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Oreja

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/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Aparté las sábanas y me incorporé, decidido a levantarme. Noté una sensación agradable cuando puse los pies en el suelo, que estaba frío pero no demasiado, a la temperatura perfecta como para apoyarlos con confianza. Me impulsé con un movimiento del torso y eché a andar hacia el lavabo. Una vez allí, abrí el grifo y dejé que el agua corriera durante unos segundos. Me lavé la cara y mientras me estaba secando con la áspera toalla me percaté de que la imagen que me devolvía el espejo era la de un hombre de mediana edad con los cabellos alborotados al que inexplicablemente le faltaba una oreja.

No entré en pánico. Por el contrario, me acerqué al espejo para escrutar mi rostro; me aparté el pelo y en el lugar en el que debería estar mi oreja izquierda no había nada, tan sólo una piel completamente lisa. Colgué la toalla, me di media vuelta y fui a la habitación. Aparté las almohadas, las sábanas, miré en el suelo y sobre la mesita de noche; era ridículo, la oreja no estaría allí porque no pudo caerse sin más, sin dejar cicatrices ni rastro de sangre. Pero ahí estaba yo, removiéndolo todo, poniendo el cuarto patas arriba, buscando mi oreja desaparecida. Unos minutos después me di por vencido; además, se hacía tarde y debía irme a trabajar.

Me vestí de prisa y me deslicé hacia la cocina por el estrecho pasillo. Encendí la cafetera, introduje una cápsula de color violeta y presioné el botón cuando este dejó de parpadear. Quería deshacerme de esa máquina y comprarme una cafetera italiana de las de toda la vida, cada mañana pensaba lo mismo. Apuré el café en dos sorbos, cogí las llaves, la cartera y el móvil guardando cada cosa en su bolsillo asignado, y salí de casa. Bajé corriendo las escaleras, abrí el portal del edificio y caminé calle arriba, en dirección a mi trabajo.

Me fijaba en las personas con las que me cruzaba y aparentemente todas conservaban sus dos orejas. Era una mañana normal, con el tráfico y el ajetreo de siempre, pero el ruido y los sonidos eran diferentes. Ahora solo escuchaba por mi oreja derecha y era como si todo lo percibiera a medias. Faltaba profundidad o algo así; a veces me costaba identificar algunos sonidos, otras veces me resultaba difícil determinar de dónde provenían. Estaba claro que mi sentido del oído había mermado y se había modificado.

Entonces comencé a preguntarme cómo les explicaría lo ocurrido a mis compañeros de trabajo si ni yo mismo sabía exactamente qué era lo que había pasado. Entré en la oficina después de intentar cubrir la ausencia con el cabello, pero fue inútil ya que no lo tenía lo suficientemente largo. Fui directo a mi mesa sin saludar y encendí el ordenador. Al cabo de unos segundos me asomé por encima del monitor para ver a mis compañeros, sentía que estaba siendo observado pero comprobé que cada uno iba a lo suyo, inmersos en sus tareas cotidianas, así que intenté concentrarme y trabajar.

Noté que se acercaba alguien. Natalia venía subida en unos tacones galácticos, los largos y vaporosos cabellos castaños flotando en el aire estancado de la oficina y el característico gesto altivo, el mentón prominente en un ángulo amenazador y la cabeza ligeramente inclinada hacia el hombro izquierdo. Cuando nuestras miradas se encontraron, ella me sonrió y yo no pude evitar sentirme abrumado. Me saludó con una sonrisa perfecta mientras yo intentaba colocarme de perfil para que no notara que me faltaba una oreja, pero su semblante cambió de inmediato, sus párpados se abrieron en extremo y parecía que sus ojos verdes saldrían despedidos en cualquier momento, rebotando sobre mi mesa llena de papeles. Quiso ser suave aunque, evidentemente, no pudo. Me preguntó, con una mezcla de asombro y asco dónde estaba mi oreja. Miré hacia todas las direcciones al tiempo que tapaba mis labios con un dedo, suplicándole que mantuviera el mayor silencio posible y, posteriormente, le hice una señal para que me acompañara a hacer un café.

Me levanté de la silla lentamente y me dirigí hacia el lugar donde estaba la cafetera, un cuartucho pequeño y sin ventanas en el que había una mesa con cuatro sillas, un microondas y una nevera diminuta. Una vez allí, ella me abordó casi con violencia exigiéndome una explicación. Comencé balbuceando de manera ininteligible varias palabras, tratando de construir una oración, una frase que lo explicará todo de forma magistral y minimalista. Ella me miraba con el ceño fruncido y la cabeza echada hacia adelante, parecía una jirafa que estira su cuello para llegar a las ramas más altas. En un ensayo de normalidad, metí una cápsula verde esmeralda en la cafetera y presioné el botón. Natalia se apresuró a coger la taza, arrebatándomela de las manos, se tomó el café solo y sin azúcar de un solo trago, y posteriormente me pidió que la esperara en el bar de siempre al salir de trabajar.

El resto de la mañana transcurrió más o menos como de costumbre. Desempeñé mis labores con la mayor naturalidad posible hasta las dos de la tarde, momento en que todo el mundo comenzó a irse. A las 14:11, ya casi no quedaba nadie, así que me levanté y caminé rápidamente hasta salir de las oficinas. Bajé las cinco plantas por las escaleras y al llegar a la planta baja me coloqué el teléfono en el lugar en el que debería estar mi oreja izquierda, fingiendo que mantenía una conversación. Continué sin mirar atrás y enseguida llegué al bar.

Natalia estaba sentada en la barra tomándose una caña. Una luz especial la envolvía, en realidad era como si emanara de ella, haciendo que todo a su alrededor fuera insignificante. Me acerqué y me senté a su lado. Siempre había pensado que Natalia era uno de esos seres que roza la divinidad, sin embargo, por alguna extraña razón, la evitaba cuando sentía que la situación podría tornarse incontrolable, y eso, por suerte o por desgracia, ocurría bastante a menudo. Todo era fácil con ella, bastaba una mirada para saber cómo estábamos o qué pensábamos, y era obvio que la atracción era mutua; tal vez el hecho de ser compañeros de trabajo había impuesto entre nosotros una barrera invisible e infranqueable. Su presencia podía llegar a inquietarme.

Pedí una cerveza. El camarero la sirvió enseguida, la soltó con brusquedad sobre la barra de madera barnizada y parte de la espuma se derramó, dejando un charco alrededor del vaso. Emití algo parecido a un gruñido. Natalia soltó una carcajada sonora, sabía que no soportaba que me tiraran las cosas. Cuando el camarero se alejó hacia el otro lado de la barra, Natalia me urgió a que le explicara qué había pasado con mi oreja. Parecía impaciente; su brazo derecho estaba apoyado sobre la barra y los dedos repiqueteaban sobre la madera, sus ojos se movían inquietos, recorrían mi rostro y se detenían una y otra vez en el lugar de la ausencia. Comencé diciéndole que esa misma mañana, mientras me secaba después de lavarme la cara, me había dado cuenta de que mi oreja había desaparecido. Ella estaba pasmada, sus dedos ya no repiqueteaban en la barra, solo se percibía el movimiento de su pecho al respirar. Fijó su mirada en mis ojos y, tras unos segundos de un silencio insoportable, soltó una risita aguda que yo no supe cómo interpretar. Continué alegando que el suceso era, desde todo punto de vista, inexplicable. Las orejas no se desprenden sin más como puede hacerlo una verruga, y menos aún sin dejar rastro.

Me preguntó si podía tocarme y, sin esperar mi aprobación, acercó su mano a mi rostro y la pasó suavemente sobre la piel que cubría el lugar donde estaba mi oreja. Debo admitir que sentí cierto rubor. El contacto de sus dedos largos y delicados sobre mi piel aumentó mis pulsaciones. Increíble, exclamó. Asentí de inmediato al tiempo que estiraba el brazo para coger la cerveza de la barra mojada. Di varios tragos al burbujeante, espumoso y amarillo líquido. Ella me instó a que le contara qué iba a hacer. Francamente, no tenía ni la más mínima idea; me conformaba con recuperar mi oreja.

El rostro de Natalia se iluminó de pronto, aún más, si cabe, y una sonrisa macabra modificó su perfecta belleza simétrica. Me propuso crear un perfil de Instagram cuyo propósito fuera única y exclusivamente narrar con imágenes mi día a día después de la inexplicable desaparición de mi oreja. Eso para empezar. Además, debía escribir a los periódicos para que publicaran la sorprendente noticia de un hombre que perdió su pabellón auricular; y por supuesto, no podía pasar por alto los canales de televisión, a los que acudiría para contar cómo era vivir sin ese trozo de cartílago.

Ella estaba visiblemente excitada, tanto como para ofrecerse a ser, previo consentimiento por mi parte, mi manager. Nunca he tenido claro en qué consiste ese trabajo, además de embolsarse dinero a costa del talento de otros, y conociendo a Natalia, ser mi representante significaría llegar a un acuerdo que le proporcionara suculentos beneficios económicos. No estaba del todo en desacuerdo con esa hipotética parte del trato, pero francamente no me imaginaba tener una relación comercial con ella porque eso auguraba desavenencias, discrepancias y discusiones; por otro lado, resultaba tentador pensar en la posibilidad de ganar dinero gracias a la pérdida de mi oreja y a la estupidez de la especie humana, porque mi caso era muy probablemente único en el mundo y entiendo que en un principio suscitaría cierto interés en la opinión pública, pero no dejaba de ser algo meramente anecdótico. Así que consideraba poco factible que la gente mantuviera el interés de manera prolongada por la vida de alguien que había extraviado su oreja, y eso minimizaba las posibilidades de negocio rentable.

Natalia escuchó mi planteamiento de principio a fin sin interrumpir y sin apenas parpadear. Se quedó callada unos segundos, asintiendo con la cabeza, los ojos abiertos de par en par. Me dijo que me sorprendería saber la cantidad de basura a la que la gente se engancha, los millones que se gastan en prensa rosa, las horas que emplean viendo realities en la tele. No se lo discutí, por supuesto. En cierto modo era una invitación a hacer de mi vida un producto de consumo y eso significaba perder por completo mi intimidad.

Ella se levantó del taburete y le hizo una seña al camarero para que nos trajera la cuenta; sus gestos tenían tanto carácter que a veces rozaban el autoritarismo. Natalia era una de esas personas que a simple a vista o tras una primera impresión caían mal. Mientras buscaba en su bolso el monedero me dijo que me lo pensara bien, pues estaba convencida de que teníamos delante una buena oportunidad. Me molestó que hablara de nosotros. El camarero llegó con la cuenta, lanzó sobre la barra la bandejita con el tique, como era de esperar, y se giró al ver que Natalia le mostraba la tarjeta. Apuré la cerveza y me levanté para sacar la cartera del bolsillo trasero del pantalón. Me hizo un ademán que quería decir que la próxima vez pagaría yo. El camarero llegó enseguida con el datáfono. Ella acercó la tarjeta, la guardó inmediatamente en la billetera y se despidió cortésmente. Yo me ofrecí a llevarla a su casa, pero se negó porque tenía que hacer algunos recados primero. Nos despedimos en la acera con un beso protocolario.

Me quedé allí de pie viéndola desaparecer entre la muchedumbre agitada de un viernes a las tres de la tarde. Caminé en medio de la corriente hasta la siguiente boca del metro y me adentré en las tripas de la ciudad. Algunas personas, al percatarse de mi evidente anomalía, me miraban intentando disimular lo indisimulable. Era una sensación completamente nueva e incómoda para mí, pues yo estaba acostumbrado a pasar desapercibido. Siempre había sido una persona gris, de esas que se camuflan con facilidad entre los demás. Me subí al vagón abarrotado a empujones; hice el intento de sujetarme a una de las barras pero no pude alcanzarla, en cualquier caso, habría sido imposible que me moviera y mucho menos me cayera debido al gentío. Personas de todas las razas y orígenes hacían un considerable esfuerzo por evitar el contacto visual directo; algunos miraban las pantallas de sus móviles o escuchaban música, otros hojeaban un periódico arrugado o dormían con la cabeza recostada en el cristal de la ventana. Los olores se concentran dentro de estas cajas metálicas que se trasladan sobre raíles transportando alegrías y miserias de un punto a otro de la ciudad. Huele a humanidad, pero también a deshumanización. Se me ocurrió que el vagón estaba lleno de esclavos; al final eso es lo que somos, esclavos de nuestras carencias, de los sueños de prosperidad facilona que nos inoculan desde niños para asegurarse de que la máquina continúe funcionando a pleno rendimiento. Tal vez por eso de adultos no hacemos otra cosa que buscar la niñez. Toda la vida aquí contenida no es más que una masa productora que se consume a sí misma.

Escuché el nombre de mi parada por megafonía y me acerqué a empujones a la puerta. Cuando el tren se detuvo y abrió sus puertas los pasajeros salimos escupidos del vagón y nos dispersamos por el andén. La escalera mecánica nos expulsó a la superficie de la ciudad que rugía, vibraba y exhalaba toxicidad. Caminé las poco más de dos manzanas que separan el metro de mi casa bajo la mirada de algunos transeúntes que comprobaban sin disimulo que me faltaba la oreja izquierda. Para bien o para mal, todo aquello que se sale de los parámetros de normalidad siempre llama la atención.

Eran las 15:57 cuando me dejé caer en el sofá. Me sentía ligeramente aturdido. La situación sobrepasaba la frontera de lo comprensible; semejante irracionalidad estaba a punto de hacerme caer. Siempre me había esforzado por encontrar una solución para cada problema y mi capacidad de análisis y mi pragmatismo me habían permitido resolver no sólo los asuntos cotidianos, sino también alguna que otra situación límite de manera exitosa. Pero esta vez era diferente. Me estiré boca arriba con la cabeza apoyada en uno de los reposabrazos. Se escuchaba el zumbido del tráfico, un sonido granulado, espeso. El techo blanco pesaba y me oprimía; mis ojos se fueron posando en todas las cosas que había en el salón: estanterías, libros, algún que otro recuerdo de mis viajes, el televisor, la mesa de comedor redonda y las tres sillas que la acompañaban, la butaca que me había comprado recientemente y en la que aún no me había sentado a leer.

Sobre la mesa de centro reposaban unos auriculares con el cable enmarañado. Me di cuenta de que algo tan simple como escuchar música a través de unos auriculares me resultaría, a partir de ahora, no solo incómodo sino que ese maravilloso invento del estéreo había perdido todo su sentido. Ya no podría disfrutar del trabajo de edición y producción musical que hacían los técnicos en el estudio, la concepción y organización de los sonidos en el espacio intangible del universo estéreo había quedado para siempre relegada a un mero recuerdo. Estaba condenado a perderme una parte de toda la música habida y por haber. Y además, la tecnología aplicada a la fabricación y el innovador diseño minimalista de mis auriculares de alta fidelidad parecía ahora irrelevante; habían dejado de ser un artículo de lujo para convertirse en una cosa sin apenas valor.

Me incorporé y fui a la cocina. Abrí la nevera, saqué una cerveza y la destapé. Bebí dos o tres grandes tragos. Dejé la botella en la encimera para coger el teléfono que vibraba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Era Natalia. Tras unos segundos de duda en los que mi dedo pulgar se movió sobre la pantalla iluminada sin tocarla, decidí no contestar. No sabía qué querría pero seguramente tendría que ver con mi oreja; tal vez tenía una idea estupenda de cómo enfocar mi vida ahora que por lo visto estaba destinado a ser famoso. Puse el teléfono al lado de la cerveza, pues conociendo a Natalia sabía que volvería a llamar y acto seguido recibiría un bombardeo de whasaps. Regresé al sofá y me acosté en una posición casi idéntica a la de antes. Mirando al vacío en el techo blanco llegué a la conclusión de que lo mejor sería apagar el móvil y desaparecer para siempre. Lo primero era sencillo, pero lo de desaparecer requería de un minucioso plan. Yo no estaba para pensar en esos momentos, así que desistí.

Cuando abrí los ojos la estancia estaba casi en penumbra. Una débil luz amarillenta proveniente de la calle se colaba a través de las ventanas. Me había quedado dormido en la misma posición como si alguien me hubiera desenchufado y ahora me dolían el cuello y la espalda. Me levanté del sofá un poco desorientado y caminé hacia la cocina tropezándome con los muebles. Pasé la mano por la encimera hasta que mis dedos encontraron el teléfono. Desbloqueé la pantalla. Como era de esperar, Natalia me había escrito, pero no quise leer los mensajes. En ese momento sonó el timbre. Fui hacia la puerta con pereza pero intentando no hacer ruido, pues no estaba dispuesto a abrir, solo tenía curiosidad por comprobar que era ella quien estaba al otro lado esperando en el pasillo. Inmediatamente supe que era una estupidez, así que abrí la puerta y di media vuelta. Escuché los pasos ligeramente amortiguados de los tacones de Natalia en el parqué, la pisada fuerte y confiada de los que no tienen en cuenta los movimientos tectónicos que se producen a diario sin que podamos controlarlos.

Mientras me dirigía de vuelta al sofá le pregunté si quería una cerveza o cualquier cosa de beber, incluso le sugerí que podría hacer algo de cenar. Me pidió que le preparará un té con una de las voces más melosas que había escuchado jamás, de hecho me giré al instante porque por un segundo dudé de la identidad de la persona que estaba de pie en el salón de mi casa. Contemplé su figura difusa en la oscuridad de la estancia como si se tratara de una aparición, la manifestación de una presencia sobrenatural; tuve la impresión de que su larga cabellera ondeaba al viento, lo cual era imposible, y de que sus pies no tocaban el suelo a pesar de haber escuchado sus pasos hacía unos instantes. Me asusté porque era como estar asistiendo al avance imparable de la locura dentro de mí. Un té, dije con tono preocupado. Tendría que haberme ido a la cocina a calentar el agua y colocar el sobre de té dentro de la taza, pero no pude moverme. Natalia se acercó despacio, levantó su brazo izquierdo y tocó mi única oreja con su mano fría. Cerré los ojos. Me sentí a salvo.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

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¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Orlando furioso

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/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

La furia de Orlando, como la de Aquiles, procede de una confusa y lamentable causa que pasaré a describir. Aquiles se enfada porque los griegos son tan tontos que se creen todo lo que les cuenta Homero acerca de Helena. Orlando se enfurece con Aristóteles porque, entre su cuento, Ariosto mete una endiablada cantidad de otros cuentos y cientos de magos, príncipes, caballeros y gentuza variada en hexámetros hexagonales hasta atiborrar París de sarracenos y el País Vasco de mandarines y aturufa a Carlomagno, quien a mitad de la epopeya se arma tal lío que quiere ir al notario a dejar el imperio como un proindiviso entre doña Urraca y Atila el cómodo, que donde dormía la siesta ya no crecían baobabs.

Carlomagno
Orlando o Roldan
Angélica
Agramante
Marsilio
Reinaldo
Nápoles
Ferragús
Sacripante
Bayardo
Bradamante
Reggio
Rogelio
Pinabel
Claramonte
Caballero del hipogrifo
Merlín
Melisa
Brunelo
Atlante
Alcina
Astolfo
Logistila
Ebuda
Cimosco
Olimpía
Biereno
Uberto
Fierabrás
Gradaso
Grandimarte
Almonte
El rey de Galicia
Cerbino

Personajes cuyas historias tienen lugar en docenas de países y que se cruzan para formar el más complejo galimatías de relatos que pueda ser concebido por una mente sensata en un delirio de peligros y hazañas en que los protagonistas se complican la vida innecesariamente para dar cumplimiento a unas oscuras necesidades literarias así como a la más extraña y rocambolesca historia de amores y aventuras incomprensibles, pero perfectamente razonadas por la pluma infinita de Ariosto. El Juego de tronos de la época caballeresca. El grado de interés que suscitaron sólo puede compararse con el grado de sueño que pueden suscitar obras tan enormes y de las que la naturaleza humana no ha podido prescindir a lo largo de los siglos. Obras infinitas que intentan poblar nuestra imaginación con tantos desmanes y desafueros que la mente acaba por sucumbir a tanta tragedia y endiablado embrollo. Y ponen a prueba la capacidad de resistencia de un mortal aún vivo pero que en su ingenuidad se pone en peligro de sucumbir a la suma total de calamidades que se suceden sin descanso ni respiro.

Una de las razones del cabreo orlandáceo es precisamente la irrefrenable incontinencia verbal que padece Ariosto y que priva al héroe de Roncesvalles del suficiente protagonismo como para verse obligado a compartirlo con una legión de príncipes y salvadoncellas, los cuales ensombrecen hasta casi oscurecer los atrevidos desplantes y envites del quijotesco y donjuanesco paladín, su esquilmada honra.

Orlando busca a Ludovico Ariosto en Ferrara y lo encuentra tomando un vaso de lambrusco con un pedazo de pizza en una pizzería de moda donde acuden otros poetas y todos mantienen una tertulia literaria donde se reparten temas y hexámetros a precio de saldo. Se arrima al artista y le espeta en la cara delante de todos:

—¡Ay de mí! Cómo he de verme arrastrado a la infamia y el descrédito por tanto chiflado como has embutido en mi obra maestra, aquélla en que yo debía triunfar ante Sacripante y merodear sobre Angélica para ver si es moza digna de un caballero tan lleno de cólera como el mismo Aquiles el argivo cuyo cabreo sobrecogió a Príamo y a un primo suyo de Calasparra que le había traído medio kilo de arroz para hacer una paella con la que inflamar los deseos de lucha de los troyanos, ya que al tener que repartirse entre todo el pueblo la birria de paella se iban a poner a caldo yugoslavo.

—¿Qué te pasa a ti? —responde Ludovico—. ¿Acaso no te gustan los inflamados y sutiles versos con que te proclamo el más enfurecido de los mortales para que las doncellas se derritan ante la presencia de tu yelmo proceloso? Mi cabreo no tiene límites y mi brazo, junto con el de Quijote el quisquilloso, hemos pensado juntarlos y hacer una sociedad de brazos sin límites para atiborrar a mamporros a todo el que opine lo que no debe ser opinado. Tente, oh remilgado Orlando, que no ha de tardar ya la sin par Virginia la Loba, la cual se llegará a componer también un bello asunto contigo de una prima suya que vive en Londres y que al principio es amiga tuya y más adelante se larga a Bizancio a estudiar magisterio.

—¿Y qué me va a mí en todo ese lío porque una señora quiera ser maestra de escuela?

—Cálmate y no te pongas nervioso, porque tú serás un joven inglés elegante y vas a ser tan agraciado que nadie te podrá decir ni pío, te vestirás en los mejores sastres de la City y podrás ir a las carreras de Ascott, donde conocerás a gente tan afilada en sus maneras que vas a aprender a limpiarte con una servilleta el morro después de la sopa de zorro isabelino.

—Coño, eso sí que me va a gustar.

—¿Ves, pedazo de tarugo, como yo sé lo que me hago? Luego, cuando seas más fino que una señorita pija, te vas a convertir en una tía de aquí te espero.

—¿Y eso para qué? ¿Qué coxones hago yo de tía, y además de esas remilgadas?

—Batallar por sus igualdades y que los hombres se vayan dando cuenta de que si fueran mujeres, querrían ser otra vez hombres porque se pasa mejor, y de esa guisa tendrás que guisar, planchar, comprar, criar, joderse, preñarse, fastidiarse, etcétera.

—No me gusta ni la historia ni esa Loba Virginia o lo que sea. Que se la lleven los mengues, pero a mí no me va a tocar ni un pelo de donde tú sabes.

—No es necesario tocar los pelos.

—Me da igual. Si viene, le dices de mi parte que estoy en Jerusalén con unos primos cruzados.

—No me digas que tienes ganas de meterte en ese barullo de las cruzada.,Mmenudo pollo siríaco tienen montado con lo del santo sepulcro el santo grial el santo prepucio y Simón templa el santo de los templarios.

—Es una promesa que le hice a una tía paralítica, pero mis primos sólo son cruzados de brazos para arriba, no los mueven ni para dormir la siesta con Ava Gardner.

—Caramba, qué contratiempo. ¿Y de qué viven?

—Bueno, como son cruzados de brazos, cuando se cruzan con alguien acostumbran a tirarles un buzón lleno de epístolas de san Pablo a la cabez,a con lo que consiguen indulgencia plenaria, que luego revenden en el mercado secundario de futuros.

—Vale, pero si has de tirar buzones a alguien, guárdate de hacerlo a críticos literarios o te arrepentirás, y te lo dice alguien que sabe de lo que habla.

Orlando salió de allí con el convencimiento de haber hecho un buen negocio dejando a la Woolf fuera de su vida, pero, nada más llegar al puerto se enroló como grumete en un yate que pertenecía al marido de Virginia Woolf y en lugar de Jerusalén fue a parar a Ibiza, donde acabó como agente de la sexualidad innobiliaria vendiendo juguetes para perros lgtbijk.

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Cultura

Compromisos y complejidades de Vasili Grossman

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/ por José de María Romero Barea /

Un escritor que se precie jamás se compromete con ningún sistema político. Al contrario, se reconoce en todas y cada una de las insurrecciones, sabe que la consecución del poder derrota a la esperanza, extorsiona al idealista al mando, lo convierte en burócrata sin alma, en monstruo cruel. Las narraciones de Vasili Grossman (Berdychiv, 1905 – Moscú 1964) siguen siendo pertinentes hoy, al igual que la conciencia de la dignidad herida que muestran sus novelas. Fue «no solo un enorme corresponsal en la segunda guerra mundial», en opinión del poeta británico y traductor literario Robert Chandler (1953), «sino un valiente disidente» cuya prosa, duramente trabajada e inusualmente poética, aporta una visión única de las fuerzas enfrentadas que nos conforman.

«Grossman entiende la necesidad de una planificación clara y racional, pero reconoce que en el conflicto armado, como en otros ámbitos vitales, todo depende de las intuiciones de la comprensión». Su reputación sigue siendo enorme, afirma el editor de la revista literaria Cardinal Points en su artículo «El escritor que captó la realidad de la guerra», al convertir en literatura el periodismo en primera línea: «Varias veces durante la marcha [Gromov, el fusilero antitanques] pensó que iba a derrumbarse. Pero siguió hasta el final. Ahora yacía recostado en una zanja, aullaba el infierno con mil voces, pero él dormitaba, estirando las piernas agotadas. El suyo era el magro y austero descanso de la soldadesca». En relatos como Vida y destino (1959; Galaxia Gutenberg 2007; traduce Marta Rebón), uno de los más abiertamente antisoviéticos de su autor, y por ello censurado, el reportero del Ejército Rojo creó un nuevo lenguaje para dejar constancia el devenir de los pueblos oprimidos en la cúspide del cambio.

En su ensayo para el número de verano de 2020 de la revista londinense The Critic, el premio AATSEEL a la mejor traducción en inglés 2007 afirma que sus experiencias en la Unión Soviética permitieron al autor de Todo fluye (1970; Galaxia Gutenberg 2008; traducción de Marta Rebón)tener una experiencia directa de la revolución, junto a una apasionada simpatía por las víctimas del nazismo y el comunismo, dos regímenes totalitarios enfrentados. Mientras escribe informes privados para los jefes del partido, sus narraciones reflejan a esos mismos gobernantes en descomposición: «Los soldados han recuperado el sol», redacta a modo de colofón de la batalla de Stalingrado, en agosto de 1942, «han recuperado la luz del día, han recuperado el derecho a caminar con la cabeza alta, bajo un pálido cielo azul, pisando la tierra de Stalingrado. Han recuperado el día».

Es la suya una crónica de primera mano, urdida en la dislocación de la barbarie, a merced de los horrores desatados no sólo por Hitler (sus descripciones del Holocausto fueron usados como prueba en los juicios de Núremberg), sino por el propio Stalin (igualmente antisemita). Vivió el que fuera, de 1941 a 1945, corresponsal del diario Krásnaya Zvezdá (Estrella Roja) en una sociedad que una vez defendió, aunque no tardaría en corromperse; habitó junto a las personas sobre las que escribía, «celebrando no solo a los generales, sino a los ordenanzas, a los soldados de base e incluso a un cartero»; aceptó sus privaciones, en definitiva, para obtener autenticidad.

A pesar de (o tal vez por) ello, «gran parte de la obra periodística y ficcional de Grossman está disponible solo en ediciones hiper-censuradas». De ahí la oportunidad de la primera versión inglesa de los 12 artículos del periodista judeorruso sobre la batalla de Stalingrado (Stalingrad, NYRB Classics, 2019), a cargo del propio Chandler y su esposa Elizabeth (Por una causa justa, traducción de Andréi Kozinets, Galaxia Gutenberg, 2011), un volumen que supuso la colusión definitiva con las autoridades comunistas, al no ignorar ninguna de las incómodas evidencias. A base de enfrentarse a ellas, una crítica fascinante de su tiempo, además de un estudio desencantado de la existencia bajo el autoritarismo, con todos los compromisos y complejidades que conlleva, al resumir lo mismo la arrogancia y los absurdos de la autocracia que su monótona obsequiosidad.

«Los soldados del Ejército Rojo veían a Grossman como uno de ellos», apostilla el Premio Rossica de Traducción 2007, «alguien que eligió compartir sus vidas en lugar de limitarse a elogiar la estrategia militar de Stalin desde la seguridad del cuartel general, lejos de la línea del frente». Stalingrado, precuela de Vida y destino, no publicada hasta 1988, supone «una meditación sobre la historia literaria rusa y la capacidad de la humanidad para construir y destruir», a base de breves tratados sobre la tiranía y la rebelión tan pertinentes hoy como cuando fueron concebidos, raudos informes revolucionarios del caos repleto de observaciones que han inspirado a generaciones de reporteros, tensas parábolas del abuso llenas de descripciones vívidas en entrevistas melancólicas con la posteridad, elegíacos daguerrotipos de un mundo perdido.


José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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