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Cultura

La banca siempre gana

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/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Este es un país en el que los banqueros robaron y robaron mucho durante mucho tiempo. Claro está que no digo ninguna novedad: basta echar mano de hemerotecas para refrescar la memoria. También es este uno de los países en donde muy pocos de los que ejercieron sus latrocinios pagaron sus delitos con penas de cárcel. La práctica totalidad de los directivos de las antiguas cajas de ahorros que fueron condenados por los tribunales por su poco modélica gestión al frente de sus entidades se libró de la cárcel. Hay algunas excepciones, como las del ilustre exvicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato, que estuvo al frente de Caja Madrid y Bankia y fue condenado a cuatro años, pero el delito por el que se le condenó fue el de las famosas tarjetas black. Se le ha concedido ya la semilibertad, igual que a sus catorce compinches, y puede salir de su residencia temporal de Soto del Real.

Ciertamente, también ingresaron en la cárcel algunos de los banqueros que realizaron sus fechorías en Galicia, condenados a dos años por las módicas prejubilaciones de catorce millones de euros que se otorgaron a sí mismos, supongo que como premio por su modélica gestión al frente de la entidad gallega que regentaban. Pero el expresidente de la entidad fue puesto en libertad con cierta celeridad y los demás también al cumplir un año.

No crean que escribo este texto escandalizado, ni mucho menos. Me parece tan normal que comprendo el poco eco que ha tenido todo esto en muchos de los principales medios de información, preocupados al parecer por cosas más importantes.

Dado que no soy experto ni en temas bancarios ni en jergas judiciales, si me permito escribir sobre ello es por otra razón: mi afición a la historia. Hace un tiempo leí un interesante artículo de Carlo M. Cipolla sobre el Banco de los Bardi o Compagnia dei Bardi, como se llamaba el más importante banco de Florencia a principios del siglo XIV. Nos dice el historiador que un coetáneo estaba convencido de que los Bardi, junto con los Peruzzi —otra saga de banqueros—, eran nada menos que «las dos columnas de la Cristiandad» dado que financiaban a monarcas, nobles y todo tipo de personajes importantes. Entre sus negocios, los hubo de todos los colores, pero uno entre ellos determinó su futuro: un préstamo muy arriesgado a Eduardo III de Inglaterra. Ningún monarca inglés había tomado prestamos por el valor que lo hizo este irresponsable mirlo coronado con los Bardi entre 1335 y 1340. Por lo visto, la deuda ascendió a la entonces enorme suma de 125.000 libras en oro, con las que el monarca inglés pretendía financiar la guerra con los franceses; pero como la guerra fue un desastre para los ingleses, el préstamo arriesgado, a un alto interés, no se recuperó jamás y, por lo tanto, el banco de los Bardi perdió el dinero. Era lo que tenía jugar con los reyes: ellos estaban aforados a su manera. De esta forma, los banqueros Bardi pasaron de una época próspera, con beneficios del treinta por ciento anual, en la que el número de empleados superaba el centenar, con 25 filiales en ciudades como Ancona, Aquila, Aviñón, Barcelona, Brujas, Constantinopla, Génova, Chipre, Jerusalén, Paris, Túnez, Venecia y algunas otras ciudades, a entrar en bancarrota. En 1346 se hundieron, y su derrumbe arrastró a cuantos tenían depositadas sus esperanzas en la prudencia de los Bardi.

La crisis económica fue brutal, ya que repercutió a todos los centros de negocios de Europa. Para salvar la situación, los Bardi, entonces, iniciaron una desesperada carrera en la que no ahorraron actos delictivos de ningún tipo, incluida la falsificación de moneda. Este último delito era el más grave que se podía cometer en Florencia y conllevaba la pena de muerte en la hoguera. Ellos crearon todo un sistema pensado para falsificar todo tipo de monedas, especialmente monedas extranjeras: contrataron expertos, fabricaron cuños y compraron una granja con vacas para disimular el delito y empezaron a emitir. Pero la gente de los pueblos, aunque a veces parezca tonta, no lo es, y vio que en la granja no entraba heno ni salía leche, sino que se oían extraños ruidos, entraban objetos que las vacas no suelen comer y había un horno que se alimentaba día y noche y del que salía la extraña humareda de la fusión del cobre. Los truhanes estaban confiados con la supuesta ignorancia de los campesinos, pero todo el tinglado se descubrió; hubo un proceso y se culpó a algunos de los técnicos, concretamente dos esbirros, que efectivamente fueron quemados vivos. La gente, indignada, se lanzó sobre diversas casas y propiedades de los banqueros: sólo en Florencia ardieron veintidós casas propiedad del banco. Pero los banqueros, los Bardi, no se sentían vinculados por las leyes: al contrario, las leyes eran tan solo instrumentos para su enriquecimiento. Por ello, huyeron. Cierto que la justicia emitió diversas ordenes para capturarlos, pero no lo consiguió. Lo sorprendente es que, al cabo de poco tiempo, les volvemos a ver ocupando cargos públicos. La lección es clara y necesita pocos comentarios; Cipolla, lo resume con estas palabras: «Los que pagan el pato son siempre los andrajosos y los harapientos».

No quisiera cerrar este breve articulo sin citar una frase de mi admirado historiador italiano, que reza así:

«Algunas personas que creen o quieren parecer instruidas y avisadas suelen repetir a menudo que la historia es maestra de vida y que el hombre aprende mucho de la experiencia. Soy historiador de profesión, pero más de cuarenta años de estudios e investigaciones históricas me han persuadido de que esta convicción ingenua hace agua por todas partes y que el ser humano no aprende nada de nada ni de su experiencia personal ni de la de sus semejantes, tanto si es colectiva como individual, y sigue, por tanto, repitiendo con monótona tozudez los mismos errores e idénticas fechorías, con consecuencias destructivas para el progreso humano»

La historia de los banqueros españoles del siglo XXI no es muy distinta de la de sus congéneres del siglo XIV.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

De matar curas a financiar iglesias

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/ De rerum natura / Pedro Luis Menéndez /

El sacerdote jesuita Luis Espinal Camps nació el 2 de febrero de 1932 en Sant Fruitós de Bages (Barcelona) y murió asesinado en La Paz (Bolivia) el 21 de marzo de 1980, hace ahora cuarenta años. Encontraron su cuerpo con señales de tortura el día 22. Su entierro se celebró el 24, el mismo día en que Óscar Romero era asesinado en El Salvador. Luis (Lucho) Espinal fue el autor en los años setenta de un crucifijo comunista. Cuando Evo Morales regaló una réplica de este crucifijo al papa Francisco en 2015, se montó un pequeño revuelo mediático en la prensa conservadora; un revuelo de esos que les gusta organizar por lo accesorio, no por lo importante. ¿O sí era importante, al menos para algunos?

Evo Morales entrega al papa Francisco el crucifijo comunista de Lucho Espinal.

No parece mala idea deshacerse de quienes estorban a los oligarcas. Si se piensa, no son más que mosquitos que pueden ser aplastados con facilidad. Aplastar mosquitos es ruidoso, pero tampoco demasiado. A Europa ese ruido casi no llega; aquél sólo llegó un poco cuando se mostró acompañado de un término nuevo, teología de la liberación, que vivió su minuto de gloria y luego se fue diluyendo entre las reconvenciones de la jerarquía vaticana y el silencio de la izquierda, que miró para otro lado.

En cualquier caso, el ruido era molesto y, aunque se trataba de mosquitos pequeños, sus picaduras pueden contagiar a los campesinos, a los sin tierra, a los estudiantes; pueden ayudar a los indígenas a proclamar su propia voz, su indignación convertida en cooperativas, en escuelas, en liderazgos agrarios y sindicales. Así que mejor seguimos aplastando mosquitos, porque, si la nube de mosquitos crece, su griterío puede llegar a ser ensordecedor. Centenares de religiosos y religiosas, miles de activistas por la tierra, líderes obreros y campesinos han sido asesinados en las últimas décadas en América Latina. Y la cifra crece cada día.

La estrategia no funciona mal: el miedo y el terror siempre han servido para silenciar conciencias y, sobre todo, para reprimir conductas no convenientes. Pero en algún momento, en algún despacho de algún lugar, a alguien se le ocurrió una idea mejor que, sin abandonar los asesinatos (aunque estos se realicen cada vez más por sicarios del narco, y así los milicos tienen las manos limpias), podía perfeccionar el sistema: inyectar millones y millones de dólares para que la población latinoamericana fuera abandonando poco a poco el catolicismo y siguiera extasiada a los nuevos pastores evangélicos.

Como apunta Carlos Malamud, «los orígenes de esta expansión hay que buscarlos en numerosas campañas proselitistas originadas en ciertas iglesias protestantes de EEUU a partir de mediados del siglo pasado, que terminaron implantándose básicamente en América Central. Por su parte, el núcleo de expansión de las iglesias evangélicas en América del Sur fue Brasil, a tal punto que hoy es posible encontrar pastores brasileños predicando en cualquier capital latinoamericana o en muchas de sus grandes ciudades».

Y sigue señalando Malamud: «En la actualidad, el número de fieles evangélicos ya supone algo más del 20% de la población latinoamericana. La cifra es más importante si se tiene en cuenta que hace sólo 60 años apenas suponían el 3% de la población, según datos recogidos por el Pew Research Center. En México más del 10% de la población es evangélica; en Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y Panamá se habla de una cifra superior al 15%; en Costa Rica y Puerto Rico se llega al 20%; en Brasil se barajan cifras que oscilan entre el 22% y el 27%; y en algunos países centroamericanos, como Guatemala, Honduras y Nicaragua, la cifra supera el 40%».

El riesgo por nuestra parte de considerar que se trata de cuestiones o luchas entre religiones produce a veces una ceguera muy evidente en cuanto a las consecuencias políticas, que ya son muy claras en la actualidad y que irán a mayores en las próximas décadas: «Como ya se ha señalado, el auge evangélico debe verse en relación al proceso paralelo de retroceso católico. En lugar de la teología de la liberación, que supuso una fuerte implantación de curas revolucionarios, obreros y campesinos, en las décadas de 1960 y 1970, los pastores evangélicos han sabido introducir entre sus fieles con mucho éxito la llamada teología de la prosperidad. Se trata de un concepto que ilustra claramente los principios e intereses que mueven a sus fieles».

La diferencia sustancial en la visión del mundo iría entonces desde la muy conocida reflexión de Hélder Câmara («Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista») a un conservadurismo férreo en lo moral y especialmente homófobo, que se concreta en esa teología de la prosperidad: «El núcleo de esta teología es la convicción de que Dios quiere que sus fieles tengan una vida próspera, es decir, que sean económicamente ricos, físicamente sanos e individualmente felices. Este tipo de cristianismo coloca el bienestar del creyente en el centro de la oración y transforma a su Creador en aquel que hace realidad sus pensamientos y deseos. El peligro de esta forma de antropocentrismo religioso, que pone en el centro al hombre y su bienestar, es el de transformar a Dios en un poder a nuestro servicio, a la Iglesia en un supermercado de la fe, y la religión en un fenómeno utilitarista y eminentemente sensacionalista y pragmático».

Al final, llegó Bolsonaro. Y llegarán muchos más. Y en Europa, como siempre, estaremos mirando en otra dirección.

[EN PORTADA: Luis Espinal]


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016), la novela Más allá hay dragones (2016), y el libro de prosas cortas Postales desde el balcón (2018). Recientemente ha dado a la luz en Trea el libro de poemas La vida menguante (2019). Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias.

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Cultura

La cruda realidad

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/ L epístolas a un perro et V derrotas / José Manuel Sariego /

Descartemos los artificios de la poesía, rechacemos de plano las exhibiciones de frívola belleza que pretenden disfrazar, tapar engañifas. La realidad que nos toca vivir, Bilbo, se asemeja más a historias ciertas, a vivencias que nos atañen, tales como las que, a continuación, relato.

Una luz crepuscular grisácea, mortecina avanzaba, se escapaba poco a poco hacia otro ocaso millones de veces repetido por la calle de San José: aceras soladas con baldosas y asfalto lindante repintado con rayas azules, blancas, amarillas, a cachos; y coches en hilera. Un hombre, acuclillado en la acera, a dos pasos de la sidrería La Corraína, con la alcancía de plástico de la miseración a los pies, llamó tu atención. Te acercaste a curiosear. El pordiosero rompió su impostada inmovilidad, esgrimió una vara medio oculta tras las posaderas y amenazó:

—¡Lárgate, chucho de los cojones! ¡Fuera, chucho de mierda!

Las imprecaciones quedaron colgando de los estómagos invisibles del aire vespertino tal que mariposas portantes del polen del fracaso. Pegué un fuerte, seco tirón de la correa. Le dimos la espalda:

—Vamos a casina, Bilbo, antes de que nos encime la noche.

La dueña de Lasti, el perrín faldero de geométricas manchas blancas y negras como mapas mudos de pelo rizado con quien tanto te gustaba jugar en la zona recreativa de perros de la Plaza de Europa, me soltó un día de sopetón:

—No me presta volver a casa con el panorama que me espera. Tengo una hermana de setenta años enferma, tirada en una cama articulada de esas que deja gratis la Seguridad Social y una madre de noventa y dos en perpetuo estado de depresión, siempre encamada también.

No supe qué decir e hice como que me andaba en flores.

—Me paso la vida en mi cuarto —prosiguió— con este trasto de Lasti que me abrasa a mordiscos, me tira de los pelos, que no me deja ni hacer ganchillo.

Mantuve la misma postura impasible, la misma actitud evasiva. Al entenderme la flor, Adela, la dueña de Lasti, cambió de tercio:

—El otro perro que tuve, anterior a este Lasti travieso, revoltoso como él solo, insufrible, se llamaba Pluto. Se me murió el 18 de octubre del 14.

(Qué chocante coincidencia: el mismo día, mes y año en que fechó tu natalidad el Ilustre Colegio Oficial de Veterinarios de Asturias).

—Tenía ya quince años, el prubín. Se quedó en los puros huesos por no comer. No hubo más remedio que ponerle la inyección. Lo enterré bajo el castaño de la finca de Mareo junto a sus padres, al lado mismamente de los campos del Sporting. En su tumba coloqué un ramo de orquídeas.  

Yo, a lo mío: fumando, silbando al éter, andándome en flores como quien oye llover. Tú, a lo tuyo: medrando sin parar, pasándotelo en flores como perrillo de todas bodas, como espécimen de vida regalada, sin percatarte de que los sueños de las plantas solitarias tratan de arracimarse en conglomerados melancólicos; sin suponer siquiera que en todos los caminos trillados, en todas las sendas triviales prolifera la flor del viento de color violado, venenosa.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

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Cultura

La historia del mundo en 100 objetos

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/ una reseña de Ricardo Martínez /

Diríase que los objetos, los elementos materiales que acompañan nuestra vida cotidiana y que conforman en buena medida nuestros hábitos (y, por extensión, una forma de comportarse y, casi, de ser) constituyen la memoria fehaciente de nuestro quehacer, de nuestra manera de vivir.

Razón suficiente para tomar en consideración su significado y trascendencia, también, en ese valor ontológico por el que ha de considerarse la vida del hombre. Así, al menos, parece haberlo entendido el equipo del British Museum (ese recinto entrañable incluso físicamente por cuanto su interior conserva todavía ese carácter inicial de colección particular, donde se guardan en estantes acristalados a la par los libros junto a hermosos objetos de cerámica, por ejemplo) que, con sosegado y atinado criterio, ha querido elegir, justificadamente, cien objetos que expliquen, al margen de consideraciones dominantes de carácter político o religioso, el devenir de la vida del hombre a lo largo de la historia, desde sus orígenes hasta la actualidad.

La temática de cada uno de estos objetos seleccionados e inteligentemente explicados en su valor representativo e histórico es muy variada, y algunos incluso son relevantes por su carácter no institucional, sino de matiz, digamos. Tal es el entrañable caso de «Fragmentos de pintura mural de un harén». El comentario que le acompaña es tan revelador como explícito: «Ocultas en un laberinto de pequeñas estancias en el palacio del califa estaban las dependencias del harén, con pinturas murales representando escenas de placer y entretenimiento […] Estos nos muestran los rostros de las esclavas y sirvientes del califa, las mujeres y posiblemente los muchachos de su mundo intimo y de sus placeres privados». Y explica el autor: «Pasar a formar parte de la familia del califa (un eufemismo para referirse al harén) era de hecho algo a lo que las mujeres podían aspirar, y si se era de origen humilde pero se dominaban el canto o el baile y se recibía una formación adecuada, era una muy buena elección profesional».

Podría señalarse también, por su belleza y originalidad, el «Galeón mecánico» procedente de Augsburgo (1585 d. C.) o la moneda con la efigie de Alejandro, objetos representativos no solo de un momento histórico relevante, sino que, por sí, suponen un canon de belleza suficiente como para denotar un espíritu de sensibilidad que vendría a complementar (o desdecir, en su caso) la posible idea de primitivismo o rudeza de unos tiempos que, por estar alejados de los nuestros, no tienen por qué representar un carisma negativo de canon estético en hombres y mujeres que han vivido con muchos años de anticipación a nosotros (por otro lado, los aparentemente cultos y detentadores de un sentido de armonía y belleza que, se diría, a día de hoy, están cada vez más alejados del sentido de representación y equilibrio).

Un libro elegante, pues, entretenido en el mejor sentido; un compañero inseparable como representación de una cultura relevante.

[EN PORTADA: Rinoceronte de Durero (1515)]


La historia del mundo en 100 objetos
Neil MacGregor
Debate, 2012
800 páginas
43,90€

Ricardo Martínez-Conde, después de iniciar los primeros estudios en la escuela de Padriñán, cursó el Bachillerato Laboral en los Institutos de Marín y Alfaro. Realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna, Valladolid y Madrid. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de su obra.

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