Conecta con Minuto5

Cultura

¿Quién mató a Yolanda González?

Publicada

el

/por Jónatham F. Moriche/

Uno

El 1 de febrero de 1980 ―cuatro años después de la muerte de Franco, un año después de la ratificación de la Constitución española, un año antes del intento de golpe de Estado del 23 de febrero― la estudiante de diecinueve años Yolanda González Martín es secuestrada, torturada y asesinada en Madrid por una célula de la organización armada ultraderechista Batallón Vasco Español (BVE). Pocos días después, el grupo cae por la delación de uno de sus pistoleros, que resulta ser también agente de policía. El líder del comando, Emilio Hellín, es detenido en casa de otro policía en Vitoria. Entre los implicados figura también un ex-guardia civil, jefe de seguridad del partido fascista Fuerza Nueva. En la operación se incautan explosivos y armamento reglamentario del Ejército, equipo informático y de telecomunicaciones de la Guardia Civil y documentación que señala a la joven asesinada como objetivo de seguimiento policial.

Yolanda González no milita en ETA, como pretenden creer y hacer creer sus asesinos, sino en el trotskista Partido Socialista de los Trabajadores y en la Coordinadora de Estudiantes madrileña. Se están produciendo, y Yolanda participa activamente de ellas, importantes movilizaciones contra la ley de Autonomía Universitaria y el Estatuto de Centros Docentes, reformas educativas de signo neoliberal que promueve el gobierno de UCD, el partido gestado en el seno del franquismo como salvoconducto democrático para su casta dirigente, y que hereda, material e ideológicamente intacto, el aparato represivo del franquismo: «¡UCD, UCD, la pistola se te ve!», se grita en el funeral de Yolanda (1), como en el de muchas otras de las aproximadamente doscientas víctimas de la violencia policial y parapolicial que jalonan la Transición española (2). El diputado socialista Juan Barranco declara:

¿Cómo los autores de la muerte de Yolanda González obtuvieron en el mercado las armas y los aparatos electrónicos que poseían? ¿Con qué organizaciones, incluso extranjeras […], tenían relaciones los implicados? ¿Qué información tiene el Gobierno sobre el denominado Batallón Vasco Español? [Este asesinato] se achaca en su superficie a elementos de la extrema derecha, pero va más allá y se relaciona con instituciones del Estado (3).

Hellín es condenado en 1982 a cuarenta y tres años de prisión, tras una insuficiente instrucción que no profundiza en el entramado ultraderechista ni esclarece sus conexiones con las fuerzas de seguridad. En 1987, aprovechando un inexplicablemente benévolo permiso carcelario, huye a Paraguay, donde colabora con los servicios represivos del dictador Alfredo Stroessner. Allí es descubierto por la prensa, detenido y finalmente extraditado a España. Tras penar un total de trece años, es puesto en libertad en 1996, para desaparecer por completo de la actualidad informativa. Hasta que en febrero de este año el diario El País informa de su nueva actividad como empresario de seguridad privada y colaborador de alto nivel de los ministerios de Interior y Defensa, además de perito de la Audiencia Nacional en casos de terrorismo y crimen organizado. Entre otros servicios, el hombre que en febrero de 1980 descerrajó dos tiros en la cabeza de Yolanda González y arrojó su cadáver a un descampado a las afueras de Madrid «ha impartido numerosos cursos y talleres de formación en la Dirección General de la Guardia Civil sobre teléfonos espía, obtención de evidencias en Mac, iPhone e iPod e interpretación de datos binarios obtenidos de teléfonos móviles» (4).

Dos.

«Después de Franco, las instituciones», afirma en 1967 Jesús Fueyo, destacado intelectual de cámara de la dictadura. Una transición «de la ley a la ley a través de la ley», define Torcuato Fernández Miranda, jerarca franquista y preceptor del todavía príncipe Juan Carlos. ¿Qué instituciones, qué leyes? Evidentemente, las instituciones y leyes del franquismo, fundadas en la «legitimidad por conquista» del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la terrorífica guerra civil de tres años y un millón de muertos que le siguió.

Desde mediados de los sesenta, la salud del Caudillo se deteriora, y la estructura de poder que subyace a su dictadura ―las «cien familias» que controlan el núcleo duro de la economía española (5)― se moviliza para diseñar una futura España, inevitablemente distinta tras la muerte de Franco, pero aún cosida a medida de sus intereses de clase. Termina la «larga noche de piedra», que dijese el poeta antifranquista Celso Emilio Ferreiro, y comienza la España del turismo de sol y playa, los conciertos de los Beatles y el suave erotismo cinematográfico. Pero no por ello el país deja de ser una dictadura, ni dejan de morir manifestantes en las calles y detenidos en las comisarías. A veces mal entendidas como políticas contradictorias, producto de correlaciones de fuerza cambiantes entre sectores inmovilistas y reformistas del régimen, los movimientos de apertura y represión que se suceden y superponen en la última década de vida del Generalísimo son sístole y diástole tácticas de un único y exitoso movimiento estratégico con el que la estructura de poder franquista se enfrenta a la creciente oposición democrática: castigarla con una durísima represión, pero no para erradicarla ―algo ya imposible a esas alturas, al menos sin una matanza de grandes dimensiones, incompatible también con los intereses de las propias élites―, sino para cribarla, disciplinarla, dividirla e incorporarla, debilitada y desnaturalizada, al proceso de continuación del franquismo más allá de Franco.

«Habrá quien diga que esto es la revolución. Muchos españoles pensamos que es el precio mínimo que hay que pagar para evitarla», explica el jerarca franquista Manuel Fraga solo tres semanas antes de la muerte del Caudillo (6). Y no se escatimarán medios para asegurarse de que ese precio sea, efectivamente, mínimo. Durante la lenta agonía del franquismo y el lento parto del postfranquismo, las temibles compañías móviles antidisturbios de la Policía Armada, organizadas como cuerpos militares y comandadas por veteranos de la Guerra Civil, arrebatan decenas de vidas en las calles de todo el país: «¡tirad con todas las energías, no os importe matar!», vocifera uno de sus mandos a través de la radiofrecuencia policial durante la masiva represión del 8 de julio de 1978 en Pamplona. Los inspectores de la siniestra Brigada Político Social siguen practicando interrogatorios bajo tortura, de los que son víctimas miles de personas en la absoluta impunidad de las comisarías: en enero de 1976 se difunden espeluznantes imágenes del sindicalista Francisco Téllez, en estado crítico tras ser detenido y brutalmente torturado en Barcelona, provocando el primer gran escándalo de derechos humanos de la monarquía parlamentaria. Como respuesta, el Tribunal Supremo declara materia reservada los casos judicializados de tortura e impone restricciones a la prensa para informar sobre ellos.

La violencia clandestina de los escuadrones de la muerte completa este dispositivo de terror, que apenas se molesta en poner sordina al estridente chirrido de sus engranajes. Una y otra vez aparecen evidencias materiales de la implicación de los aparatos de seguridad del Estado en sus atentados, como una y otra vez esas evidencias se difuminan en la instrucción judicial o simplemente desaparecen antes de llegar al juzgado. En una viñeta de la revista Triunfo, un hombre toscamente embozado tras una barba postiza y unas gafas oscuras empuña un arma y una placa de policía gritando «¡Arriba las manos, somos un grupo incontrolado!»: como «grupos incontrolados» refiere el lenguaje político de la época a la enmarañada red de policías, militares, espías, infiltrados, confidentes, delincuentes, pistoleros y propagandistas que, entre 1975 y 1982, comete en torno a un centenar de asesinatos, además de incontables palizas, secuestros, bombazos, incendios y otras formas de violencia contra activistas sociales, sindicalistas, políticos, intelectuales o periodistas, sedes, librerías, editoriales, redacciones, teatros o locales de ocio vinculados a las distintas familias de la izquierda. «¡De día uniformados, de noche incontrolados!», se corea en las calles para denunciar su sangrienta impostura.

En muchos casos se trata de violencia genérica e indiscriminada, un terror de baja intensidad más bien simplemente tolerado que directamente organizado desde el aparato de seguridad estatal. Es el trabajo de las fanáticas bases de los partidos fascistas y sus distintas franquicias paramilitarizadas, capaces de matar a puñaladas o cadenazos a un desconocido en la calle o en un bar por desobedecer su orden de hacer el saludo a la romana o entonar el Cara al sol. Pero otras son acciones concienzudamente preparadas contra objetivos seleccionados para golpear material y emocionalmente a las gentes y organizaciones de izquierdas, como los atentados contra el despacho de abogados laboralistas de Comisiones Obreras de la calle Atocha (Madrid, 24 de enero de 1977, cinco muertos y cuatro heridos), la redacción de El Papus (Barcelona, 20 de septiembre de 1977, un muerto y diecisiete heridos), la redacción de El País (Madrid, 30 de octubre de 1978, un muerto y dos heridos), la cafetería El Parnasillo (Madrid, 14 de julio de 1979, un muerto y cinco heridos) o la sede del Club de Amigos de la UNESCO (Madrid, 26 de enero de 1980, dos heridos).

Las huellas de los servidores del Estado aparecen, invariablemente, tras cada una de estas acciones. Pero las interconexiones últimas de este terror cualificado se extienden aún más allá del aparato de seguridad español para perderse en la oscuridad de las guerras secretas del ocaso de la Guerra Fría. La élite de la internacional negra ―pistoleros de la OAS colonial francesa, numerarios de la logia golpista italiana P-2 o represores de la Triple A argentina, entre otros― campa por sus respetos en España, integrándose con servicios policiales y de inteligencia en operativos encubiertos de alto nivel, como el que describe uno de los militares españoles que formaron el comando del BVE que asesinó al dirigente de ETA José Miguel Bañarán, alias Argala, en la localidad francesa de Anglet el 21 de diciembre de 1978:

BVE, ATE, Triple A, eso sólo son siglas, nombres que van saliendo y que se van utilizando conforme se necesita […]. Ellos [los pistoleros Jean Pierre Chérid, José María Boccardo y Mario Ricci] eran los braceros, los que formaban el segundo escalón del grupo. Estaban bregados en mil batallas y se encargaron del trabajo de campo: localizar, controlar y vigilar a Argala. También buscaron varias casas en la zona de Anglet que nos sirvieran de cobertura y refugio (7).

Por esta red extensa y viscosa circulan, desconociendo fronteras, los hombres, las armas y el dinero. La suya es, dirá el veterano escuadrista Yves Guérin-Sérac, «una lucha de dimensiones planetarias» (8). Puede ocasionalmente caer alguna de sus piezas bajo el peso de esa mano del Estado a la que no dejan saber lo que hace la otra, pero rara vez se consigue iluminar la arquitectura del conjunto. El 10 de julio de 1976, el fiscal Vittorio Occorsio ―que instruye el atentado de Piazza Fontana de Milán (12 de diciembre de 1969, diecisiete muertos y un centenar de heridos) y prepara un maxiproceso contra la organización fascista Ordine Nuovo― muere en Roma acribillado por una metralleta Ingram M-10 (las célebres Mariettas para el fuego a discreción a corta distancia, «capaces de matar a cien personas sin que se enteren en la habitación de al lado» [9]) proveniente de los arsenales del SECED, el servicio de información español creado en 1972 para la lucha antisubversiva, sucesivamente rebautizado como CESID en 1977 y CNI en 2002. A su asesino, Pierluigi Concutelli, que estuvo huido en España tras el atentado de Peteano (31 de mayo de 1972, tres policías muertos y uno herido), se le incauta también una agenda con los datos de contacto de varios agentes del SECED. El juez italiano al cargo del caso, Pierluigi Vigna (cuyo asesinato ya preparaba Concutelli cuando fue detenido por el de Occorsio), «pidió explicaciones a los españoles. En vano. Pese a sus reiteradas demandas, jamás recibió respuesta alguna» (10). En febrero de 1977 serán detenidos, junto al líder ultraderechista español Mariano Sánchez Covisa, nueve compañeros de armas de Concutelli, en relación a un arsenal clandestino desmantelado por la policía en la calle Pelayo de Madrid. La extradición de tres de ellos, solicitada por jueces italianos por el atentado de Peteano y otras acciones, será denegada por España, donde seguirán residiendo tras ser puestos en libertad.

Solo el tiempo terminará por arrojar alguna luz sobre estos secretos de Estado tan celosamente protegidos. En 1985, el escuadrista Giuseppe Calzona relatará cómo desde 1973 un pequeño ejército clandestino multinacional de extrema derecha opera en España, y cómo en 1976 varios de sus soldados son reclutados para la guerra sucia contra ETA por «alguien relacionado con el Gobierno español, y que por ello obtendría, aparte de un buen beneficio económico, la consideración del Gobierno y en su día el poder ser legalizado bajo la identidad que conviniera» (11). En 1990, el juez Felice Casson desentierra, desde el cabo suelto del atentado de Peteano, el entramado de las redes Gladio de la OTAN en toda Europa. Casson recaba testimonios de la presencia de uno de aquellos pistoleros italianos de la calle Pelayo, Carlo Ciccutini, empuñando una de las dos Mariettas de procedencia desconocida empleadas en la matanza de Atocha, y de cómo el líder del grupo, Stefano Della Chiae, «recibía dinero, sobre todo del servicio secreto y de la policía española» (12).

Pero para entonces la Transición ha terminado, la guerra fría ha terminado, España es un país del primer mundo que vive el sueño del desarrollo acelerado y el consumo de masas, que ha ingresado en la OTAN y la Comunidad Europea y está a punto de inaugurar unas Olimpiadas y una Exposición Universal. Gobierna esta España euforizada «una extraña alianza de ex-franquistas lúcidos y ex-izquierdistas pragmáticos» (13), entre los que nadie quiere oír hablar de unos muertos que el paso del tiempo ha vuelto tan incómodos para unos como para otros.

Tres.

En julio de 1977 Rodolfo Martín Villa pasó de último ministro de Gobernación de la dictadura a primer ministro de Interior de la monarquía parlamentaria sin que este cambio de denominación modificase sustancialmente aquella forma de administrar el orden público que le valiese el expresivo sobrenombre de la Porra de la Transición. Aunque tras la muerte de Franco nunca se dictase un estado de sitio de iure, abundan los episodios en que la fuerzas de seguridad sometieron a ciudades enteras y grandes masas de población a estados de sitio de facto, con trágicas consecuencias: 3 de marzo de 1976 en Vitoria (aún con Manuel Fraga en Gobernación y Martín Villa en Relaciones Sindicales; cinco muertos, cientos de heridos); 4 de diciembre de 1977 en Málaga (un muerto, cientos de heridos); 11 de diciembre de 1977 en Tenerife (un muerto, decenas de heridos); 8 de julio de 1978 en Pamplona (un muerto, cientos de heridos); 3 de junio de 1979 en Tudela (un muerto, decenas de heridos),…

En 1978, la comisión de Interior del Congreso investiga los sucesos de Tenerife y Málaga, hace comparecer al ministro (a puerta cerrada) y manda imprimir miles de ejemplares de su informe de conclusiones para, acto seguido, decretar el secuestro de la edición y el secreto de su contenido. Cuando Martín Villa sea ascendido a la vicepresidencia del gobierno ―desde donde seguirá ejerciendo el control político de Interior―, le sucederá el general Antonio Ibáñez Freire, veterano de la guerra civil y de la División Azul española en el frente ruso, donde obtuvo la Cruz de Hierro nazi. A cargo de la Brigada de Información está el comisario Roberto Conesa, cuya extensa hoja de servicios se remonta a la desarticulación de las organizaciones republicanas en España y la Francia ocupada en los años cuarenta, mano a mano con la Gestapo nazi, y la cooperación española con los servicios represivos del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana en los cincuenta. Al mando de la policía uniformada está el general José Timón de Lara, voluntario falangista en la Guerra Civil y veterano de las últimas guerras coloniales españolas en el norte de África. «El ministerio del Interior», resume Fernando González, «alberga en su seno todas las secuelas del régimen anterior» (14).

El gobierno de UCD, anticipando un rasgo que se convertiría en sistémico de la nueva estructura ideológica y jurídica de la monarquía parlamentaria, empleará intensivamente el argumento del antiterrorismo para extender la vigencia de las políticas de seguridad de la dictadura. Eduardo Haro Tecglen escribe, sobre el proyecto de ley antiterrorista presentada por el gobierno a comienzos de 1978, esto es, en pleno proceso constituyente:

Intervención de conversaciones telefónicas, violación de la correspondencia, ampliación de los plazos de la retención preventiva […]. Si todo esto se lleva a cabo, una forma de la tantas veces temida «desestabilización» de la democracia se habrá conseguido ya, y habrá sido el gobierno, que alega como su objetivo fundamental conseguir la democracia, quien lo haya establecido (15).

Si bien es UCD quien gobierna y propone estas leyes, la excepcionalidad antiterrorista permanente va siendo paulatinamente asumida por el conjunto del sistema político. En octubre de 1980, el parlamento aprueba con una amplía mayoría (que incluye los votos de PSOE y el PCE, que habían empezado oponiéndose) una durísima ley de Seguridad Ciudadana. El senador socialista Josep Andreu dirá el día de su votación: «Pido al ministro del Interior desde el fondo de mi corazón que no tengamos que arrepentirnos nunca de haber dado estas facultades extraordinarias que le confiere la ley que hoy votamos» (16).

La amenaza de UCD de endurecer aún más el proyecto, calificando la huelga no autorizada en los servicios públicos como actividad terrorista, resulta clave para torcer la voluntad de los partidos de izquierda. «El hecho», comenta Manuel Sacristán, «documenta bien la completa hegemonía de la reacción en esta democracia» (17). En mayo de 1982, un año después del caso Almería (tres jóvenes confundidos con miembros de ETA, secuestrados, torturados y asesinados por una unidad de la Guardia Civil), un grupo de intelectuales y artistas denuncia:

Consideramos que esta actitud de las autoridades, lejos de contribuir a defender la libertad y la seguridad de los ciudadanos, extiende un clima generalizado de terror y sospecha que puede degenerar en todo tipo de situaciones coactivas y amenazantes y, a la vez, fomentar la insolidaridad ciudadana al hacer de la delación una práctica habitual (18).

Conforme van integrándose en la nueva institucionalidad del postfranquismo, las élites dirigentes (que no siempre las bases) de PSOE, PCE, UGT y CCOO van escapando de la diana de la represión. En cambio, quienes insisten en promover la ruptura democrática con la institucionalidad franquista y transformaciones socioeconómicas significativas la siguen sufriendo en toda su intensidad. Es el caso de la central anarcosindicalista CNT, varios de cuyos afiliados son acusados por el incendio que el 15 de enero de 1978, al término de la primera manifestación autorizada del sindicato en Catalunya, se cobra la vida de cuatro trabajadores del Teatro Scala de Barcelona. Joaquín Gambín Hernández, alias el Grillo, delincuente común infiltrado por la policía en la CNT, juega un papel central en un caso que desencadenará un prolongado y durísimo cerco policial, judicial y mediático y terminará desarbolando a la que entonces era la mayor de las organizaciones de clase abiertamente desafectas al proceso de transición programada.

A pesar de las múltiples denuncias relacionadas con este y otros casos, la gestión del ministro Martín Villa nunca será sometida a investigación judicial. Frustradas sus aspiraciones de suceder a Adolfo Suárez en la presidencia del gobierno, y tras varias legislaturas como diputado, inicia una exitosa carrera empresarial que le llevará en 1997 a la presidencia de gigante eléctrico Endesa y en 2004 a la del conglomerado mediático Sogecable. En diciembre de 2012, con setenta y ocho años de edad, se incorporará al consejo de administración de la SAREB o banco malo, que administra las decenas de miles de millones de euros de basura hipotecaria adquirida por el Estado en la operación de rescate financiero. «El tránsito desde un sistema autoritario y corporativo hacia una democracia parlamentaria», escribe Mariano Sánchez Soler, «no ha sido demasiado traumático para quienes han sabido manejar las riendas político-financieras de la transición. Un cuarto de siglo bajo la democracia no les ha maltratado. Ese es el balance» (19).

Cuatro.

Aunque para comienzos de los años ochenta el grueso de las bases de los grandes partidos y sindicatos antifranquistas ya han asumido las directrices gradualistas de sus dirigentes, pervive en ellas la esperanza de que la llegada al gobierno de un partido o coalición de partidos de izquierda suponga la satisfacción de algunas de sus demandas históricas, entre ellas las referidas a la democratización de las fuerzas y políticas de seguridad del Estado. Consignas de máximos habituales en la década anterior («abajo los muros de las prisiones», «disolución de los cuerpos represivos») han desaparecido del argumentario de la izquierda mayoritaria, pero aún se propone y espera «un cambio de mentalidad en el concepto de orden público» (20), el rápido retiro de los más notorios represores franquistas y la reapertura de al menos una parte de los casos impunes de violencia policial y parapolicial. Nada de todo ello sucedería.

La relación privilegiada entre el PSOE y las fuerzas de seguridad data de algún tiempo atrás. En octubre de 1974, aún en vida del dictador, el SECED facilita pasaportes a algunos líderes del interior ―entre ellos, Felipe González y varios de sus futuros ministros― para asistir al congreso del PSOE celebrado en la localidad francesa de Suresnes, en el que desbancarán a los líderes históricos del exilio y tomarán el control del partido. No es un episodio aislado, sino una estrategia de largo recorrido. Estas facilidades forman parte de la llamada Operación Promesa del SECED, sobre la que detalla Antonio M. Fernández:

Cargos del SECED entrevistados admiten que existieron fuertes presiones por parte de los servicios norteamericanos y alemanes para que la legalización del PCE se dilatase lo más posible, favoreciendo así que el PSOE recogiera los réditos políticos de la oposición franquista. Los políticos norteamericanos y alemanes habrían pretendido evitar que en España se volviese a reproducir la situación que había vivido Italia con la presencia de un fuerte Partido Comunista (21).

Abundan los testimonios de este trato de favor. El comisario Manuel Ballesteros (sucesor de Conesa en la Brigada de Información en 1979, alto cargo del ministerio de Interior con los socialistas en 1986) explica: «Entre 1964 y 1975 estuve en la información del mundo universitario, muy estrechamente relacionado con la política entonces clandestina. Y lo que viví fue que, a partir de cierto momento, la dictadura propició el resurgir del PSOE, para ahogar al PCE. A los socialistas no se les detenía, a los comunistas, sí» (22). El general Andrés Cassinello (en tareas de inteligencia desde 1968, jefe de división del SECED en 1974, jefe de inteligencia de la Guardia Civil en 1978, alto cargo antiterrorista con el PSOE hasta 1986) afirma: «Les dimos los pasaportes para el congreso de Suresnes […]; los únicos que se movían, y que insistían en la huelga revolucionaria, y en la huelga general política, y en el levantamiento armado eran de vez en cuando los del Partido Comunista, y [de ahí] hacia la izquierda. Claro, si lo que nosotros queríamos era moderación era natural que nos dedicáramos a hacerles la puñeta». Del otro lado de la mesa, confirma la existencia de estos contactos el socialista Luis Solana: «Me encontré militares muy inteligentes […], los he tenido en mi casa […], unos señores de paisano, con una pistola que se les notaba muchísimo […], vendedores de la idea de que el ejército no iba a poner dificultades. Ellos eran capitanes o comandantes en aquella época, y nosotros todavía ni siquiera diputados» (23).

La protección del aparato de seguridad franquista, junto al generoso auxilio económico del SPD germano-occidental y otras fuerzas de la Internacional Socialista, facilitan al PSOE un rapidísimo crecimiento a expensas del PCE y otras organizaciones de izquierdas. Finalmente, los socialistas ganan con una rotunda mayoría absoluta las elecciones de octubre de 1982, enarbolando un programa en el que dificultosamente conviven la proclama genérica de representación de clase y la fidelidad al camino neoliberal asumido en el Pacto de Toledo de 1977. El nuevo gobierno socialista aclarará muy pronto sus verdaderas prioridades ―disciplina salarial, desregulación laboral, concentración financiera, liquidación de empresas públicas― y enfrentará la resistencia de sectores significativos de su propia base electoral, contra los que lanzará sin pudor alguno al mismo aparato de seguridad que discretamente ha acompañado su marcha hacia el poder.

Casi inmediatamente después de tomar posesión, el primer gobierno del PSOE nombra comisario de la Brigada de Información a Jesús Martínez Torres, antiguo interrogador de la Brigada Político Social. Sus víctimas protestan horrorizadas:

Nuestra estancia en comisaría duró nueve días, incomunicados y recibiendo dos palizas diarias. Este señor [Martínez Torres] era quien […] me amenazaba con torturar a mi madre o violar a la que es hoy mi mujer [o] darme cuatro tiros […]. Todavía recuerdo cómo entonces el PSOE compartía la consigna de «depuración de aparatos represivos». ¿Qué ha sido de aquello? ¿Cómo ha sido posible que este señor haya sido nombrado por el propio PSOE? (24).

El ascenso de Martínez Torres ―al que después se acusaría de connivencia con pistoleros del BVE―, como el de otros muchos cualificados represores franquistas, cobra pleno sentido a la luz de la política securitaria de los gobiernos del PSOE. Ya en 1983, el flamante ministro de Interior, José Barrionuevo, socialista de última hora proveniente de las filas del falangismo, promueve una ampliación del acceso policial a información privada que provoca estupor e indignación entre el propio electorado socialista:

Medida vergonzosa e intolerable, propia de las más finas dictaduras, que refleja a Barrionuevo, más que como perteneciente al Gobierno de un país democrático, como un adicto defensor de las mejores normas represivas de las que no hace mucho su partido renegaba […], gravísimo atentado contra las libertades públicas y que ha dejado atónitos y desesperanzados a gran parte de los diez millones de votantes que le han sentado en el sillón que tan mal ocupa (25).

En noviembre de 1983, el delincuente común y confidente Santiago Corella, alias el Nani, implicado en un turbio asunto de corrupción policial, detenido y torturado bajo las amplias prerrogativas de la legislación antiterrorista, se convierte en el primer detenido desaparecido de la monarquía parlamentaria. Desde 1985, el sistemático espionaje ilegal de la Brigada de Información a partidos políticos y sindicatos es asunto recurrente en la prensa, el parlamento y los juzgados. En el curso 1986-1987 los antidisturbios reprimen con dureza al movimiento estudiantil, llegando a emplear fuego real contra una marcha a las puertas del Congreso. En marzo de 1987, la Guardia Civil es expulsada y luego retoma, con medios militares e inusitada violencia, la localidad industrial de Reinosa, matando a un vecino e hiriendo a varios cientos. La huelga general del 14 de diciembre de 1988 ―convocada por, entre otros sindicatos, el socialista UGT― sufre una severísima represión policial. En 1991, la denominada ley Corcuera o de la patada en la puerta, que amplia aún más las prerrogativas de las fuerzas de seguridad, es recibida con importantes protestas a las que se suma incluso la oposición conservadora.

Ni cambian los hábitos de la violencia uniformada, ni se hace luz alguna sobre la violencia clandestina: pese al cambio de signo político en el gobierno, el Estado mantiene a cubierto sus secretos. Carlo Ciccutini vive en libertad en España ―casado con la hija de un general del Ejército español―, aunque es señalado desde comienzos de los ochenta como el pistolero italiano de la masacre de calle Atocha y está imputado en su país por la de Peteano. Detenido en 1982 y puesto poco después en libertad, su extradición es solicitada por Italia y rechazada por España en 1983 y 1986. «Los apoyos y contactos de los que seguramente todavía hoy goza el imputado en ciertos sectores de los aparatos estatales españoles», se lamenta el juez Felice Casson, «se han revelado más fuertes de lo previsto» (26). Ciccutini solo sería extraditado a Italia en 1998, tras ser detenido en Francia durante un viaje de negocios. En septiembre de 1983, el comisario Juan José Medina es detenido por apropiación irregular de documentos cuando se apresta a volar a Roma, con las fotografías de un centenar de agentes del SECED, para entrevistarse en la cárcel con Pierluigi Concutelli e identificar al proveedor de la metralleta Ingram que había matado al fiscal Occorsio. El caso del comisario Medina se embrollará durante un lustro con el escándalo Rumasa, el espionaje policial a los partidos y las luchas palaciegas en la cúpula del Ministerio del Interior, hasta que Medina sea finalmente absuelto en 1989; por supuesto, el interrogatorio de Concutelli sobre el origen de la Marietta jamás se practicó.

Pero el nuevo gobierno del PSOE no se limita a proteger a los viejos escuadristas de la Transición: a algunos les ofrecerá un nuevo empleo. En 1987, el juez Vigna afirma que «todavía existen sectores de los servicios secretos españoles ligados con los medios del terrorismo fascista italiano, que han sido utilizados varias veces en su lucha contra ETA» (27). Y no se equivoca: desde 1983, el viejo paramilitarismo unionista en el País Vasco se ve revitalizado con la irrupción de una nueva y potente organización, los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) ―en realidad, «una nueva estructuración y mejor organización de los grupos operativos en la guerra sucia» de la década anterior (28)―, que comete hasta 1987 una treintena de asesinatos en España y Francia, y cuyas vinculaciones policiales y políticas, un secreto a voces desde sus primeras acciones, no llegarán a los tribunales hasta una década después. Además de centro de mando del crimen de Estado, cometido mano a mano con escuadristas, mercenarios y delincuentes comunes, el ministerio de Interior se revela como insondable lodazal de corrupción económica, confirmando la advertencia de Rodolfo Walsh de que «la violencia policial va siempre acompañada de corrupción. La secta del gatillo alegre es también la logia de los dedos en la lata» (29): todavía un cuarto de siglo después de las últimas acciones de los GAL, las «sórdidas relaciones entre lucha antiterrorista y tráfico de drogas» (30), forjadas en aquellos años de guerra sucia, siguen aflorando. El monumental escándalo salpica a la entera cúpula de la seguridad del Estado, lleva a prisión a una docena de altos mandos policiales y políticos, entre ellos el ministro Barrionuevo, y arroja sospechas de connivencia, nunca evidenciadas materialmente, sobre el presidente Felipe González. En plena instrucción judicial de la tortura y asesinato de los etarras José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, cometido en 1983, aunque sus restos no serían identificados hasta 1995, escribe Gabriel Albiac:

De aquellos años infames [de la dictadura] me viene a la memoria el chiste favorito del torturador al torturado: «Pobre imbécil. ¿De qué te sirve todo esto? Cuando los tuyos manden, yo seguiré aquí haciendo el mismo trabajo para ellos. Torturé bajo la monarquía, torturé bajo la república y la dictadura; torturaré bajo la democracia si es preciso. Tú y los pobres idiotas como tú seguiréis recibiendo». Era verdad. Los asesinos de Enrique Ruano y los torturadores de tanto antifranquista de esos tiempos ocuparon, bajo la democracia, responsabilidades policiales privilegiadas. La repugnante Brigada Político Social fue el alambique de la aristocracia represiva bajo el socialismo. Alguien teorizó González tenía que ocuparse de las cloacas (31).

Cuando, en 1996, el Partido Popular de José María Aznar llegue al gobierno, en buena medida, aupado por el crimen de Estado y la corrupción generalizada que afloran en la agonía del felipismo, una de las primeras promesas incumplidas de su programa será la desclasificación de la documentación secreta sobre la guerra sucia contra ETA en posesión del CESID y del Ministerio de Defensa, que hubiera permitido esclarecer hasta sus últimas consecuencias la trama de los GAL. Otro hombre del viejo SECED, el teniente general Javier Calderón, se hará cargo del CESID. En un encuentro con la plana mayor del servicio en octubre de 1996, Calderón habría dicho: «Cuando asumimos una responsabilidad en el CESID asumimos la historia del CESID, y no investigamos nada, porque se rompería el principio de lealtad […]. Esa mutua lealtad no va a ser rota por un sucesor mío, como yo no la rompo respecto a mis antecesores» (32).

De nuevo, nada había cambiado.

Cinco.

La Transición española debe leerse en una clave doble y complementaria: de un lado, local, en tanto transición política de una dictadura personalista a una monarquía parlamentaria; del otro, global, como parte de un proceso amplio e interrelacionado de transiciones hacia el neoliberalismo que se producen durante esa década en países de todo el mundo. Como señala Santiago López Petit:

De 1970 a 1977, se trata de un ciclo de lucha que si bien es específico del Estado español, precisamente por la existencia de la Dictadura franquista, se inscribe en el interior de otro ciclo que se desarrolla en la mayor parte de los países con capitalismo avanzado […]. Del Estado-plan que absorbía y reconducía la autonomía de clase, se pasó al Estado-crisis contra la clase trabajadora (33).

En otros tiempos, la mercadotecnia intelectual del neoliberalismo ofreció un relato idealizado de sí mismo, basado en la centralidad del mercado en la sociedad y la fuerza transformadora de la iniciativa empresarial y la innovación tecnológica: fue tal el éxito de ese producto ideológico, que incluso sus adversarios terminaron por adquirirlo. Hoy sabemos que la historia del neoliberalismo es, sobre todo, una historia de violencia. Como ha descrito Naomi Klein, «esta forma fundamentalista del capitalismo ha nacido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en el cuerpo político colectivo así como en innumerables cuerpos individuales» (34). Aunque Klein no le dedique un capítulo de su célebre ensayo, la España en transición fue también un escenario de despliegue de la doctrina de choque neoliberal en las décadas de 1970 y 1980. Sus ejecutores españoles nadan a favor de una corriente mundial de recrudecimiento represivo, que si en la periferia toma la forma de golpismo y dictadura (Indonesia, Chile, Argentina,…), en Europa procede mediante la subversión desde dentro de la democracia formal: el ocaso del welfarismo económico es también el ocaso del garantismo jurídico, y con este, del conflicto de clases de baja intensidad, como irá descubriendo la clase trabajadora organizada ―«el enemigo interior», llegará a decir Margaret Thatcher― entre el otoño del 77 italiano y el verano del 84 británico. «El hecho decisivo en la actualidad es que el Estado», escribe Yves Michaud en 1980, «tiende a utilizar todos los recursos positivos de la legalidad y a liberarse de todas las limitaciones correlativas. En este sentido asistimos a una curiosa síntesis entre ley y desencadenamiento de la violencia» (35).

En España el objetivo de esta violencia no es derrocar una democracia, sino administrar su gestación a conveniencia. El programa democrático de las multitudes que desbordan una y otra vez las calles españolas desde 1962 viene preñado de demandas políticas y socioeconómicas que exceden con mucho las concesiones previstas por las élites franquistas y amenazan con obstaculizar la rápida convergencia de España con la oleada neoliberal mundial. Se trata de un riesgo inadmisible, tras veinte años de concienzuda modernización autoritaria y a las puertas de la definitiva internacionalización de la economía española y, con ella, de su clase dirigente: «numerosos ministros del primer gobierno de la monarquía», explica Genaro Campos, «no sólo provenían del campo de la empresa privada, lo que no sería una novedad, sino que han participado y prestado sus servicios en empresas que cuentan con elevados porcentajes de capital extranjero» (36). ¿Un Estado de bienestar a la escandinava, reforma agraria o nacionalizaciones financieras, en una España además desnuclearizada y no alineada? De ningún modo. Para impedir a toda costa que el proceso de transición política pueda derivar en una España a contrapelo de la onda neoliberal, allá donde no llegue la retórica monetarista de Enrique Fuentes Quintana ―académico, ministro y arquitecto económico de la Transición, y no en vano temprano lector y activo divulgador de la obra de Milton Friedman― deberán de alcanzar otras razones más contundentes: la violencia y el miedo.

La Transición española, tantas veces presentada como modélica, estuvo marcada por el miedo. La todavía hoy vigente Constitución de 1978 fue gestada, votada y proclamada bajo el miedo: miedo cotidiano a las porras de la policía y las bombas de los escuadristas, y miedo atávico a un nuevo golpe de Estado y una nueva matanza de demócratas a manos de un ejército aún monolíticamente franquista y «cuya distribución territorial recordaba a la de un ejército de ocupación» (37). Reactivando el recuerdo colectivo, mediante dosis homeopáticas de violencia policial y escuadrista, de la «pedagogía del millón de muertos» de la guerra civil y la posguerra (38), la estructura franquista de poder logró embridar el deseo de cambios radicales de amplios sectores de la sociedad española dentro de los estrechos márgenes de su transición programada, y arrastrar a su terreno a las mayores organizaciones de la izquierda antifranquista, que como premio serían sucesivamente legalizadas tras la muerte del dictador y que muy pronto estarían compitiendo entre sí por exhibir mayor moderación ideológica y más fraterna cordialidad hacia sus antiguos represores.

A cambio de sus servicios, el aparato policial franquista no solo había conseguido la más completa inmunidad por sus crímenes durante la dictadura, sino que había consumado su «expansiva autorreproducción burocrática […] en la consolidación estatal de la nueva democracia», proyectando su «maquínica condición autoritaria» (39) sobre las políticas de seguridad del nuevo régimen constitucional. Para cuando un partido de la oposición antifranquista acceda al gobierno, siete años después de la muerte de Franco, buena parte de las políticas e instrumentos represivos que se habían considerado distintivos del franquismo, y que desde la izquierda se había exigido con tanta vehemencia dejar atrás, se habrían normalizado ya como rasgo sistémico de la joven monarquía parlamentaria.

***

Fue Emilio Hellín quien disparó las balas que mataron a Yolanda González. Pero fue el aparato represivo franquista, ya envuelto en sus nuevos ropajes de seguridad democrática, el que toleró, alentó y en no pocas ocasiones ejecutó la estrategia de la tensión de la que Yolanda y otras muchas personas fueron víctimas, el que luego borró cuidadosamente sus propias huellas mediante pruebas perdidas, dossieres clasificados y extradiciones denegadas, y el que aún hoy, treinta y cinco años de ininterrumpida «autorreproducción burocrática» después, sigue honrando sus compromisos y cuidando de la suerte de algunos de sus veteranos de la guerra sucia contra la democracia.

Las últimas revelaciones sobre el asesino de Yolanda coinciden con un momento de fuerte represión policial y judicial de la protesta social en España, tras cinco años de desbocada crisis económica y en un clima de creciente inestabilidad política, en el que incluso los pilares del consenso constitucional de 1978 son objeto de la crítica de un gran número de ciudadanos. Las actividades de Emilio Hellín no solo constituyen una insoportable ofensa a la memoria de las víctimas de la violencia parapolicial en España, sino también una muy presente y preocupante advertencia acerca del tipo de individuos, lógicas y recursos de que se siguen sirviendo los aparatos de seguridad del Estado y sus sombríos aledaños, y a los que, en estos tiempos de zozobra, podría recurrir, si es que no lo está haciendo ya, para defender su estrategia de «cierre oligárquico» (40) de la crisis, sofocar violentamente el descontento de las muchedumbres en las calles y clausurar por arriba, como ya hicieran con notable éxito hace treinta y cinco años, la expectativa de una genuina ruptura democrática en nuestro país.

Publicado originalmente en Rebelión, 10 de agosto de 2013.

Notas

[1] «Incidentes tras el funeral en Madrid por Yolanda González», El País, 6 de febrero de 1980.

[2] Dada la diferente consideración de crimen político o delito común que distintas fuentes otorgan a muchos casos de violencia policial y parapolicial en España, resulta materialmente imposible establecer una cifra definitiva de sus víctimas. Puede consultarse una comparativa de distintos recuentos disponibles en Juan Manuel GONZÁLEZ SÁEZ: «Balance de víctimas mortales del terrorismo y la violencia política de la extrema derecha durante la Transición (1975-1982)», Historia Actual Online, núm. 27, Universidad de Cádiz, 2012. Los tomos V, VI y VIII del masivo informe Todas las víctimas del terrorismo (ADDH y Gobierno Vasco, Bilbao, 2007-2011) ofrecen una revisión exhaustiva de la mayoría de ellas.

[3] «Procesados los implicados en el asesinato de Yolanda González», El País, viernes, 7 de marzo de 1980.

[4] José María IRUJO: «La vida oculta del asesino de Yolanda», El País, 24 de febrero de 2013.

[5] EQUIPO DE JÓVENES ECONOMISTAS: «Las cien familias españolas», Horizonte español, tomo 1, París: Ruedo Ibérico, 1966.

[6] Manuel FRAGA: «La reforma económica», ABC, 29 de octubre de 1975.

[7] Antonio RUBIO: «Yo maté al asesino de Carrero Blanco», El Mundo, 21 de diciembre de 2003.

[8] Stuart CHRISTIE: Stefano delle Chiae: portrait of a black terrorist, Londres: Anarchy Magazine/Refract Publications, 1984, cap. IV.

[9] Jesús DE LAS HERAS: «La Marietta no es un arma reglamentaria en España», El País, 12 de febrero de 1977.

[10] Xabier MAKAZAGA: «Mariettas de guerra sucia», Gara, 10 de febrero de 2013.

[11] Javier GARCÍA: «Dinero y protección del Gobierno español por los atentados, según Giuseppe Calzona», El País, 8 de septiembre de 1985.

[12] Manuel GRACIA: «La internacional negra y España, en el sumario del juez Casson», El País, 2 de diciembre de 1990.

[13] Manuel VÁZQUEZ MONTALBÁN: «Sobre la memoria de la oposición antifranquista», El País, 26 de octubre de 1988.

[14] Fernando GONZÁLEZ: «Dos muertes inequívocamente estabilizadoras», Triunfo, 29 de julio de 1978.

[15] Eduardo HARO TECGLEN: «El antiterrorismo como antidemocracia», Triunfo, 8 de abril de 1978.

[16] Josep ANDREU i ABELLÓ: «Ley de Seguridad Ciudadana», El País, 23 de noviembre de 1980.

[17] Manuel SACRISTÁN: «Seguridad ciudadana», Mientras Tanto, núm. 6, 1981; reedición en M. SACRISTÁN: Pacifismo, ecologismo y alternativa política, Barcelona: Icaria, 2009.

[18] Javier SÁDABA, Gabriel ALBIAC, Carlos PARÍS y otros: «Ciudadanos normales», El País, 9 de mayo de 1982.

[19] Mariano SÁNCHEZ SOLER: Ricos por la guerra de España, Madrid: Raíces, 2007, p. 311.

[20] «Martín Villa informó, a puerta cerrada, en el Senado sobre los sucesos de Málaga y Tenerife», Informaciones, 16 de diciembre de 1977.

[21] Antonio M. DÍAZ FERNÁNDEZ: «El servicio de inteligencia: un actor político en la transición española», Studia histórica. Historia contemporánea, núm. 23, Universidad de Salamanca, 2005.

[22] Alfredo GRIMALDOS: La CIA en España, Barcelona: Debate, 2006, p. 242.

[23] Carlos BARRACHINA LISÓN: El regreso a los cuarteles: militares y cambio político en España (1976-1981), tesis, UNED, 2002, cap. IV.

[24] D. SOLER: «Denuncia a un torturador», El País, 30 de enero de 1985.

[25] Pilar RODRIGO: «Más sobre el fichero», El País, 14 de mayo de 1983.

[26] Miguel GONZÁLEZ: «Un informe oficial italiano implica en el crimen de Atocha al ultra Ciccutini, relacionado con Gladio», El País, 2 de diciembre de 1990.

[27] Juan J. ALCALDE: Los servicios secretos en España, Universidad Complutense de Madrid, 2008, cap. V, p. 5.

[28] Íñigo IRUIN: «GAL: el espejo del Estado», conferencia, Tolosa, 13 de febrero de 1996.

[29] Rodolfo WALSH: «La secta del gatillo alegre: el enigma de La Matanza», semanario CGT, 1969.

[30] David FERNÁNDEZ: «GAL, policías, narcotráfico y ultraderecha», Diagonal, 10 de septiembre de 2009.

[31] Gabriel ALBIAC: «Tiempo de asesinos», El Mundo, 8 de julio de 1996.

[32] Manuel CERDÁN y Antonio RUBIO: «Calderón prometió al CESID que ni él ni su sucesor investigarían el pasado del Centro», El Mundo, 25 de junio de 2001.

[33] Santiago LÓPEZ PETIT, en ESPAI EN BLANC (ed.): Luchas autónomas en los años setenta, Madrid: Traficantes de Sueños, 2008, p. 21.

[34] Naomi KLEIN: La doctrina del shock, Barcelona: Paidós, 2010, p. 43.

[35] Yves MICHAUD: Violencia y política, Madrid: Ruedo Ibérico, 1980, p. 142.

[36] Genaro CAMPOS: «Los dos primeros gobiernos de la monarquía y sus relaciones con el poder económico», Cuadernos de Ruedo Ibérico, núm. 51/53, mayo de 1976.

[37] Manuel RUIZ ROBLES: «Estaba en marcha un golpe duro para el 2 de mayo de 1981, organizado por el sector más fascista del Ejército», entrevista de Salvador LÓPEZ ARNAL, Rebelión, 28 de julio de 2013.

[38] Santiago ALBA RICO: «La pedagogía del millón de muertos», Rebelión, 9 de junio de 2006.

[39] Carlos MOYA: «Lógica la situación», El País, 21 de noviembre de 1991.

[40] Íñigo ERREJÓN y Jorge MORUNO: «Casta style!», Público, 22 de enero de 2013.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Sitio web de Noticias y Anuncios Clasificados en Bolivia.

Seguir Leyendo
Publicidad
Loading...

Cultura

Hilo de pecios sueltos y haikus enjaulados (6)

Publicada

el

/ por José Manuel Sariego /

Tesis con mascarilla en el ascensor

Comenta, medio en broma medio enserio, que lleva seis años hablándole al perro cada día. Añade que, de vez en cuando, le escribe cartas. Sostiene que hablar con el perro o escribirle epístolas, además de esfuerzo inútil, es costumbre heredada de los antiguos romanos que rendían culto a los dioses o lares de sus moradas. Afirma, en pro de tal tesis, que los canes (y, por extensión, todos los llamados animales de compañía) se han convertido en auténticos diosecillos de los hogares que habitan. Cuando le hablas, dice, te mira y tensa las orejas como si te escuchara atentamente. Simula. Te engaña. Igual que aparenta estirarse el silencio cuando rezas a tu dios. Si te paras a pensarlo, ninguno de los dos —ni el perro ni dios— te hace puto caso. Simulan. Te engañan como a un chino de los de antes.

Se detiene el ascensor. El vecino del quinto baja. Se despide cortés mientras se desembaraza de la mascarilla. Santos García Fuentes prosigue su ascensión hasta el séptimo (cielo), embozado.

El mejor poeta de nuestro tiempo

A un literato de moda, pero no tanto, es decir, que apuntaba maneras y comenzaba a recibir esporádicos reconocimientos, aunque aún no le habían encumbrado los gurús de la pomada hasta el altar de los escritores consagrados (o sea, que mantenía la mochila de la generosidad repleta), le preguntaron no hace mucho en una entrevista televisiva por el autor o autora que más admirara del momento, de la actualidad. El aludido, por toda respuesta, echó mano al bolsillo interior izquierdo de la chaqueta americana, sacó la cartera y de ella extrajo el par de viñetas que allí guardaba, mostrándolas a la cámara y afirmando con la mayor de las solemnidades:

—El Roto, sin duda, es el mejor poeta de nuestro tiempo. Sirvan de muestra los dos botones extraídos al tuntún que me permito enseñar a la concurrencia y a los televidentes del mundo mundial:

Pepín

Pepín a todos los efectos. Pepín a secas. Que si Pepín para acá, que si Pepín para allá… Hasta que una esquela anunció el día 24 de agosto de 2020, noventa y cuatro años después, que Pepín, en realidad, poseía nombre de emperador: Francisco José González Portal. No se daba un pijo de importancia el compañero Pepín pese a ostentar nombre tan linajudo, tan vibrante. Y tan escondido a la vez. Y es que el diminutivo hipocorístico, Pepín, por el que se conocía a Francisco José González Portal, guardaba plena coherencia con los rasgos de su personalidad: humilde, que no insignificante; callado, que no ignorante; pacífico, que no cobarde; comprometido, que no intransigente; militante fiel, que no sectario; dialogante, que no discutidor o vocinglero. Bien podría aventurarse que quien no acertara a interpretar el sentido de los silencios y de las miradas de Pepín en el vestíbulo de la Casa del Pueblo no podría ser buen dirigente de su partido. Quizá por eso le aumentaba la sordera y le menguaba la vista sin remisión. Porque no supimos, en ocasiones, estar a la altura de su prudencia silente ni calibrar la expresión sugestiva de sus ojos.

Pepín sufrió en carne propia desde niño las brutalidades de aquella guerra incivil que parecía no llegar a término en su conciencia de clase. Padeció el desamparo del orfanato miliciano, el desarraigo y los sinsabores de la emigración, la explotación laboral de la mina y de la cadena de montaje, la pérdida a jirones de su gente… No recurría, empero, al victimismo, ni se regodeaba en la pena. Tras su mirada, su silencio y su intermitente media sonrisa no se vislumbraba resquemor en su ánimo. A decir verdad, había que sonsacarle, las más de las veces, la pesadumbre con destornillador. Excepto cuando arrancaba a hablar de su hermana la mayor. Entonces contaba que, a su hermana la mayor, Josefina, niña de la guerra, la embarcaron en El Musel con destino a Rusia. Al poco de su arribada a Leningrado, tendría 13 años, recibieron una carta de otra niña de la misma guerra, Luisa, conocida de El Entrego, que decía: «Josefina murió y fue bien atendida». Ahora sí, ahora le manaba un cabreo desde las honduras: «No la perdono. No la perdono. La Pasionaria, encargada de todo aquello, de haber llevado todo eso para allá, no nos mandó ni la defunción, nada, como si hubiera muerto un conejín. No la perdono. No la perdono». El único resentimiento que devanó sus cenizas. Si no el único, el más doliente. Tanto que aquel parco mensaje seguirá retumbando aún por los recovecos del callejón de la muerte de Pepín:

«Josefina murió y fue bien atendida».

«Josefina murió y fue bien atendida».

«Josefina murió y fue bien atendida».

Desgana

Siente el tiempo tal
que una guillotina. A
cámara lenta.

Eso no vale

No sirve ensalzar
la sonrisa adversaria
si yace muerta.

Vindicación del aburrimiento

Se apuntó a Facebook
para no aburrirse y se
nos abotargó.

Atentado vírico

En vez de un beso
de tornillo, la jeta
le espurreaba.

In memoriam

Marsé soñó con
Teresa una última
tarde de perros.

Escena costumbrista

Chica de muslos
tersos en monopatín.
Mi perro ladra.

Puta mascarilla necesaria

Las orejas ya
pican, nariz se atasca,
la boca duele.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

No dejemos de hablar: la entrevista como arte

Publicada

el

/ una reseña de José Luis Zerón Huguet /

Hay buenos libros de entrevistas literarias que me han hecho disfrutar, y por poner algunos ejemplos mencionaré Los hombres y los días de Alfonso Camín, las entrevistas del poeta venezolano Rafael Cadenas, el volumen Don de lenguas: entrevistas literarias, de Jordi Doce, 16 entrevistas de Jorge Hardmeier o los volúmenes de diálogos literarios de Esther Peñas. Y, por supuesto, también hay grandes escritores y periodistas que han basado su obra en la entrevista literaria. Estoy pensando en Elena Poniatovska, la Premio Nobel Svetlana Alexiévich, Rosa Montero o Gabriel García Márquez. Pero la entrevista literaria, no ha sido asumida por la crítica y se la considera como un subgénero de poca importancia relegado a los periódicos, los blogs y los medios audiovisuales, de modo que pocos editores se atreven a publicar libros dedicados exclusivamente a este formato híbrido entre el texto periodístico, el ensayo y la creación literaria.

El escritor peruano Julio Ortega dice en su artículo «De la entrevista como una de las bellas artes»:

«He sostenido que la entrevista literaria es un género literario, y para demostrarlo basta repasar las características que le dan ese rango: presupone un escenario del habla que no se confunde con ningún otro; sugiere un guion de personas y personajes en acción comunicativa; y, sobre todo, se hace leer en su peculiar protocolo, esto es, pasando del lenguaje a la convención de un diálogo. Por lo mismo, la entrevista literaria tiene las otras conductas discursivas propias de un género: colinda con otros géneros, en primer lugar con el periodismo; disputa las nociones de la actualidad porque está hecha para establecer los hechos y sostener las opiniones, y configura su propio archivo de referencias siendo como es una memoria del presente cambiante»

Yo no voy a polemizar sobre este asunto. No sé si la entrevista literaria es un género o un subgénero literario, si trasciende lo meramente periodístico o informativo y llega a alcanzar una categoría creativa; lo que sí sé es que me fascinan las entrevistas literarias que están elaboradas con entusiasmo, inteligencia y profundidad, sobre todo cuando el entrevistado (o la entrevistada) es uno de esos escritores accesibles que valoran la dimensión de una conversación bien planteada y se entregan al diálogo.

Por eso mismo valoro No dejemos de hablar, libro de entrevistas de Ada Soriano a 19 poetas, y el que Juanjo Martín Ramos haya apostado por él incorporándolo al catálogo de Polibea.

Mi trabajo como periodista durante varios años de mi juventud me obligó a realizar muchas entrevistas, algunas meramente periodísticas y unas cuantas literarias, y desde entonces hasta hoy he seguido practicando ocasionalmente este género o subgénero. Es por eso que sé lo mucho que cuesta elaborar una buena entrevista. Y más difícil todavía realizar una buena entrevista literaria. Supone un arduo ejercicio de documentación y una gran capacidad de síntesis; también de saber estar. Y por supuesto, la complicidad y la buena disposición del entrevistado. Sé lo que le ha costado a Ada elaborar estas entrevistas reunidas en el libro que reseño (anteriormente publicadas en el diario digital Mundiario y en el blog «Frutos del tiempo») porque he sido testigo privilegiado del proceso de elaboración de las mismas, he entrado en su cocina literaria de Ada, he visto cómo las trabajaba, y sé las horas que les ha dedicado. Yo mismo he sido protagonista de una de ellas, y creo sinceramente que es una de las mejores entrevistas que me han hecho.

Pero yo calificaría las 19 entrevistas a poetas (diez hombres y nueve mujeres) reunidas en este libro como diálogos, ya que no siempre la autora interroga, pocas veces interpela y a menudo sugiere, opina y abre vías de complicidad para que el entrevistado se sienta cómodo y no rehúya el ejercicio dialéctico. Yo entiendo la entrevista literaria no tanto como plática, conversación o charla entre dos o más personas, sino como diálogo a la manera como lo entendían los griegos de la antigüedad, es decir, al proceso de conocimiento mediante la palabra. Y estas entrevistas, estos diálogos, rezuman mucho conocimiento a través de la palabra. Logos («palabra») se relaciona con la raíz indoeuropea leg, presente en palabras como elegir, elegante e inteligencia, tres de los atributos que podemos destacar de este libro. Hablo de la capacidad de Ada para elegir a los entrevistados, y de su inteligencia y elegancia para plantear las introducciones y las preguntas o cuestiones.

Fotografía del acto de presentación del libro

Si alguien pretende encontrar en este libro chismorreos, trivialidades más o menos ingeniosas, polémicas morbosas o alardeo de pirotecnia irónica le recomiendo que no lo lea. Aquí se habla principalmente de literatura en general y de poesía en particular, y también de las constantes vitales de cada uno de los entrevistados y entrevistadas. Ada crea un clima de complicidad con los 19 escogidos. Con todos ellos. Incluso con aquellos con los que no mantenía amistad, ni siquiera algún tipo de relación cordial antes de que aceptaran ser entrevistados. Su forma de dialogar es cálida, profunda y sutil, con una fusión acertada de preguntas que pueden parecer tópicas o previsibles y otras complejas

Pero cuando Ada hace preguntas o plantea cuestiones profundas y dificultosas, lo hace sin atisbo alguno de pedantería, de ahí como decía, la sagacidad y la elegancia con que están planteadas sus entrevistas. También me parecen destacadas las introducciones, mediante la cuales, de manera irremediablemente esquemática pero eficaz, la autora ofrece unas pinceladas biográficas de los poetas entrevistados y añade una opinión siempre emotiva, penetrante y veraz de la obra de cada uno de ellos, especialmente del último libro que han publicado.

Como colofón a cada entrevista se reproduce un poema del autor o la autora seleccionados, una feliz idea del editor, que le otorga al libro categoría de antología poética.

Destaco, sobre todo, la inteligencia de Ada para escoger sus 19 poetas. Ha rehusado entrevistar a autores consagrados, habituales en los suplementos culturales, aquellos que destacan en el llamado canon literario de la poesía española. Con buen criterio literario, rechaza Ada en sus entrevistas el formato solemne y consagratorio y asimismo evita una lista endogámica en la que solo cupieran sus amigos más cercanos.

Su selección reúne a poetas de distintas generaciones, en su mayoría reconocidos, prestigiosos, con una trayectoria dilatada pero no necesariamente mediáticos, o al menos no siempre, como pueden ser Alberto Javier Cebrián, Alberto Chessa, Antonio Enrique, Jose Luis Ferris, Ilia Galán, Rafael González Serrano, Marina Oroza, María Antonia Ortega, Esther Peñas, Marisol Sánchez Gómez, María Engracia Sigüenza Pacheco y Rosario Troncoso. Y a este grupo se une una poeta de amplia y excelente trayectoria secreta como es Almudena Urbina; más otras dos que han publicado un solo libro (ya están preparando el segundo): me refiero a Cleofé Campuzano y María Ángeles Manzano Romera.

Y Ada tampoco olvida a algunos de sus amigos y colegas oriolanos, aquellos que publicaron libro cuando ella empezó a realizar sus entrevistas: Hablo de Manuel García Pérez, José María Piñeiro, José Manuel Ramón, la mencionada M.ª Engracia Sigüenza y quien esto escribe.

Unos son más poetas que escritores, pues se dedican casi exclusivamente a la poesía; otros son polifacéticos, y algunos hasta son editores, pero todos han escrito y publicado poesía. Solo hay una excepción: Marisol Sánchez Gómez, que no ha escrito poesía (aunque ¿no son verdaderos poemas en prosa algunos de sus textos breves?), si bien el motivo de su entrevista es su labor como coeditora de la antología Del alma a la boca: trece poetas madrileñas (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Unos poetas se extienden en sus respuestas y son más abarcadores; otros son sintéticos y responden con respuestas breves y contundentes. Ada no ha puesto un límite de extensión a sus entrevistas, y permite así que los autores y autoras que lo deseen puedan explayarse. Hay líneas de confluencia y de alejamiento entre los 19 poetas, digamos que es un conjunto heterogéneo pero no discordante, algo así como el vuelo de las abejas o el de algunos pájaros como los estorninos: muchos vuelos y un solo enjambre, o una sola bandada. Lo que une a los 19, en mi opinión (y creo que es una condición sine qua non de Ada Soriano a la hora de plantear sus entrevistas) es su compromiso radical con la poesía. Son poetas que viven su vocación poética sin tapujos, como la vive Ada. Todos están convencidos de la importancia y la trascendencia de la poesía. De ahí que en la nota de la contraportada escriba acertadamente Juanjo Martín Ramos:

«En definitiva, siendo este un libro de entrevistas, podemos también  argumentar que es, al mismo tiempo, una obra personal de la propia Ada Soriano, en la medida en que los autores seleccionados, los cuestionarios que cada uno de ellos le han suscitado y las respuestas, que encontrará el lector en este libro, operan igualmente a modo de una gran poética, suma de las que cada poeta ofrece de sus respectivas obras, y son la clave del ser poético, del oficio de vivir, del oficio de escribir, de leer y de pensar de Ada Soriano, que el lector podrá ahora discernir e indagar, con mayor sentido, en las entregas literarias que la autora ha hecho hasta la fecha».

Por último, solo me queda destacar el título: ese imperativo negativo que implica un deseo y un ruego y nos transmite esperanza: No dejemos de hablar; un título precioso. No dejemos de hablar. Que así sea.

[EN PORTADA: Ada Soriano]


No dejemos de hablar: entrevistas a 19 poetas
Ada Soriano
Polibea, 2018
268 páginas
15 euros

José Luis Zerón Huguet, nacido en Orihuela el 28 de octubre de 1965, fue cofundador y codirector de la revista de creación Empireuma y desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas (Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano [Empireuma, 1987], y Alimentando lluvias [Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997]) y los libros Solumbre (Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018). Ha sido incluido en varias antologías y colabora con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado. En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo

Cultura

Narrativa, cultura y deconstrucción: la democratización de la cultura como última revolución frustrada

Publicada

el

/ por Adrián Salcedo Toca /

En este artículo ensayístico trataremos de entender la fase en la que se encuentra actualmente la llamada democratización de la cultura, esto es, el acceso ordenado y libre a los elementos de conocimiento y de desarrollo de las ideas, las artes y las ciencias humanas, y asumiéndola también como la posibilidad, si existe, de que nuestras creaciones artísticas o intelectuales (si bien en determinadas ocasiones pueden ser el mismo) formen parte del ecosistema cultural disponible y accesible.

Desde hace algún tiempo hemos presenciado, tanto en un sentido tecnológico como de ideas, un gran cambio en la producción y el acceso a la cultura. El impulsor es, casi en su totalidad, Internet como concepto. Esta forma peculiar de nuevo tipo para la comunicación entre humanos, que es la que vivimos día a día irremediablemente, tiene como característica principal la inmediatez, tanto con respecto a la publicación del contenido cultural como en su consumo o recepción; cuestión que es primordial en el análisis que nos concierne, ya que se prevé (y así está sucediendo) que este fenómeno transforme completamente al sujeto que emite y recibe cultura, así como también cambie la cultura en sí misma, convirtiéndola a su vez en objeto mediato de los cambios.

Cualquiera podría pensar, en calidad de espectador, que Internet, tecnológicamente hablando, ha desplazado, está desplazando o acabará por desplazar todos los hasta ahora canales de comunicación culturales entendidos como clásicos (libros, cuadros de pintura, espectáculos, etcétera) a medida que avanza y se desarrolla cada vez más, pasa el tiempo y los ordenadores mutan y se amplían a sí mismos. Y, en cierto modo, esto podría ser cierto (Sassoon, 2006). Pero los cambios no sólo han llegado en forma física, sino que también se han producido en el campo de las ideas. Desde las ciencias sociales, se han categorizado y conceptualizado nuevos términos con la intención de extraer de la realidad la máxima información. Contrariamente, el estudio de Internet como fenómeno cultural todavía es, de alguna manera, superficial.

Como digo, los cambios se han articulado en varias dimensiones, afectando el sujeto, al objeto, y, por supuesto, a la relación mediata con la que estos dos factores interactúan. Asimismo, el debate sobre la cultura y su democratización rompe con la tendencia homogeneizadora de la opinión que se arrastra desde tiempo atrás. Por supuesto, este tiempo atrás se sitúa no muchos años antes de la caída del Muro de Berlín y de los regímenes del Este. Todos ellos, socialistas o populares, abogados defensores del materialismo dialéctico, cayeron por sus propias contradicciones internas, sin necesidad de que sus enemigos externos ejercieran una acción decisiva. Esto no quiere decir que, evidentemente, aquellos elementos y factores internos que provocaron el deceso de los Estados populares y socialistas no estuvieran, de alguna manera, ligados a los elementos y factores externos. Sencillamente, los regímenes comunistas se derrumbaron por su propio pie, con el protagonismo de agentes nacidos, crecidos y culturizados en sus países de origen.

Si hoy hablamos de lo que significó para las ciencias sociales la derrota del materialismo dialéctico, estaremos hablando realmente de la victoria sutil de aquellos autores, pensamientos y acciones que habían sido derrotados antaño por la teoría y la práctica socialistas. La caída del Muro de Berlín fue una victoria política del capitalismo, pero también una victoria teórica tácita; no le hizo falta justificarse, explicarse a sí mismo o autocriticarse. Para él, se dieron las circunstancias idóneas que le permitían ocupar todas las posiciones que había dejado vacías la derrota (más bien el hundimiento) total del comunismo.

De forma previa y también coetánea, sucedían por el mundo varias revoluciones que llamaban a cambios profundos en las sociedades. A los avances tecnológicos se les sumaban también tiempos convulsos (Fontana y Làzaro, 2013). De hecho, si hablamos de las revueltas que se dieron en los países capitalistas, figuras relacionadas con el comunismo acabaron, para mantener posiciones de reforma y de freno a la radicalidad, manteniendo a su vez posturas y opiniones de apertura de mercado en el caso de los países socialistas (Fontana y Làzaro, 2013). Todas estas revueltas, en la práctica, terminaron reforzando los regímenes de mercado y también la caída de los que hasta ese momento se decían revolucionarios. Todas, pues, fueron revoluciones fallidas.

La intención de este artículo es la de averiguar hasta qué punto el novedoso canal de cultura y comunicación llamado Internet, junto con las teorías sociales aparejadas y sus resultados, han desembocado en otra revolución fallida más.

Internet es la fase cualitativamente superior de la cultura, en primera instancia, porque emula su misma estructura (Sassoon, 2006). Basada en redes a escala cibernética con interacción inmediata entre los actores que agitan y accionan sus propios mecanismos, es el proceso de asimilación del conocimiento no adquirido por la propia práctica individual a un nivel de sistematización muy superior a la que aspiraba el ser humano en el momento histórico previo a la aparición de este fenómeno tecnológico.

Es por eso por lo que la red conocida como Internet pretende llenar el vacío que la antigua forma de cultura dejaba siempre vacío, es decir, que es posible que acabe por destruir al individuo como agente pasivo receptor del conocimiento general, estando con ello llamado a ser el Prometeo que convierta al ser humano en un elemento activo dentro de la producción y el consumo de cultura. Las redes tienen el potencial para generalizar la cultura a toda la humanidad, dando libre acceso y sin restricciones a las personas, al tiempo que la convierte en un ejercicio colectivo en el que toman parte activa todos los individuos pertenecientes a la sociedad.

Hasta ahora, sólo en los momentos en que tal cosa ha sucedido o se ha visto en conato de suceder es cuando lo que ha cambiado, en términos artísticos, ha sido el contenido y no simplemente la forma. Los pueblos, participando plenamente en la producción literaria, estética o científica, han hecho suya esta actividad y la han dotado de contenidos novísimos, retroalimentándola al tiempo que se han creado obras hasta ahora no vistas desembocando en la culturización total del pueblo. En momentos así parecería que ya no sólo los medios de producción material, sino también los espirituales, podrían ser de propiedad universal.

Los artistas más avanzados en el terreno artístico y literario han empeñado sus fuerzas en un intento constante por transformar las costuras de la vida cultural, pensando que ésta sería la auténtica vía que nos acercaría a la riqueza estética de las cosas (Molas, 1995). Así pues, el futurismo, que fue italiano, pero también fue catalán (véase Salvat-Papasseit), y luego sus sucesores (dadaísmo, cubismo, surrealismo, situacionismo, etcétera), dieron pasos agigantados en la tarea de resituar el foco, llevándolo así a los lugares más profundos para poder continuar la labor creadora de forma original y sin repeticiones vulgares o copias de otras obras. El collage, por muy ejemplo tonto que sea, es una muestra más de las técnicas estéticas que antes existían como blasfemia y ahora sólo son una más y de las más usadas. 

Pues bien, Internet es, únicamente, un grado más en la misma dirección tomada por el vanguardismo. No es un epifenómeno o un mero escenario donde pasan cosas. Internet es, en sí mismo, un elemento cualitativo diferenciado. Las artes, las ciencias y el resto de los elementos culturales ven posible, tal vez como irreversible, formar parte verdaderamente integradora del ser humano. Para conseguirlo, se han superado las limitaciones de otras reacciones vanguardistas en materia de escala de producción y consumo. Éste es, pues, el mayor experimento vanguardista desde el futurismo de Marinetti, Maiakovski o Salvat-Papasseit, cubriendo mucho más de lo que aquél pudo teorizar (Molas, 1995).

El límite de las corrientes vanguardistas en la cultura no era sólo la imposibilidad de ser creativo bajo términos originales en los tiempos en que estamos, sino, sencillamente, que esta tarea, para lograr su objetivo, pertenecía a una maquinaria social de mucha mayor magnitud, más que a una corriente o un movimiento social. Ahora bien, es cierto que internet emergió dentro del desarrollo intrínseco de las fuerzas productivas del capitalismo internacional y no por voluntad concreta de un grupo de personas, lo cual es un hecho diferencial de importancia. Como sabemos, el capitalismo, en su seno, lleva gérmenes muertos de sistemas pasados, ​​pero también organismos vivos de organizaciones sociales del futuro.

Las redes, en su desarrollo, han partido de estas limitaciones que ya emergieron durante la práctica vanguardista, desarrollada siempre por grupos minoritarios y sin posibilidad de masificación. Internet, como hecho cualitativo especial y como base de posibilidad para la verdadera integración de la cultura en la vida humana, no fue, lógicamente, concebido como vía de expresión estética o científica. De hecho, ni siquiera se pensó para tal cosa (Sassoon, 2006), aunque haya acabado por ser el elemento que englobaba (y así sigue siendo) todas las formas de expresión del comportamiento y el pensamiento social.

Hoy por hoy, Internet es sólo entendido como un canal de comunicación, pero aún están por explotar sus potencialidades, a la vez como código, dependiendo del uso a que sea sometido. En este sentido, Internet cumple la máxima cubista de la aceleración de la realidad en el espíritu (Molas, 1995). Es más, esta definición se avendría a ella con más estrechez que con el propio cubismo.

El desarrollo de Internet se ve afectado actualmente por dos factores de importancia: primero, por la nueva forma de comunicar que empieza a imperar en nuestros días, con la metodología storytelling por delante; segundo, por el esfuerzo de Internet para expresarse en términos reales, para buscar la realidad allí donde ésta se encuentra, en vez de transformar su contenido. Toda la obsesión de los agentes activos en Internet, hasta ahora, ha sido la de llenar de información todas las plataformas y expresar la realidad a través de los múltiples canales transmedia que se van creando, con productos audiovisuales, portales de noticias, redes sociales, etcétera. Es, de nuevo, una forma más de contar algo, que supera con mucho al resto, pero que sigue siendo simplemente y sólo una forma.

La avenencia clara entre Internet y la cultura acaba cristalizando. Todo lo que ha sentido y sufrido la cultura desde que existe lo ha sentido y sufrido Internet en un lapso de tiempo mucho más corto y con mucha más intensidad. Además, Internet es hoy un almacén de cultura mucho más eficiente y ordenado que la existencia per se de millones de libros, películas, estudios, catalogados y descatalogados, vagando por el mundo sin posibilidad de ser alcanzados ni por azar ni por búsqueda intencionada.

Portal de Wikipedia en español

Internet es como un gran conjunto de almacenes. Sin embargo, estos han generado además una forma física real. Como decía, están los muchos paquetes de información que se cruzan a cada milisegundo transportando datos en la red y, más allá de eso, existen también almacenes como los de Amazon en los que hace tiempo que ocurren particularidades dignas de mención.

En el caso de la producción de libros, por ejemplo, ya no existe la necesidad de hacer tiradas y luego venderlas sin conocer cuál será su recepción en el mercado (Sassoon, 2006). Ahora, el hecho de producir libros por pedido, a gran escala, abarata costes. Con las facilidades a tiempo real que reporta Internet es mucho más eficiente hacer realidad los sueños toyotistas (Sassoon, 2006).

Por lo pronto, esto es algo a lo que las pequeñas empresas, en el mismo caso de los libros, no pueden aspirar. A ellas, que producen a pequeña escala, la curva de costes y beneficios no les funciona tan bien. Este sistema de stock usado para Amazon sirve estrictamente bajo demanda, ofreciendo al productor la posibilidad de usar este mecanismo sin que se produzcan pérdidas; mecanismo que, dicho sea de paso, no estaba presente desde un buen inicio con la instauración de Internet, pero que sí que ha ido desarrollándose por los mismos factores intrínsecos que se dan de la misma manera que ya habíamos mencionado y que tienen que ver con la inmediatez.

Respecto a las teorías surgidas a la luz del advenimiento de las redes, es imposible no ponerse a analizar aquella famosa consigna de la sociedad del conocimiento. Este concepto es descriptivo de la noción de que, en los tiempos que corren, el conocimiento y su transmisión mediante la tecnología ha adquirido una posición tan relevante en las sociedades que es incluso superior a la que puedan tener los diferentes niveles de la industria (primaria, secundaria, etcétera). Esta teoría transforma el significado del conocimiento reduciéndolo a información, es decir, a un acto pasivo de recepción de datos (Vega Cantor, 2012). La denominada sociedad del conocimiento enviaría al traste aquellos avances más importantes y esenciales de Internet desde Internet mismo, devolviendo al productor y al consumidor a su estado más primitivo.

La importancia de la participación activa de los individuos en la vida cultural radica en el hecho de que no parece que el tipo pasivo implique poder de gestión o de decisión, sino únicamente de influencia, reduciendo la capacidad humana a la animal (Vega Cantor, 2012). Además, el conocimiento es una actividad consciente de transformación de la realidad. Sólo modificando las cosas se conocen sus atributos, sus propiedades y la forma en que estos factores interactúan con el resto de fenómenos y objetos (Politzer, 2004). La cultura no está conformada únicamente por datos, sino que también parte de la creación. Sólo con el intercambio de información esta cultura queda coja, ya que le falta un motor. La pregunta es: ¿quién crea, ahora, la información? Aquellos elementos carentes de estructura y sometidos a la pasividad serán dominados por los que tengan hoy iniciativa.

Por supuesto, la sociedad es totalmente permeable a todo tipo de comportamientos y actitudes surgidas de los nuevos cambios producidos con el advenimiento, desarrollo y establecimiento de Internet. Esto no es únicamente debido a que gran parte del contacto entre personas transcurre en el mundo virtual, sino también por lo que ocurre fuera de este ámbito, es decir, en lo que llamamos vida real. La inmediatez y el consumo pasivo de relaciones personales sin necesidad de que los sujetos involucrados produzcan interacciones activas está extendiendo algo que, previamente a Internet, parecía ser un fenómeno casi exclusivo de la relación entre las personas y las cosas, o si me lo permiten, entre patrones y trabajadores.

La gestión individual y activa de las emociones es algo que empieza a estar también en entredicho. Fenómenos como la progresiva instagramización de la vida virtual suponen que, casi sin prestarle atención, nuestras emociones sean moldeadas a base de narrativas impactantes hechas para que nos identifiquemos inconscientemente con el personaje de la historia contada. Lo que antes sucedía en el cine, los libros y los teatros ahora pasa constantemente bajo el consumo diario de Internet, gracias a la aparición de los móviles inteligentes. Por otra parte, el exceso y la sobreexposición a la dopamina que padecemos diariamente bajo la inmediatez a la que nos tiene acostumbrados Internet es otra forma antidemocrática de control de los estados de ánimo (Rodríguez-Gaona, 2019). Además, la existencia de redes sociales donde compartir circunstancias emocionales, recibiendo feedback y atención instantáneamente, retroalimenta las necesidades y los vicios desarrollados a lo largo de nuestra vida virtual a corto y largo plazo.

El uso de la dramática aristotélica para el control de los estados de ánimo es una extensión general de las tácticas de los empresarios para fomentar el aumento de la productividad de los trabajadores en las empresas, así como su alineación a los intereses de los patrones a través de la identificación emocional (VVAA, 1999). Era cuestión de tiempo que la situación diera un salto a un estadio generalizado. Así pues, el advenimiento de Internet puso las bases para, efectivamente, utilizando las redes como transportadoras de información y recepción pasiva, difundir narrativas masivamente, logrando dos resultados complementarios: el primero, relacionado con la inducción de trastornos mentales derivados del exceso de dopamina prolongado y los cambios emocionales constantes, sumado a la incapacidad para soportar una vida social común; el segundo, la homogeneización y simplificación de las emociones y los comportamientos, viciados según la estructura descrita de la vida virtual, que no aplica de la misma forma a la vida real.

La base material de ello es la homogeneización y simplificación de los productos culturales, que tiene como resultado el desplazamiento de la originalidad y la calidad por la afinidad emocional (Rodríguez-Gaona, 2019). Este suceso es grave, ya que suprime la pluralidad de obra cultural e instaura de forma tácita un canon poderoso, y no reglado de forma explícita, que se sustenta en todo tipo de interacciones llevadas a cabo de forma inconsciente. Con ello, aquel movimiento fundado por Bertolt Brecht (1973) con el objetivo de combatir el drama aristotélico en los teatros podría ahora verse extendido al conjunto de las acciones humanas, dada la invasión de la intimidad a la que las sociedades se están viendo sometidas.

Lejos quedan las luchas culturales, hoy tan de moda entre el progresismo kitsch, que arrojan a los movimientos sociales a la esterilidad mientras dejan entrever que todo aquel pensamiento que sea soportado por el sistema en realidad lo refuerza. El combate contra la identificación emocional involuntaria, que sucede bajo unos intereses muy concretos, se torna en una lucha contra una forma de organización social concreta (la capitalista), que es la que determina los problemas que someten hoy en día los individuos (Brecht, 1973).

Siguiendo este hilo, y como es lógico, la problemática descrita se reproduce con total normalidad y coherencia interna en los movimientos sociales. Los individuos principalmente afectados son las mujeres, que se convierten en blanco, bajo presupuestos ideológicos pretendidamente alternativos, del papel absolutista que impone la emotividad por encima de la racionalidad, atribuida históricamente a los hombres, desplazando cada vez más el estudio de su realidad especifica hacia los márgenes y situando la práctica de la emocionalidad en el centro de su actividad política. Así, instituyen al género femenino como hiperbólicamente emocional, traumático y falto de toda racionalidad.

En la misma dirección, la vía de la identificación emocional como forma única a través de la cual sentir emociones es problemática, ya que puede inducir al individuo a un estado de confusión mental en el que ya no tenga claro qué es lo que está sintiendo él, por él mismo, y que está sintiendo por mera suplantación de personajes dentro de su mente, ya sea por recuerdos, por consumo de productos musicales o audiovisuales, por situaciones de interacción virtual y social, etcétera.

La fusión de la vida en sus dos ámbitos (real y virtual) en la red provoca la deformación de los comportamientos sociales, ya que se trasladan fácilmente cuestiones funcionalmente incompatibles de la una a la otra. No todas las acciones de un individuo deben estar únicamente motivadas emocionalmente, de hecho, también pueden ser activadas a través del raciocinio propio o ajeno. Separar y dar supremacía a la emotividad por encima de la razón es otra forma de suprimir capacidades para con el ser humano; capacidades como la de la asimilación o la sumisión.

Muro de Facebook

Aquellos autores que se encargan de elaborar productos culturales del tipo descrito en anteriores párrafos lo hacen también bajo una desconexión casi total con el medio social al que, de alguna manera u otra, pertenecen (Plejanov, 1975). Algunos no son capaces de realizar una obra literaria que tenga por calidad principal, aunque sea de forma sutil, la crítica de la vida social, es decir, de la realidad que todos vivimos con mayor o menor presencia, con todas las vicisitudes, propiedades y atributos. La esencia de su trayectoria se compone de un abuso del yo y de las tensiones estéticas que esto produce en la vida del autor. Y aunque en ocasiones puedan mostrar cierta retórica antisistema, lo cierto es que no consiguen abandonar este vicio esteticista tan suyo ni, por supuesto, dejar de aprovecharse de los problemas emocionales de la población para la venta de sus obras. Lo cual plantea que no se puede eliminar un problema si al mismo tiempo se fomenta este mismo problema.

Con la cuestión del inmediatismo y la pasividad se vuelve al individuo a su posición clásica de consumo de la información y la cultura. No es casual que los que habían logrado éxitos durante los años joviales de Internet ahora quieran recuperar todo lo que había quedado desplazado hacia los márgenes. La homogeneización y simplificación del producto ha llegado a tal nivel que estos autores no sólo requieren de la monopolización de más nichos de mercado (los pasados, los presentes y los futuros), sino que necesitan del uso de lo que queda del régimen de comunicación cultural antiguo para que finalmente no se produzcan los cambios completos que Internet debería llevar; cambios que tienen que ver, en realidad, con la totalidad de la organización de una sociedad.

La simplificación emocional que recae encima de los individuos viene de la posibilidad que tienen estos autores de no realizar ningún tipo de ejercicio creativo cuando elaboran sus obras y sus pensamientos, sino que simplemente trasladan a una cuenta de alguna red social en formato de verso lo que antes sucedía en las revistas del corazón.

Por lo que sabemos, en otros países, el fenómeno de los autores publicitarios también está en ascenso de una manera similar a como ocurre en España (Rodríguez-Gaona, 2019). Esto no es de extrañar, ya que el capitalismo es un fenómeno económico internacional. Todos los Estados caracterizados por este modo de producción comparten unas generalidades y luego expresan su propio carácter a través de particularidades diversas. Así, hay algunos, como apunta Sassoon (2006), donde la provisión de Internet aún no se ha extendido en la mayoría de capas de la población ni, por ende, ninguno de los fenómenos derivados que hoy vemos en otras sociedades.

La homogeneización del producto es también y sobre todo un fenómeno mercantil, es decir, hace que la distribución de la mercancía sea relativamente amplia ya que se torna reconocible, de fácil publicidad y generalizable a segmentos de población diferentes entre sí. De este modo, el acceso a estos productos es fruto no de sus propiedades racionales, sino, de nuevo, de la capacidad de identificación emocional que tenga cada uno con lo que lee, ve o siente (Rodríguez-Gaona, 2019). Este tipo de cultura, pues, en vez de enriquecer, empobrece. Además, resta en contenido e inclusividad porque padece de déficit democrático dado el ámbito en el que se desarrolla. Seguidamente lo veremos.

Con estos hechos resultantes de la vida mercantil, tenemos como consecuencia directa la monopolización del capital que introduce y gestiona la mercancía cultural dentro del mercado. Y, pues, lo que parecía ser una descentralización de la cultura (acceso libre y general, oportunidad de participación activa, etcétera), en realidad se convierte en recentralización (Rodríguez-Gaona, 2019) en pocas manos debido a que las instituciones clásicas de la producción cultural acaban volviendo a ser, finalmente, las mejores herramientas para controlar el mercado, esta vez, a través y en provecho de Internet, donde se divisa el choque entre lo que aporta en sentido positivo y lo que no puede impedir, por ahora, que suceda precisamente por sustentarse en régimen de propiedad privada. Es esta la última clave de la vuelta al antiguo régimen cultural, que nunca dejó de ser régimen cultural a secas.

La información que nos llega y que asimilamos de forma pasiva a través de internet como forma de cultura de nuevo tipo es una muy concreta, perfilada y controlada, sin oportunidad, al menos, de cambiarlo por vías democráticas, ya que formalmente las instituciones culturales no están sujetas a protocolos de este tipo. Son corporaciones privadas o asociaciones del mismo carácter. El acceso a la información es dudoso, ya que no accedemos a nada en concreto, sino que recibimos involuntariamente y de forma masiva todo tipo de contenidos.

Así pues, vemos como Internet penetra cada vez más en todo tipo de capas individuales y sociales (Sassoon, 2006), pero no así la participación, la cultura, la producción cultural y el acceso a la cultura. Los mecanismos para influir en estas categorías escapan a todo tipo de vida democrática y un autor queda relegado a las oportunidades que le llegan a través de la convocatoria de premios culturales de cualquier género, donde los jurados están conformados por miembros de editoriales y otras instituciones clásicas centralizadoras o autores que se han beneficiado de toda esta deriva comentada (Rodríguez-Gaona, 2019).

En este sentido, no parece que los premios sean una vía suficiente para agitar culturalmente una sociedad. La oportunidad del stock barato bajo demanda de Amazon se vuelve un mero espejismo, ya que el autor novel que se edita a sí mismo no goza de la distribución y la publicidad que ofrecen las instituciones clásicas. Su obra se convierte en otro paquete de información vagando por Internet aspirando a que alguien lo encuentre, fortuitamente y al azar, fruto de este círculo perverso en el que lo que no valía nada sigue sin valer nada.

El ascenso de los que pudieron aprovechar los primeros pasos dados por la red anima a miles de autores a seguir la misma estela sin obtener los mismos resultados (Rodríguez-Gaona, 2019). La puerta a nuevos productores no parece cerrada, pero sí mantiene cierta dificultad a ser abierta al colectivo general. Como he expresado más arriba, la defensa de las parcelas de mercado encarna mucha más importancia en esta situación.

La práctica de los autores publicitarios y también los negocios que influyen emocionalmente e invaden la intimidad de la sociedad está basada en los desarrollos teóricos más recientes y ulteriores en teoría social, en la mayor parte de los casos. Luego, el fenómeno se extiende por inercia, mediante la influencia consecuencial de los impulsores iniciales.

Las últimas sacudidas en doctrina histórica vienen del lado de aquellos teóricos que han restado importancia a los grandes relatos, en un primer momento, y para aquellos que, además, han dado preeminencia a las microhistorias, con énfasis no en cómo éstas provocan cambios sino en cómo viven los procesos los individuos que las evocan. Es decir, la mayor parte de la relevancia empírica se lo ha llevado la experiencia de cada persona en el devenir de su vida. (Claret Miranda et. Al., 2017).

Coincidiendo con lo que expresaba al principio, este rumbo ideológico, parte esencial del pensamiento posmoderno (descriptivamente, posterior a la modernidad) coincide con la caída del Muro de Berlín y la conclusión general de que los grandes sistemas han fallado, extendiéndose a las respectivas teorías que los sustentan o sustentaban (Claret Miranda et. al. 2017a). Sin embargo, en la actualidad, la connivencia con la que la mayor parte de estas corrientes se han mostrado a favor del modo de producción capitalista induce a pensar que se referían a que lo que realmente ha terminado no son los grandes relatos, sino en concreto el marxista. Y, de alguna manera, tenían razón.

La revolución posmoderna es otra revolución frustrada que podríamos añadir a la larga lista enumerada por Fontana (2013). El foco en las experiencias individuales como modelo empírico para el estudio de la historia, hecho a través del contenido de los significantes y del lenguaje en sí mismo (Claret Miranda, 2017), ha dado paso a reflexiones que entienden que, si podemos estudiar las experiencias de los individuos, es que también las podemos —y las debemos— transformar.

Siendo gerente de una empresa, uno se asegura que pueden matarse dos pájaros de un tiro: por un lado, se puede anular toda capacidad racional mediante un bombardeo emocional constante en el tiempo, despertando (cuando sea necesario) la actividad del empleado únicamente por medios emocionales y con intenciones productivas; por otra parte, con esta narrativa emocional uno puede conseguir alinear el trabajador con los intereses de la corporación.

Con el uso general de esta metodología, se extiende algo puramente académico a la práctica de las empresas privadas y públicas. Se consigue precisamente abrumar, excitar y dirigir a las personas partiendo de una cultura creada con la misma estructura y fondos que una campaña de marketing. Internet ha mostrado, como elemento cultural superior, que todo lo que tiene de antidemocrático puede aplicarse dentro de la empresa privada y, por extensión y reproducción, también fuera. Cada uno de los negocios desarrolla una cultura propia y diferenciada del resto que hace sentir al empleado parte de un todo, con estímulos inmediatos de pertenencia expresados ​​a través de infografías colgadas en las paredes del lugar de trabajo, correos electrónicos con una narrativa concreta, vídeos, fiestas de fin de año, etcétera.

Las consultoras, como organizaciones para la transformación y adaptación de los negocios privados a los cambios externos, se están convirtiendo en las editoriales (si se me permite la metáfora) del mundo de las grandes empresas, y éstas, en las editoriales de la sociedad. Las consultorías han convertido la institución clásica que hasta ahora no eran. Se encargan de crear sociedades de la información en cada corporación. No son casuales, de hecho, las nuevas narrativas y transformaciones culturales que las grandes empresas están llevando a cabo en su seno, sino que parten, también, del ascenso del mundo de la consultoría. Esto convierte el negocio del consultor en el monopolio del monopolio.

Así pues, todo este movimiento y esta complejidad que ha ganado Internet como nueva cultura no ha sido nada sencillo ni puede considerarse flor de una sola noche. Ha sido necesario que todas las contradicciones que contiene como nuevo sistema cultural humano se desarrollen hasta el extremo y muestren el más mínimo detalle de su condición, impregnando, como no podía ser de otra manera, el resto de aspectos materiales e inmateriales que rigen una sociedad. Del mismo modo, por ejemplo, que lo haría otra institución social como podría ser la familia.

Brecht, B. (1973): El compromiso en literatura y arte, Barcelona: Península, 1973.

Claret Miranda, J.; López Esteve, M.; Fuster Sobrepere, J. (2017): «Introducción a la historia de la cultura contemporánea» [en línea].

DDAA. Internacional Situacionista. Volumen 1, Madrid: Literatura gris, 1999.

Fontana y Làzaro, J. (2013): Por el bien del imperio, Barcelona: Pasado & Presente.

Molas, J. (1995): Manifiestos de vanguardia, Barcelona: Ediciones 62.

Politzer, G. (2004): Principios elementales y fundamentales de filosofía, Madrid: Akal.

Rodríguez-Gaona, M. (2019): La lira de las masas, Madrid: Páginas de Espuma.

Sassoon, D. (2006): Cultura: el patrimonio de los europeos, Crítica, 2006.

Vega Cantor, R. (2012): «La «sociedad del conocimiento»: una falacia comercial del capitalismo contemporáneo», Herramienta, 2012.


Adrián Salcedo (Barcelona, 1994) es graduado en ciencias políticas y ciencias de la administración y poeta novel.

Let’s block ads! (Why?)

Publicado originalmente en: Ir a la fuente

Comentarios

comentarios

Seguir Leyendo
Publicidad
Publicidad
...

Facebook

Destacado