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Sociopolítica

La naturaleza humana viaja en barco

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Estábamos aún en el muelle de Marsella y acababa de terminar una entrevista a Ludovic Duguépéroux, un marino rescatista de la organizacion humanitaria SOS Meditérranée. Justo a tiempo para ver desde cubierta un atardecer de mediados de junio que transformó el cielo en un espectacular conjunto de matices.  “Ya verás”, me había dicho como una amistosa advertencia: “la naturaleza del ser humano a puerta cerrada de un barco es muy especial, no hay escapatoria, y dependiendo de la gente que tengas a bordo, puede llegar a ser más o menos opresiva”. El comentario no podía tener mejores intenciones.

La misión para la que había abordado el Ocean Viking, un barco ambulancia rojo y blanco que se proponía rescatar a náufragos en la ruta de migración más mortífera del mundo, era en sí misma inusual.

El Ocean Viking, 15 de septiembre de 2019. (AFP / Alessandro Serrano)

Por primera vez las operaciones se iban a llevar a cabo sin el aliado Médicos Sin Fronteras, que acababa de retirarse, y en el contexto del covid-19, con todas las limitaciones que ello implica: mascarillas, viseras, trajes, descontaminación… De hecho, acababa de salir de una cuarentena de catorce días compartida en el mismo hotel con toda la tripulación.

Era el momento de prepararse mentalmente para lo peor del drama que sucede en estas aguas, que desde la crisis migratoria de 2015 se han tragado a miles de personas aspirantes al exilio.

29 de febrero de 2020. Llegada de 27 solicitantes de asilo de Gambia y de la República Democrática del Congo cerca de Lesbos en Grecia. (AFP / Aris Messinis)

Apenas llegamos a la zona frente a Libia, después de tres días de navegación, comenzaron los rescates. Dos en cinco horas y de camino a otro barco en problemas  donde una mujer acababa de dar a luz a un bebé, además de estas palabras de un responsable a bordo, casi irreales a las 2 de la madrugada: “Hay informes de al menos seis personas muertas en este barco, si no te apetece ir en la lancha semirígida, dínoslo”.

Al final, los supervivientes tuvieron mala suerte. Los guardacostas libios llegaron antes y se llevaron a todos estos migrantes de vuelta al país del que huían.

(AFP / Shahzad Abdul)

Mi lugar, durante este tipo de operación, está en la parte trasera de la lancha, justo a la izquierda del piloto, Rocco, un italiano bromista que prefiere que su apellido no se publique.

Desde 2015 se supone que la escena es bien conocida. Pero intercambiar en medio de la nada la mirada con estas personas hacinadas que se han lanzado al mar arriesgando sus vidas, observar  estos rostros asustados iluminarse cuando ven ayuda, sigue siendo una experiencia humana asombrosa.

(AFP / Shahzad Abdul)

 

Los días siguientes fueron principalmente una oportunidad para conocer a estos 117 hombres y una mujer que dicen haber preferido una muerte probable en el mar a una segura en Libia ¿De dónde han salido? ¿Cómo terminaron en este país caótico? ¿Por qué y cómo escaparon? ¿Cuáles son sus sueños ahora?

Se trataba en su mayoría de personas de Pakistán y Bagladés, así como de africanos subsaharianos, que tienen en común haber sufrido los peores abusos en Libia.

Hacen preguntas y tratan de responder a muchas otras: ¿cómo va a ser todo para nosotros? ¿Qué país nos va a recibir? ¿Podremos trabajar? Inténtalo porque no toda la verdad es tan buena como para contarla. En ese momento no le veo sentido hablar sobre la dificultad del proceso de integración, los insalubres campos en los que se agrupan cientos, incluso miles, de migrantes y refugiados en Francia.

A bordo de la embarcación, la vida se organiza en torno a tres pilares: comer, lavarse y descansar. En primer lugar está la distribución del desayuno (pastel rico en proteínas, cacahuetes, galletas, barras de cereales) a las 10:00 am, que se acompaña de un chequeo de temperatura en estos tiempos covid. Y lo mismo ocurre con la cena, con las raciones humanitarias que dejó MSF. Luego está la ducha de la tarde, tres minutos por persona, en grupos de cinco en cinco, para ahorrar el agua reciclada a bordo.

A bordo del Ocean Viking, 26 de junio de 2020 (AFP/ Shahzad Abdul)

El resto del tiempo, hacer largas siestas o un descanso al abrigo de los contenedores que protegen del calor opresivo, para recuperarse de un viaje a menudo caótico. Algunas personas juegan a las cartas, a las damas. Y una de esas tardes, la sesión de peluquería dirigida por dos migrantes con tijeras en las manos que logran un raro momento para compartir plagado de risas.

(AFP/ Shahzad Abdul)
(AFP/ Shahzad Abdul )

Las medidas sanitarias relacionadas con el virus también pueden crear barreras. Después de un largo recorrido en cubierta, los socorristas y yo teníamos que ducharnos en una esclusa de descontaminación delimitada por lonas azules y desinfectar todo con cloro, incluidas las suelas de los zapatos y el bolígrafo, antes de entrar en el barco, donde estaba mi diminuto camarote de oficina.

Después de unos días, la ansiedad de los sobrevivientes se debía principalmente a la imposibilidad de informar a sus familias que habían escapado de la muerte. No podían hacerlo por teléfono en alta mar, ni utilizando la red wifi del barco.

Regularmente algunos de ellos garabateaban el número de un pariente o una cuenta de Facebook para que yo les informara que estaban vivos. Estaban molestos porque con mi libreta no podía mostrarlos en televisión en vivo.

Shahzad Abdul trabajando a bordo del Ocean Viking

Sólo hay una conexión a bordo, lo cual ponía los nervios de punta – a veces enviar una foto a la redacción podía tardar más de una hora – pero el internet se utilizaba principalmente para comunicarse con las autoridades marítimas.  Si a este ancho de banda tan débil se añadían más de 100 personas conectadas era seguro que nadie podría usarlo de nuevo. Así que las instrucciones eran no hacer ninguna excepción.

El 30 de junio hubo dos nuevos rescates. Los migrantes apoyados en la cubierta  aplaudieron las operaciones. Los náufragos  habían estado en el lugar desde hacia cinco días antes. El segundo rescate tuvo lugar de noche, en un mar como vinilo negro. El ojo tenía que acostumbrarse a la oscuridad total, así que nada de faros o flashes del teléfono. 

El objetivo era encontrar un barco de madera, que acababa de ser denunciado por las autoridades marítimas maltesas. Al cabo de 30 minutos aparecieron los rostros de 16 tunecinos, entre ellos una mujer y cuatro mineros, que habían abandonado su ciudad costera de Zarzis el día anterior y se encontraban ahora a 74 kilómetros de la isla italiana de Lampedusa.

El grupo había descargado una aplicación de navegación offline, aún tenía dos latas de gasolina y navegaba en un mar tranquilo. Por lo tanto, inicialmente se negó a unirse al Ocean Viking. Pero finalmente aceptó subir al barco.

La puerta de Lampedusa, también conocida como la “Puerta de Europa” en el sur de la isla de Lampedusa, Italia, el 26 de septiembre de 2018. (AFP / Alberto Pizzoli)

Estos pasajeros, los únicos que no habían huido de Libia, ¿habían entendido lo que estaba en juego con su decisión? Más tarde dijeron que no. La cubierta del barco humanitario era un microcosmos de unos 50 metros de largo, donde la espera empezaba a pasar factura, cuando los recién llegados cuestionaron su presencia en la embarcación.

“Ya estaríamos en Lampedusa si hubiéramos seguido solos, teníamos todo, el GPS, el aceite combustible, y ahora estamos atrapados aquí esperando”, dijo Ahmed, de 24 años, aún sin camisa y con un sombrero negro tipo bob atornillado en la cabeza calva.

¿Ingratitud o realismo? En cuatro días, entre el jueves siguiente a su desembarco en Sicilia y el domingo 12 de julio, casi mil inmigrantes llegaron a Lampedusa por sus propios medios.

En sus teléfonos, los tunecinos veían fotos de sus ciudades, mientras que dos norafricanos se tiraron por la borda, cansados de la monotonía en el barco, cuyas peticiones para que se le asignara un puerto de desembarque seguían siendo ignoradas. Finalmente los marineros tuvieron que poner de nuevo una lancha ligera en el agua para traer de vuelta a los migrantes.

En ese momento, la cubierta se dividió en dos campos, que podían ser opuestos de mil maneras, pero que Mohammad Irshad, un pakistaní de 22 años, resumió así: “Los egipcios, los marroquíes, los tunecinos, no han experimentado la tortura en Libia como nosotros, como los hermanos negros o los silenciosos de Bangladés. No tienen la misma resistencia o paciencia”.

La tensión aumenta de dos maneras paralelas. Para los trabajadores humanitarios de SOS Méditerranée se trata de un juego de presión que incluye amenazas suicidas y de agresiones, incluso de muerte para el capitán del barco. Entre los migrantes de África del norte se extendió el rumor de que el hombre al timón tiene un interés financiero para hacer durar su estancia a bordo. Se frotan los puños ante las otras comunidades.

Para mí, la pregunta es: ¿Qué lugar debo dar en mis artículos a esta ruidosa minoría cuyas amenazas nunca me parecieron verdaderas? 

En un comunicado el viernes 3 de julio se declara el estado de urgencia a bordo, sin consecuencias. SOS Méditerranée reporta seis intentos  de suicidio, incluido el de un hombre que corrió dos pasos por la cubierta amenazando con saltar.

Yo nunca recibí ninguna amenaza y pude seguir haciendo mi trabajo, dando la palabra a todos los presentes. ¿Por qué elegir uno sobre el otro? ¿Sobre qué base? De donde sea que vinieran y cualesquiera que fueran sus motivaciones, ¿no se encontraban, al final, en la misma situación?

Decidí narrar la vida cotidiana a veces tensa, a veces extremadamente tranquila, casi esquizofrénica, detallando cada pieza de este divertido rompecabezas, sin añadir ningún comentario. De un lado, los integrantes de SOS Méditerranée desgastados por la situación en la cubierta, que fueron encontrados llorando en la proa del barco preguntándose cómo era posible que las personas que habían rescatado podían ahora amenazarlos físicamente.  Uno de ellos, con los ojos rojos por la falta de sueño, me llevo a una sala de máquinas ensordecedora para confesar: “Claro, es como el resto de la humanidad, hay gente buena y grandes imbéciles. Pero estoy perdiendo la fe en la humanidad”. En público, la ONG siempre ha sido cuidadosa con sus palabras, recordando  la “angustia psicológica aguda” que viven las personas a bordo del barco. Por otro lado, los migrantes,  cuya gran mayoría esperaba con calma, pero entre ellos había algunos capaces de dejarse llevar por  un juego competitivo de exilio.

Black Lives Matter, 6 de julio de 2020, a bordo del Ocean Viking. (AFP/ Shahzad Abdul)

Quién es un “verdadero refugiado” y quién es un “oportunista”,  dijo señalando con el dedo a un bangladesí. La lucha contra el racismo también hizo una sorprendente aparición en la cubierta del barco, donde los negros africanos, que se sentaban todo el día a charlar, pusieron un cartel con el lema: “Black Lives Matter”.

Pero lo que queda profundamente marcado de estos diez días de cohabitación es la dignidad con la que todos los que dicen haber vivido lo peor de Libia – la tortura, la esclavitud – enfrentan a su pasado y miran hacia el futuro.

Festejo del próximo desembarque a bordo del Ocean Viking, el 5 de julio de 2020. (AFP/ Shahzad Abdul )

Una mezcla de resistencia, perdón y rabia por la vida: en cierto modo, la fe en el hombre. Me marcó la fuerza de estos jóvenes que pueden decir aburridos con sus palabras de manera apológica, que fueron golpeados hasta el punto de desmayarse cuando sus familias no pagaban el rescate para liberarlos o que “murieron todos los días en Libia”, como Arslan Ahmid de 24 años. Ellos también tienen esperanza.

Samir de 8 años, proveniente de Somalia, mira a través de la ventana en el barco humanitario Astral de la ONG Proactive Open Arms, el 25 de septiembre de 2016. (AFP / Ricardo Garcia Vilanova)

 

Como Peter Enyinnaya, un nigeriano que fue secuestrado, torturado, extorsionado, dado por muerto… y que se encuentra en este barco, sentado sin decir una palabra,  tratando de encontrar en Italia a su hija llamada Milagro. Pregúntale cómo se las arregló para pasar por todo esto. Simplemente dirá: “Porque tengo un propósito.  Sé a dónde voy”.

Ante estos destinos, siempre terminas invadido por un sabor a injusticia ¿Por qué algunas personas, incluida yo, pueden viajar o emigrar libremente mientras que otras tienen que arriesgar sus vidas?

Al final, entre la declaración de urgencia y el desembarque tres días más tarde en Sicilia, las tensiones casi habían desaparecido con la seguridad de un arribo inminente en Italia.

El Ocean Viking fue puesto en cuarentena por las autoridades italianas. A bordo del barco ambulancia, los marineros aprovecharon desde el primer día para realizar una gran limpieza de la cubierta usando mangueras contra incendios. Comenzaron recogiendo todos los cacahuetes del suelo, que los norafricanos arrojaban a los negros y a los bangladesís imitando gritos de monos, para borrar de su memoria estas dolorosas escenas de racismo. Esta limpieza  “es cartártica”,  exclamó  Ludovic Duguépéroux deteniéndose un momento con un trapo en el hombro.

Solicitantes de asilo en la isla griega de Lesbos, 2 de marzo de 2020. (AFP / Aris Messinis)

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Autor: Shahzad Abdul

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Círculo vicioso

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San Salvador – Me llevaron por pasillos angostos, oscuros y laberínticos, y de golpe vi la escena. Sobresalían solo algunas manos y piernas de los barrotes azules. Hombres amontonados en celdas de ocho por cuatro metros de profundidad, o incluso más chicas, de tres metros por dos. Con sus mascarillas, shorts blancos, sin camisa, la mayoría descalzos. El aire húmedo y caliente de septiembre estaba cargado del sudor de los cuerpos y de olor a orina. 

Prisión de alta seguridad de Quezaltepeque, El Salvador 4 de septiembre de 2020. (AFP / Yuri Cortez)

Me han preguntado si se trataba de una puesta en escena. Pero creo que realmente viven así, practicamente en jaulas.

Cuando los vi me recordó otra imagen de otro reportaje sobre la captura del líder de Sendero Luminoso en Perú, Abimael Guzmán, en 1992. El entonces presidente, Alberto Fujimori lo presentó en una jaula. 

(AFP / Hector Mata)

 Todos estos hombres, muchos con la cabeza rapada y el cuerpo cubierto de tatuajes son miembros de las maras, bandas criminales profundamente arraigadas en mi país, que han prosperado también en Honduras y Guatemala.

Estos prisioneros son principalmente de la llamada Mara Salvatrucha o MS-13 y Barrio 18, pandillas rivales también arraigadas en Los Ángeles, California, donde emigrantes salvadoreños pobres formaron o se unieron a estos grupos hace casi medio siglo, en la década de 1980. En Estados Unidos también han tenido luchas mortales y están en la mira de la justicia estadounidense.

(AFP / Yuri Cortez)
(AFP / Yuri Cortez)

El contexto de la visita es particular, incluso puede parecer paradójico.

En general las autoridades penitenciarias abren las cárceles a la prensa para demostrar que respetan los derechos humanos y que los presos son tratados con dignidad. Pero en este caso, el objetivo era demostrar un trato duro y severo, en respuesta a una investigación de un respetado medio salvadoreño, El Faro,  según la cual el gobierno de Nayib Bukele, elegido bajo la promesa de aplicar mano dura contra las pandillas, había estado secretamente negociando con ellas y en ese marco dando beneficios en las cárceles.

Durante las visitas, sacaron a prisioneros apenas vestidos para demostrar el rigor de las requisas: así es como verifican si no esconden droga, teléfonos o armas artesanales. 

Me quedé impactado,  primero pensando en el espacio tan pequeño y sobrepoblado en el que se encontraban los reos. También con sus miradas, algunas desafiantes, como si quisieran identificarme. Muchas muy intensas.  Pero tuve que centrarme muy rápido ya que tenía poco tiempo para tomar las fotografías y hacer mi trabajo. Entonces busqué con la mirada una visión gran angular para escoger el cuadro de mis fotos.

Cárcel de Alta Seguridad de Izalco, Sonsonate, El Salvador, 4 de septiembre de 2020 (AFP / Yuri Cortez)

Las celdas tenían un barril chico con poca agua teniendo en cuenta la cantidad de ocupantes. No había presencia de más objetos para tratar de componer una foto distinta y contrastar con algún elemento de fuera. Vi también ese teléfono público absurdo que para nada servía. 

(AFP / Yuri Cortez)

Se estima que 17.000 miembros de las bandas, que cuentan con al menos 70.000, están encarcelados. En algunos casos siguen dirigiendo las operaciones desde sus celdas y se ha destapado más de un escándalo sobre su vida en la cárcel, con acceso a prostitutas y drogas. Cuando las bandas negocian con el gobierno secretamente o no es a cambio de beneficios penitenciarios. 

(AFP / Yuri Cortez)

Un reportaje como este es complejo y parte de los retos que los fotoperiodistas enfrentamos. Buscamos la manera de minimizar el irrespeto al ser humano, a su integridad. Para eso usamos la luz, a veces la poca luz, o la mucha luz. Como profesional trato de retratar lo que veo y lo que siento para que la gente conozca y se exprese.

Prisión de alta seguridad de Izalco, 4 de septiembre de 2020 (AFP / Yuri Cortez)

Yo soy salvadoreño, pero llevaba muchos años desligado de la cobertura de mi país, haciendo reportajes en muchos otros lugares: Iraq, México, Venezuela, mundiales de fútbol… Ahora he vuelto a pasar una temporada en mi país y veo como las pandillas se han vuelto grandes y que controlan territorios enteros. En algunos casos han expulsado a barrios completos de sus casas, cobran servicios de energía eléctrica, de agua, y los vehículos repartidores de productos.

Arte callejero denunciando a la Mara Salvatrucha en Tegucigalpa, Honduras, 30 de septiembre de 2014, (AFP / Orlando Sierra)

 

Hace poco hicimos un reportaje con Médicos Sin Fronteras, que dicen ser prácticamente los únicos autorizados a ingresar ambulancias a las zonas controladas por las maras, debiendo someterse a sus reglas para brindar servicio a la población.

La mayoría de los reclusos son personas implicadas en actos de violencia, en algunos casos homicidios, extorsiones.

Las bandas han sido acusadas de desaparecer a personas, de estar involucradas en el tráfico humano, en el crimen organizado. El Salvador es uno de los países más violentos del mundo, con una tasa de homicidios en 2019 que alcanzó 35 por 100.000.

Miembros de la Mara Salvatrucha en Tegucigalpa, Honduras, el 30 de septiembre de 2014. (AFP / Orlando Sierra)

A veces también se adivina esa historia en los tatuajes que los presos muestran con orgullo. En ellos se descubre a qué banda pertenecen, en qué creen y a veces incluso alardean de cuantas personas han matado. Vi uno por ejemplo dedicado a la Santa Muerte, otros a la Virgen de Guadalupe. El principal punto es la identificación con la pandilla a la que pertenecen. ¡Es casi una obligación!

Cuando aumentan los homicidios, el gobierno contesta con un endurecimiento de las medidas carcelarias. Por ejemplo, hace poco, se cubrieron las celdas con láminas y se dejó una rendija en lo alto apenas para que quedara algo de luz.

Pero me da mucha tristeza que este país sea visto solo así. Compañeros de fuera me dicen en son de broma muchas veces: “ah, mira allí viene la mara Salvatrucha”. Es triste que el país sea reconocido solo por este tipo de situaciones. Aquí tenemos las mejores playas para surfear a nivel centro-americano, hay naturaleza, cantidad de lugares turísticos no explotados, que no tienen los accesos que deberían. 

Hace dos años, en el Mundial de Rusia, una foto mía dio la vuelta al mundo. La gente decía: “que bueno que a nivel internacional un salvadoreño tenga una nota positiva, que se nombre El Salvador no por una tragedia, no por pandillas, sino por algo positivo”. 

La solución parte de la educación y de la atención a los niños, también en materia de salud. La falta de oportunidades de trabajo, la falta de seguridad, hace que muchos padres de familia emigren en busca del sueño americano. Se genera una disgregación familiar que es semilla del crecimiento de las pandillas. Un círculo vicioso de violencia y tristeza. 

Graffiti en honor a la Mara Salvatrucha cubierto por un soldado con la palabra Paz, 7 de junio de 2016 en Quezaltepeque, El Salvador. (AFP / Marvin Recinos)

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Autor: yuri.cortez

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Sociopolítica

Asesinato de un amigo en Bagdad

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Los periodistas en general tienden a guardar distancia de sus fuentes, pero a veces estas personas se convierten en amistades, sobre todo cuando trabajan en medio de un conflicto. Esto es lo que le pasó a Ammar Karim, ubicado en la oficina  de AFP en Bagdad, donde perdió para siempre a una de sus más valiosas fuentes, que además era un gran investigador y amigo iraquí.     

Bagdad – Es lunes 6 de julio por  la tarde. Veo su nombre en la pantalla de mi teléfono celular. Aparece en un grupo de Whatsapp de periodistas e investigadores. Hisham al Hashémi, especialista en yihadismo y uno de los mejores analistas de la política iraquí, suele participar en las conversaciones. Pero en esta ocasión no es el remitente, sino el tema de los mensajes porque acababa de morir.

No puedo creer lo que veo. Pero el Ministerio del Interior lo confirma. Hisham al-Hashemi, de 47 años, padre de cuatro hijos, comentarista de televisión, mentor de jóvenes activistas de la sociedad civil, autor de tres libros sobre grupos yihadistas y asesor político, Hisham, mi amigo, acaba de ser asesinado a tiros afuera de su casa.  

Camino hacia su hogar, a unos diez minutos del mío. Frente a su domicilio en una calle tranquila de nuestro vecindario en el este de Bagdad, que es tan pacífico, no reconozco nada. Hombres con uniformes negros o azules, policías y soldados han invadido el pavimento. Mis ojos se empañan de lágrimas. Veo su camioneta, la ventana destrozada y un charco de sangre. Finalmente, me doy cuenta de que es verdad. 

Volver al pasado. Estamos en octubre de 2019. Hace sólo dos años que Irak salió de la guerra contra el grupo Estado Islámico, que duró de 2014 a 2017. El país está ahora dividido entre sus aliados estadounidenses e iraníes, que son a su vez enemigos y quieren poner a los iraquís definitivamente de su lado.  

En la Plaza Tahrir de Bagdad estalló una revuelta popular sin precedentes contra la corrupción de los dirigentes políticos y el dominio del gran vecino iraní. Decenas de activistas fueron asesinados durante los largos meses de manifestaciones ocurridas en el otoño e invierno entre 2019 y 2020.

Manifestación contra el gobierno de Irak, al reiniciarse las protestas tras meses de calma, en Bagdad el 10 de mayo de 2020,
(AFP / Ahmad Al-rubaye)

El modus operandi es siempre el mismo: hombres en moto disparan a las víctimas cuando entran o salen de sus casas. Es un estira y afloja entre los que matan y los que quieren que su Irak se convierta en un Estado libre, sin milicias, sin corrupción. 

El Estado y sus múltiples servicios de seguridad se aseguran siempre de que los asesinos no puedan ser identificados. 

Hicham al Hachémi respaldó públicamente a los manifestantes. Denunció tanto a las milicias chiítas pro iraníes que operan en Irak como la represión de las autoridades contra los manifestaciones, que causaron más de 550 muertes. 

Manifestación en Kerbala, en el sur de Bagdad, el 9 de febrero de 2020. (AFP / Mohammed Sawaf)
Manifestación en Bagdad, el 10 de mayo de 2020. (AFP / Ahmad Al-rubaye)

Su muerte en la oscuridad de la noche marca una nueva etapa y transmite un mensaje: a partir de ahora, incluso las figuras más importantes serán el blanco de esta lucha desde las sombras. 

Imagen difundida por el servicio de prensa del primer ministro Moustafa al-Kazimi, tomada durante una visita a la familia de Hicham al-Hachémi, el 8 de julio de 2020. (AFP / )

 

Me vienen los recuerdos frente al auto blanco de Hicham al Hachémi. Muchas veces me subí a su lado para ir a diversos sitios. Era un lugar alegre para estar en un país que no siempre se presta al optimismo.

Con su muerte se llevó esa esperanza. Los mensajes que corrieron en las redes sociales hablaban de eso. El horror de saber que tres hombres en motocicletas pudieron esperar a que él llegara a su casa, se bajaran de las motocicletas, apuntaran sus armas a la ventana delantera del lado del conductor y le dispararan a quemarropa sin problemas.  

Hicham amaba Irak. Era lo único en lo que pensaba: sacar al país de la crisis. Hablaba de eso a la hora del desayuno en algún restaurante a la orilla del Tigris compartiendo una tortilla de carne iraquí con amigos, con otros periodistas, con expertos, funcionarios del partido o del gobierno.

Hablaba de eso en el almuerzo, cuando nos tomábamos un descanso y también cuando nos reuníamos para el té de la tarde en pequeños cafés de Bagdad rodeados de fumadores con pipas de narguile. 

De todos estos momentos compartidos, también recuerdo miles de interrupciones: personas que venían a saludar al “Dr. Hicham” o a pedirle su análisis de los últimos acontecimientos del país. Se tomaba el tiempo para responder con una sonrisa, una buena palabra. Mantenía una sonrisa en el rostro incluso cuando hablabamos de las amenazas que enfrentaba.   

Plaza Tahrir en Bagdad, el 8 de julio de 2020. (AFP / Ahmad Al-rubaye)

Hicham también tenía enemigos en muchas partes de Irak. Los yihadistas lo odiaban: como consultor de diversos servicios iraquíes y de cancillerías extranjeras había desempeñado un papel crucial en la derrota del EI. Gracias a sus fuentes tenía información valiosa sobre sus dirigentes y a veces incluso sobre su paradero.  

La milicia a favor de Irán también lo odiaba porque abogaba por un Estado fuerte que trabajara por los intereses de Irak y no por grupos que actuaban en nombre iraní. También lo acusaron de estar demasiado cerca de Estados Unidos.  

En septiembre de 2019, incluso antes de que estallaran las manifestaciones, él y otras 13 personalidades iraquíes recibieron amenazas de muerte en línea de grupos a favor de Irán.

Risueño, con un mentón regordete y dos hoyuelos en las mejillas, Hisham al Hashemi estaba consciente de las amenazas y siempre respondió igual: se trata del “Mektoub”, el destino escrito por Dios para todos, según la tradición musulmana.

Homenaje a Hicham al-Hachémi el 7 de julio de 2020 en Bagdad, Plaza Tahrir. (AFP / Ahmad Al-rubaye)

Los que lo conocieron siempre recuerdan a un hombre “generoso”. Generoso en consejos para los jóvenes estudiosos, en su atención a los manifestantes, a los que a veces incluso sacaba de cárceles, generoso también con los más pobres, a los que ayudaba mucho más a menudo de lo que reconocía. 

“Abu Issa”, llamado así por su hijo mayor como es la tradición en Medio Oriente, fue también un padre cariñoso con sus tres hijos y su hija. Un marido que constantemente se aseguraba de que nada le faltara a su esposa, Umm Issa. Un hermano proveedor de su familia. 

Sus sobrinos y hermanos dicen que siempre se negó cuando trataron de obtener favores de él para evitar una multa que consideraban injustificada, aprovechando un trabajo que tuvo como funcionario. Todo un desafío en un país considerado uno de los más corruptos del mundo.

Mural en la Plaza Tahrir, en Bagdad el 24 de diciembre de 2019. (AFP / Ahmad Al-rubaye)

También fui testigo de esa grandeza de espíritu. Recientemente, en la sede de visados, me encontré con una mujer nigeriana, probablemente una trabajadora doméstica, que fue expulsada sin ningún otro juicio. Tenía una orden de deportación, además se le pidió que pagara su boleto de vuelta.

Pedí ayuda en los famosos grupos de Whatsapp. Hicham fue el primero en responder en privado. Luego me trajo discretamente el dinero para pagar el viaje de la chica nigeriana ese día. Nadie supo nada al respecto.  

Este hombre fue una de las personas más generosas y modestas que he conocido. Durante años luchó a su manera contra los grupos armados de este país. Esa pelea le costó la vida.

Ammar Karim y Hicham al-Hachémi (AFP)

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Autor: ammar.karim

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Black Lives Matter, detrás de cámaras

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Washington D.C. –  La elección presidencial de Estados Unidos iba a ser la gran historia de 2020.  Nos habíamos estado preparando para eso desde 2016. La campaña de Trump abrió una avalancha de noticias de interés y nos llevó a embarcarnos en una importante revisión de toda nuestra operación de video. Incrementamos nuestro personal de siete a más de 20 integrantes,  con personas distribuidas en todo el país, además abrimos una “sala de control maestra” para las transmisiones en vivo y construimos una red de video con periodistas freelance en todo el territorio nacional.

Para el otoño de 2019, más de un año antes de la elección presidencial de 2020, el plan de cobertura estaba listo. Todos estábamos emocionados por iniciar el año electoral.  Sin embargo, la emergencia de la covid-19 fue nuestra primera señal de que 2020 no iría de acuerdo con el plan establecido. El trabajo remoto se implementó con velocidad y nuestra red a lo largo del país se mantuvo firme. Entonces, George Floyd fue asesinado. De inmediato pusimos a un videasta veterano en un avión rumbo a Minneapolis y otro lo siguió después de la primera noche de fuertes disturbios. Luego las protestas se extendieron a lo largo del país.

Minneapolis, Nueva York, California, Miami, Houston, Atlanta, Detroit, Seattle, Cleveland, Chicago, Las Vegas, Filadelfia, Washington, DC.… Con videastas del equipo y colaboradores regulares cubrimos a gran velocidad 14 ciudades de Estados Unidos.

En los lugares que hubo protestas esporádicas y saqueos nuestra red de videastas freelance apoyó con imágenes poderosas. Los entrenamos para que hicieran transmisiones en vivo a través de sus teléfonos. Estas transmisiones “inmersas” en los acontecimientos enviadas en tiempo real fueron perfectas para difundir las protestas y permitieron que los videoperiodistas llevaran equipos ligeros durante esos largos y agotadores días. También era más seguro cuando había posibilidad de enfrentamientos.

Uno de los primeros videoperiodistas en el terreno fue Gilles Clarenne. “Pasé del confinamiento en casa impuesto en Washington DC, a estar entre cientos de manifestantes en Minneapolis”, señaló. “Las protestas pacíficas en el día se convirtieron durante tres días en saqueos e incendios de edificios en las noches”.

Manifestación en Minneapolis, en el norte de Estados Unidos, el 29 de mayo de 2020. (AFP / Chandan Khanna)

El humo seguía saliendo de negocios quemados por los manifestantes, cuando mi colega fotógrafo Kerem Yucel y yo descubrimos la escena. Escuchamos a gente gritando “no podemos respirar”, mientras las personas se concentraban frente a la comisaría de policía donde trabajaba el oficial que oprimió la rodilla contra el cuello de George Floyd.

Esa noche, los manifestantes incendiaron la estación de policía de Minneapolis.

Nuestras imágenes se vieron en muchas televisoras de todo el mundo.

“Transmití en vivo, casi todo el tiempo, con un tapabocas y una máscara contra gas lacrimógeno. Recuerdo a un manifestante, Chicago,  que no dio su nombre real, enfrentando a los oficiales de policía y preguntándoles: ‘¿no creen en el privilegio blanco?’ Yo me daba cuenta de que yo mismo soy un reportero blanco que se mudó a Estados Unidos desde Bélgica”, me dijo Gilles.

Gianrigo Marletta, basado en Miami, fue uno de los videoperiodistas voluntarios que fue enviado de misión a Minneapolis cerca de tres días después de la muerte de Floyd.

Trabajando con el fotógrafo de AFP Chandan Khanna, rentaron un auto en el aeropuerto de Minneapolis y se dirigieron directo a las protestas. “No era difícil localizarlas, solo seguimos la columna de humo negro que salía a borbotones del centro de Minneapolis”, me dijo.

“El sol caía lentamente”, dijo para este blog. “Gilles Clarenne se estaba quedando sin batería. Nos encontrábamos en medio de una protesta, así que me hice cargo de mantener en marcha la cobertura en vivo de la AFP. Era una cobertura conmovedora. Sin trípode. Transmitiendo en vivo con una mochila al hombro, la cámara en la mano y tratando de caminar evitando los objetos que volaban, cuidándote las espaldas de los manifestantes furiosos, y el frente de los policías antidisturbios, alerta de los autos incendiados y por supuesto, grabando todo lo más suave que fuera posible”.

“Mí asignación duró una semana, que fue como un mes. Aunque se trató de una cobertura llena de adrenalina, tuve la oportunidad de hacer una profunda reflexión mientras estuve parado durante siete días en el punto donde George Floyd murió. Observé a la cantidad de personas de todos los colores, edades, preferencias sexuales reunirse, llorar, rezar, enojarse y discutir entre ellos.  Espero que las palabras de las personas que entrevisté sean escuchadas ampliamente en el mundo, ahora y por mucho tiempo”, escribió Gianrigo Marletta.

Entre todos los que nos quedamos en la oficina las emociones  estaban a flor de piel. Las mías también.  

Funerales de George Floyd, el 9 de junio de 2020 en Houston, Estados Unidos. (AFP / Godofredo A. Vasquez)

PD: ¿Eres blanco o negro? Esa pregunta fue escrita al final de una nota de amor que le pasaron con vacilación a mi hermana en una clase cuando iba en la escuela primaria. Fue un despertar a la realidad para nuestra familia inmigrante que vivía en el sur de Estados Unidos en los años 80. A partir de entonces, entendimos que en este país todo se trata de la raza. El color de tu piel era determinante para saber de qué lado estabas, con quién te sentabas en el almuerzo y a quién amabas.

En la escuela no nos enseñaron sobre los disturbios raciales de 1921 en Tulsa o sobre el Juneteenth. Fue hasta mis años de universidad en el norte del estado de Nueva York que un profesor afroestadounidense nos explicó que el racismo es un tema de poder. Luego leímos a Toni Morrison y Alice Walker, vimos todo lo que hizo Spike Lee. El negro estaba de moda. Pero el status quo no cambió.

Manifestación en Minneapolis, en el norte de Estados Unidos, el 4 de junio de 2020 (AFP / Chandan Khanna)

Ver el video de George Floyd asfixiándose durante 8 minutos y 46 segundos hizo corto circuito en un país bajo confinamiento por la covid-19 y con un nivel de desempleo sin precedentes. Los manifestantes no tenían nada que perder. La ira rompió con todos los protocolos de coronavirus. Entonces nos dimos cuenta de que iba a ser un momento decisivo en un año como ningún otro.

Al mismo tiempo, para algunos colegas que no habían estado aquí por mucho tiempo,  había una curva de aprendizaje sobre las actitudes y el lenguaje alrededor del racismo en Estados Unidos.

Una periodista independiente en Nueva Orleans rechazó una asignación por asuntos étnicos, ella es blanca y piensa que la historia pertenece a la comunidad afroestadounidense, lo que provocó un debate entre nosotros.  “¿Los periodistas blancos pueden escribir con autoridad esta historia?”, preguntó un compañero. “¿Qué tan diversa es nuestra redacción?”, nos cuestionamos.

Cuando la videoperiodista de Nueva Orleans nos dijo que podía recomendar a periodistas “de color” para el trabajo. Mi colega francesa consideró que el término era ofensivo, aludiendo a la esclavitud. No, en Estados Unidos es políticamente correcto, le expliqué. Es algo confuso y muy estadounidense.

Nos aseguramos de entrevistar a los manifestantes negros en lugar de blancos y de dar voz a una comunidad que está subrepresentada en los medios. Al inicio de las protestas en Minneapolis, los manifestantes blancos fueron de la opinión de negarse a hablar con reporteros y apoyaron a los manifestantes negros. Para el análisis fue un error doloroso haber entrevistado a analistas blancos sobre lo que estaba pasando en el país. No era un tema solo ópticas, sino de  las voces que estábamos amplificando. Era algo sobre la misión básica del periodismo, de testificar, de dar voz.

Para algunos de nosotros fue una historia personal también.  Salima Belhadj, quien es la subeditora en jefe de América del Norte y llegó en 2019, me dijo que cuando llegó a Estados Unidos de alguna forma descubrió que era una “mujer blanca” casada con un “hombre negro”.

Minneapolis, norte de Estados Unidos, el 2 de junio de 2020. (AFP / Chandan Khanna)
Minneapolis, norte de Estados Unidos, 1 de junio de 2020. (AFP / Kerem Yucel)

Esto es lo que escribió para contribuir con este blog:

“Nunca se me hubiera ocurrido presentar a mi familia como de raza mixta o ‘blanca’, pero desde que nos mudamos a Estados Unidos prácticamente todo está relacionado con nuestra raza. Cuando llenamos cuestionarios, te piden que especifiques tu raza en una casilla. No tengo problema. Mi único problema es que no me identifico con ninguna de las casillas, ya que no hay ninguna ‘africana’ o ‘árabe’.

“Sí, soy francesa, pero aunque no me considero ‘blanca’ no coincido con ninguna. Para mi marido es totalmente otra historia. Él sabe exactamente en que casilla checa. Pero también sabe que en Estados Unidos eso significa que algunas personas pueden quererlo muerto.

“Ninguno de nosotros pudo ver el video de George Floyd hasta el final. Pero al mirarlo clavado en el suelo y ante la fría mirada de la policía, mi esposo dice que no se siente ‘seguro’. Ser negro es un verdadero problema en este país, me dijo. Por única vez fue un alivio no estar cubriendo en el terreno una historia que me afecta directamente.

Legisladores demócratas se arrodillan para guardar un minuto de silencio en el Capitolio por George Floyd y otras víctimas de la brutalidad policiaca, junio 8 de 2020, Washington, D.C. (AFP / Brendan Smialowski)

“Me afectó un momento particularmente. Un día después de que el departamento de policía fue incendiado en Minneapolis, Chicago, un joven, se paró frente a una  hilera de policías y expresó su ira.

“De inmediato recordé los primeros minutos de la película francesa La Haine de Mathieu Kassovitz. La cinta había sido filmada en mi barrio, Les Sapins, en Rouen, en el norte de Francia, durante los enfrentamientos de 1994, tras la muerte del residente Ibrahima Sy mientras huía de la policía francesa. Diez años después, entrevisté al padre de Ibrahima. Estaba haciendo una campaña para que la policía reconociera su responsabilidad en la muerte de su hijo.

“Empecé la entrevista con el señor Sy junto con un colega, pero a los 10 minutos me salí del estudio en lágrimas. Su tristeza me afectó profundamente. Era un padre inmigrante, como mi padre, de mi barrio. Estaba demasiado cerca de lo que pasó. No podía poner distancia.

Un coche se incendia durante los violentos incidentes entre la policía y los jóvenes en el barrio Sapins de Rouen, por segunda noche consecutiva, el 30 de enero de 1994, tras la muerte de Ibrahim Sy. (AFP / Mehdi Fedouach)
Jóvenes del barrio Sapins de Rouen se manifiestan por segunda noche consecutiva, el 30 de junio de 1994 para denunciar la muerte de Ibrahim Sy. (AFP / Mehdi Fedouach)

“Por eso no estoy de acuerdo que una historia como esta sea cubierta necesariamente o exclusivamente por periodistas de color”, dijo Salima: “la empatía por George Floyd era universal. Sin importar el color de piel, todas las personas la sintieron.

“En estos días, cuando caminamos como una familia en Washington, nos encontramos con estadounidenses ‘blancos’ que me ven con mi esposo y nuestras dos hijas de raza mixta. ‘Nos encantan’,  percibimos que dicen en sus miradas de aprobación”, concluye.

Este blog fue escrito por Jiham Ammar, Salima Belhadj, Gilles Clarenne y Gianrigo Marletta. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer

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Autor: Jihan Ammar

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