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¿Desde cuándo y por qué el Día del Padre se celebra en EE UU en junio?

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Día del Padre

Una joven decidió en 1909 homenajear a su padre y llevó su iniciativa hasta el Congreso de EE UU, consiguiendo instaurar el Día del Padre. Este domingo se ha celebrado en Estados Unidos el Día del Padre, que en esa nación se festeja el tercer domingo del mes de junio, a diferencia de España, donde se consagra el 19 de marzo, por ser la festividad de San José.

La festividad estadounidense tiene sin embargo un origen civil. En 1909 una joven de Spokane, Washington, llamada Sonora Dodd asisitía a una misa del Día de la Madre (que tan sólo llevaba dos años celebrándose) cuando reparó en que no había una conmemoración similar para honrar a los padres.

Y ella amaba profundamente a su padre, William Jackson Smart, un veterano de la Guerra de Secesión que la había criado a ella y a sus cuatro hermanos solo, tras morir su madre en el quinto parto.

La joven, de 27 años, habló primero con su pastor y después fue moviendo su idea hasta que consiguió que al año siguiente, el 19 de junio de 1910, se celebran misas como homenaje a los padres en varias ciudades de Estados Unidos. Siguió con su empeño, hasta que logró que se admitiera un proyecto de ley para reconocer a nivel nacional el Día del Padre como fiesta el Congreso en 1913.

Más tarde, el presidente Calvin Coolidge, lo declaró como celebración nacional en 1924. Ya en 1966 por el presidente Lyndon Johnson ratificó esta celebración y aunque en un principio la idea de Sonora era que se celebrara el 19 de junio por ser la fecha del nacimiento de su padre, finalmente se fijó la celebración en el tercer domingo de junio.

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Cultura

¡Ay de los negros!

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/ por Arturo Caballero /

Recogiendo y organizando los apuntes, ejercicios, presentaciones y utilería variada del último curso, me topé con una fotocopia que, en diferentes versiones, uso como apoyo para mis visitas al Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Rápidamente la puse en relación con un artículo de Joan Santacana: «Iconoclastas y justicieros», publicado en El Cuaderno con fecha 19 de junio  en el que, tratando de poner en su justo sitio (a raíz del  asesinato de George Floyd en Mineápolis y la reactivación del movimiento Black Lives Matter y los ataques a los que se consideran símbolos de la opresión occidental en todas sus variantes) la relación entre la historia y el sistema de valores de una sociedad, afirmaba, entre otras cosas, que «cada individuo es hijo de su tiempo. El machismo, el antisemitismo, el racismo y el esclavismo han sido ingredientes con los que se ha construido el pasado. Están en los basamentos del edificio cultural de Occidente al igual que en el de Oriente y no podemos ignorarlos ni depurarlos, so pena de que se nos caiga todo encima». Me pareció un texto muy comedido en su forma y muy ajustado a la verdad y por ello recomendé su lectura. En esencia, parte de dos hechos fundamentales: el primero, que los criterios de valor van cambiando con la sociedad o, como decía Ortega y Gasset (Historia como sistema, 1935), «el hombre no tiene naturaleza», sino que «lo que tiene es historia»; y, por tanto, lo humano está sujeto a un constante devenir; a un perpetuo hacerse y rectificarse y, en consecuencia y como segundo, resulta muy difícil que un individuo de una determinada sociedad, de un determinado tiempo y un determinado lugar sea capaz de trascender, de forma absoluta, el sistema de valores imperante en él.

Difícil, pero no imposible, puesto que individuos y grupos han sido capaces de reflexionar y establecer gérmenes de un cambio que terminará, antes o después, por fructificar. Y aquí retomo al asunto de la fotocopia aludida, puesto que aprovecho algunas obras de arte para reflexionar sobre el pasado y sobre el presente y sobre cómo resulta siempre complicado aplicar el pensamiento dominante de nuestra época un pasado que, a diferencia de lo que debería suceder, por los medios que están a nuestra disposición, cada vez desconocemos más.

Relieve de Isidro Villoldo sobre los santos Cosme y Damián, c. 1547.

Isidro Villoldo, fallecido en 1560, fue un destacado escultor castellano que, sin alcanzar la significación de Alonso Berruguete (de quien fue discípulo y con quien trabajó) o Juan de Juni, dejó una buena serie de obras en las dos Castillas y en Andalucía en los años centrales del siglo XVI. Hacia 1547 realizó un retablo para la capilla funeraria del doctor Francisco Arias en el convento de San Francisco, que se ubicaba en la actual plaza mayor de Valladolid. Uno de los temas elegidos, el objeto de nuestra reflexión, es un relieve con los santos Cosme y Damián (madera, tallada y policromada, 88 por 80,4 cm. y 17 de profundidad) realizando uno de sus milagros más icónicos. Dice al respecto (uso la edición de Alianza Editorial) Santiago de la Vorágine en ese monumento al sadomasoquismo en el que se convierte muchas veces La leyenda dorada:

«El papa Félix, abuelo cuarto de san Gregorio, construyó en Roma una magnífica iglesia en honor de los santos Cosme y Damián. Un hombre, encargado de la limpieza y vigilancia de este templo, cayó enfermo de un cáncer que al cabo de cierto tiempo le corroyó totalmente la carne de una de sus piernas. Cierta noche, mientras dormía, soñó que acudían a su lecho los santos Cosme y Damián provistos de medicinas y de los instrumentos necesarios para operarle; pero antes de proceder a la operación uno de ellos preguntó al otro: -¿Dónde podríamos encontrar carne sana y apta para colocarla en el lugar que va a quedar vacío al quitarle la podrida que rodea los huesos de este hombre? El otro le contestó: -Hoy mismo han enterrado a un moro en el cementerio de san Pedro ad Vincula; ve allí, extrae de una de las piernas del muerto la que le haga falta, y con ella supliremos la carroña que tenemos que raerle a este enfermo. Uno de los santos se fue al cementerio, pero, en vez de cortar al muerto la carne que pudiera necesitar, cortóle una de sus piernas y regresó con ella; amputó luego al enfermo la pierna que tenía dañada, colocó en su lugar la del moro, aplicó después un ungüento al sitio en que hizo el injerto, y seguidamente los dos santos se fueron al cementerio con la pierna que habían amputado al sacristán y la dejaron en la sepultura del moro, al lado de su cadáver. Cuando el sacristán despertó, quedó extrañado al no sentir los dolores que habitualmente le aquejaban; palpóse la pierna que solía dolerle, y, como al palparla no notara molestia alguna, encendió una candela y a la luz de ella advirtió que la pierna estaba completamente sana. […] Hecho público el suceso, algunas personas acudieron al cementerio, abrieron la tumba del moro y comprobaron que al cadáver le faltaba una de sus piernas, y que junto al resto de su cuerpo se hallaba la cancerosa que los santos habían amputado al sacristán».

Villodo, haciendo uso libérrimo de la licencia praa fantasear con la que Ovidio —«ut pictura poesis»— iguala a poetas y pintores, introduce algunas variantes significativas respecto al texto: el moro se ha convertido en negro y, además, la amputación se ha realizado en vivo y en directo. Hacia 1490, Pedro Berruguete, padre de su maestro Alonso, había realizado otra obra, pintura (óleo sobre tabla, 102 por 94 cm.), que actualmente se conserva en la colegiata de Covarrubias (Burgos), en la que patentizaba una cierta distancia no tanto con el tema en sí, no le era posible, sino con la representación. Es decir, que, aunque los dos coinciden en convertir un sueño en una realidad, incluso añadiendo testigos en el caso de la pintura, había otras alternativas a la ofrecida por Villoldo.

El milagro de san Cosme y san Damián, de Pedro Berruguete, 1490.

Coetáneo a Villoldo era Bartolomé de las Casas (1484-1566). Un tío suyo había acompañado a Colón en su primer viaje y su padre en el segundo. Terminados sus estudios en Salamanca, marchó a las Indias como doctrinero (1502) y para ocuparse de los negocios paternos, teniendo su propia encomienda, lo que no le impidió ordenarse sacerdote. En 1510 llegaban a La Española los frailes dominicos, que pronto se mostraron beligerantes contra el trato que los españoles proporcionaban a los indígenas, que eran, con pleno derecho, súbditos del rey de Castilla. El Sermón de Adviento de 1511 predicado por fray Antonio Montesinos se considera clave en la relación entre unos y otros y entra de lleno en una compleja discusión teológica y política que se concretaría en las Leyes de Burgos de diciembre de 1512, en las que se sanciona la dignidad y libertad de los indígenas. Bartolomé de las Casas comenzó a tomar partido por los indios y, en un sermón de 1514, realiza una serie de observaciones que le impedirán dar marcha atrás en sus convicciones, renunciando a sus encomiendas y volviendo a Sevilla en 1515. El contacto con personajes relevantes de la corte y la atención que le presta el regente Cisneros y el entorno del futuro Carlos V permiten su retorno a las Indias en 1516 con el cargo de «procurador o protector universal de todos los indios de las Indias». La coincidencia de su pensamiento con el de la mayoría de los miembros de la Orden de Predicadores hizo que ingresase en ella en 1523. Por aquellas fechas comenzó la redacción de la Historia de las Indias. Su actividad en la protección de los nativos fue incansable y, apoyándose en los grupos cortesanos partidarios de sus ideas, afrontó todo tipo de problemas.

Esa defensa, hasta la extenuación, le lleva en buscar un remedio a su explotación laboral defendiendo, en una carta al Consejo de Indias del 20 de enero de 1531, la introducción de esclavos africanos para cumplir esas funciones. De esta opinión pronto comenzará a lamentarse.

En 1540 retornó a España y en Valladolid se entrevistó con el emperador Carlos, quien, siguiendo sus consejos y los de Francisco de Vitoria, terminó convocando la Junta de Valladolid que darían origen a las Leyes Nuevas (1542), que ratificaron la libertad de los indios y su subordinación directa a la Corona. En esa misma fecha dedicaba al príncipe Felipe la Brevísima relación de la destrucción de Indias, que se convertirá en argumento clave de la leyenda negra. Consagrado obispo de Chiapas, en 1544 retornó a las Indias, donde siguió con sus disputas. Retornó a España tres años después buscando defender mejor desde la metrópoli a los indígenas. Entre 1550 y 1551 mantuvo una disputa con Ginés de Sepúlveda respecto a los derechos de los españoles a la conquista: la Junta de Valladolid, que quedó sin claro vencedor.

Bartolomé de las Casas fue progresivamente madurando sus ideas iniciales respecto al empleo de mano de obra esclava, negra, en el trabajo y repudiando el comercio esclavista, porque terminó considerando a los negros iguales al resto de los humanos, llegando a escribir a finales de los cincuenta:

«Antiguamente, antes que hobiese ingenios, teníamos por opinión en esta isla [la Española], que si al negro no acaecía ahorcalle, nunca moría, porque nunca habíamos visto negro de su enfermedad muerto… pero después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de cañas hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos dellos cada día mueren».

Él murió en Madrid en 1566.

Hacia 1547, como decíamos, Isidro esculpía su relieve y Bartolomé había retornado a España. Las Casas había empezado por pensar, y como tal lo escribió en la demanda al Consejo de Indias a comienzo de los años treinta, que:

«El remedio de los cristianos es este, mui cierto, que S. M. tenga por bien de prestar á cada una de estas islas quinientos ó seiscientos negros, ó lo que paresciere que al presente vastaren para que se distribuyan por los vecinos, é que hoy no tienen otra cosa sino Yndios […] se los fien por tres años, apotecados los negros á la misma deuda […] Una, Señores, de las causas grandes que han ayudado á perderse esta tierra, é no se poblar más de lo que se han poblado […] es no conceder libremente á todos quantos quisieren traer las licencias de los negros».

La talla de Villoldo no se explica si en el acervo cultural común de la sociedad de su tiempo (y no me refiero solo a la española) no hubiese estado extendida la creencia en la inferioridad natural de los negros. Unos negros a los que no sólo se podía esclavizar, sino incluso privar, en vivo, de una parte de su cuerpo. Y la práctica, encima, quedaba santificada por los protagonistas, Cosme y Damián, y por el lugar en el que se ubicó: una iglesia.

Hoy, la obra de Villoldo puede verse colgada en las mismas dependencias que ocupó el colegio dominico de San Gregorio en Valladolid, sede de los debates de la Controversia, en la que participó De las Casas. En un acto de justicia poética, la historia ha terminado por reunirlos.

El pasado no lo podemos cambiar. También resulta discutible que la historia pueda usarse como maestra de la vida. Pero sí proporciona motivos y temas de reflexión. No se trata, por tanto, de juzgar todas las barbaridades (como genocidas, a largo plazo no se mostraron muy eficientes) de las que tenemos memoria gracias a los testimonios de los propios protagonistas (y las añadibles sobre las que podemos fantasear) que cometieron los españoles que fueron a América —fundamentalmente castellanos— con los indígenas o los negros en el siglo XVI. Además, en cualquier caso, no eran diferentes a las que no pocos de sus protagonistas habían perpetrado, bajo las banderas del rey Católico y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en Roma en 1527 (robos y saqueos de edificios privados y de iglesias, matanzas generalizadas, violaciones de monjas en sus conventos, sacrilegios sin cuento, exigencia de rescate por eclesiásticos y patricios urbanos) o seguirían cometiendo entre ellos en los levantamientos, e incluso guerras civiles, que se produjeron en el Nuevo Mundo a lo largo del quinientos. Debía de ser signo de los tiempos, aunque después de un siglo XX como el que hemos padecido tampoco debemos cargar mucho la mano.

Pero eran los mismos hombres que se unieron a indígenas y que transmitieron su idioma («la lengua fue siempre compañera del imperio» había escrito Nebrija, en 1492, a los Reyes Católicos en El arte de lengua castellana, primera gramática en lengua romance) y su religión, tan denostada hoy; los que organizaron política y económicamente un territorio mucho mayor que el dominado por Roma; quienes crearon un sistema de comunicaciones de norte a sur a lo largo de todo un continente; quienes establecieron líneas de comunicación periódicas entre América, Asia (Galeón de Manila) y Europa; los que crearon en fechas muy tempranas, desde 1505, colegios, universidades (Santo Domingo, 1538; Lima y México, 1551) e imprentas (en Nueva España desde 1539 a 1600 casi el 20% de 287 obras publicadas lo fueron en lenguas nativas). Un tema complejo este de la conquista, como se ve.

Bartolomé de las Casas, al que venera como santo la Iglesia Evangélica Luterana de América el 17 de julio, no estuvo solo. De él, y de otros como él, podríamos pensar que se colocaron «en el lado correcto de la historia». Fueron capaces de evolucionar intelectual y socialmente. Otros no. Pues como hoy. Otro asunto es lo que conviene, o no, celebrar. Qué personas merecen un recuerdo agradecido y aquellas otras de las que no debemos olvidar sus agravios, aunque solo sea para intentar que no se repitan. Hay que tener cuidado con a quién se levantan estatuas, se dedican polideportivos o casas de cultura y auditorios. Como regla general, convendría esperar a que todos ellos estuviesen muertos y bien muertos y, aun así, nada los librará del revisionismo.

En definitiva, se trata de tener claro que, como terminaba Santacana, no es Colón quien sobra en su añejo monumento, sino nuestras actitudes sectarias, xenófobas y racistas. O, dado que este artículo versa sobre imágenes, de tener presente el modélico planteamiento que realiza Icíar Bollaín en También la lluvia (2010), donde se ponen en evidencia las políticas imperialistas de la conquista y las de hoy mismo.

Y vale de referencias y de citas. Bueno, una última. Es del historiador Heinrich Wölfflin quien, en sus Conceptos fundamentales de la historia del arte (1915), sentenció: «No todo es posible en todos los tiempos».

Esto lo sabe, ya, hasta el más despistado de mis alumnos.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. La próxima primavera la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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Publicado originalmente en: Ir a la fuente

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Cultura

Oreja

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/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Aparté las sábanas y me incorporé, decidido a levantarme. Noté una sensación agradable cuando puse los pies en el suelo, que estaba frío pero no demasiado, a la temperatura perfecta como para apoyarlos con confianza. Me impulsé con un movimiento del torso y eché a andar hacia el lavabo. Una vez allí, abrí el grifo y dejé que el agua corriera durante unos segundos. Me lavé la cara y mientras me estaba secando con la áspera toalla me percaté de que la imagen que me devolvía el espejo era la de un hombre de mediana edad con los cabellos alborotados al que inexplicablemente le faltaba una oreja.

No entré en pánico. Por el contrario, me acerqué al espejo para escrutar mi rostro; me aparté el pelo y en el lugar en el que debería estar mi oreja izquierda no había nada, tan sólo una piel completamente lisa. Colgué la toalla, me di media vuelta y fui a la habitación. Aparté las almohadas, las sábanas, miré en el suelo y sobre la mesita de noche; era ridículo, la oreja no estaría allí porque no pudo caerse sin más, sin dejar cicatrices ni rastro de sangre. Pero ahí estaba yo, removiéndolo todo, poniendo el cuarto patas arriba, buscando mi oreja desaparecida. Unos minutos después me di por vencido; además, se hacía tarde y debía irme a trabajar.

Me vestí de prisa y me deslicé hacia la cocina por el estrecho pasillo. Encendí la cafetera, introduje una cápsula de color violeta y presioné el botón cuando este dejó de parpadear. Quería deshacerme de esa máquina y comprarme una cafetera italiana de las de toda la vida, cada mañana pensaba lo mismo. Apuré el café en dos sorbos, cogí las llaves, la cartera y el móvil guardando cada cosa en su bolsillo asignado, y salí de casa. Bajé corriendo las escaleras, abrí el portal del edificio y caminé calle arriba, en dirección a mi trabajo.

Me fijaba en las personas con las que me cruzaba y aparentemente todas conservaban sus dos orejas. Era una mañana normal, con el tráfico y el ajetreo de siempre, pero el ruido y los sonidos eran diferentes. Ahora solo escuchaba por mi oreja derecha y era como si todo lo percibiera a medias. Faltaba profundidad o algo así; a veces me costaba identificar algunos sonidos, otras veces me resultaba difícil determinar de dónde provenían. Estaba claro que mi sentido del oído había mermado y se había modificado.

Entonces comencé a preguntarme cómo les explicaría lo ocurrido a mis compañeros de trabajo si ni yo mismo sabía exactamente qué era lo que había pasado. Entré en la oficina después de intentar cubrir la ausencia con el cabello, pero fue inútil ya que no lo tenía lo suficientemente largo. Fui directo a mi mesa sin saludar y encendí el ordenador. Al cabo de unos segundos me asomé por encima del monitor para ver a mis compañeros, sentía que estaba siendo observado pero comprobé que cada uno iba a lo suyo, inmersos en sus tareas cotidianas, así que intenté concentrarme y trabajar.

Noté que se acercaba alguien. Natalia venía subida en unos tacones galácticos, los largos y vaporosos cabellos castaños flotando en el aire estancado de la oficina y el característico gesto altivo, el mentón prominente en un ángulo amenazador y la cabeza ligeramente inclinada hacia el hombro izquierdo. Cuando nuestras miradas se encontraron, ella me sonrió y yo no pude evitar sentirme abrumado. Me saludó con una sonrisa perfecta mientras yo intentaba colocarme de perfil para que no notara que me faltaba una oreja, pero su semblante cambió de inmediato, sus párpados se abrieron en extremo y parecía que sus ojos verdes saldrían despedidos en cualquier momento, rebotando sobre mi mesa llena de papeles. Quiso ser suave aunque, evidentemente, no pudo. Me preguntó, con una mezcla de asombro y asco dónde estaba mi oreja. Miré hacia todas las direcciones al tiempo que tapaba mis labios con un dedo, suplicándole que mantuviera el mayor silencio posible y, posteriormente, le hice una señal para que me acompañara a hacer un café.

Me levanté de la silla lentamente y me dirigí hacia el lugar donde estaba la cafetera, un cuartucho pequeño y sin ventanas en el que había una mesa con cuatro sillas, un microondas y una nevera diminuta. Una vez allí, ella me abordó casi con violencia exigiéndome una explicación. Comencé balbuceando de manera ininteligible varias palabras, tratando de construir una oración, una frase que lo explicará todo de forma magistral y minimalista. Ella me miraba con el ceño fruncido y la cabeza echada hacia adelante, parecía una jirafa que estira su cuello para llegar a las ramas más altas. En un ensayo de normalidad, metí una cápsula verde esmeralda en la cafetera y presioné el botón. Natalia se apresuró a coger la taza, arrebatándomela de las manos, se tomó el café solo y sin azúcar de un solo trago, y posteriormente me pidió que la esperara en el bar de siempre al salir de trabajar.

El resto de la mañana transcurrió más o menos como de costumbre. Desempeñé mis labores con la mayor naturalidad posible hasta las dos de la tarde, momento en que todo el mundo comenzó a irse. A las 14:11, ya casi no quedaba nadie, así que me levanté y caminé rápidamente hasta salir de las oficinas. Bajé las cinco plantas por las escaleras y al llegar a la planta baja me coloqué el teléfono en el lugar en el que debería estar mi oreja izquierda, fingiendo que mantenía una conversación. Continué sin mirar atrás y enseguida llegué al bar.

Natalia estaba sentada en la barra tomándose una caña. Una luz especial la envolvía, en realidad era como si emanara de ella, haciendo que todo a su alrededor fuera insignificante. Me acerqué y me senté a su lado. Siempre había pensado que Natalia era uno de esos seres que roza la divinidad, sin embargo, por alguna extraña razón, la evitaba cuando sentía que la situación podría tornarse incontrolable, y eso, por suerte o por desgracia, ocurría bastante a menudo. Todo era fácil con ella, bastaba una mirada para saber cómo estábamos o qué pensábamos, y era obvio que la atracción era mutua; tal vez el hecho de ser compañeros de trabajo había impuesto entre nosotros una barrera invisible e infranqueable. Su presencia podía llegar a inquietarme.

Pedí una cerveza. El camarero la sirvió enseguida, la soltó con brusquedad sobre la barra de madera barnizada y parte de la espuma se derramó, dejando un charco alrededor del vaso. Emití algo parecido a un gruñido. Natalia soltó una carcajada sonora, sabía que no soportaba que me tiraran las cosas. Cuando el camarero se alejó hacia el otro lado de la barra, Natalia me urgió a que le explicara qué había pasado con mi oreja. Parecía impaciente; su brazo derecho estaba apoyado sobre la barra y los dedos repiqueteaban sobre la madera, sus ojos se movían inquietos, recorrían mi rostro y se detenían una y otra vez en el lugar de la ausencia. Comencé diciéndole que esa misma mañana, mientras me secaba después de lavarme la cara, me había dado cuenta de que mi oreja había desaparecido. Ella estaba pasmada, sus dedos ya no repiqueteaban en la barra, solo se percibía el movimiento de su pecho al respirar. Fijó su mirada en mis ojos y, tras unos segundos de un silencio insoportable, soltó una risita aguda que yo no supe cómo interpretar. Continué alegando que el suceso era, desde todo punto de vista, inexplicable. Las orejas no se desprenden sin más como puede hacerlo una verruga, y menos aún sin dejar rastro.

Me preguntó si podía tocarme y, sin esperar mi aprobación, acercó su mano a mi rostro y la pasó suavemente sobre la piel que cubría el lugar donde estaba mi oreja. Debo admitir que sentí cierto rubor. El contacto de sus dedos largos y delicados sobre mi piel aumentó mis pulsaciones. Increíble, exclamó. Asentí de inmediato al tiempo que estiraba el brazo para coger la cerveza de la barra mojada. Di varios tragos al burbujeante, espumoso y amarillo líquido. Ella me instó a que le contara qué iba a hacer. Francamente, no tenía ni la más mínima idea; me conformaba con recuperar mi oreja.

El rostro de Natalia se iluminó de pronto, aún más, si cabe, y una sonrisa macabra modificó su perfecta belleza simétrica. Me propuso crear un perfil de Instagram cuyo propósito fuera única y exclusivamente narrar con imágenes mi día a día después de la inexplicable desaparición de mi oreja. Eso para empezar. Además, debía escribir a los periódicos para que publicaran la sorprendente noticia de un hombre que perdió su pabellón auricular; y por supuesto, no podía pasar por alto los canales de televisión, a los que acudiría para contar cómo era vivir sin ese trozo de cartílago.

Ella estaba visiblemente excitada, tanto como para ofrecerse a ser, previo consentimiento por mi parte, mi manager. Nunca he tenido claro en qué consiste ese trabajo, además de embolsarse dinero a costa del talento de otros, y conociendo a Natalia, ser mi representante significaría llegar a un acuerdo que le proporcionara suculentos beneficios económicos. No estaba del todo en desacuerdo con esa hipotética parte del trato, pero francamente no me imaginaba tener una relación comercial con ella porque eso auguraba desavenencias, discrepancias y discusiones; por otro lado, resultaba tentador pensar en la posibilidad de ganar dinero gracias a la pérdida de mi oreja y a la estupidez de la especie humana, porque mi caso era muy probablemente único en el mundo y entiendo que en un principio suscitaría cierto interés en la opinión pública, pero no dejaba de ser algo meramente anecdótico. Así que consideraba poco factible que la gente mantuviera el interés de manera prolongada por la vida de alguien que había extraviado su oreja, y eso minimizaba las posibilidades de negocio rentable.

Natalia escuchó mi planteamiento de principio a fin sin interrumpir y sin apenas parpadear. Se quedó callada unos segundos, asintiendo con la cabeza, los ojos abiertos de par en par. Me dijo que me sorprendería saber la cantidad de basura a la que la gente se engancha, los millones que se gastan en prensa rosa, las horas que emplean viendo realities en la tele. No se lo discutí, por supuesto. En cierto modo era una invitación a hacer de mi vida un producto de consumo y eso significaba perder por completo mi intimidad.

Ella se levantó del taburete y le hizo una seña al camarero para que nos trajera la cuenta; sus gestos tenían tanto carácter que a veces rozaban el autoritarismo. Natalia era una de esas personas que a simple a vista o tras una primera impresión caían mal. Mientras buscaba en su bolso el monedero me dijo que me lo pensara bien, pues estaba convencida de que teníamos delante una buena oportunidad. Me molestó que hablara de nosotros. El camarero llegó con la cuenta, lanzó sobre la barra la bandejita con el tique, como era de esperar, y se giró al ver que Natalia le mostraba la tarjeta. Apuré la cerveza y me levanté para sacar la cartera del bolsillo trasero del pantalón. Me hizo un ademán que quería decir que la próxima vez pagaría yo. El camarero llegó enseguida con el datáfono. Ella acercó la tarjeta, la guardó inmediatamente en la billetera y se despidió cortésmente. Yo me ofrecí a llevarla a su casa, pero se negó porque tenía que hacer algunos recados primero. Nos despedimos en la acera con un beso protocolario.

Me quedé allí de pie viéndola desaparecer entre la muchedumbre agitada de un viernes a las tres de la tarde. Caminé en medio de la corriente hasta la siguiente boca del metro y me adentré en las tripas de la ciudad. Algunas personas, al percatarse de mi evidente anomalía, me miraban intentando disimular lo indisimulable. Era una sensación completamente nueva e incómoda para mí, pues yo estaba acostumbrado a pasar desapercibido. Siempre había sido una persona gris, de esas que se camuflan con facilidad entre los demás. Me subí al vagón abarrotado a empujones; hice el intento de sujetarme a una de las barras pero no pude alcanzarla, en cualquier caso, habría sido imposible que me moviera y mucho menos me cayera debido al gentío. Personas de todas las razas y orígenes hacían un considerable esfuerzo por evitar el contacto visual directo; algunos miraban las pantallas de sus móviles o escuchaban música, otros hojeaban un periódico arrugado o dormían con la cabeza recostada en el cristal de la ventana. Los olores se concentran dentro de estas cajas metálicas que se trasladan sobre raíles transportando alegrías y miserias de un punto a otro de la ciudad. Huele a humanidad, pero también a deshumanización. Se me ocurrió que el vagón estaba lleno de esclavos; al final eso es lo que somos, esclavos de nuestras carencias, de los sueños de prosperidad facilona que nos inoculan desde niños para asegurarse de que la máquina continúe funcionando a pleno rendimiento. Tal vez por eso de adultos no hacemos otra cosa que buscar la niñez. Toda la vida aquí contenida no es más que una masa productora que se consume a sí misma.

Escuché el nombre de mi parada por megafonía y me acerqué a empujones a la puerta. Cuando el tren se detuvo y abrió sus puertas los pasajeros salimos escupidos del vagón y nos dispersamos por el andén. La escalera mecánica nos expulsó a la superficie de la ciudad que rugía, vibraba y exhalaba toxicidad. Caminé las poco más de dos manzanas que separan el metro de mi casa bajo la mirada de algunos transeúntes que comprobaban sin disimulo que me faltaba la oreja izquierda. Para bien o para mal, todo aquello que se sale de los parámetros de normalidad siempre llama la atención.

Eran las 15:57 cuando me dejé caer en el sofá. Me sentía ligeramente aturdido. La situación sobrepasaba la frontera de lo comprensible; semejante irracionalidad estaba a punto de hacerme caer. Siempre me había esforzado por encontrar una solución para cada problema y mi capacidad de análisis y mi pragmatismo me habían permitido resolver no sólo los asuntos cotidianos, sino también alguna que otra situación límite de manera exitosa. Pero esta vez era diferente. Me estiré boca arriba con la cabeza apoyada en uno de los reposabrazos. Se escuchaba el zumbido del tráfico, un sonido granulado, espeso. El techo blanco pesaba y me oprimía; mis ojos se fueron posando en todas las cosas que había en el salón: estanterías, libros, algún que otro recuerdo de mis viajes, el televisor, la mesa de comedor redonda y las tres sillas que la acompañaban, la butaca que me había comprado recientemente y en la que aún no me había sentado a leer.

Sobre la mesa de centro reposaban unos auriculares con el cable enmarañado. Me di cuenta de que algo tan simple como escuchar música a través de unos auriculares me resultaría, a partir de ahora, no solo incómodo sino que ese maravilloso invento del estéreo había perdido todo su sentido. Ya no podría disfrutar del trabajo de edición y producción musical que hacían los técnicos en el estudio, la concepción y organización de los sonidos en el espacio intangible del universo estéreo había quedado para siempre relegada a un mero recuerdo. Estaba condenado a perderme una parte de toda la música habida y por haber. Y además, la tecnología aplicada a la fabricación y el innovador diseño minimalista de mis auriculares de alta fidelidad parecía ahora irrelevante; habían dejado de ser un artículo de lujo para convertirse en una cosa sin apenas valor.

Me incorporé y fui a la cocina. Abrí la nevera, saqué una cerveza y la destapé. Bebí dos o tres grandes tragos. Dejé la botella en la encimera para coger el teléfono que vibraba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Era Natalia. Tras unos segundos de duda en los que mi dedo pulgar se movió sobre la pantalla iluminada sin tocarla, decidí no contestar. No sabía qué querría pero seguramente tendría que ver con mi oreja; tal vez tenía una idea estupenda de cómo enfocar mi vida ahora que por lo visto estaba destinado a ser famoso. Puse el teléfono al lado de la cerveza, pues conociendo a Natalia sabía que volvería a llamar y acto seguido recibiría un bombardeo de whasaps. Regresé al sofá y me acosté en una posición casi idéntica a la de antes. Mirando al vacío en el techo blanco llegué a la conclusión de que lo mejor sería apagar el móvil y desaparecer para siempre. Lo primero era sencillo, pero lo de desaparecer requería de un minucioso plan. Yo no estaba para pensar en esos momentos, así que desistí.

Cuando abrí los ojos la estancia estaba casi en penumbra. Una débil luz amarillenta proveniente de la calle se colaba a través de las ventanas. Me había quedado dormido en la misma posición como si alguien me hubiera desenchufado y ahora me dolían el cuello y la espalda. Me levanté del sofá un poco desorientado y caminé hacia la cocina tropezándome con los muebles. Pasé la mano por la encimera hasta que mis dedos encontraron el teléfono. Desbloqueé la pantalla. Como era de esperar, Natalia me había escrito, pero no quise leer los mensajes. En ese momento sonó el timbre. Fui hacia la puerta con pereza pero intentando no hacer ruido, pues no estaba dispuesto a abrir, solo tenía curiosidad por comprobar que era ella quien estaba al otro lado esperando en el pasillo. Inmediatamente supe que era una estupidez, así que abrí la puerta y di media vuelta. Escuché los pasos ligeramente amortiguados de los tacones de Natalia en el parqué, la pisada fuerte y confiada de los que no tienen en cuenta los movimientos tectónicos que se producen a diario sin que podamos controlarlos.

Mientras me dirigía de vuelta al sofá le pregunté si quería una cerveza o cualquier cosa de beber, incluso le sugerí que podría hacer algo de cenar. Me pidió que le preparará un té con una de las voces más melosas que había escuchado jamás, de hecho me giré al instante porque por un segundo dudé de la identidad de la persona que estaba de pie en el salón de mi casa. Contemplé su figura difusa en la oscuridad de la estancia como si se tratara de una aparición, la manifestación de una presencia sobrenatural; tuve la impresión de que su larga cabellera ondeaba al viento, lo cual era imposible, y de que sus pies no tocaban el suelo a pesar de haber escuchado sus pasos hacía unos instantes. Me asusté porque era como estar asistiendo al avance imparable de la locura dentro de mí. Un té, dije con tono preocupado. Tendría que haberme ido a la cocina a calentar el agua y colocar el sobre de té dentro de la taza, pero no pude moverme. Natalia se acercó despacio, levantó su brazo izquierdo y tocó mi única oreja con su mano fría. Cerré los ojos. Me sentí a salvo.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

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El bestiario de las catedrales

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/ por Ricardo Martínez /

El imaginario, como forma consustancial de todo discurso humano para sustentar una forma de enseñanza, ha estado presente siempre en los arcanos de la formación religiosa. Acaso, de una parte, por razón fundada del aserto chino de que «más vale una imagen que mil palabras», o bien, sencillamente, porque los santos de las primeras lecturas infantiles vienen, una vez más, a justificar que, para nuestra comprensión de las cosas, el verlas en su representación, el poder darles realidad con nuestros sentidos, les otorga más trascendencia, más fiabilidad. Así somos.

Al tiempo, tal como señala en distintos pasajes del libro el autor, es difícil atribuir un significado concreto, específico, determinado, a una imagen que pueda aparecer en la iconografía de los relieves. De ahí que: «No sabemos si las águilas pareadas, a veces enfrentadas, a veces con las alas desplegadas, que encontramos en capiteles de las iglesias románicas pueden representar las almas». Y cita algún ejemplo concreto, tal como «el arco toral policromado de la iglesia de San Esteban y en la fachada de la basílica de San Vicente, ambas en Ávila, o en San Pedro de Cervatos, Cantabria».

En lo que no caben muchas dudas es en la verosimilitud de una voluntad didáctica que encierran las figuras representadas en muros o capiteles, pues su simbología viene respaldada por argumentos explicativos bien desarrollados en los bestiarios medievales, a saber: «El pelícano es enemigo de la serpiente, pues el reptil quiere comerse sus polluelos. Para evitarlo, el ave construye sus nidos en alto y los protege con un muro hecho de ramas, pero el depredador expele su veneno para matar a las crías». Y añade aún: «Tras descubrirlo, el pelicano vuela hasta una nube, se golpea con las alas para hacerse sangre en el costado y deja que las gotas caigan sobre su prole, que es resucitada. En este sentido, se interpreta el pelícano como el Señor y a los polluelos como Adán, Eva y su estirpe». Al fin, concluye: «Como el lector puede imaginar, la serpiente es el maligno».

Todo un documental de naturaleza, de la que formamos parte, de donde deviene, mediante interpretación cristiana, la enseñanza que ha de desprenderse en todo aquel que haya sido alimentado por la fe; por la esperanza de la fe. Aún hoy, pues, podríamos decir que la belleza armónica derivada de toda construcción podría venir aderezada de deducciones constructivas, espirituales, que nos previenen de aquello que constituye nuestro mal, nuestra amenaza: el pecado, esa privación de la gracia necesaria para obtener el bien más deseado, el cielo una vez acaecida la inevitable, inexcusable muerte.

Es así, entonces, que la imagen, en aquellos tiempos plagados de sombras culturales, eran un medio especialmente eficaz para transmitir ideas, discursos intencionados. Ello a sabiendas, por ejemplo, de que «aunque cualquier símbolo tiene dualidad de significados, incluso completamente opuestos, el románico —período rico, ciertamente, en iconografía didáctica— usó ciertos animales con predilección para manifestar el bien y otros como formas del mal. Las aves como la cigüeña, el águila o la paloma simbolizan el anhelo del espíritu por alejarse de lo terrenal en busca de valores más altos. El león, por su parte, representa nobleza y fuerza. Son animales que guardan el templo. No impiden el paso al recinto sagrado pero advierten que el umbral divide lo sagrado de lo profano».

A partir de ahí, derivado de ello, tal como diría el clásico, quien leyere que entienda.


El bestiario de las catedrales
Mario Agudo Villanueva
144 páginas
16,96€

Ricardo Martínez realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna y Valladolid, concluyendo su carrera universitaria con los estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra como escritor es bilingüe, habiendo publicado tanto en gallego como en castellano. Como ensayista y crítico literario ha colaborado tanto en prensa (La Voz de Galicia, El País) como en revistas especializadas (Clarín, Revista de Occidente). Ha cultivado distintos géneros como autor. En poesía podemos citar: Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), De cuanto nos es dado (Calima, 2006) y Na terra desluada (Espiral Maior, 2009). Su obra Orballo nas camelias pasa por ser la primera obra de haikus en la literatura gallega. En prosa ha publicado varios libros de aforismos: Debullar (Galaxia, 1996), Cuentas del tiempo (Pre-textos, 2004), Alusión al paisaje (Calima, 2006), Ecos da néboa (Trifolium, 2012). Es autor, asimismo, del libro de relatos La luz en el cristal (Calima, 2011). Ha obtenido el premio Benasque de poesía y diploma de honor en el concurso internacional de relatos breves Jorge Luis Borges y en 1997 le fue otorgado el premio Reimóndez Portela de periodismo. Colabora en prensa y revistas especializadas. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de la obra del autor. Dispone de su propia página web.

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