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Cultura

¡Ay de los negros!

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/ por Arturo Caballero /

Recogiendo y organizando los apuntes, ejercicios, presentaciones y utilería variada del último curso, me topé con una fotocopia que, en diferentes versiones, uso como apoyo para mis visitas al Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Rápidamente la puse en relación con un artículo de Joan Santacana: «Iconoclastas y justicieros», publicado en El Cuaderno con fecha 19 de junio  en el que, tratando de poner en su justo sitio (a raíz del  asesinato de George Floyd en Mineápolis y la reactivación del movimiento Black Lives Matter y los ataques a los que se consideran símbolos de la opresión occidental en todas sus variantes) la relación entre la historia y el sistema de valores de una sociedad, afirmaba, entre otras cosas, que «cada individuo es hijo de su tiempo. El machismo, el antisemitismo, el racismo y el esclavismo han sido ingredientes con los que se ha construido el pasado. Están en los basamentos del edificio cultural de Occidente al igual que en el de Oriente y no podemos ignorarlos ni depurarlos, so pena de que se nos caiga todo encima». Me pareció un texto muy comedido en su forma y muy ajustado a la verdad y por ello recomendé su lectura. En esencia, parte de dos hechos fundamentales: el primero, que los criterios de valor van cambiando con la sociedad o, como decía Ortega y Gasset (Historia como sistema, 1935), «el hombre no tiene naturaleza», sino que «lo que tiene es historia»; y, por tanto, lo humano está sujeto a un constante devenir; a un perpetuo hacerse y rectificarse y, en consecuencia y como segundo, resulta muy difícil que un individuo de una determinada sociedad, de un determinado tiempo y un determinado lugar sea capaz de trascender, de forma absoluta, el sistema de valores imperante en él.

Difícil, pero no imposible, puesto que individuos y grupos han sido capaces de reflexionar y establecer gérmenes de un cambio que terminará, antes o después, por fructificar. Y aquí retomo al asunto de la fotocopia aludida, puesto que aprovecho algunas obras de arte para reflexionar sobre el pasado y sobre el presente y sobre cómo resulta siempre complicado aplicar el pensamiento dominante de nuestra época un pasado que, a diferencia de lo que debería suceder, por los medios que están a nuestra disposición, cada vez desconocemos más.

Relieve de Isidro Villoldo sobre los santos Cosme y Damián, c. 1547.

Isidro Villoldo, fallecido en 1560, fue un destacado escultor castellano que, sin alcanzar la significación de Alonso Berruguete (de quien fue discípulo y con quien trabajó) o Juan de Juni, dejó una buena serie de obras en las dos Castillas y en Andalucía en los años centrales del siglo XVI. Hacia 1547 realizó un retablo para la capilla funeraria del doctor Francisco Arias en el convento de San Francisco, que se ubicaba en la actual plaza mayor de Valladolid. Uno de los temas elegidos, el objeto de nuestra reflexión, es un relieve con los santos Cosme y Damián (madera, tallada y policromada, 88 por 80,4 cm. y 17 de profundidad) realizando uno de sus milagros más icónicos. Dice al respecto (uso la edición de Alianza Editorial) Santiago de la Vorágine en ese monumento al sadomasoquismo en el que se convierte muchas veces La leyenda dorada:

«El papa Félix, abuelo cuarto de san Gregorio, construyó en Roma una magnífica iglesia en honor de los santos Cosme y Damián. Un hombre, encargado de la limpieza y vigilancia de este templo, cayó enfermo de un cáncer que al cabo de cierto tiempo le corroyó totalmente la carne de una de sus piernas. Cierta noche, mientras dormía, soñó que acudían a su lecho los santos Cosme y Damián provistos de medicinas y de los instrumentos necesarios para operarle; pero antes de proceder a la operación uno de ellos preguntó al otro: -¿Dónde podríamos encontrar carne sana y apta para colocarla en el lugar que va a quedar vacío al quitarle la podrida que rodea los huesos de este hombre? El otro le contestó: -Hoy mismo han enterrado a un moro en el cementerio de san Pedro ad Vincula; ve allí, extrae de una de las piernas del muerto la que le haga falta, y con ella supliremos la carroña que tenemos que raerle a este enfermo. Uno de los santos se fue al cementerio, pero, en vez de cortar al muerto la carne que pudiera necesitar, cortóle una de sus piernas y regresó con ella; amputó luego al enfermo la pierna que tenía dañada, colocó en su lugar la del moro, aplicó después un ungüento al sitio en que hizo el injerto, y seguidamente los dos santos se fueron al cementerio con la pierna que habían amputado al sacristán y la dejaron en la sepultura del moro, al lado de su cadáver. Cuando el sacristán despertó, quedó extrañado al no sentir los dolores que habitualmente le aquejaban; palpóse la pierna que solía dolerle, y, como al palparla no notara molestia alguna, encendió una candela y a la luz de ella advirtió que la pierna estaba completamente sana. […] Hecho público el suceso, algunas personas acudieron al cementerio, abrieron la tumba del moro y comprobaron que al cadáver le faltaba una de sus piernas, y que junto al resto de su cuerpo se hallaba la cancerosa que los santos habían amputado al sacristán».

Villodo, haciendo uso libérrimo de la licencia praa fantasear con la que Ovidio —«ut pictura poesis»— iguala a poetas y pintores, introduce algunas variantes significativas respecto al texto: el moro se ha convertido en negro y, además, la amputación se ha realizado en vivo y en directo. Hacia 1490, Pedro Berruguete, padre de su maestro Alonso, había realizado otra obra, pintura (óleo sobre tabla, 102 por 94 cm.), que actualmente se conserva en la colegiata de Covarrubias (Burgos), en la que patentizaba una cierta distancia no tanto con el tema en sí, no le era posible, sino con la representación. Es decir, que, aunque los dos coinciden en convertir un sueño en una realidad, incluso añadiendo testigos en el caso de la pintura, había otras alternativas a la ofrecida por Villoldo.

El milagro de san Cosme y san Damián, de Pedro Berruguete, 1490.

Coetáneo a Villoldo era Bartolomé de las Casas (1484-1566). Un tío suyo había acompañado a Colón en su primer viaje y su padre en el segundo. Terminados sus estudios en Salamanca, marchó a las Indias como doctrinero (1502) y para ocuparse de los negocios paternos, teniendo su propia encomienda, lo que no le impidió ordenarse sacerdote. En 1510 llegaban a La Española los frailes dominicos, que pronto se mostraron beligerantes contra el trato que los españoles proporcionaban a los indígenas, que eran, con pleno derecho, súbditos del rey de Castilla. El Sermón de Adviento de 1511 predicado por fray Antonio Montesinos se considera clave en la relación entre unos y otros y entra de lleno en una compleja discusión teológica y política que se concretaría en las Leyes de Burgos de diciembre de 1512, en las que se sanciona la dignidad y libertad de los indígenas. Bartolomé de las Casas comenzó a tomar partido por los indios y, en un sermón de 1514, realiza una serie de observaciones que le impedirán dar marcha atrás en sus convicciones, renunciando a sus encomiendas y volviendo a Sevilla en 1515. El contacto con personajes relevantes de la corte y la atención que le presta el regente Cisneros y el entorno del futuro Carlos V permiten su retorno a las Indias en 1516 con el cargo de «procurador o protector universal de todos los indios de las Indias». La coincidencia de su pensamiento con el de la mayoría de los miembros de la Orden de Predicadores hizo que ingresase en ella en 1523. Por aquellas fechas comenzó la redacción de la Historia de las Indias. Su actividad en la protección de los nativos fue incansable y, apoyándose en los grupos cortesanos partidarios de sus ideas, afrontó todo tipo de problemas.

Esa defensa, hasta la extenuación, le lleva en buscar un remedio a su explotación laboral defendiendo, en una carta al Consejo de Indias del 20 de enero de 1531, la introducción de esclavos africanos para cumplir esas funciones. De esta opinión pronto comenzará a lamentarse.

En 1540 retornó a España y en Valladolid se entrevistó con el emperador Carlos, quien, siguiendo sus consejos y los de Francisco de Vitoria, terminó convocando la Junta de Valladolid que darían origen a las Leyes Nuevas (1542), que ratificaron la libertad de los indios y su subordinación directa a la Corona. En esa misma fecha dedicaba al príncipe Felipe la Brevísima relación de la destrucción de Indias, que se convertirá en argumento clave de la leyenda negra. Consagrado obispo de Chiapas, en 1544 retornó a las Indias, donde siguió con sus disputas. Retornó a España tres años después buscando defender mejor desde la metrópoli a los indígenas. Entre 1550 y 1551 mantuvo una disputa con Ginés de Sepúlveda respecto a los derechos de los españoles a la conquista: la Junta de Valladolid, que quedó sin claro vencedor.

Bartolomé de las Casas fue progresivamente madurando sus ideas iniciales respecto al empleo de mano de obra esclava, negra, en el trabajo y repudiando el comercio esclavista, porque terminó considerando a los negros iguales al resto de los humanos, llegando a escribir a finales de los cincuenta:

«Antiguamente, antes que hobiese ingenios, teníamos por opinión en esta isla [la Española], que si al negro no acaecía ahorcalle, nunca moría, porque nunca habíamos visto negro de su enfermedad muerto… pero después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de cañas hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos dellos cada día mueren».

Él murió en Madrid en 1566.

Hacia 1547, como decíamos, Isidro esculpía su relieve y Bartolomé había retornado a España. Las Casas había empezado por pensar, y como tal lo escribió en la demanda al Consejo de Indias a comienzo de los años treinta, que:

«El remedio de los cristianos es este, mui cierto, que S. M. tenga por bien de prestar á cada una de estas islas quinientos ó seiscientos negros, ó lo que paresciere que al presente vastaren para que se distribuyan por los vecinos, é que hoy no tienen otra cosa sino Yndios […] se los fien por tres años, apotecados los negros á la misma deuda […] Una, Señores, de las causas grandes que han ayudado á perderse esta tierra, é no se poblar más de lo que se han poblado […] es no conceder libremente á todos quantos quisieren traer las licencias de los negros».

La talla de Villoldo no se explica si en el acervo cultural común de la sociedad de su tiempo (y no me refiero solo a la española) no hubiese estado extendida la creencia en la inferioridad natural de los negros. Unos negros a los que no sólo se podía esclavizar, sino incluso privar, en vivo, de una parte de su cuerpo. Y la práctica, encima, quedaba santificada por los protagonistas, Cosme y Damián, y por el lugar en el que se ubicó: una iglesia.

Hoy, la obra de Villoldo puede verse colgada en las mismas dependencias que ocupó el colegio dominico de San Gregorio en Valladolid, sede de los debates de la Controversia, en la que participó De las Casas. En un acto de justicia poética, la historia ha terminado por reunirlos.

El pasado no lo podemos cambiar. También resulta discutible que la historia pueda usarse como maestra de la vida. Pero sí proporciona motivos y temas de reflexión. No se trata, por tanto, de juzgar todas las barbaridades (como genocidas, a largo plazo no se mostraron muy eficientes) de las que tenemos memoria gracias a los testimonios de los propios protagonistas (y las añadibles sobre las que podemos fantasear) que cometieron los españoles que fueron a América —fundamentalmente castellanos— con los indígenas o los negros en el siglo XVI. Además, en cualquier caso, no eran diferentes a las que no pocos de sus protagonistas habían perpetrado, bajo las banderas del rey Católico y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en Roma en 1527 (robos y saqueos de edificios privados y de iglesias, matanzas generalizadas, violaciones de monjas en sus conventos, sacrilegios sin cuento, exigencia de rescate por eclesiásticos y patricios urbanos) o seguirían cometiendo entre ellos en los levantamientos, e incluso guerras civiles, que se produjeron en el Nuevo Mundo a lo largo del quinientos. Debía de ser signo de los tiempos, aunque después de un siglo XX como el que hemos padecido tampoco debemos cargar mucho la mano.

Pero eran los mismos hombres que se unieron a indígenas y que transmitieron su idioma («la lengua fue siempre compañera del imperio» había escrito Nebrija, en 1492, a los Reyes Católicos en El arte de lengua castellana, primera gramática en lengua romance) y su religión, tan denostada hoy; los que organizaron política y económicamente un territorio mucho mayor que el dominado por Roma; quienes crearon un sistema de comunicaciones de norte a sur a lo largo de todo un continente; quienes establecieron líneas de comunicación periódicas entre América, Asia (Galeón de Manila) y Europa; los que crearon en fechas muy tempranas, desde 1505, colegios, universidades (Santo Domingo, 1538; Lima y México, 1551) e imprentas (en Nueva España desde 1539 a 1600 casi el 20% de 287 obras publicadas lo fueron en lenguas nativas). Un tema complejo este de la conquista, como se ve.

Bartolomé de las Casas, al que venera como santo la Iglesia Evangélica Luterana de América el 17 de julio, no estuvo solo. De él, y de otros como él, podríamos pensar que se colocaron «en el lado correcto de la historia». Fueron capaces de evolucionar intelectual y socialmente. Otros no. Pues como hoy. Otro asunto es lo que conviene, o no, celebrar. Qué personas merecen un recuerdo agradecido y aquellas otras de las que no debemos olvidar sus agravios, aunque solo sea para intentar que no se repitan. Hay que tener cuidado con a quién se levantan estatuas, se dedican polideportivos o casas de cultura y auditorios. Como regla general, convendría esperar a que todos ellos estuviesen muertos y bien muertos y, aun así, nada los librará del revisionismo.

En definitiva, se trata de tener claro que, como terminaba Santacana, no es Colón quien sobra en su añejo monumento, sino nuestras actitudes sectarias, xenófobas y racistas. O, dado que este artículo versa sobre imágenes, de tener presente el modélico planteamiento que realiza Icíar Bollaín en También la lluvia (2010), donde se ponen en evidencia las políticas imperialistas de la conquista y las de hoy mismo.

Y vale de referencias y de citas. Bueno, una última. Es del historiador Heinrich Wölfflin quien, en sus Conceptos fundamentales de la historia del arte (1915), sentenció: «No todo es posible en todos los tiempos».

Esto lo sabe, ya, hasta el más despistado de mis alumnos.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. La próxima primavera la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Orlando furioso

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/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

La furia de Orlando, como la de Aquiles, procede de una confusa y lamentable causa que pasaré a describir. Aquiles se enfada porque los griegos son tan tontos que se creen todo lo que les cuenta Homero acerca de Helena. Orlando se enfurece con Aristóteles porque, entre su cuento, Ariosto mete una endiablada cantidad de otros cuentos y cientos de magos, príncipes, caballeros y gentuza variada en hexámetros hexagonales hasta atiborrar París de sarracenos y el País Vasco de mandarines y aturufa a Carlomagno, quien a mitad de la epopeya se arma tal lío que quiere ir al notario a dejar el imperio como un proindiviso entre doña Urraca y Atila el cómodo, que donde dormía la siesta ya no crecían baobabs.

Carlomagno
Orlando o Roldan
Angélica
Agramante
Marsilio
Reinaldo
Nápoles
Ferragús
Sacripante
Bayardo
Bradamante
Reggio
Rogelio
Pinabel
Claramonte
Caballero del hipogrifo
Merlín
Melisa
Brunelo
Atlante
Alcina
Astolfo
Logistila
Ebuda
Cimosco
Olimpía
Biereno
Uberto
Fierabrás
Gradaso
Grandimarte
Almonte
El rey de Galicia
Cerbino

Personajes cuyas historias tienen lugar en docenas de países y que se cruzan para formar el más complejo galimatías de relatos que pueda ser concebido por una mente sensata en un delirio de peligros y hazañas en que los protagonistas se complican la vida innecesariamente para dar cumplimiento a unas oscuras necesidades literarias así como a la más extraña y rocambolesca historia de amores y aventuras incomprensibles, pero perfectamente razonadas por la pluma infinita de Ariosto. El Juego de tronos de la época caballeresca. El grado de interés que suscitaron sólo puede compararse con el grado de sueño que pueden suscitar obras tan enormes y de las que la naturaleza humana no ha podido prescindir a lo largo de los siglos. Obras infinitas que intentan poblar nuestra imaginación con tantos desmanes y desafueros que la mente acaba por sucumbir a tanta tragedia y endiablado embrollo. Y ponen a prueba la capacidad de resistencia de un mortal aún vivo pero que en su ingenuidad se pone en peligro de sucumbir a la suma total de calamidades que se suceden sin descanso ni respiro.

Una de las razones del cabreo orlandáceo es precisamente la irrefrenable incontinencia verbal que padece Ariosto y que priva al héroe de Roncesvalles del suficiente protagonismo como para verse obligado a compartirlo con una legión de príncipes y salvadoncellas, los cuales ensombrecen hasta casi oscurecer los atrevidos desplantes y envites del quijotesco y donjuanesco paladín, su esquilmada honra.

Orlando busca a Ludovico Ariosto en Ferrara y lo encuentra tomando un vaso de lambrusco con un pedazo de pizza en una pizzería de moda donde acuden otros poetas y todos mantienen una tertulia literaria donde se reparten temas y hexámetros a precio de saldo. Se arrima al artista y le espeta en la cara delante de todos:

—¡Ay de mí! Cómo he de verme arrastrado a la infamia y el descrédito por tanto chiflado como has embutido en mi obra maestra, aquélla en que yo debía triunfar ante Sacripante y merodear sobre Angélica para ver si es moza digna de un caballero tan lleno de cólera como el mismo Aquiles el argivo cuyo cabreo sobrecogió a Príamo y a un primo suyo de Calasparra que le había traído medio kilo de arroz para hacer una paella con la que inflamar los deseos de lucha de los troyanos, ya que al tener que repartirse entre todo el pueblo la birria de paella se iban a poner a caldo yugoslavo.

—¿Qué te pasa a ti? —responde Ludovico—. ¿Acaso no te gustan los inflamados y sutiles versos con que te proclamo el más enfurecido de los mortales para que las doncellas se derritan ante la presencia de tu yelmo proceloso? Mi cabreo no tiene límites y mi brazo, junto con el de Quijote el quisquilloso, hemos pensado juntarlos y hacer una sociedad de brazos sin límites para atiborrar a mamporros a todo el que opine lo que no debe ser opinado. Tente, oh remilgado Orlando, que no ha de tardar ya la sin par Virginia la Loba, la cual se llegará a componer también un bello asunto contigo de una prima suya que vive en Londres y que al principio es amiga tuya y más adelante se larga a Bizancio a estudiar magisterio.

—¿Y qué me va a mí en todo ese lío porque una señora quiera ser maestra de escuela?

—Cálmate y no te pongas nervioso, porque tú serás un joven inglés elegante y vas a ser tan agraciado que nadie te podrá decir ni pío, te vestirás en los mejores sastres de la City y podrás ir a las carreras de Ascott, donde conocerás a gente tan afilada en sus maneras que vas a aprender a limpiarte con una servilleta el morro después de la sopa de zorro isabelino.

—Coño, eso sí que me va a gustar.

—¿Ves, pedazo de tarugo, como yo sé lo que me hago? Luego, cuando seas más fino que una señorita pija, te vas a convertir en una tía de aquí te espero.

—¿Y eso para qué? ¿Qué coxones hago yo de tía, y además de esas remilgadas?

—Batallar por sus igualdades y que los hombres se vayan dando cuenta de que si fueran mujeres, querrían ser otra vez hombres porque se pasa mejor, y de esa guisa tendrás que guisar, planchar, comprar, criar, joderse, preñarse, fastidiarse, etcétera.

—No me gusta ni la historia ni esa Loba Virginia o lo que sea. Que se la lleven los mengues, pero a mí no me va a tocar ni un pelo de donde tú sabes.

—No es necesario tocar los pelos.

—Me da igual. Si viene, le dices de mi parte que estoy en Jerusalén con unos primos cruzados.

—No me digas que tienes ganas de meterte en ese barullo de las cruzada.,Mmenudo pollo siríaco tienen montado con lo del santo sepulcro el santo grial el santo prepucio y Simón templa el santo de los templarios.

—Es una promesa que le hice a una tía paralítica, pero mis primos sólo son cruzados de brazos para arriba, no los mueven ni para dormir la siesta con Ava Gardner.

—Caramba, qué contratiempo. ¿Y de qué viven?

—Bueno, como son cruzados de brazos, cuando se cruzan con alguien acostumbran a tirarles un buzón lleno de epístolas de san Pablo a la cabez,a con lo que consiguen indulgencia plenaria, que luego revenden en el mercado secundario de futuros.

—Vale, pero si has de tirar buzones a alguien, guárdate de hacerlo a críticos literarios o te arrepentirás, y te lo dice alguien que sabe de lo que habla.

Orlando salió de allí con el convencimiento de haber hecho un buen negocio dejando a la Woolf fuera de su vida, pero, nada más llegar al puerto se enroló como grumete en un yate que pertenecía al marido de Virginia Woolf y en lugar de Jerusalén fue a parar a Ibiza, donde acabó como agente de la sexualidad innobiliaria vendiendo juguetes para perros lgtbijk.

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Cultura

Compromisos y complejidades de Vasili Grossman

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/ por José de María Romero Barea /

Un escritor que se precie jamás se compromete con ningún sistema político. Al contrario, se reconoce en todas y cada una de las insurrecciones, sabe que la consecución del poder derrota a la esperanza, extorsiona al idealista al mando, lo convierte en burócrata sin alma, en monstruo cruel. Las narraciones de Vasili Grossman (Berdychiv, 1905 – Moscú 1964) siguen siendo pertinentes hoy, al igual que la conciencia de la dignidad herida que muestran sus novelas. Fue «no solo un enorme corresponsal en la segunda guerra mundial», en opinión del poeta británico y traductor literario Robert Chandler (1953), «sino un valiente disidente» cuya prosa, duramente trabajada e inusualmente poética, aporta una visión única de las fuerzas enfrentadas que nos conforman.

«Grossman entiende la necesidad de una planificación clara y racional, pero reconoce que en el conflicto armado, como en otros ámbitos vitales, todo depende de las intuiciones de la comprensión». Su reputación sigue siendo enorme, afirma el editor de la revista literaria Cardinal Points en su artículo «El escritor que captó la realidad de la guerra», al convertir en literatura el periodismo en primera línea: «Varias veces durante la marcha [Gromov, el fusilero antitanques] pensó que iba a derrumbarse. Pero siguió hasta el final. Ahora yacía recostado en una zanja, aullaba el infierno con mil voces, pero él dormitaba, estirando las piernas agotadas. El suyo era el magro y austero descanso de la soldadesca». En relatos como Vida y destino (1959; Galaxia Gutenberg 2007; traduce Marta Rebón), uno de los más abiertamente antisoviéticos de su autor, y por ello censurado, el reportero del Ejército Rojo creó un nuevo lenguaje para dejar constancia el devenir de los pueblos oprimidos en la cúspide del cambio.

En su ensayo para el número de verano de 2020 de la revista londinense The Critic, el premio AATSEEL a la mejor traducción en inglés 2007 afirma que sus experiencias en la Unión Soviética permitieron al autor de Todo fluye (1970; Galaxia Gutenberg 2008; traducción de Marta Rebón)tener una experiencia directa de la revolución, junto a una apasionada simpatía por las víctimas del nazismo y el comunismo, dos regímenes totalitarios enfrentados. Mientras escribe informes privados para los jefes del partido, sus narraciones reflejan a esos mismos gobernantes en descomposición: «Los soldados han recuperado el sol», redacta a modo de colofón de la batalla de Stalingrado, en agosto de 1942, «han recuperado la luz del día, han recuperado el derecho a caminar con la cabeza alta, bajo un pálido cielo azul, pisando la tierra de Stalingrado. Han recuperado el día».

Es la suya una crónica de primera mano, urdida en la dislocación de la barbarie, a merced de los horrores desatados no sólo por Hitler (sus descripciones del Holocausto fueron usados como prueba en los juicios de Núremberg), sino por el propio Stalin (igualmente antisemita). Vivió el que fuera, de 1941 a 1945, corresponsal del diario Krásnaya Zvezdá (Estrella Roja) en una sociedad que una vez defendió, aunque no tardaría en corromperse; habitó junto a las personas sobre las que escribía, «celebrando no solo a los generales, sino a los ordenanzas, a los soldados de base e incluso a un cartero»; aceptó sus privaciones, en definitiva, para obtener autenticidad.

A pesar de (o tal vez por) ello, «gran parte de la obra periodística y ficcional de Grossman está disponible solo en ediciones hiper-censuradas». De ahí la oportunidad de la primera versión inglesa de los 12 artículos del periodista judeorruso sobre la batalla de Stalingrado (Stalingrad, NYRB Classics, 2019), a cargo del propio Chandler y su esposa Elizabeth (Por una causa justa, traducción de Andréi Kozinets, Galaxia Gutenberg, 2011), un volumen que supuso la colusión definitiva con las autoridades comunistas, al no ignorar ninguna de las incómodas evidencias. A base de enfrentarse a ellas, una crítica fascinante de su tiempo, además de un estudio desencantado de la existencia bajo el autoritarismo, con todos los compromisos y complejidades que conlleva, al resumir lo mismo la arrogancia y los absurdos de la autocracia que su monótona obsequiosidad.

«Los soldados del Ejército Rojo veían a Grossman como uno de ellos», apostilla el Premio Rossica de Traducción 2007, «alguien que eligió compartir sus vidas en lugar de limitarse a elogiar la estrategia militar de Stalin desde la seguridad del cuartel general, lejos de la línea del frente». Stalingrado, precuela de Vida y destino, no publicada hasta 1988, supone «una meditación sobre la historia literaria rusa y la capacidad de la humanidad para construir y destruir», a base de breves tratados sobre la tiranía y la rebelión tan pertinentes hoy como cuando fueron concebidos, raudos informes revolucionarios del caos repleto de observaciones que han inspirado a generaciones de reporteros, tensas parábolas del abuso llenas de descripciones vívidas en entrevistas melancólicas con la posteridad, elegíacos daguerrotipos de un mundo perdido.


José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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