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Sociopolítica

A marchas forzadas

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Pudsey,  en Yorkshire  del Oeste  (Inglaterra) — No sé cómo se me ocurrió la idea, quizá haya sido por mi esposa. En casa ella es la que cuida el jardín, tiene la mano verde. Vivía en Londres cuando trabajaba para otra agencia de noticias, y cuando me uní a AFP nos mudamos al norte, cerca de Manchester. 

No muy lejos, cerca de Leeds, está lo que siempre se ha conocido como el «triángulo del ruibarbo», casi todo el mundo ha oído hablar de él. 

Robert Tomlinson, cuya familia ha cultivado el ruibarbo por cuatro generaciones, en su finca de Pudsey, cerca de Leeds, en el norte de Inglaterra, el 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

Personalmente, me gusta mucho esta planta, en la tarta o como compota. Lo disfruté toda mi infancia. Ahora que tenemos un jardín hemos intentado cultivarla, pero sin mucho éxito. Sólo mi padrastro lo hizo. El ruibarbo se cosecha normalmente de abril a junio. Pero la variedad llamada «forzada» se da más temprano en el año. Su nombre se debe a un proceso que consiste en privar a la planta de luz natural para bloquear la fotosíntesis, que transforma el azúcar que contiene este vegetal en clorofila.

Este compuesto espesa la fibra de ruibarbo y la hace más ácida al gusto. Al mantener la planta en la oscuridad, la engañamos haciéndole creer que todavía es invierno. Y sigue siendo más dulce y más tierna.

Marek Vojteck, empleado de la granja de Robert Tomlinson. 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

La condición absoluta es que los refugios no permitan el paso de luz natural o artificial. Si dejas una lámpara encendida durante media hora, por ejemplo, se estropea, se inicia la fotosíntesis. Como no se puede trabajar en completa oscuridad porque realmente se necesita un poco de luz, por ejemplo, para regar, se ilumina durante cinco minutos. Aproveché este momento para fotografiar a un agricultor echando un vistazo a sus cosechas. 

Marie Emery, empleada de la granja de Robert Tomlinson, en Pudsey, el 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

Era el único lugar donde era fácil trabajar. De lo contrario, es mucho más complicado, como el momento de la cosecha, que se hace a la luz de las velas. Esa luz es demasiado débil para iniciar la fotosíntesis. Para los agricultores es un momento crítico. Su producto,  el  «Ruibarbo Forzado de Yorkshire», se beneficia de la Denominación de Origen Protegida Europea que lo hace único con una especificación de 13 páginas.  Es un producto fino que se envía a Londres, Nueva York y otros lugares.

Marie Emery, empleada en la granja de Robert Tomlinson. (AFP / Oli Scarff)

Por lo tanto, incluso aunque los agricultores sean personas muy amables, no pueden dejar de trabajar mientras dura la sesión de fotos. En términos técnicos, de hecho ha sido muy difícil tomar una imagen clara y precisa de las personas que se mueven rápidamente en un entorno muy oscuro. 

Robert Tomlinson, cuya familia ha cultivado la planta por cuatro generaciones, cosecha ruibarbo forzado con la luz de la velas en Pudsey, cerca de Leeds en el norte de Inglaterra, el 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

Traté de usar flash una o dos veces, pero sobre todo me basé en la apertura grande del diafragma, una alta sensibilidad ISO y un largo tiempo de pausa. Luego disparé en ráfagas, tratando de encontrar la foto con el menor movimiento, del granjero o de mi mano… No es mi forma habitual de hacer las cosas. Prefiero esperar al momento adecuado para disparar, pero en este caso realmente no tenía opción. 

Martin Oxley, empleado de la granja de Robert Tomlinson, el 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

Los agricultores tienen largas jornadas de trabajo. Comienzan con la cosecha de ruibarbo a las 08:00, hasta el mediodía. Luego viene el embalaje del producto, antes de ocuparse de los campos exteriores. El ruibarbo crece al aire libre durante dos años, antes de ser trasplantado a refugios para su tercer y último año de crecimiento.

Marek Vojteck, un trabajador agrícola del ruibarbo trabaja a la luz de las velas en la granja de Robert Tomlinson, en Pudsey, cerca de Leeds, en el norte de Inglaterra, el 12 de febrero de 2019 (AFP / Oli Scarff)

Esta temporada no ha sido excelente, debido a las variaciones de temperatura excesivamente altas. Las plantas sufrieron en el exterior. Por cierto, me regalaron un ramo, que llevé a casa. No sé si su gusto está a la altura de su reputación porque aún voy a probarlos con mis dos hijos. Y no puedo esperar a ver cómo se ve en un pastel con helado. 

(AFP / Oli Scarff)

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Autor: oli.scarff

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Aprisionados por la contaminación

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Nueva Delhi – Me crié en una de las ciudades más contaminadas del mundo, así que pensé que podría sortear con facilidad el invierno en Nueva Delhi, donde esa estación se conoce como la temporada de la polución. Creí que estaba preparado. Me equivoqué: resulta que no es algo para lo que puedas prepararte.  

Combo de fotos de la Puerta de la India, en Nueva Delhi, tomadas en condiciones opuestas: con mucho smog (arriba) y en un día despejado, el 3 y 4 de noviembre de 2019 respectivamente (AFP / Sajjad Hussain)

Durante mi infancia en Daca, la capital de Bangladés, la contaminación era algo con lo que podíamos lidiar. Jugábamos afuera, seguíamos la rutina con normalidad. ¿Qué tan distinto podría ser Nueva Delhi?, pensé antes de mudarme allí. Pues mucho.

Por ya varias semanas, hemos vivido en una especie de prisión interior. Cuando sales, tus ojos arden, empiezas a toser, te quedas sin aire. Los niños pequeños son los más afectados, por lo que mi esposa y yo intentamos que nuestras hijas de 5 y 9 años salgan lo menos posible.

Llevábamos tres meses asentados en esta ciudad cuando llegó la temporada de la contaminación. Desde entonces, vivimos en una tierra de purificadores de aire. Hay  cuatro en mi apartamento. Hay uno en el auto. Hay varios en el trabajo. En la escuela de mis hijas incluso hay un sistema de purificación exterior, zumbando al lado del patio de juegos. Y es casi el único momento en el que pueden estar al aire libre.

Una niña de seis meses descansa junto a un purificador de aire en una casa en Nueva Delhi, el 6 de noviembre de 2019 (AFP / Money Sharma)

La estación de la contaminación dura lo que dura el invierno, unos tres meses. Hay muchos factores que contribuyen. Es justo después de la cosecha anual, cuando los granjeros de la metrópoli queman el rastrojo sobrante.

Granjeros queman rastrojos tras la cosecha de arroz, cerca de Sultanpur Lodhi. el 6 de noviembre de 2019 (AFP / Narinder Nanu)

La ciudad tiene además una enorme cantidad de autos, muchos con motores diésel.

Un trabajador rocía agua sobre la ruta en Nueva Delhi, el 12 de noviembre de 2019
(AFP / Money Sharma)

Estoy más preocupado por mis hijas. Los niños corren los mayores riesgos, pues pueden desarrollar asma bajo estas condiciones. Por eso están bastante confinadas a la casa. Vigilamos de cerca los niveles de contaminación y cuando éstos se despejan un poco, las llevamos al parque. Pero la mayoría del tiempo, están atrapadas dentro.

Por supuesto que esto implica que, eventualmente, su entretenimiento pasa por las pantallas, ya sea televisión o Ipad. Algo que no queremos darles, pero en un punto no tenemos alternativa. Es tiempo delante de pantallas o exponerlas a un peligro para su salud. Es duro para ellas. Como todo niño, quieren salir. Puedo ver su frustración.

Por suerte su escuela es muy buena con este tema. Hacen que los niños entiendan que hay contaminación en el aire, que es peligroso y que deben usar máscaras cuando están afuera. El instituto cuenta con un medidor de contaminación del aire. Verde significa que está bien, amarillo que es peligroso, rojo es malo y púrpura es lo peor. Una de mis hijas ama el color púrpura, por lo que esto podría arruinárselo.

Turistas visitan el Taj Mahal en Agra, el 6 de noviembre de 2019

(AFP / Jewel Samad)

Este año, la escuela instaló un sistema de purificación de aire industrial en su patio exterior, para que los niños al menos puedan salir y jugar. El sistema es bastante bueno. Una enorme tubería, de unos dos metros y medio de largo y casi dos de alto, instalada en cuatro esquinas del patio de recreo. Supuestamente puede purificar el aire hasta a tres metros del suelo. Es como una cubierta invisible de aire limpio (o algo más limpio) alrededor.

A mi esposa también le cuesta lidiar con esto. Ella no trabaja y en Estados Unidos, donde vivíamos antes, sus días estaban colmados de diligencias durante el tiempo que las niñas estaban en la escuela. Normalmente, los primeros meses aquí habría estado explorando, descubriendo los mejores lugares para comprar lo que necesitamos, o para llevar a las niñas fuera de la escuela. Pero no ha podido hacer eso. Así que ha leído mucho.

Conductores manejan bajo un espeso esmog en Nueva Delhi, el 3 de noviembre de 2019 (AFP / Sajjad Hussain)

Es difícil para todos nosotros. Estás en un país nuevo, así que naturalmente quieres explorar. Esa es una de las mejores cosas de estar en un país extranjero: conocer un nuevo lugar, una nueva cultura. En cambio, estamos bajo arresto domiciliario, esperando que termine el invierno y se levante la niebla contaminante.

Soy el que pasa más tiempo al aire libre. Tengo que hacerlo: mi es trabajo tomar fotos, y para tomar fotos necesitas estar afuera. No me gusta usar máscara. Cuando me la pongo, siento que no puedo respirar. Sé que suena ridículo, pero es así.

Una mujer usa una máscara para protegerse del esmog en Nueva Delhi, el 4 de noviembre de 2019
(AFP / Jewel Samad)

Así que lo abordo de la misma manera que cuando cubro cualquier desastre. Simplemente me meto, hago mi trabajo y lidio con eso. Enciendo mi mentalidad de desastre.

Un día, quise tomar fotos para ilustrar la contaminación y pasé una o dos horas caminando, buscando buenas imágenes. No la sentí mucho mientras caminaba, pero cuando volví a la oficina me dolió la cabeza, empecé a toser, tenía dificultad para respirar y estaba mareado.

Un soldado mira su reloj cerca de la Puerta de la India, bajo un fuerte esmog, en Nueva Delhi, el 6 de diciembre de 2019

(AFP / Jewel Samad)

Lo sorprendente es cómo lo abordan los locales. Simplemente siguen con su rutina. He visto gente corriendo, jugando al cricket. Han crecido con esto, por lo que simplemente siguen con su vida normal como si nada sucediera. Algunos usan máscaras faciales, pero la mayoría no. Es lo que es y solo tenemos que lidiar con eso, me contestan si pregunto.

Jóvenes juega al fútbol cerca de la Puerta de la India, bajo un fuerte esmog, el 12 de noviembre de 2019 (AFP / Money Sharma)

Puedo entender su punto. No recuerdo haber estado encerrado en una casa cuando era niño en Daca, a pesar de que la contaminación era mucha. Ni siquiera recuerdo la contaminación, para decir la verdad. Estoy seguro de que estaba allí, pero no la recuerdo. Me fui a los 22 años, hace casi dos décadas, y viví en varios países de Asia antes de establecerme en Estados Unidos, donde pasé 11 años y donde nacieron mis hijas. Pensé que manejaría Nueva Delhi con la misma facilidad que Daca. Pero no he podido. Tal vez vivir en Estados Unidos me ablandó.

Todo lo que sé es que estamos deseando que llegue el final del invierno, para poder salir una vez más y comenzar a explorar nuestro nuevo hogar.

(AFP / Prakash Singh)

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Autor: jewel.samad

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Sociopolítica

San Francisco, la tecnología y la farsa

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A pesar de haber realizado una decena de viajes a Estados Unidos y haber trabajado un año en la oficina de la AFP en Nueva York en 2005, nunca estuve satisfecha y siempre me prometí que algún día volvería a vivir allí.

Así llegué a San Francisco, California, esta ciudad mítica que me había encantado tanto hace 20 años con sus casas multicolores, sus restaurantes japoneses (allí descubrí el sushi), sus teleféricos, sus calles con pendientes vertiginosas, sus vestigios del Summer of Love, su espectacular bahía, sus almejas a la sombra del Golden Gate y el viento helado que azota tus mejillas de junio a septiembre…

Vista de San Francisco durante una regata, el 22 de abril de 2019 (AFP / Josh Edelson)

A fines de la década de 1990, Silicon Valley, ubicado unos 60 kilómetros al sur de The city by the bay, no significaba mucho para mí, solo el garaje donde Steve Jobs gestó su primera Mac. Internet apenas estaba disponible para el público general, Apple atravesaba un mal momento, los celulares tenían pantallas pequeñas y solo se usaban para hablar.

En 20 años las cosas han cambiado mucho, por decir lo menos, y si bien no esperaba ver robots sirviéndome café, estaba ansiosa por estar en el corazón del reactor tecnológico, del reino del iPhone, del internet ultrarrápido, de la inteligencia artificial, de los autos autónomos, de las aplicaciones que sirven para todo, de startups que crecen como hongos…

(AFP / Josh Edelson)
(AFP / Josh Edelson)

Esperaba ver a Google, Apple, Facebook, Amazon (a menudo referidas bajo el acrónimo GAFA) de cerca para escribir sobre algunas de las compañías más grandes del mundo, de las que todos hablan, que todos usan, sobre las cuales todos tienen una opinión.

 

Apenas llegué en taxi desde el aeropuerto, al darle mi tarjeta de crédito al chofer para pagar el viaje, no me devolvió un datáfono clásico sino… su iPhone, que solo pude mirar con aire desconcertado. Tomó mi tarjeta y la arrastró por un pequeño cubo blanco de 2 x 2 cm, enchufado al teléfono: un lector que puede transformar cualquier smartphone o tableta en una terminal de pago. «¡Ah, pero esto es genial!», pensé.

 

Un periodista prueba lentes de realidad virtual de Google, en San Francisco (AFP / Glenn Chapman)

Una gran presentación que finalmente se reveló en una especie de farsa, como constaté luego en forma cotidiana, cuando tanto Silicon Valley como sus proezas tecnológicas de miles de millones de dólares fruto de mentes brillantes parecían quedar muy lejos.

Porque aunque puedes comprar un helado en los callejones de Golden Gate Park con tu tarjeta de crédito y un iPad, te sorprenderás, por ejemplo, frente a los rollos de líneas eléctricas que cuelgan de postes de madera en mal estado, dignos de un país en vías de desarrollo.

(Julie Charpentrat)

Mientras que Internet está en el ADN de todas las compañías sobre las que tuve que escribir, mi proveedor tardó un mes y medio en instalar una caja ADSL significativamente menos potente y dos veces más voluminosa que mi caja parisina. En la oficina, tuve que hacer malabarismos con las interrupciones recurrentes de Internet, clásicas en San Francisco.

Manifestación contra Uber en San Francisco, el 8 de mayo de 2019 (AFP / Josh Edelson)

El colmo de la ironía: a unas pocas decenas de kilómetros de la sede de YouTube, me fue imposible ver un video 4G en mi teléfono inteligente y difícil escuchar incluso la transmisión de música, ya que el ancho de banda es horrible.

Esta fue incluso una broma recurrente con mis amigos y colegas de la costa este: la corresponsal a cargo de tecnología en San Francisco lucha con Internet todo el día para transmitir despachos sobre las últimas novedades tecnológicas de miles de millones elaboradas por los gigantes de Silicon Valley.

También es sorprendente saber que todavía no existe un sistema de alerta sísmica en California cuando ya funciona uno en México.

(AFP / Josh Edelson)

¿Y qué puedo decir sobre todas las personas sin hogar, en harapos, en estados de deterioro físico y mental que nunca había visto en un país occidental, cruzando el centro de San Francisco, a minutos de la sede de Twitter y Uber, que miran pasar los Tesla – joyas tecnológicas sobre ruedas – conducidos por adinerados empleados «techies»?

Mientras la ciudad no cambió a primera vista con el auge de la tecnología a principios de la década de 2010, sin automóviles voladores o robots camareros en los restaurantes, la llegada masiva de estos «techies», empleados con salarios muy altos, alteraron profundamente la demografía de San Francisco y su región.

“¿Dónde trabajas? Yo tengo una startup dedicada a la inteligencia artificial”. Tan pronto como conozco a los habitantes de San Francisco, la proporción de «techies» es obvia.

Sede de Twitter en San Francisco (AFP / Glenn Chapman)

Google, Pinterest, Ubisoft, Samsung…: entre los padres de la escuela de mi hija, los «techies» son legión, ya sea que trabajen en empresas estadounidenses o en establecimientos locales de grupos extranjeros. ¿Un sociólogo francés que conocí en la escuela? Empleado por YouTube. ¿Un padre que me crucé en un parque? Ingeniero en Apple. ¿Mi vecino al otro lado de la calle? Trabaja para Salesforce, un gigante de software local.

Para conocerse en una cena, no hay que preguntar si tu interlocutor trabaja en “tecnología”, hay un 90% de posibilidades de que sea así. La pregunta será dónde y en qué especialidad: mastodonte o startup, coche autónomo o altavoces conectados…

Un coche autónomo de Waymo (Google) en Mountain View, California, el 8 de mayo de 2019 (AFP / Glenn Chapman)

Navegar por este ecosistema, al mismo tiempo omnipresente y algo elevado en comparación con la vida cotidiana de decenas de miles de habitantes de la ciudad que no pueden pagar rentas que se han vuelto exorbitantes, permite observar la efervescencia constante del sector y tener discusiones que son tan inesperadas como instructivas.

La impresión de un mundo paralelo que se sigue diariamente en la cobertura de gigantes tecnológicos, un mundo donde el dinero fluye libremente, donde se contrata a personas a toda hora.

Yo, que fui periodista del servicio económico y luego de informaciones sociales en París, pude ver al llegar a San Francisco cómo la escala y los problemas cambiaron radicalmente.

Sede de Facebook en Menlo Park, California, el 23 de octubre de 2019 (AFP / Josh Edelson)

Cuando LVMH, por lejos la mayor capitalización bursátil francesa, alcanzó los 200.000 millones de euros, la de Amazon o Apple excedió el billón de dólares… Y mientras LVMH tiene una facturación anual de 47.000 millones de euros, la de Apple supera los 260.000 millones de dólares…

Mi predecesor me había advertido: las compañías tecnológicas son en gran medida impenetrables para los medios, se comunican lo menos posible y cultivan el arte del secreto, como si su poder y sus medios de comunicarse directamente a través de sus propias plataformas les permitieran prescindir de la prensa.

Como resultado, aunque un periodista de la AFP en Francia a menudo se siente literalmente abrumado con comunicados de prensa de todo tipo, en California hay que correr tras éstos.

(AFP / Julie Charpentrat)

En la mayoría de los casos, las grandes empresas estadounidenses ni siquiera envían comunicados de prensa directamente: los publican en el espacio de «noticias» o «medios» o «relaciones con inversores» de su sitio web y eventualmente envían una alerta a los periodistas DESPUÉS de poner la información en línea, ya sea importante o de poco interés.

Peor aún, Google, Apple, Facebook y Amazon no hacen comunicados de prensa estrictamente hablando, publican «posteos de blog», que pueden tener una longitud de tres páginas, de las cuales solo nos enteramos siguiendo constantemente sus cuentas de Twitter…

Corresponde al periodista esforzarse para no perderse nada, absorbiendo lo más rápido posible esas páginas llenas de rodeos complicados, retórica pesada armada por un ejército de abogados y comunicadores, y la a menudo esotérica jerga «geek».

El vicepresidente de Google Majd Bakar durante la conferencia anual de creadores de videojuegos en San Francisco, el 19 de marzo de 2019 (AFP / Josh Edelson)

Para hacer explícitos ciertos puntos particularmente confusos o para solicitar más detalles, hay que enviar un correo electrónico a los agentes de prensa, quienes responderán, o no, a través de declaraciones escritas, citas breves entre comillas llamadas «declaraciones», utilizando una jerga de comunicación incomprensible que, en general, arroja poca luz sobre el fondo del tema…

Las conferencias de prensa son casi inexistentes: por eso ni siquiera vemos a aquellos con quienes nos comunicamos, a veces varias veces al día, por escrito o por teléfono, y que te dicen, nobleza obliga, «Julie, espero que estés bien» en cada intercambio, como si nos hubiéramos conocido por años…

Las relaciones con los servicios de prensa siguen estrictos códigos, siguiendo reglas misteriosas: una «declaración» se puede atribuir por nombre al portavoz o solo a la empresa, el contexto («antecedentes») por escrito o por teléfono no se cita entre comillas sino que solo se usa a través de una frase periférica, atribuible o no a la empresa… Una pesadilla.

Las empresas tecnológicas son cerradas, en diversos grados. En el caso de Apple es casi una marca de fábrica y Amazon es igual; es habitual que no respondan correos electrónicos o llamadas, sin siquiera un «no hay comentarios”.

Manifestación delante del Congreso estadounidense, en Washington, contra la difusión de noticias falsas atribuida a Facebook, el 10 de octubre de 2018 (AFP / Saul Loeb)

En Facebook, las cosas han cambiado un poco después del escándalo global de Cambridge Analytica. Atacado por todos lados, en Estados Unidos y Europa en particular, el grupo no tuvo más remedio que volverse un poco más accesible: además de las publicaciones de su blog que se han multiplicado, los jefes del servicio de prensa comenzaron a devolver las llamadas cuando intentamos comunicarnos con ellos, sobre todo para defender a la red social.

Facebook también ha abierto físicamente sus instalaciones en Menlo Park a periodistas, para encontrarse con altos ejecutivos que han venido a explicar con gran detalle lo que la red social prometió hacer para luchar contra la desinformación o proteger mejor los datos personales de sus más de 2.000 millones de usuarios.

En 2017, los gigantes tecnológicos ya eran ricos, poderosos, omnipresentes. En 2019, fueron criticados violentamente en todo el mundo y se convirtieron en objetivos políticos, hasta el punto de ser atacados regularmente en la campaña para las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos.

El CEO de Facebook Mark Zuckerberg comparece ante el Senado de Estados Unidos, el 10 de abril de 2018 (AFP / Brendan Smialowski)

Pero siguen siendo ricos, poderosos y omnipresentes. Aunque su imagen ha cambiado, primero a raíz de la campaña presidencial estadounidense de 2016 que vio emerger la manipulación de la opinión pública a través de las redes sociales y luego por la explosión de Cambridge Analytica, todavía están allí, sólidamente instalados en nuestra vida cotidiana y en Wall Street.

Esta dicotomía es fascinante para un periodista, con lo que es estimulante («nunca se detiene») y agotador («nunca se detiene» ). Una experiencia que enriquece a la periodista pero también a la ciudadana y consumidora tecno que siempre soy. Todavía soy una ávida usuaria de tecnología, pero me volví, espero, más sabia.

Vista de una super luna, durante un eclipse parcial, sobre la Salesforce Tower en San Francisco, 31 de enero de 2018 (AFP / Josh Edelson)

Estoy tratando de compartir eso con quienes me rodean, ayudándoles a detectar información, comprender algoritmos o desactivar el seguimiento de actividad o el intercambio de datos en sus teléfonos inteligentes.

Rápidamente desarrollé un apego por esta ciudad, donde a menudo me sentí tan bien, lejos de las multitudes y la contaminación de París: una ciudad a escala humana donde la vida es buena, donde ya quiero volver, donde mi hija hizo su primer «mejor amigo».

Hasta el punto de compartir una inquietud que sienten muchos franciscanos: ¿hasta cuándo la ciudad dejará que los precios de inmuebles, escuelas, restaurantes o museos hagan que sus habitantes tengan que abandonarla para vivir decentemente?

(AFP / Josh Edelson)

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Autor: julie.charpentrat

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Sociopolítica

En medio de las llamas

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Sídney – Aún no se sabe cuánto más durarán los intensos incendios forestales que devoran partes de Australia. Desde septiembre, cuando comenzó la catástrofe, 25 personas han perdido la vida, más de 1.800 viviendas han sido consumidas por el fuego y se han convertido en humo unos 8 millones de hectáreas, casi el equivalente al tamaño de Irlanda.

Vista aérea del humo de incendios en el valle de Richmond, Nueva Gales del Sur, Australia, el 26 de noviembre de 2019 (AFP / Saeed Khan)

Los incendios forestales son un fenómeno normal en Australia, suceden todos los años. Pero esta temporada es particularmente intensa debido a la sequía y al aumento de las temperaturas. La vegetación es abundante y actúa como combustible. Y todo se ve exacerbado por el calentamiento global.

He vivido en este país durante cinco años y también residí aquí hace tres décadas. Nunca he experimentado una situación tan grave.

Un bombero trabaja en Hillville, cerca de Taree, 350 km al norte de Sídney, el 12 de noviembre de 2019 (AFP / Peter Parks)

Hacia mediados de diciembre, una espesa niebla de humo tóxico activó detectores de humo de oficinas y cientos de intervenciones de bomberos alertados por las sirenas de estos sistemas de detección sacudieron Sídney. Se interrumpió una carrera de yates, los organizadores juzgaron que la competencia era «demasiado peligrosa» por falta de visibilidad. Nunca había visto a esta ciudad australiana rodeada de humo espeso como este año. 

La ópera de Sídney, envuelta en humo, el 10 de diciembre de 2019 (AFP / Peter Parks)

Cubrir los incendios es una experiencia especial e intimidante, incluso cuando se usa el equipo adecuado (anteojos, ropa ignífuga, botas especiales, casco, guantes) e incluso después de recibir capacitación específica.

La capacitación es obligatoria para todos los periodistas que tienen que cubrir incendios. Estos cursos de un día son organizados por bomberos rurales en septiembre, antes de la temporada de incendios.

Un helicóptero descarga agua sobre el fuego que acecha a una granja cerca de Nana Glen, unos 600 km al norte de Sídney, el 12 de noviembre de 2019 (AFP / William West)

Hay que decir que un incendio puede alcanzar una temperatura de mil grados centígrados. Sin protección, sería suficiente acercarse demasiado para quemarse.

Dos sensaciones superan al resto: obviamente, la temperatura… y el ruido, una especie de rugido, que se intensifica cuando el viento sopla fuerte.

Un incendio arde cerca de Taree, unos 350 km al norte de Sídney, el 12 de noviembre de 2019 (AFP / Peter Parks)

Para fotografiar bien el fuego, éste debe venir hacia ti. Las mejores fotos son «de frente», sintiendo el calor y las ráfagas de viento ardiente. Cuando las ráfagas se intensifican, las llamas alcanzan las copas de los árboles.

Los incendios que fotografié al comienzo de este verano austral golpearon los bosques de eucalipto, que son particularmente inflamables, en particular debido al aceite de los árboles de esta especie. Las llamas causan explosiones en la parte superior.

Un espectáculo estéticamente magnífico y muy aterrador.

Las llamas en Nueva Gales del Sur, Australia, el 2 de diciembre de 2019 (AFP / Saeed Khan)

En particular, tengo el recuerdo de un reportaje para el que tomamos un camino lateral, con un reportero.

Pobladores observan el fuego acecarse a sus hogares en Nabiac, unos 350 km al norte de Sídney, el 15 de noviembre de 2019 (AFP / William West)

El fuego estaba delante de nosotros. Pero de repente las llamas también estaban a nuestra derecha… probablemente debido a un cambio repentino en la dirección del viento. Estábamos bien protegidos y en nuestro automóvil, pero las llamas estaban muy cerca del suelo y se elevaban muy alto, 15 metros, el equivalente a un edificio de 4 pisos.

La escena era impresionante, los árboles se encendían desde arriba. En tal situación, cualquier cosa puede suceder: los árboles pueden colapsar repentinamente.

Un incendio en las proximidades del estadio de cricket de Perth, el 13 de diciembre de 2019 (AFP / Peter Parks)

Ya no teníamos visibilidad ni delante ni detrás. Sin embargo, durante el entrenamiento aprendimos que no podemos ir tras un incendio sin antes asegurarnos de que haya una «salida de emergencia», otra ruta por la cual escapar. Era el caso: el fuego estaba a la derecha y había un camino a la izquierda.

Un poblador evalúa el daño hecho por los incendios a su casa en Nabiac, el 15 de noviembre de 2019 (AFP / William West)

En circunstancias normales, la temporada alta de incendios todavía no ha comenzado. ¿Lo peor está por venir?

(AFP / Saeed Khan)

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Autor: peter.parks

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