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Cultura

Avelino Fierro desde su celda (10, 11 y 12)

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/por Avelino Fierro/

Domingo, 22 de marzo. Seguimos comprando el periódico, David. Gracias por enviarme ese correo tan certero en el que me cuentas cómo funciona estos días la Redacción. Tan preciso, como si tuvieras que escribir una columna con un número tasado de palabras; va a ser deformación profesional: «hacer un periódico a distancia es peligrosamente fácil», «luchar contra los bulos», «caen los ingresos por publicidad; la gente cree que no es buena idea gastarse el dinero en publicidad teniendo el negocio cerrado, pero se equivocan», «la parte buena es que tenemos más visitas en la página web y vendemos más en los kioscos».

Hace poco leí a un periodista, M. A. Basteiner, ya fallecido, que afirmaba que el único porvenir que pueden tener el periodismo y el periodista es su versión digital. Citaba a un experto que proponía que el periódico on-line no fuera uno, sino trino. Una primera versión sería el periódico de papel, volcado en el medio digital, que contendría las joyas de la corona, las mejores colaboraciones, las historias más relevantes. Otra, el periódico continuo, ininterrumpido, aquel en el que el lector tuviera lo último en tiempo real. Una tercera sería la combinación de las dos anteriores. Decía que esa formulación trinitaria requería un despliegue redaccional importante y fijar unas horas de cierre para evitar la esquizofrenia de los redactores, enfrentados a un mismo día de la marmota que nunca termina.

Y más adelante, apuntaba que el peligro que encierra Internet consiste en hacer olvidar la calle. Tú también te refieres en tu carta a ello: «El sector llevaba ya demasiado tiempo habituado a trabajar en remoto, es decir, a escribir lo que nos cuentan y no lo que vemos». Basteiner también habla de eso, del trabajo presencial, el olor y color de las cosas, los sonidos de las palabras, los gestos… La transcripción de una entrevista, dice, no es más que una parte de lo que se dijo y no siempre lo más importante de lo hablado. La efectividad del cara a cara.

Me sucedió hace poco algo que tiene que ver con eso: me hicieron una entrevista por teléfono, me enviaron la transcripción y casi no me reconocía en algunas partes. Lo limamos, pulimos y limpiamos. Al final, el periodista redactó la noticia. Como J. Cruz es un grandísimo profesional, hizo que aflorase en su texto algo que incluso estaba oculto en la palabra hablada. Pero lo más habitual es que de lo que dices a lo que escriben haya un trecho.

Yo de esto entiendo nada y menos. Os sigo imaginando adictos al periodismo de investigación, entrevistándoos en un sótano o garaje con cualquier garganta profunda —la del informador del Watergate, no la de Linda Lovelace—, o preparando la mochila y despidiéndoos de la familia antes de salir a todo trapo a cubrir la erupción de un volcán o un conflicto armado en el Congo belga. O pasándolas canutas celebrando la Navidad lejos de casa, como en las historias del Golfo que cuenta Enric González en aquel libro que te regalé, Memorias líquidas. Bueno, para la aventura ya tenemos a López, que creo que acaba de volver de retratar a los refugiados en las montañas de Bosnia.

Así os veo. Gastando suelas en busca de la noticia, destrozando las sandalias, como me contaba mi amigo Andy Symington en los dos meses que pateó la Patagonia para la Lonely Planet. La importancia del calzado. Hay un libro que recoge la escapada de Chéjov hacia la isla de Sajalín para aquel reportaje sobre los presos deportados por el Zar. Se titula Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas. Se habla de los preparativos del viaje, de las lecturas y de la información sobre el lugar.

Y permíteme que te relate una casualidad. Acabo de leer esta mañana una carta de otro ruso, que es a la vez una excelente crónica. Maxim Gorki escribe a una tal Y. P. Péshkova, relatándole el funeral de Chéjov y su traslado en un vagón «para transportar ostras frescas». Habla de la multitud asistente, «una nube espesa y grasienta de vulgaridad triunfante».

Ya ves, os sigo viendo tan viajeros… Pero copio aquí tu último párrafo: «Te aseguro que estos días los héroes están en los hospitales, en los supermercados, en los camiones… no en ningún periódico».

Echo de menos encontrarte en la calle o en los bares, o en tu bicicleta yendo o viniendo al periódico. Otra vez gracias. Un abrazo del tío Ave.

Lunes, 23. El eco de escritores en las ciudades vacías. Sobre eso tengo que escribirte. Pues bien, Cristina, yo que he recorrido tantas veces la ciudad, no sé bien qué contestarte. He llenado bastantes páginas sobre ello, quizá tendría que buscarme entre lo escrito. Pero me da una pereza enorme, y no me gusta: no me reconozco en mis palabras ni en mis emociones. A veces, sí, en la tristeza.

Ya ves que Julio Llamazares en el prólogo de mi último libro, Contra tiempo, habla de ello. Hago de la ciudad —escribe— el principal personaje de mi escritura y me erijo en protagonista, en paseante o vagabundo esnob, en flâneur en busca de atmósferas, nubes, luces, anocheceres y evanescencias varias. Pienso que en ese deambular uno no percibe la prosa ni las novelas, lo que otros han narrado, sólo ves tejados y amaneceres o cómo sobre la ciudad se instala el crepúsculo.

Aunque, ahora que lo pienso, esto no es del todo cierto. A veces, a Julio y a mí, se nos aparecen personajes de los relatos de Luis Mateo, y tenemos que cambiar de acera o llegamos tarde a una cita si el encuentro es con algún sucesor de Pipe Bolas. O nos da por recordar ese diálogo de Las estaciones provinciales en la bendición de las oficinas de don Paciano: «Mira, por lo menos Avelino y Llamazares, los de la Sindical».

En los días en que los sentidos andan más afinados, en los que el aire —la especial sonoridad del aire, que decía Biedma— te llega mejor, te acaricia de aquella manera la epidermis, lo que oyes es la voz de los poetas. Ese día de niebla en el que las calles se alargan, o ese otro de una luz especial en el que desde una ventana baja o una taberna sale un color deshecho, vago, flotante, que muere sobre las losas de la calle. O aquel día en que una camarera estaba fumando, cerca de la plaza Mayor, y la luz del móvil le iluminaba los labios. Esta imagen está en el origen de uno de mis primeros cuentos.

Hay días en que incluso te llega el aroma del mar, días en que lo percibes todo —aunque lo olvides o no lo apuntes— y otros en los que no sucede nada. También depende de ti, no sólo de los personajes. Uno tiene instantes de hiperestesia, con los límites sensoriales muy altos —como dice en una entrevista de hoy mismo Tomás Sánchez Santiago— o de abotargamiento, con entendederas de zopenco y entonces no te enteras de nada.

El año pasado ha sido para mí bastante productivo en eso de que te funcionen medianamente bien las antenas, que captes algunas situaciones que llevas a la escritura. Brodsky decía en un prólogo a las poesías de Montale que el pensamiento poético funciona con una técnica semejante al radar de los murciélagos, con el pensamiento abarcando un ámbito de 360 grados. Escribí los cuarenta textos de Calendario, y en algunos creo que estuve levitando, como si entre los hongos que traen Miguel y Mar del campo se hubiera colado alguno psicodélico. O igual se debe a que he tenido una temporada libros de Rilke y Hölderlin al lado.

En fin, ya ves que no te cuento nada productivo, no sé si esto te servirá de algo. Podemos intentar arreglarlo citando versos de esos que se oyen con el eco de tus pisadas en una callejuela desierta, de noche, si vas atento. Versos de cuatro amigos que hablan de la ciudad. Uno para cada estación del año. Hasta podéis hacer un concurso en el periódico y regalar algo al que acierte quiénes son los autores que citamos. «Vendrá el silencio, y cruzaré la noche. Y encontraré la muerte flotando sobre el heno». «Majestad de marzo ardiendo en el alfoz, dunas de estiércol en los territorios azulados por la sombra». «Ya no me hagas llorar, otoño rosa…». «Vagaban todo el día copos blancos como reyes insomnes sin decidirse nunca».

Ya sé que estáis todos bien, me alegro mucho. Besos y abrazos.

A.

Martes, 23 de marzo. Aldo, Andrea, buon giorno. En la noche de ayer varios sucesos domésticos hicieron que me acordara de vosotros. Todo empezó con esa película que revisitábamos, Tengo algo que deciros: una familia bien de Lecce (por cierto, qué bonita parece la ciudad cuando se ven sus calles solitarias en dos escenas: al paso de un coche fúnebre y en una pelea entre los hermanos), una familia que tiene una fábrica de pasta. La abuela, el matrimonio, los dos hijos, la tía alcohólica y una joven que entra también en la empresa y calza zapatos elegantes. La trama es simple: los hijos son homosexuales y uno de ellos lo declara en una reunión familiar.

Todo es agradable: las mesas bien servidas, el cómo a la chica se le humedecen los ojos y cómo se muerde los labios, la banda sonora… Por supuesto que yo recordaba aquella comida interminable en el restaurante del centro cuando volvisteis a esta ciudad a celebrar vuestros veinte años del Erasmus. Y la escena de los vinos españoles que habíais conservado para entonces, y el sumiller sudando. Hoy, cuando alguien saca una botella antigua de su bodega y el resultado no es el esperado, vuelvo a acordarme de vosotros (a la vez que pido una botella sin un vino deprimido, claro).

Cuando la película terminó, me llevé a la cama a la Ginzburg y sus Pequeñas virtudes, por seguir con el aroma italiano. El primero de los cuentos habla de un encierro parecido al que sufrimos estos días: los miembros de una familia de la ciudad pasan a ser internados civiles de guerra en un pueblo de los Abruzos («lo nuestro era un exilio», dice la narradora).

Y me sucedió que creí descubrir que el aire está lleno de pequeñas partículas de polvo de oro. ¿Un descubrimiento científico que pudiera servir para algo? En la cama, una polilla diminuta pasaba delante de mi nariz y dejaba un rastro de pequeñas motas brillantes. Al principio pensé que de sus alas se desprendían escamas, pero pasaba y pasaba y seguía dejando aquel hilo dorado. Era extraña aquella visión.

Luego caí en que podía deberse a un defecto óptico, una visión borrosa debido a la medicación antidepresiva, mezclada con un poquito de alcohol. Me levanté a revisar el prospecto, y las contraindicaciones podían afectar al corazón o provocar trastornos en el hígado u hormonales, no en la vista. Tampoco aparecían efectos que podían llevarte a la fabulación. Seguí observando y mi vista se aclaró. No era polilla sino más bien, mosca común, que debía de deslizarse en tobogán o vuelo rasante por delante de mí arrastrando el polvo de las tres pilas de libros que hay en el dormitorio a mi lado, en el mueble alto.

Me levanté y llegué a la solana a buscar el matamoscas (es amarillo, una manaza de plástico con un palo). Volví a la cama y retiré la ropa para que el bicho no se ocultara entre los pliegues. Esperé. Allí no comparecía nada. Veía mis piernas, mi calzoncillo italiano y el negro de mi camiseta, una camiseta que hace propaganda de un pozo minero, pues con tanta higiene como la de estos días me he quedado sin pijamas.

No estaba cómodo. Además, me dolía algo la espalda. No sé a qué se debe. Hago estos días, como todo el mundo, un poco de gimnasia. Quizá en algún gesto he retorcido en demasía un músculo. Creo que volveré al clásico: subir y bajar las escaleras de casa. Por cierto, una consulta para vosotros, que sois abogados, que abarcáis desde vuestros domicilios de Milán y Nápoles toda la península. ¿Qué se dice ahí, en Italia, de las escaleras vecinales? ¿Se permiten o se prohíben? Porque aquí, algunos piensan que son zonas comunes y no transitables libremente estos días. Digo yo que peor será meterse en los ascensores, angostos, llenos de recovecos y botoncitos, donde se puede ocultar algún espécimen de esta plaga.

El caso es que me fui durmiendo sin que nadie me sobrevolara, con el libro cayendo sobre mi nariz cada poco. Leí algunos párrafos de ese hermosísimo cuento sobre Cesare Pavese en el que se describe la ciudad en verano —desierta, con ráfagas de polvo en las calles y las mesitas de los cafés abandonadas y ardiendo—, cuando él muere en aquella habitación de hotel y se citan en el libro aquellos versos:

No será necesario dejar la cama.
Sólo el alba entrará en el cuarto vacío.
Bastará la ventana para vestir todas las cosas
con una claridad tranquila, casi una luz.
Una sombra descarnada se posará en el rostro supino.
Los recuerdos serán grumos de sombra
escondidos como viejas brasas
en el hogar. El recuerdo será la llamarada
que aún ayer mordía en los ojos apagados.

Mar, que se había quedado en el salón viendo la tele me debió de encontrar cuando fue a acostarse bastante desvencijado. Me ordenó y arropó. He amanecido regular, un poco extraño. Como un abogado al que estos días se le han suspendido todos los plazos procesales.

Aldo, Andrea, un fuerte abrazo.

A.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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Cultura

La búsqueda interior (la cósmica poesía)

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/por Antonio Gracia/

Todos buscamos algo en lo que apoyar nuestro desamparo ante algunos momentos de la vida y, sobre todo, ante la muerte. Vivir resulta mucho más fácil para los creyentes que para los escépticos, de lo cual se deduce que quien no cree es a su pesar, y ningún dogmatismo, clerical o no, debiera condenarlo. Quien no duda no acierta; pero, preso en su fe, el creyente vive más dichoso porque se sabe protegido por un Ser Superior que garantiza su andadura, incluso el perdón de sus errores. Por el contrario, el incrédulo persigue una verdad que lo sostenga, y hasta la ciencia, incrédula por definición, le niega ese consuelo.

No es la fe obtusa, sino la razón intuitiva la que empuja a admitir la existencia de un Artífice Supremo. La vida no es admisible como consecuencia de un acto creador prestidigitatorio desde la nada. El cosmos no se basta con un milagro o un trabajo de seis días. Necesita un proceso evolutivo en el que lo que nace se desarrolla, se perfecciona, se deteriora, se transforma, ya que nada se crea o se destruye. El Universo no es un experimento surgido hace seis mil años, como quería el obispo Ussher, quien, en 1658, estudiando las sucesivas generaciones de la Biblia, llegó a la divina conclusión de que el universo había sido creado el 23 de octubre del 4004 a. de J. C., a las 12:00 horas. Es comprensible este fanatismo en quienes sienten tal libro como un documento científico y ex cathedra. Lo increíble es que matemáticos del cielo como Kepler y Newton admitieran sin inmutarse tal origen como una verdad inamovible.

Si Aristóteles concibió un universo estático, Lucrecio lo necesitó expansivo. Ya san Agustín supuso, rozando, entonces, la herejía, que Dios tenía que estar haciendo algo antes de la creación; que había un tiempo antes de lo que cuenta el Génesis. Y así lo ve la ciencia. La memoria demostrable de nuestra sustancia se remonta a unos quince mil millones de años, cuando el Big Bang inició su estallido y la nada —que alguna cosa sería— se llenó de materia incandescente e implacable, que fue ordenándose desde el caos hasta un cosmos aún inacabado.

Son quince mil millones de años transcurridos desde el Big Bang. ¿Y antes? El individuo es un microtiempo en ese océano intemporal, en el que las estrellas nacen y agonizan a lo largo de millones de milenios. Y ante tal inmensidad, no es extraño sentir que la vida es un lugar oscuro y solitario, un locus horribilis en el que transcurre la agonía de sabernos mortales. Por eso la necesidad de un Ser Garante nos empuja a creer en él, o a inventarlo. ¿Tiene algo que ver el Dios piadoso y despiadado de los cristianos con la verdad científica y lógica? Más: ¿Se parece en algo el Jesucristo comprensivo de los evangelios con el de los fanáticos obispos que excomulgan democracias?

Es fascinante saber que estamos hechos de materia estelar, de estrellas y de simios, de pájaros y flores; que las infinitas partículas viajeras por el firmamento y yacentes en la piedra se conciliaron para configurarnos y bullen girando en nuestra carne, y que la música del cosmos dejó su ritmo en nuestra sangre, que llevamos un trovador íntimo que conmueve nuestras emociones y canta mediante el arte y la naturaleza. Esta «armazón de huesos y pellejo» que es el hombre sufriente ya no basta para identificarlo, sino que hay que sentir al ser humano como la conciliación de todos esos fragmentos de inmensidad que conforman su identidad. Y por eso el corazón sigue latiendo a la espera de reunirse con su ancestral origen.

I’m from outter space, pintora rusa anónima.

Porque el espíritu no es sino otra materia —intangible— que únicamente adquiere forma cuando la palabra —el pincel, el pentagrama— muestra la probable apariencia de su inefabilidad. Difícil tarea la de tallar una imagen de aquello que solo los ojos de la mente consiguen, a veces, vislumbrar. Y más difícil cuando lo que se pretende es exteriorizar —para sí mismo o para los otros— el proceso introspectivo que traspasa los límites de lo efímero e indaga en las cavernas del intimismo absoluto. En esa oscuridad surgen destellos que convierten la noche en un fulgor que apresa a quien contempla la mágica visión de lo buscado. Se hace entonces la luz en la mirada y brota el cosmos oculto que anhelábamos.

Y he aquí que es la frágil palabra la que nos dicta el sentir del Universo, ajeno o propio, como si, de repente, nos persiguiera un enjambre de estrellas transparentes y todo fuera diáfano. Lo que significa que escribir es tejer un corazón iluminado; y leer, abrazarse a su pálpito esplendente.

En verdad, poca distancia existe entre la experiencia mística y el estremecimiento y fascinación de Einstein al contemplar la fuga cósmica, las líneas de fuerza de Faraday, los vórtices del firmamento de Van Gogh o el tercer movimiento de la Novena de Beethoven: todos son éxtasis, clarividencias de la plenitud. Ninguna diferencia hay entre la semilla artística de Miguel Ángel, Wagner, Dante, Yepes, Fray Luis, Freud … Solo cambia la estrategia del lenguaje: verbal, musical, plástico… Todas estas visiones tienen un factor común: necesitan un espacio interior e incompartible, un alejamiento del mundanal bullicio para oír su voz, un silencio íntimo en el que percibirlas. Necesitan el saber ver de quien las mira. Y este saber ver exige una vida callada en la que se gesta y se expresa su revelación.

Esa transfiguración de lo invisible en visible es lo que siento al conversar con la visión que se me aparece para abandonarme: dejándome a las puertas de un infierno celeste:

REVELACIÓN

Tal vez porque los pájaros cantaban
y reían las fuentes, y los álamos
abrazaban el aire de la tarde,
o quizá porque el dulce firmamento
derramó sus estrellas sobre mí,
sentí mi corazón estremecerse
y extasiarse mi carne.
Extendía la noche sus dominios
sobre el ocaso, floreciendo aromas
como ofrendas del día, y en el aire
se aquietaba una brisa melodiosa
igual que un madrigal dormido, preso
en el acorde de un latido cósmico.
Ya el árbol no era un árbol, sino médula
de mi espíritu alzado en el paisaje.
Sentí en mi pecho las doradas hojas
quebrarse como leves corazones
marchitos del otoño.
Las nubes descargaban en mi alma
su lluvia torrencial.
Todo confluyó en mí: fuentes, estrellas,
montañas, pergaminos, claridades,
biografías para la eternidad.
Todo era hermoso y mío, como un lento
fluir desde la aurora hasta el crepúsculo.
Y en medio de la luz sentí, de pronto,
el dulce y silencioso escalofrío
de la revelación.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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Cultura

El arte de lo imposible

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/texto de Miguel Rodríguez Muñoz para la presentación de su libro El arte de lo imposible/

Buenas tardes.

El arte de lo imposible es el segundo libro de aforismos que publico. En el año 2006 vio la luz el primero, titulado Contra la gravedad. Aunque no puedo decir que me lo haya tomado con mucha prisa, soy devoto del género como lector y —a cuentagotas— como escritor. Debo confesar que puesto a escoger prefiero más leer que escribir, sobre todo porque resulta menos esforzado, y más sano para la espalda.

Si me gustan los libros de aforismos no es porque su limitada extensión, la ligereza de sus frases y párrafos o la abundancia de puntos y aparte hagan más fácil la lectura o la escritura. Creo que no es literatura para perezosos. Sus textos requieren de una lectura pausada, reclaman atención y complicidad. Desplazarse en diagonal por las páginas de esos libros no permite apreciar su contenido. Al género aforístico le puede ir bien el picoteo, pero no la pitanza.

Me gustan los aforismos por los destellos que emiten, por ese relampagueo que sacude al lector, por su aptitud para iluminar fugazmente alguna arista de lo real a caballo entre lo objetivo y lo subjetivo. Fuegos de palabras, precisamente, es el título de una antología dedicada al aforismo poético español de los siglos XX y XXI, editada por la poeta Carmen Camacho. Esa pirotecnia descansa en la economía del lenguaje y la condensación verbal, pero también en su corporeidad fragmentaria, incompleta, como punta de iceberg. La gracia de los aforismos, su carga explosiva, reside —me parece a mí— en la relación virtuosa que se establece entre su levedad y su capacidad de sugerencia, en la onda expansiva de sus significados. Pensar por lo breve, así define la aforística el título de otra antología, obra del profesor José Ramón González.

Uno no se ve a sí mismo, y quizá por ello tiene grandes dificultades para leerse. Los lectores sabrán si en los fragmentos que componen El arte de lo imposible perciben algún centelleo. No se trata de aforismos poéticos, y —si la palabra no sonara tan grandilocuente— diría que se asientan más bien en el círculo de afinidades propio de los aforismos conceptuales, aunque solo sea por oposición a los primeros desde un punto de vista taxonómico. Su materia es variopinta y salta de un tema a otro, a modo de movimientos de caballo sobre el tablero de ajedrez, pero —resumida a grandes rasgos— centra la atención sobre asuntos que discurren, por un lado, en el ámbito de lo social y lo político, y, por otro, en lo existencial, incluso lo personal. Estos aforismos se alimentan de preocupaciones socialmente compartidas y son también reflejo de las cuitas que como ciudadano y como individuo dan pasto obsesivo al discurso interior, al incesante rumiar de la conciencia.

Si la escritura es un proceso de búsqueda, en el que se necesita hallar las palabras, las ideas, las imágenes o las construcciones adecuadas, en el caso de los aforismos lo que mueve además mi interés exploratorio es reparar en lo que el mundo —exterior o interior— ofrece de paradójico, de incongruente, de absurdo… En ese sentido, actúo como un observador que en las reuniones siempre se acaba fijando en quien —no sin disimulo— escarba con el dedo en la nariz o se rasca donde no debe. Esa búsqueda de lo chirriante está guiada por un afán lúdico, juguetón, deseoso de divertir y si acaso provocar una sonrisa; un afán en el que ocupa un lugar importante el ánimo crítico si no disidente. Pretendo hacerlo huyendo de la excesiva gravedad, moviéndome por la línea fronteriza entre lo demasiado serio y lo liviano, aunque puede que a veces me tambalee sobre la cuerda a riesgo de perder el equilibrio.

Tras estos aforismos late el poso de una manera de mirar. Es una mirada indiscreta y hasta irreverente. Cuestionar lo sagrado en sus encarnaciones más agobiantes y fastidiosas, siempre intocables, constituye una tentación a la que me rindo con gusto. Se trata —valga el oxímoron— de una mirada irreverente pero no irrespetuosa; al menos eso creo. A nadie en particular —a casi nadie— se le mete el dedo en el ojo. Como no podía ser menos en una persona de edad, es también una mirada descreída, que huye de la fe pero no renuncia a encontrar razones para la esperanza. Aunque los tiempos nunca son iguales y hay períodos terribles, no he conocido ninguna época de mi vida en la que el juicio sobre la realidad no llegara a una misma conclusión: la cosa está muy fea. Nunca fui optimista y a menudo caigo en el pesimismo, pero hace años que pienso que ambas actitudes revelan una concepción fatalista de la existencia cuya cara en sombra es la idea terrible de que nada se puede hacer y, para bien o para mal, el destino ya está escrito. Debo reconocer además que esa mirada —a la que vengo haciendo referencia— tiene un sesgo militante y —llegado el caso— toma partido con descaro, algo propio de quien vive en serio su condición de ciudadano.

Quien habla en estos aforismos es un narrador, una persona interpuesta, cuya voz coincide a menudo con la del propio autor, pero otras veces metida en danzas, enredada por el juego, leal a sus desafíos, dice cosas que se apartan de lo que yo pueda pensar. Si de la exageración depende en ocasiones la eficacia de un relato, el brillo de este género de formas breves requiere también pagar algunos peajes. Un maestro del aforismo, de lengua muy afilada, Karl Kraus, dejó sentado que «el aforismo nunca coincide con la verdad: o es media verdad o verdad y media».

Muchos de estos textos llevan tiempo en un archivo de mi ordenador, viviendo en un concubinato de ceros y unos, expuestos al azar de ser afectados por un virus que los deje reducidos a cero. Algunos vieron la luz, hace ya años, en la revista Página Abierta. De otros me serví para dar lustre a columnas de prensa, y de esas colaboraciones periodísticas extraje pecios que una vez sometidos al tamiz de la reescritura me pareció que encajaban en las convenciones del género. Aunque beben de la experiencia, la reflexión y las lecturas, en su mayoría irrumpen en mi cabeza de forma caprichosa, como apariciones fantasmales, en esos momentos en que uno está ocupado en labores rutinarias que dejan libre el vuelo de la conciencia. Las tareas domésticas o los minutos del afeitado diario suelen ser para mi muy luminosos, pero también en ocasiones contribuyen a su creación los pasajeros estados de efervescencia vividos a lo largo de un viaje por la sensación de experimentar algo maravilloso. En lo que tienen de intuiciones, llegan caídos del cielo a modo de aerolitos, en expresión feliz del poeta Carlos Edmundo de Ory. Pero no todos proceden del espacio sideral. Cuando el número de aforismos adquirió espesor de masa crítica, he trabajado con ellos agrupándolos por barrios, y entonces de sus relaciones de vecindad surgieron otros nuevos, fruto no ya de la intuición sino de una cierta inercia discursiva. Ese origen diverso da cuenta de su desigual extensión.

Hace muchos años, en la época del referéndum sobre la OTAN, al final de un fogoso debate acerca de la permanencia o no en esa alianza militar, me abordó un individuo —afín al partido que había tenido por eslogan propagandístico «De entrada, no»—, y con la desfachatez propia de un nuevo rico me espetó: «Tú, Muñoz, siempre defendiendo causas perdidas». No puedo decir, desde luego, que no le faltase razón. Pero tras su reproche me pareció entender que latía una idea de la política consistente en apostar a caballo ganador. Yo militaba en aquella época en un partido de extrema izquierda que no se quedaba precisamente corto en sus aspiraciones y, aun a sabiendas de los enormes obstáculos que había de afrontar una voluntad de cambio radical, trabajaba disciplinadamente, junto a mis compañeras y compañeros, por hacer realidad lo que parecía inalcanzable. En la digestión de aquel debate y su colofón impertinente, di en pensar que si la política era el arte de lo posible había en ella poco de arte y mucho de técnica, y que si su impulso transformador se orientaba únicamente por la relación de fuerzas devenía en una peculiar aplicación de la física mecánica. La política solo podía elevarse a la condición de arte —concluí— si era capaz de desplegar la creatividad necesaria para conquistar lo imposible. El título de este libro viene de ese momento.

Lo que me ha llevado a recuperar esa  sentencia es que lo que entonces no pasaba de ser una divagación bienhumorada, tentada de jugar a definir asunto tan complejo mediante un contrasentido, ha tomado cuerpo desde hace años en el hecho de que en la acción política cada vez se estrecha más el terreno de lo posible, hasta mostrarse impotente no ya para realizar cambios profundos en la vida social y económica sino para hacer inexcusable justicia a una buena parte de la ciudadanía, cuya existencia se desenvuelve en condiciones muy precarias. La desigualdad es una pata coja de la democracia y complica su futuro.

Pero no quiero dejarme invadir por el pesimismo y prefiero militar en la esperanza. Creo, en todo caso, que el título por su carácter paradójico puede ensanchar su significado —si es que tiene alguno— más allá de las servidumbres de su origen, y que por ello da mejor razón de su contenido.

Hay un aforismo en este libro que dice así: «Solo es posible discutir razonablemente de política entre quienes piensan más o menos lo mismo». Me gustaría que esta colección de aforismos suscitara, por el contrario, alguna complicidad en quienes no piensan de forma semejante, o desearía al menos que tras su incierta lectura no les saliesen chispas.

Muchas gracias.


En la lucha contra la desigualdad, los bancos centrales son unos gafes.

Muchos políticos y periodistas tienen el tubo digestivo invertido. ¡Hay que ver lo que sueltan por la boca!

La negativa a modificar la Constitución suele ilustrarse con una imagen mostrenca —no conviene abrir ese melón, se dice— que no solo devalúa el rango de la carta magna sino que además causa perplejidad en el oyente, pues el destino de los melones no es otro que ser abiertos y si no se pudren.

Pedían altura de miras y —dicho y hecho— se pusieron a cortar cabezas.

Ya en el propio nombre, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, hay como una previa determinación a un ejercicio arrollador de la autoridad.

Muchos ciudadanos —sobre todo, los más pobres— dan tanto valor a su voto que lo ahorran.

El pueblo llano anda cuesta abajo.

¡En pie famélica legión! —tronó la megafonía—, y huyeron en desbandada a votar a la extrema derecha.

Si se rasca sobre algunos ciudadanos como si fueran cromos, aparece debajo un guardia de la porra.

La llamada a recuperar la grandeza de la patria hace a los ciudadanos más pequeñitos.

Se necesita tener la cara muy dura para lucir corona y hacerse llamar alteza, pero en la vida social echarle morro funciona e incluso crea consenso.

«El BCE hará todo lo necesario para sostener el euro. Y créanme, eso será suficiente». Como ensalmo de hechicero, quince palabras bastaron para que las primas de riesgo detuvieran su peligrosa escalada. «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir», había declarado unos meses antes un señor con cara de pena pero como no era brujo tuvo que abdicar.

Cuanta más gimnasia hace y más relieve adquieren sus músculos, más jibarizado resulta.

Lo mejor que podría hacer por la derecha y por los suyos sería cambiar de psiquiatra.

La derecha y los suyos hacen un ruido de aparato de radio emitiendo a todo volumen un domingo por la tarde la crónica de los partidos de fútbol, con un locutor enloquecido gritando sin tregua: ¡Falta¡, ¡falta!, ¡expulsión¡, ¡fuera de juego!, ¡penalti¡, ¡go!, ¡goo!, ¡gol!, ¡gol!, gol!, ¡goool!, ¡gooool!, ¡goooool!, ¡gooooool!

Que no haya modo de oírse: el ruido es el mensaje.

A la Unión Europea le preocupa más el déficit público que el déficit democrático pese a tratarse del más grave déficit público.

La economía es realismo sucio.

Cuando más madura era la creciente contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, el proletariado —¡qué fatalidad!— va y se hace de clase media.

El camino de la revolución está empedrado de reuniones.

El capitalismo siempre se las arregla para apagar la luz al final del túnel.

En el nacionalismo se hacen ideología pulsiones primarias de los animales territoriales.

¿Habrá declaración más temible de nacionalismo que la leyenda «Todo por la patria»?

A falta de independencia, el separatismo catalán levita.

Qué turbador ese amor a la patria del que algunos individuos hacen gala cuando pasean al perro sujeto con un collar rojigualda.

La bandera rojigualda tapa la cabeza —a algunos incluso se la calienta— pero deja al aire los pies.

Los países ricos hacen negocio vendiendo teléfonos a los países pobres y luego se quejan de que sus usuarios responden a las llamadas.

El sino del inmigrante es vivir siempre en la frontera.

Para ego, el de Dios.

Después del ego de Dios, el de los bancos centrales.

La adoración a un dios tiene mucho de comercio: yo te alabo y, a cambio, tú me concedes una gracia. Sin comercio de favores no hay devoción religiosa.

Para tener fe se necesita mucha fe.

La línea del horizonte es una mentira del paisaje.

Efecto mariposa: el aleteo de una mariposa en Brasil puede causar una subida de la luz en España.

Ya se sabe que a las armas las carga el diablo, así que con los paraguas ocurre como con la flecha y el arco del conocido proverbio oriental: si uno lo saca de casa, tiene que acabar abriéndolo.

Reina la incertidumbre en los tendales.

Como idea, el verano está muy bien.

Los meteorólogos son unos apocalípticos integrados.

En el placer de fumar todos los coitus son interruptus.

La patria de un adolescente está en el móvil.

El móvil es un regalo del cielo para los narcisos.

El sueño es nuestro psiquiatra de todos los días.

Calificar de monstruo a un asesino es una forma de exculparlo y, sobre todo, de absolvernos.

A veces dudo si la cara es el espejo del alma o el alma un esquivo reflejo de la cara, y hay casos en que temo lo peor.

La realidad siempre bascula hacia el lado equivocado.

Nada como una mudanza para descubrir la sustancial identidad entre la unidad y pluralidad del ser y las cajas de cartón.

Todos los mandamientos se resumen en dos: buscar honradamente la verdad y hacer justicia a los oprimidos.

En el amor a la humanidad, suelen olvidarse los individuos de carne y hueso. Tras el amor a los individuos, se ignora con frecuencia a la humanidad.

Todos los puritanismos comparten el mismo código de circulación: del ombligo para arriba, tráfico libre; del ombligo para abajo, control de policía.

Lo ingrato de la soledad es tener que compartirla con un personaje del que con gusto se saldría huyendo.

Qué mal intencionado el lector de esquelas de periódico.


El arte de lo imposible
Miguel Rodríguez Muñoz
KRK, 2019
101 páginas
11,95€


Miguel Rodríguez Muñoz es licenciado en Derecho, veterano militante del MCA-Lliberación y miembro en la actualidad de Acción en Red, así como autor de dos libros de relatos: Movimientos migratorios (1995) y El guerrero del interfaz (1996); un volumen de artículos, La cáscara amarga (1999); un libro de aforismos, Contra la gravedad (2006) y dos novelas, Memoria de la lluvia (2002) y Transatlántico (2014), publicados en KRK.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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Cultura

Notas de Jordi Doce para una cuarentena (10, 11 y 12)

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/por Jordi Doce/

Jueves, 26 de marzo. La luz de buena mañana en las copas de los pinos. Estos cielos azules y la taza de café en la mano, su calor seguro. Luego los titulares en el móvil, los gráficos, los análisis de última hora. No es solo la impotencia o la sensación creciente de alarma. Es la contradicción entre mundos que comparten costuras, que no paran de tocarse. El disfraz precario pero forzoso de la normalidad. La pura irrealidad de lo real.

Me dice un amigo que ayer me puse estupendo al hablar del libro de Salinas. Puede ser. También (para compensar, supongo) que le gustan estas notas, pero que las ve demasiado cercanas a mis poemas, donde no suele aparecer mucha gente y la vida cotidiana queda reducida a los paseos más o menos melancólicos de un flâneur: «Ahora la atmósfera de la calle se parece a la de tus libros». No sé si en todo esto hay un reproche escondido. Me remuerde no estar hablando de lo que pasa en urgencias o en esa morgue terrible que han improvisado en el Palacio de Hielo, pero no soy periodista y no creo poder añadir nada a lo que nos dice a todas horas la televisión. Prefiero hablar de este rincón del mundo, que no será muy distinto del de quienes me leen. Lo cierto es que las jornadas se encadenan sin solución de continuidad, hasta el punto de que Marta acaba de preguntarme qué día es hoy. Y entonces recuerdo (brisa triste por los olivos) estos viejos versos de Gonzalo Rojas: «¿Y a eso llaman constelación/ de vivir?, ¿a esa ciencia/ del desperdicio?, ¿a ese escurrimiento/ de un viernes a las 3 a otro viernes?».

En relación con esa piedra de la que hablaba hace dos días, estas palabras de Rafael Behr, columnista político de The Guardian: «La democracia ha sido puesta en confinamiento, algo necesario para prevenir la transmisión del virus. Sabemos que el encierro puede salvar vidas. No sabemos aún qué músculos de la sociedad civil se atrofiarán por falta de ejercicio». Son palabras que deben ponerse en el contexto de la política británica, cuyas garantías constitucionales son más vagas o difusas que las nuestras; más dependientes, en cualquier caso, del temple de sus gobernantes. Pero es esa «atrofia de la sociedad civil» lo que me preocupa y me hace dudar (insisto) de las bondades solidarias de nuestro encierro. Veremos.

Así está el patio, literalmente. Esta mañana lo único reseñable es un vecino —rollizo, calvo, en la treintena— que ha salido al balcón mientras se lavaba los dientes. Por lo demás, ropa tendida y un silencio espeso, municipal. Andamos todos tan enfrascados en nuestro mundo que hasta las palomas se han ido con la música a otra parte.

Siguen llegando notificaciones de Idealista. Persiste mi perplejidad. Y empiezo a pensar si estos anuncios no serán una ficción destinada a tranquilizarnos. ¿Quién podría comprobarlo? Todo sigue igual, como en la canción. Cuando esto pase, no te olvides de nosotros. Cuando esto pase, busca otras cuatro paredes donde perderte. Cuando todo pase.

Sábado, 28 de marzo. Los vecinos del tercero B pisan con garbo, pisan con fuerza. Bajan las persianas de un tirón y cierran las puertas sin freno, acostarse para ellos es un largo y dilatado proceso en el que todo es sometido a revisión y no queda un ruido por hacer: voces, el runrún de un electrodoméstico que no logro identificar, una puerta corredera, pasos como de fiera enjaulada, el chorro generoso de algún grifo. Parece improbable que hayan adquirido esta destreza en apenas dos semanas de encierro, por lo que debo concluir que ya actuaban así antes y que soy yo, somos nosotros, los que hemos desarrollado una sensibilidad especial hacia su mundo, algo así como un oído vulcaniano capaz de sintonizar cualquier frecuencia de onda. Gracias al silencio, la casa ha recuperado su condición de cosa viva. Gracias al confinamiento, techos, paredes, caños y bajantes son ahora el tejido orgánico del animal que nos guarda, como la ballena de Jonás. Solo que la ballena es también un gran barco de madera que no para de crujir y acomodarse. Tumbado en la cama, escucho el ruido del agua en las tuberías y hasta creo adivinar el eco de una cisterna dos pisos más arriba. El libro abierto me pesa en el pecho, pero espero a que los sentidos regresen de sus inspecciones nocturnas para dejarlo en el suelo y apagar la luz. Cor meum vigilat.

El parlamento de las aves está en su apogeo. La sesión de hoy fue particularmente variada y musical, con abundancia de mirlos, jilgueros y gorriones, quizá también alguna tórtola. No tengo el ojo bien entrenado y me cuesta verlas entre las ramas más espesas (ayer Paula grabó a un pájaro carpintero atacando un tronco desde varios frentes: no es una visión habitual, al menos en este parque, y de hecho no aparece entre los pájaros listados por las guías, aunque su picoteo me es familiar de mis visitas a la Casa de Campo). Las únicas excepciones son las cotorras, tan ruidosas y pendencieras como siempre. Tan fuera de lugar, en realidad. Esta mañana dos ejemplares saltaron bruscamente de una rama sin dejar de chillar y picotearse entre ellos. De la trifulca salió asustada una paloma que andaba por ahí y no las vio venir. Y eso que es difícil no verlas… ni oírlas, como a mis vecinos del tercero B. Así lo contaba el poeta José Luis Zerón en un mensaje de hace días: «Vivo muy cerca de los últimos reductos de la huerta de Orihuela, y con el trasiego cotidiano apenas distinguía el canto del mirlo y por las noches el del alcaraván. Ahora oigo con nitidez el canto de la calandria, del verdecillo, del jilguero, del verderón y del petirrojo, más el grito brujil de las garzas». Me encantó la enumeración de José Luis, su gusto visible por unos nombres casi tan sonoros como las aves que designan. Sí, este silencio nos ha devuelto el canto de los pájaros. Y pienso —pero no sé si es pronto para decirlo— que ojalá nos devolviera también el sonido entero de algunas palabras, su sentido, las ganas y el placer y hasta el asombro de decirlas.

«A Madrid en Madrid buscas, ¡oh confinado!,/ y en la misma Madrid a Madrid no la hallas…». Se puede decir así, a la manera de Quevedo y Du Bellay (y convirtiendo los endecasílabos originales en alejandrinos algo forzados), o como ha hecho Paula este mediodía al salir al balcón y ver la calle desierta: Echo de menos Madrid

Me instalo en la mesa del comedor y empiezo a escribir y responder mensajes de correo electrónico mientras vigilo el horno. Me gusta esta convivencia de escritura y cocina, este levantarme cada poco para ver cómo va el asado y comprobar que no se seca. Aprovecho cada interrupción para pensar de nuevo una palabra, el ritmo de una frase, un giro verbal. Mi forma de cuidar la carne es acercarme al horno, abrir la puerta y verter medio vaso de vino blanco. Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensarla desde lejos. Mientras tanto, el comedor se va llenando de olores: limón, vino, aceite, romero y tomillo, la piel que se dora sin prisa y el jugo que se escurre en la fuente. Todo es cuestión de no despistarse y medir los tiempos. Así también estos días.

Domingo, 29 de marzo. El escritor Ernesto Hernández Busto se hace eco —es un comentario de Facebook— «de la abundancia de los pájaros, fuera y dentro de tus diarios» y me recuerda un hermoso verso de Emily Dickinson: «‘Hope’ is the thing with feathers». Literalmente, «‘Esperanza’ es la cosa con plumas», aunque una traducción mejor o más musical sería tal vez: «‘Esperanza’ es aquello que tiene plumas». Así empieza el poema 314 según la edición de R. W. Franklin (la más reciente). Lo releo como si hablara con un viejo amigo. Y me veo traduciéndolo casi sin darme cuenta. Es una versión utilitaria, para salir del paso, pero me basta:

Esperanza» es aquello que tiene plumas –
Y se posa en el alma –
Que entona una canción sin las palabras –
Y no cesa – jamás –

Y más dulce – en el Temporal – se oye –
Que amarga fuera la tormenta –
Capaz de acobardar al Pajarillo
Que a tantos dio calor –

Lo he oído en la tierra más glacial –
Y el más ignoto Mar –
Sin embargo – jamás – en ningún Trance
Una miga siquiera – me pidió.

«Amarga» es la tormenta, en efecto. Pero el quid del poema está en el verso final, en esa «esperanza» en forma de «Pajarillo» («little Bird») que no pide nada, que no exige alimento, que solo necesita cantar y ser oído, pues «no cesa – jamás». Tampoco es mala cosa buscar ayuda en la poesía de Emily Dickinson, que algo sabía de encierros y confinamientos. Y tengo la sensación de que estos versos se han deslizado hasta mi mesa como aquellas labores de punto que ella dejaba a la puerta de su dormitorio, en el descansillo, para que su familia o sus vecinos las recogieran.

A cada semana sus renuncias. Al principio eran los bulos, los memes idiotas, los mensajes de voz de WhatsApp que no hacían sino transmitir inquietud y tontería. Ahora son las noticias mismas, o mejor dicho su exceso, porque ni siquiera los medios «serios» son capaces de ponerse de acuerdo y enlazan artículos y reportajes y columnas de opinión en una carrera constante —y apabullante— por estar a la última. El hecho de que la pandemia se halle en etapas distintas en los países de nuestro entorno hace que las novedades se solapen o que veamos repetido en otro país lo que ya hemos vivido en el nuestro. Y sucede que el virus lo ocupa todo. Como la actividad social ha quedado reducida a su mínima expresión y la vida que llevamos en nuestros hogares carece de interés o picos de conflicto, solo se habla del virus; solo se puede hablar de él, porque hasta sus efectos —ya sean remotos o inmediatos— llevan su apellido. Solo él tiene derecho a ocurrir. Voy leyendo y tratando de concertar lo que dicen unos y otros y rara vez lo consigo: lo único seguro, al parecer, es que la «distancia social» y el confinamiento son la mejor manera de derrotar al virus, pero tampoco hay consenso sobre el grado de encierro ideal. Por no hablar de las voces, en la prensa angloamericana (siempre tan economicista, tan obscenamente pragmática), que sopesan los pros y los contras de la paralización laboral. La suma de este exceso de datos y palabras me sume en el desconcierto. Peor, en el agobio. Así que he decidido medirme y racionar la lectura on-line, el visionado de los telediarios, esa compulsión que me llevaba de un lado a otro con el hocico en la pantalla. He recuperado el placer y la calma —la cordura— de la lectura en papel: a diferencia de su versión digital, el diario impreso sigue un orden, está paginado, estructurado, es un corte en el tiempo que se mantiene estable durante veinticuatro horas. Y deja claro que en estas circunstancias la exigencia de las cabeceras de actualizarse cada poco es, o puede ser, contraproducente: obra en oposición misma a la necesidad de información, de chismorreo útil, que nos permite actuar o tomar un rumbo deseable. Aunque, bien pensado, tampoco es que tengamos mucha libertad de acción. Solo se nos pide obedecer.


Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, crítico y traductor. Sus libros más recientes son La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana (Saltadera, 2019) y la antología En la rueda de las apariciones: poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020). Coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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