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La banca mundial no está preparada para la próxima crisis

La banca mundial es uno de esos sectores con luces, sombras, penumbras, e incluso negra oscuridad. Ni todos los bancos son iguales, ni tampoco lo son todos los banqueros, pero lo cierto es que las dosis de poder que acumula el sector sobre el conjunto de las economías mundiales, y en especial en economías fuertemente bancarizadas como la española, es un factor muy a tener en cuenta a la hora de desarrollar regulaciones eficaces, que corten de raíz los posibles desmanes del sector que más control puede ejercer sobre ese dinero que, al final, es como la sangre fluyendo por las venas de la economía.

Pero el dinero llama al dinero, y el poder sobre el dinero (como cualquier otro tipo de poder) llama a ejercerlo, con lo que, si los reguladores y los Bancos Centrales no hacen honor a su fundacional y sistémica función, no duden de que los desastres acaban llegando (a la vista hay casos ya acontecidos), y lo harán en mayor número y en un orden de magnitud muy superior al que sufriríamos si hay regulaciones, y si aquí no se deja imperar la ley de la jungla financiera (pasaremos de puntillas por esa burbuja inmobiliaria que nadie intentó realmente pinchar de forma controlada antes de que fuese catastrófica).

Y ahora que parece que ya tenemos a la vuelta de la esquina la próxima crisis, cuyo frenazo inicial lleva enseñado ya unos meses los dientes. Y aunque realmente puede que ya sea tarde para ello, lo que procede para al menos poder conciliar el sueño en el mientrastanto es preguntarse: ¿Están nuestros bancos preparados para afrontar la próxima crisis? La respuesta la veremos a continuación, pero vayan preparando los somníferos (y preparen también la cartera).


La Banca: ese negocio de bonanzas creditófagas, y crisis de purgatorio

La Banca Mundial No Esta En Absoluto Preparada Para Aguantar El Tipo En La Proxima Crisis En Ciernes 2

Ya les hemos analizado múltiples veces en el pasado lo catastróficamente dañino de las burbujas económicas, que recurrentemente asolan nuestras socioeconomías. Igualmente les hablamos ya en su momento de la estrecha relación entre esas burbujas y el protagonismo del crédito en su peligrosa formación. Y hoy toca hablar ya de nuestros bancos en la coyuntura actual, ésos que sacuden temblores a diestro y siniestro cuando amenazan con venirse abajo, y hoy vamos a tratar de dilucidar si están adecuadamente preparados para las fuertes sacudidas de la próxima crisis.

Y ya no es sólo por cómo algunas ovejas negras recurren a prácticas comerciales inaceptablemente agresivas, recomendaciones de inversión diseñadas para el beneficio propio, o escándalos como las tristemente famosas “preferentes”, cuya única preferencia parecía ser lograr hacerse con un dinero que les venía muy bien. El tema de verdad es que, cuando el desastre es ya mayúsculo, y el tejido financiero nacional amenaza con un roto del tamaño del círculo en la bandera de Japón, entonces sólo “Papá Estado” tiene capacidad y músculo para evitar el cataclismo. Así es cómo las pérdidas se acaban socializando, y las acabamos pagando entre todos los contribuyentes (al menos en tiempo de rescate, porque hay algún caso en el que el reflote a largo plazo permite luego recuperar el importe de la operación de salvamento, a veces incluso con rentabilidad positiva).

Con esta dinamica, el verdadero problema es que el sistema se carcome a sí mismo, porque un sector que sabe perfectamente que puede “liarla parda”, que ya vendrá luego ese citado “Papá Estado” a sacarle las castañas del fuego, indudablemente va a cometer muchos más excesos que si supiese que va a estar responsablemente solo ante sus propios desastres. Y eso por no hablar de la sensación de impunidad que les sobreviene cuando una crisis tan bochornosa como la de las subprime se ha saldado sin apenas responsables entre rejas. Pero todo esto es algo que ya vimos en múltiples lugares no sólo con los multimillonarios rescates llevados a cabo durante la “Gran Recesión”, sino también en España en concreto con la malograda fusión de las cajas, en las cual ya les analizamos lo injustamente que se obligó a las cajas que estaban sanas y que habían hecho sus deberes, a fusionarse con auténticas manzanas requetepodridas, para así disipar un poco el olor a podredumbre.

Bien directa, o bien indirectamente, “Papito Estado” siempre está ahí para que “esos chicos a los que se les ha ido un poco la mano” (digo, la hipoteca) no acaben pagando con su propia quiebra los rotos en los balances bancarios que siempre acaban provocando las quiebras empresariales o personales cuando estallan las devastadoras burbujas de crédito. Si el que la hace la pagase, otro gallo nos cantaría, y tendríamos un sector bancario infinitamente más sano y responsable por voluntad y necesidad propia, en el que además sería el banco mejor gestionado el que más sobreviviría (y se comería al resto) en el mercado.

Pero tenemos lo que tenemos, y resignándonos a ello (sólo como hipótesis de trabajo): ¿Están nuestros bancos preparados para la próxima crisis?

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Asumiendo que poco ha cambiado desde la última crisis a nivel de la ética política, de las prácticas bancarias, y (¿Por qué no decirlo?) de la maldita idea tan arraigada en España de pensar que el dinero de los bancos hay que pedirlo como si no hubiese que devolverlo, la respuesta a la pregunta del titular anterior ya nos podemos ir temiendo que no va a ser muy esperanzadora… Pero igual no es precisamente por lo que imaginan tras las cuestiones clásicas anteriores…

Si al panorama nacional le añadimos un necesario prisma internacional, por el que fue la gran banca mundial la que desató el huracán de la Gran Recesión con el mortífero colapso de Lehman Brothers, y además añadimos la vertiente más personal, por la que lamentablemente siempre va a haber naturalezas humanas muy censurables (las hay en todos lados), pues ya pueden ir adivinando que la que se puede estar montando (otra vez) puede ser “de las gordas”. Pero sin quitar de nuevo nada de hierro a esta otra retahíla de cuestiones, tampoco va a ser aquí donde incidamos ahora al hablar de la poca preparación de la banca…

Para pasar en esta ocasión de las meras hipótesis y de la teoría más clásica a la práctica concreta de la situación actual, con la realidad de los datos por bandera, les saco a colación este inquietante análisis de la reputada consultora del más alto nivel McKinsey, en el que sus analistas literalmente “se mojan”, con el riesgo de enfrentarse a la todopoderosa banca mundial y acabar calados hasta los huesos. Y es que hay cosas en Estados Unidos que todavía funcionan muy bien en muchos casos, y entre ellas está un tejido socioeconómico con muchos profesionales convencidos de la necesidad de un sano rigor económico, de abrazar la econometría más comprometida con el progreso socioeconómico, y de mantener vivo un constructivo afán de crítica (y autocrítica) al más puro estilo “caiga quién caiga”.

Como demostración de algunas de esas cosas que allí hacen mejor que nosotros, les hago notar que en el pasado allí sí que ya se dejó caer a Lehman y que colapsase bajo su propio peso, cuando en otros países los rescates bancarios permitían a las entidades más podridas seguir nadando entre billetes. Personalmente un servidor cree justificado un rescate si (y sólo si) el sistema financiero nacional está realmente en riesgo de colapso total, cosa que no tiene por qué ocurrir siempre. ¿Era éste el caso de Bankia y su rescate? ¿Fue el caso de otras cajas y su fusión “con embudo” con entidades saneadas? Se me hace muy difícil de creer, dado el tamaño relativo de estas entidades en el conjunto del sistema financiero español, aunque es cierto que hay que contar también con su factor potencialmente desestabilizador, por la imagen que proyectan del sistema financiero español en su conjunto ante los mercados internacionales. El riesgo no es otro sino que esos mercados podían secar sus flujos de financiación hacia todo lo que sonase a marca España. Pero tampoco hay que entrar sistemáticamente en “conspiranoias”, porque realmente son tan sólo unos pocos dirigentes, que tuvieron aquella capacidad de decisión en su momento, los que saben el motivo verdadero por el que se tomó una u otra decisión.

Las ventajas de avergonzar preventivamente antes de que sea demasiado tarde, en vez de rescatar paternalmente “a toro pasado” (y embravecido)

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Y ése autocrítico y constructivo afán de progreso económico real, que les decía que a veces demuestran más decididamente al otro lado del Atlántico, ha hecho acto de presencia una vez más, y la valiente McKinsey no ha tenido reparos en concluir públicamente el extremo de que la Banca no está en absoluto preparada para la próxima crisis, según se explica en esta noticia de Bloomberg. Así, sin anestesia ni nada, como debe ser cuando la verdadera intención es que se tomen medidas para evitar (o paliar) la posterior debacle. En otros países este tipo de informes y declaraciones son mucho más ambiguos, y buscan decir las cosas sin decirlas para no ofender a nadie, perdiendo por el camino una parte esencial de su potencial de catarsis.

Entre las “joyas” que suelta McKinsey en este revelador informe, está que por ejemplo en la reputada consultora consideran que es una preocupante mitad de las entidades las que no están preparadas para una crisis, así como que parte de esos males vienen porque no han invertido adecuadamente y a tiempo en I+D. Una de las causas de esta falta flagrante de preparación (no hemos aprendido nada de la Gran Recesión) es que en los últimos tiempos el retorno de sus inversiones no puede mantenerle el ritmo al crecimiento de sus costes. McKinsey argumenta que, en una fase tardía del ciclo económico como en la que estamos, los bancos no pueden permitirse dormirse en los laureles, y deben hacer a toda prisa movimientos estratégicos para que el próximo revés no les coja con el paso cambiado.

McKinsey también se ha atrevido a decirles a los bancos que deben apostar mucho más decididamente por el desarrollo tecnológico, y por supuesto plantearse también fusiones que ayuden a controlar los costes y beneficiarse de las sinergias. No obstante, también es cierto que, como afirma Bloomberg en el enlace anterior, el sector bancario ha sido uno de los sectores tradicionales en el que más se ha podido sentir la presión de la competencia más “techie”, de la mano de recién-llegados como poderosas startups Fintech, de las propias grandes tecnológicas y sus nuevos servicios financieros, o incluso de las propias operadoras de telecomunicaciones convertidas también en Fintechs. Pero no es menos cierto que muchos bancos, salvo honrosas excepciones, en vez de lanzarse a innovar y ha imprimir en su nuevo ADN la disrupción más tecnológica, empezaron por minusvalorar inicialmente a esta competencia emergente, para posteriormente valorar simplemente su adquisición a golpe de talonario, y finalmente empezar a claudicar optando por pretender echarse por socios (necesarios) a estas competidoras una vez que se han tornado en una amenaza real.

Y hay que insistir en que todos los bancos tampoco son iguales, y de hecho, en el panorama nacional, tenemos por ejemplo a un BBVA que optó a transformarse digitalmente y con gran visión hace ya bastantes años, abrazando la tecnología e imprimiéndola en su cultura corporativa más intrínseca, donde otros grandes bancos han empezado con una intensidad comparable tan sólo (muy) recientemente, arriesgándose con ese injustificable retraso a estar llegando ya demasiado tarde. Así, el BBVA ha llegado hoy ya a un punto de progreso tecnológico en el que es habitual que en la entidad sepan más que los propios proveedores sobre los productos o el soporte que les intentan vender. En el sector saben que el listón tecnológico del BBVA está muy muy alto, y en cierta manera les “temen”: cada visita a sus oficinas deben prepararla a conciencia, y muchas veces son ellos los que salen de la presentación habiendo aprendido cosas nuevas.

Pero el hecho es que, lamentablemente, casos como el del BBVA no son ni mucho menos la tónica general en el sector (ni tan poco una garantía absoluta de salvación). Así, McKinsey destacaba cómo muy significativamente los bancos actualmente dedican en media tan sólo un 35% de su presupuesto a la innovación, mientras que las Fintech dedican un distante y visionario 70%, a la par que las barreras de entrada regulatorias en el sector financiero están rebajándose considerablemente, facilitando así doblemente la entrada en el mercado de estos nuevos competidores. Desde luego, los bancos le habrán visto ya las orejas al lobo, pero lo que aún parecen no haber visto, todavía demasiados casos, es cuál es la única manera de eludir sus incisivos mordiscos a su cuota de mercado y su base de clientes. De hecho, los siempre indicativos mercados de valores parecen anticipar un panorama complejo para el sector, y en ellos las cotizaciones de las entidades no atraviesan precisamente por su mejor momento (al menos comparativamente con la evolución general del resto del mercado).

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McKinsey acaba su informe frotando alcohol en las heridas abiertas, y afirmando sin ambajes ni complejos que, con la predominante tibieza (incluso a día de hoy) en sus estrategias de ineludible transformación digital, los bancos tradicionales se están arriesgando a acabar siendo “una nota al pie en letra pequeña” en los anales de la Historia económica. Y la cosa no es ni para mucho menos, McKinsey lleva toda la razón y no está exagerando ni un ápice. Como ven, y como les decía al principio, el informe de McKinsey es elogiable donde los haya, pues no peca en absoluto de ser agorero, sino que pretende tomar acción a tiempo para evitar males mayores. Digno de admiración en una socioeconomía donde a buen seguro los intereses creados ejercen su presión en estos casos. Ya nos gustaría ver por estos lares esa contundencia salmón “made in USA” a la hora de decir verdades que escuecen financieramente (o en cualquier otro tipo de herida socioeconómica). Ya saben, el alcohol también escuece, pero evita la posterior infección.

Autor: DerBlaueMond

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Bolivia

Liquidez y solvencia, los grandes problemas de la economía boliviana

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Autor: Dr. César D. Vargas Díaz (Ph.D) / Analista e Investigador Económico

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Economía

Crisis del covid y la matriz probabilidad-impacto

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Matriz probabilidad-impacto y crisis del covid

A nivel empresarial es importante abordar la gestión riesgos. En cualquier proyecto o en la vida misma de la empresa pueden surgir problemas, y evaluar los riesgos y tomar medidas preventivas para mitigarlos es una buena estrategia.

Una de las formas de abordar la gestión de riesgos es la matriz de probabilidad-impacto, que permite evaluar los riesgos y mitigarlos, pero sin centrarse en riesgos con muy baja probabilidad, cuya mitigación podría ser una pérdida de eficiencia.

Qué es la matriz de probabilidad-impacto

La matriz de probabilidad e impacto es una herramienta que permite establecer prioridades a la hora de mitigar posibles riesgos, e implementar soluciones ante acontecimientos que pueden ocurrir en una empresa o en un proyecto.

Para implementarla primero hay que hacer una lista de los posibles riesgos, y a continuación asignarle una probabilidad (improbable, posible, probable) y el impacto que causaría (despreciable, moderado, crítico).

Prob Impacto

Una vez hecho esto, para las combinaciones más problemáticas (por ejemplo, riesgos probables e impacto críticos) hay que tomar acciones previas que mitiguen el problema.

El método es bastante flexible, y en lugar de tres categorías se pueden tomar cinco, por ejemplo. En principio hay que tomar acciones para todo aquello que esté en la parte superior derecha de la matriz, en la zona roja, pero también se pueden tomar acciones para mitigar la zona amarilla. La idea es que dichos riesgos sean menos probables o que los impactos sean menores, para mover dichos eventos a la zona verde.

La matriz en la crisis del covid

Sin entrar a valorar si la crisis del covid se podría haber mitigado por este sistema (seguramente no, porque, aunque había pistas, los humanos tenemos tendencia a infravalorar riesgos), la idea es usar esta herramienta para evitar problemas ahora en las empresas.

Este método es muy útil. Se pueden evaluar los riesgos que existen en la actualidad en las empresas (por ejemplo, brotes en las oficinas, trabajadores enfermos, proveedores y clientes que quiebran), posicionarlos en la matriz y tomar medidas para mitigar estos eventos (teletrabajo, aislamiento de trabajadores fundamentales, buscar alternativas tanto de clientes como proveedores).

Todas las empresas que hagan esto estarán mejor preparadas para superar esta crisis. Pero también para futuras crisis, ya que es un método universal y que además obliga a pensar en el medio-largo plazo, en estrategia y no solo en táctica (corto plazo) como se suele hacer demasiado a menudo.

¿Es útil a nivel personal?

La matriz de probabilidad e impacto puede ser útil también a nivel personal, ya que permite pensar a largo plazo y evaluar estrategias de mitigación ante posibles problemas. Por ejemplo, perder el empleo podía ser poco probable antes de la crisis del covid y aunque el impacto es fuerte podría no haber estado en la zona roja. Sin embargo ahora es más probable y quizá alguna estrategia de mitigación previa merezca la pena (ahorrar, hacer cursos, mantener el curriculum actualizado, hacer contactos por linkedin…).

Si pensamos de nuevo a nivel personal, el riesgo que supone contagiarse de covid está claramente en la zona roja. El riesgo es bastante probable (no olvidemos que el 5% de los españoles se han contagiado y en algunas provincias se supera el 10%) y el impacto puede ser catastrófico (muerte, secuelas o contagiar a algún conocido o familiar que acabe mal). Por tanto usar una estrategia de mitigación es fundamental (usar medidas de protección y reducir los contactos sin esta protección, tomar medidas extremas está más que justificado).

Autor: Alejandro Nieto González

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Economía

La deuda global se dispara para luchar contra el coronavirus

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La deuda global se dispara para luchar contra el coronavirus

A escala global, a día de hoy no se ha conseguido doblar la curva de nuevos casos diarios en la expansión del COVID-19. La epidemia sigue su ritmo de propagación sin detenerse.

Tenemos el caso de Estados Unidos que parecía haber conseguido doblar la curva, pero el número de nuevos casos diarios ha ido repuntando en las últimas semanas reflejando nuevos récords.

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En los países emergentes existe también un grave problema el número de nuevos casos, especialmente en Brasil e India que junto a Estados Unidos lideran los países con mayor número de casos confirmados.

Los gobiernos están tratando de dar respuesta a esta situación a través de mayores recursos que vienen de la mano del déficit público. Y es en ese punto en el que el FMI está advirtiendo que estos paquetes fiscales masivos y nuevos préstamos están amenazando ya las calificaciones crediticias y la sostenibilidad de muchos presupuestos.

Pensemos que, por un lado, veremos una fuerte contracción de la actividad económica y consecuentemente, de los ingresos fiscales, junto con un considerable apoyo fiscal por parte de los gobiernos que se prevé que con todo ello la deuda pública mundial alcance más del 100% del PIB en este año.

La previsión actual es que el PIB global se hundirá un 4,9% en 2020, unas consecuencias que empequeñecen incluso a la crisis financiera global entre 2008 y 2009. El estancamiento del crecimiento llevaría a China a un modesto crecimiento del 1%, a un desplome de Estados Unidos del 8% y al derrumbe más absoluto de la eurozona con una contracción del 10%, con España e Italia sufriendo el mayor golpe con un derrumbe del 12,8%.

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Y a esta contracción del PIB le sumamos el incremento de los déficits públicos. Se espera que el promedio del déficit fiscal global se dispare hasta el 14% del PIB en 2020. La razón es que espera que los estabilizadores automáticos de los impuestos y la protección social ayuden a amortiguar la caída de los ingresos de los hogares durante la recesión, pero también que contribuyan a un tercio del aumento de los déficits en promedio. En particular, se prevé que los ingresos del gobierno caigan más que los que se hunden las economías.

Por todo ello, nos encontramos con que, a escala global, al finalizar el año alcanzaríamos el máximo histórico del 101,5% del PIB (subida de 19 puntos de la ratio frente al PIB en un año) y, para el año siguiente, llegaríamos al 103,2% del PIB.

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Para las economías avanzadas, el organismo internacional espera que la deuda pública llegue al 130% del PIB, unos niveles récord, ya que si tenemos en cuenta el periodo de la Segunda Guerra Mundial, el pico llegó al 120%.

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Muchos países desarrollados son los impulsores principales del incremento de deuda global, han llegado a la conclusión de que este aumento el gasto público y, por lo tanto, de los niveles de deuda pública es la opción preferible frente a una destrucción generalizada de la capacidad productiva durante la epidemia.

Para poner un ejemplo concreto, la emisión de deuda pública bruta se disparo a nivel récord de más de 2,1 billones de dólares en el mes de marzo, lo que supone más del doble del promedio entre los años 2017 y 2019 que fue de 0,9 billones de dólares.

La situación puede ser verdaderamente problemática para muchos países porque carecerían de apoyo de capital disponible para hacer frente a ese evento extraordinario, por lo tanto la expansión del virus tendría serías dificultades para ser controlado.

Este desafío por parte de los gobiernos nos lleva a que la trayectoria de la deuda y los déficits está sujeta a una gran incertidumbre y podría subir en un escenario adverso si la actividad económica decepciona debido a un resurgimiento de las infecciones o si los pasivos contingentes de un gran apoyo de liquidez se materializan cuando las condiciones de financiación se hacen más estrictas.

No podemos descartar en el futuro más inmediato una nueva expansión del virus que ponga en tensión a los presupuestos públicos de diferentes países y que presenten problemas para financiarse. Hablamos de una crisis de deuda en la que los países se ven atados por la incapacidad de pedir dinero para refinanciar los vencimientos y afrontar los gastos para el año en curso.

Publicado en: Ir a la fuente
Autor: Marc Fortuño

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