Conecta con Minuto5

Sociopolítica

Black Lives Matter, detrás de cámaras

Publicada

el

Washington D.C. –  La elección presidencial de Estados Unidos iba a ser la gran historia de 2020.  Nos habíamos estado preparando para eso desde 2016. La campaña de Trump abrió una avalancha de noticias de interés y nos llevó a embarcarnos en una importante revisión de toda nuestra operación de video. Incrementamos nuestro personal de siete a más de 20 integrantes,  con personas distribuidas en todo el país, además abrimos una “sala de control maestra” para las transmisiones en vivo y construimos una red de video con periodistas freelance en todo el territorio nacional.

Para el otoño de 2019, más de un año antes de la elección presidencial de 2020, el plan de cobertura estaba listo. Todos estábamos emocionados por iniciar el año electoral.  Sin embargo, la emergencia de la covid-19 fue nuestra primera señal de que 2020 no iría de acuerdo con el plan establecido. El trabajo remoto se implementó con velocidad y nuestra red a lo largo del país se mantuvo firme. Entonces, George Floyd fue asesinado. De inmediato pusimos a un videasta veterano en un avión rumbo a Minneapolis y otro lo siguió después de la primera noche de fuertes disturbios. Luego las protestas se extendieron a lo largo del país.

Minneapolis, Nueva York, California, Miami, Houston, Atlanta, Detroit, Seattle, Cleveland, Chicago, Las Vegas, Filadelfia, Washington, DC.… Con videastas del equipo y colaboradores regulares cubrimos a gran velocidad 14 ciudades de Estados Unidos.

En los lugares que hubo protestas esporádicas y saqueos nuestra red de videastas freelance apoyó con imágenes poderosas. Los entrenamos para que hicieran transmisiones en vivo a través de sus teléfonos. Estas transmisiones «inmersas» en los acontecimientos enviadas en tiempo real fueron perfectas para difundir las protestas y permitieron que los videoperiodistas llevaran equipos ligeros durante esos largos y agotadores días. También era más seguro cuando había posibilidad de enfrentamientos.

Uno de los primeros videoperiodistas en el terreno fue Gilles Clarenne. “Pasé del confinamiento en casa impuesto en Washington DC, a estar entre cientos de manifestantes en Minneapolis”, señaló. “Las protestas pacíficas en el día se convirtieron durante tres días en saqueos e incendios de edificios en las noches”.

Manifestación en Minneapolis, en el norte de Estados Unidos, el 29 de mayo de 2020. (AFP / Chandan Khanna)

El humo seguía saliendo de negocios quemados por los manifestantes, cuando mi colega fotógrafo Kerem Yucel y yo descubrimos la escena. Escuchamos a gente gritando “no podemos respirar”, mientras las personas se concentraban frente a la comisaría de policía donde trabajaba el oficial que oprimió la rodilla contra el cuello de George Floyd.

Esa noche, los manifestantes incendiaron la estación de policía de Minneapolis.

Nuestras imágenes se vieron en muchas televisoras de todo el mundo.

“Transmití en vivo, casi todo el tiempo, con un tapabocas y una máscara contra gas lacrimógeno. Recuerdo a un manifestante, Chicago,  que no dio su nombre real, enfrentando a los oficiales de policía y preguntándoles: ‘¿no creen en el privilegio blanco?’ Yo me daba cuenta de que yo mismo soy un reportero blanco que se mudó a Estados Unidos desde Bélgica”, me dijo Gilles.

Gianrigo Marletta, basado en Miami, fue uno de los videoperiodistas voluntarios que fue enviado de misión a Minneapolis cerca de tres días después de la muerte de Floyd.

Trabajando con el fotógrafo de AFP Chandan Khanna, rentaron un auto en el aeropuerto de Minneapolis y se dirigieron directo a las protestas. “No era difícil localizarlas, solo seguimos la columna de humo negro que salía a borbotones del centro de Minneapolis”, me dijo.

“El sol caía lentamente”, dijo para este blog. “Gilles Clarenne se estaba quedando sin batería. Nos encontrábamos en medio de una protesta, así que me hice cargo de mantener en marcha la cobertura en vivo de la AFP. Era una cobertura conmovedora. Sin trípode. Transmitiendo en vivo con una mochila al hombro, la cámara en la mano y tratando de caminar evitando los objetos que volaban, cuidándote las espaldas de los manifestantes furiosos, y el frente de los policías antidisturbios, alerta de los autos incendiados y por supuesto, grabando todo lo más suave que fuera posible”.

“Mí asignación duró una semana, que fue como un mes. Aunque se trató de una cobertura llena de adrenalina, tuve la oportunidad de hacer una profunda reflexión mientras estuve parado durante siete días en el punto donde George Floyd murió. Observé a la cantidad de personas de todos los colores, edades, preferencias sexuales reunirse, llorar, rezar, enojarse y discutir entre ellos.  Espero que las palabras de las personas que entrevisté sean escuchadas ampliamente en el mundo, ahora y por mucho tiempo”, escribió Gianrigo Marletta.

Entre todos los que nos quedamos en la oficina las emociones  estaban a flor de piel. Las mías también.  

Funerales de George Floyd, el 9 de junio de 2020 en Houston, Estados Unidos. (AFP / Godofredo A. Vasquez)

PD: ¿Eres blanco o negro? Esa pregunta fue escrita al final de una nota de amor que le pasaron con vacilación a mi hermana en una clase cuando iba en la escuela primaria. Fue un despertar a la realidad para nuestra familia inmigrante que vivía en el sur de Estados Unidos en los años 80. A partir de entonces, entendimos que en este país todo se trata de la raza. El color de tu piel era determinante para saber de qué lado estabas, con quién te sentabas en el almuerzo y a quién amabas.

En la escuela no nos enseñaron sobre los disturbios raciales de 1921 en Tulsa o sobre el Juneteenth. Fue hasta mis años de universidad en el norte del estado de Nueva York que un profesor afroestadounidense nos explicó que el racismo es un tema de poder. Luego leímos a Toni Morrison y Alice Walker, vimos todo lo que hizo Spike Lee. El negro estaba de moda. Pero el status quo no cambió.

Manifestación en Minneapolis, en el norte de Estados Unidos, el 4 de junio de 2020 (AFP / Chandan Khanna)

Ver el video de George Floyd asfixiándose durante 8 minutos y 46 segundos hizo corto circuito en un país bajo confinamiento por la covid-19 y con un nivel de desempleo sin precedentes. Los manifestantes no tenían nada que perder. La ira rompió con todos los protocolos de coronavirus. Entonces nos dimos cuenta de que iba a ser un momento decisivo en un año como ningún otro.

Al mismo tiempo, para algunos colegas que no habían estado aquí por mucho tiempo,  había una curva de aprendizaje sobre las actitudes y el lenguaje alrededor del racismo en Estados Unidos.

Una periodista independiente en Nueva Orleans rechazó una asignación por asuntos étnicos, ella es blanca y piensa que la historia pertenece a la comunidad afroestadounidense, lo que provocó un debate entre nosotros.  “¿Los periodistas blancos pueden escribir con autoridad esta historia?”, preguntó un compañero. “¿Qué tan diversa es nuestra redacción?”, nos cuestionamos.

Cuando la videoperiodista de Nueva Orleans nos dijo que podía recomendar a periodistas “de color” para el trabajo. Mi colega francesa consideró que el término era ofensivo, aludiendo a la esclavitud. No, en Estados Unidos es políticamente correcto, le expliqué. Es algo confuso y muy estadounidense.

Nos aseguramos de entrevistar a los manifestantes negros en lugar de blancos y de dar voz a una comunidad que está subrepresentada en los medios. Al inicio de las protestas en Minneapolis, los manifestantes blancos fueron de la opinión de negarse a hablar con reporteros y apoyaron a los manifestantes negros. Para el análisis fue un error doloroso haber entrevistado a analistas blancos sobre lo que estaba pasando en el país. No era un tema solo ópticas, sino de  las voces que estábamos amplificando. Era algo sobre la misión básica del periodismo, de testificar, de dar voz.

Para algunos de nosotros fue una historia personal también.  Salima Belhadj, quien es la subeditora en jefe de América del Norte y llegó en 2019, me dijo que cuando llegó a Estados Unidos de alguna forma descubrió que era una “mujer blanca” casada con un “hombre negro”.

Minneapolis, norte de Estados Unidos, el 2 de junio de 2020. (AFP / Chandan Khanna)
Minneapolis, norte de Estados Unidos, 1 de junio de 2020. (AFP / Kerem Yucel)

Esto es lo que escribió para contribuir con este blog:

“Nunca se me hubiera ocurrido presentar a mi familia como de raza mixta o ‘blanca’, pero desde que nos mudamos a Estados Unidos prácticamente todo está relacionado con nuestra raza. Cuando llenamos cuestionarios, te piden que especifiques tu raza en una casilla. No tengo problema. Mi único problema es que no me identifico con ninguna de las casillas, ya que no hay ninguna ‘africana’ o ‘árabe’.

«Sí, soy francesa, pero aunque no me considero ‘blanca’ no coincido con ninguna. Para mi marido es totalmente otra historia. Él sabe exactamente en que casilla checa. Pero también sabe que en Estados Unidos eso significa que algunas personas pueden quererlo muerto.

«Ninguno de nosotros pudo ver el video de George Floyd hasta el final. Pero al mirarlo clavado en el suelo y ante la fría mirada de la policía, mi esposo dice que no se siente ‘seguro’. Ser negro es un verdadero problema en este país, me dijo. Por única vez fue un alivio no estar cubriendo en el terreno una historia que me afecta directamente.

Legisladores demócratas se arrodillan para guardar un minuto de silencio en el Capitolio por George Floyd y otras víctimas de la brutalidad policiaca, junio 8 de 2020, Washington, D.C. (AFP / Brendan Smialowski)

«Me afectó un momento particularmente. Un día después de que el departamento de policía fue incendiado en Minneapolis, Chicago, un joven, se paró frente a una  hilera de policías y expresó su ira.

«De inmediato recordé los primeros minutos de la película francesa La Haine de Mathieu Kassovitz. La cinta había sido filmada en mi barrio, Les Sapins, en Rouen, en el norte de Francia, durante los enfrentamientos de 1994, tras la muerte del residente Ibrahima Sy mientras huía de la policía francesa. Diez años después, entrevisté al padre de Ibrahima. Estaba haciendo una campaña para que la policía reconociera su responsabilidad en la muerte de su hijo.

«Empecé la entrevista con el señor Sy junto con un colega, pero a los 10 minutos me salí del estudio en lágrimas. Su tristeza me afectó profundamente. Era un padre inmigrante, como mi padre, de mi barrio. Estaba demasiado cerca de lo que pasó. No podía poner distancia.

Un coche se incendia durante los violentos incidentes entre la policía y los jóvenes en el barrio Sapins de Rouen, por segunda noche consecutiva, el 30 de enero de 1994, tras la muerte de Ibrahim Sy. (AFP / Mehdi Fedouach)
Jóvenes del barrio Sapins de Rouen se manifiestan por segunda noche consecutiva, el 30 de junio de 1994 para denunciar la muerte de Ibrahim Sy. (AFP / Mehdi Fedouach)

«Por eso no estoy de acuerdo que una historia como esta sea cubierta necesariamente o exclusivamente por periodistas de color», dijo Salima: «la empatía por George Floyd era universal. Sin importar el color de piel, todas las personas la sintieron.

«En estos días, cuando caminamos como una familia en Washington, nos encontramos con estadounidenses ‘blancos’ que me ven con mi esposo y nuestras dos hijas de raza mixta. ‘Nos encantan’,  percibimos que dicen en sus miradas de aprobación», concluye.

Este blog fue escrito por Jiham Ammar, Salima Belhadj, Gilles Clarenne y Gianrigo Marletta. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer

Let’s block ads! (Why?)

Publicación original:Ir a la fuente
Autor: Jihan Ammar

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Loading...

Sociopolítica

Cali, un paraíso convertido en un campo de batalla

Publicada

el

Cali (Colombia) – Soy de Cúcuta, en el nororiente de Colombia, pero llevo en Cali más de 13 años. Y me encanta: tiene buen clima, con un promedio de 28°C, la gente es muy agradable y la naturaleza es espectacular, muy diversa.

A dos horas y media, está el puerto de Buenaventura, sobre el Pacifico, un mar agreste y muy distinto al Caribe, pero fascinante. A poca distancia hay selva tropical, playas, las impresionantes ballenas jorobadas y miles de aves que encantan a mi hija Martina.

Una ballena jorobada salta sobre aguas del Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 12 de agosto de 2018 (Miguel MEDINA)
Un pelícano vuela sobre el Océano Pacífico en el Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, Colombia, el 16 de julio de 2013 (AFP / Luis ROBAYO)

Cali es la capital del departamento de Valle del Cauca, donde encuentras grandes llanuras pero también montañas: allí nace parte de la cordillera de los Andes.

Un «chiva», vehículo de transporte, circula por la zona rural de Silvia, Cauca, Colombia, el 9 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La cercanía del puerto Buenaventura genera mucha actividad. También hay grandes ingenios de la caña de azúcar. La población es muy variada: afros, indígenas, extranjeros… La diversidad cultural es increíble. En Cali se puede tener una muy buena vida. La gente es súper alegre, hay fiesta… es la capital de la salsa.

 

Bailando salsa en el desfile del «Salsódromo» en la 60ª Feria de Cali, el 25 de diciembre de 2017 (AFP / Luis ROBAYO)

Sin embargo, y pese a que el estigma de haber sido el centro del cártel de los Rodríguez Orejuela quedó muy atrás, Cali se ve ahora asolada por nuevos males: pobreza, desempleo, racismo, narcotráfico, desconfianza hacia las autoridades y el rebrote de la violencia tras la firma del acuerdo de paz con las FARC en 2016.

 

Embajador de EEUU Philip S. Goldberg (i) y ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo (d) erradican coca en Temuco, Nariño, en diciembre de 2020 (AFP / Juan BARRETO)
Vista aérea de un narco-submarino incautado por la Armada colombiana en Buenaventura, Valle del Cauca, el 21 de marzo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

A pesar de que ese proceso de paz bajó la intensidad del conflicto en Colombia, provocó un aumento de los cultivos ilícitos de coca en los departamentos de Cauca y Nariño y trajo nuevos actores armados decididos a copar los espacios dejados por la guerrilla.

Un músico en el cementerio de Buenaventura, escenario de disputas armadas entre bandas locales, el 10 de febrero de 2021
(AFP / Luis ROBAYO)

 

Y con una crisis exacerbada por la pandemia de coronavirus, parece que todos los males de Colombia se resumen en Cali, la tercera ciudad del país y corazón de la ira popular que explotó el 28 de abril. La violencia desatada por las protestas deja al menos 42 muertos, según la Defensoría del Pueblo. De ellos, 35 murieron en Cali, de acuerdo con la ONG Temblores.

Manifestantes se enfrentan a la policía en Cali, el 10 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Campo de batalla

Disidencias de las FARC que se apartaron del acuerdo de paz; el ELN, última guerrilla reconocida en Colombia, y bandas de origen paramilitar se disputan las rentas del narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión en esa región.

Muchos de estos grupos resuelven sus cuentas en Cali, a donde además llegan miles de víctimas que huyen del conflicto, migrantes y personas que buscan un futuro mejor.

Policías inspeccionan los daños causados por una explosión frente a la alcaldía de Corinto, Cauca, el 26 de marzo de 2021 (AFP / Paola MAFLA)

La pobreza golpea a más de un tercio (36,3%) de los 2,2 millones de habitantes de una ciudad en cuyas calles se siente el descontento contra las políticas del gobierno, en medio del azote de la pandemia.

Indígenas colombianos se dirigen a Cali para una protesta contra el gobierno, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Mucha gente se quedó sin trabajo (el desempleo en Cali llega al 18,7%) y sobrevive haciendo cualquier cosa. Los bancos no se esfuerzan por aliviar las situación de la gente, que sufren moras y embargos, sin una intervención del gobierno.

Todo esto ha generado muchísima delincuencia. Puedes estar en un restaurante, cuando de repente llegan unos tipos armados en moto y en cuestión de segundos recogen teléfonos, joyas, dinero y se van. Hay mucho temor. La gente oye una moto y se asusta.

El movimiento de protesta de Cali y en el resto del país reúne sindicatos, estudiantes, indígenas con múltiples reclamos. Las manifestaciones no solo congregan a los jóvenes: también hay adultos, personas mayores y mujeres que reclaman por igualdad social en medio de una escasez de combustible.

Medellín, 12 de mayo de 2021 (AFP / Joaquin Sarmiento)
Bogota, 5 de mayo de 2021 (AFP / Juan Barreto)

 

Me recuerda a las marchas de Caracas que me tocó cubrir hace unos años y, al igual que en aquel momento, ahora transito por calles bloqueadas y barricadas.

 

Manifestantes bloquean una calle de Cali, el 3 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

La ciudad que tanto quiero parece un campo de batalla. La noche del 3 de mayo fue la peor que viví desde el inicio de esta ola de protestas. Pude escuchar helicópteros dando vueltas, explosiones, disparos, sirenas de ambulancias. A las dos o tres de la mañana seguía escuchándolos.

Manifestantes en una barricada bloqueando una calle del barrio de Siloe, Cali, el 11 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)
Vigilia por los manifestantes muertos, heridos o desaparecidos en Cali, el 2 de mayo de 2021 (AFP / Luis ROBAYO)

Empezó en Siloé, a unas diez cuadras de mi casa, barrio que siempre ha sido violento. Entraron los soldados y la policía. Hubo uniformados heridos. Tiros. Los chicos que murieron, uno de ellos estudiante, protestaban por las condiciones sociales. Tenían trabajo, familia. Muy triste. 

Vigilia para uno de los jóvenes muertos en la noche del 3 de mayo (AFP / Lucho Robayo)

El miedo aumentó con un ataque nocturno  al puesto de salud cercano a uno de los puntos de protesta en el norte de la ciudad que según funcionarios de la derechos humanos de la alcaldía, presentes en el lugar, dejo varios heridos, entre ellos un trabajador de la salud. 

Lo que sabemos es que según 12 testimonios recabados por  mis compañeros de la AFP, policías antidisturbios y fuerzas especiales arremetieron contra la protesta pacífica sin ninguna concesión.

Es verdad que Cali está en el centro geográfico de muchas cosas. Es la capital del suroccidente del país. Aquí estamos a dos horas de los cultivos de coca en el Cauca y  de Buenaventura, el gran puerto por donde sale mucha droga hacia Estados Unidos y Centro América..

Patrulla en Buenaventura, ciudad portuaria asolada por la violencia, el 10 de febrero de 2021 (AFP / Luis Robayo)

 

Tras la firma del acuerdo de paz en 2016, mejoró la economía, pero ha vuelto a retroceder en los ultimos años. Y Cali sigue recibiendo los coletazos del conflicto en el vecino Cauca.

Desde hace unos años se ha ido deteriorando la situación. Ya no se puede ir a Cauca tan fácilmente por ejemplo, se ha vuelto muy peligroso. 

Lo que me ha marcado más en estos últimos meses han sido los funerales de víctimas del conflicto.  Como el de Cristina, una lideresa indígena, que estaba al frente de un puesto de control con otros guardias en la carretera hacia Tacueyo. Encontraron un carro que al parecer llevaba un secuestrado y al retenerlos fueron objeto de disparos. Lo mismo pasó con Karina García, una candidata a la alcaldía del municipio de Suarez, masacrada en plena campaña.

 

Funeral de Karina Garcia, el 2 de septiembre de 2019 (AFP / Luis Robayo)

Ha sido un año muy pesado por la pandemia y la situación de violencia en el país, pero mi profesión sigue siendo mi pasión. Me permite conocer nuevos mundos, personas diversas y lugares increíbles, entre momentos felices y tristes. Y contar historias de vida y mostrar al mundo lo que ocurre en el país.

(AFP / Luis Robayo)

Por Luis Robayo. Edición: Yanina Olivera Whyte

Adblock test (Why?)

Publicación original:Ir a la fuente
Autor: luis.robayo

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Sociopolítica

A la caza del fantasma de Bin Laden y sus conejos

Publicada

el

París – Fue LA llamada telefónica con LA noticia que venía esperando desde hacía años. Estaba en Islamabad el 2 de mayo de 2011,  muy temprano en la mañana, en la cama y medio dormido, cuando sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba Jennie Matthew, la subjefa de la oficina, tan concisa como de costumbre: “Washington llamó, están a punto de anunciar que mataron a OBL en Pakistán”

¡Bin Laden! 

Había estado esperando este día durante seis años, desde mis primeros pasos cubriendo la región en Afganistán en 2005. Todos los imformes de la OTAN planteaban la interrogante sobre qué había pasado con Osama bin Laden tras su fuga en 2001. Muchos creían que estaba escondido al otro lado de la frontera, en el cinturón montañoso, tribal y semiautónomo de Pakistán, donde los estadounidenses no enviaron tropas sino que libraron su guerra desde el aire con drones.

Niño afgano orando en Zumrat, cerca de la cadena montañosa desde donde operan los combatientes de Al Qaida, marzo de 2002 (AFP / Jewel Samad)

Tras la llamada, corrí a mi coche y me resigné a tener largos días de duro trabajo en la oficina. No era por lo peligroso de aventurarse en el cinturón tribal para los periodistas, aunque lo era. El problema era que los poderosos militares de Pakistán habían prohibido el acceso a la zona so pena de cárcel o deportación. Entonces, razoné, serían nuestros corresponsales en el terreno quienes harían todos los informes y recopilarían todas las imágenes.

La agitación era máxima en nuestra oficina de Islamabad. Todos llegaban, incluso quienes estaban de vacaciones. Nos sonreímos anticipando los días subsiguientes en los que el mundo tendría los ojos clavados en las noticias de Pakistán.

Todos nos sentamos frente a las pantallas de televisión donde, en vivo desde la Casa Blanca, Barack Obama anunciaba la muerte  del fundador de Al Qaida, de 54 años… hasta que dijo que había sido abatido en Abbottabad.

¿Abbottabad? ¿La agradable ciudad de montaña tan popular entre los paquistaníes acomodados? ¿La ciudad universitaria, el hogar de la prestigiosa academia militar de Kakul, en Pakistán? Un sueño hecho realidad para los periodistas: un lugar accesible para todos y a apenas dos horas de auto.

Siguiendo el desarrollo de la operación contra Osaba Bin Laden desde la «sala de situación» de la Casa Blanca: el presidente Barack Obama, su vice Joe Biden (izquierda), el secretario de Defensa Robert Gates (derecha) y la secretaria de Estado Hillary Clinton (2ª a la derecha), entre otros (AFP / Pete Souza)

El jefe de la oficina, Emmanuel Giroud, con el ceño fruncido de quien sabe que le esperan largos días de coordinación, dijo volviéndose hacia mi: “¿Irías tu?”. Era menos una pregunta que una afirmación. “Con foto y video”, agregó.

Partimos de inmediato: el fotógrafo Aamir Qureshi, el periodista de texto Sajjad Tarakzai, la reportera de video Mélanie Bois y yo. Ninguno regresó a casa para hacer maletas. En el camino que serpenteaba hacia las montañas, leímos todo lo que había salido de Washington, la narrativa oficial que rápidamente se convirtió en la película de Hollywood “Zero Dark Thirty”.

Lo que sabíamos: Bin Laden había estado viviendo con tres esposas, una docena de hijos y nietos, junto con dos guardias y sus familias. Fue abatido durante una operación de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos y su cuerpo fue luego arrojado al mar. Washington dijo que Pakistán no fue informado de la operación por temor a filtraciones. Se sospechaba que en el país y en particular en su ejército, había colusión con los yihadistas.

Vista general de Abbottabad, el 27 de enero de 2012 (AFP / Adnan Qureshi)

Cuando llegamos a Abbottabad, aparte de las majestuosas estribaciones del Himalaya, nos encontramos con una escena paquistaní completamente normal: calles concurridas, tiendas coloridas, desfile de clientes en sus ropas tradicionales. No obstante, había cierta tensión. La vista se detenía en los vehículos que venían de fuera de la ciudad. Esa tensión aumentó cuando llegamos al barrio de Bilal Town.

Nuestra primera impresión fue lo agradable que se veía todo: casas recién construidas, campos de hortalizas, con vistas impresionantes a verdes colinas. Luego pasamos a cinco camiones del ejército pakistaní que transportaban los restos de un helicóptero: uno de los aparatos estadounidenses se había estrellado contra una pared exterior de la propiedad de Bin Laden, el único traspié en un ataque meticulosamente planeado.

Sacamos nuestras cámaras, sin saber entonces que esa sería una de las pocas pruebas concretas del ataque estadounidense.

Helicóptero de EEUU accidentado durante la operación «Gerónimo» contra Osama Bin Laden (AFP / Str)

Rápidamente encontramos el lugar: un gran edificio de piedra blanca que se distinguía por su altura de tres pisos, dos amplios patios y altos muros de más de cuatro metros, rematados con alambre de púas.

La casa de Osama Bin Laden al fondo, el 9 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

Cuando llegamos, aún se veía una columna de humo: sin duda los restos del helicóptero accidentado que los estadounidenses inutilizaron con granadas para no dejar rastro de informaciones confidenciales.

Un puesto de control militar impidió acercarse a menos de 100 metros. Nos movimos rápido, aprovechando que éramos el primer medio extranjero en la escena. En un pequeño mercado de barrio, la gente se mostró muy dispuesta a hablar de los asombrosos 45 minutos que en medio de la noche sembraron miedo y cambiaron la dinámica de la ciudad para siempre.

Personal de seguridad de Pakistán mide el muro que rodea la propiedad donde fue ultimado Osama Bin Laden, el 3 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

El repentino sonido de los helicópteros, la impactante “bola de fuego” provocada por el choque, las explosiones, los disparos, los gritos de mujeres y niños. Luego 30 minutos de silencio, cuando los estadounidenses confiscaron documentos y empacaron el cuerpo de Bin Laden, antes del nuevo estruendo de la partida.

Los habitantes de Bilal Town estaban preocupados. Su pequeño oasis de paz se convirtió de pronto en sinónimo de terrorismo para el resto del mundo. ¿Se convertiría en un nuevo frente en la “guerra contra el terror”? Estaban sorprendidos,  enojados. ¿Cómo podía el ejército paquistaní dejar que los estadounidenses fueran y vinieran impunemente a su antojo?

Los periodistas Sajjad Tarakzai y Emmanuel Duparcq entrevistan a vecinos de Osama Bin Laden en abril de 2012, un año después del ataque que terminó con la vida del jefe de Al Qaida

Otros, más suspicaces, dijeron que el ejército paquistaní llegó más de media hora después de que se fueran los estadounidenses e instó a todos a quedarse en sus casas. “Me resulta difícil de creer, es como una película o una especie de juego entre Estados Unidos y Pakistán”, dijo uno de ellos.

Menos de hora después de nuestra llegada, se instalaría la narrativa que perdura hasta el día de hoy en Pakistán: una sensación de humillación hizo que pocos creyeran la versión de Washington de los hechos. 

Algunos dijeron que se trató de una estrategia para avergonzar a Pakistán y dudaron que Bin Laden siquiera haya estadó allí alguna vez, pues no vieron sus restos, que los estadounidenses dijeron haberse llevado y lanzado al océano.

Otros dijeron sospechar que se trató de un acuerdo entre el ejército paquistaní y Washington, que cada año destina miles de millones a la lucha contra Al Qaida y los talibanes.

Aún otros dijeron que fue un regalo para Obama, quien un año después consideró al asesinato de Bin Laden como el «día más importante» de su presidencia.

Manifestación contra EEUU en Quetta, Pakistán, tras el anuncio de la muerte de Osama Bin Laden, el 2 de mayo de 2011 (AFP / Banaras Khan)
Celebración por la muerte de Osama Bin Laden frente a la Casa Blanca, el 2 de mayo de 2011 (AFP / Chris Kleponis)

Y el silencio ensordecedor del ejército paquistaní, arrestando a algunos vecinos y manteniendo a los periodistas a raya, no hizo nada para sofocar las teorías conspirativas. Incluso los agentes de policía enviados a vigilar la casa no podían creer que Bin Laden hubiera estado allí. “No lo creo ni por un segundo, nadie lo cree”, dijo un oficial. “¡Es una broma!”

(AFP / Asif Hassan)

En los dos días siguientes, las fuerzas de seguridad permitieron que las entonces decenas de periodistas se acercaran a la pared exterior del recinto, aunque no nos dejaron entrar. La gente se paseaba después del trabajo para tomar fotos. Cientos se empaparon del bucólico entorno y disfrutaron de un atardecer en Bilal Town, hasta que el ejército se hartó de los turistas y volvió a sellar la zona con barricadas.

(AFP / Asif Hassan)
(AFP / Asif Hassan)

Gracias a un contacto, nos quedamos en un hotel que acababa de abrir y por tanto era poco conocido. La mayoría de los otros periodistas extranjeros optaron por quedarse en el Pearl Continental, famoso por su comodidad y también por ser un “nido de espías”.

Niños jugando en Abbottabad, el 7 de mayo de 2011 (AFP / Aamir Qureshi)

Durante esos primeros días, los servicios de inteligencia monitorearon a los medios antes de acosarlos, poco a poco, para que se fueran de la ciudad. Al principio, eran “consejos” o advertencias a través de mensajes de texto sobre “cuatro terroristas suicidas” dispuestos a  vengar a Bin Laden. Luego se volvió más insistente.

Nuestro hotel, que se había beneficiado de la afluencia de huéspedes, hizo todo lo posible por el equipo de AFP, que se expandió y luego recambió periodistas para que pudieran descansar. Nos dieron todo el primer piso, incluida la sala de estar principal, que convertimos en nuestra oficina. Rápidamente establecimos una rutina diseñada para evadir la seguridad y obtener las mejores historias e imágenes posibles.

Salíamos del hotel a las 5:30 am para llegar a Bilal Town antes de las seis, cuando los soldados, más estrictos, relevaban a la policía en los puestos de control. Aamir y Melanie tomaban tantas imágenes como les era posible.

(AFP / Aamir Qureshi)

Trabajé con los reporteros de texto de AFP Sajjad Tarakzai o Khurram Shahzad, tan tranquilos como ingeniosos. Paseábamos tranquilamente por la calle mezclándonos como residentes de Abbottabad, vestidos con camisas holgadas, pantalones y chalecos, aunque con cuadernos metidos discretamente en nuestros bolsillos. Cuando la policía prestaba poca atención o hacía pocas preguntas, pasábamos el puesto control. De lo contrario, cuando miraban para otro lado, nos agachábamos detrás de un automóvil, nos escondíamos detrás de una arboleda o caminábamos agachados por las acequias. Las confidencias de los vecinos alimentarían nuestros despachos de la mañana y la información de las autoridades y de las fuerzas de seguridad los de la noche.

Durante 10 días informamos sobre las dudas de los habitantes de que Bin Laden hubiera realmente estado alojado en el complejo. Solo los dos guardias -llamados Arshad y Tariq- habían salido alguna vez de la propiedad. Y si bien el tamaño de la casa llamaba la atención, el vecindario era acomodado y estaba bien vigilado, por lo que nadie hizo preguntas.

Obtuvimos un video del interior de la casa filmado por la policía que refutó las afirmaciones apresuradas sobre la vida de lujo que llevaba Bin Laden o la seguridad de alta tecnología que lo protegía. Por el contrario, el amoblamiento era austero: suelo de baldosas grises, armarios y estantes sencillos de madera, mobiliario básico. La seguridad consistía literalmente en los altos muros y los dos guardias ligeramente armados.

No había Internet ni teléfonos móviles. Durante seis años, una estrategia de sigilo permitió a Bin Laden, aparentemente debilitado físicamente, evadir al ejército más poderoso del mundo.

(AFP / Aamir Qureshi)

Después de 10 días, empezamos a quedarnos sin información fresca. Los servicios de inteligencia, que pensaban que el circo mediático ya había durado bastante, ordenaron a todos los periodistas extranjeros a irse de Abbottabad, amenazándolos con arresto o deportación.

Nosotros también empacamos y nos fuimos. Menos de un año después, Pakistán destruyó el complejo de Bin Laden con todos los secretos que aún contenía.

Niños juegan al cricket en febrero de 2012 afuera del complejo donde vivía Osama Bin Laden, mientras una excavadora comienza a demoler la propiedad (AFP / Aamir Qureshi)

Uno de nuestros últimos informes ofrecía un relato sobre cómo vivía el líder de Al Qaida: además de sus tres esposas y numerosos niños, había cien gallinas, dos vacas y un número indeterminado de conejos, una especie de “pequeña jihad en la pradera”. Un trabajo de investigación sólido, digno de su trascendencia geoestratégica, permitió determinar que los soldados paquistaníes se llevaron las vacas y que la policía repartió las gallinas. Sin embargo, pese a nuestros mejores esfuerzos, nunca supimos qué pasó con los conejos de Bin Laden.

El equipo de la AFP de izquierda a derecha: Asif Hassan (Foto), Emmanuel Duparcq (Texto), Aamir Qureshi (Foto), Khurram Shahzad (Texto),Masroor Gilani, Mélanie Bois (video) y Saadberg (chofer) (AFP)

Por Emmanuel Duparcq en Paris. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer. Traducción: Yanina Olivera Whyte

Adblock test (Why?)

Publicación original:Ir a la fuente
Autor: emmanuel.duparcq

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Sociopolítica

Corazones rotos en Beirut

Publicada

el

Beirut – No sufrí en carne propia la guerra civil de Líbano. Nunca tuve que correr a un refugio subterráneo para esconderme de los bombardeos y los disparos. Nací en 1983, cuando el conflicto aún estaba en pleno apogeo, pero crecí en una aldea remota en el sur del país que milagrosamente escapó a los combates. Tuve una infancia normal.

Puesta de sol vista desde el Bosque de los Cedros, Besharre, Líbano, agosto de 2010 (AFP / Joseph Eid)

Pero a lo largo de los años escuché las historias de mis padres, mis parientes y los amigos que hice cuando me mudé a Beirut, todos marcados por la guerra entre 1975 y 1990. Devoré libros, artículos y documentales. Aprendí de los testimonios de excombatientes que habían decidido dedicar el resto de sus vidas a la paz. 

Después de un atentado con coche bomba en Beirut el 8 de agosto de 1986 (AFP/ Khalil Dehaini)

Mi marido también es hijo de la generación de la guerra. Elie tenía dos años cuando estalló el conflicto y 17 cuando terminó.

Estos días se divierte observándome perder la paciencia en la cola de la farmacia, la panadería o el supermercado. Me cuenta que durante la guerra se mudó de casa cuatro veces y estaba dos años atrasado en la escuela debido a los combates. Pasaba noches en albergues, contando las bombas que caían afuera y hacía horas de cola para conseguir agua, una garrafa de gas o una bolsa de pan.

Beirut el 15 de noviembre de 1976, un año y medio después del inicio de la guerra civil (AFP/ Xavier Baron)

Como periodista, cubrí muchas crisis políticas en el país multiconfesional donde nací; la mayoría de ellas consecuencia de una guerra civil que terminó con una ley de amnistía general pero sin una auténtica reconciliación.

Minaretes de mezquitas rodean la torre de una iglesia en el centro de Beirut, el 4 de septiembre de 2020 (AFP / Joseph Eid)

Hace unos días, Líbano conmemoró 46 años del inicio del conflicto que dejó 150.000 muertos y 17.000 desaparecidos.

El 13 de abril de 1975, estallaron enfrentamientos en la capital libanesa entre cristianos y palestinos, éstos últimos respaldados por facciones de izquierda y musulmanas. Durante los siguientes 15 años, la guerra arrasó a Beirut. Las líneas del frente separaron a vecinos, familiares y amigos. Las masacres aparecían repetidamente en los titulares. En algunos puestos de control las personas eran secuestradas simplemente por su religión. Cientos de miles de libaneses huyeron en busca de seguridad para sus hijos, aumentando una creciente diáspora.

Nunca pensé que llegaría el día en que los sobrevivientes de esa guerra me dijeran que las cosas estaban peor ahora, en tiempos de paz. Es que la economía del país colapsó a fines de 2019 y están asustados, enfrentando la pobreza y el hambre.

En la ciudad libanesa de Trípoli, el 17 de junio de 2020 (AFP / Ibrahim Chalhoub)
En la ciudad libanesa de Sidón, el 18 de junio de 2020 (AFP / Mahmoud Zayyat)

“Morir en un bombardeo es mejor, al menos no hay sufrimiento… mientras que hoy, sufrimos y morimos lentamente todos los días ”, me dijo Abla Barotta, de 58 años, hace unos días cuando la entrevisté para una historia con motivo del aniversario.

Sobrevivió tanto a la guerra civil y como a lo que denominó “explosión de la corrupción”,  en alusión a la enorme deflagración que provocó el incendio de toneladas de fertilizante en un depósito del puerto de Beirut el verano boreal pasado, que dejó más de 200 muertos y devastó a la capital… La vida era mejor durante la guerra, dice esta viuda madre de tres hijos.

Abla Barotta, 58, que sobrevivió tanto a la guerra civil como a lo que llama «explosión de la corrupción», dice que la vida era mejor durante la guerra (AFP/ Anwar Amro)

“Solíamos escondernos en casas o sótanos cada vez que escuchábamos las bombas durante la guerra, pero hoy ¿dónde podemos escondernos del hambre, de la crisis económica, de la pandemia de coronavirus y de nuestros líderes políticos?”, dijo.

Muchos de la generación anterior creen que incluso los días más oscuros de la guerra eran más amables que la actual «humillación» de luchar para llegar a fin de mes. Entre ellos mi suegra, que nos reitera que nunca experimentó tal “miedo a lo desconocido”, que nunca se preocupó tanto por lo que le depararía el día siguiente.

Protesta en la ciudad libanesa de Trípoli contra las deterioradas condiciones de vida (AFP/ Joseph Eid)

Recientemente la visité mientras se recuperaba del coronavirus. En la televisión, una funcionaria daba una conferencia de prensa, pero no quiso subir el volumen para escuchar. “Todo lo que han estado diciendo durante años son mentiras”, dijo. Muchos ya no creen en la clase política -dominada durante décadas por las mismas familias e incluso por antiguos señores de la guerra que cambiaron el uniforme militar por trajes y corbatas- ni en su capacidad para resolver la crisis.

Hace un año y medio, Líbano se vio sacudido por protestas sin precedentes. Decenas de miles salieron a las calles en octubre de 2019 para denunciar el deterioro de las condiciones de vida y exigir la reforma integral de una clase política a la que acusan de incompetencia y corrupción.

Manifestación el 20 de octubre de 2020 (AFP / -)
Una manifestante en el bloqueo de una calle del centro de Beirut, el 2 de marzo de 2021 (AFP / Anwar AMRO)

Pero actualmente las protestas disminuyeron, aún cuando la crisis económica empeoró. Muchos emigraron mientras que otros perdieron la esperanza o están demasiado ocupados luchando por sobrevivir. Médicos, arquitectos, jóvenes licenciados se van a Europa, a América del Norte, a los países del Golfo, a Egipto, al igual que otros  lo hicieron durante la guerra. Los que se quedan están completamente absortos en la necesidad de mantener a sus familias, llenar el frigorífico, pagar las matrículas escolares de los niños.

El valor de la libra libanesa se desplomó en el mercado negro, los precios se dispararon y decenas de miles perdieron sus trabajos o parte de sus salarios. Los drásticos controles de capital tienen a los ahorros de la gente atrapados en los bancos. Mientras tanto, los políticos parecen vivir en otro planeta. Durante ocho meses no han podido formar un nuevo gobierno. Y ninguna medida parece capaz de detener el colapso.

La explosión en el puerto de Beirut el 4 de agosto de 2020 que dejo 200 muertos, 6.500 heridos y devastó distritos enteros de la ciudad, fue la gota que desbordó el vaso para un pueblo ya humillado: la tragedia los traumatizará para siempre.

Beyrouth, 6 août 2020 (AFP / Patrick Baz)
El 5 de agosto de 2020 en el barrio Mar Mikhael de Beirut (AFP / Patrick Baz)

Pese a que no viví la guerra, las interminables colas en las panaderías, gasolineras y farmacias de hoy son muy parecidas a las vistas en las imágenes de archivo transmitidas previo al aniversario de la guerra civil.

La crisis cambió la vida de los libaneses, especialmente la de una clase media acostumbrada a disfrutar, viajar y tener coches último modelo. Actualmente, un 55% de los más de cuatro millones de libaneses viven por debajo del umbral de pobreza con menos de 4 dólares al día, según la ONU.

 

(AFP / Joseph Eid)

En los supermercados, algunos productos importados desaparecieron de las góndolas o han subido de precio. A veces hay peleas entre clientes por productos subsidiados más baratos.

Solía disfrutar de ir al supermercado, pero hoy me siento abrumada por la culpa, pues aún puedo llenar mi carrito. Veo como un padre persuade a su hijo para que compre una marca de café más barata o una mujer que devuelve una botella de aceite de cocina al estante tras descubrir que cuesta alrededor de una cuarta parte del salario mínimo.

Maya Ibrahimshah, titular de la ONG Beit al-Braka (casa de bendiciones) organiza el stock de alimentos a ser distribuidos en Beirut, el 23 de febrero de 2021 (AFP / Joseph Eid)

Hace unas semanas, fui a hacer compras para mí y mis padres, que viven fuera de Beirut. En la caja, una mujer de unos cuarenta años se impacientó conmigo. Quería pagar solo unos pocos artículos, mientras que mi carrito estaba casi lleno. “Algunos viven en el lujo y no se avergüenzan, mientras que otros se mueren de hambre”, dijo de repente en voz alta y cortante. Me quedé impactada. Sentí una mezcla de rabia, vergüenza y tristeza.

Una mujer muestra su heladera vacía en Sidón, Líbano, el 16 de junio de 2020 (AFP / Mahmoud Zayyat)

No supe qué hacer, si intentar defenderme… Salí afuera con mi carrito y me quité la máscara: respiré profundamente, tratando de no llorar. Crecí en una familia de clase media de tres hermanos. Mi padre se jubiló en 2019 después de 45 años de trabajo como maestro, pero hoy, después de la devaluación, su pensión vale solo 200 dólares.

Mi hermano, empleado de banco, lucha por mantener a su familia. Mi hermana se mudó hace unos años a Dubai con su esposo. Unos días después del incidente en el supermercado, vi a una amiga que trabaja para una ONG internacional y que cobra en dólares. Me dijo que se siente culpable de recibir moneda fuerte que la protege de la inflación y le permite mantener una vida cómoda, mientras sus familiares luchan por sobrevivir.

Como muchos, intenta ayudar a su familia, pero no sabe por cuánto tiempo, pues «la situación no hace más que empeorar».

Quienes conocieron a Líbano en la década de 1960, antes de la guerra y las crisis subsiguientes, lo recuerdan como una época dorada. Beirut era conocida como «la perla del Medio Oriente». En Facebook, un académico amigo explicó recientemente que al menos durante la guerra, sabías que algún día terminaría. Pero hoy “no hay esperanza. Se acabó el país que conocíamos”, escribió.

Quizás la pérdida de esperanza es lo que más sofoca a nuestros jóvenes. Incluso aquellos que tienen más suerte que la mayoría dicen que han perdido la «alegría de vivir»; esto, en un país famoso por su amor por la fiesta, incluso en momentos difíciles.

Personas pasan por mural en honor a una niña que resultó herida en el rostro tras la explosión del 4 de agosto en el puerto de Beirut, el 4 de septiembre de 2020 (AFP / Joseph Eid)

Mi amiga Oumaima, enfermera de un prestigioso hospital de Beirut, me dijo hace unas semanas que se mudaba a Arabia Saudita. “Odio la idea de irme, pero ya no tengo fuerzas para seguir”, dijo. “No es por un salario mejor, pero aquí es demasiado agotador”. Otra amiga, madre de un niño pequeño, dijo: “Nuestros padres vivieron una guerra de cohetes y balas,  (nosotros) estamos viviendo una guerra de hambre”. “Lo más importante es que nuestros hijos no se queden en este basurero”, agregó, el referencia al país que alguna vez fue conocido como la Suiza del Medio Oriente.

(AFP / Patrick Baz)

Texto de Layal Abou Rahal traducido por  Alice Hackman en Beirut. Edición: Michaëla Cancela-Kieffer in Paris. Traducción y edición en español: Yanina Olivera Whyte

Adblock test (Why?)

Publicación original:Ir a la fuente
Autor: labourahal

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Publicidad
...

Facebook

Destacado