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La pandemia actual a la luz de las grandes crisis de mortalidad españolas de los siglos XVIII al XX

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De Enrique Llopis Agelán* (Universidad Complutense) y Vicente Pérez Moreda** (Universidad Complutense y Real Academia de la Historia). Este texto ha sido reproducido también en el Blog Conversaciones sobre la Historia.

André Mazet atendiendo a los enfermos de fiebre amarilla en Barcelona, litografía de Jacques-Etienne-Victor Arago (S. XIX) | Imagen Colección Wellcome

El propósito principal de este artículo es presentar la actual pandemia en perspectiva histórica, comparándola con las grandes crisis de mortalidad registradas en Castilla o en España en los siglos XVIII, XIX y XX. Sirva como adelanto que el impacto del COVID-19 en España está siendo mucho menos letal que las frecuentes crisis que azotaron nuestro país en el pasado.

Desde hace mucho tiempo, el Grupo Complutense de Historia Económica Moderna de la Universidad Complutense lleva reconstruyendo, en archivos parroquiales y diocesanos de varias regiones, series anuales seculares de los sucesos vitales de los siglos XVI-XIX. Dicho Grupo ha confeccionado más de 700 series de bautizados y cerca de 300 de defunciones. Nos centraremos aquí en los datos procedentes de las partidas de defunción y bautismo de 138 localidades de nueve provincias castellanas (Burgos, Palencia, Zamora, Ávila, Segovia, Madrid, Guadalajara, Ciudad Real y Albacete), por medio de los cuales podremos examinar no sólo la evolución de la mortalidad (tasas brutas de mortalidad anuales, previamente reconstruidas) entre 1700 y 1889, sino también identificar y medir la frecuencia e intensidad de las alzas bruscas (las crisis) de mortalidad del pasado. Otro tanto se hace con referencia al periodo siguiente, de 1890 a 2019, analizando en este caso las crisis de mortalidad en el conjunto español, para compararlas con las de la amplia muestra “castellana” de los dos siglos anteriores; y finalmente, unas y otras, con la sobremortalidad y la intensidad de la actual crisis epidémica que estamos padeciendo, la provocada por la Covid-19.

En el gráfico 1 se puede observar el número de crisis de mortalidad detectadas en esa amplia muestra de localidades castellanas durante los siglos XVIII y XIX, y en la España del periodo 1900-2020, así como la sobremortalidad o incremento sobre la mortalidad ordinaria que se registró en cada una de ellas y el nivel que alcanzó la tasa bruta de mortalidad en cada fecha. El gráfico 2 muestra la intensidad de la mortalidad “extraordinaria” en cada año de crisis. Hemos considerado que se trataba de una crisis de mortalidad cuando la tasa bruta superaba en más de un 20 % al valor de la media truncada de once años centrada en el año en cuestión.

En Castilla, el promedio de la tasa bruta de mortalidad fue del 40,1 ‰ en 1700-1799, del 48,2 ‰ en 1800-1814 y del 33,7 ‰ en 1815-1889. Estas tasas eran superiores a las registradas en otras regiones periféricas españolas y en la mayor parte de países de Europa occidental. Aunque el riesgo de muerte descendió en Castilla después de la Guerra de la Independencia, tal caída duró poco tiempo y fue mucho menor que las registradas en la mayor parte de regiones del occidente europeo en el siglo XIX.  En España, el promedio de la tasa bruta de mortalidad fue del 24,5 ‰ en 1890-1930, del 12,5 ‰ en 1931-1965 y del 8,4 ‰ en 1965-2019. La transición demográfica se inició en nuestro país en la década final del siglo XIX, y la gran caída de la mortalidad estaba ya prácticamente completada en el decenio de 1960.

Castilla conoció 16 años de crisis de mortalidad en el siglo XVIII, 13 de ellos en su primera mitad y solo 3 en la segunda; y 10 en el XIX, 8 de ellos antes de 1850. Y en España, entre 1890 y 2019, solo se detectan dos crisis de mortalidad, la de 1918 y la de 1941. La intensidad de la pandemia de gripe en la primera de esas fechas superó ligeramente el 50 %, y en 1941, un año especialmente duro en la primera posguerra, apenas rebasó el 20 %. Por tanto, la mortalidad catastrófica se moderó en la segunda mitad del siglo XVIII, pero repuntó con violencia en la primera del XIX y, aunque su aparición fue desde entonces más débil y más insólita, no quedó erradicada por completo hasta mediados del siglo XX.

En el siglo XVIII, los principales episodios de mortalidad catastrófica tuvieron lugar en los años de la Guerra de Sucesión y en la década de 1740.  Las crisis de mortalidad de la segunda mitad del siglo, menores en número e intensidad, se pueden calificar como crisis agrarias o “mixtas”, si bien cabe destacar la naturaleza epidémica de la de 1786, que se inscribe dentro del marco de la grave irrupción epidémica de “tercianas” (malaria).

En la Castilla del siglo XIX, el 60 % de los años de crisis y el 64 % de la sobremortalidad se concentraron entre 1803 y 1813. Tras la Peste Negra de 1348-1351, o en todo caso tras la peste de 1596-1602, el mayor descalabro demográfico en dicho territorio fue, sin duda, el del trienio 1803-1805. Resultó brutal por su prolongada duración, su enorme intensidad y su casi completa universalidad –muy pocas localidades castellanas se libraron de este desastre-. El epicentro de la crisis se ubicó en 1804: solo en ese año falleció más del 11% de la población castellana. La sangría demográfica, por sobremortalidad y desnatalidad simultáneas, la hemos estimado en algo más de 450.000 individuos, y como es probable que Castilla contara con algo más de 3 millones de habitantes hacia 1802, resulta bastante verosímil que perdiese no menos del 15 % de su población en este trienio tan letal.

A diferencia de otras importantes crisis de mortalidad que tuvieron un carácter europeo, la de 1803-1805 solo se registró en España. Afectó a casi todas las regiones peninsulares, pero la magnitud de los destrozos demográficos fue mayor en las provincias castellanas, sobre todo de la Meseta septentrional, que en el resto de territorios peninsulares. ¿Por qué fue tan descomunal esta crisis? En Castilla, en la década de 1790, la natalidad había crecido, la mortalidad se había moderado y el crecimiento agrario se había avivado. Sin embargo, las amenazas y los desequilibrios económicos y financieros habían aumentado en ese tramo final del siglo XVIII. En el primer quinquenio del XIX se formó y estalló una “tormenta” casi perfecta. Las guerras napoleónicas, el conflicto con Inglaterra, las perturbaciones en el comercio internacional, el relativamente alto precio de los granos en muchos mercados europeos, el incremento de la presión fiscal y la escasa capacidad operativa de los pósitos y otras instituciones de beneficencia –de cuyos capitales y patrimonio se había apropiado la Real Hacienda para evitar el desmoronamiento del crédito público-, constituyeron parte del telón de fondo de tal desastre. Ahora bien, los principales factores determinantes del enorme descalabro demográfico y económico del trienio 1803-1805 fueron: 1) la sucesión de varias malas y pésimas cosechas desde el año agrícola 1800/1801, 2) el estrangulamiento de los mercados fruto de numerosas revueltas populares que indujeron o forzaron a las autoridades locales a solicitar, amparar o decretar la prohibición de la saca de granos; y, 3) varias importantes epidemias -fiebre tifoidea, paludismo, disentería, fiebre amarilla…-, cuya cronología, difusión y letalidad son todavía poco conocidas.

La situación volvió a empeorar durante la Guerra de la Independencia. En las dos Castillas, el año 1812 constituyó el de mayor mortalidad y fue recordado como el “año del hambre” en muchos sitios, sobre todo en la ciudad de Madrid. Las malas cosechas, agravadas por la guerra, desataron entonces una enorme carestía, de consecuencias terribles para la población de la capital, donde murieron entre 20 y 26.000 personas adultas, aún bastantes más de las que habían fallecido en 1804 en dicha urbe. El efecto conjunto de estas grandes crisis de los primeros quince años del Ochocientos se puede cifrar en una pérdida demográfica mínima de unos 800.000 habitantes.

En lo que resta del siglo XIX, tras las del periodo napoleónico, sólo se registraron en las provincias meseteñas cuatro crisis de mortalidad, siendo las más graves las originadas por el cólera morbo en sus dos primeras apariciones: 1834 y 1855, que es cuando alcanzó su máxima extensión y letalidad (unas 300.000 y casi 250.000 defunciones respectivamente). La tercera y la cuarta oleadas de cólera, en 1865 y 1885, fueron más débiles y la sobremortalidad respectiva no alcanzó en esos años el 20 % en el conjunto de Castilla. Sí lo hicieron, sin embargo, algunas de las carestías que periódicamente castigaron a la región, como la que sobrevino en 1868, cuyos efectos económicos y sociales, visibles ya en ese año, y sobre todo en el siguiente en el alza de la mortalidad, han sido destacados por otros autores.

Aplicando a los datos españoles del siglo XX los mismos criterios de identificación y medida de la mortalidad de crisis, sólo podemos detectar dos en toda la centuria. La primera y más importante fue la protagonizada por la pandemia gripal en 1918, que se acusó, con menor intensidad en 1919 y 1920, causando en total, según distintas estimaciones, entre 200 y 260.000 víctimas; o tal vez entre 240 y 260.000 como mejor aproximación, si se tienen en cuenta las diagnosticadas por patologías conexas. Sólo en 1918 esta pandemia ocasionó una severa crisis de mortalidad con cerca de 150.000 defunciones, pudiendo ser considerada, por su magnitud y otras características (una morbilidad estimada en unos 8 millones de personas, más de un tercio de los habitantes totales del país), la última de las grandes mortandades de naturaleza epidémica sufridas por la población española en el transcurso de su historia (y, por cierto, más grave en las provincias castellanas, sobre todo de la meseta norte, que en el conjunto español). La mortalidad causada por la Guerra Civil y la inmediata posguerra se refleja en los datos demográficos distribuidos entre 1937 y 1941, y hay coincidencia en admitir que dicho conflicto elevó las cifras de mortalidad durante esos cinco años en unas 560.000 víctimas, directas e indirectas. Pero solo en 1941, el peor año de la posguerra, cuando la mortalidad volvió a crecer bajo el efecto de la hambruna, el tifus y otros factores adversos, podemos detectar, en el conjunto español una crisis que apenas alcanza el 20 %, el umbral mínimo establecido (y que con toda seguridad no llega a alcanzar dicho nivel en la muestra “castellana”).

Tras este recorrido por la mortalidad “catastrófica” de los tres últimos siglos, y sin necesidad de remontarnos a las mucho más frecuentes y terribles pestes medievales y de los primeros tiempos modernos, la mortalidad originada por la actual epidemia de Covid-19, y, si no se padecen antes de finales de este año 2020 nuevas oleadas graves de la misma, resulta sin duda mínima, en comparación con la de las frecuentes crisis del pasado en nuestro país. Dicho sea esto en términos estadísticos, como se comprueba en los gráficos que se adjuntan. Admitiendo, como ya se hace unánimemente, un total de 40.000 defunciones por Covid-19 durante todo este año (una cifra “prudente” de las víctimas totales que directa o indirectamente puede haber causado, hasta estas fechas de mediados del año, la pandemia), la sobremortalidad por esta causa añadirá 0,85 puntos por 1,000 a la mortalidad “ordinaria” (que podríamos admitir que, en ausencia del Sars-Cov-2 sería similar a la de los 5 años anteriores: unas 420.000 defunciones). La incidencia del actual repunte de mortalidad sería del 9,5 % sobre la mortalidad “normal” o habitual, elevando la tasa bruta de mortalidad de este año del 9 al 9,8 por 1,000. Si las defunciones anuales por la nueva enfermedad fueran de 50.000, la tasa bruta de mortalidad ascendería muy poco más, al 10 por por 1,000, y la intensidad de esta mortalidad recién sobrevenida no llegaría al 12 % (11,89 exactamente), muy lejos, por tanto, del umbral mínimo fijado para calificar a 2020 como año de crisis de mortalidad.

No son estos cálculos ni estas reflexiones, ciertamente, un alivio, ni mucho menos un menosprecio del dolor por las numerosas pérdidas humanas, de los riesgos que han tenido que asumir todos los sanitarios y los que se ocupan de proporcionarnos los servicios esenciales, del sufrimiento de muchas personas mayores que viven solas, de los profundos cambios en nuestras vidas, del preocupante incremento del desempleo, del cierre de numerosas empresas y de otros problemas de diversa índole a los que tienen que enfrentarse los individuos, los gobiernos y todas las instituciones sociales en estos momentos. Pero al menos deberían servir para pensar en la frecuencia y enorme intensidad de todas las situaciones individuales y colectivas en aquellos otros “tiempos de epidemia”, mucho más dramáticas que las ocasionadas por la pandemia actual, y en el clima de constante inseguridad, penalidades y angustia en que transcurría la vida de las poblaciones históricas, hasta no hace mucho tiempo. La historia de las grandes mortandades de otros siglos añade un importante elemento a las circunstancias que rodeaban la existencia de nuestros antepasados, y ayuda a explicarnos su mentalidad, creencias y comportamientos. Y debería contribuir a apreciar aún más su esfuerzo constante, que en circunstancias mucho más difíciles que las actuales, consiguió edificar la impresionante arquitectura material, científica y económica del mundo moderno, todavía en construcción y revisión constante e ineludible, pero con la que podemos sobrellevar hoy, al menos en países como el nuestro, epidemias y “crisis” de diversa naturaleza. Debemos, pues, intensificar ese esfuerzo, que viene de muy lejos, para que las pandemias futuras, aquí y en otras latitudes, sean mucho menos duraderas y mucho menos letales que las del pasado.

_________________________

* Enrique Llopis Agelán es Catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Complutense. Especialista en crecimiento y depresiones económicas, es coeditor de Historia Económica de España. Siglos X-XX (Barcelona, 2002), y de España en crisis. Las grandes depresiones económicas, 1348-2012 (Barcelona, 2013).

** Vicente Pérez Moreda es Catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Complutense y Vicedirector de la Real Academia de la Historia. Especialista en demografía histórica, es autor de Las crisis de mortalidad en la España interior (siglox XVI-XIX) (Madrid, 1980) y coautor de La conquista de la salud. Mortalidad y modernización en la España contemporánea (Madrid, 2015).

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Afiliados Julio 2020: luces y sombras

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de J. Ignacio Conde-Ruiz (@conderuiz), Manu García (@manugar), Luis Puch (@lpuchg) y Jesús Ruiz

Acabamos de conocer los datos de afiliados del mes de julio. Como se puede ver en la figura 1, El número de afilados en alta el 31 de julio era de 18.673.847 de trabajadores, es decir, nos situamos en niveles del año 2018. El mes de julio es un mes típico de fuertes efectos de calendario, como se puede apreciar echando un vistazo al primer y ultimo día del mes. El primer día del mes se crearon 175 mil afiliados netos fruto de que ser renovaron los empleos mensuales que terminaron en junio (el último día de junio se destruyeron 161 mil afiliados netos). El último día del mes de julio se destruyeron 184 mil afiliados netos. Como ya advertimos en este post, el 31 de julio se da el hecho de que además es viernes, el ultimo día laborable, y por lo tanto se concentra la destrucción de los contratos mensuales con los semanales. Es decir, el primer día del mes se crean 174 mil afilados netos y el último día del mes se destruyen 184 afiliados netos. ¿Qué sentido tiene esto? Como ya hemos denunciado en múltiples ocasiones en este blog, el uso y abuso de la contratación temporal permite ajustar la demanda de empleo al calendario y hacerlo sin rubor, se ajusta al fin de semana, a la semana o al mes; y así todos los meses del año. Esperemos que algún día esto que es tan injusto para los trabajadores se acabe. Pero pasemos a analizar el dato, que como expondremos a continuación es un mes con luces y con sombras.

Figura 1. Afiliados diarios por año desde 2016.

Creemos que en términos generales el dato ha sido bueno. Los afiliados medios han subido en 161.217 ocupados, mientras que en junio fueron 68.208 mil, con respecto a la media del mes previo. No obstante, aun estamos lejos de recuperar el nivel de afiliados que teníamos antes de la pandemia. En concreto, solo hemos recuperado el 29.3% de todo el empleo perdido y aun nos quedan las dudas de que pasará con los trabajadores que aun permanecen en ERTEs.

Empezamos analizando las altas y las bajas de este mes y las comparamos con meses de julio precedentes tal como hemos hecho en los últimos post donde hemos analizado lo ocurrido en  marzo, abril, mayo y junio. Para mejor interpretación hemos hecho coincidir, año a año, cada primer lunes del mes de julio. Como se puede apreciar, tanto las altas (en la figura 2) como las bajas (en la figura 1) son históricamente bajas para un mes de julio. Esto no es sorprendente pues en verano el motor del empleo son los sectores asociados al turismo y como sabemos están lejos de poder operar con normalidad.

Figura 2. Altas históricas mes de Julio.

Figura 3. Bajas históricas mes de Julio.

Es interesante observar como han ido evolucionando las altas a la seguridad social a lo largo de la pandemia. En el siguiente grafico, podemos ver como estas han ido subiendo poco a poco mes a mes con la desescalada. Este aumento continuado de las altas creemos que es debido a la desescalda de los ERTEs. Por desgracia seguimos sin contar con una serie de trabajadores en ERTE diaria, pero según los datos agregados el número de trabajadores incluidas en ERTE al cierre del mes de julio era de 1,18 millones, lo que supone una reducción de 712.000 respecto a los datos del pasado 30 de junio (representa una salida media diaria de casi 23.000 trabajadores). Como venimos defendiendo desde hace tiempo, la incorporación al empleo de los trabajadores en ERTEs tiene un efecto positivo sobre la contratación temporal asociada (que es complementaria).

Figura 4. Altas diarias durante la pandemia

Por último, el dato de julio también ha generado algunas dudas, pues la creación de empleo neto en la primera quincena parece ser mucho más intensa que en la segunda quincena. Si quitamos el primer día y el último día de mes, que como hemos visto son puro efecto calendario de inicio y final de mes, observamos que entre el 2 y el 15 de julio se crearon 156.868 afiliados netos y entre el 16 y el 30 de julio se crearon 45.234 afiliados netos (es decir, menos de un 1/3). La ralentización en el crecimiento neto de afiliados puede ser debido a varias causas. Por un lado, puede ser que se haya frenado la desescalada de los ERTEs en la segunda quincena, pues es posible que las empresas que aun quedan con sus trabajadores en ERTEs o bien sean menos solventes o bien operen en sectores con mayores restricciones en la demanda. Por otro lado, puede ser que los rebrotes (como los ocurridos en Cataluña o Aragón) o las últimas decisiones de países como el Reino Unido con el establecimiento de cuarentenas a los ciudadanos que viajen a España (que como ya explicaron aquí Libertad y Tanya podrían tener un impacto significativo) hayan enfriado las expectativas en cuanto a la demanda turística. Esto puede ser una mala señal de cara al mes de Agosto que acabamos de empezar. Veremos como evoluciona y por supuesto os lo contaremos en el blog.

J. Ignacio Conde-Ruiz

J. Ignacio Conde-Ruiz

Es Doctor en Economía por la Universidad Carlos III de Madrid, Profesor Titular de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Complutense de Madrid, y subdirector de Fedea.

Campos de Investigación:
Economía Política, Economía Publica (mercado de trabajo y sistema de pensiones) y la Macroeconomía.

Recientemente ha escrito el libro “¿Qué será de mi pensión?” (Península (Planeta))

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Parada biológica 2020

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Ha llegado un mes de agosto inimaginable de un año que, esperemos, no se repita. Pero, a pesar de las circunstancias, en NeG seguimos con la tradición de descansar durante el mes de agosto. Mañana publicaremos el habitual comentario de Nacho Conde, Manu García, Luis Puch y  Jesús Ruiz sobre los datos mensuales de afiliados a la Seguridad Social del mes de julio (el anterior, aquí) y, salvo imprevistos mayúsculos, no volveremos a las trincheras hasta el primero de septiembre. Después de publicar 212 entradas en lo que va de año (en todo 2019 publicamos 238), creemos que colaboradores y editores se han ganado con creces tiempo para otras labores.

Ciertamente, la actividad durante 2020 en NeG ha sido frenética y la respuesta de nuestra audiencia espectacular. Desde el principio de este año, hemos registrado un número medio mensual de usuarios superior a los 100 mil, con casi 230 mil visitas a páginas al mes. Además, algunos de nuestros colaboradores han participado en numerosos comités, grupos de trabajo y en la elaboración de informes y libros sobre la crisis de la Covid-19. Hemos recibido numerosos manuscritos y nuevas ofertas de colaboración a las que hemos respondido, en muchos casos, positivamente. En suma, inferimos que la atención y el interés en NeG ha aumentado significativamente. Una señal que agradecimos, y seguimos agradeciendo enormemente, es la muy favorable respuesta a la campaña de donaciones que nos permitirán sostener financieramente el blog durante el resto de este año.

Durante esta primera mitad del año hemos introducido algunas innovaciones. Por ejemplo, en aras de mejorar la calidad de la discusión de nuestras entradas, modificamos la política de comentarios. Para hacer esta sección más interesante y útil, limitamos ahora los comentarios exclusivamente a temas intrínsecamente relacionados con el objetivo de las entradas que planteen cuestiones o dudas que puedan mejorarlas. Esperamos que esto contribuya a que nuestros lectores participen más y mejor en los debates que planteamos. Y para que los editores no se extralimiten en sus labores o para cualquier otra cuestión sobre el funcionamiento del blog, hemos creado la figura de Defensor del Lector, que asumida por Florentino Felgueroso responde en la dirección de correo defensorlector@nadaesgratis.es a todo aquello que nuestros lectores consideren oportuno. También hemos creado la sección de “NeG-Preguntas y Respuestas” (aquí y aquí) en formato video, que esperamos tenga continuidad, y hemos difundido los webinars que consideramos más relevantes entre los muchos que han tenido lugar (por ejemplo, este y este).

En definitiva, después de estos meses tan distópicos, esperamos que todo vuelva a la normalidad y que sepamos aprovechar lo aprendido y lo invertido durante ellos. NeG volverá en septiembre y tratará de contribuir en lo que pueda a la superación de una crisis económica que se vislumbra horripilante.

Juan Francisco Jimeno

Juan Francisco Jimeno

Doctor en Economía por MIT, 1990. Ha sido profesor en varias universidades españolas y extranjeras, investigador en FEDEA hasta 2004 y en la actualidad trabaja en la Dirección General de Economía y Estadística del Banco de España. Es autor de numerosos artículos de investigación y de libros sobre macroeconomía y economía laboral, investigador asociado al CEPR y a IZA y editor del IZA Journal of Labor Policy. Los puntos de vista expresados en mis entradas son estrictamente personales y no reflejan, necesariamente, los del Banco de España

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Una propuesta para evitar el efecto negativo de los cierres de los centros educativos en el futuro de los jóvenes españoles

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De Almudena Sevilla (University College London), Jorge Sainz (URJC IPR, University of Bath) e Ismael Sanz (URJC)

1. Medidas educativas para evitar efectos negativos en el rendimiento escolar

En el pasado mes de junio, varios economistas de la educación de Reino Unido (Burgess, 2020 https://bit.ly/39nc73z) y Estados Unidos (Kraft, 2020 y Dynarski, 2020) han realizado diferentes propuestas que tienen en común la implementación de tutorías de pequeños grupos de refuerzo y apoyo a los alumnos rezagados para compensar la pérdida de aprendizaje por el cierre los centros. Los más de 100 experimentos aleatorios analizados por Education Endowment Foundation muestran que, de hecho, muchas de las políticas educativas con más difusión pública no tienen ningún efecto como, por ejemplo, la mentorización, intervenciones en las aspiraciones de los alumnos o el uso de uniformes. Las tutorías en pequeños grupos, en cambio, son unas de las medidas educativas para las que existe evidencia empírica de efectividad en estudios rigurosos de investigación. Estas tutorías pueden ser un buen complemento para un sistema educativo que está diseñado para hacer pasar a un gran número de alumnos de curso a curso, pero que no funciona para una parte de los alumnos.

Kraft (2020) analiza los factores que contribuyen al éxito de la configuración de tutorías en pequeños grupos. Por ejemplo, las tutorías realizadas por voluntarios no suelen proporcionar buenos resultados educativos porque i) no funcionan durante todo el curso académico, ii) en ocasiones los tutores no asisten al no existir una relación contractual y iii) no tienen una formación específica para la enseñanza y, menos, de alumnos rezagados. A estas personas, ajenas a la educación, les resulta difícil mantener a los estudiantes con necesidades de apoyo y refuerzo centrados en sus estudios después de las clases ordinarias. El resultado final de las tutorías realizadas por voluntarios es, generalmente, bajas tasas de participación de los alumnos y escasa mejora en su rendimiento académico.

Por el contrario, Kraft, (2020) señala que las tutorías en pequeños grupos ofrecen buenos resultados académicos de los alumnos si se: a) lleva a cabo un riguroso proceso de selección de tutores con educación superior; b) contrata a tutores que trabajen a tiempo completo a lo largo del año académico con el mismo grupo de alumnos; c) forma a los tutores sobre las mejores prácticas docentes y se les proporciona apoyo continuo y d) coordinan los esfuerzos entre los docentes y tutores

La efectividad de las tutorías en pequeños grupos disminuye cuanto más grande es el grupo, con una caída más pronunciada cuando el grupo es de más de 6 alumnos (Burgess, 2020). Los estudios analizados por Education Endowment Foundation muestran que una tutoría en grupos pequeños de media hora al día durante 12 semanas produce un progreso adicional de cuatro meses en la escuela. Es decir que compensaría la pérdida de los tres meses de escolaridad por el cierre de los centros a partir de mediados de marzo. Nickow et al., (2020), en un reciente meta-análisis de este mismo mes de julio publicado en el NBER muestran, a partir del estudio de 96 artículos de experimentos aleatorios, que el efecto de las tutorías en pequeños grupos es importante y significativo (37% de la desviación estándar). El meta-análisis confirma la hipótesis de Kraft en el sentido de los efectos son más fuertes para los programas de tutoría de docentes y profesionales que los impartidos por voluntarios y padres. Los efectos para las intervenciones de lectura y matemáticas son similares, aunque la tutoría de lectura tiende a producir tamaños de efectos más altos en los primeros cursos, mientras que la tutoría de matemáticas tiende a producir tamaños de efectos más elevados en los cursos posteriores.

Nuestro objetivo es cuantificar en términos presupuestarios el coste de la propuesta de tutorías en pequeños grupos para España. El esfuerzo económico que requiere es importante en un momento en el que la situación de las finanzas públicas no es la mejor, pero el análisis económico sugiere que el coste de no hacer nada sería todavía mayor. Como señalamos en el post anterior el estudiante promedio ha perdido una cuarta parte del año escolar con el consiguiente efecto negativo en la adquisición de competencias y habilidades, que se traducirá en una menor productividad de la población actica durante décadas. Este impacto negativo, que será mayor para los jóvenes de familias desfavorecidas, se podría traducir en una disminución en los salarios y caída en las tasas de crecimiento económico de 0,04 puntos porcentuales al año.

2. Propuesta de tutorías en pequeños grupos

Siguiendo la propuesta de Burgess (2020), hemos supuesto que las tutorías en pequeños grupos de 5 alumnos. La mayor parte del coste de esta propuesta es el tiempo del tutor. Las tutorías se llevarían a cabo en el centro educativo del alumno, en horario extraescolar, lo que generaría algunos costes adicionales pero que serían relativamente pequeños. El Education Endowment Foundation ha estimado un coste para la tutoría de media hora diaria por 12 semanas en grupos pequeños de 5 alumnos en 770 euros por cada grupo. Asumimos esa estimación de 770 euros por grupo y que los docentes imparten, al menos, dos grupos cada uno. En Reino Unido hay una densidad de población mucho más elevada que en España, lo que facilita que, en la inmensa mayoría de los casos, los alumnos que se beneficien de las tutorías se encuentren en los mismos centros educativos y sean del mismo curso. La elevada dispersión de la población en nuestro país puede incrementar el coste de las tutorías en pequeños grupos, por cuanto que es posible que en algunos casos los grupos sean de menos de 5 alumnos. Es decir, que se requerirá configurar más grupos, sobre todo en las Comunidades Autónomas con menos densidad de población y más dispersas como las del Noroeste español.

El coste de la propuesta se podría reducir llevando a cabo algunas de las tutorías online. Precisamente, Education Endowment Foundation un programa piloto de tutorías online para apoyar y reforzar a los alumnos desfavorecidos desde el Grado 5 al 10 (desde 5º de Primaria hasta 4º de ESO). La iniciativa brindará tutoría de alta calidad a 1.600 alumnos. La impartición de tutorías online a mediante tutores en los últimos cursos de estudios superiores o recién graduados ha mostrado ya efectos positivos y significativos (equivalentes a lo que se aprende de hasta 5 meses) en evaluaciones rigurosas. Los tutores podrían ayudar también a elaborar recursos educativos digitales para apoyar a los docentes que están dando clases físicamente en hora escolar y ayudarles con los materiales por si hay que emplear alguna fórmula de rotación de la asistencia de los estudiantes a clases.

En la Tabla 1 hemos supuesto que el Programa abarca a los alumnos de los centros sostenidos con fondos públicos, es decir públicos y concertados. En todos los niveles educativos se ha supuesto que se benefician el 40% de los alumnos, un porcentaje amplio para incluir a todos los posibles alumnos perjudicados académicamente por el cierre de los alumnos. En el caso de FP Básica se ha asumido que el 100% de los alumnos de este ciclo se beneficiarían de este programa de tutorías en pequeños grupos, en lugar de sólo el 40%. Siguiendo a Burgess (2020) la propuesta asume un porcentaje de alumnos beneficiarios del 40% de los alumnos, selección que debe basarse en criterios objetivos como el rendimiento académico (a través de un test al inicio del curso que viene que determine los estudiantes a los que el cierre de los centros haya podido afectar más). El 40% es un porcentaje elevado y amplio, por cuanto como explicamos a continuación varios indicadores educativos señalan que la proporción de estudiantes con dificultades está por debajo de este umbral. Por ejemplo, el porcentaje de alumnos españoles que en PISA 2018 no alcanzó el nivel básico (nivel 2) en la competencia principal de esa edición, Lectura, fue del 23%. Los alumnos con necesidad específica de apoyo educativo representan un 11,7% de los alumnos de Primaria, un 10,8% de los alumnos de la ESO y un 12,6% de los alumnos de FP Básica (Ministerio de Educación y Formación Profesional)). En 2º y 3º de la ESO existe el Programa de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento (PMAR) para alumnos que necesitan de apoyo y refuerzo, una vía que se asemeja a la que antes de la LOMCE se denominaba diversificación curricular. Un 6,1% de los alumnos españoles de 2º y 3º de la ESO (7,9% en el caso de los centros públicos y 3,2% de los concertados) seguía esta diversificación en el curso 2017-18. Es decir, que con un programa de tutorías en pequeños grupos que alcance al 40% de los estudiantes se estaría beneficiando a los alumnos rezagados y con necesidades de apoyo e incluso a un espectro algo mayor de alumnos que por otras razones no pudieran seguir la formación online.

Nuestra propuesta se diferencia de la de Burgess (2020) en que incluimos no sólo alumnos de Primaria y ESO, sino también a estudiantes de FP Básica y FP Media. Los niveles educativos de FP Básica y FP Media son claves en el objetivo de nuestro país de reducir la tasa de abandono temprano educativa que vimos en nuestro post anterior. España tiene aún un elevado porcentaje de jóvenes entre 25 y 34 años que no han realizado más estudios que los de la ESO (30,2%). Por eso, es importante apoyar y reforzar a los estudiantes que en el curso 2019-20 se encontraban en FP Básica para que puedan continuar sus estudios, lograr el título de la ESO y seguir con FP de Grado Medio. La FP Básica es, de hecho, el nivel educativo de transición más importante para que los jóvenes con dificultades educativas, sociales o de comportamiento no se desconecten del sistema educativo. Son los alumnos a los que en mayor medida podría afectar la crisis sanitaria pues el cierre de los centros desde marzo podría suponer en algunos casos el último lazo que les quedaba con la educación formal. La FP Media es el otro nivel educativo clave en el objetivo de disminuir la tasa de abandono educativo temprano en España. Para lograr que más alumnos lleguen a estudios medios (titular FP Media o Bachillerato) se requiere disminuir el porcentaje de alumnos que no finaliza la ESO (FP Básica y PMAR), incrementar el porcentaje de alumnos que se matricula en FP Media y reducir la proporción de alumnos que comenzando FP Media no termina estos estudios que hemos calculado que se encuentra en un 40,4%. Por ello, se incluye en la propuesta tanto FP Básica como FP Media. Los datos de los que se ha partido son los relativos a la matriculación del curso 2019-20 publicados por el Ministerio de Educación y Formación Profesional el mes pasado de junio.

3. Coste presupuestario de la propuesta

Además de la financiación del coste laboral de los tutores de los grupos que se establecerían, se ha incluido en la estimación del coste presupuestaria de la propuesto la formación que necesitarían estos tutores. Se trata de apoyar y reforzar a alumnos rezagados por lo que será necesario una formación específica a los tutores. Para ello se ha tenido en cuenta que, según recoge la Comisión Europea en 2020 la financiación que se destina en España a la formación y perfeccionamiento del profesorado (incluido el presupuesto de las Comunidades Autónomas) es de 154,3 millones de euros. Un 70% de ese presupuesto se destina a Enseñanzas no-universitarias (en las que nos centramos aquí) y de ese montante se ha considerado que la formación de los tutores supondría el 40%, dado que es la proporción de alumnos que se beneficiaría del programa de tutorías en pequeños grupos (154,3*0,7*0,4). El coste de la propuesta que figura en la Tabla 1 de 365 millones de euros. Algunas Comunidades Autónomas ya tienen programas similares de menor alcance, herederos del Programa de Refuerzo, Orientación y Apoyo (PROA). También el mencionado Programa de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento (PMAR) que tiene una ratio máxima de 15 alumnos. PROA y PMAR, son Programas que no están pensados para compensar del cierre de los centros y que no benefician a un número tan elevado de alumnos como el de nuestra propuesta de tutorías en pequeños grupos, pero con los que se podrían encontrar sinergias reduciendo el presupuesto requerido para financiar esta propuesta.

El coste total del Programa que se propone es una cifra modesta: menos del 1% del Gasto Público en Educación en 2018 situado en 50.807 millones de euros y un calendario rápido pero factible (comenzando en octubre). Es interesante comprobar que la estimación del coste de la propuesta de tutorías en pequeños grupos es similar también a los cálculos que realiza del Kraft (2020). Este investigador calcula que hay 50 millones de estudiantes no universitarios en EEUU y que el impulso de las tutorías en pequeños grupos supondría un coste de 2.700 millones. Dado que en España hay en el curso 2019-20, 8.276.528 alumnos no universitarios, un sexto del tamaño del sistema educativo de EEUU y con el tipo de cambio dólar/euro actual, el coste de la propuesta de Kraft sería de 387 millones de euros trasladado al caso de nuestro país. La propuesta de Burgess es de 410 Millones de libras esterlinas, 451 millones de euros, algo más elevada que la nuestra dado que Inglaterra tiene más población escolar que España.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente
Autor: admin

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