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Cultura

El cuaderno naranja (4)

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/ por Avelino Fierro /

Cuando las luces se apagaron y comenzó la música, yo estaba allí arriba, en el anfiteatro. Los brillos atenuados de la gran lámpara de cristal parecían estrellas y yo, solo, como muerto, con los ojos cerrados a veces, podría estar en el cielo. Me emocioné; me puse a llorar. La música. Sonaba en ese momento esa especie de fanfarria costumbrista sobre toros, toreros y el destino. Sentí vergüenza por conmoverme tanto con esos sones.

De esas cavilaciones me sacó el dolor en un pie que se había quedado trabado entre dos butacas de la fila delantera. Cuando se construyó este coqueto teatro, puede que los habitantes de la ciudad fueran liliputienses. También me puso en mi sitio la orquesta: después de los primeros compases, empecé a extrañar la obertura. No la interpretaban igual a la que yo estoy acostumbrado, la que suena en mi disco, la de la Orquesta Nacional de la Radiotelevisión Francesa, dirigida por Sir Thomas Beecham, una grabación de 1958, con Victoria de los Ángeles y Nicolai Gedda.

La música. Nos llega como el aroma de la rosa que hace que Don José reviva el primer encuentro con Carmen. La fleur que tu m’avais jetée. Nos entreabre las glándulas de la memoria. Aunque ese mecanismo es extraño, no se sabe bien cómo funciona. Ya digo, puede también suceder con el chispún de una banda de pueblo, o yo mismo podría palpitar (E da quel di tremante) al oír los Doce cascabeles que cantaba Joselito y que era la canción —junto con Campanera— que me pedían de niño en el pueblo. Uno, de chico, tenía buena voz.

Volvimos de la ópera el mismo domingo desde la ciudad norteña, ya de madrugada. Estaba nevando y tomamos la autopista y no la carretera nacional, pensando que pasarían las máquinas quitanieves. No había ninguna; posiblemente habían estado y se habían escondido ya en sus hangares. Ahora, cuando veo alguna, no puedo dejar de acordarme de unos versos de Reginald Gibbons. Las luces destellantes de una quitanieves raspando el firme después de medianoche por un momento laten en el cuarto del narrador. Los únicos poemas que conozco de este autor son tétricos e invernales; aparecen en mi memoria con los primeros copos de nieve.

Ahora ya es lunes, temprano, mientras escribo en este cuaderno de tapas naranjas y escucho el ruido de los tacones de la vecina de arriba, que también ha madrugado. Me llega el sonido de su orina al caer sobre el agua de la taza del váter, la oigo perfectamente, hay mucho silencio. Luego oigo discurrir otros líquidos. Aguas sonoras —casi torrentes— cuando el no ruido reina en los edificios. Componen a veces melodías como esa de las flautas y cuerdas del inicio del segundo acto de Carmen.

No he dormido bien. He desayunado leche con Nescafé y esas galletas que compré el otro día, hojaldradas. Son una bosta; tocan el líquido y se deshacen formando un engrudo. Sé que las tendré que comer yo todas, y eso que compré muchas, demasiadas, tres cajas, no sé si para quitar el cuidado o por si se desata una guerra y tenemos que atrincherarnos con víveres suficientes. Las comeré yo, porque a mi mujer no le gustan y con las cosas del desayuno es un poco maniática.

Para no despertarla he subido al baño de arriba. El pis me huele raro. Recuerdo haber leído hace tiempo que algunos chinos te adivinan las enfermedades y saben todo de ti por los meados. Algo de cierto habrá: ayer, mientras cenábamos varias personas en un restaurante tras el concierto, me disgusté por una conversación en un aparte con mi mujer. Por eso saldrían mis orines más cabreados. Luego me he sonado con mucho cuidado, para que no me sangre la nariz. Llevo unos días acatarrado y en alguna zona reseca de la pituitaria se abre una pitera al menor esfuerzo.

Me he limpiado los dientes con un dentífrico nuevo, que se anuncia como un blanqueador garantizado. Es mentira. Todos cuentan mentiras. Los políticos, los vecinos, los videntes; nosotros mismos nos mentimos para consolarnos; mentíamos ya en la infancia cuando traíamos calificaciones del cole menos excelentes o llegábamos tarde a casa. Miro mi dentadura, cada día más amarilla. Ahora que lo pienso, no sé si los chinos tienen los dientes blancos. Y yo estoy lleno de fluidos y engrudos incontrolados: el pis, la sangre, el sarro.

                                                                       *

Todo eso que acabo de redactar, Tomás, es una guarrería. Me ha hecho pensar en el libro de John Kennedy Toole La conjura de los necios. No sé por qué, porque no lo he leído. Me lo regaló mi amigo E. M., en la navidad de 1984. Alguien me contó que el personaje del libro era un tipo muy descuidado con la higiene.

Imagínate esos párrafos anteriores como si fueran el arranque de un capítulo en el que el narrador es el de una novela psicológica o autobiográfica. La música, una personalidad inestable —esos lloros por nada—, conflicto de Edipo mal resuelto, la infancia, el cuerpo y sus fluidos. He leído hace unos días El fin del arte, de Donald Kuspit, sobre los artistas posmodernos. En él se habla continuamente de narcisismo y nihilismo, de pseudolocura, del arte imitando el de los niños y de los objetos encontrados como derivados anales y ejercicios de desublimación regresiva, la obsesión de muchos creadores del post-arte por los excrementos al no estar seguros de su creatividad… Estoy en la onda, ¿no?

Estaba escribiendo acompasado a tu relato. Voy leyendo tu novela biográfica por la página cincuenta y seis. Cuentas que los días de insomnio sales a caminar cuando todavía es de noche. A oscuras y seguro por la secreta escala disfrazada, dice el poeta. Yo soy noctámbulo, pero eso no lo hago. Hoy te contaré cómo fue mi día de ayer, para que veas la rutina de un funcionario en una pequeña ciudad del interior, en una capital de provincia. Cuando me jubile puede que mis paseos u ocupaciones se parezcan algo a los tuyos. Algunas cosas las veo imposibles, como ir a la biblioteca dejándome recomendar títulos por la bibliotecaria. He ido acumulando tantos libros durante tantos años… Tampoco podría viajar en metro, ni ir a la orilla del mar a ver a una mujer en gabardina que deja que la lluvia empape su pelo e imaginar qué emociones la zarandean por dentro. Me perderé esa imagen de la película francesa de los setenta, en blanco y negro. Un gran travelling y música de Georges Delerue.

Puede que todo esto te resulte tedioso, pero creo que es un buen ejercicio si quiero escribir algún día una novela. Habrá situaciones que no desemboquen en nada, pero al final tendremos un escenario y algunos personajes. Han ido apareciendo hasta hoy los arrabales de la ciudad y mi amigo Mariano, las calles del centro y la escritora y su amiga, el peluquero… Y si todo acaba empantanándose tendré que seguir el consejo de Mittelmark/Newman en su manual de errores de escritores, que recomiendan emplear la siguiente técnica de arranque inmediato: «Escoge una escena de acción clave y empieza tu novela con ella, introduciendo a tu protagonista cuando este ya se encuentre en medio de un conflicto apasionante, a fin de atrapar de inmediato al lector».

Y no sé si eso será necesario.  Porque a mí me está gustando tu personaje, tu novela sin intriga, la historia de tus días. Quizá yo pueda expresar algo parecido. Eso sería bastante… Como dicen los autores que te acabo de citar, un escritor sólo tiene un trabajo: hacer que el lector siga leyendo.

A lo que íbamos. Salí de casa hacia la oficina a las ocho y pico de la mañana. Dando vuelta a la esquina, accediendo a la avenida, estuve a punto de chocar con un jubilado enfundado en una trenca indescriptible; luego casi tropiezo con un joven que tenía cara de ir a atracar un banco y con una chica negra envuelta en telas de colores. La gente va deprisa, quizá por el frío; también porque apresura el paso en este tramo que se ha estrechado por las obras en la residencia de ancianos. Llegan muchos pequeños al cole. Hay madres muy guapas, estoy ya a la altura de un colegio de pago. Algunas llegan en grandes coches de marca; una le hace un gesto feo al del camión de reparto de cervezas como si no tuviera derecho a estar allí, trabajando. Pero todo está bien. Los niños corretean soltándose de la mano de sus madres, abuelos y mucamas cuando ven a sus compis; gritan, se empujan, se frotan, parecen ternerines. Lo hacen ellos y ellas; a esas edades no hay distingos, predomina la efusión animal sobre la distancia cultural. Ya vendrá el tiempo de lo grupal. A su lado vuelan hojas movidas por rachas de viento frío.

En la librería cercana a la catedral ayudo a Karin a levantar la trapa. Me ha llegado el libro de Annie Le Brun. Leí la reseña en El País: parece que le da algunos palos a varios gerifaltes y santones del arte contemporáneo. Viene en la solapa una foto de la autora, que recuerda a esa actriz francesa de los ochenta, pelirroja… Reparo en la portada de un libro que está en el escaparate, sobre manuscritos que los editores rechazan. Pienso si será mi caso y toco madera.

Un inciso sobre este asunto. Quiero que algún día me cuentes cómo llegaste a recalar en esa editorial de fuste. En el manual de la Gotham Writers’ Workshop se dan consejos en el último capítulo. Hay ejemplos de guías de mercado del mundo editorial, información sobre concursos, becas y premios, los agentes literarios… Bueno, todo esto es ahora un poco prematuro. Tengo además a ese colega en el trabajo, mi amigo Avelino, que lo ha tenido bastante fácil. Él, sin duda, me podrá aconsejar (aunque hace unos meses le hablé de un cuento que tenía escrito y me dijo: «Haz como Chéjov, dale otra vuelta, vuelve al punto de partida; antes de la versión definitiva en papel las frases deben permanecer en la cabeza un par de días para que adquieran cuerpo». (Hasta hoy.)

Sigamos con nuestro paseo. En el puente sobre el río vi a S. Hablamos, contamos anécdotas sobre un magistrado fallecido el fin de semana. S., abogado, melena y pelo teñido, me relató dos o tres sucedidos de la vida profesional del fallecido. Graciosos todos, y dejando en buen lugar a nuestro finado en el aspecto profesional. El viento racheaba inclemente sobre el Puente de los Leones; en el embalse rizaba la superficie del agua. Las peñas del norte tenían sus hombros arropados con una mantilla de nieve.

Pasé la mañana en la oficina. Soy funcionario del Ministerio de Justicia, Tomás. A veces —aunque mis clientes suelen ser mayores de edad— tengo que echar una mano a mi compañero Avelino con los menores delincuentes. Bueno, la ley dice que los llamemos menores infractores. Te imaginarás que ahí tengo un filón para escribir. Nunca lo he hecho, no sé por qué. Podría sacar libritos como aquel abogado —no sé si laboralista— de la época franquista, Vizcaíno Casas, contando anécdotas del día a día. O escribir dando consejos para jóvenes desnortados, un best-seller. Ahora está de moda un jurista alemán. A mí me regalaron su libro Crímenes; sólo recuerdo a una chica que tocaba el violonchelo en una bañera. A la gente le gustan las truculencias y las miserias. Mira lo de ese niño —lo hemos visto estos días— que se cayó en un pozo desde más de sesenta metros de altura, y lo han tenido vivo casi dos semanas en las televisiones y en los periódicos para que a la bomba del culebrón truculento no se le apagase la mecha, para que la audiencia no decayera. Yo estoy pasando por algo parecido, y los periodistas que se han enterado llaman a la oficina a diario. El caso es que despacho papeles y asuntos para mí profesionalmente rutinarios, pero que para la gente del común, bien aderezados, serían todos de gran interés comadrero, verdulero y cotilleante.

Ya para finalizar, te contaré algo. Ayer apareció una abogada en mi despacho. Había sido alumna mía en la Escuela de Práctica Jurídica. Venía con la hija de una amiga, que empezaba a dar problemas y que repetía que «los actos de los jóvenes no tienen consecuencias». Esa frase denotaba al menos cierto grado de reflexión. Le dije a la señora abogada que yo no estaba allí para reñir a nadie ni soltarle monsergas. Insistió. Salí a la sala de espera. Encontré sentada a una chica de dieciséis años, guapísima, enseñando las rodillas. Esos vaqueros muy rotos, que siguen siendo moda. Ah, y los tobillos al aire, que eso es tendencia este año.

Le solté el discursito de marras; creo que quedó bien mi monólogo dramático. La abogada me dio las gracias. Y allí, entre expedientes, y mirando de vez en cuando hacia un patio interior con cuatro árboles tísicos y el suelo lleno de excrementos de palomas (en la Audiencia tengo un despacho en un piso alto desde el que se divisa la ciudad, pero cuando vengo a este edificio de los juzgados me han asignado un apeadero escueto), pasé el resto de la mañana. Salí a tomar mi café tardío, solo, pidiendo para acompañarlo una tapa salada: oreja o morro, no recuerdo, con mucha salsa. Esto puede que le hubiera satisfecho al guarrete de Ignatius Reilly, el personaje de La conjura. Compré un paquete de tabaco. Ya no recuerdo si, camino de casa, paré a tomar algo.

Dormí la siesta, como siempre. En la mesita de al lado de la cama tengo ahora un libro de Rilke, un autor esencial. Pero este no me está gustando. Son cartas que va escribiendo a su madre por Navidad. Lo único que me atrae es que están fechadas y señalados los lugares o ciudades del remitente. Yo voy poniendo chinchetas en un mapa imaginario de la Europa de aquel tiempo. Una época que me interesa.

Y también está el Diario político y sentimental de Umbral. Este texto me lleva treinta años atrás. Desfilan personajes de mi quinta por sus páginas. Dice U.: «La pluralidad instantánea de la vida, ese exceso de belleza no atendida que anda errante por el mundo, la dispersión de las emociones, notas de color que no caben en la novela en marcha ni en ningún otro libro».

Eso —escribe— es lo que debe contener —y para lo que se hace— un diario íntimo. También cuenta que de lo que se trata es de anotar por la mañana, como muy tarde, lo que se ha vivido la noche anterior.

Yo pretendo escribir, como ya te dije, una novela; y creo que no iré muy allá, que lo que me saldrá es un diario. En estos primeros tanteos es lo que hay: uno está haciendo dedos en este cuaderno naranja, buscando localizaciones —la ciudad sobre todo— como hacen los cineastas, ojeando posibles actores para el casting (ya tenemos varios: Mariano, la escritora y su amiga, el peluquero, la niña que enseña las rodillas…). Luego vendrá lo complicado, la trama, los diálogos, la voz. La voz, tío, si es que te dicen que tienes que escoger hasta una voz que trabaje en armonía con el punto de vista elegido, con la personalidad del narrador y con la distancia emocional de este con la historia. Y luego queda el montaje. Ya te dije que Fitzgerald era bueno en esto. O eso dicen los manuales. Yo no me veo diagramando los distintos episodios, como hizo en aquel esquema que incluyó en El último magnate. De algún libro de F. recuerdo haber anotado una frase: «Para ser artista hay que combinar el egocentrismo de un demente con la claridad de pensamiento de un Flaubert».

En fin… Si me sale una novela con muchos personajes lo de los diagramas se lo dejo a los lectores, que lo hagan ellos para aclararse. Eso le ocurrió a mi mujer: hizo un esquema con Vida y destino, de Vasili Grossman, para al final, al acabar de leer el libro, ver que eso lo había incluido el editor en las páginas finales (la familia Sháposhnikov, los colegas de Víktor…). Veremos en qué acaba el intento. Puede que ni novela ni autobiografía ni diario. O que demos a luz algo extraño. ¿Por qué no? Igual los estudiosos dicen algún día que inventé un nuevo género literario.

Trabajé en casa por la tarde; eso suelo hacerlo a diario. Paré un rato para llevar un paquete a la oficina de Correos cercana. Era un libro de poesía. En su día leí una reseña sobre él en una revista —Estación Poesía­­— que despertó mi interés. A través de un amigo extremeño lo encontré, aunque no resultó sencillo; con decirte que lo editaban en «Ediciones Liliputienses»… Eran poemas escritos por una mujer, agazapada tras un seudónimo. Muy leída, con citas interesantes —intertextualidad lo llaman—, de esos poemas que dicen de la escuela de la experiencia, tragedias personales o francachelas o intimidades sin ñoñerías, amarradas y grapadas con humor, con una ironía bien destilada. Adolescentes, amores, borracheras, ternuras, electrodomésticos que no funcionan y lívidas madrugadas. Lo llené de dibujos. Conseguí la dirección de la autora gracias a mi amigo, que le hizo saber también mi intención de regalárselo iluminado. Por las señas a las que se lo envío es lo que me imaginaba: una profesora de instituto. La poesía está hoy en manos de filólogos y profesores, no me cabe duda.

Volviendo de la estafeta, y quizá influenciado por ti, entré en un súper chino un tanto cutre. Está al lado de un bar al que voy con frecuencia porque sirven unos callos estupendos. Nunca había entrado allí a comprar nada. Cogí un bote de fideos. Lo tengo aquí a mi lado mientras escribo. No me atreví a dejarlo en la cocina para no oír los comentarios de coña de mi mujer. Es un recipiente de cartón, modelo caldero, bonito, digo hortera, con letras de color rojo. Me costó uno con cincuenta. Se prepara —me dijo la dependienta— echándole agua hirviendo y está listo en tres minutos. Cambió el que yo había elegido (me lo quitó de las manos) por otro menos picante. Le pregunté si ella era la madre de un niño de unos diez años que va mucho por el bar y al que le hacen fiestas todos los parroquianos (la mayoría son abuelos que van a jugar la partida y a los que tiene encandilados: se ven a sí mismos de pequeños, con ojos más rasgados). Ella dijo: «¿Madre?, ¿qué es madre? Ese niño es mi hijo».  Empleó esa dicción intermitente y entrecortada, un poco espasmódica. Entre la grafía exótica y su lenguaje pueden inspirarme una novela de ambiente oriental, algo similar a Viento del este, viento del oeste, de Pearl S. Buck que todos leímos de adolescentes. Pero como los fideos se me atraganten soy capaz de ir a protestar, o de llevarle mis orines para que los analice.

No me acordé en esos instantes de ti y de tus lugares chinos en Barcelona, sino que recordé a un amigo, Manu, que ha muerto hace tres o cuatro meses. Un día llegó al bar de al lado trayendo en su bolso productos de la tienda que me fue mostrando; uno de ellos eran unas sopas de este tipo.

Di mi paseo nocturno. Lo hago desde hace años por prescripción facultativa. Hay poca gente por la calle. Es enero, hace frío; el frío y la cuesta de enero: mal mes para el comercio y los bares. Encontré a unas amigas. Era tarde. Paramos a tomar unas cervezas y a picar algo en un local de la calle Cervantes, bajo un toldo y arrimando el hombro a unos calentadores de gas. Luego quisieron arrastrarme a la Jam Session del Gran Café, pero cuando habíamos llegado a la puerta me agarré a mí mismo de la pechera y me di la vuelta; habría sido un error —casi la perdición— dejarme llevar un día cualquiera de entre semana por el canto de las sirenas. Saludé a Bea, que recogía en el Ékole la mesa alta de salir a fumar. Evité otros dos pubs. Llegué a casa. Mi mujer estaba dormida en el sofá, sin demasiada mala postura. En la tele parlaba Bernard Henri-Lévy, al que escuché durante unos instantes decir cosas razonables. Mueve mucho los brazos, gesticula. Me gustó oír las palabras francesas. En la cama leí a José Jiménez Lozano; sus últimos diarios, de los años 2016-2017. Antes, de aperitivo, tres poemas de un poeta brasileño en una revista de literatura. J. L. también intercala poemas entre su prosa. En estas páginas que leía, medio adormilado ya, aparecía este que me gustó y te copio. Buenas noches.

ECOS

Nada tiene ya peso ni medida
después de Kolymá y Auschwitz.
Pedagogías y teorías de género,
todo es levedad, pavesa,
caña seca, ecos lejanos
de los pasos del antiguo mundo,
que ha huido con la pandilla de Aristóteles
y los otros grandes. Pero
se dice que el cuco se ha quedado
y está en alguna parte oculto.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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Cultura

Con tu pan que te lo comas

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/ Cum grano salis / Fernando Riquelme /

Uno de los recuerdos proustianos más vívidos de Ginés Cascales es el olor y el sabor del pan amasado en su casa del campo, cocido en un horno moruno alimentado con leña de olivo. Un pan rústico, de miga densa, sabroso y duradero, complemento de variados companajes.

La diosa Ceres dio nombre a una familia de plantas, los cereales, que, en algún momento de la historia de la alimentación humana, al descubrir las propiedades de la reducción a harina de sus semillas, dieron origen al pan, símbolo de alimento básico en la cultura occidental, que lo ha dotado de innumerables formas y texturas adaptadas a su función generalizada de acompañamiento de otros alimentos. Los avances tecnológicos han convertido el pan, tradicionalmente un producto artesano, en un producto industrial. Existe, sin embargo, una tendencia a recuperar las fórmulas de pan tradicionales incorporándolas a la oferta en mercados alejados de su lugar de origen. Así, es posible adquirir bolas de pan gallego en Cataluña, pan candeal en Madrid, pan de centeno en Valladolid, y baguette francesa o chapata italiana en toda España.

La crítica gastronómica valora la oferta y la calidad del pan en los restaurantes selectos porque, efectivamente, su variedad aporta riqueza al disfrute de una comida y constituye una prueba de la calidad culinaria del establecimiento. Pero el pan debe asociarse a determinados platos adecuadamente, aunque la mayoría de los panes son extremadamente versátiles. Para acompañar un cordero asado castellano, el pan candeal o una torta de Aranda son los panes tradicionales de la tierra, pero un rústico pan gallego o leonés también puede ser un gran compañero de boca. Y aunque sobre gustos no hay nada escrito, no parece adecuado acompañar una suculenta pierna de lechazo con pan de centeno o con un mollete de Antequera.

La cocción inmediata de la masa de pan básica recién hecha da como resultado panes cenceños o ázimos, sin levadura, generalmente de forma plana y redonda (tortas o tortillas) aunque también cuadrados, blandos o duros. Son panes antiguos pues tienen su origen en el empleo primitivo de los cereales y del fuego. En Europa, en África y en Asia suelen ser de trigo o de cereales afines empleados en la elaboración del pan levado; en América del Sur es más corriente el pan ázimo de maíz. Para los gastrónomos, la mayoría de estos panes son de consumo imprescindible como acompañamiento o ingrediente de platos de las cocinas étnicas. En la mayoría de los casos sirven como envoltorio de preparaciones cocinadas o como medio para coger otros alimentos. El pan libanés es insustituible en la degustación de hummus, tabule y otras especialidades del mezze de Oriente medio. Las arepas de Venezuela y Colombia, las tortillas mejicanas y las papusas de El Salvador, son panes integrantes de las especialidades locales.

La invención del horno y el descubrimiento de los efectos de las levaduras desarrollaron hace ya siglos otra forma de elaborar el pan con masas fermentadas. La mezcla de agua, harina y, eventualmente, sal se completa con el añadido de levadura que hace fermentar la masa dándole volumen y esponjosidad en el horno. Los panes levados más antiguos suelen ser rústicos, elaborados con harinas locales y utilizando masa fermentada (masa madre) como agente levante. Su miga suele ser compacta y la corteza dura. Son sabrosos y combinan perfectamente con quesos y chacinas locales. La fórmula del pa amb tomàquet para acompañar el jamón es un buen ejemplo. Además del trigo, se utiliza también el centeno que proporciona un sabor especial y más consistencia a la miga, que retiene más humedad. Los franceses acompañan las ostras, y otros moluscos consumidos crudos, con pan de centeno y mantequilla, grasa que combina bien con este tipo de pan. Sin embargo, el pan de trigo es el adecuado para aliñar con aceite de oliva. Hay panes mixtos de trigo y centeno que ofrecen mayor versatilidad en combinaciones con otros alimentos. Los alemanes cuentan, además de con excelentes panes de centeno tradicionales, con uno especialmente original, el pumpernickel: se trata de un pan originario de Westfalia, elaborado con centeno poco molido y cocido en moldes cerrados durante al menos dieciséis horas, a una temperatura de 100º. El resultado es un pan sin corteza, de miga aromática, negra, compacta, dulzona y jugosa que combina bien con mantequilla, jamón cocido o ahumados.

Pan candeal

El refinado de las harinas, la utilización de prefermentos tipo biga o levaduras de cerveza y químicas, y la invención del horno de vapor dieron nacimiento al pan blanco, de miga blanda, corteza ligera y de tiempo de consumo limitado. Inicialmente llamado pan de Viena, por su origen austríaco, el pan blanco ha derivado en diversos formatos, como la famosa baguette parisina, y se conoce en muchos países como pan francés. El pan blanco es compañero ideal de quesos de pasta blanda (baguette y Camembert son en Francia el dúo típico de un almuerzo improvisado) y utilizado preferentemente en la preparación de bocadillos.

La tradición panadera anglosajona cuenta con dos exponentes: el pan cocido en un molde y la galleta de harina, agua y sal destinada a la gambuza de sus navíos. Dicha tradición se mantiene en el muy extendido pan de molde, disponible en cualquier supermercado, y en los crackers, que los británicos consideran imprescindibles para degustar el queso. El proceso industrial conocido como el método Chorleywood permite en unas tres horas y media completar la elaboración, acondicionamiento y empaquetado del pan de molde. En España este pan se destina a las tostadas de desayunos y meriendas y a la preparación de sándwiches, incluyendo los populares sándwiches a la plancha de jamón y queso, también llamados bikinis. En Francia se utiliza para elaborar los también populares croque monsieur (similar al bikini español) y croque madame (igual que el anterior, pero con un huevo encima). Y en Italia se emplea para preparar los tramezzini.

La versatilidad combinatoria del pan en sus distintas declinaciones no debe, sin embargo, confundir la variedad de la oferta de pan, sobre todo en restaurantes, con la idoneidad de esta con respecto a los alimentos que se supone que el pan debe acompañar. Si se ofrece como aperitivo una cata de aceite, el pan debe corresponder a ese fin. Un pan blanco de miga poco alveolada es preferible a un pan rústico con fuerte sabor a cereal; y para acompañar quesos habría que recurrir al pan blanco para los blandos, al pan rústico o de centeno para los curados y a los crackers para los azules, por ejemplo.

De todas formas, aunque ya queda dicho, no está de más repetirlo, aunque sea en latín macarrónico: De gustibus non est disputandum.


Fernando Riquelme Lidón (Orihuela, 1947) es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ingresó en la Carrera Diplomática en 1974. Ha estado destinado en representaciones diplomáticas y consulares de España en Siria, Argentina, Francia e Italia y ha sido embajador de España en Polonia (1993-1998) y Suiza y Liechtenstein (2007-2010). Como escritor ha publicado Alhábega (2008), obra de ficción que evoca la vida provinciana de la España de mediados del siglo XX; Victoria, Eros y Eolo (2010), novela; La piel asada del bacalao (2010), libro de reflexiones y recuerdos gastronómicos;  28008 Madrid (2012), novela urbana sobre un barrio de Madrid; Delicatessen (2018), ensayo sobre los alimentos considerados exquisiteces; y Viaje a Nápoles (2018), original aproximación a la ciudad de Nápoles.

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Cultura

‘Contrariedades’, de Mario Pérez Antolín

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/ una reseña de Jaime Siles /

Mario Pérez Antolín se mueve en un territorio filosófico-literario de no siempre fácil clasificación por lo amplio y complejo de los temas tratados en el mismo. Y no es que al género por el que opta le falte tradición. No, nada de eso: el suyo parte de la gnomé griega, se impregna de la sententia latina, disfruta con la geografía del aforismo, se divierte con el apotegma y alcanza esa porción de rápida y enigmática certidumbre que produce la frase encontrada, más que por la marmórea frialdad del razonamiento, por el ágil capricho que generan las misteriosas acrobacias del azar. La suya, pues, es la reine Agilität de Fichte y en ella se encuentra muy a gusto en esa mixtura, bien dosificada, que combina a partes iguales ironía, inteligencia, humor, denuncia, crítica, reflexión y placer. Como Aristófanes, afirma que «sólo nos salva el ridículo» y muestra aquellos en que suelen caer las ideologías. De ahí que no renuncie a desenmascarar sus trampas, sin que ello le impida llegar a conclusiones como ésta, muy próxima al verso: «La mansedumbre con que cae la nieve congela el tiempo». Yo, que he visto caer mucha, puedo corroborar esta afirmación que no se encuentra lejos de una de las mejores páginas de Thomas Mann. La muerte le parece un «fracaso» mayor que todas las decepciones, pérdidas y derrotas que podamos sufrir. Lo que su mirada busca es «lo subyacente y lo subyugante». Por eso «la evidencia científica y la sugerencia poética» no son vías distintas para él: ambas confluyen al permitirnos «la captación plena de lo comprensible», como sucede en su atisbo de que «detrás del insípido poniente, se esconde un retrato de blancura nunca visto». Admira la extraña sensación con que nos desdoblamos en el sueño y que nos convierte «al mismo tiempo en personaje y observador», ya que contemplamos «fuera lo que está dentro».

No otra cosa —conviene recordar— decía Goethe a propósito de la indivisible unión de fondo y forma: «Nada hay dentro, nada hay fuera; lo que hay dentro, eso hay fuera». Según Ortega, «una vida mirada así, desde su intimidad, no tiene forma». Lo que Julián Marías explica del siguiente modo: «La forma es siempre el aspecto externo que una realidad ofrece al ojo cuando la contempla desde fuera, haciendo de ella mero objeto. Cuando algo es sólo objeto, es sólo aspecto para otro y no realidad para sí». A veces él mismo se enamora del caballo de salto que es su propia sintaxis y juega con las construcciones del tipo qué más adjetivo y dativo —como en latín— alargándoles las colas como si fuera la de un cometa. Otras lo hace con la coloratura fónica que ofrecen los komposita etimológicos: como cuando afirma que le repugnan las confidencias y que confía «sólo en los libertos-libertarios-libérrimos-libertinos». En ocasiones se decanta por la observación ética —como cuando subraya que «nuestra cultura moral descansa en la represión masoquista del instinto y en la hipertrofia alambicada de la conciencia»— y hay algunas en las que articula un diálogo de tono y temperatura teatral. Reconoce que desconfía de las palabras, pero ellas son el material con el que, como artesano del lenguaje, trabaja, e insiste en las terribles consecuencias del pecado de hybris que los griegos tematizaron ya. Hace agudas observaciones sobre el carrito de la compra y el carrito del golf, señalando sus similitudes y —claro está— también sus diferencias. Y no duda en indicar el magnetismo que entre la prolepsis y la analepsis se establece. No se le oculta la condición lingüística y social del ser humano, y se declara «un agnóstico al que le gusta la oración». Lo que le hace ser lector de poesía. Roza las tentaciones de la carencia de toda volición, pero pronto cae en la cuenta de que una decisión así sólo comportaría «una vida plena pero nula». Horaciano más de lo que él mismo cree, siente ante sí tanto el cambiante espectáculo de la naturaleza —que definió Heráclito— y la sensación que nos produce «el detrimento de lo estacionario». Se opone a Ausonio, a los poetas barrocos y a Rilke que tantas vueltas de tuerca dieron al símbolo de la rosa porque para él «vivir es penar y gozar» pero «nunca a partes iguales». Confía en el arte más que en la filosofía y, próximo a Heidegger, sostiene que no alcanzamos la verdad «porque no estamos preparados para ella». Homólogo de Ulises, difiere de él en su consideración de lo que significa nadie, y, llegado a la edad que ahora tiene, advierte que ya es «más evocable que futurible». No oculta su sonrisa al afirmar que «el contrato social se ha roto debido a la letra pequeña y a las cláusulas adicionales» que lo desvirtúan y enmarañan. Y por ello expresa su deseo de ser ilocalizable y «desaparecer de los registros y las bases de datos». Lo que no le impide hacer el plástico, lírico e interesante apunte: «Una coreografía de patos salvajes introduce algo de movimiento en este atardecer lacustre de abedules próximos a la desfiguración». Y el lector piensa que este término —desfiguración— constituye una de las bases de su poética; otro —como para compensarlo— sería figuraciones, pues uno y otro configuran —nunca mejor dicho— la sístole y diástole de su pensar y de su decir.

No podía faltar aquí —junto a la preocupación por lo político, lo económico y lo social que destella de un modo u otro a lo largo del libro— otra, que tiene que ver con todas ellas y que se ha convertido ya en uno de los males de nuestro tiempo: el ordenancismo que -—como advierte Pérez Antolín— «agarrota la democracia», dado que el «exceso de ley implica un detrimento del arbitrio». Sabedor de ello y tal vez como respuesta y resistencia a ello, la segunda parte del libro insiste en la narración y toma la forma del relato como Platón, para hacer frente a la tragedia ática, optó por el diálogo. Lo que le lleva a meditar sobre lo que llama la «ilegibilidad metafórica»; el que cada vez haya menos «capas de lectura» y que, consecuencia de ello, corramos el riesgo de que la insignificancia se adueñe del texto «y el esquematismo funcional pase del acto de comunicación a la inteligencia en su conjunto». Dictamen tan sabio como duro y tan claro como objetivo que debería no invitarnos sino obligarnos a reflexionar sobre esta peligrosa tendencia de nuestra cultura que se inclina hacia una cada vez más imperfecta verbalización y, por tanto, interpretación de nuestra realidad, con todo lo que ello lleva consigo y que incluye, entre otras posibles cosas, la evolución regresiva, la pérdida de la doble articulación y quién sabe si también el volver a caminar a cuatro patas.

Tampoco la información se libra de la aguda mirada de Pérez Antolín, para quien «los informes» son «una herramienta perfecta, que combina información y manipulación, para engañar al que decide» o —al revés— para que el que decide, engañe. Pero no se detiene ahí: también las minorías, selectas antes y ahora perseguidas, atraen su atención. Y —como no podía ser menos— los «poetas estilísticamente superdotados» que «son del todo intraducibles» porque «no se puede verter la escritura que hay dentro de la escritura». Fina observación que afecta no sólo a los poetas, sino también a la traductología y la teoría literaria y sobre la que habría que meditar, como también sobre su enmienda a Locke y su división de las ideas en sensitivas y reflexivas, a las que nuestro autor añade otra: las emotivas. Lo que se comprende cuando él mismo habla «de un cielo licuado en su propia inmensidad» y describe al turista como «ese que mira, pero no contempla». Su propia generación y él mismo, encubierto bajo un tú-testaferro, es objeto de crítica aquí. Y ello, con varios desarrollos: uno, de tipo descriptivo, y otro, que es como una carga de profundidad. En este último llega a afirmar que «cuando pensamos, deberían subtitularnos», y que «cuando hablamos, deberían enmudecernos». Y, por si esto fuera poco, distingue además dos tipos de exiliados: «los que están en una tierra que no es la suya y los que están en un tiempo que no es el suyo». Uno tiene la sensación de que todos somos exiliados de los dos tipos. Y él —como Juan Ramón Jiménez, Paul Celan y José Ángel Valente— insiste en que le «gustaría ser menos yo y más nadie»: entre otras cosas, por el cansancio de uno mismo, pero no menos porque sabe que «el secreto es el refugio de la verdad» y que sólo ocultándonos de nosotros podemos llegar a ser nosotros mismos.

La tercera parte del libro —titulada «Dudas que alumbran»— trata sobre la imaginación, la celebridad, lograda por el mérito o por la infamia, y este actual riesgo contra el que nos previene: «La peor combinación posible —dice— es un líder que dirige y manipula junto con una masa que aplasta y obedece». A ello añade esta otra observación, no menos aguda, y, en los tiempos que corren, necesaria: «La cultura evita que el igualitarismo degenere en vulgaridad siempre que la calidad de los contenidos sapienciales no se vea dañada por la excesiva simplificación», a la que tan adictos y afectos son nuestros sucesivos gobernantes. Pérez Antolín lamenta otro hecho no menos perjudicial: que «lo estándar se come lo distintivo» y que «después del prototipo viene la serie» y, con ella, la malaria moral de una sociedad que da derechos, pero no posibilidades. Su descripción de lo que llama «el decálogo de las democracias» me hace recordar el del poeta norteamericano Evans S. Connell, que, en uno de sus momentos más lúcidos, llega a escribir algo tan incorrectamente político como esto, que dejo en inglés para que nadie me malinterprete: «Of political perversions, is tyranny the worst/ and democracy the best? The first elevates the tyrant/, the second debases the people». Pero para él todo el derrumbe humano y social al que asistimos es el resultado de haber sustituido la teología por la antropología y de haber convertido los sistemas en lo que acaso realmente son: una forma de cárcel. Su pesimismo no le hace perder el sentido del humor sino que más bien se lo incrementa; véase, si no, este hilarante aforismo: «Era tan tardo que, para cuando se le ocurría la frase apropiada, su interlocutor ya no estaba». Y ello, sin abandonar nunca su interés por lo transcendente.

El cuarto movimiento —«Incómodo rincón de controversias»— no lo es tanto porque ni es rincón ni es incómodo ni hay tampoco en él —a no ser en sentido figurado o fingido— controversias. Lo que sí hay —y mucho— son juicios y opiniones más o menos tajantes, pero que nunca hieren o molestan porque el lector acepta de buen grado lo que ellas expresan: desde lo que dice sobre las quintas de Beethoven, Mahler y Shostakóvich hasta lo que dice sobre las diferencias entre las generaciones. Y hay numerosos aciertos en observaciones literarias como éstas: que «nadie puede escribir sin antes desintegrarse en el enunciado para después reconstruirse en el significado» o que «en el acto lingüístico importa tanto lo decible como lo dicho». Para él el pasado es «memorioso; el presente, perceptivo»; y «el futuro, conjetural». Y en cuanto al amor —al que abundan aquí las referencias y que define «como el pizzicato del tercer movimiento de la Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky»— «no admite —dice— adjetivos, como la muerte no admite redundancias».

Contrariedades es un libro que se deja leer, que se debe leer, que se disfruta leyéndolo porque su autor es un hombre culto, pero no pedante, comprometido con las luces y sombras de su tiempo, que expone sus perplejidades tanto como sus certidumbres y que sabe que «cada libro sólo se deja leer por un único lector». Ojalá lo seas tú, como lo he sido yo, de éste.


Contrariedades
Mario Pérez Antolín
La Isla de Siltolá, 2020
144 páginas
12€

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Cultura

Entrevista a Anna Rossell

Publicada

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/ por Ada Soriano /

Desde Antes hasta Después, pasando por Llegada, Estadía y Liberación, Anna Rossell impresiona con AuschwitzBirkenau, La prada dels bedolls/La pradera de los abedules (In-Verso edicions de poesia, Barcelona, 2015), edición bilingüe de un conjunto de poemas escritos originariamente en catalán y traducidos al español por la propia autora. Se trata de un libro pleno de hallazgos rítmicos e imágenes de gran belleza que transmiten dolor y sufrimiento, pero también esperanza.

Vicenç Villatoro nos dice en el texto que precede a los poemas de este libro: «Quien decide, con todo el derecho, hablar del Holocausto, ha decidido obviamente que se puede hablar de él, pero en general ha decidido también que no se puede hablar de él de cualquier manera». Asimismo, Alfonso Levy, en su epílogo a esta obra tan intensa, afirma: «Poeta es el que enmudeció primero, por si el silencio es la música que liba el dolor».

Se me han quedado clavados estos versos de Anna que aparecen en ese tiempo de Estada, Estadía: «¿A qué precio paga un segundo el alma/ para lograr un día más de vida?».

Anna, ¿en qué momento sentiste la necesidad de escribir poesía acerca del holocausto, y concretamente sobre Auschwitz-Birkenau?

Que el ser humano sea capaz de programar un genocidio es algo que no puede abarcar la imaginación más adiestrada. El pensamiento humano no da tanto de sí, menos aún lo que llamamos razón; los hechos lo superan. Tampoco las palabras pueden acercarse a esta realidad, pero había que intentarlo. Escribir sobre el genocidio supuso este intento: intentar comprender lo incomprensible.

¿Por qué Auschwitz? Pues porque Auschwitz es el paradigma de este horror. Cuando decimos Auschwitz no pensamos solo en Auschwitz, sino en los genocidios en general, que en la Historia han sido plurales, también en el siglo XX.

¿Por qué La pradera de los abedules?

Pradera de los abedules es lo que significa literalmente la palabra alemana Birkenau. Paradójicamente muchos campos de concentración y de exterminio nazis tenían nombres muy bucólicos, porque a menudo estaban ubicados en las afueras, en plena naturaleza. Al recogerlo en el título del libro quise poner en evidencia el brutal contraste —no por brutal menos realista— de que el ser humano alberga en su interior esta inimaginable convivencia: capacidad para la poesía y para el horror al mismo tiempo.

Quisiera saber acerca de cómo pudiste plasmar tu identidad en el dolor

Plasmar mi identidad… No, no creo que plasmara mi identidad. Por más que lo intentara nunca podría ponerme en la piel de uno o una de ellos/ellas. De esto era muy consciente desde el principio. Sin embargo, me sorprendí a mí misma cuando me di cuenta de que muchos de los poemas se me impusieran en primera persona. De un modo inconsciente fue así. Y esto me hace pensar que para lograr acercarme al dolor inaprensible mi subconsciente me sugería la primera persona.

¿Qué ha supuesto para ti reconocerte en un horror que no has vivido?

Solo un intento de acercamiento. Solo un intento. Imposible vivir lo que no se ha vivido. Si hubiera pensado que ello habría sido posible no me hubiera puesto a escribir; ¿quién quiere vivir el horror? Como decía, el dolor y la humillación absolutos son inimaginables, únicamente pueden experimentarse. Incluso quien los experimenta es incapaz de transmitir estas vivencias con palabras. Esta imposibilidad es un leitmotiv en la literatura del holocausto que han escrito las personas que consiguieron sobrevivir.

El miedo y la incertidumbre están tan presentes, que cada día cuenta. Cada hora cuenta. Pero hubo tiempo, como bien sabes, para la poesía y la música en Auschwitz, y que el compositor Olivier Messiaen estrenó su obra El cuarteto para el fin de los tiempos en enero de 1941, en un campo de concentración alemán. ¿No te parece increíble este acontecimiento, tan sublime en medio del espanto?

En los campos de concentración y de exterminio había música y hasta en algunas ocasiones teatro. En la literatura concentracionaria se dan momentos y causas muy diversas para ello: la música, alguna posibilidad de lectura, la recitación de poesía, el teatro… La música, con frecuencia, se daba por obligación, como una manifestación más de la humillación y el sometimiento del/de la preso/a, a quien obligaban a tocar mientras otros/as compañeros/as suyos/as cavaban sus tumbas o eran castigados/as, por ejemplo. Algunas veces los/las presos/as organizaron actuaciones como sabotaje, para distraer a los/las nazis y a los/las kapos y facilitar a otros/otras alguna actividad clandestina y, en tercer lugar, pero muy importante, para sobrevivir; cuando no era una manifestación obligada, el arte era una herramienta de supervivencia, mantenía viva la conciencia de humanidad, de que ellos/ellas eran seres humanos, contra lo que los/las nazis pretendían hacerles creer. Porque la deshumanización extrema formaba parte de la política nazi hacia sus prisioneros/as.

«Pero ¿quién nos salvará de la razón?/ “Y ¿Quién nos creerá?». Estos versos tuyos podrían ser aplicables a cualquier tipo de crueldad y humillación. ¿Estás de acuerdo?

Sí. Cuando el ser humano, a lo largo de la historia, ha perpetuado una imagen suya como de un ser superior a otros animales por el hecho de ser racional, es urgente poner en evidencia que es este ser humano racional quien ha urdido estos proyectos planificados de genocidio, y que es precisamente el único en la naturaleza que lo ha hecho. Esta posibilidad es inherente a su naturaleza. La palabra humanidad para denotar cualidad de humano/a la asociamos a algo positivo, cuando en realidad —visto lo (repetidamente) visto— debería provocarnos el mayor de los espantos. Por ello salvarnos de la razón lo utilizo en el sentido de la dialéctica de Brecht, para proporcionar al/ a la lector/a el distanciamiento necesario que le provoque extrañeza y ponga en evidencia que la supuesta contradicción no es tal.

En cuanto a «¿Quién nos creerá?». Esta pregunta no hace sino reproducir otro de los leitmotiv de muchos de los escritos de supervivientes: a algunos/as les mantuvo vivos/as la responsabilidad que asumían de contarle al mundo lo que habían pasado, porque eran conscientes de que aquello era un universo aislado del que poca gente debía de tener conocimiento. Sin embargo, a menudo también surgía inmediatamente la pregunta: ¿Podrá creernos alguien? En este verso quise resumir esta inquietud, tan recurrente.

He descubierto recientemente a la poeta y escritora Carmen Díaz Margarit, cuya poesía, creo, tiene cierta conexión con la tuya. Extraigo de su obra El sueño de la salamandra, Libro I esta reflexión de la propia autora: «La poeta no debe acallar el anhelo de su alma que añora darle su voz a la tierra y su quejido». ¿Qué te parece?

No conozco a Carmen Díaz Margarit; la buscaré para leerla; ha de interesarme. Me identifico absolutamente con estas palabras que citas. Siempre he añorado «darle [mi] voz a la tierra y su quejido». Toda mi poesía (y también la novela que he publicado hasta ahora) lo pretende. No como lo que se consideraba literatura de lo social, poesía social; poner la literatura, la poesía, al servicio de una ideología política acaba siendo escritura panfletaria. A mí me interesa el quejido de la tierra, porque hiere mi propia alma, el dolor ajeno me interesa en tanto que me afecta, en tanto que deviene mi propio dolor. Ello no significa que no sea reversible: también escribo poesía por necesidad de liberar el dolor de mi propia alma en momentos que se derivan de mis vivencias, de mi biografía. Ese dolor puede ser compartido y sentido por otras personas, y ello merece su escritura.

Has escrito novela, y también libros de viaje. Tú, que has viajado, has cruzado fronteras para observar y compartir conocimiento con seres humanos de otras culturas, ¿qué opinión te merece el hecho de que el viaje haya perdido el aura de aventura e iniciación y que se haya convertido en un mero pasatiempo?

Creo que cambiar de paisaje no es viajar, ni tan siquiera es cambiar verdaderamente de paisaje. Debería inventarse una palabra nueva para lo que en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo después de la segunda guerra mundial, empezó a llamarse hacer turismo, cuando la clase media con cierto poder adquisitivo se pudo pagar unas vacaciones que sirvieran de válvula de escape a su rutinaria y vacía vida. Un verdadero viaje supone una alteración importante en la vida de quien viaja, un quiebro esencial. Llevado a un extremo, diría que para ello no es necesario ni moverse de casa. Pero es cierto que el traslado a una cultura con claras señales externas distinta de la propia propicia este cambio, impulsa cuestionamientos de los valores propios, que son referentes que nos han parecido inamovibles. En esto consiste el viaje. Y nunca se acabará con la vuelta a casa, porque las preguntas y la reflexión que impulsa son de un calado que no puede responderse en unos días. Deberíamos recuperar el espíritu de viaje del romanticismo alemán: los maestros de los oficios no daban su diploma a sus aprendices así como así; era obligado que antes hicieran un viaje como una iniciación, una entrada en la madurez. Era una condición para convertirse en persona digna de poner en práctica una profesión. Y los aprendices emprendían a pie estos viajes.

También destacas como crítica literaria. Es curioso, a mi entender, que a pesar de que los poetas siempre han estado atentos al hecho creador y han ejercido una función crítica, todavía exista el tópico del poeta puramente intuitivo y desconectado del mundo, es decir, sin espíritu crítico.

Pues ahora que lo dices… Quizás sí que aún existe este tópico. En cualquier caso, si existe todavía, quien imagina algo así debe de estar muy alejado/a de entender lo que es verdaderamente la poesía. No se puede escribir poesía de calidad sin tener bien desarrollada capacidad de análisis, lo cual implica crítica. Quien pretenda que la poesía se sostiene a base de intuición no conoce la buena poesía.

Para finalizar, aunque podríamos hablar de tantas cosas, me resulta inevitable preguntarte, dada la situación de incertidumbre en la que nos hallamos, acerca de cómo estás viviendo esta pandemia coronavírica ¿De qué manera crees que puede afectar a la situación cultural?

Pues qué decirte… Supongo que la vivo como tanta otra gente: fatal. Y esto me lleva de nuevo a la reflexión sobre la dialéctica esencial de la naturaleza humana. El ser humano, capaz del bien y el mal más extremos, se ha manifestado a lo largo de la historia como absolutamente incapaz para aprender de ella, de aprender de sus errores. Al contrario, los perpetúa. Estamos destruyendo el planeta y no ponemos remedio a ello, a pesar de las advertencias de los/las científicos/as. Repetimos la historia de Casandra. Una de las hipótesis de esta pandemia es que las personas nos hemos contagiado por zoonosis, es decir, por contagio animal. Hace ya muchos años que los/las investigadores/as saben, y lo han dicho, que el empobrecimiento de la biodiversidad propicia estos contagios y advierten de que las pandemias van a ser en el futuro el pan nuestro de cada día. Comprobar que las políticas de los gobiernos no responden a estas advertencias lo hace vivir peor, claro. El virus corona —que no coronavirus, un calco lingüístico del inglés— es solo la punta del iceberg. Habrá muchos otros pronto. Otro de los rasgos definitorios de la naturaleza humana es la estulticia, la ceguera…


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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