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Cultura

Cine por mujeres: The Breadwinner ganadora del festival

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El jurado de la primera edición de Cine por Mujeres formado por María Rubin, Tomás Cimadevilla y Debra Zimmerman ha decidido premiar a la película The Breadwinner, dirigida por Nora Twonmey y producida por Angelina Jolie. La película nos cuenta la historia de una niña afgana de once años que debe trasvestirse en varón bajo el régimen talibán.
“El jurado ha querido destacar la variedad de la composición de las películas seleccionadas en competición. En efecto hemos visto películas de ficción,  documentales y animación. Encontramos muy positiva tal diversidad que refleja que hay muchas maneras de contar una historia. Hemos acordado concederle el premio a una película que está  maravillosamente elaborada, combinando la ficción con la realidad y que nos permite ver el mundo a través de los ojos de una niña. El premio es para The Breadwinner”.
Esta noche la película de la directora Tonie Marshall clausurará la primera edición de Cine por Mujeres, con la comedia dramática La Número Uno, que se estrenará en España de la mano de Wanda Vision el 25 de mayo. La película está protagonizada por Emmanuelle Devos, Richard Berry, Sami Frey y Benjamín Biolay entre otros.
La Número Uno nos cuenta la historia de Emmanuelle Blachey, una brillante ingeniera que ha conseguido escalar y finalmente entrar en el comité ejecutivo de su empresa, el gigante francés de la energía. Un día, una red de mujeres influyentes le propone ayuda para conquistar la dirección de una importante empresa que cotiza en bolsa. Esto la convertiría en la primera mujer en ocupar un puesto de tal calibre. Pero en las esferas aún dominadas por los hombres, los obstáculos de tipo profesional y personal se multiplican. La conquista se anunciaba triunfal, pero en realidad se trata de una guerra.
 
 
Alrededor de 27 películas, tanto largometrajes de ficción como documentales, una selección internacional de trabajos realizados por mujeres de los últimos 3 años y contando con la presencia de algunas de ellas para abrir el dialogo. Queremos hacer un festival promovido por mujeres y hombres que quieren visibilizar el trabajo cinematográfico de una parte importante de la población que no siempre consigue llegar hasta el público en igualdad de condiciones.
 
Contaremos con cinco sedes para las proyecciones: Palacio de la Prensa, Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, Sala de la Academia de Cine, Sala Berlanga de la Fundación SGAE y la Sala Iberia de la Casa América. Las dos sedes para los debates serán el Salón de Actos de Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid y el Espacio Fundación Telefónica.
 
Apoyan el Festival Internacional de Cine por Mujeres: Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Gobierno de España; Consejería de Políticas Sociales y Familia de la Comunidad de Madrid; Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Comunidad de Madrid, Fundación Telefónica y Fundación SGAE, a través del Consejo Territorial de la SGAE de Madrid.
 
Las entidades colaboradoras son Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, Acción Cultural Española (AC/E) gracias al Programa para la Internacionalización de la Cultura Española (PICE), Casa de América, Embajada de EEUU, Fundación SEUR, Grado de Cine de la Universidad Camilo José Cela, Grado de Protocolo de la Universidad Camilo José Cela, Instituto Italiano di Cultura di Madrid, Swedish Film Institute y Embajada de Suecia. Las empresas colaboradoras Chus Burés, Movistar+, Free Your Mind, Cambridge Soho Club, Emma Uncomplicated Gin, Restaurantes De María, Subtitula´m y Super 8, y cuenta con la participación de CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales), Mujeres de Cine y la Unión de Actores y Actrices.

 

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Cultura

Pájaros

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/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

El maestro Fu Li era dueño de tres piedras iguales. Esto constituía un delito de alta traición, ya que solo el emperador, hijo de los dioses, tenía derecho a disfrutar de tal privilegio, por lo que se vio en la necesidad de visitar a su primo Ko para regalarle una de ellas. Por qué no se deshizo de la piedra arrojándola a cualquier volcán en erupción es una cuestión no resuelta por la crítica.

Un mediodía se encaminó hacia la casa de Ko. Al llegar, este le refirió que un enorme pavo había aparecido esa misma mañana en el huerto, y, después de cantar, había muerto allí mismo.

Fu quiso ver el pavo, olvidándose de las piedras, y después de recorrer el huerto no consiguió ver nada. Al regresar a la casa les dijo:

—Una de esas piedras es para vosotros.

—¿Y para qué queremos nosotros una piedra? —dijo Ko.

—Eso es asunto vuestro. Yo ya me he tomado bastantes molestias trayéndola hasta aquí para que ahora me vengáis con monsergas. Lo siento pero me tengo que ir, ya nos veremos otro día.

A lo que Ko respondió:

—Vete con tus pedruscos semejantes, pero mira no sea que vayas a equivocarte y en vez de regresar a tu casa regreses a la casa de otro.

—Descuida —dijo Fu, y cogiendo las piedras de nuevo se fue después de besar una vez a Ko y siete veces a su hija Wen, quedando así su culpa intacta.

Sin embargo, al pasar por un lugar junto a un bosque vio un pavo en mitad del camino. Para evitar que su contacto le contaminara, describió un arco de circunferencia alrededor del ave, alejándose luego en medio de cavilaciones relacionadas con semicírculos. Una vez en su casa, su hijo Pon Wei le preguntó:

—¿Cómo está tu primo?

—Perfectamente —dijo Fu.

—¿Y mi prima Wen?

Fu quedó pensativo, y luego dijo:

—Estupendamente.

Después de esta breve conversación, Fu y su hijo se pusieron a trabajar y durante dos años araron la tierra sin descanso. Pero una mañana, Fu recibió la noticia de la muerte de su primo. Como era un hombre de una rectitud inagotable y clásica, decidió ir a verlo por última vez. Lo acompañaba su hijo Pon Wei. Cuando se acercaban a la casa de Ko, vieron un pavo en el camino.

 —No te preocupes —le dijo Fu—. Daremos un rodeo —y continuaron el camino a través de otra provincia.

En casa de Ko, las exequias no habían terminado aún. El difunto estaba enrollado en una sábana. Fu Li y su hijo estuvieron comiendo empanadillas con queso y jamón. Un conocido filósofo y experto en títeres llegado desde otro pueblo sostuvo un llanto muy oportuno.

Varios años después, el Emperador quiso conocer la opinión de Fu Li y lo llamó a su casa.

—Querido —le dijo—, necesito conocer tu opinión. Si aciertas, serás recompensado.

—Mi opinión es la del hombre que piensa que la opinión de cualquier mortal es mortalmente aburrida, falsa e irrelevante. Solo la divina opinión del emperador, que es hijo de los dioses y uno de ellos, es hermosa como el ruiseñor sobre la rama del mimbre que brilla a la luz del crepúsculo.

—En tal caso, te propondré un enigma.

—Mi familia y yo hemos esperado con ansiedad este momento durante generaciones. Más de trece de mis mejores primos han muerto sin haber escuchado el enigma en forma de pregunta enigmática.

—Si aciertas tú, serás emperador y yo tu esclavo. ¿Cuál es el animal que tiene más plumas?

Fu se detuvo a pensar un instante. Si mostraba deseos de acertar, podía ser castigado por traición y sedición.

—El pavo —dijo.

—No —Fu respiró.

Fu se fue a su casa por el camino imperial pensando que había tenido mucha suerte. Al anochecer entró en casa de placer mientras su hijo lo esperaba echado sobre una estera. Una prostituta estuvo preguntándole su nombre toda la noche. Su honradez no le permitía pronunciar su verdadero nombre en un lugar público, y se hizo llamar T’an que significa «nombre apropiado», y P’ol Si que quiere decir «colmena al amanecer», y Fa N’o que es «río sin luna».

Al otro día continuaron su camino. Su hijo le contó su sueño: un pavo imperial se tragaba a un pajarraco, el cual contenía en su estómago tres piedras. Esto ocasionaba la muerte del pavo y, en consecuencia, la muerte de la emperatriz. Todas estas muertes herían en lo profundo al emperador, que ordenaba el secuestro y la inspección de todos los pavos del imperio. Una orden así ocasionaba el miedo de la gente. Hubo delaciones. Una de ellas acusaba a Fu Li de ser el vigilante distraído del pavo, pero al final Fu demostraba ante un alto tribunal que es mejor no preocuparse de los pájaros del imperio.

La confusión reina entre los miembros del tribunal, que no entienden de aves ni pájaros. En el ínterin el gran pavo resucita de lo que solo era un sueño y la emperatriz despierta de lo que era un simple desmayo imperial. Fu es condecorado y arrojado fuera de la ciudad.

Por la tarde llegaron a un pueblo donde vivía un amigo de Fu llamado Pen Wo, quien tenía una hija llamada U’h Wei. Y fue a verlos para hablar con ellos.

—¿Es cierto que el emperador te ha planteado un enigma? —quiso saber la joven.

—Sí.

—¿Y cómo era el enigma?

Entonces aquél sacó las tres piedras y las puso sobre la mesa.

—Muy interesante —dijo Fu.

—Igual que el río Anh —dijo su amigo Pen Wo, que no desperdiciaba ninguna ocasión de hablar del mismo.

Pero su amigo Pen Wo era inspector general de ríos y había sido encargado por el emperador de mirar con atención todos los ríos del imperio y decir luego cual era el mejor. Tras muchos años de meditación, Pen Wo había indicado el río Anh y toda la corte aplaudió su gesto infalible y honrado. Por eso estaba orgulloso de aquella elección que le hizo célebre, al despejar las dudas de muchos hombres y mujeres en lo concerniente a ríos, tema que había ocasionado grandes preocupaciones entre el pueblo más llano y elemental.

Varios días estuvo Fu con ellos. Hablaron de política, fueron al pueblo a tomar vino, jugaron a las cartas, y por último estuvieron contando chistes.

—Ya he visto algunas cosas y creo que soy un hombre innecesario —dijo Fu.

—No te des tanta importancia —dijo Pon.

—Me gustaría hacer algo antes de ponerme a escuchar el ruido de las hojas al arrastrarse por el suelo.

Al día siguiente Fu se instaló junto a la columna. Allí estuvo un par de meses, hasta que la noticia se extendió por los alrededores. Comenzó a ser visitado por curiosos que le preguntaban por las piedras.

Pero Fu no contestaba y se entretenía con unas plumas de pavo.

—Esa columna es bastante grande, ¿eres tú poderoso? —le preguntaban para ver qué contestaba.

Pero Fu sabía reírse de todas aquellas tonterías. Golpeó varias veces el suelo con un palo.

Junto a la columna estuvo una temporada hasta que las cosas se calmaron y cada uno se dedicó a no hacer el idiota

—¿Qué debo hacer? —le preguntaban.

 —Nada —contestaba él.

Fu tiró las piedras en el fondo de un pozo a donde bajaba por la noche para ver posibles cambios. Pero seguían igual, manteniendo intacta su culpa. Una noche un borracho se cayó en el pozo y luego se las llevó a su casa. Al otro día fue detenido y fusilado.

Fu dibujó un pavo en la columna. Esto dio mucho que hablar. Los comerciantes abominaron del ave y escupieron sobre la columna. La noticia llegó hasta oídos de los soldados del emperador. Un capitán llamado U’ang Pe fue enviado al lugar, y al ver el pavo pensó que era el origen algunas cosas sucedidas en la comarca.

—¿Has pintado tú ese pájaro?

—Sí —dijo Fu.

—Entonces has contravenido el precepto fundamental que ordena no pintar en las columnas cosas con plumas. Eres un sinverguenza.

Fue por ello condenado a conmemorar durante todos los días de su vida la tercera fiesta, también llamada fiesta de las siete columnas. Esta fiesta exige que algún hombre camine durante ocho años (algunos manuales señalan que siete, otros que diecinueve) sin detenerse en ningún sitio, y al cabo de ese tiempo se pare allí donde esté y permanezca en ese lugar hasta el día de su muerte.

No otra cosa hizo Fu, llevando a su hijo Pon Wei. Aprendió a dormir mientras caminaba y a separarse de las multitudes. Leyó los Cinco Libros del Mundo. Aprendió a jugar al Jan y escribió catorce epitafios con los que alcanzó fama.

[EN PORTADA: Pájaros azules, por Jeanne Fashempour]

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Cultura

Desmontando la realidad

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/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /

La relación entre ciencia y verdad es mucho más compleja y polimorfa de lo que habitualmente se cree. No estamos ante una actividad inmaculada que va eliminando progresivamente las tinieblas, merced a la luminosa antorcha de una desinteresada y pura razón. Si nunca fue así, menos aún en este último siglo y medio, que ha visto tantos avances prodigiosos en múltiples campos. Para empezar, consideremos el control ejercido por el Estado, gracias a su intervención directa y su gestión de la imprescindible financiación del trabajo científico. Esto supone ya de entrada coartar la libertad de la investigación, que deberá concentrarse en ciertos aspectos que atraen a los gobiernos. Pensemos en el destino de los recursos para I+D+i, otorgados en buena medida en función de los imperativos del desarrollo tecnológico e industrial y de los intereses privados parapetados tras él. Dada la escasa competencia de la que hacen gala los núcleos directivos de la política científica, esto suele repercutir en el desamparo de la ciencia básica pese a que, conforme su nombre indica, es fundamental. Esta situación es endémica en España, donde es tradición colocar al frente de un sector determinado a personas con un nulo conocimiento del mismo. Sin embargo, en lugares como los Estados Unidos a los que demasiado a menudo nos referimos con condescendencia, el apoyo procedente de fondos públicos y privados es ingente. Quienes allí toman las decisiones no ignoran que los progresos técnicos y prácticos tienen su origen en la teoría. Por su parte, la aspiración de nuestra élite política local viene a ser caerle bien al gerifalte de turno para conservar su puesto, o ascender en su brillante carrera.

Veamos un caso práctico. En 2018, el Ministerio de Sanidad del Reino de España creó a bombo y platillo un Consejo Asesor sobre Sanidad Pública. Buena idea, ya que la experiencia de la mayoría de los altos cargos en este ámbito es equiparable a la de un jugador de waterpolo que no sabe nadar. En cambio, la cuasi totalidad de los numerosos integrantes de tal grupo de sabios son representantes de las empresas sanitarias o de la industria farmacéutica. Ellos sí que saben, y evidentemente, su prioridad no es la sanidad pública, ni siquiera la salud en general: es el lucro. El objetivo no es solamente facilitar el drenaje directo de caudales públicos hacia el sector privado, sino la adopción de protocolos y cauces permanentes para ello. Se explota el filón de la salud comunitaria de manera que cuantiosos beneficios acaban en las arcas privadas por expresa prescripción de los mandamases políticos. Esto implica una disminución de las partidas destinadas a la verdadera sanidad pública, de modo que su creciente deterioro se vuelva irreversible. Pero el sanitario es sólo uno de los campos donde la atención del Estado a las necesidades de los ciudadanos retrocede a pasos agigantados, a causa de la explotación privada de yacimientos públicos, con la complicidad de poderes políticos que contravienen su deber cívico. Todo ello redunda en una drástica reducción del bienestar de amplias capas de la población. De esta forma se establece el más vicioso de todos los círculos, el que encierra y ahoga en su interior la salud y la vida de los menos afortunados. Cada vez son más los medicamentos que salen fuera de la lista de subvencionados, mientras crece el número de personas desprotegidas por el Sistema Nacional de Salud. La misma lógica justifica que investigaciones realizadas con presupuestos públicos desemboquen en patentes privadas, o que no se dediquen fondos al estudio y la curación de enfermedades raras o exóticas. Ese afán del beneficio máximo no se va a detener ante nimiedades como el empeoramiento del estado general y las condiciones de existencia de la ciudadanía. De hecho el acortamiento de la esperanza de vida rebajará el gasto en pensiones, y todos tan contentos. Será eso lo que llaman política sanitaria integral.

La meta única de la externalización de la atención sanitaria es, no nos engañemos, obtener la mayor ganancia ordeñando las ubres de mamá-Estado. La retórica con la que se proclaman sus buenas intenciones recuerda grandes momentos de la literatura universal. «Es verdad que nos cuesta dinero; es verdad que tiene sus defectos; es verdad que no somos ricos, es verdad que he pagado más de cuatrocientos francos en drogas ¡sólo por una de sus enfermedades! Pero habrá que hacer algo por Nuestro Señor. […] Compréndalo, uno se encariña; yo tengo corazón, no me lo pienso; quiero a esta pequeña; mi mujer tiene genio, pero también la quiere. Verá Usted, es como si fuera nuestra hija» (Victor Hugo: Los miserables). Este es un fragmento del piadoso discurso que Thénardier intenta colocar a Jean Valjean cuando viene a llevarse a Cosette. Ahora bien, la niña ha soportado en esa casa tales desdichas y felonías que a su lado, Cenicienta vivía como una reina en la de su madrastra. El infame y ruin matrimonio de taberneros es una fiel imagen de esas filantrópicas corporaciones que disponen sobre vidas y muertes, y cuya ansia de dinero fácil pasa por minar el bienestar y la salud de los beneficiarios de su abnegada tarea. Los Thénardier deberían ser nombrados santos patrones de la sanidad pública de gestión privada.

Un peligro que acecha a la ciencia es despreocuparse del mundo de todos los días, de la dura realidad. A veces se aleja tanto de ella que si prestamos oído, podemos escuchar el eco de la risa de la muchacha tracia en aquella anécdota sobre Tales de Mileto, que «cuando estudiaba los astros se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante de los pies» (Platón: Teeteto). Si desatender lo cotidiano en pos de las elucubraciones mentales puede ser un problema, el cuadro clínico se agrava mucho si lo que se deja de lado es la conciencia ética. En 1932, en Tuskegee, Alabama (¿dónde si no?) comenzó el análisis de una muestra de 399 hombres negros sifilíticos al objeto de conocer la evolución de la infección a largo plazo y su impacto orgánico. Para que los datos fueran lo más naturales posible, no se les aplicó ningún tratamiento, incluso tras el descubrimiento de la penicilina. Los responsables del experimento fueron científicos de la División de Enfermedades Venéreas del Servicio Público de Salud (Lynch: La importancia de la verdad). Lo más terrible del asunto es que seguramente estos profesionales no sintieron jamás el menor escrúpulo, pues lo hacían todo en pro del saber. Sin embargo, su comportamiento es similar al de los médicos nazis que llevaban a cabo sus atrocidades en los campos de concentración, usando como cobayas a quienes consideraban miembros de razas inferiores.

Una de las peores consecuencias de la política científica es que da muy fácilmente lugar a una ciencia política que, en sus prioridades y en su propio ejercicio, sirve intereses espurios. Esto produce situaciones tan risibles como el famoso caso Lysenko, con el empeño de este investigador en crear una genética proletaria bajo la égida omnipotente de Stalin. Pero encontramos la demostración más clara de esta tergiversación en la militarización de la ciencia, que pone a disposición de la muerte saberes y talentos que estarían mejor empleados en la celebración de la vida. La conciencia de los científicos puede sufrir seriamente con esta servidumbre. Recordemos la frase de Oppenheimer, director del Proyecto Manhattan, al comprobar el efecto de la primera bomba atómica: «Me he convertido en la muerte, la destructora de mundos». Estas palabras tomadas del Bhagavad-Gita resumen el grito de dolor de tantos que, de alguna forma, se han visto forzados a utilizar sus conocimientos para la aniquilación.

[EN PORTADA: Hipócrates de Cos]


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca y ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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Cultura

Charles Dickens: epicúreo del pánico

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/ por José de María Romero Barea /

Para huir de los sombríos recuentos de la realidad, para alejarse unas horas del rigor de las estadísticas, nada mejor que volver a la literatura de Charles Dickens (Portsmouth, 1812-Gads Hill Place, 1870). Dilucida el profesor en el University College John Mullan al genio británico en su ensayo The artful Dickens (Bloomsbury, 2020), se ocupa de sus vívidas descripciones, de sus notables percepciones sobre la ejemplaridad, de su denuncia de los pecados del ser humano. A su vez, el periodista Anthony Quinn disecciona el tratado de Mullan en el número de octubre/noviembre de 2020 de la revista británica Standpoint, cumplidos 150 años de la fama póstuma del autor de Oliver Twist.

El estudio recién aparecido defiende lo que singulariza al creador de Cuento de Navidad: su confianza en el futuro, sin eludir la depravación, el hambre, la locura; su condición de testigo ocular, en opinión de Mullan, fomenta la memoria colectiva de toda una nación. Al proyectarse hacia el mañana, logra captar los miedos y peligros que ensombrecen nuestra posmoderna individualidad. «Sus novelas no se enfrentan a la verdad del deseo sexual», afea el columnista de The Guardian, citado por Quinn, «surgen distorsionadas por el decoro victoriano».

Y sin embargo, su don para reinventar lo empírico las convierte en pioneras de una forma de escritura. Reinventada por la humildad, «la grandeza de Dickens consiste en una forma de engaño sofisticado», argumenta el colaborador de Standpoint: sabe forjar un relato e imponerlo como una verdad. Confundidos por la complejidad de sus imitaciones, sus múltiples puntos de vista ayudan a urdir una ficción autodramatizante y heterocompasiva.

Se nos descubre a un escritor preocupado por su lugar en la historia y sus siempre precarias finanzas. «Su don mimético», apostilla el articulista, «le permite inventar voces individuales, la primera de ellas [el personaje de] Sam Weller, en Pickwick Papers». Satírico y polemista, el autor realista despliega su registro de ataques anticonservadores en la narración mestiza de los desposeídos, proyecciones directas del ego, embaucadores que arriesgan tanto su alma como su piel, el benigno Sr. Micawber o la incontinente Flora Finching en Little Dorrit, enfrentados a las restricciones del egoísmo, aventureros que arriesgan no solo su seguridad financiera sino su credibilidad, oportunistas que cuentan su historia, mientras recuerdan las adversidades a las que han tenido que enfrentarse, esquivando, por poco, la aniquilación.

En el triste aniversario del deceso del mejor novelista inglés de la época victoriana, ningún tiempo como el que se avecina, que pasaremos inevitablemente encerrados, para abordar los grandes monumentos que siempre tuvimos la intención de leer, pero nunca antes pudimos abordar. «Nada es tan absorbente en sus libros como su investigación del terror», concluye Quinn, «(Dickens fue “un epicúreo del pánico”, en opinión de Mullan), un pavor que une el horror a la comedia». Regresar a su obra, estos días, puede aportar no solo una continua fuente de entretenimiento que lucha por arrojarnos de nuestra alienante perplejidad, sino una perspectiva útil sobre nuestra crisis (no solo sanitaria).



José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Es autor, entre otras obras, de los poemarios Resurrecciones (2011), (Mil novecientos setenta y) Dos (2011) y Talismán (2012), que conforman la trilogía El corazón el hueco, primera sección a su vez del proyecto Poesía (qué si no). El primer libro de la segunda sección, Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza salió publicado en 2015. Romero Barea también es autor de la trilogía narrativa Interrupciones, formada por Hilados coreografiados (2012), Haia (2015) y Oblicuidades (2016), y ha traducido los poemarios Spanish sketchbook, de Curtis Bauer (España en dibujos, 2012); Disarmed, de Jeffrey Thomson (Inermes, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología poética (2014). Además, colabora con reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional como El País (Babelia)Le Monde DiplomatiqueLa Vanguardia (Revista de Letras)Claves de Razón PrácticaÁbacoQuaderni IberoamericaniQuimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Los volúmenes La fortaleza de lo ilegible (2015) y Asalto a lo impenetrable (2015) incluyen una amplia selección de su obra crítica.

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