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Cultura

Una reflexión sobre Santa Sofía, de nuevo mezquita, las mujeres y el islam medieval

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Sé que corren malos tiempos para el laicismo y el pensamiento ilustrado. A pesar de ello, me ha sorprendido la noticia de que el museo de Santa Sofía vuelva a convertirse en mezquita islámica. He visitado en diversas ocasiones Estambul y, en los últimos tiempos, había observado ya algunos cambios en los equipamientos culturales. Así, frente a las viejas y maltratadas murallas de Constantinopla se ha construido un Panorama audiovisual que, con el más puro estilo patriótico, muestra la caída de la ciudad en manos de Mehmet II; un circo mediático con iconografía, sonido y luz, pensado para emocionar a la gente viendo cómo los defensores cristianos son vencidos por la Media Luna. Está destinado al consumo interno —creo que van pocos extranjeros a visitarlo—, pero muestra muy claramente la orientación de la política cultural del Gobierno turco.

La reversión de un museo en mezquita es una decisión seguramente muy meditada. Nada tiene que ver con políticas culturales, sino con claves internas: Ankara pretende minimizar el legado de Kemal Atatürk, creador de la Turquía moderna, y la consagración de Santa Sofía es una concesión política al ala más dura de su partido en una ciudad, Estambul, que no le resulta simpática, ni favorable en votos.

No quisiera hacer un elogio de Atatürk: su actuación como mandatario dejó mucho que desear, y ahí está el pueblo armenio —o lo que queda de él— para atestiguarlo. Pero también es cierto que reformó el Ejército, las escuelas, la escritura e incluso la indumentaria de la gente. Bien sé que elogiar estas cuestiones es una apreciación muy occidental, pero también que, gracias a esto, un país medieval se transformó en uno que caminaba hacia la modernidad.

A veces, a la vista de la actuación del Gobierno turco actual, uno piensa que lo que se pretende es el restablecimiento del antiguo Imperio otomano, que, al igual que el imperialismo británico o francés, no dejó precisamente una buena memoria en una gran parte del Próximo Oriente ni en el norte de África. En todo caso, evoca en Turquía nostalgias de una edad de grandeza que ya no volverá. Cuando hoy, en todo el mundo, el integrismo religioso desplaza a veces incluso la visión científica del Cosmos, la reversión de un museo en mezquita no extraña: forma parte de la demagogia populista que tanto abunda no sólo en los países con sistemas democráticos débiles, sino también en aquéllos con democracias consolidadas, como Estados Unidos o Gran Bretaña.

Sin embargo, al nuevo sultán turco no se le ha ocurrido todavía volver al antiguo alfabeto árabe, ni tampoco prohibir la indumentaria occidental, ni restablecer el cuerpo de los jenízaros, ni reintroducir mujeres en el harén. Tan sólo ha tocado Hagia Sophia, como símbolo de lo que pretende hacer. Desde ahora, para entrar en este lugar, habrá que descalzarse, las mujeres deberán ir cubiertas con velo, habrá que respetar las normas usuales de indumentaria en lugares islámicos, no podrán actuar los guías turísticos no acreditados por los líderes religiosos, puede que mujeres y hombres tengan espacios segregados e incluso se prohibirá la visita en horas de culto.

A la vista de todo esto, cuando de nuevo visite este lugar —que para mí ha sido siempre sagrado—, meditaré, en un extraño retorno hacia el Medievo y viendo a mis compañeras veladas y segregadas, sobre lo que el Sagrado Corán dice respecto de las mujeres; recordaré que en la primera época del islam —cuando Mehmet II estableció una mezquita sobre el templo de Justiniano y Teodora—, y en especial a lo largo de la Edad Media, la mujer era considerada inferior al hombre y en absoluto gozaba de igualdad. Recordaré especialmente que esta inferioridad se desplegaba tanto en el plano social como en el sexual, el jurídico, el económico o el teológico; que, de alguna manera, a las mujeres se les aplicaba un esquema de dominación análogo al establecido sobre los no musulmanes, consideradas como tierra de la que toma posesión el macho. La relación sexual se presentaba siempre unilateralmente, desde el lado del varón. En la sura coránica de «La vaca» se lee a este respecto que «los hombres están un grado por encima de ellas» (2: 228); y en la sura sobre las mujeres se puede leer que«los hombres están a cargo de las mujeres en virtud de la preferencia que Alá ha dado a unos sobre otros y en virtud de los que en ellas gastan de sus riquezas. La habrá que sean rectas, obedientes y guarden, cuando no las vean, aquello que Alá manda guardar. Pero aquellas cuya rebeldía temáis, amonestadlas, no os acostéis con ellas, pegadles; pero si obedecen, no busquéis ningún medio contra ellas» (4: 34).

En algunas suras del Corán se percibía también una cierta inferioridad de la mujer desde el punto de vista teológico. En efecto, siguiendo el relato bíblico de Adán y Eva que el Corán adopta, la mujer fue creada en función del varón, «para que no esté solo»; es decir, Eva fue creada para satisfacer al varón, y de aquí arranca una concepción de subordinación de ella con respecto a él.  En la sura al-A’raf se dice que «es él quien os creó a partir de un solo ser del que hizo su pareja para que encontrara [el varón] sosiego e intimidad en ella» (7: 189).

Además, a la mujer se la consideraba un ser impuro, y era preciso que se purificase, ya que, si no, tenía muchas limitaciones. Mahoma establece que: «Te preguntan sobre la menstruación.  Di, es una impureza. Así pues, absteneos de las mujeres mientras dure y no vayáis a ellas hasta que no estén puras. Y una vez que se hayan purificado id a ellas por donde Alá os manda» (2: 222). Incluso si se ha tocado a una mujer antes de ir al rezo hay que purificarse: «No os acerquéis al rezo ebrios… ni impuros, hasta que os lavéis. […] Si habéis tocado a las mujeres y no encontráis agua, buscad arena limpia y frotaos con ella la cara y las manos» (4: 43). Esta idea se repite en otras suras como, por ejemplo, en «La mesa servida», donde se dice de nuevo: «¡Creyentes! Cuando os levantéis para el rezo, lavaos la cara y los brazos hasta el codo, pasad las manos por la cabeza y lavaos los pies hasta el tobillo. Si estáis en estado de impureza, purificaos. […] Si habéis tocado a las mujeres y no encontráis agua, buscad arena limpia y frotaos con ella la cara y las manos» (5: 6). Así pues, la inferioridad de la mujer con respecto al hombre aparece algunas veces como algo casi natural: no es lo mismo dar a luz a una hembra que a un varón (3: 36).

L la mujer siempre está subordinada al varón en toda relación sexual; el matrimonio confiere al marido un derecho en exclusiva sobre el sexo de la esposa, la cual ha de estar dispuesta a ofrecérselo cuando él lo requiera. Esta idea se expresa en diversas suras, como cuando se afirma que «vuestras mujeres son un campo de labor para vosotros. Id a vuestro campo como queráis» (2: 223).

Finalmente, hay una constante en el Corán sobre la desigualdad sexual en el Paraíso, que se concibe casi siempre como un paraíso para los hombres, que hallarán «en los jardines del Edén las vírgenes de mirada baja», o bien «huríes siempre vírgenes», o «doncellas de senos redondos».

Ahora, visto el decreto que retorna el museo a la Edad Media, habrá que preguntar al nuevo Sultán de Turquía si estas interpretaciones del Corán están de nuevo vigentes o bien habrá que consultar cómo se interpretará a partir de ahora.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Las lágrimas

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/ una reseña de Ricardo Martínez /

Estamos, una vez más, lector, ante una de las voces más interesantes y prolíficas de cuanto guarda la narrativa europea actual (el autor nació en 1948). Una prosa culta, transparente, sencilla y educadora en el sentido más generoso. Sus intereses literarios son tan amplios como originales. En conjunto: poemas, aforismos, novela… todo constituye una unidad de explicación del origen, de invocación al dios, de sentido poético (épico, alusivo al amor) de la vida del hombre Por eso, tal vez, su obra, tan abundante hasta ahora, en realidad no culminará nunca: como el canto, como el sentido del canto, que encierra el sentido del enigma de vivir.

Este libro delicado y hermoso, sugerente, didáctico, reflexivo y evocador, pudiéramos decir que comienza con un himno (simbólico acaso, pero el símbolo estará presente en todo el discurso) que podemos transcribir así: «Grandes bandadas arremolinantes, febriles, que forman extrañas letras en el cielo/ (¡el enigma, la eterna presencia del enigma en el vivir del hombre!) que sólo Dios comprende/ antes de borrarse finalmente en la palidez/ ahora se han perdido en el telón de la lluvia que nos llega del mar».

Se nos dice en el proemio que estamos ante una novela «que toma la forma de una leyenda o un poema en la que se narra el destino opuesto de dos gemelos, nietos de Carlomagno: Nithard, erudito, literato, y Hartnid, viajero, gerrero, vagabundo». En el texto leemos: «Si Hartnid amaba los caballos, Nithard se apasionó por los pájaros así como su abuelo apreciaba el águila, el halcón, el azor…».

Lo cierto es que cada uno de los libros de este autor curioso y casi secreto a la vez nos habla siempre del interior del que piensa, del que observa, del que medita. Y todo ello a través de ese don que está en el interior de cada cual y que es esa fuente inacabable, el lenguaje; su obra, así, es un canto a la poesía, al sudor del caballo, a la delicadeza de las pequeñas olas en la orilla, al vuelo del ave… Su obra ejerce de seducción imaginativa y reflexiva, pues la vida, la realidad que nos circunda y nos vive del mismo modo que nosotros, parcialmente, la vivimos a ella, reclama esa unión, esa vinculación, como una propensión a la unidad, que es lo que encierra el propio sueño de vivir.

«Aprende a cantar, en la lengua griega de Bizancio, el poema de aquel que salta por amor al mar». Se refiere a Leandro, que saltó desde la armoniosa torre-faro de Gálata. Y, un poco más adelante, leemos: «La frente que se frunce, las cejas que se acercan, el silencio que se hace, la mano que se suspende, todo se concentra hacia una misteriosa unidad».

La lectura, aquí, constituye un viaje emocional por, no solo el paisaje que nos define y protege, sino el interior misterioso y eterno que se manifiesta dentro de cada uno, dentro de cada ser.

Y el libro, al fin podríamos decir que culmina casi con un canto hermoso, alusivo, evocador, cuando dice, como alusión metafórica a ese final necesario que tiene la vida: «Hermanos míos, el sol se apaga/ Ya el sol que ilumina las ciudades, nuestros rostros, los caballos, los barcos, los puertos, los mares, está en su final/ Ha brillado más encima de la naturaleza de lo que brillará todavía encima de las montañas y de los continentes que forman la corteza terrestre/ El sistema que engendró antaño ya se está desensamblando/ La vida que permitió allí el azar comienza a perecer y las grandes civilizaciones se dedican a su destrucción tanto como pueden…».

Vida y muerte, eso sí, complementarios; al fin, necesarios.


Las lágrimas
Pascal Quignard
Sexto Piso, 2019
156 páginas
17€

Ricardo Martínez realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna y Valladolid, concluyendo su carrera universitaria con los estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra como escritor es bilingüe, habiendo publicado tanto en gallego como en castellano. Como ensayista y crítico literario ha colaborado tanto en prensa (La Voz de Galicia, El País) como en revistas especializadas (Clarín, Revista de Occidente). Ha cultivado distintos géneros como autor. En poesía podemos citar: Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), De cuanto nos es dado (Calima, 2006) y Na terra desluada (Espiral Maior, 2009). Su obra Orballo nas camelias pasa por ser la primera obra de haikus en la literatura gallega. En prosa ha publicado varios libros de aforismos: Debullar (Galaxia, 1996), Cuentas del tiempo (Pre-textos, 2004), Alusión al paisaje (Calima, 2006), Ecos da néboa (Trifolium, 2012). Es autor, asimismo, del libro de relatos La luz en el cristal (Calima, 2011). Ha obtenido el premio Benasque de poesía y diploma de honor en el concurso internacional de relatos breves Jorge Luis Borges y en 1997 le fue otorgado el premio Reimóndez Portela de periodismo. Colabora en prensa y revistas especializadas. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de la obra del autor. Dispone de su propia página web.

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Cultura

Los cuadernos pálidos (14)

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/ por Tomás Sánchez Santiago / fotografías de Encarna Mozas /

Incluso cuando se seca la lavanda sigue siendo hermosa, con ese azul desesperado que no sé definir muy bien. Ahí sigue en la mesa el pequeño ramo, una presencia que ya pertenece del todo al territorio de la modestia. Ni siquiera huele ya. Nadie reparará en esas flores desalentadas, con brillos muertos de poca monta. Y pronto habrá que retirarlas del mundo. Pero de momento a mí me sigue valiendo este azul mortecino, tan parecido a la discreción de los cielos exhaustos del verano, hechos con los restos cansados de la luz del oscurecer. Así este azul cobarde de la última versión de la lavanda en casa.

Se han ido los niños del parque y han dejado en el suelo pintada una rayuela. Nosotros, los chicos de entonces, decíamos jugar al castro. Los resabios militares de ese nombre ya garantizaban que podíamos jugar a eso sin herir nuestra pequeña hombría. En cambio, la rayuela —denominada así— era cosa más bien de chicas. Como todos los juegos infantiles, era otro simulacro que avisaba de esa operación avasalladora que consiste en vivir, en dejarse arrastrar por la vida lo justo sin perder el equilibrio, sin desbordar unos límites hasta alcanzar el cielo (así se denominaba la última casilla) tras pasar, uno por uno, por los nueve números, los nueve mundos de Dante. Juegos de disciplina. Recados taimados de lo que espera a quienes no consiguen alcanzar la pericia de vivir progresando. Cortázar hacía notar que para llegar al cielo era preciso simplemente no salir de la infancia, bastaba una piedrita y la punta de un zapato. Los niños se habrán ido a comer y aquí queda, tendido en el parque como una misteriosa constelación, el dibujo de una rayuela. Debería intentarlo, buscar una piedra lisa —un tejo, decíamos— y tratar de llegar, poco a poco, al cielo. Pero no me atrevo.

Cómo se parecen a la memoria los cajones desordenados. Uno los abre en busca de algo pero siempre aparece lo que no se sabía que estaba allí; en cambio, casi nunca se encuentra lo que íbamos a buscar. Entonces nos conformamos con tomar algo de lo que hay, sopesándolo melancólicamente entre las manos. Aunque no nos haga falta. No eres tú eso que yo buscaba pero me alegro de encontrarte, podríamos decir a las cosas que saltan a las manos desde los cajones desordenados. Alejandra Pizarnik decía que había que aprender a tocar los objetos, acariciarlos como quien conoce largamente sus misterios. Pues sí. Yo creo en esos cajones donde viven las cosas que nunca usamos. Creo en esa última resistencia a usar las cosas. No usarlas pero tampoco desprenderse de ellas es un acto de rebeldía contra esa ley tajante de la mentalidad mercantil según la cual aquello que no se consume debe ser inmolado sin contemplaciones a fin de dejar sitio para nuevas adquisiciones. Frente a este orden, frente a esta dictadura de la utilidad están estos cajones llenos de objetos desordenados y dispares que ni se usan ni se desechan. Los abrimos y está ahí esa turba de cosas. Maravillosamente inerte. Ni para el uso ni para la desestimación. Uno las ve nada más estar. Seguir estando. Y eso ya basta.

Esa mujer que sigue paseando cada día los perros por el barrio. Tres collies. Hace veinticinco años que la veo así, tirando de ellos, que casi la pueden. Tenía entonces una belleza apache que aún no se ha carbonizado del todo. Pasa ante los comerciantes, que acaban de abrir sus tiendas, se detiene un momento y los va saludando con palabras destellantes y frescas que yo también oigo. Sigo mi camino. Veo a ese otro hombre, dueño del modesto supermercado que sigue regentando a duras penas, sobreviviendo a los manotazos de las crisis sucesivas; cada mañana saca con parsimonia sus cajas de frutas y verduras a la puerta de la tienda. Es alto, con una envergadura poderosa. La bata blanca le da un aura quirúrgica, como si fuera el tótem de todos nosotros. Son los aristócratas del barrio.

Reencuentro con un viejo amigo, tanto tiempo después. Habíamos vivido juntos cinco años de desmandada juventud. Luego la vida nos alejó. Hasta ahora, por lo menos treinta años más tarde de todo aquello. Paseamos a lo largo del río mientras se pone a oscurecer. Ambos invocamos jirones de viejas escenas que vuelven a despertarse, acomodadas ahora a cuatro manos en la memoria. «Se nos va yendo la vida», me dice de repente mientras miramos el agua. Y el río, debajo de nosotros, reafirma con su fluir incansable esa sentencia tocada por la gracia y la exactitud de la expresión: irse yendo. De qué otro modo mejor puede hablarse de la sustancia escurridiza del tiempo, siempre a la deriva, mientras vemos agitarse los nervios azulados del agua del Duero.

Se mueven los gatos entre las casas arrumbadas del pueblo. Gatos medrosos, de pelaje sucio, espinazo afilado y rabos en posición de alerta tal como si presentaran armas. Cruzan afantasmados entre las zarzas de lo que fueron calles; quizás lleven aún dentro la memoria de aquella tragedia horrorosa que arrasó al pueblo una noche de enero y que otros gatos tuvieron que padecer. Gatos iguales a estos, a los que espantará el ruido del agua, de aquella agua. Dura el miedo y la rabia en Ribadelago Viejo.

En las esquemáticas torretas de la luz, las jícaras de vidrio saben hacer guiños y destellos a primera hora del día, cuando el sol de la mañana va subiendo al cielo con su yema encendida. Idioma de la luz, instantáneo y feliz, que basta para creer firmemente que podremos atravesar este día caluroso que ya nos está aguardando.

Cómo arde esta fecha de julio. Hubiera cumplido 98 años la que ya no está entre nosotros. Puedo oír aún su voz clara, hecha de metales tranquilos. Los aniversarios: su ruido secreto, su nublada espesura que nos ocupa por un día.

Las formas de esas flores del campo te sorprenden como estrellas retiradas que aún pueden soltar gracia y luz a ras de tierra. Alguien se fija en ellas, se ha atrevido a mirarlas de frente y con amor. Quizás si todos las atendiéramos así, pudiéramos notar en ellas algo como un fugaz estremecimiento, un mínimo alboroto botánico.

La afición de este niño: esconderse deprisa para que el recién llegado crea que no está en casa. Es su manera de hacernos creer que el mundo no estaría completo sin él; que debemos arreglárnoslas con esa extrañeza. Pero enseguida emerge de su escondite como para consolar a todos. No os preocupéis, estoy aquí todavía, el puzzle está completo. Eso parece decir cuando reaparece con su triunfante sonrisa, toda menuda y blanca. Y tiene razón.

Apilados de mala manera, los libros por leer nos interpelan. ¿Para esto me trajiste hasta aquí?, parecen decir en su esterilidad amontonada. Cuando el comprador de libros se impone al lector, hay algo que falla: te sale al paso ese libro en el escaparate, lo retiras de allí, lo compras convencido de que es necesario leerlo, lo llevas a casa y lo colocas —uno más— en esa pirámide desdichada de tus lecturas aplazadas. Más que un sentimiento de alegría por tenerlo, parece imponerse la sensación nebulosa de la posesión. De saber que se lo has arrebatado a otro lector al que has podido adelantarte. Es una conducta parecida a la de los bibliófilos de mercadillo. Deberías tener cuidado.

Hace ya años se me ocurrió contestar así a la señora que, en aquel acto público, me preguntó qué tipo de novelas solía leer yo. «Soy ante todo un lector marsista», le espeté; hice un silencio enfático y volví a la carga: «¿Me ha comprendido usted?». Y como ella, algo estupefacta, se limitara a cabecear con suavidad, me arranqué de nuevo: «Quiero decir que siempre que puedo leo a Juan Marsé». Risas en la sala. Recuerdo esa escena divertida hoy, cuando Marsé se nos ha ido. Siempre pedí que no se alterase la atmósfera de sus escenarios narrativos. Cada nueva novela era de la familia de la anterior; sus personajes fueron formando un coro épico de perdedores que nos esperaban fumando en portales lluviosos, con gabardinas de solapas húmedas y una mirada descreída y turbia. Siempre los quise así y no de otro modo.

DESVELADO

Bajo la médula de la noche
un cuerpo cae
y
cae.
Sin dar señales, sin hacer
ruido.  Traza,
como una sonda ciega,
un itinerario que atraviesa
entre fugaces guarniciones
el alma oscura de las cosas
hacia esa última desviación del sueño
que, del brazo, nos lleva
ya
a ninguna parte.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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Cultura

¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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