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Cultura

Lucidez y derrota: ‘Una soledad demasiado ruidosa’, de Bohumil Hrabal

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/ una reseña de Manuel Fernández Labrada /

El amor a los libros puede expresarse de muy diversas maneras. Una de las más originales es la que manifiesta Hanta, el protagonista de esta bellísima novela que hoy reseñamos, Una soledad demasiado ruidosa (1976), del gran escritor checo Bohumil Hrabal (1914-1997). Aunque lleva treinta y cinco años trabajando en el reciclado de papel, Hanta no se ha acostumbrado todavía a contemplar con indiferencia la destrucción de los libros: esos centenares de volúmenes que le llueven a diario, mezclados con los papelajos más deleznables, en el oscuro y húmedo sótano donde trabaja con su rudimentaria prensa. Libros de Hegel, Kant, Nietzsche, Schelling, Goethe, Hölderlin, Novalis… Libros cuya lectura alivia su monótona y solitaria tarea, a muchos de los cuales redime simbólicamente introduciéndolos, cuidadosamente abiertos «por la página donde el texto es más bonito», en el interior de las balas de papel que va confeccionando. Su jefe, que lo vigila desde la superficie (como el vociferante carcelero del inicio del Persiles), no se muestra nada contento de sus lecturas, pausas y extraños rituales, y amenaza con despedirlo… Tal es el punto de partida de esta emocionante novela que acaba de reeditar Galaxia Gutenberg (en la magistral traducción de Monika Zgustova, gran especialista en la figura y obra de Bohumil Hrabal). Una soledad demasiado ruidosa (Příliš hlučná samota) es un texto de muy grata lectura, en el que quedamos prendidos desde sus primeras líneas. Sin párrafos que diseccionen los capítulos, con una narración en primera persona cercana en ocasiones al monólogo interior, la novela se construye ―rítmica y formalmente― a partir de una serie de ideas obsesivas que se repiten y se desarrollan a manera de un leitmotiv, entreveradas con discursos más extensos que nos revelan detalles de la vida de Hanta, de su historia y atormentada humanidad. Una estructura musical que se acelera en el último capítulo: una especie de stretto donde confluyen los diferentes motivos que han ido vertebrando la novela y que se cierra con un sorprendente desenlace.

Aunque el empaquetado de libros es una las acciones más llamativas del protagonista, Una soledad demasiado ruidosa es mucho más que un ejercicio de fetichismo, o que una performance que toma la materialidad del libro como objeto de experimentación artística. Además de ruidosa, la soledad en la que trabaja Hanta es también una soledad poblada de pensamientos. Unas meditaciones que, en su caso particular, vienen determinadas por su lucidez para percibir la melancolía de un mundo «que no se acaba de construir jamás». Y es que el empacado de los libros (o las láminas de pintores famosos con que adorna los fardos de papel prensado) no es tan sólo un homenaje a sus autores. Esas exequias que Hanta tributa a los volúmenes desechados son también el símbolo de una cultura tocada de muerte, sospechosa, puesta en entredicho por la contradicción que media entre la miseria cotidiana que padecemos ―en una sociedad marcada por el consumo compulsivo y la generación de basura― y los discursos elevados de su filosofía: una distancia insalvable que nos recuerda Hanta cada vez que se asoma a contemplar las estrellas desde el mismo agujero pringoso por donde le arrojan los libros. Haciendo meditar a su personaje entre montones de papeles en descomposición, obligándolo a vencer escrúpulos morales por las ratas y moscas que mueren inevitablemente aplastadas en su prensa, Hrabal construye un texto que compendia tanto el cielo como el infierno de la experiencia humana. Incluso en sus recuerdos más personales y familiares, Hanta se complace en contraponernos lo más bajo con lo más elevado, lo más sublime con lo más prosaico y material: un conflicto cuya síntesis sólo puede resolverse en un ejercicio de melancolía.

Bohumil Hrabal

Profundizando más en el evidente significado metafísico del libro, podemos reconocer en la actividad de Hanta una imagen de esa dramática entropía que configura el universo: ese agujero negro por el que se precipita todo lo que tiene la cualidad del ser, condenado a un ciclo imparable de destrucción y creación. El drama que supone la imposibilidad de torcerlo, de pararlo siquiera un instante, es lo que atormenta a Hanta; la certeza de que, parafraseando a Rilke, no hay ángel alguno que recoja las sonrisas que se ignoran. Esa avalancha de papeles diversos que le arrojan a Hanta para que los recicle es el mejor resumen de toda obra humana y su irremediable aniquilación. Desde lo más excelso a lo más miserable, nada se salva. Por momentos, el narrador nos parece una figura casi mítica, emplazada en un confín del mundo, en el vórtice o sumidero por el que se pierden todas las cosas: un destino inevitable del que se erige como lúcido testigo. Sus pequeños homenajes son apenas unos granos de polvo en el molino de la destrucción universal, que aniquila por igual a los seres queridos y a los ratoncitos que pululan entre la basura, que se ceba en esos trenes cargados de libros valiosos que se deshacen olvidados bajo la lluvia: una imagen poderosa del expolio y la destrucción que aceleran las guerras. En esta misma línea de pensamiento, Hanta extiende su mirada a otros trabajos subterráneos, en los que descubre insospechados parentescos con el suyo. Es el caso de los limpiadores de cloacas, testigos de una fantástica guerra entre ratas que se exterminan masivamentes, pero que generan de manera invariable nuevas facciones, siempre enfrentadas: un proceso en el que Hanta vislumbra un reflejo atroz de la dialéctica hegeliana que construye la historia.

Pero el poso más descorazonador que nos queda tras la lectura de la novela quizás no sea otro que la sospecha de que el futuro no nos traerá la solución. El progreso deshumanizado que caracteriza a nuestra sociedad avanza en todos los frentes, pero sobre todo en el de la destrucción. Así se resume en esa monstruosa planta industrial de reciclaje que Hanta visita en Bubny, donde contempla apabullado la rápida aniquilación de millares de libros, ejecutada sin emoción alguna por brigadas de jóvenes obreros, uniformados y protegidos por guantes. Un espectáculo compartido por los escolares que visitan las instalaciones, a los que se les inculcan esos valores de eficacia deshumanizada que tanto espantan a Hanta. Una labor en las antípodas de su modesto trabajo en el sótano, donde se ensucia las manos y se detiene a cada momento para recoger un libro o una lámina que le llaman la atención. El panorama de tantos libros destruidos, sin recibir ni tan siquiera una última mirada de curiosidad, induce a Hanta a evocar esas modernas granjas industriales que sacrifican en serie a millares de pollos («que apenas habían empezado a vivir»), colgados aún vivos de los ganchos donde se les extraen los órganos. Una muestra más de esa aniquilación fría y ciega, peligrosa por la inquietante posibilidad de que pueda extenderse a cualquier otro dominio. Una destrucción que, en el caso particular de Hanta, terminará engullendo su artesanal sistema de trabajo, declarado obsoleto.

Contrapesando de algún modo tantas notas pesimistas, la humanidad de los personajes que pueblan la novela nos reconcilia con nuestro destino. Bohumil Hrabal, que ha manifestado un compromiso ético y social en muchas de sus obras (como en su célebre novela Trenes rigurosamente vigilados; texto que inspirara el homónimo filme de Jiří Menzel), no se olvida tampoco ahora de los más desfavorecidos. Así lo descubrimos en esas sinceras estampas que nos dibuja Hanta de los gitanos de Praga, con sus fogatas encendidas en mitad de las aceras y sus miradas inteligentes, propias de una raza antigua y sabia. Contrastando con los personajes de Cristo y de Lao-Tse, que se le aparecen en la duermevela inducida por la cerveza, Hanta evoca también las pintorescas siluetas de dos pobres gitanas, dos adolescentes explotadas y golpeadas que, cargadas como mulas, le llevan papeles y cartones al taller. En esa misma categoría de seres desvalidos podemos encuadrar a otros personajes cercanos al protagonista. Hanta, que vive en un piso de las afueras de Praga, atestado de libros, alivia su melancolía y sus temores evocando escenas de su infancia. Las figuras de su madre y de su tío, las curiosas historias protagonizadas por sus extravagantes amigos y amantes, dan materia a algunas de las páginas más bellas de la novela. Unos recuerdos entre sentimentales y cómicos, cargados a veces de un humorismo bastante negro, pero siempre aparejados como ensoñaciones fantásticas, propias de ese peculiar realismo mágico que caracteriza la prosa de Bohumil Hrabal. Es el caso de las increíbles vagonetas de tren con las que se entretiene su tío, ferroviario jubilado, o los amantes tan variopintos y complementarios de los que se beneficia su antiguo amor, Maruja. Unos recuerdos que alcanzan su apogeo en las emotivas líneas finales del texto, desde las que Hanta parece lanzarnos una última advertencia: ¡No renuncies a la memoria mientras te quede un aliento de vida!


«Trabajé hasta bien entrada la noche y me refrescaba sacando la cabeza por el patio interior, y a través de aquella chimenea de cinco pisos miraba, como el joven Kant, un fragmento del cielo estrellado; después, tomando el asa de la jarra, a cuatro patas y con paso inseguro, subía la escalera y, tambaleándome, me dirigía a la taberna, compraba cerveza y volvía a bajar a tres patas a mi madriguera donde, sobre la mesa, a la luz de la bombilla, tenía abierto el libro Teoría general del cielo, de Inmanuel Kant… En el silencio de la noche, cuando los sentidos reposan calmados, habla un espíritu inmortal en un lenguaje difícil de designar, compuesto de conceptos, que es posible comprender pero imposible describir… Estas frases me afectaron de tal manera que me fui corriendo a sacar la cabeza al patio abierto para mirar el fragmento de cielo estrellado y sólo después continué cargando el papel asqueroso a la prensa con una horca, un papel lleno de familias de ratitas envueltas en una especie de algodón, de telaraña; de hecho, los que trabajan con papel viejo no son humanos, de la misma manera que tampoco lo es el cielo, yo ya sé que alguien lo tiene que hacer, pero en el fondo mi trabajo se reduce a una matanza de inocentes, tal como la pintó Pieter Brueghel, la semana pasada envolví todas las balas con la reproducción de ese cuadro»…

(Traducción de Monika Zgustova)


Una soledad demasiado ruidosa
Bohumil Hrabal
Galaxia Gutenberg, 2020
112 páginas
11,90€

Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica y catedrático de enseñanza secundaria. Desde 1996 reside en Granada, donde ha colaborado con la Universidad en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Ha publicado diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro, y es autor de las novelas El refugio (2014) y La mano de nieve (2015), así como de un volumen de minificciones, Ciervos en África (Trea, 2018). También escribe en su blog de literatura Saltus Altus.

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Cultura

Los ojos de Celia

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/ por Jorge Praga /

En la escena inicial de Las niñas, debut de Pilar Palomero en la dirección cinematográfica, el coro femenino de un colegio ensaya bajo la dirección de una monja. Es una fase del ensayo un tanto extraña, pues se pide a las alumnas que gesticulen en silencio como si estuvieran cantando de verdad. La cámara recoge primeros planos de los rostros concentrados en una suerte de muecas que provocan unas cuantas risas nerviosas. La monja pide por fin a alguna de ellas que ponga voz real a los gestos, da la entrada con el piano, y cuando esperamos oír al coro la secuencia finaliza bruscamente. Hay que esperar al final de la película para reencontrar al coro y dar sentido a esa escena inicial, cuyo aplazamiento ha dado paso a una larga exploración que llena toda la película con la vida preadolescente de una de las integrantes, Celia. En la última secuencia, en una fiesta del colegio, el coro sale al escenario. La monja da la entrada desde el piano para arrancar con un himno colegial de factura redonda, tan redonda que casi hace pensar en una música pregrabada a la que las niñas añaden la gestualidad, en recuerdo no borrado de aquella escena inaugural. Sea así o no, pues la película no lo aclara, lo que importa es que frente al silencio colectivo de todas las estudiantes en la escena de partida, ahora un doble sonido va ganando nuestros oídos mientras la cámara se centra en el rostro de la protagonista. Sobre el canto colectivo, impersonal y empastado, va creciendo la voz individual de Celia, llena de imperfecciones pero auténtica y creíble sobre el primer plano de su rostro. Esa niña a la que nos hemos acercado con perseverancia durante la hora y media anterior, ese ser fronterizo que empieza a sentir dentro de sí los titubeos y las novedades de la adolescencia, comienza a emitir en el coro una voz personal en pugna con la colectiva y ajena. Es un final metafórico, y a la vez sintético, del camino que ha ido labrando Celia: buscar su tono propio, su identidad, su diferencia, entre la gran masa de disciplina inútil y entorno religioso que ya va dejando atrás, como un uniforme escolar demasiado usado y fuera de talla.

Entre esas dos escenas extremas discurre la vida de Celia, repartida entre las aulas del colegio, las reuniones de amigas y la fría relación con su madre en un piso poco acogedor. Pero las imágenes son solo la punta del iceberg de lo que no se puede mostrar: el estado interior de la niña, sometido a cambios hormonales y vitales que la llevan a explorar otras relaciones de amistad y a preguntas sobre territorios desconocidos. Un estado para el que los guías y maestros anteriores ya no sirven; su madre, el confesor, las monjas… Solo queda buscar la complicidad de quien está como ella y finge tener algo de experiencia de ese mundo extraño y desconocido que cae del cielo como una mañana sin estrenar. El tiempo narrativo se suma al desconcierto sacrificando su progreso, amontonando jornadas de rutinas mezcladas con rupturas. Fumar, manosear un condón, mirar a un chico a los ojos, desobedecer, transgredir. Los hechos se agolpan sobre unos ojos muy abiertos hasta formar un palimpsesto desordenado y opaco.

Los ojos de Celia. Pilar Palomero, la directora, hace de ellos el espejo del objetivo de su cámara. Pilar mira a través de ellos, dialoga con ellos, son sus propios ojos mirando desde el tiempo remoto de su adolescencia. A través de ellos se instala en ese 1992 al que se invita también al espectador. Un diálogo encerrado y enredado en la femineidad que despierta y pregunta sin romper silencios ni esperar respuestas. Algún crítico ha comparado la interrogación de esos ojos con los de Ana, la niña que protagonizaba El espíritu de la colmena. Las dos, Celia y Ana, no comprenden el mundo que las rodea, un mundo que las invade y desasosiega. La Ana de Víctor Erice se enfrenta a algo terrible que su infancia no puede abarcar, el trauma de la guerra civil en el año posterior a su finalización. Sus ojos pugnan por hacer habitable «Un lugar de la meseta castellana hacia 1940…», como reza el rótulo de la primera secuencia. El cine viene en su ayuda con la proyección del Frankenstein de James Whale, y con esa ella enhebra un cuento mágico que le permita defenderse de una realidad tan torturada. La inquietud de Celia, sin embargo, radica en su revolución interior, en la apertura de una etapa biográfica que se abre como un viaje a lo desconocido. Es corporal y vital más que histórico o político, a pesar de que la directora marca su obra con precisas anotaciones de época que llegan incluso a decidir el formato de proyección, un olvidado 4:3.

No es necesario retroceder hasta la película de Víctor Erice para encontrar los ojos de Celia en el reciente cine español. Una serie de directoras han estrenado en los últimos años su primera obra con el mismo empuje y parecidos objetivos que Pilar Palomero. Y como ella, han peleado por un hueco donde instalar a su protagonista, que es una prolongación de su propio ser, un espejo donde la mujer se pregunta por sí misma después de tantos años sin voz pública. El recuento podría arrancar en Tres días con la familia, ópera prima de Mar Coll en 2009. Su protagonista, Léa, comparte con todos sus familiares las exequias de su abuelo, lo que le permite abrir un balance inesperado del pasado en el que se apoyó su formación y entrever las difíciles vías del futuro que comienza. Léa es el quicio generacional, la puerta por la que mirar, los ojos que proponen y reciben las experiencias paralelas de los espectadores. Ese estreno de Mar Coll se ha repetido en películas de los últimos años con características similares: primera obra de una directora nacida en torno a los ochenta, base autobiográfica y generacional, énfasis especular en la protagonista femenina. Incluso se reiteran rasgos accidentales, como la impregnación catalana de la producción o la acogida con premios en el festival de Málaga. Esa saga se reinicia en 2017 con la delicada Verano 1993, de Carla Simón, en la que una niña de seis años, Frida, llega a una familia adoptiva tras la muerte de su madre. En el mismo año se presenta Júlia ist, en la que Elena Martín dirige e interpreta al personaje que reescribe su experiencia de Erasmus solitaria en Berlín. En 2018 triunfa la propuesta de Celia Rico Clavellino en Viaje al cuarto de una madre, que se ocupa de la lucha de Leonor (una espléndida Anna Castillo) por romper el cordón umbilical que la paraliza en su casa. «El cine más interesante de los últimos años está dirigido por mujeres», proclamaba su directora en el estreno. Ese año la acompañó con los premios en Málaga Las distancias, de Elena Trapé, la única de las autoras nombradas que ya había estrenado un largometraje anterior, Blog, en 2010. Belén Funes fue la debutante que llamó la atención en 2019 con La hija de un ladrón, una ventana poderosa sobre Sara, la joven que arrastra lazos familiares que machacan su vida.

Son películas que se hacen cargo de una subjetividad que impregna y empapa la narración. Ya sea desde el mundo mágico de la niña adoptada de Verano 1993 o con las tormentas interiores de Celia en Las niñas, las películas renuncian en alguna medida al punto de vista exterior y descriptivo de los hechos para tratar de acceder a la intimidad problemática de la protagonista. Sugerir, mostrar, más que decir o establecer. La cámara de Las niñas es un buen ejemplo de esa pretensión: siempre encima de Celia en planos de poca profundidad, va capturando en su constancia el clima de desconcierto que se adueña de ella. La fotografía, el encuadre y su enorme fuera de campo, el montaje, son dispositivos que van dibujando un estado de ánimo. Una secuencia ejemplar de ese esfuerzo la encontramos en el día que su madre la lleva tarde al colegio tras un desayuno de muchos titubeos: la deja en la puerta, Celia le pide que no se marche todavía, que siga allí mientras ella sube las escaleras. La cámara se va tras Celia, se para con ella cuando la angustia la detiene, se gira para perseguirla cuando Celia se arrepiente y vuelve en busca de su madre. La cámara llega jadeante a las espaldas de Celia, un poco tarde, lo que permite subrayar en silencio el balance terrible de su carrera de vuelta: nadie la espera, nada sujeta su angustia. Está sola frente al vacío del otro lado de la verja.


Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999) y Cartas desde Omedines (2017), y participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de CastillaLa Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.

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Un gran ser

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/ una reseña de Carlos Alcorta /

No hace mucho comentábamos en esta misma revista el libro Está con, de Forrest Gander, pareja de C. D. Wright, y hacíamos alusión a la peculiaridad de un título que provenía de la dedicatoria del último libro de su esposa, publicado póstumamente, ShallCross: «for Forerst… be with». C. D. Wright murió inesperadamente el 12 de enero de 2016, seis días después de cumplir los 67 años, al parecer tras sufrir una trombosis mientras dormía. Había nacido en Mountain Home (Arkansas), una localidad fagocitada por los Ozark, el 6 de enero de 1949. Pronto se interesó por temas sociales como la inmigración ilegal o la situación de los reclusos en las cárceles del país, y este interés lo plasmó en su poesía. Su primer libro, Habitación alquilada por una chica soltera, data de 1977. Desde entonces y hasta su muerte dio a la imprenta más de quince títulos, por algunos de los cuales recibió importantes galardones como el Griffin Poetry Prize, el National Books Critics Circle Award o el Leonore Marshall Poetry Prize. One big self: an investigation (Un gran ser) fue publicado en 2007, aunque una primera versión de dicha obra vio la luz en 2003, bajo el título One big self: prisoners of Louisiana, con fotografías de Deborah Luster, de las cuales dos se han incluido en la edición española. A medio camino entre el ensayo —sobre todo en las páginas iniciales, que a modo de preámbulo nos introducen en el ámbito estrictamente poético— y la poesía, el libro describe con crudeza las condiciones de vida de los reclusos: «Conduciendo por esta parte de Luisiana puedes pasar por cuatro cárceles en menos de una hora», escribe al comienzo del libro. La impresión que le causa la visita a estas cárceles es casi indescriptible: «Algo sobre el extra-realismo de esa institución en particular me llevó a rehusarme, también la resistencia de la poesía a las convenciones de la escritura probatoria, a pesar de ejemplos de primera categoría de lo contrario: Mandelstam, Ajmátova, Wilde, Valéry, Celan, Desnos, etc.». Como se puede apreciar en este breve fragmento, la poesía de Wright busca la complicidad de escritores —acaso porque teme que la poesía no digiera bien este conflictivo asunto— que hayan sufrido la experiencia carcelaria en propia carne y hayan sido capaces de convertirla en literatura. Por otra parte, su estilo aséptico, periodístico, sobrio, mas informativo que poético, guarda semejanzas con poetas actuales de la talla de Anne Carson o Claudia Rankinen. «No idealizar, no juzgar, no exonerar, no anestesiar inmensurables niveles de dolor. No demonizar, no anatemizar. Lo que quería era trazar inequívocamente el sentir real de un tiempo duro», escribe, aunque no siempre puede cumplir esa función profiláctica. La denuncia pronto hace acto de presencia: «La interrelación de pobreza, analfabetismo, abuso físico y de sustancias ilegales, enfermedad mental, raza y género con la población carcelaria resuena contra el ojo desnudo y es confirmada por las estadísticas». Los poemas son una especie de transcripción de conversaciones mantenidas con presos y reclusas: «No he encontrado a nadie suficientemente bueno para mis gatos, dijo Lyles», «Quiero irme a casa, susurro Patricia». Tanto ellos como ellas dan cuenta de su resignación, de su esperanza, de la nostalgia y la sumisión. Estos retazos se alternan con frases sueltas («No hay condones para el corazón», «Lo fotografió empalmado»), con opiniones («Si fueras un criminal ya estarías en casa»,«Beber agua con una herida en el estómago es fatal») con anécdotas («Es un gran día para morir, un gran día para dejar el cuerpo, le dijo a la prensa antes de su ejecución en Pascua», «Un joven pacientemente trenza / la cabeza de otro»), con testimonios (el mejor ejemplo es, sin duda, el poema titulado «Líneas de defensa incluyendo procesos del Estado de Luisiana vs la convergencia de lo Ur-real y lo Irreal»). Lo que no abundan son conclusiones, ni siquiera reflexiones extraídas de la constatación de las penosas condiciones que se relatan. C. D. Wright presenta al lector los hechos y debe ser él quien los contextualice. La intensidad de la incertidumbre que produzca en él será la medida más adecuada para calibrar el efecto poético de la denuncia, de la indignación. Su decisión final es, por tanto, muy relevante. Si esta arriesgada combinación de informe pericial y de análisis lírico de un estamento social como es el sistema carcelario funciona, debería alerta a las conciencias más sensibles y promover cambios en una estructura tan monolítica —lo hemos leído en novelas, lo hemos visto en infinidad de películas y documentales— como la prisión. La memoria, la de los presos, juega aquí un papel determinante, porque es, en muchas ocasiones, el único refugio que poseen. El particular ensamblaje que realiza C. D. Wright con la documentación disponible nos deslumbra y nos desconcierta a partes iguales. No siempre es fácil seguir el hilo de lo narrado porque el lenguaje puede oscilar entre lo irracional, lo visionario y lo informativo, entre la connotación y la denotación. Por eso resulta comprometido aventurarse en poner etiquetas a este tipo de poesía, o como queramos llamar a estos textos. Las restricciones formales que la poesía tradicional imponía aquí están hechas añicos porque importa más el mensaje que la forma de emitirlo. La poesía tiene, para Wright, una función social, una responsabilidad humana a la que ella no está dispuesta a renunciar. «Mis poemas —dijo en una entrevista— tratan sobre el deseo, el conflicto, la escasez de justicia para todos», y en otra ocasión, tal vez sin pretenderlo, nos dio las claves de su poética, cuando dijo: «Cada vez más indecisa sobre asuntos tanto grandes como pequeños, he descubierto que la poesía es el área en la que no me siento inclinada a poner en marcha la máquina de humo, a tartamudear, disimular o temblar o dar marcha atrás apresuradamente. Este es el único camino por el que avanzo decidida, aunque no esté lista del todo, a luchar con lo que un jungiano citado en exceso describió como el corazón anestesiado, el corazón que no reacciona». Para avivar ese corazón anestesiado, nuestra poeta se vale de todos los recursos imaginables, el collage, la hibridación de géneros, la investigación periodística y, sobre todo, una devoción por la poesía que la ayuda a reinventarla en cada libro. «Este libro —dice Dave Eggers refiriéndose a Un gran ser—, muy irritado y apenado y desconcertado, tiene humor, constante levedad y franquea e incontables momentos de increíble belleza», porque no solo en lo alegría y la bondad hay belleza, también sobrevive en el dolor y en la perversidad, aunque de otra forma, por supuesto. 


Cuenta mis dedos
Cuenta tus dedos en los pies
Cuenta los agujeros de tu nariz
Cuenta tus bendiciones
Cuenta tus estrellas (de la suerte o no)
Cuenta el cambio que llevas
Cuenta los coches en el cruce
Cuenta las millas hasta el límite estatal
Cuenta las garrapatas que le sacaste al perro
Cuenta tus callos
Cuenta tus cartuchos
Cuenta las puntas en las astas
Cuenta las llaves del carcelero
Cuenta tus cartas; córtalas otra vez.

Mi querido próspero lector,

     Bienvenido al Mall Pecanland. Lamentablemente, la arboleda de pecanes tuvo que talarse para construirlo. Home Depot arrasó otra arboleda. Solo queda una arboleda y la trepadora y la hiedra le han cortado el sol. La afeamientación de su paisaje está totalmente concluida. Estamos conduciendo alrededor del esquilado suburbio de su inteligencia, la fotógrafa y el factótum. Luego vamos a caminar por las sombras de South Grand. Dicne que en el apogeo del gas natural había casas con bisagras de oro. Eso dicen. Estamos alcanzando el canceroso corredor de nuestra muerte. El cual, cuando todo haya sido dicho o no dicho, hecho o dejado por hacer, confesado o perdonado, este negocio de morir es nuestro más generalizado objetivo.

     Preparado o no. 0 excepciones.

                                                                                                                      No insista.

Querido pueblo agonizante,

     La comida es barata; las ardillas son negras; todas las fábricas de cajas se trasladaron al extranjero; la luz nos reprueba y nuestro café está aguado pero tenemos una oferta de los Federales para hacer gas enervante; la tribu está haciendo lobby para tener otro casino; se han abierto las licitaciones para atraer un nuevo vertedero nuclear; y se habla de una nueva máxima seguridad-

En el orden descendiente de tus sentimientos

                                               Por favor identifica tus preocupaciones

P.D.: Recuerda Susanvulle, donde Devuelvan el cielo nocturno se ha convertido en el grito del pueblo.

Por qué los recolectores comenzaron tan tarde
Por qué la luz nos reprueba
Por qué está tan aguado el café
Qué dice en tu hoja azul
Que vas a perder si te quedas
Cuál es el nombre de tu bebé

Querido prisionero,
    También amo.    Caras.   Manos.    La circunferencia
De los robles.    Confieso.    Para nada
Que puedas usar.    En una corte.    Encontré.
Esa enfermizamente dulce ambrosía de la esperanza.    Irreparable
Red de tristeza.    Experiencia arrancada.
De ti.    Abriría.    El misterio
De tu nacimiento.    Para ti.    Sé.    Que podemos
Cambiar.    Conociendo.    De sobra.    Conociendo.
                                                                                         No es suficiente.
     Poesía     Tiempo    Espacio    Muerte
Pensé.    Qué podía escribir.    Una nota esculpatoria.
No puedo.    Sí, es amargo.    Cada trozo, amargo.
El curso tomado por la sangre.     Todo pensamiento
Nos engaña.    Lu (amablemente) guía.
A pesar de esta tumba.     Tu jardín.
Esta celda.   Tu morada.  Quien es inexplicablemente libre.

Nadie te prometió la luz    o el mañana.   

Sólo otro día más

      en las máquinas de ejercicio

más caluroso dijo el recluso     entre series
que mi sobrina de trece años

Sentadillas 600
Pesas 450

Un joven pacientemente trenza
     La cabeza de otro

Cuando dije que vivía en New England
me preguntó si alguna vez vi a la princesa Diana


Un gran ser
C. D. Wright
Libros de la Resistencia, 2018
192 páginas
12,35 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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La calle

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/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Todo cuanto me define, cuanto ha labrado y edifica mi andadura, adopta en algún momento la forma de una calle; o de un descampado, o de un solar abandonado. Demorarse sobre este asunto es trazar en el lienzo parte de los enigmas que comprende el rompecabezas de mi vida, explorar coordenadas sumergidas en un pozo de asombro y sombras en iguales partes. Entender la costumbre de aferrarme a cuanto para mí hay digno de consideración y apego en el mundo. Porque la calle es la casa de mi infancia, el enclave de los primeros descubrimientos ―iniciáticos, que dirían los cursis―, el hueco por el que me adentré en la existencia apoyado en la curiosidad salvaje y pura del niño. La que me condujo por el vericueto de correrías imposibles entre enclaves interurbanos a medio construir. Por el mapa de candorosos y admirables proyectos de futuro que nuestros progenitores urdirían, y que me proporcionaron, antes que nada, ay, un hogar a la intemperie. Un lugar para las primeras amistades con quienes vagabundear en pandilla ―ese concepto mucho más atávico y significativo que la mera agrupación de chiquillos―, con quienes lograr el enraizarse de las más íntimas e indelebles vivencias. Porque la calle fue el espacio de los encuentros y la lucha, del juego y la disputa, del silencio en compañía y el grito en soledad. El desahogo de mañanas y tardes de polvo, sudor y suciedad durante jornadas interminables, acompañadas de una dicha inefable, donde divertirse y aburrirse eran el haz y el envés de una hoja ampliamente desgastada. También la magia que las aceras llevaban hasta las manos enlazadas con esa novia o algo que se tuvo ―igualmente callejera―, que desencadenaba un redoble de angustia enamorada en la boca del estómago. (¿Dónde habitarán ahora los segundos de aquel reloj que le di y que luego marcó el momento de su adiós?) Ya lo dijo Bataille ―y lo usó Savater para su libro―, la escritura es la infancia recuperada ―o recobrada, como gustaba a Jaime Gil de Biedma―. Y la mía es un argumento sobre el asfalto de una calle a cualquier hora, como un caudal del que extraer una energía pocas veces sospechada, que se traslada inevitablemente a la obra. Una potencia avivada, asimismo, con cada descubrimiento que se hacía, con cada bicho perseguido, con cada lagartija, con cada grillo o saltamontes escapándose de entre los dedos. Porque no ha habido mayor sensibilización ecológica en mi formación que tener entre las manos el plumón caliente y tembloroso de esos pájaros que cogíamos vivos para verlos de cerca, incluso hasta para medirlos, fantaseando que éramos naturalistas, y luego soltábamos felices, estremecidos por el don de tanta vida evaporada desde nuestras propias manos.

Pienso en mis hijos y creo que no lo he conseguido. Traté de inculcarles esta pasión por la calle ―que es pasión por las afueras del alma―, por las promesas de fósforo a destiempo que en ella siempre te aguardaban, por el sobresalto detrás de cada nuevo rostro que de repente acababa apareciendo en el declinar de cualquier día.

―Son otros tiempos ―nos decimos.

«Son otras las hechuras», me digo. Porque para muchos de mi generación la autoestima se acrecentaba en parte con la experiencia de la calle y el calor que los amigos nos procurábamos. En ella aprendíamos a cuidarnos o a pelearnos, ya se ha dicho, sin que nadie resultara realmente dañado ―conocíamos los límites del juego/juego―, y sin dejar de estar contentos. Porque sobre todo aprendíamos a querernos, sin saberlo, a buscar ser uno siendo todos, sin pretenderlo, incluso en los errores. Y, si no siempre lo lográbamos, se nos brindaba la oportunidad del aprendizaje que nos haría reflexionar y corregirnos de adultos. No en vano, me pregunto si no habremos sobreprotegido a nuestros hijos. Y no lo sé. Esta cuestión crucial no debe quedar a la improvisación, pues las grandes carencias de afecto en la edad temprana tienen consecuencias desastrosas en el camino de cualquier persona, pero sin la calle algo se extravía en el embrollo educativo. La lección que procura de lo inesperado, a través de la sorpresa y la aventura, te regala enseñanzas impagables.

La calle es ahora un punto de partida que escojo, un sitio cálido en mi memoria, una compañía para el hombre en el que vivo. A ella recurro para resolver enigmas y conflictos, y para mejorar defectos. Porque ser calle, en mi caso, es lo más parecido a ser niño. Lo que resta son los márgenes de una página que ya fue escrita y, lo queramos o no, la existencia es una nota al lado, o al pie. Lo fundamental es extraer el motivo de los párrafos centrales. Miro a mi alrededor y a menudo veo adultos desesperados por ser calle, por correr sin rumbo prefijado, por disfrutar, por un momento, de una tempestad de fugacidades en el aire, donde la pérdida es ganancia y el tiempo que se va es tiempo que se queda ―a ratos yo también soy uno de ellos―. Por eso entiendo que si la calle fue la Vía Láctea de las peripecias que salvaron mi niñez, es hoy la nube engendradora que todo lo empapa y nunca se desentiende. Soy calle como soy infancia. Y estoy muy agradecido.

[EN PORTADA: Infancia, de Olga Prin]


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Cero (2014), SFO (2013) y Los ojos de tu nombre (2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (2009). Ha publicado poemas, críticas, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas y el poemario bilingüe inglés-español SFO: pictures and poetry about San Francisco en Tolsun Books (2019). Asimismo, fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna. Participa de la poesía a través de encuentros y recitales, habiendo intervenido, entre otros, en el festival de poesía Amobologna, que organiza el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Bolonia; el festival poético hispano-irlandés The Well, que se celebra en Madrid; o el ciclo El Latido, que organizara el Instituto Cervantes de Roma.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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