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Cultura

Francisco León: soñar ante la llama

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/ una reseña de Sergio Barreto /

Entre los autores que, en fechas recientes, han realizado una aportación valiosa a la poesía española inserta en la contemporaneidad más viva figura, sin duda, el canario Francisco León (Tenerife, 1970), a quien se deben, entre otros, libros de poemas como Cartografía (1999), Tiempo entero (2002), Terraria (2007), Dos mundos (2007), Aspectos de una revelación (2009) o Heracles loco y otros poemas (2012). Mención aparte merecen sus libros de relatos Instante en Lucio Fontana (2015) o Reptil con piel de jade (2019), sus diarios —Ábaco (2005)— o su recientemente publicado volumen de ensayos Oculto oficio. Ahora, La función de la magia en el mundo (Ars Poetica, 2020), su título más reciente, nos ofrece un conjunto de veintisiete poemas, dividido en tres apartados —el central compuesto por cinco poemas en prosa— que dan cuenta de sus caminos reflexivos y de su profundización en un personal mundo lírico.

Ulises derramó junto al río del inframundo la sangre de un animal y los muertos se arremolinaron alrededor del sacrificio para beber. Al vislumbrar a su madre entre los fantasmas, la revelación de una tragedia que le era desconocida se volvió evidente: su madre había muerto. La función de la magia en el mundo es la sangre del animal, la sustancia vertida como tributo que, al ser ritualizada, convoca un desfile de presencias reveladoras. En este caso, el padre del poeta es la presencia que aparece en el libro.

En primer término, Francisco León

Si bien no todos los poemas abordan explícitamente el asunto de la muerte, la ceremonia que el poeta, consciente de su poder como alquimista del verbo, consagra a su raíz biológica, a su padre desaparecido, permea de principio a fin la obra. Francisco León escribe La función de la magia en el mundo con un claro propósito ritual. No como duelo, sedación o trampa para espectros, sino como libación que tiene lugar sobre las piedras de los recuerdos, como si ese derramamiento de lenguaje tuviera el poder de detener el tiempo y atraer el pasado hasta el presente, abriendo una atención nueva sobre lo ido: «Vinieron los mercurios a anunciarme/ (un tema accidental entre miles de avisos)/ que te llegó por fin la hora del reposo».

El autor convoca la presencia del padre muerto para despedirse definitivamente; y lo invoca desde múltiples perspectivas y espacios ventas oscuras, jardines difusos, bordes marinos–, sin trances sensibleros, para ofrecerle las páginas de su obra, los poemas que ha escrito como haces que barren la oscuridad y rescatan de la memoria personajes, amigos y entornos que su imaginación, en contacto con el reino de la serpiente, con los órdenes ctónicos —«descenso humano hacia las capas primitivas»—, ha recompuesto para construir un lugar mítico y dar respuesta así a una de las preguntas que propone en el poema que da nombre al libro: «¿Qué lugar nos aguarda en la inclemencia, cuando hayamos gastado nuestro mito?». Quizás el sueño o, mejor, el ensueño, sea la única ventana hacia ese enclave que se figura como alternativa a la inclemencia, dado que allí el tiempo carece de sentido, por lo que como respuesta se propone «soñar, frente a la llama, lo que es real, el rostro penoso de los muertos». Tal es la función de esa magia.

Cabe preguntarse, por lo tanto, qué es la magia para el poeta. Sin salirnos del poema señalado, la respuesta estriba en la poesía, en el género mismo entendido como ejercicio de meditación, pero también de videncia y huida de una civilización occidental que colapsa por exceso de abundancia. Innumerables han sido los rituales que el ser humano ha elaborado para abrir las puertas que dan a lo invisible, donde la intuición siempre nos ha dicho que suceden fenómenos al margen de las leyes que componen nuestra realidad. No obstante, un rasgo común liga absolutamente todos los ritos que pretenden esta apertura de la puerta: el uso de un lenguaje en el que el ritmo y el símbolo son más importantes que la comunicación. El ancestral poema de Parménides es un ejemplo idóneo de este compromiso con la materia mistérica del lenguaje. Francisco León ha visto esa materia, la ha extraído de su historia personal y del océano de influencias en el que navega, y la muestra, modelada en abundantes alejandrinos —metro imperante en el libro— de la mejor estirpe, materialidad sonora sobre la que se levanta este templo metafísico.

En su libro de ensayos Oculto oficio (Franz Ediciones, 2020), concretamente en el ensayo titulado «La lógica del logos», el autor nos deja claro lo que para él significa el compromiso con la materia mistérica del lenguaje: «El hecho incontrovertible es que, en manos del creador, el lenguaje es usado para expresar una sobrenaturaleza del mundo en cuyo origen intervienen materiales que sólo responden a inquietudes individuales, preconscientes e incomunicables. Es lo que Wittgenstein llamó “lo místico”». Cuando la mente intenta materializar en signos lingüísticos su inquietud preconsciente e incomunicable, recurre al símbolo, desde el que emerge el factor logopoeico de la poesía. En el símbolo que el poeta escribe se oculta lo místico, que es una alianza con lo real último y no con la fantasía o la fe religiosa. El poeta quiere atravesar ese umbral hacia la realidad última de sus recuerdos mediante los símbolos. 

En la sección central de este libro-retablo dispuesto en forma de tríptico, aparece el poema «Crucifixión», sostenido, al parecer, en un correlato existencial real: la crucifixión, en su pueblo natal, de un Cristo barroco hecho de pasta de millo. Encuentro con una tradición secreta, pero también reencuentro con el padre muerto. Como en este y otros poemas, las escenas del libro se encadenan en un conjunto de atmósferas febriles, neblinosas e iluminadas por una luz diferente a la que nos tiene acostumbrado el poeta. En esta ocasión la luminiscencia viene de una vela enfrentada a un espejo o encendida en los templos secretos de las playas. Se trata de una luz mortecina que, aunque diferente de la expuesta en Aspectos de una revelación y Heracles loco y otros poemas —donde la radiación lumínica del mediodía era propuesta como cumbre del pensar poético—, busca también quebrar el telón de lo existente, aunque ya no hacia el empíreo de la fulguración, sino hacia un submundo crepuscular.

Al disminuir o anular las cualidades del ser con el uso de expresiones como «semiexistencia» o «semipresencia», «antimemoria», «antimateria», o también al dibujar las cosas mediante contornos fúlgidos («Transcurren resplandores de laureles bullentes»), y al plantear un discurso fuertemente mental, un cauce de conciencia que ve («Lo veo ahora disolverse más allá de estas ramas…»), el libro se transforma en un pasaporte, un grimorio, una llave para la puerta que conduce a lo desconocido de sí mismo, donde piel, llaga y cicatriz carecen de importancia porque, al no existir el tiempo dentro de los límites en los que escribe nuestro autor, la curación es implacable y definitiva, aunque para ello haya atravesado la tiniebla que hay más allá de la penumbra del dolor. A propósito de este viaje denso, Paul Ricoeur escribió: «Más allá de esta penumbra, algunos sabios avanzan solitarios sobre el camino que conduce a la renuncia completa del lamento mismo. Ciertamente estos llegan a discernir en medio del sufrimiento un valor educativo y purgativo. Pero es necesario afirmar, sin temor, que el sentido que de allí nace no puede ser enseñado: este no puede ser sino encontrado o re-encontrado».

En el actual panorama poético español, donde el acceso constante y obsesivo a lo que ocurre, a la novedad, imposibilita la consolidación de criterios, el conocimiento se forja entre pantallas y manifiesta tanta superficialidad, la existencia de un orfebre del lenguaje parece no tener sentido: un poeta ajeno a la actualidad parece condenado a ahogarse en las aguas de la información más banal. Sin embargo, Francisco León no es una rara avis de la poesía española de hoy, sino, paradójicamente, uno de los poetas más sólidos y profundos de esta época líquida y epidérmica.

[EN PORTADA: Flores abstractas, de Laly Mille]


La función de la magia en el mundo
Francisco León
Ars Poética, 2020
92 páginas
12€

Sergio Barreto (Tenerife, 1984) es escritor. Ha publicado el poemario Los centinelas (Ed. Idea 2011). En 2013 presentó junto al poeta Iván Cabrera Cartaya la colección de poemas Sangre de eclipse (Fundación Mapfre Guanarteme, 2013) durante el Día de las Letras Canarias. Ha obtenido los premios Emeterio Gutiérrez Albelo (2012) por Libro del Observatorio, Benito Pérez Armas de Novela (2015) por Vs. (Ed. Salto de Página) y Las Justas Poéticas de Laguna del Duero de Valladolid (2016) por el poema «Roma no es bella».

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Cultura

Coherencia

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/ La jaula / Javier Sánchez Menéndez /

Vivimos un gran cambio social, descarados acontecimientos que algunos asumen sin más, que otros desconocen y no son conscientes de ello, y otros tantos critican y procuran no incluirse en la gran bolsa de la vulgaridad y el miedo. Solemos actuar de forma contraria a nuestros planteamientos. Incluso se da la circunstancia que decimos todo lo opuesto a aquello que reflejan nuestros actos. La maldad se ha convertido en un alimento imprescindible, pero no la maldad que refleja la historia, ahora nos habita la maldad del yo.

Aquellos que no son conscientes de los cambios que acontecen han nacido en un tiempo extraño, en el devenir de una transformación, son los hijos de la alteración, de la trasmutación. Y su desconocimiento o su pobreza los limita a un entorno vacío e irreal (aunque real para ellos, es lo que conocen o desean conocer). Lo único que perciben gira en torno a una falsedad, a una ausencia de contenidos, a una carencia de verdad y de razón.

Manifestar lo contrario a lo que refleja nuestro comportamiento no es un mal menor, ni siquiera puede quedarse al margen. Un escritor que vive exclusivamente en y para las redes sociales ha creado de su personalidad (y de sus actos) un espectro que ya de por sí es falso, pero lo sigue alimentando, sigue empeñado en manifestarlo, hasta él mismo cree todo aquello que muestra. Pero si a ese escritor un día le hacen una entrevista y le formulan algunas preguntas correlativas en un entorno de coherencia, responde fundamentando dicha coherencia, y ahí descubrimos su falsedad. Todo lo que nos cuenta es mentira, es ajeno a él, y se aleja completamente de la imagen que presenta en las redes o en su propia vida. Todo tiene su lado oscuro, y ese lado es tan oscuro que resulta imposible blanquearlo, ni siquiera con luz.

Un acontecimiento deja de tener coherencia cuando deja de ser un acontecimiento y se convierte en un consentimiento. Y la sociedad ha consentido. ¿Culpables? No debemos buscar culpables, tan solo debemos seguir insistiendo en la importancia de la lectura, en la grandeza de la cultura y de la educación, en la desconfianza de todos aquellos que nos alejan de los bloques sólidos del conocimiento; debemos saber decir no con argumentos. Negar por oposición no es negar, es consentir en el error. ¡Son tantos los errores!

Ahora que la edad avanza sin tregua, cuando nos enteramos de que ha fallecido un amigo, recordamos la extrañeza del tiempo, comenzamos a conversar con nosotros mismos y con las sombras que siempre nos acompañan. Descubrimos que todo cuanto vivimos y aprendimos es nuestro mejor legado, es nuestra experiencia de vida. Dejemos de hacer caso al yo y descubramos el amor y la dedicación a la belleza y a la bondad, algo que hoy día no abunda, pero que existe y es, tal vez sea lo único que es en realidad.


Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es poeta y ensayista, su último poemario publicado es El baile del diablo (Renacimiento, 2017). De su poesía se han publicado tres antologías en España y una en Colombia. Autor de varios ensayos, destacamos El libro de los indolentes (Plaza y Valdés, 2016). Ha publicado cuatro libros de aforismos: Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (Trea, 2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020), y la obra Para una teoría del aforismo (Trea, 2020).

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Cultura

Nicho dilatado llamado mundo

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/ una reseña de Javier García Rodríguez /

Poemas, poemigas y pinturas conforman el volumen Auténtico Aute, un libro pensado con una pretensión muy evidente si atendemos al modo en que la plantea Miguel Munárriz, sin duda el mejor conocedor de la obra poética de Aute (había reunido Toda la poesía en Espasa en 2017 y es ahora el responsable de la selección poética y de los dos epílogos —«Eternamente Aute» y «Aute, el arte de hacer»— que la acompañan). La selección gráfica es de Marcos Almendros y la generosidad la pone Miguel Aute. Escribe Munárriz en el primero de estos prólogos: «La presente antología presenta a nuevos lectores del universo autista (como a él le gustaba decir) su mirada poética par que descubran otras maneras de ver el mundo. La poesía es una de ellas». Esta antología es una muestra, por decantación, de la propuesta poética de Luis Eduardo Aute, una selección luminosa de lo imprescindible de la estética del artista recientemente fallecido. En un diseño actual y en una editorial actual, estos «nuevos lectores» encontrarán al Aute poeta y al Aute pintor, sus dos facetas creativas más desarrolladas (no me cabe ninguna duda de que el Aute creador de canciones es parte del Aute poeta).

La selección de poemas (45 poemas y 20 poemigas) recorre todos los libros publicados por Aute desde el primigenio La matemática del espejo (1975) hasta el postrero El SEXtO animal (2016) pasando por La liturgia del desorden (1978), Volver al agua (2003), AnimaLuno, AnimaLdos, AnimaL3D, AnimaLhito, No hay quinto aniMalo. Asimismo, la parte gráfica recoge obras creadas entre 1957 y 2002 (con algunos regalos hasta 2015). En el recorrido a lo largo de palabras e imágenes, puede observarse la trayectoria, la evolución en las técnicas y formas poéticas y pictóricas pero, sobre todo, las obsesiones estilísticas, las constantes temáticas que se mantuvieron intactas pero renovadas de continuo en el quehacer artístico de Aute.

Los seguidores de Aute no podemos pensar en él en términos de cantautor. Lo descubrimos muy pronto creando algunas de las letras más potentes, profundas, líricas, filosóficas (también irónicas) que se podían unir a una música. No renuncia nunca al pensamiento, al lenguaje que dice y calla, a la figura retórica deslumbrante, a la emoción contenida, a la sencilla dificultad, al homenaje literario, a la corporeidad sublime, a la bofetada política (cambiaba las masas por las nalgas, recuerden). Aute era un poeta (era siempre un poeta: cuando cantaba, cuando pintaba, cuando dirigía). Se reivindicaba como tal sin pudor pero sin asomo de soberbia, como cuando respondía en una entrevista si se identificaba con la palabra cantautor: «La verdad, no. Soy un poeta que escribe canciones. Lo de cantautor me suena a cantamañanas y casi prefiero cantamañanas a cantautor».

Y sí, Aute cantó a las mañanas deslumbrantes, a las tardes interminables y a las noches relucientes. Observaba la vida con mirada de artista. Y el amor era herida y cicatriz («Sin tu latido»), rasguño apenas («Una de dos»), desesperación contenida («Dos o tres segundos de ternura») o ausencia hecha carne («Dentro»). Y el cuerpo era alma y viceversa («Anda»), porque la vida se hace cuerpo a cuerpo. Y el vivir eran espacios sublimes y cotidianos al unísono («Quiero vivir contigo»). Y la amistad era siempre un «pasaba por aquí» que a nada obliga pero a todo compromete (lo saben hoy sus amigos, que lo lloran sin poder despedirlo en la cercanía que el acostumbraba a poner en todo lo que hacía). Y la belleza lo era todo.

La poesía como la pintura («Ut poesis pictura») nos enseñó el poeta Horacio de la Epistola a los Pisones. Y la pintura como la poesía, podemos añadir nosotros. En una lava arrolladora e hirviente. Paz y guerra, agua y fuego, liturgia y blasfemia, templos y cuerpos, agua y sed, la destrucción y el amor, dioses y demonios, labios como espadas, mujeres como espaldas y dedos y suspiros, latidos y muerte, profundidad y levedad, lo breve sí bueno, alma y vísceras, el sueño de la razón y la razón del sueño, insomnio y duermevela… Todo ello con sus metáforas suicidas, con su ironía deslenguada, con sus desplantes tan taurinos (compartiendo, por supuesto, con Antonio Chenel Antoñete apuntes al natural, el lienzo como un capote y en su paleta un color blanco como el del mechón sontagiano), con las tradiciones, las vanguardias, los estilos abriéndose paso en un mundo interior siempre al borde del abismo pero siempre contenido. Y también la crítica, la sátira, la burla. La política también, porque nada parece haber fuera de ella. Aunque siempre mirando todo desde la irrenunciable individualidad que se define en su agon —a veces armónico, a veces destructivo— con la colectividad solidaria.

En Auténtico Aute, Eros y Tánatos se pasean del brazo en sueños y en pesadillas, el erotismo se hace espiritual y espirituoso, lo coloquial y lo cercano se enredan con el expresionismo surrealista, el epigrama se funde con lo lírico, el trazo naíf crea al ángel pasional expresionista, los amantes se encuentran, se miran, se acometen, las heridas sangran y los hilos rojos excavan cauces en los cuerpos. La palabra y el color dan vida a la metáfora, y la metáfora da vida al ser humano. Aute era un creador. Auténtico.


Auténtico Aute: antología poética, retrospectiva gráfica
Luis Eduardo Aute
Ya lo Dijo Casimiro Parker, 2020
176 páginas
21€

Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) es doctor en filología hispánica y profesor titular de teoría de la literatura y literatura comparada en la Universidad de Oviedo, además de escritor, crítico literario y gestor cultural. Anteriormente, impartió docencia en las universidades de Valladolid, Iowa y Montreal. Es autor de poemarios como Los mapas falsos o Qué ves en la noche y de los libros de relatos Barra americana y La mano izquierda es la que mata. Sus colaboraciones periodísticas se han publicado en los volúmenes Líneas de alta tensión: literatura crónica que viene a cuento y Y el quererlo explicar es Babilonia (Oviedades, 2014-2017). En el ámbito de la literatura infantil y juvenil, ha publicado el álbum ilustrado La tienda loca, la novela Un pingüino en Gulpiyuri y los libros de poemas Mi vida es un poema y Miedo a los perros que me han dicho que no muerden. Su labor en teoría y crítica literarias está recogida en los libros Literatura con paradiña: hacia una crítica de la razón crítica y En realidad, ficciones. Textos e imágenes en la ficción contemporánea: narrar y cómo. Fundó y dirigió el festival de poesía VERSÁTIL.ES y, durante varios años, el Aula de la Poesía de la Universidad de Oviedo. Entre 2014 y 2016 fue director de la cátedra Leonard Cohen. Actualmente, coordina el Ciclo de la Palabra del Centro Internacional Niemeyer de Avilés.

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Cultura

Cutres consignas de la Transición

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/ por Francisco Abad Alegría /

«Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír […] los liberales tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia […]». Así se expresaba el sicario del POUM, George Orwell, que al regreso de su sangrienta excursión por Aragón y Cataluña que él mismo narra en el edulcorado y manipulado texto anticomunista Homenaje a Cataluña, no dudó en ponerse al servicio de la manipulación informativa proaliada de la BBC de los hijos de la Gran Bretaña.

Si me permiten el excurso verbal, a diferencia de lo que decía un brutal jesuita apodado el Nazi por sus emigrados parroquianos, que ejerció el sacerdocio en Alemania antes de ahorcar la sotana, «no matan las palabras, sino las balas»; la palabra es realmente el primer motor de todo. Mas resulta triste meterse en honduras que destilan plasma sanguíneo y elegimos quedarnos en un nivel algo más superficial.

En estos días revueltos, repletos de inmundicia política, sanitaria, económica, informativa, me tomo la libertad de reflexionar sobre algo que parece menor, pero quizá no lo fue en su momento. He aprovechado la consulta al diccionario de la RAE, que me confirma que es admisible el término cutre como expresión sintética de bajo, vulgar, rastrero, inculto y otras hierbas para recordar consignas que en su tiempo determinaron movimientos de pensamiento (perdón por lo de pensamiento). Y de ese alijo de pareados bajunos, berreados a voz en cuello, que me encontré al regreso de mi trabajo práctico doctoral en el Instituto Mario Negri de investigaciones farmacológicas de Milán, bajándome del mundo del cromatógrafo a la más ramplona realidad masiva, he recopilado algunas expresiones que seguramente no figurarán en los libros de texto, pero que pueden ser interesantes como anecdotario, no tan anecdótico. Permítanme algunas libertades de puntuación que añadan música (o si se quiere, batukada) a lo verbal.

Cuando el Caudillo cerró los ojos, inmortalizada su imagen agonizante por un desleal familiar, inmediatamente después de que más de 300.000 personas desfilasen ante su cadáver expuesto, comenzaron pequeñas manifestaciones toleradas en las que grupos de dimensión en general modesta coreaban la imaginativa consigna que reza: «¡Ea, ea, ea; el búnker se cabreal!». El búnker se refería a la vieja guardia del franquismo, que ya había decidido hacerse el sepuku a cambio de una transición pacífica hacia la democracia, por un método que se denominaba de la ley a la ley. Las emisorias de radio chorreaban a todas horas desde principios de 1976 el sonsonete de Libertad sin ira («Libertad, libertad, sin ira, libertad, guárdate tu miedo y tu ira», etcétera, del grupo Jarcha) y los franquistas, que no estaban adheridos a ningún partido franquista, porque tal cosa no existía (el Movimiento Nacional no fue nunca un partido, aunque así se le denominase) se escondían bravamente en el silencio. Pronto se organizaron las Cortes Constituyentes, encargadas de apoyar una nueva forma de convivencia nacional que sustituyese a la autocracia franquista. Entre los parlamentarios (y parlamentarias y parlamentaries…) estaba Dolores Ibárruri, cabeza junto con Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, el único partido que realmente ejerció una oposición importante al denominado franquismo (hasta 1976, lo juro por Snoopy, los únicos socialistas que conocí fueron un tal Llopis, que creo que era básicamente masón; Isidoro, amigo del cortijero Navarro, y un oscuro Solchaga natural de Tafalla, Navarra). La inteligente consigna coreada por los escasos ultraderechistas que se arrogaban la sucesión del búnker era: «¡Ilo, ilo, ilo, Dolores al asilo!», aludiendo a la provecta estalinista conocida como Pasionaria, por una piadosa redacción religiosa que redactó en sus años infantiles y que luego adoptó como nombre de guerra, sin exponerse al fuego enemigo, claro.

En paralelo, el griterío crecía, cuando los partidarios (he dicho partidarios, no parlamentarios) de una continuación del régimen (¿quién lo encabezaría si el almirante Carrero Blanco había precedido a su Caudillo en el camino al Más Allá?) con poéticas consignas cuyos promotores les animo a adivinar: «¡Fascistas, burgueses; os quedan dos meses!» y «Ni amnistía ni perdón: rojos al paredón!». Bonito ¿no? Sotto voce, los jirones carlistas que se habían mantenido firmes al espíritu del más acendrado conservadurismo del Requeté osaban repetir, con poco éxito de público y crítica, una consigna contra el heredero de Franco a título de Rey, Juan Carlos de Borbón: «¡No queremos a Juanillo ni aunque lo mande el Caudillo!». Parece que no les hicieron mucho caso, porque Marruecos ya se había quedado con la provincia española del Sáhara Occidental durante la agonía del general, con el Príncipe de Jefe de Estado accidental, mediante una inexplicada y turbia Marcha Verde.

Muy pronto, tras conversaciones que desconocemos y que nadie nos aclarará nunca (la información que llega al pueblo soberano es siempre o irrelevante o manipuladora; la buena se queda… donde se queda) entre el rey y Santiago Carrillo, se produce un hecho imprevisible (para el común de los mortales) y es la legalización del partido comunista y la aceptación de las reglas del juego democrático por ese partido. La facción de Gallego queda en la ortodoxia de las ideas y se extingue rápidamente. Pero los afectos a la imparable revolución de la izquierda bolchevista se enfadan muchísimo y entonces surge la ensalada de grupos, siglas y facciones que hizo las delicias de las revistas de humor (¿La Codorniz o Hermano Lobo? Ya no lo recuerdo, estoy mayor). Los grupúsculos, en general de vida efímera, pero que aún mordieron presupuesto, especialmente en la política municipal, solo alumbraron una consigna eficaz aunque de vida efímera: «Policía ¿para qué? Ya tenemos al PC». Era el enemigo común y se desvanecieron al tiempo que adelgazaban las listas de procedencia, en su mayoría, de organizaciones apostólicas, de Acción Católica y de la denominada Falange Española Auténtica, pretendida heredera hedillista.

Tras las primeras elecciones y el previsible triunfo de UCD, las reliquias de oposición de izquierda bolchevista se fueron diluyendo, mientras surgía un poderoso partido socialista, alimentado por generosas inyecciones económicas de Alemania y Estados Unidos, con Isidoro (Felipe González) de rey del mambo. Los ataques contra el partido gobernante y coprotagonista de la Transición junto con el partido comunista, que se eclipsó progresivamente gracias a la mencionada ayuda extranjera al PSOE, se hacían limitados y con frecuencia hilarantes. Recuerdo dos consignas llamativas al respecto. El ministro de Interior, apodado la porra del Gobierno, Rodolfo Martín Villa, era atacado con pegatinas y pintadas en las calles con la siguiente frase: «Menos Martín Villa y más Ángeles de Charlie» (los Ángeles de Charlie eran unas señoritas de escultural físico que llevaban a cabo misiones arriesgadas en una suerte de práctica parapolicial, en una serie televisiva de gran éxito… por las leyes de la física, o lo físico, tanto da). Cuando Alianza Popular, luego Partido Popular, empezó a tomar vuelo, con su charrán esquematizado en el escudo, multitud de pegatinas se adherían a las paredes con la siguiente consigna: «La democracia de Fraga es como follar con braga». Me excuso de explicar el término follar y de Fraga aclararé, para los más jóvenes, que se refiere al profesor Manuel Fraga Iribarne, a la sazón presidente de Alianza Popular. Todo muy fino.

Según el DRAE, la primera acepción de consigna es una expresión sintética que se da a agrupaciones de todo tipo (¿por quiénes?) a grupos organizados o más o menos espontáneos para seguir una línea de conducta. Dice el camarada Lenin que la consigna, refleje o no una verdad, es una expresión sintética destinada a provocar un sentimiento, o a veces ni eso, una emoción, pero colectiva y colectivizante, que tiene la virtud de crear un grupo social, de socializar conductas y sentimientos y hasta pensamientos (como lo hace el orden cerrado militar, que a partir de lo gestual estructurado y estereotipado es capaz de crear una forma de enfocar la realidad y consecuentemente la reacción conductual). Pues bien; las consignas, poco brillantes, como corresponde a los receptores de las mismas, tuvieron una vida efímera y una eficacia dudosa, en todo caso no medida. Pero, según mi limitado recuerdo, hay una que era un auténtico torpedo de profundidad y que, por eso mismo, pasó rápidamente desapercibida: «El pueblo, follando, se va multiplicando». Es una apología de la proliferación proletaria, como lo fue la animación natalista de Ben Bella sobre la conquista de Occidente por la fecundidad de las madres musulmanas, hecha en Asamblea General de ONU en 1975. Es la única consigna, creo, importante, que coincide plenamente con las explícitas afirmaciones del Manifiesto comunista sobre el imparable empuje de las clases proletarias. Es demasiado seria para ser tenida en cuenta.

Espero que me perdonen mi digresión mnésica, pero es que me resisto a soportar que microtestimonios, como este de lo que ahora llaman eslóganes, que tanto movieron en un tiempo, se pierdan en la nube del olvido, cuando son varillas del armazón de un proceso nacional sobre el que no haré juicio alguno, pero que ha durado casi medio siglo. ¡Ah! Y procuremos ser todos un poquito más finos a la hora de formular consignas, aunque parece que con la machacona incidencia de los media cada vez serán menos determinantes.

[EN PORTADA: De izquierda a derecha, Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y Carmelo Lisón Tolosana (La Puebla de Alfindén, Zaragoza, 2017)]


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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