Conecta con Minuto5

Cultura

Pensar los años veinte

Publicada

el

/por Franco Bifo Berardi/

2019 was the year in which mass culture finally realised that millennials —my generation— are no longer children; that some of us will soon be forty. We’re over, we’re cancelled, it’s already done. The average millennial is balding now; he has a daughter that he can’t stop posting about on social media (yes! dip your child into the endless stream of digital images! submerge her! nothing could possibly go wrong!), he gets nostalgic about Disney or Pokémon; he’s a defeated sadsack loser, and history has already passed him. They are genderless cyborgs, downloading new identities from an internet that now bleeds directly into their flesh.

Sam Kriss: «Teenage Bloodbath: the 2010s in review».

Ahora que el río ha desembocado en el océano

Se sabe que en el pensamiento crítico no hay lugar para una deriva apocalíptica, para el final de la historia. El pensamiento crítico surge como un pensamiento de la historia, y en la historia encuentra su esfera de pertenencia. La evolución no es objeto del pensamiento crítico, ni el pensamiento crítico conoce la evolución. Por esta razón, el pensamiento crítico está muerto, y ya no interesa a nadie, excepto a un pequeño número de académicos que se repiten atónitos viejos análisis que apenas captan nada de una realidad que ha abandonado el río de la dialéctica desembocando en el mar impasible de la evolución. Los demás, que no son críticos ni académicos, acuden en masa a los altares de alguna iglesia, o tragan antidepresivos, o se tiran, de forma más efectiva, desde el décimo piso. La potencia desmesurada de la evolución no sabe qué hacer con la crítica, no sabe qué hacer con la ética, no sabe qué hacer con la humanidad.

Por otro lado, incluso antes del pensamiento crítico, es la crítica misma, como facultad cognitiva, la que se ha ido a la mierda. La crítica, la facultad de discernir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, requiere del tiempo necesario para la elaboración de los enunciados, para la valoración de los acontecimientos. La crítica estaba estrechamente vinculada al modo alfabético de comunicación, al modo secuencial de exposición. Y como McLuhan predijo en 1964, cuando la tecnología de la comunicación secuencial de la escritura es sustituida por la tecnología simultánea de la electrónica, el pensamiento crítico es sustituido por el pensamiento mitológico.

Ya estamos en el universo del pensamiento mitológico, ocupado por gigantescas máquinas de destrucción, impasibles, indiferentes al dolor y al placer, indiferentes a la indignación moral y a la rabia política. La evolución continúa sin atormentarse con la conciencia, como un animal prehistórico que regresa con sus pezuñas tan grandes como montañas, incendios gigantescos como un continente, multitudes aturdidas con la mascarilla verde y la Antártida que se descongela rápidamente inundando las costas en las que viven seiscientos millones de habitantes. La crítica (el arte de la medida) no está equipada para estas desmesuras.

Deshielo de la Antártida

Para qué sirve pensar

A diferencia de lo que dice Heidegger en Was heisst Denken?, diría que pensar no tiene mucho que ver con el ser. En la esfera del devenir histórico, pensar significa hacer que el mundo fuese decible y, por lo tanto, habitable. Al abandonar la esfera de la historia y la crítica, el devenir del mundo se ha vuelto independiente de nuestro pensamiento. No obstante, ahora nos toca pensar en los años veinte del siglo XXI, la década en la que hemos entrado, porque incluso si el pensamiento ya no gobierna el flujo, puede sugerirnos una manera de nadar.

Sam Kriss sostiene que la década pasada ha eliminado el tiempo y tal vez tiene razón, metafóricamente. Pero no tengo la intención de ser metafórico aquí, y mi tesis es que la próxima década está destinada a borrar la conciencia misma del ser del mundo y, por consiguiente, el mundo tout court. A menos que ocurra lo imprevisible (Keynes advierte que lo inevitable no se hace realidad, porque lo que sucede es lo imprevisible). Lo imprevisible sería un presidente socialista en los Estados Unidos de América: Sanders podría cambiar la historia del mundo porque con él la generación millenial, que hasta ahora ha sido una víctima silenciosa y pasiva, entraría en la historia como protagonista salvífica. Pero para que esto suceda, no solo debería derrotar al nazismo supremacista de Trump, sino sobre todo al nazismo financiero de Bloomberg. Y temo que Bloomberg, como ya pasó con Hillary, al eliminar a Sanders, le dará la victoria a Trump. Pero pronto se verá.

La nueva década fue anunciada por una convulsión del cuerpo planetario: la revuelta volcánica pero incoherente que en el otoño de 2019 movilizó a millones de personas desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, París o Beirut, chocando con varias formas de poder, todas igualmente graníticas. La convulsión fue seguida inmediatamente por el triunfo barroco de la muerte: la eliminación del asesino Soleimani por el asesino Trump, y la reunión del asesino Trump con el asesino Netanyahu para iniciar la solución final del pueblo palestino. La década fue anunciada por el fuego interminable de los bosques australianos, por la aglomeración de miles de personas que huyen de la playa que baja al océano: la última playa. En una playa frente al océano con las llamas detrás de nosotros: aquí estamos. Todos.

Incendios en Australia.

¿Qué hace Ricky tras la última escena?

Sorry we missed you es sin duda la más desesperada, la más angustiosa de las películas de Ken Loach. Es la historia del descenso al infierno interminable de la precariedad de una familia de proletarios ingleses. Es una película sobre la esclavitud que ha tomado el lugar del trabajo asalariado: explotación absoluta, tortura cotidiana, desierto angustioso de la metrópoli, competencia agresiva que devasta hasta el último pedazo de relación humana, miseria interminable. La madre es una cuidadora por horas; Ricky, el padre, trabaja como transportista para una empresa de reparto a domicilio; los dos niños están abrumados por la devastación psíquica precaria, la comunicación mediada por el teléfono móvil que suena continuamente para recibir órdenes e implorar ayuda, y no hay ningún futuro imaginable más allá de la repetición infinita de este infierno.

En un determinado momento de la película, el padre, después de ser atacado durante el trabajo por un grupo de ladrones, regresa a su casa herido con la cara hinchada y dos costillas rotas y telefonea al jefe llamado Malone que lo amenaza con una multa si no va a trabajar el día siguiente. Temprano, por la mañana, adolorido con unos vendajes ensangrentados, Ricky se sube a su camioneta y corre por las calles hacia el almacén donde lo espera Malone, el jefe torturador que se beneficia de su trabajo y manda sin escuchar razones. La película termina así, y no sabemos qué sucederá cuando llegue Ricky, en esas condiciones. ¿Trabajará todo el día? ¿Se derrumbará? ¿Qué hará el protagonista de la película de Ken Loach después de esta última escena?

Se me ocurre una respuesta. Ricky llega al almacén de la empresa PDF (Parcels Delivered Fast) pisando el acelerador a toda velocidad, derriba la puerta y se precipita en el local en dirección a la oficina donde lo espera Malone, el jefe. La furgoneta atraviesa la puerta a ciento veinte kilómetros por hora y aplasta al jefe contra la pared, haciendo papilla su cuerpo macizo, moliendo sus huesos uno por uno y, al mismo tiempo, matando al conductor. Es solo mi imaginación, es justo lo que deseaba ver, pero es algo que Ken Loach no ha mostrado ni quizás imaginado. El suicidio es la única salida: esta es la única conclusión de la película y también de la vida que vivimos. En el mejor de los casos, podemos ser shahīd, mártires suicidas, pero sin vírgenes esperándonos en el paraíso (porque no hay paraíso, solo el infierno en el que vivimos).

Ninguna guerra fría en el horizonte

Entramos a tientas en la tercera década del siglo, y tratamos de entender las líneas generales de la evolución del mundo después de que Trump agrediera a la globalización neoliberal, la misma que ahora amenaza con hundirse definitivamente tras la pandemia viral. Algunos parecen estar de acuerdo en en el hecho de que hemos entrado en una nueva guerra fría que opondría a Estados Unidos y China. Competencia económica en el contexto de un proceso de rearme y de mejora tecnológica de la guerra virtual. Por supuesto, hay algo de verdad en esta consideración (en la que Federico Rampini insiste, por ejemplo, en sus libros recientes), pero creo, por dos razones, que la analogía con la guerra fría no funcione.

La confrontación soviético-estadounidense entre los años cincuenta y ochenta se basó en un fuerte control bipolar de los conflictos mundiales. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían la potencia militar y la autoridad política necesarias para controlar, reprimir y canalizar las transformaciones geopolíticas locales, así como contener los conflictos sociales dentro de un marco geopolítico sustancialmente rígido. Nada que ver con el contexto actual: la línea divisoria entre la hegemonía china y la hegemonía estadounidense —incluso dominando el juego global en la economía, la tecnología y el equilibrio geopolítico—, no tiene las características de la bipolaridad perfecta de la era soviética. Los actores geopolíticos se han multiplicado caóticamente, muchos de ellos tienen armas nucleares y la lógica bipolar no controla la dinámica de sus proyectos en conflicto.

En segundo lugar, el equilibrio del terror entre los años cincuenta y ochenta se basó en proyectos ideológicos coherentes, y los conflictos locales tuvieron lugar en líneas recomponibles (el campo socialista y las democracias occidentales). Hoy la imagen del mundo está fragmentada a lo largo de líneas de identidad que son irreductibles a un diseño unitario. La única verdadera línea de fractura unificadora es la que opone el Norte del mundo, en declive demográfico y económico, al Sur del mundo en plena explosión demográfica. Y merece la pena profundizar en este tema.

En el próximo decenio, el declive de la población del hemisferio norte podría convertirse en un colapso precipitado. El bloque social y étnico que corresponde al Norte colonial —Europa, Norteamérica, Japón— no acepta su propio declive, y reacciona con un movimiento etnonacionalista que actualiza la obsesión fascista de defender a la raza blanca amenazada por la sustitución, transformando el mundo blanco en una fortaleza asediada. Flota el fantasma del pasado colonial, el absoluto no-dicho del discurso político occidental.

El cielo de la guerra fría estuvo dominado por dos conflictivos diseños universales: la democracia y el libre mercado versus el socialismo y el Estado totalitario. Esto produjo una tendencia a la rigidez paranoica de los dos conjuntos culturales. El cielo del siglo XXI está atravesado por innumerables flujos de identificación precaria, incoherente, tendencialmente psicótica. La subjetivación colectiva se aferra agresivamente a la raza, la etnia, la nación, la fe religiosa, la identidad sexual. El contexto que se va delineando, lejos de presentar los contornos tranquilizadores conocidos de una guerra fría, tiene, en mi humilde opinión, las características de la guerra civil global.

Visita de Donald Trump a China.

El triunfo de la muerte

La democracia liberal es la incubadora de la actual forma cumplida del nazismo, que encuentra su lugar de elección en los Estados Unidos, una entidad fundada en el genocidio, la deportación y la esclavitud, cuya sociedad constitutivamente racista hoy se hunde en la demencia senil.

La década de 2020 se está inaugurando con el triunfo definitivo de Trump. En el contexto internacional, la eliminación del general iraní Soleimani suscitó un escándalo entre los demócratas (como si el Partido Demócrata hubiera sido alguna vez respetuoso con el derecho internacional) y provocó una ola de dolor y rabia en las masas iraníes. Pero, para deleite de los votantes estadounidenses, se ha demostrado que el régimen chií es impotente y que su única respuesta posible es una acción suicida, y en el caso iraní el resultado suicida es absolutamente probable, dado que el regreso del Mahdi —el duodécimo imán oculto— solo sucederá cuando su pueblo se haya sacrificado.

El triunfo de Trump se ha vuelto abrumador con la conclusión del proceso de impeachment, y está destindo a que culmine en noviembre con la victoria electoral que sancionará definitivamente el fin de la democracia liberal en el mundo. Difícilmente este segundo triunfo de Trump podrá ser contrarrestado por el poder financiero de Bloomberg, ya que la mayoría de los votantes jóvenes están con Sanders, y es poco probable que se dejen convencer para votar a un candidato más odioso aún que el propio Trump. A estas alturas, los jóvenes electores han aprendido que los fascistas son horribles, de acuerdo, pero el chantaje de la izquierda neoliberal (o nosotros o el fascismo) no lo es menos. La victoria de Trump consolidaría a escala global un fenómeno del cual el nazismo de Hitler fue una anticipación inmadura.

El principal teórico del etnonacionalismo del siglo XXI es el autor de un texto titulado Manifiesto por la independencia europea, no menos idiota y no menos efectivo que el Mein Kampf. Su nombre es Andreas Breivik y se publicitó matando a 77 personas desarmadas, y en su mayoría menores de edad, el 11 de marzo de 2011. En su abominable escrito, explica que el error de Hitler fue la identificación de los judíos como el principal enemigo de la raza superior, puesto que son aliados en la lucha mortal contra los musulmanes y otras razas inferiores. Se trata de la teoría que hoy anima la política de la Casa Blanca y la alianza entre el cristianismo evangélico ultrareaccionario y el sionismo, en la perspectiva del inminente apocalipsis. Esta alianza tiene como objetivo crear las condiciones culturales y militares para el exterminio racial en la fase de una cada vez más cercana catástrofe ambiental.

El discurso supremacista contemporáneo (en la formulación de Trump y Bolsonaro, por ejemplo) no se basa en la negación del cambio climático, como puede parecer, sino en un razonamiento más realista: ocho mil millones de personas no pueden convivir en el planeta Tierra en condiciones de devastación ambiental. Por lo tanto, se trata de crear las condiciones técnicas para la supervivencia de una parte de la humanidad y, por lo tanto, de eliminar la otra parte. Ningún teórico, periodista o político de la derecha mundial se expresa en términos semejantes, por supuesto. Pero este es el significado no tan oculto del discurso supremacista contemporáneo, que ya gobierna casi todos los países del norte del mundo.

La paradoja demográfica (envejecimiento del norte contra la expansión de las poblaciones india, islámica y africana) tiene como consecuencia lógica una migración gigantesca que los supremacistas llaman gran sustitución. Incluso si la llamada gran sustitución no es el efecto de una conspiración maléfica de Soros, como deliran los paranoicos, no puede negarse que vaya apareciendo naturalmente esta tendencia, como hace la izquierda antirracista, que no se atreve a pensar que la única forma de afrontar este fenómeno es una estrategia de redistribución de la riqueza para equilibrar los efectos del colonialismo. En este vacío estratégico, el suprematismo razona cada vez más abiertamente en términos de una solución final: rechazo de la migración, eliminación de la mayoría de la población mundial. En estas monstruosas premisas, literalmente inimaginables, está basado el discurso neorreaccionario y encuentra una perspectiva de racionalidad, por repugnante que sea. El inconsciente planetario sintoniza con un contenido hasta ahora reprimido: la imposibilidad de la convivencia de miles de millones de habitantes en condiciones de cambio climático y estancamiento económico a largo plazo.

En las décadas posteriores a la segunda guerra mundial tuvo lugar una gigantesca batalla cultural y política: el movimiento obrero y estudiantil fue el protagonista, pero no pudo desarrollar una estrategia de redistribución frugal y escapar del modelo de crecimiento. De ahí que el movimiento fuese derrotado y la contrarrevolución nihilista thatcheriana preparara el regreso del nazismo, esta vez en una versión madura. El nazismo de Hitler fue solo una horrenda premonición: en realidad, el capitalismo aún no había madurado la perspectiva de extinción que hoy se percibe claramente, y no se habían constituido las condiciones técnicas de control absoluto.

En el libro Black Earth: the Holocaust as history and as warning, Timothy Snyder sostiene que el totalitarismo político se vuelve aceptable para la mayoría de la población cuando la alternativa es la precipitación de condiciones ambientales insostenibles, y el genocidio se vuelve aceptable cuando aparece como la única posibilidad para evitar la extinción de la propia familia o la propia nación.

Para pensar los años veinte se debe tener el coraje de pensar en la inminencia del horror.

Credencial falsa del terrorista Anders Breivik como policía.

Funky nazi

El etnacionalismo que triunfa a nivel mundial es la señal de una desesperación expresada en un lenguaje absurdo. A la migración que presiona en las fronteras y obliga a los depredadores a atrincherarse detrás de muros físicos y mentales cada vez más altos y cada vez más frágiles, el etnacionalismo blanco, incapaz de asumir la responsabilidad del colonialismo y pagar el precio, opone la propia primacía con la apocalíptica lógica de exterminio. Asediada internamente por la demencia senil y la depresión, la cultura dominante destruye en sí misma todos los rastros humanos para no sucumbir a su propia fragilidad íntima. El cinismo se convierte entonces en el registro ético y lingüístico predominante.

¿Qué significa cinismo en el plano lingüístico y ético? El cinismo tiene algo que ver con la ironía: con ella comparte la suspensión de la relación entre enunciación y verdad. A pesar de la analogía retórica, sin embargo, entre el cinismo y la ironía hay una divergencia ética radical: la ironía suspende la relación entre la enunciación y la verdad para aludir a la pluralidad de mundos posibles, mientras que el cinismo suspende esa relación porque no quiere renunciar al privilegio implícito en la conservación de lo existente. Pienso en la extraordinaria muestra de cinismo de toda la clase política republicana frente al impeachment de Trump. Nadie podía negar que el presidente había realizado una acción inmoral, ilegal, vergonzosa. Nadie lo negó. Pero la defensa del poder blanco no puede ceder ante tales trivialidades, especialmente porque en los últimos setenta años la política exterior estadounidense ha sido una sucesión ininterrumpida de actos inmorales, ilegales, vergonzosos. Por lo tanto, cada declaración del presidente y sus secuaces estaba fundada, hasta límites grotescos, en una suspensión sistemática de la verdad. Cualquiera que dijera la verdad sería amenazado, asaltado, ridiculizado y finalmente despedido (como sucedió con un militar y un embajador que simplemente dijeron la verdad sobre las llamadas de chantaje de Trump a Zelenski). Se ha tratado de una representación cómica extraordinaria porque todos, hasta los espectadores más desprevenidos, sabían que cada palabra del presidente era falsa. Pero la agresividad dio fuerza de verdad a la falsificación más obvia. La política de toda la clase dominante blanca occidental, sin distinción entre izquierda y derecha, estaba perfectamente sintetizada en esa subversión cínica de la enunciación.

Estamos aquí ante una evolución del estilo nazi: en el discurso hitleriano había una trágica seriedad de la tradición, la familia, la comunidad y la nación. En el nazismo 2.0, la tragedia se evapora para dejar espacio a la comedia cínica. La familia, la tradición, la comunidad, la nación no son más que ficciones que han perdido toda relación con lo vivido. El trumpismo contemporáneo exalta la comunidad con cinismo barroco, pero sabe que ya no hay ningún sentido de comunidad en el capitalismo tardío global. Exalta los valores de la nación, pero sabe bien que el poder está totalmente desterritorializado. Por esta razón, el meme irónico toma el lugar de la retórica trágica: no hay consistencia ni seriedad en el meme, porque su poder se basa en la super-inclusividad semántica, es decir, en el hecho de que cada signo puede significar todo y su opuesto. Pura voluntad de potencia sin ninguna fe en la verdad del enunciado.

Cincuenta años de penetración mediática y publicitaria ininterrumpida han creado las condiciones para esta erosión de la relación entre el enunciado y la verdad. La publicidad ha destruido cualquier coherencia de la enunciación, expandiendo desmesuradamente el espectro semántico de cada signo, hasta incluir en cada interpretación lo opuesto de lo que significa cada signo. La interpretación se ha hecho ejercicio de puro poder sin coherencia.

En la jerga afroamericana, el término funky se usa para referirse al exceso de excitación, la ruptura de cualquier inhibición semántica y de cualquier coherencia ética. Funky es la desconexión del lenguaje de cualquier relación con la coherencia, y la arbitrariedad desencadenada del flujo semiótico. Funky-Nazi es la tormenta de mierda que la razón política no es capaz entender y, aún menos, de detener.

Pequeña nota sobre la democracia

Si Bernie Sanders gana las próximas elecciones estadounidenses, me convierto a la fe democrática. Esto es bastante improbable, y pienso que se confirmará mi convinción de que la palabra democracia, valor absoluto e indiscutible del discurso contemporáneo, no significa nada. El ascenso de Bloomberg es una prueba descarada de esto. Como método útil para representar la voluntad del pueblo, la democracia ya no funciona, si es que alguna vez funcionó: la formación de opinión no es el efecto de la libre crítica del intelecto social, ya que el proceso técnico de producción de la mente colectiva está totalmente expropiado por las grandes corporaciones que dominan la infosfera. Además, la voluntad expresada por la mayoría ya no tiene ninguna eficacia, porque los automatismos tecnofinancieros deciden inexorablemente sobre la asignación de recursos y todo lo demás.

El método de la democracia representativa ha dado el poder a Adolf Hitler y Donald Trump, por no mencionar a Rodrigo Duterte, Narendra Modi y una lista interminable de otros criminales. El año 2020 verá la confrontación entre el Nazi-Funk trumpiano y el ultrapoder financiero de Bloomberg. Naturalmente, puede pasar cualquier cosa, pero diría que el Nazi-Funk saldrá vencedor, y no puedo decir que sea la peor de las hipótesis.

El inconsciente se ha alimentado de la humillación de los hombres frente a la superpotencia de la máquina tecnofinanciera. Y los humillados impotentes solo tienen un sueño: la venganza. Y la venganza no quiere escuchar razones: se expresa en contra de aquellos que el odio colectivo siente como responsables del empobrecimiento social y la privatización de todo: la clase política de centroizquierda que impuso la violencia neoliberal y ahora solo merece desaparecer. Nazi-Funk es el nombre de la venganza.

Rodrido Duterte, presidente de Filipinas.

¿De qué extinción estamos hablando?

La extinción ha entrado en la esfera perceptiva del género humano en la segunda década de este siglo: la palabra impronunciable ha sido pronunciada. No la razón política sino el inconsciente percibe esta posibilidad, este acercamiento del fin. Si cruzamos el pronóstico de crecimiento de la población en el sur del planeta con la reducción del espacio habitable debido a la catástrofe ecológica (áreas costeras inundadas, áreas continentales que exceden las temperaturas tolerables, áreas devastadas por la contaminación tóxica), nos damos cuenta de que las grandes migraciones son inevitables. Las grandes migraciones alimentan las guerras, el internamiento masivo de los pobres por los menos pobres y el exterminio. Eso es lo que ya está sucediendo en la frontera mediterránea y en muchas otras fronteras de la Tierra.

A pesar de los patéticos llamamientos (el tiempo se acaba, sólo quedan diez años…), la catástrofe ecológica ya no es reversible, ni siquiera puede ser contenida: esto explica el crecimiento de las fuerzas políticas que niegan el problema. Ganan las elecciones solo aquellos que se comprometen a continuar con la devastación y aquellos que persiguen el crecimiento sobre cualquier otra consideración: crecimiento quiere decir devastación, y la palabra sostenible va acompañada de una sonrisa sardónica. En Italia, para ganar las elecciones en Emilia-Romaña, el candidato del Partido Democrático (centro-izquierda) exigió que el gobierno nacional cancelara un proyecto de ley que quería establecer un impuesto sobre el plástico debido a que la producción de envases de plástico se concentra en Emilia. No hay deniers: nadie cree realmente que el cambio climático no exista. Pero la mayoría piensa que no se puede hacer nada para detener el apocalipsis, por lo que lo único razonable es bunkerizarse y exterminar a los que se acercan al búnker.

Desde que George Bush declaró en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992 que «el nivel de vida de los estadounidenses no es negociable», la alternativa ha sido clara: o la humanidad se libera del pueblo estadounidense o el pueblo estadounidense se libera de la humanidad. La victoria de Trump marca el momento en que el pueblo estadounidense se prepara para la eliminación de la humanidad para que los estadounidenses puedan mantener su nivel de vida. Por el momento parece que prevalece esta perspectiva. La nación más asesina de todos los tiempos (cuya historia de genocidio, deportación y esclavitud hace palidecer al Tercer Reich) está lista para el Holocausto de la humanidad no estadounidense. America First finalmente significa esto. A menos que alguien decida desatar la hecatombe final comenzando con los estadounidenses, ya que varios países (Corea del Norte, por ejemplo, y por supuesto China) tienen la fuerza necesaria para incinerar a la mitad de la población estadounidense. El suicidio es la monstruosa perspectiva que se está delinando para la humanidad del siglo XXI. ¿Desde qué punto de vista deberíamos lamentarlo?

Temo que el futuro contenga una posibilidad más dolorosa que la extinción biológica de la humanidad. La humanidad es lo suficientemente resistente como para sobrevivir al cambio climático, la guerra mundial y los bombardeos atómicos. Quizás la especie humana sobreviva. Y la civilización también está destinada a sobrevivir, transferida a la esfera automática de la red conectiva global. Separada de los humanos, objetivada en técnica, la civilización podrá reproducir y expandir sus concatenaciones abstractas. Lo que no sobrevivirá en mi opinión es el frágil equilibrio de la civilización humana, de la civilización en cuanto humana. Una civilización inhumana, y poblaciones humanas sin civilización: esta me parece la perspectiva más probable para el siglo XXI. Los años veinte mostrarán si existe la posibilidad de escapar a esta separación del ser humano de la potencia civil de la técnica, si la civilización puede sobrevivir como civilización humana. Y quizás noviembre de 2020 será la primera prueba decisiva: either Bernie president or endgame.

Ética de la extinción

Pensar los años veinte significa interpretar las tendencias que aparecen en la condición actual, pero no solo. También significa trazar las líneas de una ética de extinción. Una ética del devenir nada.

La ética moderna quería ser una preparación para el buen vivir. Ahora necesitamos volver a concebir la ética como una preparación para el buen morir. No (sólo) en el sentido estoico de meditar individualmente sobre una muerte digna, sino también en el sentido de elaborar una conciencia colectiva del horizonte de extinción de la civilización humana.

Publicado originalmente en la revista Not el 20 de febrero de 2020, y traducido por Juan Dorado.


Franco Bifo Berardi (Bolonia [Italia], 1948) es filósofo, escritor y agitador cultural. Graduado en estética y formado con Félix Guattari, actualmente es profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Fue un destacado activista de la llamada autonomia operaria italiana durante la década de los setenta y, desde entonces, ha desarrollado una prolífica obra crítica en la que ha estudiado las transformaciones del trabajo y de la sociedad producidas por la globalización, especialmente en cuanto al rol de los medios de comunicación en las sociedades postindustriales. Su producción teórica ha ido acompañada de un activismo por los medios de comunicación alternativos, tarea que inició con la fundación de la revista A/Traverso, fanzine del movimiento de 1977 en Italia, y que prosiguió con la creación de la Radio Alice —la primera emisora pirata del país— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En el terreno ensayístico, debutó con Contro il lavoro (Feltrinelli, 1970) y, desde entonces, ha publicado medio centenar de títulos, algunos de ellos traducidos al castellano, como La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003), La sublevación (Artefakte, 2013) o Fenomenología del fin (Caja Negra Editora, 2017).

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Loading...

Cultura

La búsqueda interior (la cósmica poesía)

Publicada

el

/por Antonio Gracia/

Todos buscamos algo en lo que apoyar nuestro desamparo ante algunos momentos de la vida y, sobre todo, ante la muerte. Vivir resulta mucho más fácil para los creyentes que para los escépticos, de lo cual se deduce que quien no cree es a su pesar, y ningún dogmatismo, clerical o no, debiera condenarlo. Quien no duda no acierta; pero, preso en su fe, el creyente vive más dichoso porque se sabe protegido por un Ser Superior que garantiza su andadura, incluso el perdón de sus errores. Por el contrario, el incrédulo persigue una verdad que lo sostenga, y hasta la ciencia, incrédula por definición, le niega ese consuelo.

No es la fe obtusa, sino la razón intuitiva la que empuja a admitir la existencia de un Artífice Supremo. La vida no es admisible como consecuencia de un acto creador prestidigitatorio desde la nada. El cosmos no se basta con un milagro o un trabajo de seis días. Necesita un proceso evolutivo en el que lo que nace se desarrolla, se perfecciona, se deteriora, se transforma, ya que nada se crea o se destruye. El Universo no es un experimento surgido hace seis mil años, como quería el obispo Ussher, quien, en 1658, estudiando las sucesivas generaciones de la Biblia, llegó a la divina conclusión de que el universo había sido creado el 23 de octubre del 4004 a. de J. C., a las 12:00 horas. Es comprensible este fanatismo en quienes sienten tal libro como un documento científico y ex cathedra. Lo increíble es que matemáticos del cielo como Kepler y Newton admitieran sin inmutarse tal origen como una verdad inamovible.

Si Aristóteles concibió un universo estático, Lucrecio lo necesitó expansivo. Ya san Agustín supuso, rozando, entonces, la herejía, que Dios tenía que estar haciendo algo antes de la creación; que había un tiempo antes de lo que cuenta el Génesis. Y así lo ve la ciencia. La memoria demostrable de nuestra sustancia se remonta a unos quince mil millones de años, cuando el Big Bang inició su estallido y la nada —que alguna cosa sería— se llenó de materia incandescente e implacable, que fue ordenándose desde el caos hasta un cosmos aún inacabado.

Son quince mil millones de años transcurridos desde el Big Bang. ¿Y antes? El individuo es un microtiempo en ese océano intemporal, en el que las estrellas nacen y agonizan a lo largo de millones de milenios. Y ante tal inmensidad, no es extraño sentir que la vida es un lugar oscuro y solitario, un locus horribilis en el que transcurre la agonía de sabernos mortales. Por eso la necesidad de un Ser Garante nos empuja a creer en él, o a inventarlo. ¿Tiene algo que ver el Dios piadoso y despiadado de los cristianos con la verdad científica y lógica? Más: ¿Se parece en algo el Jesucristo comprensivo de los evangelios con el de los fanáticos obispos que excomulgan democracias?

Es fascinante saber que estamos hechos de materia estelar, de estrellas y de simios, de pájaros y flores; que las infinitas partículas viajeras por el firmamento y yacentes en la piedra se conciliaron para configurarnos y bullen girando en nuestra carne, y que la música del cosmos dejó su ritmo en nuestra sangre, que llevamos un trovador íntimo que conmueve nuestras emociones y canta mediante el arte y la naturaleza. Esta «armazón de huesos y pellejo» que es el hombre sufriente ya no basta para identificarlo, sino que hay que sentir al ser humano como la conciliación de todos esos fragmentos de inmensidad que conforman su identidad. Y por eso el corazón sigue latiendo a la espera de reunirse con su ancestral origen.

I’m from outter space, pintora rusa anónima.

Porque el espíritu no es sino otra materia —intangible— que únicamente adquiere forma cuando la palabra —el pincel, el pentagrama— muestra la probable apariencia de su inefabilidad. Difícil tarea la de tallar una imagen de aquello que solo los ojos de la mente consiguen, a veces, vislumbrar. Y más difícil cuando lo que se pretende es exteriorizar —para sí mismo o para los otros— el proceso introspectivo que traspasa los límites de lo efímero e indaga en las cavernas del intimismo absoluto. En esa oscuridad surgen destellos que convierten la noche en un fulgor que apresa a quien contempla la mágica visión de lo buscado. Se hace entonces la luz en la mirada y brota el cosmos oculto que anhelábamos.

Y he aquí que es la frágil palabra la que nos dicta el sentir del Universo, ajeno o propio, como si, de repente, nos persiguiera un enjambre de estrellas transparentes y todo fuera diáfano. Lo que significa que escribir es tejer un corazón iluminado; y leer, abrazarse a su pálpito esplendente.

En verdad, poca distancia existe entre la experiencia mística y el estremecimiento y fascinación de Einstein al contemplar la fuga cósmica, las líneas de fuerza de Faraday, los vórtices del firmamento de Van Gogh o el tercer movimiento de la Novena de Beethoven: todos son éxtasis, clarividencias de la plenitud. Ninguna diferencia hay entre la semilla artística de Miguel Ángel, Wagner, Dante, Yepes, Fray Luis, Freud … Solo cambia la estrategia del lenguaje: verbal, musical, plástico… Todas estas visiones tienen un factor común: necesitan un espacio interior e incompartible, un alejamiento del mundanal bullicio para oír su voz, un silencio íntimo en el que percibirlas. Necesitan el saber ver de quien las mira. Y este saber ver exige una vida callada en la que se gesta y se expresa su revelación.

Esa transfiguración de lo invisible en visible es lo que siento al conversar con la visión que se me aparece para abandonarme: dejándome a las puertas de un infierno celeste:

REVELACIÓN

Tal vez porque los pájaros cantaban
y reían las fuentes, y los álamos
abrazaban el aire de la tarde,
o quizá porque el dulce firmamento
derramó sus estrellas sobre mí,
sentí mi corazón estremecerse
y extasiarse mi carne.
Extendía la noche sus dominios
sobre el ocaso, floreciendo aromas
como ofrendas del día, y en el aire
se aquietaba una brisa melodiosa
igual que un madrigal dormido, preso
en el acorde de un latido cósmico.
Ya el árbol no era un árbol, sino médula
de mi espíritu alzado en el paisaje.
Sentí en mi pecho las doradas hojas
quebrarse como leves corazones
marchitos del otoño.
Las nubes descargaban en mi alma
su lluvia torrencial.
Todo confluyó en mí: fuentes, estrellas,
montañas, pergaminos, claridades,
biografías para la eternidad.
Todo era hermoso y mío, como un lento
fluir desde la aurora hasta el crepúsculo.
Y en medio de la luz sentí, de pronto,
el dulce y silencioso escalofrío
de la revelación.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

El arte de lo imposible

Publicada

el

/texto de Miguel Rodríguez Muñoz para la presentación de su libro El arte de lo imposible/

Buenas tardes.

El arte de lo imposible es el segundo libro de aforismos que publico. En el año 2006 vio la luz el primero, titulado Contra la gravedad. Aunque no puedo decir que me lo haya tomado con mucha prisa, soy devoto del género como lector y —a cuentagotas— como escritor. Debo confesar que puesto a escoger prefiero más leer que escribir, sobre todo porque resulta menos esforzado, y más sano para la espalda.

Si me gustan los libros de aforismos no es porque su limitada extensión, la ligereza de sus frases y párrafos o la abundancia de puntos y aparte hagan más fácil la lectura o la escritura. Creo que no es literatura para perezosos. Sus textos requieren de una lectura pausada, reclaman atención y complicidad. Desplazarse en diagonal por las páginas de esos libros no permite apreciar su contenido. Al género aforístico le puede ir bien el picoteo, pero no la pitanza.

Me gustan los aforismos por los destellos que emiten, por ese relampagueo que sacude al lector, por su aptitud para iluminar fugazmente alguna arista de lo real a caballo entre lo objetivo y lo subjetivo. Fuegos de palabras, precisamente, es el título de una antología dedicada al aforismo poético español de los siglos XX y XXI, editada por la poeta Carmen Camacho. Esa pirotecnia descansa en la economía del lenguaje y la condensación verbal, pero también en su corporeidad fragmentaria, incompleta, como punta de iceberg. La gracia de los aforismos, su carga explosiva, reside —me parece a mí— en la relación virtuosa que se establece entre su levedad y su capacidad de sugerencia, en la onda expansiva de sus significados. Pensar por lo breve, así define la aforística el título de otra antología, obra del profesor José Ramón González.

Uno no se ve a sí mismo, y quizá por ello tiene grandes dificultades para leerse. Los lectores sabrán si en los fragmentos que componen El arte de lo imposible perciben algún centelleo. No se trata de aforismos poéticos, y —si la palabra no sonara tan grandilocuente— diría que se asientan más bien en el círculo de afinidades propio de los aforismos conceptuales, aunque solo sea por oposición a los primeros desde un punto de vista taxonómico. Su materia es variopinta y salta de un tema a otro, a modo de movimientos de caballo sobre el tablero de ajedrez, pero —resumida a grandes rasgos— centra la atención sobre asuntos que discurren, por un lado, en el ámbito de lo social y lo político, y, por otro, en lo existencial, incluso lo personal. Estos aforismos se alimentan de preocupaciones socialmente compartidas y son también reflejo de las cuitas que como ciudadano y como individuo dan pasto obsesivo al discurso interior, al incesante rumiar de la conciencia.

Si la escritura es un proceso de búsqueda, en el que se necesita hallar las palabras, las ideas, las imágenes o las construcciones adecuadas, en el caso de los aforismos lo que mueve además mi interés exploratorio es reparar en lo que el mundo —exterior o interior— ofrece de paradójico, de incongruente, de absurdo… En ese sentido, actúo como un observador que en las reuniones siempre se acaba fijando en quien —no sin disimulo— escarba con el dedo en la nariz o se rasca donde no debe. Esa búsqueda de lo chirriante está guiada por un afán lúdico, juguetón, deseoso de divertir y si acaso provocar una sonrisa; un afán en el que ocupa un lugar importante el ánimo crítico si no disidente. Pretendo hacerlo huyendo de la excesiva gravedad, moviéndome por la línea fronteriza entre lo demasiado serio y lo liviano, aunque puede que a veces me tambalee sobre la cuerda a riesgo de perder el equilibrio.

Tras estos aforismos late el poso de una manera de mirar. Es una mirada indiscreta y hasta irreverente. Cuestionar lo sagrado en sus encarnaciones más agobiantes y fastidiosas, siempre intocables, constituye una tentación a la que me rindo con gusto. Se trata —valga el oxímoron— de una mirada irreverente pero no irrespetuosa; al menos eso creo. A nadie en particular —a casi nadie— se le mete el dedo en el ojo. Como no podía ser menos en una persona de edad, es también una mirada descreída, que huye de la fe pero no renuncia a encontrar razones para la esperanza. Aunque los tiempos nunca son iguales y hay períodos terribles, no he conocido ninguna época de mi vida en la que el juicio sobre la realidad no llegara a una misma conclusión: la cosa está muy fea. Nunca fui optimista y a menudo caigo en el pesimismo, pero hace años que pienso que ambas actitudes revelan una concepción fatalista de la existencia cuya cara en sombra es la idea terrible de que nada se puede hacer y, para bien o para mal, el destino ya está escrito. Debo reconocer además que esa mirada —a la que vengo haciendo referencia— tiene un sesgo militante y —llegado el caso— toma partido con descaro, algo propio de quien vive en serio su condición de ciudadano.

Quien habla en estos aforismos es un narrador, una persona interpuesta, cuya voz coincide a menudo con la del propio autor, pero otras veces metida en danzas, enredada por el juego, leal a sus desafíos, dice cosas que se apartan de lo que yo pueda pensar. Si de la exageración depende en ocasiones la eficacia de un relato, el brillo de este género de formas breves requiere también pagar algunos peajes. Un maestro del aforismo, de lengua muy afilada, Karl Kraus, dejó sentado que «el aforismo nunca coincide con la verdad: o es media verdad o verdad y media».

Muchos de estos textos llevan tiempo en un archivo de mi ordenador, viviendo en un concubinato de ceros y unos, expuestos al azar de ser afectados por un virus que los deje reducidos a cero. Algunos vieron la luz, hace ya años, en la revista Página Abierta. De otros me serví para dar lustre a columnas de prensa, y de esas colaboraciones periodísticas extraje pecios que una vez sometidos al tamiz de la reescritura me pareció que encajaban en las convenciones del género. Aunque beben de la experiencia, la reflexión y las lecturas, en su mayoría irrumpen en mi cabeza de forma caprichosa, como apariciones fantasmales, en esos momentos en que uno está ocupado en labores rutinarias que dejan libre el vuelo de la conciencia. Las tareas domésticas o los minutos del afeitado diario suelen ser para mi muy luminosos, pero también en ocasiones contribuyen a su creación los pasajeros estados de efervescencia vividos a lo largo de un viaje por la sensación de experimentar algo maravilloso. En lo que tienen de intuiciones, llegan caídos del cielo a modo de aerolitos, en expresión feliz del poeta Carlos Edmundo de Ory. Pero no todos proceden del espacio sideral. Cuando el número de aforismos adquirió espesor de masa crítica, he trabajado con ellos agrupándolos por barrios, y entonces de sus relaciones de vecindad surgieron otros nuevos, fruto no ya de la intuición sino de una cierta inercia discursiva. Ese origen diverso da cuenta de su desigual extensión.

Hace muchos años, en la época del referéndum sobre la OTAN, al final de un fogoso debate acerca de la permanencia o no en esa alianza militar, me abordó un individuo —afín al partido que había tenido por eslogan propagandístico «De entrada, no»—, y con la desfachatez propia de un nuevo rico me espetó: «Tú, Muñoz, siempre defendiendo causas perdidas». No puedo decir, desde luego, que no le faltase razón. Pero tras su reproche me pareció entender que latía una idea de la política consistente en apostar a caballo ganador. Yo militaba en aquella época en un partido de extrema izquierda que no se quedaba precisamente corto en sus aspiraciones y, aun a sabiendas de los enormes obstáculos que había de afrontar una voluntad de cambio radical, trabajaba disciplinadamente, junto a mis compañeras y compañeros, por hacer realidad lo que parecía inalcanzable. En la digestión de aquel debate y su colofón impertinente, di en pensar que si la política era el arte de lo posible había en ella poco de arte y mucho de técnica, y que si su impulso transformador se orientaba únicamente por la relación de fuerzas devenía en una peculiar aplicación de la física mecánica. La política solo podía elevarse a la condición de arte —concluí— si era capaz de desplegar la creatividad necesaria para conquistar lo imposible. El título de este libro viene de ese momento.

Lo que me ha llevado a recuperar esa  sentencia es que lo que entonces no pasaba de ser una divagación bienhumorada, tentada de jugar a definir asunto tan complejo mediante un contrasentido, ha tomado cuerpo desde hace años en el hecho de que en la acción política cada vez se estrecha más el terreno de lo posible, hasta mostrarse impotente no ya para realizar cambios profundos en la vida social y económica sino para hacer inexcusable justicia a una buena parte de la ciudadanía, cuya existencia se desenvuelve en condiciones muy precarias. La desigualdad es una pata coja de la democracia y complica su futuro.

Pero no quiero dejarme invadir por el pesimismo y prefiero militar en la esperanza. Creo, en todo caso, que el título por su carácter paradójico puede ensanchar su significado —si es que tiene alguno— más allá de las servidumbres de su origen, y que por ello da mejor razón de su contenido.

Hay un aforismo en este libro que dice así: «Solo es posible discutir razonablemente de política entre quienes piensan más o menos lo mismo». Me gustaría que esta colección de aforismos suscitara, por el contrario, alguna complicidad en quienes no piensan de forma semejante, o desearía al menos que tras su incierta lectura no les saliesen chispas.

Muchas gracias.


En la lucha contra la desigualdad, los bancos centrales son unos gafes.

Muchos políticos y periodistas tienen el tubo digestivo invertido. ¡Hay que ver lo que sueltan por la boca!

La negativa a modificar la Constitución suele ilustrarse con una imagen mostrenca —no conviene abrir ese melón, se dice— que no solo devalúa el rango de la carta magna sino que además causa perplejidad en el oyente, pues el destino de los melones no es otro que ser abiertos y si no se pudren.

Pedían altura de miras y —dicho y hecho— se pusieron a cortar cabezas.

Ya en el propio nombre, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, hay como una previa determinación a un ejercicio arrollador de la autoridad.

Muchos ciudadanos —sobre todo, los más pobres— dan tanto valor a su voto que lo ahorran.

El pueblo llano anda cuesta abajo.

¡En pie famélica legión! —tronó la megafonía—, y huyeron en desbandada a votar a la extrema derecha.

Si se rasca sobre algunos ciudadanos como si fueran cromos, aparece debajo un guardia de la porra.

La llamada a recuperar la grandeza de la patria hace a los ciudadanos más pequeñitos.

Se necesita tener la cara muy dura para lucir corona y hacerse llamar alteza, pero en la vida social echarle morro funciona e incluso crea consenso.

«El BCE hará todo lo necesario para sostener el euro. Y créanme, eso será suficiente». Como ensalmo de hechicero, quince palabras bastaron para que las primas de riesgo detuvieran su peligrosa escalada. «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir», había declarado unos meses antes un señor con cara de pena pero como no era brujo tuvo que abdicar.

Cuanta más gimnasia hace y más relieve adquieren sus músculos, más jibarizado resulta.

Lo mejor que podría hacer por la derecha y por los suyos sería cambiar de psiquiatra.

La derecha y los suyos hacen un ruido de aparato de radio emitiendo a todo volumen un domingo por la tarde la crónica de los partidos de fútbol, con un locutor enloquecido gritando sin tregua: ¡Falta¡, ¡falta!, ¡expulsión¡, ¡fuera de juego!, ¡penalti¡, ¡go!, ¡goo!, ¡gol!, ¡gol!, gol!, ¡goool!, ¡gooool!, ¡goooool!, ¡gooooool!

Que no haya modo de oírse: el ruido es el mensaje.

A la Unión Europea le preocupa más el déficit público que el déficit democrático pese a tratarse del más grave déficit público.

La economía es realismo sucio.

Cuando más madura era la creciente contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, el proletariado —¡qué fatalidad!— va y se hace de clase media.

El camino de la revolución está empedrado de reuniones.

El capitalismo siempre se las arregla para apagar la luz al final del túnel.

En el nacionalismo se hacen ideología pulsiones primarias de los animales territoriales.

¿Habrá declaración más temible de nacionalismo que la leyenda «Todo por la patria»?

A falta de independencia, el separatismo catalán levita.

Qué turbador ese amor a la patria del que algunos individuos hacen gala cuando pasean al perro sujeto con un collar rojigualda.

La bandera rojigualda tapa la cabeza —a algunos incluso se la calienta— pero deja al aire los pies.

Los países ricos hacen negocio vendiendo teléfonos a los países pobres y luego se quejan de que sus usuarios responden a las llamadas.

El sino del inmigrante es vivir siempre en la frontera.

Para ego, el de Dios.

Después del ego de Dios, el de los bancos centrales.

La adoración a un dios tiene mucho de comercio: yo te alabo y, a cambio, tú me concedes una gracia. Sin comercio de favores no hay devoción religiosa.

Para tener fe se necesita mucha fe.

La línea del horizonte es una mentira del paisaje.

Efecto mariposa: el aleteo de una mariposa en Brasil puede causar una subida de la luz en España.

Ya se sabe que a las armas las carga el diablo, así que con los paraguas ocurre como con la flecha y el arco del conocido proverbio oriental: si uno lo saca de casa, tiene que acabar abriéndolo.

Reina la incertidumbre en los tendales.

Como idea, el verano está muy bien.

Los meteorólogos son unos apocalípticos integrados.

En el placer de fumar todos los coitus son interruptus.

La patria de un adolescente está en el móvil.

El móvil es un regalo del cielo para los narcisos.

El sueño es nuestro psiquiatra de todos los días.

Calificar de monstruo a un asesino es una forma de exculparlo y, sobre todo, de absolvernos.

A veces dudo si la cara es el espejo del alma o el alma un esquivo reflejo de la cara, y hay casos en que temo lo peor.

La realidad siempre bascula hacia el lado equivocado.

Nada como una mudanza para descubrir la sustancial identidad entre la unidad y pluralidad del ser y las cajas de cartón.

Todos los mandamientos se resumen en dos: buscar honradamente la verdad y hacer justicia a los oprimidos.

En el amor a la humanidad, suelen olvidarse los individuos de carne y hueso. Tras el amor a los individuos, se ignora con frecuencia a la humanidad.

Todos los puritanismos comparten el mismo código de circulación: del ombligo para arriba, tráfico libre; del ombligo para abajo, control de policía.

Lo ingrato de la soledad es tener que compartirla con un personaje del que con gusto se saldría huyendo.

Qué mal intencionado el lector de esquelas de periódico.


El arte de lo imposible
Miguel Rodríguez Muñoz
KRK, 2019
101 páginas
11,95€


Miguel Rodríguez Muñoz es licenciado en Derecho, veterano militante del MCA-Lliberación y miembro en la actualidad de Acción en Red, así como autor de dos libros de relatos: Movimientos migratorios (1995) y El guerrero del interfaz (1996); un volumen de artículos, La cáscara amarga (1999); un libro de aforismos, Contra la gravedad (2006) y dos novelas, Memoria de la lluvia (2002) y Transatlántico (2014), publicados en KRK.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

Notas de Jordi Doce para una cuarentena (10, 11 y 12)

Publicada

el

/por Jordi Doce/

Jueves, 26 de marzo. La luz de buena mañana en las copas de los pinos. Estos cielos azules y la taza de café en la mano, su calor seguro. Luego los titulares en el móvil, los gráficos, los análisis de última hora. No es solo la impotencia o la sensación creciente de alarma. Es la contradicción entre mundos que comparten costuras, que no paran de tocarse. El disfraz precario pero forzoso de la normalidad. La pura irrealidad de lo real.

Me dice un amigo que ayer me puse estupendo al hablar del libro de Salinas. Puede ser. También (para compensar, supongo) que le gustan estas notas, pero que las ve demasiado cercanas a mis poemas, donde no suele aparecer mucha gente y la vida cotidiana queda reducida a los paseos más o menos melancólicos de un flâneur: «Ahora la atmósfera de la calle se parece a la de tus libros». No sé si en todo esto hay un reproche escondido. Me remuerde no estar hablando de lo que pasa en urgencias o en esa morgue terrible que han improvisado en el Palacio de Hielo, pero no soy periodista y no creo poder añadir nada a lo que nos dice a todas horas la televisión. Prefiero hablar de este rincón del mundo, que no será muy distinto del de quienes me leen. Lo cierto es que las jornadas se encadenan sin solución de continuidad, hasta el punto de que Marta acaba de preguntarme qué día es hoy. Y entonces recuerdo (brisa triste por los olivos) estos viejos versos de Gonzalo Rojas: «¿Y a eso llaman constelación/ de vivir?, ¿a esa ciencia/ del desperdicio?, ¿a ese escurrimiento/ de un viernes a las 3 a otro viernes?».

En relación con esa piedra de la que hablaba hace dos días, estas palabras de Rafael Behr, columnista político de The Guardian: «La democracia ha sido puesta en confinamiento, algo necesario para prevenir la transmisión del virus. Sabemos que el encierro puede salvar vidas. No sabemos aún qué músculos de la sociedad civil se atrofiarán por falta de ejercicio». Son palabras que deben ponerse en el contexto de la política británica, cuyas garantías constitucionales son más vagas o difusas que las nuestras; más dependientes, en cualquier caso, del temple de sus gobernantes. Pero es esa «atrofia de la sociedad civil» lo que me preocupa y me hace dudar (insisto) de las bondades solidarias de nuestro encierro. Veremos.

Así está el patio, literalmente. Esta mañana lo único reseñable es un vecino —rollizo, calvo, en la treintena— que ha salido al balcón mientras se lavaba los dientes. Por lo demás, ropa tendida y un silencio espeso, municipal. Andamos todos tan enfrascados en nuestro mundo que hasta las palomas se han ido con la música a otra parte.

Siguen llegando notificaciones de Idealista. Persiste mi perplejidad. Y empiezo a pensar si estos anuncios no serán una ficción destinada a tranquilizarnos. ¿Quién podría comprobarlo? Todo sigue igual, como en la canción. Cuando esto pase, no te olvides de nosotros. Cuando esto pase, busca otras cuatro paredes donde perderte. Cuando todo pase.

Sábado, 28 de marzo. Los vecinos del tercero B pisan con garbo, pisan con fuerza. Bajan las persianas de un tirón y cierran las puertas sin freno, acostarse para ellos es un largo y dilatado proceso en el que todo es sometido a revisión y no queda un ruido por hacer: voces, el runrún de un electrodoméstico que no logro identificar, una puerta corredera, pasos como de fiera enjaulada, el chorro generoso de algún grifo. Parece improbable que hayan adquirido esta destreza en apenas dos semanas de encierro, por lo que debo concluir que ya actuaban así antes y que soy yo, somos nosotros, los que hemos desarrollado una sensibilidad especial hacia su mundo, algo así como un oído vulcaniano capaz de sintonizar cualquier frecuencia de onda. Gracias al silencio, la casa ha recuperado su condición de cosa viva. Gracias al confinamiento, techos, paredes, caños y bajantes son ahora el tejido orgánico del animal que nos guarda, como la ballena de Jonás. Solo que la ballena es también un gran barco de madera que no para de crujir y acomodarse. Tumbado en la cama, escucho el ruido del agua en las tuberías y hasta creo adivinar el eco de una cisterna dos pisos más arriba. El libro abierto me pesa en el pecho, pero espero a que los sentidos regresen de sus inspecciones nocturnas para dejarlo en el suelo y apagar la luz. Cor meum vigilat.

El parlamento de las aves está en su apogeo. La sesión de hoy fue particularmente variada y musical, con abundancia de mirlos, jilgueros y gorriones, quizá también alguna tórtola. No tengo el ojo bien entrenado y me cuesta verlas entre las ramas más espesas (ayer Paula grabó a un pájaro carpintero atacando un tronco desde varios frentes: no es una visión habitual, al menos en este parque, y de hecho no aparece entre los pájaros listados por las guías, aunque su picoteo me es familiar de mis visitas a la Casa de Campo). Las únicas excepciones son las cotorras, tan ruidosas y pendencieras como siempre. Tan fuera de lugar, en realidad. Esta mañana dos ejemplares saltaron bruscamente de una rama sin dejar de chillar y picotearse entre ellos. De la trifulca salió asustada una paloma que andaba por ahí y no las vio venir. Y eso que es difícil no verlas… ni oírlas, como a mis vecinos del tercero B. Así lo contaba el poeta José Luis Zerón en un mensaje de hace días: «Vivo muy cerca de los últimos reductos de la huerta de Orihuela, y con el trasiego cotidiano apenas distinguía el canto del mirlo y por las noches el del alcaraván. Ahora oigo con nitidez el canto de la calandria, del verdecillo, del jilguero, del verderón y del petirrojo, más el grito brujil de las garzas». Me encantó la enumeración de José Luis, su gusto visible por unos nombres casi tan sonoros como las aves que designan. Sí, este silencio nos ha devuelto el canto de los pájaros. Y pienso —pero no sé si es pronto para decirlo— que ojalá nos devolviera también el sonido entero de algunas palabras, su sentido, las ganas y el placer y hasta el asombro de decirlas.

«A Madrid en Madrid buscas, ¡oh confinado!,/ y en la misma Madrid a Madrid no la hallas…». Se puede decir así, a la manera de Quevedo y Du Bellay (y convirtiendo los endecasílabos originales en alejandrinos algo forzados), o como ha hecho Paula este mediodía al salir al balcón y ver la calle desierta: Echo de menos Madrid

Me instalo en la mesa del comedor y empiezo a escribir y responder mensajes de correo electrónico mientras vigilo el horno. Me gusta esta convivencia de escritura y cocina, este levantarme cada poco para ver cómo va el asado y comprobar que no se seca. Aprovecho cada interrupción para pensar de nuevo una palabra, el ritmo de una frase, un giro verbal. Mi forma de cuidar la carne es acercarme al horno, abrir la puerta y verter medio vaso de vino blanco. Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensarla desde lejos. Mientras tanto, el comedor se va llenando de olores: limón, vino, aceite, romero y tomillo, la piel que se dora sin prisa y el jugo que se escurre en la fuente. Todo es cuestión de no despistarse y medir los tiempos. Así también estos días.

Domingo, 29 de marzo. El escritor Ernesto Hernández Busto se hace eco —es un comentario de Facebook— «de la abundancia de los pájaros, fuera y dentro de tus diarios» y me recuerda un hermoso verso de Emily Dickinson: «‘Hope’ is the thing with feathers». Literalmente, «‘Esperanza’ es la cosa con plumas», aunque una traducción mejor o más musical sería tal vez: «‘Esperanza’ es aquello que tiene plumas». Así empieza el poema 314 según la edición de R. W. Franklin (la más reciente). Lo releo como si hablara con un viejo amigo. Y me veo traduciéndolo casi sin darme cuenta. Es una versión utilitaria, para salir del paso, pero me basta:

Esperanza» es aquello que tiene plumas –
Y se posa en el alma –
Que entona una canción sin las palabras –
Y no cesa – jamás –

Y más dulce – en el Temporal – se oye –
Que amarga fuera la tormenta –
Capaz de acobardar al Pajarillo
Que a tantos dio calor –

Lo he oído en la tierra más glacial –
Y el más ignoto Mar –
Sin embargo – jamás – en ningún Trance
Una miga siquiera – me pidió.

«Amarga» es la tormenta, en efecto. Pero el quid del poema está en el verso final, en esa «esperanza» en forma de «Pajarillo» («little Bird») que no pide nada, que no exige alimento, que solo necesita cantar y ser oído, pues «no cesa – jamás». Tampoco es mala cosa buscar ayuda en la poesía de Emily Dickinson, que algo sabía de encierros y confinamientos. Y tengo la sensación de que estos versos se han deslizado hasta mi mesa como aquellas labores de punto que ella dejaba a la puerta de su dormitorio, en el descansillo, para que su familia o sus vecinos las recogieran.

A cada semana sus renuncias. Al principio eran los bulos, los memes idiotas, los mensajes de voz de WhatsApp que no hacían sino transmitir inquietud y tontería. Ahora son las noticias mismas, o mejor dicho su exceso, porque ni siquiera los medios «serios» son capaces de ponerse de acuerdo y enlazan artículos y reportajes y columnas de opinión en una carrera constante —y apabullante— por estar a la última. El hecho de que la pandemia se halle en etapas distintas en los países de nuestro entorno hace que las novedades se solapen o que veamos repetido en otro país lo que ya hemos vivido en el nuestro. Y sucede que el virus lo ocupa todo. Como la actividad social ha quedado reducida a su mínima expresión y la vida que llevamos en nuestros hogares carece de interés o picos de conflicto, solo se habla del virus; solo se puede hablar de él, porque hasta sus efectos —ya sean remotos o inmediatos— llevan su apellido. Solo él tiene derecho a ocurrir. Voy leyendo y tratando de concertar lo que dicen unos y otros y rara vez lo consigo: lo único seguro, al parecer, es que la «distancia social» y el confinamiento son la mejor manera de derrotar al virus, pero tampoco hay consenso sobre el grado de encierro ideal. Por no hablar de las voces, en la prensa angloamericana (siempre tan economicista, tan obscenamente pragmática), que sopesan los pros y los contras de la paralización laboral. La suma de este exceso de datos y palabras me sume en el desconcierto. Peor, en el agobio. Así que he decidido medirme y racionar la lectura on-line, el visionado de los telediarios, esa compulsión que me llevaba de un lado a otro con el hocico en la pantalla. He recuperado el placer y la calma —la cordura— de la lectura en papel: a diferencia de su versión digital, el diario impreso sigue un orden, está paginado, estructurado, es un corte en el tiempo que se mantiene estable durante veinticuatro horas. Y deja claro que en estas circunstancias la exigencia de las cabeceras de actualizarse cada poco es, o puede ser, contraproducente: obra en oposición misma a la necesidad de información, de chismorreo útil, que nos permite actuar o tomar un rumbo deseable. Aunque, bien pensado, tampoco es que tengamos mucha libertad de acción. Solo se nos pide obedecer.


Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, crítico y traductor. Sus libros más recientes son La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana (Saltadera, 2019) y la antología En la rueda de las apariciones: poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020). Coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Publicidad
...

Facebook

Destacado