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Cultura

El discurso

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/ un relato de Fernando Riquelme /

En pocos meses, Arturo Ferragut había logrado afianzarse en su primer destino como funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y disfrutaba. Las rutinas del trabajo no eran tediosas; al contrario, todas las mañanas se enfrentaba al ingente cúmulo de los informes telegráficos procedentes de las embajadas entre los que seleccionaba los dirigidos a su centro directivo y aquellos otros que tratasen, aunque fuese tangencialmente, de cuestiones relacionadas con la actividad de este. Debía concentrarse sin concederse la más mínima distracción ya que actuaba a contrarreloj. Su superior, el subdirector general, esperaba ser informado detalladamente antes de despachar con el director las novedades del día. Posteriormente, Arturo y sus colegas recibirían instrucciones para las actuaciones oportunas: redacción de informes, comunicaciones a otros departamentos, preparación de instrucciones a los embajadores, notas para el archivo u otras acciones administrativas.

Se sentía importante. Formar parte de una dirección general, en la que junto a unos pocos colegas contribuía intelectualmente a gestionar un aspecto de la política exterior del país, lo llenaba de gran satisfacción. Nunca hubiera imaginado que iba a entrar tan pronto en el meollo de decisiones que luego reflejarían las páginas de los periódicos y los informativos radiofónicos y televisivos. En sus momentos de reflexión autocomplaciente, recordaba reiteradamente aquella ocasión en la que, por primera vez, escuchó en el telediario la referencia a un asunto del que se había ocupado personalmente por encargo de sus superiores. En aquel momento estaba con su novia, y su entusiasmo desbordado lo llevó a querer celebrar sin demora el acontecimiento practicando sexo. Virginia calculaba que fue el día en el que se quedó preñada.

Arturo era estudioso y concienzudo. Aún arrastraba la obsesión por el dominio de los temas que se exigía a sí mismo al preparar el ingreso en la carrera diplomática. Así, sus informes, salvo algún desliz generosamente perdonado, eran del agrado del subdirector general que apreciaba la diligencia, el rigor y el estilo de su prosa comedida aunque elegante. Se ganó un plus de aprecio por parte de sus superiores cuando puso al descubierto errores en la información enviada por el embajador en Andorra, conocido por su afición a los deportes de invierno y su desafección al escritorio, a pesar de que este último, de estilo Luis XVI, era una verdadera pieza de museo; o quizás por eso mismo.

La estabilidad proporcionada por su condición de funcionario lo animó a contraer matrimonio antes de que a Virginia se le notase la pérdida de cintura. Y la suma del orden impuesto por la vida matrimonial y la satisfacción profesional pronto pusieron algunos kilos de más en su ya redonda anatomía. Cometió el error de comentar con colegas de su categoría un banal episodio, del que fue testigo involuntario, que le había molestado sobremanera: Sucedió que había salido de su despacho y se encontraba con otro compañero en el pasillo, cerca del puesto de un ordenanza, cuando alguien preguntó por él a este último, que parecía no conocerlo por su nombre. El visitante señaló su despacho vacío y el ordenanza exclamó: «Ah, sí. El gordo secretario. Lo he visto salir hace poco». La denominación agradó al colectivo de secretarios de embajada tanto como desagradó a Arturo, pero desgraciadamente para él esta cuajó ganándose las mayúsculas y obligando al ya consagrado Gordo Secretario a aceptar el hecho consumado. Fue como cuando el desagrado por las primeras lluvias de otoño se torna en obligado conformismo y uno se acostumbra a usar la gabardina. Era gordo y le llamaban el Gordo Secretario, pues bien ¿y qué? Decidió que esta circunstancia no merecía la pena de la más mínima inquietud. El mote se instaló naturalmente en su vida y su preocupación por este desapareció.

El equipo diplomático de la dirección general abordó, como hacía anualmente, la participación del titular del departamento en una de las citas políticas de las Naciones Unidas en Ginebra. La cuestión sustantiva de la reunión ministerial competía al centro directivo del Gordo Secretario y, como premio por su demostrado buen hacer profesional, este fue encargado de redactar el borrador del discurso del señor ministro. Se establecieron los puntos estructurales del mensaje, el esqueleto alrededor del cual Arturo debería construir la pieza oratoria, y se señaló fecha para su entrega al subdirector general.

Un entusiasmo desbordante invadió el ánimo del joven diplomático. Las ideas se agolpaban desordenadamente en su cerebro en una confusión euforizante. Una pretendida genialidad sucedía inmediatamente a otra que iba a ser, en su opinión, de un efecto impresionante. El ministro quedaría asombrado de la contundencia de su mensaje envuelto en un celofán de la más impactante oratoria que, con toda seguridad, arrancaría aplausos y alabanzas generalizadas. Pero la pantalla del ordenador no reflejaba más que la luz de la lámpara. Ni rastro de las geniales ideas que se deshacían como pompas de jabón antes de tomar cuerpo en el texto. Los intentos se sucedían sin éxito. Las frases grandilocuentes sonaban a rancia verborrea y eran borradas inmediatamente con rabia aporreando la tecla del retroceso. No tuvo más remedio que acudir a los métodos tradicionales de recuperar los textos de los últimos discursos y solicitar del embajador en Ginebra elementos para el mensaje del ministro en la programada reunión. Aunque comprendió alguna de las claves de los discursos ministeriales, no encontró sin embargo la adecuada línea argumental a seguir ni el lenguaje apropiado para alejarse del tono administrativo que pretendía evitar a toda costa. Su frustración lo llevó a consumar frecuentes asaltos a la nevera en irrefrenables ataques de gula que aumentaron su tejido adiposo. Y Virginia se vio inusualmente solicitada a satisfacer los desaforados apetitos sexuales de su cónyuge.

Afortunadamente la inspiración le llegó a tiempo, a pesar de hacerlo en circunstancias poco ortodoxas, mientras se encontraba realizando una plácida y gratificante función fisiológica. Corrió al ordenador. El teclado respondía fielmente a sus pensamientos y en la pantalla se perfilaba una brillante secuencia de argumentos arropados por los más acertados adjetivos. Con el papel del discurso en la mano, después de leerlo una y otra vez, en silencio, en voz alta, con voz impostada y teatralizando, se plantó ante el espejo y, ya de memoria, escrutó su émula actuación ministerial modulando la voz al compás de un moderado lenguaje corporal. Se dijo que había triunfado y se sintió satisfecho.

Del borrador, entregó una copia al subdirector general y envió otra al embajador en Ginebra para su valoración. El embajador dio su visto bueno pero el subdirector no fue de la misma opinión: Le devolvió el texto con tantas correcciones y comentarios al margen que Ferragut se sintió pequeño, insignificante, hundido. Y más después de comentar con su superior los detalles. Este le aconsejó olvidarse de veleidades literarias que, en su opinión, casaban mal con la naturaleza de los asuntos sustantivos del discurso. Había que cambiar el tono, neutralizarlo, hacerlo más plano, más administrativo. España no era un país líder en los temas a tratar en la reunión y convenía que el ministro hiciese una honesta faena de aliño, pero no que pretendiese salir a hombros corriendo el riesgo de un sonado ridículo. El Gordo Secretario no tuvo valor para defender nada de lo que había escrito ni contraargumentar los comentarios negativos que inundaban los márgenes de los folios. Con dos palmaditas de ánimo en la espalda y la recomendación de darse prisa, salió del despacho de su jefe sumido en un sombrío desencanto. Al llegar a casa, pidió a Virginia huevos fritos (cuatro) y repetidas pruebas de amor en el lecho conyugal.

Volvió a la casilla de partida. Mente en blanco y desesperación. Apetitos desordenados. Esfuerzos inútiles. Y finalmente claudicación. Decidió adoptar la actitud del funcionario obediente, del amanuense disciplinado, y elaboró un nuevo texto incorporando una por una las órdenes, las sugerencias, eso sí de obligado cumplimiento, y los cambios exigidos por el subdirector general. Hizo algunas correcciones gramaticales y, algo asqueado, leyó el resultado que le recordaba el estilo administrativo de los discursos de años anteriores. Se consoló pensando que, a fin de cuentas, quedaba probada su pericia técnica y su buen hacer profesional.

El borrador pasó de manos del subdirector a las del director general, que lo devolvió con la sugerencia de limar las rebabas de corte administrativo y darle un aire más literario sin exagerar. Ejecutada la orden, el texto subió a las dependencias del secretario de Estado y del gabinete del ministro. Se eliminaron párrafos considerados innecesarios y se sustituyeron por mensajes que al Gordo Secretario le parecieron faltos si no de rigor al menos de consistencia. Misión cumplida. El discurso del señor ministro se imprimió de acuerdo con las normas de su gabinete: los puntos siempre puntos y aparte, para facilitar la entonación de las frases; los caracteres en Arial de 14 puntos, para mejor lectura; y el entrelineado de 1,5 líneas, para mayor claridad sin dar, no obstante, la sensación de mucho espacio en blanco.

El día marcado en la agenda, el ministro voló a Ginebra trasladándose directamente del aeropuerto al Palais des Nations y, casi de inmediato, le tocó el turno de orador representando a España en el segmento ministerial de la conferencia. Pidió a su entorno el texto del discurso y, después de algún titubeo y algún rostro desencajado, el embajador, atento, le pasó los folios de su intervención. A las palabras de saludo siguieron, leídas con creciente satisfacción, frases de mesurada extensión, de correcta factura estilística, con claridad en el mensaje, poder de convicción y con acertado encadenamiento argumental. La faz del embajador reflejaba satisfacción, la de los acompañantes del ministro asombro e incredulidad, con miradas cruzadas llenas de muda interrogación. Los delegados premiaron con un aplauso, algo más sonoro y largo de lo habitual, la intervención del ministro español y algunos colegas lo felicitaron al bajar del estrado calificándola como una excelente intervención. El ministro, por su parte, agradeció a su entorno el esfuerzo realizado y los felicitó por el buen discurso preparado, aunque subrayó que habían olvidado darle el formato adecuado para facilitarle la lectura.

A Ferragut nunca le dijeron en la dirección general que el ministro había pronunciado el discurso que el había redactado originariamente. No se consideró oportuno explicarle que, por una malhadada descoordinación en el seno del gabinete ministerial, el discurso no estuvo disponible en el momento de tener que pronunciarse y el embajador, desconocedor de los vaivenes del texto en las dependencias del ministerio, proporcionó el que en su día consideró adecuado cuando su autor, el Gordo Secretario, se lo enviara para valoración. Sin embargo, las noticias vuelan; sobre todo las que se refieren a clamorosos fallos del entorno del poder. Arturo se enteró de todo. Experimentó un extraordinario regocijo que quiso compartir inmediatamente con su media naranja. Virginia estaba segura de que fue aquel día cuando concibió a sus gemelas.

[EN PORTADA: El discurso, de Mandy Racine]


Fernando Riquelme Lidón (Orihuela, 1947) es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ingresó en la Carrera Diplomática en 1974. Ha estado destinado en representaciones diplomáticas y consulares de España en Siria, Argentina, Francia e Italia y ha sido embajador de España en Polonia (1993-1998) y Suiza y Liechtenstein (2007-2010). Como escritor ha publicado Alhábega (2008), obra de ficción que evoca la vida provinciana de la España de mediados del siglo XX; Victoria, Eros y Eolo (2010), novela; La piel asada del bacalao (2010), libro de reflexiones y recuerdos gastronómicos;  28008 Madrid (2012), novela urbana sobre un barrio de Madrid; Delicatessen (2018), ensayo sobre los alimentos considerados exquisiteces; y Viaje a Nápoles (2018), original aproximación a la ciudad de Nápoles.

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¿Delenda est Monarchia?

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

En el mes de julio de 2020, entre pandemia y vacaciones, en plena crisis y con un presidente de Gobierno negociando la ayuda europea a un país con graves grietas en sus instituciones, el Rey y la Familia Real hacen una minigira por España, quizás con la idea de prestigiar a la institución monárquica. La sombra alargada del Emérito, con su fuerte olor a corrupción, persigue el viaje. Los monarcas, obviamente, siempre arrastran consigo vítores y aclamaciones, pero, a pesar del apoyo mediático oficial, el programa no despierta pasiones. El espíritu monárquico no aparece por ningún lado. Es lógico preguntarnos qué ocurre en este país con la monarquía. ¿Hay realmente monárquicos de verdad? ¿Cuántos ciudadanos —si se les preguntara— estarían dispuestos a creer que el Emérito es victima de un linchamiento y no es corrupto? ¿Cuántos creen hoy que el hijo no se ha beneficiado de las ganancias del padre? ¿Se acuerda Felipe VI de su bisabuelo Alfonso XIII? Es imposible que no conozca la historia familiar.

Felipe sabe, como cualquier persona culta, que cuando un 14 de abril de 1931 la monarquía de su bisabuelo Alfonso XIII cayó, no tuvo monárquicos que la defendieran. Como dijo Miguel Maura, un monárquico pasado al campo republicano, no lo defendieron ni sus propios ministros. No es este el lugar para comentar los desaciertos de la monarquía española en los años veinte y treinta. Venían de lejos y su reinado estuvo jalonado de actuaciones lamentables, pero en aquel entonces no se le reprochó que fuera corrupto. Ciertamente, no era un demócrata aun cuando, como escribió Javier Tusell, fue un monarca liberal. Aceptó los hechos consumados en septiembre de 1923 y se sintió cómodo a la sombra del dictador. En realidad, su reinado estuvo fuertemente lastrado por la guerra de Marruecos, en especial por el desastre de Annual en 1921. En aquel entonces, se atribuyó al monarca la mala gestión de las operaciones militares que condujeron al ejército de África a una espantosa derrota. Hoy hay historiadores que dudan de esta afirmación, y no sabemos hasta qué punto era cierta, pero lo que sí es cierto es que el monarca era muy aficionado a temas militares, tenía una estrecha relación con los mandos que condujeron al cuerpo expedicionario al desastre y se inmiscuía en la política de ascensos dentro del Ejército. Por ello, cualquier error cometido por el Ejército se le achacó siempre al mismo Rey. No le favoreció que, mientras España lloraba los miles de soldados desarmados, degollados en Annual, su monarca apareciera divirtiéndose.

Tampoco le ayudó su posición con respecto al catalanismo político de principios de siglo XX. Borja de Riquer estudió la correspondencia de Francesc Cambó y constató que el político catalán estaba decidido a apoyar al monarca cuando en 1918, al final de la primera guerra mundial, empezaban a caer imperios como el alemán del Kaiser, el austrohúngaro o el turco y tantos tronos reales se desplomaban mientras los bolcheviques tomaban el poder en la Santa Rusia y su sombra se cernía sobre media Europa central. En aquellos difíciles tiempos, la crisis en España era también durísima, y el miedo de la burguesía rezumaba por doquier. Fue entonces cuando el monarca y Cambó se propusieron de una vez por todas solucionar el llamado problema catalán. Se trataba de introducir un cambio de estatus de Catalunya dentro de la monarquía y Cambó se lo creyó, pero fue —a su juicio— un engaño: el rey «lo borboneó», en palabras de la propia reina Victoria Eugenia. Alfonso XIII era un nacionalista español y no entendía la idea camboniana; Cambó escribió entonces una durísima carta al monarca. Estaba claro para el político catalán que el Rey no iba a impulsar ninguna renovación del sistema político, aun cuando nadie le pedía un cambio de régimen. Alfonso XIII no lo entendió jamás. Fue su segundo y grave error, puesto que entonces aquel problema tenía solución.

Y fue por esta pendiente que el descrédito de la Monarquía fue en aumento hasta que un 14 de abril de 1931 se desplomó,con gran polvareda, pero sin víctimas. Mi abuelo materno, l’avi Pepito, un pequeño cacique rural, era monárquico, y admiraba a Alfonso XIII, pero nunca le perdonó lo de Annual. Para él, la Republica no ganó: fue la Monarquía la que se suicidó. Ortega y Gasset, el filosofo español de más prestigio en los años treinta, había publicado en el periódico El Sol un célebre artículo que, parafraseando al viejo Catón, terminaba con la frase latina «Delenda est monarchia», cuya traducción resultaba innecesaria: «La monarquía debe ser destruida». El artículo resultó profético.

Hoy las cosas son muy distintas de entonces. El monarca es una pieza importante de un sistema reconocido como democrático, no hay un contexto de guerras mundiales a la vista y Catalunya no tiene hoy el peso económico que tenía en 1930. Por el contrario, hoy Madrid es la sede financiera más importante del reino y los catalanes aportan un PIB muy inferior al que aportaban entonces; pero cabe preguntarnos hasta cuándo un país podrá sostener el desgaste de su monarquía.

[EN PORTADA: Proclamación de la Segunda República en Madrid]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Orlando furioso

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/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

La furia de Orlando, como la de Aquiles, procede de una confusa y lamentable causa que pasaré a describir. Aquiles se enfada porque los griegos son tan tontos que se creen todo lo que les cuenta Homero acerca de Helena. Orlando se enfurece con Aristóteles porque, entre su cuento, Ariosto mete una endiablada cantidad de otros cuentos y cientos de magos, príncipes, caballeros y gentuza variada en hexámetros hexagonales hasta atiborrar París de sarracenos y el País Vasco de mandarines y aturufa a Carlomagno, quien a mitad de la epopeya se arma tal lío que quiere ir al notario a dejar el imperio como un proindiviso entre doña Urraca y Atila el cómodo, que donde dormía la siesta ya no crecían baobabs.

Carlomagno
Orlando o Roldan
Angélica
Agramante
Marsilio
Reinaldo
Nápoles
Ferragús
Sacripante
Bayardo
Bradamante
Reggio
Rogelio
Pinabel
Claramonte
Caballero del hipogrifo
Merlín
Melisa
Brunelo
Atlante
Alcina
Astolfo
Logistila
Ebuda
Cimosco
Olimpía
Biereno
Uberto
Fierabrás
Gradaso
Grandimarte
Almonte
El rey de Galicia
Cerbino

Personajes cuyas historias tienen lugar en docenas de países y que se cruzan para formar el más complejo galimatías de relatos que pueda ser concebido por una mente sensata en un delirio de peligros y hazañas en que los protagonistas se complican la vida innecesariamente para dar cumplimiento a unas oscuras necesidades literarias así como a la más extraña y rocambolesca historia de amores y aventuras incomprensibles, pero perfectamente razonadas por la pluma infinita de Ariosto. El Juego de tronos de la época caballeresca. El grado de interés que suscitaron sólo puede compararse con el grado de sueño que pueden suscitar obras tan enormes y de las que la naturaleza humana no ha podido prescindir a lo largo de los siglos. Obras infinitas que intentan poblar nuestra imaginación con tantos desmanes y desafueros que la mente acaba por sucumbir a tanta tragedia y endiablado embrollo. Y ponen a prueba la capacidad de resistencia de un mortal aún vivo pero que en su ingenuidad se pone en peligro de sucumbir a la suma total de calamidades que se suceden sin descanso ni respiro.

Una de las razones del cabreo orlandáceo es precisamente la irrefrenable incontinencia verbal que padece Ariosto y que priva al héroe de Roncesvalles del suficiente protagonismo como para verse obligado a compartirlo con una legión de príncipes y salvadoncellas, los cuales ensombrecen hasta casi oscurecer los atrevidos desplantes y envites del quijotesco y donjuanesco paladín, su esquilmada honra.

Orlando busca a Ludovico Ariosto en Ferrara y lo encuentra tomando un vaso de lambrusco con un pedazo de pizza en una pizzería de moda donde acuden otros poetas y todos mantienen una tertulia literaria donde se reparten temas y hexámetros a precio de saldo. Se arrima al artista y le espeta en la cara delante de todos:

—¡Ay de mí! Cómo he de verme arrastrado a la infamia y el descrédito por tanto chiflado como has embutido en mi obra maestra, aquélla en que yo debía triunfar ante Sacripante y merodear sobre Angélica para ver si es moza digna de un caballero tan lleno de cólera como el mismo Aquiles el argivo cuyo cabreo sobrecogió a Príamo y a un primo suyo de Calasparra que le había traído medio kilo de arroz para hacer una paella con la que inflamar los deseos de lucha de los troyanos, ya que al tener que repartirse entre todo el pueblo la birria de paella se iban a poner a caldo yugoslavo.

—¿Qué te pasa a ti? —responde Ludovico—. ¿Acaso no te gustan los inflamados y sutiles versos con que te proclamo el más enfurecido de los mortales para que las doncellas se derritan ante la presencia de tu yelmo proceloso? Mi cabreo no tiene límites y mi brazo, junto con el de Quijote el quisquilloso, hemos pensado juntarlos y hacer una sociedad de brazos sin límites para atiborrar a mamporros a todo el que opine lo que no debe ser opinado. Tente, oh remilgado Orlando, que no ha de tardar ya la sin par Virginia la Loba, la cual se llegará a componer también un bello asunto contigo de una prima suya que vive en Londres y que al principio es amiga tuya y más adelante se larga a Bizancio a estudiar magisterio.

—¿Y qué me va a mí en todo ese lío porque una señora quiera ser maestra de escuela?

—Cálmate y no te pongas nervioso, porque tú serás un joven inglés elegante y vas a ser tan agraciado que nadie te podrá decir ni pío, te vestirás en los mejores sastres de la City y podrás ir a las carreras de Ascott, donde conocerás a gente tan afilada en sus maneras que vas a aprender a limpiarte con una servilleta el morro después de la sopa de zorro isabelino.

—Coño, eso sí que me va a gustar.

—¿Ves, pedazo de tarugo, como yo sé lo que me hago? Luego, cuando seas más fino que una señorita pija, te vas a convertir en una tía de aquí te espero.

—¿Y eso para qué? ¿Qué coxones hago yo de tía, y además de esas remilgadas?

—Batallar por sus igualdades y que los hombres se vayan dando cuenta de que si fueran mujeres, querrían ser otra vez hombres porque se pasa mejor, y de esa guisa tendrás que guisar, planchar, comprar, criar, joderse, preñarse, fastidiarse, etcétera.

—No me gusta ni la historia ni esa Loba Virginia o lo que sea. Que se la lleven los mengues, pero a mí no me va a tocar ni un pelo de donde tú sabes.

—No es necesario tocar los pelos.

—Me da igual. Si viene, le dices de mi parte que estoy en Jerusalén con unos primos cruzados.

—No me digas que tienes ganas de meterte en ese barullo de las cruzada.,Mmenudo pollo siríaco tienen montado con lo del santo sepulcro el santo grial el santo prepucio y Simón templa el santo de los templarios.

—Es una promesa que le hice a una tía paralítica, pero mis primos sólo son cruzados de brazos para arriba, no los mueven ni para dormir la siesta con Ava Gardner.

—Caramba, qué contratiempo. ¿Y de qué viven?

—Bueno, como son cruzados de brazos, cuando se cruzan con alguien acostumbran a tirarles un buzón lleno de epístolas de san Pablo a la cabez,a con lo que consiguen indulgencia plenaria, que luego revenden en el mercado secundario de futuros.

—Vale, pero si has de tirar buzones a alguien, guárdate de hacerlo a críticos literarios o te arrepentirás, y te lo dice alguien que sabe de lo que habla.

Orlando salió de allí con el convencimiento de haber hecho un buen negocio dejando a la Woolf fuera de su vida, pero, nada más llegar al puerto se enroló como grumete en un yate que pertenecía al marido de Virginia Woolf y en lugar de Jerusalén fue a parar a Ibiza, donde acabó como agente de la sexualidad innobiliaria vendiendo juguetes para perros lgtbijk.

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Cultura

Compromisos y complejidades de Vasili Grossman

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/ por José de María Romero Barea /

Un escritor que se precie jamás se compromete con ningún sistema político. Al contrario, se reconoce en todas y cada una de las insurrecciones, sabe que la consecución del poder derrota a la esperanza, extorsiona al idealista al mando, lo convierte en burócrata sin alma, en monstruo cruel. Las narraciones de Vasili Grossman (Berdychiv, 1905 – Moscú 1964) siguen siendo pertinentes hoy, al igual que la conciencia de la dignidad herida que muestran sus novelas. Fue «no solo un enorme corresponsal en la segunda guerra mundial», en opinión del poeta británico y traductor literario Robert Chandler (1953), «sino un valiente disidente» cuya prosa, duramente trabajada e inusualmente poética, aporta una visión única de las fuerzas enfrentadas que nos conforman.

«Grossman entiende la necesidad de una planificación clara y racional, pero reconoce que en el conflicto armado, como en otros ámbitos vitales, todo depende de las intuiciones de la comprensión». Su reputación sigue siendo enorme, afirma el editor de la revista literaria Cardinal Points en su artículo «El escritor que captó la realidad de la guerra», al convertir en literatura el periodismo en primera línea: «Varias veces durante la marcha [Gromov, el fusilero antitanques] pensó que iba a derrumbarse. Pero siguió hasta el final. Ahora yacía recostado en una zanja, aullaba el infierno con mil voces, pero él dormitaba, estirando las piernas agotadas. El suyo era el magro y austero descanso de la soldadesca». En relatos como Vida y destino (1959; Galaxia Gutenberg 2007; traduce Marta Rebón), uno de los más abiertamente antisoviéticos de su autor, y por ello censurado, el reportero del Ejército Rojo creó un nuevo lenguaje para dejar constancia el devenir de los pueblos oprimidos en la cúspide del cambio.

En su ensayo para el número de verano de 2020 de la revista londinense The Critic, el premio AATSEEL a la mejor traducción en inglés 2007 afirma que sus experiencias en la Unión Soviética permitieron al autor de Todo fluye (1970; Galaxia Gutenberg 2008; traducción de Marta Rebón)tener una experiencia directa de la revolución, junto a una apasionada simpatía por las víctimas del nazismo y el comunismo, dos regímenes totalitarios enfrentados. Mientras escribe informes privados para los jefes del partido, sus narraciones reflejan a esos mismos gobernantes en descomposición: «Los soldados han recuperado el sol», redacta a modo de colofón de la batalla de Stalingrado, en agosto de 1942, «han recuperado la luz del día, han recuperado el derecho a caminar con la cabeza alta, bajo un pálido cielo azul, pisando la tierra de Stalingrado. Han recuperado el día».

Es la suya una crónica de primera mano, urdida en la dislocación de la barbarie, a merced de los horrores desatados no sólo por Hitler (sus descripciones del Holocausto fueron usados como prueba en los juicios de Núremberg), sino por el propio Stalin (igualmente antisemita). Vivió el que fuera, de 1941 a 1945, corresponsal del diario Krásnaya Zvezdá (Estrella Roja) en una sociedad que una vez defendió, aunque no tardaría en corromperse; habitó junto a las personas sobre las que escribía, «celebrando no solo a los generales, sino a los ordenanzas, a los soldados de base e incluso a un cartero»; aceptó sus privaciones, en definitiva, para obtener autenticidad.

A pesar de (o tal vez por) ello, «gran parte de la obra periodística y ficcional de Grossman está disponible solo en ediciones hiper-censuradas». De ahí la oportunidad de la primera versión inglesa de los 12 artículos del periodista judeorruso sobre la batalla de Stalingrado (Stalingrad, NYRB Classics, 2019), a cargo del propio Chandler y su esposa Elizabeth (Por una causa justa, traducción de Andréi Kozinets, Galaxia Gutenberg, 2011), un volumen que supuso la colusión definitiva con las autoridades comunistas, al no ignorar ninguna de las incómodas evidencias. A base de enfrentarse a ellas, una crítica fascinante de su tiempo, además de un estudio desencantado de la existencia bajo el autoritarismo, con todos los compromisos y complejidades que conlleva, al resumir lo mismo la arrogancia y los absurdos de la autocracia que su monótona obsequiosidad.

«Los soldados del Ejército Rojo veían a Grossman como uno de ellos», apostilla el Premio Rossica de Traducción 2007, «alguien que eligió compartir sus vidas en lugar de limitarse a elogiar la estrategia militar de Stalin desde la seguridad del cuartel general, lejos de la línea del frente». Stalingrado, precuela de Vida y destino, no publicada hasta 1988, supone «una meditación sobre la historia literaria rusa y la capacidad de la humanidad para construir y destruir», a base de breves tratados sobre la tiranía y la rebelión tan pertinentes hoy como cuando fueron concebidos, raudos informes revolucionarios del caos repleto de observaciones que han inspirado a generaciones de reporteros, tensas parábolas del abuso llenas de descripciones vívidas en entrevistas melancólicas con la posteridad, elegíacos daguerrotipos de un mundo perdido.


José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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