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Sociopolítica

Cuando estalla tu país

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Santiago — Siempre es fácil ver, en retrospectiva, cómo estallan las protestas sociales. Pero nunca se sabe cómo terminarán: si con un cambio pacífico para mejor o cada vez más fuera de control. Y esa incertidumbre se vuelve inquietante cuando los disturbios explotan en tu propio país.

Apenas llegué al aeropuerto de Santiago el domingo 20 de octubre, encendí la radio. “La gente sale de las tiendas con todo lo que puede”. “¡Están saqueando y destruyendo todo y la policía no aparece!” “Esto es realmente caótico, la gente ha comenzado a organizarse para proteger sus pertenencias”. Era surrealista escuchar estas noticias. He cubierto disturbios violentos en otros países de América Latina, Asia y Oriente Medio. Pero nunca imaginé que lo haría en mi lugar de origen.

Manifestantes chocan con la policía durante protestas en los alrededores del palacio presidencial de La Moneda, en Santiago, el 29 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Estudiantes llamaron a boicotear el metro el 7 de octubre, después de que el gobierno anunciara un aumento en las tarifas de los pasajes. Aunque la suba fue modesta, de 800 a 830 pesos chilenos (1,13 a 1,15 dólares), la indignación de los estudiantes tocó una fibra sensible en gran parte del país, donde los precios de todo, desde la medicina hasta la educación universitaria, han estado aumentando constantemente por años, quedando fuera del alcance de la mayoría de la población. Con una respuesta gubernamental muy errática, la situación se deterioró rápidamente y el viernes 18 de octubre las protestas escalaron hasta materializarse en enfrentamientos con la policía, violencia, incendios y saqueos.

Cuando llegué, el gobierno había impuesto un toque de queda y sacado al ejército a las calles, una decisión que revivió malos recuerdos y temores en Chile, que en las décadas de 1970 y 1980 permaneció bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Soldados resguardan el palacio de gobierno durante un toque de queda en Santiago, el 21 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

A las 6 de la tarde, cuando entró en vigor el toque de queda, ya estaba en mi hotel. Me hospedaba en el piso 12 y la puesta de sol pintaba de amarillo la ciudad que se extendía frente a mi ventana. Pude ver un par de helicópteros flotando sobre dos columnas de humo separadas en el horizonte. Abrí la ventana y después de la puesta de sol, un extraño silencio pareció cubrir la ciudad. Era como un susurro lejano de una gran turbina. No podía dejar de pensar en finales de los 80, cuando mis amigos y yo teníamos que bajar la voz y taparnos la boca si queríamos hablar de política durante el viaje al colegio.

Una columna de humo sale de un edificio en llamas durante protestas en Santiago, el 28 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Las demandas de los manifestantes evolucionaron tan rápido como las manifestaciones mismas. Comenzaron con la supresión del aumento de la tarifa del metro. Más tarde los pedidos apuntaban a mejores salarios y pensiones y una mejora del sistema de salud pública y educación. Luego vino el deseo de renuncia del presidente Sebastián Piñera y pronto, un cambio en la Constitución, redactada durante la era de Pinochet.

El apoyo a las demandas era enorme. No se trataba solo de los más pobres; gran parte de la clase media de Chile respaldaba las exigencias. En mi círculo, todos los que conocía, fueran políticamente activos o no, apoyaban las demandas de los manifestantes. Una de las razones es que, a pesar de que al país le ha ido bien macroeconómicamente, los salarios y las pensiones han sido bajos y el costo de vida sigue aumentando, lo que hace que el acceso a una buena atención médica y educación sean demasiado costosos para la mayoría de las personas, incluida la clase media.

Una mujer sin hogar se protege a metros de choques entre la policía y manifestantes durante disturbios en Santiago, el 28 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

La consigna de las protestas se convirtió rápidamente en “no son 30 pesos sino 30 años”, destacando el desencanto con las élites políticas y económicas desde el comienzo de la democracia. La gente ahora quería reformas estructurales profundas, comenzando por cambiar la Constitución.

Para un fotoperiodista, uno de los principales desafíos es encontrar una imagen que transmita la esencia de la historia que estás cubriendo. A veces lo logras en un solo cuadro, a veces en una serie de imágenes.

Una mujer golpea una tapa metálica durante protestas en Santiago, el 29 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Conseguí esa toma el 22 de octubre, cuando estaba en la Plaza Italia, renombrada como Plaza de la Dignidad por los manifestantes, el epicentro de las protestas. La policía estaba disparando gases lacrimógenos y usando cañones de agua, y las barricadas comenzaron a arder.

Vi a un joven con una pancarta que decía “Nueva Constitución o Nada”. Lo seguí con mi lente y disparé unos cuadros mientras caminaba frente al fuego. En una situación como esa, nunca sabes lo que obtendrás: estás usando una máscara de gas y divides tu atención entre lo que sucede frente a ti para capturarla de la manera más convincente, pero también estás tratando de minimizar el riesgo de ser impactado por los balines disparados por la policía o por piedras.

Así que no fue hasta unas pocas horas después, cuando me senté frente a mi computadora portátil para editar mis imágenes, que me di cuenta de que la foto era bastante poderosa: el hombre sostenía la pancarta con la demanda, enmarcada por enormes llamas. Pensé que la imagen encapsulaba muy bien la esencia del ambiente en las calles, donde muchas personas parecían dispuestas a pagar un precio alto para cambiar la Constitución.

Un manifestante sostiene una tela con la consigna “Nueva Constitución o Nada” en Santiago, el 22 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Para mí, una de las cosas más llamativas de estas protestas era la dinámica bipolar del centro de la ciudad. Todas las mañanas el día comenzaba como un día normal, con miles de personas que se dirigían al trabajo. La presencia de militares en las calles y la destrucción de las protestas de la tarde anterior me recordaba que no eran tiempos normales.

Alrededor del mediodía, comenzaban las nuevas manifestaciones, el tráfico en la avenida principal se detenía y la gente marchaba pacíficamente. Luego la policía los paraba con carros lanza agua y gases lacrimógenos para tratar de dispersarlos, volaban las piedras y la violencia se intensificaba.

Manifestantes huyen de las fuerzas de seguridad durante choques en Santiago, el 24 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Una noche, después de un día particularmente violento, la directora de la oficina Paula Bustamante y yo caminamos las dos cuadras desde nuestra oficina hasta nuestro hotel en la Alameda. El toque de queda se había levantado muy recientemente y la calle estaba oscura, llena de escombros, basura, barricadas humeantes, semáforos destruidos, escaparates rotos. Parecía una zona de guerra.

Cuando nos acercamos al hotel, vimos a un grupo de personas saqueando una tienda de zapatos y cosméticos al lado. Pasamos junto a ellos, sin mirarlos, no levanté una cámara, nada. Una vez dentro del hotel, nos dimos cuenta de que el personal había movido los muebles para bloquear las puertas. ¿Cuántos huéspedes quedan?, preguntó Paula. Con ustedes, alrededor de 12, nos dijeron. Nos miramos. Se podía escuchar el sonido de golpes metálicos en la calle mientras los saqueadores intentaban entrar a otras tiendas. No nos sentimos seguros y decidimos mudarnos a otro hotel. La espera por el automóvil que nos venía a recoger fue bastante tensa: pudimos ver grupos organizados saqueando las tiendas alrededor del hotel. Conocía ese sentimiento de antes, de lugares y situaciones lejanas: Gaza, Pakistán, Haití, pero era muy extraño experimentarlo en mi propio país.

Miles se manifiestan en Plaza Italia el 22 de octubre de 2019, en el quinto día de protestas violentas en Santiago (AFP / Pedro Ugarte)

Fui al liceo en Chile a fines de la década de 1980. En las fiestas escuchábamos a famosas bandas de rock sudamericanas: Soda Stereo, Charly García, Sumo y, por supuesto, Los Prisioneros. Su canción más famosa era “El baile de los que sobran”, cuya letra habla sobre los marginados por el sistema.

Qué extraño resultó entonces, 30 años después, escucharlo convertirse en el himno de las protestas. Lo tocaban en todas partes, con miles saltando, bailando y cantando, tal como lo hacíamos mis amigos y yo hace tres décadas. Supongo que la canción explica mejor que nadie lo que está sucediendo en Chile. Fotografiando a la gente bailando y cantando, pensaba “¿por qué nadie tomó esta canción en serio cuando tuvimos la oportunidad?”.

Músicos tocan durante una manifestación en Plaza Italia, Santiago, el 22 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Y

Manifestantes tocan los tambores en Santiago, el 25 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Uno de los momentos que más me impresionó durante estas protestas fue el 25 de octubre, cuando hubo una convocatoria para una gran marcha en la Plaza Italia. Yo estaba a cargo de las imágenes aéreas. Había tanta gente que literalmente hubo minutos en los que no podía moverme. Me llevó una hora y media cruzar la plaza para encontrar un lugar desde donde pudiera lanzar el dron.

 

Mientras intentaba cruzar ese mar de humanidad, algunas personas con máscaras intentaron entrar a una tienda. Pero de repente, lo que parecían miles de voces comenzaron a gritar: “¡Sin violencia! ¡Sin violencia!” e hicieron que los enmascarados se detuvieran.

 

Lancé el dron y con él busqué la estatua de Baquedano que se ha convertido en una parte icónica de la plaza. Pero para mi sorpresa, me di cuenta de que el mar humano se lo había tragado. No tenía un punto de referencia. Levantando el dron más y más alto, vi la escala de la manifestación en la pantalla de mi teléfono y me dejó sin aliento. Al final del día, incluso el gobierno reconoció que habían salido 1,2 millones de personas.

Vista aérea de la masiva marcha que tuvo lugar en Santiago el 25 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

Nunca se sabe cómo terminarán las explosiones sociales. Pero esa noche, al reflexionar sobre esa gran marcha, y cómo miles de personas lograron que esos pocos no empeoraran la situación, me sentí un poco más ligero.

Estoy convencido de que ahora tenemos una gran oportunidad en Chile, pero doy nada por sentado.

Vista aérea de la masiva marcha que tuvo lugar en Santiago el 25 de octubre de 2019 (AFP / Pedro Ugarte)

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Autor: pedro.ugarte

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Sociopolítica

Las neveras vacías de Líbano

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En Líbano muchos hogares se encuentran con los refrigeradores casi vacíos, una clara prueba del colapso económico que ha sumido a segmentos enteros de la población. La moneda cae en picada y casi el 45% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. 

Pero estas son solo cifras frías y esta realidad es apenas palpable en las calles. Los libaneses son orgullosos, ocultan lo que está mal, a veces incluso su enfermedad, es algo que está en nuestra cultura.

Trípoli, el 17 de junio de 2020 (AFP / Ibrahim Chalhoub)

Muchos sufren en silencio. No hablan de eso, sino que viven el día a día. A veces comen, a veces no. 

Con Mario Goldman, editor de fotografía regional, nos preguntamos cómo podíamos mostrar esta crisis.

“La cocina es el alma de cada casa, es donde está la comida, donde está la vida. La nevera es el corazón. La idea de hacer trabajos en torno a este lugar había surgido durante la guerra en Siria, en el bombardeo del régimen a Guta,  cuando las tierras cultivadas alrededor de Damasco estaban en manos de la oposición.  

“Como no había electricidad, la gente usaba sus refrigeradores como armarios. Al final, no pudimos llevar a cabo este proyecto, pero surgió la idea de contar la historia de la crisis libanesa en imágenes”, explica Mario Goldman. 

Beirut, el 17 de junio de 2020 (AFP / Anwar Amro)

Junto con otros tres fotógrafos de la AFP en el Líbano, Anwar Amro, Ibrahim Chalhoub y Mahmoud Zayyat, pasamos varios días visitando los interiores y las principales cocinas de las ciudades del país: Beirut, Trípoli, Biblos, Jounieh y Saida.

Hombres y mujeres libaneses aceptaron ser fotografiados junto a sus enormes refrigeradores. Desgastadas y amarillentas por el tiempo o inmaculadamente blancas, todas estas neveras tienen una cosa en común: los estantes y los contenedores están casi vacíos. 

Nos llevó mucho tiempo y recibimos muchos rechazos. Una de las condiciones era que no incluyéramos los nombres de las personas en nuestros pies de foto. Los que aceptaron abrirnos las puertas lo hicieron con la esperanza de que nuestras imágenes tuvieran un impacto al mostrar la realidad libanesa en Europa y en el resto del mundo. “¿Vas a ayudarnos? Esperamos que sea útil”, oí decir a algunos. 

Me sorprendí mucho cuando finalmente accedimos a la intimidad de estas familias, no me imaginaba que hubiera gente viviendo así. Vi refrigeradores que no tenían nada más que medicamentos. Muchos comían gracias a la ayuda de vecinos …o de las sobras del día anterior.

Una libanesa de Byblos, en el norte de Beirut, el 19 de junio de 2020. (AFP / Joseph Eid)

Era muy pesado. A veces ni siquiera tomaba las fotos, pienso especialmente en una mujer, cuyo hijo discapacitado había muerto por falta de cuidados y su marido había perdido el trabajo hacía varios meses. Acababa de conmemorar el día 40 de la muerte de su hijo, estaba llorando y hablaba de terminar con su vida ¿Cómo iba a pedirle que abriera la nevera?

Trípoli, el 17 de junio de 2020. (AFP / Ibrahim Chalhoub)

 

En Líbano, incluso el arroz se ha encarecido. Todo sube de precio. Simplemente, el paquete de leche en polvo para los niños ha pasado en tres o cuatro meses de 20.000 libras libanesas el kilo a 80.000. Conozco una veintena de familias que están sufriendo a mi alrededor.  

En Saïda, al sur de Beirut, el 18 de junio de 2020. (AFP / Mahmoud Zayyat)

 

Para dar otro ejemplo: el aceite de motor, antes de la crisis costaba 70.000 libras, ahora son 280.000. Para las personas que tenían un salario de un poco más de un millón es insostenible. La comida se ha convertido en un lujo, incluidos el cordero, que tanto nos gusta compartir con amigos, y la carne de vaca. A los libaneses les gusta invitar gente, es parte de su orgullo, están dispuestos a endeudarse a veces para departir con los demás.

En la ciudad portuaria de Trípoli (norte de Líbano), el 17 de junio de 2020. (AFP / Ibrahim Chalhoub)

Hay toda una letanía de ejemplos. El sistema público que suministra la energía esta tan deteriorado que los libaneses tienen que saldar dos facturas: deben hacer el pago al proveedor estatal y complementar con un proveedor local que distribuye la electricidad cuando la red se cae y da el servicio ¡gracias a los generadores de diesel! En el caso del agua es lo mismo: pagas el servicio público y tienes que comprar depósitos de agua además.

La buena noticia es que después de ese reportaje recibí decenas de llamadas de medios, ONG y más discretamente de políticos, que preguntaban como podían ayudar. Los contacté con algunas ONG que nos ayudaron a ubicar a las familias.

En Saïda, en el sur de Beirut, el 16 de juniode 2020. (AFP / Mahmoud Zayyat)

Nací hace 44 años y soy parte de esa generación de niños de la guerra: en mi infancia vivíamos en plena guerra civil. El conflicto comenzó en 1975 y terminó hasta 1990, dejando 150.000 muertos en este pequeño país de casi siete millones de habitantes. Muchos tuvieron que irse con pesar a otros lugares para poder sobrevivir de esta tierra rica en cultura. Cuando salíamos del conflicto y yo era ya un adolescente, los bancos se derrumbaron y mi padre perdió todos sus ahorros. Luego, cuando empezaba a trabajar para la AFP en 2006, hubo una guerra con Israel.

Toda mi vida he vivido en un Líbano en crisis. Desde 2019, el país está en ebullición por la demanda de reformas que pongan fin a la corrupción y la concentración de la riqueza.

Pero nosotros los libaneses aún tenemos esperanza. “We never die” (nunca morimos) somos como el Ave Fénix que renace de sus cenizas.

Beirut, el 19 de octubre de 2019. (AFP / Patrick Baz)

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Autor: joseph.eid

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Sociopolítica

Pandemia en Brasil: Mañana será otro día

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“Parece que voy a despertar y esto va a pasar”, dijo Alina da Silva después de enterrar a su papá que había fallecido por coronavirus en Sao Paulo. Conversamos en el cementerio, minutos después que las últimas palas de tierra cubrieran el modesto féretro y cuando los sepultureros ya completaban otro entierro. El camposanto, hospitales y una favela se habían convertido en los únicos lugares que yo visitaba, fuera de la ida al mercado cada semana, desde que Sao Paulo entró en cuarentena el 24 de marzo.

Mi confinamiento voluntario había comenzado el 16 de marzo, cuando coincidentemente fue anunciado el primer muerto por el nuevo coronavirus y antes de que el gobernador decretara el cierre de comercios del estado más populoso de Brasil. Durante esos días improvisé una oficina en un rincón de la sala, en donde trabajo hasta hoy.

Con una década como extranjera, gran parte de mi socialización es virtual, lo cual tal vez facilitó mi transición a la vida solitaria impuesta por la pandemia y me permitió expandir esto a un nuevo nivel que incluyó sesiones de ejercicio en video-llamadas con amigas y reuniones virtuales, incluyendo la de mi propio cumpleaños.

Artista brasileño Alex Flemming coloca mascarillas en rostros de su obra “Estacao Sumare”, en el metro de Sumare, en Sao Paulo, Brasil, 6 de mayo de 2020. (Nelson ALMEIDA)

En ese escenario de incertidumbre mundial en el que nadie sabía muy bien que hacer, la agencia nos envió equipos de protección, bastante necesarios debido a que las máscaras, del material que fuesen, se volvieron indispensables, el alcohol gel desapareció de los estantes, empezamos a desinfectar las compras y se popularizó dejar los zapatos en la entrada de casa, costumbre que yo había adoptado de los años vividos en China. 

El 22 de mayo, cuando Brasil, con 330.890 casos, superaba a Rusia y se posicionaba como el segundo país con más diagnósticos en el mundo, cumplíamos dos meses en casa, quienes teníamos donde vivir.  

Cubrir la pandemia nos confronta diariamente a nuestros privilegios. Tener empleo, un techo, acceso a la salud y agua potable, entre otras cosas, es algo que fácilmente damos por sentado, incluso en un país tan desigual como Brasil, que en tiempos de pandemia puede reproducir una sensación de sálvese quien pueda. 

Sao Paulo, una de las ciudades más pobladas del mundo, tiene más de 20.000 personas en situación de calle. El primer día de la cuarentena -que restringía formalmente a los comercios, pero no a la gente – conversé con algunas de estas personas que vivían en carpas en la avenida Paulista, una de las escenas de esta ciudad que con tanto dinero a veces parece olvidar la dimensión de la pobreza. 

Un indigente camina en el centro de Sao Paulo, Brasil, el 24 de marzo de 2020. (Nelson ALMEIDA)
Los clientes usan una escalera eléctrica para mantener la distancia un centro comercial después de su reapertura, en la Avenida Paulista, en Sao Paulo, Brasil, el 11 de junio de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Una mujer de 23 años, apenas vistiendo un short y un sostén, me decía que le preocupaba el coronavirus. Pero también le preocupaba el hambre, no tener cómo lavarse las manos ni cómo abrigarse en el invierno, que aunque leve en estas tierras, es insoportable sin un mínimo de estructura. “Fique em casa” era la consigna del momento, pero para ellos era simplemente imposible. “Lave as mãos”, apenas una utopía en esas condiciones. 

Otra postal de la desigualdad que la pandemia dejó aún más nítida en Sao Paulo era Paraisópolis, la segunda mayor favela de la ciudad. En sus angostas calles, avanzada la cuarentena, la gente circulaba y sin máscaras. No sólo porque parar era un lujo que no podían darse y porque comprar máscaras cuesta dinero, sino porque había una percepción de que el virus era “cosa de ricos”. Debido a que el primer caso en el país fue el de un turista que regresó de Italia, muchos en esta comunidad creían que el tal coronavirus no llegaría. Pero llegó.

Viviane Rodrigues Vieira de Lima y sus hijas ven la televisión en su casa, en la favela de Paraisopolis en Sao Paulo, Brasil, durante la pandemia de coronavirus COVID-19 el 23 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)
Vista de la favela de Paraisopolis en Sao Paulo, Brasil, durante la pandemia de coronavirus COVID-19 el 23 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Entrevistamos a una mujer de 32 años que compartía un pequeño apartamento de prestado con sus siete hijas, marido y suegra. Su casa, en otra favela, se había incendiado algunos meses antes. Desempleada, y sobreviviendo gracias a lo que su marido conseguía en un taller, en el barrio era una de las afortunadas, tenía agua, techo y otros servicios. La movilización de la comunidad, que una vez más decía sentirse víctima de la negligencia del Estado, ayudó a suplir con voluntad y esfuerzo las carencias económicas de quienes habían perdido su fuente de ingresos en medio de la pandemia.

Para entonces, ya me había acostumbrado a pasar alcohol en gel en las manos cada tantos minutos cuando salía a las pautas o al mercado, y a seguir metódicas rutinas de desinfección que incluían cambios de ropa y limpieza de teléfono y lentes. En la esperanza de no estar dejando nada al acaso, ya no paseaba a mi perra, medida que ella parecía reprobar. Retomé los paseos limitados a cinco minutos en las madrugadas y muy tarde por en las noches para evitar a la gente, con la debida posterior desinfección de patas.

Vista de la reciente obra “Coexistencia” del artista mural brasileño Eduardo Kobra, en Itu, a 100 km de Sao Paulo, Brasil, el 25 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Mantener el foco en una única cosa se volvió cada vez más complejo trabajando en casa, lugar que, incluso para quienes vivimos solos, está lleno de distracciones. “Salir” del trabajo no sólo se volvió imposible físicamente, sino también mentalmente porque la pandemia pasó a ocupar todo. Leía todo cuanto era posible no sólo por interés profesional, sino por ser un humano que hace vida en este planeta y que entiende que la información, en una situación como ésta, es indispensable. 

También vivía la pandemia a través de los ojos de mi familia. Mi hermano, inmigrante en Chile, perdió su empleo con el cierre del comercio. A punto de verse en la calle, consideró volver a Venezuela por no tener como pagar el alquiler ni la comida, hasta que consiguió un trabajo en un supermercado que le ha permitido superar estos meses viviendo al día.  

Brasil poco a poco fue ganando más notoriedad internacional por la forma en que la pandemia avanzaba. Alcanzó la marca de 10.000 muertos en mayo, y doce semanas después -que se sienten como meses- ha octuplicado ese saldo letal. Dar visibilidad a esas miles de historias tal vez sea el mayor desafío de cubrir la propagación del virus en el país con más casos y muertos de la región. Después de todo, los números de muertes, hospitalizaciones y desempleados que recibimos a diario no son solo números.

El cementerio Vila Formosa, en la periferia de Sao Paulo, se convirtió en una referencia de la magnitud de la tragedia. El mayor camposanto de América Latina se hizo famoso internacionalmente gracias a unas imágenes aéreas que mostraban filas de tumbas abiertas en la arena rojiza. No faltó quien cuestionara el retrato considerándolo una postal apocalíptica y exagerada. En un mes, las fosas estaban llenas y el cementerio recurrió a unas pequeñas excavadoras para facilitar el trabajo de los sepultureros, cuyos brazos no iban al mismo ritmo de la pandemia.

Vista aérea del cementerio de Vila Formosa, a las afueras de Sao Paulo, Brasil, el 22 de mayo de 2020. (Nelson ALMEIDA)
(Nelson ALMEIDA)
(Nelson ALMEIDA)

En el suelo, estos hombres, cubiertos con monos blancos, máscaras, botas y guantes, cavaban sin parar. Los entierros no demoraban ni cinco minutos. “Las personas no toman esto en serio, pero nosotros que trabajamos en la línea de frente vemos que es realidad lo que ocurre”, contó durante una pausa para fumar un cigarro uno de los sepultureros del Vila Formosa, que como medida extra, había incorporado una visera de vinilo a su arsenal de protección.

En paralelo, mientras el coronavirus avanzaba, Brasil se polarizaba al punto de politizar un virus que a esta altura había enlutado miles de hogares en varios continentes y había dejado a otros tantos contra las cuerdas económicamente. 

Otro registro que internacionalizó el caso brasileño fue la posición del presidente Jair Bolsonaro que bautizó de “gripezinha” a la enfermedad en marzo y se lanzó a una cruzada por la reapertura económica del país. “Sobredimensionado”,  “Vamos a enfrentarlo como hombres (…) Es la vida, todos vamos a morir un día”, “¿Y qué? lo lamento, ¿qué quieres que haga?”, son algunas de las frases con las que Bolsonaro respondió al ser cuestionado por la propagación de la enfermedad. 

El presidente brasileño Jair Bolsonaro frente al Palacio Alvorada en Brasilia, Brasil, el 14 de julio de 2020, en medio de la pandemia del coronavirus covid-19. (Sergio LIMA)

En los hospitales, médicos y enfermeras vivían día a día. Visitamos el Instituto de Epidemiología Emilio Ribas, un centro de referencia en la ciudad. Cuando crucé la puerta que daba hacia la unidad de cuidados intensivos escuché a una doctora decir, conteniendo las lágrimas, “juro que hicimos todo lo posible”. En Brasil hay quien dice que los medios de comunicación exageran la muerte y que los periodistas tienen cierto placer en abordar el tema. Pero otro de los grandes desafíos de cubrir la propagación de una pandemia es estar confrontado a la muerte y al dolor de personas a las que no podemos consolar.

Un paciente enfermo de covid-19 habla con un familiar a través de una videollamada en un hospital de campaña instalado en un gimnasio deportivo, en Santo Andre, estado de Sao Paulo, Brasil, el 11 de mayo de 2020. (Miguel SCHINCARIOL)

 

En el hospital, a simple vista era difícil decir quien sufría más, la tía que perdió al sobrino, un médico de 32 años que trabajaba en un ambulatorio, o la doctora que perdió al paciente, que, inconsolable, decía estar doblegada por una enfermedad que le arrebataba pacientes a un ritmo que nunca antes había visto.

Los fines de semana los seguidores del presidente Bolsonaro tomaban las calles en escuetas, pero ruidosas, caravanas anticuarentena como si se tratara de una campaña electoral. Ondeando en cada carro, la bandera de Brasil, aquel verde-amarelo cuyo corazón tiene la inscripción “orden y progreso”.

La crisis política permeó mucho de la cobertura en estos cuatro meses. La destitución de un Ministro de Salud, la renuncia de otro, denuncias de delitos en la gestión de recursos sanitarios, ataques a los poderes públicos, pedidos de intervención militar, investigaciones sobre redes de “fake news”, destrucción ambiental: la convulsión de este país siguió su curso y probó ser la verdadera “nueva normalidad” de Brasil, donde, como un colega comentó, en las mañanas se siente como si los periodistas despertáramos con desfibrilador y no con alarma.

El periodismo me ha obsequiado dos cosas: la oportunidad de escuchar a diario otras perspectivas de vida, y el privilegio de ganar el pan contando esas otras perspectivas.

Un trabajador de la salud con un traje de bioseguridad revisa a un paciente de covide-19 en la unidad de cuidados intensivos, en el hospital Emilio Ribas de Sao Paulo, Brasil, el 20 de abril de 2020. (Miguel SCHINCARIOL)

 

Cuando veo a una doctora llorando porque perdió a su paciente, a una mujer que intenta con las uñas sacar a sus hijas adelante, a una joven que vive en la calle y no tiene ni como lavarse las manos, a un sepulturero que intenta abstraerse para que la muerte no se le meta debajo de la piel y a un país que se polariza al punto de visualizar a quien piensa diferente como un enemigo que debe ser destruido, construyo en mi cabeza los párrafos. Cada historia debería ser contada.     

Mientras escribo estas líneas Brasil sobrepasa las 85.000 muertes por coronavirus, tiene más de dos millones de contagiados (entre ellos más de 10.000 indígenas, muchos aislados en comunidades lejanas de la Amazonía) y más de 7 millones de desempleados por la pandemia.

Médicos habla con un miembro de la etnia yanomami en un puesto de pruebas de covid-19, en Surucucu, en Alto Alegre, estado de Roraima, Brasil. (Nelson ALMEIDA)

También, un juez de la Corte Suprema califica de “genocidio” el balance de la gestión de la pandemia en Brasil y critica a las Fuerzas Armadas, que con “indignación” rebaten. Brasil marca otro récord de deforestación en su selva tropical. El presidente Bolsonaro hace propaganda de hidroxicloroquina contra la covid-19 en sus redes sociales “aunque no tenga comprobación científica”. También, mientras escribo estas líneas, escucho uno de los sambas más conocidos de Chico Buarque en el que a fines de los 70 prometía: “mañana será otro día”.

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Autor: paula.ramon@afp.com

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El silencio de Johannesburgo

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Marco Longari, fotógrafo jefe de la AFP en África, ha vivido en Johannesburgo desde 2014. Empezó como fotógrafo en su natal Roma y en 1998 fue a Kosovo como freelance, un trabajo que resultó en el libro “Vecinos en guerra”. 

Dos años más tarde, empezó su historia con África como colaborador en Ruanda. Luego se convirtió en el principal fotógrafo de la agencia en Nairobi y Jerusalén. Su trabajo durante la Primavera Árabe lo llevó a que la revista Time lo nombrara en 2012  Best Photographer on the Wires.

En marzo pasado, cuando empezó en Sudáfrica el confinamiento por por la covid-19 decidió contar la historia de manera diferente. En vez de usar una cámara digital como la que utiliza siempre, compró una LinhofTechnika III,  una máquina de gran formato que llegó al mercado en 1946. Esto le implicó moverse más lentamente, lo que en cierta forma encajó con la tranquilidad de la ciudad.

Marco sólo pudo encontrar dos cajas de película en blanco y negro. Las imágenes que produjo capturaron el espíritu de la ciudad, desprovista de su habitual ajetreo … Fue como si  esta capital hubiera perdido su color. Un relato para leer y escuchar.

Para muchos Johannesburgo no es la ciudad ideal. Es grande, es pesada, es vibrante y en momentos peligrosa. Seis millones de personas en un área que se extiende de barrio a barrio y tiene todos los problemas comunes de contaminación, tráfico e inseguridad.  Hay límites para lo que puedes hacer y  a donde vas. Nunca puedes bajar la guardia, aunque no todo es inseguridad y miedo. Hay lugares en los que puedes dar un paseo tranquilo y otros donde no puedes, igual que pasa en París, Roma, Nueva York o Londres.  Esta ciudad tiene su propio espíritu. Encuentras personas reales, que trabajan y ocasionalmente luchan. En ningún lugar más que en mi barrio de Hillbrow, cada viaje a la tienda local está lleno de posibilidades, algunas buenas, otras malas, todas aventuras de algún tipo.

Cuando el confinamiento empezó, fue como si alguien hubiera apagado el sonido, como si nos hubiéramos pasado de una película de colores con banda sonora que dan vida a la pantalla a una muda, parpadeando en blanco y negro. El ruido fue remplazado por el silencio, el bullicio reducido a la calma. Quería capturar el sentido de la tranquilidad del confinamiento.

La ciudad se encontró silenciada a sí misma y se convirtió en “un nuevo lienzo en el que se estaban contando nuevas historias”.

Esto no era un proyecto para una cámara digital. Necesitaba la gran profundidad y definición de la película. Tenía en la mente el asombroso trabajo que hizo David Goldblatt durante los años del aparthied en Sudáfrica. Quería aprovechar la calma de la ciudad que permitía concentración y precisión. Necesitaba la Lienhof.  Una vieja cámara plegable a la vista,  que era un regreso a los primeros días de la fotografía. Trabajas a ciegas para cargar la película con las manos dentro de una manga y desapareces cuando te metes bajo un paño para tomar la foto. Como no hay espejo,  la imagen que ves a través del lente está al revés. El foco tiene que estar absolutamente correcto, la luz, todo tiene que estar calibrado antes de tomar la foto.  Es un proceso muy diferente al trabajo que se hace diario como fotoperiodista en Agence France-Presse.

Barrio Hillbrow, Johannesburgo, 15 de abril de 2020 (AFP/ Marco Longari)

Hillbrow es una de las partes más antiguas de Johannesburgo, data de 1880. Ha cambiado un poco desde entonces aunque aún hay una gran vista desde lo alto de la montaña que cruza la ciudad. Ves hacia el centro de la metrópoli y tomas una perspectiva del amplio boulevard vacío con los edificios a un costado. Me puse en medio de la calle y metí la cabeza debajo del paño para hacer el tiro. Estaba en mi mundo al revés, disfrutando del silencio. Ese momento fue una bendición, una rara oportunidad. Sólo que cuando salí de debajo del paño me di cuenta de que tenía público. Había cerca de 20 personas en las ventanas de los edificios de atrás de mí. Esto pasa pocas veces, la gente se movía con suavidad a mi alrededor, como si entendiera el espíritu de lo que estaba haciendo.   

Johannesburgo, el 15 de abril de 2020, calle Lilian Ngoyi (AFP / Marco Longari)
Johannesburgo, el 15 de abril de 2020, vista de la calle Rissik, cerca de la estación Central.
7 de mayo de 2020, vista de los rascacielos Braamfontein y Hillbrow desde la gran terminal de autobuses de la calle Bree en Johannesburgo.
(AFP/ Marco Longari)

Tomé esta imagen desde el segundo piso de una gran terminal de autobuses, normalmente abarrotada de gente. Es uno de los lugares de grandes encuentros para los locales. En el fondo podemos ver una zona bastante moderna del centro que estaba vacía y silenciosa cuando tomé la foto. Muy extraño.

Johannesburgo, 9 de mayo de 2020, en el distrito de Jeppestown (AFP/ Marco Longari)
Distrito de Kensington, en Johannesburgo el 9 de mayo de 2020. (AFP / Marco Longari)
Distrito de Kensington, Johannesburgo, el 9 de mayo de 2020. (AFP/ Marco Longari)

 

Tomar las fotografías es solo una parte del proceso. La otra es revelar. Actualmente sólo hay una persona que revela en blanco y negro en Johannesburgo, Dennis da Silva. Es especialista y una leyenda con derecho propio. Cualquiera que sea alguien en el mundo de la fotografía en Sudáfrica tuvo que haber pasado por Dennis en los últimos años. Los chicos del club Bang-Bang, Goldblatt, todos ellos fueron con Dennis. Trabajó en alguna gran impresión de Ernest Cole en la época en la que era asombroso.

Johannesburgo, el 9 de mayo de 2020. Don Buildings en la calle Commissioner. (AFP/ Marco Longari)

 

Desafortunadamente no quiso recibirme cuando lo llamé. Estaba confinado en su casa y le preocupaba contraer el coronavirus. Le llamé un día tras otro hasta que cedió. Abrió el laboratorio e hizo mi primera toma. No estaba muy impresionado. Me llamó y me dijo “Marco, ¿que hiciste?”.

Me disculpé,  era mi primera vez y estaba tratando de cargar la película en el saco negro. Debí haber tenido un pequeño problema con las alineaciones, tal vez cargué mal la película. No es fácil en la oscuridad cuando todo es tocar y sentir. Algunas de las tomas quedaron inservibles. Prometí hacerlo mejor con la segunda caja. Afortunadamente lo hice y Dennis estaba muy contento. Al final pude tomar 16 cuadros de 40.

Johannesburgo, el 10 de mayo de 2020. Escena en la estación de Davies Street en Doornfontein. (AFP / Marco Longari)

Pasará un largo tiempo para que la vida en Johannesburgo vuelva a ser lo que fue. Aún no hemos alcanzado el pico de la epidémia. En cierto modo, como personas que hacen la crónica de los acontecimientos a medida que se desarrollan y registran la historia, tenemos la suerte de ser testigos de un evento de este alcance e intensidad. Pero eso también trae consigo un gran sentido de responsabilidad.

Cada día ponemos fotos que añaden un ladrillo a esta historia que se está desarrollando y  nos toca a todos en el planeta. Tenemos que llevar imágenes que tengan un significado, una identidad, una historia que hable a la gente. Hubo una etapa en la que me sentí atrapado en el torbellino de la historia, algo que es inevitable cuando trabajas para una agencia del tamaño de AFP. 

Pero este proyecto me dio la oportunidad de encontrar un momento para detenerme, pensar, concentrarme y encontrar otro punto de vista. Todos necesitamos eso de vez en cuando. Nos ayuda a dar sentido a la  historia que se despliega a nuestro alrededor.

Johannesburgo, el 10 de mayo de 2020. Los caminos de entrada de Parkhurst están llenos de hojas que los jardineros ya no pueden recoger…
(AFP / Marco Longari)

Este blog fue escrito y redactado con  Michaela Cancela-Kieffer en París. 

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Autor: marco.longari

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