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Cultura

‘Contrariedades’, de Mario Pérez Antolín

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/ una reseña de Jaime Siles /

Mario Pérez Antolín se mueve en un territorio filosófico-literario de no siempre fácil clasificación por lo amplio y complejo de los temas tratados en el mismo. Y no es que al género por el que opta le falte tradición. No, nada de eso: el suyo parte de la gnomé griega, se impregna de la sententia latina, disfruta con la geografía del aforismo, se divierte con el apotegma y alcanza esa porción de rápida y enigmática certidumbre que produce la frase encontrada, más que por la marmórea frialdad del razonamiento, por el ágil capricho que generan las misteriosas acrobacias del azar. La suya, pues, es la reine Agilität de Fichte y en ella se encuentra muy a gusto en esa mixtura, bien dosificada, que combina a partes iguales ironía, inteligencia, humor, denuncia, crítica, reflexión y placer. Como Aristófanes, afirma que «sólo nos salva el ridículo» y muestra aquellos en que suelen caer las ideologías. De ahí que no renuncie a desenmascarar sus trampas, sin que ello le impida llegar a conclusiones como ésta, muy próxima al verso: «La mansedumbre con que cae la nieve congela el tiempo». Yo, que he visto caer mucha, puedo corroborar esta afirmación que no se encuentra lejos de una de las mejores páginas de Thomas Mann. La muerte le parece un «fracaso» mayor que todas las decepciones, pérdidas y derrotas que podamos sufrir. Lo que su mirada busca es «lo subyacente y lo subyugante». Por eso «la evidencia científica y la sugerencia poética» no son vías distintas para él: ambas confluyen al permitirnos «la captación plena de lo comprensible», como sucede en su atisbo de que «detrás del insípido poniente, se esconde un retrato de blancura nunca visto». Admira la extraña sensación con que nos desdoblamos en el sueño y que nos convierte «al mismo tiempo en personaje y observador», ya que contemplamos «fuera lo que está dentro».

No otra cosa —conviene recordar— decía Goethe a propósito de la indivisible unión de fondo y forma: «Nada hay dentro, nada hay fuera; lo que hay dentro, eso hay fuera». Según Ortega, «una vida mirada así, desde su intimidad, no tiene forma». Lo que Julián Marías explica del siguiente modo: «La forma es siempre el aspecto externo que una realidad ofrece al ojo cuando la contempla desde fuera, haciendo de ella mero objeto. Cuando algo es sólo objeto, es sólo aspecto para otro y no realidad para sí». A veces él mismo se enamora del caballo de salto que es su propia sintaxis y juega con las construcciones del tipo qué más adjetivo y dativo —como en latín— alargándoles las colas como si fuera la de un cometa. Otras lo hace con la coloratura fónica que ofrecen los komposita etimológicos: como cuando afirma que le repugnan las confidencias y que confía «sólo en los libertos-libertarios-libérrimos-libertinos». En ocasiones se decanta por la observación ética —como cuando subraya que «nuestra cultura moral descansa en la represión masoquista del instinto y en la hipertrofia alambicada de la conciencia»— y hay algunas en las que articula un diálogo de tono y temperatura teatral. Reconoce que desconfía de las palabras, pero ellas son el material con el que, como artesano del lenguaje, trabaja, e insiste en las terribles consecuencias del pecado de hybris que los griegos tematizaron ya. Hace agudas observaciones sobre el carrito de la compra y el carrito del golf, señalando sus similitudes y —claro está— también sus diferencias. Y no duda en indicar el magnetismo que entre la prolepsis y la analepsis se establece. No se le oculta la condición lingüística y social del ser humano, y se declara «un agnóstico al que le gusta la oración». Lo que le hace ser lector de poesía. Roza las tentaciones de la carencia de toda volición, pero pronto cae en la cuenta de que una decisión así sólo comportaría «una vida plena pero nula». Horaciano más de lo que él mismo cree, siente ante sí tanto el cambiante espectáculo de la naturaleza —que definió Heráclito— y la sensación que nos produce «el detrimento de lo estacionario». Se opone a Ausonio, a los poetas barrocos y a Rilke que tantas vueltas de tuerca dieron al símbolo de la rosa porque para él «vivir es penar y gozar» pero «nunca a partes iguales». Confía en el arte más que en la filosofía y, próximo a Heidegger, sostiene que no alcanzamos la verdad «porque no estamos preparados para ella». Homólogo de Ulises, difiere de él en su consideración de lo que significa nadie, y, llegado a la edad que ahora tiene, advierte que ya es «más evocable que futurible». No oculta su sonrisa al afirmar que «el contrato social se ha roto debido a la letra pequeña y a las cláusulas adicionales» que lo desvirtúan y enmarañan. Y por ello expresa su deseo de ser ilocalizable y «desaparecer de los registros y las bases de datos». Lo que no le impide hacer el plástico, lírico e interesante apunte: «Una coreografía de patos salvajes introduce algo de movimiento en este atardecer lacustre de abedules próximos a la desfiguración». Y el lector piensa que este término —desfiguración— constituye una de las bases de su poética; otro —como para compensarlo— sería figuraciones, pues uno y otro configuran —nunca mejor dicho— la sístole y diástole de su pensar y de su decir.

No podía faltar aquí —junto a la preocupación por lo político, lo económico y lo social que destella de un modo u otro a lo largo del libro— otra, que tiene que ver con todas ellas y que se ha convertido ya en uno de los males de nuestro tiempo: el ordenancismo que -—como advierte Pérez Antolín— «agarrota la democracia», dado que el «exceso de ley implica un detrimento del arbitrio». Sabedor de ello y tal vez como respuesta y resistencia a ello, la segunda parte del libro insiste en la narración y toma la forma del relato como Platón, para hacer frente a la tragedia ática, optó por el diálogo. Lo que le lleva a meditar sobre lo que llama la «ilegibilidad metafórica»; el que cada vez haya menos «capas de lectura» y que, consecuencia de ello, corramos el riesgo de que la insignificancia se adueñe del texto «y el esquematismo funcional pase del acto de comunicación a la inteligencia en su conjunto». Dictamen tan sabio como duro y tan claro como objetivo que debería no invitarnos sino obligarnos a reflexionar sobre esta peligrosa tendencia de nuestra cultura que se inclina hacia una cada vez más imperfecta verbalización y, por tanto, interpretación de nuestra realidad, con todo lo que ello lleva consigo y que incluye, entre otras posibles cosas, la evolución regresiva, la pérdida de la doble articulación y quién sabe si también el volver a caminar a cuatro patas.

Tampoco la información se libra de la aguda mirada de Pérez Antolín, para quien «los informes» son «una herramienta perfecta, que combina información y manipulación, para engañar al que decide» o —al revés— para que el que decide, engañe. Pero no se detiene ahí: también las minorías, selectas antes y ahora perseguidas, atraen su atención. Y —como no podía ser menos— los «poetas estilísticamente superdotados» que «son del todo intraducibles» porque «no se puede verter la escritura que hay dentro de la escritura». Fina observación que afecta no sólo a los poetas, sino también a la traductología y la teoría literaria y sobre la que habría que meditar, como también sobre su enmienda a Locke y su división de las ideas en sensitivas y reflexivas, a las que nuestro autor añade otra: las emotivas. Lo que se comprende cuando él mismo habla «de un cielo licuado en su propia inmensidad» y describe al turista como «ese que mira, pero no contempla». Su propia generación y él mismo, encubierto bajo un tú-testaferro, es objeto de crítica aquí. Y ello, con varios desarrollos: uno, de tipo descriptivo, y otro, que es como una carga de profundidad. En este último llega a afirmar que «cuando pensamos, deberían subtitularnos», y que «cuando hablamos, deberían enmudecernos». Y, por si esto fuera poco, distingue además dos tipos de exiliados: «los que están en una tierra que no es la suya y los que están en un tiempo que no es el suyo». Uno tiene la sensación de que todos somos exiliados de los dos tipos. Y él —como Juan Ramón Jiménez, Paul Celan y José Ángel Valente— insiste en que le «gustaría ser menos yo y más nadie»: entre otras cosas, por el cansancio de uno mismo, pero no menos porque sabe que «el secreto es el refugio de la verdad» y que sólo ocultándonos de nosotros podemos llegar a ser nosotros mismos.

La tercera parte del libro —titulada «Dudas que alumbran»— trata sobre la imaginación, la celebridad, lograda por el mérito o por la infamia, y este actual riesgo contra el que nos previene: «La peor combinación posible —dice— es un líder que dirige y manipula junto con una masa que aplasta y obedece». A ello añade esta otra observación, no menos aguda, y, en los tiempos que corren, necesaria: «La cultura evita que el igualitarismo degenere en vulgaridad siempre que la calidad de los contenidos sapienciales no se vea dañada por la excesiva simplificación», a la que tan adictos y afectos son nuestros sucesivos gobernantes. Pérez Antolín lamenta otro hecho no menos perjudicial: que «lo estándar se come lo distintivo» y que «después del prototipo viene la serie» y, con ella, la malaria moral de una sociedad que da derechos, pero no posibilidades. Su descripción de lo que llama «el decálogo de las democracias» me hace recordar el del poeta norteamericano Evans S. Connell, que, en uno de sus momentos más lúcidos, llega a escribir algo tan incorrectamente político como esto, que dejo en inglés para que nadie me malinterprete: «Of political perversions, is tyranny the worst/ and democracy the best? The first elevates the tyrant/, the second debases the people». Pero para él todo el derrumbe humano y social al que asistimos es el resultado de haber sustituido la teología por la antropología y de haber convertido los sistemas en lo que acaso realmente son: una forma de cárcel. Su pesimismo no le hace perder el sentido del humor sino que más bien se lo incrementa; véase, si no, este hilarante aforismo: «Era tan tardo que, para cuando se le ocurría la frase apropiada, su interlocutor ya no estaba». Y ello, sin abandonar nunca su interés por lo transcendente.

El cuarto movimiento —«Incómodo rincón de controversias»— no lo es tanto porque ni es rincón ni es incómodo ni hay tampoco en él —a no ser en sentido figurado o fingido— controversias. Lo que sí hay —y mucho— son juicios y opiniones más o menos tajantes, pero que nunca hieren o molestan porque el lector acepta de buen grado lo que ellas expresan: desde lo que dice sobre las quintas de Beethoven, Mahler y Shostakóvich hasta lo que dice sobre las diferencias entre las generaciones. Y hay numerosos aciertos en observaciones literarias como éstas: que «nadie puede escribir sin antes desintegrarse en el enunciado para después reconstruirse en el significado» o que «en el acto lingüístico importa tanto lo decible como lo dicho». Para él el pasado es «memorioso; el presente, perceptivo»; y «el futuro, conjetural». Y en cuanto al amor —al que abundan aquí las referencias y que define «como el pizzicato del tercer movimiento de la Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky»— «no admite —dice— adjetivos, como la muerte no admite redundancias».

Contrariedades es un libro que se deja leer, que se debe leer, que se disfruta leyéndolo porque su autor es un hombre culto, pero no pedante, comprometido con las luces y sombras de su tiempo, que expone sus perplejidades tanto como sus certidumbres y que sabe que «cada libro sólo se deja leer por un único lector». Ojalá lo seas tú, como lo he sido yo, de éste.


Contrariedades
Mario Pérez Antolín
La Isla de Siltolá, 2020
144 páginas
12€

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¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Orlando furioso

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/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

La furia de Orlando, como la de Aquiles, procede de una confusa y lamentable causa que pasaré a describir. Aquiles se enfada porque los griegos son tan tontos que se creen todo lo que les cuenta Homero acerca de Helena. Orlando se enfurece con Aristóteles porque, entre su cuento, Ariosto mete una endiablada cantidad de otros cuentos y cientos de magos, príncipes, caballeros y gentuza variada en hexámetros hexagonales hasta atiborrar París de sarracenos y el País Vasco de mandarines y aturufa a Carlomagno, quien a mitad de la epopeya se arma tal lío que quiere ir al notario a dejar el imperio como un proindiviso entre doña Urraca y Atila el cómodo, que donde dormía la siesta ya no crecían baobabs.

Carlomagno
Orlando o Roldan
Angélica
Agramante
Marsilio
Reinaldo
Nápoles
Ferragús
Sacripante
Bayardo
Bradamante
Reggio
Rogelio
Pinabel
Claramonte
Caballero del hipogrifo
Merlín
Melisa
Brunelo
Atlante
Alcina
Astolfo
Logistila
Ebuda
Cimosco
Olimpía
Biereno
Uberto
Fierabrás
Gradaso
Grandimarte
Almonte
El rey de Galicia
Cerbino

Personajes cuyas historias tienen lugar en docenas de países y que se cruzan para formar el más complejo galimatías de relatos que pueda ser concebido por una mente sensata en un delirio de peligros y hazañas en que los protagonistas se complican la vida innecesariamente para dar cumplimiento a unas oscuras necesidades literarias así como a la más extraña y rocambolesca historia de amores y aventuras incomprensibles, pero perfectamente razonadas por la pluma infinita de Ariosto. El Juego de tronos de la época caballeresca. El grado de interés que suscitaron sólo puede compararse con el grado de sueño que pueden suscitar obras tan enormes y de las que la naturaleza humana no ha podido prescindir a lo largo de los siglos. Obras infinitas que intentan poblar nuestra imaginación con tantos desmanes y desafueros que la mente acaba por sucumbir a tanta tragedia y endiablado embrollo. Y ponen a prueba la capacidad de resistencia de un mortal aún vivo pero que en su ingenuidad se pone en peligro de sucumbir a la suma total de calamidades que se suceden sin descanso ni respiro.

Una de las razones del cabreo orlandáceo es precisamente la irrefrenable incontinencia verbal que padece Ariosto y que priva al héroe de Roncesvalles del suficiente protagonismo como para verse obligado a compartirlo con una legión de príncipes y salvadoncellas, los cuales ensombrecen hasta casi oscurecer los atrevidos desplantes y envites del quijotesco y donjuanesco paladín, su esquilmada honra.

Orlando busca a Ludovico Ariosto en Ferrara y lo encuentra tomando un vaso de lambrusco con un pedazo de pizza en una pizzería de moda donde acuden otros poetas y todos mantienen una tertulia literaria donde se reparten temas y hexámetros a precio de saldo. Se arrima al artista y le espeta en la cara delante de todos:

—¡Ay de mí! Cómo he de verme arrastrado a la infamia y el descrédito por tanto chiflado como has embutido en mi obra maestra, aquélla en que yo debía triunfar ante Sacripante y merodear sobre Angélica para ver si es moza digna de un caballero tan lleno de cólera como el mismo Aquiles el argivo cuyo cabreo sobrecogió a Príamo y a un primo suyo de Calasparra que le había traído medio kilo de arroz para hacer una paella con la que inflamar los deseos de lucha de los troyanos, ya que al tener que repartirse entre todo el pueblo la birria de paella se iban a poner a caldo yugoslavo.

—¿Qué te pasa a ti? —responde Ludovico—. ¿Acaso no te gustan los inflamados y sutiles versos con que te proclamo el más enfurecido de los mortales para que las doncellas se derritan ante la presencia de tu yelmo proceloso? Mi cabreo no tiene límites y mi brazo, junto con el de Quijote el quisquilloso, hemos pensado juntarlos y hacer una sociedad de brazos sin límites para atiborrar a mamporros a todo el que opine lo que no debe ser opinado. Tente, oh remilgado Orlando, que no ha de tardar ya la sin par Virginia la Loba, la cual se llegará a componer también un bello asunto contigo de una prima suya que vive en Londres y que al principio es amiga tuya y más adelante se larga a Bizancio a estudiar magisterio.

—¿Y qué me va a mí en todo ese lío porque una señora quiera ser maestra de escuela?

—Cálmate y no te pongas nervioso, porque tú serás un joven inglés elegante y vas a ser tan agraciado que nadie te podrá decir ni pío, te vestirás en los mejores sastres de la City y podrás ir a las carreras de Ascott, donde conocerás a gente tan afilada en sus maneras que vas a aprender a limpiarte con una servilleta el morro después de la sopa de zorro isabelino.

—Coño, eso sí que me va a gustar.

—¿Ves, pedazo de tarugo, como yo sé lo que me hago? Luego, cuando seas más fino que una señorita pija, te vas a convertir en una tía de aquí te espero.

—¿Y eso para qué? ¿Qué coxones hago yo de tía, y además de esas remilgadas?

—Batallar por sus igualdades y que los hombres se vayan dando cuenta de que si fueran mujeres, querrían ser otra vez hombres porque se pasa mejor, y de esa guisa tendrás que guisar, planchar, comprar, criar, joderse, preñarse, fastidiarse, etcétera.

—No me gusta ni la historia ni esa Loba Virginia o lo que sea. Que se la lleven los mengues, pero a mí no me va a tocar ni un pelo de donde tú sabes.

—No es necesario tocar los pelos.

—Me da igual. Si viene, le dices de mi parte que estoy en Jerusalén con unos primos cruzados.

—No me digas que tienes ganas de meterte en ese barullo de las cruzada.,Mmenudo pollo siríaco tienen montado con lo del santo sepulcro el santo grial el santo prepucio y Simón templa el santo de los templarios.

—Es una promesa que le hice a una tía paralítica, pero mis primos sólo son cruzados de brazos para arriba, no los mueven ni para dormir la siesta con Ava Gardner.

—Caramba, qué contratiempo. ¿Y de qué viven?

—Bueno, como son cruzados de brazos, cuando se cruzan con alguien acostumbran a tirarles un buzón lleno de epístolas de san Pablo a la cabez,a con lo que consiguen indulgencia plenaria, que luego revenden en el mercado secundario de futuros.

—Vale, pero si has de tirar buzones a alguien, guárdate de hacerlo a críticos literarios o te arrepentirás, y te lo dice alguien que sabe de lo que habla.

Orlando salió de allí con el convencimiento de haber hecho un buen negocio dejando a la Woolf fuera de su vida, pero, nada más llegar al puerto se enroló como grumete en un yate que pertenecía al marido de Virginia Woolf y en lugar de Jerusalén fue a parar a Ibiza, donde acabó como agente de la sexualidad innobiliaria vendiendo juguetes para perros lgtbijk.

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Cultura

Compromisos y complejidades de Vasili Grossman

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/ por José de María Romero Barea /

Un escritor que se precie jamás se compromete con ningún sistema político. Al contrario, se reconoce en todas y cada una de las insurrecciones, sabe que la consecución del poder derrota a la esperanza, extorsiona al idealista al mando, lo convierte en burócrata sin alma, en monstruo cruel. Las narraciones de Vasili Grossman (Berdychiv, 1905 – Moscú 1964) siguen siendo pertinentes hoy, al igual que la conciencia de la dignidad herida que muestran sus novelas. Fue «no solo un enorme corresponsal en la segunda guerra mundial», en opinión del poeta británico y traductor literario Robert Chandler (1953), «sino un valiente disidente» cuya prosa, duramente trabajada e inusualmente poética, aporta una visión única de las fuerzas enfrentadas que nos conforman.

«Grossman entiende la necesidad de una planificación clara y racional, pero reconoce que en el conflicto armado, como en otros ámbitos vitales, todo depende de las intuiciones de la comprensión». Su reputación sigue siendo enorme, afirma el editor de la revista literaria Cardinal Points en su artículo «El escritor que captó la realidad de la guerra», al convertir en literatura el periodismo en primera línea: «Varias veces durante la marcha [Gromov, el fusilero antitanques] pensó que iba a derrumbarse. Pero siguió hasta el final. Ahora yacía recostado en una zanja, aullaba el infierno con mil voces, pero él dormitaba, estirando las piernas agotadas. El suyo era el magro y austero descanso de la soldadesca». En relatos como Vida y destino (1959; Galaxia Gutenberg 2007; traduce Marta Rebón), uno de los más abiertamente antisoviéticos de su autor, y por ello censurado, el reportero del Ejército Rojo creó un nuevo lenguaje para dejar constancia el devenir de los pueblos oprimidos en la cúspide del cambio.

En su ensayo para el número de verano de 2020 de la revista londinense The Critic, el premio AATSEEL a la mejor traducción en inglés 2007 afirma que sus experiencias en la Unión Soviética permitieron al autor de Todo fluye (1970; Galaxia Gutenberg 2008; traducción de Marta Rebón)tener una experiencia directa de la revolución, junto a una apasionada simpatía por las víctimas del nazismo y el comunismo, dos regímenes totalitarios enfrentados. Mientras escribe informes privados para los jefes del partido, sus narraciones reflejan a esos mismos gobernantes en descomposición: «Los soldados han recuperado el sol», redacta a modo de colofón de la batalla de Stalingrado, en agosto de 1942, «han recuperado la luz del día, han recuperado el derecho a caminar con la cabeza alta, bajo un pálido cielo azul, pisando la tierra de Stalingrado. Han recuperado el día».

Es la suya una crónica de primera mano, urdida en la dislocación de la barbarie, a merced de los horrores desatados no sólo por Hitler (sus descripciones del Holocausto fueron usados como prueba en los juicios de Núremberg), sino por el propio Stalin (igualmente antisemita). Vivió el que fuera, de 1941 a 1945, corresponsal del diario Krásnaya Zvezdá (Estrella Roja) en una sociedad que una vez defendió, aunque no tardaría en corromperse; habitó junto a las personas sobre las que escribía, «celebrando no solo a los generales, sino a los ordenanzas, a los soldados de base e incluso a un cartero»; aceptó sus privaciones, en definitiva, para obtener autenticidad.

A pesar de (o tal vez por) ello, «gran parte de la obra periodística y ficcional de Grossman está disponible solo en ediciones hiper-censuradas». De ahí la oportunidad de la primera versión inglesa de los 12 artículos del periodista judeorruso sobre la batalla de Stalingrado (Stalingrad, NYRB Classics, 2019), a cargo del propio Chandler y su esposa Elizabeth (Por una causa justa, traducción de Andréi Kozinets, Galaxia Gutenberg, 2011), un volumen que supuso la colusión definitiva con las autoridades comunistas, al no ignorar ninguna de las incómodas evidencias. A base de enfrentarse a ellas, una crítica fascinante de su tiempo, además de un estudio desencantado de la existencia bajo el autoritarismo, con todos los compromisos y complejidades que conlleva, al resumir lo mismo la arrogancia y los absurdos de la autocracia que su monótona obsequiosidad.

«Los soldados del Ejército Rojo veían a Grossman como uno de ellos», apostilla el Premio Rossica de Traducción 2007, «alguien que eligió compartir sus vidas en lugar de limitarse a elogiar la estrategia militar de Stalin desde la seguridad del cuartel general, lejos de la línea del frente». Stalingrado, precuela de Vida y destino, no publicada hasta 1988, supone «una meditación sobre la historia literaria rusa y la capacidad de la humanidad para construir y destruir», a base de breves tratados sobre la tiranía y la rebelión tan pertinentes hoy como cuando fueron concebidos, raudos informes revolucionarios del caos repleto de observaciones que han inspirado a generaciones de reporteros, tensas parábolas del abuso llenas de descripciones vívidas en entrevistas melancólicas con la posteridad, elegíacos daguerrotipos de un mundo perdido.


José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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