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Cultura

Una novela de Fernando Sanmartín

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/ una reseña de Álvaro Valverde /

Sanmartín nació en Zaragoza en 1959. No es nuevo en el oficio de narrar. Estamos ante un narrador, diría, de amplio espectro. De libros como Apuntes de ParísLa infancia y sus cómplicesViajes y novelerías y Te veo triste, su primera novela hasta ahora. Es además, o sobre todo, poeta, pues la poesía atraviesa toda su obra. Al fin y al cabo toda ella está muy por encima de los géneros, en sentido estricto. Con todo, ahí están El llanto de los boxeadores, El peligro de los círculos o, en fin, la plaquette Invasión de Irak. Me gustan especialmente sus dietarios: Los ojos del domadorHacia la tormenta y Heridas causadas por tres rinocerontes

Me gusta destacar que dirige con tino la colección de poesía La gruta de las palabras, de Prensas de la Universidad de Zaragoza. Es, y termino la presentación, colaborador del suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón.

Hablaba de su primera novela y Xordica, su editorial por antonomasia, le publica estos días de confinamiento la segunda, Os contaré la verdad

Es breve, como casi todos los libros de FS. Esa es su distancia. La tiene perfectamente calculada. La trama, que no es lo que más importa, es leve también. No estamos, por suerte, ante una novela al uso, comercial y para el público, de esas que uno no lee.

Thérèse, galerista, una parisina nieta de un exiliado español e hija de un afamado actor y de la dueña de una agencia inmobiliaria, está enamorada de dos hombres: François, arquitecto, y Jean, abogado. Vive, se podría decir, en una encrucijada. Lucha por su pequeña verdad. En medio, ya suponen, pasan otras cosas que no conviene desvelar. No en vano, leemos, «vivimos entre arenas movedizas».

Lo que sí importa aquí es el lenguaje, de una transparencia misteriosa. Claro, preciso. El lector se desliza por las páginas como quien se pasea por París, la ciudad donde se desarrolla la historia (en concreto, por el barrio del Marais). Con idéntica tranquilidad. Pasmado por la belleza que se encuentra a cada paso. Eso sí, cosmopolita (como su autor), la novela viaja hasta otras ciudades. Venecia, por ejemplo.

Ah, me encanta cómo usa el «porque…». Qué bien resuelve, y con qué originalidad (muchas veces poética), el sentido de tal o cual enunciado. 

Abundan, por lo demás, las referencias culturales. Del arte en general: la pintura, la fotografía, la arquitectura, la música, el cine, la literatura… Barceló, Modiano (el tono modianesco es sustancial aquí: «las listas definen a quienes las hacen», deja caer en la página 118), Torga (“envejecer no es para cobardes”), Palladio, Brassaï, Simmons y Peck en Horizontes de grandeza (un peliculón que he vuelto a ver durante el encierro), Eliot, Argullol

Sanmartín es un hombre culto, no cabe duda, aunque su prosa no sea ni pedante ni culturalista. La naturalidad manda, por más que en él esa naturalidad esté ligada, como digo, al mundo de la cultura. 

He subrayado mientras leía no pocas frases que son en realidad versos o aforismos; hallazgos o iluminaciones, en todo caso. Así, «la vida es repetir lo que hacemos», «la melancolía es una maleza», «la timidez es un misterio que termina desvelándose», «un poema es hacer visible un sentimiento», «la verdad nunca provoca indiferencia, pero puede causar miedo» (que serviría de lema a esta nouvelle), «el tiempo, ese anciano inmortal»,  «escribir es siempre un autorretrato cuando no hay ficción en las palabras», «la soledad es un reencuentro con la conciencia», «la imaginación es un ejercicio compasivo para afrontar lo cotidiano», «la pasión y el amor son antídotos contra la muerte», «la conciencia es un estanque sobre el que arrojamos piedras al atardecer», «conducir, en algunos momentos, es un estado de ánimo»…

Uno, que lee narrativa con cierta dificultad, temía, a medida que avanzaba, que Os contaré la verdad se terminara. Sanmartín, lo tengo más que comprobado, nunca defrauda. No al menos a este lector que abre sus libros con la avidez y el entusiasmo del que se sabe ante un nuevo y feliz descubrimiento.


Os contaré la verdad
Fernando Sanmartín
Xordica, 2020
128 páginas
12,95€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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Cultura

De matar curas a financiar iglesias

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/ De rerum natura / Pedro Luis Menéndez /

El sacerdote jesuita Luis Espinal Camps nació el 2 de febrero de 1932 en Sant Fruitós de Bages (Barcelona) y murió asesinado en La Paz (Bolivia) el 21 de marzo de 1980, hace ahora cuarenta años. Encontraron su cuerpo con señales de tortura el día 22. Su entierro se celebró el 24, el mismo día en que Óscar Romero era asesinado en El Salvador. Luis (Lucho) Espinal fue el autor en los años setenta de un crucifijo comunista. Cuando Evo Morales regaló una réplica de este crucifijo al papa Francisco en 2015, se montó un pequeño revuelo mediático en la prensa conservadora; un revuelo de esos que les gusta organizar por lo accesorio, no por lo importante. ¿O sí era importante, al menos para algunos?

Evo Morales entrega al papa Francisco el crucifijo comunista de Lucho Espinal.

No parece mala idea deshacerse de quienes estorban a los oligarcas. Si se piensa, no son más que mosquitos que pueden ser aplastados con facilidad. Aplastar mosquitos es ruidoso, pero tampoco demasiado. A Europa ese ruido casi no llega; aquél sólo llegó un poco cuando se mostró acompañado de un término nuevo, teología de la liberación, que vivió su minuto de gloria y luego se fue diluyendo entre las reconvenciones de la jerarquía vaticana y el silencio de la izquierda, que miró para otro lado.

En cualquier caso, el ruido era molesto y, aunque se trataba de mosquitos pequeños, sus picaduras pueden contagiar a los campesinos, a los sin tierra, a los estudiantes; pueden ayudar a los indígenas a proclamar su propia voz, su indignación convertida en cooperativas, en escuelas, en liderazgos agrarios y sindicales. Así que mejor seguimos aplastando mosquitos, porque, si la nube de mosquitos crece, su griterío puede llegar a ser ensordecedor. Centenares de religiosos y religiosas, miles de activistas por la tierra, líderes obreros y campesinos han sido asesinados en las últimas décadas en América Latina. Y la cifra crece cada día.

La estrategia no funciona mal: el miedo y el terror siempre han servido para silenciar conciencias y, sobre todo, para reprimir conductas no convenientes. Pero en algún momento, en algún despacho de algún lugar, a alguien se le ocurrió una idea mejor que, sin abandonar los asesinatos (aunque estos se realicen cada vez más por sicarios del narco, y así los milicos tienen las manos limpias), podía perfeccionar el sistema: inyectar millones y millones de dólares para que la población latinoamericana fuera abandonando poco a poco el catolicismo y siguiera extasiada a los nuevos pastores evangélicos.

Como apunta Carlos Malamud, «los orígenes de esta expansión hay que buscarlos en numerosas campañas proselitistas originadas en ciertas iglesias protestantes de EEUU a partir de mediados del siglo pasado, que terminaron implantándose básicamente en América Central. Por su parte, el núcleo de expansión de las iglesias evangélicas en América del Sur fue Brasil, a tal punto que hoy es posible encontrar pastores brasileños predicando en cualquier capital latinoamericana o en muchas de sus grandes ciudades».

Y sigue señalando Malamud: «En la actualidad, el número de fieles evangélicos ya supone algo más del 20% de la población latinoamericana. La cifra es más importante si se tiene en cuenta que hace sólo 60 años apenas suponían el 3% de la población, según datos recogidos por el Pew Research Center. En México más del 10% de la población es evangélica; en Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y Panamá se habla de una cifra superior al 15%; en Costa Rica y Puerto Rico se llega al 20%; en Brasil se barajan cifras que oscilan entre el 22% y el 27%; y en algunos países centroamericanos, como Guatemala, Honduras y Nicaragua, la cifra supera el 40%».

El riesgo por nuestra parte de considerar que se trata de cuestiones o luchas entre religiones produce a veces una ceguera muy evidente en cuanto a las consecuencias políticas, que ya son muy claras en la actualidad y que irán a mayores en las próximas décadas: «Como ya se ha señalado, el auge evangélico debe verse en relación al proceso paralelo de retroceso católico. En lugar de la teología de la liberación, que supuso una fuerte implantación de curas revolucionarios, obreros y campesinos, en las décadas de 1960 y 1970, los pastores evangélicos han sabido introducir entre sus fieles con mucho éxito la llamada teología de la prosperidad. Se trata de un concepto que ilustra claramente los principios e intereses que mueven a sus fieles».

La diferencia sustancial en la visión del mundo iría entonces desde la muy conocida reflexión de Hélder Câmara («Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista») a un conservadurismo férreo en lo moral y especialmente homófobo, que se concreta en esa teología de la prosperidad: «El núcleo de esta teología es la convicción de que Dios quiere que sus fieles tengan una vida próspera, es decir, que sean económicamente ricos, físicamente sanos e individualmente felices. Este tipo de cristianismo coloca el bienestar del creyente en el centro de la oración y transforma a su Creador en aquel que hace realidad sus pensamientos y deseos. El peligro de esta forma de antropocentrismo religioso, que pone en el centro al hombre y su bienestar, es el de transformar a Dios en un poder a nuestro servicio, a la Iglesia en un supermercado de la fe, y la religión en un fenómeno utilitarista y eminentemente sensacionalista y pragmático».

Al final, llegó Bolsonaro. Y llegarán muchos más. Y en Europa, como siempre, estaremos mirando en otra dirección.

[EN PORTADA: Luis Espinal]


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016), la novela Más allá hay dragones (2016), y el libro de prosas cortas Postales desde el balcón (2018). Recientemente ha dado a la luz en Trea el libro de poemas La vida menguante (2019). Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias.

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Cultura

La cruda realidad

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/ L epístolas a un perro et V derrotas / José Manuel Sariego /

Descartemos los artificios de la poesía, rechacemos de plano las exhibiciones de frívola belleza que pretenden disfrazar, tapar engañifas. La realidad que nos toca vivir, Bilbo, se asemeja más a historias ciertas, a vivencias que nos atañen, tales como las que, a continuación, relato.

Una luz crepuscular grisácea, mortecina avanzaba, se escapaba poco a poco hacia otro ocaso millones de veces repetido por la calle de San José: aceras soladas con baldosas y asfalto lindante repintado con rayas azules, blancas, amarillas, a cachos; y coches en hilera. Un hombre, acuclillado en la acera, a dos pasos de la sidrería La Corraína, con la alcancía de plástico de la miseración a los pies, llamó tu atención. Te acercaste a curiosear. El pordiosero rompió su impostada inmovilidad, esgrimió una vara medio oculta tras las posaderas y amenazó:

—¡Lárgate, chucho de los cojones! ¡Fuera, chucho de mierda!

Las imprecaciones quedaron colgando de los estómagos invisibles del aire vespertino tal que mariposas portantes del polen del fracaso. Pegué un fuerte, seco tirón de la correa. Le dimos la espalda:

—Vamos a casina, Bilbo, antes de que nos encime la noche.

La dueña de Lasti, el perrín faldero de geométricas manchas blancas y negras como mapas mudos de pelo rizado con quien tanto te gustaba jugar en la zona recreativa de perros de la Plaza de Europa, me soltó un día de sopetón:

—No me presta volver a casa con el panorama que me espera. Tengo una hermana de setenta años enferma, tirada en una cama articulada de esas que deja gratis la Seguridad Social y una madre de noventa y dos en perpetuo estado de depresión, siempre encamada también.

No supe qué decir e hice como que me andaba en flores.

—Me paso la vida en mi cuarto —prosiguió— con este trasto de Lasti que me abrasa a mordiscos, me tira de los pelos, que no me deja ni hacer ganchillo.

Mantuve la misma postura impasible, la misma actitud evasiva. Al entenderme la flor, Adela, la dueña de Lasti, cambió de tercio:

—El otro perro que tuve, anterior a este Lasti travieso, revoltoso como él solo, insufrible, se llamaba Pluto. Se me murió el 18 de octubre del 14.

(Qué chocante coincidencia: el mismo día, mes y año en que fechó tu natalidad el Ilustre Colegio Oficial de Veterinarios de Asturias).

—Tenía ya quince años, el prubín. Se quedó en los puros huesos por no comer. No hubo más remedio que ponerle la inyección. Lo enterré bajo el castaño de la finca de Mareo junto a sus padres, al lado mismamente de los campos del Sporting. En su tumba coloqué un ramo de orquídeas.  

Yo, a lo mío: fumando, silbando al éter, andándome en flores como quien oye llover. Tú, a lo tuyo: medrando sin parar, pasándotelo en flores como perrillo de todas bodas, como espécimen de vida regalada, sin percatarte de que los sueños de las plantas solitarias tratan de arracimarse en conglomerados melancólicos; sin suponer siquiera que en todos los caminos trillados, en todas las sendas triviales prolifera la flor del viento de color violado, venenosa.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

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Cultura

La historia del mundo en 100 objetos

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/ una reseña de Ricardo Martínez /

Diríase que los objetos, los elementos materiales que acompañan nuestra vida cotidiana y que conforman en buena medida nuestros hábitos (y, por extensión, una forma de comportarse y, casi, de ser) constituyen la memoria fehaciente de nuestro quehacer, de nuestra manera de vivir.

Razón suficiente para tomar en consideración su significado y trascendencia, también, en ese valor ontológico por el que ha de considerarse la vida del hombre. Así, al menos, parece haberlo entendido el equipo del British Museum (ese recinto entrañable incluso físicamente por cuanto su interior conserva todavía ese carácter inicial de colección particular, donde se guardan en estantes acristalados a la par los libros junto a hermosos objetos de cerámica, por ejemplo) que, con sosegado y atinado criterio, ha querido elegir, justificadamente, cien objetos que expliquen, al margen de consideraciones dominantes de carácter político o religioso, el devenir de la vida del hombre a lo largo de la historia, desde sus orígenes hasta la actualidad.

La temática de cada uno de estos objetos seleccionados e inteligentemente explicados en su valor representativo e histórico es muy variada, y algunos incluso son relevantes por su carácter no institucional, sino de matiz, digamos. Tal es el entrañable caso de «Fragmentos de pintura mural de un harén». El comentario que le acompaña es tan revelador como explícito: «Ocultas en un laberinto de pequeñas estancias en el palacio del califa estaban las dependencias del harén, con pinturas murales representando escenas de placer y entretenimiento […] Estos nos muestran los rostros de las esclavas y sirvientes del califa, las mujeres y posiblemente los muchachos de su mundo intimo y de sus placeres privados». Y explica el autor: «Pasar a formar parte de la familia del califa (un eufemismo para referirse al harén) era de hecho algo a lo que las mujeres podían aspirar, y si se era de origen humilde pero se dominaban el canto o el baile y se recibía una formación adecuada, era una muy buena elección profesional».

Podría señalarse también, por su belleza y originalidad, el «Galeón mecánico» procedente de Augsburgo (1585 d. C.) o la moneda con la efigie de Alejandro, objetos representativos no solo de un momento histórico relevante, sino que, por sí, suponen un canon de belleza suficiente como para denotar un espíritu de sensibilidad que vendría a complementar (o desdecir, en su caso) la posible idea de primitivismo o rudeza de unos tiempos que, por estar alejados de los nuestros, no tienen por qué representar un carisma negativo de canon estético en hombres y mujeres que han vivido con muchos años de anticipación a nosotros (por otro lado, los aparentemente cultos y detentadores de un sentido de armonía y belleza que, se diría, a día de hoy, están cada vez más alejados del sentido de representación y equilibrio).

Un libro elegante, pues, entretenido en el mejor sentido; un compañero inseparable como representación de una cultura relevante.

[EN PORTADA: Rinoceronte de Durero (1515)]


La historia del mundo en 100 objetos
Neil MacGregor
Debate, 2012
800 páginas
43,90€

Ricardo Martínez-Conde, después de iniciar los primeros estudios en la escuela de Padriñán, cursó el Bachillerato Laboral en los Institutos de Marín y Alfaro. Realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna, Valladolid y Madrid. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de su obra.

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