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Sociopolítica

Un episodio macabro

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Ocho meses. Es el tiempo que pasó para que el inventor danés Peter Madsen sea condenado a cadena perpetua por el asesinato de la joven periodista sueca Kim Wall. Ocho meses de una épica judicial agotadora durante la cual los periodistas que cubrieron el juicio se esforzaron por mantener a raya sus convicciones personales sobre la culpabilidad de Madsen.

Las imágenes dieron vuelta al mundo: un hombre con un traje verde militar, fornido y el pelo hirsuto, era rescatado poco después de que su submarino naufragara en la bahía de Copenhague la mañana del 11 de agosto de 2017. 

A picture taken on April 25, 2018 shows a detail of the homemade submarine UC3 Nautilus as it is covered with green tarpaulin in Nordhavn, a harbour area in Copenhagen, Denmark.La torreta del UC3 Nautilus en Nordhavn, una zona portuaria de Copenhague, el 25 de abril de 2018. (AFP / Ritzau Scanpix/ Mads Claus Rasmussen)

 

El rostro inmutable de Madsen no revelaba que un crimen acababa de ser cometido. Aparte de una gota de sangre apenas visible debajo de su nariz. La policía se daría cuenta antes de determinar que su víctima era esta joven periodista, de 30 años, quien un día antes había llegado a entrevistarlo a bordo del submarino UC3-Nautilus, que él mismo había diseñado y construido gracias a donaciones. 

Ocho meses después, el 25 de abril de 2018, la juez Anette Burkø y dos jurados civiles lo condenaron a cadena perpetua, la pena máxima en Dinamarca. Es una sentencia inusual en el país, con solo 25 presos pagando una pena similar. 

Por lo general no es una sentencia de por vida,  en promedio los detenidos pagan 16 años en prisión, pero en el caso de Madsen probablemente será mucho más.

La corte lo declaró culpable del asesinato con premeditación de Kim Wall y de haberla agredido sexualmente y descuartizar su cuerpo antes de tirarlo al mar.

Lanzó por separado la cabeza, las piernas y los brazos en paquetes de plástico, junto a piezas de metal. Perros rastreadores suecos, entrenados para encontrar cuerpos a profundidades de 30 metros, ayudaron a los buzos a recuperar los restos del cadáver.

En la apertura del juicio -el 8 de marzo de 2017- decenas de periodistas daneses y extranjeros se apretujaban en el tribunal para presenciar el que sería el caso criminal más sensacional del país. La AFP envió un periodista y un videasta. Durante las siguientes semanas, los colegas de la oficina de Estocolmo se turnaron para cubrir las audiencias.

El tribunal, instalado en un edificio que una vez fue un hotel de Copenhague, es pequeño y está lleno. Doce asientos son para la prensa danesa, dos para la prensa sueca y seis para otros medios que esperaron pacientemente durante varias horas para lograr un lugar.

Para trabajar en las mejores condiciones, la AFP decide instalarse en una habitación del edificio, donde las audiencias son retransmitidas en directo en grandes pantallas. Mientras toman apuntes y actualizan las notas,  los periodistas están atentos a las respuestas agudas de  Madsen. Los psiquiatras que lo analizan le preguntan ¿por qué, si la muerte de Wall se trataba de un accidente, él desmembró el cuerpo en lugar de llamar a las autoridades?. “Cuando enfrentas un gran problema, lo cortas en pedazos”, respondió.

Members of the media set up in front of the courthouse in Copenhagen, on April 25, 2018.El tribunal de Copenhague, el 25 de abril de 2018. (AFP / Ritzau Scanpix/ Mads Claus Rasmussen)

El periodista que cubre un proceso criminal no es un juez, no está siguiendo un caso para dar una opinión sobre la culpabilidad, pero al estar tan cerca del proceso es casi imposible que no se forme una opinión, es muy difícil ignorar la convicción personal.

En las primeras horas después de su arresto el 11 de agosto, Madsen es grabado por un canal de televisión cuando es llevado a tierra después de ser rescatado de su submarino naufragado. Conocido por su obsesión por explorar el espacio y el mar, Madsen explica a los periodistas que apenas se acuerda del nombre de Wall.

“Mi pasión es encontrar modos de viajar hacia mundos más allá de los conocidos”, escribió en su página web de su asociación espacial, RML Space Lab, con la que envió un cohete a ocho kilómetros de altitud y con la que esperaba convertirse en el primer amateur en viajar al espacio en su propio cohete.

Le gusta poner a prueba los límites, romperlos, escapar del “mundo real”.

A medida que las partes del cuerpo de Wall se encontraban y se iba haciendo más claro que algo terrible le había ocurrido, los periodistas -incluidos los de AFP- comenzaron a hacer un paralelo con la popular serie de televisión ‘The Bridge’: un danés, una sueca, un cuerpo encontrado en aguas que dividen a los dos países, cerca del Oresund Bridge (que dio nombre a la serie).

Court drawing by Anne Gyrite Schütt made available by Danish news agency Ritzau SCANPIX shows accused Peter Madsen (L) during his trial at the courthouse in Copenhagen, where his verdict was spoken in Copenhagen on April 25, 2018.Croquis del juicio de Peter Madsen en Copenhague, el 25 de abril de 2018. (AFP / Ritzau Scanpix/ Anne Gyrite Schuett)

 

Los medios comparan el caso con una serie “nórdica negra” o un “thriller nórdico”.

Hasta que las comparaciones paran.

Porque se parece demasiado a la realidad.

Lo que causa shock es el contraste entre la violencia brutal cometida contra Wall y la reputación de la península como un lugar seguro, de buena calidad de vida y donde los daneses son los más felices del mundo, según una clasificación de Naciones Unidas.

No hay una explicación cultural o sociológica para el crimen. Es una historia de puro interés humano, una historia trágica.

Los únicos testigos del crimen son el submarino reflotado, su capitán y el cuerpo de la víctima. Toda la investigación –y el juicio- se apoyarán  en cualquier información que pueda ser obtenida de ellos. Y hacer esto no es fácil para el jurado.

No hay evidencias tangibles irrefutables en el caso. Todo recae en el perfil del acusado y su carácter.

Un veredicto de culpable debe basarse en evidencias incuestionables, el fiscal sabe que debe probar la culpabilidad de Madsen más allá de cualquier duda razonable. Si queda alguna duda, él podía quedar en libertad, tal como insistió a lo largo del juicio su abogada Betina Hald Engmark, en su primer caso por homicidio.

Defence attorney Betina Hald Engmark arrives at the Copenhagen City Court, on the seventh day of the trial of Danish inventor Peter Madsen, charged with murdering and dismembering Swedish journalist Kim Wall aboard his homemade submarine, in Copenhagen onLa abogada de la defensa, Betina Hald Engmark, llega al tribunal de Copenhague el séptimo día del juicio a Peter Madsen, el 28 de marzo de 2018. (AFP / Ritzau Scanpix/ Mads Claus Rasmussen)

Para aquellos que siguieron el caso desde el principio, era cada vez más claro que por más de que se probara que Madsen ató, golpeó, mutiló sexualmente y estranguló o cortó la garganta a Kim Wall, el fiscal también tenía que probar que ningún otro escenario era plausible, que la hipótesis de que había ocurrido un accidente –como dijo la defensa- no tenía posibilidades de ser verdad.

Hacía falta demostrar que la verdad a veces se encuentra en la imposibilidad de la falsedad. Ante el riesgo de que el tribunal, conformado por una juez profesional y dos jurados civiles, se pronunciaran por una absolución en uno o varios de los delitos imputados contra Madsen, el fiscal Jakob Buch-Jepsen, representante del Ministerio Publico, exhortó a los jueces a utilizar su “sentido común”.

Court drawing by Anne Gyrite Schuett made available by Danish news agency Ritzau SCANPIX shows accused Peter Madsen (L) and the prosecutor Jakob Buch-Jepsen (standing) on the first day of the trial at the courthouse in Copenhagen, Denmark, where the trialCroquis de la audiencia en el que se ve al acusado Peter Madsen (I) y el fiscal Jakob Buch-Jepsen (de pie), el primer día del juicio, en Copenhague, el 8 de marzo de 2018 (AFP / Ritzau Scanpix/ Anne Gyrite Schuett)

 

Durante una audiencia Madsen desafío al fiscal: “Jakob, no diré nada hasta que la evidencia material que presentes me obligue a hacerlo”.

El caso estaba lleno de elementos objetivos y evidencias circunstanciales. ¿Pero son suficientes para probar la culpabilidad de Madsen?

El tribunal decidió que sí, pero en la prensa danesa, los juristas evocaban –desde el principio del proceso- la hipótesis de que podría ser absuelto de los delitos de asesinato premeditado y agresión sexual agravada.

En ese caso, Madsen habría sido declarado culpable por profanar un cadáver, un delito que se paga con seis meses de prisión.

Aunque los periodistas en la oficina de Estocolmo no estábamos seguros de que sería condenado, la mayoría de nosotros –debemos decirlo- lo considerábamos culpable por su primera mentira a los investigadores.

Soy el primero en admitirlo, es una convicción pero también una apuesta.

Y por más difícil que sea de comprender, en casos macabros como estos, hay un juego intelectual: ¿Tengo razón? ¿Estoy equivocado?

A la hora de escribir, decidimos describir a Madsen como un hombre que se declara inocente, pero que es acusado de un asesinato particularmente violento. Sin embargo, a medida que la investigación avanzaba y se conocían más detalles, las preguntas en nuestras historias eran cada vez menos frecuentes.

En agosto de 2017, el perfil que hicimos lo describía como un “inventor excéntrico y megalomaníaco”, pero no un asesino. En marzo de 2018, decíamos que era un “ingeniero retratado por la acusación como un sádico sexual”, y después del veredicto como “un inventor oscuro convertido en asesino (con) fantasías macabras que involucran sexo violento, mujeres decapitadas y películas snuff”.

Cada palabra era sopesada para evitar juzgarlo y equilibrar el espacio para la parte acusadora y la defensa.

Prosecutor Jakob Buch-Jepsen arrives on April 23, 2018 for a hearing at the Copenhagen city council where the trial against Danish inventor Peter Madsen, accused of the grisly murder of Swedish journalist on board his self-made submarine, wraps up with a El fiscal Jakob Buch-Jepsen llega al Consejo Municipal de Copenhague el 23 de abril de 2018. (AFP / Ritzau Scanpix/ Nikolai Linares)

Revisemos los elementos objetivos del caso: Peter Madsen estaba solo con Kim Wall en el submarino el 10 de agosto.  Wall murió a bordo, así lo admitió él. También reconoció que descuartizó el cuerpo en cabeza, brazos y piernas con herramientas -que se negó a revelar- y perforó con un destornillador el torso y la vagina para evitar la acumulación de gases y que el cuerpo flotara en lugar de sumergirse en las aguas, según dijo.

Madsen explicó que lanzó el cuerpo de Kim Wall en la bahía de Koge en Copenhague para enterrarla en las aguas.

También hay elementos objetivos impugnados por la defensa: la presencia de objetos innecesarios en un submarino como cintas plásticas para equipaje, una sierra eléctrica para madera, tuberías metálicas y un afilado destronillador extralargo. La fiscalía sostiene que fueron utilizados para cometer el crimen y dan muestras de la premeditación.

Ingrid Wall and Joachim Wall, parents of murder victim Kim Wall, are interviewed at the inaugural grant ceremony for The Kim Wall Memorial Fund at Superfine on March 23, 2018 in New York City. Ingrid y Joachim Wall, los padres de la víctima, el 23 de marzo de 2018 en Nueva York. (AFP / Angela Weiss)

 

La autopsia permitió desmentir la versión de Madsen según la cual una escotilla cayó accidentalmente sobre la cabeza de Kim, la cual no presentó ningún traumatismo. 

También halló 14 puñaladas en y alrededor de los genitales y que, después de examinar los pulmones, la víctima había sido asfixiada.

Madsen afirmó luego que la periodista murió al inhalar gases tóxicos que llenaron el submarino, mientras él estaba en la cubierta y la puerta se cayó y no pudo abrirla por el efecto vacío.

La defensa logró generar dudas sobre la autopsia durante el testimonio del forense: ¿El monóxido de carbono pudo haber causado el envenenamiento? No es completamente imposible, admitió la forense, señalando que los rastros podían haber desaparecido cuando el cuerpo fue sumergido en el agua. ¿Había señales en el cuello de un  corte? No son incompatibles, pero no hay una certeza absoluta. ¿Las heridas infringidas en los genitales fueron antes o después de la muerte? Imposible de determinar en un 100%, excepto por una que ocurrió en el momento de la muerte o justo después.

También están los elementos subjetivos: el disco duro de Peter Madsen, en su oficina,  y testimonios de quienes lo conocían sugieren que era un hombre de pasiones macabras y sadomasoquistas. Los expertos lo diagnosticaron como un “perverso polimorfo” con “rasgos psicopáticos”. El tribunal vio varios videos impactantes encontrados en el computador de Madsen, incluidos sus encuentros sexuales en los que utiliza una cámara GoPro en la frente, y otras grabaciones en las que mujeres reales y muñecos son torturados, violados, empalados, despellejados y decapitados.

Las imágenes son tan fuertes que solo la defensa, el fiscal acusador y el tribunal pueden verlos, por lo que las pantallas son retiradas de la sala de audiencia. Asimismo, la pesquisa descubre que Madsen buscó en internet videos de mujeres decapitadas, solo unas horas antes de la muerte de Wall.

Durante el juicio, se publicaron mensajes de texto que Madsen envió a una mujer. La defensa protestó, pero el tribunal lo autorizó.

 ourt drawing by Anne Gyrite Schütt made available by Danish news agency Ritzau SCANPIX shows accused Peter Madsen (R) during his trial at the courthouse in Copenhagen, where his verdict was spoken in Copenhagen on April 25, 2018.Croquis de la audiencia de Peter Madsen el 25 de abril de 2018, en el tribunal de Copenhague. (AFP / Ritzau Scanpix/ Anne Gyrite Schuett)

 

Mujer: “¿Puedes enviarme amenazas de muerte?

Madsen: “Te ataré y te apuñalaré con un pincho (…) Tomo un cuchillo y miro tu garganta, el lugar donde está la arteria carótida (…). Te ataré en el Nautilus”.

¿Circunstancial? Coincidencia, argumenta Madsen. “Jackob “, como llama al fiscal, “si ves una película sobre una bomba nuclear y unos días después explota, ¿no sería eso una coincidencia?”

“Yo no soy juzgado”, retrucó el fiscal.

Madsen se defendió alegando que su disco duro estaba en su oficina, a la que muchas personas tuvieron acceso y que prestó el computador a un pasante y a una amiga fotógrafa que estaba interesada en películas gore.

Otro testigo dijo que Madsen había dicho que quería cometer el crimen perfecto.

Los expertos en submarinos rechazan la versión de un accidente con gases tóxicos y Madsen vuelve a cambiar su versión, como lo hace cada vez que los investigadores lo ponen en evidencia. Su evaluación psiquiátrica lo incrimina. ¿Pero cuánto importará todo esto a fin de cuentas? La carga de las pruebas recae en el fiscal, quien tiene poca evidencia tangible en el caso.

EL fiscal Jakob Buch-Jepsen en Copenhage el 25 de abril de 2018. (AFP / Mads Claus Rasmussen)
La abogada de la defensa Betina Hald-Engmark en Copenhage, el 15 de abril de 2018. (AFP / Nikolai Linares)

En Dinamarca, un tribunal de distrito está conformado generalmente por  tres jueces profesionales y seis jurados civiles. Pero la ley permite a la defensa que escoja una formación reducida de tres jueces, dos de ellos civiles, y eso fue lo que eligieron Madsen y su abogada. Los medios daneses especulaban con que eliminando cuatro jueces civiles, Madsen esperaba evitar que el rol de la emoción, el sentido común y las convicciones personales jugaran un rol determinante en el veredicto y apostó por que el juez profesional se apoyaría en hechos y en evidencia dura.

Su estrategia falló y fue declarado culpable.

El 7 de mayo, el condenado apela la sentencia a cadena perpetua, pero no el veredicto de culpabilidad.

A silent auction with Kim Wall's photographs on display at the inaugural grant ceremony for The Kim Wall Memorial Fund at Superfine on March 23, 2018 in New York City.Imágenes de la víctima Kim Wall, en su homenaje en Nueva York, el 23 de marzo de 2018. (AFP / Angela Weiss)

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Autor: Gaël Branchereau

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Sociopolítica

Las neveras vacías de Líbano

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En Líbano muchos hogares se encuentran con los refrigeradores casi vacíos, una clara prueba del colapso económico que ha sumido a segmentos enteros de la población. La moneda cae en picada y casi el 45% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. 

Pero estas son solo cifras frías y esta realidad es apenas palpable en las calles. Los libaneses son orgullosos, ocultan lo que está mal, a veces incluso su enfermedad, es algo que está en nuestra cultura.

Trípoli, el 17 de junio de 2020 (AFP / Ibrahim Chalhoub)

Muchos sufren en silencio. No hablan de eso, sino que viven el día a día. A veces comen, a veces no. 

Con Mario Goldman, editor de fotografía regional, nos preguntamos cómo podíamos mostrar esta crisis.

“La cocina es el alma de cada casa, es donde está la comida, donde está la vida. La nevera es el corazón. La idea de hacer trabajos en torno a este lugar había surgido durante la guerra en Siria, en el bombardeo del régimen a Guta,  cuando las tierras cultivadas alrededor de Damasco estaban en manos de la oposición.  

“Como no había electricidad, la gente usaba sus refrigeradores como armarios. Al final, no pudimos llevar a cabo este proyecto, pero surgió la idea de contar la historia de la crisis libanesa en imágenes”, explica Mario Goldman. 

Beirut, el 17 de junio de 2020 (AFP / Anwar Amro)

Junto con otros tres fotógrafos de la AFP en el Líbano, Anwar Amro, Ibrahim Chalhoub y Mahmoud Zayyat, pasamos varios días visitando los interiores y las principales cocinas de las ciudades del país: Beirut, Trípoli, Biblos, Jounieh y Saida.

Hombres y mujeres libaneses aceptaron ser fotografiados junto a sus enormes refrigeradores. Desgastadas y amarillentas por el tiempo o inmaculadamente blancas, todas estas neveras tienen una cosa en común: los estantes y los contenedores están casi vacíos. 

Nos llevó mucho tiempo y recibimos muchos rechazos. Una de las condiciones era que no incluyéramos los nombres de las personas en nuestros pies de foto. Los que aceptaron abrirnos las puertas lo hicieron con la esperanza de que nuestras imágenes tuvieran un impacto al mostrar la realidad libanesa en Europa y en el resto del mundo. “¿Vas a ayudarnos? Esperamos que sea útil”, oí decir a algunos. 

Me sorprendí mucho cuando finalmente accedimos a la intimidad de estas familias, no me imaginaba que hubiera gente viviendo así. Vi refrigeradores que no tenían nada más que medicamentos. Muchos comían gracias a la ayuda de vecinos …o de las sobras del día anterior.

Una libanesa de Byblos, en el norte de Beirut, el 19 de junio de 2020. (AFP / Joseph Eid)

Era muy pesado. A veces ni siquiera tomaba las fotos, pienso especialmente en una mujer, cuyo hijo discapacitado había muerto por falta de cuidados y su marido había perdido el trabajo hacía varios meses. Acababa de conmemorar el día 40 de la muerte de su hijo, estaba llorando y hablaba de terminar con su vida ¿Cómo iba a pedirle que abriera la nevera?

Trípoli, el 17 de junio de 2020. (AFP / Ibrahim Chalhoub)

 

En Líbano, incluso el arroz se ha encarecido. Todo sube de precio. Simplemente, el paquete de leche en polvo para los niños ha pasado en tres o cuatro meses de 20.000 libras libanesas el kilo a 80.000. Conozco una veintena de familias que están sufriendo a mi alrededor.  

En Saïda, al sur de Beirut, el 18 de junio de 2020. (AFP / Mahmoud Zayyat)

 

Para dar otro ejemplo: el aceite de motor, antes de la crisis costaba 70.000 libras, ahora son 280.000. Para las personas que tenían un salario de un poco más de un millón es insostenible. La comida se ha convertido en un lujo, incluidos el cordero, que tanto nos gusta compartir con amigos, y la carne de vaca. A los libaneses les gusta invitar gente, es parte de su orgullo, están dispuestos a endeudarse a veces para departir con los demás.

En la ciudad portuaria de Trípoli (norte de Líbano), el 17 de junio de 2020. (AFP / Ibrahim Chalhoub)

Hay toda una letanía de ejemplos. El sistema público que suministra la energía esta tan deteriorado que los libaneses tienen que saldar dos facturas: deben hacer el pago al proveedor estatal y complementar con un proveedor local que distribuye la electricidad cuando la red se cae y da el servicio ¡gracias a los generadores de diesel! En el caso del agua es lo mismo: pagas el servicio público y tienes que comprar depósitos de agua además.

La buena noticia es que después de ese reportaje recibí decenas de llamadas de medios, ONG y más discretamente de políticos, que preguntaban como podían ayudar. Los contacté con algunas ONG que nos ayudaron a ubicar a las familias.

En Saïda, en el sur de Beirut, el 16 de juniode 2020. (AFP / Mahmoud Zayyat)

Nací hace 44 años y soy parte de esa generación de niños de la guerra: en mi infancia vivíamos en plena guerra civil. El conflicto comenzó en 1975 y terminó hasta 1990, dejando 150.000 muertos en este pequeño país de casi siete millones de habitantes. Muchos tuvieron que irse con pesar a otros lugares para poder sobrevivir de esta tierra rica en cultura. Cuando salíamos del conflicto y yo era ya un adolescente, los bancos se derrumbaron y mi padre perdió todos sus ahorros. Luego, cuando empezaba a trabajar para la AFP en 2006, hubo una guerra con Israel.

Toda mi vida he vivido en un Líbano en crisis. Desde 2019, el país está en ebullición por la demanda de reformas que pongan fin a la corrupción y la concentración de la riqueza.

Pero nosotros los libaneses aún tenemos esperanza. “We never die” (nunca morimos) somos como el Ave Fénix que renace de sus cenizas.

Beirut, el 19 de octubre de 2019. (AFP / Patrick Baz)

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Autor: joseph.eid

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Sociopolítica

Pandemia en Brasil: Mañana será otro día

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“Parece que voy a despertar y esto va a pasar”, dijo Alina da Silva después de enterrar a su papá que había fallecido por coronavirus en Sao Paulo. Conversamos en el cementerio, minutos después que las últimas palas de tierra cubrieran el modesto féretro y cuando los sepultureros ya completaban otro entierro. El camposanto, hospitales y una favela se habían convertido en los únicos lugares que yo visitaba, fuera de la ida al mercado cada semana, desde que Sao Paulo entró en cuarentena el 24 de marzo.

Mi confinamiento voluntario había comenzado el 16 de marzo, cuando coincidentemente fue anunciado el primer muerto por el nuevo coronavirus y antes de que el gobernador decretara el cierre de comercios del estado más populoso de Brasil. Durante esos días improvisé una oficina en un rincón de la sala, en donde trabajo hasta hoy.

Con una década como extranjera, gran parte de mi socialización es virtual, lo cual tal vez facilitó mi transición a la vida solitaria impuesta por la pandemia y me permitió expandir esto a un nuevo nivel que incluyó sesiones de ejercicio en video-llamadas con amigas y reuniones virtuales, incluyendo la de mi propio cumpleaños.

Artista brasileño Alex Flemming coloca mascarillas en rostros de su obra “Estacao Sumare”, en el metro de Sumare, en Sao Paulo, Brasil, 6 de mayo de 2020. (Nelson ALMEIDA)

En ese escenario de incertidumbre mundial en el que nadie sabía muy bien que hacer, la agencia nos envió equipos de protección, bastante necesarios debido a que las máscaras, del material que fuesen, se volvieron indispensables, el alcohol gel desapareció de los estantes, empezamos a desinfectar las compras y se popularizó dejar los zapatos en la entrada de casa, costumbre que yo había adoptado de los años vividos en China. 

El 22 de mayo, cuando Brasil, con 330.890 casos, superaba a Rusia y se posicionaba como el segundo país con más diagnósticos en el mundo, cumplíamos dos meses en casa, quienes teníamos donde vivir.  

Cubrir la pandemia nos confronta diariamente a nuestros privilegios. Tener empleo, un techo, acceso a la salud y agua potable, entre otras cosas, es algo que fácilmente damos por sentado, incluso en un país tan desigual como Brasil, que en tiempos de pandemia puede reproducir una sensación de sálvese quien pueda. 

Sao Paulo, una de las ciudades más pobladas del mundo, tiene más de 20.000 personas en situación de calle. El primer día de la cuarentena -que restringía formalmente a los comercios, pero no a la gente – conversé con algunas de estas personas que vivían en carpas en la avenida Paulista, una de las escenas de esta ciudad que con tanto dinero a veces parece olvidar la dimensión de la pobreza. 

Un indigente camina en el centro de Sao Paulo, Brasil, el 24 de marzo de 2020. (Nelson ALMEIDA)
Los clientes usan una escalera eléctrica para mantener la distancia un centro comercial después de su reapertura, en la Avenida Paulista, en Sao Paulo, Brasil, el 11 de junio de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Una mujer de 23 años, apenas vistiendo un short y un sostén, me decía que le preocupaba el coronavirus. Pero también le preocupaba el hambre, no tener cómo lavarse las manos ni cómo abrigarse en el invierno, que aunque leve en estas tierras, es insoportable sin un mínimo de estructura. “Fique em casa” era la consigna del momento, pero para ellos era simplemente imposible. “Lave as mãos”, apenas una utopía en esas condiciones. 

Otra postal de la desigualdad que la pandemia dejó aún más nítida en Sao Paulo era Paraisópolis, la segunda mayor favela de la ciudad. En sus angostas calles, avanzada la cuarentena, la gente circulaba y sin máscaras. No sólo porque parar era un lujo que no podían darse y porque comprar máscaras cuesta dinero, sino porque había una percepción de que el virus era “cosa de ricos”. Debido a que el primer caso en el país fue el de un turista que regresó de Italia, muchos en esta comunidad creían que el tal coronavirus no llegaría. Pero llegó.

Viviane Rodrigues Vieira de Lima y sus hijas ven la televisión en su casa, en la favela de Paraisopolis en Sao Paulo, Brasil, durante la pandemia de coronavirus COVID-19 el 23 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)
Vista de la favela de Paraisopolis en Sao Paulo, Brasil, durante la pandemia de coronavirus COVID-19 el 23 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Entrevistamos a una mujer de 32 años que compartía un pequeño apartamento de prestado con sus siete hijas, marido y suegra. Su casa, en otra favela, se había incendiado algunos meses antes. Desempleada, y sobreviviendo gracias a lo que su marido conseguía en un taller, en el barrio era una de las afortunadas, tenía agua, techo y otros servicios. La movilización de la comunidad, que una vez más decía sentirse víctima de la negligencia del Estado, ayudó a suplir con voluntad y esfuerzo las carencias económicas de quienes habían perdido su fuente de ingresos en medio de la pandemia.

Para entonces, ya me había acostumbrado a pasar alcohol en gel en las manos cada tantos minutos cuando salía a las pautas o al mercado, y a seguir metódicas rutinas de desinfección que incluían cambios de ropa y limpieza de teléfono y lentes. En la esperanza de no estar dejando nada al acaso, ya no paseaba a mi perra, medida que ella parecía reprobar. Retomé los paseos limitados a cinco minutos en las madrugadas y muy tarde por en las noches para evitar a la gente, con la debida posterior desinfección de patas.

Vista de la reciente obra “Coexistencia” del artista mural brasileño Eduardo Kobra, en Itu, a 100 km de Sao Paulo, Brasil, el 25 de abril de 2020. (Nelson ALMEIDA)

Mantener el foco en una única cosa se volvió cada vez más complejo trabajando en casa, lugar que, incluso para quienes vivimos solos, está lleno de distracciones. “Salir” del trabajo no sólo se volvió imposible físicamente, sino también mentalmente porque la pandemia pasó a ocupar todo. Leía todo cuanto era posible no sólo por interés profesional, sino por ser un humano que hace vida en este planeta y que entiende que la información, en una situación como ésta, es indispensable. 

También vivía la pandemia a través de los ojos de mi familia. Mi hermano, inmigrante en Chile, perdió su empleo con el cierre del comercio. A punto de verse en la calle, consideró volver a Venezuela por no tener como pagar el alquiler ni la comida, hasta que consiguió un trabajo en un supermercado que le ha permitido superar estos meses viviendo al día.  

Brasil poco a poco fue ganando más notoriedad internacional por la forma en que la pandemia avanzaba. Alcanzó la marca de 10.000 muertos en mayo, y doce semanas después -que se sienten como meses- ha octuplicado ese saldo letal. Dar visibilidad a esas miles de historias tal vez sea el mayor desafío de cubrir la propagación del virus en el país con más casos y muertos de la región. Después de todo, los números de muertes, hospitalizaciones y desempleados que recibimos a diario no son solo números.

El cementerio Vila Formosa, en la periferia de Sao Paulo, se convirtió en una referencia de la magnitud de la tragedia. El mayor camposanto de América Latina se hizo famoso internacionalmente gracias a unas imágenes aéreas que mostraban filas de tumbas abiertas en la arena rojiza. No faltó quien cuestionara el retrato considerándolo una postal apocalíptica y exagerada. En un mes, las fosas estaban llenas y el cementerio recurrió a unas pequeñas excavadoras para facilitar el trabajo de los sepultureros, cuyos brazos no iban al mismo ritmo de la pandemia.

Vista aérea del cementerio de Vila Formosa, a las afueras de Sao Paulo, Brasil, el 22 de mayo de 2020. (Nelson ALMEIDA)
(Nelson ALMEIDA)
(Nelson ALMEIDA)

En el suelo, estos hombres, cubiertos con monos blancos, máscaras, botas y guantes, cavaban sin parar. Los entierros no demoraban ni cinco minutos. “Las personas no toman esto en serio, pero nosotros que trabajamos en la línea de frente vemos que es realidad lo que ocurre”, contó durante una pausa para fumar un cigarro uno de los sepultureros del Vila Formosa, que como medida extra, había incorporado una visera de vinilo a su arsenal de protección.

En paralelo, mientras el coronavirus avanzaba, Brasil se polarizaba al punto de politizar un virus que a esta altura había enlutado miles de hogares en varios continentes y había dejado a otros tantos contra las cuerdas económicamente. 

Otro registro que internacionalizó el caso brasileño fue la posición del presidente Jair Bolsonaro que bautizó de “gripezinha” a la enfermedad en marzo y se lanzó a una cruzada por la reapertura económica del país. “Sobredimensionado”,  “Vamos a enfrentarlo como hombres (…) Es la vida, todos vamos a morir un día”, “¿Y qué? lo lamento, ¿qué quieres que haga?”, son algunas de las frases con las que Bolsonaro respondió al ser cuestionado por la propagación de la enfermedad. 

El presidente brasileño Jair Bolsonaro frente al Palacio Alvorada en Brasilia, Brasil, el 14 de julio de 2020, en medio de la pandemia del coronavirus covid-19. (Sergio LIMA)

En los hospitales, médicos y enfermeras vivían día a día. Visitamos el Instituto de Epidemiología Emilio Ribas, un centro de referencia en la ciudad. Cuando crucé la puerta que daba hacia la unidad de cuidados intensivos escuché a una doctora decir, conteniendo las lágrimas, “juro que hicimos todo lo posible”. En Brasil hay quien dice que los medios de comunicación exageran la muerte y que los periodistas tienen cierto placer en abordar el tema. Pero otro de los grandes desafíos de cubrir la propagación de una pandemia es estar confrontado a la muerte y al dolor de personas a las que no podemos consolar.

Un paciente enfermo de covid-19 habla con un familiar a través de una videollamada en un hospital de campaña instalado en un gimnasio deportivo, en Santo Andre, estado de Sao Paulo, Brasil, el 11 de mayo de 2020. (Miguel SCHINCARIOL)

 

En el hospital, a simple vista era difícil decir quien sufría más, la tía que perdió al sobrino, un médico de 32 años que trabajaba en un ambulatorio, o la doctora que perdió al paciente, que, inconsolable, decía estar doblegada por una enfermedad que le arrebataba pacientes a un ritmo que nunca antes había visto.

Los fines de semana los seguidores del presidente Bolsonaro tomaban las calles en escuetas, pero ruidosas, caravanas anticuarentena como si se tratara de una campaña electoral. Ondeando en cada carro, la bandera de Brasil, aquel verde-amarelo cuyo corazón tiene la inscripción “orden y progreso”.

La crisis política permeó mucho de la cobertura en estos cuatro meses. La destitución de un Ministro de Salud, la renuncia de otro, denuncias de delitos en la gestión de recursos sanitarios, ataques a los poderes públicos, pedidos de intervención militar, investigaciones sobre redes de “fake news”, destrucción ambiental: la convulsión de este país siguió su curso y probó ser la verdadera “nueva normalidad” de Brasil, donde, como un colega comentó, en las mañanas se siente como si los periodistas despertáramos con desfibrilador y no con alarma.

El periodismo me ha obsequiado dos cosas: la oportunidad de escuchar a diario otras perspectivas de vida, y el privilegio de ganar el pan contando esas otras perspectivas.

Un trabajador de la salud con un traje de bioseguridad revisa a un paciente de covide-19 en la unidad de cuidados intensivos, en el hospital Emilio Ribas de Sao Paulo, Brasil, el 20 de abril de 2020. (Miguel SCHINCARIOL)

 

Cuando veo a una doctora llorando porque perdió a su paciente, a una mujer que intenta con las uñas sacar a sus hijas adelante, a una joven que vive en la calle y no tiene ni como lavarse las manos, a un sepulturero que intenta abstraerse para que la muerte no se le meta debajo de la piel y a un país que se polariza al punto de visualizar a quien piensa diferente como un enemigo que debe ser destruido, construyo en mi cabeza los párrafos. Cada historia debería ser contada.     

Mientras escribo estas líneas Brasil sobrepasa las 85.000 muertes por coronavirus, tiene más de dos millones de contagiados (entre ellos más de 10.000 indígenas, muchos aislados en comunidades lejanas de la Amazonía) y más de 7 millones de desempleados por la pandemia.

Médicos habla con un miembro de la etnia yanomami en un puesto de pruebas de covid-19, en Surucucu, en Alto Alegre, estado de Roraima, Brasil. (Nelson ALMEIDA)

También, un juez de la Corte Suprema califica de “genocidio” el balance de la gestión de la pandemia en Brasil y critica a las Fuerzas Armadas, que con “indignación” rebaten. Brasil marca otro récord de deforestación en su selva tropical. El presidente Bolsonaro hace propaganda de hidroxicloroquina contra la covid-19 en sus redes sociales “aunque no tenga comprobación científica”. También, mientras escribo estas líneas, escucho uno de los sambas más conocidos de Chico Buarque en el que a fines de los 70 prometía: “mañana será otro día”.

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Autor: paula.ramon@afp.com

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Sociopolítica

El silencio de Johannesburgo

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Marco Longari, fotógrafo jefe de la AFP en África, ha vivido en Johannesburgo desde 2014. Empezó como fotógrafo en su natal Roma y en 1998 fue a Kosovo como freelance, un trabajo que resultó en el libro “Vecinos en guerra”. 

Dos años más tarde, empezó su historia con África como colaborador en Ruanda. Luego se convirtió en el principal fotógrafo de la agencia en Nairobi y Jerusalén. Su trabajo durante la Primavera Árabe lo llevó a que la revista Time lo nombrara en 2012  Best Photographer on the Wires.

En marzo pasado, cuando empezó en Sudáfrica el confinamiento por por la covid-19 decidió contar la historia de manera diferente. En vez de usar una cámara digital como la que utiliza siempre, compró una LinhofTechnika III,  una máquina de gran formato que llegó al mercado en 1946. Esto le implicó moverse más lentamente, lo que en cierta forma encajó con la tranquilidad de la ciudad.

Marco sólo pudo encontrar dos cajas de película en blanco y negro. Las imágenes que produjo capturaron el espíritu de la ciudad, desprovista de su habitual ajetreo … Fue como si  esta capital hubiera perdido su color. Un relato para leer y escuchar.

Para muchos Johannesburgo no es la ciudad ideal. Es grande, es pesada, es vibrante y en momentos peligrosa. Seis millones de personas en un área que se extiende de barrio a barrio y tiene todos los problemas comunes de contaminación, tráfico e inseguridad.  Hay límites para lo que puedes hacer y  a donde vas. Nunca puedes bajar la guardia, aunque no todo es inseguridad y miedo. Hay lugares en los que puedes dar un paseo tranquilo y otros donde no puedes, igual que pasa en París, Roma, Nueva York o Londres.  Esta ciudad tiene su propio espíritu. Encuentras personas reales, que trabajan y ocasionalmente luchan. En ningún lugar más que en mi barrio de Hillbrow, cada viaje a la tienda local está lleno de posibilidades, algunas buenas, otras malas, todas aventuras de algún tipo.

Cuando el confinamiento empezó, fue como si alguien hubiera apagado el sonido, como si nos hubiéramos pasado de una película de colores con banda sonora que dan vida a la pantalla a una muda, parpadeando en blanco y negro. El ruido fue remplazado por el silencio, el bullicio reducido a la calma. Quería capturar el sentido de la tranquilidad del confinamiento.

La ciudad se encontró silenciada a sí misma y se convirtió en “un nuevo lienzo en el que se estaban contando nuevas historias”.

Esto no era un proyecto para una cámara digital. Necesitaba la gran profundidad y definición de la película. Tenía en la mente el asombroso trabajo que hizo David Goldblatt durante los años del aparthied en Sudáfrica. Quería aprovechar la calma de la ciudad que permitía concentración y precisión. Necesitaba la Lienhof.  Una vieja cámara plegable a la vista,  que era un regreso a los primeros días de la fotografía. Trabajas a ciegas para cargar la película con las manos dentro de una manga y desapareces cuando te metes bajo un paño para tomar la foto. Como no hay espejo,  la imagen que ves a través del lente está al revés. El foco tiene que estar absolutamente correcto, la luz, todo tiene que estar calibrado antes de tomar la foto.  Es un proceso muy diferente al trabajo que se hace diario como fotoperiodista en Agence France-Presse.

Barrio Hillbrow, Johannesburgo, 15 de abril de 2020 (AFP/ Marco Longari)

Hillbrow es una de las partes más antiguas de Johannesburgo, data de 1880. Ha cambiado un poco desde entonces aunque aún hay una gran vista desde lo alto de la montaña que cruza la ciudad. Ves hacia el centro de la metrópoli y tomas una perspectiva del amplio boulevard vacío con los edificios a un costado. Me puse en medio de la calle y metí la cabeza debajo del paño para hacer el tiro. Estaba en mi mundo al revés, disfrutando del silencio. Ese momento fue una bendición, una rara oportunidad. Sólo que cuando salí de debajo del paño me di cuenta de que tenía público. Había cerca de 20 personas en las ventanas de los edificios de atrás de mí. Esto pasa pocas veces, la gente se movía con suavidad a mi alrededor, como si entendiera el espíritu de lo que estaba haciendo.   

Johannesburgo, el 15 de abril de 2020, calle Lilian Ngoyi (AFP / Marco Longari)
Johannesburgo, el 15 de abril de 2020, vista de la calle Rissik, cerca de la estación Central.
7 de mayo de 2020, vista de los rascacielos Braamfontein y Hillbrow desde la gran terminal de autobuses de la calle Bree en Johannesburgo.
(AFP/ Marco Longari)

Tomé esta imagen desde el segundo piso de una gran terminal de autobuses, normalmente abarrotada de gente. Es uno de los lugares de grandes encuentros para los locales. En el fondo podemos ver una zona bastante moderna del centro que estaba vacía y silenciosa cuando tomé la foto. Muy extraño.

Johannesburgo, 9 de mayo de 2020, en el distrito de Jeppestown (AFP/ Marco Longari)
Distrito de Kensington, en Johannesburgo el 9 de mayo de 2020. (AFP / Marco Longari)
Distrito de Kensington, Johannesburgo, el 9 de mayo de 2020. (AFP/ Marco Longari)

 

Tomar las fotografías es solo una parte del proceso. La otra es revelar. Actualmente sólo hay una persona que revela en blanco y negro en Johannesburgo, Dennis da Silva. Es especialista y una leyenda con derecho propio. Cualquiera que sea alguien en el mundo de la fotografía en Sudáfrica tuvo que haber pasado por Dennis en los últimos años. Los chicos del club Bang-Bang, Goldblatt, todos ellos fueron con Dennis. Trabajó en alguna gran impresión de Ernest Cole en la época en la que era asombroso.

Johannesburgo, el 9 de mayo de 2020. Don Buildings en la calle Commissioner. (AFP/ Marco Longari)

 

Desafortunadamente no quiso recibirme cuando lo llamé. Estaba confinado en su casa y le preocupaba contraer el coronavirus. Le llamé un día tras otro hasta que cedió. Abrió el laboratorio e hizo mi primera toma. No estaba muy impresionado. Me llamó y me dijo “Marco, ¿que hiciste?”.

Me disculpé,  era mi primera vez y estaba tratando de cargar la película en el saco negro. Debí haber tenido un pequeño problema con las alineaciones, tal vez cargué mal la película. No es fácil en la oscuridad cuando todo es tocar y sentir. Algunas de las tomas quedaron inservibles. Prometí hacerlo mejor con la segunda caja. Afortunadamente lo hice y Dennis estaba muy contento. Al final pude tomar 16 cuadros de 40.

Johannesburgo, el 10 de mayo de 2020. Escena en la estación de Davies Street en Doornfontein. (AFP / Marco Longari)

Pasará un largo tiempo para que la vida en Johannesburgo vuelva a ser lo que fue. Aún no hemos alcanzado el pico de la epidémia. En cierto modo, como personas que hacen la crónica de los acontecimientos a medida que se desarrollan y registran la historia, tenemos la suerte de ser testigos de un evento de este alcance e intensidad. Pero eso también trae consigo un gran sentido de responsabilidad.

Cada día ponemos fotos que añaden un ladrillo a esta historia que se está desarrollando y  nos toca a todos en el planeta. Tenemos que llevar imágenes que tengan un significado, una identidad, una historia que hable a la gente. Hubo una etapa en la que me sentí atrapado en el torbellino de la historia, algo que es inevitable cuando trabajas para una agencia del tamaño de AFP. 

Pero este proyecto me dio la oportunidad de encontrar un momento para detenerme, pensar, concentrarme y encontrar otro punto de vista. Todos necesitamos eso de vez en cuando. Nos ayuda a dar sentido a la  historia que se despliega a nuestro alrededor.

Johannesburgo, el 10 de mayo de 2020. Los caminos de entrada de Parkhurst están llenos de hojas que los jardineros ya no pueden recoger…
(AFP / Marco Longari)

Este blog fue escrito y redactado con  Michaela Cancela-Kieffer en París. 

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Autor: marco.longari

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