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Cultura

Explorando un universo pictórico: ‘The Night Café: a VR tribute to Vincent van Gogh’

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/ por Fernando Valcheff García /

Screenshot tomado del sitio web oficial de Steam.

The Night Café: A VR Tribute to Vincent Van Gogh es un entorno virtual que (re)crea y (re)construye el famoso cuadro Le Café de nuit (El café de noche o El café nocturno —de la Place Lamartine en Arles—), de 1888. Como puede observarse en el trailer de la ERV, las reservas parentéticas asignadas a los verbos recrear y reconstruir no son gratuitas, puesto que el producto, lejos de ser una mera reproducción aumentada de la pintura, además de evocar su técnica y estética y de simular sus espacios, también los expande creativamente, abarcando zonas del café que por razones de imposibilidad material no aparecen en el lienzo original e incorporando, a su vez, (elementos pertenecientes a) otros cuadros del pintor.

Con el fin de abordar de manera más ordenada los diferentes aspectos vinculados al ¿juego? (así se lo presenta oficialmente aunque carece de objetivos específicos o de reglas), tomaremos como punto de partida los dos modelos de base narratológica esbozados por Antonio Gil González (2015; 2020), a partir de los cuales desplegaremos consideraciones respecto del diseño, la jugabilidad y las características compositivas de este objeto.

Como comentábamos inicialmente, The Night Café… expande el universo de referencia del cuadro original. Dicha operatoria no sólo se debe al hecho de que las dimensiones visuales y espaciales del lienzo son excedidas creativamente, sino también a la presencia de otros (elementos de) cuadros dentro de la ERV: los famosos girasoles, la silla, un NPC (Non-Player Character) o personaje visual que emula la figura de Van Gogh evocando su último autorretrato e incluso, si nos asomamos a la ventana, un fragmento de su Noche estrellada que, además, adquiere el plus del movimiento, trayendo a la vida (virtual) esa energía cinética y tridimensional que el pintor pretendía transmitir mediante su técnica postimpresionista: 

Fila superior. Girasoles, La noche estrellada, La silla de Van Gogh (todas de 1888) y Autorretrato (1889).
Fila inferior. Capturas de pantalla de los cuadros remedializados en la ERV

Siguiendo la clasificación propuesta en Gil González (2015), es posible identificar en la ERV un componente multimedia que se manifiesta a partir de la inclusión del lenguaje pictórico, la música diegética proveniente del piano que acompaña a la/el usuario en su recorrido por la pintura y la aparición de alguna frase proveniente de las Cartas de Van Gogh. Asimismo, se vislumbra el parámetro aumentado si consideramos, en un sentido amplio de orden semiótico, el cuadro original Le Café de nuit como texto impreso y las gafas o el casco de RV como el dispositivo que permite acceder a él.

Por otra parte, puede apreciarse el aspecto interactivo del medio. En cuanto a la dimensión de la acción, esta se ve limitada al recorrido del espacio (que, como coinciden en comentar muchos usuarios en reseñas, no es demasiado extenso), sin la posibilidad de manipular objetos (que aparecen como meramente visuales), ni de relacionarse con personajes. En lo que respecta a la elección, las decisiones y el orden de los acontecimientos quedan a merced de la/el usuario pero no tienen consecuencias en cuanto al desarrollo narrativo, en tanto este se encuentra ausente al menos en un sentido tradicional lineal (que no en un sentido amplio si consideramos que esta ERV cuenta, de algún modo, la historia de Vincent a partir de la recuperación de su vida-obra). Finalmente, la inmersión sea, probablemente, el aspecto más destacable de la experiencia, como puede apreciarse (aunque no sea de manera total) en los videos disponibles en YouTube y, nuevamente, en las reseñas de las/los ¿jugadorxs? —a los que, siguiendo a Janet Murray (1997), podríamos comenzar a llamar interactors—, quienes destacan su valor vivencial y exploratorio, así como la impresionante sensación de encontrarse dentro de un cuadro:

Por último, el vector lúdico sea, probable y paradójicamente, el más difícil de ubicar, al menos si lo entendemos como «la consecución de una meta solucionando problemas en función de unas reglas» (2015: 71), puesto que no se detecta una jugabilidad per se en tanto no se deben cumplir misiones, ni avanzar niveles, ni hay objetivos. No obstante, dos factores son clave para definir este aspecto: 1) el hecho de que la ERV se encuentre inserta en una plataforma de juegos y que se la presente como tal (probablemente con el fin de lograr una mayor visibilidad y difusión del producto); 2) la consideración general de que las ERV concebidas con un propósito estético-interactivo son, de alguna manera, lúdicas en sí mismas, en tanto permiten acceder a una experiencia sensorial inédita, alejándonos de lo cotidiano para colocarnos en otra dimensión (virtual), otro mundo (el de un lienzo), otro lenguaje (el de las artes plásticas) y otra manera de percibir (multisensorial).

Tomemos ahora el modelo esbozado en Gil González (2020), presentado en su versión preliminar en esta misma sección de EL CUADERNO bajo el título La experiencia virtual (I): Inmersión. Allí, la realidad virtual es definida como aquella en la que experimentamos en primera persona un universo expandido (en este caso, del lienzo —y la obra— de Van Gogh), actuando como flâneurs que recorren y exploran dicha espacialidad en tiempo real. Según el modelo, pueden identificarse tres tipos de experiencia virtual. Siguiendo esta clasificación, consideramos The Night Café como una experiencia virtual inmersiva (EVInm), descartando su posible clasificación como interactiva (EVInt) o narrativa (EVnar) en tanto no presenta «b/la capacidad de acción e interacción con los objetos y agentes ficcionales o c/ la capacidad de elección entre diferentes posibilidades, caminos e incluso desenlaces narrativos».

Asimismo, dentro de los subgrupos propuestos como parte de la EVInm, entendemos que se trata de una experiencia cinética que excede tanto la visual, puesto que el/la interactor/a no tiene restringida la mirada ni el movimiento, como la dinámica, en tanto la/el usuario no se encuentra confinada/o a un punto de vista preseleccionado por la cámara ni a una serie de desplazamientos pautados, sino que puede recorrer de manera relativamente libre y fluida el espacio virtual.

Comparativa de los sistemas HTC y Oculus

Como puede observarse en algunos registros de partidas de YouTube, tanto por medio del sistema HTC como de Oculus, existe la posibilidad de recorrer prácticamente la totalidad del espacio interactivo conformado por la sala principal del café, en la que aparecen NPCs de clientes, un pianista y el propio Vincent, así como objetos visuales propios del espacio gastronómico. También se puede transitar (aunque sólo con la mirada; ciertos bordes del juego son de carácter meramente visual) la terraza del café y admirar una porción de cielo que recrea, según comentábamos anteriormente, el cuadro La nuit étoilée, así como explorar otros cinco cuartos suplementarios. En uno de ellos, el sótano, el/la interactor/a encuentra un trozo de pergamino que contiene una dedicatoria —probablemente de carácter personal para los desarrolladores de esta ERV— y una frase tomada de una carta de Van Gogh a Emile Bernard, la cual, en su aparente simpleza —«There is no blue without yellow and without orange»—, condensa el complejo entramado de sentidos sustentado por el espesor de la estética postimpresionista que, de manera tan lograda, consigue transponer esta ERV.

Captura de pantalla tomada de la partida de HTC mencionada más arriba (minuto 6:11)

Gil González, A. J. (2015): «Narrativa aumentada», en J. A. Pérez Bowie y J. Sánchez Zapatero (eds.): Transmedialidad y nuevas tecnologías. 1616. Anuario de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada (5), 45-74.

— (2020): «De la previrtualidad a las experiencias virtuales: Una aproximación a la narrativa del medio interactivo desde los estudios intermediales comparados», en F. Cabo Aseguinolaza et al.: Textualidades interliterarias. Nuevas perspectivas teórico-críticas, Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert (en prensa).

Murray, J. H. (1997): Hamlet on the holodeck: the future of narrative in cyberspace, Cambridge (Estados Unidos): The MIT Press. Traducido al español por Susana Pajares (1999): Hamlet en la holocubierta: el futuro de la narrativa en el ciberespacio, Barcelona: Paidós.

Van Gogh, V. (1888, Jun. 7): Letter to Emile Bernard. http://www.vangoghletters.org/vg/letters/let683/letter.html


Fernando Valcheff García (Buenos Aires, 1992) es profesor en letras  por la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP), Argentina. Forma parte del Centro de Letras Hispanoamericanas (CeLeHis, UNMdP), donde se ha desempeñado como docente e investigador desde el año 2014, enfocándose en la obra de la poeta Amelia Biagioni. En la actualidad se encuentra realizando el Máster Mundus Crossways in cultural narratives (University of St. Andrews – Universidade de Santiago de Compostela – Adam Mickiewicz University) financiado por el programa de becas de Erasmus +. Su proyecto de tesis analiza, desde la perspectiva de los estudios intermediales comparados, la relación entre literatura, artes (audio)visuales y tecnologías digitales en un corpus de obras artísticas que recuperan vida y obra de Vincent van Gogh.

Mail de contacto: fernandovalcheff@hotmail.com. Facebook: fernando.valcheff.

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Las lágrimas

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/ una reseña de Ricardo Martínez /

Estamos, una vez más, lector, ante una de las voces más interesantes y prolíficas de cuanto guarda la narrativa europea actual (el autor nació en 1948). Una prosa culta, transparente, sencilla y educadora en el sentido más generoso. Sus intereses literarios son tan amplios como originales. En conjunto: poemas, aforismos, novela… todo constituye una unidad de explicación del origen, de invocación al dios, de sentido poético (épico, alusivo al amor) de la vida del hombre Por eso, tal vez, su obra, tan abundante hasta ahora, en realidad no culminará nunca: como el canto, como el sentido del canto, que encierra el sentido del enigma de vivir.

Este libro delicado y hermoso, sugerente, didáctico, reflexivo y evocador, pudiéramos decir que comienza con un himno (simbólico acaso, pero el símbolo estará presente en todo el discurso) que podemos transcribir así: «Grandes bandadas arremolinantes, febriles, que forman extrañas letras en el cielo/ (¡el enigma, la eterna presencia del enigma en el vivir del hombre!) que sólo Dios comprende/ antes de borrarse finalmente en la palidez/ ahora se han perdido en el telón de la lluvia que nos llega del mar».

Se nos dice en el proemio que estamos ante una novela «que toma la forma de una leyenda o un poema en la que se narra el destino opuesto de dos gemelos, nietos de Carlomagno: Nithard, erudito, literato, y Hartnid, viajero, gerrero, vagabundo». En el texto leemos: «Si Hartnid amaba los caballos, Nithard se apasionó por los pájaros así como su abuelo apreciaba el águila, el halcón, el azor…».

Lo cierto es que cada uno de los libros de este autor curioso y casi secreto a la vez nos habla siempre del interior del que piensa, del que observa, del que medita. Y todo ello a través de ese don que está en el interior de cada cual y que es esa fuente inacabable, el lenguaje; su obra, así, es un canto a la poesía, al sudor del caballo, a la delicadeza de las pequeñas olas en la orilla, al vuelo del ave… Su obra ejerce de seducción imaginativa y reflexiva, pues la vida, la realidad que nos circunda y nos vive del mismo modo que nosotros, parcialmente, la vivimos a ella, reclama esa unión, esa vinculación, como una propensión a la unidad, que es lo que encierra el propio sueño de vivir.

«Aprende a cantar, en la lengua griega de Bizancio, el poema de aquel que salta por amor al mar». Se refiere a Leandro, que saltó desde la armoniosa torre-faro de Gálata. Y, un poco más adelante, leemos: «La frente que se frunce, las cejas que se acercan, el silencio que se hace, la mano que se suspende, todo se concentra hacia una misteriosa unidad».

La lectura, aquí, constituye un viaje emocional por, no solo el paisaje que nos define y protege, sino el interior misterioso y eterno que se manifiesta dentro de cada uno, dentro de cada ser.

Y el libro, al fin podríamos decir que culmina casi con un canto hermoso, alusivo, evocador, cuando dice, como alusión metafórica a ese final necesario que tiene la vida: «Hermanos míos, el sol se apaga/ Ya el sol que ilumina las ciudades, nuestros rostros, los caballos, los barcos, los puertos, los mares, está en su final/ Ha brillado más encima de la naturaleza de lo que brillará todavía encima de las montañas y de los continentes que forman la corteza terrestre/ El sistema que engendró antaño ya se está desensamblando/ La vida que permitió allí el azar comienza a perecer y las grandes civilizaciones se dedican a su destrucción tanto como pueden…».

Vida y muerte, eso sí, complementarios; al fin, necesarios.


Las lágrimas
Pascal Quignard
Sexto Piso, 2019
156 páginas
17€

Ricardo Martínez realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna y Valladolid, concluyendo su carrera universitaria con los estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra como escritor es bilingüe, habiendo publicado tanto en gallego como en castellano. Como ensayista y crítico literario ha colaborado tanto en prensa (La Voz de Galicia, El País) como en revistas especializadas (Clarín, Revista de Occidente). Ha cultivado distintos géneros como autor. En poesía podemos citar: Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), De cuanto nos es dado (Calima, 2006) y Na terra desluada (Espiral Maior, 2009). Su obra Orballo nas camelias pasa por ser la primera obra de haikus en la literatura gallega. En prosa ha publicado varios libros de aforismos: Debullar (Galaxia, 1996), Cuentas del tiempo (Pre-textos, 2004), Alusión al paisaje (Calima, 2006), Ecos da néboa (Trifolium, 2012). Es autor, asimismo, del libro de relatos La luz en el cristal (Calima, 2011). Ha obtenido el premio Benasque de poesía y diploma de honor en el concurso internacional de relatos breves Jorge Luis Borges y en 1997 le fue otorgado el premio Reimóndez Portela de periodismo. Colabora en prensa y revistas especializadas. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de la obra del autor. Dispone de su propia página web.

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Cultura

Los cuadernos pálidos (14)

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/ por Tomás Sánchez Santiago / fotografías de Encarna Mozas /

Incluso cuando se seca la lavanda sigue siendo hermosa, con ese azul desesperado que no sé definir muy bien. Ahí sigue en la mesa el pequeño ramo, una presencia que ya pertenece del todo al territorio de la modestia. Ni siquiera huele ya. Nadie reparará en esas flores desalentadas, con brillos muertos de poca monta. Y pronto habrá que retirarlas del mundo. Pero de momento a mí me sigue valiendo este azul mortecino, tan parecido a la discreción de los cielos exhaustos del verano, hechos con los restos cansados de la luz del oscurecer. Así este azul cobarde de la última versión de la lavanda en casa.

Se han ido los niños del parque y han dejado en el suelo pintada una rayuela. Nosotros, los chicos de entonces, decíamos jugar al castro. Los resabios militares de ese nombre ya garantizaban que podíamos jugar a eso sin herir nuestra pequeña hombría. En cambio, la rayuela —denominada así— era cosa más bien de chicas. Como todos los juegos infantiles, era otro simulacro que avisaba de esa operación avasalladora que consiste en vivir, en dejarse arrastrar por la vida lo justo sin perder el equilibrio, sin desbordar unos límites hasta alcanzar el cielo (así se denominaba la última casilla) tras pasar, uno por uno, por los nueve números, los nueve mundos de Dante. Juegos de disciplina. Recados taimados de lo que espera a quienes no consiguen alcanzar la pericia de vivir progresando. Cortázar hacía notar que para llegar al cielo era preciso simplemente no salir de la infancia, bastaba una piedrita y la punta de un zapato. Los niños se habrán ido a comer y aquí queda, tendido en el parque como una misteriosa constelación, el dibujo de una rayuela. Debería intentarlo, buscar una piedra lisa —un tejo, decíamos— y tratar de llegar, poco a poco, al cielo. Pero no me atrevo.

Cómo se parecen a la memoria los cajones desordenados. Uno los abre en busca de algo pero siempre aparece lo que no se sabía que estaba allí; en cambio, casi nunca se encuentra lo que íbamos a buscar. Entonces nos conformamos con tomar algo de lo que hay, sopesándolo melancólicamente entre las manos. Aunque no nos haga falta. No eres tú eso que yo buscaba pero me alegro de encontrarte, podríamos decir a las cosas que saltan a las manos desde los cajones desordenados. Alejandra Pizarnik decía que había que aprender a tocar los objetos, acariciarlos como quien conoce largamente sus misterios. Pues sí. Yo creo en esos cajones donde viven las cosas que nunca usamos. Creo en esa última resistencia a usar las cosas. No usarlas pero tampoco desprenderse de ellas es un acto de rebeldía contra esa ley tajante de la mentalidad mercantil según la cual aquello que no se consume debe ser inmolado sin contemplaciones a fin de dejar sitio para nuevas adquisiciones. Frente a este orden, frente a esta dictadura de la utilidad están estos cajones llenos de objetos desordenados y dispares que ni se usan ni se desechan. Los abrimos y está ahí esa turba de cosas. Maravillosamente inerte. Ni para el uso ni para la desestimación. Uno las ve nada más estar. Seguir estando. Y eso ya basta.

Esa mujer que sigue paseando cada día los perros por el barrio. Tres collies. Hace veinticinco años que la veo así, tirando de ellos, que casi la pueden. Tenía entonces una belleza apache que aún no se ha carbonizado del todo. Pasa ante los comerciantes, que acaban de abrir sus tiendas, se detiene un momento y los va saludando con palabras destellantes y frescas que yo también oigo. Sigo mi camino. Veo a ese otro hombre, dueño del modesto supermercado que sigue regentando a duras penas, sobreviviendo a los manotazos de las crisis sucesivas; cada mañana saca con parsimonia sus cajas de frutas y verduras a la puerta de la tienda. Es alto, con una envergadura poderosa. La bata blanca le da un aura quirúrgica, como si fuera el tótem de todos nosotros. Son los aristócratas del barrio.

Reencuentro con un viejo amigo, tanto tiempo después. Habíamos vivido juntos cinco años de desmandada juventud. Luego la vida nos alejó. Hasta ahora, por lo menos treinta años más tarde de todo aquello. Paseamos a lo largo del río mientras se pone a oscurecer. Ambos invocamos jirones de viejas escenas que vuelven a despertarse, acomodadas ahora a cuatro manos en la memoria. «Se nos va yendo la vida», me dice de repente mientras miramos el agua. Y el río, debajo de nosotros, reafirma con su fluir incansable esa sentencia tocada por la gracia y la exactitud de la expresión: irse yendo. De qué otro modo mejor puede hablarse de la sustancia escurridiza del tiempo, siempre a la deriva, mientras vemos agitarse los nervios azulados del agua del Duero.

Se mueven los gatos entre las casas arrumbadas del pueblo. Gatos medrosos, de pelaje sucio, espinazo afilado y rabos en posición de alerta tal como si presentaran armas. Cruzan afantasmados entre las zarzas de lo que fueron calles; quizás lleven aún dentro la memoria de aquella tragedia horrorosa que arrasó al pueblo una noche de enero y que otros gatos tuvieron que padecer. Gatos iguales a estos, a los que espantará el ruido del agua, de aquella agua. Dura el miedo y la rabia en Ribadelago Viejo.

En las esquemáticas torretas de la luz, las jícaras de vidrio saben hacer guiños y destellos a primera hora del día, cuando el sol de la mañana va subiendo al cielo con su yema encendida. Idioma de la luz, instantáneo y feliz, que basta para creer firmemente que podremos atravesar este día caluroso que ya nos está aguardando.

Cómo arde esta fecha de julio. Hubiera cumplido 98 años la que ya no está entre nosotros. Puedo oír aún su voz clara, hecha de metales tranquilos. Los aniversarios: su ruido secreto, su nublada espesura que nos ocupa por un día.

Las formas de esas flores del campo te sorprenden como estrellas retiradas que aún pueden soltar gracia y luz a ras de tierra. Alguien se fija en ellas, se ha atrevido a mirarlas de frente y con amor. Quizás si todos las atendiéramos así, pudiéramos notar en ellas algo como un fugaz estremecimiento, un mínimo alboroto botánico.

La afición de este niño: esconderse deprisa para que el recién llegado crea que no está en casa. Es su manera de hacernos creer que el mundo no estaría completo sin él; que debemos arreglárnoslas con esa extrañeza. Pero enseguida emerge de su escondite como para consolar a todos. No os preocupéis, estoy aquí todavía, el puzzle está completo. Eso parece decir cuando reaparece con su triunfante sonrisa, toda menuda y blanca. Y tiene razón.

Apilados de mala manera, los libros por leer nos interpelan. ¿Para esto me trajiste hasta aquí?, parecen decir en su esterilidad amontonada. Cuando el comprador de libros se impone al lector, hay algo que falla: te sale al paso ese libro en el escaparate, lo retiras de allí, lo compras convencido de que es necesario leerlo, lo llevas a casa y lo colocas —uno más— en esa pirámide desdichada de tus lecturas aplazadas. Más que un sentimiento de alegría por tenerlo, parece imponerse la sensación nebulosa de la posesión. De saber que se lo has arrebatado a otro lector al que has podido adelantarte. Es una conducta parecida a la de los bibliófilos de mercadillo. Deberías tener cuidado.

Hace ya años se me ocurrió contestar así a la señora que, en aquel acto público, me preguntó qué tipo de novelas solía leer yo. «Soy ante todo un lector marsista», le espeté; hice un silencio enfático y volví a la carga: «¿Me ha comprendido usted?». Y como ella, algo estupefacta, se limitara a cabecear con suavidad, me arranqué de nuevo: «Quiero decir que siempre que puedo leo a Juan Marsé». Risas en la sala. Recuerdo esa escena divertida hoy, cuando Marsé se nos ha ido. Siempre pedí que no se alterase la atmósfera de sus escenarios narrativos. Cada nueva novela era de la familia de la anterior; sus personajes fueron formando un coro épico de perdedores que nos esperaban fumando en portales lluviosos, con gabardinas de solapas húmedas y una mirada descreída y turbia. Siempre los quise así y no de otro modo.

DESVELADO

Bajo la médula de la noche
un cuerpo cae
y
cae.
Sin dar señales, sin hacer
ruido.  Traza,
como una sonda ciega,
un itinerario que atraviesa
entre fugaces guarniciones
el alma oscura de las cosas
hacia esa última desviación del sueño
que, del brazo, nos lleva
ya
a ninguna parte.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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