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Cultura

Instrucciones para desarrollar una campaña de desprestigio contra los fontaneros

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De rerum natura

/por Pedro Luis Menéndez/

Si usted quiere desprestigiar a alguien, una persona, una institución o un gremio en este caso, debe seguir con rigor unas pautas que le permitan alcanzar el éxito. Para ello, lea usted con detenimiento y perspicacia las instrucciones que le ofrecemos a continuación y practique con asiduidad hasta conseguir sus objetivos. Si no los alcanza en los primeros intentos, no se dé por vencido, no se desanime, no baje la guardia, porque en ocasiones se tardan años —tal vez décadas— en llegar a ser un maledicente como es debido.

  • La elección de la víctima será su primera tarea. En el caso de los fontaneros, las premisas son muy claras: se trata de seres no sometidos a un horario fijo y que aparecen a la hora que quieren, coincida o no con la hora prefijada; es decir, que resultan fácilmente envidiables y también fácilmente odiables. Esta primera pauta se debe aplicar tanto a personas como instituciones. Deténgase en ella todo lo necesario, pues la mala elección de la víctima le conducirá al fracaso.
  • Una vez bien elegida la víctima, busque sus puntos débiles. Pueden ser más o menos reales, exagerados o inventados; no importa gran cosa. Lo esencial es que resulten fáciles de observar, que respondan a la idea de que «cualquiera podría haberse dado cuenta, hasta yo mismo». Por ejemplo, «me cobró mucho más por la salida que por la reparación», «entró en mi casa fumando un puro», «lo dejó a medias adrede para volver pronto».
  • Nunca, ocurra lo que ocurra, debe mencionar sus puntos fuertes. No tiene puntos fuertes. No los tiene. Sin ambigüedades. No se permita matices del tipo «una vez, sin embargo…» o «conozco uno muy honrado que…». Ni de broma. La más mínima debilidad por su parte supondría desmontar la campaña entera, porque introduce una grieta, un matiz, y el pensamiento no puede tener jamás ni grietas ni matices (ni siquiera por razones familiares).
  • Magnifique todo lo que pueda, y más, sus puntos débiles cada vez que tropiece en ellos, que lo hará, no le quepa duda, y, si no es así, recuerde que debe (no olvide el verbo) incluso inventar, aunque lo más probable es que no necesite recurrir a ello, pues parece bastante lógico pensar que cualquiera tropieza realmente en sus puntos débiles, que por eso lo son. Eso sí, magnifique: «estoy seguro de que la goma del grifo es de mala calidad, como ya ocurrió en otra ocasión con otro fontanero, así que está claro que se ponen de acuerdo entre ellos para estafarte».
  • Rastree a lo largo de la historia casos similares. Ya en la antigua Roma Frontino se vio obligado a denunciar «el fraude de los fontaneros», que consistió en que cobraban sobornos para permitir fugas «privadas» del agua de los acueductos públicos. Ergo, siempre han sido así, y lo más probable es que las trampas del oficio se comuniquen en secreto de generación en generación, ya que en realidad se trata de un oficio que se hereda.
  • Difunda su campaña a través de palmeros. Hace unas décadas resultaba difícil y suponía por su parte un sinvivir recorriendo sin descanso corralas, tabernas y casinos, pero, desde la llegada de Internet, la abundancia de palmeros es más que manifiesta. De todos modos, mi consejo experto es que, si usted se lo puede permitir, acuda a palmeros profesionales que presentan una ventaja evidente: su falta absoluta de conciencia moral. De hecho, los más apasionantes resultan ser los palmeros que comentan las cuentas de los políticos en las redes sociales (incluso le sirven los autores de esas cuentas, aunque salen más caros). En este caso, un mismo palmero puede comentar un sinnúmero de cuentas y hasta darse la contraria a sí mismo (en sus distintos perfiles) sin ninguna cortapisa. Eso sí, si es posible, evite los poetas frustrados que trabajen ahora en este medio.
  • Acabe con su fontanero o, al menos, menoscábelo tanto que se tenga que ocultar o desaparecer del mercado. Que nadie le contrate más, que nadie pueda volver a apreciar la belleza de sus cañerías, el rumor de sus aguas, o ese empeño absurdo en mantener su credibilidad. Puede que usted recuerde al capitán Dreyfus, o a algún director de cine, algún cantante, algún escritor. Pues haga lo mismo con su fontanero, acabe con él.
  • Una vez conseguido el objetivo, si usted vive de esto o pretende hacerlo en el futuro, empiece con una nueva víctima. Como casi todas las actividades humanas, la práctica continua no puede traer más que beneficios, aunque mi consejo —bastante lógico por otra parte— es que cada nueva víctima posible suponga un escalón más en su carrera; para ello, tiene que esmerarse en la elección de la víctima (como ya indicamos en el primer punto), sea ambicioso, pique cada vez más alto, puede llegar así a presidentes de gobierno, de la república, monarcas, dioses y lo que sea.
  • Si usted no vive de esto, cuando se consigue cierta práctica, se puede llegar a vivir de ello, en la hipótesis de que le interese. En el caso de que no fuera así, hágalo por puro placer, disfrute esos momentos únicos en que usted inventa sin pudor alguno la vida de una persona, siéntase como Cervantes con su Quijote, como Shakespeare con su Lear, como Rowling con su Potter. Babee usted de gusto, mire cómo se hunde su víctima. Resulta grandioso.
  • Y, sobre todo, no tenga usted miedo nunca a la competencia, que con seguridad será dura, porque algunos practican desde la escuela, desde la más tierna edad, allí, en una esquinita de la clase o del patio de recreo, mientras señalan con su dedo inocente la figura marcada de un compañero cuatro ojos, de una compañera gorda, de esa otra que una vez se meó en el aula, de aquel que nunca quiere jugar al fútbol.

PD ¿Habrá cosa más bella en castellano que la palabra maledicencia? No creo.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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Cultura

La noción de belleza en Frankenstein

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/por Alberto Wagner Moll/

«Hubo un gran revuelo en todo el pueblo: unos se dieron a la fuga, y los demás me atacaron hasta que, gravemente magullado por las piedras y otras muchas clases de proyectiles, hui a campo abierto y me refugié muy amedrentado» (Frankenstein, p. 104, edición de RBA). La violencia que Mary Shelley presenta en el encuentro entre los pueblerinos y el monstruo surge, en primera instancia, por la fealdad del rostro de este. Así pues, el personaje, que psicológicamente es idéntico a un ser humano (pues razona, reflexiona y tiene recuerdos) es rechazado únicamente por su condición estética. Y esto no ocurre solamente en este caso, sino que, ya cuando nace, su creador, el doctor Frankenstein, observa horrorizado la fealdad de las facciones del ser que ha engendrado, preguntándose: «¿Cómo podría describir mis emociones frente a la catástrofe, cómo delinear al engendro a quien con tan infinitos sudores y cuidados había conseguido dar forma?» (p. 58). También le ocurre esto cuando los familiares del anciano ciego le encuentran conversando con él, y le golpean y expulsan de la casa. Por lo tanto, la autora nos presenta aquí, en el conflicto constante que entabla el monstruo con todas aquellas personas con que se encuentra, una discusión patente acerca de qué es la humanidad y qué la belleza, y cómo se relacionan. La repulsión que sufre el monstruo pone en vilo la relación que defendía el pensamiento especulativo de su época acerca de la relación entre lo bello y lo bueno, puesto que los pensadores del siglo XIX, principalmente los idealistas alemanes, como Schelling y Hegel, defendían que la belleza era expresión de la divinidad, y que la bondad absoluta estaba profundamente enraizada en aquella. Por lo tanto, Shelley se situaría en el terreno de las excepciones, más cercana a un pensamiento nietzscheano o crítico de los juicios sociales. La belleza del monstruo, o su ausencia, se debe más a cómo observan los otros a este que a cómo sea él en realidad, puesto que nadie (exceptuando al ciego y, en parte, a Frankenstein) observa lo agradable de los sentimientos del ser despojado. La maldad de este también nace de la agresividad con que lo recibe el mundo. Frankenstein defendería entonces, o situaría en el campo de la discusión, que los valores generales (tales como lo bello, lo malo…) se conforman en la integración social de los individuos. Así pues, aunque Mary Shelley presenta una gran cantidad de características esenciales del romanticismo en su obra magna, como la crítica al cientificismo, la exposición de lugares naturales como reencuentro del hombre con su esencia o la defensa de la sentimentalidad frente al racionalismo, no creo que concuerde con la defensa de un Ideal absoluto, del modo en que lo defendían autores como Goethe o Hölderlin, de la belleza o del bien. La novela sitúa, en el conflicto entre el doctor y el monstruo, cuando este lo encuentra en las montañas suizas, la exposición de las dos posturas: la propia de la época en que escribe y la aguda crítica sostenida por Shelley.

Hegel defiende, en su Estética, que la belleza es la expresión sensible concreta del espíritu universal. Entonces, aquello que no encaja con lo bello, que repulsa (que provoca rechazo en los hombres), es una figura sensible que desencaja con el Espíritu, con Dios. Entronca esta relación Dios-belleza con el lamento que expresa el monstruo a su creador, cuando afirma que «tú, mi creador, repudias y menosprecias a tu propia criatura […] Te propones matarme» (p. 98). Si la relación entre belleza y amor de Dios es universalmente cierta, aquello que sea generalmente repudiado será, a su vez, odiado por Dios y, entonces, Dios es injusto, porque ha permitido crear a un ser al que odia y únicamente le queda desesperar y morir. Esta concepción de la divinidad, descarnada, encaja y es válida con la sucesión de hechos que desembocan en el trágico final de la novela. Desde que el monstruo es rechazado por la familia del ciego, buscará una restitución y, finalmente, una venganza constante y maquinal contra el doctor que lo creó. Destruye a su hermano, a Elizabeth, y, finalmente, a toda su familia. La fealdad, en los hechos, ha desembocado en una maldad efectiva, y Dios lo ha permitido y, mediante los hombres que dispuso en el camino, han alentado la repulsión originaria al monstruo.

Como el texto que analizamos es una novela y no un ensayo filosófico, no hay una postura concreta defendida por la autora, sino un choque de perspectiva que da como resultado la muerte desesperanzada de los dos personajes centrales del libro. Si tratamos de dilucidar, mediante los sucesos de la obra, los juicios de su creadora, creo hallar dos posibles vías: por una parte, el desconsuelo existencial ante un mundo injusto, en el que la belleza es un absoluto que se impone y, en su expansión universalmente benéfica, necesita males menores para realizarse: casos concretos que son contrarios a lo bello y, entonces, malos. Por otro lado, el dolor y la penuria que sufre el monstruo y, junto a él, enfrentado a él, su creador, pueden entenderse como una crítica hacia el universalismo de los valores desde el daño vital y como la reivindicación de una actuación social radicalmente distinta de la expuesta. No logro, realmente, discernir cuál de las dos perspectivas adoptaría Shelley, si es que alguna adoptara, pues la muerte de ambos personajes no conduce a una esperanza global. Sin embargo, sí que tiene efectos positivos, aunque en pequeña escala: el narrador de la novela, el navegante Walton, con quien conversan por última vez el monstruo y su creador, deja a un lado sus ínfulas absolutistas contra la naturaleza y en favor de los valores universales, y renuncia a sus aventuras suicidas en pos de una fama histórica.

Aunque mi texto se centre en la relación presente en Frankenstein entre belleza y humanidad, esta simbiosis puede extrapolarse a todos los ámbitos de la sociedad industrial que vivió Shelley, como pueden ser humanidad y ciencia, humanidad y fama, humanidad y justicia. Por ejemplo, recogiendo esta última relación, podemos ver cómo un juicio absoluto de lo justo implica víctimas de una, valga la paradoja, injusticia patente: cuando la criada de la familia Frankenstein, la señorita Justine, es acusada de asesinar al hijo menor de estos, tanto Víctor como Elizabeth saben perfectamente que esta es inocente. Sin embargo, la ley, inexorable en su avance, la condena a la pena capital, cometiendo el crimen máximo, que es asesinar a un inocente. En todas las esferas de la humanidad: en el cientificismo de que se impregna Frankenstein en la universidad, en el horror del monstruo, en la búsqueda de inmortalidad mediante la fama…, en todas, digo, se expone la dialéctica idealista y las consecuencias que tiene en la existencia de las personas.

En conclusión, y aunque no podamos afirmar taxativamente la postura que defiende la autora, creemos encontrar pruebas suficientes en el relato para situarlo en la crítica social y en la compasión por las víctimas del sistema universalista, del positivismo tanto como del espiritualismo idealista. La literatura expone, de la mano de Shelley, los daños que la ley, entendida en sentido dogmático, produce en aquellos que se hallan subyugados a la misma.


Alberto Wagner Moll es estudiante de filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas. Publicó el poemario titulado Jaima en la editorial Ars Poética en el año 2018 y fue segundo premiado en el certamen Florencio Segura del mismo año.

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Cultura

Mi tía, los nazis y el racismo latente

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Mirar al retrovisor

/por Joan Santacana Mestre/

Yo tenía una tía, muy buena persona y piadosa, que cuando era niño siempre me contaba historias bíblicas. En cierta ocasión, recuerdo que me explicó el origen de los africanos, con su color de piel oscura —negra decía ella— y su pelo ensortijado. Me comentaba la buena mujer que ellos, los africanos, eran descendientes de Caín, el primer fratricida, porque cuando Dios lo maldijo, le puso su mano divina sobre la cabeza, y al instante su piel quedó tostada y su pelo chamuscado. Por esta razón, los negros tienen el cabello ensortijado —me decía cándidamente mientas me preparaba el desayuno—. Los africanos le parecían dignos de lástima y por ello estaba suscrita a obras piadosas de misioneros católicos que se dedicaban a evangelizar en el continente negro. Yo, a mis ocho o nueve años, daba gracias a Dios de haberle librado de semejante vergüenza y —por supuesto— no me daba cuenta del racismo latente en estas historias.

Posteriormente, como estudiante de arqueología, dediqué parte de mi tiempo a investigar las raíces de las tesis racistas europeas y empecé a dilucidar de donde salían. Recientemente, la preparación de un pequeño ensayo para la editorial Trea, de próxima edición, cuyo título es La arqueología del diablo, en el cual planteo los orígenes de la arqueología racista alemana de la época nazi, me ayudó a descubrir las raíces de la inocente versión de mi tía.

Ella, como todos nosotros, desde siempre sabemos que nos diferenciamos unos de otros mediante rasgos que afectan a las partes blandas y superficiales del cuerpo: los labios, nariz, pelos, ojos, color de la piel o estatura nos hacen diferentes unos de otros. Todas estas características se heredan, pero lo que muchos ignoran es que estos millones de genes se pueden combinar independientemente unos de otros. Los mecanismos genéticos de la herencia funcionan como un gran bombo de lotería, de tal forma que en la mezcla aleatoria de genes del padre y de la madre, los descendientes pueden tener pelo rizado y nariz ancha mientras que la pigmentación de la piel puede ser de un tono rosáceo y al contrario. Y es que los genes que constituyen los rasgos que suelen emplearse para etiquetar a un individuo de una raza o de otra no se agrupan necesariamente en paquetes. No hay un paquete de genes africanos o europeos, Por este motivo, existen en el mundo infinitas combinaciones de fenotipos que hacen imposible establecer criterios raciales fiables.

Es bien sabido que esta cuestión de las diferencias entre los humanos ha sido causa de prejuicios, debates y guerras a lo largo de la historia. Pero no fue hasta 1855 que Joseph Arthur de Gobineau escribió un libro titulado Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas y que se convirtió en uno de los pilares teóricos de lo que se suele denominar racismo. Su autor llegó a la conclusión de que el factor racial era fundamental para explicar la muerte de muchas civilizaciones; quiso establecer las causas de las desigualdades y estableció el concepto de razas superiores a otras a las que consideró inferiores. La raza aria fue considerada la superior porque poseía según el filósofo francés el monopolio de la belleza, de la inteligencia y de la fuerza. Gobineau concluyó que, cuando una civilización triunfa, es porque está dirigida por miembros de una raza superior, y que, por ello, si se quiere prevenir la caída de nuestra civilización, hay que impedir que los individuos de la raza aria, superior, se mezclen con los de las razas inferiores o degeneradas. Así, al final de su obra, en el apartado de conclusiones, escribió:

En una época muy primaria de la vida de la especie entera, época que precede a los relatos de los anales más remotos [es decir, se refiere a lo que hoy llamamos prehistoria], descubrimos al colocarnos con la imaginación en las mesetas del Altai, tres conjuntos de pueblos inmensos, inestables, compuestos cada uno de ellos de diferentes matices, formados en las regiones que se extienden al Oeste alrededor de las montañas, por la raza blanca; en el nordeste, por las hordas amarillas que llegan de las tierras americanas; y al sur por las tribus negras cuyo foco principal radica en las lejanas regiones de África. La variedad blanca, quizás menos numerosa que sus dos hermanas, pero dotada de una actividad combatiente […] brilla por sus innumerables superioridades […] La raza germánica estaba provista de toda la energía de la variedad aria. Ello era necesario para que pudiera cumplir el papel para el que estaba predestinado.

La obra de Gobineau tuvo una amplia aceptación en su época y circuló por todos los ambientes cultos y eruditos de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Personajes como Wagner —que había escrito un violento texto contra la «música judía»— quedaron fascinados por él y quizás un reflejo de esta fascinación se aprecie en Parsifal. Sin embargo, lo que nos interesa saber es en dónde se apoyaban las ideas del conde de Gobineau, que tanto éxito tuvieron en la Europa de su tiempo y han pervivido hasta hoy.

Conde de Gobineau

En realidad, las teorías en las que se basaba el padre del racismo se apoyaban en autores mucho más antiguos: en concreto de James Parsons, que a mitad del siglo XVIII escribió un texto titulado Los restos de Jafet, o Investigaciones históricas sobre la afinidad y los orígenes de las lenguas europeas, en donde, a través de la lingüística comparada, defendió la idea de la existencia de una lengua originaria de Irán y la India, de la cual derivaban todas las lenguas europeas. La existencia de esta lengua —a la que llamó indoeuropeo— la dedujo Parsons mediante la comparación de los términos utilizados para los numerales básicos, afirmando que era la lengua de Jafet, uno de los hijos de Noe que después del Diluvio Universal emigró a Armenia. Con él se inició una contraposición entre las lenguas semitas y las indoeuropeas; pero su libro, de una extensión desmesurada, lleno de citas bíblicas, si bien introdujo la idea y el método de la lingüística comparada, no tuvo una aceptación unánime en su época ni mucho menos. La base de su argumentación era el libro del Génesis, cuando dice: «Esta es la descendencia de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet, a quienes nacieron hijos después del Diluvio». De la descendencia de Sem se creía que eran los pueblos semitas, como los árabes y los judíos; de Cam habrían surgido los egipcios, los etíopes y los pueblos negros de África, mientras que Jafet era el que había fundado todos los demás linajes, como los persas y los hindúes, pero, sobre todo, los europeos. Fue por esta razón que a James Parsons se le ocurrió comparar las lenguas de todos los descendientes de Jafet, ¡y halló similitudes! Pero Parsons no era lingüista y cometió muchos errores graves en su análisis.

En la segunda mitad del siglo XIX empezaron los estudios de lingüística comparada, que marginaron las historias bíblicas y aportaron cuantiosos datos sobre el tema de la existencia de una lengua común, llamada indoeuropeo por los anglosajones e indogermánico por los filólogos alemanes. En todo caso, los lingüistas europeos descubrieron a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX la riqueza de la literatura hindú e irania y situaron a sus creadores y hablantes nativos de estas lenguas al norte de la India, en el Himalaya y en Irán. Y a estas lenguas las consideraron superiores según esquemas evolutivos que establecían que las lenguas pasan por un estadio primitivo, en el que solo hay palabras simples, como veían en el chino, a otro más evolucionado en el que los sufijos se aglutinaban para culminar en un tipo flexible como el de las lenguas europeas. Fue Max Müller (1823-1900) quien sugirió para estos pueblos el término ario, que tan problemático resultaría posteriormente. De esta forma, el termino ario se utilizó como sinónimo de indogermánico.

Hoy, aun cuando el nazismo ha sido borrado —de momento— de la política europea, las bases racistas de nuestra sociedad perviven y gozan de buena salud. Mucha gente sigue creyendo que la mezcla de genes, en la medida que introduce una más intensa coloración de la piel, constituye una degeneración racial; en muchas escuelas todavía se ofrecen explicaciones y argumentos basados en términos de raza y, aun cuando entre los científicos hay un consenso sobre que este término no explica nada, muchos lo siguen utilizando. No hemos aprendido la lección y mi tía podría seguir creyendo en el argumento del origen vergonzoso de la negritud.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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Cultura

Un bebé muy rico

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/por Francisco Abad Alegría/

Tenía seis meses. Regordete, sonriente a pesar de su corta edad, físicamente perfecto. Hijo esperado y deseado por toda la parentela, empezando por sus padres, ya no demasiado jóvenes. Había pasado rápidamente por el estado larvario de los neonatos y se había convertido en un pequeño ser humano que confortaba con su presencia y respondía a las muestras de cariño y aprecio con gestitos incoordinados de placer y explosiva sonrisa.

Daba gozo estar a su lado y acariciarlo, salvo en el momento de interrupción de lo placentero por la incontrolada ocupación del pañal. Pero eso dura un momento. Luego el alborozo por la nueva criatura seguía llenando (parece mentira que un ser tan pequeño ocupe una casa de tantos metros cuadrados) la vida de sus padres y familiares, impidiendo de paso actividades más productivas que las caricias, sonidos guturales de aprobación, sonrisas y comentarios elogiosos. Era como si en la casa se hubiese instalado un belén viviente perpetuo en plena primavera.

Amigos y familiares solían acudir a la casa y elogiaban la hermosura del pequeño futuro súbdito de majaderos y pagador de impuestos, Unas tías, que habrían fallecido con seguridad si se les hubiese dado una tortilla de perejil en la merienda (dicen que el perejil mata a los loros, pero no puedo corroborar tal afirmación por experiencia propia, porque los loros también me gustan y jamás les daría lo mismo que a unas tías pelmas e insoportables) turbaban la paz familiar con sus graznidos y jubilosas exclamaciones de admiración al ver a su antípoda humana en la cuna, que sonreía correspondiendo a los estereotipados halagos de la alborotada fauna que le rodeaba.

Venían acompañadas de un hijo mayor, con marcado déficit intelectual, insuficiente para trabajar, suficiente para estar en todo lugar en donde pudiese molestar y exigir, porque ya se sabe: ¡Pobrecito, necesita estar acogido, protegido, él no tiene la culpa, etc.! Hablaba el susodicho lo suficiente como para exigir con claridad caprichos, comida, que pusieran la televisión en el programa que le gustaba, a lo que todo el mundo se plegaba (¡pobrecito!) pero el resto del tiempo solo miraba; miraba en silencio con ojos grisáceos, muy abiertos, con la mirada del alcaraván que ha caído en un lío de romero que algún desalmado ha preparado para capturar pajarillos. Observaba continuamente, sin decir palabra, murmurando de vez en cuando alguna palabra en voz baja. Pero era incapaz de conversar (¡pobrecito!) y en todo caso el fruto del intercambio de palabras hubiera sido absurdo: no había nada que comunicar, tampoco por parte de las tías, que hacía siglos que habían dejado en reposo sus escasas neuronas funcionantes, como reserva energética para el momento en que las responsables de la motricidad de la lengua y la deglución (de pastas con café y hasta de flanes naturales) empezasen a renquear.

El gorjeo admirativo del diminuto gallinero iba en aumento, intercalándose alabanzas al bebé con ridículas consideraciones sobre la coyuntura política y económica, la delincuencia callejera y otros temas de similar palpitante actualidad. Mas una expresión destacaba entre todo el pequeño barullo de majaderías verbales: ¡Qué rico está! Y las coristas corroboraban la afirmación: ¡Riquísimo! Pasada media hora de comadreo y exclamaciones, con algunos cariñosos pellizquitos que el bebé agradecía con su habitual sonrisa encantadora, la madre de la criatura creyó llegado el momento de renovar la ventilación del lugar e invitó a las adiposas vociferantes a ver cómo estaba quedando el jardín con los nuevos arriates de surfinias, caléndulas y petunias, sencilla pero estratégicamente dispuestos para dar color a unas superficies antes romas e insulsas.

Salió el pequeño hato de matronas, una viuda, madre del silencioso varón de mirada de alcaraván, y tres solteras (naturalmente, pero muy virtuosas) a contemplar las maravillas que hace una azada de jardín y unas plantas sabiamente situadas. Aunque invitaron al talludo discapacitado a acompañarlas, él prefirió quedarse sentado, al lado de la cuna del bebé, mirándolo continuamente (Me parece que le ha gustado mucho ¡tan rico!, musitaba su madre, alegre viuda de jefe de negociado de Correos). La pequeña tropa se precipitó afuera y no se abstuvo de emitir gorjeos admirativos por el resultado del nuevo porte del jardín, ahora lleno de luz donde antes solo había un pacífico e insulso verde, perfectamente segado, eso sí, casi afeitado. Naturalmente, la contemplación no quedó en el mero comentario, sino que se extendió al descuido de los jardineros municipales, los árboles de los paseos con ramas podridas que amenazaban a los viandantes, los problemas del riego por aspersión y otras zarandajas.

Mientras el tiempo corría con desesperante lentitud, al mismo ritmo que la agilidad mental de la sabia pléyade que arreglaba el mundo y al tiempo alababa los floridos arriates, saltó súbitamente un desgarrador grito infantil dentro de la casa. Todas, alarmadas, se precipitaron adentro, buscando el origen del lacerante grito. Al entrar encontraron al añoso hijo, sobrino o lo que sea, mirando asombrado al bebé, con una ostentosa mancha de sangre en los labios. El niño gritaba convulsamente, moviéndose con desesperación y tenía una piernecita desgarrada por una profunda herida que sangraba. Estaba claro que el impertinente discapacitado que se había quedado sin salir al jardín, le había dado un brutal mordisco en la piernecita y además, el muy bestia, miraba con una expresión por una vez ligeramente sonriente, dentro de lo que cabría esperar de su vacía mirada de alcaraván aturdido. Y al tiempo musitaba: ¡Rico, muy rico! Las alabanzas del escuadrón  de tías le habían dado la idea: ¡Qué rico es! Y el exigente parásito había decidido probar, ateniéndose a la literalidad de la expresión, si tal afirmación era veraz. Y, efectivamente, el bebé estaba ¡muy rico!


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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