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Cultura

Breviario de falsedades (13)

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/ por José Manuel Vilabella /

[DESTINO] Nunca llegó a sospechar que si el fatídico día 13 de diciembre, en lugar de coger el autobús de las 23:40 hubiese tomado el anterior, aquel que perdió en el último minuto, su vida habría sido totalmente distinta. Habría conocido a Margarita, se habría casado con ella y en lugar de un hijo que juega con la cocaína habría tenido una hija juez que lo detestaba y un hijo ingeniero que no lo quería, y en lugar de ser un marido feliz y un padre preocupado que tiene fe en el futuro, habría sido un triunfador aburrido que bosteza esperando el porvenir.

[LUCIFER] Todos conocían en el infierno la leyenda negra de Lucifer, su pasado de vivalavirgen, cuando había sido un cabeza loca, un adolescente bondadoso, estudioso y formal, el preferido del Creador, y cómo les gustaban murmurar y hablar pestes del prójimo, disfrutaban levantando falsos testimonios y aseguraban, poniendo la mano en el fuego eterno, que el Diablo todavía tenía momentos de flaqueza y que había momentos del día, sobre todo a la caída de la tarde, en que era más bueno que el pan.

[REGRESO] La aldea aquella se había quedado triste y medio vacía, las barcas varadas hacía décadas que eran solo un estorbo porque se habían podrido al sol, y los niños, los niños huérfanos, enflaquecidos y tristes, abobados y macilentos, preguntaban angustiados: «¿Dónde está papá?», en una cantinela monocorde. Las mujeres en lugar de asomarse al lago cercano y mirarse en sus aguas cristalinas, oteaban el paisaje desértico y se decían unas a otras las noticias, siempre malas, que traían los caminantes ocasionales. Unas lloraban con desconsuelo y otras pedían a los dioses que devolviesen de una vez los cuerpos sin vida de los náufragos. No sabían si eran viudas o mal casadas y si tenían derecho a esperar algo del futuro. Habían perdido la esperanza y la paciencia por aquella espera inútil y una a una fueron quitándose la vida, aunque cada una lo hizo a su manera: dos se ahorcaron al atardecer, en la hora ambigua de los que le devuelven la vida al creador con una mirada de odio que esconde la mayor de las blasfemias, tres se ahogaron en la orilla de aquel mar diminuto, cuatro se abrasaron en el desierto, se dejaron morir desnudas, en pelota y con las piernas abiertas, sabiendo que serían pasto de las alimañas nocturnas, Raquel se clavó un cuchillo en el corazón maldiciendo al alucinado caballero de palabra arrebatada y las dos restantes fueron infieles a los ausentes, se prostituyeron para que sus cuñadas pudiesen lapidarlas con saña antigua, con rencores viejos, porque ellas no tenían fuerzas para matarse por su propia mano. Treinta años más tarde, cuando el viejo predicador pasó por allí anunciando la buena nueva, el único superviviente que quedaba le contó la historia de la aldea, le habló de la ventolera traicionera de la fe, del naufragio, de la huida en masa de los pescadores, del abandono de los padres de familia. Y San Pedro comprendió, con horror, que al seguir a Jesús había aniquilado a su prole y que su semilla desaparecería de la faz de la tierra.

[DISEÑO] Días antes de diseñar al gato, que era lo que pretendía el Creador ante la alarmante fecundidad de los ratones, dibujó el leopardo, la jineta, la pantera y cuando llegó al tigre le pareció que aquello era una desmesura y, de un plumazo, lo redujo de tamaño aunque, eso sí, le dejó intactos la elegancia de los movimientos y la ferocidad de los gestos.

[SALUDOS] Sor Bernardina, que llevaba sesenta años saludando a las palomas blancas porque no quería desaprovechar la oportunidad de decirle adiós al Espíritu Santo, perdió el juicio y amplió el círculo de sus despedidas y hasta su muerte, a los ciento catorce años cumplidos, le estuvo diciendo hola a las mariposas, hasta luego a las avispas, vaya usted con Dios a los grillos y adiós, buenas tardes, a las moscas.

[ESPERA] Cuando el Supremo Hacedor le recibió, después de haberle hecho esperar 200 años en el limbo, don Jesús Díaz Gómez, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, indignado por la descortesía se encaró con San Pedro, le dijo muy enfadado: «Usted no sabe con quién está hablando», pidió el libro de reclamaciones y se marchó del cielo aquel dando un portazo.

[AZNAR] Él sabía que los había engañado a casi todos y decidió, con su cínico sentido del humor, completar el círculo y perfeccionar la representación que había sido su vida hasta entonces. Sonrió a las cámaras de televisión, estrechó las manos de algunos periodistas de su cuerda y se encerró en la cabina con un mohín de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Buscó la papeleta de sus adversarios, la dobló por la mitad y la metió en el sobre. Le temblaban las manos por la villanía que estaba a punto de cometer. Salió y las cámaras continuaban allí. Sonrió y soltó una carcajada breve, triunfal; se atusó el bigote, su símbolo más querido y emblemático y caminó decidido en busca de las urnas. Solo él sabía que al votar a la izquierda les había engañado a todos porque, al fin, se había engañado también a sí mismo. Y aquel año, y contradiciendo las encuestas más serias y los sondeos más fiables, ganó las elecciones y obtuvo la mayoría absoluta.

[EDAD] La pareja de lúcidos centenarios decidió, de común acuerdo, llevar a sus diez hijos al asilo de ancianos, porque la demencia senil de su prole, sus gritos y caprichos de viejos, les impedía conciliar el sueño.

[TRISTEZA] Cuando llegaba el 31 de agosto y se terminaban las vacaciones, los veraneantes al marcharse dejaban las playas sucias de suspiros.

[ASESINO] Nunca pude sospechar que aquel hombrecillo bajito, calvo y con grandes gafas oscuras era un asesino múltiple. Lo conocí cuando fui a dar una conferencia en La Coruña el año en que me concedieron el Premio Nobel de Literatura. Resistió durante más de una hora la larga cola de admiradores y me pidió que le dedicase uno de mis libros; concretamente Relatos para inversionistas. Me llamó la atención por el aire estrafalario y su forma de vestir. Parecía que estaba disfrazado y después supe que, efectivamente, se ocultaba bajo un disfraz. No tenía ningún pudor: lloraba de forma ostentosa, insistió en abrazarme y dejó sobre la mesa un sobre muy bonito, dorado, que contenía una perla literaria, mientras se despedía gritando: «¡Maestro, maestro, cuánto le quiero don Bernardino! Por favor échele una ojeada a mi modesta obra;  se la confío. Quiero conocer su docta opinión». Los guardias de seguridad le tuvieron que acompañar discretamente hasta la salida por escandaloso. Mi recuerdo es vago y cuando la Interpol me rogó que hiciese un retrato robot fui incapaz de componer su rostro. Le recordaba, sí, pero no podía describirlo.  Cuando regresé a México cargado de recuerdos y después de una estancia en Reino Unido y España de más de dos meses envié por correo marítimo tres grandes cajas que contenían un variado y heterogéneo montón de objetos y papeles. Elvirita, mi secretaria, abrió los bultos y, para no agobiarme, me fue mostrando poco a poco su contenido y cada día me daba una sorpresa agradable antes de que cada objeto se fuera acomodando en su lugar definitivo. Las fotografías del acto y el almuerzo con el rey de Suecia se fueron al álbum de los ilustres y los libros dedicados a la biblioteca a dormir el sueño de los justos. Algunas cosillas terminaron en la basura. Cuando me mostró el breve cuento del asesino de las margaritas me dijo riendo: «Don Bernardino, mire este sobre; yo creo que es una joya». Y me mostró el sobre  dorado del admirador ruidoso. Lo observé con curiosidad. No era un sobre dorado; era un sobre de oro. Lo abrí y dentro había una tarjeta de platino grabada con la inscripción: «Cuando la oreja se despertó se dio cuenta de que estaba sorda y exigió a gritos un sonotone». Me quedé estupefacto y pensé: «Qué horror, un imitador de mi amigo Tito». Siempre he estado un poco celoso de Monterroso y de la, a mi juicio, sobrevalorada greguería del dichoso dinosaurio. Metí el extraño envío en un cajón de la mesa de despacho y le dije riendo a mi secretaria: «¡Era un ser atrabiliario! ¡Un alborotador! ¡Tuvieron que echarlo!». Y pensé: «Sí, un loco, pero un loco que me regala una joya; qué extraño sujeto». Aquel fue el principio del  calvario atroz que me esperaba. Al poco tiempo, unas semanas después, empezó a llegar correspondencia de un tal Jacinto Carballo Paradela. «Otro desequilibrado», pensé y le dije a mi colaboradora: «Elvirita, ¿por qué motivo atraigo tanto a los dementes?». Y ella, siempre amable, contestó, lo recuerdo: «El precio de la gloria, don Bernardino. No se puede ser mundialmente famoso». Al principio el tal Carballo enviaba cuentos, micro relatos que Elvirita me enseñaba con una sonrisa bailándole en los labios y siempre con la misma pregunta: «Don Bernardino, ¿qué hago con esta maravilla literaria». Yo le echaba una ojeada y ella los tiraba a la papelera. Carballo era un autor muy fecundo, muy trabajador y no dejaba de producir engendros. Recibíamos puntualmente una carta al día y a veces dos o incluso tres, casi todas con el matasellos de Madrid pero alguna desde París o Londres; venían sin remite. A los dos o tres meses me llamó por teléfono: «Don Bernardino, don Bernardino, soy Jacinto Carballo Paradela, ¿qué le parecen mis relatos?».  Soy una persona educada y, como casi todos los mexicanos, obsequioso y de trato amable, pero como estaba harto de sus envíos le dije sin miramiento alguno: «Jacinto deje de dar la lata. Tengo mucho trabajo. Váyase a la mierda». Durante un mes no recibimos los cuentos de Jacinto. Mano de santo, oiga. Elvirita preguntaba guasona: «Jefe, ¿no echa usted en falta las noticias de su ferviente admirador?». «Calla, calla. No tuve más remedio que ser un grosero. Ahora me arrepiento. Pobre hombre». Una mañana entró en mi estudio y, llorosa, me tendió una carta. La había recibido en su domicilio. Era una amenaza de Jacinto Carballo. Le decía sin miramientos que un amigo suyo le raparía el pelo si no lograba que yo fuese su asesor literario. En México hay que tener mucho cuidado con esas misivas sutiles; allí no se andan con chiquitas. Terminaba con el siguiente párrafo: «Quiero ser un buen escritor de cuentos y si es preciso la presionaré a usted todo lo necesario. Influya en su jefe o tendrá noticias mías». La tranquilicé como pude; la verdad es que no sabía qué decirle. Aquel malnacido se había enterado de su dirección y la pobre mujer temblaba como una hoja agitada por el viento. A los pocos días el asesino de las margaritas volvió a llamar. Tenía un marcado acento gallego y se mostró muy amable. Me dijo que era el más entusiasta de mis lectores y que había leído todos mis libros. Durante más de dos horas mostró una erudición y conocimiento de mis escritos que me llenó de estupor. Recitaba párrafos enteros de mis libros de relatos. Tenía una veneración por mi persona tan desmesurada, tan desproporcionada, que me dejé llevar por la vanidad y, por qué no decirlo, por la gratitud. Conocía mi obra mejor que los más conspicuos críticos literarios. Tengo que confesar que con aquel aluvión de alabanzas empezó a caerme bien el malvado asesino de las margaritas. Consentí —no sabía dónde me metía— en ser su maestro pero, eso sí, con condiciones. Él me enviaría un relato breve cada mes y yo le daría mi opinión. Aceptó alborozado. A los dos días Elvirita recibió una sortija con sus disculpas y yo una pluma de oro por mi futura tutoría. Y a la semana llegó el primer cuento. Era malejo y se lo dije. Le expliqué los motivos: tenía que huir del plagio; le dije que todos los creadores tenemos influencias de nuestros autores favoritos, pero que cada escritor tiene que somatizarlas, buscar su propio estilo y que eso se consigue con esfuerzo, rompiendo mucho y buscando, aunque no se consiga, la excelencia. Me escuchó con toda atención y prometió que seguiría trabajando. Y me dijo entonces algo que me llenó de estupor: «Don Bernardino, ¿le gustó el sobre de oro que le entregué en La Coruña?». Me quedé estupefacto. Carballo era el admirador estrafalario, el gritón, al que tuvieron que expulsar con algo de violencia el día de la conferencia. ¿Por qué mi instinto de conservación no me lanzó un mensaje? ¿Por qué no di por finalizada la relación con aquel sujeto? No lo sé. No puedo explicármelo. Yo guardaba sus envíos en una carpeta y notaba su mejoría. Nunca he tenido alumnos y empezaba a estar orgulloso del asesino de las margaritas. El primer relato que me interesó fue el siguiente: «El joven Zacarías Pulgar y Ventoso, de las mejores familias de Monforte de Lemos, se llevaba muy mal con su padre. Tenían los dos mal carácter, un genio endiablado. Jamás se veían; no sabían uno del otro desde hacía décadas. Le sorprendió encontrarlo en París en la revolución de mayo del 68. Al verlo le dijo: «Hola, papa, ¿cómo tú por aquí?». Don Restituto se llevó un alegrón al encontrarse con su vástago: «¡Zacarías, majete, qué bien te veo!» y le abrazó y besó con todo cariño. Al señor Pulgar y Ventoso le sorprendió la agilidad de su progenitor y su ingenio para hacer pintadas. Corría con un bote de brea en la mano y una brocha gorda en la otra y escribía en las paredes: «¡Prohibido prohibir!» o «Debajo de los adoquines está el mar». Era incansable; tiraba piedras a la policía, auxiliaba a los heridos y agredía a los guardias con certeros puntapiés en las partes pudendas. Zacarías no daba crédito a lo que estaba contemplando: primero porque su padre siempre había sido un fascista redomado, segundo porque tenía una edad provecta, estaba a punto de cumplir un siglo y, por último, porque se había muerto hacía doce años». Me gustó, me gustó mucho el cuento y así se lo dije a mi alumno cuando me llamó por teléfono. «Sobre todo, amigo Carballo, me pareció esplendido el final; pone usted un punto surrealista que engrandece el relato. Enhorabuena». Noté que mis elogios le habían emocionado hasta el llanto; lloraba de forma desconsolada y a través del teléfono pude oír sus gemidos. A los pocos minutos, ya repuesto de la emoción, bisbiseó un «gracias, gracias, querido maestro» y colgó el auricular.  A los pocos días recibí por correo una primera edición de El Buscón de Quevedo con una dedicatoria manuscrita del autor al Duque de Osuna. El libro es una joya bibliográfica de incalculable valor. En una subasta alcanzaría un precio inimaginable. Me quedé fascinado. Con el mayor cuidado lo examiné, lo acaricié, lo leí. Yo no podía aceptar aquel regalo desmesurado. Elvirita recibió en su casa un reloj, un Cartier de oro. Le encantó y olvidó las amenazas; no dejaba de elogiar al amigo Carballo. «Es un caballero de los pies a la cabeza», decía la cuitada mientras miraba embobada el reloj de lujo. Mi alumno llamó a los pocos días para saber si me había gustado su obsequio. Me quedé aturdido y fui, lo reconozco, contradictorio. Le daba las gracias y le reprochaba el precio excesivo de su obsequio. Al  otro lado del teléfono el asesino de las margaritas se carcajeaba por mi desconcierto. «Amigo mío, no lo puedo aceptar. Se lo gradezco pero tendré que devolvérselo». «Usted se merece todo, preclaro maestro» dijo el asesino de las margaritas. «Se lo devolveré sin falta mañana». No lo hice, entre otros motivos porque no conocía su dirección y sí, me quedé con el libro. Los escritores empezamos siendo lectores voraces, después nos convertimos en bibliófilos y por último en bibliómanos. ¿Por qué lo hice si yo vivo con holgura y nunca me ha importado el dinero? Por purita pasión por la letra impresa, por vicio de coleccionista. La conciencia me lo reprochaba. Me decía: «¡Caramba, Bernardino, devuelve el obsequio!», pero yo no le hacía caso; ¡me hice el sordo, carajo! Carballo fue enviando cuentos y regalos. A Elvirita collares y perlas y a mí libros. Libros curiosos, raros. Y también documentos: cartas de Pancho Villa, discursos manuscritos de Simón Bolívar, Andrés de Santa Cruz, José de San Martín. Sus envíos llegaban puntualmente el día 5 de cada mes. El día 1 ya estaba nervioso. «¿Qué me mandará esta vez?», me preguntaba. Y siempre me sorprendía. Sus obsequios eran cada vez más caros y originales. Una carta de Cristóbal Colón a los reyes católicos fue, entre otros, uno de sus envíos. «Bernardino, Bernardino, reflexiona hombre de Dios» me susurraba mi conciencia pesadota e insistente. Y yo le respondía: «¡Calla, hija de Satanás!». Ya ni le daba las gracias y cuando me llamaba le decía: «Pero hombre…», y en los puntos suspensivos se escondía de forma vergonzante mi aceptación implícita. Como escritor mi alumno mejoraba. Tenía, incluso, un estilo propio. «Antes de que el oficial ordenase al pelotón de fusilamiento con la solemnidad de los actos militares y las palabras rituales de: «atención, apunten, fuego», el sacerdote pidió permiso para hablar con el reo. El oficial accedió y el cura se acercó al paredón y mantuvo una breve conversación con aquel hombre que temblaba de pavor y que unos minutos después estaría muerto. Don Senén le dijo al oído: “Lo siento, papá, no te doy la absolución porque has sido un mal padre”. El desdichado, aterrado, le miró con desconcierto y bisbiseó un “Pero qué dices, hijo mío, dime, dime ¿en qué te he fallado?”. Y el cura le dijo: “Querías mucho más a mi hermano Manolito que a mí”. Y después, cruel, vengativo, perverso, le miró con odio y le lanzó un salivazo al rostro». Este cuentecillo es al mismo tiempo cómico y trágico, cruel y sorprendente. Es muy parecido al anterior y colegí que el asesino de las margaritas tenía una relación oscura con su progenitor. No obstante le felicité con exageración hiperbólica. Creo que le dije: «¡Bravo, amigo mío, bravo!». Carballo, que ante el elogio tendía al sentimentalismo y era de lágrima fácil, colgó el teléfono emocionado. En estos años de reclusión he tratado con diversos agentes del FBI; algunos son bondadosos pero otros me desprecian y no lo ocultan. «Don Bernardino, ¿nunca sospechó usted que Jacinto Carballo era un maleante y que sus desmesurados regalos podían tener una procedencia ilícita?». Yo, impertérrito, respondía: «Pues no; soy despistado, ingenuo, algo cándido». Y eran como bofetadas las sonrisas irónicas de los policías. Uno de ellos; Lázaro creo que se llamaba, inquirió: «¿Cuándo Jacinto Carballo cambió de actitud, en qué momento se volvió violento?». Carraspeé, medité unos segundos y al responder mi voz me sonó átona y distante, como perteneciente a otra persona. «Pues, ¿sabe usted?, cuando le confesé que uno de sus escritos no me había gustado. En ese preciso instante se desencadenó el temporal, comenzó la tragedia». Tengo que reconocer que, en parte, la culpa fue mía. Había tenido una pésima jornada, estaba fatigado y fui incluso descortés y le juzgué con excesiva severidad. Su trabajo no era mejor ni peor que los demás y no esperaba una opinión adversa. Creo que le molestó mi actitud despectiva. Mi falta de afecto al dirigirme a él. No lo sabía pero los psicólogos han deducido que yo era algo así como un padre para él. Un padre literario que tenía que ser coherente, afectuoso y protector. Él reaccionó como lo hacen los niños, con violencia. Le dije que tenía que cambiar de procedimiento para enfrentarse con el folio en blanco, que sus relatos tenían siempre el mismo mecanismo, similar arquitectura. «El héroe francés de la gran guerra, la estrella de Marne, el invicto mariscal Adolphe Baudin Bélanger, hace una confesión desconcertante sobre su experiencia en las trincheras: “La gran guerra fue una contienda cruel, espantosa. La angustiosa espera, los ataques al amanecer, la lucha cuerpo a cuerpo. Lanzaba a mis hombres a combatir con el enemigo y solo regresaban algunos; eran como fantasmas heridos y mutilados. Jóvenes héroes que nunca volverían a ser los mismos. Recuerdo sus ojos extraviados, los desgarros de la metralla. Todo lo observaba a través de los prismáticos mientras notaba en el cogote los resoplidos de mi amante, podía escuchar los jadeos del bondadoso capellán, el padre Simón Allard y Babineaux, vizconde de Rocamadour, que con el paso de los años llegó a ser primero Obispo de Lyon, más tarde cardenal y, según los rumores, estuvo a punto de ocupar la silla de Pedro, de San Pedro”». Jacinto Carballo Paradela, al escuchar mi crítica, adversa se mostró desconcertado. Esperaba un elogio y recibió una bofetada. Su maestro se había caído del pedestal. Escuché atónito que rompía a llorar con desconsuelo; después chilló, berreó como un niño; estaba roto por el dolor. Quise disculparme pero ya era tarde. Antes de colgar me dijo: «¡Ingrato, es usted un ingrato!». No supe nada de él hasta el día del horror. Me remordía la conciencia por el trato injusto que había tenido con aquel generoso desconocido. La policía mexicana me visitó a media tarde del día del asesinato y me enseñó las fotografías de la víctima. No pude reconocer a Elvirita. Su cabeza descansaba sobre una bandeja, al lado de un ramo de margaritas. Su cuerpo, troceado como el de una res, colgaba de un perchero. No pude resistir las náuseas y vomité sobre la alfombra persa. Tuve un ataque de pánico y me dicen que grité como una bestia herida. Tuve por primera vez noticias del asesino de las margaritas; la multinacional del crimen más eficaz de la historia de la delincuencia. Los asesinos implacables que ejecutan cada mes a una o dos de sus víctimas y que traen en jaque a los servicios secretos de todas las naciones. Todo se precipitó y mi vida cambió de forma repentina e implacable. Más de cien policías protegieron mi domicilio durante veinticuatro horas. El presidente de la República me visitó personalmente y cariacontecido me explicó que en México no estaba seguro y que tendría que emigrar a Estados Unidos para ser custodiado por el FBI. Al lado del cuerpo troceado de mi secretaria había aparecido una nota amenazante y concluyente: «Miserable maestro, tú serás el próximo en morir. Alargaré tu agonía y no tendré piedad. Dejarás este mundo de forma dolorosa y lenta. Mi venganza será terrible». Lo firmaba Jacinto Carballo Paradela. Llevo tres años de peregrinaje. He cambiado cuatro veces de domicilio. El asesino de las margaritas, el jefe supremo de un sindicato de sicarios, localiza mi paradero y envía escritos amenazantes. El último lo recibí hace una semana. Inmediatamente cambiamos de domicilio, huimos despavoridos. Todos me dicen que mi vida no corre peligro, que el mundo civilizado no consentirá que un Premio Nobel de Literatura sea asesinado por un sindicato de malhechores. Pero yo lo dudo. Qué saben ellos. Intuyo que mi final se acerca. El verdugo que me ejecute lo hará de forma cruel, moriré lentamente. El sicario hará un trabajo espléndido. Tal vez alguien grabe mis últimos momentos y los aterrados espectadores de televisión puedan asistir en el futuro a la ejecución sumarísima de un escritor corrupto. La muerte vendrá de la mano de cualquiera, del menos sospechoso: el agente del FBI, la cocinera que prepara los comistrajos de este pequeño ejército de guardaespaldas, un jardinero de apariencia inofensiva. Cualquiera puede ser el enviado, el asesino; cualquiera puede ser Jacinto Carballo Paradela.

[BREVIARIO] No hay peor oficio que el de bufón ni ocupación más desdichada que el de bufón de papas. J. de Candelucus, que naufragó seis veces y fue soldado de fortuna en las más sangrientas guerras civiles, que se ganó la vida como macho de toriles en la plaza de toros de Lima, que ejerció de macarra y vendedor de gomas en la Rambla de Barcelona e inventó el timo del violín, aseguraba, con toda solemnidad y poniéndose la mano en el pecho, que hacer reír a la gente de cogulla y contar historias a los cardenales de Venecia era tarea poco menos que imposible, pues las sutilezas del latín y los matices que aporta al lenguaje cotidiano el griego clásico secaban la fuente de la risa, que tan caudalosa es entre los simples, pues parece que la alegría se da con más facilidad entre los tontos de capirote que entre los sabios teólogos, ya que los alma de cántaros son más fáciles de conformar que los que hablan las lenguas muertas del otrora, pues a estos últimos el alma se les seca con la filosofía, se les anquilosan los músculos faciales y toda su figura —y aun el aura— se les vuelve triste y patética por las reflexiones matinales y las crueles dietas de la cuaresma. Entre los cardenales de la curia hay algunos que creen en Dios —pocos, según mi leal saber y entender— y otros que conservan una fe rutinaria y algo bobalicona que tiende al panteísmo. En El Vaticano, y como dijo el Guerra, «hay gente pa’ to’».

Don J. de Candelucus dejó escrito, y largamente explicado, lo mucho que tuvo que padecer para que Benedicto XVI esbozase al fin una sonrisa y las fatigas y trabajos a los que se vio sometido para que la curia celebrase sus ocurrencias y fuese aceptado como bufón de palacio. El camino largo y difícil mereció la pena por el resultado. El éxito fue posible, al parecer, gracias a los sucedidos, historias, cuchufletas, versículos, consejos, pensamientos, reflexiones y cuentecitos que escondía en sus entrañas el códice y que él, astutamente, contaba como si fuesen de su cosecha y las hubiese ideado después de estrujarse el magín como el que estruja un limón para obtener hasta la última gota de zumo. Fue un bufón al que salvó la bibliografía. El suyo, en cierto modo, fue un robo por amor a la literatura, fue un plagio absoluto que le situó en la vida y cimentó, con el paso de los años, la fama de su ingenio. Todavía hoy, cuando se sienta en el sillón de Pedro un argentino que ama el futbol y el tango, la curia le recuerda que de todos los bufones que tuvieron sus eminencias para su honesto divertimento, ninguno tuvo el ingenio y el donaire de J. de Candelucus. A su favor jugaban los miles, acaso los millones, de poseedores del breviario y el ingenio universal puesto a su servicio y plasmado en el libro. Dijo el bufón que Su Santidad le miró con curiosidad y le escuchó con atención el día que le contó, con palabras entrecortadas y el ánimo titubeante, la vida de Jesús según los santos apócrifos. Algo muy concreto y escandaloso dijo don J. que surtió un efecto inmediato. Fue como mentar la soga en casa del ahorcado. La treintena de purpurados que estaba presente enmudeció de pronto y Benedicto, estupefacto, le preguntó con cierto retintín y una amable sonrisa: «¿De dónde sacaste ese versículo infame, mentecato de mierda? ¿A quién le has oído esa barbaridad teológica?». Y para subrayar debidamente sus preguntas le propinó un fuerte puntapié en el trasero que le desplazó varios metros y aun le hizo levantar el vuelo con brevedad pero con cierta elegancia aerodinámica. Don J. de Candelucus, feliz y exultante por haber conseguido despertar la curiosidad de Su Santidad, que hasta aquel momento no le había prestado la mínima atención, siguió relatando las historias robadas y plagiando a los antiguos con absoluta desfachatez y poco a poco se labró una reputación entre las élites vaticanas y adquirió con el tiempo fama de teólogo heterodoxo y descreído, pues no en vano recibió ayuda de los ingenios más despiertos de la literatura universal. Los bufones de palacio que eran enanos deformes vestidos de monaguillos, tontos de baba, mentecatos que se peían sin pudor delante de los príncipes de la Iglesia que se reían con sus desvergüenzas, fueron desplazados de los salones principales y llevados a las caballerizas para deleitar a la soldadesca suiza. Don J. de Candelucus no era muy alto, era más bien bajito, extremadamente bajito sin llegar al enanismo; mediría algo así como un metro y cuarenta centímetros, calvo y gordo y de cabeza poderosa, algo chato y carirredondo y según es sabido él inauguró la moda de los bufones blasfemos que ha llegado a nuestros días; seres patéticos que con sus gorros de cascabeles dicen en voz alta lo que muchos piensan y que son ese resquicio de realidad que se cuela en catolicismo barroco de obispos y cardenales. Los bufones permiten que se remedie ese mal endémico que sufren las más altas jerarquías de la Iglesia. Los bufones blasfemos son un muro de contención que al tratar temas mundanos, corrientes, de la calle, permiten que los ancianos purpurados, que han perdido el sentido de la realidad, se enteren de lo que ocurre en el mundo, en las afueras, aunque sea de forma abrupta y algo grosera. La Iglesia es la multinacional más antigua del mundo y cuenta con gente capaz, con brillantes mentes y estrategas, con cargos intermedios que claman por la modernización de sus métodos pero, por un extraño sortilegio que tiene algo de mágico, a medida que suben un escalón en el organigrama del poder se vuelven más precavidos, antiguos, conservadores, cínicos, descreídos. Si los obispos ya dan estas muestras extrañas de adocenamiento, se agrava de forma alarmante en los arzobispos y se convierte en endémica en los cardenales. Ellos son el muro de contención que permite que, de puertas hacia afuera puedan convivir los sacerdotes liberales, modernos, avanzados y de las más extremas ideologías con curitas tradicionales que siguen consolando, gratis et amore a la feligresía de edad avanzada que todavía se acerca a los confesionarios para hablar mal de las vecinas o criticar con ferocidad a su nuera. En la tropa del catolicismo caben todos y todos actúan con libertad. Pero volvamos al asunto que nos ocupa y sigamos comentando las andanzas del bufón J. de Candelucus. Benedicto y sus sucesores le llamaron con el tiempo «mi dilecto amigo» y «preclaro pensador que bordea la herejía con elegancia y no cae nunca en la fosa séptica del mal gusto» y llegó a publicarse un librillo editado a expensas de unos oscuros discípulos del bufón, bajo el título de El Evangelio según Candelucus. Se rumoreó que había sido premiado con los honores primero de beato y luego de santo y aunque esos extremos no pudieron confirmarse nunca, circularon por aquel entonces unas estampitas donde se veía a un San J. en arrobada y recogida actitud mirando a las alturas.

Pero, al margen de estas disquisiciones sobre el misterioso bufón de papas, ¿qué se sabe del códice y de sus autores? ¿Qué podemos colegir sobre el periplo viajero del librito durante veinte siglos? Alguien escribió que Candelucus encontró el breviario en un cofrecillo de piel de vaca que, curiosamente, no figuraba en los inventarios vaticanos y, por las anotaciones marginales, adivinó que había pertenecido a uno de sus predecesores en el cargo; concretamente a don Sirico, el bufón albino de los Borgia y también a don Nonato, el enano limosnero y trapecista episcopal e, incluso, al obispo Severino, el prelado lucense que huyó con la papisa doña Flor y al ser aprehendido en las nieblas perpetuas de Mondoñedo, fue esclavizado en Roma y obligado a servir de bufón de cocina y cantor de coro, pues prudentemente le fueron podados sin miramiento sus atributos varoniles y su voz, a partir de entonces, se tornó lírica cual abrileño trino de jilguero. Miembro y testículos fueron conservados en alcohol pues llamó la atención de los galenos el tamaño, calificado por la curia de «poco usual que roza lo monstruoso» de las partes pudendas.

Parece ser que, paralelo a los hechos históricos, políticos y religiosos, transcurren otros caminos alternativos desde donde se otea lo que ocurre desde ángulos inéditos: la resurrección del difunto según Lázaro, la ejecución de Ana Bolena vista por su verdugo, el descubrimiento de América desde el punto de vista de los descubiertos y los pequeños dramas de la vida según el Papa de Roma, el que manda en la cristiandad y los mismo hechos interpretados con los ojos y entendederas del bufón de su santidad, o sea, lo que ocurre según el último mono del Vaticano. Aseguraba don J. que el breviario era copia de otro más antiguo que a su vez se basaba en uno de épocas remotas que tenía como embrión las anotaciones del esclavo Ildefonso, que había sido bufón de San Pablo y el que le pasaba a limpio las cartas que con pésima letra el Apóstol escribía a los corintios. Lo de bufón de Papas tiene sus antecedentes en el cargo de alegrador de sobremesas que tan gratos les resultaban a los doce apóstoles e, incluso, al propio Jesús de Nazaret, que gustaba desplazarse con un séquito de músicos, enanos, gigantes, cabezudos, recitadores, comedores de fuego, malabaristas y cómicos de la legua, inventores de historias y contadores de insensateces. Los doce apóstoles tenían siempre a su alrededor a sus bufones y Crispianillo, el bufón de Jesús, fue uno de los que asistió, el día de la Ascensión, a la marcha de la virgen María a los cielos y como no le dejaron montar en el artilugio volador pues su presencia, desgarrada y patética no le resultó grata al Arcángel San Gabriel que era el conductor, se quedó el hombre en tierra algo enfurruñado y solo a última hora dijo adiós a la comitiva con un pañuelo de encaje y esa tristeza mustia de los que quieren viajar y no pueden por falta de bienes de fortuna o medios de locomoción.

El breviario de falsedades que tan útil le fue en su trabajo a don J. de Candelucus fue de mano en mano durmiendo en arcones de gentes de letras, viajando en maletas de prelados ladrones y pasando temporadas con poetas y prosistas de distinta calaña y condición. Unos le añadían una historia y otros le robaron un soneto y el breviario engordaba o adelgazaba como si fuese de humana condición. Viajó el libro con don Cristóbal a bordo de la carabela Santa María y el italiano le añadió una historia de navegantes, donde el almirante de la mar océano mencionaba el estupor de los descubiertos y la codicia de los descubridores, que desembarcaron pidiendo a gritos agua y oro, mujeres y algo de comer pues la abstinencia sexual y las hambres prolongadas les habían dejado macilentos y algo modorros y hasta que no se recuperaron con orgias, banquetes y borracheras los navegantes no recuperaron su amable semblante y humor característico. Estuvo el librillo en Argel con mi señor don Miguel, que escribió un pensamiento amargo sobre la pérdida de la libertad y seis historias bellísimas y bien compuestas plasmó en sus páginas don Francisco de Quevedo un día que se encontraba de buen talante y el ánimo dispuesto. Aparece el libro en el retrato que Crespo hizo a don Lope de Vega y Carpio y figuró hasta su fallecimiento entre los libros de cabecera del glorioso autor teatral y lo lleva en la mano el personaje que abre la puerta del fondo en Las Meninas de Velázquez. El libro inició la vuelta al mundo con Magallanes y la culminó con el piloto vasco y después repitió la aventura hasta seis veces más, siempre por rutas distintas y con capitanes diferentes. Se sabe que fue de Lorca, que lo tuvo prestado Garcilaso, que Cela lo compró en una librería de lance y una asistenta infiel lo robó y malvendió en el rastro madrileño. Hay constancia escrita de que acompañó a Vargas Llosa y le dio buena suerte pues le hizo perder las elecciones y que, el día de su cumpleaños, García Márquez se lo prestó a Fidel, envuelto en papel de regalo, y el comandante lo traspapeló en el caos de su despacho cuartelero, en la revolución anárquica de su escritorio. ¿Dónde estará ahora el breviario de falsedades? ¿Quién acariciará sus páginas amarillentas? ¿Habrá engordado o habrá perdido historias y peso específico? Yo —lo confieso con toda humildad, santo padre— dediqué mi vida a la búsqueda y persecución del librito. Me hice viajero y navegante, bibliotecario y guía de caravanas, cazador blanco y tenedor de libros, regenté casas de lenocinio, profesé en el Cister, ejercí de poeta y fui criado de librea de la Casa de Alba para tener acceso a sus archivos y bibliotecas y más de un té con leche serví a doña Cayetana a las cinco en punto de la tarde. Quise recuperar el breviario para devolvérselo al Vaticano y ser —si la curia lo estimase conveniente— bufón de Su Santidad para haceros reír entre rezo y rezo, para vestir las calzas de colores brillantes y el gorrillo con cascabeles y aparecer, entre los purpurados de la ciudad eterna, como un vistoso monaguillo. Mil veces estuve a punto de conseguir el éxito y mil veces marré en el último momento. La suerte siempre estuvo a favor del libro y en mi contra. El breviario se me escurrió entre los dedos como un pez y solo, en contadas ocasiones, me dejaba en la piel algunas escamas como testimonio de su existencia. Conocí a libreros de ocasión que lo acababan de vender hacía apenas diez minutos y a gentes que recordaban haberlo poseído hacía más de cincuenta años. Anoté puntualmente las historias que vagamente recordaban sus lectores ocasionales y con paciencia y discreción recuperé los evangelios de los santos apócrifos, que tanto desasosiego causan a los integristas vaticanos. El breviario es códice al que hay que tratar con reverencia y exquisito respeto. Es libro que premia y castiga, que da buena fortuna o mala suerte. El poeta uruguayo Cristino Bermúdez no quiso aportar un soneto de su puño y letra y una alopecia pertinaz, repentina e irreversible le dejó la cabeza monda y lironda; don Camilo José Cela añadió un cuento al breviario y le fue concedido el Nobel de Literatura; Jacinto Carreño habló con poco respeto del códice —concretamente lo calificó de «superchería de mierda»— y perdió en el acto la fuerza sexual y Vuestra Santidad, sin ir más lejos, leyó el breviario con atención y buenas maneras y hoy se sienta, tan ricamente, en la silla gestatoria y se mueve por la Plaza de San Pedro con un vistoso papamóvil porque es, al fin, un Papa de Roma al que le gusta el futbol y los tangos del divino Discépolo. El breviario de falsedades es libro volandero que nunca deja de viajar. Sus propietarios pueden echar una ojeada al otro lado del misterio y jugar con los enigmas de la vida. Lo que allí se describe es posible que todo sea falsedad y mentira, desmesura y exceso de poeta ripioso, gracia de gañán, equilibrio circense, pirueta de trapecista, viento de pobre, aunque a veces Dios se espante de las verdades que gritan los bufones, los tontos de baba y los baldadiños que solo conocen el dolor y a Él, en esa soledad horrenda del más allá, se le pongan también los pelos de punta y en el cielo se haga un silencio como de media hora. 

[EN PORTADA: Tristeza, de Annata (2018)]


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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Cultura

José Iniesta: «Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla»

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/ una entrevista de Ada Soriano /

A propósito de Llegar a casa (Ed. Renacimiento, 2019), de José Iniesta (Valencia, 1962), dice Carlos Alcorta que es «un poeta fiel a un estilo y una forma de entender el hecho poético como contemplación, paso necesariamente previo a la revelación». Muy de acuerdo con las palabras de Alcorta; y ante el desconcierto y la preocupación que actualmente nos agrede, es una suerte contar con los poemas que componen Llegar a casa. Lo es porque estos versos rezuman paz desde una poética sobria y a la vez sensorial, profunda y contemplativa, y cuya estética me conduce a Francisco Brines, César Simón, Julián Montesinos, José Luis Vidal, Vicente Gallego o Antonio Moreno, por citar a algunos poetas levantinos afines a Iniesta. El poeta comienza este Llegar con una cita de san Juan de la Cruz que resume bien la esencia del libro: «que ya sólo en amar es mi exercicio». Y doy fe de lo que expongo con estos versos pertenecientes a «La noche de tu piel»: «Qué oscuridad y sed en las afueras, / y cuánta luz contigo/ y en el alma/ al beber de la fuente, al inclinarme/ al agua necesaria de tu boca». Hablo de coherencia y equilibrio en el territorio lírico y personal de Iniesta, sustentado con poemas formalmente compactos. Digo de una poesía meditada, rigurosa y vitalista donde lo que importa es llegar a casa; llegar al fondo de su ser y, de ahí, al fondo de su amada, aun con sus «Dudas y certezas»: «No sé qué significo frente al cielo./ Detrás de todo existe tu presencia/ encendiendo una vela que resiste/ a los vientos, las lluvias,/ los derrumbes». 

José, «Nunca el tiempo es perdido». Hablo de esa canción tan conocida de Manolo García en la que dice: «Es solo un recodo más en nuestra ilusión ávida de cariño…». Digo esto porque percibo en Llegar a casa un presente que nunca deja de lado las huellas.

La poesía es vida, y es diálogo con el tiempo. Lo que somos y lo que fuimos hunde sus raíces en la misma tierra, abre sus ramas bajo los mismos cielos que cambian. Nuestro presente contiene todo ayer y arrastra en el camino el dolor y la dicha de todas nuestras edades. Hubo días donde sí hemos sido eternos, donde aún lo podemos ser: el paraíso perdido de la infancia que perdura en nosotros, el amor y sus golpes y sus abrazos, el mundo desaparecido de nuestros padres, el nacimiento y la mirada de nuestros hijos. Son muchos. Uno no puede seguir sin todo ello, no es nadie si no está anclado a esa potente verdad y belleza. Hay algunos versos míos que inciden en ello, quizás toda mi poesía, donde me siento conformado de amor y nostalgia y tiempo, de honda gratitud por seguir caminando y por poder cantarlo. La poesía persigue cantar ese milagro, ese arcano de un hombre en soledad que se columpia entre el pasado y el ahora mientras mira cómo pasan unas nubes y se pierden. Me vienen a la cabeza algunos versos que he escrito y que apuntan en esa dirección, donde puedo encontrarme con Manolo García, aunque en mi caso siento que estoy más caminando en la vastedad sin senda de un desierto que en un recodo del camino.

No es destrucción el tiempo, lo perdido.
En los campos sin lluvia del ahora,
donde sólo germinan las palabras,
qué extensión la de estar,
                                         qué polvaredad.

Recientemente ha manifestado el poeta Juan Lozano Felices: «Ante un presente movedizo y un futuro inseguro, el pasado es el único espacio que nos acoge emocionalmente. La nostalgia, como pathos esencial, nos retroalimenta y nos vincula de forma sensitiva al espacio arcádico». ¿Qué te parece esta consideración puesto que en tu obra habita la nostalgia?

No sé. Miramos el mundo como somos. Entiendo lo que nos dice el poeta Juan Lozano, pero yo no lo siento así. Cualquier tiempo pasado no es mejor, también tuvo sus lugares terribles. Lo que sí queda claro es que lo vivido nos construye, mancha para bien y para mal con barro nuestras alas, hace que nuestro vuelo cada vez sea más rasante, hasta la caída. El presente es fascinante y perturbador a un tiempo si la mirada es atenta sobre la realidad de las cosas, si nos alcanza la luz, si vemos día a día cómo crece nuestro árbol en el jardín y cómo gira el mundo. El presente nos da la maravilla de caminar y respirar el aire. Mi nostalgia, que la tengo, tiene su origen en la conciencia de que también soy despedida. Desaparecer y saberlo es lo más perturbador que me ocurre, y no puedo explicarlo. Mi nostalgia tiene su fin y principio en el gran amor que siento por la vida, y en la tristeza de saberme limitado, de estar más cerca de la muerte. Así lo siento, no sé. El futuro es el caudal que me queda, proyectamos en él deseos y fracasos, temores y sueños, y lo siento como una aventura desconcertante y como una llama. El mañana tiene su eternidad en nuestra alma, y nos abre a un devenir con tantas posibilidades que sentimos ser reales en nuestro sueño verdadero, ser oro y ser ceniza.

En tu poemario El eje de la luz, 2017, declaraste, aludiendo al origen del título: «Hago referencia a un verso que está en el libro anterior, Las razones del viento y engancho con este otro donde intento expresar en todo el poemario este eje que va desde la luz que nos habita y tenemos dentro hasta la luz que vemos fuera al mirar». «Sin otra luz ni guía sino en la que el corazón ardía», escribió san Juan de la Cruz, poeta a quien haces referencia en más de una ocasión en este Llegar a casa.

No recuerdo esas declaraciones, aunque sé lo que quise decir. Todos mis libros se abrazan, dialogan cada vez más. La poesía puede hacer ese imposible, tener esa libertad. Así hay versos que se repiten de un libro a otro y que pueden alcanzar otro sentido, títulos de libros que están tomados de poemarios anteriores. Pasa con El eje de la luz, pero también me ha sucedido con mi último libro Llegar a casa, que es el título de un poema que aún me sigue desconcertando a mí mismo y que pertenece a Las razones del viento. Siento que la poesía puede borrar las fronteras, romper los límites, hacer que las aguas fluyan sin tropiezo hasta su desembocadura. Dentro y fuera no existe, eso lo he sentido y lo he querido escribir. El eje de la luz es el eje que va del corazón al mundo, es el amor de la mirada, de una mirada distinta sobre las mismas cosas, es el movimiento y la reconciliación con la naturaleza de las cosas. Miramos lo que somos, sin duda, y ahí la naturaleza es una fiesta, hace que nuestra ignorancia sea sabia. No importa el paisaje que vemos, importa la lejanía que alcanzan nuestros ojos.

Pasa rápido el tiempo, lentamente,
y en el banco de piedra y soledades
de este jardín cerrado de infinitos
hoy tu edad, sin preguntas, se conforma
con la hondura callada de los cielos,
con el beso del sol sobre tu rostro,
con mirar lo mirado
                                de distinta manera.

Respecto a san Juan de la Cruz, no es que aparezca en mi libro Llegar a casa, es que aparece constantemente en toda mi obra. Sin duda es mi poeta, mi maestro, su Cántico espiritual es el lugar donde quiero llegar, es también mi casa. En mis poemas a veces aparecen algunos versos suyos porque su poesía es carne de mi carne, su luz me habita. Y yo no soy creyente, pero sé reconocer cuando las palabras me llevan a un lugar sagrado, a un lugar donde cada palabra tiene luz y temblor, tiene vida. Mi libro Llegar a casa se abre con una cita de Cántico espiritual, «que ya sólo en amar es mi exercicio».

De hecho, dices en tu poema Amanece el jardín: «Ahora solo escribo lo que amo».

Es cierto, y puede parecer una apuesta cándida y limitada, pero no es así. Si se lee el poema entero, del cuál citaré algunos versos, el poema habla de un hombre que sale a su pequeño jardín, como todos los días, y que al mirar el amanecer se pregunta y asombra de su propio existir. Es un hombre que dice su oración, un hombre habitado por el gozo y el dolor a partes iguales, pero que persigue tener conciencia de vida. Es difícil, imposible, aislar un solo verso y entender su sentido. Un verso significa porque está en las aguas del poema. Lo que afirmo con ese verso es que ya solo escribo lo que amo, porque amo la vida conforme se me da, con sus infiernos y paraísos, con sus selvas y desiertos, porque siempre escribo con amor aunque cante la sed y el hambre, la tristeza, la casa construida y sus derrumbes. Eso también me lo ha enseñado san Juan de la Cruz. Cantar por amor, sí. Pero el verso hay que leerlo en su conjunto, y no voy a citar todo el poema, que mal me sabe.

Yo sé que nada sé, que me equivoco
de tanto haber soñado mi existencia.
Ahora solo escribo lo que amo.
Amanece en la herida, se hace gozo.
Se confunde mi ser
                              con las cosas que mir
tan plenas de belleza que hacen daño,
y todo en esta luz más me consuela
de tanta noche en vela y pensamiento.

El jardín, el patio, el granado…. «La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella». Este pensamiento es de Pureza Canelo. ¿Qué te suscita?

Yo soy un poeta que camina, que escribe al ritmo de sus pasos, que a veces se detiene y respira más hondo para meditar el suceso extraño del viaje. Soy contemplador por naturaleza, miro y soy y me conmueve cómo es el mundo, cómo permanece en mí y cambia. La Naturaleza y los paisajes nos habitan, están fuera pero nos habitan. Nuestro corazón es igual que las tierras fértiles o baldías que recorremos, igual que los cielos que miramos. Todo esto también está en san Juan de la Cruz, ese ciervo por los bosques, esos ríos y montañas, el manar de la fuente… todo es alma. En libros míos anteriores yo he cantado estos paseos, pero en Llegar a casa he querido mostrar cómo lo pequeño y lo grande es lo mismo, cómo la Naturaleza y el breve jardín familiar tienen su infinito. Es un canto, por amor, a lo más cercano, a lo más inmediato y la costumbre: la casa que yo mismo levanté, los árboles que cuido, la hermosura rotunda de mi mujer, la maravilla de la luz sobre mis hijos, los gestos repetidos en una mesa…. La Naturaleza, en ese sentido, creo que me concede su verdad y sus nombres, la palabra limpia, el cielo azul, el murmullo de mi canto. Es la luz que nos habita y es la noche, tiene voz y solo hay que escucharla.

Y ahora que nombro el granado, deseo decirte que me he llevado una grata sorpresa al ver que dedicas tu poema Preguntas a un granado a nuestro común y querido amigo Juan José Martín Ramos. ¿Es para ti este árbol como fue la higuera para Miguel Hernández?

Sería muy pretencioso decir sí. Tampoco me gustan las comparaciones, pero es que creo que en este caso hablamos de miradas distintas. El poema de Miguel Hernández es presente. El mío se encala en el futuro, y es apenas la conversación de un hombre con el árbol con el que convive todos los días y que tanto le enseña, un árbol que él mismo plantó y que cuida, y donde ocurren sucesos importantes del mundo: la luz y las estaciones, los apuntes del viento y las hormigas, el hambre de los pájaros, la soledad y el frío. El granado está en mis ojos todos los días, y llego a sentir que estamos tan unidos que soy yo. Un hombre puede ser un árbol, La poesía puede hacer este imposible, mostrarnos a un hombre hablando con su árbol, y no parecer que ese hombre está loco. Siento que «Preguntas a un granado» es un poema importante para mí y para el mundo, y lo digo sin vanidad, los que me conocen lo saben. Dedicárselo a Juan José Martín Ramos ha sido un regalo para mí. En este libro solo he dedicado mis versos a aquellos que he sentido como mis mejores lectores. A algunos de ellos no los conozco en persona, pero ha sido tanta la unión y alianza, de corazón a corazón, que les he querido mostrar así mi gratitud

¿Y qué será de ti, granado mío,
cuándo no esté en el patio
                                          ni mi sombra
y no exista mi voz, sin mi mirada,
y apenas sea el humo en los tejados
donde caen las lluvias de febrero?

¿Quién que no sea yo, en otra tarde
de exacta transparencia y de vencejos
se sentará a tu sombra y sonreirá
sin entender por qué, de tanta dicha,
como si el mundo allí al desplegarse
supiese de su amor,
                               y le pertenecieran
los oros inmediatos de la luz
encima de tus ramas y los frutos,
la belleza violenta de la vida?

Hablas en tu poema Ars poetica, el que dedicas al poeta Miguel Veyrat, de «la sed del corazón,/ las razones del grito». Estos versos imponen, y me inducen a preguntarte sobre qué sientes cuando te ves residiendo en lo inevitable. «¿Por qué buscar los versos que me roban/ la vida,/ y acaso me la dan y más fulgura?». ¿Será porque al final, «todo es la conciencia de estar vivo»?

Soy un hombre rebelde y conformado, por eso escribo poesía. Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla, a pesar de la sed del corazón,/ las razones del grito. Siento que es ese el territorio de la poesía: ponerle voz al misterio que somos, a la perplejidad de un hombre al enfrentarse al mundo, al paisaje salvaje de su vida. Sé que la palabra a veces acaricia al corazón y lo golpea, pero no cambia la naturaleza del hombre, no borra el rastro del mal y de la usura en la tierra. Sin embargo, pienso que sí puede hacernos mejores, hacernos sentir con más intensidad la vida, ese «todo es la conciencia de estar vivo», que tú citas. La poesía también es una paradoja, eso es lo que intento expresar en «La cárcel de un poema» con los versos que nombras. Por un lado hace limpia nuestra mirada, nos hace cantar la vida, apreciarla en su destrucción y plenitud, pero a un tiempo nos aleja de ella en nuestro cuarto, en nuestra soledad, en nuestra noche. Nos aparta, de algún modo, de aquello que más amamos y de aquellos que nos aman. La poesía tiene luz y tiene sombras, también. La palabra también puede ser un torbellino.

¿Escribir poesía es reconocerse en uno mismo y en lo que le circunda, perderse en uno mismo, evadirse….? ¿Todo?

Perdidos, vamos perdidos, pero creo que extraño el viaje vale la pena. Jamás he sentido la poesía como un método de evasión, eso nunca. Rescata en nosotros lo verdadero, lo sagrado, la eternidad que fuimos en la infancia, le da materia a la luz, música al silencio del mundo. La poesía es una manera de caminar que a mí me ha ayudado y que sé que no tiene por qué ayudar a otros. Es viento y es alma y es muchas maneras de caer y levantarse. Evadirse nunca, eso no. También es una oración en una cueva, y mucha luz a veces, y un pequeño ruiseñor. Y son paisajes en la niebla, y la rosa de la gratitud con sus espinas. Digo lo que siento, desordenadamente, y tampoco sé la razón de amar tanto a las palabras. Cito un par de fragmentos de Cantar la viday Ars poetica, que lo ilustran.

Es siempre posesión decir la vida,
asirme a cuanto veo con palabras.
Cantar es la manera
                                 de encender un luz
en la cueva profunda de la carne,
la sola soledad, mi compañía.

Ya ves dónde llegué con unos versos
escritos con el agua y con el humo.
Cantar no es otra cosa,
                                     y tú lo sabes,
que un intento posible de alcanzar
en la noche la luz que está a lo lejos.

¿La poesía y el amor como refugio, más en estos tiempos de incertidumbre y desasosiego? ¿«La casa verdadera»?

La casa verdadera sí, sin duda. Siento que la poesía es un lugar donde me siento libre y no miento, donde puedo ser mejor hombre. Está en mi naturaleza ser poeta, intentar poner música al discurso de la vida. Cada vez disfruto más creando, y no tengo más ambición que hacerlo lo mejor que sé y repartirlo, como si fuera mi pan. También siento que para mí la poesía es una manera de estar en la intemperie, no es un refugio, amo estar a cielo abierto, debajo de la luz, el sol en mi rostro. Tener conciencia de ello es el mejor pago, es una manera de vivir, una manera de intentar estar más cerca de lo esencial, de lo importante, de lo que nunca se desvanece. Refugio no. Mi casa verdadera abre puertas y ventanas, derriba fuertes y fronteras, no teme a los leones de la incertidumbre y el desasosiego. Mis pasos y mis sueños buscan habitar territorios de la serenidad. Existe una vela encendida en nuestra carne, eso es la poesía. Cito, para acabar, mi poema «Llegar a casa».

Hay días de fracasos que sucede.
Sin antes ni después hemos llegado
remotos al lugar que nos acoge,
y allí, sin pretenderlo, se desvela
el sentido de estar y lo que somos,
la casa verdadera
                             al fondo de la casa.

La vida nos completa en cada acto.
Así, al cerrar la puerta, tras nosotros,
y ver lo conocido en su quietud,
el abrigo en la percha y el espejo,
las baldosas de barro y nuestra silla,
la deslucida mesa de las celebraciones,

descubrimos un templo en el hogar,
una vela encendida en nuestra carne.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Hará cosa de una década asistía yo a la presentación de un libro algo singular. Singular por su contenido, qué duda cabe, pues en aquel volumen se concitaba parte de la mejor poesía escrita en castellano por autores españoles cuya obra emergiera durante el último tercio de la pasada centuria. Y singular por la manera de escogerse, pues el compilador se había propuesto seleccionar a vates destacados de las letras hispanas en función de tramos de su trabajo que había hallado sobresalientes, más que por considerar este sobresaliente en su conjunto respecto de la trayectoria de sus coetáneos. De este modo, se privilegiaba la elección de poemas que, por su hondura emocional, su profundidad psicológica y filosófica, su altura crítica, su plasticidad, su eufonía, y, en definitiva, su generosidad a la hora de prestarnos alguna forma de estremecimiento ético y estético, sobresalían respecto de lo escrito en el periodo mencionado, inclusive la propia producción poética de los autores incluidos en el libro. Por último, se aclaraba haber elegido un ramillete de poemas de una serie de escritores, en lugar de composiciones sueltas de muchos poetas, para no privar al lector de la debida contextualización de los textos, al juzgarse cruciales las relaciones que nutrían la vida/poesía de los autores para comprender su creación literaria. El antecedente más parecido y cercano en el tiempo a esta iniciativa era la antología Hitos y señas (Laberinto, 2001), del poeta, escritor y músico Ricardo Virtanen, en cuyas páginas incluyó poemas de libros clave ―‘hitos’― por su influencia decisiva en la historia literaria de una época muy similar a la de nuestra compilación, sin atender a si los artífices de dichos poemarios eran los más significados cuando publicaron sus obras. Volumen cuya repercusión hubiéramos deseado mayor, pues el proyecto nos pareció encomiable. De hecho, Virtanen ha conseguido a través de los años sorprendernos con planteamientos originales y siempre pertinentes en sus propuestas. En el caso que nos ocupa, la idea de seleccionar según momentos irrenunciables de la poesía de algunos de nuestros bardos ―y, por lo tanto, de nuestras letras―, en lugar de hacerlo en función de obras completas, despistó a unos pocos, dando lugar a situaciones chocarreras y desopilantes, que todavía hoy consiguen dibujarnos una sonrisa en la que se aúnan el cachondeo y la satisfacción por la elocuencia con que nos instruye el suceso. Así, durante el acto de presentación del referido artefacto editorial y tras la entusiasta explicación del responsable del tomo ―poniendo de manifiesto su evidente ingenuidad a la hora de confiar en la lectura detenida y ponderada de los criterios electivos escogidos para su libro―, uno de los integrantes de la mesa, poeta también, argumentó que, dado el criterio que había guiado el escrutinio, sus textos deberían figurar en el libro. Suceso al que se le sumaron otros. De esta manera, al estrado fueron accediendo a lo largo del evento lectores de poemas de la selección presentada, uno de los cuales no dudó en reivindicarse del mismo modo. Por si todo esto no fuera suficiente, entre el abanico de reseñistas del trabajo ―el volumen tuvo un seguimiento razonablemente bueno en la prensa especializada y apareció en dos programas de televisión― hubo quien afeó al compilador haber hecho una antología a pesar de desmarcarse de ese propósito, cuando este último siempre defendió haber tenido esa intención, aunque desde unos planteamientos que, a la vista está, provocaron estupor y rechazo entre algunos.

Este episodio narrado no hace sino confirmarnos la veracidad de una reflexión subsiguiente, según la cual resulta palmaria nuestra dificultad para reconocer, ya sea en el ámbito de las ocupaciones o habilidades, o en el de las virtudes personales, que lo mejor se nos regala casi siempre de forma discreta/discreta. Y que incluso cuando consideramos asombrosa la trayectoria de un individuo, porque apreciamos sus logros o su manera de encarnar algún ideal estimado y, en definitiva, valoramos su magisterio, sus más altas expresiones aparecen entre desempeños buenos, satisfactorios o simplemente pasables. Cuestión que suele provocarnos un evidente malestar cuando nos la recuerdan, proclives como somos al mito, y a elevar a la categoría de intachable y perfecto todo aquello cuanto encontramos extraordinario, casi siempre como proyección de nuestras propias aspiraciones/frustraciones. Cuando lo cierto es que las figuras merecedoras de admiración por nuestra parte, pues nos deslumbran en cualquier aspecto humano, lo son porque al hacer alguna conquista de enjundia acostumbran a pensar en la vastedad de lo inexplorado. A añorar siempre un lugar en el territorio de lo aún por descubrir. ¿Por qué nos empeñamos, por tanto, en hacerles soberanos de un reino no reclamado para sí?

En el ámbito de los méritos y las bondades humanas, celebremos cada meta alcanzada, cada hito, cada momento. Esta es la única mitificación razonable. Es llave y puerta al mismo tiempo. El mejor modo de participar de lo universal e indiscutible. Y el medio de hallar modalidades de seguimiento personal buenas y realistas para nuestra vida.


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Cero (2014), SFO (2013) y Los ojos de tu nombre (2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (2009). Ha publicado poemas, críticas, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas y el poemario bilingüe inglés-español SFO: pictures and poetry about San Francisco en Tolsun Books (2019). Asimismo, fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna. Participa de la poesía a través de encuentros y recitales, habiendo intervenido, entre otros, en el festival de poesía Amobologna, que organiza el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Bolonia; el festival poético hispano-irlandés The Well, que se celebra en Madrid; o el ciclo El Latido, que organizara el Instituto Cervantes de Roma.

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Breviario de falsedades (15)

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/ por José Manuel Vilabella /

[TELEGRAMA] Por el estupor que leyó en el fondo de los ojos de su amante, la joven masoquista, el sádico de traje de cuero negro comprendió que su futura suegra había muerto y la abrazó, la besó en los ojos, le susurró palabras de amor, enjugó sus lágrimas poniendo al descubierto la ferocidad de su ternura.

[ABUELO] Cuando san Joaquín vio cómo Lázaro volvía del más allá y los leprosos recién curados daban saltos de alegría y le daban las gracias a Jesucristo con lágrimas de gratitud en sus ojos, se sintió más abuelo que nunca y dijo exultante y engolando la voz: «Señor cónsul, no es porque Jesús sea mi nieto, pero…». Y sin saberlo comenzó, con su retahíla de desmesurados elogios, la tradición de la falta de objetividad que desde entonces siguen los orgullosos abuelos cuando hablan de su nieto favorito.

[PÁNCREAS] Perdone —me dijo muy fino el doctor Churruca—, pero tengo que tomar toda clase de precauciones respecto a su identidad. Por favor, ¿me puede enseñar un carnet que lo identifique?

Le tendí un ajado carnet de un club de nudistas sueco al que había pertenecido hacía más de treinta años y que, curiosamente, era el único documento que llevaba encima en aquel momento, y el doctor Churruca lo examinó con todo detenimiento.

—Bien…, una vez cubiertos los trámites legales voy a explicarle sin más tardanza los motivos por los que nos hemos tomado la libertad de molestarle —carraspeó, movió unas tijeras de sitio, se atusó el pelo, se rascó la cabeza y cuando estaba a punto de meterse el dedo en la nariz, me dio la sorprendente noticia.

—Se trata de su pariente Evaristo Chamorro Cagigal.

—¿…?

—¿Nunca ha oído hablar de él? Nos lo temíamos. Evaristo siempre fue un hombre desconectado de sus familiares y si tenemos en cuenta que lleva en este establecimiento más de setenta años y que según nuestros registros nunca ha recibido una visita, parece lógico pensar que casi todos los miembros de su familia hayan pasado a mejor vida. Los hospitales psiquiátricos son la asignatura pendiente del sistema y con vergüenza tengo que confesarle que sitios como este son la antesala del más allá; o sea, son el purgatorio porque están entre la vida y el cielo, o entre la vida y el infierno, según se sea un optimista o un pesimista el que se manifieste.

—¿…?

—Lamentablemente aquí la gente se muere antes que en la calle. La esperanza de vida es menor porque el estar enfermo, loco, como dicen los profanos, es muy duro; los sufrimientos son intensos, existe un grado de violencia que no es posible eliminar y el afecto, el amor, prácticamente no existe entre los pacientes. La gente se muere pronto en los psiquiátricos, pero su tío Evaristo es esa gloriosa excepción que confirma la regla —El doctor Churruca abrió un cajón y con esfuerzo sacó un voluminoso legajo que depositó encima de la mesa.

—Este es, señor Cagigal, el dossier completo de su tío abuelo Evaristo Chamorro Cagigal, y como intuyo que usted ni siquiera había oído hablar de él, creo que lo más conveniente es que lo examinemos juntos desde el principio —Asentí, como es natural, y como soy un hombre complaciente me preparé con resignación a conocer la vida y milagros de un pariente que me había caído del cielo y que no me importaba en absoluto. No quería ser descortés y adopté un aire contrito y puse cara de estar muy interesado por aquella sórdida historia con la esperanza lejana de que el bueno de Evaristo tuviese algún dinerillo que estuviese dispuesto a pasarme porque, en la actualidad, estoy algo flojo de tesorería. El doctor Churruca sacudió el polvo del legajo con un pañuelo que se sacó del bolsillo y después, con parsimonia y con el mismo pañuelo, se enjugó el sudor y procedió a efectuar una cuidadosa limpieza de sus lentes de miope. Dijo: «¡ejem!», me sonrió, masculló: «¡Jo, ya son las doce!», se metió un dedo en la oreja izquierda y extrajo algo que después examinó con minuciosidad, abrió el expediente y señaló con una sonrisa de oreja a oreja unos documentos amarillentos y ajados.

—Su tío ingresó en este hospital el 14 de noviembre de hace setenta años justos y fue reconocido por el doctor Álvarez, ya fallecido lamentablemente, y por el doctor Cienfuegos, retirado, según anotación marginal, en sus propiedades de Filipinas. Según consta en su historial clínico, don Evaristo padecía manía persecutoria con desdoblamiento de personalidad. O sea, y para que usted me entienda, era un neurótico y un esquizofrénico, un dragón con dos cabezas, un enfermo mental por partida doble. Un caso curioso, realmente curioso —Churruca rebuscó en el legajo y cuando encontró un documento que amarilleaba por el paso del tiempo, resopló complacido y continuó su parlamento— En esta comunicación del cura párroco de Pola de Gordón, don Delfín Pérez, de triste memoria porque resultó ser un pedófilo de mucho cuidado, se asegura que don Evaristo, el joven muchachote de pocas palabras y menos luces, devoto y buen cristiano, asistente habitual de la misa dominguera, empezó a manifestar una rebeldía extraña que causó inquietud y desasosiego a sus escasos amigos y familiares. Concretamente el día 19, festividad de San José, el casto José, el de la vara floreada que en esta región cuenta con incontables devotos y seguidores, manifestó en una taberna y lo dijo al parecer de forma altanera, que había conocido a unos seres extraños que se lo llevaron volando por los aires y que había podido ver el pueblo desde las alturas y que «si la villa es fea de cerca vista desde el cielo es una puta mierda». Concretó después que había estado en Paris, Londres y Moscú y aseguró, como experto viajero, que lo que más le había gustado era Rusia y su famosa Plaza Roja. La gente le oía interesada y risueña, excepto Melquiades Zabulón, joven patriota muy amante de su pueblo que se encaró con Evaristo y le dio una paliza de mucho cuidado; el bestial ataque de Zabulón le saltó varios dientes, le partió una oreja y le dejó medio inválido de un fuerte puntapié en las partes pudendas de el joven Evaristillo, como se le conocía por aquellos años. Desde aquel suceso el joven no dejó de repetir que como la Pola no hay villa más hermosa en España ni y en el extranjero, y con un gesto reflejo se protegía los testículos con ambas manos. La gente le oía y le tomaba a chufla, excepto su familia que se sentía avergonzada por las tonterías del pobre Evaristo. Hasta aquel momento el tonto del pueblo era el Abundio, pero don Evaristo pasó a ocupar el primer lugar en el ranking, a pesar de que la familia lo molía a palos para que no dijese insensateces. En vista de que el desdichado joven no mejoraba ni con golpes ni con razonamientos, su señora abuela y sus dos hermanos decidieron internarlo en este establecimiento y desentenderse de él y, según consta en el registro de visitas lo hicieron a conciencia.

—¡…!

—¡Oh, no sea usted tan severo con sus ascendientes! Decir aquellas tonterías en aquella época era compararse con el maligno, ponerse fuera de la ley de Dios. Hace sesenta años le tomaron por loco, pero hace trescientos le hubiesen acusado de brujo y habría terminado en la hoguera porque la gente de cogulla siempre ha sido muy mal tomada.

—¿…?

—¿Su estancia aquí? Normal, nunca causó problemas. Hombre sencillo y bondadoso daba la razón a todos los internos y se quitaba la boina cuando oteaba a un facultativo. Fue, como es lógico, interrogado y reconocido por varios galenos. El doctor Rendueles dejó escrito lo siguiente: «Se observa en el paciente un excelente estado físico. Camina con ligereza, conserva todo el cabello, no tiene una arruga y, cuando los otros internados se ponen a bailar la conga de Charuto, él es el que se coloca el primero y el que baila con más entusiasmo. Chamorro sigue manteniendo con toda seriedad que conoció a seres extraños que le llevaron por los aires y le curaron dolencias y enfermedades que tenía en plena juventud. No hemos podido averiguar si las alucinaciones del enfermo son de carácter religioso o sus desvaríos son fantasías oníricas simples».

El doctor Churruca me leyó informes, certificaciones, estudios, reconocimientos. Toda la vida de un hombre apellidado Chamorro estaba descrita con un lenguaje entre científico y burocrático en aquellos documentos ajados e impersonales. Era un anciano que llevaba mi sangre, pero a mí su vida y su locura me resultaban indiferentes y, en el fondo, bastante aburridas. Disimulé como pude un bostezo e hice un esfuerzo para seguir con los ojos abiertos. Pero Churruca, que debería de considerarse a sí mismo un hombre ameno, siguió con su exposición ignorando mis sufrimientos. El hombre hablaba, hablaba, me contó la vida rutinaria y pacífica de mi pariente y, de pronto, sin avisar cerró el dossier, se sonó ruidosamente con aquel pañuelo pringoso y me miró directamente a los ojos.

—Su tío fue un extraño demente. O, mejor dicho, su pariente es un demente peculiar y único porque todavía goza de una estupenda salud a pesar de haber cumplido 105 años el día de la Ascensión. Los manicomios están repletos de seres singulares, de hombres inclasificables, de únicos ejemplares. La locura, en el fondo, es la originalidad y la subversión y la cordura la mediocridad, la mansedumbre. A su tío la sociedad le declaró loco por ser un hombre extravagante, le retiró de la circulación por la estulticia y crueldad de los pueblos pequeños. Su familia no pudo resistir que fuese a ocupar el puesto de Abundio, porque una villa como dios manda no puede tener dos tontos del pueblo. Las manifestaciones de su pariente eran sumamente peligrosas para la Iglesia. Fue la época, no sé si habrá leído algo sobre ellas, en que las hermanas Soledad y Purificación García, de Betanzos, aseguraron haber sido poseídas por el demonio en persona, un Lucifer que era la viva imagen de Robertiño, y se convirtieron en dos niños a los que pusieron de nombre Caín y Abel, dos niños malísimos que al hacerse adultos cometieron toda clase de crímenes y terminaron sus días ejecutados en la silla eléctrica en el estado de Nueva York. El mismo año que la anciana Marcelina Pumarín confesó haber mantenido conversaciones íntimas con la virgen María, que le ordenó que con urgencia quemase toda la red de oficinas del Banco Hispano Americano; la desdichada anciana solo logró incendiar una modesta urbana de Madrid, pero tenía planes de volar toda la organización. Y, en torno a esos años, el pastorcillo de cabras Simón Pacheco Cebriano juró que había sido comisionado por el arcángel San Gabriel para que capase a todos los varones naturales de Venta de Baños. La España de los años cincuenta del pasado siglo atravesaba una crisis de histeria religiosa nunca vista y aunque el clero estaba encantado con el dictador Francisco Franco, que entraba en las iglesias bajo palio, no tuvieron más remedio que, además de hostias consagradas, repartir anatemas y excomuniones a diestro y siniestro. Cuando el bueno de Chamorro dijo que unos seres extraños, posiblemente unos ángeles, le habían llevado por los aires a París y Moscú, fue la gota que colmó el vaso y en lugar de terminar en la cárcel o fusilado dio con sus huesos en este hospital psiquiátrico que tengo el honor de dirigir para servir a Dios y a usted.

—¡…!

—Espantoso. Todo esto ocurrió en aquella España de cárceles y manicomios. Su tío en la actualidad es un desequilibrado mental porque entre todos le hemos vuelto loco, pero, sin él saberlo, atesora en su interior la joya más preciada del planeta, algo que puede revolucionar el mundo científico y permitir que la ciencia dé un paso de gigante.

El doctor Churruca me tendió un conjunto de radiografías que yo examiné con atención y sin ningún rigor científico porque desgraciadamente uno es un simple operario del metal, en paro, con fama de vago y de escasas luces.

—¿No ve usted nada anormal? —inquirió el galeno con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.

Y como mi expresión denotaba una ignorancia supina, Churruca exclamó más contento que unas pascuas.

—¡Le falta el páncreas!

—¿…?

—¡Sí, sí, el páncreas! Su tío es el único ser humano que vive sin páncreas o, mejor dicho, que tiene instalado un páncreas artificial perfecto: electrónico, automático, aerodinámico. Un páncreas definitivo.

—¡…!

—Comprendo su extrañeza e imagínese usted la nuestra, cuando hace tres meses se sometió a su pariente a un examen radiológico y nos encontramos con este milagro de la tecnología dentro de don Evaristo. Desde entonces le han reconocido los más prestigiosos médicos del seguro e incluso, desde Cambridge, se desplazó con todos los gastos pagados el doctor William Berwanger, premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre pancreatenfraxis u obstrucción del páncreas.

—¿…?

—No hemos perdido el tiempo en estos últimos noventa días. Por aquí han pasado científicos de todo tipo, especialistas en inteligencia artificial, informáticos y hasta un astronauta. Le resumiré, para ser breve, las conclusiones a que hemos llegado. Primero: se trata de un páncreas artificial construido con un material desconocido y activado con un chip que genera su propia energía. Segundo: fue colocado en el cuerpo de don Evaristo hace más de setenta años, ya que el pobrecillo lleva siete décadas viviendo en este establecimiento. Tercero: el páncreas artificial es una bomba de relojería pues la mayoría de los especialistas opinan que en el circuito impreso se han podido detectar minúsculos explosivos de potencia desconocida que pueden actuar en el momento del fallecimiento del usuario.

—¿…?

—Exactamente, señor Cagigal. Nuestro gran temor es que, si su tío abuelo falleciese, Dios no lo quiera, el páncreas artificial podría ser destruido porque los desconocidos que lo colocaron ahí no estaban dispuestos a que los terrícolas se aprovechasen de su avanzada tecnología. Evidentemente estos caballeros, habitantes de otros planetas, eran unos desconsiderados y unos egoístas.

—¿…?

—La única solución que tenemos, según los expertos consultados, consiste en intervenir a don Evaristo y desconectar con el mayor cuidado el mecanismo electrónico para evitar la destrucción de la glándula. Una vez logrado el mecanismo electrónico podrá ser examinado y la ciencia dará, gracias a la familia Chamorro Cajigal, un paso de gigante.

—¿…?

—Me temo que sí, que como usted dice don Evaristo la espichará. Es una vida humana, ya lo sabemos, pero teniendo en cuenta de que se trata de un anciano de 105 años, con mucho pasado por delante pero escaso porvenir por detrás, parece lógico, aunque no sea ético, que su tío deje de existir para favorecer al género humano.

—¡…!

—Lo hemos tenido en cuenta señor Cajigal. Lo sabemos. Usted, como es lógico, no quiere que su tío fallezca porque al enterarse de su existencia le ha tomado cariño. Y para compensar su pérdida el gobierno español le gratificará con la no despreciable cantidad de cinco millones de euros.

—¡…!

Y el doctor Churruca, muy finamente, puso ante mí un pliego, debidamente reintegrado, para que estampase mi firma al pie. Cuando ya estaba a punto de hacerlo, llevado por mi espíritu cívico, el estridente sonido del teléfono nos interrumpió.

—¿Dígame? —preguntó el doctor Churruca y exclamó a continuación:

—¡No es posible, Dios mío! ¡Qué desastre, qué desastre!

—Y me miró con un aire tan compungido que lo adiviné todo antes de que pronunciase una sola palabra.

—Su tío ha muerto. Hemos llegado tarde; un ataque cerebral se lo ha llevado al otro mundo.

—¿…?

—Lo que imaginábamos. Inmediatamente después del óbito se produjo un derrame de sus venas y arterias y don Evaristo, que en paz descanse, se vació como una botella de vino tinto que se estrella contra el suelo y lo que sospechábamos ha sucedido. El páncreas ha desaparecido.

—¡Coño! —fue lo único que pude exclamar.

[MOCTEZUMA] Ordenó sobre la mesa de nogal las plumas, la navaja, el tintero y los pliegos de papel de barba que había mercado aquella misma mañana en la librería de don Lisardo Narváez, y se dispuso a escribir la historia que había imaginado durante meses. Decía que tenía vocación de escritor y quería demostrarle al mundo su valía y aspiraba a ser tan famoso como don Lope, tan respetado como Góngora y, como ambos hacían, aunque eso sí, de tapadillo, ambicionaba yacer con hembra placentera hasta quedar exhausto y medio muerto pues, como es bien sabido, los poetas en particular y los escritores en general son gentes rijosas de licenciosas costumbres y proceder liberal y despreocupado. Con letra de pendolista y una sonrisa en los labios comenzó su libro: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme», escribió de un tirón y sin respirar. Leyó el renglón y la felicidad del contador de historias recorrió todo su cuerpo y le sumió en un estado de placidez física. Ya era uno de ellos, ya había escrito su primera línea. El principio era bueno. Decidió continuar, mojó la pluma, la apoyó en el papel y, de pronto, ocurrió lo inesperado: se le nubló la vista, el cerebro se cerró de golpe y le faltaron al mismo tiempo el aire y las palabras; o sea, no supo cómo seguir ni qué escribir y poco a poco la sonrisa se trocó en asombro, la alegría en estupor y la confianza y el goce en pasmo y desespero. «Pero ¿qué ocurre aquí?», se preguntó alarmado al percibir que la inspiración se había ido sin despedirse; se rascó la cabeza dubitativo, y al comprobar que las letras se hacían las remolonas y las palabras se escondían detrás de los espacios blancos, garabateó unos dibujos al margen y azuzó a los personajes de la historia para que saliesen raudos de su madriguera. «¡Tenéis que vivir, malditos!», gritó cabreado. Insultó con palabras soeces a los seres que le sonreían como mentecatos desde el interior de su cabeza y les amenazó con el puño cerrado, les llamó a voces. Pero no hubo forma; todo resultó inútil. Veía las imágenes, pero no encontraba las palabras para describirlas. Se estrujó el magín, pero todos los esfuerzos resultaron baldíos. Sabía qué quería decir, pero no sabía cómo decirlo. Los sustantivos, los adjetivos y los verbos eran brillantes y escurridizos como sardinas recién pescadas y se le escurrían entre los dedos. Se burlaban de él y se negaban a obedecer sus órdenes.  No consiguió escribir la segunda línea. Se acordaba perfectamente del pueblo en que vivía don Alonso Quijano y lo imaginó leyendo los libros de caballerías y luchando con los molinos de viento convertido en Don Quijote; a su cuñado Sancho, que había sido testigo del suceso, le asignó el papel de escudero del enloquecido devorador de aventuras épicas y lo vio delante de sus narices cabalgando al lado del caballero montado en un rucio apestoso y a su vecina Benita, la de los pechos duros y generosas posaderas, la que hoy aceptaba sus caricias y mañana rechazaba sus ardorosos abrazos, la bautizó con el gracioso nombre de Aldonza/Dulcinea, porque quería inmortalizarla y vengarse de ella, porque la amaba y la odiaba a la vez, porque la veía en sueños y estaba presente en todos sus pecados, porque se le había metido en el corazón una noche de luna llena y allí se quedaría agazapada en el recuerdo hasta el fin de sus días, que lo que rompe el corazón de los poetas no es la pasión sino el recuerdo de las pasiones, la ceniza del amor y sus palabras inútiles y volanderas. ¡Qué guapa era Benita y qué distante le parecía ahora la sin par Dulcinea que tanto le había hecho sufrir en el Toboso! La historia la veía con toda claridad en su cerebro, la leía de corrido en su interior, pero su mano se negaba a plasmarla por escrito. ¡Oh, cielos, qué difícil es componer una historia y contarla con donaire y gracia!, se dijo a sí mismo el desdichado joven al comprobar que sus palabras de escritor eran perezosas y torponas y las ideas que bullían tan ricamente en su cabeza se resistían a salir al exterior para saludar al respetable. Lo intentó durante treinta días y treinta noches infructuosamente y desistió el día treinta y uno, un martes y trece, por más señas. Perdió una a una todas las batallas; las palabras le habían ganado la guerra y le habían dejado malherido y maltrecho. El lenguaje era un enemigo cruel y solo se rendía ante los elegidos. Una línea invisible separaba a los escritores de los que no lo eran y él estaba condenado a vivir al otro lado de la literatura y nunca sabría contar una historia. Jamás sería un poeta. «Me iré a las Américas a conquistar mundos nuevos», se dijo ante la evidencia de que la prosa no era lo suyo y en un hatillo metió sus pertenencias y arrugó la hoja de papel y renunció a la gloria literaria. Abur, adiós, hasta la vista, le dijo a las cuatro paredes. Cerró la puerta y con paso decidido se lanzó escaleras abajo y casi se da de bruces con el vecino del segundo piso, un viejo soldado amargado y manco, taciturno y altanero, antipático y huraño. El anciano, que casi pierde el equilibrio y a punto estuvo de rodar y desnucarse en la caída, masculló dos juramentos horrendos, dijo no sé qué sobre la parentela del joven, concretamente mentó a su señora madre, le amenazó con el puño cerrado y le pidió explicaciones por las urgencias y se llevó, con algo de chulería, la mano diestra a una daga diminuta que colgaba del cinto;  el joven, asustado, se inclinó con respeto y le contó el porqué de sus prisas, su proyecto de hacer fortuna en las Américas y la historia de su fracaso literario, esbozó con algún detalle la historia que no había podido escribir y le pidió perdón por la violencia involuntaria y le rogó aceptase como regalo los cuadernillos de papel, el tintero y la colección de plumas. «Ya no voy a necesitar para nada el recado de escribir y a vuesa merced, que según tengo entendido compuso algunas obras de mérito cuando era joven, tal vez le sean de utilidad», se lamentó contrito y para granjearse la simpatía del iracundo anciano sonrió con zalamería y le tendió papeles y chirimbolos. El viejo aceptó sus disculpas y sus regalos, le deseó buena suerte y le dio incluso la mano a regañadientes para demostrarle que había olvidado el incidente y que la afrenta había sido perdonada y le vio marchar hacia la gloria y las Américas como alma que lleva el Diablo.

Renqueando subió hasta el segundo piso, abrió con una llave mohosa la puerta desvencijada que, como es natural, chirrió y pidió a gritos algo de aceite y un trato más exquisito, y una vez en su casa desarrugó la hoja de papel y se puso a pensar en la historia que acababa de escuchar, una historia verídica y singular que había acontecido unos meses atrás en un pueblón manchego. «Un hombre que enloquece por leer sin mesura. ¡Qué fascinante! Este país nuestro es único y no tiene remedio», se dijo para su coleto. Le gustó lo que había escrito el joven en el único renglón que había logrado componer en un mes de trabajo: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». El texto le pareció espléndido. No se puede despreciar mejor, abofetear con más habilidad, herir con más crueldad. Les quita todo cuando les quita el nombre; les condena al olvido y al misterio. Qué grandeza de ofensa. El anciano llevaba cuatro lustros sin escribir y ya había perdido el hábito de hacerlo. Nunca había conocido el éxito y sus cuentecillos morales y sus plúmbeas historias habían aburrido a propios y extraños, a amigos y enemigos. El anciano no tenía la gracia de la gracia, ni se adornaba con la simpatía desbordante y nadie había dicho de él que era un hombre brillante y agradable. Jamás se le había acusado de ser inteligente, ni había pasado por agudo, ni se había murmurado de él que era original y divertido. No tuvo fama de ser un buen amante, ni un discreto oyente, ni un amigo leal, ni un padre tierno, ni un marido fiel. Nadie se había reído con sus historias o admirado su talento. Era pequeño, enteco, malhumorado, anodino, de hablar monótono, premioso, altanero, picajoso, violento y se decía, incluso, que era mal pagador y algo sablista. Encarcelado por deudas, apaleado por llevar mal las cuentas, preso y humillado en tierra de moros, deshonrado por la liviandad de su familia y corroído por la envidia que sentía por don Lope y el éxito que el fénix de los ingenios tenía con las actrices y las musas, se aburría mortalmente y veía pasar los días y esperaba con impaciencia una muerte que no acababa de llegar, una muerte que nadie sentiría y que costearía la caridad pública, porque el vecino del segundo piso no contaba con bienes materiales, no disfrutaba de rentas conocidas y disimulaba el hambre con el apetito, la necesidad con la insatisfacción, y compensaba los calores que sufría en verano con los fríos que padecía en invierno. «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme», leyó una vez más y una vez más le pareció un brillante comienzo. Aquello, sí, era España. Allí palpitaba lo telúrico, lo carpetovetónico, lo mestizo, lo fronterizo. Aquello era el horror y la bandera, el himno y la patria. Allí estaba España desnuda y sin tapujos, vieja y digna, soberbia y orgullosa. Desarrugó el papel y lo colocó con mimo encima de la mesa, abrió el estuche y tomó una de las plumas y con parsimonia abrió el frasco que contenía la tinta y reanudó su carrera de escritor. Llevaba veinte años sin componer una línea, pero se sentía joven y animado, ligero como una pavesa y cantarín como un zagal; por la ventana entró un rayo de luz, se posó sobre su cabeza y durante un instante la iluminó y pareció un busto de sí mismo, la estatua dorada de su breve anatomía. Escribió de corrido: «En un lugar de Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…».

El joven soldado, con los años, alcanzó fama y fortuna, conquistó México y se hizo inmensamente rico y solo a su íntimo enemigo, al cacique/emperador de los salvajes, le confesó una soleada tarde de primavera que durante treinta días y treinta noches había intentado ser escritor, pero que en tan dilatado período solo había conseguido escribir una línea. Al cacique, que era un hombre culto y triste, un general que había perdido una guerra, le pareció apasionante que el tosco español tuviese la sensibilidad de los poetas y le interrogó con la mirada.

—Sí, sí; solo conseguí escribir una línea. ¿Comprendes Moctezuma por qué llegué hasta aquí y soy soldado ahora? No tuve más remedio; las musas, querido amigo, no me dejaron ser un poeta y eso que luché con ellas a brazo partido. Y como no pude escribir un libro tuve que decapitar un dragón. Así es la vida, la guerra y la literatura.

El cacique insistió con la mirada y Cortés no tuvo más remedio que pronunciar la frase en voz alta después de tantos años; la dijo pomposamente, la recitó como lo habría hecho un actor mediocre y engolado.

Y Moctezuma, que no aplaudió la actuación de su adversario, tuvo que reconocer a su pesar que «en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme» era una excelente forma de empezar un libro y de terminar la crónica de un imperio que se desmoronaba para siempre, que se venía abajo sin remedio. Renunciar a la memoria y al nombre de las cosas era una forma hermosa de desvanecerse en el tiempo, de decirle adiós a la tristeza, a los fantasmas…

[CAÍN] La primera vez que William L. Rike, presidente de los Estados Unidos de América, fue atacado por un ratón de los llamados Mus musculus por los científicos, solamente lo comentó con su esposa, la primera dama, mientras veían un programa de televisión después de una jornada agotadora.

—Pero, William, querido, ¡si en la Casa Blanca no hay ratones! —le replicó Mary Bo sin darle importancia al incidente.

«No obstante, el presidente —relata Mary Bo Holiday en su libro Mis años junto al poder, página 354, párrafo 2º— tenía la certeza de que en su despacho un pequeño ratoncito feroz había intentado morderle metiéndose por la pernera del pantalón. Creo recordar que William se libró de él dándole un fuerte golpe y que el ratón, medio muerto, se refugió debajo de la pesada mesa de caoba. Su cuerpo nunca llegó a aparecer».

—Pamela, por favor, llame urgentemente al director de mantenimiento de la Casa Blanca y comuníquele que ayer en mi propio despacho pude ver un ratón y deseo que eso no vuelva a suceder.

—Sí, señor presidente —contestó por el interfono la secretaria.

Seis horas después el responsable del mantenimiento de la residencia presidencial presentaba un informe por triplicado, en el que intentaba demostrar que en los últimos cinco años no se habían detectado roedores en toda el área de vigilancia intensiva. «Me extrañó la petición porque se trataba de algo insólito —declaró a la Comisión Styl, legajo 34, informe 18, el funcionario Peter Foy— pero, no obstante, fue registrado minuciosamente el despacho y las dependencias anejas y aunque no se encontró ni cueva ni túnel por donde el roedor hubiese podido penetrar, se le aseguró al Presidente que se tomarían las medidas oportunas para que un hecho así no sucediese de nuevo».

En los quince días siguientes William L. Rike hizo la vida normal de un presidente de los Estados Unidos. Recibió al primer ministro de Tanzania, concedió una entrevista a un periodista inglés e informó al país sobre los acontecimientos que había tenido en cuenta para devaluar el dólar, con objeto de que las exportaciones yanquis fueran más competitivas: «Tenemos que ser realistas y soñadores al mismo tiempo; tenemos que superar la crisis con esfuerzo, trabajo y ahorro». Aunque las medidas iban a resultar impopulares para un amplio sector de la población, William confiaba en la sensibilidad del americano medio y en su sentido del deber. «Lo comprenderán —le decía a sus consejeros—, lo comprenderán y volverán a votarnos. La reelección está asegurada».

Fue en el lago Míchigan donde una enorme rata le atacó con ferocidad. «El Presidente estaba solo en su bote intentando pescar —declaró a la Comisión Styl, legajo 17, informe 42, el agente del FBI Romualdo Escudero—. Nosotros estábamos en la orilla y una lancha rápida lo custodiaba a una distancia prudencial. Todo el mundo sabía que al presidente le gustaba la soledad y, aunque por imperativos de su cargo tenía que estar permanentemente protegido, se procuraba camuflar la vigilancia para que el primer magistrado del país tuviese cierta intimidad y una razonable libertad de movimientos».

El presidente se percató de la existencia de la rata cuando la caja que la transportaba chocó con su embarcación. William miró hacia la izquierda y vio a la rata sentada sobre las patas traseras mientras que con las delanteras se atusaba los bigotes. El presidente sintió repugnancia y con un golpe suave de remo se alejó de la caja. La rata mientras tanto le observaba atentamente y de pronto ¡zas!, dio un salto de cerca de dos metros y cayó al interior del bote. «Yo —recuerda el agente Romualdo Escudero— me di cuenta inmediatamente de que algo extraño estaba sucediendo. Vigilaba con unos prismáticos, cuando noté que el señor Rike luchaba a golpes de remo con alguien o algo que no pude distinguir. La motora tardó, aproximadamente, un minuto y treinta segundos en acercarse al bote y los agentes encargados se encontraron al presidente sumamente excitado y sudoroso, al borde de la histeria, golpeando enloquecido la embarcación con lo que quedaba del remo». «¡Me ha atacado una rata! ¡Una rata enorme ha querido morderme!», gritaba exhausto, y los hombres que lo atendieron se dieron cuenta de que el presidente lloraba y temblaba como un niño.

Este fue —según las conclusiones de la Comisión Styl— el primer incidente grave; el primer síntoma que alarmó a los consejeros de William y a sus familiares más íntimos. El doctor Oelman, amigo del clan Rike y excelente psiquiatra, le interrogó a fondo sobre la desagradable experiencia pues el presidente, consciente de sus muchas responsabilidades, quería llegar hasta el fondo de la cuestión.

—Si es preciso me someteré a todo tipo de test y vigilancias médicas, pero quiero saber con certeza si todo fue una sugestión o realmente fui atacado por una rata gigantesca.

—Si era una rata gigantesca tenía que ser necesariamente un republicano —contestó Oelman y los dos viejos amigos rieron hasta desternillarse.

Oelman le miró con cariño cuando le dijo:

—Me gusta que no hayas perdido el sentido del humor. No te preocupes, William, no puede ser nada grave; te ayudaremos.

«¿Que le contestó usted al presidente cuando sugirió someterse a reconocimientos psiquiátricos?», preguntó el Juez Styl al Dr. Oelman, legajo 18, informe 7- «No lo recuerdo, Señoría, pero creo que en aquel momento lo único que pretendía era tranquilizarle. Tenga usted en cuenta que todas las personas implicadas teníamos serias dudas sobre la veracidad de lo relatado por el presidente. No se encontró ni la rata ni la caja que la transportaba y los expertos, después de examinar cuidadosamente el bote y lo que quedaba del remo, certificaron que no se detectó ningún indicio, resto, pelo, sangre o excremento del roedor. Si William L. Rike luchó con la rata y la hirió, era lógico pensar que el animal debería haber dejado algún tipo de rastro. El Epimys norvegicus, o sea, la rata gris, es un animal repugnante, pero muy fácil de seguir, desprende constantemente pelo y su olor es característico».

«¿Qué hicieron ustedes después de realizar los análisis?» —inquirió Styl—. «Confeccionamos un dossier y se lo entregamos al presidente. Él era el primero que tenía que saber que algo anormal estaba sucediendo. Consideramos que no podíamos mantenerlo al margen y que ese era nuestro deber».

—¿Este informe significa que soy un neurótico? —preguntó William a su médico—, ¿está en peligro mi equilibrio psíquico?

El doctor Oelman reflexionó unos momentos antes de emitir un diagnóstico. No estaba seguro de nada. Conocía a William desde que era un muchacho, desde la Universidad y, como todo el mundo en los Estados Unidos, sabía que se trataba de un auténtico líder político, de un hombre emprendedor y reflexivo, entrenado para tomar decisiones y sin ningún tipo de tendencias neuróticas.

—No lo sé. Honradamente no estoy capacitado por ahora para emitir un diagnóstico —dijo Oelman—. Objetivamente considerado parece que ni el ratón de tu despacho existió, ni la rata del lago llegó a atacarte. Todo apunta hacia unas alucinaciones motivadas por el estrés y el exceso de trabajo. Tu mente está diciendo que no; que no puede más, que abandona. Has llegado al límite de la resistencia humana. Perdona esta frase grandilocuente, pero como médico te receto un descanso y como amigo te ruego que obedezcas al médico.

El presidente se retiró a Virginia con el propósito de descansar durante quince días. Hacía más de diez años que no disfrutaba de un período de vacaciones tan largo y todos sus consejeros íntimos estimaban que era una barbaridad el ritmo de trabajo con que el primer magistrado había sometido a su resentida anatomía: «¡A descansar, William!», dijeron a coro sus amigos. Solamente los íntimos colaboradores, consejeros y algunas magistraturas del estado fueron informados de los hechos ocurridos. A la prensa y al público se les habló de un agotamiento físico, de unas vacaciones imprescindibles. Se cancelaron visitas, se pospusieron discursos, se aplazaron reuniones y William L. Rike, el hombre más ocupado del planeta, se encontró consigo mismo en el viejo rancho que había pertenecido a sus abuelos.

«Fueron unos días inolvidables —recuerda la primera dama en su libro Mis años junto al poder, página 407, párrafo 4º —William estaba relajado y tranquilo, de un magnífico humor. No parecía preocupado ni presionado por ningún problema y se paseaba por el rancho optimista y alegre. Volvió a montar a caballo y se pasaba las horas jugando con nuestros hijos. Cuando ocurrió yo estaba al otro lado de la casa. Oí un ensordecedor ruido de cristales rotos y sin ningún motivo aparente comprendí que algo espantoso le había ocurrido a mi marido».

El ataque se produjo en el cuarto de baño mientras el presidente se duchaba. Tres ratas se lanzaron sobre él con una inusitada ferocidad. Le mordieron, le desgarraron la piel. Con sus diminutos dientes se colgaron de su cuerpo y William sintió cómo el pelo hirsuto de los roedores se restregaba contra su pecho enjabonado. Vio los ojillos malignos de las ratas y sus hocicos puntiagudos que le mordían sin piedad. Logró desprenderse de uno de los animales y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el mármol de la pared. Se defendió como pudo de las dos ratas restantes y aunque pudo desprenderse de una de un manotazo comprendió que la otra no le soltaría fácilmente. Le tenía sujeto por el cuello y el presidente notaba cómo los dientes de la rata profundizaban más y más en su carne. El roedor le iba a matar; iba a terminar con su vida si no tomaba una drástica decisión. Entonces vio la vidriera y no lo dudó un instante. Se arrojó al vacío y cayó desde una altura de tres metros envuelto en una nube de cristales rotos. El presidente se desvaneció como consecuencia del tremendo golpe y no recuperó el sentido hasta cinco horas después, aunque por aquel entonces la opinión pública sospechaba que algo trágico le estaba sucediendo al hombre que regía los destinos del mundo.

—¿Cómo te encuentras, querido? —fue lo primero que oyó cuando abrió los ojos y comprobó que estaba rodeado por su esposa, el doctor Oelman y un numeroso grupo de médicos y enfermeros.

—Me atacaron… —balbuceó e inmediatamente notó en la cara de todos ellos un gesto de sorpresa y vio cómo Mary Bo se enjugaba una lágrima furtiva.

—Estaba escayolado de arriba abajo; había sufrido múltiples fracturas y el cuerpo lo tenía tumefacto y dolorido; los cristales le habían producido minúsculas heridas, llagas profundas, innumerables erosiones. El doctor Oelman se acercó al herido y le habló con lentitud, vocalizando las palabras exageradamente.

—William, tranquilízate; todo está bien, todo está controlado. Olvida los problemas. Has sufrido un terrible accidente, pero te curaremos. Vamos a trasladarte al Hospital General de Washington. Relájate, amigo mío.

El avión presidencial aterrizó suavemente y a los pocos minutos una ambulancia trasladó al ilustre herido al centro hospitalario mejor montado del país. El mundo, que estaba desolado, presenció en directo, transmitido por las principales cadenas de televisión, a un William L. Rike malherido y humillado. ¿Se trataba de un atentado o era un simple accidente? ¿Los planes vanguardistas y el acercamiento al tercer mundo seguirían adelante con un presidente fuera de combate? Las agencias de prensa difundieron de una manera ambigua determinadas filtraciones que se habían producido en la Casa Banca. Se comentaba que el presidente sufría alucinaciones y que el terror que sentía por los múridos le hacía imaginarse espantosos ataques de ratas y ratones. ¿Bebía William L. Rike? ¿Era un alcohólico el primer magistrado de los Estados Unidos? Las noticias se produjeron precipitadamente formando un caos de rumores, comentarios, opiniones y dictámenes de los expertos. William fue operado de una lesión en la columna y los doctores, en un comunicado oficial, notificaron al mundo que el herido no se repondría totalmente de sus múltiples lesiones hasta pasados tres meses.

«Doctor Oelman —preguntó el Juez Styl, legajo 19, informe 4—, ¿cuál fue su actitud con el presidente a partir de ese momento?». El testigo reflexionó durante unos segundos. «De cautela, Señoría. Todos estábamos convencidos de que el señor Rike había perdido la razón y que el mundo, sin su presencia activa, había sufrido una amputación muy peligrosa para el equilibrio de fuerzas. Se produjo eso que los sociólogos llamaron desde entonces vacío de poder. Creo que esta expresión se acuñó en aquellas horas de estupor. Los momentos eran muy delicados y optamos por aplicar una terapia de choque. La mente humana es sumamente compleja y en ocasiones genera las armas suficientes para curarse a sí misma; de hecho, muchas alteraciones mentales se superan con el médico, sin el médico y a pesar del médico». «Perdone, doctor Oelman, pero ¿está usted tratando de decirnos que en caso de desequilibrios psíquicos puede ser una buena solución que la parte sana del cerebro luche contra la parte enferma para tratar de liberarla de fantasmas y alucinaciones?».«Exactamente, Señoría, ese es el mecanismo que se produce en todos los casos, enfermos o no. La lucha es pavorosa en el interior de nuestras cabezas. La locura trata de devorar a la razón, quiere seducirla, convencerla. La locura no cesa en su acoso; desde que el hombre nace y hasta que muere esa batalla se libra en su interior, pero las fuerzas son tan equilibradas que rara vez se produce un triunfo total de la mitad del cerebro sobre la otra mitad. Cuando la cordura gana la batalla y derrota totalmente a la locura el resultado es un hombre mediocre y aburrido; si gana la locura se produce la demencia, pero cuando las fuerzas están equilibradas surgen las peculiaridades personales. Fruto de la locura es la poesía, el arte, la invención. El mundo se estancaría sin los casi locos, lo mejor del ser humano es ese gramo de locura que nos permite soñar lo imposible, desear la utopía, luchar contra la injusticia. Técnicamente son locos los revolucionarios, los santos, los héroes y los poetas. Hace falta un loco que sueñe cada día que hay que cambiar el mundo y un batallón de cuerdos que le hagan caso, se pongan a trabajar y lo consigan. El progreso se produce como consecuencia de esa lucha sin cuartel. Le dijimos al señor presidente lo que estaba ocurriendo en su interior y le invitamos a resistir, a no darse por vencido. Le explicamos que todo había sido una ilusión, un mal sueño, y que la ciencia no podía hacer nada positivo. Él y solo él era el que podía derrotar a los fantasmas de su cerebro, porque el psiquiatra es en muchos casos solo un testigo ante la locura; el que le extiende el certificado de nacimiento».

El presidente, después de escuchar atentamente a su médico, se quedó anonadado, silencioso. No sabía qué responder.

—Peter, contéstame a una pregunta con toda claridad. ¿Pueden atacarme las ratas de nuevo? ¿Es posible que sufra otra alucinación?

—Es casi seguro y tendrás que luchar contra ellas. A la neurosis hay que hacerle frente, plantarle cara. Las ratas y los ratones están en tu imaginación; son tus miedos ancestrales, tus angustias disfrazadas de bestias. Volverán, sí, y tendrás que vencerlas para sobrevivir.

Las ratas no dieron señales de vida durante los días sucesivos. El presidente, que estaba totalmente inmovilizado por la escayola pero que podía girar ligeramente la cabeza y el brazo derecho, observaba atentamente cualquier movimiento sospechoso, cualquier ruido extraño. El presidente era un hombre valiente y estaba deseando enfrentarse con sus miedos, fantasmas y alucinaciones; quería vencer a las ratas imaginarias con la fortaleza de su mente. «Cuando me ataquen —pensó— adquiriré conciencia de que no existen y las ratas se esfumarán, desaparecerán. Tengo que luchar contra la locura; no puedo dejarme vencer por la neurosis».

El cuarto ataque se produjo exactamente dos semanas después. Fue a las tres de la madrugada, cuando William L. Rike dormía profundamente bajo los efectos de unos suaves sedantes. Se despertó poco a poco y le pareció notar que algo se movía sobre su pierna escayolada; se trataba de un movimiento nervioso, un ir y venir rápido, ligero, veloz. «Es una rata» —pensó espantado— y aunque le dieron ganas de gritar se contuvo porque recordó que todo era una ilusión, una fantasía de su mente enferma. La rata ascendió por su pierna escayolada, se paseó unos momentos por el pecho y se acurrucó junto a su cara. El roedor olisqueó su boca e intentó abrirla utilizando las pequeñas patas como ganzúa. «¡Oh, Señor, dame fuerzas para no gritar!», pensó el presidente y contuvo el aliento para que la paz volviese a su cerebro. La rata no se dio por vencida e intentó abrirle la boca metiéndole por la comisura de los labios el hocico puntiagudo. William apretó los dientes con todas sus fuerzas y la rata excitada, chilló nerviosa. El presidente no pudo resistir más y abrió la boca…

«No fue exactamente un grito, Señoría —declaró la enfermera Silvia Bowen, legajo 19, informe 3— fue un aullido, un bramido espeluznante, un terrible alarido. El espectáculo que nos encontramos era dantesco. El presidente estaba en el suelo víctima de unas convulsiones violentísimas. Tenía los ojos desorbitados y por la boca expulsaba espuma y abundante saliva. Los médicos le reconocieron y se lo llevaron al quirófano para operarlo de nuevo. Las escayolas estaban destrozadas y los brazos y piernas del presidente colgaban inertes, como si fuesen de trapo».

Fue una noticia de primera página en todos los periódicos del mundo: «William L. Rike ha perdido la razón. El presidente ha enloquecido por las presiones que ha tenido que soportar. ¿Es la locura la enfermedad de los ejecutivos?». El rostro de Mary Bo Holiday, lloroso y preocupado, apareció en las revistas ilustradas y todos los reporteros del mundo soñaron con conseguir una fotografía del presidente con la camisa de fuerza. William era el líder caído, lo que quedaba de un mito que había hecho soñar al mundo, los patéticos restos de un supermán de nuestro tiempo.

Prueba testifical —legajo 25, informe 32—. Juez Styl: Por favor, doctor Oelman, ¿podría describir ante esta comisión las medidas médicas que se adoptaron en vista del curso de los acontecimientos? Dr. Oelman: «Con mucho gusto, señor juez. A raíz de la alucinación del 15 de febrero el presidente perdió definitivamente el juicio. Enloqueció y nosotros no pudimos hacer nada para ayudarle. Decidimos, por lo tanto, trasladarlo a un ala del edificio que fue convenientemente acondicionada. Los alaridos de terror, los gritos de espanto, se hicieron cada vez más frecuentes en las largas noches de insomnio que el enfermo tuvo que padecer. Recuerdo que todos estábamos acongojados porque el hombre que había sido el símbolo del poder se convirtió en un guiñapo de ojos extraviados y mirada ausente». Juez Styl: «¿Tuvo otras alucinaciones después del 15 de febrero?». Dr. Oelman: «Sí, Señoría, a partir de esa fecha no pudimos controlar su mente y prácticamente todas las noches se producía el mismo tipo de crisis».

William sentía cómo las ratas ascendían por sus piernas escayoladas olisqueando sus muslos, sus testículos, sus axilas. Le hacían abrir la boca y aunque no volvieron a morderle ni a causarle ninguna herida, la repugnancia que le inspiraban terminaba por hacerle vomitar. El terror se convirtió en asco. Llegó a distinguir a sus dos verdugos por el peso, por sus hábitos, por sus instintos atávicos. Venían a recoger su comida diaria para sobrevivir; él era solo una despensa, el que les suministraba el rancho de vómito y de miedo, y ellas luchaban entre sí para llevarse la mejor parte. William lloraba y gritaba enloquecido: «¡Dios mío! ¡Dios mío!».

El equipo de facultativos en un comunicado conjunto diagnosticó un desequilibrio total e irreversible: «El Presidente podrá conseguir la paz interior a base de descanso y sedantes, pero no volverá a ser el mismo». Los acontecimientos se sucedieron con toda rapidez; se precipitaron para variar el curso de la historia y todo fue regulado de acuerdo con los principios jurídicos y lo que determinaba la Constitución. William L. Rike fue incapacitado y sustituido en la presidencia de los Estados Unidos por Samuel Capote Sunderlan, que hasta ese instante había sido el vicepresidente, un hombre gris dentro del equipo presidencial, el segundo nombre de la candidatura demócrata.

A bordo de un avión que lo trasladaba de Chicago a Washington, Samuel Capote prestó juramento poniendo la mano sobre una Biblia que después desapareció misteriosamente. Los testigos presenciales aseguraron que, a pesar de su rostro compungido, el nuevo presidente se sentía satisfecho y feliz y que su esposa, una rubia ordinaria y gorda, ni siquiera se tomó el trabajo de disimularlo y aparecía en las fotografías sonriente y satisfecha. En los círculos políticos de Washington se consideraba a Samuel Capote como un hombre ambicioso, poco brillante, trabajador y prudente, por eso a nadie sorprendió que la política USA diese un giro a la derecha y el acercamiento a los países del tercer mundo se quedase convertido en el sueño de un loco que seguía luchando contra sí mismo metido en una camisa de fuerza.

William lloraba mientras las ratas hacían su trabajo. Había aprendido que gritar no conducía a ninguna parte. El sacrificio se tenía que consumar todas las noches. La lámpara del techo se encendió y entró en la habitación el doctor Oelman. Un hombre que lo seguía hizo sonar un silbato y las dos ratas, con toda docilidad, abandonaron su presa y se metieron en una jaula que había en un rincón de la sala. El doctor Oelman se acercó a la cama y le miró a los ojos. En el rostro de su viejo amigo creyó distinguir un sentimiento de piedad.

Descansa sin temor, William. Te aseguro que las ratas no volverán a visitarte nunca más.

En un momento de lucidez William L. Rike, ex presidente de los Estados Unidos de América lo comprendió todo: Había sido víctima de una conspiración, de un complot. «Aunque, tal vez —se dijo a sí mismo— esta escena que estoy viviendo puede tratarse de una fantasía de mi pobre mente».

Y en realidad nunca llegó a enterarse de dónde se escondía la verdad porque Caín, la mitad enferma de su cerebro, devoró a su hermano Abel y lo sumió para siempre en la locura.

[EN PORTADA: Penacho de Moctezuma]


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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