes cuando te ves residiendo en lo inevitable. «¿Por qué buscar los versos que me roban/ la vida,/ y acaso me la dan y más fulgura?». ¿Será porque al final, «todo es la conciencia de estar vivo»?

Soy un hombre rebelde y conformado, por eso escribo poesía. Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla, a pesar de la sed del corazón,/ las razones del grito. Siento que es ese el territorio de la poesía: ponerle voz al misterio que somos, a la perplejidad de un hombre al enfrentarse al mundo, al paisaje salvaje de su vida. Sé que la palabra a veces acaricia al corazón y lo golpea, pero no cambia la naturaleza del hombre, no borra el rastro del mal y de la usura en la tierra. Sin embargo, pienso que sí puede hacernos mejores, hacernos sentir con más intensidad la vida, ese «todo es la conciencia de estar vivo», que tú citas. La poesía también es una paradoja, eso es lo que intento expresar en «La cárcel de un poema» con los versos que nombras. Por un lado hace limpia nuestra mirada, nos hace cantar la vida, apreciarla en su destrucción y plenitud, pero a un tiempo nos aleja de ella en nuestro cuarto, en nuestra soledad, en nuestra noche. Nos aparta, de algún modo, de aquello que más amamos y de aquellos que nos aman. La poesía tiene luz y tiene sombras, también. La palabra también puede ser un torbellino.

¿Escribir poesía es reconocerse en uno mismo y en lo que le circunda, perderse en uno mismo, evadirse….? ¿Todo?

Perdidos, vamos perdidos, pero creo que extraño el viaje vale la pena. Jamás he sentido la poesía como un método de evasión, eso nunca. Rescata en nosotros lo verdadero, lo sagrado, la eternidad que fuimos en la infancia, le da materia a la luz, música al silencio del mundo. La poesía es una manera de caminar que a mí me ha ayudado y que sé que no tiene por qué ayudar a otros. Es viento y es alma y es muchas maneras de caer y levantarse. Evadirse nunca, eso no. También es una oración en una cueva, y mucha luz a veces, y un pequeño ruiseñor. Y son paisajes en la niebla, y la rosa de la gratitud con sus espinas. Digo lo que siento, desordenadamente, y tampoco sé la razón de amar tanto a las palabras. Cito un par de fragmentos de Cantar la viday Ars poetica, que lo ilustran.

Es siempre posesión decir la vida,
asirme a cuanto veo con palabras.
Cantar es la manera
                                 de encender un luz
en la cueva profunda de la carne,
la sola soledad, mi compañía.

Ya ves dónde llegué con unos versos
escritos con el agua y con el humo.
Cantar no es otra cosa,
                                     y tú lo sabes,
que un intento posible de alcanzar
en la noche la luz que está a lo lejos.

¿La poesía y el amor como refugio, más en estos tiempos de incertidumbre y desasosiego? ¿«La casa verdadera»?

La casa verdadera sí, sin duda. Siento que la poesía es un lugar donde me siento libre y no miento, donde puedo ser mejor hombre. Está en mi naturaleza ser poeta, intentar poner música al discurso de la vida. Cada vez disfruto más creando, y no tengo más ambición que hacerlo lo mejor que sé y repartirlo, como si fuera mi pan. También siento que para mí la poesía es una manera de estar en la intemperie, no es un refugio, amo estar a cielo abierto, debajo de la luz, el sol en mi rostro. Tener conciencia de ello es el mejor pago, es una manera de vivir, una manera de intentar estar más cerca de lo esencial, de lo importante, de lo que nunca se desvanece. Refugio no. Mi casa verdadera abre puertas y ventanas, derriba fuertes y fronteras, no teme a los leones de la incertidumbre y el desasosiego. Mis pasos y mis sueños buscan habitar territorios de la serenidad. Existe una vela encendida en nuestra carne, eso es la poesía. Cito, para acabar, mi poema «Llegar a casa».

Hay días de fracasos que sucede.
Sin antes ni después hemos llegado
remotos al lugar que nos acoge,
y allí, sin pretenderlo, se desvela
el sentido de estar y lo que somos,
la casa verdadera
                             al fondo de la casa.

La vida nos completa en cada acto.
Así, al cerrar la puerta, tras nosotros,
y ver lo conocido en su quietud,
el abrigo en la percha y el espejo,
las baldosas de barro y nuestra silla,
la deslucida mesa de las celebraciones,

descubrimos un templo en el hogar,
una vela encendida en nuestra carne.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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