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Cultura

Instrucciones para desarrollar una campaña de desprestigio contra los fontaneros

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De rerum natura

/por Pedro Luis Menéndez/

Si usted quiere desprestigiar a alguien, una persona, una institución o un gremio en este caso, debe seguir con rigor unas pautas que le permitan alcanzar el éxito. Para ello, lea usted con detenimiento y perspicacia las instrucciones que le ofrecemos a continuación y practique con asiduidad hasta conseguir sus objetivos. Si no los alcanza en los primeros intentos, no se dé por vencido, no se desanime, no baje la guardia, porque en ocasiones se tardan años —tal vez décadas— en llegar a ser un maledicente como es debido.

  • La elección de la víctima será su primera tarea. En el caso de los fontaneros, las premisas son muy claras: se trata de seres no sometidos a un horario fijo y que aparecen a la hora que quieren, coincida o no con la hora prefijada; es decir, que resultan fácilmente envidiables y también fácilmente odiables. Esta primera pauta se debe aplicar tanto a personas como instituciones. Deténgase en ella todo lo necesario, pues la mala elección de la víctima le conducirá al fracaso.
  • Una vez bien elegida la víctima, busque sus puntos débiles. Pueden ser más o menos reales, exagerados o inventados; no importa gran cosa. Lo esencial es que resulten fáciles de observar, que respondan a la idea de que «cualquiera podría haberse dado cuenta, hasta yo mismo». Por ejemplo, «me cobró mucho más por la salida que por la reparación», «entró en mi casa fumando un puro», «lo dejó a medias adrede para volver pronto».
  • Nunca, ocurra lo que ocurra, debe mencionar sus puntos fuertes. No tiene puntos fuertes. No los tiene. Sin ambigüedades. No se permita matices del tipo «una vez, sin embargo…» o «conozco uno muy honrado que…». Ni de broma. La más mínima debilidad por su parte supondría desmontar la campaña entera, porque introduce una grieta, un matiz, y el pensamiento no puede tener jamás ni grietas ni matices (ni siquiera por razones familiares).
  • Magnifique todo lo que pueda, y más, sus puntos débiles cada vez que tropiece en ellos, que lo hará, no le quepa duda, y, si no es así, recuerde que debe (no olvide el verbo) incluso inventar, aunque lo más probable es que no necesite recurrir a ello, pues parece bastante lógico pensar que cualquiera tropieza realmente en sus puntos débiles, que por eso lo son. Eso sí, magnifique: «estoy seguro de que la goma del grifo es de mala calidad, como ya ocurrió en otra ocasión con otro fontanero, así que está claro que se ponen de acuerdo entre ellos para estafarte».
  • Rastree a lo largo de la historia casos similares. Ya en la antigua Roma Frontino se vio obligado a denunciar «el fraude de los fontaneros», que consistió en que cobraban sobornos para permitir fugas «privadas» del agua de los acueductos públicos. Ergo, siempre han sido así, y lo más probable es que las trampas del oficio se comuniquen en secreto de generación en generación, ya que en realidad se trata de un oficio que se hereda.
  • Difunda su campaña a través de palmeros. Hace unas décadas resultaba difícil y suponía por su parte un sinvivir recorriendo sin descanso corralas, tabernas y casinos, pero, desde la llegada de Internet, la abundancia de palmeros es más que manifiesta. De todos modos, mi consejo experto es que, si usted se lo puede permitir, acuda a palmeros profesionales que presentan una ventaja evidente: su falta absoluta de conciencia moral. De hecho, los más apasionantes resultan ser los palmeros que comentan las cuentas de los políticos en las redes sociales (incluso le sirven los autores de esas cuentas, aunque salen más caros). En este caso, un mismo palmero puede comentar un sinnúmero de cuentas y hasta darse la contraria a sí mismo (en sus distintos perfiles) sin ninguna cortapisa. Eso sí, si es posible, evite los poetas frustrados que trabajen ahora en este medio.
  • Acabe con su fontanero o, al menos, menoscábelo tanto que se tenga que ocultar o desaparecer del mercado. Que nadie le contrate más, que nadie pueda volver a apreciar la belleza de sus cañerías, el rumor de sus aguas, o ese empeño absurdo en mantener su credibilidad. Puede que usted recuerde al capitán Dreyfus, o a algún director de cine, algún cantante, algún escritor. Pues haga lo mismo con su fontanero, acabe con él.
  • Una vez conseguido el objetivo, si usted vive de esto o pretende hacerlo en el futuro, empiece con una nueva víctima. Como casi todas las actividades humanas, la práctica continua no puede traer más que beneficios, aunque mi consejo —bastante lógico por otra parte— es que cada nueva víctima posible suponga un escalón más en su carrera; para ello, tiene que esmerarse en la elección de la víctima (como ya indicamos en el primer punto), sea ambicioso, pique cada vez más alto, puede llegar así a presidentes de gobierno, de la república, monarcas, dioses y lo que sea.
  • Si usted no vive de esto, cuando se consigue cierta práctica, se puede llegar a vivir de ello, en la hipótesis de que le interese. En el caso de que no fuera así, hágalo por puro placer, disfrute esos momentos únicos en que usted inventa sin pudor alguno la vida de una persona, siéntase como Cervantes con su Quijote, como Shakespeare con su Lear, como Rowling con su Potter. Babee usted de gusto, mire cómo se hunde su víctima. Resulta grandioso.
  • Y, sobre todo, no tenga usted miedo nunca a la competencia, que con seguridad será dura, porque algunos practican desde la escuela, desde la más tierna edad, allí, en una esquinita de la clase o del patio de recreo, mientras señalan con su dedo inocente la figura marcada de un compañero cuatro ojos, de una compañera gorda, de esa otra que una vez se meó en el aula, de aquel que nunca quiere jugar al fútbol.

PD ¿Habrá cosa más bella en castellano que la palabra maledicencia? No creo.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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Cultura

Hilo de pecios sueltos y haikus enjaulados (6)

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/ por José Manuel Sariego /

Tesis con mascarilla en el ascensor

Comenta, medio en broma medio enserio, que lleva seis años hablándole al perro cada día. Añade que, de vez en cuando, le escribe cartas. Sostiene que hablar con el perro o escribirle epístolas, además de esfuerzo inútil, es costumbre heredada de los antiguos romanos que rendían culto a los dioses o lares de sus moradas. Afirma, en pro de tal tesis, que los canes (y, por extensión, todos los llamados animales de compañía) se han convertido en auténticos diosecillos de los hogares que habitan. Cuando le hablas, dice, te mira y tensa las orejas como si te escuchara atentamente. Simula. Te engaña. Igual que aparenta estirarse el silencio cuando rezas a tu dios. Si te paras a pensarlo, ninguno de los dos —ni el perro ni dios— te hace puto caso. Simulan. Te engañan como a un chino de los de antes.

Se detiene el ascensor. El vecino del quinto baja. Se despide cortés mientras se desembaraza de la mascarilla. Santos García Fuentes prosigue su ascensión hasta el séptimo (cielo), embozado.

El mejor poeta de nuestro tiempo

A un literato de moda, pero no tanto, es decir, que apuntaba maneras y comenzaba a recibir esporádicos reconocimientos, aunque aún no le habían encumbrado los gurús de la pomada hasta el altar de los escritores consagrados (o sea, que mantenía la mochila de la generosidad repleta), le preguntaron no hace mucho en una entrevista televisiva por el autor o autora que más admirara del momento, de la actualidad. El aludido, por toda respuesta, echó mano al bolsillo interior izquierdo de la chaqueta americana, sacó la cartera y de ella extrajo el par de viñetas que allí guardaba, mostrándolas a la cámara y afirmando con la mayor de las solemnidades:

—El Roto, sin duda, es el mejor poeta de nuestro tiempo. Sirvan de muestra los dos botones extraídos al tuntún que me permito enseñar a la concurrencia y a los televidentes del mundo mundial:

Pepín

Pepín a todos los efectos. Pepín a secas. Que si Pepín para acá, que si Pepín para allá… Hasta que una esquela anunció el día 24 de agosto de 2020, noventa y cuatro años después, que Pepín, en realidad, poseía nombre de emperador: Francisco José González Portal. No se daba un pijo de importancia el compañero Pepín pese a ostentar nombre tan linajudo, tan vibrante. Y tan escondido a la vez. Y es que el diminutivo hipocorístico, Pepín, por el que se conocía a Francisco José González Portal, guardaba plena coherencia con los rasgos de su personalidad: humilde, que no insignificante; callado, que no ignorante; pacífico, que no cobarde; comprometido, que no intransigente; militante fiel, que no sectario; dialogante, que no discutidor o vocinglero. Bien podría aventurarse que quien no acertara a interpretar el sentido de los silencios y de las miradas de Pepín en el vestíbulo de la Casa del Pueblo no podría ser buen dirigente de su partido. Quizá por eso le aumentaba la sordera y le menguaba la vista sin remisión. Porque no supimos, en ocasiones, estar a la altura de su prudencia silente ni calibrar la expresión sugestiva de sus ojos.

Pepín sufrió en carne propia desde niño las brutalidades de aquella guerra incivil que parecía no llegar a término en su conciencia de clase. Padeció el desamparo del orfanato miliciano, el desarraigo y los sinsabores de la emigración, la explotación laboral de la mina y de la cadena de montaje, la pérdida a jirones de su gente… No recurría, empero, al victimismo, ni se regodeaba en la pena. Tras su mirada, su silencio y su intermitente media sonrisa no se vislumbraba resquemor en su ánimo. A decir verdad, había que sonsacarle, las más de las veces, la pesadumbre con destornillador. Excepto cuando arrancaba a hablar de su hermana la mayor. Entonces contaba que, a su hermana la mayor, Josefina, niña de la guerra, la embarcaron en El Musel con destino a Rusia. Al poco de su arribada a Leningrado, tendría 13 años, recibieron una carta de otra niña de la misma guerra, Luisa, conocida de El Entrego, que decía: «Josefina murió y fue bien atendida». Ahora sí, ahora le manaba un cabreo desde las honduras: «No la perdono. No la perdono. La Pasionaria, encargada de todo aquello, de haber llevado todo eso para allá, no nos mandó ni la defunción, nada, como si hubiera muerto un conejín. No la perdono. No la perdono». El único resentimiento que devanó sus cenizas. Si no el único, el más doliente. Tanto que aquel parco mensaje seguirá retumbando aún por los recovecos del callejón de la muerte de Pepín:

«Josefina murió y fue bien atendida».

«Josefina murió y fue bien atendida».

«Josefina murió y fue bien atendida».

Desgana

Siente el tiempo tal
que una guillotina. A
cámara lenta.

Eso no vale

No sirve ensalzar
la sonrisa adversaria
si yace muerta.

Vindicación del aburrimiento

Se apuntó a Facebook
para no aburrirse y se
nos abotargó.

Atentado vírico

En vez de un beso
de tornillo, la jeta
le espurreaba.

In memoriam

Marsé soñó con
Teresa una última
tarde de perros.

Escena costumbrista

Chica de muslos
tersos en monopatín.
Mi perro ladra.

Puta mascarilla necesaria

Las orejas ya
pican, nariz se atasca,
la boca duele.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

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Cultura

No dejemos de hablar: la entrevista como arte

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/ una reseña de José Luis Zerón Huguet /

Hay buenos libros de entrevistas literarias que me han hecho disfrutar, y por poner algunos ejemplos mencionaré Los hombres y los días de Alfonso Camín, las entrevistas del poeta venezolano Rafael Cadenas, el volumen Don de lenguas: entrevistas literarias, de Jordi Doce, 16 entrevistas de Jorge Hardmeier o los volúmenes de diálogos literarios de Esther Peñas. Y, por supuesto, también hay grandes escritores y periodistas que han basado su obra en la entrevista literaria. Estoy pensando en Elena Poniatovska, la Premio Nobel Svetlana Alexiévich, Rosa Montero o Gabriel García Márquez. Pero la entrevista literaria, no ha sido asumida por la crítica y se la considera como un subgénero de poca importancia relegado a los periódicos, los blogs y los medios audiovisuales, de modo que pocos editores se atreven a publicar libros dedicados exclusivamente a este formato híbrido entre el texto periodístico, el ensayo y la creación literaria.

El escritor peruano Julio Ortega dice en su artículo «De la entrevista como una de las bellas artes»:

«He sostenido que la entrevista literaria es un género literario, y para demostrarlo basta repasar las características que le dan ese rango: presupone un escenario del habla que no se confunde con ningún otro; sugiere un guion de personas y personajes en acción comunicativa; y, sobre todo, se hace leer en su peculiar protocolo, esto es, pasando del lenguaje a la convención de un diálogo. Por lo mismo, la entrevista literaria tiene las otras conductas discursivas propias de un género: colinda con otros géneros, en primer lugar con el periodismo; disputa las nociones de la actualidad porque está hecha para establecer los hechos y sostener las opiniones, y configura su propio archivo de referencias siendo como es una memoria del presente cambiante»

Yo no voy a polemizar sobre este asunto. No sé si la entrevista literaria es un género o un subgénero literario, si trasciende lo meramente periodístico o informativo y llega a alcanzar una categoría creativa; lo que sí sé es que me fascinan las entrevistas literarias que están elaboradas con entusiasmo, inteligencia y profundidad, sobre todo cuando el entrevistado (o la entrevistada) es uno de esos escritores accesibles que valoran la dimensión de una conversación bien planteada y se entregan al diálogo.

Por eso mismo valoro No dejemos de hablar, libro de entrevistas de Ada Soriano a 19 poetas, y el que Juanjo Martín Ramos haya apostado por él incorporándolo al catálogo de Polibea.

Mi trabajo como periodista durante varios años de mi juventud me obligó a realizar muchas entrevistas, algunas meramente periodísticas y unas cuantas literarias, y desde entonces hasta hoy he seguido practicando ocasionalmente este género o subgénero. Es por eso que sé lo mucho que cuesta elaborar una buena entrevista. Y más difícil todavía realizar una buena entrevista literaria. Supone un arduo ejercicio de documentación y una gran capacidad de síntesis; también de saber estar. Y por supuesto, la complicidad y la buena disposición del entrevistado. Sé lo que le ha costado a Ada elaborar estas entrevistas reunidas en el libro que reseño (anteriormente publicadas en el diario digital Mundiario y en el blog «Frutos del tiempo») porque he sido testigo privilegiado del proceso de elaboración de las mismas, he entrado en su cocina literaria de Ada, he visto cómo las trabajaba, y sé las horas que les ha dedicado. Yo mismo he sido protagonista de una de ellas, y creo sinceramente que es una de las mejores entrevistas que me han hecho.

Pero yo calificaría las 19 entrevistas a poetas (diez hombres y nueve mujeres) reunidas en este libro como diálogos, ya que no siempre la autora interroga, pocas veces interpela y a menudo sugiere, opina y abre vías de complicidad para que el entrevistado se sienta cómodo y no rehúya el ejercicio dialéctico. Yo entiendo la entrevista literaria no tanto como plática, conversación o charla entre dos o más personas, sino como diálogo a la manera como lo entendían los griegos de la antigüedad, es decir, al proceso de conocimiento mediante la palabra. Y estas entrevistas, estos diálogos, rezuman mucho conocimiento a través de la palabra. Logos («palabra») se relaciona con la raíz indoeuropea leg, presente en palabras como elegir, elegante e inteligencia, tres de los atributos que podemos destacar de este libro. Hablo de la capacidad de Ada para elegir a los entrevistados, y de su inteligencia y elegancia para plantear las introducciones y las preguntas o cuestiones.

Fotografía del acto de presentación del libro

Si alguien pretende encontrar en este libro chismorreos, trivialidades más o menos ingeniosas, polémicas morbosas o alardeo de pirotecnia irónica le recomiendo que no lo lea. Aquí se habla principalmente de literatura en general y de poesía en particular, y también de las constantes vitales de cada uno de los entrevistados y entrevistadas. Ada crea un clima de complicidad con los 19 escogidos. Con todos ellos. Incluso con aquellos con los que no mantenía amistad, ni siquiera algún tipo de relación cordial antes de que aceptaran ser entrevistados. Su forma de dialogar es cálida, profunda y sutil, con una fusión acertada de preguntas que pueden parecer tópicas o previsibles y otras complejas

Pero cuando Ada hace preguntas o plantea cuestiones profundas y dificultosas, lo hace sin atisbo alguno de pedantería, de ahí como decía, la sagacidad y la elegancia con que están planteadas sus entrevistas. También me parecen destacadas las introducciones, mediante la cuales, de manera irremediablemente esquemática pero eficaz, la autora ofrece unas pinceladas biográficas de los poetas entrevistados y añade una opinión siempre emotiva, penetrante y veraz de la obra de cada uno de ellos, especialmente del último libro que han publicado.

Como colofón a cada entrevista se reproduce un poema del autor o la autora seleccionados, una feliz idea del editor, que le otorga al libro categoría de antología poética.

Destaco, sobre todo, la inteligencia de Ada para escoger sus 19 poetas. Ha rehusado entrevistar a autores consagrados, habituales en los suplementos culturales, aquellos que destacan en el llamado canon literario de la poesía española. Con buen criterio literario, rechaza Ada en sus entrevistas el formato solemne y consagratorio y asimismo evita una lista endogámica en la que solo cupieran sus amigos más cercanos.

Su selección reúne a poetas de distintas generaciones, en su mayoría reconocidos, prestigiosos, con una trayectoria dilatada pero no necesariamente mediáticos, o al menos no siempre, como pueden ser Alberto Javier Cebrián, Alberto Chessa, Antonio Enrique, Jose Luis Ferris, Ilia Galán, Rafael González Serrano, Marina Oroza, María Antonia Ortega, Esther Peñas, Marisol Sánchez Gómez, María Engracia Sigüenza Pacheco y Rosario Troncoso. Y a este grupo se une una poeta de amplia y excelente trayectoria secreta como es Almudena Urbina; más otras dos que han publicado un solo libro (ya están preparando el segundo): me refiero a Cleofé Campuzano y María Ángeles Manzano Romera.

Y Ada tampoco olvida a algunos de sus amigos y colegas oriolanos, aquellos que publicaron libro cuando ella empezó a realizar sus entrevistas: Hablo de Manuel García Pérez, José María Piñeiro, José Manuel Ramón, la mencionada M.ª Engracia Sigüenza y quien esto escribe.

Unos son más poetas que escritores, pues se dedican casi exclusivamente a la poesía; otros son polifacéticos, y algunos hasta son editores, pero todos han escrito y publicado poesía. Solo hay una excepción: Marisol Sánchez Gómez, que no ha escrito poesía (aunque ¿no son verdaderos poemas en prosa algunos de sus textos breves?), si bien el motivo de su entrevista es su labor como coeditora de la antología Del alma a la boca: trece poetas madrileñas (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Unos poetas se extienden en sus respuestas y son más abarcadores; otros son sintéticos y responden con respuestas breves y contundentes. Ada no ha puesto un límite de extensión a sus entrevistas, y permite así que los autores y autoras que lo deseen puedan explayarse. Hay líneas de confluencia y de alejamiento entre los 19 poetas, digamos que es un conjunto heterogéneo pero no discordante, algo así como el vuelo de las abejas o el de algunos pájaros como los estorninos: muchos vuelos y un solo enjambre, o una sola bandada. Lo que une a los 19, en mi opinión (y creo que es una condición sine qua non de Ada Soriano a la hora de plantear sus entrevistas) es su compromiso radical con la poesía. Son poetas que viven su vocación poética sin tapujos, como la vive Ada. Todos están convencidos de la importancia y la trascendencia de la poesía. De ahí que en la nota de la contraportada escriba acertadamente Juanjo Martín Ramos:

«En definitiva, siendo este un libro de entrevistas, podemos también  argumentar que es, al mismo tiempo, una obra personal de la propia Ada Soriano, en la medida en que los autores seleccionados, los cuestionarios que cada uno de ellos le han suscitado y las respuestas, que encontrará el lector en este libro, operan igualmente a modo de una gran poética, suma de las que cada poeta ofrece de sus respectivas obras, y son la clave del ser poético, del oficio de vivir, del oficio de escribir, de leer y de pensar de Ada Soriano, que el lector podrá ahora discernir e indagar, con mayor sentido, en las entregas literarias que la autora ha hecho hasta la fecha».

Por último, solo me queda destacar el título: ese imperativo negativo que implica un deseo y un ruego y nos transmite esperanza: No dejemos de hablar; un título precioso. No dejemos de hablar. Que así sea.

[EN PORTADA: Ada Soriano]


No dejemos de hablar: entrevistas a 19 poetas
Ada Soriano
Polibea, 2018
268 páginas
15 euros

José Luis Zerón Huguet, nacido en Orihuela el 28 de octubre de 1965, fue cofundador y codirector de la revista de creación Empireuma y desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas (Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano [Empireuma, 1987], y Alimentando lluvias [Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997]) y los libros Solumbre (Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018). Ha sido incluido en varias antologías y colabora con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado. En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

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Cultura

Narrativa, cultura y deconstrucción: la democratización de la cultura como última revolución frustrada

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/ por Adrián Salcedo Toca /

En este artículo ensayístico trataremos de entender la fase en la que se encuentra actualmente la llamada democratización de la cultura, esto es, el acceso ordenado y libre a los elementos de conocimiento y de desarrollo de las ideas, las artes y las ciencias humanas, y asumiéndola también como la posibilidad, si existe, de que nuestras creaciones artísticas o intelectuales (si bien en determinadas ocasiones pueden ser el mismo) formen parte del ecosistema cultural disponible y accesible.

Desde hace algún tiempo hemos presenciado, tanto en un sentido tecnológico como de ideas, un gran cambio en la producción y el acceso a la cultura. El impulsor es, casi en su totalidad, Internet como concepto. Esta forma peculiar de nuevo tipo para la comunicación entre humanos, que es la que vivimos día a día irremediablemente, tiene como característica principal la inmediatez, tanto con respecto a la publicación del contenido cultural como en su consumo o recepción; cuestión que es primordial en el análisis que nos concierne, ya que se prevé (y así está sucediendo) que este fenómeno transforme completamente al sujeto que emite y recibe cultura, así como también cambie la cultura en sí misma, convirtiéndola a su vez en objeto mediato de los cambios.

Cualquiera podría pensar, en calidad de espectador, que Internet, tecnológicamente hablando, ha desplazado, está desplazando o acabará por desplazar todos los hasta ahora canales de comunicación culturales entendidos como clásicos (libros, cuadros de pintura, espectáculos, etcétera) a medida que avanza y se desarrolla cada vez más, pasa el tiempo y los ordenadores mutan y se amplían a sí mismos. Y, en cierto modo, esto podría ser cierto (Sassoon, 2006). Pero los cambios no sólo han llegado en forma física, sino que también se han producido en el campo de las ideas. Desde las ciencias sociales, se han categorizado y conceptualizado nuevos términos con la intención de extraer de la realidad la máxima información. Contrariamente, el estudio de Internet como fenómeno cultural todavía es, de alguna manera, superficial.

Como digo, los cambios se han articulado en varias dimensiones, afectando el sujeto, al objeto, y, por supuesto, a la relación mediata con la que estos dos factores interactúan. Asimismo, el debate sobre la cultura y su democratización rompe con la tendencia homogeneizadora de la opinión que se arrastra desde tiempo atrás. Por supuesto, este tiempo atrás se sitúa no muchos años antes de la caída del Muro de Berlín y de los regímenes del Este. Todos ellos, socialistas o populares, abogados defensores del materialismo dialéctico, cayeron por sus propias contradicciones internas, sin necesidad de que sus enemigos externos ejercieran una acción decisiva. Esto no quiere decir que, evidentemente, aquellos elementos y factores internos que provocaron el deceso de los Estados populares y socialistas no estuvieran, de alguna manera, ligados a los elementos y factores externos. Sencillamente, los regímenes comunistas se derrumbaron por su propio pie, con el protagonismo de agentes nacidos, crecidos y culturizados en sus países de origen.

Si hoy hablamos de lo que significó para las ciencias sociales la derrota del materialismo dialéctico, estaremos hablando realmente de la victoria sutil de aquellos autores, pensamientos y acciones que habían sido derrotados antaño por la teoría y la práctica socialistas. La caída del Muro de Berlín fue una victoria política del capitalismo, pero también una victoria teórica tácita; no le hizo falta justificarse, explicarse a sí mismo o autocriticarse. Para él, se dieron las circunstancias idóneas que le permitían ocupar todas las posiciones que había dejado vacías la derrota (más bien el hundimiento) total del comunismo.

De forma previa y también coetánea, sucedían por el mundo varias revoluciones que llamaban a cambios profundos en las sociedades. A los avances tecnológicos se les sumaban también tiempos convulsos (Fontana y Làzaro, 2013). De hecho, si hablamos de las revueltas que se dieron en los países capitalistas, figuras relacionadas con el comunismo acabaron, para mantener posiciones de reforma y de freno a la radicalidad, manteniendo a su vez posturas y opiniones de apertura de mercado en el caso de los países socialistas (Fontana y Làzaro, 2013). Todas estas revueltas, en la práctica, terminaron reforzando los regímenes de mercado y también la caída de los que hasta ese momento se decían revolucionarios. Todas, pues, fueron revoluciones fallidas.

La intención de este artículo es la de averiguar hasta qué punto el novedoso canal de cultura y comunicación llamado Internet, junto con las teorías sociales aparejadas y sus resultados, han desembocado en otra revolución fallida más.

Internet es la fase cualitativamente superior de la cultura, en primera instancia, porque emula su misma estructura (Sassoon, 2006). Basada en redes a escala cibernética con interacción inmediata entre los actores que agitan y accionan sus propios mecanismos, es el proceso de asimilación del conocimiento no adquirido por la propia práctica individual a un nivel de sistematización muy superior a la que aspiraba el ser humano en el momento histórico previo a la aparición de este fenómeno tecnológico.

Es por eso por lo que la red conocida como Internet pretende llenar el vacío que la antigua forma de cultura dejaba siempre vacío, es decir, que es posible que acabe por destruir al individuo como agente pasivo receptor del conocimiento general, estando con ello llamado a ser el Prometeo que convierta al ser humano en un elemento activo dentro de la producción y el consumo de cultura. Las redes tienen el potencial para generalizar la cultura a toda la humanidad, dando libre acceso y sin restricciones a las personas, al tiempo que la convierte en un ejercicio colectivo en el que toman parte activa todos los individuos pertenecientes a la sociedad.

Hasta ahora, sólo en los momentos en que tal cosa ha sucedido o se ha visto en conato de suceder es cuando lo que ha cambiado, en términos artísticos, ha sido el contenido y no simplemente la forma. Los pueblos, participando plenamente en la producción literaria, estética o científica, han hecho suya esta actividad y la han dotado de contenidos novísimos, retroalimentándola al tiempo que se han creado obras hasta ahora no vistas desembocando en la culturización total del pueblo. En momentos así parecería que ya no sólo los medios de producción material, sino también los espirituales, podrían ser de propiedad universal.

Los artistas más avanzados en el terreno artístico y literario han empeñado sus fuerzas en un intento constante por transformar las costuras de la vida cultural, pensando que ésta sería la auténtica vía que nos acercaría a la riqueza estética de las cosas (Molas, 1995). Así pues, el futurismo, que fue italiano, pero también fue catalán (véase Salvat-Papasseit), y luego sus sucesores (dadaísmo, cubismo, surrealismo, situacionismo, etcétera), dieron pasos agigantados en la tarea de resituar el foco, llevándolo así a los lugares más profundos para poder continuar la labor creadora de forma original y sin repeticiones vulgares o copias de otras obras. El collage, por muy ejemplo tonto que sea, es una muestra más de las técnicas estéticas que antes existían como blasfemia y ahora sólo son una más y de las más usadas. 

Pues bien, Internet es, únicamente, un grado más en la misma dirección tomada por el vanguardismo. No es un epifenómeno o un mero escenario donde pasan cosas. Internet es, en sí mismo, un elemento cualitativo diferenciado. Las artes, las ciencias y el resto de los elementos culturales ven posible, tal vez como irreversible, formar parte verdaderamente integradora del ser humano. Para conseguirlo, se han superado las limitaciones de otras reacciones vanguardistas en materia de escala de producción y consumo. Éste es, pues, el mayor experimento vanguardista desde el futurismo de Marinetti, Maiakovski o Salvat-Papasseit, cubriendo mucho más de lo que aquél pudo teorizar (Molas, 1995).

El límite de las corrientes vanguardistas en la cultura no era sólo la imposibilidad de ser creativo bajo términos originales en los tiempos en que estamos, sino, sencillamente, que esta tarea, para lograr su objetivo, pertenecía a una maquinaria social de mucha mayor magnitud, más que a una corriente o un movimiento social. Ahora bien, es cierto que internet emergió dentro del desarrollo intrínseco de las fuerzas productivas del capitalismo internacional y no por voluntad concreta de un grupo de personas, lo cual es un hecho diferencial de importancia. Como sabemos, el capitalismo, en su seno, lleva gérmenes muertos de sistemas pasados, ​​pero también organismos vivos de organizaciones sociales del futuro.

Las redes, en su desarrollo, han partido de estas limitaciones que ya emergieron durante la práctica vanguardista, desarrollada siempre por grupos minoritarios y sin posibilidad de masificación. Internet, como hecho cualitativo especial y como base de posibilidad para la verdadera integración de la cultura en la vida humana, no fue, lógicamente, concebido como vía de expresión estética o científica. De hecho, ni siquiera se pensó para tal cosa (Sassoon, 2006), aunque haya acabado por ser el elemento que englobaba (y así sigue siendo) todas las formas de expresión del comportamiento y el pensamiento social.

Hoy por hoy, Internet es sólo entendido como un canal de comunicación, pero aún están por explotar sus potencialidades, a la vez como código, dependiendo del uso a que sea sometido. En este sentido, Internet cumple la máxima cubista de la aceleración de la realidad en el espíritu (Molas, 1995). Es más, esta definición se avendría a ella con más estrechez que con el propio cubismo.

El desarrollo de Internet se ve afectado actualmente por dos factores de importancia: primero, por la nueva forma de comunicar que empieza a imperar en nuestros días, con la metodología storytelling por delante; segundo, por el esfuerzo de Internet para expresarse en términos reales, para buscar la realidad allí donde ésta se encuentra, en vez de transformar su contenido. Toda la obsesión de los agentes activos en Internet, hasta ahora, ha sido la de llenar de información todas las plataformas y expresar la realidad a través de los múltiples canales transmedia que se van creando, con productos audiovisuales, portales de noticias, redes sociales, etcétera. Es, de nuevo, una forma más de contar algo, que supera con mucho al resto, pero que sigue siendo simplemente y sólo una forma.

La avenencia clara entre Internet y la cultura acaba cristalizando. Todo lo que ha sentido y sufrido la cultura desde que existe lo ha sentido y sufrido Internet en un lapso de tiempo mucho más corto y con mucha más intensidad. Además, Internet es hoy un almacén de cultura mucho más eficiente y ordenado que la existencia per se de millones de libros, películas, estudios, catalogados y descatalogados, vagando por el mundo sin posibilidad de ser alcanzados ni por azar ni por búsqueda intencionada.

Portal de Wikipedia en español

Internet es como un gran conjunto de almacenes. Sin embargo, estos han generado además una forma física real. Como decía, están los muchos paquetes de información que se cruzan a cada milisegundo transportando datos en la red y, más allá de eso, existen también almacenes como los de Amazon en los que hace tiempo que ocurren particularidades dignas de mención.

En el caso de la producción de libros, por ejemplo, ya no existe la necesidad de hacer tiradas y luego venderlas sin conocer cuál será su recepción en el mercado (Sassoon, 2006). Ahora, el hecho de producir libros por pedido, a gran escala, abarata costes. Con las facilidades a tiempo real que reporta Internet es mucho más eficiente hacer realidad los sueños toyotistas (Sassoon, 2006).

Por lo pronto, esto es algo a lo que las pequeñas empresas, en el mismo caso de los libros, no pueden aspirar. A ellas, que producen a pequeña escala, la curva de costes y beneficios no les funciona tan bien. Este sistema de stock usado para Amazon sirve estrictamente bajo demanda, ofreciendo al productor la posibilidad de usar este mecanismo sin que se produzcan pérdidas; mecanismo que, dicho sea de paso, no estaba presente desde un buen inicio con la instauración de Internet, pero que sí que ha ido desarrollándose por los mismos factores intrínsecos que se dan de la misma manera que ya habíamos mencionado y que tienen que ver con la inmediatez.

Respecto a las teorías surgidas a la luz del advenimiento de las redes, es imposible no ponerse a analizar aquella famosa consigna de la sociedad del conocimiento. Este concepto es descriptivo de la noción de que, en los tiempos que corren, el conocimiento y su transmisión mediante la tecnología ha adquirido una posición tan relevante en las sociedades que es incluso superior a la que puedan tener los diferentes niveles de la industria (primaria, secundaria, etcétera). Esta teoría transforma el significado del conocimiento reduciéndolo a información, es decir, a un acto pasivo de recepción de datos (Vega Cantor, 2012). La denominada sociedad del conocimiento enviaría al traste aquellos avances más importantes y esenciales de Internet desde Internet mismo, devolviendo al productor y al consumidor a su estado más primitivo.

La importancia de la participación activa de los individuos en la vida cultural radica en el hecho de que no parece que el tipo pasivo implique poder de gestión o de decisión, sino únicamente de influencia, reduciendo la capacidad humana a la animal (Vega Cantor, 2012). Además, el conocimiento es una actividad consciente de transformación de la realidad. Sólo modificando las cosas se conocen sus atributos, sus propiedades y la forma en que estos factores interactúan con el resto de fenómenos y objetos (Politzer, 2004). La cultura no está conformada únicamente por datos, sino que también parte de la creación. Sólo con el intercambio de información esta cultura queda coja, ya que le falta un motor. La pregunta es: ¿quién crea, ahora, la información? Aquellos elementos carentes de estructura y sometidos a la pasividad serán dominados por los que tengan hoy iniciativa.

Por supuesto, la sociedad es totalmente permeable a todo tipo de comportamientos y actitudes surgidas de los nuevos cambios producidos con el advenimiento, desarrollo y establecimiento de Internet. Esto no es únicamente debido a que gran parte del contacto entre personas transcurre en el mundo virtual, sino también por lo que ocurre fuera de este ámbito, es decir, en lo que llamamos vida real. La inmediatez y el consumo pasivo de relaciones personales sin necesidad de que los sujetos involucrados produzcan interacciones activas está extendiendo algo que, previamente a Internet, parecía ser un fenómeno casi exclusivo de la relación entre las personas y las cosas, o si me lo permiten, entre patrones y trabajadores.

La gestión individual y activa de las emociones es algo que empieza a estar también en entredicho. Fenómenos como la progresiva instagramización de la vida virtual suponen que, casi sin prestarle atención, nuestras emociones sean moldeadas a base de narrativas impactantes hechas para que nos identifiquemos inconscientemente con el personaje de la historia contada. Lo que antes sucedía en el cine, los libros y los teatros ahora pasa constantemente bajo el consumo diario de Internet, gracias a la aparición de los móviles inteligentes. Por otra parte, el exceso y la sobreexposición a la dopamina que padecemos diariamente bajo la inmediatez a la que nos tiene acostumbrados Internet es otra forma antidemocrática de control de los estados de ánimo (Rodríguez-Gaona, 2019). Además, la existencia de redes sociales donde compartir circunstancias emocionales, recibiendo feedback y atención instantáneamente, retroalimenta las necesidades y los vicios desarrollados a lo largo de nuestra vida virtual a corto y largo plazo.

El uso de la dramática aristotélica para el control de los estados de ánimo es una extensión general de las tácticas de los empresarios para fomentar el aumento de la productividad de los trabajadores en las empresas, así como su alineación a los intereses de los patrones a través de la identificación emocional (VVAA, 1999). Era cuestión de tiempo que la situación diera un salto a un estadio generalizado. Así pues, el advenimiento de Internet puso las bases para, efectivamente, utilizando las redes como transportadoras de información y recepción pasiva, difundir narrativas masivamente, logrando dos resultados complementarios: el primero, relacionado con la inducción de trastornos mentales derivados del exceso de dopamina prolongado y los cambios emocionales constantes, sumado a la incapacidad para soportar una vida social común; el segundo, la homogeneización y simplificación de las emociones y los comportamientos, viciados según la estructura descrita de la vida virtual, que no aplica de la misma forma a la vida real.

La base material de ello es la homogeneización y simplificación de los productos culturales, que tiene como resultado el desplazamiento de la originalidad y la calidad por la afinidad emocional (Rodríguez-Gaona, 2019). Este suceso es grave, ya que suprime la pluralidad de obra cultural e instaura de forma tácita un canon poderoso, y no reglado de forma explícita, que se sustenta en todo tipo de interacciones llevadas a cabo de forma inconsciente. Con ello, aquel movimiento fundado por Bertolt Brecht (1973) con el objetivo de combatir el drama aristotélico en los teatros podría ahora verse extendido al conjunto de las acciones humanas, dada la invasión de la intimidad a la que las sociedades se están viendo sometidas.

Lejos quedan las luchas culturales, hoy tan de moda entre el progresismo kitsch, que arrojan a los movimientos sociales a la esterilidad mientras dejan entrever que todo aquel pensamiento que sea soportado por el sistema en realidad lo refuerza. El combate contra la identificación emocional involuntaria, que sucede bajo unos intereses muy concretos, se torna en una lucha contra una forma de organización social concreta (la capitalista), que es la que determina los problemas que someten hoy en día los individuos (Brecht, 1973).

Siguiendo este hilo, y como es lógico, la problemática descrita se reproduce con total normalidad y coherencia interna en los movimientos sociales. Los individuos principalmente afectados son las mujeres, que se convierten en blanco, bajo presupuestos ideológicos pretendidamente alternativos, del papel absolutista que impone la emotividad por encima de la racionalidad, atribuida históricamente a los hombres, desplazando cada vez más el estudio de su realidad especifica hacia los márgenes y situando la práctica de la emocionalidad en el centro de su actividad política. Así, instituyen al género femenino como hiperbólicamente emocional, traumático y falto de toda racionalidad.

En la misma dirección, la vía de la identificación emocional como forma única a través de la cual sentir emociones es problemática, ya que puede inducir al individuo a un estado de confusión mental en el que ya no tenga claro qué es lo que está sintiendo él, por él mismo, y que está sintiendo por mera suplantación de personajes dentro de su mente, ya sea por recuerdos, por consumo de productos musicales o audiovisuales, por situaciones de interacción virtual y social, etcétera.

La fusión de la vida en sus dos ámbitos (real y virtual) en la red provoca la deformación de los comportamientos sociales, ya que se trasladan fácilmente cuestiones funcionalmente incompatibles de la una a la otra. No todas las acciones de un individuo deben estar únicamente motivadas emocionalmente, de hecho, también pueden ser activadas a través del raciocinio propio o ajeno. Separar y dar supremacía a la emotividad por encima de la razón es otra forma de suprimir capacidades para con el ser humano; capacidades como la de la asimilación o la sumisión.

Muro de Facebook

Aquellos autores que se encargan de elaborar productos culturales del tipo descrito en anteriores párrafos lo hacen también bajo una desconexión casi total con el medio social al que, de alguna manera u otra, pertenecen (Plejanov, 1975). Algunos no son capaces de realizar una obra literaria que tenga por calidad principal, aunque sea de forma sutil, la crítica de la vida social, es decir, de la realidad que todos vivimos con mayor o menor presencia, con todas las vicisitudes, propiedades y atributos. La esencia de su trayectoria se compone de un abuso del yo y de las tensiones estéticas que esto produce en la vida del autor. Y aunque en ocasiones puedan mostrar cierta retórica antisistema, lo cierto es que no consiguen abandonar este vicio esteticista tan suyo ni, por supuesto, dejar de aprovecharse de los problemas emocionales de la población para la venta de sus obras. Lo cual plantea que no se puede eliminar un problema si al mismo tiempo se fomenta este mismo problema.

Con la cuestión del inmediatismo y la pasividad se vuelve al individuo a su posición clásica de consumo de la información y la cultura. No es casual que los que habían logrado éxitos durante los años joviales de Internet ahora quieran recuperar todo lo que había quedado desplazado hacia los márgenes. La homogeneización y simplificación del producto ha llegado a tal nivel que estos autores no sólo requieren de la monopolización de más nichos de mercado (los pasados, los presentes y los futuros), sino que necesitan del uso de lo que queda del régimen de comunicación cultural antiguo para que finalmente no se produzcan los cambios completos que Internet debería llevar; cambios que tienen que ver, en realidad, con la totalidad de la organización de una sociedad.

La simplificación emocional que recae encima de los individuos viene de la posibilidad que tienen estos autores de no realizar ningún tipo de ejercicio creativo cuando elaboran sus obras y sus pensamientos, sino que simplemente trasladan a una cuenta de alguna red social en formato de verso lo que antes sucedía en las revistas del corazón.

Por lo que sabemos, en otros países, el fenómeno de los autores publicitarios también está en ascenso de una manera similar a como ocurre en España (Rodríguez-Gaona, 2019). Esto no es de extrañar, ya que el capitalismo es un fenómeno económico internacional. Todos los Estados caracterizados por este modo de producción comparten unas generalidades y luego expresan su propio carácter a través de particularidades diversas. Así, hay algunos, como apunta Sassoon (2006), donde la provisión de Internet aún no se ha extendido en la mayoría de capas de la población ni, por ende, ninguno de los fenómenos derivados que hoy vemos en otras sociedades.

La homogeneización del producto es también y sobre todo un fenómeno mercantil, es decir, hace que la distribución de la mercancía sea relativamente amplia ya que se torna reconocible, de fácil publicidad y generalizable a segmentos de población diferentes entre sí. De este modo, el acceso a estos productos es fruto no de sus propiedades racionales, sino, de nuevo, de la capacidad de identificación emocional que tenga cada uno con lo que lee, ve o siente (Rodríguez-Gaona, 2019). Este tipo de cultura, pues, en vez de enriquecer, empobrece. Además, resta en contenido e inclusividad porque padece de déficit democrático dado el ámbito en el que se desarrolla. Seguidamente lo veremos.

Con estos hechos resultantes de la vida mercantil, tenemos como consecuencia directa la monopolización del capital que introduce y gestiona la mercancía cultural dentro del mercado. Y, pues, lo que parecía ser una descentralización de la cultura (acceso libre y general, oportunidad de participación activa, etcétera), en realidad se convierte en recentralización (Rodríguez-Gaona, 2019) en pocas manos debido a que las instituciones clásicas de la producción cultural acaban volviendo a ser, finalmente, las mejores herramientas para controlar el mercado, esta vez, a través y en provecho de Internet, donde se divisa el choque entre lo que aporta en sentido positivo y lo que no puede impedir, por ahora, que suceda precisamente por sustentarse en régimen de propiedad privada. Es esta la última clave de la vuelta al antiguo régimen cultural, que nunca dejó de ser régimen cultural a secas.

La información que nos llega y que asimilamos de forma pasiva a través de internet como forma de cultura de nuevo tipo es una muy concreta, perfilada y controlada, sin oportunidad, al menos, de cambiarlo por vías democráticas, ya que formalmente las instituciones culturales no están sujetas a protocolos de este tipo. Son corporaciones privadas o asociaciones del mismo carácter. El acceso a la información es dudoso, ya que no accedemos a nada en concreto, sino que recibimos involuntariamente y de forma masiva todo tipo de contenidos.

Así pues, vemos como Internet penetra cada vez más en todo tipo de capas individuales y sociales (Sassoon, 2006), pero no así la participación, la cultura, la producción cultural y el acceso a la cultura. Los mecanismos para influir en estas categorías escapan a todo tipo de vida democrática y un autor queda relegado a las oportunidades que le llegan a través de la convocatoria de premios culturales de cualquier género, donde los jurados están conformados por miembros de editoriales y otras instituciones clásicas centralizadoras o autores que se han beneficiado de toda esta deriva comentada (Rodríguez-Gaona, 2019).

En este sentido, no parece que los premios sean una vía suficiente para agitar culturalmente una sociedad. La oportunidad del stock barato bajo demanda de Amazon se vuelve un mero espejismo, ya que el autor novel que se edita a sí mismo no goza de la distribución y la publicidad que ofrecen las instituciones clásicas. Su obra se convierte en otro paquete de información vagando por Internet aspirando a que alguien lo encuentre, fortuitamente y al azar, fruto de este círculo perverso en el que lo que no valía nada sigue sin valer nada.

El ascenso de los que pudieron aprovechar los primeros pasos dados por la red anima a miles de autores a seguir la misma estela sin obtener los mismos resultados (Rodríguez-Gaona, 2019). La puerta a nuevos productores no parece cerrada, pero sí mantiene cierta dificultad a ser abierta al colectivo general. Como he expresado más arriba, la defensa de las parcelas de mercado encarna mucha más importancia en esta situación.

La práctica de los autores publicitarios y también los negocios que influyen emocionalmente e invaden la intimidad de la sociedad está basada en los desarrollos teóricos más recientes y ulteriores en teoría social, en la mayor parte de los casos. Luego, el fenómeno se extiende por inercia, mediante la influencia consecuencial de los impulsores iniciales.

Las últimas sacudidas en doctrina histórica vienen del lado de aquellos teóricos que han restado importancia a los grandes relatos, en un primer momento, y para aquellos que, además, han dado preeminencia a las microhistorias, con énfasis no en cómo éstas provocan cambios sino en cómo viven los procesos los individuos que las evocan. Es decir, la mayor parte de la relevancia empírica se lo ha llevado la experiencia de cada persona en el devenir de su vida. (Claret Miranda et. Al., 2017).

Coincidiendo con lo que expresaba al principio, este rumbo ideológico, parte esencial del pensamiento posmoderno (descriptivamente, posterior a la modernidad) coincide con la caída del Muro de Berlín y la conclusión general de que los grandes sistemas han fallado, extendiéndose a las respectivas teorías que los sustentan o sustentaban (Claret Miranda et. al. 2017a). Sin embargo, en la actualidad, la connivencia con la que la mayor parte de estas corrientes se han mostrado a favor del modo de producción capitalista induce a pensar que se referían a que lo que realmente ha terminado no son los grandes relatos, sino en concreto el marxista. Y, de alguna manera, tenían razón.

La revolución posmoderna es otra revolución frustrada que podríamos añadir a la larga lista enumerada por Fontana (2013). El foco en las experiencias individuales como modelo empírico para el estudio de la historia, hecho a través del contenido de los significantes y del lenguaje en sí mismo (Claret Miranda, 2017), ha dado paso a reflexiones que entienden que, si podemos estudiar las experiencias de los individuos, es que también las podemos —y las debemos— transformar.

Siendo gerente de una empresa, uno se asegura que pueden matarse dos pájaros de un tiro: por un lado, se puede anular toda capacidad racional mediante un bombardeo emocional constante en el tiempo, despertando (cuando sea necesario) la actividad del empleado únicamente por medios emocionales y con intenciones productivas; por otra parte, con esta narrativa emocional uno puede conseguir alinear el trabajador con los intereses de la corporación.

Con el uso general de esta metodología, se extiende algo puramente académico a la práctica de las empresas privadas y públicas. Se consigue precisamente abrumar, excitar y dirigir a las personas partiendo de una cultura creada con la misma estructura y fondos que una campaña de marketing. Internet ha mostrado, como elemento cultural superior, que todo lo que tiene de antidemocrático puede aplicarse dentro de la empresa privada y, por extensión y reproducción, también fuera. Cada uno de los negocios desarrolla una cultura propia y diferenciada del resto que hace sentir al empleado parte de un todo, con estímulos inmediatos de pertenencia expresados ​​a través de infografías colgadas en las paredes del lugar de trabajo, correos electrónicos con una narrativa concreta, vídeos, fiestas de fin de año, etcétera.

Las consultoras, como organizaciones para la transformación y adaptación de los negocios privados a los cambios externos, se están convirtiendo en las editoriales (si se me permite la metáfora) del mundo de las grandes empresas, y éstas, en las editoriales de la sociedad. Las consultorías han convertido la institución clásica que hasta ahora no eran. Se encargan de crear sociedades de la información en cada corporación. No son casuales, de hecho, las nuevas narrativas y transformaciones culturales que las grandes empresas están llevando a cabo en su seno, sino que parten, también, del ascenso del mundo de la consultoría. Esto convierte el negocio del consultor en el monopolio del monopolio.

Así pues, todo este movimiento y esta complejidad que ha ganado Internet como nueva cultura no ha sido nada sencillo ni puede considerarse flor de una sola noche. Ha sido necesario que todas las contradicciones que contiene como nuevo sistema cultural humano se desarrollen hasta el extremo y muestren el más mínimo detalle de su condición, impregnando, como no podía ser de otra manera, el resto de aspectos materiales e inmateriales que rigen una sociedad. Del mismo modo, por ejemplo, que lo haría otra institución social como podría ser la familia.

Brecht, B. (1973): El compromiso en literatura y arte, Barcelona: Península, 1973.

Claret Miranda, J.; López Esteve, M.; Fuster Sobrepere, J. (2017): «Introducción a la historia de la cultura contemporánea» [en línea].

DDAA. Internacional Situacionista. Volumen 1, Madrid: Literatura gris, 1999.

Fontana y Làzaro, J. (2013): Por el bien del imperio, Barcelona: Pasado & Presente.

Molas, J. (1995): Manifiestos de vanguardia, Barcelona: Ediciones 62.

Politzer, G. (2004): Principios elementales y fundamentales de filosofía, Madrid: Akal.

Rodríguez-Gaona, M. (2019): La lira de las masas, Madrid: Páginas de Espuma.

Sassoon, D. (2006): Cultura: el patrimonio de los europeos, Crítica, 2006.

Vega Cantor, R. (2012): «La «sociedad del conocimiento»: una falacia comercial del capitalismo contemporáneo», Herramienta, 2012.


Adrián Salcedo (Barcelona, 1994) es graduado en ciencias políticas y ciencias de la administración y poeta novel.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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