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Cultura

Esa otra luz, la que nadie diría

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/ por Fermín Herrero /

La poesía, que es como decir en el fondo la escritura toda, de Tomás Sánchez Santiago tiene la rara cualidad, a consecuencia de su tino conceptual y expresivo, de persistir en la memoria. Si pienso en el comienzo del confinamiento «en la espesura atroz de nuestros domicilios» —verso con el que cierra su «Canción de ánimo» para afrontar al virus asesino—, y mira que habré leído ya textos y textos al respecto desde que terminó y empezó la desescalada, tengo presente una frase hecha, una imagen de un poema suyo publicado en esta web, titulado precisamente «Pandemia»: «ahora que todos están distraídos/ palpándose las ropas, comprobando el alcance/ de su respiración». Es el desplazamiento semántico de la frase lexicalizada tentarse la ropa, de la consideración con cautela de las consecuencias que podría conllevar una determinación o un acto propio a la sensación inicial durante el encierro, de precaución e inseguridad tales, que a cada poco debíamos palparnos para creer en nuestra propia consistencia, puesta de pronto en el tablero manriqueño frente a la extrema fragilidad e insignificancia de la existencia, lo que llevaré siempre asociado a aquellos días confusos, como groguis.

Por añadidura, como me suele suceder a menudo con sus escritos, el uso de esa expresión lexicalizada que hace muchísimo que no oía me refrescó un poco la mente, taponada por la pobreza lingüística del español que escucho y leo. Y me maravillé una vez más de la riqueza locutiva del autor, que de siempre me deja pasmado, a tal extremo, que aventurarme a glosar, aunque sea mínimamente, su labor poética, que reunió el año pasado en el volumen de Dilema Este otro orden, es sin duda bastante temerario. Hay tantos hilos de donde tirar, no ya en sus libros, sino en cualquiera de sus poemas, es de tal calibre la densidad y el rigor, no exento de emoción (ese «hurgamiento emocional» desde la ilusión íntegra de los bebés a los cuidados de los mayores dependientes, hacia su genealogía, sus orígenes, la atmósfera y los intríngulis de los pequeños negocios familiares de provincias), que emanan de sus versos, que el lector, asombrado ante tamaña lección de escritura, en verdad se enardece, se siente igual de conmovido que abrumado, no sabría cómo enderezar semejante cúmulo de sugerencias, un caudal de literatura en estado puro.

Así que voy a desgranar con la mayor brevedad posible aquello que me concierne de forma más vívida en este momento. Cuando a sus veintidós primaveras —y al parecer lo escribió con diecinueve— Sánchez Santiago publica Amenaza en la fiesta, no sólo es un poeta precoz sino además cuajado. Sin embargo, a mi juicio por un celo excesivo de autocrítica, ha diezmado el contenido del libro al juntar su poesía, supongo que disconforme con sus mañas juveniles, que nunca fueron primerizas. Así, lo mismo que me ha sucedido con la imagen táctil de la pandemia, me pasa con el inicio del poema liminar del libro, que podía haberlo escrito ayer. Estaría por asegurar que sigue considerándolo vigente, más o menos, en su modo de abordar, como decía de entrada, la escritura poética, redundancia en su caso, pues también su obra en prosa, y aun su manera de estar en el mundo, me atrevería a conjeturar, responden a la misma inclinación.

Pues bien, los dos versos con que inicia su poética y que también, por poner un caso, se me han quedado grabados son: «Por donde no debiera/ he abierto el laberinto de los años». Vaya comienzo; no puede arrancar con más propiedad un corpus poético; desde que lo conocí lo emparento con otros dos primeros versos del primer libro, en los que está ya igualmente la mandorla de su vasta obra posterior, de su querido y admirado José Ángel Valente, al que tanto ha frecuentado y del que tanto y tan bien ha escrito: «Cruzo un desierto y su secreta/ desolación sin nombre». Pero es que, además, en esa obertura a modo de descargo, infundado e injusto como el mentado ejercicio de autocrítica mutiladora en lo que respecta al libro en su conjunto, asoma una de las lecciones de su poesía: la humildad inquebrantable frente a todo, incluidas las palabras. No en vano, luego, en la tercera estrofa del poema, se retrata «desconsolado de hombros, triste por las caderas» y reparamos, reparé la primera vez que lo vi en persona hace más de veinte años, en que el poeta ha adaptado incluso esa timidez, que se nos representa como un espejo en sus poemas, a su propio porte físico, como si pidiese permiso y perdón al hablar, como si se escurriese al andar y se le fuera cayendo la ropa, sin ninguna necesidad de palpársela. «Nada sé hacer. Nada si no es/ confesar mi mezquindad así de torpe». Quia.

Esta capacidad de fijación indeleble no es desde luego el único motivo que me lleva a volver con frecuencia a su mirada en extremo singular, como la articulación y la semántica de la palabra que la nombra, sobre las cosas y los sentimientos, demorada, minuciosa y a la vez esencial. No sabría bien por qué, ciertamente, sigo intentando averiguarlo con mucho disfrute, pues nos encontramos ante un poeta para releer. Estoy seguro, eso sí, de que él, en vez de ofrecernos rescoldos, guarda intacto el calor de la hoguera, aunque en «Los años y el tabaco» declare justo lo contrario. Mientras la inmensa mayoría de quienes perpetramos versos en cuanto vemos, pongamos, un pato hermosísimo alzar el vuelo en una laguna creemos poder traducirlo a palabra como si lo hubiésemos cazado in fraganti y al llegar a casa cogemos el boli y procedemos a disecarlo en un folio cual baqueteados taxidermistas para después exhibirlo en una página como antiguamente se ponía como trofeo encima de la tele, Sánchez Santiago opera a la inversa; consigue insuflarle vida a lo que parece esclerotizado por la inercia de las usanzas o por el imperio de la desatención en nuestro día a día, en nuestras horas. Mejor dicho, consigue «consumar el rito de la vida» en el poema.

Ahora bien, ¿cómo lo hace? Entro siempre en vilo, incluso cuando vuelvo a ellos, por sus versos, aun teniendo la certeza de que mis expectativas indefectiblemente se cumplirán, porque sé que, agazapado en un encabalgamiento, en cualquier quiebro sintáctico, en un desplazamiento léxico esclarecedor, me va a encarar uno de esos extremos escurridizos dispuesto a driblarme una vez más, quién sabe cómo ni por dónde. Es igual. Entonces, bienvenidos de nuevo a la fiesta litúrgica del lenguaje. El mago regateador, que se precia de ser cotidianista, va a sacar de la chistera de lo ordinario lo que ni se hace notar ni se nota, recobrado en su mejor lugar y con el mejor verbo posible, con el tacto y la consideración que sin duda se merece, pero quién lo diría cuando atenazados por nuestro frenesí rutinario no reparamos en nada, pasamos por encima de su pobre e inmortal poesía como esparavanes, despreciándola o en todo caso ignorándola a la zaga inconsciente del dictum quevediano de que lo cotidiano es mucho y feo.

No es así, desde luego. Sánchez Santiago nos lo muestra, en estado de gracia permanente, por lo menudo, pleno, lleno de su misma vitalidad; a veces, como es lógico, con tristeza, que es amor; casi siempre con la melancolía que deja en todas las cosas la pátina del tiempo, sabedor de que éste no es «negocio conveniente/ y sí trampa mortal», embalsamador, por suerte, del recuerdo o, por desgracia, del sudario, testigo de continuo de cómo se pasa la vida, de cómo se viene la muerte tan callando. En el hilván del tiempo, por eso, se va cosiendo su obra poética, seis libros exentos, tres de los cuales, los dos primeros y el último, principian con una negación de modestia que al cabo se evidencia falsa, y algunas plaquettes.

Decíamos que entrábamos cada vez de nuevas y cabría añadir que de improviso, pues con frecuencia los poemas no sólo no tienen finales cerrados o conclusivos, algo habitual en muchas poéticas, particularmente aquellas de naturaleza fragmentaria, sino que lo que sorprende y encandila es que, hilvanados precariamente en el tiempo, tampoco tengan empiece, que comiencen abruptamente. De ahí que con su proverbial lucidez el propio poeta haya señalado, con agudeza y cierta ironía piadosa, dos de las marcas de su escritura, que «se sube en marcha a ellos». Esta apertura total los avecina a menudo a aquello de Lezama Lima de fragmentos a su imán.

Ya que hemos desaguado en un rasgo de estilo, convendría subrayar cuanto antes que no creo que haya nadie en el panorama lírico actual que domine como él la adjetivación, la suerte más compleja y arriesgada en la dicción poética. Jamás enjarula, como tampoco ninguna expresión, ya lo referimos al principio, un adjetivo insípido o inocuo. Muy por el contrario, los engasta tal un orfebre de los alcances del sustantivo, los acuña incluso, a tal punto que se nos quedan grabados, flotando en la memoria. Y lo que digo para el adjetivo bien podría valer para el resto de categorías morfológicas. Más que hablar de rigor o de exactitud, de su «íntima quemadura», puesto que el poeta ha escrito que prefiere la perdición y la imprecisión a la certeza a la hora de nombrar, cabría aducir una exigencia formal de primer orden que escruta y tantea las palabras hasta entregárnoslas en su carnalidad última.

Ay, esas «palabras escondidas» con las que nos obsequia de la mano de Antonio Gamoneda, no las trilladas ni sobadas, las que no «se arrastran entre usos muertos» ni se ajustan a «las mañanas sometidas». Y, entre ellas, las largas y espaciosas, abstractas y hasta abstrusas, arrumbadas por la poesía en el almacén de los trastos inservibles, que el común de los mortales y no digamos los líricos, según su constatación, desechamos, si no repudiamos, y que él redime, desempolva y abrillanta con mimo y cariño para traerlas al poema, a fin de darles un aliento del que carecían al haber acumulado tanta postergación, tanto olvido, dentro en general de metáforas de complemento de nombre en las que el consuetudinario desplazamiento imaginativo de lo concreto a lo abstracto se invierte, de tal manera que misteriosamente se concreta lo abstracto, otro de los objetivos naturales de la poesía más arduos de alcanzar: cómo olvidar «todas las maneras de la acomodación», «esa ventana oscura de las incertidumbres», «la flor oscura del agotamiento» y la «aguada de la debilidad», «el humo entrometido de la ambición» y el «atormentado de las equivocaciones», «la leche cortada del desorden», «los ventanales ruidosos de la dicha», «las mantas negras de la severidad»…, en fin, por lo que nos ocupa, «las bañeras frías de lo memorable».

Tomás Sánchez Santiago

Buen conocedor de la prosodia tradicional y clásica, hasta llegar a algún romance y al surtido de sonetos de Ciudadanía, su verso ha ido virando a libre, hacia un respirar más ancho, en sus dos últimos libros, El que desordena y el extenso y no obstante apretado Pérdida del ahí, con tendencia cada vez mayor al versículo y a la prosa poética, a la par que iba más allá en su indagación de las correspondencias entre el lenguaje y la realidad, ahondando desde lo introspectivo radical, en el sentido de raigal, da la impresión de que mediante una gestación laboriosa y reposada: lo sustancioso, ya se sabe, requiere un cocido a fuego lento. Un ahondamiento que conserva la extrañeza y la fragilidad como naturaleza primordial de la poesía y aun de nuestra relación con el existir, escarbando en las sensaciones y los significados, arriesgando en cada verso, sin acomodarse, conformarse o repetirse nunca, porque es fundamental desde dónde se escribe y cómo se defiende el poeta del mundo. Desde el «retiro» en «los hornos fríos de la paciencia» ha ido, mediante el tanteo y refundición de las palabras, fraguando, urdiendo los planos de la realidad, sin rematarlos con la retórica, dejándolos para el lector tal cual se revelan, se van descubriendo según cuaja en crudo, sosegadamente, el poema.

Como poco se puede añadir sobre esta poética desnuda, limpia, con la luz tajante y nítida que perfila las formas de los inviernos castellanos, a las atinadísimas palabras prologales que le han dedicado en diversos libros o antologías Miguel Casado, Eduardo Moga, José Manuel Trabado Cabado y Álvaro Acebes Arias (ahí va de muestra un botón, este último compendia así los atributos que forjan en su poesía «la unión entre integridad ética y conciencia estética»: «la calle y los lugares de su infancia, la figura paterna y el universo familiar, la atención sobre los ritmos cotidianos, el compromiso del artista a la hora de apartarse de los caminos establecidos, el amor y la búsqueda de la inocencia como forma de diálogo y vehículo para el consuelo, la preocupación por la palabra». La verdad es que sólo con esta enumeración tan completa y acabada bien me podría haber ahorrado mis prolijas disquisiciones exegéticas hasta aquí), me he detenido sólo en alguno de los rasgos estilísticos que perfilan su originalidad, por otra parte basada en los dos aspectos fundamentales que debe guardar todo poema en condiciones: precisión y contundencia. Con la primera, asombra casi a cada verso, convertido en hallazgo verbal; con la segunda nos sacude la conciencia y de qué manera, con ambas nos descubre nuestra pequeñez al desvelarnos de pronto, como decíamos, lo que nos pasa desapercibido de las cosas y las personas. Un virtuoso del idioma, en resumidas cuentas. Con su poesía se goza y se aprende al tiempo y su visión compasiva del mundo —amasada a veces con un humor soterrado, con una ironía en sordina hecha de la experiencia de la edad y sus luminosos arrastres—, de sus minucias, avatares, vicisitudes, desconfianzas, pormenores y acumulaciones, al procurarnos consolación, nos acompaña, no nos abandona.

Ahora, a principios de setiembre, creo que uno de sus meses predilectos, cuando «embisten animales inconcretos y un sollozo general nos cae encima» —máxime en este año de rigores de la pandemia, que ha llegado sin darnos cuenta, según clavaba con uno de sus símiles portentosos en un artículo de su impagable sección del suplemento de El Norte de Castilla «Cerezas en el escondite» «como los adolescentes que se ponen a crecer de noche y a escondidas del ruido de las cosas», y al tiempo, como advertía en otro, con «el mandoble amarillento», heraldo del otoño—, qué mejor que regresar a los versos de quien «defiende su verdad» permaneciendo constantemente atento, a la escucha; del que «no sabe parar el asombro» y por eso «enciende la lengua y desordena», para abrir «por el centro las palabras en busca de otra luz»; de aquel que no recurre jamás a lo consabido para allegarnos desde la perplejidad a lo que no se espera, ese otro orden exclusivo, inconfundible, que da título a un poema y a su poesía junta. Sólo me queda, ya que no soy capaz de retirar lo comentado hasta aquí a humo de pajas, devolver «de nuevo a la mudez al pájaro».

[EN PORTADA: Black and gold abstract fire, de Orren Ellis]


Fermín Herrero Redondo (Ausejo de la Sierra [Soria], 1963) es un poeta que circunscribe la mayor parte de su obra al paisaje de su pueblo natal, en torno a la presencia de la naturaleza y sus ciclos unidos a la existencia, la belleza de lo humilde, la recuperación del tiempo pobre y agrícola de los padres, el recordatorio del horror de las ideologías que calcinaron el siglo XX, la lentitud y la espera. Hasta la fecha, ha publicado los libros Anagnórisis (1994), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (1999), Paralaje (2000), El tiempo de los usureros (2003), Endechas del consuelo (2006), Tierras altas (2006), La lengua de las campanas (2006), De la letra menuda (2010), Tempero (2011), De atardecida, cielos (2012, Premio Ciudad de Salamanca de Poesía), La gratitud (2014), Sin ir más lejos (2016, Premio Nacional de la Crítica) y Alrededores (2019). Figura, entre otras, en las antologías Cambio de siglo, Animales distintos y Fuera de campo.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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Cultura

Breviario de falsedades (13)

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/ por José Manuel Vilabella /

[DESTINO] Nunca llegó a sospechar que si el fatídico día 13 de diciembre, en lugar de coger el autobús de las 23:40 hubiese tomado el anterior, aquel que perdió en el último minuto, su vida habría sido totalmente distinta. Habría conocido a Margarita, se habría casado con ella y en lugar de un hijo que juega con la cocaína habría tenido una hija juez que lo detestaba y un hijo ingeniero que no lo quería, y en lugar de ser un marido feliz y un padre preocupado que tiene fe en el futuro, habría sido un triunfador aburrido que bosteza esperando el porvenir.

[LUCIFER] Todos conocían en el infierno la leyenda negra de Lucifer, su pasado de vivalavirgen, cuando había sido un cabeza loca, un adolescente bondadoso, estudioso y formal, el preferido del Creador, y cómo les gustaban murmurar y hablar pestes del prójimo, disfrutaban levantando falsos testimonios y aseguraban, poniendo la mano en el fuego eterno, que el Diablo todavía tenía momentos de flaqueza y que había momentos del día, sobre todo a la caída de la tarde, en que era más bueno que el pan.

[REGRESO] La aldea aquella se había quedado triste y medio vacía, las barcas varadas hacía décadas que eran solo un estorbo porque se habían podrido al sol, y los niños, los niños huérfanos, enflaquecidos y tristes, abobados y macilentos, preguntaban angustiados: «¿Dónde está papá?», en una cantinela monocorde. Las mujeres en lugar de asomarse al lago cercano y mirarse en sus aguas cristalinas, oteaban el paisaje desértico y se decían unas a otras las noticias, siempre malas, que traían los caminantes ocasionales. Unas lloraban con desconsuelo y otras pedían a los dioses que devolviesen de una vez los cuerpos sin vida de los náufragos. No sabían si eran viudas o mal casadas y si tenían derecho a esperar algo del futuro. Habían perdido la esperanza y la paciencia por aquella espera inútil y una a una fueron quitándose la vida, aunque cada una lo hizo a su manera: dos se ahorcaron al atardecer, en la hora ambigua de los que le devuelven la vida al creador con una mirada de odio que esconde la mayor de las blasfemias, tres se ahogaron en la orilla de aquel mar diminuto, cuatro se abrasaron en el desierto, se dejaron morir desnudas, en pelota y con las piernas abiertas, sabiendo que serían pasto de las alimañas nocturnas, Raquel se clavó un cuchillo en el corazón maldiciendo al alucinado caballero de palabra arrebatada y las dos restantes fueron infieles a los ausentes, se prostituyeron para que sus cuñadas pudiesen lapidarlas con saña antigua, con rencores viejos, porque ellas no tenían fuerzas para matarse por su propia mano. Treinta años más tarde, cuando el viejo predicador pasó por allí anunciando la buena nueva, el único superviviente que quedaba le contó la historia de la aldea, le habló de la ventolera traicionera de la fe, del naufragio, de la huida en masa de los pescadores, del abandono de los padres de familia. Y San Pedro comprendió, con horror, que al seguir a Jesús había aniquilado a su prole y que su semilla desaparecería de la faz de la tierra.

[DISEÑO] Días antes de diseñar al gato, que era lo que pretendía el Creador ante la alarmante fecundidad de los ratones, dibujó el leopardo, la jineta, la pantera y cuando llegó al tigre le pareció que aquello era una desmesura y, de un plumazo, lo redujo de tamaño aunque, eso sí, le dejó intactos la elegancia de los movimientos y la ferocidad de los gestos.

[SALUDOS] Sor Bernardina, que llevaba sesenta años saludando a las palomas blancas porque no quería desaprovechar la oportunidad de decirle adiós al Espíritu Santo, perdió el juicio y amplió el círculo de sus despedidas y hasta su muerte, a los ciento catorce años cumplidos, le estuvo diciendo hola a las mariposas, hasta luego a las avispas, vaya usted con Dios a los grillos y adiós, buenas tardes, a las moscas.

[ESPERA] Cuando el Supremo Hacedor le recibió, después de haberle hecho esperar 200 años en el limbo, don Jesús Díaz Gómez, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, indignado por la descortesía se encaró con San Pedro, le dijo muy enfadado: «Usted no sabe con quién está hablando», pidió el libro de reclamaciones y se marchó del cielo aquel dando un portazo.

[AZNAR] Él sabía que los había engañado a casi todos y decidió, con su cínico sentido del humor, completar el círculo y perfeccionar la representación que había sido su vida hasta entonces. Sonrió a las cámaras de televisión, estrechó las manos de algunos periodistas de su cuerda y se encerró en la cabina con un mohín de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Buscó la papeleta de sus adversarios, la dobló por la mitad y la metió en el sobre. Le temblaban las manos por la villanía que estaba a punto de cometer. Salió y las cámaras continuaban allí. Sonrió y soltó una carcajada breve, triunfal; se atusó el bigote, su símbolo más querido y emblemático y caminó decidido en busca de las urnas. Solo él sabía que al votar a la izquierda les había engañado a todos porque, al fin, se había engañado también a sí mismo. Y aquel año, y contradiciendo las encuestas más serias y los sondeos más fiables, ganó las elecciones y obtuvo la mayoría absoluta.

[EDAD] La pareja de lúcidos centenarios decidió, de común acuerdo, llevar a sus diez hijos al asilo de ancianos, porque la demencia senil de su prole, sus gritos y caprichos de viejos, les impedía conciliar el sueño.

[TRISTEZA] Cuando llegaba el 31 de agosto y se terminaban las vacaciones, los veraneantes al marcharse dejaban las playas sucias de suspiros.

[ASESINO] Nunca pude sospechar que aquel hombrecillo bajito, calvo y con grandes gafas oscuras era un asesino múltiple. Lo conocí cuando fui a dar una conferencia en La Coruña el año en que me concedieron el Premio Nobel de Literatura. Resistió durante más de una hora la larga cola de admiradores y me pidió que le dedicase uno de mis libros; concretamente Relatos para inversionistas. Me llamó la atención por el aire estrafalario y su forma de vestir. Parecía que estaba disfrazado y después supe que, efectivamente, se ocultaba bajo un disfraz. No tenía ningún pudor: lloraba de forma ostentosa, insistió en abrazarme y dejó sobre la mesa un sobre muy bonito, dorado, que contenía una perla literaria, mientras se despedía gritando: «¡Maestro, maestro, cuánto le quiero don Bernardino! Por favor échele una ojeada a mi modesta obra;  se la confío. Quiero conocer su docta opinión». Los guardias de seguridad le tuvieron que acompañar discretamente hasta la salida por escandaloso. Mi recuerdo es vago y cuando la Interpol me rogó que hiciese un retrato robot fui incapaz de componer su rostro. Le recordaba, sí, pero no podía describirlo.  Cuando regresé a México cargado de recuerdos y después de una estancia en Reino Unido y España de más de dos meses envié por correo marítimo tres grandes cajas que contenían un variado y heterogéneo montón de objetos y papeles. Elvirita, mi secretaria, abrió los bultos y, para no agobiarme, me fue mostrando poco a poco su contenido y cada día me daba una sorpresa agradable antes de que cada objeto se fuera acomodando en su lugar definitivo. Las fotografías del acto y el almuerzo con el rey de Suecia se fueron al álbum de los ilustres y los libros dedicados a la biblioteca a dormir el sueño de los justos. Algunas cosillas terminaron en la basura. Cuando me mostró el breve cuento del asesino de las margaritas me dijo riendo: «Don Bernardino, mire este sobre; yo creo que es una joya». Y me mostró el sobre  dorado del admirador ruidoso. Lo observé con curiosidad. No era un sobre dorado; era un sobre de oro. Lo abrí y dentro había una tarjeta de platino grabada con la inscripción: «Cuando la oreja se despertó se dio cuenta de que estaba sorda y exigió a gritos un sonotone». Me quedé estupefacto y pensé: «Qué horror, un imitador de mi amigo Tito». Siempre he estado un poco celoso de Monterroso y de la, a mi juicio, sobrevalorada greguería del dichoso dinosaurio. Metí el extraño envío en un cajón de la mesa de despacho y le dije riendo a mi secretaria: «¡Era un ser atrabiliario! ¡Un alborotador! ¡Tuvieron que echarlo!». Y pensé: «Sí, un loco, pero un loco que me regala una joya; qué extraño sujeto». Aquel fue el principio del  calvario atroz que me esperaba. Al poco tiempo, unas semanas después, empezó a llegar correspondencia de un tal Jacinto Carballo Paradela. «Otro desequilibrado», pensé y le dije a mi colaboradora: «Elvirita, ¿por qué motivo atraigo tanto a los dementes?». Y ella, siempre amable, contestó, lo recuerdo: «El precio de la gloria, don Bernardino. No se puede ser mundialmente famoso». Al principio el tal Carballo enviaba cuentos, micro relatos que Elvirita me enseñaba con una sonrisa bailándole en los labios y siempre con la misma pregunta: «Don Bernardino, ¿qué hago con esta maravilla literaria». Yo le echaba una ojeada y ella los tiraba a la papelera. Carballo era un autor muy fecundo, muy trabajador y no dejaba de producir engendros. Recibíamos puntualmente una carta al día y a veces dos o incluso tres, casi todas con el matasellos de Madrid pero alguna desde París o Londres; venían sin remite. A los dos o tres meses me llamó por teléfono: «Don Bernardino, don Bernardino, soy Jacinto Carballo Paradela, ¿qué le parecen mis relatos?».  Soy una persona educada y, como casi todos los mexicanos, obsequioso y de trato amable, pero como estaba harto de sus envíos le dije sin miramiento alguno: «Jacinto deje de dar la lata. Tengo mucho trabajo. Váyase a la mierda». Durante un mes no recibimos los cuentos de Jacinto. Mano de santo, oiga. Elvirita preguntaba guasona: «Jefe, ¿no echa usted en falta las noticias de su ferviente admirador?». «Calla, calla. No tuve más remedio que ser un grosero. Ahora me arrepiento. Pobre hombre». Una mañana entró en mi estudio y, llorosa, me tendió una carta. La había recibido en su domicilio. Era una amenaza de Jacinto Carballo. Le decía sin miramientos que un amigo suyo le raparía el pelo si no lograba que yo fuese su asesor literario. En México hay que tener mucho cuidado con esas misivas sutiles; allí no se andan con chiquitas. Terminaba con el siguiente párrafo: «Quiero ser un buen escritor de cuentos y si es preciso la presionaré a usted todo lo necesario. Influya en su jefe o tendrá noticias mías». La tranquilicé como pude; la verdad es que no sabía qué decirle. Aquel malnacido se había enterado de su dirección y la pobre mujer temblaba como una hoja agitada por el viento. A los pocos días el asesino de las margaritas volvió a llamar. Tenía un marcado acento gallego y se mostró muy amable. Me dijo que era el más entusiasta de mis lectores y que había leído todos mis libros. Durante más de dos horas mostró una erudición y conocimiento de mis escritos que me llenó de estupor. Recitaba párrafos enteros de mis libros de relatos. Tenía una veneración por mi persona tan desmesurada, tan desproporcionada, que me dejé llevar por la vanidad y, por qué no decirlo, por la gratitud. Conocía mi obra mejor que los más conspicuos críticos literarios. Tengo que confesar que con aquel aluvión de alabanzas empezó a caerme bien el malvado asesino de las margaritas. Consentí —no sabía dónde me metía— en ser su maestro pero, eso sí, con condiciones. Él me enviaría un relato breve cada mes y yo le daría mi opinión. Aceptó alborozado. A los dos días Elvirita recibió una sortija con sus disculpas y yo una pluma de oro por mi futura tutoría. Y a la semana llegó el primer cuento. Era malejo y se lo dije. Le expliqué los motivos: tenía que huir del plagio; le dije que todos los creadores tenemos influencias de nuestros autores favoritos, pero que cada escritor tiene que somatizarlas, buscar su propio estilo y que eso se consigue con esfuerzo, rompiendo mucho y buscando, aunque no se consiga, la excelencia. Me escuchó con toda atención y prometió que seguiría trabajando. Y me dijo entonces algo que me llenó de estupor: «Don Bernardino, ¿le gustó el sobre de oro que le entregué en La Coruña?». Me quedé estupefacto. Carballo era el admirador estrafalario, el gritón, al que tuvieron que expulsar con algo de violencia el día de la conferencia. ¿Por qué mi instinto de conservación no me lanzó un mensaje? ¿Por qué no di por finalizada la relación con aquel sujeto? No lo sé. No puedo explicármelo. Yo guardaba sus envíos en una carpeta y notaba su mejoría. Nunca he tenido alumnos y empezaba a estar orgulloso del asesino de las margaritas. El primer relato que me interesó fue el siguiente: «El joven Zacarías Pulgar y Ventoso, de las mejores familias de Monforte de Lemos, se llevaba muy mal con su padre. Tenían los dos mal carácter, un genio endiablado. Jamás se veían; no sabían uno del otro desde hacía décadas. Le sorprendió encontrarlo en París en la revolución de mayo del 68. Al verlo le dijo: «Hola, papa, ¿cómo tú por aquí?». Don Restituto se llevó un alegrón al encontrarse con su vástago: «¡Zacarías, majete, qué bien te veo!» y le abrazó y besó con todo cariño. Al señor Pulgar y Ventoso le sorprendió la agilidad de su progenitor y su ingenio para hacer pintadas. Corría con un bote de brea en la mano y una brocha gorda en la otra y escribía en las paredes: «¡Prohibido prohibir!» o «Debajo de los adoquines está el mar». Era incansable; tiraba piedras a la policía, auxiliaba a los heridos y agredía a los guardias con certeros puntapiés en las partes pudendas. Zacarías no daba crédito a lo que estaba contemplando: primero porque su padre siempre había sido un fascista redomado, segundo porque tenía una edad provecta, estaba a punto de cumplir un siglo y, por último, porque se había muerto hacía doce años». Me gustó, me gustó mucho el cuento y así se lo dije a mi alumno cuando me llamó por teléfono. «Sobre todo, amigo Carballo, me pareció esplendido el final; pone usted un punto surrealista que engrandece el relato. Enhorabuena». Noté que mis elogios le habían emocionado hasta el llanto; lloraba de forma desconsolada y a través del teléfono pude oír sus gemidos. A los pocos minutos, ya repuesto de la emoción, bisbiseó un «gracias, gracias, querido maestro» y colgó el auricular.  A los pocos días recibí por correo una primera edición de El Buscón de Quevedo con una dedicatoria manuscrita del autor al Duque de Osuna. El libro es una joya bibliográfica de incalculable valor. En una subasta alcanzaría un precio inimaginable. Me quedé fascinado. Con el mayor cuidado lo examiné, lo acaricié, lo leí. Yo no podía aceptar aquel regalo desmesurado. Elvirita recibió en su casa un reloj, un Cartier de oro. Le encantó y olvidó las amenazas; no dejaba de elogiar al amigo Carballo. «Es un caballero de los pies a la cabeza», decía la cuitada mientras miraba embobada el reloj de lujo. Mi alumno llamó a los pocos días para saber si me había gustado su obsequio. Me quedé aturdido y fui, lo reconozco, contradictorio. Le daba las gracias y le reprochaba el precio excesivo de su obsequio. Al  otro lado del teléfono el asesino de las margaritas se carcajeaba por mi desconcierto. «Amigo mío, no lo puedo aceptar. Se lo gradezco pero tendré que devolvérselo». «Usted se merece todo, preclaro maestro» dijo el asesino de las margaritas. «Se lo devolveré sin falta mañana». No lo hice, entre otros motivos porque no conocía su dirección y sí, me quedé con el libro. Los escritores empezamos siendo lectores voraces, después nos convertimos en bibliófilos y por último en bibliómanos. ¿Por qué lo hice si yo vivo con holgura y nunca me ha importado el dinero? Por purita pasión por la letra impresa, por vicio de coleccionista. La conciencia me lo reprochaba. Me decía: «¡Caramba, Bernardino, devuelve el obsequio!», pero yo no le hacía caso; ¡me hice el sordo, carajo! Carballo fue enviando cuentos y regalos. A Elvirita collares y perlas y a mí libros. Libros curiosos, raros. Y también documentos: cartas de Pancho Villa, discursos manuscritos de Simón Bolívar, Andrés de Santa Cruz, José de San Martín. Sus envíos llegaban puntualmente el día 5 de cada mes. El día 1 ya estaba nervioso. «¿Qué me mandará esta vez?», me preguntaba. Y siempre me sorprendía. Sus obsequios eran cada vez más caros y originales. Una carta de Cristóbal Colón a los reyes católicos fue, entre otros, uno de sus envíos. «Bernardino, Bernardino, reflexiona hombre de Dios» me susurraba mi conciencia pesadota e insistente. Y yo le respondía: «¡Calla, hija de Satanás!». Ya ni le daba las gracias y cuando me llamaba le decía: «Pero hombre…», y en los puntos suspensivos se escondía de forma vergonzante mi aceptación implícita. Como escritor mi alumno mejoraba. Tenía, incluso, un estilo propio. «Antes de que el oficial ordenase al pelotón de fusilamiento con la solemnidad de los actos militares y las palabras rituales de: «atención, apunten, fuego», el sacerdote pidió permiso para hablar con el reo. El oficial accedió y el cura se acercó al paredón y mantuvo una breve conversación con aquel hombre que temblaba de pavor y que unos minutos después estaría muerto. Don Senén le dijo al oído: “Lo siento, papá, no te doy la absolución porque has sido un mal padre”. El desdichado, aterrado, le miró con desconcierto y bisbiseó un “Pero qué dices, hijo mío, dime, dime ¿en qué te he fallado?”. Y el cura le dijo: “Querías mucho más a mi hermano Manolito que a mí”. Y después, cruel, vengativo, perverso, le miró con odio y le lanzó un salivazo al rostro». Este cuentecillo es al mismo tiempo cómico y trágico, cruel y sorprendente. Es muy parecido al anterior y colegí que el asesino de las margaritas tenía una relación oscura con su progenitor. No obstante le felicité con exageración hiperbólica. Creo que le dije: «¡Bravo, amigo mío, bravo!». Carballo, que ante el elogio tendía al sentimentalismo y era de lágrima fácil, colgó el teléfono emocionado. En estos años de reclusión he tratado con diversos agentes del FBI; algunos son bondadosos pero otros me desprecian y no lo ocultan. «Don Bernardino, ¿nunca sospechó usted que Jacinto Carballo era un maleante y que sus desmesurados regalos podían tener una procedencia ilícita?». Yo, impertérrito, respondía: «Pues no; soy despistado, ingenuo, algo cándido». Y eran como bofetadas las sonrisas irónicas de los policías. Uno de ellos; Lázaro creo que se llamaba, inquirió: «¿Cuándo Jacinto Carballo cambió de actitud, en qué momento se volvió violento?». Carraspeé, medité unos segundos y al responder mi voz me sonó átona y distante, como perteneciente a otra persona. «Pues, ¿sabe usted?, cuando le confesé que uno de sus escritos no me había gustado. En ese preciso instante se desencadenó el temporal, comenzó la tragedia». Tengo que reconocer que, en parte, la culpa fue mía. Había tenido una pésima jornada, estaba fatigado y fui incluso descortés y le juzgué con excesiva severidad. Su trabajo no era mejor ni peor que los demás y no esperaba una opinión adversa. Creo que le molestó mi actitud despectiva. Mi falta de afecto al dirigirme a él. No lo sabía pero los psicólogos han deducido que yo era algo así como un padre para él. Un padre literario que tenía que ser coherente, afectuoso y protector. Él reaccionó como lo hacen los niños, con violencia. Le dije que tenía que cambiar de procedimiento para enfrentarse con el folio en blanco, que sus relatos tenían siempre el mismo mecanismo, similar arquitectura. «El héroe francés de la gran guerra, la estrella de Marne, el invicto mariscal Adolphe Baudin Bélanger, hace una confesión desconcertante sobre su experiencia en las trincheras: “La gran guerra fue una contienda cruel, espantosa. La angustiosa espera, los ataques al amanecer, la lucha cuerpo a cuerpo. Lanzaba a mis hombres a combatir con el enemigo y solo regresaban algunos; eran como fantasmas heridos y mutilados. Jóvenes héroes que nunca volverían a ser los mismos. Recuerdo sus ojos extraviados, los desgarros de la metralla. Todo lo observaba a través de los prismáticos mientras notaba en el cogote los resoplidos de mi amante, podía escuchar los jadeos del bondadoso capellán, el padre Simón Allard y Babineaux, vizconde de Rocamadour, que con el paso de los años llegó a ser primero Obispo de Lyon, más tarde cardenal y, según los rumores, estuvo a punto de ocupar la silla de Pedro, de San Pedro”». Jacinto Carballo Paradela, al escuchar mi crítica, adversa se mostró desconcertado. Esperaba un elogio y recibió una bofetada. Su maestro se había caído del pedestal. Escuché atónito que rompía a llorar con desconsuelo; después chilló, berreó como un niño; estaba roto por el dolor. Quise disculparme pero ya era tarde. Antes de colgar me dijo: «¡Ingrato, es usted un ingrato!». No supe nada de él hasta el día del horror. Me remordía la conciencia por el trato injusto que había tenido con aquel generoso desconocido. La policía mexicana me visitó a media tarde del día del asesinato y me enseñó las fotografías de la víctima. No pude reconocer a Elvirita. Su cabeza descansaba sobre una bandeja, al lado de un ramo de margaritas. Su cuerpo, troceado como el de una res, colgaba de un perchero. No pude resistir las náuseas y vomité sobre la alfombra persa. Tuve un ataque de pánico y me dicen que grité como una bestia herida. Tuve por primera vez noticias del asesino de las margaritas; la multinacional del crimen más eficaz de la historia de la delincuencia. Los asesinos implacables que ejecutan cada mes a una o dos de sus víctimas y que traen en jaque a los servicios secretos de todas las naciones. Todo se precipitó y mi vida cambió de forma repentina e implacable. Más de cien policías protegieron mi domicilio durante veinticuatro horas. El presidente de la República me visitó personalmente y cariacontecido me explicó que en México no estaba seguro y que tendría que emigrar a Estados Unidos para ser custodiado por el FBI. Al lado del cuerpo troceado de mi secretaria había aparecido una nota amenazante y concluyente: «Miserable maestro, tú serás el próximo en morir. Alargaré tu agonía y no tendré piedad. Dejarás este mundo de forma dolorosa y lenta. Mi venganza será terrible». Lo firmaba Jacinto Carballo Paradela. Llevo tres años de peregrinaje. He cambiado cuatro veces de domicilio. El asesino de las margaritas, el jefe supremo de un sindicato de sicarios, localiza mi paradero y envía escritos amenazantes. El último lo recibí hace una semana. Inmediatamente cambiamos de domicilio, huimos despavoridos. Todos me dicen que mi vida no corre peligro, que el mundo civilizado no consentirá que un Premio Nobel de Literatura sea asesinado por un sindicato de malhechores. Pero yo lo dudo. Qué saben ellos. Intuyo que mi final se acerca. El verdugo que me ejecute lo hará de forma cruel, moriré lentamente. El sicario hará un trabajo espléndido. Tal vez alguien grabe mis últimos momentos y los aterrados espectadores de televisión puedan asistir en el futuro a la ejecución sumarísima de un escritor corrupto. La muerte vendrá de la mano de cualquiera, del menos sospechoso: el agente del FBI, la cocinera que prepara los comistrajos de este pequeño ejército de guardaespaldas, un jardinero de apariencia inofensiva. Cualquiera puede ser el enviado, el asesino; cualquiera puede ser Jacinto Carballo Paradela.

[BREVIARIO] No hay peor oficio que el de bufón ni ocupación más desdichada que el de bufón de papas. J. de Candelucus, que naufragó seis veces y fue soldado de fortuna en las más sangrientas guerras civiles, que se ganó la vida como macho de toriles en la plaza de toros de Lima, que ejerció de macarra y vendedor de gomas en la Rambla de Barcelona e inventó el timo del violín, aseguraba, con toda solemnidad y poniéndose la mano en el pecho, que hacer reír a la gente de cogulla y contar historias a los cardenales de Venecia era tarea poco menos que imposible, pues las sutilezas del latín y los matices que aporta al lenguaje cotidiano el griego clásico secaban la fuente de la risa, que tan caudalosa es entre los simples, pues parece que la alegría se da con más facilidad entre los tontos de capirote que entre los sabios teólogos, ya que los alma de cántaros son más fáciles de conformar que los que hablan las lenguas muertas del otrora, pues a estos últimos el alma se les seca con la filosofía, se les anquilosan los músculos faciales y toda su figura —y aun el aura— se les vuelve triste y patética por las reflexiones matinales y las crueles dietas de la cuaresma. Entre los cardenales de la curia hay algunos que creen en Dios —pocos, según mi leal saber y entender— y otros que conservan una fe rutinaria y algo bobalicona que tiende al panteísmo. En El Vaticano, y como dijo el Guerra, «hay gente pa’ to’».

Don J. de Candelucus dejó escrito, y largamente explicado, lo mucho que tuvo que padecer para que Benedicto XVI esbozase al fin una sonrisa y las fatigas y trabajos a los que se vio sometido para que la curia celebrase sus ocurrencias y fuese aceptado como bufón de palacio. El camino largo y difícil mereció la pena por el resultado. El éxito fue posible, al parecer, gracias a los sucedidos, historias, cuchufletas, versículos, consejos, pensamientos, reflexiones y cuentecitos que escondía en sus entrañas el códice y que él, astutamente, contaba como si fuesen de su cosecha y las hubiese ideado después de estrujarse el magín como el que estruja un limón para obtener hasta la última gota de zumo. Fue un bufón al que salvó la bibliografía. El suyo, en cierto modo, fue un robo por amor a la literatura, fue un plagio absoluto que le situó en la vida y cimentó, con el paso de los años, la fama de su ingenio. Todavía hoy, cuando se sienta en el sillón de Pedro un argentino que ama el futbol y el tango, la curia le recuerda que de todos los bufones que tuvieron sus eminencias para su honesto divertimento, ninguno tuvo el ingenio y el donaire de J. de Candelucus. A su favor jugaban los miles, acaso los millones, de poseedores del breviario y el ingenio universal puesto a su servicio y plasmado en el libro. Dijo el bufón que Su Santidad le miró con curiosidad y le escuchó con atención el día que le contó, con palabras entrecortadas y el ánimo titubeante, la vida de Jesús según los santos apócrifos. Algo muy concreto y escandaloso dijo don J. que surtió un efecto inmediato. Fue como mentar la soga en casa del ahorcado. La treintena de purpurados que estaba presente enmudeció de pronto y Benedicto, estupefacto, le preguntó con cierto retintín y una amable sonrisa: «¿De dónde sacaste ese versículo infame, mentecato de mierda? ¿A quién le has oído esa barbaridad teológica?». Y para subrayar debidamente sus preguntas le propinó un fuerte puntapié en el trasero que le desplazó varios metros y aun le hizo levantar el vuelo con brevedad pero con cierta elegancia aerodinámica. Don J. de Candelucus, feliz y exultante por haber conseguido despertar la curiosidad de Su Santidad, que hasta aquel momento no le había prestado la mínima atención, siguió relatando las historias robadas y plagiando a los antiguos con absoluta desfachatez y poco a poco se labró una reputación entre las élites vaticanas y adquirió con el tiempo fama de teólogo heterodoxo y descreído, pues no en vano recibió ayuda de los ingenios más despiertos de la literatura universal. Los bufones de palacio que eran enanos deformes vestidos de monaguillos, tontos de baba, mentecatos que se peían sin pudor delante de los príncipes de la Iglesia que se reían con sus desvergüenzas, fueron desplazados de los salones principales y llevados a las caballerizas para deleitar a la soldadesca suiza. Don J. de Candelucus no era muy alto, era más bien bajito, extremadamente bajito sin llegar al enanismo; mediría algo así como un metro y cuarenta centímetros, calvo y gordo y de cabeza poderosa, algo chato y carirredondo y según es sabido él inauguró la moda de los bufones blasfemos que ha llegado a nuestros días; seres patéticos que con sus gorros de cascabeles dicen en voz alta lo que muchos piensan y que son ese resquicio de realidad que se cuela en catolicismo barroco de obispos y cardenales. Los bufones permiten que se remedie ese mal endémico que sufren las más altas jerarquías de la Iglesia. Los bufones blasfemos son un muro de contención que al tratar temas mundanos, corrientes, de la calle, permiten que los ancianos purpurados, que han perdido el sentido de la realidad, se enteren de lo que ocurre en el mundo, en las afueras, aunque sea de forma abrupta y algo grosera. La Iglesia es la multinacional más antigua del mundo y cuenta con gente capaz, con brillantes mentes y estrategas, con cargos intermedios que claman por la modernización de sus métodos pero, por un extraño sortilegio que tiene algo de mágico, a medida que suben un escalón en el organigrama del poder se vuelven más precavidos, antiguos, conservadores, cínicos, descreídos. Si los obispos ya dan estas muestras extrañas de adocenamiento, se agrava de forma alarmante en los arzobispos y se convierte en endémica en los cardenales. Ellos son el muro de contención que permite que, de puertas hacia afuera puedan convivir los sacerdotes liberales, modernos, avanzados y de las más extremas ideologías con curitas tradicionales que siguen consolando, gratis et amore a la feligresía de edad avanzada que todavía se acerca a los confesionarios para hablar mal de las vecinas o criticar con ferocidad a su nuera. En la tropa del catolicismo caben todos y todos actúan con libertad. Pero volvamos al asunto que nos ocupa y sigamos comentando las andanzas del bufón J. de Candelucus. Benedicto y sus sucesores le llamaron con el tiempo «mi dilecto amigo» y «preclaro pensador que bordea la herejía con elegancia y no cae nunca en la fosa séptica del mal gusto» y llegó a publicarse un librillo editado a expensas de unos oscuros discípulos del bufón, bajo el título de El Evangelio según Candelucus. Se rumoreó que había sido premiado con los honores primero de beato y luego de santo y aunque esos extremos no pudieron confirmarse nunca, circularon por aquel entonces unas estampitas donde se veía a un San J. en arrobada y recogida actitud mirando a las alturas.

Pero, al margen de estas disquisiciones sobre el misterioso bufón de papas, ¿qué se sabe del códice y de sus autores? ¿Qué podemos colegir sobre el periplo viajero del librito durante veinte siglos? Alguien escribió que Candelucus encontró el breviario en un cofrecillo de piel de vaca que, curiosamente, no figuraba en los inventarios vaticanos y, por las anotaciones marginales, adivinó que había pertenecido a uno de sus predecesores en el cargo; concretamente a don Sirico, el bufón albino de los Borgia y también a don Nonato, el enano limosnero y trapecista episcopal e, incluso, al obispo Severino, el prelado lucense que huyó con la papisa doña Flor y al ser aprehendido en las nieblas perpetuas de Mondoñedo, fue esclavizado en Roma y obligado a servir de bufón de cocina y cantor de coro, pues prudentemente le fueron podados sin miramiento sus atributos varoniles y su voz, a partir de entonces, se tornó lírica cual abrileño trino de jilguero. Miembro y testículos fueron conservados en alcohol pues llamó la atención de los galenos el tamaño, calificado por la curia de «poco usual que roza lo monstruoso» de las partes pudendas.

Parece ser que, paralelo a los hechos históricos, políticos y religiosos, transcurren otros caminos alternativos desde donde se otea lo que ocurre desde ángulos inéditos: la resurrección del difunto según Lázaro, la ejecución de Ana Bolena vista por su verdugo, el descubrimiento de América desde el punto de vista de los descubiertos y los pequeños dramas de la vida según el Papa de Roma, el que manda en la cristiandad y los mismo hechos interpretados con los ojos y entendederas del bufón de su santidad, o sea, lo que ocurre según el último mono del Vaticano. Aseguraba don J. que el breviario era copia de otro más antiguo que a su vez se basaba en uno de épocas remotas que tenía como embrión las anotaciones del esclavo Ildefonso, que había sido bufón de San Pablo y el que le pasaba a limpio las cartas que con pésima letra el Apóstol escribía a los corintios. Lo de bufón de Papas tiene sus antecedentes en el cargo de alegrador de sobremesas que tan gratos les resultaban a los doce apóstoles e, incluso, al propio Jesús de Nazaret, que gustaba desplazarse con un séquito de músicos, enanos, gigantes, cabezudos, recitadores, comedores de fuego, malabaristas y cómicos de la legua, inventores de historias y contadores de insensateces. Los doce apóstoles tenían siempre a su alrededor a sus bufones y Crispianillo, el bufón de Jesús, fue uno de los que asistió, el día de la Ascensión, a la marcha de la virgen María a los cielos y como no le dejaron montar en el artilugio volador pues su presencia, desgarrada y patética no le resultó grata al Arcángel San Gabriel que era el conductor, se quedó el hombre en tierra algo enfurruñado y solo a última hora dijo adiós a la comitiva con un pañuelo de encaje y esa tristeza mustia de los que quieren viajar y no pueden por falta de bienes de fortuna o medios de locomoción.

El breviario de falsedades que tan útil le fue en su trabajo a don J. de Candelucus fue de mano en mano durmiendo en arcones de gentes de letras, viajando en maletas de prelados ladrones y pasando temporadas con poetas y prosistas de distinta calaña y condición. Unos le añadían una historia y otros le robaron un soneto y el breviario engordaba o adelgazaba como si fuese de humana condición. Viajó el libro con don Cristóbal a bordo de la carabela Santa María y el italiano le añadió una historia de navegantes, donde el almirante de la mar océano mencionaba el estupor de los descubiertos y la codicia de los descubridores, que desembarcaron pidiendo a gritos agua y oro, mujeres y algo de comer pues la abstinencia sexual y las hambres prolongadas les habían dejado macilentos y algo modorros y hasta que no se recuperaron con orgias, banquetes y borracheras los navegantes no recuperaron su amable semblante y humor característico. Estuvo el librillo en Argel con mi señor don Miguel, que escribió un pensamiento amargo sobre la pérdida de la libertad y seis historias bellísimas y bien compuestas plasmó en sus páginas don Francisco de Quevedo un día que se encontraba de buen talante y el ánimo dispuesto. Aparece el libro en el retrato que Crespo hizo a don Lope de Vega y Carpio y figuró hasta su fallecimiento entre los libros de cabecera del glorioso autor teatral y lo lleva en la mano el personaje que abre la puerta del fondo en Las Meninas de Velázquez. El libro inició la vuelta al mundo con Magallanes y la culminó con el piloto vasco y después repitió la aventura hasta seis veces más, siempre por rutas distintas y con capitanes diferentes. Se sabe que fue de Lorca, que lo tuvo prestado Garcilaso, que Cela lo compró en una librería de lance y una asistenta infiel lo robó y malvendió en el rastro madrileño. Hay constancia escrita de que acompañó a Vargas Llosa y le dio buena suerte pues le hizo perder las elecciones y que, el día de su cumpleaños, García Márquez se lo prestó a Fidel, envuelto en papel de regalo, y el comandante lo traspapeló en el caos de su despacho cuartelero, en la revolución anárquica de su escritorio. ¿Dónde estará ahora el breviario de falsedades? ¿Quién acariciará sus páginas amarillentas? ¿Habrá engordado o habrá perdido historias y peso específico? Yo —lo confieso con toda humildad, santo padre— dediqué mi vida a la búsqueda y persecución del librito. Me hice viajero y navegante, bibliotecario y guía de caravanas, cazador blanco y tenedor de libros, regenté casas de lenocinio, profesé en el Cister, ejercí de poeta y fui criado de librea de la Casa de Alba para tener acceso a sus archivos y bibliotecas y más de un té con leche serví a doña Cayetana a las cinco en punto de la tarde. Quise recuperar el breviario para devolvérselo al Vaticano y ser —si la curia lo estimase conveniente— bufón de Su Santidad para haceros reír entre rezo y rezo, para vestir las calzas de colores brillantes y el gorrillo con cascabeles y aparecer, entre los purpurados de la ciudad eterna, como un vistoso monaguillo. Mil veces estuve a punto de conseguir el éxito y mil veces marré en el último momento. La suerte siempre estuvo a favor del libro y en mi contra. El breviario se me escurrió entre los dedos como un pez y solo, en contadas ocasiones, me dejaba en la piel algunas escamas como testimonio de su existencia. Conocí a libreros de ocasión que lo acababan de vender hacía apenas diez minutos y a gentes que recordaban haberlo poseído hacía más de cincuenta años. Anoté puntualmente las historias que vagamente recordaban sus lectores ocasionales y con paciencia y discreción recuperé los evangelios de los santos apócrifos, que tanto desasosiego causan a los integristas vaticanos. El breviario es códice al que hay que tratar con reverencia y exquisito respeto. Es libro que premia y castiga, que da buena fortuna o mala suerte. El poeta uruguayo Cristino Bermúdez no quiso aportar un soneto de su puño y letra y una alopecia pertinaz, repentina e irreversible le dejó la cabeza monda y lironda; don Camilo José Cela añadió un cuento al breviario y le fue concedido el Nobel de Literatura; Jacinto Carreño habló con poco respeto del códice —concretamente lo calificó de «superchería de mierda»— y perdió en el acto la fuerza sexual y Vuestra Santidad, sin ir más lejos, leyó el breviario con atención y buenas maneras y hoy se sienta, tan ricamente, en la silla gestatoria y se mueve por la Plaza de San Pedro con un vistoso papamóvil porque es, al fin, un Papa de Roma al que le gusta el futbol y los tangos del divino Discépolo. El breviario de falsedades es libro volandero que nunca deja de viajar. Sus propietarios pueden echar una ojeada al otro lado del misterio y jugar con los enigmas de la vida. Lo que allí se describe es posible que todo sea falsedad y mentira, desmesura y exceso de poeta ripioso, gracia de gañán, equilibrio circense, pirueta de trapecista, viento de pobre, aunque a veces Dios se espante de las verdades que gritan los bufones, los tontos de baba y los baldadiños que solo conocen el dolor y a Él, en esa soledad horrenda del más allá, se le pongan también los pelos de punta y en el cielo se haga un silencio como de media hora. 

[EN PORTADA: Tristeza, de Annata (2018)]


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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Para una teoría del aforismo

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

No puede resultar extraño que la proliferación que ha experimentado el género aforístico en los últimos años, proliferación de la que la editorial Trea es en gran parte responsable, haga necesaria una permanente sistematización de sus características, definidas, es verdad, desde hace siglos, pero evolucionadas durante la últimas décadas de manera irrevocable. Tal sistematización se nos antoja del todo necesaria y, de hecho, autores como, por ejemplo, Manuel Neila, J. L. Trullo, José Ramón González con su imprescindible Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos. Antología (1980-2012) o Javier Recas con el también indispensable Relámpagos de lucidez: el arte del aforismo (2014), han dedicado a tal empeño excelentes páginas. Actualizar tales referencias es lo que procura Javier Sánchez Menéndez —él mismo un consumado aforista con libros como Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020) y un perseverante promotor de esta variedad literaria desde la editorial La Isla de Siltolá— con su nueva entrega Para una teoría del aforismo, un volumen que es, a la vez, un ensayo sobre el género que cuenta, además, con aportaciones teóricas de excelentes aforistas, y una sucinta y exigente antología. El autor no renuncia, no podría hacerlo, a los antecedentes de conceptualización y pone desde el inicio sus cartas sobre la mesa cuando escribe: «Debemos partir, pues, de que todo cuanto se ha escrito sobre el género breve camina por una senda cierta, real y generosa, porque el aforismo merece esa grandeza y precisa, para su reconocimiento, aún más dedicación».

La primera parte del libro, la circunscrita a la reflexión sobre el género, está dividida en diferentes capítulos y, como parece lógico, en el primero de ellos trata Sánchez Menéndez de definir y acotar el objeto de su estudio. Así, define al aforismo desde variados puntos de vista que se pueden concretar en términos como una «composición literaria breve repleta de pensamiento propio, dotada de la voz personal del autor, de gran carga semántica, filosófica, poética, y de gran coherencia formal», aunque es preciso reconocer que alguna de estas características ha sufrido esas mutaciones de las que hablábamos al principio (la brevedad, por ejemplo, no se adapta a Mario Pérez Antolín y, sin embargo, en sus textos encontramos una carga aforística de gran fuerza expresiva). Pero el aforismo también se puede definir por lo que no es: no es un ejercicio de ingenio vacuo, no es una mera ocurrencia ni algo insignificante, aspectos «tan presentes en los falsos y fallidos aforismos contemporáneos». Como ha visto con buen ojo Sánchez Menéndez, de tal proliferación no siempre se obtienen resultados óptimos. El arribismo no está ausente del ejercicio literario y abundan autores que no desperdician la oportunidad de seguir la moda que proceda con tal de obtener un reconocimiento que, aunque modesto y fugaz, satisface su vanidad, siquiera momentáneamente. Este dar gato por liebre no es, por supuesto, patrimonio del aforismo. Se puede detectar, y nos circunscribimos solo al ámbito literario, en otros géneros como la novela o la poesía, incluso, me atrevo a decir, en la crítica, que no permanece ajena a tal contaminación.

Javier Sánchez Menéndez busca en su ensayo construir no solo un armazón teórico, sino datar los orígenes del aforismo, y para ello se remonta a filósofos griegos como los presocráticos Parménides o Heráclito, Sócrates y Platón, sobre todo el libro Cratilo de este último, en el que nuestro autor encuentra el origen y la naturaleza de los nombres. Se afianza en los moralistas franceses, entre los cuales cita a Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Chamfort, el marqués de Vauvenargues o Joubert, sin olvidarse de Gracián y los más cercanos en el tiempo Nietzsche o Cioran. No escatima en su búsqueda Sánchez Menéndez indagar sobre los orígenes en culturas distintas a la occidental, y así, textos de Lao Tse, Confucio o Buda son vistos como antecedentes del género por su poder de convicción, sustentado en frases breves y directas, aunque cargadas de simbolismo. «Estos textos antiguos —escribe Javier Sánchez Menéndez— de Lao Tse o de Confucio, y de sus contemporáneos y seguidores, estos aforismos, eran verdades hermenéuticas, verdades metafísicas». Por último, se cita también como antecedente el Evangelio según Tomás, conjunto de manuscritos encontrados en Egipto a mediados del siglo pasado.

Pero ¿qué ocurre en el presente?, podemos preguntarnos. Sánchez Menéndez también se explaya la respecto y no rehúye la crítica acerba al modo en el que nos relacionamos en la actualidad con la escritura. Entresacamos algunas de sus aseveraciones, con las que no podemos más que estar de acuerdo: «Hemos perdido la capacidad de atención y, con ello, los falsos aforismos inundan las redes, porque buscamos la gratificación del instante. Todo cuanto nos haga pensar lo desechamos». O esta reflexión sobre las redes: «Las redes sociales hacen mucho daño al propio acto comunicativo. La comunicación requiere un proceso, un tiempo, y la inmediatez y la instantaneidad  nos acercan a las masas anónimas de perfiles de la mentira», todo lo contrario de lo que exige la escritura, y la lectura, del aforismo, porque, de lo contrario, no percibiremos la carga filosófica que encierra un dicho eminentemente poético en la mayoría de las ocasiones.

Pero en un término como el aforismo, resbaladizo, esquivo, no de fácil delimitación, debe leerse a través de perspectivas diversas, y eso es lo que procura Sánchez Menéndez al dar cabida en su libro a la voz de aforistas como, por citar solo algunos, Jordi Doce, Lorenzo Oliván, José Ángel CillerueloJosé Mateos, León Molina, Manuel Neila o Pelayo Fueyo, que enriquecen desde su propia forma de enfrentase al género las posibilidades de este, aunque todos ellos sean fieles en gran medida a las características que el autor del volumen ha subrayado a lo largo de su extenso ensayo. Como escribe José Manuel Uría, «el aforismo es una cápsula de pensamiento sintético. Compartiendo raíz con la filosofía y la poesía, libera en quien lo lee los principios activos de la verdad y la belleza. El aforismo será, así, un ejercicio de la razón estética (o ética); el resultado de pensar bellamente».

El libro finaliza con una «Muestra de aforismos contemporáneos», una antología (aunque el autor se resiste a denominarla así porque «una antología implica afinidades electivas, implica desencuentros, implica disparidad. Nuestro único fin ha sido mostrar»), necesariamente limitada, que recoge aforismos de casi treinta autores, entre los cuales, además de los citados más arriba, mencionaremos a Ramón Eder, Carmen Canet, Elías Moro, Lena Dukelsky, Gregorio Luri, Ricardo de la Fuente, Karmelo C. Iribarren, Miguel Ángel Arcas, Mario Pérez Antolín o el recientemente fallecido Miguel Catalán.

En definitiva, nos encontramos ante un libro que intenta recopilar y ordenar los estudios sobre el aforismo, pero Javier Sánchez Menéndez no desarrolla un estudio de carácter filosófico (por eso hemos hablado de ensayo, visto este como una tentativa), sino una indagación personal desde los presupuestos estéticos que le confiere ver la situación desde dentro, no en vano es arte y parte del asunto. Resumiendo lo dicho en Para una teoría del aforismo, «en el aforismo nada puede resultar superfluo, cada palabra que lo compone debe poseer el peso necesario, su reducido tamaño nunca se opone a su intensidad, complementa su fuerza. Su forma literaria elemental posee una carga filosófica y poética». Que así sea.


Para una teoría del aforismo
Javier Sánchez Menéndez
Trea, 2020
208 páginas
18€

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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Cultura

Cuaderno de bitácora

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/ por Jónatham F. Moriche /

[La primera parte de este texto se publicó en el nº 2 de la revista No Somos Nada (Salamanca, 1995). La versión íntegra apareció primero en el nº 10 de la revista El Cuadernillo (Hervás, 1996) y luego en el nº 15 de la revista Abril (Luxemburgo, 1998). Esta reedición va dedicada, veinticinco años después, a Alicia, Sonia, Arnaldo, Amós, Nuria, Paula, Lucía, Carmen, Lita, Santiago, Manuel, Fran, Xacobo y, en general, a cuantos fueron parte de aquellos días y noches extraordinarios.]

1.

Ansío que llegue el buen tiempo para reencontrarme con mi humanidad paseando por cementerios en domingo por la tarde. El primer ser humano se separó radicalmente de su inmediato antecesor animal cuando enterró ritualmente a su ser querido muerto, por cuanto con ello se desligaba, no de hecho, pero sí de voluntad, de la más básica ley natural. El animal lamenta la pérdida de su ser amado, pero no intenta hacer trascender su presencia o su existencia más allá del momento fatal. El ser humano es tal porque reniega de su encadenamiento a las fatalidades (la muerte, la ignorancia del origen y el destino) que rigen la Naturaleza. El hombre supone el paso de la vida de finitudes definidas (tiempo y conocimiento) al continuo desafío por la Eternidad. El Prometeo griego o el Víctor Frankenstein de Mary Shelley representan la angustiada batalla del hombre en este empeño racional, rebelde, desmesurado.

2.

Me mudo a las afueras estos días, mis mochilas rebosan de discos compactos (Gavin Bryars, Arvo Pärt, Pascal Gaigne, Alberto Iglesias, aún son músicas de otoño) y permutaciones irreverentes de conocimientos, arca de Noé con bigotes de tigre acariciando cuellos de gacela, pasta contra pasta Jünger y Habermas, Pascal y Marx, ¿qué se habrán contado entre ellos en el trayecto? Quizás la nueva distancia espacie ahora mis visitas a la Residencia. Allí, bajo la mirada circunspecta de las monjas, me espera casi cada día tras la cena mi privada Ana Ozores. Nos hicimos amigos estudiando tiranos y tiranuelos de América Latina, después creamos una ciudad secreta solo para nosotros, un pequeño continente propio. Hay un piano desafinado en la salita de espera, allí divagamos sobre el curso de las cosas y habitamos un tiempo simbólico, irrestricto, absolutamente metafórico. Hace poco, en la mirada de Lady Asten, sentados todos (ella, Alejandro, Isabel, mi Ana Ozores, yo mismo) en las escaleras del vestíbulo, dos espejos enfrentados y cabizbajos, el mármol antiguo oscurecido, pude leer que vivimos con el tiempo suspendido, que no envejeceremos hasta que no nos demos cuenta, hasta que seamos conscientes de que la vida no es solo el tema de unos versos. Mientras tanto, nuestra amistad está a salvo de todo mal.

3.

Conversación infinita con Amós. Infinita, turbadora, atroz en sus últimas consecuencias. Con el Lehninger en la mano, me demostró la fragilidad de la vida, la relatividad absoluta de las ciencias sociales, siempre en lucha por emerger de la necesidad que rige las leyes biológicas. Las abejas, las hormigas, no hacen ciencias sociales, hace sociedad, y punto. Sociedad fuerte, que tenga posibilidades óptimas de sobrevivir. Nosotros hacemos política y sociología y filosofía porque hemos relativizado nuestra necesidad de sobrevivir, y por eso hay héroes y mártires: necesitamos una justicia para vivir más que mismamente vivir. Esparta sobrevive, Atenas sucumbe, pero los espartanos no ejercen como seres humanos con la misma plenitud que los atenienses. Estos buscan y por eso viven, aunque mueran por ello. El espartano ve partir el buque hacia el futuro desde el muelle, estancado en la seguridad del propio instinto de supervivencia, cobarde ante el desafío de la Razón. El paso del Mito al Logos supone el paso del hombre como rendición (resignado a lo que ha de ser) al hombre como atrevimiento (creador de lo que será consigo mismo).

4.

La ingenuidad presocrática puede hoy llamarnos a la sonrisa en muchos aspectos. Pero la filosofía (todo es filosofía, todo saber que se pretenda ajena a ella es una atroz aberración) sigue tratando de responder a Parménides. La cobardía de determinados seudopensadores (antipensadores, depensadores) consiste en creer que veinticinco siglos de búsqueda no hayan sido suficientes significa que la Razón no puede dar respuesta a la resonante voz interrogadora de los griegos antiguos, quizás los más plenamente humanos de entre los hombres.

Sarajevo, fotografiada por Jordi Pujol Puente tras el asedio serbio

5.

(Día 1.083 del asedio de Sarajevo) Una paradoja. Ahí están: Savater, Lévy, Grass, Semprún… Continúa la excepcional estirpe de pensadores que desde una u otra perspectiva han puesto sus armas bajo el pabellón de las ideas, la Razón y la tolerancia. Y Fini, Haider, Le Pen, el mismo Karadžić, amenazadores, desde la sombra del totalitarismo, el fascismo de uno u otro signo (indistinto, indiferenciable). ¿Qué extraña paradoja se hace eterna en este continente? Europa es una metáfora del hombre luchando por escapar de la sombra de su condición bestial y abrazando la Razón, alzándose fuera de la ciénaga de los instintos. «Europa no es un lugar, sino una idea, no una categoría del Ser, sino del Espíritu» (Bernard-Henri Lévy).

6.

Auschwitz, Sarajevo. ¿Que capacidad tiene la historia, la presencia y permanencia del pasado en el presente y su proyección hacia el futuro, para transmitir con toda su intensidad el horror absoluto que supuso el Holocausto? ¿Es el olvido consecuencia necesaria de la insuficiencia de las palabras hasta de las imágenes para hacer sentir al hombre un mal tan inexpresable, tan inaudito? ¿Es soportable la condición humana tras Auschwitz, sintiendo dentro de cada uno de nosotros el obsceno estigma de los campos de exterminio?

7.

La fe y la utopía. Las peores pesadillas del siglo XX nacieron como hijos deformes y monstruosos de utopías que antes muchos habían soñado sinceramente hermosas. ¿Qué salva a una utopía del autoritarismo, de la masacre, del horror? ¿En qué punto el sueño se convierte en pesadilla, el jardín en abismo? En el momento en que se cae en la Verdad Absoluta, en el dogma de fe. Todo aquel que manteniendo sinceramente su esperanza de ayudar al género humano en su travesía a través de los siglos, de acuerdo con su fe o creencia, sea consciente sin embargo de que se puede estar en error, de que su opción puede no ser la correcta, no derramará sangre humana en su camino. La consciencia de la falibilidad, heredera e hija predilecta de la Razón, nos salvará del horror. 

8.

Sólo la metafísica está en disposición de dar una explicación al horror de Auschwitz, de Sarajevo, en lógica consecuencia de la metafísica como pretensión de conocimiento de lo absoluto. La Historia podrá narrar lo sucedido en los campos o en la ciudad martirizada, pero ni por asomo podrá hacerlo comprensible. Para quienes dicen de la filosofía una disciplina sin objeto, he aquí uno: explicar y prevenir el exterminio. Parece no bastar nunca. Vuelvo de nuevo la mirada ante la vergüenza argelina. De nuevo el horror, de nuevo la Razón ahogada en el marasmo de la ignorancia, la ciénaga de la muerte por mandato divino. Una guerra de religión, una cruzada purificadora, para clausurar el siglo XX. ¿Acaso no se dan cuenta de que la sangre sólo puede envilecer, deshonrar, la legítima, libre e íntima experiencia de dios?

«…y que cuando lleguen los bárbaros nos encuentren soñando dulces sueños de opio entre las columnas de nuestros palacios…».

Cadáveres en las calles de Sarajevo, por Jordi Pujol Puente

9.

Anotado en los márgenes de un periódico, sentado ante el lento, serenísimo Duero, a finales de abril: «la inocencia y la experiencia en el poder parecen ser incompatibles. Permítaseme, pues, no envidiar la trágica gravedad de los césares». Ante la mirada deslumbrada del viajero ocasional, se desvela uno de los mayores misterios. Fue la vanidad la que hizo erguirse los palacios, fue la soberbia del poder la que levantó murallas, trazó ciudades. La historia arrasó con un soplo desganado toda vanidad, toda soberbia, dejando sólo el mudo testimonio de la piedra, que nada sabe de nombres, ni de efímeras glorias humanas hoy reducidas a cenizas. No más que estas aguas del Duero, o los cipreses que custodian su paso ante mi vista.

10.

A Coruña, abril: «Cada levísimo signo pugna por hacerse con un significado a través de las horas que en la noche dedicamos al juego de la sospecha. El quejido del cemento, un gruñido, acaso el roce de dos tactos. Como alimañas ansiosas, picoteamos entre la vigilia y el sueño la carroña legada por los días». Descubriré luego un sentimiento similar, puesto en boca de un condenado a muerte: «Después de media noche esperaba y acechaba. Mis oídos nunca habían percibido tantos ruidos, ni distinguidos sonidos tan tenues» (Albert Camus, El extranjero). Esperar, desesperar. La llegada del día, de la misma muerte. El tiempo pierde su escaso sentido y es sólo una losa, una pregunta insoportablemente prolongada. Impotente ante la sentencia, ante la morosidad de las respuestas.

11.

Nermin Divovic cumplió siete años el 18 de octubre pasado. Escudriñando su foto (de Gervasio Sánchez, en El País) no descubro nada que lo haga distinto de cualquier otro niño de su edad. No conocerá otra. El dieciocho de noviembre un francotirador serbio lo mato en la calle Marindvor de Sarajevo, ante la vista de su madre, de periodistas de varias naciones, de cascos azules de la ONU. Su cuerpecillo inerte, su cabeza destrozada tendida sobre un obsceno, desproporcionado charco de sangre… ¿Tesis? ¿Antítesis? ¿Estructura? ¿Condiciones objetivas? ¿Subjetivas? Quien crea saber qué es la Historia, que me conteste. Que conteste a Nermin y a las preguntas que ya nunca podrá formular, muertas con él sobre el asfalto de Sarajevo. ¿O acaso habremos de renunciar a que nuestra historia sea algo más que la historia de nuestra barbarie?

12.

Meditaciones de Marco Aurelio. Al fin un hombre al que el poder absoluto no ha corrompido, no ha cegado. Casi un dios en vida que se sabe ya olvidado, irrelevante, vencido por un Ser que le supera y absorbe. Todo un emperador de Roma (¡qué ejemplo para tantos reyezuelos de taifas!) que sabe que su vida no vale un sestercio más de lo que valga su dignidad. Me vienen al recuerdo, vaguísimamente, de mi infancia más profunda, irrecuperable, las estatuas decapitadas entre las ruinas romanas de la playa de Bolonia. Imagino al emperador estoico, ausente de su propio poder, construyendo serenamente este monumento de palabras, no para gloria suya, sino de los hombres, que ni el viento, ni las tormentas, ni la cruel arenisca de la Historia harán jamás vacilar.

Una morgue de Sarajevo, capturada por Jordi Pujol Puente

13.

La memoria de los libros supone, discreta y presente, un inevitable subrayado a la memoria de mis días. Así, sin razón aparente, tras una noche de trabajo febril, surge el recuerdo de La insoportable levedad del ser de Milán Kundera: «Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora». «Libro bandera para una generación», me lo describió un buen amigo al que respeto por su serena edad y su ilimitado sentido común. Una generación que por desgracia no es la mía, que en su escaso apego por la letra impresa jamás podrá tener un libro bandera, ni se alzará nunca en protesta callejera por recuperar la voz de un poeta silenciado. Nadie parece nacer en la generación correcta, dudo ya incluso de que haya generaciones en las que cobijarse, y por ello nos refugiamos en el artificio falseado de la memoria de los tiempos heroicos de nuestros mayores. Hace casi tres años que hice mi primera lectura de Kundera. Uno antes de conocer a una mujer a la que amé. Cada frase de su novela fue una pista para hallarnos en medio del laberinto. Ella me entregó día a día las claves del lenguaje de los poetas y ellos, en generoso intercambio, me ayudaron a corresponderla y amarla. Los dioses la protejan siempre de todo dolor.

14.

La vida como travesía, el mito del mar, eterno devorador de vidas. Recuerdo, en un día arisco y frío, caminando con Santiago bajo la llovizna, un enorme pedazo del petrolero Mar Egeo, en un esforzado y último estertor, lleno a la vez de ruina y de orgullo, erguido ante las rocas imponentes costas de A Coruña, la luz blanca sobre el rojo cansado del óxido, y las olas, devastadoras, crueles, azotándolo sin pausa. Y veo cada día los estragos del tiempo sobre los cuerpos, sobre las mismas almas. «Embarcaste, navegaste, arribaste: desembarca», se dice así mismo Marco Aurelio (Meditaciones, III, 3), ausente de toda rabia, lleno de estoica serenidad. ¿Para qué la ira? Es de necios oponerse al paso del tiempo; el tiempo es estático, fino y transparente, no se mueve más que las playas en calma de los recuerdos infantiles, en una paz sólo alterada por nuestra apresurada marcha sobre él.

15.

«…habiendo visto luego en los viajes, que no todos los que piensan de modo contrario al nuestro son por eso bárbaros ni salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón…» (René Descartes, Discurso del método).

(Fermoselle, abril) La comunión bajo nuevas especies puede no dar la fe, pero sí la tolerancia. Nuevos sonidos, nuevos colores… Los griegos surcaron el Mediterráneo para hallar un tesoro inconmensurable: la contingencia de todo lo humano, la locura que son los dogmas cuando se habla de hombres. Sólo desde la tolerancia se pueden marcar con libertad los propios perfiles, la propia identidad. Confiados a la bonanza de las mareas, inmersos en los ritos y los ritmos ajenos, descubriendo que la propia libertad está dispersa en los demás, en sus palabras y sus miradas. Hinchadas las velas de vientos dulces, continúa el camino.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

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