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Cultura

Instante múltiple y sensación verdadera

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/ por Antonio Monterrubio /

La frase Fueron felices y comieron perdices resulta hoy incomprensible para muchos. ¿Cómo es posible ser dichoso con semejante repetición de menú? Evidentemente, de aquello de Contigo, pan y cebolla ya ni hablamos. Además ¿qué significa perdices? En nuestra época de elevada cultura gastronómica se ha de precisar si son escabechadas, braseadas con aceitunas, estofadas o acompañadas de salsa de setas shiitake. Viene más a cuento que nunca una anécdota referida al rey francés Enrique IV, al que su confesor reprochaba sus innumerables escarceos extramatrimoniales con amigas entrañables. El monarca hizo que le sirvieran perdiz en comidas y cenas. Al cabo de dos semanas, el clérigo acabó por solicitar mayor variedad, ante lo cual el rey, que no esperaba otra reacción, le espetó «Entonces […] no se extrañe si cambio: ¿siempre perdices?, dice Usted; y yo respondo a mi vez: ¿siempre la misma mujer?» (Cousin d’Avallon: Le nouveau tambour du monde). Actualmente, en efecto, gran parte de la población no se aviene a disfrutar de la vivencia de una experiencia a largo plazo. La obsesión por la renovación está a la orden del día. Conservar coche, casa o muebles durante años es cosa de pobres desgraciados. No hay más que ver a nuestros aprendices de Masterchef y gourmets vocacionales buscando no repetir plato dos veces, así sea buey de Kobe o caviar Beluga. Por supuesto, seguir al lado del mismo rey o la misma reina es considerado exclusivo de quien no tiene otra opción. Esa alergia a los lazos estables es visible en múltiples facetas de la vida. Las propias relaciones entre seres humanos se han vuelto materia frágil, de fácil rotura, como de modo contundente muestra Bauman en su Amor líquido.

Todo tipo de vínculos han caído bajo el imperio de la mentalidad del consumo de usar y tirar, de la obsolescencia programada. Muy indicativo de la profunda degradación sufrida por Eros es que una expresión como sexo telefónico sea aceptada como designando un ente real. Sin embargo, debería provocar la misma perpleja hilaridad que pensar en algo tan inimaginable como un tratado azteca de hípica o tan imposible como el rugby por correspondencia. En el libro antes citado se menciona una frase de Adrienne Burgess que resume estos nuevos valores alumbrados por el tardocapitalismo: «Las promesas de compromiso son insignificantes a largo término». La vida líquida que nos inunda es una catástrofe moral. Cuando lo que era y debía ser sólido cambia de estado, no sólo termina licuado, sino liquidado. Un escritor barcelonés cuenta una anécdota reveladora al respecto. Durante su visita a un campo de concentración vio a numerosas personas solas, en pareja o en grupos, sacándose fotos en la verja de entrada. Entre el pasmo y la rabia, contempló cómo ponían morritos, sacaban bíceps o hacían toda clase de monerías ante el ominoso letrero Arbeit macht frei. Esa inconcebible disociación entre el significado del lugar y la actitud de los turistas pone de manifiesto una atrofia de la musculatura ética francamente descorazonadora (David Aliaga: Un selfie a las puertas de Dachau).

La colonización completa de las mentes es el último desafío del capitalismo tardío. Las tecnologías de la dominación han justificado por siglos los sacrificios y las miserias con la promesa de un resplandeciente destino, primero en otro mundo de eterna beatitud, luego en este para los descendientes y, finalmente, para los propios sufridores aquí y en un plazo muy próximo. En las décadas recientes, esto había virado hacia el convencimiento de habitar ya una brillante realidad que no puede sino hacerse más y más deslumbrante con el paso de los meses, no ya de los años. Coincidiendo con el mayor auge del pensamiento único, el fin de la historia y el comienzo del milenio que predicaba el neoliberalismo triunfante, se instaló la convicción de que la acumulación de gadgets y bibelots o experiencias a cual más gratificante nos mantendría en una euforia indefinida. Todo se anunciaba predecible y controlable, nada había que temer, la vida iba a convertirse por fin en un largo río tranquilo. Los años transcurridos entre aproximadamente 1980 y 2007 son el último periodo de esplendor de la Totalidad. Con el estallido de la crisis económica y la clara visión de que las circunstancias no van a ser como antes en mucho tiempo, el brillo del radiante presente y del todavía más radiante porvenir se ha disipado. El mito está perdiendo sus prestigios. Cada vez es más difícil anclar en la cabeza de la gente la disonancia cognitiva entre la obligación de sentirse bienaventurado y el estado real de las cosas. La incertidumbre que acecha sobre el ahora —y más aún sobre el mañana— está comenzando a corroer la creencia de que Todo es perfecto, Todo es inmejorable, Todo es pura satisfacción, bienestar, placer. La falacia está quedando de nuevo al descubierto. La fábula de la Dicha persistente y progresiva se desvanece a medida que la realidad sale a la luz. Y la sabiduría ancestral viene a iluminarnos: «Vivir felices, todos lo quieren, pero andan a ciegas tratando de averiguar qué es lo que hace feliz una vida; y hasta tal punto no es fácil alcanzar la felicidad en la vida que, cuanto más apresuradamente se dejan llevar hacia ella, tanto más se alejan y se desvían del camino» (Séneca).

[EN PORTADA: Gota de rocío, de M. C. Escher (1948)]


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca y ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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Cultura

Miguel Hernández: la construcción del amor

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/ por Antonio Gracia /

Consustancial es al hombre la búsqueda y hallazgo del rincón de la mente donde levita la paz que el mito del edén ha despertado en la conciencia universal. Ese lugar interior lo llaman unos dios y otros lo llaman diosa, todos amor, ausencia de dolor. En esa zona erótica caben tanto la sublimación del trovador como la divinización del asceta. Iguales desasosiegos del júbilo gozoso encarnan los éxtasis del corazón, presuntos en el «muero porque no muero» (Teresa de Cepeda, Juan de Yepes), la «muerte que das vida» (Luis de León) o la «blanda muerte» de Celestina: de Celestina: todos son túneles que desembocan o trasiegan el «amor dulce» melibeico. Más lejos, pero igualmente cerca en el concepto, Shakespeare, por boca de Romeo, afirma la esencial contradicción del amor, «hiel que endulza y almíbar que amarga» (Acto I, 1ª). Nada sorprende que el amor divino sea sentido con la misma desazón que el humano, porque son jánicos latidos de un mismo corazón. La diferencia entre el amor profano y el divino estriba en que el primero puede saciarse en el ser amado, la otra persona semejante a quien ama, y en el segundo el amante se esquizofreniza en la proyección de sí mismo sin identidad tangible. Esa creación del hombre utópico provoca la paranoia de un Tú Supremo que alcanza su frenesí en el misticismo y el trovadorismo.

Parece indudable que el interiorismo lírico de los años de cárcel de Hernández está determinado, además de por la nerudización del petrarquismo, por su tangencia con la mística. Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado. Enjaulado el animal erótico que fue Miguel Hernández, sentiría en aquella soledad la «mordedura de una punta de seno duro y largo» y la «picuda y deslumbrante pena» (El rayo que no cesa, 4) de su ausencia. La lava sensual precisa derramarse: y Hernández proyecta la concupiscencia del acto sexual al hecho paternal, fructificando la energía amorosa en la materia grávida de la esposa y el hijo. El interiorismo hernandiano es una introspección amorosa, un misticismo sin divinización. El proceso es como la ascesis: el vacío interior de quien todo lo ha perdido («Ausencia en todo siento, / ausencia, ausencia, ausencia»; «A mi lecho de ausente me echo como a una cruz». Cancionero, 29; «Orillas de tu vientre») es semejante al de quien se ha liberado de las pasiones: «Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón», afirma Juan de Yepes (Avisos, 15), anticipándose al matar la voluntad de vivir de Schopenhauer. Y el hueco abierto por esa renuncia se llena con sueños, recuerdos, dioses, personas. La cárcel, al impedirle andar por los caminos del cuerpo, hace volar a Hernández hacia adentro por los paisajes sin fronteras de la esperanza. En el poderoso poema «Antes del odio» se reúnen las conclusiones de las constantes y recurrencias de tantos autores que han creído en la salvación por el amor y en el amor como redención. Desde que Dante se sobrevivió en Beatriz, Petrarca en Laura, Rojas en Melibea, Cervantes inventando a Dulcinea, Lope garcilaseando a tanta Dorotea, Quevedo en Lisi y besos convertido, Goethe acosando a Margarita, Beethoven soñando con la Amada Lejana, Hölderlin ensimismándose en Suzette, Schumann reciclándose en Clara, Wagner trascendiéndose en Isolda, incluso Leonardo transfigurándose en Gioconda… Esas mujeres, hechas de sueño y arte, fueron la panacea mental de sus creadores. Y Miguel Hernández se inscribe, superándola al carnalizarla, en esa tradición. No otra cosa respiran —a través del Quevedo de «Amor más poderoso que la muerte»—, devolviendo la temática a su origen, muchos de sus últimos poemas.

De Quevedo procede la eternificación del amor como esencial y pura biología: si en este el amor ha ardido en las «médulas», en Hernández hay «una revolución dentro de un hueso» (El rayo…, 20), y si aquel sigue enamorado en su muerte, es decir, si Quevedo siente que será una ceniza sintiente, una muerte enamorada, Hernández no perdona «a la muerte enamorada», esto es, al amor que perdura en la muerte o tras ella. He aquí algunas expresiones del gran misógino a su pesar (porque, enamorado del amor, odia el ser —la mujer— que no entraña la estatura erótica que ansía): «La llama de mi amor/…/ ni mengua en sombras ni se ve eclipsada», «Llama que a la inmortal vida trasciende,/ ni teme con el cuerpo sepultura,/ ni el tiempo la marchita ni la ofende», «Señas me da mi ardor de fuego eterno», «Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo»… Afirmaciones que tienen ilustres valedores: en Lope, porque «Amor que todo es alma será eterno» (La Dorotea, V), y en Carrillo y Sotomayor, pues los efectos del amor, como «hijos del alma son, son inmortales» («Hambriento desear…»). Ya Garcilaso había anhelosamente escrito que iría hasta Isabel, puesto que «muerte, prisión no pueden, ni embarazos,/ quitarme de ir a veros, como quiera,/ desnudo espíritu u hombre en carne y hueso» (soneto IV).

La ceniza sintiente —el «polvo enamorado»— engendra el «polvo liviano» de «los enamorados y unidos hasta siempre» que «aventados se vieron,/ pero siempre abrazados» («Vals»), como en la «Balada» de Gil-Albert será «polvo amoroso». «Hasta siempre» porque la boca amante ya es una boca inmensa y succionante (como «La dulce boca que a gustar convida/ un humor entre perlas destilado», del otro cortesano nemoroso que fue Góngora), y ya su amor es un «beso que viene rodando/ desde el primer cementerio/ hasta los últimos astros» («La boca»). Pues si un hombre es todos los hombres, como en un punto del universo se concentra todo el universo, una boca es todas las bocas y un beso todos los besos. El amor es, de este modo, una energía renovándose, indestructibilizándose, reviviéndose en cada pareja, como un ejército de amantes que avanza desde la prehistoria hasta el futuro. Por eso, cuando «he poblado tu vientre de amor y sementera,/ he prolongado el eco de sangre a que respondo» («Canción del esposo…»).

Arraigadamente perdura entre los coetáneos hernandianos la negatividad amorosa, consecuencia de una prevaricación del erotismo: la Belleza provoca una invasión de los sentidos que sumerge al sentidor en ansias de inacababilidad del sentimiento sensitivizado. Tal detenimiento y apropiamiento del instante y tal dulce agresión rememoran el locus amoenus más entreverado en el inconsciente individual y colectivo: el paraíso edénico, el gozo de la paz ilimitada e indesaparecible. Adquiere —y lo ambiciona— el rostro de la intemporalidad y la divinidad. No es extraño que J. R. J. sinonimizase la Belleza con un dios deseado y deseante, en intercambio mutuo de jubilosa identidad y posesión. La belleza física es sinestésica de la emoción síquica, y ambas despiertan la voluptuosidad de cuerpo y alma, del juglar y del místico. Así, Dámaso Alonso sonetiza una «Oración por la belleza de una muchacha» y plantea la dicotomía —el dilema— mortalidad, inmortalidad (carnalidad, espiritualidad): «Mortal belleza eternidad reclama./ ¡Dale la eternidad que le has negado!». Es la misma perentoria necesidad trascendentalizadora, y de la estirpe quevedesca arriba recordada, de A. Machado cuando pregunta en sus Soledades: «¿Y ha de morir contigo el mundo mago/…/ Los yunques y crisoles de tu alma/ trabajan para el polvo y para el viento?». La contemplación de la hermosura inspira a Alonso un pálpito que desea inacabable. Y quizá por la dolorosa decepción ante la imposibilidad de tal deseo es por lo que su concepción del erotismo carnal (precisamente porque lo siente como antagonista del erotismo místico) se estanca en una Oscura noticia del amor, puesto que lo continúa entendiendo como «monstruo fugaz, espanto de mi vida,/ rayo sin luz…/ amor, amor, principio de la muerte» («Amor»). Similar expresión hay en G. Lorca: «Amor de mis entrañas, viva muerte»  («El poeta pide a su amor que le escriba»). También Cernuda, por los distintos caminos de Los placeres prohibidos, llega al mismo punto de tragedia: «Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman…». Y Salinas: «Amor, amor, catástrofe./ Vamos,/ a fuerza de besar,/ inventando las ruinas/ del mundo,/ por entre el gran fracaso…» (La voz a ti debida). La personalidad regeneradora de Hernández y su diferente resolución del tema erótico se constatan al constrastarlo con Aleixandre, quien en «Unidad en ella» permanece, inserto entre los topoi conceptuales, en la claustrofobia trovadórica del amor como autodestrucción: «Muero porque me arrojo, porque quiero morir…/ quiero amor o la muerte,/ quiero ser tú». Ese aleixandrino es aún muerte, no vida, no es la renovación, sino la contumacia del dolor del desamor entendido como amor (entendimiento que tanto ha maculado la conciencia de la cultura occidental, y que aún persiste en El rayo).

Contrariamente a ese fatalismo ancestral, me parece «Antes del odio» uno de los textos más esperanzados —más vivos— de cuantos se hayan escrito: un hombre encarcelado descree de la cárcel y afirma la libertad como su identidad. En esa cárcel física, y «roto casi el navío» de la vida, Hernández sentiría como propia la clara voz luisiana: «Un día puro, alegre, libre quiero», parece respirar palimpsésticamente bajo el verso «alto, alegre, libre soy». La sustancia amorosa le hace sentirse parte sustancial del amor (la tesis de Quevedo; no en vano Machado recuerda presocráticamente, en «Rosa de fuego»: «Tejidos sois de primavera, amantes,/ de tierra y agua y viento y sol tejidos»), concebido como un todo del que la amada es la otra parte. De modo que, al estar el todo en cada parte, en cada parte (más allá de los sofismas eleáticos, porque en la mente, tanto o más que en el universo expansivo, caben la materia y la antimateria) está el todo: Hernández es un ser libre porque la amada es libre: «en tus brazos donde late/ la libertad de los dos». Y por eso, la risa del hijo, fruto del amor, mantenedor y levitante de sus atributos, «hace libre» y «arranca cárcel» a Hernández, y el planto alegre de las «Nanas» ya no es una jaculatoria sonriente y desgarrada, sino una densa metafísica. Y por lo mismo igualmente, quien dijera «Para qué quiero la luz/ si tropiezo con tinieblas» («Guerra»), concluye que hay «un rayo de sol en la lucha/ que siempre deja la sombra vencida» («Eterna sombra»). Solo por amor. Admirable victoria sobre sí mismo de quien se había asediado en el pozo de amargura que es el Cancionero.

Así, el «polvo enamorado» vencedor de la muerte engendra una «muerte reducida a besos» («La boca»): la muerte es otro amor esperando ser resucitado en otras bocas de otros cuerpos de otros amantes de otros tiempos; y siempre: «Proyectamos los cuerpos más allá de la vida/ y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada» («Muerte nupcial»); «Te quiero en tu ascendencia/ y en cuanto de tu vientre descenderá mañana» («Hijo de la luz y de la sombra»). En cada pareja coexiste y se revive la humanidad. En cada beso resucitan y se suman, además de las bocas —los labios besadores— de los amantes, todos los besos de cuantos han amado, como una bola de nieve rodando por la historia y engarzándola, como un ejército de salvación por el amor, como una carta que el hijo interminablemente reescribe y refunde con su vida heredada y legadora: la esperanza. El «Beso soy» con que comienza «Antes del odio» ya es un gigantesco beso cósmico. La abstracción independentista del beso («Ayer te besé en los labios/ …Hoy estoy besando un beso», La voz…) de Salinas ha tejido su fruto. Por ese beso, amor purificado en puro amor, el mismo Salinas podrá decir: «Por ti creo/ en la resurrección, más que en la muerte» (Largo lamento). Al fin y al cabo, la sabiduría del pueblo ya lo había descubierto: en el anónimo romance de «El enamorado y la muerte» aquel, queriendo mitigar esta, busca a su amada y le dice «la Muerte me está buscando,/ junto a ti vida sería». Es decir: que la amada, porque es la concreción del Amor (y este es más poderoso que la muerte), puede convertir la muerte en vida.

La inextinguibilidad del amor forma parte de la conciencia universal. Tolstói escribe en Infancia, adolescencia, juventud: «Sé que mi alma existirá siempre porque este amor tan intenso no habría nacido si hubiera de cesar alguna vez». Y Unamuno: «Tú no puedes morir aunque me muera;/ tú eres, Teresa, mi parte inmortal./ …/ Es que viviste en mí/ y así entraste en la edad del corazón» (Teresa, 48). Sobre la identificación de los enamorados baste recordar el Tristán wagneriano (tal vez el mayor hito amoroso, porque la música es la única poesía capaz de verbalizar la inefabilidad), en el que los amantes se definen con el nombre —la sustancia— del otro, transustanciándose las identidades: «Tristán: “Yo soy Isolda, ya nunca más Tristán”. Isolda: “Yo soy Tristán, nunca jamás Isolda”» (II, 3ª). Incluso el misántropo Beethoven, en una carta «A la Amada Inmortal», escribe ejemplificando esa dualidad unificatoria universal: «Amor mío, mi yo». Y antes, Juan de Yepes: «Amada en el amado transformada» («Noche oscura»). Y después, Aleixandre: «Quiero ser tú» («Unidad en ella»). Esa ecuación identificativa mediante el amor, en la que un yo es igual a un tú, incluso si estos yo y tú son un autre rimbaudiano, es la que hace posible la encarnación de la vida muerta en la que perdura; traduzco un soneto de M. Yourcenar:

Tú no sabrás jamás

Tú no sabrás jamás que tu alma viaja
como un corazón dulce refugiado en el mío
y que nada —ni el tiempo, ni la edad, ni otro amor—
impedirá que tú hayas existido.
La belleza del mundo tiene ahora tu rostro,
vive de tu dulzura, brilla en tu claridad;
y el lago pensativo que fue nuestro paisaje
ha grabado en mis ojos tu gris serenidad.
Tú no sabrás jamás que yo llevo tu alma
como lámpara de oro que me alumbra al andar,
que un poco de tu voz ha pasado a mi canto.
Tus rayos —suave antorcha— y tu llama —dulce hoguera—
me guían por caminos que tú seguiste un día:
y tú sigues viviendo porque vives en mí.

Pero ese universalismo del amor inmortal y solidario no menoscaba la originalidad hernandiana: es Hernández (con el magisterio inmediato del genesíaco Neruda) quien se evade del trovadorismo para incrustar en él la vida, quien concreta en una mujer hecha de carne y hueso la abstracción de la amada, quien confía en el hijo la permanencia del amor. Ama a la mujer, no solo su intelección sublimatoria. Ama la realidad cotidiana a pesar del desengaño quevedesco. Se libera del paradisíaco infierno artificial en el que se amamantó. Se sobrepone, con su humanización, a toda una legislación literaria sobre el amor promulgado como dolor, lamento, automoribundia, que en su propio verso se verbalizaba como «pena». Se sobrepone a la cadena existencial que cosmogonizó el amor como un «planto», ya que nacer era empezar a morir, porque la vida tenía su cuna en la sepultura. Se sobrepone a la concepción del amor como una parafernalia luctuosa, premisa necesaria para constituirse en energía poética. Se libera de la «pena» trabajada y recreada con tanto ingenio, masoquismo —y contumacia— por Manrique («el placer en que hay dolor»), Melibea («agradable llaga»), Herrera («la dulce perdición»), Yepes («regalada llaga»), Lope («divino basilisco»), Góngora («Ángel fieramente humano» que destila «dulcísimo veneno»), Quevedo («herida que duele y no se siente»), Villamediana («lisonjera pena», «alivio que castiga»), Gerardo Lobo («mezclar fúnebre queja y dulce canto»)… hasta categorizarse —la pena amorosa— como existencialismo en Meléndez Valdés («Doquiera vuelvo los nublados ojos/ nada miro, nada hallo que me cause/ sino agudo dolor y tedio amargo/ y este fastidio universal que encuentra/ en todo el corazón perenne causa») y que aún recoge Pérez de Ayala cuando, ante una «Amada muerta», se dice a sí mismo: «¿A qué buscar sentido al universo/ y perseguir vereda si ando a oscuras?». Premonición, refundición y deformación esos ejemplos del «dolorido sentir» de Garcilaso. A todos se sobrepone Hernández cuando siente a la mujer como un arco desde el que lanzar como una flecha al hijo y con él el «beso soy», el anagrama del amor (más poderoso que la muerte) en que se ha convertido.

Para Hernández cada hombre es una gota en el manar continuo, y es inmortal porque siempre habrá un hombre vivo en el flujo de la vida. La madre es un útero que reintegra la existencia desde el útero cósmico, como la esposa es, sobre todo, la mujer dispuesta para la maternidad; y el hijo es la prolongación y constatación del devenir del río vivífico. La vida —el amor— es un «Beso que viene rodando/ desde el principio del mundo…/ beso que va al porvenir» («El último rincón»). Por eso —porque el beso es el cónclave de la humanidad—, «besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,/ se besan los primeros pobladores del mundo»; y, por lo mismo, «seguiremos besándonos en el hijo profundo»: el hijo es engendrado, por lo tanto, también por todos los hombres agrupados en un hombre, todas las mujeres resurrectas en una mujer. Semejantes palabras utiliza Borges hablando «Al hijo»: «No soy yo quien te engendra. Son los muertos./ Siento su multitud. Somos nosotros/ y, entre nosotros, tú y los venideros/ hijos que has de engendrar…/ Soy esos otros/ también». De esta manera, la vida nunca muere, y lo emblemático de la existencia, lo que potencia su creación, su recreación constante, que es el amor, es imperecedero. La intuición hernandiana consiste en que, si en un instante se concentra la totalidad del tiempo y en un solo lugar se hace ubicuo el espacio, toda la humanidad corporal y temporal se da cita, a través de los cuerpos de los amantes y en el momento de la fecundación, en «el rincón de tu vientre,/ el callejón de tu carne» («El último rincón»), para regenerarse todo ello en el hijo: tiempo, espacio, hombre, mujer, vida, amor, energía fluyente. El éxtasis de la carne engendra la contemplación y advenimiento del hijo. La cópula es la vía unitiva entre pasado, presente y futuro, la comunión y solidaridad de todos los hombres. Elacto amoroso-sexual (Neruda: «Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace brotar al hijo del fondo de la tierra». 20 Poemas, 1) se convierte en un acto creador semejante al de Dios, puesto que crea desde la nada el hombre al fundirse con la mujer. Y así, el amor es lo más divino de los hombres, lo más humano de los dioses en que se convierten el hombre y la mujer en el instante de la fecundación: «Pero no moriremos… /Somos plena simiente./ Y la muerte ha quedado con los dos fecundada» («Muerte nupcial»). Espiritualidad y carnalidad son interdependientes. ¿No viene a ser una transcripción del «Amada en el amado transformada» la afirmación «Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos/ se veían, más en uno fundidos»? («Muerte nupcial»). Si es así, la cópula es el éxtasis («¡Qué absoluto portento!/ ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados!») que proporciona la visión contemplativa de la fe en el hombre: el hijo, la vida que renace y perpetúa, el único amor más poderoso que la muerte («Porvenir de mis huesos/ y de mi amor», dicen las «Nanas»). Lejos de la tradición inculpatoria de la sexualidad, el sexo alumbrador viene a ser la culminación de la redención por el amor, la auténtica transustanciación: la contemplación del hijo, síntesis sinóptica de la existencia, es para Hernández como la visión de Dios para el místico. En «Vida solar», al hijo, «fruto del cegador acoplamiento», exhorta como un ruego imperativo y redentor: «Ilumina el abismo donde lloro./ Fúndete con la sombra que atesoro/ hasta que en transparencias te consumas»: no es sólo el espíritu, sino la carne unitiva la que origina la continuidad de la existencia, la salvación de la individualidad en la perennidad filial. El hijo es como un advenimiento, la total palingenesia; y por eso duele más su muerte, porque no muere solo el hijo, sino de nuevo el padre en él: «Se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces» («El niño de la noche»).

Construye Hernández otra historia de amor: la natural, después de atravesar los laberintos de los trovadores y los místicos. Abre una mirada a otros autores que se inscriben en ese nuevo flujo conceptual en el que una mujer y un hombre son dos seres humanos y las palabras tienen menos tinta de verso que sangre cotidiana, sin abandonar por eso la poesía. Ángel González ya no quiere ser el sufriente propietario de una dama inefable ni el feudal hacedor de la amada sublime, sino el compartidor de la realidad más próxima a la piel: «Si yo fuese Dios/ y tuviese el secreto,/ haría/ un ser exacto a ti…/ Existes. Creo en ti. Eres. Me basta» («Me basta así»). Lejana queda la Guiomar machadiana, todavía semblanza de la midoms provenzal. Si es cierto que «no prueba nada,/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás», sí prueba sobre la verdadera sustancia amorosa que la amada existe y da amor sin que el hombre poeta haya de inventarlo como una vida que quisiera no tener que inventar. «Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,/ a ti en esta hora húmeda evoco y hago canto», había dictado Neruda en la «Canción desesperada». Y es en esa corporalización del sueño inmaterial, en esa hernandización del nerudismo, en donde Carlos Sahagún encuentra  la compañera de carne y no solo de verso, explícita en «Dedicatoria»: «Mi corazón te debe/ haber hallado juntos la verdad más humana…»). Pues la amada, definitivamente, es «Tú, mi esperanza cuando no hay consuelo» («Tiempo de amar»). Y el hijo es «este niño que llega de mí mismo,/ vencedor de mi tiempo» («El hijo»). Los hombres apoyados en lo humano y no en la divinal cosmogonía del eterno femenino sin mujer. Y es que ya pasó el tiempo del hombre y el juglar inmersos en su corazón y en su poema, de espaldas a la vida: el amor ya no puede ser un paraíso o una tortura autistas, porque «nada tiene/ sentido en soledad» («La casa»).

[EN PORTADA: Huellas de Miguel Hernández en la ficha policial portuguesa realizada tras su apresamiento en aquel país, adonde había huido en 1939]


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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Cultura

Rūdolfs Blaumanis a la sombra de la muerte

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/ por José de María Romero Barea /

El desafortunado colectivo trata de mantenerse a flote («habían estado tan ocupados horadando el hielo para pescar, arrojando las redes al agua, que ninguno de ellos se dio cuenta de que el hielo había comenzado a alejarse de la orilla»). El hambre nunca se sacia del todo, la solidaridad se debilita, a medida que la incertidumbre se afianza. Se desmoronan los personajes a cámara lenta, sin tiempo para seguir adelante, sin suerte que les acompañe, mientras el autor los contempla. Las vacilaciones que operan a un nivel profundo identifican la imprevisibilidad errática de los héroes, fieles menos a su propia peripecia que a la forma en que palpitan desde la página, con espontáneas compulsiones.

En estos tiempos de pandémica asepsia, he revisado la nouvelle Nāves ēnā (1899; A la sombra de la muerte), en versión inglesa de Uldis Balodis (In the shadow of death, Paper and Ink, Reino Unido, 2019), un relato que traducimos al castellano aquí, basado en hechos reales, escrito desde la desesperación. Una forma cruda de representar el interior de los abandonados a su suerte entrelaza conflictos, revela emociones contradictorias, pensamientos que discurren a la deriva mientras el prosista y periodista letón Rūdolfs Blaumanis (1863-1908) incurre en la feliz paradoja de liberar aislamientos, el de sus avatares y el suyo propio, víctimas de una angustia que ambos intentan, en vano, evocar.

Un súbito ejercicio de ira no cede al cinismo, se ocupa de «catorce pescadores y dos caballos» que, perdidos en alta mar, se aferran a la vida sobre un témpano de hielo; sometidos a una experiencia liminar, se niegan a adoptar los disfraces de la prudencia, «borrando de su semblante los primeros rubores del pánico. En los rostros solo eran visibles los vuelcos del corazón […] Sabían que a cada momento se alejaban no solo de la costa, sino de la posibilidad de escapar vivos». Al tiempo que se derrite su modo de subsistencia, nos desconcierta su fuerza de voluntad: Grīntāls, el líder, lucha con honestidad; el niño Kārlēns rehúsa salvarse; Dalda, la madre, se sacrifica en beneficio de su descendencia; Gurlums «intenta ocultar su zozobra bajo una apariencia de triste frialdad, temeroso de que, si no los salvan a tiempo, perderá los estribos y con ello la posibilidad de morir con honra».

A veces, lo que dicen es duro. Las más, lo que callan conmueve: «Cayó la tarde. Ni un astro en el cielo. Un viento cortante hacía que el mar aullara y gimiera. No pegaron ojo. Pasaron la noche pendientes de aquella espesa oscuridad, que caía sobre sus hombros como el plomo». La crónica del representante del Renacimiento del Despertar Nacional los sigue uno a uno, mientras pasan de un estado de ánimo a otro, alerta al sufrimiento de los que están a punto de perecer, demolidos por su propia indeterminación. La novela corta del dramaturgo de Zagļi (Ladrones, 1890), aborda el proceso de aceptar la realidad, en ese momento devastador en que uno repara en que subsistir consiste en defender los ideales frente a la máscara social que nos alienta a ocultarlos.

«Las siluetas se hicieron indistintas, se fundieron en una sola encima del témpano de hielo, visible en el horizonte hasta hacerse un punto grisáceo, insignificante. Algo que también, pasado un tiempo, desapareció». En A la sombra de la muerte se nos muestra el mundo a través de los ojos de seres comunes, a medida que el pesimismo se afianza y confunde los sentidos: «Atracción y repulsa asomaron al rostro de los pescadores, al igual que el gusto por el calor y la humedad, así como el asco por el sabor de la sangre en que habían sido educados desde la infancia». Como la nota periodística que recrea, el revolucionario de Corriente Nueva forceja para trasladar lo que sucede, persiste en su empeño, indignado por todo, decidido a reivindicar a esas mujeres y hombres, como cualquiera de nosotros, empeñados en sobrevivir.



José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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Entrevista a Pablo Américo

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/ una entrevista de Jónatham F. Moriche /

Hace hoy un año, el peronista Alberto Fernández se alzó con una holgada victoria en primera vuelta en las últimas elecciones presidenciales argentinas, convirtiéndose en el noveno presidente del país desde la restauración de la democracia en 1983. Para entender mejor este nuevo tiempo político argentino, marcado por el retorno del peronismo al gobierno tras el paréntesis neoliberal de Mauricio Macri, e inevitablemente atravesado, como en el resto del planeta, por la emergencia de la pandemia y sus múltiples impactos sanitarios, económicos, sociales, culturales y políticos, conversamos con el politólogo bonaerense Pablo Américo, periodista, escritor e investigador académico especializado de la historia y el presente del peronismo y también una de las voces más lúcidas e incisivas de la bullente tuiteresfera política argentina.

Empecemos cuatro años antes de la victoria de Alberto Fernández, en 2015, en un escenario radicalmente distinto y opuesto: la derrota del candidato peronista Daniel Scioli y la llegada al poder de Mauricio Macri, al frente de la coalición neoliberal-conservadora Cambiemos. En términos políticos, pero también culturales y morales, ¿quién es Mauricio Macri, a qué sectores sociales logró aunar en su mayoría electoral de 2015, por medio de qué ideas, valores y símbolos? ¿Fue Cambiemos simplemente el beneficiario accidental del cansancio y los errores del peronismo, tras los doce años de gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, o hubo en su victoria elementos de genuina iniciativa y virtuosismo estratégico y comunicativo?

Mauricio Macri logró, en principio, ganarse el paquete de piso histórico del 30% de voto antiperonista, que lo acompañó en 2015, 2017 y 2019, pero que antes de eso no estaba fijado a él. Ese grupo está tradicionalmente identificado con miembros de las clases medias y sectores de la clase alta, pero es factible que, dado que es la expresión de una identidad cultural y política, el antiperonismo, tenga miembros de toda la pirámide económica. Es importante recordar que Macri ganó por balotaje [en segunda vuelta], por apenas unos puntos, contra un frente que llevaba tres períodos en el gobierno y que se había fracturado en los años anteriores. Es posible que, de no haber existido esa fractura, por las características de la primera vuelta en Argentina ―que requiere tener más de 45% de los votos o más del 40% con una distancia de diez puntos con el segundo―, la coalición kirchnerista hubiera podido ganar.

El desgaste de lo que ahora podemos llamar primer kirchnerismo tiene un comienzo que tradicionalmente se sitúa en los conflictos con el campo de 2008. A partir de ahí, empieza a generarse de modo más claro un nosotros en el antikirchnerismo, que en parte reaviva o da un nuevo formato a la identidad antiperonista clásica. Algo curioso del antikirchnerismo es que permite ingresar a peronistas dentro de un espacio marcadamente antiperonista: Mauricio Macri llevó como candidato a vicepresidente a un senador peronista, Miguel Ángel Pichetto, hace tiempo enfrentado con los Kirchner, identificado como parte del ala neoconservadora del peronismo, quien ahora sostiene que el kirchnerismo sería algún tipo de comunismo castrochavista opuesto al peronismo republicano. Los puntos extra por los que Macri ganó su balotaje pueden venir de cualquier lado: de gente descontenta con el cepo cambiario [restricción a la compra de divisa extranjera], con la inflación, con las denuncias de corrupción, con el escándalo por la muerte del fiscal Alberto Nisman, con preocupaciones en torno a la delincuencia y la inseguridad e incluso de votantes que estaban fatigados por tantos años seguidos de gobierno kirchnerista. El pluralismo y la alternancia deberían ser algo esperable dentro de un sistema democrático liberal, y siempre estuvo abierta la alternancia en el período kirchnerista. No debería ser un evento con épica, en un sistema que se comporta como si fuese bipartidista. Y sobre todo, la alternancia no debería generar crisis económicas y políticas cada vez que ocurre. La palabra central es debería.

Retomando la pregunta, creo que hubo una genuina iniciativa de Mauricio Macri y su espacio que le permitió ganar una interna informal dentro del antiperonismo y ser la cabeza de un frente multipartidario, una coalición que luego en el Gobierno, y quizás este haya sido uno de sus grandes errores, se comportó más bien como si fuese únicamente una gestión macrista y no cambiemita. Sobre quién es Mauricio Macri: un empresario, marcado como un hombre corrupto y hedonista durante los noventa, profundamente conservador en sus ideas, que logró, gracias a una combinación de suerte, exceso de recursos y decisiones inteligentes, borrar buena parte de su imagen pasada, seducir a muchos de sus enemigos y convertirse en la cara del antiperonismo. Y ahí esta la pregunta crucial, creo yo: ¿por qué el antiperonismo en democracia ha transitado desde Raúl Alfonsín [primer presidente tras la restauración de la democracia, de 1983 a 1989], de simpatías socialdemócratas, hasta Mauricio Macri, quien recomienda leer a Ayn Rand cada vez que puede?

Mauricio Macri (derecha) es recibido en Chile por el presidente conservador de aquel país, Sebastián Piñera, en 2018

«Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede» fue la ya histórica sentencia con la que Alberto Fernández, cuando su nombre ni siquiera se barajaba como posible candidato presidencial, abanderó los esfuerzos por reunir electoralmente el campo peronista frente al macrismo. Pero antes de entrar en la siempre fascinante interna orgánica peronista, ¿cómo se construye, previamente a esta entente de Cristina y Alberto, el cuerpo social y simbólico de la oposición al macrismo, en las protestas contra los recortes sociales o por los derechos civiles, en el potente movimiento feminista y por el derecho al aborto, en el ecologismo y las luchas comunitarias barriales o indígenas, en los medios de comunicación y la cultura alternativa, y en qué medida esa respuesta social dispone y prefigura el programa político y el cuerpo electoral con que luego el peronismo retorna al gobierno?

Hay distintos frentes y temo ser un poco porteñocéntrico, aunque da la sensación de que la política argentina de estos últimos años ha estado excesivamente marcada por un agenda setting porteño. Hablamos siempre de las protestas, siendo la protesta contra la reforma jubilatoria del 2017 la más conocida, junto al movimiento feminista, como los fenómenos sociales característicos del período, así como los conflictos patagónicos que terminaron en la represión de protestas mapuches y en el asesinato de Rafael Nahuel por parte de la Prefectura Naval. Pero quiero señalar otros dos elementos, de naturaleza más contradictoria, que creo jugaron un rol en la constitución de lo que hoy es el albertismo. Por un lado, lo que genéricamente llamamos movimientos sociales, que entablaron una relación de amor-odio con la ministra de Desarrollo Social de Macri, Carolina Stanley, en parte garantizando cierta paz social que perdura hasta el día de hoy, en un contexto completamente recesivo para toda la población, pero de especial impacto para los sectores más pobres. Destacan el Movimiento Evita de Emilio Pérsico y, por supuesto, Juan Grabois y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular. Este último conformó el Frente Patria Grande, que aunque no ganó las elecciones en ciudad de Buenos Aires tiene una fuerte impronta en el área más cultural del gobierno, así como en su línea feminista: es el frente de donde salieron Ofelia Fernández como legisladora porteña y la ministra de Género, Elizabeth Gómez Alcorta. Creo que esa tensión entre Grabois, católico y cercano al papa Francisco, y el feminismo progresista, muy asociado a las universidades y colegios nacionales, conformó una pata de las identidades, sobre todo la identidad joven y el voto de clase media progresista, que hoy está dentro del Frente de Todos.

El segundo elemento es el massismo [por Sergio Massa, actual presidente de la Cámara de Diputados] y el peronismo federal, que terminó con una parte adentro de Cambiemos, como el ya mencionado Pichetto, con algunos personajes que de momento se disolvieron, como Diego Bossio o Florencio Randazzo, y con mucha gente adentro del Frente de Todos, como el mismo Alberto Fernández. Creo que desde ese espacio llegó una construcción, que afectó a intelectuales, estudiantes y clases medias, que planteaba que Cambiemos no era racional en su administración del capitalismo argentino. Incluso algo de eso se puede ver en el discurso de Alberto Fernández y de su ministro de Economía, Martín Guzmán: el capitalismo argentino exitoso es peronista, no de los economistas neoclásicos de las finanzas. La victoria en 2019 la aseguró el massismo, nos guste o no nos guste, si no fuese por ellos es muy factible que se hubiese tenido que ir a segunda vuelta.

A esos dos actores se suman los ya mencionados y además la tradicional militancia de base kirchnerista, que desde el día cero se movilizó con el objetivo de ganar las siguientes elecciones contra Macri, en un proceso que creo estuvo bastante más marcado por la autocrítica de lo que se suele reconocer: en 2016, una parte del kirchnerismo se había tornado abiertamente crítico de la gestión kirchnerista y desde entonces tendió a buscar una postura más centrista, algo que no está ocurriendo ahora con el macrismo. Sobre los movimientos feministas, que marcaron el período a ambos lados de la división política, pero que particularmente repercutieron sobre el peronismo, que siempre parece más dispuesto a abrazar nuevas demandas populares, me parece que es interesante, para pensar las elecciones de 2019, cómo los feminismos en estos años funcionaron como droga de inicio para jóvenes de clase media que quizás pasaron de ser muy antikirchneristas a integrar espacios progresistas que podríamos denominar no peronistas. La misma Ofelia Fernández, o algunas expresiones que se ven dentro de medios de comunicación hoy oficialistas, vienen de espacios de izquierda no peronistas, y aglutinan a muchas mujeres, pero también hombres, que cambiaron mucho sus perspectivas políticas a lo largo del macrismo. No quiero decir que los feminismos creen votantes de izquierda o peronistas, pero sí es interesante cómo, en especial en chicas y chicos de clase media, tal vez de entornos conservadores o gorilas [antiperonistas], lo que empieza como un «huy, las mujeres están en una situación de desigualdad estructural» en muchos casos evoluciona, a veces rápido y a veces más lento, hacia una mirada más abarcadora de esas desigualdades. De todos modos, es apenas un recorte de los efectos que ha generado esta nueva explosión de los feminismos argentinos, que creo tienen expresiones muy particulares y muy fértiles para la articulación política y la transformación de la realidad.

Ahora sí, Alberto y Cristina, Cristina y Alberto, y entre ellos, a su izquierda y su derecha, todo ese amplísimo abanico ideológico reunido bajo el estandarte del Frente de Todos, de Sergio Massa a Axel Kicillof, de Máximo Kirchner a Ofelia Fernández y de Sergio Berni a Juan Grabois, un arco de sensibilidades que en otros países daría para nutrir media docena de partidos del centro-derecha a la extrema izquierda encarnizadamente enfrentados entre sí. ¿Cómo se construye esta gran alianza, en lo orgánico y también en lo cultural y simbólico? ¿En qué medida existe continuidad respecto a las premisas ideológicas y la base social que sostuvieron los gobiernos de Néstor y Cristina, y en general respecto a la tradicional capacidad de agregación transversal del peronismo, y en qué medida ofrece rasgos históricamente novedosos? ¿Cómo se expresaron una y otra cosa en la campaña electoral que condujo a su victoria y en la composición del gabinete y los grandes lineamientos políticos del gobierno Fernández, hasta la llegada de la pandemia?

Argentina es un país grande, parece una obviedad, pero a veces olvidamos eso cuando intentamos comparar nuestro sistema electoral con pequeños países europeos, de población mucho más homogénea. El clivaje es peronismo y antiperonismo, del mismo modo que en Estados Unidos uno se encuentra con demócratas contra republicanos, solo que en el caso argentino se da a través de un espacio informal: no hay dos grandes partidos, sino dos grandes movimientos, y lamentablemente uno de esos dos movimientos se articula esencialmente como negación del otro. Las transformaciones ideológicas y las coaliciones del peronismo son, en verdad, no muy diferentes a las que han operado partidos laboristas y socialdemócratas de Europa u Oceanía, pero también tienen muchos paralelos con los partidos demócrata y republicano de Estados Unidos. ¿Cuánta distancia hay entre Alexandria Ocasio-Cortez y el expresidente Bill Clinton o grupos como los Democrats For Life o la Blue Dog Coalition? Así como antes critiqué la falta de voluntad coalicional en la coalición cambiemita, creo que el gobierno actual ha logrado dar cierta sensación de coalición en su gabinete y secretarías, que puede ser o no ser correspondiente con su funcionamiento real, creando internas y discusiones abiertas entre miembros del gabinete, que en medio de una crisis económica han sido leídas más como las expresiones de un gobierno sin rumbo, o que requiere terminas una interna, que como un funcionamiento coalicional sano.

El gobierno actual ofrece novedades históricas, pero no tantas. La voluntad coalicional del peronismo ya se ha visto tanto en el 2003, como en 1973, como en el primer peronismo de 1946, que llegó al poder tras unas elecciones a las que se presentó a través de un Partido Laborista conformado por sindicalistas y exsocialistas, una escisión nacionalista del Partido Radical y algunos elementos menores del conservadurismo en áreas rurales. Algunos han señalado que la novedad es un peronismo sin dinero, pero olvidan que tanto Carlos Menem en 1989 como Eduardo Duhalde en 2002 asumieron el poder en medio de fuertes crisis económicas, y que Néstor Kirchner recibió en 2003 un país en una situación muchísimo más precaria que la que tuvo, por ejemplo, Mauricio Macri en 2015. Otros han señalado la novedad de cierta reivindicación alfonsinista en el discurso de Fernández: parecen olvidar que esta reivindicación es una operación profundamente kirchnerista; fueron los Kirchner quienes buscaron rescatar a Raúl Alfonsín, que era condenado por muchos de sus correligionarios tanto por la crisis económica durante su gobierno como por su actuación posterior durante los gobiernos de Carlos Menem [1989-1999] y Fernando de la Rúa [1999-2001]. Se ha señalado la cuestión de género como una novedad, pero se olvida que el primer gobierno peronista llegó al poder con Perón habiendo sido promotor de un proyecto fallido de voto femenino durante el gobierno militar, que Menem, siendo neoconservador, aprobó una ley de cupos de género que en ese entonces era la más extensa del mundo, y que el segundo gobierno de Cristina Kirchner tuvo un fuerte componente profeminista, e incluso aprobó una de las leyes de identidad de género más de vanguardia en el globo, aunque siempre chocó contra un límite político y moral: el aborto.

Quizás la novedad, de momento, radique en un gobierno peronista que llegó al poder de manera formal, sin adelanto de elecciones por la crisis económica como Menem, ni tampoco como Duhalde, en medio de una crisis económica y política profunda, tras diez años de estancamiento económico, y que además ahora enfrenta una crisis mundial cuyo final aún no se logra vislumbrar. Esta llegada al poder «formal» se une con un recuerdo, y una idealización, de los años originales del kirchnerismo, con cierta memoria del peronismo histórico, con la formación coalicional explicita, y con una promesa: la salida a la crisis no va a ser un peronismo menemista, sino un peronismo reformista. Promesa que al momento se ha mostrado persistente en el discurso, pero poco clara en las acciones de gobierno, cada vez más difusas en el contexto de una serie de conflictos que se agravan semana tras semana.

Manifestación en la Avenida de Mayo de Buenos Aires, pasando cerca al Edificio de Obras Públicas, al cumplirse diez años de la asunción de Néstor Kirchner

Al igual que le sucedió al gobierno del PSOE y Unidas Podemos en España, el gobierno del Frente de Todos tuvo apenas unas semanas para desplegar su agenda de reformas antes de la llegada de la pandemia, provocando, además del drama sanitario, un alud de repercusiones sociales, económicas, culturales y políticas. Más allá de la fría contabilidad de vidas perdidas, poblaciones confinadas o empleos destruidos, ¿qué rasgos destacarías como más significativos del impacto de la pandemia y de las medidas gubernamentales para su contención en la sociedad argentina, en grandes términos sanitarios y económicos, pero también más íntimamente, en el plano emocional y afectivo, en la cultura política y en los hábitos cívicos? ¿Qué presuposiciones ha desmentido y qué tendencias soterradas ha hecho aflorar, respecto a las autopercepciones previamente dominantes en la sociedad, la cultura, los medios y las instituciones argentinas? ¿Qué Argentina, en síntesis, está reflejando el espejo trágico de la pandemia?

No soy médico y me da un poco de miedo meterme en estos temas. Creo que hubo una sensación de victoria en la primera etapa y que hoy se esta perdiendo fuerte en todos los frentes contra la pandemia dentro del país. Una combinación de crisis económica, de exceso de confianza en la cuarentena, de errores en la política de testeos, de falta de cooperación entre el gobierno nacional y los gobiernos provinciales y una oposición que, desde el momento cero, dio señales de anticuarentenismo han sido los ingredientes de una situación que, por momentos, parece perfilarse catastrófica y puede costarle las elecciones legislativas de octubre de 2021 a un gobierno que necesita desesperadamente tener una mayoría clara en el Congreso.

En verdad, creo que solo se va a poder evaluar el impacto y el manejo de la pandemia, con algo lejanamente parecido a la objetividasd, dentro de un par de años, cuando sepamos realmente cuánta gente murió, cómo reaccionaron otros países, cómo se dieron las distintas oleadas, qué paso con los sistemas sanitarios, cuál fue el impacto y el rebote económico que se produjo, etcétera. La medida positiva que nos deja esto es la ampliación de la atención sanitaria, venida a menos durante el macrismo, aunque en un estado relativamente bueno para la región. Pero estamos en un contexto de crecimiento marcado de los casos y las muertes desde hace semanas, cuando antes se estaba en un estado relativamente tranquilo dentro de la región, con una positividad en los testeos alarmante y sospechosa. El Gobierno no parece estar respondiendo a eso, y en el mejor de los casos responde con una mezcla de negación y derrotismo, y creo que eso está alentando esa sensación de somos el peor país del mundo que le gusta a mucha gente en Argentina. Nos gusta la exclusividad, incluso nos gusta la exclusividad de señalar que somos exclusivos cuando no lo somos.

Dejando de lado la pérdida de vidas y el daño económico, y poniéndonos un poco cínicos, el principal problema es que las elecciones legislativas de medio mandato son en menos de un año. Ahí se va a poner en juego una batalla por la narrativa sobre la pandemia que creo se va a reducir a: ¿realmente la oposición podía administrar la pandemia y la crisis económica mejor que el Gobierno? Si el Gobierno de Alberto Fernández no logra ganar esa batalla discursiva, y no logra ganar las elecciones legislativas, casi que podemos darlo por terminado, mirando experiencias históricas anteriores. Si no hay un repunte fuerte de la economía o un descenso abrupto de los casos, o un aumento descomunal de casos y muertes en otros países, vamos a un panorama muy complicado en ese sentido. Hay un elemento optimista: muy poco a poco, pareciera que la región está virando hacía algún tipo de etapa posprogresista que reaccione contra el fracaso de los gobiernos de derecha que proliferaron en los últimos años. Eso puede darle un aire a Fernández y su coalición. Pero resta saber si el mundo hacia el que creemos estar yendo se parece más al de Lula y Kirchner o al de Menem y Cardoso.

Argentina experimenta, además, en este escenario pandémico, la emergencia de una constelación de derechas radicales, directamente emparentadas con la gran oleada reaccionaria global que desde 2016 ha llevado al poder a Trump, Bolsonaro o Johnson y ha convertido a Vox en la tercera fuerza política española, y que, a la vez, como en cada uno de esos casos, se arraigan en las respectivas historias y culturas políticas conservadoras y reaccionarias nacionales. Siquiera de un modo muy genérico y aproximado, te pido una suerte de mapa de los principales sujetos colectivos, orientaciones y personalidades de este campo en Argentina, y una prospectiva de su posible desarrollo: ¿se partirá en dos el espacio de la derecha argentina, como ha sucedido en España con Vox y el Partido Popular, o el espacio de Cambiemos será enteramente devorado por las nuevas derechas, como ha sucedido con el Partido Republicano norteamericano o el Partido Conservador británico?

Una hipótesis personal mía es que Cambiemos siempre tuvo hacia su interior un Tea Party y un obamismo. En el 2012 y 2013, el ala obamista llevaba ventaja, a pesar de que Mauricio Macri siempre ha representado, sin esconderlo mucho, una voluntad propia del Tea Party, aunque adornada con apelaciones muy whitewashed a Mandela, mezcladas con libros de autoayuda del estilo conviértete en empresario o, como ya dijimos, Ayn Rand, cuya obra es en su mayor parte literatura de autoayuda. El kirchnerismo no tuvo una buena relación con Obama. El Partido Demócrata estadounidense y el peronismo tienen muchas similitudes superficiales, son electoralistas, originalmente nacieron teniendo como oposición a demócratas republicanos, sufrieron cambios fuertes en su orientación ideológica mayoritaria, son difíciles de clasificar dentro del arco izquierda/derecha. A partir del triunfo de Donald Trump, combinado con la simpatía por el gobierno de Michel Temer en Brasil, de credenciales democráticas dudosas, el ala más derechosa del gobierno de Macri, que en lo político y cultural era más tímida, comenzó a mostrarse con otra soltura. Pero también siguió existiendo un ala progresista. Y además, en esos temas siempre hay contradicciones: Pichetto o Patricia Bullrich [ex-militante peronista, ministra de Trabajo y de Seguridad Social durante la presidencia de Fernando de la Rúa y de Seguridad durante la de Mauricio Macri], señalados como la derecha de Cambiemos, son pro aborto legal, por dar un ejemplo.

Asimismo, el peronismo tiene un voto conservador y un ala política conservadora. Parte de ese ala se perdió en estos últimos diez años: Pichetto, Jorge Yoma, o incluso gente que ahora está con Juan José Gómez Centurión, un veterano de la guerra de Malvinas, alto cargo durante parte de la presidencia de Macri, posiblemente el candidato argentino con proyección nacional que más se parece a un fascista clásico, con ideas nacionalistas, elementos de culto a la violencia y esas cosas [Gómez Centurión fue el único político argentino de relevancia que se reunió con el voxista Javier Ortega-Smith durante su visita al país en agosto de 2019]. Sacó pocos votos en las elecciones presidenciales, pero fueron significativos, en especial porque, movilizando un discurso y una base electoral que mezcla elementos antiperonistas con algunas reivindicaciones y votos provenientes de un peronismo conservador y católico, casi franquista, más simbólico que histórico, derrotó a José Luis Espert, el otro candidato de ultraderecha, que tenía mucha más presencia en los medios de comunicación. Por otro lado, se le dio poca trascendencia, pero el tercer candidato en las elecciones, Roberto Lavagna, un exministro de Economía de Néstor Kirchner, era uno de los que tenía visiones más conservadoras en lo cultural, junto con su candidato a vicepresidente, Marcos Urtubey, a pesar de que su espacio, por ser centrista, cosechó elogios de varios intelectuales en algún momento considerados de izquierda.

Sobre la posibilidad de una derecha envalentonada, hay que poner una primera condición: en Argentina, mientras no ocurra un verdadero cataclismo político, no hay derecha e izquierda, sino peronismo de derecha y peronismo de izquierda, antiperonismo de derecha y antiperonismo de izquierda, y distintas posibles combinaciones entre todos ellos. Estos últimos diez años parecen haber creado un escenario donde la mayor parte del peronismo está en lo que, en términos europeos, podríamos llamar centro izquierda, y la mayor parte del antiperonismo está en el centro derecha. Pero eso puede cambiar, y con la crisis económica y la pandemia, yo creo que la derecha, la derecha real, que hoy no gobierna, va a un escenario de fragmentación. La coalición gobernante puede llegar a perder votos por la derecha, pero hay un problema gigante: es muy difícil separar hoy cualquier propuesta peronista de la figura de Cristina Kirchner, y la figura de Cristina Kirchner está asociada al centro izquierda, o a la izquierda latinoamericanista. En ese sentido, yo considero que sería probable que continúe cierta derechización de espacios del antiperonismo, gente como Espert, Gómez Centurión, Javier Milei [economista ultraliberal, habitual y polémico invitado en las tertulias políticas de los medios conservadores argentinos], pero también, como hemos visto, el propio Mauricio Macri, que es anticuarentena y tendencialmente bolsonarista, o incluso gente de la Coalición Cívica, el partido de Elisa Carrió, que a finales de los noventa era considerada progresista, o militantes del Partido Radical del interior del país, que se han mostrado dispuestos en sus fundaciones y oenegés a organizar charlas con intelectuales de ultraderecha, de esos que dicen que el mundo lo controla George Soros. A priori, como están hoy las cosas, yo diría que el antiperonismo y las derechas van hacia un escenario de fragmentación en el corto plazo, y la pregunta es si esta ruta se va a mantener de cara a las elecciones del 2021 y si, en caso de fragmentarse el año entrante, van a lograr luego unirse de algún modo en 2023 para las elecciones presidenciales. Pero 2023 está muy lejos. 

Portada de la cuenta de Twitter del ultraderechista Juan José Gómez Centurión

También íntimamente relacionada con esta cuestión de las nuevas extremas derechas está la cuestión de la memoria histórica y la memoria pública. ¿Cuál ha sido en Argentina la evolución de las percepciones y discursos a este respecto en estos últimos años y meses, en lo tocante a la dictadura militar 1976-1983 y sus bien conocidas atrocidades, pero también más hacia atrás, sobre el entero proceso de construcción territorial, cultural y social del país desde la independencia? ¿En qué medida se da hoy en Argentina, como ocurre en lugares tan dispares como Estados Unidos, España, Rusia o India, esa suerte de batalla general por la memoria y los imaginarios nacionales que parece estar convirtiéndose en un rasgo distintivo del presente a escala planetaria, y cómo se está expresando en la vida política y también en la cotidianidad cultural, mediática o educativa?

De momento, hay cierta sensación de espiral de silencio: se puede discutir el numero de muertos, de asesinados y desaparecidos, pero es muy difícil negar que el terrorismo de Estado ocurrió, e incluso es difícil justificar enfáticamente el terrorismo de Estado. Más bien se recurre al «se cometieron crímenes espantosos, pero…». Esto no era tan así en los noventa, o a principios de los dos mil. El macrismo perdió funcionarios por eso: Darío Lopérfido, Carlos Manfroni e incluso, en cierta medida, Gómez Centurión. El caso de Manfroni, que siguió trabajando con Patricia Bullrich como asesor, es particularmente simpático: tras su designación en el ministerio de Seguridad en el 2015, fue denunciado por el músico Charly García por sus publicaciones durante la dictadura, en las que acusaba al rock de ser anticristiano y homosexual y criticaba «la hedionda Revolución Francesa» por fabricar «la libertad y la democracia».

A pesar de que Macri cuestionaba el número de los 30.000 asesinados durante el genocidio ―que es, vale decirlo, un número simbólico, como el de los muertos de cualquier genocidio―, hubo pocos gestos de avance real contra la idea de que hubo una política de secuestros, asesinatos y torturas sistemática durante la dictadura militar. Pero ¿por qué uno elegiría cuestionar los números de un genocidio, habiendo tantas cosas para cuestionar en ese mundo? En ese sentido, ahora sí se está produciendo un desplazamiento. Incluso, podríamos hipotetizar, el fracaso del gobierno «moderado» de Mauricio Macri ha abierto la puerta para decir desde la derecha: «el problema es que no fueron lo suficientemente duros». Tenemos a Gómez Centurión, que ya como funcionario de Macri reivindicaba la «guerra contra la subversión» y negaba el terrorismo de Estado. Espert no llega a ese nivel, pero se rodea de personajes que sí lo hacen, como Javier Milei, quien a su vez hace actos con Agustín Laje y Nicolás Márquez, unos seudointelectuales de ultraderecha que reivindican sin ningún pudor a Charles Maurras y pululan entre los espacios de Gómez Centurión y los espacios libertarios. Incluso si no fue por su fracaso, todo esto lo habilitó el macrismo, en buena medida con cierta convivencia de espacios del peronismo colaborador con su gobierno. La discusión por el número, como era de esperar, se fue transformando en otra cosa. De todos modos, lo hegemónico sigue siendo condenar el terrorismo de Estado y la dictadura. En general, al antiperonismo promedio le interesa más discutir que el genocidio arrancó durante el último gobierno de Perón [1973-1974], con la Triple A [o Alianza Anticomunista Argentina, grupo parapolicial activo desde 1973, vinculado a la ultraderecha peronista y a tramas neofascistas internacionales como la logia italiana Propaganda Due], o plantear que se debe condenar a las organizaciones guerrilleras [grupos peronistas armados como las Fuerzas Armadas Peronistas o Montoneros, en general de orientación izquierdista, surgidos tras el golpe de Estado contra Perón y su exilio en 1955 y durante la proscripción y represión del peronismo hasta 1973].

Personalmente, creo que para avanzar se debe modificar y ampliar el discurso sobre la memoria que sostenemos desde la centro izquierda o desde el peronismo. Hay que aprovechar la posición hegemónica que tiene el relato sobre el terrorismo de Estado para adaptarlo a diferentes públicos. Siempre va a haber sectores conservadores y derechas, pero se puede buscar que una buena parte de esos sectores elaboren una narrativa común sobre la memoria con nosotros, desde perspectivas diferentes. Hay que reconocer ―reconocer más abiertamente, porque lo cierto es que ya se reconoce― que las organizaciones guerrilleras fueron una experiencia fallida, que siguieron actuando durante el último gobierno de Perón, que había sido electo por el voto y sin proscripciones, a diferencia de los gobiernos anteriores. Creo también que hay que insistir en que Videla no fue ningún estadista exitoso, ni ningún aliado de Occidente, como lo presentan en algunas vertientes de la ultraderecha. E incluso, para seducir al público de derechas, separar a Videla de Pinochet: Videla fue un militar que nos llevó a una crisis económica, que practicaba un nacionalismo cultural mientras endeudaba al país en un ciclo de timba financiera que solo benefició a algunos grupos concentrados, entre ellos a la familia Macri, que expandió el gasto público, que era aliado de la Unión Soviética y de Estados Unidos al mismo tiempo, que contó con el apoyo del partido comunista estaliniano que seguía ordenes soviéticas y que nos puso en una senda que terminó con el país declarándole la guerra a un miembro de la OTAN. No entiendo cómo esa figura puede ser interesante para una ultraderecha que se proclama procapitalista y prooccidental. Creo que hay que buscar formas de unir a la mayoría del país en un repudio sólido a la dictadura, un relato que pueda perdurar y no admita las versiones de gente como Gómez Centurión, Milei o Lopérfido.

Por último, y eso le toca al peronismo, creo que se debe reconocer abiertamente el rol de Perón y de Isabel Perón en la instrumentación de muchos de los planes que prepararon el terreno, o que inauguraron, el terrorismo de Estado, como también hay que reconocer los errores políticos del último Perón, que a principios de los setenta tenía ideas bastante democráticas y había ajustado su discurso hacia ese escenario, para después encontrarse administrando una especie de República de Weimar que nos llevó directo a las garras del autoritarismo más sangriento que ha conocido nuestro país. En ese sentido, hay tres espejos y esfuerzos conjuntos que deberíamos observar: la socialdemocracia, el conservadurismo no nazi y el comunismo en Weimar, el PSOE y el Frente Popular en la Segunda República española y el gobierno de Allende en Chile. ¿Lo curioso? A principios de los años cincuenta, Perón decía que su diferencia con la socialdemocracia era que, dado que esta no reconocía las características reales de un país, cuando llegaba al gobierno fracasaba y generaba gobiernos totalitarios. Perón decía esto en las clases compiladas en Conducción política (Biblioteca del Congreso, 2011) mirando al nazismo y al franquismo, y llamaba a evitar un escenario así. Bueno, hay todo un ciclo desde esa enunciación al Weimar peronista de los años setenta.

Después del giro derechista que puso fin a una época de gobiernos predominantemente progresistas en América Latina, Argentina es el único país de la región que ha regresado al progresismo, en incómoda vecindad con gobiernos conservadores muy radicales como los de Piñera en Chile, Duque en Colombia y Bolsonaro en Brasil, bajo la sombra de la situación crónicamente crítica en Venezuela y ante la persistente incógnita de López Obrador en México, todo ello al sur de los Estados Unidos fascistizados de Trump. Además, están en discusión los importantes vínculos comerciales y diplomáticos latinoamericanos en general y argentinos en particular con China, y en menor media con Rusia e Irán. Las ultraderechas emergentes añaden toda una serie de novedades más o menos fantasmagóricas a estos debates geopolíticos, de las presuntas maquinaciones globalistas a la reivindicación del occidentalismo. ¿Cómo se reflejan hoy todos estos procesos internacionales y regionales en la vida y el discurso públicos en Argentina, cuán influyentes son en la construcción de identidades políticas locales y de los clivajes que las enfrentan?

En principio no son tan influyentes, digamos. En el peronismo se ha disuelto bastante el bolivarianismo y no hay una identificación particular con China, aunque sí se percibe que no hay un discurso crítico sobre China y que hay sectores nostálgicos del chavismo que recientemente protagonizaron escándalos diplomáticos sobre el asunto. En grupos peronistas que están fuera del gobierno, tanto dentro de Cambiemos como en algunas organizaciones muy marginales, como la que acaba de lanzar Guillermo Moreno, un exsecretario de comercio de los Kirchner, hay algunos elementos del discurso trumpista, sobre todo una construcción en torno a un combate contra el globalismo, identificado con el Partido Demócrata norteamericano, la Organización Mundial de la Salud, la agenda feminista y China. También entre sectores pichettistas hay un peronismo que se plantea en guerra contra el socialismo, el comunismo, el castrochavismo y cosas así. En un ámbito también de nicho, pero ya dentro de la coalición del gobierno, hay peronistas o no peronistas que se identifican con algunos elementos de la agenda del PSOE y Podemos en España y de los sectores progresistas del Partido Demócrata norteamericano: esto se ve sobre todo en las simpatías por Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders que expresan figuras como Ofelia Fernández o algunos cuadros técnicos menores, que tienen lazos con el sector progresista de la interna demócrata, o incluso el ministro de Economía, Martín Guzmán, discípulo del economista norteamericano Joseph Stiglitz, que fue funcionario de Clinton y asesor de Jeremy Corbyn.

Cambiemos y el antiperonismo, por su parte, tienen una tradición más larga de mirar lo que se habla en el exterior y tratar de copiarlo. En el 45, frente a Perón, que era más similar a De Gaulle o Lázaro Cárdenas que a Mussolini, los antiperonistas adoptaron un discurso que creían similar al de la resistencia francesa y terminaron creyendo que se enfrentaban al nazismo. Hoy por hoy, frente a Alberto Fernández, que es una opción más que centrista, repiten cierto discurso antichavista pero también traen muchos elementos de la construcción de Donald Trump. Sin ir más lejos, hace días, cuando circuló una noticia falsa que aseguraba que la Organización Mundial de la Salud había declarado que la cuarentena no servía, Macri rápidamente se hizo eco y la reprodujo en una entrevista, mientras Trump hacía lo mismo en su cuenta de Twitter. Pero hay matices: en el caso antiperonista hay mucho más énfasis en lo que ellos llaman la República, que es cada vez más hueco, dado que no tienen ni las propuestas ni la visión republicana. En verdad, ahí nuevamente se reconoce algo más local que internacional: el antiperonismo se considera defensor de una república, pero es una república que aún no existe y que para ser fundada requiere el exterminio del peronismo o, en la actualidad, del kirchnerismo-chavista-narcosocialista. El antiperonismo gusta de leerse como un sector político que está «a tono con el mundo», aunque en verdad siempre están reeditando debates saldados e imaginarios agotados: en 1946 decidieron ser antinazis cuando el nazismo había sido derrotado, en 2020 son antichavistas cuando el bolivarianismo está muerto. En esos imaginarios caducos, producto de una obsesión con ser parte del mundo, late una obsesión que plantea al peronismo como un nacionalismo conservador, al mismo tiempo que moviliza ideas conservadoras propias, en especial la obsesión antiperonista con que «Argentina fue potencia a principios del siglo XX hasta que llegó el peronismo», que es completamente falsa.

Esos imaginarios caducos producen lecturas erróneas que llevan a grandes ciclos de desacuerdo e impiden una conversación política mas racional, mas habermasiana, si se quiere. No es que el peronismo no tenga falencias dentro de este esquema de diálogo político, las tiene por montones, pero ya se les ha dedicado suficiente tinta a las falencias peronistas y no tanta a la anormalidad antiperonista, una identidad política que ha subsistido durante décadas solo sobre la base de negar a un actor político democrático y generalmente mayoritario. Perdón, me puse el casete peronista y perdí el hilo de la respuesta. Retomando, y para cerrar, recuerdo hace poco haber leído a alguien que decía que Macron manejaba mejor la política internacional que la nacional, y sin saber si esa afirmación es cierta, me parece que algo de eso se ve en algunos movimientos de Fernández. Fernández es muy proeuropeo, le interesa poco congraciarse con Estados Unidos, lo cual es algo típico del peronismo y de los movimientos nacional-populares en general. Hay, creo yo, un gran acierto en la política sobre Venezuela, que condena al régimen de Maduro, no reconoce a Juan Guaidó y condena las intenciones intervencionistas de Estados Unidos y el Grupo de Lima. Mucho más claramente, hubo un gran acierto en no reconocer al gobierno golpista boliviano y proteger a Evo Morales y Álvaro García Linera, así como a otros funcionarios exiliados, acierto que, más allá de que fue moralmente correcto, comenzó a mostrar frutos políticos interesantes con la victoria aplastante del Movimiento al Socialismo en las elecciones bolivianas de hace unos días. Puede también que el énfasis progresista en lo cultural que ha mostrado el gobierno de Fernández, con su agenda feminista y LGTB, esté a tono con un posible triunfo de Biden en las inminentes elecciones estadounidenses. Pero hay que ver si algo de esto trae verdaderos éxitos en política interna y externa, o es solamente algo que servirá para decir «el presidente Fernández era un tipo que sabía leer al mundo». Por el momento, el contexto regional nos da dos señales: la victoria de la propuesta constituyente en Chile nos recuerda vivamente el poder que tiene la movilización popular, y la victoria del Movimiento al Socialismo en Bolivia nos recuerda que no podemos dar nada por sentado en el contexto actual.

Solo unos días separaron las elecciones que dieron las presidencias de Argentina a Alberto Fernández y de España a Pedro Sánchez, que junto a un puñado de gobiernos progresistas como los de António Costa en Portugal o Jacinda Ardern en Nueva Zelanda marchan a contratendencia de la derechización planetaria y su estela de liderazgos autoritarios, supremacistas, masculinistas y negacionistas de Washington a Nueva Delhi y de Brasilia a Varsovia. A la vez, estos gobiernos progresistas exhiben a menudo una preocupante indecisión a la hora de desmarcarse del neoliberalismo en catástrofe, de entre cuyos escombros están emergiendo todos esos espectros neofascistas. Tanto respecto al concreto y práctico desempeño del gobierno Fernández, como desde una más amplia perspectiva sociológica, cultural e incluso moral, ¿cómo encaja, qué particularidades, ventajas y desventajas comparativas exhibe, dentro de ese gran esquema global, el peronismo contemporáneo? O, dicho de otro modo, ¿cómo opera el peronismo en tanto antifascismo en estos tiempos de galopante involución fascista planetaria, y qué puede aportar de específico a una deseable y apremiante, pero aún apenas embrionaria, si no totalmente hipotética, nueva economía moral antifascista global? 

Personalmente, creo que lo que vemos hoy, en el peor de los casos, antes que fascismo, es eso que Enzo Traverso llamó posfascismo. Y, en verdad, creo que recurrimos a decirle fascismo porque no tenemos otra palabra. Entiendo que políticamente, o en la perspectiva de lo militante, sea útil recurrir a llamar fascistas a todos los ultraderechistas, porque por suerte a día de hoy la palabra fascista conserva una connotación muy negativa. Pero las nuevas derechas, la alt-right o el panbolsonarismo latinoamericano tienen elementos muy diferentes respecto al fascismo histórico. Les falta el elemento militarista, las milicias, la pasión por la movilización controlada desde arriba, el jefe carismático pero aristocrático. También falta cierta formulación juvenil, cierto culto por el cuerpo joven, que predominaba entre los fascistas italianos y los nazis. Las nuevas derechas, en cambio, vienen teniendo más éxito entre gente mayor, aunque nos alarme la cantidad de jóvenes de Vox que vemos. Puede que justamente en el caso de Vox, o de algunas milicias de supremacistas blancos, o de la ultraderecha boliviana de Santa Cruz, las formas utilizadas sean en apariencia más cercanas al fascismo clásico. Y es que en verdad sí vemos elementos claramente en común: el racismo implícito o explicito, también la tensión con el catolicismo y con el papa Francisco (recordemos que tanto el fascismo italiano como el nazismo tuvieron una relación muy compleja y conflictiva con la Iglesia) y, de modo cada vez más evidente, el sentimiento antidemocrático. En muchos casos, aunque no todos, aparece un lugar misógino y homoerótico que también recuerda a elementos, en particular, del nazismo, que tenía una base muy fuerte de jóvenes militantes medio incels, muy típicos del imaginario alemán de esa época. Aunque también hay que recordar que el nazismo y el fascismo italiano, y también el franquismo, encontraron formas novedosas de movilizar a las mujeres en el espacio público y privado. Había como cierta cosa espartana que hoy no se ve. Para complejizar más, formulaciones como el Partido Libertario en Argentina, Vox, el ala más derechista de Cambiemos, Bolsonaro, el trumpismo, Le Pen, la Alternativa por Alemania y otros son bastante cosmopolitas en su visión. El nacionalismo que practican es más cultural que económico, no quieren un proteccionismo real, apenas algunos gestos simbólicos al estilo Trump de «estoy trayendo los trabajos de vuelta». El fascismo, aunque nos incomode decirlo, tenía cierta expectativa revolucionaria, además de una voluntad militar expansionista, y había integrado dentro de sus cuadros a muchos socialistas desencantados. No veo eso en las nuevas derechas, que mezclan cierto fascismo cultural, que se ve mucho en productos de la industria cultural como 300, Joker o Tropa de Élite, con una visión económica más propia de formulaciones liberales extremas.

Volviendo a la pregunta, perdón por este preámbulo, el peronismo, supongo que todos lo sabemos, tiene una relación compleja con el fascismo. Mas que antifascista, el peronismo, en muchos momentos de su génesis histórica, fue no fascista. Perón, en su famosa estadía juvenil en Italia, se codeaba con católicos antifascistas, no con mussolinianos, pero tampoco con socialistas antifascistas o alguna otra formulación radical. A su vez, el primer gobierno de Perón tomó muchas medidas en favor de la comunidad judía argentina y en apoyo al naciente estado de Israel, pero tenía en su interior a personas que habían simpatizado con el nazismo o que tenían discursos antisemitas, discursos con los que Perón coqueteó en los años sesenta, cuando la palabra sinarquía, propia del antisemitismo de entonces, apareció en algunas de sus cartas. Aunque, también hay que decir, la mayoría de estos funcionarios cambiaron sus discursos o fueron expulsados para 1947-1948. Cosas que uno, cuando investiga en profundidad, encuentra incluso en países aliados, y que al final eran cosa de figuras marginales dentro del gobierno. Pero esa línea de, podríamos decir, un nacionalismo fascista no peronista que busca un lugar dentro de las filas peronistas, ha persistido hasta el día de hoy. Siguen existiendo peronistas profascistas, o, más bien, fascistas properonistas, que buscan identificar al peronismo con el fascismo, y que ayudan a que el antiperonismo, que también ha tenido y tiene fascistas y antisemitas en sus filas, pueda mantener su identificación del peronismo como pronazi, cosa que decididamente nunca fue. Esto persiste incluso a pesar de que la conducción del peronismo democrático sea claramente antifascista, en especial desde el año 2003, dado que aún podríamos señalar algunos contactos turbios de Menem o de funcionarios del menemismo con ese viejo nacionalismo no peronista y profascista.

Quizás el potencial peronista para lidiar con estas nuevas derechas es el hecho de que el peronismo, en su mejor momento, sabe albergar derechas extremas y acercarlas a posiciones proobreras. Hay una derecha que tiene como enemigo a la élite, al igual que nosotros en la izquierda o en el nacionalismo popular, pero que identifica una élite cultural en vez de económica. El peronismo sabe convertir a esos derechistas en personas funcionales para un gobierno reformista o laborista. Lo cual es un potencial muy interesante, porque necesitamos de esa conversión, de esa moderación, para evitar un escenario de guerra civil. Aunque eso también, por ejemplo en los setenta, fue algo que fracasó. Por otro lado, es interesante cierta voluntad histórica del peronismo, muy típica de la segunda posguerra, de construir un capitalismo que no sea ni un colectivismo soviético ni un liberalismo salvaje atroz, pero que tampoco se fundamente sobre alguna visión fascista de carácter totalitario y racista. El peronismo, en términos generales, siempre ha sido marcadamente antirracista y proinmigración. Más allá de algún problema con el antisemitismo, que creo es lamentablemente extensible a casi todas las formulaciones de centro izquierda occidentales, y más de un incidente triste en torno a la cuestión indígena, que es un punto débil de muchas izquierdas y nacionalismos populares poscoloniales, el peronismo supo expresar, mejor que su oposición, cierta voluntad de integración no solo policlasista, sino también, en algún punto, multicultural. Es más, en la constitución de 1949 se añadieron un articulo antirracista y otro que prohibía las organizaciones armadas paraestatales, ambos eliminados tras el golpe antiperonista de 1955, y ambos muy similares a artículos de la Constitución alemana posterior a la segunda guerra mundial, es decir, artículos de un sentimiento marcadamente antinazi pero también marcadamente anticomunista, al menos pensando en el comunismo soviético y enamorado de la lucha armada de aquel entonces.

En ese sentido, hay una experiencia de lo que algunos han llamado nacionalismo de inclusión que puede ser interesante para generar un discurso capitalista, reformista pero capitalista al fin, que no caiga en las ingenuidades de cierto multiculturalismo progresista que hoy está en aprietos, pero que tampoco nos lleve al nacionalismo cuasifascista, aunque marcadamente liberal, que pregonan los neofranquistas del Vox o Bolsonaro. Hay una frase que se le atribuye a Olympe de Gouges, quien supuestamente había afirmado que ella era una mujer «que solo tenía paradojas para ofrecer». Algo así puede proporcionar el mejor peronismo: paradojas y contradicciones. Todos los movimientos políticos tienen contradicciones y paradojas: sin ir muy lejos, las izquierdas extremas de hoy en día, que abogan por la revolución, pero renuncian a utilizar las armas, son mucho más contradictorias en sus planteamientos que los partidos reformistas y capitalismo friendly. Ese es el potencial herético, plebeyo, insubordinado y mestizo que ha aportado y puede seguir aportando el peronismo al concierto de movimientos obreros mundial. Antes que utopías, tenemos paradojas, y de forma inexplicable, las paradojas pueden ser un mejor motor para construir y transformar el mundo que las utopías, tan tendentes a la parálisis y la discusión inconducente.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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